LEA #209

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Además de las cada vez más numerosas señales de que los Estados Unidos están, encima de todo, perdiendo la guerra de Irak—no en términos de bajas, ciertamente—acaba de conocerse una historia que pudiera, si se desenredara su madeja, llevar a George W. Bush hasta su impeachment, pues pudiera proporcionar un caso no gravísimo de su gestión de la guerra que él mismo inició, algo así como la malversación de Pérez para ayudar a Chamorro, que es de todas maneras suficiente impropiedad como para despedirlo, bastante más impropia que las indiscreciones sexuales de Bill Clinton. (Es una lástima que alguien tenga que decir: «¡Hola! ¡Soy Al Gore! Yo solía ser el próximo Presidente de los Estados Unidos»).

Resulta que los trabajos de reconstrucción en Irak están presentando gastos generales anormalmente altos, lo que deja menos recursos para cubrir necesidades básicas de la población—agua, electricidad, petróleo—al tiempo que no son costos directos de construcción. Estos costos de overhead, que debieran representar unos pocos puntos porcentuales, van desde un poco menos de 20% de los presupuestos hasta 55% para algunos proyectos. El informe del propio gobierno norteamericano apunta que en muchos casos hubo muy largos períodos de absoluta inactividad, mientras tenía que cubrirse los gastos generales. Ciertos proyectos no hicieron nada en nueve meses.

Pero lo potencialmente delicado es que los gastos generales más elevados de todos fueron los de KBR Inc., antes Kellogg Brown & Root, subsidiaria, por supuesto, de Halliburton, la compañía que interesa a la familia Bush y que fuera presidida por nadie menos que Dick Cheney.

Los hallazgos mencionados provienen del análisis de contratos por 1.300 millones de dólares, menos de diez por ciento del total de 18.400 millones. ¿Qué pudiera encontrarse allí? Bajo Bush sólo se sabría hasta dentro de un año. En octubre de 2007 ya el Contralor General no podrá continuar su inspección de los registros, según ley que Bush acaba de firmar. En teoría le queda un poco más de dos años de gobierno. ¿Por qué necesita la inmunidad a la contraloría en el último año de su último período?

Por todas partes hace agua la política internacional de los Estados Unidos, su política de guerra. Esta semana se añadió un funcionario del Departamento de Estado a la bola de nieve de las declaraciones, que dijo que ha habido «arrogancia y estupidez» en el desempeño de aquellos en Irak. Es terrible la sordera programada al creciente coro de advertencias y continuar con una invasión fracasada pero sangrienta, porque de admitir la derrota en Irak se perderían las elecciones del 7 de noviembre para el Congreso.

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CS #209 – Carga en Balaklava

Cartas

Winston Churchill (Sir), figura señera de la política británica, sobre todo por el liderazgo de su nación durante los terribles años de la Segunda Guerra Mundial, se hizo acreedor a un Premio Nobel en 1953. La distinción no le fue conferida, sin embargo, por su brillante e inspirador desempeño en esa conflagración, ni recibió por cierto el premio de la Paz. Con el premio que se alzó, sorpresivamente, fue con el de Literatura. Claro que Churchill, cuando no estaba ocupado en funciones de gobierno, se consideraba un escritor que también era miembro del Parlamento, y en algunas ocasiones escribía, por propia admisión, para ganar dinero que le permitiera sufragar su lujoso tren de vida. Así se convirtió en biógrafo e historiador, y fue por esta última condición—en particular por sus seis volúmenes de historia de la Segunda Guerra Mundial—que se hiciera acreedor al Premio Nobel de Literatura del año indicado.

La atención que prestaba a lo histórico, especialmente si se trataba de lo político y lo militar, fue un rasgo constante de su quehacer. En una semana de febrero de 1945, se encontraba en Yalta en compañía de Franklin Delano Roosevelt y Josef Stalin decidiendo el fin de la guerra en famosa conferencia, y aprovechó su localización en la península de Crimea para exigir un receso que le llevara al Valle de la Muerte, queriendo ver con sus propios ojos el terreno de la desastrosa Batalla de Balaklava.

¿Qué tenía de especial una batalla indecisa de una guerra—la Guerra de Crimea—bastante secundaria de la historia? Pues un momento táctico de tal dramatismo que tiene nombre propio escrito con mayúsculas—Carga de la Caballería Ligera—e inspiró, entre otras cosas, himnos, investigaciones parlamentarias, dos películas (1936 y 1968) y referencia en otras dos (The Eagle Has Landed, Saving Private Ryan), innumerables ensayos, varias piezas de música rock y los versos inmortales de Alfred Lord Tennyson: «¡Adelante, la Brigada Ligera! ¿Alguno desfalleció? No, aunque el soldado supiera que alguien cometió un error, no era cosa suya replicar, ni preguntarse el por qué, sólo cumplir con su deber y morir». (Theirs not to reason why / Theirs but to do and die).

El 25 de octubre de 1854 tuvo lugar la batalla de Balaklava. Tropas inglesas, francesas y turcas sitiaban Sebastopol, y el ejército ruso intentó romper el asedio y descalabrar con la acción el suministro británico desde el mar (Negro). Dos empujones iniciales fueron repelidos, pero en un momento del tercero una orden mal emitida o interpretada condujo al desastre. Se ordenó que la caballería inglesa participara en un asalto especial, el que tenía como propósito impedir que los rusos pudieran salvar sus cañones en la previsible retirada. La misión recayó sobre la Brigada Ligera de Caballería, mandada por Lord Cardigan y compuesta por un poco menos de setecientos jinetes. Así cargaron, armados con lanzas y sables, cayendo sobre las baterías eslavas, para verse irremisiblemente bombardeados por artillería desde todos los flancos. El resultado fue, por supuesto, una carnicería; Cardigan relataría después en un discurso: «En los dos regimientos que tuve el honor de conducir, todo oficial, con una excepción, fue o muerto o herido, o su corcel fue cañoneado bajo su monta o lesionado». Los que lograron reagruparse a duras penas, inexplicablemente sin apoyo inglés pero con el misericordioso rescate de los franceses, pudieron salvar apenas 195 caballos. Bajas humanas: 245 entre muertos y heridos, más de la tercera parte del cuerpo ligero. Ésa fue la hecatombe cuyo escenario fue a inspeccionar el historiador Churchill, mientras Roosevelt y Stalin le esperaban en Yalta impacientemente.

………

Ya todas las encuestas registran que la candidatura Rosales no ha logrado a estas alturas superar una ventaja de más de veinte puntos de la candidatura Chávez. No es que unas encuestas dicen una cosa y otras dicen la contraria. Todas miden una intención de voto por Chávez en el orden de 50% o más, mientras que Manuel Rosales, en el mejor de los casos, obtiene alrededor de 30%. Los mismos registros de opinión miden una participación electoral de un 60%; esto es, que la abstención no superaría 40%.

Uno puede, por supuesto, negar la existencia de los cañones rusos, para no desmoralizar a la caballería. Como era esperable, hay ahora una activa correspondencia electrónica—con seudónimos nuevos, como el de un tal Aureliano Coronel—que envía por la red de redes «información» acerca de una supuesta escapada de Rosales o da cuenta de una mítica encuesta de Merryl Linch que predice su triunfo con 60% de los votos. (Las encuestas no predicen, tan sólo fotografían el estado de la opinión en un instante, y cualquier imbécil provisto de una conexión a Internet puede copiar el logotipo de la afamada firma—que no hace encuestas—para impresionar la fe de los crédulos. El correo específico es tan primitivamente burdo, que asegura que la encuesta «predice» que el gobierno desconocerá el triunfo del zuliano y desatará un «caos con civiles armados». Ya quisiera Gallup, o por aquí Datos o Datanálisis, hacerse con una metodología tan poderosa que permite extrapolar posibles intenciones o acciones del gobierno a partir de preguntas contestadas por mortales comunes. En cambio, la comunicación que juraba que Rosales ya había rebasado a Chávez con creces hizo algo más simple: trucó un archivo gráfico proveniente del diario marabino Panorama, para invertir las fotografías de Chávez y Rosales y adjudicar a éste la intención de voto medida a favor del primero. Olvidó, no obstante, invertir asimismo los colores, de manera que el gráfico de torta señalaba la proporción favorable a Rosales en rojo intenso. Otros escriben y lanzan «juramentos» por Internet, creyéndose intrépidos próceres, y proponen que la abstención del pasado 4 de diciembre próximo fue mucho mayor que la admitida oficialmente para hablar enérgicamente «en nombre» del 83% de los venezolanos). Naturalmente, es previsible que el comando de Rosales, por boca de José Vicente Carrasquero, pronostique que las curvas confrontadas «se cruzarán» en el mes de noviembre. Es «lo que hay que decir».

La mayoría de estas comunicaciones es ilusa y conmovedora; hasta aleccionadora, si se piensa en el efecto galvanizador que tales patrañas causan, con tanta necesidad, en las filas del candidato de oposición. Pero otras, las hechas a conciencia, son irresponsables. Una cosa es suavizarle al paciente de cáncer su espantosa condición; otra, muy distinta, convencerle de que se encuentra en condiciones atléticas. Un médico serio debe encontrar la mejor manera de decir la verdad, y ésta es que Rosales no va a ganarle a Chávez, no va a descontar más de veinte puntos en poco más de un mes, y no podrá mantener reunidos a los ciudadanos después de la derrota bajo su mediocre conducción. Si se habla, con alguna esperanza, de los roces y divisiones en el seno del chavismo, debe saberse que asimismo hay fricciones y fuerza centrífuga en el ejército de la oposición.

Hay todavía, y se harán más insistentes y alarmantes a medida que se acerque la votación, otras comunicaciones que garantizan el triunfo de Rosales pero también que habrá fraude, «como ya lo hubo en agosto de 2004». (Cuando también todas las encuestas dignas del nombre anticiparon el triunfo del gobierno). Aseguran que hay más que inquietud en las fuerzas armadas, que viene un golpe, que hay que apertrecharse con sardinas y velas. Preparan, como en la oportunidad del referendo revocatorio, la racionalización «salvadora». Ganamos, pero nos hicieron trampa.

Lo cierto es que Manuel Rosales ya ha perdido.

………

Dos veces ya en esta misma semana, en dos editoriales del diario Tal Cual, Teodoro Petkoff, el Director Nacional de Estrategia de la campaña opositora, ha saludado como gran mérito, como inteligente y eficaz diseño, que Rosales haya eludido la confrontación ideológica con Chávez y se atenga a una oferta meramente pragmática, porque «la gente» no estaría interesada en debates de aquel corte y sólo quiere saber qué comerá y cómo preservará su vida. Es el más grave error de bulto—después de la escogencia del candidato mismo—de todo el planteamiento estratégico. ¿Cómo puede ignorarse el hecho de que Hugo Chávez es un ideologizador, un catequista de veinticuatro horas diarias? Petkoff mismo había creído importante, cuando todavía se pensaba posible candidato, afrontar el problema ideológico, al escribir, publicar y promover su libro Las dos izquierdas. Ahora parece haber sentido que tal cosa era estrategia equivocada, y la que dirige propone terapias puntuales, critica y acusa, pero no refuta. Ahora, en su criterio, aceptado por Rosales, hay que asaltar las baterías rusas con una carga de caballería ligera.

Seguramente ha determinado esa escogencia la impresión de que Rosales no podría competir con Chávez en el territorio de lo ideológico, por más inorgánico, primitivo, simplista y menestrónico que sea el batiburrillo del discurso chavista, y por más que ahora Rosales busque que el candidato rojo, el camarada Chávez, debata con él. De producirse ese debate, aconsejable por lo demás, probablemente Rosales eludiría el plano ideológico, puesto que ha anunciado que acosaría a Chávez con cuestionamientos a sus logros y sus políticas, pero no a sus ideas.

Ha habido y hay, en el liderazgo opositor que ha conducido el combate a este gobierno, una suerte de vergüenza cuando Chávez enuncia pomposamente algún equivocado principio sociológico o alguna torcida interpretación histórica, una mala conciencia que hace como que si la cosa no fuera con ella, un silencio que otorga. Unos pocos líderes de algunas ONGs lo han intentado en el caso de la educación, y aun así en términos timoratos. Pero en general no se ha escuchado voces, sino aisladas y episódicas, sin mucho espacio, que acometan al toro de frente para hacer lo que debe hacerse: derrotar a Chávez conceptualmente. Entretanto, pues, se elude enfrentar ideológicamente a un candidato que mantiene a la ONU en vilo o tomar en cuenta que Juan Barreto mostró el futuro socialista que su jefe predica absolutamente todos los días.

Si Rosales no puede, como Salas Römer no pudo, entonces hay que buscar a quienes puedan, hay que encontrarlos con urgencia. Por enésima vez recontaremos acá la recomendación de Alfredo Keller, hecha a la vez sosegada y alarmadamente en la tarde del 24 de junio de 1998: «Yo recomendaría aupar una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato».

Debe darse espacio suficiente a una voz, o a varias, que sean capaces de arremeter contra la ideología chavista superándola; es decir, sin identificarse con lo que Chávez denuncia y combate, que es lo que más le ha valido votos.

Y es que ni siquiera la oferta programática, las promesas específicas que sustituyeron la imposible promesa de «acabar con la pobreza», logran despertar un entusiasmo considerable. «Mi negra» no es antídoto contra las misiones, compensación ventajosa de la enorme transferencia de recursos hacia la gente más pobre que este gobierno ha producido. El propio Petkoff ya ha degradado la tarjeta que sustituyó a su «cesta-ticket petrolero»—el mismo musiú con diferente cachimba—a segunda prioridad, mencionándola como por obligación. El miércoles editorializó con la siguiente enumeración: «Ya Rosales ha presentado algunas ideas programáticas importantes (creación de empleo, ‘Mi Negra’, la lucha contra la inseguridad)…»

Si quienes consideramos importantísima la cesantía de Hugo Chávez a partir de enero próximo no somos capaces de apuntalar estratégicamente una campaña opositora gris, y derrotar ideológicamente a Chávez, entraremos desvalidos a su nuevo período, mucho más débiles para amenazar con «imparables» golpes de Estado y otras necedades afines. Claro, para hacerlo es preciso abandonar un extendido desprecio a la inteligencia del pueblo venezolano, que postula el dogma de fe de su desinterés por las ideas y su sola preocupación por lo material.

Nada de lo antedicho pretende negar todo mérito en el esfuerzo de Rosales; como se dijo, el asunto es conmovedor. Miles de personas trabajan ahora noche y día para potenciar su candidatura con dedicación digna de mejor causa. (Dicen que con cobres zulianos; los empresarios caraqueños ya habrían sacado cuentas). Pero el mariscal francés Pierre Bosquet, destacado actor en la guerra de Crimea, herido él mismo, se pronunció sobre la suicida Carga de la Brigada Ligera en estos términos: «C’est magnifique, mais ce n’est pas la guerre». LEA

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CS #208 – Latin American Idol

Cartas

Ayer estuvo en receso electoral la Asamblea de las Naciones Unidas. Será hoy cuando se reanude la votación para elegir el país representante de América Latina en el Consejo de Seguridad, el órgano de mayor poder de la organización. El receso fue aprovechado para reunir «informal» e infructuosamente al «GRULAC», el Grupo de Latinoamérica y el Caribe». La más relajada sesión no pudo ni convencer a Guatemala y Venezuela de que retiraran sus respectivas candidaturas, ni encontrar otro país que pudiera ser el representante de consenso. Hay una improbable solución que tiene precedentes—se ha producido tres veces en la ONU—y permitiría compartir el puesto: un año para Venezuela, un año para Guatemala. Es decir, partir en dos el muchacho de Salomón. ¿Cuál, entre ambas naciones, es la buena madre que preferiría ceder el lugar a la otra antes que partir la pretensión de maternidad, y cuál la mala que no objetaría la mitad del premio?

Lo cierto es que Venezuela y su gobierno han estado en boca del mundo, y que el impasse ha amplificado la cuestión. Lo cierto es que este asunto no será fácilmente olvidado en las Naciones Unidas. Si se razona que una votación de Rosales de 40% sería importantísima para la democracia venezolana aunque no ganara, ¿qué debiera decirse del terco 40% de Venezuela en la ONU?

Todavía, como anticipó el embajador Bolton, el asunto está comenzando. En estos momentos faltan 132 votaciones para alcanzar el récord de la organización, marcado por Colombia y Cuba en 1979 antes de que México se convirtiera en solución. Nadie sabe si se superará la marca. Nadie sabe si alguno de los contendientes alcanzaría la mayoría calificada suficiente, ni cuál de ellos se alzaría con el triunfo. En un pulso prolongado una espabilada puede representar que un bíceps venza inesperadamente. Nadie sabe si, a pesar de lo visto, el gobierno guatemalteco y el venezolano acordarán compartir el tiempo. Chávez pudiera considerar suficientemente apetecible, como Antonio Leocadio Guzmán con Venezuela, una sola y breve presidencia del mundo. (No dos, como en la rotación prevista para un país que asuma la representación plena de dos años).

En cualquier caso, no es tan sencillo el asunto como que Chávez ha fracasado en el intento. Alguien ha dicho que una guerrilla gana cuando no pierde, y un ejército pierde cuando no gana, como acaba de ocurrir entre el ejército israelí y Jizbolá. Si el gobierno de Caracas no ha obtenido lo que se propuso, tampoco el de Washington ha podido sentar a Guatemala en el Consejo de Seguridad.

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La libreta de anotaciones de la oposición venezolana apunta como triunfos los reveses de Chávez en el exterior. Por ejemplo, la derrota de Humala en Perú y la de López Obrador en México (recientemente amplificada por reveses regionales), o que Noboa le saque ventaja a Correa en la primera vuelta en Ecuador. (¿Una situación guatemalteco-venezolana?) Que no haya podido Chávez sentarse en el Consejo de Seguridad es contabilizado como victoria opositora, sobre todo después de que lo buscó con tanto recorrido y tanto dispendio.

Naturalmente, es ahora cuando Chávez prueba de verdad las adversidades internacionales. Que Chile haya optado por la ecléctica postura de la abstención respecto del puesto latinoamericano en el Consejo de Seguridad, a pesar de su socialista presidenta—que si fuera por ella habría votado por Venezuela—ya fue un aviso de las dificultades que sobrevendrían. España, ahora, anuncia por boca de su canciller, Miguel Ángel Moratinos, que no suplirá ciertos aviones militares a Venezuela, una vez que se demostrara como muy costosa la sustitución de tecnología norteamericana, luego de que los Estados Unidos prohibieran su transferencia a Venezuela. Y Chávez suena a quejumbroso amateur cuando «denuncia» que los Estados Unidos han hecho lobby en contra de la candidatura venezolana. ¿Qué esperaba Chávez, luego de su sulfurado discurso ante la Asamblea General, después de que el antaño filocopeyano que es Roy Chaderton declarase pretenciosamente que los Estados Unidos habían elevado a Venezuela al rango de superpotencia? ¿Es que no fue Chávez mismo a recorrer medio globo en procura de votos? ¿Por qué tendrían los Estados Unidos que abstenerse de ejercer presión diplomática contra un país cuyo gobierno, como ningún otro en el planeta en este momento, ni siquiera Corea del Norte o Irán, ha insultado sistemáticamente a sus más altos funcionarios? El que mete las manos en la candela se quema, y quien ignora que por cada funcionario venezolano los Estados Unidos pueden colocar cinco, o diez, funcionarios en la ONU para vender su posición, está expuesto al riesgo de ofrecer un lamentable espectáculo de sí mismo. El gobierno venezolano se puso a jugar un juego para quejarse de sus reglas a posteriori.

¿Cómo va a explicar Chávez al país su más sonado fracaso exterior? ¿Por cuál de las interpretaciones del affaire se inclinará el elector venezolano promedio?

………

Es inevitable la constitución de una polis planetaria. Las comunicaciones la conectan; la globalización aplana su mundo; el terrorismo, que es un delito planetario que requiere una policía planetaria, así como el narcotráfico, la trata de blancas y el tráfico de niños para fines sexuales; la ecología terrestre y los cataclismos cada vez más frecuentes que se cobran nuestro abuso ecológico; las viejas y nuevas epidemias; la pobreza de miles de millones; la exploración y conquista del espacio exterior; el control de las armas nucleares, todas estas cosas reclaman algo más ejecutivo y expedito que lo que puede hoy proveer la Organización de las Naciones Unidas. Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones.

¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario compuesto por miembros elegidos por los bloques de la «geotectónica política». Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como sub-bloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagaría?

El siglo XXI va a asistir a la constitución de esa polis y ese gobierno planetarios. La ciudadanía será mundial. Se tendrá derechos no por ser venezolano, o canadiense o japonés; se los tendrá porque se es ciudadano del mundo, y para garantizarlos los ciudadanos del planeta tendrán que conferir prerrogativas a un gobierno mundial.

Tal vez surja una religión planetaria—la Bahá’í, creada en lo que era Persia (Irán) en el siglo XIX, ya es un anticipo—una sola religión terráquea, que ofrezca sentido trascendente a los ciudadanos del planeta, por lo menos provisionalmente, hasta que haya algún contacto extraterrestre con vida inteligente.

Pero en cualquier caso no debe forzarse una nueva organización mundial, por más «moribunda» que sea su constitución, mediante un planteamiento esencialmente conflictivo. Lo que la escasa imaginación de Chávez no acierta a comprender, es que la repetición de las recetas que tan bien le han funcionado localmente no necesariamente funcionará a escala del globo. No es tanto que AD o COPEI sean agentes del imperio, como que Chávez cree que los Estados Unidos son Acción Democrática y el mundo una copia a mayor escala del electorado venezolano.

………

Y a la vez que Chávez protagoniza su pretenciosa epopeya, el precio del petróleo desciende, mientras tiene que financiar un gasto público para 2007 de 142 billones de bolívares. (Un presupuesto de 115 billones que los analistas del Banco Mercantil estiman será excedido en no menos de 25 billones). Las realidades terminan por imponerse. Por ahora Chávez resiste en la ONU, retrasando la retirada final—como el 4 de febrero, como el 11 de abril—sabedor de que el fracaso en obtener el puesto en el Consejo de Seguridad será explotado electoralmente en Venezuela, ante una población que ya consideraba inconveniente la sobreextendida actividad internacional del gobierno, e injustificable el gasto exterior que las ínfulas presidenciales determinaron.

Hasta el hombre más poderoso del planeta—George W. Bush—tiene, tarde o temprano, que admitir algunas realidades. Bush ha permitido la comparación de Irak y Vietnam, concediendo que el reciente recrudecimiento de la tasa de bajas norteamericanas en el primero de estos dos países puede ser asimilado a las pérdidas norteamericanas en la ofensiva del Tet. No da enteramente su brazo a torcer, pero reconoce que la cosa está peluda.

LEA

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FS #115 – From Time to Time

Fichero

LEA, por favor

De fines de 1991 a mediados de 1992 el diario El Globo quiso publicar algunos artículos del suscrito, en gran medida por la amable mediación de Don Juan Bravo Sananes, el arquitecto que era su Director de Arte, lo había sido del diario marabino La Columna y lo sería del periódico La Verdad, también de Maracaibo.

Muchos de los textos publicados abogaron por una renuncia de Carlos Andrés Pérez al cargo de Presidente de la República, remedio que propuse por vez primera el 21 de julio de 1991 desde las páginas de El Diario de Caracas, que a la sazón dirigía Diego Bautista Urbaneja. Poco después Urbaneja argumentaba que Venezuela no estaba en condiciones de asimilar la «lección moral» que Pérez le daría renunciando e impidió la publicación de un segundo artículo mío en el que le refutaba.

El 15 de enero de 1992—veinte días antes de la asonada del 4 de febrero—escribí para El Globo el penúltimo de los artículos-petitorios de renuncia, en el que decía que la solicitaría por última vez. No cumplí esta promesa: el 3 de febrero, veinticuatro horas antes del golpe, El Globo me publicaba un nuevo artículo, suscitado por muy infelices declaraciones de Pérez sobre el diferendo con Colombia, y en el que reincidía, con mayor virulencia, sobre la exigencia de renuncia. No sólo Urbaneja se oponía a la receta. También el general Alberto Müller Rojas, que a la postre fungiría como director de campaña de Hugo Chávez Frías en 1998, escribió para oponerse al asunto y, más explicablemente, el general Herminio Fuenmayor, jefe de la Dirección de Inteligencia Militar de Pérez, declaró que tales artículos formaban parte de «una campaña». Sólo después de la intentona de Chávez y Arias Cárdenas, Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas, se animaron a solicitar lo mismo. De hecho, el Dr. Burelli Rivas pretendió reivindicar cómicamente que la idea inicial había sido de él.

El artículo del 15 de enero versaba, principalmente, sobre temas de política económica, y habiéndose afincado sobre datos proporcionados por dos ediciones de la revista Time, llamé al texto From Time to Time. Es este artículo el que se reproduce acá, para componer la Ficha Semanal #115 de doctorpolítico.

LEA

From Time to Time

Resulta interesante preguntarse por qué el Fondo Monetario Internacional no impone un castigo económico, como los que suele imponer a ciertos países con problemas de deuda pública, al mayor deudor entre los países del mundo, al país que ha incrementado su endeudamiento en las proporciones más irresponsables de la historia: a los Estados Unidos de Norteamérica.

La revista TIME, en su edición del 13 de este mes, declara: «Los incontrolados déficits federales han más que triplicado la deuda nacional desde 1980, a 3,1 billones de dólares; los intereses de esa suma devoran 286 mil millones de dólares anualmente y representan el tercer gasto más grande del presupuesto».

Un poco de atención, por favor. No es fácil meterse en la cabeza esa cifra. Billones de los nuestros, de los castellanos. Se trata, en inglés, de «$3.1 trillion». Llevemos la tal suma a bolívares (dólar a sesenta para aligerar los cálculos) y escribámosla con todos sus números: ¡186.000.000.000.000 de bolívares!

Prosigue TIME del 13 de enero: «Entretanto, los consumidores aumentaron sus deudas desde 1,4 billones de dólares en 1980 hasta 3,7 billones el año pasado. Y la industria de los Estados Unidos elevó su deuda desde 1,4 billones hasta 3,5 billones de dólares en el mismo período».

Estas cifras pueden ser sumadas con facilidad, aunque no tanta como la facilidad con las que se acumularon. Entre las tres alcanzan el impensable monto de 10,3 billones (trillion) de dólares, o—¿lo que es lo mismo?—618.000.000.000.000 de bolívares. No existen, sospecho, todos esos bolívares. Nuestro gobierno central gasta actualmente alrededor de 1 billón de bolívares en un año; pero con un préstamo de la magnitud mencionada podría seguir al mismo nivel de gastos por más de seis siglos. Celebraría—naturalmente un 12 de octubre—el quinto centenario de un festín de ese tamaño y todavía tendría para 118 años más de rumba.

Pero es que TIME hace otros comentarios que provocan la iracunda sospecha de una injusticia sin igual: «Para poner las cosas peor, gran parte de la deuda corporativa fue derrochada extravagantemente en el papeleo de adquisiciones de empresas y en grandiosos proyectos inmobiliarios, antes que en fábricas o máquinas para la producción». Bush «…teme empeorar un déficit presupuestario que este año se espera exceda los 350 mil millones de dólares». «La bolsa de valores montó un espectacular acto de desafío en 1991. Los toros de Wall Street ignoraron el aplastante peso de la deuda sobre la economía de los Estados Unidos y las señales de una recesión prolongada».

¿Por qué entonces, vuelvo a preguntar, el Fondo Monetario Internacional, que como pontífice de las finanzas mundiales impone a nuestros países todo género de restricciones, no obliga de una vez por todas a la economía norteamericana a poner orden en su gigantesco desastre financiero? ¿Por qué conductas similares no son tratadas de modo análogo?

Demos por descontado que preguntar las cosas así es plantearlas ingenuamente: los Estados Unidos de Norteamérica son el «principal accionista» del Fondo Monetario Internacional.

Leí después un artículo de una edición anterior de la misma revista. Esta vez la del 16 de diciembre de 1991, sobre la que un amigo llamó mi atención. Nueva Zelanda es el caso que analizó. Dice Time: «Después de siete años de una revolución libremercadista de libro de texto, sus míseros resultados han dejado a muchos ciudadanos malhumorados, amargados y confusos… es claro que los neozelandeses han obtenido poca ganancia de todo el dolor causado por una reestructuración radical de la economía lanzada por el Partido Laborista en 1984 y continuada—incluso intensificada—en los 13 meses de la administración del conservador Partido Nacional bajo el Primer Ministro Jim Bolger». «En sus oficinas del edificio-colmena de la zona parlamentaria de Wellington, el Primer Ministro Bolger—tambaleándose con una aprobación de 7% en las encuestas de opinión—insiste en que las políticas económicas de su gobierno están funcionando».

¿Cuáles son esas políticas económicas? «Entre las medidas tomadas desde que comenzó la reestructuración están: una devaluación de 20% del dólar neozelandés; la desregulación del sector financiero; la venta de la mayoría de los negocios del gobierno; dramáticas reducciones del impuesto sobre la renta, haciendo caer la tasa máxima de 66% a 33%; la introducción de un impuesto general de 12,5% sobre la venta de bienes y servicios extensivos a necesidades básicas como la leche y el pan; recortes a los aranceles y las cuotas de importación que protegían a compradores y fabricantes». ¿No es verdad que suena conocido?

Hace un mes habló también el Banco Central de Venezuela. Nos presentó alborozado números que quiso se interpretaran como buenas noticias. Por ejemplo, una balanza de pagos superavitaria. Pero las exportaciones no tradicionales disminuyeron y las importaciones se incrementaron en 50%. Por ejemplo, un superávit fiscal de 36 mil millones de bolívares. Pero éste es un superávit que no proviene de un desempeño económico ordinario, sino de la venta fortuita de 40% de la CANTV y de VIASA; es decir, de ingresos extraordinarios no repetibles. ¿Qué va a hacer el gobierno este año, cuando su estimación de 19 dólares por barril de petróleo tenga que aterrizar en un duro piso que ya va por los 13 dólares, cuando deba hacer frente a la promesa del aumento general de salarios, a las promesas incumplidas de ajustes a los sueldos universitarios, a las necesidades hídricas de la capital?

¿Qué va a hacer Carlos Andrés Pérez, quien jura por el mismo texto de Jim Bolger y opina muy bien de la «Iniciativa de las Américas», nombre doblemente desagradable? ¿Venderá otro 40% de la CANTV, sin el que su ejercicio del año pasado hubiera mostrado un déficit de 100 mil millones de bolívares? ¿Empujará más el acelerador en la dirección del precipicio por el que ahora se despeña, entre varias naciones, incluso Nueva Zelanda.

Carlos Andrés Pérez inició en Venezuela la desbocada carrera del endeudamiento público irresponsable. Ahora nos impone para enjugarlo, de consuno con el Fondo Monetario Internacional, un sacrificio de la mayoría que enriquece a una minoría. Ahora hace todo lo contrario de lo que fue su decálogo político. Ahora insiste en comprometerse cada vez más con los Estados Unidos, metidos en un hoyo financiero, exigiendo clemencia económica del país en el que Bush ha vomitado sobre la mesa de su Emperador. Ahora Pérez es neoliberal. Es «yuppie».

El amigo que me envió el recorte del Time de Nueva Zelanda me preguntó también si no existía en Venezuela un procedimiento equivalente al del impeachment norteamericano, por el que se puede someter a juicio al presidente de su gobierno. Bueno, sí. Sí existe. El ordinal 8º del Artículo 150 de la Constitución de 1961 estipula que es facultad del Senado: «Autorizar, por el voto de la mayoría de sus miembros, el enjuiciamiento del Presidente de la República, previa declaratoria de la Corte Suprema de Justicia de que hay mérito para ello. Autorizado el enjuiciamiento, el Presidente de la República quedará suspendido en el ejercicio de sus funciones». Claro, uno no cree que los actuales miembros de la Corte Suprema de Justicia, a quienes ya se les sugirió que renunciaran ellos mismos, descubrirían ese «mérito» en Carlos Andrés Pérez.

La solución está en otra parte. Bolger es desaprobado por el 93% de la población neozelandesa. ¿Cuál es el porcentaje de desaprobación de Pérez? Eso pueden decírnoslo las encuestas.

Y los ciudadanos venezolanos podemos recordar que en nosotros reside el Poder Constituyente. En nosotros encarna el Poder Electoral. Son éstos los poderes que deben ponerse en movimiento. Por última vez, presidente Pérez, considere Ud. la renuncia.

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LEA #207

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Más de un signo preocupante brota en la superficie política del planeta, su polisfera. Naturalmente, persisten los forúnculos en Palestina, Irak, Darfur, Afganistán, Sri Lanka. Por supuesto que hay focos de prurito de etiología nuclear (iraní o norcoreano), así como una pobreza rebelde como la de Oaxaca y la violación de derechos de la mujer en México, desde donde se origina un géiser emigratorio al que Bush se prepara para aplicar el torniquete de un nuevo muro, como en Berlín, como en Palestina. Uno puede hasta notar que los diputados franceses legislan ahora para que se penalice una opinión histórico-política. Quienes sostengan que los turcos no incurrieron en genocidio hace casi un siglo, en 1915, serán tenidos en Francia por delincuentes.

Pero lo más relevante del caso clínico planetario son ciertas sorpresas que se llevan los líderes de la política de poder más radicales. Por ejemplo, tiene que haber sido una sorpresa para Hugo Chávez, así como para el mismo Evo Morales, la irrupción de desórdenes graves de origen popular en Bolivia, que requirieron el empleo del ejército para su provisional control capitalino. Bolivia sigue ardiendo, y está visto que no basta que llegue al poder un candidato simpático al Presidente de Venezuela para aplacarla. La izquierda no es ya una solución, como no lo es tampoco la derecha.

No fue, tampoco, una sorpresa agradable para los invasores de Irak la publicación de un estudio académico que imagina más de 600 mil muertos por la guerra de Estados y Reino Unidos, por más que se discuta su metodología. (En términos de Hermann Kahn, finado futurólogo norteamericano, se discute si fueron ya 600 kilomuertes, o solamente 50 kilomuertes, una verdadera ganga).

La sorpresa más escaldante, sin embargo, han sido sin duda las declaraciones de Sir Richard Dannatt, general Jefe del Estado Mayor británico, que acaba de decir con la mayor franqueza que las tropas inglesas deben abandonar Irak tan pronto como sea posible, ya que su mera presencia produce intolerancia y rechazo. Según Sir Richard, esa presencia pone las cosas peor, pues «exacerba los problemas de seguridad». En franca rebeldía, insólita en la costumbre inglesa, se permitió opinar flemáticamente que la política iraquí de Anthony Blair es «ingenua».

¿Sirven estos escarmientos para la corrección de rumbo? No tan rápido, que tanto aquí en los trópicos como en la Pérfida Albión la terquedad del equivocado político es notable. La reacción de Downing Street a las declaraciones del general Dannatt ha sido declarar tersamente: «Es importante que la gente recuerde que estamos en Irak por el expreso deseo del gobierno iraquí democráticamente elegido, para apoyarlo bajo el mandato de una resolución de las Naciones Unidas». Están en Irak porque no se han ido desde que entraron para acompañar con solidaridad de camarada a los Estados Unidos, cuando el gobierno descrito por la oficina del primer ministro inglés no existía para nada.

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