Historia del siglo XX (3)

digimulti

La consolidación del comunismo en Rusia y la constitución de la Unión Soviética. Imposiciones de posguerra y la siembra de una crisis económica. La Gran Depresión. Formación de la Liga de las Naciones. Una psicología melancólica.

A juzgar por la letra del tango Volver, ahora repopularizada por la más nueva película de Almodóvar, quince años deben ser menos que nada. Sin embargo, el período comprendido entre el término de la Primera Guerra Mundial (1918) y el ascenso de Adolfo Hitler al poder (1933) estuvo lleno de acontecimientos, los que definen un proceso de declinación de la civilización europea. De una Alemania postrada por las consecuencias de Versalles, y luego asolada por la inflación, se llegaría a un nuevo país, en despegue hacia la bonanza económica y una horrible metamorfosis.

Rusia, en medio de la revolución bolchevique iniciada en 1917, había tenido importantes pérdidas territoriales. Primero el gobierno de Kerensky había reconocido la independencia de Polonia, y luego de él los comunistas concedieron la petición de independencia de Finlandia. En los meses sucesivos Latvia, Lituania y Estonia obtuvieron asimismo la independencia. Por el Tratado de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) debió entregar a Alemania grandes partes de Ucrania, Rusia Blanca y Transcaucasia, perdiendo de este modo más de sesenta millones de súbditos y mucha de su industria y también importantes recursos naturales.

En materia de resistencia al régimen bolchevique, que iba desde la de reaccionarios partidarios de la restauración de los zares hasta la presentada por los radicales del socialismo revolucionario, procedieron con una política de terror que arrasó con la oposición interna, sobre todo a raíz de un atentado en agosto del 18 que dejó a Lenin malamente herido. Pero sobre aquel régimen se cernía una amenaza mucho más peligrosa, que estuvo a punto de derrocarlo. Cerca de las fronteras rusas apareció primero un Ejército Blanco formado en los territorios cosacos del sur. A esta fuerza se unió otro ejército reclutado en Rusia oriental y Siberia, el que recibió un contingente de cuarenta mil checos, y a comienzos de 1919 dos ejércitos adicionales entraron en acción en el norte y el noroeste del país. Los comunistas, pues, se veían acosados por todos los flancos.

A esta amenaza se sumó la intervención aliada. Al retiro ruso de la guerra se quiso impedir que los alemanes pusieran mano al material de guerra que los aliados habían suministrado, por lo que éstos enviaron tropas a Siberia y el norte y sur de Rusia. Japón puso en guerra 60.000 hombres; los demás países no remitieron tropas en número suficiente, pero aun así los ejércitos blancos recibieron material y hubo bloqueo de las costas rusas. Los aliados retiraron sus soldados en 1920, pero la presencia japonesa se prolongó hasta 1922 y, específicamente en la zona rusa de la isla de Sakhalin, hasta 1925.

Los blancos parecían al borde la victoria hasta fines de 1919. Un año más tarde las fuerzas bolcheviques, comandadas por Trotsky como Comisario de Guerra, derrotaban definitivamente a aquéllos y ponían fin a la guerra civil.

Todavía la guerra, sin embargo, no terminaba para los rusos, pues los polacos invadieron el occidente de Ucrania y Rusia Blanca a comienzos de 1920. Francia apoyó a Polonia y los rusos debieron aceptar la partición de territorio adicional por el Tratado de Riga de marzo de 1921, con lo que perdieron otros cuatro millones de habitantes.

Curzon

La línea Curzon, propuesta en Versalles en 1919, marcaba la separación étnica entre rusos y polacos y guió las disposiciones del Tratado de Riga.

Por otra parte, en la misma Ucrania, en Transcaucasia y otras regiones fronterizas se manifestaron movimientos independentistas. A pesar de que los comunistas habían declarado estar a favor de la autodeterminación de los pueblos, procedieron a reprimir estos movimientos. El 30 de diciembre de 1922 nació formalmente la federación dominada desde Moscú: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Mientras estas cosas ocurrían, los diplomáticos aliados se reunían en París para decidir el destino de Alemania y sus vencidos socios. Veintisiete naciones participaron en la conferencia, aunque el verdadero poder de decisión residía en “los Cuatro Grandes”: Woodrow Wilson, David Lloyd George, Georges Clemenceau y Vittorio Orlando, en representación de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia, respectivamente. Este último país emprendió un boicot en protesta porque no obtenía el reconocimiento de algunas de sus aspiraciones, por lo que en la práctica los Tres Grandes decidieron la mayor parte de las cosas.

No había unanimidad de criterio: Clemenceau asistió animado por el deseo de vengar las humillaciones de la Guerra Franco-Prusiana mediante compensación territorial, cuantiosas reparaciones y seguridades contra futuras agresiones alemanas; los italianos pretendían adquirir grandes territorios a expensas de los ya inexistentes imperios austro-húngaro y turco; Lloyd George, aunque dispuesto a una mayor moderación, estaba atado por su propia propaganda de guerra. (En diciembre de 1918 su partido había ganado las elecciones tras una campaña que prometía castigo para Alemania). Los aliados menores también querían su parte: Bélgica exigía reparación por daños de guerra; ya Japón había tomado posesión de territorios alemanes en China y el Pacífico, y los fragmentos del desaparecido imperio Austro-Húngaro, que habían sido reconocidos de facto por los aliados aun antes del fin de la guerra, disputaban entre ellos por territorio. Sólo los Estados Unidos fueron a París sin exigencias territoriales o financieras, y tal cosa, sumada a la popularidad de Wilson, permitió algo de moderación inicial.

Apartando las imposiciones materiales, territoriales y militares, Alemania se vio forzada a aceptar la culpa por la guerra y este hecho, de profundas implicaciones psicológicas, gravitaría sobre el posterior ascenso de Hitler, quien se presentaría justamente como agente de expiación de esa culpa y se referiría al tratado como el Diktat de Versalles. El Artículo 231 del Tratado de Versalles estipulaba: “Los Aliados y los Gobiernos Asociados afirman y Alemania acepta la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado toda la pérdida y el daño a los que los Aliados y los Gobiernos Asociados estuvieron sujetos como consecuencia de la guerra impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados”.

Pero el efecto más inmediato y brutal sería el ejercido por las reparaciones impuestas. La factura total que Alemania recibió finalmente el 27 de abril de 1921 alcanzaba a la suma de 33 mil millones de dólares, cantidad muchas veces superior a todo su ingreso nacional anual. Esta carga terminaría por causar el colapso de la economía alemana. Para complicar el asunto todavía más, los gobiernos aliados, movidos por sus intereses económicos, establecieron onerosos aranceles que impedían la exportación alemana, y a fines de 1922 Alemania entró en cesación de pagos. La inflación que se desató fue monstruosa. Para 1923 el marco valía menos que el papel en el que estaba impreso, un dólar llegó a cambiarse por más de cuatrocientos millones de marcos y la gente llevaba billetes en carretillas para hacer sus compras de abasto.[1]

Los efectos de este proceso afectaron a otros países, como Francia, cuyo franco experimentó una devaluación de 25%. La alarma cundió y se convocó de emergencia una conferencia que propuso aliviar las exigencias a Alemania, y un nuevo empréstito norteamericano permitió una recuperación económica bajo la guía de Hjalmar Schacht, quien tuvo éxito en restituir la confianza sobre el marco. Tal como había previsto Keynes, las imposiciones financieras del Tratado de Versalles generaron una crisis internacional, la que paliada momentáneamente, reemergería con fuerza inusitada en 1929 para prolongarse hasta 1933. En Alemania, la inflación desatada dejó cicatrices particulares. Unos pocos especuladores hicieron fortunas gigantescas, mientras los trabajadores veían desaparecer los ahorros de toda una vida en pocas semanas.

Las consecuencias económicas de las disposiciones de París no fueron previstas adecuadamente, y una disputa absurda y contradictoria las agravó. Mientras que los Estados Unidos propusieron la condonación de las reparaciones de guerra al tiempo que insistían en cobrar sus acreencias, derivadas de los préstamos que hicieran a los aliados, Francia proponía que los Estados Unidos se olvidaran de esta deuda y se hiciera, en cambio, honor a las reparaciones. Los británicos sugirieron la cancelación de ambas cosas, pero los Estados Unidos se negaron a ver la conexión entre las dos. Calvin Coolidge diría: “Ellos pidieron el dinero prestado. ¿No es así?”

Los norteamericanos disfrutaban de una bonanza sin precedentes, a pesar de un breve lapso de depresión en 1920 y 1921. Los Estados Unidos habían pasado de ser un deudor neto a ser un acreedor neto, y lograron establecer una balanza comercial muy favorable mediante la exportación de sus productos mientras desplazaban a los productores europeos. Su propio mercado interno era de por sí masivo, y su crecimiento poblacional, aunado a un rápido progreso tecnológico, parecía garantizar una prosperidad inagotable.

Los banqueros e inversionistas estadounidenses optaron, en 1928, por sustituir su acostumbrada compra de bonos alemanes por inversiones en la Bolsa de Valores de Nueva York, la que inició un espectacular crecimiento. El gran bull market incitó a pequeños inversionistas a comprar acciones a crédito, mientras las economías europeas comenzaban a sentir la presión derivada del cese de la inversión norteamericana en sus papeles y una competencia que les dejaba sin mercados. La rigidez que significaba el empleo de los recursos destinados al crédito en la especulativa compra de acciones, esperaba sólo una chispa para desatar un incendio.

El 24 de octubre de 1929 una onda de pánico cruzó por la Bolsa de Nueva York, haciendo que se desplomaran los precios de las acciones y se evaporaran en escasas horas millones de dólares represados en papeles de valor ficticio. A mediados de noviembre el índice bursátil había caído a la mitad del valor que ostentaba. En “efecto dominó”, los bancos exigieron la devolución de los préstamos, lo que realimentó la oferta de títulos a precios irrisorios para afrontar las obligaciones. Los norteamericanos que habían invertido en Europa vendieron sus activos para repatriar sus capitales, transmitiendo así la repentina enfermedad al Viejo Continente. Para 1930 la retirada de los capitales norteamericanos no había cesado, y en mayo de 1931 uno de los más importantes bancos de Europa, el Creditanstalt de Austria, interrumpió sus pagos. La ola de pánico continuó, como un tsunami, transmitiéndose de banco a banco, industria a industria y país a país. En estocada mortal, una ola de cesantía dejó a millones de trabajadores sin empleo, con lo que recreció el ciclo de deflación.

En el verano de 1931 el presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, forzado por las circunstancias a reconocer la realidad de la interdependencia financiera internacional, propuso una moratoria por un año de los pagos intergubernamentales, en lo que constituyó un remedio demasiado tardío. En septiembre de ese año Inglaterra, que con gran dificultad había retornado al patrón oro en 1925, debió abandonarlo otra vez, en compañía de muchos otros países. Lo mismo debió hacer Roosevelt en 1933, después de la quiebra de miles de bancos y la implantación de un feriado bancario de cuatro días.

………

Una esperanza política se había puesto en la Sociedad de Naciones. Ideada por Edgard Grey, ministro inglés de asuntos exteriores, fue entusiastamente acogida y promovida por Wilson, y se asentó en Ginebra luego de sostener su primera sesión en Londres, el 10 de enero de 1920, en la que se estableció su Secretaría. Sir James Eric Drummond fue el primer Secretario, y duró en el cargo hasta 1933. Tenía por objeto impedir los conflictos armados, luego de que quisiera entenderse al conflicto que concluyera en 1918 como “la guerra para acabar todas las guerras”.

Wilson

Hitos iniciales de la Sociedad de Naciones registrados en tarjeta postal de la época con la efigie del presidente Woodrow Wilson

La Liga de las Naciones—Société des Nations, Volkërbund—no disponía de fuerzas armadas propias, y para mediar entre países combatientes dependía de que las grandes potencias quisieran emplear las suyas. Los Estados Unidos nunca ratificaron la carta del organismo, y tampoco fueron nunca miembros. El 19 de noviembre de 1919 el Senado estadounidense rechazaba adherir a la Liga, y el 19 de marzo del año siguiente votaba en contra de ratificar el Tratado de Versalles. Esta decisión dejaba a los Estados Unidos técnicamente en guerra con Alemania, lo que no fue remediado hasta 1921.

Es posible que de haber existido un tratado distinto de éste para la sola creación de la Liga, el gigante norteamericano se hubiera asociado, pero se había insistido justamente en que el establecimiento de esta sociedad de Estados fuera parte integral del acuerdo versallesco. Haber aprobado su adhesión a la Liga habría representado para los Estados Unidos su aquiescencia a las restantes exigencias en contra de Alemania.

La propia Alemania fue admitida a la Liga en 1926, una vez superada su crisis económica, y el año anterior el Pacto de Locarno garantizaba las fronteras franco-alemana y alemano-belga contra agresión de cualquiera de los lados, así como las fronteras de Alemania con Polonia y Checoslovaquia, un país antiguamente inexistente, creado con fragmentos del antiguo Imperio Austro-Húngaro. Un hálito pacifista presidía las conversaciones, y a esta atmósfera se le llamó el “espíritu de Locarno”. Prolongado unos años, este espíritu animó comunicaciones entre Aristide Briand, por Francia, y Frank B. Kellogg, por los Estados Unidos, que condujeron al Pacto de París o Pacto Kellogg-Briand, firmado en 1928 por sesenta y cinco naciones. Por él se comprometían a la “renuncia de la guerra como instrumento de política nacional”. El Pacto de París era significativo porque no sólo lo firmaban Francia y Alemania, sino que se adherían a él Rusia y los Estados Unidos, pero no contaba con ningún mecanismo para hacerlo valer. La euforia, en cambio, quedó coronada al conferirse a Aristide Briand el Premio Nóbel de la Paz.

La carencia de una fuerza militar independiente, y la ausencia de los Estados Unidos, fueron debilidades que se demostrarían mortales. Después de haber tenido algunos logros, primero Alemania y después Japón se retiraron de la alianza en 1933. Rusia fue admitida luego de esas deserciones, pero la Liga fue incapaz de evitar la Segunda Guerra Mundial. Dos de sus instituciones, sin embargo, la sobrevivieron: la Oficina Internacional del Trabajo y la Corte Permanente de Justicia Internacional, que complementaba sin sustituirlo al Tribunal de Arbitraje creado en 1900.

Estas iniciativas, pues, permitieron el renacimiento de la esperanza que existiera a comienzos de siglo. La Alemania militarista del Segundo Reich daba paso a la civilizada República de Weimar, llamada así porque su constitución fue ratificada en esa ciudad alemana, que fue considerada la más avanzada de su época. No tardaría mucho, no obstante, en aparecer la oposición a la joven república desde los extremos radicales. Poco después de que se proclamase el fin de la ley marcial y se anunciara elecciones, una revuelta en Berlín fue aplastada con elementos del viejo ejército imperial y la ejecución sin juicio de los líderes del alzamiento. Las elecciones, por otra parte, aunque concedieron una mayor minoría a los social demócratas (163 de 423 diputados totales) implicaban la necesidad de una coalición para gobernar. Los demócratas y los católicos se sumaron al gobierno, que comenzó liderado por Friedrich Ebert.[2]

A las vicisitudes políticas del período 1918-1933 subyacía una modificación en el espíritu de la época. La experiencia de la guerra había trocado el optimismo de 1900 en una melancolía y un cinismo que emergieron claramente en la literatura, las artes y el ensayo. Precisamente en 1918 se publicaba “El ocaso de Occidente”, del alemán Oswald Spengler, obra en la que se declaraba moribunda a la civilización occidental. Un poema de T. S. Eliot, Los Hombres Vacíos (1925), hacía eco a la profecía spengleriana, concluyendo con dos versos que serían interminablemente citados:

This is the way the world ends/ Not with a bang but a whimper.[3]

Fueron los tiempos de la descarnada sátira Un mundo feliz, del inglés Aldous Huxley (que prefiguraba los excesos de un gobierno totalitario) y las obras más importantes de Franz Kafka (El Proceso,[4] de 1925 y El Castillo, de 1926). Pero tal vez haya sido la obra más característica del período la novela más larga jamás escrita, por Marcel Proust, que retrataba la disolución social a causa de la corrupción moral de la burguesía. Su título resume todo: En busca del tiempo perdido.

Entretanto, el cubismo y el modernismo, las corrientes principales de la pintura a comienzos de siglo, habían sido sustituidas por el surrealismo, que exploraba el mundo onírico con indudable influencia freudiana, y el dadaísmo, un movimiento de ruptura y denuncia del mundo moderno de efímera duración. Tan sólo la arquitectura logró asirse a la racionalidad, asentada sobre la necesaria realidad de los esfuerzos de reconstrucción. En 1919 fundaba Walter Gropius la muy influyente Bauhaus, una escuela que combinaba la arquitectura y el diseño con pintura, escultura y artesanía. En 1929, en la exposición internacional de Barcelona, los artistas de esa escuela mostraron que dominaban el campo. Desde Francia, la racionalidad funcional de Le Corbusier[5]—que definía una casa como “una máquina para vivir”—hacía sentir su influencia en la arquitectura y posteriormente en el urbanismo.

En general, el arte quería romper con el pasado desde comienzos de siglo, a partir de un escepticismo harto explicable. Muchos críticos hablaron de un arte de la decadencia, pero la verdad es que se trataba de un fermento revolucionario, y lo que había sido tenido por mero quehacer estilístico—simbolismo, Art Nouveau—dio paso a un profundo reexamen en el período entre las dos guerras mundiales. De nuevo, fue desde fuera del arte de donde vino la mayor influencia de todas: de la obra de Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis. No sólo los poetas surrealistas exploraban el subconsciente con sus poemas automáticos—influidos por la técnica psicoanalítica de la libre asociación de ideas—sino que las referencias y los símbolos sexuales comenzaron a emerger explícitamente en la literatura y el cine. En este sentido la época preparó el terreno para posteriores y más atrevidas liberaciones.

Dice el tango:“…veinte años no es nada, y feliz la mirada…” Quince años son, en consecuencia, menos que nada, pero en general la mirada no era feliz en el lapso comprendido entre 1918 y 1933. En este último y fatídico año ascendería a la Presidencia de los Estados Unidos, sobre la angustia de la Gran Depresión,[6] Franklin Delano Roosevelt, quien sustituyó la política hooveriana del Fair Deal por su propia proposición de un New Deal, grandemente influida por la prédica de John Maynard Keynes, que abogaba por una fuerte intervención económica del Estado para lograr la condición del pleno empleo de la oferta de trabajo, aun a costa del endeudamiento estatal a gran escala. (Deficit spending).

Pero también lograba el poder, en ese mismo año en Alemania, el otrora cabo austriaco Adolf Hitler. Nadie anticipaba por entonces un nuevo y más grande cataclismo de sangre y violencia, nadie anticipaba entonces el holocausto que sobrevendría. LEA

Roosevelt-Hitler

El presidente Roosevelt firma el New Deal en 1933 – Adolfo Hitler, todavía sin poder en 1928

 


[1] Una buena descripción del proceso se encuentra en el libro de William Shirer, Auge y caída del Tercer Reich.

[2] En la práctica alemana reciente, los partidos políticos pueden establecer fundaciones que reciben fondos del gobierno para sus operaciones políticas, incluyendo en éstas las ayudas exteriores. Los social-demócratas establecieron la Fundación Friedrich Ebert, mientras que los socialcristianos crearon la Fundación Konrad Adenauer. Ambas tienen representación en Venezuela.

[3] «Es así como el mundo termina, no en un estallido sino con un sollozo».

[4] Llevada al cine por Orson Welles, con actuación destacada de Anthony Perkins, el protagonista del clásico de Alfred Hitchcock, Psicosis.

[5] Seudónimo de Charles-Edouard Jenneret, arquitecto franco-suizo, de gran influencia sobre nuestro Carlos Raúl Villanueva.

[6] Documentada con descarnado realismo en las fotografías de Margaret Bourke White y Dorothea Lange.

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Historia del siglo XX (4)

digimulti

La Revolución Mexicana. Dictaduras en América Latina. La progresiva liberación de China y la emergencia de Japón como potencia.

En las primeras décadas del siglo XX no era Europa, por supuesto, lo único que se movía. Antes incluso de la Revolución Rusa, ya la Revolución Mexicana era tenida como la segunda gran revolución de la historia, detrás de la Francesa. En el Extremo Oriente, por otra parte, un gigante geopolítico comenzaba su despertar, China, en perpetuo forcejeo con Japón, que habiendo llegado tarde a la era colonial procuraba extender su control hacia áreas como Manchuria y Shan-tung.

Apartando a los Estados Unidos, que se incorporó tarde (1917) a la Primera Guerra Mundial, y Canadá, que como dominio británico participó al igual que Australia, Nueva Zelanda e India en la contienda en apoyo de su metrópolis, el resto del continente americano no tuvo mucho que ver en el conflicto. Cada uno de los países del área latinoamericana[1] estaba ensimismado en sus propios problemas de atraso.

Específicamente en México era evidente ese atraso, recrecido durante el largo período de la dominación de Porfirio Díaz, el dictador cuyo nombre bautizó el cambio de siglo mexicano: el Porfiriato. (1876-1911).

Porfirio Díaz, nacido en Oaxaca en 1830, había sido un héroe mexicano que resistiera las ofertas del Emperador Maximiliano para atraerlo a sus filas. A los dieciséis años, después de un fallido intento maternal por hacerlo sacerdote, se enroló en el ejército, motivado por una posible guerra contra los Estados Unidos. De allí en adelanto su ascenso fue muy rápido: derrotado Maximiliano, compitió con Benito Juárez—a quien había apoyado contra el austriaco—en las elecciones de 1871, y aseguró que había perdido por razones fraudulentas. En el Plan de La Noria llamó a la rebelión contra Juárez, pero su alzamiento fracasó. En 1872 la muerte de Juárez permitió el acceso al poder de Sebastián Lerdo de Tejada, quien decretó una amnistía que favoreció a los rebeldes, y Díaz se retiró a las labores de hacendado en el estado de Veracruz. De aquí llegó al Congreso electo como diputado, y cuando el gobierno de Lerdo de Tejada comenzó a enfrentar resistencia, rehusó una oferta para quitarlo de en medio con la embajada de su país en Alemania. En cambio, en 1875 viajó hasta Nueva Orleáns para planear una nueva insurrección. (Plan de Tuxtepec). Esta vez, saliendo de Oaxaca (10 de enero de 1876), Díaz logró sus propósitos, y pudo proclamarse Presidente de México el 10 de noviembre de 1876. Habiéndose declarado contrario a la reelección, en 1880 hizo elegir a uno de sus subalternos, Manuel González, para un cuatrienio de notoria corrupción.

Al término del período de González, una nueva presidencia de Díaz fue vista como alivio, y desde entonces Díaz ya no soltó el poder hasta que debió abandonarlo en 1911, asediado por alzamientos en su contra desde cada costado de México.

El Porfiriato se caracterizó por cierto progreso del país en materia de comunicaciones ferrocarrileras e industrialización, pero acentuó gravemente las desigualdades sociales. Díaz favoreció los objetivos de los grandes hacendados mexicanos, procediendo a la expropiación de tierras antaño en manos de campesinos, y este factor, junto con su larga detentación del poder, determinó el descontento que daría al traste con su régimen. En 1908 concedió una famosa entrevista a una revista estadounidense en la que declaró estar dispuesto a dejar el poder, anunciando elecciones para 1910.

Un antiguo asociado, Francisco Madero, educado en los Estados Unidos, quiso ser candidato luego de que Díaz desconociera su ofrecimiento de no volver a reelegirse, desde la plataforma del Partido Antirreeleccionista. El mismo día de las elecciones, sin embargo, Madero fue detenido y apresado en San Luis de Potosí, desde donde lanzaría el Plan de San Luis (20 de noviembre de 1910), que marca convencionalmente el inicio de la Revolución Mexicana. El manifiesto declaraba ilegal el nuevo gobierno de Porfirio Díaz, proclamaba a Madero como presidente provisional y llamaba a la insurrección. En 1911, después de que sus tropas federales fueran derrotadas, Díaz salía a refugiarse en Francia y Madero era elegido Presidente de México por abrumadora mayoría.

Díaz-Madero

Porfirio Díaz (1876-1911): “Pobre México. Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. – Francisco Madero (1911-1913)

Un mes después de que Madero hubiera sido proclamado candidato presidencial antirreeleccionista (mayo de 1910), Emiliano Zapata se había sublevado en Morelos al frente de campesinos que exigían tierras. Por su parte, Francisco Villa hizo lo propio junto con Pascual Orozco desde Chihuahua el 20 de noviembre, y en enero del año siguiente los hermanos Flores Magón se alzaron en Baja California y los hermanos Figueroa en Guerrero.

Fue la ocupación de Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911 por estos revolucionarios lo que finalmente determinó el 26 de ese mismo mes la salida de Porfirio Díaz, quien dejó el gobierno en manos de Francisco León de la Barra. Éste entregó el poder a Madero a la elección de éste.

Ciudad Juárez

En esta fotografía tomada en Ciudad Juárez aparecen varios de los líderes de la Revolución Mexicana, como Francisco Madero padre e hijo, Venustiano Carranza, José Pino Suárez, Francisco (Pancho) Villa y Pascual Orozco. Madero es el quinto desde la izquierda en primera fila; Villa el primero a la izquierda entre los de pie.

A pesar de que Madero había conseguido el apoyo de Emiliano Zapata y Francisco Villa con promesas de reforma agraria, al llegar a la presidencia se olvidó de ellas. El incumplimiento impulsó a Zapata a lanzar, a los diecinueve días de la toma de posesión de Madero, el Plan de Ayala, por el que reclamaba el reparto de tierras y decretaba la continuación de la guerra revolucionaria. Pascual Orozco, nombrado jefe supremo de las fuerzas agraristas, se levantó en armas en Chihuahua en marzo de 1912, para ser imitado por Bernardo Reyes en Nuevo León y Félix Díaz en Veracruz.

El ejército federal, comandado por Victoriano Huerta—que ya había luchado exitosamente contra los zapatistas en el interregno de León de la Barra—y Prudencio Flores, emprendió una cruenta campaña contra los insurrectos. Las tropas oficiales quemaron villas enteras, establecieron campos de concentración y ajusticiaron a numerosos campesinos.

En febrero de 1913 la revolución había llegado a Ciudad de México, y en la “Decena Trágica” (diez días de lucha) murieron allí unos dos mil combatientes. Poco después el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, arregló un acuerdo entre Huerta y Díaz para deponer a Madero. El 18 de febrero el golpe de Estado derrocó a Madero y proclamó Presidente a Victoriano Huerta. Cuatro días después, Madero y su Vicepresidente, José Pino Suárez, eran asesinados por orden de Huerta.

Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, se negó a reconocer el gobierno de Huerta, y el 26 de marzo de 1913 proclamó el Plan de Guadalupe, en el que se declaraba continuador de la obra de Madero y procedía a la formación del “Ejército Constitucionalista”. Pronto se adhirieron a esta causa Álvaro Obregón en Sonora y Pancho Villa en el norte de México, al tiempo que Zapata operaba en el sur y el este del país. En la capital, la Casa del Obrero Mundial, de tendencias anarquista y obrerista, y defensora de las reivindicaciones agrarias del movimiento zapatista, también hacía oposición a Huerta. Las tropas constitucionalistas, formadas por campesinos y gentes del pueblo, derrotaron a los federales: Villa tomó Chihuahua y Durango y Obregón venció en Sonora, Sinaloa y Jalisco. Los Estados Unidos intervinieron contra el gobierno, enviando marines a Veracruz el 21 de abril de 1914, con el pretexto de liberar militares norteamericanos apresados por Huerta. Luego de un triunfo constitucionalista en Zacatecas el 24 de junio y de la ocupación de Querétaro, Guanajuato y Guadalajara, Huerta dimitió el 15 de julio siguiente y se marchó al exilio. Por el Tratado de Teoloyucán se decretaba la disolución del ejército federal y la entrada de los constitucionalistas en la capital, que se produjo el 15 de agosto de 1914, justo cuando comenzaba la Primera Guerra Mundial en Europa.

En noviembre de 1914 el Convenio de Aguascalientes regulaba el cese de hostilidades y nombraba a Eulalio Gutiérrez presidente provisional. Éste trasladó la sede del gobierno a San Luis Potosí, dejando Ciudad de México en manos de Zapata y Villa, mientras Carranza se retiraba a Veracruz. Villa y Zapata no lograron entenderse y al mes del acuerdo abandonaban la capital, prestos a reanudar hostilidades.

Electo presidente, Venustiano Carranza promulgó la Ley Agraria de enero de 1915, con lo que logró el respaldo de buena parte del país. Entretanto, su ejército combatía a Villa bajo el mando de Álvaro Obregón y lo derrotaba en Celaya, Guanajuato, León y Aguascalientes. En octubre los Estados Unidos, que habían ordenado la persecución de Villa—éste se había dedicado a la guerra de guerrillas y a provocar la intervención norteamericana—reconocieron el gobierno de Carranza. Por su parte, Zapata repartía tierras en Morelos, pero sus fuerzas fueron obligadas a replegarse a las montañas tras una expedición exitosa de las tropas federales bajo Pablo González.

En medio de esta relativa estabilidad, Carranza procedió a convocar un Congreso Constituyente en Querétaro. El 31 de enero de 1917 se aprobaba la Constitución de los Estados Unidos de México, con lo que formalmente se ponía fin a la Revolución Mexicana. Poco después Carranza era elegido Presidente (11 de marzo) bajo las nuevas disposiciones constitucionales.

La constitución mexicana de 1917 fue tenida por extremadamente radical para la época. En realidad consagraba un régimen democrático, aunque mantenía las conquistas sociales y la reforma agraria. También se declaraba defensora de la propiedad privada, y en lo tocante a educación prohibía a las religiones el establecimiento de centros de enseñanza, la que fue definida como laica, aun en medio de libertad de cultos.

La lucha armada, no obstante, no había cesado, y faltaría que murieran asesinados otros líderes revolucionarios. Zapata, por ejemplo, fue engañado con la posible defección de un oficial afecto al gobierno y emboscado y muerto en Chinameco el 10 de abril de 1919. El mismo Carranza fue asesinado el 20 de mayo de 1920. El 7 de mayo había huido de Ciudad de México rumbo a Veracruz, después de un infructuoso intento de detener a Álvaro Obregón, quien había anunciado su candidatura presidencial en abril de 1919. Por lo que respecta a Pancho Villa (nombre real: Doroteo Arango Arámbula), logró hacer las paces con el nuevo presidente, Adolfo de la Huerta, en 1920, y se retiró de la actividad guerrera. Tres años más tarde fue asesinado en Chihuahua.

Pancho Villa

Pancho Villa sentado en el sillón presidencial en el Palacio Nacional en Ciudad de México en agosto de 1914. A su izquierda, sosteniendo un sombrero de charro, Emiliano Zapata, quien había declinado sentarse en el trono.

La estabilidad de México no terminaría de llegar hasta 1934, cuando asumió la presidencia Lázaro Cárdenas, quien echaría las bases para el largo dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la política mexicana.

………

En el resto del continente la pobreza y el atraso eran la regla. El escaso desarrollo económico iba acompañado de muy altas tasas de analfabetismo, junto con desempleo o subempleo muy marcados. Por otra parte, al igual que México, los restantes países latinoamericanos se caracterizaban por una extrema desigualdad entre las clases sociales pudientes, usualmente latifundistas, y las clases obrera y campesina. Sus economías eran, por otra parte, monoproductoras y dependientes por lo mismo de un único renglón de exportación. El café de Brasil, el azúcar de Cuba, la ganadería y el trigo de Argentina, el cobre y los nitratos en Chile, el estaño en Bolivia y el petróleo en Venezuela, permitían una economía sujeta a los vaivenes del comercio internacional, y ocasionalmente ésta experimentaba vientos de fortuna. En todos los países, por lo demás, las élites militares influían desproporcionadamente en la política, lo que dio pie al establecimiento de numerosos regímenes dictatoriales. En Venezuela, por ejemplo, la dominación de hombres de guerra de Los Andes se extendió por cuarenta y cinco años, y luego de un breve lapso de tres años de gobierno civil, obtuvo de nuevo el control por una década adicional. Hacia fines del período considerado, en otro caso, Rafael Leonidas Trujillo alcanzó el poder en la República Dominicana en 1930, el que ejerció como dictador absoluto y cruel durante 32 años. En ese mismo año Getulio Vargas tomaba la presidencia en el Brasil para manifestarse como otro autoritario más.

Es de este período que data también el inicio de un sentimiento antinorteamericano bastante extendido en América Latina. Las frecuentes intervenciones de los Estados Unidos en los asuntos internos de México, Centroamérica y el Caribe, les crearon una imagen imperialista.

………

Al otro extremo del mundo la inquietud revolucionaria también hacía de las suyas. La Primera Guerra Mundial había dejado al Japón en muy ventajosa situación. Habiendo entrado en la guerra contra Alemania el 23 de agosto de 1914, ocupó prontamente las islas alemanas en el Pacífico y sus posesiones en la provincia china de Shan-tung. Al término del conflicto logró que los tratados de paz les reconocieran esas conquistas.

China había tenido su revolución en 1911, de la mano de Sun Yat-sen, y había terminado con la dinastía manchú. Pero este líder fue pronto apartado de la jefatura del proceso, y en su lugar se hizo hombre fuerte el general Yüan Shih-k’ai, quien hizo desde la presidencia un intento de restauración de la monarquía. No lo logró, pues numerosas revueltas expresaron un descontento que forzó su dimisión a comienzos de 1916. Antes, sin embargo, la debilidad de China forzó a Yüan a aceptar casi todas las demandas que Japón hizo explícitas en 1915: la transferencia de los derechos alemanes en Shan-tung y la bahía de Chiao-chou, privilegios especiales para súbditos japoneses en Manchuria y Mongolia interior y la explotación de minas en China central.

Japón, sin embargo, no pudo impedir que a la postre China entrara en conflicto contra las Potencias Centrales de la Gran Guerra. Habiendo obtenido seguridades de los Aliados acerca de sus pretensiones en territorio chino, dejó de oponerse a la participación de los chinos que aquellos buscaron insistentemente, la que fue decretada el 14 de agosto de 1917. En el interior de China, en cambio, este issue de la participación en las hostilidades—que se limitó al envío de 200.000 coolies[2] a la retaguardia francesa—tuvo efectos políticos de gran importancia. Sun se había opuesto a la entrada de China en el conflicto, y sin dejar de aceptar el estado de guerra como fait accompli, estableció en Cantón un gobierno revolucionario que desconocía al asentado en Pekín.

A pesar de esta división, al término de la guerra los gobiernos de Pekín y Cantón presentaron un frente común con el fin de moderar, si no impedir, las pretensiones japonesas en China. Fueron decepcionados, sin embargo. En 1917 Francia, Gran Bretaña e Italia se habían comprometido con Japón, y los Estados Unidos no pudieron hacer nada contra esa determinación. Japón, por tanto, intentó expandir su área de control y, bajo el pretexto de luchar contra el régimen bolchevique de Rusia, ordenó un desembarco en Vladivostok. Los bolcheviques, no obstante, ganaron la guerra civil, y en Siberia recrudecía la resistencia contra los japoneses. En China, similarmente, el resentimiento que se originaba en el trato recibido en los tratados de París, fortalecía el espíritu nacionalista, enfocado primariamente contra Japón. En este contexto los Estados Unidos presionaron a Inglaterra—ahora su acreedora de posguerra—para que no renovase sus acuerdos con Japón, los que caducaban en 1920, y convocaron a una conferencia en Washington para poner orden en Asia oriental.

Reunida de noviembre de 1921 a febrero de 1922, la conferencia atrajo los representantes de las potencias colonialistas grandes o pequeñas: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Portugal, Holanda y Bélgica, junto con China y Japón. La conferencia fue un triunfo en términos norteamericanos: no sólo puso freno a Japón en China, sino que logró limitar indirectamente la expansión de la flota de guerra japonesa, al aprobarse un acuerdo de tamaños relativos de las marinas de guerra de los países involucrados.[3]

Entretanto, en China continuaba actuando la levadura revolucionaria. En 1919 los estudiantes de Pekín tomaron las calles para protestar los acuerdos de Versalles, que habían confirmado los privilegios japoneses en China. Este “Movimiento del 4 de mayo”, en principio nacionalista, la emprendió también contra el predominio del confucianismo en la vida cotidiana y la cultura, iniciando una renovación cultural e ideológica. Sus representantes adquirieron, además, importantes responsabilidades políticas. Ch’en Tu-hsiu, director de una revista del movimiento, fue elegido en 1921 secretario del recién fundado Partido Comunista Chino. Éste celebró en Shanghai su primer congreso en julio de ese año con una escasa docena de delegados, entre quienes se encontraba el futuro hombre fuerte de China: Mao Tse-tung.

El propio líder de la revolución de 1911, Sun Yat-sen, fundador del partido republicano Kuo-min-tang, comenzó a derivar hacia posiciones izquierdistas. Habiendo sido encerrado en Cantón por su antiguo aliado, el general Ch’en Chiung-ming, consolidó su desconfianza contra los elementos militares y llegó a la conclusión de que debía proporcionar a su partido una mayor carga ideológica. En consecuencia, volteó sus ojos hacia la Unión Soviética, al considerar que sólo este país podría ayudarle contra los japoneses y los militaristas de su propia nación. En enero de 1923 se firmó la declaración Sun-Joffe, en la que los soviéticos se avenían a fortalecer al Kuo-min-tang en su intento de unificar a China, considerando que era demasiado prematuro para instaurar allí el comunismo. Al año siguiente, una reorganización del partido de Sun seguía el modelo del Partido Comunista Ruso, y añadía a sus principios originales—nacionalismo, democracia y bienestar del pueblo—las “tres políticas” de apoyo a los movimientos obreros y campesinos, colaboración con la Unión Soviética y alianza con el Partido Comunista Chino.

Las potencias occidentales presentes veían estos desarrollos con malos ojos, y en 1925 un incidente exacerbó el sentimiento antioccidental. El 30 de mayo de 1925 tropas inglesas dispararon contra manifestantes en Shanghai. La protesta tomó forma de huelga general y bloqueo de las comunidades internacionales residenciadas en la ciudad, y hasta octubre no fue posible aplacarla, y esto requirió la intervención de soldados británicos con apoyo de unidades japonesas. En junio otro episodio avivó el fuego desde Cantón, donde de nuevo cayeron disparos extranjeros sobre una manifestación local. Al boicot de los obreros portuarios de Hong Kong contra mercancías inglesas, Inglaterra respondió con el aislamiento de Cantón, lo que animó aun más a los nacionalistas más radicales.

Todo el proceso causaba alarma en el ala derecha del nacionalismo, que representaba a la burguesía china, nacida de la industrialización junto con la combativa clase obrera. Esta clase de comerciantes e intermediarios veía con simpatía la tendencia nacionalista, pues le liberaba de la competencia de los occidentales. Pero el progreso del izquierdismo en el Kuo-min-tang puso en peligro la conjunción de nacionalismo político con nacionalismo económico, y a la muerte de Sun en 1925 la derecha impuso la figura de Chiang Kai-shek para llenar el vacío.

Chiang no tardó mucho en embestir a los comunistas. En febrero de 1926 ordenó la encarcelación de comunistas y sindicalistas, y luego decidió emplear el ejército para unificar el país. En julio de 1926 comandó una expedición que llegó a Shanghai en marzo del año siguiente y fue ampliamente aclamada. Allí atacó a los comunistas en una acción que causó 5.000 víctimas, y en abril formó en Nankín un gabinete opuesto al de Hankow, que mantenía colaboración con los comunistas. Luego de extender su influencia a esta ciudad, Chiang Kai-shek logró finalmente el control total del Kuo-min-tang. Luego, eliminó a más de 2.000 comunistas en Cantón, con lo que terminó de sofocar la competencia de la izquierda. Una vez logrado esto, tomó Pekín el 8 de junio de 1928. En noviembre de este año el gobernador de Manchuria, provincia que los japoneses todavía controlaban, reconocía la autoridad de Chiang. China había sido reunificada bajo su mando. Pronto, sin embargo, sufriría una guerra civil más concluyente. LEA


[1] La noción de América Latina es de invención francesa, y data de la época de Napoleón III. Usualmente se designaba al territorio que quedaba al sur del Río Grande como Hispanoamérica. La entronización de un emperador apoyado por Francia en México (Maximiliano de Austria) y la minúscula posesión francesa de Martinica, justificaron la más amplia designación de Latinoamérica.

[2] Término despectivo para referirse en Asia, principalmente en China, a la mano de obra no calificada. En castellano decimos culíes.

[3] Sobre una relación proporcional de 5 para los Estados Unidos e Inglaterra, 3 para Japón y 1,67 para Francia e Italia. Alemania continuaba estando fuera de estos acuerdos de posguerra.

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Historia del siglo XX (5)

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La ola totalitaria en Europa. Consolidación del comunismo en Rusia. El surgimiento del fascismo en Italia. Ascenso de Adolfo Hitler al poder. Francisco Franco en España.

 

El período entre las dos guerras mundiales estuvo fuertemente signado por lo económico, y principalmente por la depresión y los intentos de reconstrucción que siguieron a la Gran Guerra. Algunos entre éstos fueron democráticos, pero nada pudo impedir la llegada de líderes autoritarios provistos de un arsenal ideológico de carácter totalitario. La dominación absoluta, antaño ligada a los sistemas monárquicos fundados en el “derecho divino de los reyes”, tenía que encontrar una justificación distinta. El marxismo, el fascismo y el nazismo proporcionaron estos nuevos marcos conceptuales para la acción política. En principio fenómenos nacionales en Rusia, Italia y Alemania, inspiraron igualmente el régimen que se impondría en España al término de su guerra civil e incluso más de una de las dictaduras instauradas en América Latina. En Japón, por otra parte, el militarismo terminó por imponerse, y esta constelación de lo más crudo y violento de la Realpolitik, preparó la escena para la más cruenta y extendida guerra de la historia: la Segunda Guerra Mundial.

El manejo de la crisis norteamericana de 1929 por el gobierno de Herbert Hoover contribuyó en mucho a la generalización mundial de la depresión. En medio del grave desarreglo decidió elevar las tarifas aduaneras norteamericanas hasta un 50% ad valorem, suponiendo que así podía trasladar a otras naciones el peso de la crisis. Lo que logró, en cambio, fue afectar grandemente el comercio internacional y desatar una ola proteccionista, pues casi todos los países imitaron la estrategia de los Estados Unidos. Las exportaciones hacia este país, que en gran medida habían financiado la recuperación de Europa al término de la guerra, descendieron a niveles inusitados, y el aislamiento económico terminó por dar al traste con los esfuerzos de cooperación internacional ejemplificados en la Sociedad de las Naciones. El juego volvía a ser individualista, pues ningún país podía contar con otra cosa que no fueran sus propias fuerzas. La era mundialista de Wilson había dado paso a un nuevo nacionalismo y aislacionismo norteamericanos, pues los Estados Unidos creyeron que resolverían sus problemas autárquicamente, basándose en su enorme mercado interno. Al aumento de las tarifas aduanales los Estados Unidos añadieron una devaluación monetaria—para permitir el aumento interno de los precios, lo que beneficiaría a sus empresarios sin impedir las exportaciones—y esta misma política fue seguida por Inglaterra. En cambio, Francia, Holanda, Bélgica, Italia y Suiza, prefirieron mantener la paridad oro de sus monedas a costa de una grave deflación de los precios. Finalmente, otros países de menor influencia procedieron a aislarse respecto del mercado mundial, mediante el control de cambios y un estricto control de las importaciones. En todos los países, independientemente de la política económica asumida, la crisis favoreció un recrecimiento de la intervención directa del Estado en la economía, con un aumento de la influencia del poder ejecutivo en detrimento del poder parlamentario. El terreno estaba abonado para el florecimiento del populismo totalitario.

A pesar de haber derrotado a las fuerzas de los rusos blancos en 1920, el régimen bolchevique percibió sus propias debilidades. De este modo, procedió a arreglar las relaciones con sus países vecinos, mediante una nutrida serie de acuerdos internacionales. Así, por ejemplo, firmó tratados de reconocimiento de la independencia de Finlandia y las repúblicas bálticas en la segunda mitad de 1920, y al año siguiente saldaba sus diferencias con Polonia—sacrificando parte de Ucrania y la Rusia Blanca en la Paz de Riga—y estableció acuerdos con Afganistán, Persia y Turquía. Las fronteras rusas estaban ya tranquilas, y con estos últimos tratados se lograba garantías recíprocas ante posibles agresiones occidentales y la imagen para Rusia de campeón contra el imperialismo.

Pero también había que arreglar el frente interno, y el gobierno de Lenin comprendió la inviabilidad del “comunismo de guerra”, que había socializado apresuradamente la producción agrícola con resultados desastrosos. Los campesinos resistían las requisas y ocultaban y destruían cosechas enteras, y el fantasma de la hambruna se posó sobre Rusia. Al mismo tiempo, de la misma izquierda surgió una resistencia al excesivo dirigismo burocrático de los bolcheviques. Los emblemáticos marineros de Kronstadt manifestaron contra este control, y aunque su revuelta fue aplastada estaba claro que el régimen no podría sostenerse a punta de mera represión.

En 1921, por tanto, Lenin anunció la “Nueva Política Económica” (NEP) [1], que garantizaba a los campesinos algo de propiedad privada. La decisión causó efecto: el campesinado respondió con un aumento de la producción y fue posible restaurar el abastecimiento alimentario de las ciudades rusas. A fines de 1922 nuevas medidas de liberalización de la actividad comercial contribuyeron al alivio de las tensiones internas, justo en momentos en que nacía oficialmente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Lo que parecía ser un retorno al reformismo socialista más moderado coincidía, sin embargo, con un reforzamiento definitivo del poder omnímodo del Partido Comunista Ruso. El mismo año del lanzamiento de la NEP se aprobó en el X Congreso del partido una provisión que prohibía la actividad de oposición, y desde esta plataforma totalitaria sería relanzado más tarde el programa que aboliría de nuevo la propiedad privada.

Finalmente, la Unión Soviética procedió a partir de 1922 a la normalización de sus relaciones con Occidente. Por el Tratado de Rapallo, la URSS y Alemania se acordaron en una cooperación diplomática y tecnológica, lo que fue la puerta por la que pasarían poco después otros países, interesados en el mercado ruso. Gran Bretaña reconoció al gobierno soviético a comienzos de 1924, como luego harían en sucesión primero Italia y luego Francia. Hasta el Japón, eterno competidor de Rusia, firmó un tratado con la URSS en 1925. Cada uno de estos reconocimientos incluía tratados comerciales que facilitaron el resurgimiento económico soviético. De este modo la revolución bolchevique obtuvo la estabilidad necesaria para desarrollar una economía y un poder militar que le permitirían, más tarde, abandonar su postura inicial de “socialismo en un solo país”—con la que Stalin se opuso a la doctrina de la “revolución permanente” de Trotski—por la de una agresiva expansión. La URSS no llegó a ser miembro de la Sociedad de Naciones hasta 1934, de la que fue expulsada cinco años después por su agresión a Finlandia.

Italia, por su parte, vio el nacimiento del fascismo, la obra política de Benito Mussolini. Antiguo secretario del Partido Socialista, fue expulsado de éste a fines de 1914, en gran medida por sus posiciones intervencionistas, contrarias a la postura de la organización. Al término de la guerra formó en Milán el primer “fascio de combate”, integrado con sindicalistas y socialistas radicales partidarios de la intervención italiana en la guerra y soldados desmovilizados y sin empleo. Las inclinaciones de Mussolini no eran, en cualquier caso, consistentes con la tradición sindicalista, y respondían más bien a las teorías sorelianas de la revolución como fin en sí misma.

Georges Sorel (1847-1922) fue el gran teórico francés del sindicalismo revolucionario, propugnador de la “acción directa”; esto es, del asedio del capitalismo mediante huelgas, sabotajes, y boicots que tenían por objeto arrancar de los empresarios el control de los medios de producción. Primordialmente un monárquico tradicionalista, abrazó luego el marxismo, aunque fue uno de sus críticos más insistentes. Influido por el anarquismo de Bakhunin y el culto a la grandeza y la voluntad de poder de Nietzsche, influyó luego sobre los italianos Vilfredo Pareto y Benedetto Croce, quienes a su vez se convirtieron en fuentes de la ideología fascista. Sorel abogaba por la construcción deliberada de un “mito” que pudiera unificar a las masas para la acción. El valor del mito, sin embargo, no residía en su correspondencia con la verdad, sino que consistía en su capacidad de movilización para alcanzar resultados prácticos en la lucha por el poder. En el caso de Sorel este mito era el de la huelga general; en el de los fascistas era el de la nación.

Estas doctrinas voluntaristas del poder habían alcanzado en Italia a la cultura y el arte. El movimiento futurista era la expresión de un rechazo al pasado y un culto a la tecnología, la rapidez, la industria y la violencia. En 1909 Filippo Tommaso Marinetti escribió el Manifiesto Futurista. (Seguido en 1910 por el Manifiesto de Pintores Futuristas de Umberto Boccioni en 1910). El primero de sus artículos declaraba de una vez: “Queremos cantar el amor por el peligro, el hábito de la energía y la temeridad”. El cuarto rezaba así: “Declaramos que el esplendor del mundo ha sido enriquecido por una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil corriendo con su capota adornada con grandes tubos como serpientes de explosivo aliento… un motor rugiente que parece funcionar con fuego de ametralladora, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. El séptimo definía: “La belleza sólo existe en la lucha. No hay obra maestra que no tenga un carácter agresivo. La poesía debe ser un asalto violento sobre las fuerzas de lo desconocido, para forzarlas a rendirse ante el hombre”. Los artículos finales (9, 10 y 11) estipulaban en sucesión: “Queremos glorificar la guerra—la única cura para el mundo—el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las hermosas ideas que matan, y el desprecio por la mujer. Queremos demoler museos y bibliotecas, combatir la moralidad, el feminismo y toda cobardía oportunista y utilitaria. Queremos cantar a las grandes masas agitadas por el trabajo, el placer y la revuelta, la ola multicolor y polifónica de las revoluciones en las capitales modernas: la nocturna vibración de los arsenales y los talleres bajo sus violentas lunas eléctricas: las glotonas estaciones de ferrocarril que devoran serpientes humeantes; las fábricas suspendidas de las nubes por el hilo de su humo; los puentes con salto de gimnastas lanzados sobre la cuchillería diabólica de ríos soleados; los vapores aventureros que olisquean el horizonte; las locomotoras de pecho grande, resoplando sobre los rieles como enormes caballos de hierro con bridas de tubos largos, y el vuelo deslizante de los aeroplanos cuyas hélices suenan como el batir de una bandera y el aplauso de multitudes entusiastas”.

He allí esbozado todo un programa para la violencia irracional, en el que la más patológica forma de la política del puro poder encontraría terreno propicio. El manifiesto redactado por Boccioni, restringido al campo meramente pictórico, era quizás un poco menos violento: “Combatiremos con todas nuestras fuerzas la religión fanática, sin sentido y esnobista del pasado, una religión estimulada por la existencia viciosa de los museos. Nos rebelamos contra la adoración invertebrada de los viejos lienzos, las viejas estatuas y el viejo bric-a-brac, en contra de todo lo que sea sucio y cargado de gusanos y corroído por el tiempo. Consideramos que el desprecio habitual por todo lo que es joven, nuevo y ardiente de vida como injusto e incluso criminal”. Los futuristas[2] llegaban a agredir físicamente a quienes no se rindieran ante la estética del movimiento.

Los futuristas

Los futuristas

 

Boccioni-Severini

Formas únicas de continuidad en el espacio, escultura de Umberto Boccioni. (1913), Museo de Arte Moderno, N.Y. – Síntesis plástica de la idea: Guerra, Gino Severini (1915).

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El ascenso de Benito Mussolini al gobierno de Italia se produjo en medio de un auténtico y clásico vacío de poder. Un caos económico caracterizaba la sociedad italiana en los años de la posguerra. La pobreza era endémica, y se había hecho peor con las dislocaciones suscitadas por la guerra misma y la depresión que la siguiera. Sobre Italia pesaba la múltiple carga de la deuda y los impuestos, un enorme déficit fiscal que alimentaba la inflación, un desmesurado desempleo y la escasez de alimentos y materias primas. Los trabajadores respondieron a esta situación con huelgas y sabotajes; por su lado, los empresarios con el cierre de las fábricas. Los desempleados se sumaban al desorden con motines y violencia, mientras que los campesinos tomaban latifundios y destruían propiedades. Entretanto, el parlamento empleaba su tiempo en mutuas acusaciones entre los partidos, y el poder ejecutivo, simplemente, no hacía nada.

Ésta era una oportunidad para la organización antisocialista de Mussolini. A los ex soldados y desempleados jóvenes que formaron inicialmente el Fascio di combattimento, se sumó el apoyo de los más acaudalados empresarios industriales, que se beneficiaban de las bandas de “camisas negras” en la intimidación de los trabajadores y el rompimiento de huelgas. Sin un programa específico, el grupo de Mussolini sometía a sus miembros a una disciplina militar, que exhibía en desfiles y elaborados rituales callejeros. El temor a los comunistas—en 1920 el ala izquierda de los socialistas se separó para formar el Partido Comunista Italiano en estrecha alianza con el Komintern soviético—hizo que engrosaran el movimiento fascista propietarios asustados y católicos radicales. En la elección de 1921 el movimiento logró colocar 35 diputados en la cámara de diputados. Para ese momento ya contaba con más de trescientos mil miembros inscritos.

A fines de 1922 el deterioro continuo de la economía llevó a los socialistas a declarar una huelga general. Mal organizada, iba a fracasar por sí misma, pero Mussolini aprovechó la ocasión para desatar ataques contra periódicos socialistas y sedes locales de su partido, e incluso tomar gobiernos municipales controlados por los socialistas. El gobierno, una vez más, se abstuvo de interferir, y en octubre de ese año un congreso de los fascistas en Nápoles escuchó la amenaza de Mussolini: “O nos dan el gobierno o marchamos contra Roma”. Por fin el gobierno solicitó permiso del rey Víctor Emmanuel III para declarar la ley marcial, pero tal cosa fue denegada por el monarca, quien ya estaba en comunicación y acuerdo con los fascistas. A la dimisión del gabinete el país quedó sin gobierno, y el rey nombró a Mussolini como el nuevo primer ministro de Italia.

El primer paso de Mussolini consistió en obtener de un parlamento atemorizado poderes dictatoriales por el plazo de un año, los que empleó para colocar a sus partidarios en los puestos claves del gobierno, controlar al ejército y hacer aprobar una nueva ley electoral. Al cabo de una nueva campaña de terror y una elección amañada, en abril de 1924 el partido fascista obtenía una mayoría abrumadora en la cámara de diputados (374 escaños), y al término de ese mismo año Mussolini dominaba al país por completo. Manteniendo al rey como figura decorativa, Mussolini redujo el parlamento a un rol de total acatamiento, estableció estricto control de la prensa y se sirvió de una policía secreta para mantener a raya a los enemigos del régimen. Por lo que respecta al populacho, los camisas negras se ocupaban de mantenerlo atemorizado y aquiescente.

A partir de este absoluto control de la vida pública, se hizo muy valioso convertirse en miembro del partido de Mussolini. Hombres de negocios, miembros de la antigua aristocracia y políticos ambiciosos, pugnaban por pertenecer a la asociación, aunque Mussolini mantuvo una limitación de la membresía a no más de un cinco por ciento la población italiana adulta. A pesar de esto, para 1932 había 1.250.000 inscritos en el partido, que era presidido por el Gran Consejo Fascista, a cuya cabeza estaba, naturalmente, il Duce. El consejo decidía las más importantes políticas y nombraba y supervisaba a los altos funcionarios del gobierno.

Mussolini obtuvo los servicios de Giovanni Gentile, discípulo de Benedetto Croce, para construir una racionalización ideológica del fascismo. Una mezcla de Hegel, Nietzsche, Pareto, Sorel y el mismo Croce, compuso el discurso que se atribuyera a la autoría de Mussolini. En él se glorificaba a la guerra y el uso de la fuerza en general, se combatía al liberalismo, al socialismo, al individualismo y a la democracia, se despreciaba el bienestar material[3] y por encima de todo se entronizaba al Estado como la encarnación suprema del espíritu humano: “Para nosotros los Fascistas el Estado no es un mero guardián, preocupado solamente con el deber de asegurar la seguridad personal de los ciudadanos; ni es una organización con fines puramente materiales, como los de garantizar un cierto nivel de bienestar y las condiciones de una vida pacífica… El Estado, tal como es concebido y creado por el Fascismo, es un hecho espiritual y moral en sí mismo… El Estado es no sólo una realidad viva del presente, también está ligado al pasado y sobre todo al futuro, y así trasciende los escasos límites de la existencia individual y representa el espíritu inmanente de la nación”.

El fascismo intentó también una forma propia de organización económica: el Estado corporativo, opuesto por igual a las formas capitalista y socialista. Aunque permitía la propiedad privada de medios de producción, tanto empresarios como trabajadores debían subordinarse a los más altos intereses del Estado. Así, el régimen agrupó a las industrias en doce “corporaciones”, sólo que bajo la autoridad de funcionarios del partido fascista. Estas corporaciones decidían en materia de precios, salarios, condiciones de trabajo y seguridad social. Más tarde, se pensó en suplantar la cámara de diputados por una cámara de corporaciones para funciones legislativas. El experimento corporativo fue, en términos generales, un resonante fracaso.

En cambio, Mussolini tuvo éxito en lograr un acuerdo con la Iglesia Católica. Desde la unificación italiana de 1870 las relaciones entre Iglesia y Estado habían sido de mutuo rechazo. Ningún papa había salido desde entonces de la Ciudad del Vaticano. El Tratado de Letrán de 1929 estipuló la no intromisión papal en asuntos políticos y la aprobación del nombramiento de los obispos por Mussolini, a cuyo Estado éstos debían jurar fidelidad. A cambio de esto, la Iglesia recibía reconocimiento como soberano de los Estados Pontificios, aportes económicos públicos y un importante control de la educación. Este arreglo granjeó a Mussolini la aprobación de muchos católicos en el mundo, y de hecho representó un apoyo moral del Papa (Pío XI) a Mussolini.

El papa Pío XI en la portada de la revista TIME. La publicación lo llevaría dos veces a esta destacada posición durante su reinado. - Benito Mussolini saluda a una concentración nazi en compañía de Adolfo Hitler.

El papa Pío XI en la portada de la revista TIME (1924). La publicación lo llevaría dos veces a esta destacada posición durante su reinado. – Benito Mussolini saluda a una concentración nazi en compañía de Adolfo Hitler.

………

El deterioro económico y social de la República de Weimar en Alemania, que ya antes de la crisis de 1929 había sufrido una monstruosa hiperinflación, terminó por facilitar el acceso del partido nazi—Nationalsozialistiche Deutsche Arbeitpartei—al poder. En marzo de 1933 se produjo en Alemania la elección de los miembros del parlamento (Reichstag), en medio de un clima de amedrentamiento provocado por las tropas de asalto de los nazis. (Los “camisas pardas”, dirigidos por Ernst Röhm). Aunque más de la mitad de los electores votaron contra el partido de Hitler, una coalición de éste con una cincuentena de nacionalistas conservadores le permitió formar gobierno, convocado por el anciano presidente Hindenburg. Tal como hiciera Mussolini en Italia, Hitler procedió a moverse con rapidez para asumir el control total del poder político y militar, sin importarle que su victoria electoral hubiera sido realmente muy delgada.

Lo primero que hizo fue arreglar el incendio de la sede del Reichstag, para atribuirlo falsamente a los comunistas y usarlo como pretexto para expulsarlos del parlamento y arrestar a sus líderes. Una vez reducida de este modo la oposición, introdujo entonces al parlamento la Ley Habilitante, que confería al gabinete plenos poderes de legislación y de hacienda por un período de cuatro años. El 23 de marzo de 1933, los diputados reunidos en una sede provisional, debidamente rodeada por las consabidas tropas de asalto, aprobaban el proyecto de ley por el que efectivamente el Reichstag abdicaba sus poderes en Hitler, con una votación de 411 a 84. (Sólo los socialdemócratas votaron en contra).

A continuación, Hitler despidió a una cuarta parte de los funcionarios públicos, llenando sus puestos con sus partidarios. A Hermann Göring confió la organización de la policía política: la infame Gestapo. La expansión del poder nazi continuó hasta los gobiernos regionales y locales, al frente de los cuales colocó a sus líderes de distrito o Gauleiters. Igual reorganización se produjo en el poder judicial y las autoridades universitarias. En enero de 1934, antes de cumplir un año en el poder, Hitler procedió a abolir de derecho y de hecho las divisiones regionales del país. La centralización total del poder se había completado. Antes había eliminado cualquier resto de oposición política. Después de la aniquilación de los comunistas, el turno tocó a los socialdemócratas (junio de 1933) que habían votado contra la concesión de poderes en marzo. A los restantes partidos se les permitió “disolverse voluntariamente”. El 14 de julio Hitler declaró que los nazis eran el único partido legal. A los sindicalistas también los metió prontamente en cintura: el 1º de mayo de 1933 Hitler colaboró con los líderes de los sindicatos en una gigantesca celebración del Día del Trabajo. Al día siguiente sus oficinas habían sido allanadas, sus documentos confiscados y ellos mismos puestos bajo arresto.

La aplanadora totalitaria no descansó después de estos logros. Rápidamente, el régimen procedió a controlar la radio, sumándola a su dominio de los servicios postales, telegráficos y telefónicos, que empleaba para el espionaje y el control de la población. La censura de la prensa, el cine y el teatro fue total. Como en Rusia y en Italia, organizaciones juveniles se encargaban del adoctrinamiento en las ideas de los nazis y el adiestramiento para que los jóvenes espiaran y denunciaran a sus propios familiares si percibían en ellos signos de deslealtad al Tercer Reich.[4]

La ideología nazi estaba centrada sobre la noción de la superioridad racial de los alemanes, y entendía a la historia como la lucha secular de esta raza superior contra las inferiores de los eslavos, los latinos y, sobre todo, de los judíos. Este grupo venía como anillo al dedo, por otra parte, para desempeñar el papel de chivo expiatorio a quien transferir la culpa cargada al colectivo alemán en el Tratado de Versalles.  La creencia en que el Tercer Reich era sólo el brazo ejecutor de la historia permitía justificar la persecución de los judíos, así como el terrorismo sistemático y todo género de bárbaros abusos. Esta idea nazi de una raza dominante arraigaba en las doctrinas del “superhombre” de Nietzsche, exento de obediencia a las normas y la moralidad convencional.

Una vez entronizada esta visión, y asumido el control político de la nación, el nazismo no tenía otros potenciales enemigos internos que el ejército y sus propios elementos radicales. El líder de las tropas de asalto, Ernst Röhm, agitaba criticando que el régimen se estaría ablandando y amoldando a las viejas estructuras de poder, al tiempo que pretendía convertirse en el jefe absoluto de las fuerzas armadas del país, lo que naturalmente era visto con desagrado por los elementos tradicionales del ejército. Hábilmente, Hitler acusó a Röhm de conspiración y ordenó su ejecución, ganando así el reconocimiento de los militares, quienes juraron entonces su lealtad total al Führer.

Con un menor impacto posterior sobre la escena internacional, otro régimen similar al de los nazis y los fascistas logró establecerse en España. Un país empobrecido y atrasado, mantenía un régimen monárquico encabezado por el rey Alfonso XIII. Entre 1923 y 1930 ejerció el cargo de primer ministro el general Miguel Primo de Rivera, cuyo gobierno pronto evolucionó hasta convertirse en dictadura. El descontento nacional generalizado llevó al rey a forzar la dimisión de Primo de Rivera, pero el remedio no fue suficiente para aplacar los ánimos, y el propio monarca optó por la abdicación y el exilio.

A la monarquía la sucedió un primer intento republicano en España. Las fuerzas democráticas tejieron una débil y heterogénea alianza de liberales, demócratas radicales, socialistas y anarquistas, que pronto recibió la oposición de la iglesia, los terratenientes y la mayor parte de los altos oficiales de las fuerzas armadas. En 1936 el general Francisco Franco Bahamonde encabezó una revuelta contra el gobierno, desatando una cruentísima guerra civil que duró tres años y concluyó con el triunfo de los franquistas. La Guerra Civil Española sirvió de campo de pruebas a la aviación nazi de bombardeo, que prohibida por el Tratado de Versalles, había sido restablecida por Hitler sin que ninguna potencia extranjera reclamase.[5] Con el ejemplo de Alemania e Italia por delante, Franco procedió a reorganizar el partido fundado por Primo de Rivera—la Falange—según el modelo de los partidos nazi y fascista, e instauró una implacable dictadura que superó la duración de sus predecesores. LEA

Franco-Mussolini

Entrevista de Francisco Franco y Benito Mussolini en Bordighera (Italia). El general español Súñer Serrano, que también visitaría a Alemania, participa en el intercambio.

 


[1] “Un paso hacia atrás para dar dos hacia delante”. V. I. Lenin.

[2] Además de Italia el movimiento futurista cobró importancia en Rusia, aunque prácticamente restringido a lo literario. (Su principal exponente: Vladimir Maiakovski, suicidado en 1930, autor junto con Burliuk, Kruchenykh y Khlebnikov del manifiesto Una bofetada al gusto del público, 1912).

[3] “Ser rico es malo”.

[4] El Primer Reich o Imperio Germánico había sido el fundado por Carlomagno, consagrado el día de Navidad del año 800. El segundo el creado por Bismarck para Guillermo I de Alemania, caído al término de la Primera Guerra Mundial.

[5] Pablo Picasso inmortalizó los bombardeos de los aviones alemanes sobre territorio vasco en el famoso y dramático lienzo Guernika.

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Física del siglo XX – (1)

physics

La física a finales del siglo XIX y principios del XX. La unificación de electricidad y magnetismo por obra de James Clerk Maxwell. Los primeros experimentos atómicos: Rutherford y Thomson. El experimento crucial de Michelson-Morley que hace tambalear los supuestos newtonianos de movimiento absoluto y tiempo absoluto. La “catástrofe violeta” y la hipótesis cuántica original de Max Planck en 1900.

La ciencia de la Física puede ser considerada como la más fundamental de las llamadas ciencias naturales o experimentales. Trata de la estructura y la dinámica de los entes materiales, sin tomar en cuenta—hasta cierto punto—la composición química o la actividad biológica de los mismos. Para la Mecánica, por ejemplo, una de sus ramas, da lo mismo que un móvil en consideración sea una piedra, un cuerpo animal o un planeta. (Con mayor rigor, la Física sí pone atención a la composición química en ciertos casos. Por ejemplo, la Astrofísica y la Cosmología deben explicar la evolución de una estrella en términos de las reacciones atómicas del hidrógeno, el helio, etcétera, y la del mismo universo apela a las proporciones observables de estos elementos para verificar la correspondencia de predicciones teóricas con los fenómenos que describen o explican. En el fondo, la división entre Física y Química es una decisión arbitraria, como lo es cualquier taxonomía de las ciencias. La existencia de ciencias híbridas o intermedias—físico-química, bioquímica, física matemática—es  evidencia de tal cosa).

El siglo XIX fue definitivamente un siglo crucial para la Física. Hasta éste, para empezar, la Física se identificaba con la Filosofía Natural. (Naturphilosophie. Aristóteles escribió su Física, y a pesar de que Newton acabó con el paradigma aristotélico en el campo, continuaba pensándose como filósofo. No es por otra cosa que su obra cimera, en la que expone la exitosa Teoría de la Gravitación Universal, se llamara Principia Mathematica Philosophiæ Naturalis. Del lado de la Biología, quienes investigaban los sistemas dotados de vida entendían hacer Historia Natural, aunque también entraban en ésta los estudios que hoy llamaríamos Geología). Es en el siglo XIX cuando se presenta la noción de “ciencia positiva” (Comte), o ciencia verificada por los hechos positivos o experimentales. El desarrollo de esta postura llevará al Empirismo y Positivismo Lógico, lo que incluyó las posiciones extremas de Ernst Mach, de gran influencia sobre Albert Einstein).[1]

Por otra parte, durante el siglo XIX predominó, sin ser retada o significativamente aumentada, la Mecánica de Newton[2], pero sí hubo grandes desarrollos en otros campos. Las investigaciones calóricas del siglo XVIII dieron paso a la Termodinámica, montada sobre la Teoría Cinética de los Gases y ayudada por la Estadística y, sobre todo, los fenómenos eléctricos y magnéticos encontraron una explicación general y rigurosa en la obra del físico escocés James Clerk Maxwell. (1831-1879).

En opinión de Einstein, la obra de Maxwell fue el aporte más profundo en Física desde la época de Newton, lo que se justificaba porque la propia obra einsteniana no habría sido posible sin la plataforma proporcionada por el escocés. Maxwell atacó varios problemas, incluyendo la teoría cinética de los gases, la percepción del color y hasta la “invención” de la fotografía a color. (En realidad, la obtención de tres placas convencionales de un mismo objeto fotografiado con tres filtros de distinto color. La proyección simultánea de las placas restituía una razonable reproducción a color). Su obra fundamental, sin embargo, trató del fenómeno del electromagnetismo, al que proporcionó una completa formulación matemática.

Antes de Maxwell, el gran experimentalista inglés Michael Faraday—a quien se debe el inicio de la ingeniería eléctrica sin ser él mismo muy ducho en matemáticas—había demostrado la existencia de una relación entre la luz  y el magnetismo. Aplicando un campo magnético a un haz de luz polarizada—que oscila en un solo plano—logró comprobar que podía rotar el plano de polarización. Igualmente había descubierto el fenómeno de inducción eléctrica: la generación de electricidad en un conductor que se moviera dentro de un campo magnético. (De hecho, se debe a Faraday la invención de un generador eléctrico o dínamo, basado en el fenómeno de inducción).

A pesar de sus limitaciones—conocía el álgebra elemental y algo de trigonometría—Faraday logró formular una ecuación que Maxwell rescataría más adelante, y postuló la existencia de “líneas de flujo” magnético, introduciendo de este modo la noción de “campo magnético”: la región del espacio en la que se manifiestan alteraciones generadas por los imanes. (La noción de campo se aplica igualmente a los fenómenos eléctricos, y más generalmente existe una “teoría de campos”, esencialmente matemática). La “Ley de Faraday” establece que un campo magnético que varía en el tiempo genera una fuerza electromotriz que varía proporcionalmente. La expresión precisa requiere cálculo integral. La forma diferencial de la ecuación es la siguiente:

Ecuación 1

En ella se expresa que la fuerza electromotriz E es proporcional al cociente del incremento de la densidad de flujo magnético B entre el incremento de tiempo t. Esta Ley de Faraday se convirtió en una de las ecuaciones de Maxwell.

Lo que se conoce hoy como las ecuaciones de Maxwell es un conjunto de cuatro fórmulas esenciales, aunque al inicio (1864) el físico presentó un conjunto de veinte ecuaciones[3]. Las restantes son concebidas ahora como fórmulas auxiliares de las cuatro principales. Éstas son: la relación cuantitativa de un campo eléctrico con la carga eléctrica que lo produce (electricidad estática); la relación cuantitativa entre un campo o corriente eléctrica variable y el campo magnético que producen; el fenómeno inverso, es decir, la relación cuantitativa entre un campo magnético variable y el campo o corriente eléctrica que produce (Ley de Faraday); la formulación cuantitativa de por qué no se observa experimentalmente un “monopolo” magnético. (Es posible observar una carga eléctrica positiva en ausencia de cargas negativas, así como lo inverso, pero hasta ahora no se ha observado un cuerpo que manifieste un polo norte magnético sin estar acompañado de un polo sur. Todo imán posee ambos polos).

Tan sólo por presentarlas visualmente—gente como Einstein o Dirac apreciaría la estética “simple” de las fórmulas—he aquí las cuatro ecuaciones en su forma diferencial (en cálculo integral se escriben diferentemente) y en el orden expuesto:

Ecuaciones

En verdad, cada una de las fórmulas corresponde a leyes propuestas por científicos anteriores a Maxwell. Además de la encontrada por Faraday (la tercera), fue Gauss quien formulara la primera y la cuarta (Ley de Gauss del magnetismo o ausencia de monopolos), mientras que la segunda es la llamada Ley de Ampère. (Cada uno de estos investigadores fue inmortalizado en la escogencia de unidades del campo electromagnético: existen el maxwell, el faradio, el gauss y el amperio, así como el ohmnio—por Ohm—el vatio—por Watt—y el voltio por el pionero Alessandro Volta, inventor de la pila eléctrica. Galvani, antecesor de éste que demostró la interacción de electricidad y tejido muscular, se perpetúa en el verbo galvanizar).

Corresponde a Maxwell, por tanto, no el descubrimiento de los fenómenos cuantificados en esas cuatro ecuaciones, sino la demostración de su íntima trabazón y dependencia recíproca, así como su formulación matemática rigurosa.

Apoyado de nuevo en una intuición de Faraday—la interacción de luz y magnetismo a partir de sus experimentos con luz polarizada[4]—Maxwell daría entonces un salto crucial: la postulación de que la luz es, en realidad, radiación de carácter electromagnético, y su idea o predicción de la propagación de ondas electromagnéticas en el espacio.

Nos resulta hoy tan familiar entender la luz como un segmento del espectro electromagnético, que se nos dificulta visualizar la magnitud del logro conceptual de Maxwell. Faraday, por caso, sabía que la luz y el magnetismo interactuaban, tal como lo hacían el magnetismo y la electricidad. Pero para él se trataba de fenómenos separados, por más que se influyesen mutuamente. La genialidad de Maxwell, así como su capacidad matemática, permitió la generalización y la primera gran “unificación” de la Física: electricidad y magnetismo, antaño entendidos como fenómenos distintos, eran las dos caras de una misma moneda, una misma cosa, y la luz era electromagnetismo, desde su porción calórica, infrarroja, hasta su porción más energética, ultravioleta[5]. De hecho, Maxwell fue capaz de concebir ondas electromagnéticas más allá de los “rayos” ultravioleta.

Pero no sólo predijo la propagación de esas ondas por el espacio, sino que extrajo de sus ecuaciones una magnitud para la velocidad de esa propagación. Así la calculó en 310.400 kilómetros por segundo. La coincidencia de este valor con la medición más reciente de la velocidad de la luz[6] llevó a Maxwell a la siguiente declaración: “Esta velocidad es tan próxima a la de la luz, que parece que tenemos fuertes razones para concluir que la luz misma (incluyendo el calor radiante, y cualquiera otra radiación) es una perturbación electromagnética en forma de ondas que se propagan a través del campo electromagnético de acuerdo con las leyes electromagnéticas”.

No mucho después de la muerte de Maxwell se obtendría confirmación experimental de su genial conjetura: Hertz demostraría la transmisión de las ondas previstas por Maxwell—por un tiempo se las llamó “ondas hertzianas”—en 1888, transmitiéndolas a una frecuencia[7] de la banda de 4 metros que hoy conocemos como UHF. (Ultra High Frequency). Este resultado, al que el propio Hertz no le concedía utilidad práctica alguna—“sólo sirve este experimento para probar que el maestro Maxwell tenía razón”—llevaría a la invención de la radio por el emprendedor italiano Guillermo Marconi en 1895[8]. (Precedido, en realidad, por el serbio Nikola Tesla).

Para las concepciones físicas del siglo XIX, si se hablaba de ondas se implicaba la existencia de alguna materia o medio que oscilara. Las ondas del mar requieren agua, las ondas sonoras o acústicas que el aire se expanda y contraiga, etcétera. Los físicos del siglo XIX creían en la existencia de una hipotética sustancia, el éter, que convenía postular como única entidad que permitiría un marco de referencia absoluto, requerido por los conceptos newtonianos de espacio y tiempo absolutos. Al presunto medio se atribuyó entonces, a partir de Maxwell, la propiedad de oscilar como consecuencia de las perturbaciones electromagnéticas, y se le llamó “éter luminífero”. (Que lleva luz).

El hipotético éter, sin embargo, debía tener propiedades que eran mutuamente contradictorias—gran rigidez junto con gran elasticidad y permeabilidad—y el intento por comprobar su existencia, como veremos, condujo a un resultado inesperado y en principio nada bienvenido: la súbita obsolescencia—conceptual, pero no práctica—de la física de Isaac Newton.

………

Ernest Rutherford (1871-1937), junto con su grupo de asistentes, se convirtió en el pionero o padre de la física nuclear. Este neozelandés mudado primero a Canadá y luego a Inglaterra, concibió y dirigió el experimento crucial que demostraría la existencia del núcleo atómico y descubriría una de sus partículas fundamentales: el protón. Antes, sin embargo, uno de los maestros de Rutherford, el físico inglés J. J. (Joseph John) Thomson, descubriría el electrón y formularía el primer modelo de la estructura del átomo.

Pero todavía antes, hacia 1805, el químico inglés John Dalton formularía la primera versión consistente de una teoría atómica en tiempos modernos a fuerza de puro razonamiento. Después de desarrollar su teoría, Dalton la expuso en una obra de 1808 que llevaba el nombre, característico de la episteme de la época, de New System of Chemical Philosophy.

Lo que Dalton postulaba era que cada elemento natural se componía en realidad de pequeñas partículas—“átomos”, porque no podían dividirse—todas idénticas entre sí, pero diferentes a las que constituían elementos diferentes. Estos átomos se combinaban para formar compuestos, y cada compuesto tenía siempre la misma composición. Ignorante de la noción posterior de “valencia”, creyó sin embargo que los compuestos binarios (formados por dos elementos) se componían de un solo átomo de un elemento y uno solo del otro. (Por ejemplo, que el agua se constituía con un átomo de hidrógeno y uno de oxígeno). Esta idea era, en el fondo, la única errónea en su teoría, pero como no correspondía con los datos aportados por los análisis químicos cuantitativos, se convirtió en el principal obstáculo para la aceptación más generalizada de su teoría atómica. (A pesar de esto, las más grandes mentes de la Química de la época—Lavoisier, notablemente—se convirtieron a la doctrina atomista).

Así las cosas, hizo su entrada en la escena J. J. Thomson. En una serie de experimentos con rayos catódicos—que emanan del cátodo en un tubo sellado al vacío, por el que se fuerza una corriente eléctrica entre dos electrodos metálicos—llegó a la conclusión de que tales rayos eran realmente haces de partículas de masa mucho menor que la de los átomos constituyentes de los electrodos, y que portaba cada una carga eléctrica negativa. Fue a estas partículas a las que se llamó electrones, luego de que Thomson anunciara sus resultados y su explicación en 1897. El mismo Thomson los llamó “corpúsculos”; de lo que sí estaba consciente era de que había hallado partículas de escala subatómica[9].

Comoquiera, sin embargo, que los átomos mismos eran eléctricamente neutros, la única explicación para este hecho parecía ser que los electrones eran compensados, en el interior del átomo, por una carga positiva equivalente. ¿Dónde estaba? Thomson imaginó que la estructura del átomo se asemejaba a un budín de ciruelas, donde los electrones serían las frutas nadando en crema, la que llevaría la carga positiva. (Plum-pudding model, 1904). No veía Thomson que la carga positiva estaría asimismo en partículas; simplemente la sopa de crema sería mayor para aumentar la carga positiva compensatoria cuando crecía el número de electrones. La vigencia del modelo no duraría mucho; su alumno Rutherford se encargaría de suprimirlo.

Rutherford, en verdad, contribuyó con más de un concepto y hallazgo a la naciente Física Nuclear. Por ejemplo, se hizo un estudioso de la radioactividad, la radiación espontánea de ciertos materiales o elementos. Una sustancia como el radio emite tres clases de radiación, dos de las cuales están constituidas por partículas con carga eléctrica y una es de carácter electromagnético. Fue Rutherford quien las bautizara radiación alfa (de carga positiva; núcleos de átomos de helio formados, se sabe hoy, por dos protones y dos neutrones), radiación beta (electrones, de carga negativa) y radiación gama (electromagnética, más energética que los ya descubiertos rayos X).

También fue quien observara que una muestra de material radioactivo tomaba siembre el mismo tiempo para reducir su radioactividad a la mitad, dando origen al concepto de vida media (half life), que pronto iba a ser empleado en métodos de fechar geológica, paleontológica y arqueológicamente.

Pero fue el “experimento de la hoja de oro”, y las conclusiones que de él extrajo, la cumbre de su obra. Bajo su dirección, Geiger y Marsden, sus asistentes en la Universidad de Manchester, bombardearon una delgada lámina de oro[10] (luego otros elementos) con partículas alfa, encontrando que la mayoría de las veces estos proyectiles atravesaban el material imperturbados o con una pequeña desviación de su trayectoria, pero ocasionalmente rebotaban en ángulos incluso mayores de 90º.

De este histórico hallazgo de 1909, Rutherford dedujo que la carga eléctrica positiva del átomo no estaba dispersa en una “nube” o crema que rodeaba a los electrones, como pensaba Thomson, sino que, por lo contrario, estaba concentrada en una reducida parte central del átomo, a la que llamó núcleo. (El tamaño de un núcleo al de una pelota de béisbol es como el tamaño del átomo al de un estadio).

También derivó de la observación un nuevo modelo de átomo: similar a un sistema solar donde el núcleo sería el sol de unos planetas-electrones orbitando a su alrededor, retenidos en la relativa proximidad del núcleo por atracción electrostática de sus cargas de distinto signo. (Este modelo planetario tampoco se sostendría mucho tiempo, y fue sustituido por el adelantado por Niels Bohr, el próximo líder de la física nuclear. En sus conversaciones con Bohr, Rutherford conjeturó la existencia del neutrón, que no sería descubierto hasta 1932 por James Chadwick).

………

Después de la obra de Maxwell la actividad en materia de la velocidad de la luz y su hipotético medio de propagación continuó febrilmente. En 1887 dos investigadores norteamericanos, Albert Michelson y Edward Morley, condujeron el experimento “fracasado” (de resultado nulo) más ilustre de la historia de la ciencia.

Como hemos visto, una de las consecuencias de la noción de movimiento absoluto en la física de Newton era la noción del “éter”, hipotética sustancia que permitiría una referencia fija para medir contra ella los movimientos aparentes de los astros, todos—incluido el de la misma Tierra—obviamente relativos. Este planeta, como cualquier otro cuerpo celeste, debía sentir los efectos de un “viento del éter” al trasladarse en el seno de tal sustancia, del mismo modo que en un paraje sin ninguna brisa uno siente viento en la cara si se desplaza en un automóvil y saca el rostro afuera por la ventanilla. En el caso del éter, dado que se le postulaba igualmente como el medio en el que la luz era transmitida, el viento del éter se manifestaría en variaciones de la velocidad de la luz.

Según lo implicado por la Philosophiæ Naturalis de Newton, uno debía medir una velocidad superior si la Tierra se acercaba a la fuente luminosa y una menor si se alejaba de ella.

Michelson (físico germano-americano) y Morley (químico estadounidense) se propusieron realizar un cuidadoso experimento con la idea de detectar el famoso viento del éter y lo llevaron a cabo en 1887. Para esto se valieron de un interferómetro, un instrumento capaz de detectar la más mínima diferencia de velocidad entre haces de luz tendidos sobre direcciones diferentes. (En esencia un conjunto de espejos y semiespejos separaba un mismo haz en dos diferentes que recorrían exactamente la misma distancia pero en trayectorias que en un segmento eran perpendiculares entre sí).

Michelson

Diagrama del aparato de Michelson y Morley

Michelson y Morley no lograron detectar ningún viento del éter.[11] El resultado nulo amenazaba con socavar irremisiblemente las bases fundamentales del edificio newtoniano. Así escribieron: “Si ahora fuese legítimo concluir del presente trabajo que el éter está en reposo con respecto a la superficie de la Tierra, de acuerdo con Lorentz no podría haber un potencial de velocidad y su propia teoría fracasa también”.

De inmediato se suscitó una carrera por explicar teóricamente el resultado nulo sin abandonar la idea del éter. Una interpretación adecuada tendría que esperar por el año de 1905, cuando Albert Einstein ofreciera una solución radical.

………

Desde la época de Newton se estudiaba sistemáticamente el espectro luminoso, presente en el fenómeno del arco iris y generado por prismas y cristales. Más tarde se pensó que el espectro representaba un continuum de radiación electromagnética de energía o frecuencia crecientes. La radiación calórica infrarroja tenía menor energía y oscilaba con una frecuencia menor. (Su longitud de onda era más larga). Al otro extremo, la radiación ultravioleta exhibía mayor frecuencia, que aumentaba, en apariencia continuamente, desde el rojo en dirección al violeta.

A mediados del siglo XIX Gustav Kirchoff inventó (en conjunto con Bunsen, en 1859) el espectroscopio—un uso instrumental de un prisma junto con oculares que permitían ver el espectro generado por la incandescencia de los distintos elementos químicos. Cada uno arroja un espectro diferente, su huella digital, por decirlo así, pues cada elemento absorbe luz a distintas frecuencias. La invención resultó ser una poderosa herramienta analítica, pues permitía determinar la composición química de cuerpos iluminados distantes, como en el caso del Sol. En el espectro del Sol y las estrellas fue posible comprobar la existencia de sustancias presentes en la Tierra, con lo que se determinó que una sola química gobernaba el universo. Más aún, el elemento helio fue descubierto en el Sol (1868) antes que en la Tierra; de allí su nombre, el del dios griego representado por nuestra más próxima estrella.

Kirchoff logró establecer, por otra parte, que si un elemento, al calentarse, emite luz de ciertas longitudes de onda, al enfriarse absorbe luz que tiene precisamente esas mismas longitudes de onda. Ahora bien, si hubiera un objeto que absorbiese toda la luz que recibiera, por la misma razón irradiaría a todas las frecuencias. Esto se llamó un “cuerpo negro”, pues al absorber todas las frecuencias no reflejaría ninguna y se vería negro.

El concepto de cuerpo negro suscitó gran interés, y los físicos se dispusieron a estudiar la radiación de un cuerpo así. (Black-body radiation). Como las longitudes de onda son más amplias hacia el rojo que hacia el violeta, hay muchas más longitudes de onda—“caben” más—en el extremo ultravioleta que en todo el espectro visible, y si un cuerpo negro irradia a todas las frecuencias, entonces debiera irradiar más luz en las porciones superiores del espectro que en las más bajas. A fines del siglo XIX el inglés Lord Rayleigh desarrolló una ecuación que parecía corresponder con esa predicción: el cuerpo negro debía emitir violentamente la mayor parte de su luz irradiada a las longitudes de onda superiores de la región violeta y ultravioleta.

Como esta “catástrofe violeta” no había sido observada jamás, se argumentaba que ningún cuerpo absorbía realmente toda la luz incidente. Ninguno era un cuerpo negro. Habría que inventar uno para experimentar con él. El honor del invento cupo al físico alemán Wilhelm Wien.

Wien se dio cuenta de que el interior de una caja provista de un pequeño orificio actuaría como un absorbedor perfecto, pues la luz que entrase por el agujero sería absorbida al incidir en la superficie interna, de una vez, o tarde o temprano al reflejarse varias veces, rebotando dentro de la cámara hasta ser absorbida. En consecuencia, la luz que saliera por el orificio al calentar la cámara, equivaldría a la radiación de un cuerpo negro.

Cavity

Cavidad que funciona como "hueco negro"

Al efectuar el calentamiento, no obstante, el fenómeno previsto no se presentó. No fue posible causar la catástrofe violeta. En efecto, la radiación se hacía más intensa con mayores frecuencias (menores longitudes de onda), pero siempre se alcanzaba una longitud de onda específica en la que la radiación era máxima, y después de ese punto la radiación decrecía. A medida que se calentaba el dispositivo a temperaturas mayores, la longitud de onda de radiación máxima era más corta, aunque en ningún momento se obtenía la temida catástrofe. Wien no pudo hallar alguna ecuación que se ajustara a los resultados experimentales. La solución sería proporcionada por su compatriota, Max Planck, quien atacó el asunto en 1899 y presentó su explicación justo cuando concluía el siglo, a fines de 1900. Para esto echó mano de una conjetura revolucionaria.

Como hemos visto, a partir de Dalton comenzó a aceptarse que la materia era corpuscular, granular, discontinua. Pero se creía que la energía era una magnitud continua, infinitamente divisible en cantidades cada vez menores. La brillante hipótesis de Planck consistía en afirmar que la energía también era irradiada en unidades discretas. Esto es, que estos quanta—plural de quantum—tenían un tamaño mínimo o unitario, por debajo del cual no era posible conseguir cantidades menores de energía.

En un paso ulterior, Planck concibió que la magnitud de los cuantos de energía variaba proporcionalmente con la longitud de onda: mientras menor era la longitud de onda (mayor frecuencia) el cuanto era mayor. Esta última hipótesis permitió una fácil explicación de la radiación observada del cuerpo negro. Es de Isaac Asimov la siguiente descripción analógica:

“Al cuerpo negro le sería fácil reunir suficiente energía para formar cuantos pequeños; por eso, radiaría fácilmente longitudes de onda largas, que son las que requieren cuantos más modestos. Las longitudes de onda cortas, por el contrario, no podrían ser radiadas a menos que se acumularan cuantos mayores, que serían más difíciles de reunir.

Es como si nos encontráramos en unos grandes almacenes y nos dijeran que podíamos comprar lo que quisiéramos, con tal de pagar en monedas. Comprar un artículo de una peseta no plantearía problemas; pero en cambio sería gravoso (en los dos sentidos de la palabra) adquirir algo por valor de diez mil pesetas, porque lo más probable es que no pudiéramos acarrear el peso de tantas monedas… Es cierto que calentando la cámara del cuerpo negro a temperaturas más altas habría más energía disponible, con lo cual se podrían producir longitudes de onda más cortas, compuestas de cuantos más grandes. Pero, aun así, siempre habría una longitud de onda que fuese demasiado corta, incluso para un cuerpo negro fuertemente calentado; y entonces sería imposible emitir los grandes cuantos que eran necesarios. Por consiguiente, nunca podría haber una catástrofe violeta, que sería como decir que siempre habría un artículo demasiado caro para la cantidad de monedas que pudiésemos acarrear”.

La energía de un quantum en particular se obtiene multiplicando su frecuencia por la constante h, o constante de Planck—una magnitud expresada en unidades de “acción” (ergios o joules por segundo)—la que a partir de entonces aparecería en casi toda ecuación de la física “cuántica” que se desarrollaría en el siglo XX. Ésta es la simplísima y poderosa relación de Planck:

Einstein

El valor aceptado para la constante de Planck , una de las constantes más fundamentales del universo, es de 6,6262 x 10—27 ergios por segundo. Se trata de una magnitud verdaderamente muy pequeña, lo que explica por qué las variaciones de energía se interpretaban como las de una magnitud continua. (La constante de Planck se consigue frecuentemente en su forma “reducida”, la que se obtiene al dividir h por 2π).

Nada sería igual en la Física después de Max Planck. Tituló a su trabajo original “Sobre la ley de la distribución de la energía en el espectro normal”. Fue publicado en el volumen 4 de Annalen der Physik, en 1901. Cuatro años más tarde la prestigiosa revista publicaría cuatro revolucionarios trabajos de un revisor de patentes en Berna, el físico alemán de 26 años que respondía al nombre de Albert Einstein. LEA


[1] Augusto Comte, fundador de la Sociología, dio cuenta de esta división entre ciencia positiva y Filosofía o Metafísica en su Course de philosophie positive, que a su vez tenía por científico sólo lo que pudiera ser sostenido con base en la experiencia—ciencia positiva—y lo que fuese elaborado dentro de las ciencias formales como la Matemática y la Lógica. Más adelante, el Empirio-Criticismo, el Positivismo Lógico y el Empirismo Lógico fueron variantes o fases del Positivismo original. La concepción llega en el siglo XX a constituir la Filosofía Analítica y Lingüística.

[2] William Hamilton, en 1833, presentó una reformulación de la mecánica newtoniana que en cierto sentido es continuación de otra presentación, postulada por Joseph Louis Lagrange a fines del siglo XVIII. (1788, o un año antes de la Toma de la Bastilla). En esencia la mecánica lagrangiana y la hamiltoniana sustituían las matemáticas empleadas por Newton con otras de orden superior—lo que simplificó los cálculos de muchos problemas—pero no introdujeron contradicción alguna de Newton.

[3] Se las puede presentar también en forma de vectores (cálculo vectorial), y en este caso destaca la simetría de los campos eléctrico y magnético, o en una notación presentada posteriormente por el propio Maxwell en términos de “cuaternios”, la que no prosperó.

[4] Un haz de luz común oscila en muchos planos perpendiculares a su sentido de propagación. La luz polarizada está restringida a un solo plano, y ella fue posible mediante el uso de cristales especiales, como el famoso “prisma de Nicole”, empleado en espectroscopios. La invención por Edwin Land de una película que polariza la luz, condujo a la patente de Polaroid® y a la fabricación—entre otras cosas—de lentes de sol que funcionan suprimiendo la transmisión de luz salvo en un plano, con lo que se reduce considerablemente la incidencia lumínica sobre los ojos.

[5] La radiación infrarroja fue asociada con la luz casi de inmediato, a partir de la experiencia común de un metal que se calienta al fuego (que despide luz) hasta que se pone “al rojo vivo” y luego “rojo blanco” con más calor. La radiación ultravioleta fue demostrada por Ritter en 1801. Para su época se creía que la luz se componía de tres elementos: un componente calórico y oxidante (infrarrojo), uno iluminante (el espectro del arco iris), y uno químico o reductor (ultravioleta).

[6] En 1849 Fizeau había reportado la velocidad de la luz a 313.000 kilómetros por segundo. Hoy en día—“por definición”—se la computa en 299.792 kilómetros por segundo. (En 1983 el metro fue definido como la distancia cubierta por la luz—en el vacío—en 1/299792458 de segundo).

[7] La unidad de frecuencia de las ondas electromagnéticas, de un “ciclo” por segundo, fue bautizada en 1930 como herzio (hertz, en inglés) en honor de Heinrich Rudolf Hertz.

[8] En 1901, el primer año del siglo XX, Marconi tuvo aparentemente éxito en transmisión transatlántica de código Morse desde Cornualles, Inglaterra, a Terranova. (Este hecho se disputa). El 12 de octubre de 1931 Getulio Vargas inauguraba en el monte Corcovado, en Río de Janeiro, la monumental estatua de Cristo Redentor, que se suponía iba a ser iluminada por una señal transmitida por Marconi desde Nápoles. Las condiciones atmosféricas no lo permitieron y el monumento debió ser iluminado manualmente.

[9] El nombre electrón había sido propuesto años antes por George Johnstone Stoney para referirse a la unidad de carga eléctrica. En griego la palabra significa ámbar, sustancia que a la frotación adquiere carga eléctrica.

[10] El átomo de oro tiene una masa de 197 unidades atómicas, mientras que una partícula alfa tiene una de 4 unidades. Las balas eran bastante más pequeñas que el blanco.

[11] En realidad, pequeñas discrepancias fueron encontradas, pero tan inferiores a lo predicho por la teoría, que podían ser perfectamente atribuidas a “error” experimental. El interferómetro, que mediría la diferencia por la formación de “anillos de interferencia” en caso de que la velocidad de los dos haces discrepara significativamente, fue montado sobre un bloque de mármol que flotaba en un estanque de mercurio sito en un sótano, a fin de minimizar el efecto de vibraciones. El mercurio permitía rotar el aparato sin dificultad. (Michelson hizo por su cuenta el experimento en 1881, antes de hacerlo con Morley en 1887 con mucha más precisión).

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LEA #198

LEA

Se cae de maduro que la defenestración y sustitución de Alí Rodríguez Araque como Ministro de Relaciones Exteriores tiene que ver con sus malas caras ante los recientes bretes en los que la procaz e irresponsable locuacidad de Hugo Chávez le ha metido. De éstos, el más visible fue el diferendo insultante contra Alan García, pero luego se ha añadido a ése otros incidentes y ocurrencias. Por ejemplo, la reciente alineación de Chávez con Irán y su tratamiento del conflicto del Líbano.

Precisamente al partir a su último y dispendioso viaje, Chávez anunciaba despidiéndose que Rodríguez había sufrido un «preinfarto», a pesar de que la Cancillería aseguraba que todo el caso médico era un malestar pasajero, en comunicado oficial sobre la salud del ahora ex ministro. No es el primer ministro que sufre un patatús mientras gobierna bajo Chávez. (Ignacio Arcaya sufrió lo suyo siendo Ministro de Relaciones Interiores a raíz de los deslaves de Vargas en 1999, como su antecesor «el policía» Izaguirre fue presa de un vahído ante las cámaras de televisión por los días del «caracazo»).

Alfredo Toro Hardy tendrá que seguir esperando por su ansiado nombramiento como canciller. La investidura ha recaído sobre el tirapiedras de Nicolás Maduro, hasta hace nada Presidente de la Asamblea Nacional, y uno de los más descarados aquiescentes de todo lo que diga el máximo líder de la revolución «bolivariana» y «socialista». Maduro es de línea dura, y que se le convoque al Ministerio de Relaciones Exteriores en momentos de campaña electoral—interna y externa, si se cuenta la búsqueda de un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU—emite la clara señal de endurecimiento gubernamental en el campo. Será Maduro—a quien sustituirá Desireé Santos Amaral en la dirección de la Asamblea Nacional—y no Rodríguez quien deba comunicar al embajador israelí la ruptura de relaciones diplomáticas entre Venezuela e Israel de manera oficial.

No hay hasta ahora posición fijada por la comunidad judía nacional ante el desafío de Chávez a Israel. La que sí se ha pronunciado es la comunidad judía argentina, que es sólo segunda tras la norteamericana en el continente. El Presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, Jorge Kirszenbaum, declaró: «Estamos sumamente preocupados por las declaraciones del presidente Chávez, quien hace una comparación, inaceptable para la comunidad judía latinoamericana, de Israel con el nazismo».

¿Habrá calculado Chávez el efecto que esa poderosa agrupación pudiera tener sobre su pana burda Néstor Kirchner?

LEA

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