por Luis Enrique Alcalá | Ago 17, 2006 | Complejidad, Otros temas |

Benoît Mandelbrot
Una introducción general a los novísimos conceptos de la Teoría del Caos. Poincaré, Julia y Fatou; Lorenz y Mandelbrot. Los fractales: la herramienta matemática del caos y la complejidad.
En el año de 1972 se publicaba Stabilité structurelle et morphogénèse, la obra cimera del matemático francés René Thom (1923-2002). Anunciada como una revolución, trataba de ciertas transformaciones repentinas en formas básicas, especialmente las formas biológicas. Comoquiera que estas transformaciones implicaban una ruptura entre formas sucesivas, se las llamó “catástrofes”,[1] y de hecho se dio en decir que Thom había inventado una “Teoría de Catástrofes”. No pasaría mucho tiempo, sin embargo, hasta que las esperanzas puestas en esta teoría—que resolvería el misterio de las formas y sus cambios, de sus metamorfosis—se mudaran al campo de otra teoría nueva, que por casualidad también tenía un nombre ominoso: la Teoría del Caos.
Pero antes de que la noción de caos dominara la imaginación de los científicos, el esfuerzo de Thom fue saludado como el portador de un nuevo paradigma. El mismo Thom exponía el asunto en la introducción de su libro:
El uso del término «cualitativo» en ciencia y, sobre todo, en física tiene resonancia peyorativa. Fue un físico quien me recordara, no sin vehemencia, la sentencia de Rutherford: «Lo cualitativo no es otra cosa que pobre cuantificación»… La historia ofrece otra razón a la actitud del físico hacia lo cualitativo. La controversia entre los seguidores de la física de Descartes y los de la de Newton llegó a su cúspide a fines del siglo XVII. Descartes, con sus vórtices, sus átomos ganchudos y nociones similares, explicaba todo pero no calculaba nada; Newton, con su ley de proporcionalidad inversa, calculaba todo pero no explicaba nada. La historia ha avalado a Newton y relegado las construcciones cartesianas al dominio de la especulación curiosa. Ciertamente, el punto de vista newtoniano se ha justificado plenamente a sí mismo desde el punto de vista de su eficiencia y su capacidad de predecir, y por tanto de actuar sobre los fenómenos. En el mismo espíritu, es interesante releer la introducción a los «Principios de Mecánica Cuántica» de Dirac, en la que el autor desestima como sin importancia la imposibilidad de ofrecer un contexto intuitivo para los conceptos básicos de los métodos cuánticos. Pero estoy seguro de que la mente humana no estaría plenamente satisfecha con un universo en el que todos los fenómenos estuvieran gobernados por un proceso matemático que fuera coherente pero totalmente abstracto. ¿No estaríamos entonces en el País de las Maravillas? En una situación en la que el hombre se vea privado de toda posibilidad de intelectualización, esto es, de interpretar geométricamente un proceso dado, o bien buscará crear, a pesar de todo, a través de interpretaciones adecuadas, una justificación intuitiva del proceso, o bien se hundirá en resignada incomprensión que el hábito trocará en indiferencia… El dilema que toda explicación científica confronta es éste: magia o geometría. Desde este punto de vista, los hombres que luchan por comprender nunca tendrán hacia las teorías cualitativas y descriptivas de los filósofos, desde los Presocráticos hasta Descartes, el punto de vista intolerante de una ciencia cuantitativa dogmática.
Así que el libro de Thom era también un manifiesto. Era una rebelión ante una ciencia analítica, casada con una matemática de cálculo, que despreciaba todo lo que cálculo no fuera. Pero a pesar de que Thom rozó nociones que luego serían de gran importancia para el tratamiento matemático de sistemas que exhiben comportamiento caótico—la de “atractrices”, por ejemplo—su “Teoría de Modelos”[2] no era la matemática que se necesitaba. Sólo hubiera tenido que buscar en su propio país, pues los franceses Henri Poincaré (1854-1912), Gaston Julia (1893-1978) y Pierre Fatou (1878-1929) fueron los verdaderos precursores de lo que hoy llamamos Teoría del Caos y de la noción matemática de fractales.

Un típico diagrama de René Thom, que compara la morfogénesis de dos especies de levadura. Es de notar en el eje de ordenadas la mención de un “parámetro interno cualitativo”: la forma.
La preocupación de Thom es la forma, y la conversión de una forma en otra a través de bruscas transiciones a las que denominó catástrofes. Es esto lo que modela su topología. Reconoce, ciertamente, algunos precursores, entre los que destaca D’Arcy Thompson (1860-1948), el autor de On Growth and Form (1917), una obra descriptiva que ponía de manifiesto la comunidad de formas entre entidades de distintísimo substrato.[3] En cambio, no hace mención de Laws of Form (1969) del inglés G. Spencer Brown (1923-), obra que trata el problema como parte de la lógica.[4] Su autor describía así su contenido: “El tema de este libro es que un universo salta a la existencia cuando un espacio es amputado o descompuesto”.
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Dos figuras relativamente recientes son, en cualquier caso, los reales “descubridores” o pioneros del campo dual de caos y fractales: Edward Lorenz, del lado fenomenológico, y Benoît Mandelbrot del lado simbólico o matemático.
Por lo que respecta a Lorenz (1917-), matemático norteamericano dedicado a la meteorología, su tropiezo “serendípico” con el caos es ya bastante conocido. En 1959 manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo. El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.
Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.
Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.
Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales.[5] La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California.[6]
¿Por qué era esto el preludio de una revolución? Una de las consecuencias de la sensibilidad a las condiciones iniciales que exhibe la dinámica de los sistemas complejos—compuestos por gran número de elementos—es que son fundamentalmente impredecibles. Pero esta impredecibilidad no se deriva, en este caso, de una esencia azarosa, como sí es el caso de los sistemas probabilísticos de la física cuántica. Acá un sistema regido por leyes estrictamente deterministas y que pudiera, habitualmente, “portarse bien”, puede atravesar fases caóticas que son absolutamente impredecibles, porque no se puede conocer con precisión arbitraria su condición inicial.
Era con esto, justamente, con lo que se había topado Poincaré. Al formular su teoría de la gravitación universal, Isaac Newton, reconociendo naturalmente que sobre la trayectoria de la Tierra no solamente influye la masa del Sol, sino las de los restantes planetas del sistema solar—y en estricto sentido la de cualquier otro objeto en el espacio—optó por calcular las atracciones mutuas para una abstracción de sólo dos cuerpos interactuantes, puesto que la introducción de uno solo adicional excedía la capacidad de cálculo de las matemáticas de su época. (The two-body problem). Poincaré trabajó, para un premio que Oscar II de Suecia estableciera, sobre el n-body problem, en su caso referido a la interacción de sólo tres cuerpos. Aun en un sistema en apariencia tan sencillo como el de tres astros, Poincaré encontró incertidumbres irresolubles. Es decir, se encontró con el caos determinista. Un sistema con reglas o leyes físicas perfectamente determinadas puede conducir a la impredecibilidad, a una situación en la que la dinámica ni es lineal, ni es periódica, ni es probabilística, y sin embargo es impredecible.
Pero el trabajo de Lorenz condujo a un hallazgo tal vez más sorprendente todavía. Al analizar el curso de sus ecuaciones para los distintos valores con los que las alimentara, encontró que no cualquier resultado era posible, sino sólo unos específicos que, trazados en un sistema de coordenadas, describían una curva con un alto grado de orden, con un dibujo muy preciso. Debajo del trazado caótico subyacía un orden estricto.

La atractriz de Lorenz es una curva de dos lóbulos que describe una trayectoria que nunca se repite, y que representa los sucesivos estados del clima modelado en sus ecuaciones.
Antes de Lorenz ya se tenía la noción de atractriz: un punto, una curva o una región del espacio hacia el que tiende un sistema determinado. (Una hoya de atracción—en sentido hidrográfico, como la hoya de los afluentes de un río principal—es una forma de atractriz). Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final, aun cuando la trayectoria del péndulo, transportada a un sistema de coordenadas, describe una curva particular y definida. Para el tipo de atractriz con el que Lorenz se encontró, el meteorólogo matemático acuñó el concepto de atractriz extraña.[7]
Después de estas cosas climáticas sobrevendría una nueva sorpresa: muchos otros sistemas, de naturaleza o substrato enteramente diferente al del clima terrestre, exhibían igualmente comportamiento caótico, determinado pero impredecible. Por ejemplo, la evolución de poblaciones dentro de un sistema ecológico, o el flujo turbulento, o el ritmo cardiaco—que de su periodicidad regular, registrada en los electrocardiogramas que nos son ya familiares, puede degenerar en la señal caótica de la fibrilación—o el movimiento de precios de una bolsa de valores, o el pink noise que los ingenieros de sonido emplean para calibrar equipos, o ciertas reacciones químicas “disipativas” (de energía), o la distribución espacio-temporal de los sismos, o la de las revoluciones sociales[8] y las guerras, son todos sistemas que exhiben fases caóticas, impredecibles. Por si esto no fuera suficiente, poco después se encontró que el comportamiento de estos sistemas, todos de naturaleza distinta, sigue un mismo patrón matemático.
Por ejemplo, prontamente se notó que, si bien las variaciones en estos sistemas parecen totalmente erráticas, había secuencias de variación que se repetían, que eran muy parecidas a otras anteriores o posteriores al paso del tiempo. Había en estos fenómenos una autosimilaridad: se parecen a sí mismos en momentos distintos del tiempo.
Lorenz, por supuesto, era matemático, y fue capaz de reconocer que su atractriz no era común, de allí el apelativo de extraña, que le endilgó. Pero tendría que venir otro matemático para hacer la formulación definitiva sobre la matemática que era capaz de describir adecuadamente fenómenos tan disímiles y tan parecidos a la vez.
Benoît Mandelbrot (1924-), matemático de origen polaco y nacionalidad francesa—aunque vive desde hace mucho en los Estados Unidos—publicó en 1982 la summa de una nueva y revolucionaria geometría: la geometría fractal.
Mandelbrot había venido estudiando dos conjuntos aparentemente disímiles de fenómenos. Por una parte, el comportamiento histórico de los precios del algodón, en los que esperaba desentrañar algún concierto; es decir, un proceso temporal. Por la otra, la irregularidad de las costas; esto es, un problema espacial o geométrico. Acometió ambos problemas mientras era investigador del Thomas J. Watson Research Center de la compañía IBM.[9]
En el primer caso encontró la propiedad de autosimilaridad ya mencionada. Específicamente, encontró que los precios del algodón no seguían una distribución gaussiana o “normal”, sino una “distribución estable de Levy”. (Una distribución “estable” se caracteriza porque la suma de muchas instancias de una variable aleatoria exhibe exactamente la misma distribución pero a otra escala, o sea, exhibe “invariancia a la escala”; en otros términos, exhibe autosimilaridad espacial, se parece a sí misma a distintas escalas).[10]
Pero es que exactamente lo mismo halló al acometer el estudio de la irregularidad de una costa—How Long Is the Coast of Britain? Statistical Self-Similarity and Fractional Dimension, 1967—tomando base en trabajos de Lewis Fry Richardson, quien ya había señalado que la longitud de una costa dependía del tamaño de la unidad de medida.

Una menor unidad de medida computa una longitud mayor
Al discutir lo postulado por Fry Richardson, Mandelbrot asoció la observación con un concepto de “dimensión fraccionaria”, o dimensión de Haussdorf. Ciertas figuras son caracterizadas por tener una “dimensión” intermedia entre las que conocemos habitualmente, y que son estipuladas con números naturales: un punto tiene dimensión 0, una línea dimensión 1, un plano dimensión 2, un cubo dimensión 3, etcétera. Ciertas estructuras, calculada su dimensión con ciertos métodos, tienen una dimensión que es, digamos, más de uno pero menos de dos. Por caso, la dimensión “fractal” de las costas de África del Sur es de 1,02, mientras que la de la costa occidental de Inglaterra es medida en 1,25. Del mismo modo, el árbol arterial humano tiene una dimensión fractal de aproximadamente 2,7, a pesar de ocupar él mismo un espacio tridimensional.[11]
Es justamente esta dimensión fractal, o fractalidad, lo que define la irregularidad característica de ciertas formas. La de las costas es una, la de las cadenas montañosas otra, la de las hoyas hidrográficas otra distinta. Y es esta dimensión fractal, por último, la que determina la autosimilaridad. Vista a distintas escalas, la línea de una costa se parece a sí misma.
Seis años después del artículo sobre la dimensión de la costa de Inglaterra, proponía Mandelbrot el término fractal—derivado del latín fractus (fracturado) que nos da fracción—en Les objets fractals, forme, hasard et dimension. Y en 1982 la obra más general y completa The Fractal Geometry of Nature.
Fue su estudio de estructuras matemáticas entrevistas a comienzos del siglo XX por Gaston Julia y Pierre Fatou, lo que llevó a Mandelbrot a describir la estructura matemática que le dio más fama: el conjunto o curva de Mandelbrot. Los precursores franceses habían descubierto las bases fundamentales de esa estructura, pero carecían de una herramienta lo suficientemente poderosa como para visualizarla: el computador. Esta curva, como muchas otras estructuras fractales, es producida por recursión, esto es, por iteración o repetición de un mismo cálculo, el que se realimenta con cada nuevo resultado. La fórmula esencial ya había sido propuesta por Fatou:
X = X2 + c
Un número X es elevado al cuadrado y se le suma un cierto parámetro fijo c. Este resultado es a su vez elevado al cuadrado y sumado a c, y así sucesivamente. Cada resultado es marcado en un sistema de coordenadas y esto define una curva muy extraña en el plano. (Una curva de Mandelbrot, a escala general, se muestra más abajo).
La gran síntesis no tardaría en darse: las matemáticas fractales, que definen una autosimilaridad espacial, son las adecuadas para modelar e interpretar la autosimilaridad temporal de los sistemas caóticos. La geometría fractal es el lenguaje del caos. LEA

La curva que define el conjunto de Mandelbrot, el icono del caos. El “borde” que limita el espacio en color negro, amplificado incesantemente, revela una complejidad inagotable, al tiempo que exhibe la propiedad general de los fractales y los sistemas complejos: su autosimilaridad.
[1] El término “catástrofe” tiene un sentido técnico-matemático en el campo de la rama matemática conocida como Topología. En términos muy gruesos y analógicos, la topología es la rama de la geometría que se ocupa de las propiedades morfológicas que permanecen invariables bajo deformaciones continuas. Si se imagina a un cuerpo como una taza construida con una buena plastilina, es posible deformarlo sin rasgarlo para convertirlo en un aro, y la taza y el aro son entonces topológicamente equivalentes: ambos tienen un agujero por el que se pasa de un lado al otro. El aro es en sí mismo un agujero; el asa de la taza es otro. En cambio no sería topológicamente equivalente la montura de unos lentes, puesto que tiene dos agujeros en lugar de uno.
[2] El subtítulo del libro de Thom es, precisamente, “Esquema de una Teoría General de Modelos”.
[3] Por ejemplo, un corte transversal de la cabeza de un fémur revela laminillas óseas (trabéculas) dispuestas en arcos ojivales de gran semejanza con un arco de arquitectura gótica; o la anatomía de una medusa corresponde a la forma que genera una gota que cae en el seno de un líquido viscoso. Thompson, sin embargo, se limitó a registrar estas analogías taxonómicamente, sin proporcionar una teoría que explicase las similitudes. Tal vez por esto él mismo escribió: “Este libro mío tiene poca necesidad de prefacio, puesto que en verdad no es más que un prefacio de principio a fin”.
[4] El libro de Thom aparece (1972) tres años después del de G. Spencer Brown, pero Jorge Luis Borges ha opinado que “Uno crea sus propios precursores”. Laws of Form se convirtió en objeto de culto en la década de los setenta, y fue incluido en un curioso libro con el título de Whole Earth Catalogue, uno de cuyos editores fue un antipático pero interesante promotor cultural de nombre John Brockman. El autor de esta lección fue miembro, junto con Brockman, de una indisciplinada asociación de intelectuales basada en Nueva York: The Reality Club, del que éste fue fundador.
[5] Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal, así como el conjunto no puede ser pretexto para dañar a la parte.
[6] Una conferencia de Lorenz en 1972 llevó por título Does the flap of a butterfly’s wings in Brazil set off a tornado in Texas? En un cuento de Ray Bradbury (A Sound of Thunder), recogido en “The Science Fiction’s Hall of Fame”, unos excursionistas que viajan con una máquina del tiempo a un “parque jurásico” se salen del área permitida y pisan inadvertidamente algo de hierba y una mariposa en el pasado remoto. Al regresar al presente comprueban que las cosas son distintas a las que dejaron, y la sociedad democrática en la que vivían acaba de elegir a un candidato que suena muy parecido a Hitler. El artículo técnico de Lorenz sobre la sensibilidad a las condiciones iniciales de un sistema dinámico se publicó en 1963, con el título Deterministic nonperiodic flow.
[7] En inglés, strange attractor.
[8] Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.
[9] Mandelbrot ingresó a IBM en 1958, y trabajó por 32 años en el Watson Center. Hoy en día es Fellow Emeritus de ese instituto.
[10] Una lata de Toddy, la popular bebida achocolatada, muestra la figura de un bebé que sostiene en sus manos una lata de Toddy, la que naturalmente tendrá también otro bebé más pequeño que sostiene otra lata, und so weiter.
[11] En lecciones posteriores describiremos con detalle la noción de dimensión fractal y nos familiarizaremos con un método particular de calcularla.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 17, 2006 | Cartas, Política |

Los extremos se tocan, es dicho que se aprende temprano. Esto es, los dos lados de una polarización se parecen, usan procedimientos parecidos, actúan de forma similar. En su época, Georg Wilhelm Friedrich Hegel destacaba cómo los más encarnizados enemigos, a través de la lucha, terminaban pareciéndose entre sí. Este fenómeno permitió que, a comienzos de 2004, la psicóloga jungiana Magaly Villalobos presentara una ponencia ante un congreso de su disciplina, en la que describía la generación de discursos mitológicos por parte del polo gobiernero y el opositor. (Desde el animismo marialióncico y santero del gobierno hasta la involucración de la Virgen María—que incluyó estampitas blandidas por Gente del Petróleo—por parte de la oposición radicalizada). La Dra. Villalobos tituló su ponencia Caimanes de un mismo caño.
Esta semana puede compararse las emisiones de dos de estos caimanes: Ricardo Estévez, directivo de Súmate, y Tibisay Lucena, Presidenta del Consejo Nacional Electoral. Pudiera hacerse, incluso, el análisis gestual, el cotejo de sus lenguajes corporales, pero atengámonos al contenido de sus discursos. Veamos primero las pontificales declaraciones de Estévez.
El representante de Súmate (según registra El Universal) declaró que «no se han (sic) asegurado ninguna de las condiciones indispensables» para una elección presidencial transparente y confiable el próximo 3 de diciembre. Al aclarar que Súmate sólo exigía el cumplimiento de la ley, acusó al organismo electoral de no haber «comunicado al país que realmente está pensando en cumplir la ley de cara a este proceso electoral». Una revisión de la legislación electoral, sin embargo, no consigue ningún artículo en el que se prescriba que el Consejo Nacional Electoral deba «comunicar al país» que realmente piensa cumplir la ley. (Más allá de los juramentos de ley que cada funcionario hace al asumir su cargo). Si a ver vamos, la Alcaldía de Chacao tampoco ha comunicado tal cosa a los habitantes de ese municipio.
La implicación oculta, por supuesto, es que si el organismo electoral no comunica al país que «realmente está pensando en cumplir la ley» es porque realmente no está pensando en cumplir la ley. Estévez pudiera pasearse por el siguiente hecho: Súmate tampoco ha comunicado al país que realmente esté pensando en cumplir la ley «de cara a este proceso electoral».
Luego Estévez propuso—en nombre de Súmate, naturalmente, aunque Estévez no certificó que la ONG esté pensando realmente en eso—la creación de un «comité de seguimiento técnico» conformado «realmente—éste debe ser el adverbio favorito de Estévez—de manera plural, es decir, tanto por organizaciones asociadas al oficialismo como a la oposición». Y entonces dice: «Hasta ahora lo que hemos visto por parte del CNE es que no tiene la más mínima intención siquiera de conformar ese comité», no sin agregar que Súmate «sólo participaría si se garantiza una conformación balanceada con los distintos actores».
Un nuevo examen de las leyes y disposiciones electorales del país no consigue, de nuevo, la estipulación de un tal «comité de seguimiento técnico», por lo que la acusación se reduce a criticar al CNE por no tener «la más mínima intención» de constituir algo que no está contemplado en la ley. (Que es lo que supuestamente Súmate «exige»). Es, por otra parte, difícil de entender cómo alguien puede ser responsable de no tener la más mínima intención, «hasta ahora», de hacer algo antes de que sea propuesto. (De paso, Estévez da por sentado que si el tal «comité de seguimiento técnico», no contemplado en la ley, es finalmente creado, entonces Súmate debe ser invitada a conformarlo y de una vez regaña y advierte que no participará sino en tales o cuales condiciones).
Más adelante, para abonar a su tesis de que «ninguna» de las condiciones esenciales a un proceso electoral confiable están dadas, Estévez cuestionó la auditoría practicada al Registro Electoral en los siguientes términos: «Ocurrió lo que habíamos alertado desde un principio, que ese estudio es tan superficial que simplemente no responde lo que todos los venezolanos nos estamos preguntando, que es si los electores que están en el RE realmente existen». (Esto a pesar de que El Universal reporta: «Aclaró que conocieron los resultados de la investigación a través de la presentación del informe hecho público la semana pasada, si bien aún no han podido revisarlo en detalle»).
Apartando el hecho de que nadie puede afirmar seria y responsablemente qué es «lo que todos los venezolanos nos estamos preguntando», Estévez deja de mencionar los resultados de la opinión conjunta de la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar y la Universidad Católica Andrés Bello, reportada acá el 20 de julio en el #195 de la Carta Semanal de doctorpolítico: «La discrepancia entre valores observados y esperados permite inferir que una importante proporción de los datos de los electores contenidos en el RE tiene errores al menos desde 1998… Las estructuras por edad del RE y Proyecciones de Población, tanto a nivel nacional como por entidad federal, son consistentes… Se hicieron pruebas de consistencia de las estructuras de esas dos poblaciones aun corrigiendo los problemas con los grupos extremos y los resultados mejoran, no obstante que la significación de las pruebas con los datos sin corregir ya era bastante aceptable… No se observaron evidencias de que exista correlación entre errores y preferencias políticas en eventos comiciales nacionales… Los resultados sugieren que los errores no parecen estar relacionados con la intención del voto en un evento comicial presidencial», etcétera. (Destacado nuestro).
Pero Estévez, aunque «no ha podido revisarlo en detalle», sugiere que pudieran no existir los electores que están en el registro electoral. (Por mi parte, puedo certificar que me encuentro debidamente anotado en ese registro, y que he practicado reiteradamente el cartesiano cogito ergo sum, estableciendo que sí existo. Es de suponer que Estévez está en la misma condición, pues en caso contrario ya lo habría dicho: él, Alejandro Plaz, María Corina Machado, aparecen en el registro y también existen y votan, a juzgar por hechos públicos, notorios y comunicacionales). Mantenida la ubicación correcta de la carga de la prueba, no es que el CNE debe demostrar que 17 millones de electores inscritos en el RE existen en realidad, sino que Estévez o Súmate tendrían que demostrar que ciertos electores registrados realmente no existen. (Y según la peculiar construcción de Estévez debieran demostrar la inexistencia de 17 millones de personas).
Pero todavía añade Estévez, según reporta El Universal: «Asimismo, dijo que aunque el conteo total de las boletas de votación está garantizado en la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, el CNE no se ha pronunciado sobre esa materia». Acá Estévez parece sugerir que el CNE planea no realizar el conteo total de las boletas, pero en realidad lo que insinúa es que este conteo debe hacerse manualmente, o que la ley exige que se abra la totalidad de las cajas con tales boletas para cotejarlas con las actas de votación.
En ninguna parte dice la ley tal cosa. El Artículo 154 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política dice: «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado». (Establece un proceso manual para aquellos casos en los que tal automatización no sea posible «por razones de transporte, seguridad, infraestructura de servicios». Es por tal cosa que Acción Democrática prometió, a comienzos de año, que introduciría, «por iniciativa popular», un proyecto de reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, el que por cierto tendría que ser discutido por una Asamblea Nacional que AD—que no ha introducido el tal proyecto—considera deslegitimada).
También, por supuesto, hizo Estévez una referencia a la auditoría de la elección. Dice El Universal: «Sobre las auditorías, el directivo de Súmate dijo que aunque se ha hablado del porcentaje de votos que será auditado no se ha precisado cómo se realizará. ‘Lo más importante de la auditoría en caliente es saber qué se va a hacer con los resultados de esa auditoría. Si los resultados de la auditoría son distintos a los resultados emitidos por la máquina de votación, ¿qué va a pasar con los resultados reales?’, explicó».
Ya que Súmate-Estévez (no confundir con Sumito Estévez) exige al CNE el cumplimiento de la ley, he aquí lo que dice la ley sobre el punto (Artículo 168): «El proceso de escrutinio será mecanizado… Cualquiera sea el sistema de escrutinio mecanizado que se adopte, el mismo deberá ser auditable». No se encuentra en la ley especificación alguna acerca de la temperatura de auditorías, y por lo que respecta a lo que va a pasar «con los resultados reales», la ley tiene amplias y expresas disposiciones relativas al procesamiento de impugnaciones de los actos electorales. Estévez pudiera contestarse a sí mismo su pregunta leyéndola, sin necesidad de convocar a rueda de prensa para decir tantas pistoladas juntas. Que cumplen el propósito, naturalmente, de remachar la matriz de opinión que procura establecer: que las elecciones de diciembre serían inválidas, con la esperanza de extraer de tal cosa una «crisis de gobernabilidad».
El punto final de su intervención, según registran los medios, fue una cuña publicitaria de su organización: «Además, Estevez informó que están dispuestos a asesorar técnicamente a Manuel Rosales, como a cualquier otro candidato que lo requiera, sin perder su independencia». (El Universal). «Súmate declaró que mantiene su independencia e interactuará (con) los candidatos, brindará asesoría y dará recomendaciones al candidato Manuel Rosales sobre las condiciones, así como cualquier otro aspirante, incluso al chavismo». (Globovisión).
Claro, Súmate se encuentra técnica y formalmente desempleada. Reducida a la condición de buhonera una vez que fracasara estrepitosamente en su proyecto de elecciones primarias, paga ahora avisos para asegurar que «construye democracia» y se ofrece como consultora. Técnica, of course.
………
Del otro lado del mismo caño también hay caimanes, y uno en particular es hembra. La Gran Caimana Tibisay Lucena ha terciado en el debate sobre el empleo de las benditas máquinas captahuellas. («Cazahuellas», de acuerdo con otra terminología). Saliendo al paso de observaciones muy pertinentes del rector Vicente Díaz, Lucena ha declarado: «Es imposible que los electores declinen emplear las captahuellas. Está establecido en la ley. Incluso en la norma constitucional que señala que uno de los principios fundamentales del Poder Electoral es la celeridad del voto y de una vez abre el desarrollo que luego se hace en la Ley Orgánica del Poder Electoral e incluso en la Ley Orgánica del Sufragio y de Participación Política, donde todos los procesos electorales son automatizados en cada una de sus fases». (El Universal).
La rectora-caimana-presidenta está peladísima. Es verdad que, como se ha apuntado, «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado». Pero exactamente la misma ley que prescribe tal cosa establece explícita y específicamente un procedimiento para la debida identificación de los electores a la hora de votar. Dice así el Artículo 159 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política: «El Consejo Nacional Electoral definirá el procedimiento del acto de votación, el cual tomará parte del Reglamento General Electoral, y estará enmarcado en los siguientes principios: 1. Se dejará constancia de la identidad de los electores que se presenten a votar en el Cuaderno de Votación, mediante la impresión de su huella dactilar y su firma, la cual se comparará con la firma impresa en la Cédula de Identidad, a menos que exista alguna imposibilidad física o intelectual, de su parte, para dar cumplimiento a esta norma, con antelación a su votación».
Esto es, lo que la ley exige—la misma que establece la automatización—es que los ciudadanos impriman su huella dactilar en el cuaderno de votación; en ningún caso establece que tal huella deba ser examinada por ninguna máquina. Así que perfectamente los ciudadanos podemos negarnos a registrar nuestra huella por cualquier medio distinto del mero cuaderno de votación.
Por lo que respecta a la Ley Orgánica del Poder Electoral, en ella no se encontrará por ninguna parte la palabra «huella». Existe sí, una mención a la cédula de identidad de los electores cuando describe las funciones de la Oficina Nacional de Supervisión del Registro Civil—que estará dirigida, en redacción perogrullesca, por un Director o Directora. (De libre nombramiento y remoción)—y que deberá (Artículo 63): «4. Supervisar y fiscalizar el proceso de tramitación y expedición de las cédulas de identidad y pasaportes, vigilando que se cumpla correcta y oportunamente». Más nada.
En el país de Tascón, con un sistema que—según comprobó Leopoldo González, del mismo Grupo La Colina al que pertenece Vicente Díaz, en Fila De Mariches—es capaz de guardar en sus bancos de memoria la secuencia de la votación, en procesos electorales en los que la diputada Iris Varela se da el lujo de amenazar a los empleados públicos que no vayan a votar sin que sea objeto de sanción alguna, la Presidenta del Consejo Nacional Electoral no puede ignorar el terrible efecto de distorsión que las máquinas captahuellas introducen. Mucho menos puede alegar deshonestamente que las mismas están prescritas por la ley.
En resumen, lo aducido por Estévez y Lucena sólo se explica a partir de dos hipótesis alternas: que son intelectualmente deshonestos y manipulan a conciencia, o que, simplemente, son muy brutos.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 16, 2006 | Historia, Otros temas |

Introducción a vuelo de pájaro a la historia del siglo XX. La mise en scène: la Guerra Franco-Prusiana y la Belle Époque. La era de Bismarck. Irrupción del existencialismo: de Søren Kierkegaard a Friedrich Nietzsche.
La cosmología más reciente ha requerido postular, en explicación del universo observable, que hubo una época “inflacionaria” de la expansión original: una fase en la que la dispersión de la materia alejándose de sí misma procedió mucho más rápidamente que lo previsto por la ley de Hubble.[1] El siglo XX inició, en el mismo sentido, una época inflacionaria de la humanidad. Todo se hizo mucho más veloz: el crecimiento de la población, el del desarrollo tecnológico, el del traslado por tierra, mar y aire, el de los artículos de consumo y el de sus costos y sus precios, el del conocimiento científico, el del gasto energético, el de la contaminación ambiental y el de la posibilidad de autodestruirnos. Todo fue, a ritmo febril sin precedentes, más grande y numeroso, más rápido y potente: las guerras, las artes médicas, la capacidad terrorista, la internacionalización del comercio, la democratización al tiempo que la autocracia. El siglo XX fue, no cabe duda, un especialísimo punto de inflexión en la curva de la historia.
Los actores en el escenario del planeta, sea que se trate de protagonistas o de extras, somos muchísimos más que los que había en 1900. En los momentos somos unos 6.600 millones de pasajeros de la nave Tierra, cuando a comienzos de siglo éramos unos 1.600 millones. Le tomó a la humanidad un millón y medio de años para llegar a este tamaño, y sólo cien para añadir 5.000 millones y cuadruplicarse. Este explosivo crecimiento, que aún no se ha detenido, se produjo sobre todo en las áreas más pobres.

El crecimiento de la población mundial
La explosión demográfica, por otra parte, coincidió con una equivalente del consumo energético. Primero el carbón, y luego muy principalmente el petróleo, alimentaron la expansión poblacional.

Crecimiento del consumo energético

Crecimiento por fuentes de energía
El incremento de una población, expresado por la tasa de crecimiento, es producto de la diferencia entre la tasa de natalidad y la de mortalidad. La tasa de natalidad, tomada para el conjunto del planeta, no varió demasiado durante el siglo XX—aunque sí en las últimas décadas de éste, decreciendo—pero lo que determinó la eclosión de los habitantes fue un marcado descenso de la tasa de mortalidad, a consecuencia de los adelantos sanitarios que permitieron grandes éxitos en el combate de las enfermedades de origen infeccioso. Los continuados avances de la tecnología médica, por otro lado, continúan aumentando la esperanza de vida al nacer.

Mecanismo de la explosión demográfica
Parece ser, sin embargo, que el crecimiento de la población de las especies, la humana incluida, describe una curva logística (en forma de S): de crecimiento muy lento al principio, es sucedida por una fase de crecimiento exponencial que culmina en un techo que nuevamente la nivela. Es así como se espera que esto ocurra también con la raza humana, y que con el descenso de la tasa de natalidad en dirección de niveles de mero reemplazo poblacional[2] se alcance una nivelación, que algunos estiman en 11.000 millones de personas. En todo caso, si algo puede caracterizar al siglo XX es el muy acelerado crecimiento de la población, la que como un supertanquero de gran masa, es preciso frenar con mucha anticipación para detenerla. Todavía quedan unos cuantos años de crecimiento, aun cuando la natalidad ya ha descendido.

La curva logística crece al comienzo a ritmo muy similar al de una curva exponencial
Pero hemos dicho que muchas otras cosas también crecieron a ritmo desenfrenado durante el siglo XX. En la Primera Guerra Mundial, por caso, tripulantes de los aeroplanos militares debían dejar caer de sus manos las escasas bombas que lanzaron, y hasta disparar a su inicio con revólveres, casi a boca de jarro, a los aviadores enemigos. En cambio, se estima hoy que el arsenal nuclear existente es aproximadamente igual al de la década de 1980, y los modelos meteorológicos muestran que la mitad de ese polvorín es capaz de causar un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, al incluir la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación), y de nubes intensamente radiactivas.[3] El cálculo de bajas en una guerra de este tipo ha llegado a rendir cifras tan altas que sus gráficos requirieron la aséptica y desalmada nomenclatura de “megamuertes” (megadeaths, un millón de muertos) introducida por Hermann Kahn en su libro—con título que hacía eco de la clásica obra de Clausewitz—On Thermonuclear War. Esto ha traído el siglo XX.
Pero también creció en el vigésimo siglo cristiano la propia capacidad de cálculo, con el vertiginoso incremento del poder para computar. No hace mucho que los ingenieros sacaban sus cuentas sin más auxilio que el de una regla de cálculo, pues los primeros computadores electrónicos datan de la década de los 40, y hoy se calcula su capacidad en miles de millones de operaciones aritméticas por segundo.
En 1965 la revista Electronics Magazine publicaba un artículo de Gordon E. Moore,[4] en el que este ingeniero electrónico hacia la observación (y predicción) de que la densidad de transistores en los circuitos integrados—chips—respecto de su costo mínimo unitario se duplicaba cada dieciocho meses.

La ley de Moore
Por supuesto que los computadores pueden emplearse en menesteres militares, pero su uso civil es cada vez más extenso, y la aparición del computador “personal” (1976) ha significado una nueva explosión, esta vez en la demografía digital. Del crecimiento sosegado de la electrónica a comienzos de siglo,[5] se pasó en breve tiempo a una carrera tecnológica acelerada, y en general lo inventado en el siglo XX empequeñece en magnitud a la inventiva humana de un millón y medio de años de existencia. Cálculos similares al de Moore se predica para las más dinámicas entre las ciencias. Para la década de 1980 se estimaba que el conocimiento total en Biología se duplicaba en el espacio de dos años, y más rápidamente aún en campos novísimos como la ingeniería genética.
A este siglo XX tan denso en sufrimiento y avance, se llegó desde una puesta en escena en el XIX que es preciso refrescar. Comoquiera que la civilización occidental ha sido el asiento del mayor progreso y dominio, este recuento es casi exclusivamente de la historia europea. A ésta se le pronostica ya una declinación, como postula Arnold Toynbee en su Estudio de la historia[6] para toda civilización existente o por existir. (Las fases por las que atraviesa toda civilización serían, para Toynbee, las de génesis, crecimiento, tiempo problemático, estado universal y desintegración). Algunos autores, incluso, sostienen que ya esa erosión ha comenzado, y tienen al siglo XX por el crisol primigenio de un nuevo y más englobante proceso: la emergencia de una civilización planetaria o mundial, a partir de la fusión cultural entre Oriente y Occidente[7].
………
La mecha larga del conflictivo comienzo del siglo XX fue encendida en Alemania en la segunda mitad del siglo XIX. Este país, cuyo Primer Reich se convirtiera en Sacro Imperio Romano el día de Navidad del año 800, con la coronación de Carlomagno a manos del papa León III, era en 1850 un archipiélago de más de trescientos principados, cuya unificación pretendía ser liderada por los Habsburgo, la casa reinante de Austria, en un proyecto de la Gran Alemania. En lo que hoy conocemos como Alemania sólo había un estado con el músculo suficiente como para frustrar los deseos austriacos: el reino de Prusia. Napoleón había acabado formalmente la existencia de mil años del Sacro Imperio Romano, incorporando la ribera izquierda del Rin a Francia y organizando la Confederación del Rin bajo su dominación y empujando a Austria fuera del extenso territorio de la liga, que se extendía del Báltico a los Alpes. En esa reorganización Prusia había permanecido incólume, como estado buffer ante Rusia.
Varios factores impulsaban la aspiración de la unidad alemana. El Romanticismo, para empezar, que tuvo por pioneros a grandes escritores alemanes—Goethe el cimero—fue un acicate para el espíritu nacionalista. Las ideas del liberalismo también hicieron lo suyo: la burguesía alemano-occidental aspiraba a un gobierno constitucional y políticas económicas que le fueran favorables, y como el estado de cosas no las proveía, deseaba un estado nacional unificado que las concediera. Luego, a la caída de Napoleón fue posible establecer, gradualmente, el Zollverein o unión aduanera, primero en Prusia, luego con la adhesión de principados menores y, finalmente, con la de principados mayores de Alemania del sur. Para coronar este proceso de integración económica, a partir de 1830 se instaló en el país una red ferrocarrilera que a su vez impulsó el surgimiento de industrias y, sobre todo, bancos que operaban más allá de las ciudades donde se fundaban.
Así las cosas, hubo tempranos intentos de unificación. Prusia logró un éxito parcial en 1850, cuando en Erfurt se aprobó una constitución para una Kleindeutsch o pequeña Alemania, que excluía a Austria, bajo presidencia prusiana. Pero esta iniciativa contó de inmediato con la oposición de Austria, que procedió a restaurar la Dieta de la vieja Confederación Germánica. La guerra entre Prusia y Austria pudo ser impedida por la constelación de fuerzas favorables a Austria: los estados alemanes del sur preferían la confederación laxa propuesta por los austriacos y Rusia se mostró inclinada a terciar a favor de estos últimos. En noviembre de 1850 los prusianos encajaron la “humillación de Olmütz”, donde debieron aceptar la disolución la Unión de Erfurt y la presidencia de Austria en la reestablecida Confederación Germánica.
En 1861 subió al trono[8] Guillermo I de Prusia, bajo quien se intentó la modernización del ejército, comandado por los generales von Roon y von Moltke. Esta pretensión fue opuesta por los diputados liberales al Landtag (cámara baja) con temores de que el ejército se convirtiese en fuerza represiva, y éstos bloquearon por más de dos años la aprobación de los créditos necesarios. A punto de abdicación en 1862, Guillermo I siguió el consejo de von Roon y llamó al gobierno a Otto von Bismarck.
Bismarck pertenecía a la clase terrateniente aristocrática, los Junker, que proveían la mayor parte de los oficiales del ejército y también los principales funcionarios de la administración. Había sido representante de Prusia ante la Dieta de la Confederación Germánica por nueve años (1851-1859), y en ella pudo calibrar a los diplomáticos austriacos y confirmar la baja opinión que tenía de la práctica parlamentaria, adquirida en la asamblea de Frankfurt en 1848, el año de revoluciones en Europa. Luego fue embajador en Rusia (1859) y en Francia (1862), de donde fue llamado para encargarse del gobierno prusiano en calidad de Ministro Presidente.
Fue Bismarck, de tendencia claramente conservadora, el exponente epónimo de la Realpolitik, o política de poder. A un comité de la Dieta de Prusia dijo en una ocasión: “Las grandes cuestiones del día no se decidirán con discursos y votos de mayoría—eso fue el error de 1848 y 1849—sino con sangre y con hierro”. Así se bautizaba él mismo, pues mucho antes de que Margaret Thatcher fuese tenida como “la Dama de Hierro”, ya Bismarck había pasado a la historia como “el Canciller de Hierro”. Cuando esa misma Dieta se rehusó de nuevo a la aprobación de los créditos para el ejército, un recién estrenado Bismarck simplemente la ignoró: sin el menor miramiento cobró los impuestos y los gastó en la modernización de sus fuerzas armadas.
Los objetivos de Bismarck no eran, al menos al comienzo, los de un pangermanista, sino los de un prusiano que quería maximizar el poder y la reputación de Prusia. Era para esto que buscaba ganar el apoyo de los restantes estados alemanes mientras disminuía la influencia de Austria, aunque para esto tuviera que alentar a quienes querían una Alemania unida. En cuidadosa preparación, buscó la pelea con Austria y la ganó, aprovechándose de “la cuestión danesa”.
Los ducados de Schleswig y Holstein eran propiedad personal hereditaria del rey de Dinamarca, pero su población era mayoritariamente alemana y, de hecho, Holstein era miembro de la Confederación Germánica. La corona danesa quiso incorporar definitivamente a Schleswig e imponer una constitución en Holstein, intenciones que reavivaron el sentimiento nacionalista alemán. Bismarck no tardó en aprovechar esta reacción, y persuadió a los austriacos a que le acompañaran en una guerra contra Dinamarca. La derrota total de esta última dio aliento a tres objetivos de Bismarck: aumentó su prestigio con los nacionalistas alemanes, demostró la eficiencia de sus tropas con un bautismo de fuego y estableció las bases para una próxima y más estratégica guerra contra Austria. En efecto, Dinamarca tuvo que ceder tanto Schleswig como Holstein a la pareja vencedora, adjudicando el primero de los ducados a Prusia y el segundo a Austria. Aunque, en teoría, la soberanía sería ejercida conjuntamente, en la práctica Prusia ocupaba y administraba Schleswig y Austria debía hacer lo propio con Holstein. Pero este último ducado estaba enclavado en territorio prusiano, y Viena estaba demasiado lejos. Después de prepararse de nuevo cuidadosamente en el terreno diplomático—se amistó con Rusia apoyándola en la supresión de la rebelión polaca de 1863, insinuó a Francia ganancia territorial en la Renania tras una guerra alemano-prusiana que ganara Prusia y concluyó una alianza con Italia, a la que prometió Venecia—penetró en Holstein con su ejército.
Como es natural, Austria mordió el anzuelo, y persuadió a la Dieta de la Confederación Germánica para que declarara a Prusia un agresor. Bismarck denunció entonces que se había violado la constitución federal y declaró muerta a la Confederación. Aunque la mayoría de los estados alemanes se alineó con Austria, y esta alianza hacía esperar la derrota de Prusia, la preparación de esta última se impuso en una guerra de siete semanas, para sorpresa de toda Europa. El ejército prusiano fue desplegado con rapidez y penetración con un uso inteligente de las líneas ferroviarias, y su empleo de fusiles de cerrojo, de carga mucho más rápida que los mosquetes austriacos que debían ser alimentados por la boca, determinó una ventaja tecnológica y táctica que fue decisiva. Después de arrollar a Hanover y volverse sobre los estados alemanes del sur, la acción definitiva, un enfrentamiento directo de Austria y Prusia, tuvo lugar en Bohemia, donde la batalla de Königgrätz (3 de julio de 1866) resultó en una victoria aplastante de Prusia.
Bismarck coronó el esfuerzo con un golpe diplomático maestro: se opuso a los deseos de Guillermo I y su propio estado mayor, que querían llevar el avance hasta la capital imperial de Viena, y compuso un rápido armisticio de trato condescendiente hacia Austria, para no añadir vinagre a la herida y prevenir una intervención de Francia, que sorprendida por la celeridad de una guerra que estimó prolongada había procurado entrometerse en plan de mediador. Austria tuvo que ceder Venecia a Italia que, como sería su costumbre en las guerras del siglo XX, había sido derrotada en el terreno y sin embargó se alzó con su premio. Ningún otro sacrificio territorial se impuso a los austriacos, aunque sí debió pagar una indemnización. Prusia, por su parte, y además de Schleswig y Holstein, incorporó a sus dominios a Hanover, Hesse-Cassel, Nassau y Frankfurt. En adición contó con mano libre para reorganizar a su antojo el resto de los estados alemanes del norte. En premio a la hazaña, la Dieta de Prusia votó entusiastamente a favor de los créditos que antes había negado, en medio de un furor de nacionalismo resurrecto.
La triunfante campaña de Prusia contra Austria, sin embargo, dejó un asunto pendiente. Luego de completar la reunificación al norte de Alemania, los estados alemanes del sur se vieron forzados a una alianza con Prusia, la que aceptaron a regañadientes sólo porque Austria ya no podría defenderles. El catolicismo sureño[9] resentía el protestantismo prusiano, y la única protección a la que podría aspirar era la de Francia. Bismarck entendió que tendría que ganarle una guerra a Napoleón III.
Como siempre metódico, Bismarck dispuso primeramente el terreno diplomático. Luis Napoleón también veía una guerra contra Prusia como inevitable, pero su intento de establecer alianzas que lo fortalecieran no tuvo éxito. Austria, derrotada, no podía pelear de nuevo tan pronto, y los húngaros, que ahora tenían status equivalente en la “Monarquía Dual” (Austria-Hungría), no querían saber nada del asunto. Los designios de Francia, que buscaba compensarse mediante la anexión de Bélgica y Luxemburgo, aseguraron la antipatía de Inglaterra contra ella cuando Bismarck se apresuró a advertir a los ingleses de las intenciones francesas. Italia estaba agradecida a Prusia, y ésta aseguró el beneplácito de Rusia en la eventualidad de una guerra con Francia.
Sólo faltaba un pretexto. El trono español estaba vacante, y había sido ofrecido al príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, pariente de Guillermo I de Prusia. El monarca alemán aconsejó a su familiar que rehusara la oferta, precisamente para no herir la susceptibilidad de Napoleón III. Pero en la primavera de 1870 Bismarck maniobró para que el ofrecimiento fuese renovado. Un nuevo e inexperto gabinete francés interpretó el asunto como insulto, y exigió que Guillermo I se excusara formalmente en representación del embajador francés, que fue hasta Ems, donde el monarca alemán descansaba, para entregar la solicitud. Guillermo se rehusó cortés pero firmemente y telegrafió a Bismarck para explicar los pormenores. El maestro de la Realpolitik editó el telegrama para que sonara como nueva injuria a los franceses y lo filtró a la prensa.
La reacción no se hizo esperar. Reaccionando a la afrenta del “despacho de Ems”, el emperador francés declaró la guerra a Prusia el 19 de julio de 1870. De inmediato Francia fue invadida por tres ejércitos alemanes que llegaron rápidamente tras las líneas francesas. Sitiaron un gran ejército francés en la fortaleza de Metz y rodearon otro en Sedán, conducido por el mismo Napoleón cerca de la frontera belga. Después de aguantar dos días de bombardeo inmisericorde, el segundo emperador de los franceses capituló con cien mil hombres el 2 de septiembre de 1870. La derrota significó la abdicación de Napoleón III y la proclamación de la Tercera República en Francia, que prolongó una lucha inútil por unas semanas más.
En mayo de 1871 el Tratado de Frankfurt arrancaba Alsacia y una parte de Lorena a Francia, e imponía a este país el pago de indemnizaciones de guerra y la humillación de una ocupación, sufragada por los vencidos, hasta tanto la obligación fuera saldada. En injuria adicional, Bismarck arregló la proclamación de Guillermo I como emperador alemán en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, a escasos kilómetros de París. Había nacido el Segundo Reich, y de allí en adelante Bismarck, que había provocado tres guerras para conseguirlo, se consagró durante casi veinte años más a preservar la paz en Europa. Le bastaba aplicar su regla de oro: en una Europa de cinco potencias—Austria, Rusia, Francia, Inglaterra y Alemania; para fines prácticos Italia no contaba—había que estar à trois, es decir, acompañado de dos aliados.

Otto von Bismarck en su despacho en 1866, el año de la guerra entre Austria y Prusia
A raíz de la Guerra Franco-Prusiana las potencias que gobernaban Europa—si a ver vamos, el mundo—no se enfrentaron directamente en las cuatro décadas siguientes, limitándose a ensayar escaramuzas en otras tierras. La paz armada se llamó al período, pero también se lo conoció, sobre todo en Francia, que continuó siendo la primera referencia en lo cultural, como la Belle Époque. Un término más general para referirse a la época es la expresión igualmente francesa de fin de siècle, que conlleva una cierta connotación decadente. Lo cierto es que Francia, después de una depresión económica que duró desde 1882 a 1897, conoció una gran bonanza económica y suficiente estabilidad política como para alojar un sentimiento de bienestar, el que se expresaba en el desenfadado estilo de vida de las clases alta y media, y fue retratado por artistas de la época, como en los afiches de Henri Toulouse-Lautrec. La gran Exposición Internacional de París de 1879, convocada para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa, vio la inauguración del símbolo urbano más reconocible del mundo: la Torre Eiffel. Fue visitada por una enorme peregrinación de treinta millones de personas, y en ella se exhibió el novísimo cine inventado por Lumière y el teléfono recién inventado por Bell.
Pero también logró Francia recuperarse diplomática y militarmente. No sólo logró rearmar y modernizar su ejército, sino que logró sacar a Inglaterra de su splendid isolation al proponerle, con éxito, una entente cordiale. Finalmente, para los primeros años había logrado forjar una fuerte alianza con Rusia, la que se había beneficiado de importantes inversiones francesas. La corte del Zar procuró imitar en todo a Francia, al punto de que hablaba en francés, y esta lengua continuó siendo la de los diplomáticos de todo el mundo. Era Francia ahora la potencia à trois.
………
El fin de siglo, sin embargo, fue más bien melancólico. Por una parte, el progreso económico del momento no se transmitía a un mayor bienestar de las clases populares. Por la otra, los artistas sentían y expresaban, como perros antes de terremoto, una angustia por el cataclismo que presentían.[10] Basta escuchar una sinfonía de Gustav Mahler, músico bohemio que tenía seis años de edad cuando Prusia derrotaba a Austria, diez al momento de la Guerra Franco-Prusiana y murió tres años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, para sentir el peso de la tragedia y de la muerte que se avecinaban, a pesar de que el compositor viviera en época de paz en Europa. En 1899 Sigmund Freud había expuesto en Viena, ciudad de intensísima vida intelectual al cambio de siglo, la realidad del subconsciente y el inconsciente, con lo que una ciega confianza victoriana en la racionalidad ya no era posible.
Los grandes sistemas filosóficos, que culminaron en el de Hegel, nunca dijeron nada al ciudadano ordinario, sumido en sus problemas existenciales. El filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard (1813-1855), tenido como padre del existencialismo filosófico, ya había puesto el dedo en la llaga al preguntar de qué servía un mapamundi (el sistema hegeliano) a quién como él sólo quería ir de Copenhague a uno de sus suburbios.
Una personalidad aun más atormentada que la de Kierkegaard gritaría más fuertemente en dirección parecida, hasta que muriera en el último año del siglo XIX. Friedrich Nietzsche (1844-1900) veía la vida como una intensa tragedia, y la entendía como una lucha constante por el poder. Considerando a la tradicional moralidad cristiana como una “ética de esclavos”, propugnaba como meta para la humanidad la producción de una nueva raza de superhombres. Lo que era bueno era lo que estimulara la búsqueda de poder, y lo que era malo lo que proviene de la debilidad. No podía imaginar siquiera que a la vuelta de cuatro décadas su programa fuera tomado literalmente por Adolf Hitler, pero su pensamiento ejerció una gran influencia en Europa. Georges Sorel (1847-1922) combinó esta influencia con el marxismo, y abogó por un sindicalismo violento que justificaba la acción violenta en la consecución de sus fines: huelgas, sabotaje, saqueo, todo estaba permitido. Sorel, más aún que Nietzsche, consagró lo irracional como legítimo motivo de la conducta, y la psicología de Freud, con su énfasis en el inconsciente y el instinto tanático, le proveyó de una base supuestamente científica.
El fin de siècle daría paso a una violencia de escala inusitada, y cabría al siglo XX el dudoso honor de las mayores y más terribles guerras de la historia humana. Por fortuna, en las riberas del río de esa historia,[11] otros hombres trabajaban pacientemente en una nueva ciencia y la reconstrucción de la racionalidad, y los artistas continuarían su pertinaz advertencia. Al lado del conflicto y de la guerra, el siglo XX sería también centuria de grande progreso intelectual. LEA
[1] Edwin Hubble, astrónomo estadounidense, postuló en 1929 la ley empírica que relacionó una mayor distancia de las galaxias con una mayor velocidad de recesión o alejamiento.
[2] Zero growth, “crecimiento cero”, que se conseguiría si cada pareja tuviera sólo dos hijos que la sustituyan.
[3] Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal disponible. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, agosto de 1984.
[4] Uno de los fundadores de Intel, la gigante fábrica de circuitos electrónicos integrados de ubicua presencia: Intel inside.
[5] Entre la primera transmisión inalámbrica de Marconi (1895) y el primer radio de transistores (1954) transcurrieron cinco décadas.
[6] En el primer tomo de esa obra monumental de doce volúmenes—que terminó en 1961—el historiador de historiadores pregunta qué comporta un “campo inteligible para el estudio histórico”, y concluye que la civilización es la unidad de medida ineludible. No se entiende realmente la historia, sostiene, si se la escribe sólo sobre Estados, clases o grupos étnicos. Inglaterra, por caso, no puede ser comprendida, a pesar de su relativo aislamiento del continente, sino inserta en la historia de la civilización cristiana europea, y es precisamente el ejemplo de su patria el que emplea para exponer esta noción.
[7] Ver Sri Radhakrishnan: Kalki, o el futuro de la civilización.
[8] Al declararse loco su hermano, el rey Federico Guillermo IV.
[9] Poco después de la proclamación del dogma de la infalibilidad papal (Concilio Vaticano I, 1870) la propia Austria anuló su concordato con la Iglesia. Por su parte Bismarck emprendió una lucha más activa contra ella entre 1871 y 1875, para asegurar la supremacía estatal en asuntos donde los intereses del Estado requerían que la lealtad ciudadana no estuviera dividida entre ambas instituciones. A esta campaña anticatólica se le dio el nombre de Kulturkampf (lucha por la civilización), y sólo cesó al advenimiento de León XIII, pontífice más diplomático que su antecesor, Pío IX, cuando Bismarck se percató de la futilidad de su política.
[10] El psiquiatra Rollo May, en su obra Love and Will, escribió acerca de esta capacidad profética en los artistas, que comparten con los neuróticos. Éstos la expresan destructivamente, mientras que los artistas serían capaces de hacerlo constructivamente.
[11] “Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas”. De Will Durant, autor, junto con su esposa Ariel, de la obra en varios volúmenes The Story of Civilization.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 15, 2006 | Historia, Otros temas, Terceros |

Los primeros veinte años del siglo XX. Las sorpresas asiáticas. Sesiones de práctica en los Balcanes. La Gran Guerra. La Revolución Rusa. El Tratado de Versalles.
El año de 1901 fue bastante acontecido. La reina Victoria de Inglaterra, que presidió la expansión del Imperio Británico a su máxima extensión, murió comenzando el año después de haber reinado por más de 64 años, para superar la longevidad regia de Isabel I Tudor, la hija de Enrique VIII. Guillermo Marconi recibía en Terranova la primera transmisión de la radiotelegrafía “sin hilos”. Theodore Roosevelt ascendía a la Presidencia de los Estados Unidos, a raíz del asesinato de su predecesor, William McKinley, cuyo matador fue ejecutado en la silla eléctrica. La rebelión de los Boxers en China tocaba a su fin con la firma del Protocolo de Pekín. Por primera vez se concedía los premios establecidos en el testamento de Alfredo Nóbel. El pozo de Spindletop, en Beaumont, Texas, anunciaba la riqueza petrolera de este estado norteamericano. Los descendientes de los mayas deponían sus armas para terminar la Guerra de Castas en Yucatán. El Reino Unido prohibía, civilizadamente, el trabajo de menores de 12 años. Nacían Clark Gable, la archiduquesa rusa Anastasia, el jazzista Louis Armstrong, Walt Disney, el futuro emperador Hirohito, el futuro dictador Fulgencio Batista, quien sería el primer presidente indonesio, Sukarno, Enrico Fermi, Marlene Dietrich, la antropóloga Margaret Mead, el escultor italiano Alberto Giacometti y Ngo Dinh Diem, el primer presidente de Vietnam del Sur, Werner Heisenberg y Joaquín Rodrigo, el compositor español del “Concierto de Aranjuez” que quedaría ciego a los tres años de edad a consecuencia de la explosión de un tractor. Todos serían, con diferentes destinos, personajes famosos. Morían ese año, además de la Emperatriz de la India, otra Victoria, la Emperatriz de Alemania, y el rey Milan I de Serbia; también Giuseppe Verdi, Henri Toulouse Lautrec y George FitzGerald (de la hipótesis física de la “contracción Lorentz-FitzGerald”, que buscaba salvar a Newton del asedio montado por experimentalistas norteamericanos).
Con todo, un año casi como cualquier otro. A fin de cuentas Victoria tenía ya 84 años y McKinley moría a manos de un anarquista, lo que era bastante común por aquellos tiempos. El mismo Guillermo II de Alemania había escapado ileso de un atentado en su contra ese mismo año. La ciencia avanzaba tenazmente y la hazaña de Marconi era perfectamente esperable, la paz en China y Yucatán presagiaba un siglo tranquilo, y el petróleo tejano convenía al que sería del automóvil: en 1901 se fundaba en Detroit la compañía Cadillac. Para el acero fundaba J. P. Morgan la U.S. Steel, y hasta se había practicado en Alemania la primera operación de cirugía estética para hacer face lifting.
Veinte años después Europa estaba postrada por la guerra, una guerra tan inevitable como inimaginable, y la inocencia del mundo rodaba por los suelos. Los primeros tres cuartos de esas primeras dos décadas del siglo XX, fueron una preparación para el conflicto más extendido y cruel que los hombres hubieran conocido. Como siempre, mientras los políticos hacían lo suyo, otros hombres y mujeres construían nuevos peldaños de la escalera de la civilización.
Antes de que la conflagración, en esencia una generalizada guerra civil en Europa, se manifestara, Asia se había hecho sentir ante Occidente. La Guerra de los Boxers había comenzado en 1899, y en dos años había acabado con la vida de decenas de chinos cristianos, rebeldes y gente extranjera. Era contra esta gente que los Boxers, la Sociedad de la Armonía Correcta, había predicado y ejecutado la violencia, en repudio a la sujeción de una China débil ante los extranjeros, que en la primera mitad del siglo XIX habían llegado (los ingleses) al extremo de las Guerras del Opio para proteger su lucrativo comercio del estupefaciente. Unos años más tarde (1912) China proclamaba su primera república siguiendo el liderazgo de Sun Yat Sen, quien enarbolaba sus Tres Principios del Pueblo: el nacionalismo, la democracia y la “ecualización”, que comportaba una extensa reforma agraria y una mejor distribución de la riqueza. Sorprendentemente moderno, Sun sabía que el ciudadano común de China, luego de milenios de gobierno despótico, requeriría un plazo de aprendizaje para vivir en democracia. Más adelante en el siglo, Chiang Kai Shek se apropiaría de este “principio del tutelaje” para justificar su gobierno dictatorial.
Pero antes, otra nación oriental aparecería sorpresivamente en la palestra con arrestos de nueva potencia, para consternación de Occidente. Japón, el Imperio del Sol Naciente, propinó una humillante e inesperada derrota al Imperio de los Zares. Rusia buscaba expandir, a comienzos del siglo XX, sus territorios en el Oriente Lejano. Dos circunstancias agitaron esta voluntad: la degeneración política de China y la terminación del Ferrocarril Transiberiano, que unía a la Rusia europea con el Pacífico. Es así como Rusia extendió su influencia por Manchuria y comenzó la penetración militar de Corea, bajo el pretexto de la explotación maderera en la zona. Obtuvo, concretamente, un arrendamiento por veinticinco años de la ciudad de Port Arthur en la península de Liaotung.
Las maniobras rusas competían con las ambiciones japonesas en la región: Japón también quería aprovecharse de la debilidad china para su propia expansión. Sin advertencia previa—como lo harían en Pearl Harbor treinta y siete años más tarde—los japoneses comenzaron el bombardeo de Port Arthur en febrero de 1904. Más cercano al teatro de operaciones, Japón tenía la ventaja logística, y un incompetente liderazgo militar ruso llevó a un desenlace imprevisto: la destrucción de la Flota Báltica de Rusia en los estrechos coreanos de Tsushima, después de que hubiera viajado medio mundo antes de encontrar su trágico destino. La subestimación de la fuerza japonesa contribuyó a la derrota de los rusos, y en 1905 el Zar debió ceder todas sus adquisiciones recientes y aceptar un protectorado japonés en Corea. Occidente quedaba advertido.
Como había ocurrido en 1870 con Luis Napoleón en Francia, una oleada de insatisfacción y protestas cundió por Rusia con el descalabro en el Pacífico. En un “Domingo Sangriento” de 1905 el ejército ruso, que reprimía una manifestación ante el Palacio de Invierno en San Petersburgo, mató más de un centenar de trabajadores. El incidente reavivó las protestas y las huelgas, y los primeros soviets, o asambleas de representantes de los trabajadores, controladas por elementos radicales, fueron establecidos en varias ciudades, comenzando por San Petersburgo. Los marineros del acorazado Potemkin, en acción inmortalizada en un filme de Sergei Eisenstein, se amotinaron, y el proceso culminó con una huelga general que paralizó al imperio en octubre de 1905.
La crítica situación forzó al Zar a ofrecer concesiones. En apresurado manifiesto concedió las libertades de expresión, prensa y reunión, al tiempo que decretaba la formación de un parlamento o Duma a ser elegida por sufragio prácticamente universal. Así dejó de ser Rusia una autocracia incontrolada para convertirse, a regañadientes, en monarquía constitucional. Los liberales se sintieron satisfechos, no así los radicales. La agitación continuó hasta que el empleo del ejército y una cadena de arrestos puso fin a la revuelta al término del año. Quedaba sembrada la semilla revolucionaria para que en situación similar, doce años más tarde, cayera el zarismo y se iniciara la era comunista.

El motín del Potemkin, en ilustración de Alton Tobey para Life Magazine
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Poco después otro imperio en problemas entraría en una larga serie de crisis, la que permitiría el juego de las escaramuzas europeas en uno de sus teatros favoritos: los Balcanes. El “Hombre Enfermo” de Europa, el Imperio Otomano de Turquía, experimentó su propia revolución, la de los Jóvenes Turcos. En 1908 esta revuelta civil suscitó una confusión de la que se aprovecharon los pueblos balcánicos sujetos al dominio turco y algunas de las potencias europeas. Bulgaria procedió a proclamar su independencia, pero Bosnia y Herzegovina cayeron bajo el yugo de Austria-Hungría. La independencia búlgara no gustó a Turquía, pero nadie más se metió en el asunto. En cambio, la anexión de Bosnia y Herzegovina provocó las airadas protestas de Rusia y de Serbia, y esta última nación estuvo a punto de ir a la guerra contra Austria. La cosa, por los momentos, no pasó de allí.
El segundo acto se escenificó en 1911. Los italianos habían emprendido en 1911 la ansiada conquista de Trípoli, e incapaces de lograr la victoria, ocuparon las islas del Dodecaneso cercanas a la costa turca, lo que no cambió el estancamiento. Entonces se forjó una alianza de Grecia, Bulgaria, Serbia y Montenegro contra Turquía, que entró en Guerra y estuvo cerca de tomar Constantinopla, lo que detuvieron las grandes potencias para salvar lo que quedaba de Turquía, poniendo fin a la Primera Guerra de los Balcanes.
Por el Tratado de Londres de 1913, Turquía se vio forzada a ceder Creta y prácticamente todos sus territorios europeos. Y como Austria e Italia objetaban la expansión serbia hacia el Adriático, el mismo acuerdo atinó a crear el nuevo estado de Albania.
No se había secado la tinta londinense, cuando estalló la Segunda Guerra de los Balcanes. Serbia no estaba conforme con las previsiones del tratado, y exigió a Bulgaria una mayor porción de Macedonia. En respuesta, los búlgaros lanzaron un ataque sorpresivo contra Serbia, pero no pudieron sostener el combate más de un mes, cuando se vieron cercados por una coalición de Turquía, Grecia y Rumania a favor de Serbia. En agosto de 1913 el Tratado de Bucarest daba a Serbia y Grecia la mayor parte de Macedonia, con lo que Serbia obtenía su objetivo original, y Rumania adquiría la parte sur de Dobrudja, sobre el Mar Negro. Hasta la enferma Turquía recobró el control de Adrianópolis.
Así juzgan los resultados Barnes, Blum y Cameron en The European World: “Las nuevas naciones de los Balcanes habían aprendido las lecciones de la Realpolitik demasiado bien. Ninguna noción de ilustrado interés propio, fuese económico o de otro tipo, reprimía sus tendencias expansionistas. Sus finanzas públicas eran deficitarias, sus estándares de vida estaban escasamente sobre el nivel de subsistencia, y sin embargo sus líderes jugaban el juego de la política de poder con un irresponsable abandono que incluso los diplomáticos alemanes de la era post Bismarck se estremecieran. Tal era el intoxicante legado de la independencia después de más de cuatro siglo de dominio turco, junto con el tutelaje y el ejemplo de las grandes potencias”.

Bajas búlgaras en la II Guerra de los Balcanes
Entonces, el 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria tuvo a bien visitar, en compañía de su esposa, la duquesa de Hohenberg, el pueblo bosnio de Sarajevo, luego de observar maniobras de las tropas austriacas acantonadas en las inmediaciones. Había llevado a su consorte para que le rindieran honores, como compensación por el desagrado de su tío, el emperador Francisco José, con su matrimonio. Cuando se dirigían al edificio del ayuntamiento, donde esperaba el alcalde para entregarles las llaves de la ciudad y pronunciar los discursos de rigor, pudo Francisco Fernando eludir un primer atentado, desviando con su mano la bomba que habían lanzado a su automóvil descapotado. Luego de regañar agriamente al alcalde, el heredero del trono austro-húngaro insistió en ir al hospital a visitar a los heridos por la explosión a la que había escapado. El conductor del automóvil imperial equivocó el acceso, pasando por delante de otro asesino, el estudiante y anarquista serbio Gavrilo Princip, que no acertó a disparar sobre la pareja. Al percatarse de que había entrado en la calle a contramano, el conductor retrocedió, y esta vez Princip no erró su objetivo. Francisco Fernando y Sofía Chotek cayeron abatidos por los disparos del terrorista, quien accionó su pistola a pocos metros de la infortunada pareja.

Gavrilo Princip es conducido bajo arresto en Sarajevo minutos después de asesinar a Francisco Fernando de Austria y Sofía Chotek el 28 de junio de 1914. Moriría de tuberculosis en prisión.
Irónicamente, Francisco Fernando procuraba, para los eslavos del sur que vivían en los Balcanes, un status de equiparación con los pueblos de la Monarquía Dual—austriacos y húngaros—en el llamado “trialismo”. Los bosnios y los herzegovinos, sin embargo, irritados por su forzada anexión a Austria-Hungría en 1908, buscaban más bien su separación del imperio para unirse a una Gran Serbia. Pero el doble magnicidio, alentado y armado por la policía secreta serbia, fue una muy mala idea. En lugar de facilitar la secesión de Bosnia y Herzegovina, provocó con ella la guerra de Austria contra Serbia y, con ésta, la Primera Guerra Mundial.
Bismarck ya no gobernaba en Alemania. A la muerte del emperador Guillermo I, su hijo ascendió al trono con el nombre de Guillermo II. (Willy, para los íntimos). En 1890 el nuevo monarca despidió al gran Junker y procedió alocadamente a desmantelar la alianza tripartita que Bismarck había forjado cuidadosamente y por veinte años había garantizado la paz en Europa: la Dreikaiserbund o Liga de los Tres Emperadores entre Alemania, Austria-Hungría y la Rusia zarista, la fórmula à trois del Canciller de Hierro. Rusia, ante los desvaríos de Guillermo II, se había negado a renovar la alianza y en cambio estableció un pacto de mutua defensa con Francia; además, tenía un compromiso de defender a Serbia en caso de guerra, precisamente, con Austria-Hungría. Por su parte, un sólido pacto defensivo mantenía aliados a alemanes y austro-húngaros, e Inglaterra, en entente cordiale con los franceses, estaba comprometida en la defensa de la neutralidad de Bélgica, al igual que Francia.
El gobierno de Viena no podía tolerar la grave afrenta, por más que los monarcas europeos estuvieran acostumbrados a los atentados contra sus reales personas: el mismo emperador Franz Josef I de Austria había perdido a su esposa, Sissí Emperatriz (Isabel de Baviera), en uno de esos atentados anarquistas, sin que por tal cosa se hubiera desatado una guerra. En juego, empero, estaba en esta ocasión el prestigio austriaco y la estabilidad de su imperio. A pesar de que Viena ignoraba que la conspiración había sido orquestada por Serbia (lo que se supo después de 1918), sí sabía que los conjurados eran serbios, que la prensa serbia había exaltado el magnicidio y que las armas asesinas habían sido entregadas en Belgrado. Así, una vez asegurada del apoyo alemán a principios de julio, Austria-Hungría envió a Serbia un ultimátum “formulado de tal forma que no pudiese aceptarlo sin capitular ni pudiese rechazarlo sin provocar la intervención armada austro-húngara”.[1]
Serbia, que había salido victoriosa y engrandecida de las Guerras de los Balcanes, y se sentía protegida por Rusia, calculó que podría defenderse de Austria-Hungría y rechazó el ultimátum recibido el 23 de julio con cuarenta y ocho horas de plazo para responderlo. El 27 de julio, luego de infructuosos esfuerzos diplomáticos de última hora, Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia. Esta nación había calculado mal, pero también las demás potencias, que estimaron todas que el conflicto podía todavía circunscribirse al escenario balcánico. Se creyó que sería una guerra limitada y relativamente rápida, al estilo de la Guerra de Crimea a mediados del siglo XIX, la que de todos modos había dejado una herencia de doscientos mil muertos. Nadie estaba preparado para los nueve millones de muertes que se causarían entre 1914 y 1918.
Los Balcanes, por supuesto, eran punto neurálgico de la geografía. Turquía todavía los consideraba suyos; Austria-Hungría quería más de su territorio luego de sus anexiones de 1908; Rusia los consideraba estratégicos porque su política secular había sido el establecimiento de puertos que no se congelaran en invierno, y procuraba la salida al Mediterráneo desde el Mar Negro, para lo que necesitaba que los estrechos del Bósforo y los Dardanelos le fueran practicables; Inglaterra, por su parte, sentía la misma necesidad para proteger sus intereses en Egipto, y para tal fin ocupaba Chipre. Lo que todos esperaban era una Tercera Guerra de los Balcanes, aunque sabían que esta vez el conflicto requeriría la intervención directa de las potencias, por más que las batallas se libraran en suelo de terceros.

Premio Pulitzer en 1963
Pero pronto caerían una por una las piezas del dominó, adosadas en dos grupos de intereses contrapuestos y arrastradas por los acontecimientos. Al día siguiente de la declaración inicial de guerra contra Serbia, Belgrado sufría los primeros bombardeos. Rusia había ordenado la movilización general de sus ejércitos en cuanto supo de la declaración, y Alemania procuraba que Austria reanudara negociaciones directas con Rusia, mientras aseguraba a Inglaterra que “no anexaría” territorios de Bélgica y Luxemburgo a cambio de la neutralidad inglesa y procuraba la separación de Rusia y Francia. Ni Francia ni Inglaterra entraron en el juego, y los ingleses exigieron un compromiso alemán más claro de respetar la neutralidad de Bélgica, a lo que Alemania se negó. Rusia cambió por unas horas, informada de los intentos diplomáticos de Alemania, su orden de movilización general por una de movilización limitada sólo contra Austria, pero regresó a su primera postura al fracasar sus negociaciones con los austriacos. Finalmente, el punto de no retorno se alcanzó el 1º de agosto, cuando simultáneamente Francia y Alemania ordenaron la movilización general. En horas de la noche de ese día Alemania declaró la guerra a Rusia, después de esperar la respuesta a un ultimátum que nunca llegó. Al día siguiente, tropas alemanas entraron en Luxemburgo y solicitaron permiso de Bélgica para atravesar su territorio en dirección a Francia. Los belgas rechazaron la petición y fueron invadidos de todos modos por los alemanes, que así violaron la neutralidad de Bélgica, que todas las potencias habían garantizado en 1839. El 3 de agosto, Alemania declaraba la guerra a Francia y al día siguiente los ingleses, ante tales hechos cumplidos y obligados por el compromiso de defender la neutralidad de los belgas, declararon la guerra a Alemania. Esa misma semana completó la involucración de todas las grandes potencias, con excepción de la sinuosa Italia, y también se metieron al fuego Bélgica, Luxemburgo, Serbia y Montenegro, del lado franco-anglo-ruso. Antes de finalizar agosto Japón declaró la guerra a Alemania y Austria-Hungría, a las que se sumó Turquía a fines de 1918. La Primera Guerra Mundial había comenzado.[2]
La pesadilla que espantaba a Bismarck se materializaba: la necesidad de Alemania de conducir la guerra en dos frentes a la vez, contra Francia y contra Rusia. A corto plazo, esta desventaja estaba compensada con creces por el mayor apresto militar alemán y su superioridad industrial, sobre todo respecto de Francia y Rusia. Además, sus líneas de suministro eran más cortas, y contaba con una eficiente red ferroviaria.
Pero a pesar de estos factores favorables, y de que Austria-Hungría afrontaría los primeros ataques de los rusos, aliviando la presión del frente oriental sobre Alemania, la campaña contra Francia, prevista para una terminación rápida, dio paso a una guerra de desgaste, al ser detenido el avance alemán a ochenta kilómetros de París. A partir de allí, los ejércitos enfrentados en el frente occidental comenzarían una carrera hacia el Canal de la Mancha, con el objeto de envolver cada uno al enemigo. Ninguno de los dos lo consiguió, y la guerra se transformó en un pulso de trincheras que no se movieron durante años, sin que ninguno de los contendientes ganase terreno.

Diagrama esquemático de una trinchera
Francia tenía menor población que Alemania, estaba menos industrializada y menos preparada en el aspecto militar. Rusia sí tenía una población enorme, pero estaba atrasada militar e industrialmente. Sus grandes distancias, y su mal desarrollada red ferroviaria dificultaban el movimiento de sus tropas, y su ubicación la hacía inaccesible para el apoyo de sus aliados. Inglaterra, en cambio, aportó su poderío y sus recursos de ultramar, incluidos acá el apoyo de sus dominios. La flota británica fue decisiva en tareas de suministro, a pesar de una feroz guerra submarina en su contra. Finalmente, la entrada en guerra de los Estados Unidos en 1917, justamente en el momento cuando Rusia colapsaba a la abdicación de Nicolás II, trajo a la lucha una definitiva ventaja material. A pesar de que Rusia, ya en manos de los bolcheviques, aceptó una desventajosa paz con Alemania (Tratado de Brest-Litovsk), Austria-Hungría colapsó también y ya Alemania no pudo sostener su esfuerzo bélico. Guillermo II abdicaba el 9 de noviembre de 1918 y dos días más tarde un armisticio ponía fin a la guerra que acabaría con todas las guerras.
El imperio de los Zares no aguantó una segunda revolución. A la abdicación de Nicolás II sucedió un gobierno provisional, en manos del moderado Alexander Kerensky. Éste no duró mucho tiempo. El 17 de noviembre de 1917 (25 de octubre del Calendario Juliano seguido por los rusos) un golpe de Estado comunista, liderado por Vladimir Ilich Lenin, se hizo con el control en menos de veinte horas. Días antes, San Petersburgo era invadido por hordas desempleadas y hambrientas que paralizaron la ciudad en medio de la escasez. León Trotsky, artífice de la táctica de ocupar puntos neurálgicos como estaciones de trenes, centrales del acueducto y oficinas telegráficas, logró aislar a Kerensky en el palacio de gobierno, dejando al país descerebrado. Pocos días antes, evaluando el probable éxito de la acción, y tomando en cuenta el efecto de la crisis económica, había confiado a Lenin: “Esto va a ser tan fácil como darle una patada a un paralítico”.[3]
Lo primero que hicieron los bolcheviques fue hacer la paz con Alemania. Luego lidiarían con la contrarrevolución de los “rusos blancos”, que vencieron. Así estabilizaron un gobierno que por 70 años determinaría buena parte de la política mundial, después de participar victoriosamente en la Segunda Guerra Mundial y constituir una de las dos caras de la Guerra Fría.

Vladimir Ilich Lenin
La Gran Guerra significó la desaparición de Austria-Hungría, que se fragmentó en distintas repúblicas. Esta circunstancia dejaba un solo chivo expiatorio para cargarle la culpa del desastre: Alemania, y sobre ella se afincaron las potencias reunidas en Versalles para dictar los términos de su rendición definitiva.
A pesar de intentos pacificadores por parte de Woodrow Wilson, el Presidente de los Estados Unidos, el rencor francés determinó que las condiciones impuestas a Alemania fueran excesivamente drásticas: Alsacia y Lorena regresaban a Francia, la Renania debía ser desmilitarizada, se limitaba a 500 mil hombres el ejército alemán, se le prohibía aviación y flota de guerra, y se le exigía onerosas indemnizaciones que en poco tiempo terminaron por hundir la ya devastada economía alemana. Sólo las voces agoreras de John Maynard Keynes y Winston Churchill se alzaron en Inglaterra para advertir que el Tratado de Versalles era un error monumental: el primero pronosticó el desarrollo de una crisis económica mundial, que se materializó en una década; el segundo profetizó una nueva y peor guerra a la vuelta de veinte años, en la que fue destacado protagonista y cuya historia escribió.
Wilson había propuesto “catorce puntos” que guiaran el reacomodo político y la elusión de nuevas guerras. Éstos incluían el ejercicio de una diplomacia abierta—open covenants openly arrived at—el rediseño de las fronteras “a lo largo de líneas de nacionalidad claramente reconocibles”, la limitación de armamentos y la creación de una organización internacional que previniera los conflictos: la Liga de las Naciones. A pesar de que ésta llegara a fundarse, el propio país del presidente Wilson jamás consintió en ser miembro. Poco después el ex profesor de Princeton, con el espíritu desilusionado y la razón ida, dejaba este mundo. LEA
[1] Historia Universal, Editorial Planeta: Tomo 11, Siglo XX (I), De 1914 a 1942.
[2] Un extraordinario relato de estos primeros días de la guerra, y de la actividad diplomática que los precedió, se encuentra en The Guns of August, de Bárbara Tuchman, la historiadora norteamericana doblemente premiada con el Premio Pulitzer.
[3] Narrado por Curzio Malaparte en su libro La técnica del golpe de Estado.
por Luis Enrique Alcalá | Ago 15, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En diciembre de 1984 la Constructora Nacional de Válvulas, cuyo presidente era Andrés Sosa Pietri, editó el primer número de su revista Válvula, que estuvo dedicado al tema de la integración de las naciones de origen ibérico. El número fue construido con el texto inédito de una conferencia de don Arturo Úslar Pietri en Santa Cruz de Tenerife y, para mi inmenso honor, un artículo que completé a tiempo para entrar a imprenta.
La Ficha Semanal #106 de doctorpolítico se compone con un fragmento de la conferencia de Úslar (La comunidad hispánica en el mundo de hoy) y un trozo del artículo del suscrito. (La verdad que ya no podemos eludir). Ambos se refieren al hecho del idioma como gran determinante de la macropolítica. (En general, los dos textos coincidían en sus líneas principales, al prescribir la unión política de los pueblos ibéricos).
Es una resentida línea de la revolución chavista—con eco en el discurso de Evo Morales—el rechazo al hecho fundamental del Descubrimiento de 1492. Acá se tumba la estatua de Colón y se desmantela la réplica de la carabela Santa María en el Parque del Este de Caracas. En Bolivia Evo Morales habló de unas cuentas por cobrar que resarcirían cinco siglos de genocidio español. Pero Ni Chávez ni Morales son capaces de pensar el mundo de hoy si no lo hacen en español.
La Carta Semanal #60 (30 de octubre de 2003) de doctorpolítico hacía las siguientes observaciones:
«…incluso para decir barrabasadas Evo Morales y Hugo Chávez emplean el español, piensan en español, piensan español. Si fuesen lógicamente consistentes Morales debiera amenazar en quechua y Chávez despotricar en pemón. Debieran negar sus nombres, pues Morales no es apellido inca ni Chávez es caribe. Debieran resistir los micrófonos y las cámaras, puesto que son de marca Sennheiser o Ikegami, en lugar de modelos Paramaconi XC o Atahualpa Special Edition…
Si al encuentro de la civilización occidental con una miríada de tribus por su mayor parte dispersas y enemistadas entre sí, éstas ‘aportaron’ un continente físico que de todos modos les quedaba grande, los españoles en Hispanoamérica contribuyeron precisamente con eso, con civilización. No hay manera de que Chávez siquiera formule una sola idea si no es a partir de los hechos de Losada o Garci González de Silva…
Naturalmente, en la cosmogonía Morales-Chávez los aborígenes del continente eran seres angélicos, intocados por la maldad que, como viruela, trajeron los españoles. ¿Cuántas muertes, cuántos genocidios conoció nuestro condominio continental antes de que a la Reina Isabel se le ocurriera financiar con sus joyas la atrevida aventura de Colón? La palabra makiritare significa sencillamente ‘hombre’, por lo que estaba implicado que ninguna otra tribu era humana. Por eso los maquiritare decían waika o ‘infrahumano’ a los yanomami, a quienes procuraron exterminar. Sostener que España vino a fregar la existencia a un idílico universo de hombres buenos y felices es una colosal tontería, pues antes del Descubrimiento estas tierras vieron la sangre que los humanos sabemos verter en toda latitud y toda época».
LEA
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Se piensa español
DE «LA COMUNIDAD HISPÁNICA EN EL MUNDO DE HOY»
Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seríamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos.
¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española—o la lengua portuguesa en este mundo ibérico—no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocente, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200.
Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China; la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta.
O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la de África del Sur, la de Australia y Nueva Zelanda, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.
Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 369 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres.
Éste es un hecho muy importante; estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de un modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes.
Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ése es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.
Esa situación de la lengua es un hecho capital, porque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución distinta, de pueblos distintos, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.
AUP
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DE «LA VERDAD QUE YA NO PODEMOS ELUDIR»
En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: «Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo…» En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo.
Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza el continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.
Han sido los trabajos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español.
Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que, aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.
Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución humana estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso intenso y extenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar.
En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.
Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.
En 1968, Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge on Charles para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata.
LEA
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