Entrevista con Carolina Jaimes Branger – 28/08/06
La entrevista examinó los inicios de la campaña electoral de 2006, en evaluación preliminar de las ofertas candidaturales de Hugo Chávez, Manuel Rosales y Benjamín Rausseo.
La entrevista examinó los inicios de la campaña electoral de 2006, en evaluación preliminar de las ofertas candidaturales de Hugo Chávez, Manuel Rosales y Benjamín Rausseo.
La primera tarea asumida por Juan Barreto una vez que Hugo Chávez llegara a presidir la república fue la de dirigir una empresa editorial aduladora y abusiva que fracasó estrepitosamente: El Diario del Presidente, periodicucho que fue incapaz de sostener su circulación por más de seis meses, ni siquiera porque se vendía por precio irrisorio. Nunca pudo conseguir lectores en número suficiente.
Hasta llegar, parásito de la popularidad de su demagogo jefe, a la Alcaldía Metropolitana de Caracas, no destacó en otro arte que el de ladrar en castellano. Pomposo perdonavidas, enfermo de odio, estéril, siempre ha procurado imitar lo peor de Chávez, su gusto por la violencia y por la saña.
Con su alevosa «disertación» de este pasado martes creyó, estúpidamente, que «se la comía», aplaudido por un coro de borregos a destajo cubiertos con franelas rojas, obsequiado con la sonrisa del alcalde Rangel Ávalos, igualmente estúpida, mientras defecaba por la boca. Es como él cree que hace méritos históricos.
Ignoraba, entonces, que ya su retrato había sido pintado para la posteridad, aunque no con óleos o pasteles, sino con palabras. He aquí tres detalles del cuadro-texto que lo inmortaliza:
«La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de un monumento».
«La dicha de los fecundos martiriza a los eunucos vertiendo en su corazón gotas de hiel que los amargan por toda la existencia; este dolor es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible de su talento en la acción o el pensar. Las palabras y las muecas del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la altura. Sin oírlos».
«No sólo se adula a reyes y poderosos; también se adula al pueblo. Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas disfrazadas de ideal; más cobardes porque se dirigen a plebes que no saben descubrir el embuste. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento a la propia dignidad».
El escritor-pintor: José Ingenieros. El título del libro-retrato: El hombre mediocre.
LEA
La inscripción-lanzamiento de la candidatura presidencial de Manuel Rosales, el sábado pasado, en marcha numerosa—desde la época del revocatorio la oposición no levantaba cabeza—ha reavivado, no cabe duda, las esperanzas de que la candidatura «incumbente» de Hugo Chávez será derrotada electoralmente. Tanto es así, que las tozudas posiciones abstencionistas se ven hoy muy disminuidas. María Corina Machado, por ejemplo, acaba de decir: «Vamos a seguir exigiendo elecciones limpias para todos los venezolanos, pero también estamos claros en que hay que participar para poder exigirlas». Reconociendo que las condiciones electorales «han mejorado», reduce ahora su exigencia y declara: «Sólo falta que el CNE se decida a publicar el RE completo, se lo entregue a los distintos partidos, y que desista de utilizar las máquinas captahuellas, que además de ser ilegales comprometen el secreto del voto».
El día martes Alberto Garrido había halado las orejas de Súmate escribiendo en su columna—Tiempo real—lo siguiente: «Apareció entonces para la vieja dirigencia política otra posibilidad de retorno al protagonismo: las elecciones presidenciales. Pero Súmate, de la mano de Bush, se transformó en el Gran Inquisidor, exigiendo el ‘cumplimiento de condiciones mínimas’ para garantizar la transparencia electoral. Otros ex partidos acompañaron sus posiciones». (Destacado de esta publicación). Para el analista Garrido, Acción Democrática es un ex partido. COPEI lo mismo.
El joven Secretario General de los socialcristianos, Luis Ignacio Planas, a diferencia de Machado, estima que las condiciones electorales «están peor que nunca». Mientras Vicente Díaz, miembro del Grupo La Colina y rector del Consejo Nacional Electoral, declaraba que no era cierto que el registro electoral tuviese a un millón o dos de electores como residenciados en una vivienda, Planas, que no parece emular a José Antonio Pérez Díaz, Rafael Caldera o Eduardo Fernández—ex secretarios generales de COPEI de cierta sindéresis—acusó a Díaz de mentiroso y sugirió, insultantemente, que las posturas de este último se debían a razones venales, relacionadas con su sueldo de funcionario electoral.
Oswaldo Álvarez Paz también se esforzó en contribuir: aclaró que, si bien veía con buenos ojos la concreción de una candidatura unitaria, Alianza Popular no la apoyaba. Además dijo que ponía en duda las conclusiones de las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello—y ahora las de Ojo Electoral—que señalaron que las deficiencias encontradas en el registro electoral no están orientadas según una preferencia por alguna candidatura en particular. Además de su desconfianza respecto del registro, Álvarez Paz expresó que la única manera de que el proceso sea transparente es hacer el escrutinio como pauta la Ley del Sufragio. (La ley pauta, por cierto, que este escrutinio sea automatizado).
Pero a pesar de estas posturas el abstencionismo se resquebraja. Factores sindicales afiliados a Acción Democrática están forzando una nueva discusión en el seno del partido, en busca de un apoyo a la candidatura Rosales. De tener éxito, Manuel Rosales habría logrado la reconstitución de la alianza que una vez se llamara Coordinadora Democrática.
La transformación alcanza por estos días al patriotismo de Internet. Así, el Sr. Oswaldo González escribe: «Desde que fuimos llevados al Paro y luego de la estúpida proclamación de Pedro Carmona y de los militares alrededor peleándose por el poder, opté por no volver a seguir a nadie, ni asistir a mítines, convocatorias ni firmar nada. Tampoco votar. Sigo convencido que el CNE de aquí, no va permitir ni van a haber condiciones para votar contra Chávez. Sin embargo; hoy mi posición la quiero compartir con ustedes porque ha variado». Luego propone ir a votar por Rosales, al punto que exige: «Quiero ver a Oswaldo Álvarez Paz, Henry Ramos, Antonio Ledezma, Peña Esclusa, Marta Colomina, Marianela Salazar, Ivellise (sic) Pacheco, Marcel Granier, Libertad Plena, Gente del Petróleo, Militares Retirados, etc. dejando a un lado su discurso de saboteo y comenzar a trabajar por la victoria y candidato ‘único’.»
Las filas abstencionistas se adelgazan con el paso de los días.
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No poco de este desplazamiento se debe a debilidades olfateadas en el lado oficialista, que el propio Chávez ha reconocido—y reclamado con malas pulgas—al disminuir de diez a seis millones de votos su meta electoral, y que han aparecido magnificadas con tres monumentales metidas de pata en los últimos días: la boutade imprecatoria de Barreto, la fuga de Carlos Ortega de Ramo Verde y la tragicómica ineptitud de Isaías Rodríguez, cuyo manejo del mitómano testigo Geovanny Vásquez habría acarreado su destitución aun en el Zimbabwe de Mougabe. Como ocurriera a partir del 23 de enero de 2002, la oposición comienza a oler sangre.
Afuera, entretanto, la campaña de Chávez por un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, pudiera estar empastelándose. La Cámara de Diputados chilena acordó exhortar al gobierno de Michelle Bachelet para que no apoye la pretensión chavista, y aunque ésta ha declarado que la decisión es suya—la anunciará en octubre—ya José Vicente Rangel se ha curado en salud al declarar que cualquiera sea ésa, las relaciones entre Chile—su segundo país—y Venezuela no se verán afectadas. Ya hace tiempo que es incomprensible y censurable para cualquier persona que no sea un «chavista duro» el dispendio internacional de Chávez, pero un fracaso final en su objetivo de llegar al Consejo de Seguridad haría ese enorme gasto mucho más rechazable por el electorado.
Pero no toda la esperanza opositora se debe a la idiocia gubernamental. Hay mérito de político convencional en el tejido de alianzas que Rosales ha logrado confeccionar. Veintiséis organizaciones, hasta ahora, respaldan su candidatura—le gana a Chávez por tres—y en escasas horas calló a todos los precandidatos primaristas, al conseguir para cada uno algún cargo más o menos vistoso en el enrevesado organigrama de su comando de campaña. En su primera semana como candidato, por lo demás, ha dedicado atención preferente a territorios orientales, como para ladrarle en la cueva a Rausseo, con quien ya ha tenido encuentros. (Ahora lo tendrá con Smith).
El problema con el lanzamiento del gobernador (de permiso) del Zulia, sin embargo, es de otro orden. Rosales ha escogido prometer algo que no puede ser prometido seria o responsablemente. Tal como muchos medios de prensa registraron, Rosales prometió el sábado que «acabaría» con la pobreza.
En ocasión de evaluar el esquema programático que la extinta candidatura Petkoff proponía, esta publicación (Carta Semanal #188, del 1º de junio de 2006) destacaba la siguiente promesa: «7. arrancar de raíz las causas de la pobreza, que tienen su principal fuente en lo económico y, en particular, en el desempleo». Acá se opinaba entonces: «…nadie puede responsablemente prometer que ‘arrancará de raíz’ las causas de la pobreza, que ‘tienen que ver’ con lo económico y el empleo. (¿No es el empleo algo económico?) Además, tal cosa se haría en seis años. Petkoff ha aclarado que de resultar electo no pretendería reelegirse para un segundo período». Jeffrey Sachs, experto internacional en el tema, expone en su libro más optimista que eliminar la pobreza «extrema» en el mundo, mediante gigantescas transferencias de los países más ricos, tomaría veinte años. Si Rosales ganare, y fuere capaz de acabar con toda la pobreza venezolana, extrema o moderada, en seis años—tal vez doce si, como Chávez, calcula su reelección—entonces Sachs debiera despedirse de una vez del Premio Nóbel de Economía.
No está esta publicación sola en esa clase de apreciaciones. Juan Carlos Sosa Azpúrua escribía el martes en El Universal: «Rosales se ha estrenado como candidato dando declaraciones populistas, diría que irresponsables. Si la idea es copiar a Chávez en demagogia, desde ya le auguro al gobernador (con una excelente gestión gubernamental en el Zulia) un fracaso estrepitoso. A nadie le gustan las copias, siempre se prefiere al original».
Hay, sin embargo, quien cree que el interés supremo de la patria es salir de Chávez a como dé lugar, y que si es preciso ser tan demagogo o procaz como él, entonces la preocupación por la seriedad de las proposiciones es sólo un escrúpulo romántico o ingenuo. Una vez más, se desprecia la inteligencia de los electores.
LEA
LEA, por favor
La Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia cumplía treinta y cinco años de fundada en el año de 1994. Para esa ocasión, su Escuela de Comunicación Social organizó un coloquio sobre el tema «El comunicador necesario», con el objeto de discutir el enfoque primario en la formación de comunicadores. El punto central del debate era si debía formarse a un comunicador generalista o a un especialista.
El coloquio se celebró los días 19 y 20 de mayo de 1994, y tuve la suerte de participar en él como expositor inaugural. La Ficha Semanal #107 de doctorpolítico contiene el texto de mi intervención. Aunque su argumentación estaba concretamente dirigida a discutir sobre la formación del comunicador social en los albores del siglo XXI, exactamente la misma argumentación del texto puede hacerse para la formación superior inicial de cualquier universitario, y específicamente puede argumentarse—una opción a favor del generalista—en el caso de la formación del político. En 1990 el suscrito había compuesto un estudio sobre la calidad de la educación superior en Venezuela, donde observaba cosas como la siguiente:
«El sistema educativo tiene… una estrategia para protegerse de la obsolescencia de los conocimientos especializados. Luego de la carrera universitaria habitual, ofrece niveles cada vez más especializados y profundos: master o magister, doctorados, postdoctorados. Pero también se hace obsoleta la concepción general del mundo, de eso que los alemanes llaman Weltanschauung. Y para esto no existe remedio institucionalizado… Los norteamericanos tienen una estrategia de educación superior diferente a la de nuestras universidades, copiadas del estilo francés. Luego de lo que sería equivalente a nuestra escuela secundaria, su high school, el alumno norteamericano que ingresa a la universidad todavía debe pasar cuatro años de una educación de corte general. En sus colleges, pertenecientes a una universidad que también ofrece «estudios de graduados» (master en adelante), o en colleges independientes, los alumnos continúan en la exploración general del universo. Si bien ya se les facilita la expresión de intereses particulares, a través de un campo que enfatizan como un major, la salida es la de un grado de Bachellor in Science o de Bachellor in Arts, que refleja una gruesa división análoga a la de nuestros bachilleres en ciencias y en humanidades. Pero con una enorme diferencia. El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan solo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad. La solución general al problema descrito debe pasar por la institucionalización en Venezuela de un sistema similar al del college norteamericano».
El coloquio de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia fue un evento refrescante y muy satisfactorio. Entre sus actividades se incluyó un concierto de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo en memoria de Sergio Antillano, periodista y maestro de periodistas que había fallecido recientemente. La orquesta ofreció una brillantísima exposición de su pièce de résistance de esa noche: Las difíciles «Metamorfosis Sinfónicas sobre un tema de Carl Maria von Weber» de Paul Hindemith. Comunicación y arte son hermanas de gran vigor en la culta Maracaibo, y esa noche volvieron a estar juntas en el hermoso Museo de Arte Contemporáneo de Maracaibo que creó Lya Bermúdez, reconocida con justicia, este mismo año de 2006, con el Premio Nacional de Artes Plásticas.
LEA
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Comunicador, político, médico general
Desde que escuché en la voz noble de Ana Irene Méndez la idea de este coloquio que celebra los 35 años de la Facultad de Humanidades y Educación, pensé que el tema y el concepto del mismo eran la expresión de una decisión producto de cerebros inteligentes. Aquellos indican que esta Facultad, que sin la comunicación no sería una institución universitaria, quiere repensar qué comunicación necesitamos y cuál es, en consecuencia, el comunicador necesario. Que me hayan invitado, además, a disertar de primero sobre un tema que me es tan placentero, la dialéctica de lo general y lo especial, sugiere una mágica conexión: con esta tierra, con esta gente. Es un grandísimo honor para mí, un motivo de íntimo orgullo, abrir este interesantísimo coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación. Y como eran Ana Irene y Nerio quienes me invitaban, la excitación del ego se moderaba con la suave sensación de la amistad. Fue un gesto valeroso y conmovedor de Ana Irene, que jamás olvidaré, el que fuese a buscarme a mi casa, pocos días después de que yo cesase en mis responsabilidades de Editor Ejecutivo en el Diario Metropolitano La Columna (por discrepancias con algunos eclesiásticos y un banquero), para invitarme a que hablase a sus alumnos de la Escuela de Comunicación Social, cosa que hice semanas después durante un rato cuya longitud sorprendió a los alumnos, a Ana Irene y a mí.
Es pues el caso de una relación amorosa entre esta Universidad y yo, a la que he venido a conversar, con ésta, seis veces al menos en los últimos cinco años. Yo debiera programar ya mi peregrinación anual a esta Meca lacustre, aunque pensándolo bien, sería estupendo para mí que la frecuencia fuese mucho mayor. La vez anterior ha sido una precursora directa de este coloquio, pues se dio en ocasión de que el Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia quisiera discutir sobre la reforma de pénsum en esta casa de luz.
Yo he estado, entonces, involucrado en esta tierra en cosas de la comunicación, y he participado en ella en cosas de la educación. Es una fortuna poder estar metido en ambas, en este coloquio, al mismo tiempo.
Las dicotomías son generalmente sospechosas, pues generalmente nada que exista es ejemplo de uno solo de los polos de una dicotomía. Centralización y descentralización, como explicaba Stafford Beer, coexisten en todo organismo biológico viable.
El bien y el mal usualmente cohabitan el alma de la gente, y es difícil encontrar los tipos puros o ideales. A pesar de eso, las dicotomías son útiles modos de discutir sobre la realidad y, en el caso de una orientación generalista o especializante en los procesos formativos y profesionales, esta distinción corresponde a una verdadera disyuntiva.
Desde que García Márquez comenzó una historia por su desenlace en «Crónica de una muerte anunciada», nos hemos acostumbrado a este orden inverso de las presentaciones argumentales. Comenzaré, pues, por declarar muy temprano mi preferencia personal por uno de los dos términos de la dialéctica generalista-especialista. Permítanme hacerlo a través de la relación de un cierto hallazgo pedagógico.
Era el año de 1975 cuando un pequeño grupo de investigadores operaba un experimento educativo, auspiciado por la Fundación Neumann, cuyo propósito ostensible era el de encontrar modos de convertir un mal aprendedor en un buen aprendedor, siguiendo la distinción de Postman y Weintgartner en «La enseñanza como una actividad subversiva».
Una de las varias hipótesis del proyecto de investigación, portador del nombre código de «Proyecto Lambda», era el de que el orden y método general de aproximación a la enseñanza de las distintas disciplinas, tenía mucho que ver con el deplorable rendimiento promedio de los alumnos en casi cualquier universidad venezolana. Es así como uno de los miembros del equipo, profesor de Química en dos universidades caraqueñas, acometió la conducción de un curso en Termodinámica guiado por un esquema secuencial distinto del habitual que, como sabemos, consiste en empezar el primer día por el primer tema de un programa para tratarlo durante varias semanas, para pasar luego al segundo tema por varias semanas más, y así sucesivamente.
En cambio, el Dr. Juan Forster optó por exponer a sus alumnos, en menos de una semana, una visión general del campo de la Termodinámica. Esta disciplina, como toda ciencia, consiste en verdad en una media docena de conceptos clave: energía, calor, entropía, etc. Cada uno de estos conceptos genera un amplio capítulo que se despliega luego con el detalle de los especialistas. Lo que hizo el Dr. Forster, como lo había hecho yo un año antes con alumnos de la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, fue mostrar a sus alumnos una temprana visión desde la cima, lo que permitió a éstos percibir la arquitectura del campo y entender las relaciones generales entre los conceptos fundamentales del territorio termodinámico. A continuación, readoptó el método convencional de la explicación detallada secuencial.
El hallazgo fue el siguiente: los alumnos sujetos a esta experiencia no sólo mostraron un rendimiento superior en sus calificaciones académicas en comparación con los alumnos de un curso tradicional de Termodinámica, sino que aventajaron considerablemente a estos últimos en materia de tiempo. Cuando el curso llegaba al mes de abril de 1976, sus alumnos del curso piloto llevaban una ventaja de casi dos meses sobre los alumnos del curso regular, y al mes siguiente habían concluido el programa, lo que les dio tiempo suficiente para repasar con holgura lo ya visto.
Es decir, la percepción global del campo estudiado desde el mismo inicio de la experiencia, aumentó considerablemente la eficiencia pedagógica.
Esta experiencia, junto con sesgos personales que admito, me hacen un decidido partidario de los generalistas, sin que por eso desconozca que los especialistas son necesarios y tienen un grande e indudable valor. Si yo hubiera completado la carrera de Medicina que llevé hasta la mitad, habría escogido ser un médico internista general, y seguramente opté al final por la Sociología en razón de la generalidad de este campo. Así que admito un marcado sesgo personal a favor de una formación de orientación general. Que este enfoque no es sostenible para muchos casos de carreras y profesiones, es definitivamente obvio. Pero que para el caso de la enseñanza de la Comunicación Social la estrategia adecuada es la que enfatiza la formación general, es la tesis que intentaré sustentar en lo que sigue.
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Preguntarse hoy por el comunicador necesario, en este Coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, no debe ser un ejercicio insensible a la historia, intemporal, sin referencia o intención respecto de la época actual y de la que ya se avizora en el futuro con bastante claridad. Pienso en cambio que queremos inquirir por el comunicador necesario en esta bisagra de edades que viene siendo el fin de milenio que nos aloja. Por eso tiene pertinencia que establezcamos los rasgos sobresalientes de esta transición histórica, a fin de pensar acertadamente sobre la formación del comunicador necesario.
En el espacio del que dispongo destacaré solamente dos de los múltiples rasgos de la época actual, de este cierre y esta apertura de siglo y de milenio, que en particular me parecen pertinentes al dilema que se me ha encomendado comentar.
El primero de estos rasgos tiene una relación muy directa y esencial con los objetivos de una escuela de Comunicación Social, y es que estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.
Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.
Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.
Permítanme confiar a Uds. lo que creo fue la variable crucial en el éxito del Diario Metropolitano La Columna entre septiembre de 1989 y abril de 1990, lapso que especifico y acoto porque entiendo que muchas cosas cambiaron en ese periódico a partir de esa última fecha.
De todos los posibles aciertos que el equipo de proyecto tuvo, seguramente fueron las hipótesis acerca del lector de Maracaibo lo que determinó el logro alcanzado. Eran dos las hipótesis: la primera establecía que el lector de Maracaibo es un lector inteligente, que prefiere que se le eleve y no que se le chabacanice. Pero la segunda era aún más importante: y esta fue la hipótesis que nos guió a dirigirnos a ese lector en tanto ciudadano del mundo. Ya no pensar en el lector maracaibero como el eterno sojuzgado del centralismo caraqueño, sino como ciudadano del mundo, parte integral de la conciencia del mundo, responsable por el planeta entero.
En cuanto el lector de Maracaibo entrevió esa verdad, en cuanto supo que su casa era el planeta, desbordó su lealtad en favor de un periódico que lo entendía de ese modo. Eso ya es historia: entre septiembre de 1989 y febrero de 1990, La Columna pasó de una circulación de cero a una de 49.700 ejemplares diarios de circulación pagada y dos meses más tarde se hacía acreedor al Premio Nacional de Periodismo.
El ámbito planetario, pues, hoy en día una realidad tan pronta e inmediata como el localismo más extremo, exige un comunicador de visión y vocación universales.
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Pero junto con este rasgo crucial de la época, observamos otro igualmente marcador. La época que nos toca habitar es singularmente difícil porque en ella se produce la crisis de tantos paradigmas que es propio hablar de toda una metamorfosis de la episteme general.
Obviamente, empleamos el término paradigma en el sentido que le dio Thomas Kuhn en «La estructura de las revoluciones científicas», y el concepto de episteme según la noción desarrollada por Michel Foucault en «Las palabras y las cosas».
El siglo XX se inicia, en términos epistémicos, con una ruptura paradigmática en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de quanta a todas las manifestaciones de la energía e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye sin destruirlo al esquema newtoniano; en 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su principio de indeterminación; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente.
Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología.
Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época.
Es así como estamos asistiendo, Sr. Fukuyama, a una nueva época, a una nueva edad de la historia. Cuando aprendíamos Historia Universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la Prehistórica y la Histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.
Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.
Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prigogine.
Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.
Esta es una misión que debiera cumplir el sistema de educación superior, no una escuela de Comunicación Social. Pero nuestras universidades están estructuradas de forma tal que lo que enseñan—en la mayoría de los casos—es una profesión que ha dejado atrás, a la responsabilidad de la educación media, esa formación general.
Tal vez entonces, una escuela como la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia pueda acometer un reacomodo de su pénsum de estudios que sirva de modelo al resto de la Universidad, tomando sobre sí una responsabilidad que, en principio, no corresponde a una escuela de profesionalización. En ese caso, las estrategias de compresión y aceleración de la formación general serían muy útiles. Un diseño mínimo comprendería una cátedra de estudios generales a lo largo de la carrera, junto con un programa de formación de profesores de la Escuela con una óptica generalista, que en todo caso siempre sería necesario. Mi recomendación precisa se restringiría, entonces, a la incepción de este programa de actualización o formación de profesores. Con unos profesores actualizados en la episteme de este fin de siglo sería más productivo un debate interno acerca de la reforma del pénsum de Comunicación Social, así como fluiría más naturalmente, insertado en cada instancia particular, en cada materia y actividad de la carrera, el «bachillerato superior» que nos está haciendo falta.
Que esto es posible dentro de la Escuela de Comunicación Social, dentro de esta Facultad de Humanidades y Educación que ha arribado a su trigésimo quinto aniversario, es acto de fe que ofrezco junto con mi entera disposición a contribuir a su conversión en realidad.
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No parece auspicioso para un partido político relativamente recién nacido exhibir fuertes divisiones en su seno. Que un grupo de importantes dirigentes de Primero Justicia desconozca a las autoridades del partido—o a sus decisiones—no augura nada bueno para una organización que, al decir de Carlos Ocariz y sus muy precisos cálculos, aportará exactamente 3.963.008 votos, ni uno más ni uno menos, a la candidatura de Manuel Rosales.
En la sala Ana Julia Rojas del Ateneo de Caracas, Ramón López, Gerardo Blyde, Liliana Hernández, Leopoldo López, Ramón José Medina y Delsa Solórzano, declararon, por boca del primero (Coordinador General de Primero Justicia en Caracas), que desconocerán «a aquellos que arbitraria e ilegítimamente pretenden conducir al partido de espaldas a la militancia y a las bases. No reconocemos sus decisiones e instrucciones». Se referían, primariamente, a Julio Borges, y a la decisión de separar a Blyde de la Secretaría General del partido.
No se trata de militantes cualesquiera. Además de que Ramón López es autoridad partidista, Liliana Hernández y Ramón José Medina, venida una de Acción Democrática y el otro de COPEI, han sido dirigentes emblemáticos—otrora diputados de la Asamblea Nacional—así como lo han sido el más vistoso de la pareja de alcaldes justicieros, Leopoldo López, Delsa Solórzano—ex consultora jurídica de la Coordinadora Democrática—y nadie menos que Gerardo Blyde, hasta hace nada Secretario General de Primero Justicia. (Blyde, que es persona en extremo inteligente, saltó a la notoriedad en 1999, cuando un recurso suyo ante la extinta Corte Suprema de Justicia forzara una nueva redacción del decreto de Chávez para un referendo consultivo sobre la elección de una asamblea constituyente. Luego jugaría por un tiempo como segundo de Alberto Franceschi—ex diputado constituyente, ex militante de Proyecto Venezuela y de Acción Democrática, ex trotskista—en la idea de constituir una nueva fuerza política, antes de sumarse a las filas de Primero Justicia).
Esta división viene preparándose desde hace un buen tiempo. Ya el año pasado Julio Borges conjuró un alzamiento de la misma fracción con ayuda de los secretarios regionales de Primero Justicia. Se exigía al partido elecciones de base para relegitimar sus autoridades y Borges logró posponerlas para 2007. Ahora irrumpe el cisma sobre líneas políticas, y Blyde ha sido acusado de abstencionista. Para desmentir tal especie, el grupo reunido en el Ateneo anunció su apoyo a la candidatura de Rosales.
También antes de estos más recientes incidentes, una competencia entre Borges y Leopoldo López por la candidatura presidencial de Primero Justicia se había hecho notar. Entre el 10 y el 23 de septiembre de 2005 Alfredo Keller había levantado los datos de encuesta cuyos resultados fueron conocidos poco después. Al preguntar por nombres de personas que fuesen reconocidas como líderes, Julio Borges fue mencionado por el 40% y Leopoldo López, demasiado cerca, por 39%.
LEA
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