por Luis Enrique Alcalá | Jul 27, 2006 | LEA, Política |

El término «sociedad civil» se ha hecho de uso común en los últimos años. A comienzos del gobierno de Hugo Chávez una referencia al mismo por parte de Elías Santana, de larga trayectoria como dirigente civil, provocó el despectivo comentario de Luis Miquilena: «¿Con qué se come eso?» Vale la pena detenerse en su significado, sobre todo cuando ahora se prepara una «hoja de ruta» de «la sociedad civil» y se convoca a reuniones para considerar «el curso de acción política de la Sociedad Civil de cara al 2007». (En la convocatoria de una reunión específica sobre este asunto, se añade: «Tendremos a varios voceros de ONG’s invitados», y en la mención del año próximo hay una suerte de admisión de la inevitabilidad de la reelección de Chávez, puesto que la invitación acoge sólo a opositores al gobierno).
El Banco Mundial entiende por sociedad civil «una amplia gama de organizaciones no gubernamentales y sin fines de lucro que están presentes en la vida pública, expresan los intereses y valores de sus miembros y de otros, según consideraciones éticas, culturales, políticas, científicas, religiosas o filantrópicas. Por lo tanto, el término organizaciones de la sociedad civil abarca una gran variedad de organizaciones: grupos comunitarios, organizaciones no gubernamentales, sindicatos, grupos indígenas, organizaciones de caridad, organizaciones religiosas, asociaciones profesionales y fundaciones».
Pero a veces esta «sociedad civil», entendida como conjunto de organizaciones civiles no partidistas, pretende que se la tenga por coextensiva a lo que gente como Jóvito Villalba y Gonzalo Barrios denominaba «el país nacional», en contraposición a su noción de «país político». (El Estado y los partidos, en particular sus dirigentes). Más específicamente, se quiere hacer creer que «la sociedad civil», entera, está opuesta a Chávez. Resulta, sin embargo, que los Círculos Bolivarianos, por caso, están incluidos en la definición del Banco Mundial. Más transparente y veraz sería admitir que se habla de la parte opositora de «la sociedad civil», pues hay organizaciones no gubernamentales que son neutras o apoyan al gobierno.
A mediados de la década de los ochenta jugué con la idea de postularme uninominalmente al Senado de la República. Por ese tiempo fui invitado a hablar de temas generales de política—incluían, por ejemplo, el problema de la integración latinoamericana—a un grupo de dirigentes vecinales de varias partes del país que asistían a un taller en Caracas y mi pretensión salió a relucir. Recuerdo haber advertido que si finalmente entraba en campaña, y quisiera el apoyo de electores del estado Miranda, donde resido, jamás les pediría ese apoyo en tanto dirigentes vecinales, sino como ciudadanos. Así como las organizaciones vecinales resentían, con razón, el intento partidista de penetrarlas y cooptarlas, tampoco era apropiado que ellas rebasaran su competencia para intervenir en asuntos estrictamente políticos.
No se adquiere, pues, ningún título especial para la actividad política por el mero hecho de pertenecer a una ONG, y lo que debe surgir de la sociedad venezolana es un nuevo tipo de asociación política de ciudadanos. Ni el neoadequismo de Un Nuevo Tiempo, ni el neocopeyanismo de Primero Justicia, ni el neosocialismo (por inventar) prepotente del MVR son lo que se necesita, pero tampoco lo es una coalición de ONG formuladas como entidades opositoras al gobierno, que no serían otra cosa que una Coordinadora Democrática sin partidos.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 27, 2006 | Cartas, Política |

Francisco es venezolano de piel oscura, en un país del que se afirma que no discrimina racialmente. Nació en Cumanacoa, estado Sucre. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Después de participar en la edificación de una casa caraqueña, quedó en ella como vigilante mientras sus dueños la ocupaban y luego como auxiliar del hogar. En esta calidad limpiaba vidrios de ventanas, instalaba lámparas, movía muebles, llevaba a los niños a la escuela o a casa de amigos, cobraba cheques, hacía mercado, jugaba béisbol con el hijo varón y cooperaba muy útilmente con el equipo de su colegio. Esto a cambio de un sueldo que a veces fue irregular y techo y comida. Hacía todo eso en el seno de una familia que lo trató como hijo, pero estaba insatisfecho.
Una cierta holgazanería lo invadía con frecuencia. Pasaba horas seguidas tendido en su cama, viendo televisión. Claro que con ella aprendía y conocía un mundo que no entrevió en Cumanacoa, pero su mirada estaba triste y desesperada. Las únicas cosas que le mejoraban el ánimo eran, en general, manejar el automóvil y en particular todo lo que tuviera que ver con béisbol y la compra en el automercado o la ferretería. En esto último descollaba; comprador insigne, aprovechaba todas las ofertas que podía y retenía precios que su segura memoria actualizaba cada vez que compraba. En una época inflacionaria, resultaba invalorable tener acceso a la infalible base de datos de abasto que era el cerebro de Francisco.
El jefe de familia creyó encontrar una forma de estimular el evidente talento y gusto de Francisco por las compras, pues creía que todo el mundo era capaz de servirse de un computador. Así, dio a Francisco un discurso sobre su progreso profesional y la importancia de la función de compras en una casa o una empresa, y hasta le habló de la nobleza de la profesión de mayordomo, pues el padre de nadie menos que el emperador Carlomagno había sido mayordomo de palacio. Los buenos mayordomos, le dijo, son excelentes administradores, como lo era él al comprar. Luego le convenció de que llevar las cuentas que tenía en la cabeza con ayuda de un computador era asunto que sería de la mayor facilidad para él y pronto lo sentó frente a la pantalla de uno, ante la hoja electrónica de cálculos de Microsoft, con su matriz cuadriculada de celdillas.
«Escribe apio», le dijo a quien jamás había usado un teclado para escribir. Francisco escribió laboriosamente. «Dale a esta tecla, para que bajes a otra celdilla. Escribe queso. Dale a la tecla. Escribe salchichas». A continuación le pidió que escribiera quince, en cifras. Después veinticinco. Luego lo guió para que escribiera igual quince más veinticinco, todo con cifras y signos. «Dale a la tecla». La pantalla mostró cuarenta. Hasta aquí Francisco no pareció impresionado; a fin de cuentas, la cosa le parecía un método algo engorroso de hacer los cálculos que él habría podido hacer mucho más rápidamente, en la calculadora que le habían regalado y era claramente su más preciada posesión.
Ahora, sin saberlo, postularía bajo instrucciones la primera operación algebraica de su vida, haría álgebra por primera vez. «Fíjate que el número quince está en la celdilla B1. ¿Lo ves aquí? Y que el número veinticinco está en la celdilla B2. Bueno, escribe ahí igual B1 más B2. Dale a la tecla». Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: «¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!»
Francisco hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por vez primera; del árabe que le era desconocido y había inventado el álgebra. Pero esas referencias no habrían bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo; Francisco estaba hablando también de sí mismo. Francisco era ese hombre bien inteligente y los venezolanos podemos estar mejor para contribuir significativamente a la mejor constitución política de la Tierra.
Pero el camino no le era fácil a Francisco en aquel momento. Entre otras cosas su piel era oscura, en un país «donde no hay discriminación racial».
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A fines del muy accidentado año de 2002, un cierto líder político exponía algunas consideraciones ante un nutrido grupo de oyentes. A la hora de las intervenciones del público, una persona afirmó que el grupo político del expositor no era inclusivo, que sólo captaba adeptos «de la clase media hacia arriba». El aludido negó que tal cosa fuera cierta, y adujo a su favor recientes actos de incorporación de militantes que provenían del partido favorito de los pobladores pobres. Entonces intervino una dama «de sociedad» para contradecirlo: «¡Pero chico! Yo estuve ayer en el acto que ustedes hicieron en La Guaira ¡y allí lo que había era un negrero!» Que la señora en cuestión haya dicho tal cosa, de modo tan fresco, supone que se sintiera en un grupo que compartiría su aversión racial, naturalmente, rodeada de personas para quienes ese despectivo tratamiento fuese familiar, aceptable y útil. No ha muerto el mantuanismo en Venezuela. En son de guasa, pero sintomáticamente expresivo, un cierto personaje de la sociedad caraqueña había redactado un proyecto de ley de artículo único: «Restitúyase a sus legítimos dueños la propiedad de los negros». Repetía el chiste de mal gusto para alegría e hilaridad de muchos. Otro prohombre venezolano, ex director de empresa petrolera y promotor de institutos de educación de alto nivel, se complacía en señalar en públicas reuniones políticas: «Mi voto vale más que el de quinientos negros de Barlovento». Decir que no hay discriminación racial en Venezuela es faltar a la verdad; lo saben las personas que la sienten.
Como la mayoría del país no tiene piel blanca, mucho del menosprecio que alguna gente acomodada manifiesta hacia el país tiene su origen en la discriminación racial. Es verdad que no llegamos a establecer un Ku Klux Klan o a sentar a las personas de piel oscura en el rincón de un autobús; es decir, en términos relativos discriminamos de modo menos violento e inhumano que otras naciones, pero hay desprecio social basado en la raza en Venezuela. Tal cosa se cobra políticamente en estos tiempos. Pero no se limitan a la pigmentación cutánea las acusaciones en contra de nuestra nación. La geografía sería cómplice del pecado original de la raza. Así se expone: «…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio». (2)
La teoría del mal «material humano» venezolano, favorecida por algunas cúpulas políticas, sociales y económicas en Venezuela como explicación del nivel de desarrollo nacional, es que la combinación del mestizaje de grupos «inferiores»—indios, españoles dañados,(3) negros—, la geografía paradisíaca de los trópicos, y la insólita riqueza natural del país conspira para que no seamos una sociedad moderna y avanzada, en la que sólo una élite más o menos pura e ilustrada escapa a la deyección y el abismo. No estamos mejor porque con «este piazo’e pueblo» no se podría hacer otra cosa.
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Nuestra baja autoestima nacional—no son sólo unos cuantos «mantuanos» quienes opinan malísimo de los venezolanos—se manifiesta muy frecuentemente en una baja opinión acerca de nuestras capacidades económicas. Cuando el gobierno constitucional de Rómulo Betancourt lanzó un programa de industrialización nacional con apoyo decidido a la formación de empresas privadas—mediante la sustitución de importaciones bajo el lema «Compre venezolano»—no faltó quien hiciera burla de la iniciativa, asegurando que éramos constitucionalmente incapaces de industria. Como siempre, el rechazo se expresaba culturalmente a través del humor. El asistente a un velorio, decía el chiste, confiaba alarmado a un deudo que quien ocupaba el féretro estaba vivo, pues él le veía hacer toda clase de muecas. Rápidamente fue tranquilizado, cuando se le explicó que la urna estaba cerrada con vidrio de fabricación nacional. Y desde que se supiera que Carlos Andrés Pérez, aprovechando una inesperada avalancha de divisas, nacionalizaría la industria petrolera, muchos ejecutivos de las compañías transnacionales de la época salieron a buscar trabajo en empresas privadas, pues consideraban imposible que los venezolanos pudiéramos manejar el petróleo por nuestra cuenta, y no querían ser parte del previsible desastre.
A comienzos del segundo gobierno de Rafael Caldera, se llevó a cabo en Holanda un curso superior de adiestramiento ejecutivo de la compañía Shell, la famosa empresa transnacional del petróleo, una entre aquellas «siete hermanas» que hasta 1973 determinaron el rumbo del mercado petrolero mundial. El curso en cuestión fue ofrecido a unas cuantas decenas de empleados de la Shell provenientes de todo el mundo. Algunas de las sesiones del curso fueron dedicadas al análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento, la política de control de cambios ya imperaba en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenía dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares. Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra) a los profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza. Es importante por tanto preguntarse ¿qué es lo que causa la desconfianza?
Imaginemos un paciente en grave condición. Está acostado sobre una cama, asaetado por agujas hipodérmicas de todos los calibres, vendado, amarrado, cosido, conectado. Y supongamos que todo el personal médico y paramédico del hospital se agrupa a su alrededor, y que también todos los miembros de su larga familia se hallen presentes, y periodistas, sacerdotes, sepultureros y vendedores de seguros estén también allí, todos hablando en voz alta, opinando, criticando, debatiendo. «Se ve muy mal. Yo vine a verlo ayer y hoy está mucho peor. Ese suero no está goteando casi nada. El adhesivo se le está desprendiendo. Por aquí se está desangrando. Qué sala tan horrible, no hay derecho. A mí me han dicho que ese médico es un pirata. A mí me dijeron que bebía. Este paciente no tiene remedio». ¿Cómo pensamos que puede recuperarse un paciente en estas condiciones?
Esta imagen se aproxima bastante a lo que ha sido la comunicación «formadora de opinión» en el proceso venezolano de las últimas décadas. El desempeño de los actores económicos tiene mucho que ver con los climas psicológicos y de opinión. Especialmente en una época cuando la economía es dominada por transacciones virtuales, por la emisión de papeles, por las vicepresidencias de finanzas, por las decisiones de jóvenes ejecutivos de cuentas con celular y computador, la evaluación psicológica de las expectativas se convierte en un factor dominante. Y por esto la cacofónica actuación del liderazgo de opinión en Venezuela tiene mucho que ver con el estado de su economía, con la desconfianza a la que se referían los analistas y profesores de la Shell en el curso ya mencionado. Tal vez la enfermedad más grave de la sociedad venezolana es esa inclinación, aparentemente inevitable, a criticarse y rechazarse a sí misma. Es una exhortación insistente, permanente, a buscar, destacar y amplificar lo negativo. Seguramente el mejor tratamiento posible estará destinado al fracaso si alrededor del paciente se congrega un coro de voces histéricas y agoreras para agobiarlo con una cantilena de pronósticos negativos. Al nivel del ciudadano común reproducimos ese patrón de conducta de muchos entre los líderes venezolanos. Repetimos los rumores más estrambóticos y las opiniones más pesimistas.
Cuando arrancaba el año de 1983 se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza. El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras mismas se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir «cada vez mejor y mejor trabajando cada vez menos y menos». Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: «¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!» No fue poca su sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana en octubre de 1982. El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión con los banqueros tomó un camino diferente. De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—se estaba, como quedó dicho, a inicios de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le había sorprendido. En esa conversación, nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: «Bueno, ciertamente que sí, pero ¡la que no nos deja dormir es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!»
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Fue el insigne maestro Augusto Mijares quien diagnosticó certeramente el daño que nos hacemos a nosotros mismos a través de la más despiadada autocrítica. En «Lo afirmativo venezolano», uno de sus más importantes ensayos,(4) nos invitaba a fijarnos más bien en logros positivos de nuestros nacionales.
Y en este punto tienen especial capacidad de actuar positivamente los medios de comunicación social. Muy notorios ejemplos tenemos, lamentablemente, de medios de comunicación venezolanos que parecieran complacerse en la publicación de las lecturas más negativas, de las peores evaluaciones de nuestro país. Este es un viejo problema y por cierto no es exclusivo de Venezuela. No fue precisamente en Venezuela donde el término amarillismo, referido a la prensa, fue acuñado, sino en los mismísimos Estados Unidos. Pero aun los periódicos de mayor prestigio pueden resbalarse por la cuesta del tremendismo. Allen Neuharth, el fundador del primer periódico verdaderamente nacional de los Estados Unidos—USA Today—aseguraba que The Washington Post tenía por línea editorial arruinar el desayuno de sus lectores con la peor y más dramática de las noticias que pudiera publicar.(5)
A veces llegamos tan lejos en este malsano deporte de la autodenigración que importamos «expertos» extranjeros para que nos regañen en nuestra propia casa. Así, por ejemplo, se trajo varias veces a Venezuela un profesor norteamericano de economía(6) que venía a restregarnos nuestra mala conducta económica y a denostar del país en general—»este país ha sido destruido en los últimos veinte años»—complaciéndose en presentar indicadores según los cuales Venezuela era poco menos que la escoria del planeta. Todo esto con el ánimo de vendernos su receta económica favorita. (Más tarde se descubrió que no era el desinteresado profesor universitario que venía del norte a salvarnos de nosotros mismos. El profesor en cuestión resultó ser un directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en América Latina, incluyendo un porcentaje apreciable del total de sus activos en bonos Brady de la deuda pública venezolana).
No debemos permitir que se nos presente como lo peor del planeta porque se trataría de una terrible injusticia. Nadie niega, naturalmente, que Venezuela empezó a mostrar una conducta económica poco sana a raíz del boom petrolero de los setenta y comienzos de los ochenta. Pero es importante percatarnos de que en buena medida eso fue el resultado casi inevitable de un evento internacional azaroso que no fue provocado por nosotros: el embargo petrolero árabe de fines de 1973, que desencadenó la escalada en los precios internacionales del petróleo. Ese evento y ese proceso pueden ser analizados desde otra perspectiva menos abrumadora que la que habitualmente se nos endilga. No hay duda de que estamos, con Venezuela, ante un caso agudo de sociedad que se siente culpable. Reiteradamente, la mayoría de los diagnosticadores sociales nos restriega la culpa de una desbocada conducta económica en nuestro pasado inmediato. Esto viene haciéndose desde hace ya varios años de modo sistemático. Pero esto no pasa de ser una exageración desmedida. No se trata de negar que se ha incurrido en conductas inadecuadas y hasta patológicas. Pero, en primer término, el proceso ha sido en gran medida eso: una patología. Como tal patología, la conducta social inadecuada puede ser juzgada con atenuantes. ¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a la de los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades?
El eminente sociólogo francés Émile Durkheim—autor del clásico «Las reglas del método sociológico»—llevó a cabo un estudio acerca de los patrones del suicidio en Europa de fines del siglo XIX. En todo caso, se trataba de un continente que podía suicidarse por moda, como la que detonó al arranque del Romanticismo la mera lectura de Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Durkheim encontró un sorprendente y contraintuitivo tipo de suicidas a los que llamó «anómicos», que se quitaban la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna inesperada. A comienzos de la década de los años sesenta el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria organizaba cursos para adiestrar dirigentes campesinos, en encierros de un mes de duración. La primera de estas experiencias logró alarmar a los directivos de la organización no gubernamental. A los pocos días de haberse iniciado el primer curso para el Distrito Federal y el estado Miranda, casi la totalidad de los campesinos asistentes estaba aquejada de fuerte dolencia estomacal. La angustia cundió entre los organizadores, que temieron ser responsables de una intoxicación general de los alumnos. Un enjundioso examen médico descifró lo que pasaba: los campesinos enfermaron simplemente con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados.
La dimensión del atragantamiento de divisas provenientes del negocio petrolero ha sido enorme en Venezuela. Tres han sido los momentos de inundación de dólares, y los administradores de este fenómeno verdaderamente telúrico han sido el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, el de Luis Herrera Campíns y el de Hugo Chávez Frías.(7) Ninguno de estos incrementos, que han inflado de modo considerable los ingresos fiscales, se corresponde con un aumento real de la productividad de los venezolanos, lo que sin duda ejerce un efecto distorsionador. Pero bajo otra luz distinta a la que habitualmente se dispone para el análisis de este proceso, bien pudiera resultar que halláramos mérito en nuestra sociedad, pues tal vez nos hubiera ido peor con una menor capacidad de absorción del impacto. En términos relativos, además, nuestra conducta se compara con similitud ante la de otros países. El «Grupo Roraima», en importante trabajo(8) de 1984 sobre la inadecuación de ciertos axiomas clásicos de nuestra política económica, no hizo más que constatar la semejanza de comportamientos de Venezuela con los de países que, con arreglo a otros indicadores, son normalmente considerados como más desarrollados que nosotros y que también experimentaron desajuste por las mismas razones; Reino Unido y Holanda, por ejemplo. Por cierto, se conoce como «enfermedad holandesa» al desarreglo económico causado por el influjo de ingresos extraordinarios provenientes de recursos naturales como el petróleo. Esto es importante constatarlo, no para refugiarnos en el consuelo de los tontos, el mal de muchos, sino para salir al paso de muchas implicaciones, explícitas e implícitas, que suelen poblar la constante regañifa que, desde hace años, soporta el pueblo venezolano. Es decir, implicaciones que establecen comparación desfavorable de nuestra inadecuada conducta con la supuestamente regular conducta de países «realmente civilizados». Si el ingreso del gobierno federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, como ocurrió con Venezuela a partir de 1974, la economía de ese país habría enfrentado importantes problemas. En verdad, es de destacar que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como sus volúmenes de deuda pública y privada. (La revista TIME ya exhibía crudamente, para los momentos de nuestras primeras glotonerías petroleras, la conducta económica desarreglada de muy grandes contingentes de norteamericanos—empresas, personas naturales, gobierno—en un famoso e incómodo artículo de 1982). El desequilibrio causado por el repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, y los más recientes a partir de 2000, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de muchos críticos de nuestro país, sin embargo, tan importante factor, del que en esencia no tenemos culpa, brilla usualmente por su ausencia. Ya basta de hacer residir la explicación de estos hechos en una supuesta tara congénita del venezolano, en «huellas perennes»,(9) en la pretendida inferioridad del español ante el sajón (o del «sudaca» ante el español), en la costumbre de la «flojera» indígena o la tendencia «festiva» del negro. Es necesario acabar con esa prédica, porque ella realimenta el síndrome de la sociedad culpable, que nos anula.
Para esto habrá que dejar atrás un patrón político que se fija patológicamente sobre las reales o supuestas faltas de los contrincantes, nunca sobre las propias. No nos servirá para nada el reconcomio y la guerra habitual de las campañas y las oposiciones. Será preciso abandonar la noción de que la política es, por encima de cualquier cosa, un combate, un intento por legitimarse mediante el descrédito o anulación del competidor. En cuanto asumamos la sencilla noción de que la política es fundamentalmente la profesión de resolver problemas de carácter público, cambiará de modo esencial la acción del Estado. Esta es una revolución que inevitablemente tendrá que darse en el mundo. El crecimiento de la conciencia popular, llevado en la ola de una creciente informatización de la sociedad, se encargará de hacerla inevitable. Simple. Como lo son todas las revoluciones verdaderas. ¿Qué impide que sea Venezuela el primer país del mundo en el que semejante tránsito se efectúe? Es una revolución, sí. Se trata de un cambio muy profundo. Pero la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales, usualmente marcadas por la lucha y la negación. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una «catástrofe en las ideas», lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces.
Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que «no estamos maduros para ella». Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Requeriremos, pues, actores nuevos.
Serán, precisamente, nuevos actores. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como dijera Stafford Beer, nuestro problema es que «los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».(10) Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios.
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Con mucha frecuencia el autoprejuicio de muchos venezolanos llega a expresarse de modo más activo y más denigrante. Así, se niega que podamos «estar preparados» para vivir en democracia o, más crudamente, se declara: «Venezuela es una caricatura de país». Incluso se da el caso de personas que sustentan tan dañina posición y han pretendido sin embargo ejercer una acción política, en aprovechamiento de esa democracia que ellos creen no merecemos, con la justificación de que los «políticos corruptos» deben ser sustituidos en el poder por «la gente decente». La prueba que es aducida con mayor frecuencia es percibida al llegar, preferentemente de Miami, a la ciudad de Caracas para comparar el aseo urbano de esta ciudad con el de la norteamericana. («Allá no ves ni un papelito en el suelo»).
También, por supuesto, argumentamos que no respetamos las señales de circulación en el tránsito, o conducimos, en general, de modo abusivo. Pero esto pareciera ser una conducta universal, a juzgar por el famoso corto animado de Walt Disney, en el que un Tribilín (Goofy) de disposición habitualmente plácida y amable se convierte en un agresivo monstruo del volante, en parodia automotor del doctor Jekyll y el señor Hyde.(11) Y, naturalmente, nuestra percepción es selectiva. Con frecuencia, obviamente, sufrimos los abusos de conductores muy desconsiderados, pero por cada uno que atraviesa la calle con la luz roja, doscientos no lo hacen. Nuestra mente, sin embargo, privilegia el registro del conductor agresivo, y generaliza a partir de eventos de baja frecuencia. Es precisamente esta peculiaridad fisiológica y perceptiva—nuestros sistemas biológicos y psicológicos de alarma predominan—lo que ofrece base a los medios de comunicación que encuentran más productivo resaltar las conductas o hechos más negativos, con lo que se refuerza nuestra impresión de que somos un horror. La picada de un zancudo en mínimo punto de nuestra piel niega y se sobrepone a la normalidad de todo el resto.
Somos una sociedad «de clase media», en el sentido de mostrar un nivel «de desarrollo» que nos coloca por encima de las más pobres y atrasadas del planeta, pero por debajo de las más avanzadas y ricas. (Como nuestro Sol es una «estrella de clase media», gracias a Dios, ni de las más grandes ni de las más pequeñas). Es evidentemente esperable que los comportamientos promedio más civilizados se observen en naciones de mayor desarrollo, pero tal realidad no debe ser interpretada como prueba de la existencia en nosotros de genes y memes(12) que garanticen nuestro indefinido atraso o subdesarrollo, ni autoriza un discurso denigratorio de nosotros contra nosotros. Pero no es preciso ser tan atrabiliario como para sentir los embates de la duda respecto de las posibilidades futuras de la nación venezolana. Muchas personas trabajadoras, honestas y patrióticas llegan a sentir el aguijón de la desesperanza y buscan mudarse a otras latitudes para dejar de ver los problemas que aquejan a los venezolanos, para no pensar más en ellos, para escapar a las trabas que un sistema anacrónico y disfuncional impone a su actividad empresarial o profesional. Esa no es una estrategia constructiva. Es una actitud de evasión, de escape, de fuga. No es ésa la actitud que el país necesita de sus habitantes. Ahora más que nunca necesita el compromiso de quedarse a trabajar, con imaginación y con denuedo, en nuevas actividades de todo tipo: educativas, económicas, culturales, políticas.
El país está atravesando, en estos mismos momentos, por lo que tal vez llegue a ser la más importante transición en nuestra historia. No hay que perdérsela. Por lo contrario, es la hora de quedarse a producir y contemplar un soberbio espectáculo: el de un país que ha venido asimilando sufrimiento, creciendo en conciencia, aprendiendo serenamente de la adversidad, y que puede convertir ese doloroso proceso en una metamorfosis de creación política. No se pretende negar, entonces, que el país en general esté pasando por penurias en grado importante. Lo que se niega es la validez de una estrategia evasiva, cuando lo constructivo, lo audaz, lo inteligente, es encontrar las oportunidades que, como toda crisis, la crisis venezolana está proveyendo. Todo país próspero conoció la penuria primero que nada. Nos toca ahora a nosotros comprobar que no somos menos, no somos raza, ni cultura, ni pueblo inferior. Quienes piensan resolver sus problemas en tierra ajena y distante no encontrarán, salvo casos muy específicos y particulares, la vida fácil en ningún país. Todo el planeta vive ahora un inmenso ajuste, que naturalmente invalida o hace obsoletos a más de un modo de vida o producción. La inteligencia está en adaptarse a esta grandísima transformación de la humanidad, aprender y hacer cosas nuevas.
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Y es que, por otra parte, no resulta problemático encontrar instancias de conductas venezolanas totalmente contrarias a las negativas que usualmente son las destacadas, o figuras ilustres entre nosotros que, naturalmente, como en cualquier otra sociedad, son pocas. El antonomásico Simón Bolívar, por supuesto. La Enciclopedia Británica se siente obligada a admitir al comienzo de su artículo sobre el héroe: «…es considerado por muchos como el más grande genio que el mundo hispanoamericano ha producido». Y añade esa enciclopedia de Chicago que se llama Británica: «Hay pocas figuras de la historia europea y ninguna en la historia de los Estados Unidos que desplieguen la rara combinación de fortaleza y debilidad, carácter y temperamento, visión profética y potencia poética que distinguieron a Simón Bolívar».(13) Los estadounidenses reconocen así, a pesar de habitar tierra de hombres excepcionales, que en toda su existencia no han parido un par de nuestro Libertador. Es difícil conseguir de nadie mejor homenaje.
Pero también tuvimos a Andrés Bello, el filósofo y gramático, el educador y el poeta incomparable, que dotara a Chile de su Código Civil y fuera el rector de su universidad. Y a Jesús Soto, líder mundial del Op Art o arte cinético; a Francisco Eugenio Bustamante, conductor de entrañables y hermosas causas políticas al tiempo que cirujano pionero y educador universitario; a Felipe Larrazábal, también político pero esta vez finísimo músico romántico y biógrafo, y a la excelsa concertista que fuera Teresa Carreño; a Marcel Roche, científico señero del continente y pacifista tenaz; a Ricardo Zuloaga, visionario y justo señor de empresa; a Mario Briceño Iragorry, maestro de sociedades; a una lista casi interminable de modelos humanos.
¿Es que no somos admirados en el planeta por el soberbio y emocionante espectáculo de nuestras orquestas juveniles, creación del alma y cerebro privilegiados de José Antonio Abreu para asombro del mundo? ¿Es que no vimos a indiecitos pemones aprendiendo a tocar violín dentro de algún programa de inteligencia de Luis Alberto Machado? ¿O no estamos a punto de celebrar un cuarto de siglo del Metro de Caracas en cuyo subterráneo nos comportamos con el mayor civismo? ¿Es que no fuimos capaces de manejar una compleja industria petrolera cuando muchos creyeron que no lo seríamos? ¿Es que nuestras grandes obras públicas—la represa del Guri, por caso—no son dignas de encomio? ¿Es que los becarios del Plan Gran Mariscal de Ayacucho no se destacaron consistentemente por su talento y aplicación en las mejores universidades conocidas? ¿O que el museo contemporáneo que creara Sofía Imber, o el que hiciera Lya Bermúdez en Maracaibo, o el que armara Alba Fernández para los niños no valen la pena? ¿Por qué no oponemos a los contraejemplos, que todo país aloja, las contradictorias «anomalías» de nuestros buenos hombres y mujeres?
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Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional a las campañas programáticas—lo que reduce los discursos a una oferta de eslóganes más o menos vistosos—es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los electores. Lamentablemente, la inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. En cualquier caso, muchos entre quienes esto piensan defienden como sagrada la racionalidad utilitaria de los negocios privados, aunque rechacen que los menos favorecidos apliquen, en su circunstancia y su escala, lo que en el fondo es esa misma racionalidad. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que «no está preparado para eso». En un programa de radio dedicado al análisis político el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una «caja de conversión»,(14) cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: «Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debiera hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque lo otro no lo entiende el pueblo-pueblo?» Mientras el conductor del programa empezaba a contrargumentar para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: «Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar».
Las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se haya visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico relanzado en Maracaibo.(15) Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. Lo trataría, además, como ciudadano del mundo, ya no como un habitante sometido al régimen de un poder central y lejano radicado en Caracas, del que tendría que quejarse en alguna gaita lastimera, sino, conectado informativamente con el resto de la Tierra, como habitante con derecho en el mundo y con influencia y responsabilidad por su estado, como ciudadano del planeta. El habitante de Maracaibo se dio cuenta de que verdaderamente era una parte del cerebro del mundo. En cuanto pudo entrever esa verdad, en cuanto pudo tener esa imagen de sí mismo, dio su decidido apoyo a quien también le entendía de ese modo. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en la ciudad en el lapso de cinco meses desde su reaparición, superando localmente al inveterado dueño del patio, que jamás había sido excedido a pesar de una previa emulación verdaderamente reiterada y formidable. Cuatro meses después el periódico que creyó en los lectores se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso. La idea que se había impuesto del lector nunca fue explicada al público, pero la misma había permeado a toda la redacción, y de algún modo ese implícito respeto fue percibido por los lectores, que premiaron con generosa lealtad al medio que se molestaba en explicarles los temas más complejos, porque apostaba a que serían entendidos.
Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos heredaba las botas de un gigante muerto de modo prematuro. Procurando llenarlas declaró la «Guerra a la Pobreza», un conjunto de programas en el que el Headstart Program,(16) destinado a proveer instrucción preescolar a niños de los principales ghettos urbanos de su país, era el programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente. La sorpresa, la frustración y algo de pánico cundieron entre los ejecutivos del gobierno norteamericano, que con tanta esperanza habían creído iniciar una nueva era. Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. A toda prisa se formó una comisión de pedagogos, sociólogos, psicólogos y demás expertos que pudiera desentrañar una explicación. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con «niños desaventajados»—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, «internalizaban» el rol de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.
Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo nacional continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles. LEA
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NOTAS
(1) Unos veinte años antes de la asunción de Hugo Chávez al poder, José Manuel Briceño Guerrero escribía proféticamente El discurso salvaje, que incluyó después en El laberinto de los tres minotauros (Monte Ávila, 1997). Comentaría luego Francisco Toro Ugueto: «…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder». (http://caracaschronicles.blogspot.com/)
(2) Marcel Granier, La generación de relevo vs. el Estado omnipotente, Publicaciones Seleven, Caracas, 1984, págs. 2 y 3.
(3) Según Francisco Herrera Luque en La huella perenne.
(4) Editorial Monte Ávila, Obras Completas, Tomo IV, con prólogo de Pedro Grases. Ver también La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana, en la misma colección (Tomo II) con prólogo de Luis Castro Leiva.
(5) En sus memorias de 1989, Confessions of an S.O.B., Currency.
(6) Steve Hanke, propugnador de la receta antinflacionaria de una «caja de conversión».
(7) A comienzos del gobierno de Chávez el barril de petróleo se negociaba algo por debajo de los veinte dólares. Un año después el ascenso sostenido—el crudo Brent, por ejemplo, se acercaba a 35 dólares—llevaba a la OPEP a «tranquilizar» el mercado, pues prometía hacia septiembre del año 2000 que si el precio promedio de su cesta de productos superaba por veinte días consecutivos el nivel de 28 dólares, procedería a lanzar al mercado 500 mil barriles adicionales como modo de presionar los precios a la baja. También indicaba que cortaría 500 mil barriles al suministro si el barril promedio de la OPEP descendía por debajo de 22 dólares por diez días consecutivos. Seis años más tarde la cesta de la OPEP se cotiza al doble de aquel límite superior de la «banda de precios».
(8) Grupo Roraima, Proposición al País, (Caracas: n.p., 1984).
(9) Francisco Herrera Luque, La huella perenne (1969), Editorial Monte Ávila (1981). Esta obra recibió, increíblemente, el Premio Nacional de Medicina, oficializándose así la tesis de que somos tarados por origen hispánico de dudosa «calidad humana».
(10) Platform for Change, Wiley, 1975.
(11) Motor Mania, 1950.
(12) Richard Dawkins, el brillante etólogo británico nacido en Nairobi, Kenya, introdujo el concepto de «meme», en analogía genética, en su libro The Selfish Gene (El gen egoísta, 1976), y lo define como una «unidad de información cultural», que una mente transmite a otra verbalmente o por otra demostración.
(13) De la edición de 1974.
(14) La forma más rígida del «anclaje» de una moneda en otra.
(15) Diario La Columna, en su desempeño entre 1989 y 1990.
(16) «Programa Ventaja». Era la época de los influyentes criterios del senador demócrata Walter Mondale, quien abogaba no por la igualdad de oportunidades, sino por la «plenitud» de ellas. (Full Opportunity and Social Indicators Act).
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 25, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Intentar unas palabras justas para referirse al Dr. Ramón J. Velásquez es una empresa prácticamente imposible. Baste decir que es el político más avezado del pasado y el presente venezolano, y un historiador a quien debemos agradecer la iluminación de los grandes ríos de nuestro proceso republicano, pero también de las gotas más detalladas de nuestra microhistoria.
Abogado, profesor universitario, periodista y director de periódicos y revistas, diputado, senador, ministro y presidente de la República, todo lo ha hecho en la función pública y académica. Nacido en 1916, cualquiera pudiese pensar que su discurso fuera en estos días clásico y añorante. Nada más lejos de la realidad: el Dr. Velásquez urge ahora a quien le oye que estamos en época informática, y que la política ya no es la misma de antes por esa causa. Esto es, su actualidad es admirable y plenamente consciente de los tiempos.
Mi señora esposa quiso agradecer una visita suya haciendo llegar a su casa una torta de queso criolla para el día del padre. Más vale que no; a los dos días su chofer trajo a la casa la bandeja de regreso y un ejemplar dedicado de «La caída del liberalismo amarillo: Tiempo y drama de Antonio Paredes», su opus magnum. Es ahora tesoro preciado en nuestra casa, que nos turnamos para leer y estudiar. De esta obra clara y extraordinaria se extrae dos fragmentos para construir la Ficha Semanal #103 de doctorpolítico.
El primero de ellos corresponde a una sección del ensayo—Notas sobre el Liberalismo Hispanoamericano—que precede a la historia propiamente dicha. Esa sección—Las sociedades coloniales sin riqueza minera: Venezuela—es una síntesis de la historia de nuestra independencia, asombrosa por su economía y veracidad. El segundo fragmento es asimismo material introductorio, pues forma parte del introito que llama «Explicación» y comienza así: «El propósito que me animó al escribir estas páginas fue muy simple: lograr que el hombre de la calle, el venezolano que no llegó a la universidad, el compatriota que no tiene oportunidad para sumergirse en eruditos volúmenes pudiera mirarse en el espejo de la historia. Quería conversar con la gente más sencilla, en días de forzado silencio, recordar escenas, redibujar las figuras de algunos de los actores en el drama de la lucha venezolana por la libertad».
Como queda dicho, el primer trozo hace referencia a la época independentista. En referencia a una aguda observación de don Martín Tovar y Ponte, está allí presente ya la conciencia «escuálida» de la época. En cambio, el segundo salta un siglo para evaluar la dominación de Juan Vicente Gómez, y hoy nos enseña que ya antes tuvimos miedo y silencio ante los tiranos.
El eximio historiador y ensayista que fue don Augusto Mijares reseñó «La caída del liberalismo amarillo» para el diario El Nacional en diciembre de 1972. De este libro dijo: «Bien puede llamarse a esta obra de Ramón J. Velásquez un libro épico. No sólo por el héroe en quien se centra la acción; no sólo por el oscuro destino que parece mover los acontecimientos en forma casi sobrenatural para arruinar implacablemente las esperanzas de Venezuela. También porque el autor logra elevar hasta aquella categoría aun a los miserables personajes que, con ser tan pequeños, decidieron sin embargo la suerte del país».
LEA
…
De muros y Paredes
En otras regiones del imperio colonial español, como en la Capitanía General de Venezuela, los conquistadores no encontraron oro ni plata y la atención de la Corona fue escasa, casi de olvido y tampoco los grandes de España mostraron el menor interés por esta región. El grupo de españoles peninsulares y de isleños canarios que durante el siglo XVI constituyeron la primera población europea de estas tierras venció inmensas dificultades y empezó a cultivarlas en las zonas cercanas al Mar Caribe que se extienden desde Coro hasta el río Unare, y la producción de cacao, añil, algodón y caña de azúcar fueron la base de la riqueza que los convirtió en la clase privilegiada de los criollos blancos, ricos y cultos que con el auxilio de la masa trabajadora de los blancos pobres o de orilla los africanos esclavos, los zambos, los mulatos y los indígenas, fueron creando la sociedad y la economía de un nuevo país.
A diferencia de México, el Perú o de Nueva Granada, cuyas dimensiones geográficas desde el siglo XVI fueron casi las mismas, Venezuela, es decir, la Capitanía General de Venezuela, sólo adquirió las dimensiones que desde 1830 mostró al proclamarse República de Venezuela como su definitiva extensión cuando en 1777, treinta años antes de comenzar el proceso de la independencia, el Rey de España Carlos III unió a la pequeña Capitanía de Venezuela, tierras del occidente, del oriente y del sur, las Provincias de Mérida-Maracaibo, Nueva Andalucía y Guayana, que hasta esa fecha pertenecían en lo militar, político y administrativo al Virreinato de Nueva Granada y en lo judicial y religioso a Santo Domingo.
La composición racial de esas nuevas provincias era más o menos la misma, los usos y costumbres semejantes, razones que hicieron esa unificación un hecho normal, pero continuaron separadas por la falta de caminos, por los grandes obstáculos naturales como páramos, selvas y grandes ríos que las aislaban y la falta de razones que crearan interés económico o social que las acercara. Antes de la llegada de la Compañía Guipuzcoana en el siglo XVIII, los cultivadores de estas tierras, fundadores de la sociedad y la economía venezolana, compensaban las grandes restricciones a que los tenía sometidos España con el activo comercio de contrabando con Curazao desde que la cercana isla se convirtió en posesión de los holandeses.
Los hijos de estos fundadores y luego sucesivas generaciones viajaban a España con el propósito de recibir una educación que les permitiera saber lo que pasaba en la civilizada Europa y conocer los avances logrados que pudieran aplicar en sus posesiones y aumentar su poder social y político.
A medida que ese nuevo poder criollo se consolidaba, los dirigentes alentaban en sus conversaciones la idea de la autonomía en el gobierno de la provincia, pues se consideraban capaces de gobernar la Capitanía y en la medida en que los acontecimientos europeos y la situación entre el Rey de España y Napoleón se convertía en una grave crisis, ese anhelo de autonomía se transformó en una empresa conspiradora para lograr la independencia, disfrazada en sus comienzos, con la explicación y bandera de defender los derechos del Rey de España, monarca cautivo de Napoleón.
Anota el historiador Caracciolo Parra Pérez al referirse a episodios ocurridos en Caracas en días anteriores al 5 de julio de 1811, que uno de los máximos dirigentes de la sociedad caraqueña y del movimiento de independencia, don Martín Tovar y Ponte, les recordó a los otros conspiradores de la revolución caraqueña que ellos, la clase de los criollos blancos, ricos y cultos, propietarios de la riqueza rural eran numéricamente muy pocos frente a la otra población, la que trabajaba en el comercio, en los pueblos y aldeas y principalmente en sus haciendas, es decir los blancos pobres o de orilla, los mestizos, los zambos, los mulatos, los negros esclavos, los indígenas, y que esos sectores tenían otros valores para apreciar los hechos y además les advirtió que ahora iban a asumir el papel de gobernantes, para el cual tenían escasa experiencia. La breve advertencia de don Martín Tovar y Ponte era una visión profética de la crisis racial y social en que se convertirían los primeros años en la larga lucha por la independencia venezolana.
Es repetida la pregunta: ¿en dónde se formó la primera generación de la independencia, los letrados, los juristas, los dirigentes políticos que tanto en el Congreso como en la Sociedad Patriótica demuestran un cabal conocimiento de los procesos políticos tanto de la antigüedad como de los acontecimientos revolucionarios que a fines del siglo XVIII conmovían a Europa y Norteamérica? ¿De dónde venían esos juristas, esos prudentes filósofos, esos dirigentes juveniles que, con su oratoria de iluminados tribunos, aceleraban el proceso y le daban las justas dimensiones continentales?
La República de 1811 fue un ensayo que buscaba dar consistencia de realidades a cuanto habían leído, estudiado o visto en Europa. Es la república de los letrados, de los viajeros, de los ricos y cultos, es la república de Caracas. Los años 1811 y 1812 fueron de polémicas sobre la teoría política. Simón Bolívar, en su implacable crítica en el Manifiesto de Cartagena sobre la actuación de ese primer ensayo republicano, afirma que escogieron a los filósofos como gobernantes y los señala como desconocedores de la realidad sobre la cual querían gobernar.
Los muy viejos conflictos de los representantes del patriciado caraqueño con el Generalísimo Francisco de Miranda, las intrigas que florecieron como en una corte monárquica europea y la ausencia de respaldo militar por parte de las otras seis provincias que se habían sumado al proyecto republicano, le abrieron el paso a Monteverde y a su ejército de campesinos corianos que lo acompañaron hasta los valles de Aragua.
La capitulación de Miranda y la entrada de Monteverde a Caracas representan no solamente el final de la primera república, sino el comienzo de la dispersión del grupo que con representación de todas las provincias estaba empeñado en construir una república de instituciones, en donde el mandato de la ley sustituyera la autoridad sin límites de los Capitanes Generales de la Colonia. Ese primer proyecto de república va a quedar destruido, sus dirigentes presos, fugitivos, asesinados, y las familias en trágica dispersión. La autoridad real en manos ahora de un aventurero que desconocía la autoridad del Capitán General y sometía a una sociedad, que desconocía, a los peores excesos.
Del desastre de 1812, en el escaso número de dirigentes de la revolución que lograron y pudieron salvarse y abandonar a Venezuela, estaba una de las más grandes figuras juveniles de la revolución, Simón Bolívar, representante de la clase de criollos ricos y cultos que marcha a Cartagena en solicitud de recursos para volver a la lucha. Logra Bolívar el apoyo militar neogranadino y emprende una expedición que tiene como meta la recuperación de Venezuela para la revolución de la independencia. Avanza desde San Antonio del Táchira y su ejército crece en soldados a medida que atraviesa Mérida, Trujillo, Guanare, Cojedes, rumbo a Caracas y va creando con los campesinos y los jóvenes de los pueblos el primer ejército venezolano, cuyos contingentes están formados por personas de las provincias que, en 1777, el Rey Carlos III había unido a la Capitanía General de Venezuela y que a partir del 5 de julio de 1811 formaban el proyecto de una república.
Entre los años 13 y 16 aparecerá en la región oriental, en los llanos de Apure y del Guárico, en la sierra de Carabobo y de Aragua la primera generación de guerrilleros partidarios de la independencia, y Mariño, Páez, Bermúdez, Piar, los Monagas, Rondón, Arismendi, para el resto de la histórica jornada trasladan el escenario que deja de ser la ciudad de Caracas para convertirse en hecho multitudinario, guerrero, campesino bajo las órdenes de Simón Bolívar.
Pero en esa historia de las batallas, Venezuela atraviesa en 1813 por un acontecimiento que se ha calificado como guerra social, cuando José Tomás Boves, un asturiano convertido por los años de vivir en tierras venezolanas, en un llanero guariqueño a la cabeza de miles de jinetes llaneros que no conocían las ciudades, y bajo la consigna de devoción por el Rey, avanza sobre Valencia y Caracas para ejecutar el más feroz plan de exterminio de la gente blanca, y destrucción de los escasos bienes que vaquella sociedad había salvado de la acción de Monteverde.
Cuando en agosto de 1813, llega Bolívar a Caracas y frente a la situación que vive Venezuela, consulta y pide consejos a Miguel José Sanz sobre el régimen político que debe adoptar, el jurista le responde por escrito con una palabra: dictadura, y ese régimen perdurará hasta 1819, cuando se proclama la República de Colombia.
Esta liquidación de la clase poderosa del tiempo colonial venezolano, y la transformación del hombre del campo y de los pueblos en soldados durante más de una década (1812-1824), que marchan bajo el comando supremo de Simón Bolívar hasta Ayacucho, en el Alto Perú, marcan el destino venezolano durante todo el tiempo que vendrá y trazan las características de su vida política con carácter un tanto distinto al de otras naciones, que al igual que Venezuela lucharon por la gran empresa libertadora.
………
Durante veintisiete años de la dominación del general Juan Vicente Gómez (1908-1935) desaparece en Venezuela la palabra «partido» y las últimas esperanzas de liberales amarillos y de nacionalistas para que Gómez se definiera por unos o por otros, se entierran al comienzo de su gobierno cuando en respuesta a los discursos partidistas pronunciados en el ofrecimiento del banquete de «La Providencia», («el banquete de las definiciones») eleva su copa y brinda por la unión, por la paz, por el trabajo.
A partir de 1913 y después de la fábula de la invasión de Castro y de la escaramuza de la candidatura presidencial del doctor Félix Montes, el país entra en su más larga etapa de miedo y silencio. Nadie se atreve a abordar desde la tribuna o la prensa, los grandes temas de la preocupación nacional y menos aún plantear el debate político. Los nombres de los viejos partidos políticos se van borrando, la leyenda de sus jefes forma parte de un pasado remoto; las nuevas generaciones que se levantan en ese clima de temor ignoran la historia política del país y en las escuelas de derecho, la sociología y el derecho constitucional son materias peligrosas que dictan los profesores entre sonrisas y la angustia de que sean mal interpretadas sus palabras. Señala el general Emilio Arévalo Cedeño en sus memorias (El libro de mis luchas) que en sus siete invasiones no logró encontrar en los pueblos que ocupaba quien lo siguiera, quien se decidiera a acompañarlo en la aventura, no obstante las protestas de antigomecismo que le hacían los vecinos. Para el año 1935, las generaciones jóvenes dudaban si en Venezuela había existido en alguna etapa de su historia, lucha de partidos y a ningún joven decían nada las palabras «liberal», «amarillo», «nacionalista» o «mochero» y las historias del Mocho o el cuento de las hazañas de Rolando o del Caribe Vidal eran tema de conversación para los mayores de cincuenta años.
La política como doctrina, como lucha, como organización era el camino más seguro para ir a la cárcel o al destierro y a la mayoría de las llamadas clases dirigentes del país—a quienes el régimen defendía con eficacia sus intereses económicos—se aterraba ante cualquier invitación a pensar que Venezuela era un país al que tarde o temprano llegaría la hora de las grandes reformas. Por otra parte estaban cerradas todas las fuentes de información sobre los grandes procesos políticos y sociales que se cumplían en Europa y en América. (Gómez le decía al gobernador Velasco en 1931: «del comunismo ni una palabra, ni en bien ni en mal. De los enemigos como de los muertos no se habla»). El régimen fundado por Cipriano Castro en 1899 y consolidado por Juan Vicente Gómez en sus 27 años de mandato de poder absoluto había talado los grandes árboles centenarios de los partidos históricos y de aquel paisaje político no quedaba ni el recuerdo. Venezuela era tierra arada en espera de la siembra.
Ramón J. Velásquez
por Luis Enrique Alcalá | Jul 20, 2006 | LEA, Política |

Está disponible desde hace poco una presentación que lleva por título «Auditoría digital del RE: Estudio de consistencia demográfica y estadística». Los patrocinantes de este estudio no son otros que las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello, las tres entidades que «la sociedad civil» quería que escudriñaran el Registro Electoral Permanente. Como sabemos, un examen de este registro se ha tenido como una de las condiciones exigidas por cierta oposición para considerar siquiera una participación en la venidera elección presidencial del 3 de diciembre.
Pues bien, la presentación de los resultados y conclusiones de este análisis triborlado dista muchísimo de rasgarse las vestiduras, lo que habría ocurrido de haber encontrado groseras discrepancias o errores muy sospechosos. En efecto, las tres alma mater encontraron equivocaciones en el REP, y recomiendan una estrategia básica para superarlos: «Es necesario diseñar un esquema muestral que permita estimar el efecto de los errores del RE en los próximos comicios y monitorear el proceso». Punto.
Pero veamos como presentan el asunto. Su primera observación es la siguiente: «La discrepancia entre valores observados y esperados permite inferir que una importante proporción de los datos de los electores contenidos en el RE tiene errores al menos desde 1998″. (Destacado nuestro). Así observan, por otra parte, la pretendida imposibilidad de un registro algo superior a los 17 millones de electores dentro de la estructura poblacional venezolana: «Las estructuras por edad del RE y Proyecciones de Población, tanto a nivel nacional como por entidad federal, son consistentes… La estructura refleja un rezago en la inscripción de los más jóvenes así como la sobre-representación de la población adulta mayor (80 y más) que podría estar mostrando los problemas de depuración… Se hicieron pruebas de consistencia de las estructuras de esas dos poblaciones aun corrigiendo los problemas con los grupos extremos y los resultados mejoran, no obstante que la significación de las pruebas con los datos sin corregir ya era bastante aceptable». (Destacado nuestro).
El más definitivo de los dictámenes, no obstante, que además repiten, es el siguiente: «No se observaron evidencias de que exista correlación entre errores y preferencias políticas en eventos comiciales nacionales… Los resultados sugieren que los errores no parecen estar relacionados con la intención del voto en un evento comicial presidencial».
De hecho, verificaron los municipios con más errores contra la votación del referendo revocatorio de 2004, y así concluyen, según reporta El Universal: «Al comparar los defectos del Registro Electoral de 1998 con los errores detectados el año 2006 los investigadores concluyeron que las inconsistencias se han multiplicado en municipios donde ya existían errores. Para demostrar si estos errores inciden en un proceso de votación nacional se compararon los resultados del referendo revocatorio presidencial entre los municipios donde existen errores con las entidades que presentan anomalías esperadas. En los municipios problemáticos el NO se impuso con el respaldo de 55% de los votos; mientras en los municipios sin inconsistencias sensibles el SÍ obtuvo 62%».
¿Qué tal? Participacionistas uno, abstencionistas cero.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 20, 2006 | Cartas, Política |
Siendo que Chávez tiene el mayor control del poder posible en Venezuela—político, militar, económico—una oposición al estilo cacical debe fracasar. Es un brujo, no un cacique, quien puede suceder a Chávez a corto plazo. (2006). No es otro «tío tigre» menor que pretenda discutirle la posición alfa a Tío Tigre en su manada. Es Tío Conejo.
Carta Semanal # 131 de doctorpolítico – 31 de marzo de 2005
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Después de completar seis «episodios» de su saga fílmica (La Guerra de las Galaxias) George Lucas se dejó de eso. El plan inicial contemplaba la realización de nueve películas, que comenzó extrañamente en 1977 con el cuarto episodio: A New Hope, que en el corazón de los aficionados es el mejor de todos. Fue este maravilloso filme el que creara un culto y una industria periférica de muñecos, calcomanías, armas de juguete y disfraces futuristas, alimentadores de una expectativa sobre los próximos episodios, tal como más recientemente cada libro y cada película de Harry Potter reavivan el hambre de lectores y cinéfilos, aparentemente insaciable.
Es la película inicial la que establece las líneas maestras de toda la intrincada historia. Un imperio maléfico está a punto de coronar su totalitario dominio sobre toda la galaxia, al que escapa, por ahora, un pequeño enclave republicano y democrático del que la princesa Leia es su líder. Es decir, la propia guerra asimétrica. La Estrella de la Muerte es la mortífera nave imperial que se aproxima inexorablemente hasta el planeta rebelde, en el que un último movimiento de resistencia está a punto de perecer. Desde aquí se lanza una oleada de interceptores y bombarderos con la esperanza de atinar en el único punto débil de la masiva y acorazada nave de guerra: un agujero por el que debe penetrar un misil explosivo hasta el corazón del monstruo. La tarea es endemoniadamente difícil: los aviones de ataque democráticos deben ingresar a toda velocidad en una trinchera estrecha de la superficie descomunal de la esfera y, mientras eluden la artillería enemiga y el más preciso y letal contraataque del mismísimo Darth Vader (escoltado por dos cazas), disparar un cohete en el instante exacto para que penetre por el vulnerable hueco. Es de conocimiento común en nuestra galaxia que Luke Skywalker logra la improbabilísima hazaña y desintegra así a la Estrella de la Muerte; claro está, con ayuda de «la Fuerza».
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En términos objetivos clásicos la dificultad de derrotar electoralmente a Hugo Chávez en 2006 es equivalente a la confrontada por Skywalker al final de Una Nueva Esperanza. El Darth Vader venezolano las tiene prácticamente todas consigo: no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el «poder ciudadano»—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.
No hay oponente que se acerque, ni con mucho, a tan ingente cantidad de poder real como la que tiene a su disposición. Y en un trámite electoral considerado desde el punto de vista clásico (desde el paradigma de Realpolitik, de pura política de poder) no hay nada que pueda oponerse a Hugo Chávez—cuyo único escrúpulo es el revolucionario; es decir, el de producir la disminución de quien se oponga a su poder porque su poder es el del pueblo—en 2006.
¿Cuál es el paradigma clásico? La política de poder es como una homeopatía política. Debo presumir que mi adversario hará trampa; tal cosa autoriza moralmente mi trampa, por aquello de la guerra santa. Combato enfermedad con enfermedad, y mi negocio es obtener poder e impedir que mis adversarios lo adquieran. (Letra chiquita: por todos los medios al alcance).
En la política anterior a Chávez esta última legitimidad se mantenía más o menos dentro de los límites de una cierta urbanidad o buena costumbre—no es malo que el tigre se coma al venado sino que no lo haga con cubiertos—mientras Chávez la rebasa, a conciencia de que con eso arranca trozos al modo convencional de pensar que él considera escuálido (burgués), y por tanto salvajemente capitalista, y por tanto culpable de la pobreza, y por tanto acreedor a la humillación y el despojo. (Y a la muerte). Para estas cosas se cree autorizado el revolucionario.
En suma, cualquier planteamiento cacical de una candidatura distinta de Chávez está destinado al fracaso. No sólo tiene éste la muy mayor cantidad de poder, sino que ninguna vergüenza, ningún escrúpulo, impedirá que lo use implacablemente contra su contrario. Para eso es revolucionario. Si, por consiguiente, algún candidato pretende resultar electo combatiéndole de poder a poder, su éxito será mucho menos probable que el del legendario Luke.
Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez, cuál es el agujero por el que pueda entrar un cohete hasta las entrañas del régimen. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, verboso, sofista, irresponsable, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez.
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Pero se anotó que el triunfo contingente de Chávez no sólo se alimenta de su poder, sino que se asienta en un alto grado de esa propensión a votarlo. ¿A qué se debe tan alta aceptación, tan elevado apoyo?
Una parte del asunto, sin duda, pero sólo una parte, y tal vez no la más importante, es que efectivamente Chávez ha redistribuido riqueza. Robin Hood tiene un nicho en el panteón chavista. Es verdad que robo a La Marqueseña o a la Shell para dar al pueblo en nombre de un grito de José Antonio Páez o un seudónimo de Simón Rodríguez. Cuando me hace falta pido al Banco Central un millardito (de dólares), a PDVSA el adelanto de un dividendo, o a la Asamblea Nacional otro financiamiento extraordinario que la Contraloría no mirará siquiera. Y como ya mi barril de petróleo no vale diez dólares de 1999, sino cincuenta y tantos de hoy, tengo para llenar el acueducto de las misiones, que por más agujereado que esté por la corrupción, algo de alivio y asistencia reparte.
Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad?
Pero este factor explicativo es insuficiente. No hace mucho que algún encuestador respetable reportaba que sólo un 16% de la población se había beneficiado directamente de alguna de las «misiones», a pesar de haberse gastado en ellas, hasta comienzos de 2005, probablemente 5 mil millones de dólares. (El asunto no es mera transferencia monetaria: la representante de la UNESCO declaró, el día que Chávez proclamaba a Venezuela «territorio libre de analfabetismo», que nuestro país era el único en el mundo que había alcanzado las metas que se había fijado a este respecto). Otro encuestador, sin embargo, igualmente veraz, encontró lo reportado en octubre de 2005 por El Universal: «…los venezolanos catalogan como ‘aceptable’ la situación del país en el presente y aspiran que mejore en los próximos dos años».
Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera bolivariana de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.
En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía al desmembramiento de Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.
Del mismo modo, Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. «Ser rico es malo»; ergo, los pobres son los buenos.
Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, más de una década antes de su aparición política.
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Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).
Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser «originaria»; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser «derivada», y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la Parroquia 23 de Enero.
Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: «Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum». (Contratesis, nótese la fecha). Así se habría pasado sobre su discurso.
Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.
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Max Weber nos aportó la descripción clásica de las formas de dominación política y sus fuentes de legitimidad. A la primera la llamó tradicional. Es la que afinca su derecho en una sucesión dinástica lo más antigua posible, cuya fuente y origen se encuentran en el pasado, preferentemente remoto. Es la que esgrimen Isabel II y Benedicto XVI, el fundador de un partido, los herederos de una revolución. Si bien esta forma es la menos usada por Chávez, que Fidel Castro, el senil decano del comunismo en América, le haya ungido como su sucesor le presta una raíz tradicional.
La segunda fuente y forma es de carácter carismático. Hitler, que mesmerizaba incluso a quienes no entendían la lengua alemana y sin embargo se quedaban estampados en el piso, cautivados por la voz y la gesticulación del encendido cabo austriaco aunque no comprendieran su discurso, como certificara Dennis de Rougemont en L’amour et l’Occident. ¿Hay alguna duda de que Chávez es un histrión consumado? ¿De que tiene en grado apreciable las cualidades que los politólogos agrupan bajo la noción de carisma?
La tercera y más «moderna» manera de dominar es la burocrática. Se domina porque se controla el aparato del poder. Los jefes de Estado y de gobierno, los bosses de los partidos; éstos dominan burocráticamente. ¿No habíamos enumerado ya, esquemáticamente, lo que Chávez controla en materia de aparatos?
Un contendor de Chávez que tenga alguna posibilidad de derrotarle electoralmente sólo pudiera reivindicar de estas raíces la de esencia carismática, pues sólo un outsider—en virtud de que nadie vinculado tradicionalmente con nuestro pasado político pudiera prosperar—podría lograrlo, y jamás dispondría de mayor aparato que el chavista. (Aunque no podrá pasarse sin ninguno). No serán despreciables, por tanto, los rasgos histriónicos y las dotes didácticas que faciliten la comunicación con los electores y permitan el arrastre de votos en quien pueda retar a Chávez con probabilidades de triunfo. Se puede ser muy políticamente correcto, pero si se es aburrido, como Adlai Stevenson, no se ganará elecciones. No obstante ¿es suficiente el carisma?
Quien pretenda vencer a Chávez en 2006 deberá abrevar en fuentes transweberianas, más allá de la tradición, el carisma y el aparato. Su primera fuente de legitimación deberá ser programática, terapéutica, estratégica. Deberá ser capaz de mostrar que se propone aplicar tratamientos viables y eficaces a nuestros principales problemas públicos, una vez enumerados en un claro y convincente diagnóstico. Es feliz la fórmula de Smith-Perera, que antes que oposición quiere ser proposición. Obviamente, aquí deberá competirse como proyecto contra un programa en operación: el del gobierno. Aquí sólo podrá ofrecerse una promesa.
Pero, más profundamente, nuestro candidato tendría que legitimarse paradigmáticamente: tendría que hablar con una gramática política a la vez consistente y distinta de la de Chávez, más evolucionada y responsable que la de un tal socialismo del siglo XXI, superior a la de los partidos desplazados por aquél, menos simplista, menos primitiva, menos ingenua, menos bárbara.
Un nuevo recuerdo de Briceño Guerrero permite ubicar el asunto. En El laberinto de los tres minotauros (que incluye El discurso salvaje, ya nombrado), el filósofo de la Universidad de los Andes, apureño, de primeras letras en Barinas, la tierra de Chávez, sostiene que en América coexisten y se combaten un discurso salvaje—el de los primeros pobladores y las razas sojuzgadas que Chávez reivindica—uno mantuano, el del privilegio aristocrático u oligárquico, y el discurso racional occidental, limitado por el rigor lógico y por la verdad. En nuestro teatro político actual sólo han actuado suficientemente los dos primeros, con abrumadora ventaja reciente del salvaje sobre el mantuano. La dilucidación del problema sólo podrá ser aportada desde un discurso racional.
Lo que no puede ser emocionalmente aséptico, por más que un origen clínico y responsable sea la única fuente aceptable. Por fortuna, lo veraz puede ser bello, y lo bello emociona. Lo bello, por otra parte, es usualmente signo de lo bueno, y la bondad, por la suya, tiene un valor funcional. «La bondad—dijo Don Pedro Grases al cumplir sus setenta y cinco años—nunca se equivoca».
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El récipe expuesto no es suficiente. Amén de la eficacia electoral, únicamente presente en un discurso como el especificado, se debe exigir una alta probabilidad de eficacia posterior, una eficacia de desempeño. No basta ganar una elección; es preciso hacer luego un buen gobierno, un magnífico gobierno. Por tal cosa, en adición a lo anotado, tendremos que exigir del candidato un talento para el liderazgo de organizaciones complejas, comprobado en una historia práctica, en su biografía.
¿Es posible afirmar que en Venezuela existen, o tendrían que existir, ejemplares humanos que calcen los puntos enumerados hasta ahora, que no son todos? Sé que existen. Hay más de un venezolano de cultura actualizada, serena y capazmente comprensivo de la complicada y planetizada época que vivimos, provisto de modernos paradigmas y que a un tiempo es buen líder y eficaz comunicador, en posesión de vocación pública alejada del resentimiento político o social y la mera ambición de poder, inteligente y profesional.
Pero ni siquiera tales rasgos serían bastantes. Una exigencia adicional es que el candidato viable, y por tanto apoyable, no esté aquejado por defectos que de obvio bulto le impedirían. Por ejemplo, no podría ser «cuartorrepublicano», por más que las «viudas del paquete» o los políticos prechavistas pudieran coincidir con él o ella en más de una cosa. Tampoco podría ser, naturalmente, chavista, aunque su bagaje terapéutico pudiera coincidir, en grado siempre menos virulento, con desiderata sostenidos por Chávez, como pudieran ser el caso de la preferencia por un mundo multipolar o la democracia participativa.
Ahora bien, supongamos que tan peculiar personaje existiera y pudiera ser descubierto ¿es probable que se organice y obtenga el apoyo requerido para una campaña ineludible? Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una «sorpresa»—ocurrencia de un evento de baja probabilidad—para que sea exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?
La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aun en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a un candidato como el descrito con los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.
Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que «los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía». En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.
Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciaría por los términos dilemáticos más conservadores o «seguros».
Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa—no puede, no debe ser cara—en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.
Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aun el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible, y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad: rojo (Chávez), negro (Borges), par (Smith), impar (Petkoff). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde lo hace poco y si gana, en virtud del efecto multiplicador del pleno, obtendrá mucho más de lo que haya invertido.
Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, solucionable con un paro mágico, la panacea 350 o la estupidez de un golpe, invasión o magnicidio, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y profunda y requiere, por tanto, terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de la información completa sobre la localización de las piezas o cartas claves. En esas condiciones un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición efectiva fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea, pues el éxito es crucial.
¿Difícil? ¿A quién le gusta lo fácil?
LEA
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