CS #179 – Prohibido pensar

Cartas

En el «viejo modelo político» los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No en vano las imágenes con las que los actores políticos convencionales hacen autoreferencia tienden a ser las de «combatiente» o «luchador» político o social, y se refieren a la «arena» y a la «lucha» políticas y a los procesos de «vencer» y «derrotar».

Y piensan ellos, así como la mayoría de nosotros, que su papel consiste en «mandar». No en mandar a secas, lo que pudiese ser moderado si se restringiera al mando sobre los órganos ejecutivos del Estado, sino que se entiende como mandando sobre la Nación. Un antiguo candidato presidencial que, en plena campaña, declaró con la mayor frescura desconocer cuál es el modelo político que necesita Venezuela se refirió, en un conocido programa de televisión, a quienes pretendan «gobernar sobre un país». Y esta idea de que se gobierna sobre un país es, con seguridad, algo que debe ser cambiado, justamente, en un nuevo modelo político para Venezuela y, si a ver vamos, para cualquier país. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.

Con un concepto de la política como mando es del único modo como pudo sostenerse una postulación de Irene Sáez para las elecciones de 1998 como la de una persona que no necesita ser particularmente docta o versada sobre los problemas públicos y sus posibles soluciones o los métodos con los que se puede generarlas, con tal de que pueda concitar a su alrededor a un grupo suficiente de personas capaces que son las que trabajan resolviendo los problemas y sobre las que se manda. (Luis Herrera Campíns, Presidente de COPEI y adalid de la candidatura Sáez, fue preguntado por las capacidades de su candidata y contestó: «No se preocupen, que modernamente el poder es compartido», con lo que quiso decir que él estaría tras bastidores cubriendo las deficiencias de la reina de bellezacondición que más tarde se atribuiría a Salas Römer).

Todas estas cosas pertenecen a la noción que encontramos en una antigua leyenda germánica, según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios). Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

El corolario fuerte es que los sabios, los brujos, no mandan, no pueden mandar, no se les debe permitir que manden, porque ellos no saben matar dragones ni vencer oponentes en las arenas políticas. Es lo que encontramos en el dictum de Argenis Martínez: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».

No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante, sea un hombre capaz de acción, capaz de defenderse. Esta percepción va a cambiar, no obstante.

Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba hace uso años: «Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares». Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un «capitalismo intelectual»; que «la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su substancia»; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento.

Este proceso, que ya ha comenzado en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el ámbito de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada. Es probable que continúe habiendo un predominio de los «hombres de acción» en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los «hombres de pensamiento» en la política.

Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como «brujos de la tribu» que como «brujos del cacique». Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.

Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.

Y luego el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: uno en el que la inteligencia reivindique su espacio y su función y en el que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.

Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus «curvas» han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la «calidad total». También es el autor de La circulación de las élites. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los «leones», son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los «leones» arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los «zorros» al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el «arte de la combinatoria», a resolver la situación. Según su esquema, los «leones» y los «zorros» se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.

Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de «leones» por «zorros», de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un «retorno de los brujos», que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta.

Mientras no se generalice el cambio de paradigma necesario—y los cambios paradigmáticos son de suyo procesos de distribución general más bien lenta (por más que a nivel individual puedan darse casi instantáneamente)—tal vez sea posible admitir un tratamiento excepcional y transitorio a los más básicos y profundos problemas de la política venezolana, en el que se asegure una participación determinante de los «hombres de pensamiento» del país.

Es preciso admitir que ese cambio es difícil. Porque es que a la disposición habitual de la percepción, que como vimos tiende a negar al intelectual la posibilidad de mando, se une, tal vez, un miedo profundo a tal eventualidad.

En Poor Koko, John Fowles relataba la violencia aparentemente gratuita que un intelectual hace brotar de un ladrón más bien inculto, provisto tan sólo de un barniz de catecismo marxista, a quien vence en una discusión. Precisamente porque había sido vencido por las palabras del intelectual, el ladrón reaccionó con violencia especialmente cruel. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual.

Una vez un politólogo que ahora es político me propuso la siguiente cuestión para debatir: ¿cuál es el deporte más violento? Él proponía que era el fútbol el deporte más violento. (Él lo practica). Yo le sugerí considerar al ajedrez. En el enfrentamiento igualitario de dos inteligencias no caben las excusas. No se puede diluir la responsabilidad entre los varios miembros de un equipo, ni se puede argumentar que un defensor corpulento, mucho más grande que nosotros, nos ha impedido con tácticas sucias. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual. Y los intelectuales pueden ser particularmente crueles al inflingirla.

Así, pues, hay un trasfondo de miedo en el rechazo a la posibilidad de un gobernante intelectual. Ante él se tiene tanta aprensión como ante la mujer que es la vez bella e inteligente en grado sumo. Mientras más brillante sea el intelectual más se le teme.

Esto es hasta cierto punto natural. Puede con facilidad sentirse que una persona así tenderá al totalitarismo, basada en una conciencia egomaníaca que le haga pensarse superior a los demás. Pero si se es un verdadero intelectual se sabe que la inteligencia no es meritoria si no está al servicio de los demás, si no respeta y cree en la sabiduría superior del pueblo—»lo primero que debieran enseñar (las) escuelas (de política) es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno»—si se cree inmune al error. Por fortuna varios siglos de una ciencia más social y menos exclusiva, menos esotérica, han enseñado a quienes emplean sistemáticamente el pensamiento que las mejores teorías no son eternas.

Esto exige una manera diferente de entender la política. Exige, por tanto, un liderazgo ya no solamente programático, sino paradigmático. Y quienes pueden ejercer ese liderazgo no son otros que quienes encarnan el nuevo paradigma, y éstos se hallan entre quienes lo han inventado o ya lo han hecho suyo. Hasta que ese nuevo paradigma haya permeado para generalizarse, y pueda confiarse de nuevo el gobierno a un nuevo político convencional

Esto es posible en Venezuela. No digo que probable; afirmo tan sólo que es posible. La probabilidad irá en aumento, como ha venido siendo, con el crecimiento del mal. Que la mera posibilidad pueda convertirse en realidad efectiva dependerá, a la larga, del ineludible aumento de conciencia de los Electores venezolanos en general. En un cierto punto del futuro forzarán el cambio. Que esto pueda darse en un plazo más corto dependerá de la lucidez de las élites de poder del país: de ésas que asignan oportunidades y recursos, y que podrían, en un salto de conciencia que les justificaría como tales élites, abrir las puertas a la incruenta revolución, a la revolución mental que la magnitud de los problemas exige.

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LEA #178

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Así como ya están en juego varias candidaturas o precandidaturas presidenciales en el tablero político nacional, proliferan ahora iniciativas de organización. La más reciente de la que tengamos noticia es una alianza—al estilo de la extinta Coordinadora Democrática—entre algunos partidos políticos y algunas organizaciones no gubernamentales. Ésta es la lista de asociados, en el orden en que aparecen al pie de un documento de presentación en sociedad (enviado por correo electrónico desde la dirección de la Asamblea de Educación): Primero Justicia, Movimiento Al Socialismo, Izquierda Democrática, Causa Radical, Solidaridad, Gente del Pueblo, Nueva Democracia, Asamblea de Educación y Compromiso Ciudadano.

Es notable, entre otras cosas, que a pesar de que Primero Justicia, que encabeza el elenco de organizaciones miembros (en un intento más de construir una «organización de organizaciones»), se retirara de las elecciones del 4 de diciembre, refrende un documento en el que se asegure que habría que devolver la esperanza a «…un país que ya sabe que ni la violencia ni la abstención son caminos útiles para la construcción de nuevas realidades». Asimismo aprecian los firmantes «…como positivo el gesto de Julio Borges al asumir la candidatura presidencial de su partido, así como la expectativa de sectores del país en torno a los nombres de Teodoro Petkoff y Manuel Rosales…» Curiosamente, ni Roberto Smith ni William Ojeda son saludados específicamente en el texto.

Por estos mismos días ha comenzado a circular la proposición de «Una dirección para la oposición», documento que viene suscrito por Roberto Casanova, Alonso Domínguez, Gerver Torres, Felipe Benites, Esteban Gerbasi, Carlos Blanco, Alfonso Molina, Trino Márquez, Eduardo Quintero N., Anabel Pérez M., Oscar García Mendoza y Amelvi Barrera. Así propugnan la constitución, mediante elecciones, de una «Junta Nacional de Oposición» llamada a la acción para «reconstruir el sistema electoral», «consolidar el proyecto alternativo de país», «definir la estrategia internacional» y «definir la estrategia de participación electoral». (Esta última debiera establecer «las reglas que garanticen unas elecciones primarias, populares y transparentes, para seleccionar el candidato unitario de la oposición», así como «los criterios para decidir sobre la participación o no de dicho candidato en la contienda electoral presidencial». Cinco del grupo de firmantes—Casanova, Domínguez, Torres, Benites y Barrera—son ejecutivos de «Liderazgo y Visión», sin contar a García Mendoza, que preside el Banco Venezolano de Crédito, el principal apoyo financiero de esta última asociación.

García Mendoza y Torres, por otra parte, así como Trino Márquez, son asimismo suscritores del comunicado que fue comentado aquí la semana pasada, y que expone la tesis del «mandato» o «mandatos» del 4 de diciembre, de la que el articulista Carlos Blanco, sumado a la idea de la «Junta Nacional de Oposición», es por cierto entusiasta y reiterativo expositor.

Resulta sorprendente que este último grupo—que a juzgar por artículo de Carlos Gutiérrez F. se convertirá en el «Movimiento 4 de diciembre» con un «…fuerte respaldo de la iglesia y los sectores constitucionalistas de la Fuerza Armada» y que en vez de «… a candidaturas, apuntan a un nuevo liderazgo para la modernidad…», lo que pareciera abstencionista y no participacionista—y en el que destacan varios abogados, como Marcel Granier, Oswaldo Álvarez Paz, Tulio Álvarez y Ramón José Medina, insista sobre la falsa especie del «mandato», o más bien de dieciséis «mandatos» supuestamente emitidos por el pueblo venezolano el pasado 4 de diciembre.

Y es que debieran conocer por su profesión que los mandatos no se presumen, sino que deben ser expresos, sobre todo aquellos que distingue José Luis Aguilar Gorrondona en su obra «Contratos y garantías»: «Después de conferir mandato para realizar toda clase de actos jurídicos, salvo para aquellos respecto de los cuales no cabe representación». Nuestro Código Civil dedica un título entero de su articulado a la figura del mandato, y dice en su artículo 1.688: «El mandato concebido en términos generales no comprende más que los actos de administración. Para poder transigir, enajenar, hipotecar o ejecutar cualquier otro acto que exceda de la administración ordinaria, el mandato debe ser expreso». Y en su artículo 1.689: «El mandatario no puede exceder los límites fijados en el mandato. El poder para transigir no envuelve el de comprometer». Es algo traído por los cabellos la noción de que una ausencia electoral, una falta de participación, equivalga a un mandato expreso.

Como se ve, cunde la imaginación organizativa, lo que revela la profunda necesidad de una organización política suficiente y eficaz, dado que obviamente ninguna de las actuantes cumple con esa condición. Quizás sea también necesaria la celebración de primarias para determinar cuál es la organización adecuada y aceptable, o la de un congreso «para la formación de una nueva asociación política» en el que pudiera discutirse las distintas formulaciones. Así fue propuesto hace ya 21 años, en el mes de febrero de 1985.

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CS #178 – Humberto el sabio

Cartas

El Dr. Humberto Njaim, es Individuo de Número de muy reciente incorporación (29 de marzo de 2005) a nuestra Academia de Ciencias Políticas y Sociales. (Su discurso de incorporación versó sobre el tema: “La democracia participativa, de la retórica al aprendizaje”). Quien lo hubiera conocido, sin embargo, a poco de graduado en Derecho, no hubiese tenido necesidad de grandes dotes proféticas para predecir que tal distinción sería su destino. Ya se conocía para entonces, hace un poco más de cuarenta años, la claridad y penetración de su pensamiento, el equilibrio y tino de su juicio.

En 1962, por ejemplo, el Movimiento Universitario Católico (MUC) de la Universidad Central de Venezuela quiso celebrar un seminario sobre el tema de la reforma universitaria. (Se adelantaba así por varios años a los movimientos de «renovación» que alcanzaron a nuestras universidades a partir de la oleada de 1968, año del «Mayo Francés» y de las protestas en pro de la paz en Columbia o Berkeley en los Estados Unidos). Al ensamblar la nómina de conferencistas cuyas disertaciones alimentarían la deliberación del seminario, los directivos del MUC solicitaron, por supuesto, la palabra de intelectuales ya reconocidos: Arístides Calvani o José Mélich Orsini, por caso. Pero el precoz prestigio de un joven abogado, Humberto Njaim, fue igualmente requerido, y su conferencia sobre los movimientos de reforma universitaria en el mundo (con especial referencia al de 1918 en la universidad argentina de Córdoba) fue probablemente el insumo más útil de todos para los asistentes al evento.

Profesor universitario desde siempre, el Dr. Njaim heredó la dirección del Instituto de Estudios Políticos de la UCV, sin desmerecer la obra de su insigne fundador, Manuel García Pelayo. Es autor, por otra parte, de una numerosa obra escrita, tanto sobre temas jurídicos como sobre el campo de su preferencia: la política. Y para no quedarse en sólo la teorización o la docencia, ha participado en más de una iniciativa cívica sana. Para mencionar sólo una instancia, es fundador de la Red de Veedores de la Universidad Católica Andrés Bello, y aunque ha dejado la conducción cotidiana en otras manos (las muy capaces de Ruth Capriles, entre otras) no ha dejado de ser tenido por su sabio de planta, por la conciencia principista de la asociación.

Es este sabio el que tuviera la suerte, el placer y el honor de escuchar el lunes de esta semana, en sesión de una longeva y prestigiosa peña capitalina. Su aporte, sereno y profundo, debiera ser conocido por todos, y por eso este texto se atiene a enumerar y exponer sintéticamente las más importantes admoniciones de su charla.

………

Humberto Njaim comenzó por la provisión de un panorama amplio y penetrante. Refirió cómo fue que en su momento el sufragio universal fue tenido por experimento peligroso, que conduciría irremisiblemente a un desenlace caótico. (Alguien tan lúcido como John Stuart Mill, destacó, se había opuesto a la extensión del derecho al sufragio a toda la población y prefirió la votación calificada por educación y patrimonio. Todavía en años recientes escuchaba decir quien escribe a un destacado líder empresarial: «Mi voto vale más que el de quinientos campesinos»). Y entonces el profesor Njaim apuntó lo que es evidente: que aquellos temores eran infundados y que la extensión de la democracia había sido, por lo contrario, un gran factor de estabilización de los sistemas políticos que adoptaron la universalidad del voto para la escogencia de la representación popular.

Tal plataforma histórica sirvió para que asentara una predicción: que el mismo temor ancestral, que ahora se manifiesta en algunas opiniones respecto de la democracia participativa, finalmente se revelaría como nueva equivocación. La tendencia global, así la calificó, a la mayor participación de los ciudadanos en la toma de decisiones públicas no sólo podía considerarse irreversible sino que, al igual que el voto universal, terminaría siendo en verdad un proceso socialmente benéfico y una fuente de estabilidad política.

De este sucinto y grueso examen de la más reciente evolución de la política democrática extrajo también una advertencia: por poner siempre la atención sobre lo que tenemos en las narices—el próximo ciclo electoral, por ejemplo—dejamos de emplear deliberación y raciocinio sobre los temas de mayor penetración temporal.

Naturalmente, no dejó de referirse de todos modos a la disyuntiva de participar o no en las elecciones previstas en principio para el próximo 3 de diciembre. Registró que la mayoría de las personas que se acercan a preguntarle qué va a pasar en Venezuela, cuál será nuestro futuro político, lo hacen desde la posición de observadores pasivos. Por esto tiene a mano una sencilla respuesta: el futuro dependerá de nuestras acciones, de lo que hagamos para hacer más probable lo que queremos que ocurra y de lo que hagamos para reducir la probabilidad de lo que no queremos que ocurra. Sin ninguna clase de agitación emocional, serenamente, pero también sin ningún género de dudas, recomendó la participación electoral en los próximos comicios presidenciales. Pero habiendo hecho referencia a un modelo particular de la teoría de los juegos, igualmente recomendó una estrategia mixta: junto con la participación debe darse la lucha por mejorar las condiciones del sistema electoral.

Antes había expuesto su parecer sobre el tema del liderazgo. Opinó que los procesos planetarios de cambio en la actividad política requerirían una nueva clase de líder: uno que no tuviese temor a la confrontación de ideas y a la presentación de cuentas al electorado (accountability). Y pronosticó: al inicio estos líderes de tipo cualitativamente distinto deberán superar el rechazo que su conducta no convencional generará; deberán vencer esa resistencia. Al oírle vinieron a mi memoria las palabras de Stafford Beer: «Los actores aceptables ya no son competentes, pero los actores competentes no son aceptables todavía» (En su libro Platform for Change, Wiley, 1975. Diez años más tarde el suscrito se apoyaba en el aforismo de Beer para afirmar: «…la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores. Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos»).

Su visión de avezado estudioso considera de algún modo inevitable la terminación del actual régimen. La ambiciosa y agresiva acción del actual gobierno no tiene lugar en un mundo en el que exista una superpotencia con la que esté alineada y le proteja, como fue el caso de Cuba, cobijada bajo la fortaleza de la Unión Soviética.

Por la razón antecedente adelantó un deseo, formulado una vez más sobre una observación de la historia política mundial: que al derrumbe del sistema soviético Rusia había buscado una transición brusca, impaciente y pendular del sistema comunista de propiedad pública de los bienes de producción a un esquema de mercado. La consecuencia: que la economía rusa pasó a ser dominada por mafias. En cambio nos invitó a considerar el proceso de China; el liderazgo de este país está construyendo una nueva nación, ciertamente capitalista en su economía, sólo que sin apresuramiento. El Dr. Njaim formuló la esperanza de que nuestra próxima transición política no sea acometida como la rusa, sino a la manière chinoise. Tal vez, digo, hayamos aprendido de la imposibilidad de un bandazo al extremo contrario con el obvio resultado negativo de la pretensión de sustituir a Chávez Frías por Carmona Estanga, en abril del año aciago de 2002.

En suma, una lección de sabiduría y seriedad de quien no en vano es hoy miembro destacadísimo de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela. Gracias, profesor Njaim.

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FS #86 – Récipe antiguo

Fichero

LEA, por favor

El 24 de diciembre de 1952 fue emitido un comunicado del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de Acción Democrática, que era entonces un partido proscrito e impedido de acción legal por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Impreso clandestinamente, como muchos documentos políticos de la época, no podía alcanzar las páginas de los periódicos y debió ser repartido, con grave riesgo para los distribuidores, de forma igualmente clandestina. Este largo texto, firmado por Alberto Carnevali en su carácter de Secretario General, es reproducido íntegramente en esta Ficha Semanal #86 de doctorpolítico.

El título del comunicado rezaba: «A la rebelión civil llama Acción Democrática». No existía en el texto de la constitución vigente—la del 5 de julio de 1947—un artículo equivalente al 350 de la actual, ni tampoco lo habría en la siguiente, aprobada por una asamblea constituyente controlada totalmente por el perezjimenizmo el 11 de abril de 1953. Sería la misma asamblea que en este último año elegiría—según lo previsto en la segunda disposición transitoria de la constitución hecha a la medida del tirano—a Marcos Pérez Jiménez como Presidente de la República, en acto que clausuraba la vigencia de la junta militar.

La redacción del documento no puede ocultar la exageración retórica, característica de la época y de un barroco estilo acciondemocratista, del que su mayor cultor fue el propio Rómulo Betancourt—«obsoleta y periclitada»—y que hasta años relativamente recientes era la marca de fábrica del churrigueresco discurso de David Morales Bello. Pérez Jiménez no tuvo escrúpulos ante el asesinato político, ciertamente, pero es más cercano a la verdad afirmar que sufría una recrecida ansia de poder, y no como dice Carnevali, quien aseguraba que el dictador tenía una «insaciable sed de sangre».

Pero es interesante constatar cómo es que aun ante un régimen tan evidentemente autocrático como el presidido por Pérez Jiménez, el CEN de AD consideraba importantísima la participación ciudadana en los actos electorales (específicamente el de 30 de noviembre de 1952), y más bien echaba en falta la imposibilidad de que Acción Democrática lo hiciera en virtud de su proscripción. («No obstante que a nuestro Partido no se le permitió presentar candidatos… el pueblo resolvió el grave dilema en que se le colocó, votando contra la tiranía del Coronel Pérez Jiménez. Todos los partidos políticos, todos los sectores sociales, todos los hombres y mujeres sin partido, los miembros de la nación entera barrieron en esa contienda las inmorales insignias del FEI, el maltrecho aparato electoral que la dictadura había fabricado con los ilícitos recursos de la coacción vejatoria, el soborno y la corrupción política»).

Rómulo Betancourt se había opuesto a ir a votar, considerando que no se sufragaba por Acción Democrática sino por Unión Republicana Democrática, el partido de Jóvito Villalba. Al final, sin embargo, prevaleció el criterio de Carnevali, y así declaró Betancourt: «Nuestra gente, a última hora, votó… Estuve de acuerdo con ese viraje, adoptado en vísperas mismas de los comicios…» Es decir, un tardío viraje exactamente opuesto al anunciado por Henry Ramos Allup a pocos días del 4 de diciembre pasado. Eran, por supuesto, circunstancias distintas a las de ahora, así como Carnevali, quien después sería una de las víctimas emblemáticas de la dictadura, era persona muy distinta a la de Ramos Allup.

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Récipe antiguo

La amañada consulta electoral del 30 de noviembre se tradujo en una rotunda condenación plebiscitaria de la tiranía del Coronel Pérez Jiménez. No obstante que a nuestro Partido no se le permitió presentar candidatos, excluyéndose así arbitrariamente a la organización política que en tres ejemplares elecciones anteriores había demostrado que representaba legítimamente a la mayoría popular venezolana; no obstante la exclusión de algunas fuerzas minoritarias; a pesar de las dificultades interpuestas por la violencia policial contra los partidos legales de oposición que participaron en la batalla comicial; y pese a que el gobierno pensó utilizar la institución del voto obligatorio como un recurso general de coacción contra los electores, el pueblo resolvió el grave dilema en que se le colocó, votando contra la tiranía del Coronel Pérez Jiménez. Todos los partidos políticos, todos los sectores sociales, todos los hombres y mujeres sin partido, los miembros de la nación entera barrieron en esa contienda las inmorales insignias del FEI, el maltrecho aparato electoral que la dictadura había fabricado con los ilícitos recursos de la coacción vejatoria, el soborno y la corrupción política.

Esos votos consignados por el pueblo el 30 de noviembre no buscaron el triunfo exclusivista de ninguna organización política en particular, sino el de todas las fuerzas políticas con raíces verdaderas en la entraña popular. Buscaron la recuperación de la soberanía nacional y la reconquista de la libertad para todos los venezolanos. Buscaron la paz y la armonía de la nación, criminalmente rotas por el absolutismo. Esos votos condenaron severamente el salvaje predominio despótico de la camarilla militar del Coronel Pérez Jiménez. Hablaron el justiciero lenguaje de la protesta contra el terror colectivo, en favor de los miles de víctimas impotentes del mortal campo de concentración de Guasina, de las torturas físicas y morales, de la prisión y del exilio, del desempleo, de la arbitraria cesantía impuesta en el trabajo por la discriminación política, y del ultraje soez de las bandas policiales que a diario atropellan los hogares y vejan a las familias en todos los rincones del país. En esas urnas electorales fue consignada la enardecida indignación general por el asesinato a sangre fría de nuestro inolvidable dirigente Dr. Leonardo Ruiz Pineda y de otros abnegados combatientes de la resistencia popular. A esas urnas fue, en resumen, la limpia voz condenatoria de toda la nación, que repudia en todos los tonos a la minúscula y engreída camarilla de jefes militares ambiciosos, empecinados en continuar escarneciendo a la soberanía popular y envileciendo a la República.

Pero la enfermiza obsesión de mando del Coronel Pérez Jiménez lo ha arrastrado a desoír jaquetonamente la admonitiva voz de la nación, en un temerario desafío que habrá de ser decisivo y mortal para la liquidación implacable del despotismo. Contra la opinión de cerca de dos millones de personas que representan la plenitud de la conciencia política del país; ignorando desvergonzadamente que la totalidad de los sectores sociales de la nación lo desprecian y lo detestan, el Coronel Pérez Jiménez infirió el dos de diciembre corriente un nuevo e insólito ultraje a la dignidad nacional, al pisotear—con las típicas botas del bárbaro ignorante y vesánico—la ingenua expresión de la soberanía de todo un pueblo. En un burdo y repulsivo sainete político que ha sido una vergüenza para todos los venezolanos, los representantes de las fuerzas armadas nacionales—los personeros de los hombres encargados de custodiar las armas de la República para la defensa de la soberanía del pueblo—se prestaron dócilmente para que se consumara un nuevo atentado nacional contra el propio pueblo. Contando única y exclusivamente con el pregonado respaldo de las fuerzas armadas, Pérez Jiménez se colocó con impúdico desenfado los arreos de dictador exclusivo, declarándose Presidente Provisional al mismo tiempo que ordenaba—también con el alegado respaldo de las fuerzas armadas—que se destruyeran las actas electorales de los Estados para borrar toda huella del resonante triunfo popular, y para designar con actas falsificadas, una asamblea constituyente ficticia, espuria, integrada exclusivamente por sumisos pordioseros del servilismo nacional, reclutados por el FEI en las más bajas esferas de la corrupción política implantada por el propio régimen.

Y en represalia por haber obtenido los partidos de oposición la casi totalidad de las curules de la Asamblea Constituyente que fue anulada delictuosamente, la dictadura movilizó de inmediato su siniestra maquinaria policial contra los partidos URD y Copei, al mismo tiempo que pelotones de las fuerzas armadas eran preparados o movilizados para contener a las masas populares que en Caracas y otros lugares del país, especialmente en las zonas petroleras, demostraban su airada protesta por la brutal manera como se arrebataba una vez más al pueblo el limpio triunfo de su soberanía. Los locales de Unión Republicana Democrática—partido que obtuvo la crecida proporción de 67 de los 103 representantes a la Constituyente—fueron saqueados y clausurados por las gangsterianas bandas de la Seguridad Nacional. Algunos dirigentes nacionales y decenas de líderes regionales de ambos partidos fueron detenidos junto con los nuevos centenares de militantes de Acción Democrática y de otras organizaciones populares. Y entre tanto, los equipos directivos nacionales de ambos partidos legales de oposición empezaron a ser sometidos a la grosera presión directa del Coronel Pérez Jiménez, quien, amenazándolos con represalias del ejército, ha pretendido que ambas organizaciones claudiquen ignominiosamente concurriendo—con las míseras minorías que les asignaron caprichosamente en el fraude insólito—a la grotesca caricatura del parlamento constituyente que el gobierno pretende instalar el próximo enero con una indecente y falsa mayoría del FEI. Y para garantizarse la anulación práctica de Unión Republicana Democrática como partido de mayoría parlamentaria, le fue asignada en el fraude a esta organización solamente la ridícula minoría de 29 representantes, y casi todos sus dirigentes nacionales fueron expulsados violenta y aceleradamente del país, a las pocas horas de haber caído en una inicua celada policíaca, cuando el delincuente político, reo de la falsificación de las actas electorales, que ahora ejerce el Ministerio del Interio! r, los c itó «bajo su palabra de honor» para que concurrieran a una nueva entrevista relacionada con la rechazada proposición de complicidad en la farsa parlamentaria que se proyecta.

Igualmente cínica ha sido la maniobra de Pérez Jiménez en los medios castrenses. Algunos de sus emisarios anunciaron en forma escueta y descarada a la oficialidad reunida expresamente en los cuarteles, que el gobierno había perdido las elecciones. Pero agregaron la mentirosa versión de que los partidos políticos planeaban disolver el ejército y asesinar a las familias de los oficiales, y que para evitarle este caos a la nación, el Coronel Pérez Jiménez «se sacrificaba» asumiendo el control absoluto del poder. Otros voceros del inescrupuloso Coronel, conocedores del franco ambiente de repudio existente en los cuarteles contra la ola de crímenes políticos del régimen, agregaron canallescamente una desfigurada explicación sobre el cobarde asesinato de nuestro inolvidable compañero Dr. Leonardo Ruiz Pineda. Pero no dijeron una palabra sobre el sadismo criminal con que—desde el día siguiente al del monstruoso crimen, cuando fuera a reclamar el cadáver de su marido—se ha mantenido sometida al vejamen de un cruel secuestro en una sórdida celda de la Cárcel Modelo de Caracas, a su abnegada y afligida esposa, la señora Aurelena de Ruiz Pineda, ni tampoco informaron por qué ha perseguido la Seguridad Nacional con vandálica saña a sus dos inocentes hijitas de cinco y tres años de edad. Y, no obstante que se habló mendazmente de amenazas contra oficiales y sus familias, tampoco se explicó por qué fue echado del país en estado pre-agónico el Teniente Coronel Mario R. Vargas para que en el extranjero muriera abandonado de todo auxilio del Ministerio de la Defensa, ni se dijo por qué se tiene condenada al exilio inclemente en España a su viuda y a sus pequeños hijos. Menos aún se dijo una sílaba sobre el repulsivo asesinato del Teniente Coronel Delgado Chalbaud, ni sobre los constantes vejámenes que los personeros del régimen han inferido a su viuda para obligarla a guardar silencio sobre la complicidad de Pérez Jiménez en el crimen o para forzarla a abandonar el país. Olvidaron asimismo los acuciosos heraldos del d! éspota e xplicar por qué, si éste es el salvador de la integridad de las fuerzas armadas, han sido echadas de sus filas decenas de oficiales y se ha privado a sus familias de los normales auxilios económicos establecidos en la carrera, y por qué un importante grupo de mayores, capitanes y tenientes están sometidos a infamante prisión desde hace más de un año en varias cárceles y penitenciarías del país, sin que hayan cometido delito alguno ni como oficiales ni como simples ciudadanos.

En general, los oficiales no fueron consultados sino «notificados» de este segundo crimen nacional contra la soberanía popular, como si el ejército fuera un dócil rebaño de hombres armados, que no tuvieran ni criterio ni sentimientos que tomar en cuenta. Y en los pocos cuarteles donde se hizo un simulacro de consulta, los jefes se cuidaron bien de no trasmitir «a la superioridad» la verdadera respuesta de la mayoría de los oficiales, rotundamente contraria al desconocimiento de la voluntad electoral. Y como la institución armada está siendo convertida en un bando político personalista, nada se averiguó tampoco sobre lo que piensa el personal de tropa, que es la mayoría de ese cuerpo. Nada se indagó sobre lo que sienten esos miles de venezolanos—en su totalidad hombres del pueblo—que ahora visten provisionalmente uniforme militar pero que regresarán mañana a sus hogares—a los hogares azotados crónicamente por el desempleo y el hambre y victimados con harta frecuencia por la Seguridad Nacional—a reunirse con sus miles de hermanos y demás parientes que el 30 de noviembre votaron contra la tiranía del jefe del ejército.

Pero los militares venezolanos saben ya hasta la saciedad que su dignidad de hombres y su decoro de profesionales de las armas han sido vergonzosamente comprometidos ante la conciencia nacional y ante la opinión internacional por la desenfrenada y deshonesta ambición de mando y la insaciable sed de sangre de su jefe principal. Ya a ningún venezolano con uniforme militar puede quedarle duda alguna de que Pérez Jiménez no está usando el ejército para defender las instituciones de la República, sino como un agresivo cuerpo de persecución política contra todos los demás venezolanos de las mas variadas condiciones sociales y de todas las convicciones políticas. Es difícil que no se puedan dar cabal cuenta de que—además de que debe dolerles el sufrimiento de su propio pueblo—están sufriendo grave mengua su valor, su honor y su caballerosidad, señalados como atributos indispensables de los hombres de armas. Porque escaso o ningún brillo pueden tener tales atributos cuando la institución armada es arrastrada al deshonor y la desvergüenza, al obligársela—sin protesta—a proteger la impunidad de los crímenes políticos de Pérez Jiménez y al dejársela utilizar para atropellar a un pueblo desarmado, contando exclusivamente con la desigualdad de la fuerza material. También en los cuarteles está imponiéndose esta terrible verdad; con excepción de los espías de la Seguridad Nacional y de la Inteligencia Militar y descontando algunos jefes ambiciosos corrompidos, todos los sectores de la nación repudian con la mayor energía la aciaga gestión tiránica del Coronel Pérez Jiménez. No ha sido simple casualidad o mero accidente que han estallado violentos brotes insurreccionales en algunas guarniciones del país, como ocurrió hace algunos pocos meses en Boca del Río y en Maturín. Pérez Jiménez, no obstante que ha hecho hipócrita alarde de la tesis «institucionalista» y del «apoliticismo» de las fuerzas armadas, ha demostrado en la práctica que sólo lo mueve un insano exclusivismo personalista y arbitrario, y que sólo lo guían! sus int ereses políticos anti-populares para hacer discriminación ante los oficiales a la hora de designarlos en cargos y posiciones, prefiriendo con frecuencia a los de menores méritos e inadecuada jerarquía. Y el estado explosivo de los ánimos castrenses es tan evidente, que el intranquilo e inseguro Coronel se ha visto precisado a ordenar subrepticiamente la creación de unos cuerpos armados irregulares, bajo el comando de los espías de la Seguridad Nacional y de la Inteligencia Militar, para usarlos como tropa de choque contra el ejército. Dos millones de hombres y mujeres han sido ofendidos groseramente por el obseso dictador al pretender silenciar de un sablazo el multitudinario grito de libertad de los comicios de noviembre. Y por vergüenza nacional, por la dignidad de hijos de una patria que se ha enorgullecido siempre de la gallarda valentía de sus hombres, no nos queda otro camino que declarar un estado de rebelión permanente contra la dictadura. Será «la rebelión legítima contra sus opresores», de que nos hablan los más elevados principios políticos de todos los tiempos y, sobre todo, la que nos enseña el ejemplo glorioso de los más dignos pueblos del mundo. Y a los militares venezolanos se les presentará un dilema histórico y decisivo: o ensangrentar las armas que la República les ha confiado para la defensa de la soberanía, asesinando cobardemente a un pueblo inerme para defender los crímenes de Pérez Jiménez, o sacudirse en cambio la ignominiosa coyunda del déspota, colocándose valientemente al lado del pueblo, en la posición que les señalan el decoro y el patriotismo.

La vasta empresa de la recuperación de la soberanía no corresponde a un solo partido, sino a todos. Y no es deber exclusivo de los partidos, sino de todos los hombres y mujeres de la nación. Porque a todos está dirigido el reto del absolutismo, al pretender consolidarse instalando una constituyente adulterada y servil, para que le apruebe el gigantesco despilfarro de los ocho mil ( 8.000) millones de bolívares malbaratados en cuatro años; para que le encubra la siniestra ola de crímenes políticos, y para que le legalice la proyectada entrega a precio vil de nuevas concesiones petroleras y del hierro a la insaciable voracidad del sojuzgador capitalismo extranjero. Contra todos se ensañará ahora el terror policíaco y de todos los partidos serán los nuevos y numerosos hogares a quienes afligirá en adelante esta intolerable desgracia nacional.

Todos los venezolanos, y especialmente los dos millones de personas a quienes se les ha atropellado miserablemente su voluntad comicial, estamos comprometidos por dignidad en una histórica cruzada nacional; la demolición del podrido andamiaje de la dictadura pérezjimenista y la formación de un gobierno provisional de equilibrio político. Un gobierno de armonía nacional, con participación de diferentes partidos y de individualidades independientes, que representen la expresión mayoritaria de la nación del 30 de noviembre. Un gobierno que tenga objetivos bien definidos; que restablezca las libertades públicas, que retire al ejército de su actual plano de indebido predominio político y lo coloque en su función natural de cuerpo técnico profesional, y, por último, que encauce a la nación definitivamente hacia el sosegado ejercicio de su soberanía, de modo que el pueblo pueda elegir libremente a quienes deban dirigir en firme la transformación democrático-revolucionaria del país hasta lograr plenas y satisfactorias condiciones de bienestar social y una adecuada independencia económica en el campo internacional.

Al lado de los demás partidos, Acción Democrática tiene señalado—por su inflexible trayectoria revolucionaria y por su capacidad combativa—un papel primordial en esta decisiva cruzada de la liberación nacional. Y para cumplirlo honrosamente, propiciamos de la manera más resuelta un permanente estado de rebelión civil, una indesmayable ofensiva de oposición popular, que mantenga agresivos y encrespados los ánimos de todos los venezolanos contra la humillación de que somos víctimas, para impedir en todo momento que la dictadura de Pérez Jiménez se estabilice sin resistencia. Una rebelión de opinión que obligue a las fuerzas armadas—mediante la poderosa presión de todos—a libertarse también ellas del deshonroso dominio personalista y sanguinario de Pérez Jiménez, o que logre abrir ancho cauce para el estallido de una vasta e incontenible insurrección popular, a fin de que sean las honestas manos del pueblo las que despedacen implacablemente el ya desquiciado aparato inmortal del absolutismo.

Dentro de breves días, las masas populares recibirán indicaciones precisas sobre las formas contundentes de iniciar esta nueva y más activa y beligerante etapa de la resistencia civil. Y para garantizar que ésta sea la acción permanente y coordinada de todos los sectores populares, de todos los demócratas del país, estamos acelerando la ejecución de las siguientes medidas.

Estamos implantando con rígida severidad un reajuste organizativo de nuestro aparato partidista—que tan victoriosamente ha resistido en estos cuatro años las tremendas y sanguinarias embestidas de la represión policial y la mas sañuda represalia moral y económica contra sus militantes—a fin de que responda con mayor agilidad, más firme resistencia en su contextura interna y mayor capacidad de movilización sincronizada de las masas, en esta decisiva batalla contra la dictadura. Por los canales confidenciales del partido están siendo transmitidas las instrucciones concretas sobre este plan reorganizativo. Debe responder a la consigna de que «ningún ciudadano podrá considerarse miembro de Acción Democrática si no milita activamente en su respectivo grupo político de base».

Al mismo tiempo, estamos estableciendo un ágil mecanismo de organización para movilizar a todos los hombres y mujeres sin partido que se están acercando a nuestras filas para pedir activa participación en la lucha por la liquidación de esta humillante etapa de nuestra historia nacional. Ante ellos, nuestro partido deberá actuar con gran amplitud de criterio, respetándoles las propias convicciones ideológicas, pero unificándolos en la lucha común por la recuperación de la soberanía, con la consigna de que «ningún ciudadano demócrata, aunque no milite en partido alguno, debe permanecer inactivo en la presente ofensiva contra la tiranía».

Luego, propiciaremos con todas las demás fuerzas políticas organizadas un plan de rebelión civil contra la dictadura. Buscaremos en esa coordinación «acción coincidente» de tipo práctico, conservando cada partido su independencia ideológica y su autonomía organizativa interna. Esta coordinación debe responder a la consigna de que «todas las fuerzas políticas están obligadas a hacer respetar la soberanía nacional con los medios de que dispongan».

Finalmente, debemos iniciar con audacia una implacable ofensiva de rebelión civil en todos los campos de la vida nacional. Todos los partidos, todos los hombres y mujeres, todos los venezolanos dignos debemos desatar una coordinada y certera acción multitudinaria hasta lograr poner a la tiranía de Pérez Jiménez en la mortal disyuntiva de reconocer la soberanía nacional o aniquilar sangrientamente a todo el pueblo venezolano. Actuaremos realistamente. Con clara conciencia de que nuestro poder no es otro que el gran poder de un pueblo enardecido porque se le ha vejado y se le ha humillado brutalmente. Actuaremos sin la menor vacilación. Sabedores de que el pueblo no tiene armas de guerra porque siempre confió ingenuamente en que las armas de los cuarteles eran para defenderlo y ahora están siendo utilizadas en su contra. Pero convencidos de que la gran tragedia política que entristece a la nación no permite plantearse el dilema simplista de combatir con armas o no combatir. Porque el patriótico reclamo nacional está concebido en otra forma inexorable: si no combatimos ahora hasta triunfar, el pueblo será esclavizado ignominiosamente por tiempo indefinido. El pueblo tiene que defender ahora mismo su libertad a cualquier precio y con los medios que tenga en sus manos. El pueblo tiene que combatir con sus propios recursos, los interminables recursos de la acción de masas que en nuestro país existen en condiciones invalorables para la conquista del triunfo. Somos la mayoría de la nación. Somos todo un pueblo. La dictadura está desasistida de todo respaldo social y de todo apoyo moral. Una indoblegable decisión de lucha alienta prodigiosamente nuestros corazones. Una fe desbordante enciende nuestra sangre. Contamos, en resumen, con preciosos factores humanos y morales suficientes para dotar nuestra capacidad de combate de un poderío mil veces más fuerte que las más aceradas corazas del despotismo.

Caracas: 24 de diciembre de 1952.

Por el Comité Ejecutivo Nacional de ACCIÓN DEMOCRÁTICA,

Alberto Carnevali

Secretario General

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LEA #177

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Se cuenta que en una conversación del Conde Ciano, Ministro de Relaciones Exteriores de Italia, y su suegro, el Duce, Benito Mussolini, se tocaba el punto de los gases empleados como arma de guerra. Mussolini habría preguntado entonces a su yerno si sabía cuál era el gas más peligroso de todos. Por supuesto, un avisado Ciano no se atrevió a decir que conocía la respuesta, lo que permitió al dictador anunciar triunfalmente: «El incienso, Ciano, el incienso».

Pero hay más de una variedad de incienso, como se prodiga en múltiples y arrastradas ocasiones al actual Presidente de la República. De todos los tipos de adulación posible es seguramente el peor aquel que proviene de un intelectual, así sea éste más bien un pirata vocacional.

En la edición del domingo 12 de febrero del diario Últimas Noticias, periódico que recibe una millonada diaria por avisos de prensa del gobierno, un ejemplo particularmente rastrero es el artículo firmado por Luis Britto García, quien entreteje una sarta de inexactitudes y mentiras formalmente ingeniosa.

El tema es el del espionaje, y el texto fue concebido a raíz del incidente de la expulsión del agregado naval norteamericano, que fue predicado precisamente sobre el cargo de espía. El artículo concluye, justamente, en alusión directa a este caso, cuando sugiere que Venezuela financia al National Endowment for Democracy, a Súmate y a «asesores navales destinados a aniquilarnos» mediante el acuerdo que impide la doble tributación.

Antes asegura que sistemas de espionaje electrónico como Echelon (que traduce por escalón en lugar de escalafón) «podría acabar en horas con el narcotráfico, la legitimación de capitales, el crimen organizado y el tráfico de armamentos», y que como «no lo hace, es porque está a su servicio».

Objeta, asimismo, al Sistema de Información Central de Riesgos (SICRI) del sistema financiero nacional, porque «puede condenarte a no poder volver a hacer una operación bancaria en tu vida». Aparentemente no está Britto enterado de lo que hacen las listas Tascón y Maisanta.

Desconfía del servicio ABA de CANTV (al que está suscrito, a juzgar por la dirección electrónica adosada en la página a su nombre, junto a una efigie con sonrisa de quien cree habérsela comido), y postula que Google Earth es un espía porque es capaz de mostrar en computadores personales «la imagen satelital de la azotea de su propia casa» en Caracas. No dice que igualmente el servicio hace lo mismo con una casa en Nueva York o en Londres. Antes ha afirmado: «Engendro de la Guerra Fría destinado a conectar las computadoras que debían aniquilar al mundo, Internet se dedica a prolongarla».

Justo al comienzo supera a todos los estudiosos de la Segunda Guerra Mundial cuando afirma que quien la ganó fue «Hans Türing, un introvertido matemático que descifró los códigos del Alto Mando Alemán». En su simplista exageración debe haber querido referirse a Alan Turing, sin la diéresis o alemana umlaut de su pedante y equivocada ortografía.

Luis Britto García, verdaderamente, no hala bolas sino hipérboles.

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