CS #177 – Delirio estratégico

Cartas

Hace no mucho (Ficha Semanal #69 de doctorpolítico, del 25 de octubre de 2005) se hacía aquí referencia a una reunión acaecida a mitad del año electoral de 1998, en la que se analizó en grupo el desenlace probable de la campaña y se discutió algunas posibilidades de intervención. Se trató de una reunión que tuvo lugar en horas de la tarde del miércoles 24 de junio, aprovechando el asueto por la conmemoración de la Batalla de Carabobo.

La reunión de siete personas fue convocada por un importante empresario venezolano, muy preocupado por los sondeos de opinión que ya a esas alturas indicaban que Hugo Chávez podía alzarse con el triunfo el 6 de diciembre de aquel año. Luego de exponer su personal evaluación, que incluía los motivos por los que consideraba—con toda razón—que la elección de Chávez sería desastrosa para el país, enunció una proposición general: «Lo que hay que hacer es una campaña inteligente, profunda y con mucho real para detener a Chávez».

De nada valió que uno de los circunstantes argumentara a favor de sumarse a la tesis de convocar una asamblea constituyente, como procedimiento para dotar al Estado venezolano de un nuevo «sistema operativo». (En analogía con el concepto informático. El proponente de la tesis sostenía que ese sistema operativo estatal se había hecho obsoleto, y que no se pasaba de Windows 1.0 a Windows 2000 poniendo parches acomodaticios al sistema antiguo, sino que se hacía necesario sobreimponer el nuevo sobre el viejo de una vez).

Ni siquiera se atendió la proposición porque también fuese evidente de los estudios de opinión pública que la idea de una constituyente había prendido en el alma nacional, y que ya una mayoría de los electores del país se había inclinado a favor de la misma. (El presidente Caldera también rechazó la invitación que se le hiciera de convocar un referendo consultivo, para preguntar al electorado si deseaba elegir un órgano constituyente, a pesar de que él mismo hubiese incluido la noción en su «Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela», su programa de gobierno de fines de 1993. En opinión del suscrito, una constituyente convocada por Rafael Caldera hubiera sido muy diferente de la que sería luego convocada por Chávez en 1999, además de que, como había comprendido la esposa del empresario anfitrión en día patrio, tal iniciativa «le quitaría una bandera a Chávez»).

Al término de la discusión, derrotada la proposición constituyente, se volvió al inicio para concluir que había que diseñar y ejecutar, para frenar a Chávez, una «campaña inteligente, profunda y con mucho real». (Para los momentos ya se había producido la polarización entre Chávez y Salas Römer, luego del desplome vertical de la candidatura de Irene Sáez—a quien alguien llamó Miss Titanic—y la evidente insuficiencia de la opción Alfaro Ucero, en quien los electores veían la encarnación de las peores prácticas políticas. Un destacado empresario de medios explicó la decisión de oponerse a la constituyente: «A mí no me importa si Salas Römer tiene o no la razón; si está equivocado o no; a mí lo que me interesa es que es el único que puede derrotar a Chávez, y por esto lo voy a apoyar, diga lo que diga». Salas Römer había dicho que la constituyente era «un engaño y una cobardía», y así se alineó en contra de la mayoría nacional que quería una constituyente y, por supuesto, perdió las elecciones, aunque no solamente por esa razón).

Es así como en la sesión del 24 de junio de 1998 estuvo el germen de una campaña anticonstituyente, que fuera administrada por una organización de maletín—La Gente es el Cambio—creada al efecto. Sólo uno de los asistentes a aquella reunión—encuestador de oficio—formó parte de su junta directiva. Esta organización antifaz contó, en efecto, con «mucho real». No menos de 1.800 millones de bolívares de 1998 (unos 3 millones y medio de dólares) fueron puestos a disposición de su campaña, que consistió en la muy numerosa transmisión de una media docena de fúnebres cuñas para televisión, en las que se aseguraba que una constituyente era una pésima idea. La «inteligencia» y la «profundidad» de esa campaña publicitaria estaba, se supone, en que evitaba el ataque directo a la candidatura Chávez, para enfilar contra la más llamativa de sus tesis: la necesidad de convocar una asamblea constituyente.

La «inteligente» y «profunda» campaña resultó ser un bumerán, el clásico tiro por la culata. En cuanto el habitante más lerdo de las barriadas escuchó la centésima séptima cuña, repetida en prime time por todos los canales de televisión, ha debido darse cuenta de que La Gente es el Cambio era en verdad la gente con mucho real, y rechazaría la propuesta contra la constituyente. («¿Por qué la gente con mucho real se opone a la constituyente? Yo como que voy a votar por mi comandante»? Irónicamente, una de las personas directivas de La Gente es el Cambio intentó postularse al año siguiente a la constituyente que había combatido con tanto denuedo. Proyecto Venezuela, liderado por Salas Römer, apoyaría también candidatos a la constituyente que tuvo antes por «engaño y cobardía»).

………

La relación anterior viene a cuento porque, muy temprano en este año electoral de 2006, se propaga por la psiquis oposicionista una buena cantidad de ideas igualmente «inteligentes» y «profundas», ocurrencias vistosas que sin embargo están destinadas al fracaso más rotundo. Y también porque es tesis persistente que criticarlas le hace el juego al gobierno, que no se debe criticar a nada o nadie que le haga oposición, porque sería preciso desacreditar al gobierno con cualquier cosa, así sea una mentira, y «no debemos pisarnos la manguera entre bomberos».

Es así como unos pocos han concebido el siguiente monstruoso récipe: que a Chávez es preciso oponerle alguien que sea aun más procaz que él; que ese personaje es el Conde del Guácharo; que debe aportarse un «pote» para aupar su candidatura presidencial. Es ésta una «solución» tan estúpida como aquella de la candidatura de Arias Cárdenas en 2000, que en «profunda» e «inteligente» evaluación estratégica fue considerada la mejor oposición posible a Chávez ¡porque era cuña del mismo palo!

Sin llegar a esos extremos dignos del teatro del absurdo, se ha generalizado demasiado una particular interpretación de lo acontecido el pasado 4 de diciembre con la elección de la Asamblea Nacional. La interpretación estándar va sobre las siguientes líneas: que «la sociedad civil» impuso a los partidos políticos de oposición una línea abstencionista—»No fueron los partidos, fuimos nosotros»—, que los partidos, en acatamiento a esa voluntad soberana, asestaron el golpe de última hora—el gobierno no tuvo tiempo de reaccionar—de su retirada o forfeit y que tal cosa determinó la voluminosa abstención del 4D; que esa abstención fue toda de oposición al gobierno y además se expresó en una serie de «mandatos» específicos, razones todas por las cuales el que el oficialismo controle ahora todos los escaños de la Asamblea ¡es un resonante triunfo para la oposición!

La sociedad civil no impuso nada a los partidos. Una fracción escéptica de la sociedad civil, opuesta al régimen chavista, había adoptado, es cierto, una postura abstencionista, y unos partidos venidísimos a menos, como en otras ocasiones—la «tarimitis» de una Plaza Francia militarizada, el paro de 2002-2003—no quisieron perder la escasa ascendencia residual que aún tienen sobre unos cuantos electores, las más africanizadas entre las abejas del enjambre ciudadano, y aprovecharon la oportunidad de una nueva «sintonía» con «la masa» para retirarse, como zorra de Samaniego, de unas elecciones que sabían perdidas.

Todas las encuestas anticipaban la derrota inmisericorde de los candidatos de oposición, además, dicho sea de paso, de una abstención muy elevada, con bastante antelación al retiro de aquellos candidatos. Henry Ramos Allup no hubiera podido presentar a la base de su partido, y al resto del país, otra cosa que una fracción parlamentaria de Acción Democrática muy reducida, marcadamente menor que la que actuó en la Asamblea Nacional del período que hace poco concluyó. Es decir, un descalabro mayúsculo y definitivo, letal. (Como fue aquí certificado—Carta Semanal #166, del 1º. de diciembre de 2005—obra en poder de doctorpolítico un correo electrónico proveniente de uno de los actuales precandidatos a la Presidencia, y fechado el 31 de octubre—un poco más de un mes antes del 4D—en el que se avisa: «…estamos preparando un retiro masivo de candidatos…» El hallazgo en hora nona de Fila de Mariches, respecto del registro en memoria de las máquinas de votar de la secuencia del voto, fue un golpe de suerte para una oposición que había obtenido del CNE, para su sorpresa, prácticamente todo lo que solicitaba públicamente con la esperanza de que Jorge Rodríguez se negara. La verdad es que esa oposición sabía que iba al sacrificio y buscaba desesperadamente un pretexto creíble para retirarse de la contienda).

Luego, ¿de dónde sacan ciertos análisis la conclusión de que toda la abstención del 4 de diciembre de 2005 se produjo a partir de un cuadre sólido con la oposición? Como se apuntó antes, las encuestas, unas más y otras menos, registraban una alta propensión a no votar desde un buen tiempo antes de la votación. Es más, el propio Chávez, en noviembre de 2004, luego de las elecciones de gobernadores del 31 de octubre, destacaba ante sus copartidarios reunidos en la Escuela Militar, que el enemigo a vencer era la abstención, que después calificó de estructural. (Por cierto, ¿cómo se explica que un CNE que es tenido por tramposo y adulterador, no atinó a ocultar las cifras de la abstención del 4 de diciembre, siendo que el único líder del proceso había señalado justamente que había que derrotarla?)

La abstención del 4 de diciembre fue el producto de múltiples razones que actuaron, unas aisladamente, otras en combinación, en la disposición de la abrumadora mayoría de los electores. Un cierto número, en efecto, se abstuvo de sufragar porque alberga una profunda desconfianza del árbitro electoral, y esta percepción se vio grandemente reforzada con el descubrimiento de Fila de Mariches ya mencionado. Otros, normalmente proclives al gobierno pero no demasiado entusiastas, en conocimiento de que la revolución obtendría todos los diputados aunque sólo fueran diez electores a votar, en virtud de la misma retirada opositora, habrán considerado que su voto no era críticamente necesario.

Pero esta publicación adelantó una interpretación distinta en su número 167 (8 de diciembre de 2005): que el gobierno no fue capaz de llevar a las urnas a más de la cuarta parte de los electores del país, que tal hecho significa que el gobierno sí es derrotable electoralmente, pero que igualmente el rechazo recae sobre la oposición organizada en partidos, y que no puede atribuirse a ésta ninguna victoria. («Pero el rechazo no fue solamente al sistema electoral impuesto, a un CNE que contemplamos incrédulos a distancia, por más que las encuestas y ahora los observadores internacionales hayan medido su poca credibilidad. La repulsa fue mucho más profunda que eso, el repudio generalizado fue en verdad a todo un teatro político de actores profesionales, un hartazgo y una ausencia que toma distancia de un combate cotidiano que ha terminado por hacernos anómicos, no participantes. Los venezolanos ya hemos asimilado que una política entendida como lucha por el poder, como incesante contienda, no resuelve nuestros problemas públicos»). Una candidatura ganadora en diciembre de 2006 tendría que cumplir más de una condición esencial, y una de ellas es que debe diferenciarse nítidamente de Chávez, pero igualmente de una oposición institucionalizada y convencional que continúa medrando y que junta no supera el diez por ciento del apoyo ciudadano.

En lo concerniente al famoso «mandato» del pueblo, expresado en la abstención del 4D, cabe señalar que la especie ha sido adoptada como «línea» opositora. Esto es, ya no es solamente una mera interpretación más o menos extendida, sino que en ciertos círculos se ha decidido vocearla de todo modo y manera. Varios son sus obvios y coordinados evangelistas: Carlos Blanco, María Corina Machado, en cierto modo Armando Durán y, lo más preocupante, una treintena de nombres al pie de un manifiesto fechado el 4 de febrero, hace doce días, en el que se sostiene que el 4 de diciembre de 2005 el pueblo emitió un inequívoco y múltiple mandato. Por ejemplo, dice el texto aludido:

«El 4-D el pueblo venezolano manifestó su voluntad de progresar y prosperar de manera sustentable, con igualdad de oportunidades para todos; así como superarse y ser dueño de su destino.

El 4-D el pueblo venezolano formuló su deseo de contar con una Fuerza Armada que garantice la independencia, la soberanía y la integridad del territorio nacional.

El 4-D el pueblo venezolano exigió el rescate de la Industria Petrolera para que se sitúe, nuevamente, entre las más poderosas, eficientes y productivas empresas del mundo.

El 4-D el pueblo venezolano invocó el cumplimiento de la cláusula federal y redimir las reformas políticas dirigidas a la descentralización y la paulatina desconcentración del poder político, como fórmulas de control social y garantía de libertad».

Con este mismo tenor se enumera un total de dieciséis mandatos específicos, que habrían sido declarados por el pueblo abstencionista, unánimemente opositor. Es obviamente un exageradísimo y falaz documento, y no se puede fundar un movimiento político sobre una mentira, no digamos dieciséis.

Preocupa entonces grandemente que nuevamente se proponga a la opinión pública, a esa entelequia a nombre de la que muchos pretenden hablar y llaman «la sociedad civil», una interpretación de la realidad completamente falseada que impedirá la formulación y puesta en práctica de una estrategia verdaderamente eficaz.

………

Pero no hay mal que por bien no venga. Probablemente sea una bendición que la irracionalidad política se manifieste muy tempranamente en este año; peor sería que estas matrices se fijaran en septiembre u octubre, cuando su inercia sería prácticamente irreversible. Es preferible que el absurdo aflore ahora, con suficiente tiempo para su agotamiento.

De nuevo, no se trata de torpedear una estrategia supuestamente ganadora: producir mediante una abstención predecidida, independientemente de lo que la Asamblea Nacional y el CNE concedan, una «crisis de gobernabilidad» que, se supone, algún factor de fuerza, local o foráneo, pudiera capitalizar, pues no sería posible salir de Chávez «por las buenas». Se trata, en cambio, de abrir los ojos de la ciudadanía que con suficiente razón quiere ya el término del oncológico experimento chavista, ante los peligros de una nueva estrategia incompetente y suicida.

Ahora, por ejemplo, Henry Ramos Allup ha anunciado que introducirá un proyecto de reforma a la Ley del Sufragio y Participación Política—por «iniciativa popular»—que deshaga lo contemplado en ésta en materia de automatización generalizada del voto. (El rector electoral Battaglini ya ha dicho que eso jamás será acordado, mientras Diosdado Cabello declara que no tiene inconveniente en que se haga un conteo manual universal paralelo al electrónico).

¿Qué va a decir Ramos Allup si esta última postura prevalece, cuando es obvio que presenta la reforma insinceramente para que le digan que no? Es bueno recordar que la ley que rige nuestros procesos electorales, y que dice en su artículo 154 «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado», fue producto del Congreso de la República de 1995, reformada en diciembre de 1997 por los mismos legisladores (para introducir el título sexto relativo a los referendos consultivos), y luego de nuevo por los mismos senadores y diputados en mayo de 1998, cuando artificiosamente se intentó la «astuta» maniobra de dividir las elecciones parlamentarias de las presidenciales de ese año, torpe maniobra que fue castigada el 8 de noviembre y el 6 de diciembre de este último año. No necesitamos más de estas astucias tácticas que, a fin de cuentas, fueron las que nos trajeron a Chávez para comenzar.

LEA

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FS #85 – Petición de renuncia

Fichero

LEA, por favor

En lenguaje de barriada, el suscrito tiene una «culebra», un problema personal con Hugo Chávez Frías. En 1991, muy preocupado por la eclosión de escandalosos casos de corrupción del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, y asimismo por una insidiosa matriz de opinión que cundía por entonces—o Pérez o golpe—escribí para El Diario de Caracas un artículo (Salida de estadista) en el que por primera vez (21 de junio) solicitaba la renuncia presidencial, bastante antes de que Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas se decidieran a recomendar lo mismo. (Con posterioridad al 4 de febrero de 1992).

El resto del año fue testigo de una acelerada erosión de la situación política. Tal desarrollo me llevó a reiterar la petición desde las páginas de El Globo, el periódico de Nelson Mezerhane, en unos cuatro artículos de fines de 1991 y principios de 1992. El último fue redactado poco después de una desafiante visita de Ernesto Samper a Venezuela, y fue publicado por El Globo el 3 de febrero de 1992, veinticuatro horas antes del golpe intentado por Chávez, Arias Cárdenas y el resto de conjurados del Samán de Güere. Por esta circunstancia esperé con algún temor una visita de la DISIP que nunca se produjo, creyendo que esa policía «política» supondría que yo estaba «dateado».

La verdad era que desconocía por completo lo que se preparaba, aunque en trabajo de septiembre de 1987 («Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela») hubiera anticipado lo siguiente: «Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aun antes, sería considerable». Era un error profético de 35 días.

Pero creía que la salida de Pérez debía buscarse por cauces enteramente constitucionales. Por eso recibí la asonada del 4 de febrero como un abuso público y como una afrenta personal del Sr. Chávez y sus secuaces, pues ya llevaba medio año en una insistencia que me había costado, y a mi familia, no pocos sinsabores y dificultades.

La Ficha Semanal #85 de doctorpolítico reproduce el artículo de marras, publicado con el título Basta, por El Globo el 3 de febrero de 1992.

LEA

Petición de renuncia

El presidente Pérez se ha ido.

El presidente Pérez se ha ido a los Estados Unidos y a Suiza. No puedo, pues, recomendarle personalmente que renuncie. Además, había algo de compromiso en la oración con la que cerré mi anterior artículo: «Por última vez, presidente Pérez, considere Ud. la renuncia». Es innegable que eso fue una promesa de no dirigirme a él para hablarle de ese tema. Pero no por eso debo dejar de opinar que es mejor que Carlos Andrés Pérez no continúe ejerciendo la Presidencia de la República de Venezuela.

El presidente Pérez ha dicho que no hablará sobre el Golfo de Venezuela. Ha prometido que no informará a los venezolanos sobre ese punto descollante de la política exterior venezolana hasta que no tenga algo que decir. Y como el presidente Pérez se niega a decirnos algo sobre el Golfo de Venezuela porque no tiene nada que decir, hemos tenido que atender la desatenta visita del presidente de Colombia, acompañado de su maja cancillera, porque él sí tiene que decirnos algo sobre el golfo. Como que sus fuerzas armadas están listas para apoyarle y supone que estamos en el mismo estado de apresto. Como que no reconoce que para Venezuela sea de importancia vital el asunto. Todo eso permite que nos digan el presidente Pérez en nuestra propia casa. Acto seguido, desaparece del país.

No puede haber evidencia más rotunda de que el presidente Pérez, en el ejercicio de la atribución que le confiere el ordinal 5º del Artículo 190 de la Constitución para «Dirigir las relaciones exteriores de la República…» las está dirigiendo muy mal. Si no hubiera otra cosa que criticarle, esta conducta y esos resultados ya serían motivo suficiente para exigirle su renuncia a la investidura que ha ido a ostentar afuera, otra vez.

Obviamente, hay muchas otras cosas que reclamarle y que se le están reclamando. ¿Cuántas protestas diarias se están dando en Venezuela? ¿A qué altura ha llegado el índice bursátil de la protesta nacional?

Concentrémosle

Pero cada una de esas protestas se ha venido expresando—con muchísima razón, porque el sufrimiento de muchos es largo, intenso y creciente—como exigencia a favor de necesidades parciales, fragmentadas.

En 1986 escribí lo siguiente, perfectamente aplicable a la situación actual: «… recordé una reunión que Caldera sostuvo con los empresarios del sector transportista a comienzos del período electoral oficial. En esa oportunidad Caldera llegó a presentar, como lo haría multitud de veces ante cada grupo de intereses específicos, una oferta especial y particular al sector: la creación del ‘Fondo Nacional del Transporte’. Comenté a raíz de ese episodio que había sido una doble equivocación: por un lado, era erróneo suponer que, en una época en la que los venezolanos ya estábamos bastante escamados con los grandes monstruos burocráticos, la promesa de uno más fuera una proposición excitante; por el otro, ya los ciudadanos teníamos la firme sospecha de que lo que andaba mal no era cada pieza por separado sino la armazón del conjunto, el Estado como un todo y, por ende, lo que se quería escuchar de los candidatos no eran promesas específicas al transporte o al deporte, sino remedios generales. El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia.»

De manera análoga debemos concentrar nuestra protesta sobre un problema general y cristalizar nuestra aspiración en un remedio de efecto también general. No nos va a resolver las cosas la monstruosidad burocrática de un «megaproyecto social» que no se ejecutaría completo en este período presidencial y que, por lo demás y gracias a Dios, no cuenta con los recursos necesarios. No nos resuelven los problemas las frescuras de los «dineros frescos» que Pérez no pagará, sino el pueblo a través de sus sucesores. No nos resultará que un día se decida cortar la producción petrolera en cincuenta mil barriles diarios y una semana después se anuncie que se aumentará en cien mil. Como tampoco que el presidente de nuestra república un día abra la boca sobre un tema delicado, al día siguiente se contradiga y un día más tarde declare que no dirá más nada sobre el asunto.

Pero tampoco nos hará bien pulverizar nuestro rechazo a Pérez en una miríada de reclamos, por más justos que éstos sean. Nuestro objetivo central y nuestro esfuerzo, hasta que tengamos éxito, ya no deberán dividirse entre el medio pasaje estudiantil, el agua de Guarenas, el control de cóleras, el sueldo del maestro o el aseador o el aviador o el médico; no deberán dispersarse entre el remedio del enfermo, la atención del infante, la pensión del anciano, la aprensión del delincuente, el trato del preso; no deberán desparramarse entre la preservación del Golfo de Venezuela, de los minerales de Amazonas, de tu vida o de la mía.

Ahora tenemos que lograr una sola cosa: que Carlos Andrés Pérez deje de mandarnos.

Febrero. 1992.

Ya está aquí, una vez más, febrero.

Esto es lo que debemos decir en febrero: que Carlos Andrés Pérez ha fracasado. Que no queremos su mando. Que nuestra armazón constitucional, por fortuna, tiene modo de suplirle. Que necesitamos de vuelta las facultades que le dimos, porque es él la encarnación y la síntesis de lo que no puede seguir siendo políticamente en Venezuela. Que todo eso lo hemos venido diciendo en las encuestas. Que no queremos esperar hasta febrero de 1994. Que la cosa es ya.

Por eso ahora, en febrero, cada punto de protesta, cada reivindicación, cada caso de dolor social, deberá expresarse en una sola exigencia: Pérez, hasta aquí llegaste. Que cada agraviado gremio, que cada centro estudiantil, que cada grupo de edad, que cada vecino se lo diga. Nuestra voz no debe conformarse con la pasiva representación de las encuestas, porque aunque ya sean todas las que certifican nuestro rechazo del presidente Pérez, eso no es suficiente. Como a Emparan, hay que decírselo activamente, directamente.

Ahora en cada marcha, en cada pancarta, en cada conflicto, en cada voz y en cada consigna, deberá decirse: Pérez renuncia.

No queremos más dolor innecesario. No queremos más vergüenza. No queremos que nos intente persuadir, una y otra vez, de que para alcanzar «…la mayor suma de felicidad posible» es preciso que seamos infelices.

Basta de paquete. Basta de financiarle sus campañas extranacionales. Basta de mermas al territorio. Basta de megaproyectos, sociales o económicos. Basta de megaocurrencias. Basta de megalomanía. Usted, señor Pérez, que hace no mucho ha tenido la arrogancia de autotitularse patrimonio nacional, tiene toda la razón. Usted sí es patrimonio nacional, historia nacional, cruz y karma nacionales. Por tanto es a nosotros a quienes corresponde decidir qué hacer con Ud. Por de pronto, no queremos que siga siendo Presidente de la República.

LEA

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LEA #176

LEA

En su época Simón Bolívar solicitó ayuda económica a los nacientes Estados Unidos de Norteamérica para sus menesteres políticos. ¿No debiera este gobierno, en su afán revisionista de nuestra historia, en su prurito nominalista, sacar del Panteón Nacional los restos del Padre de la Patria, ante aquella traición del Libertador? Claro que en esos tiempos no se había fundado todavía el National Endowment for Democracy (NED), pero traiciones son traiciones y dólares son dólares.

El caso penal de la Fiscalía General de la República en contra de los directivos de Súmate no resiste el menor análisis. Provisto de una lógica debilísima y necia pretende fundar su acusación en el primer párrafo del artículo 40 de la Constitución. («Los derechos políticos son privativos de los venezolanos y venezolanas, salvo las excepciones establecidas en esta Constitución»). Alejandro Plaz y María Corina Machado son, hasta donde sabemos, venezolano y venezolana.

Luego, ¿no recibió Hugo Chávez Frías muy importantes sumas de dinero de, por ejemplo, bancos españoles para sus menesteres políticos en 1998, los que incluían nada menos que el entierro de una moribunda constitución contra la que no pudo su abusivo alzamiento? ¿No es el mismo Chávez cuyo gobierno financia fuera de nuestras fronteras desde la politización de escuelas de samba hasta donaciones de combustible que buscan subvertir el orden democrático estadounidense?

La ridiculez de argumentar que 31 mil dólares entregados por el NED a Súmate pueden dar al traste con la gloriosa revolución venezolana, sólo es comparable a la del embajador Valero que rechaza el informe de la OEA sobre las elecciones porque lleva «malas intenciones»—¿es Valero tan penetrante como el Creador para entrar en el alma de Insulza y saber tal cosa?—o a la del ministro Izarra quejándose de que los norteamericanos aumentarán la información que la Voz de América destina a Venezuela, cuando en el peor de los casos tal cosa no es sino lo que exactamente pretende hacer Telesur en todo el continente.

La retaliación de Isaías Rodríguez contra Súmate, ordenada por Chávez y defendida en Washington por el obsecuente Valero puede ser, además, con la posible creación de mártires, un grave error político del gobierno.

Ahora bien, ¿dónde están, entre esa gente que dice defender a una Patricia Poleo que se fue de Venezuela, quienes quieran defender a una María Corina Machado y a un Alejandro Plaz que se quedaron a pelear?

LEA

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CS #176 – Dramatis personæ

Cartas

Luis Vicente León (león, león), el agudo y pedagógico Director de la encuestadora Datanálisis, ha escrito una serie de artículos para el diario El Universal, en la que examinó una baraja de posibles candidatos presidenciales que pudieran oponerse a la candidatura de Chávez. Primero mencionó a Petkoff, Smith, Salas Römer (como dupla) y Borges; últimamente añadió a Rosales al grupo. En general León hizo el inventario de cualidades—poco habló de inconvenientes o debilidades—de las distintas candidaturas. Llegado a nosotros el año electoral de 2006, esta publicación quiere exponer ante sus lectores su propia opinión acerca de estos nombres y algunas otras posibilidades, intentando ser lo más clínica que se pueda en el examen. Es decir, enumerado ese elenco, intentar una opinión responsable, una recomendación seria acerca del candidato preferible luego de un examen desapasionado.

La onda más reciente, como lo revela el último artículo de León, es la que ve en Manuel Rosales, el Gobernador del estado Zulia, la más conveniente de las candidaturas. Tal impresión se asienta, como es natural, en la exitosa carrera política del mandatario regional, que le ha permitido ser reelecto con holgada ventaja el 31 de octubre de 2004 mientras enfrentaba a un candidato oficialista. Junto con Morel Rodríguez, el Gobernador de Nueva Esparta, es uno de un escuálido par de gobernadores de estado que pudo sobrevivir la marea roja que sobrevino luego del referendo revocatorio del 15 de agosto de aquel año.

Además de tal mérito, la candidatura de Rosales es percibida como la de un operador político avezado, ducho en el arte de la política clásica, a la que se entiende en este caso como una actividad que es primordialmente de negociación y transacción. (Para el demócrata clásico el negocio político es, por encima de cualquier cosa, la búsqueda del poder en competencia con terceros actores para, una vez obtenido, emplearlo en la «conciliación de intereses» contrapuestos en el seno de la sociedad). Así, se supone no sin razón que un presunto sucesor del actual presidente confrontaría un dificilísimo ambiente político—aunque sólo fuera una Asamblea Nacional en la que no contaría con ningún respaldo—que debiera ser manejado por un «político profesional». En suma, las cualidades más destacadas de Rosales se resumen en su imagen de ganador y su experiencia política, a lo que habría que añadir su bondad como administrador o gobernante: a fin de cuentas los zulianos aprobaron su gestión al reelegirle.

En opinión del suscrito la candidatura de Rosales sería, a pesar de tan obvias ventajas, la más fácil de combatir por parte de Chávez. Más allá de la consideración de sus posibilidades como limitadas por un carácter excesivamente regionalista, Manuel Rosales es un rehén político. Nada puede ocultar el hecho de que cohonestó de forma pública y notoria el descomunal error del contrahecho decreto de constitución y programa del inconstitucional y efímero gobierno de Pedro Carmona Estanga. Delante de las cámaras de televisión, Manuel Rosales subió al estrado del Salón Ayacucho en Miraflores para rubricar, «en representación de los gobernadores de estado», la monstruosidad del 12 de abril de 2002.

Esto no es una anécdota sin importancia que puede ser desestimada. No se trata de un pecado venial que pudiera ser olvidado, sobre todo porque no lo ha olvidado el oficialismo. Antes de morir, Danilo Anderson había mostrado el tramojo a Rosales, al declarar poco después de la elección de gobernadores de 2004 que éste podía ser despojado de su investidura de gobernante zuliano justamente por antejuicio de mérito centrado sobre su participación en el carmonazo. De hecho, es la misma conciencia culpable y temerosa de Rosales lo que motivó que, sin perder un minuto, intentara comprar el olvido del incidente con el pago de una oferta conciliatoria. Así valoró el hecho esta publicación (#111, 4 de noviembre de 2004): «Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión… Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de ‘estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses’ y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado… Si éste es el héroe político que Rafael ! Poleo en carama en la portada de su revista ‘Zeta’, si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado tanto—el ‘ñero’ Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos».

Sólo quien sostenga la peregrina idea de que la mayoría del pueblo venezolano estuvo de acuerdo con lo acaecido el 12 de abril de 2002, podría creer que una candidatura de Rosales sobreviviría una campaña en la que Chávez removería inmisericorde la llaga de ese recuerdo. Es más, puede darse por seguro que de ser Rosales candidato, la diligente Fiscalía General de la República chavista iniciaría el proceso judicial contra el zuliano que Danilo Anderson avisó.

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De nuevo desde una plataforma estadal—Carabobo, «dónde empezó Venezuela»—continúa latente la candidatura duplicada de los Salas Römer, padre e hijo. Que se la entienda como dupla se debe al propio Henrique senior. Cuando a fines de abril de 2003 se creía que Chávez pudiera ser destronado por revocación de su mandato en referendo, y se avizoraba su sustitución por un «presidente de transición», Salas Römer se apresuró a posicionarse temprano. El argumento que presentó entonces—parece increíble al recordarlo—es que él era «gallo» y que había que ver si alguien era «más gallo» que él y que, además, en caso de que no fuera él quien debiera asumir el coroto podía ofrecernos otro «gallo» que era «el pollo». (Su hijo).

La imagen de los Salas, sin embargo, no es la de un triunfador como Rosales. «El gallo» fue derrotado por el mismo Chávez en 1998; «el pollo» por una candidatura tan incompetente como la de Acosta Carles. (Todavía hay quien sostiene que al «pollo» se le hizo fraude, pero éste mismo ha dejado de intentar la demostración necesaria). No es concebible que ninguno de los Salas pueda suscitar entusiasmo suficiente, ni que ninguno de ellos pueda ser contendor que pueda medirse con Chávez.

Sobre todo el mayor de los Salas es percibido como actor elitesco, distante del pueblo. A partir de su tendencia a hacer campañas centradas en eslóganes—»vamos a devolverle la sonrisa a Venezuela»—o de su inclinación por ideas más «ingeniosas» que correctas—celebrar el «caracazo» porque sería más democrático que el 4 de febrero—no es posible construir una alternativa sólida al planteamiento integrista de Chávez. Ninguna superficial cabalgata por las heroicas llanuras de Carabobo pudiese sustituir con ventaja psicosocial la apropiación chavista de la figura de Bolívar. Las postizas posturas de Salas, construidas en laboratorios mercadológicos que procesan incesantemente las encuestas—se le atribuye un talento especial para interpretarlas—no penetran en la imaginación popular, que le tiene por godo.

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Igualmente imbuido de ciencia mercadológica se presenta en el ruedo electoral Roberto Smith Perera, que ha iniciado una campaña vistosa, segunda edición de la que fuera originalmente de su antiguo jefe, Carlos Andrés Pérez. («Ese hombre sí camina»). Smith se ha dedicado a realizar enormes caminatas—Pérez jamás se atrevió a tanto—y a remachar unos pocos eslóganes, de los que el último es la publicitaria insistencia sobre el mágico número de diez millones. Dará, ha asegurado, diez millones de pasos en su periplo nacional, obtendrá diez millones de votos (igualito a como Chávez pretende), creará diez millones de empleos y producirá diez millones de barriles de petróleo por día.

Antes, este candidato Johnny Walker ha concebido que un tal «primerismo» es el sustituto ideológico trascendente que, superando al liberalismo y al socialismo (canónico o del siglo XXI), dejaría atrás la oferta principista de Chávez. Por eso habla de una tal «Venezuela de primera», como antes ofreció un estado «Vargas de primera», con «full» empleo—alguna convicción de publicista ha arraigado en su cabeza la noción de que decir «full» es preferible a decir pleno—pues la solución a nuestros problemas sería la construcción de un «país de primera».

La formulación es poco solidaria, por decir lo menos. En momentos cuando la conciencia extranacional se ha exacerbado en América del Sur, proponer que todo el asunto político es convertirse en país del «primer mundo» para codearse con Dinamarca o España, no deja de generar un cierto aroma clasista, insensible.

Pero es que la candidatura Smith es casi tan vulnerable a los ataques gubernamentales como la de Rosales. La retórica de Chávez se deleitaría con la insistente mostración de Smith como ministro de Pérez, como el privatizador de la CANTV—»entreguista a los intereses foráneos, imperialistas y salvajemente capitalistas»—, pero sobre todo como el Coordinador del Octavo Plan de la Nación, del propio «paquete», pues. Por supuesto que Smith puede presentar exactamente lo mismo como timbre meritorio, al destacar sus evidentes cualidades ejecutivas. (Fue el ministro más joven del gabinete y tanto en ese cargo, como luego en la esfera de la empresa privada con la fundación de Digitel, exhibió su excelencia gerencial).

Smith me ha recordado más de una vez a la figura de Diego Arria Salicetti, a quien alguna vez dijese que era «un poderoso emisor de señales políticas, que no de significados políticos». Smith es, sin embargo, tal vez el candidato que más se ha acercado a entender las condiciones estratégicas de una campaña contra Chávez, al proponerse la construcción de un mensaje positivo que no tenga como punto de partida la mera oposición. Si pudiese abrevar de fuentes que le proporcionasen profundidad, tal vez llegara a convertirse en un candidato correcto. Por ahora la vacuna de su vistoso arranque de campaña no parece haber prendido en la piel de la nación.

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Julio Borges fue el primero de los candidatos que se lanzó a la arena de la campaña presidencial, hace poco menos de un año. Por esto, y por su indiscutible tesón al frente de Primero Justicia, ostenta la primera posición—entre los candidatos opositores—en las encuestas que miden intención de voto, aunque siempre a no menos de veinte puntos por debajo de Chávez.

Si Primero Justicia quiere presentarse como una organización política que se diferencia de los partidos tradicionales de escasa democracia interna, tendría que explicar de qué instancia democrática ha salido la candidatura Borges. Ninguna asamblea o congreso del partido la ha decidido. Es el cogollo de Primero Justicia el órgano que ha asentido a las pretensiones de Borges. Cuando Gerardo Blyde quiso explicar alambicadamente por qué se retiraba Primero Justicia de las elecciones del pasado 4 de diciembre—pocos días después de haber anunciado alborozado que el retiro de las máquinas captahuellas era un triunfo de su organización que despejaba el camino hacia unas elecciones limpias—emitió la siguiente declaración: «¿Qué le ofrece Primero Justicia a los Venezolanos? Seguir liderizando a una nueva generación, consolidarnos como la alternativa democrática, construir una nueva mayoría donde tengan cabida todos los venezolanos y por eso con más fuerza y mayor compromiso con Venezuela nuestro candidato presidencial a la cabeza de Primero Justicia será la alternativa del nuevo liderazgo para la elección presidencial del 2006».

Pero esa misma decisión de retirada retiró algunos diques a la disensión interna en Primero Justicia, y permitió la emergencia de un posible competidor: el Alcalde de Chacao, Leopoldo López Mendoza. Cuando Alfredo Keller midió hacia el término del tercer trimestre del año pasado la percepción de liderazgo (no la intención de voto), Julio Borges obtuvo 40% de reconocimiento; Leopoldo López obtuvo 39%, para un virtual empate con su jefe partidista. López ha crecido, indudablemente, con el ejercicio de su cargo, pero no es probable que pretenda alzarse con la candidatura de Primero Justicia, a menos que la de Borges inicie un desplome vertical.

El mismo hecho de haber estado en la calle durante más de medio año sin superar un 15% de intención de voto revela, por otra parte, que la candidatura Borges no carbura. En otras ocasiones se ha razonado aquí que, en circunstancias de un hambre generalizada de liderazgo, el hecho de que Borges no haya superado las cotas alcanzadas por su figura, revela que es muy posible que no sea el inspirador que se requiere. Esto no debiera sorprender respecto de un planteamiento reducido, en esencia, a proponer que se requiere un cambio generacional y que él lo encarna. Por otro lado, aunque en menor medida que Salas, Borges es también percibido como una candidatura goda, representante de intereses de clase alta. A pesar de esto, su fresca trayectoria no permite un tratamiento oficialista que intente caricaturizarlo como candidato de «cuarta república».

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Teodoro Petkoff no ha terminado de decir oficial y públicamente que presentará su candidatura. No es un secreto, sin embargo, que ha puesto equipos a trabajar en esa dirección, estimulado por reacciones positivas a un recorrido nacional emprendido desde julio del año pasado, cuando aprovechara la publicación de su libro «Las dos izquierdas» para reunirse con audiencias diversas en una veintena de ciudades del interior.

La candidatura Petkoff se explica por la sensación de que la sucesión de Chávez no sería jamás un período normal, sino uno muy complicado, cuyo manejo se beneficiaría de un liderazgo de mucha experiencia, no ingenuo, no inexperto, profundamente conocedor de los actores que incidirían sobre tal período y sus intereses. La cantidad de estropicio causado por la administración Chávez es muy considerable, y por tanto requerirá una reparación inteligente. El porte de estadista reconocido en Petkoff pareciera calificarle para la tarea.

Adicionalmente, en una comprensión convencional de campañas electorales, éstas son vistas como combates, y allí se siente que Petkoff sería, en comparación con los enumerados, un candidato con mayor «pegada», un contendor que pudiera fajarse en el inevitable infighting con Chávez.

Más de una vez se ha citado acá el libro La marcha de la insensatez (The March of Folly) de Bárbara Tuchman. Es un libro escrito para soportar un epílogo, y en éste dice: «Aware of the controlling power of ambition, corruption and emotion, it may be that in the search for wiser government we should look for the test of character first. And the test should be moral courage». («En conciencia del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, pudiera ser que en busca de un gobierno más sabio debiéramos buscar primero una prueba del carácter. Y esa prueba debe ser la del carácter moral»). Petkoff exhibe—como es aparente igualmente en Borges—esa valentía moral. Dice lo que piensa con honestidad intelectual, sin reparar en costos de conveniencia. No torea para los tendidos, para complacer a un interlocutor o un auditorio.

Está Petkoff entre los poquísimos que han intentado una comprensión desapasionada del fenómeno Chávez, y no le niega el pan y el agua a partir de una postura prejuiciosa o incorrectamente satanizante. Luego, su izquierdismo no es un activo despreciable en un país que ostenta una patológica distribución de la renta, sin ser alguien que crea todavía en una socialización de los medios de producción como opción preferible a la de un mercado esencialmente libre, aunque adecuadamente vigilado.

Adicionalmente, Petkoff es bondadoso, cualidad que su hosquedad disimula. No traería a su gobierno una vindicta o un reconcomio. No presidiría ni toleraría una cacería de brujas. (Esta conducta, por lo demás, sería igualmente esperable en Smith y en Borges, en cuya sensatez puede confiarse). Si el casting de candidatos estuviera restringido al examinado hasta ahora, y si tuviera el suscrito que emitir una recomendación responsable, por las razones antedichas recomendaría a Petkoff por sobre los otros. Es más probable que él, antes que Rosales, Salas (cualquiera de los dos), Smith o Borges, pudiera sortear con éxito los muy complicados escollos de un eventual postchavismo. Tal vez es por esto que ha escuchado de influyentes personalidades la siguiente evaluación: «Teodoro: tú eres lo que hay».

El problema fundamental de la candidatura Petkoff es su posicionamiento en los estudios de opinión, que le adjudican índices de 1% o 1,5% de intención de voto a su favor, al tiempo que registran muy considerable rechazo a su figura. Puede imaginarse que una campaña correcta pudiera remediar esta difícil situación, pero en muy breve tiempo, después de su lanzamiento definitivo, se sabrá si la cosa camina. Si a las pocas semanas del inicio de su campaña no puede exhibir un crecimiento apreciable de su aceptación, habrá que buscar otro candidato.

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En la misma encuesta de Keller en la que López latía muy cerca de Borges, un registro que reconoce en Marcel Granier la cualidad de liderazgo le daba una posición muy destacada, por encima aún de la concedida a Petkoff o personalidades como la de María Corina Machado. En términos porcentuales y orden descendente de reconocimiento, Keller midió la atribución de esa cualidad así: Hugo Chávez, 61; Diosdado Cabello, 42; Julio Borges, 40; José Vicente Rangel, 39; Leopoldo López, 39; Manuel Rosales, 39; Marcel Granier, 31; Teodoro Petkoff, 25; María Corina Machado, 23; William Ojeda, 13; Roberto Smith, 6. Es decir, Granier aparece superado sólo por los candidatos Chávez, Borges y Rosales, mientras que supera a los candidatos Petkoff, Ojeda y Smith. (Dicho sea de paso, no analizaré acá la candidatura Ojeda por no poder hacerlo responsablemente, al disponer de muy escasa información acerca de su capacidad. En una impresión de bulto no me parece que sería un presidente capaz, al carecer de dimensión de estadista. No basta la valentía).

Pero una candidatura Granier sería una equivocación, la misma que se cometió al suponer que pudiera trocarse directamente a Chávez por el polo opuesto del Presidente de Fedecámaras en abril de 2002. Granier tiene una redondez y multimensionalidad casi equivalente a la de Petkoff, pero sería difícilmente tragable por un electorado que tal vez quisiera salir de Chávez pero no execrarlo con un bandazo pendular de opuesto signo.

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FS #84 – Recolector de yaguas

Fichero

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Para esta Ficha Semanal #84 de doctorpolítico se ha escogido una sección del libro Reconstruir la Sociedad Civil, en su capítulo La Democracia y la Tradición Política de Cuba, que fue escrito por Dagoberto Valdés Hernández. Valdés vive y lucha en Cuba por «un proyecto de educación cívica, pluralismo y participación». Nacido en Pinar del Río en 1955, se graduó de ingeniero agrónomo en la universidad de esa ciudad en 1980. Durante dieciséis años trabajó en la empresa tabacalera de Pinar del Río, en la que por cinco años presidió su Consejo Científico Asesor.

No es en la esfera técnica, sin embargo, donde destaca la labor de Valdés. Es, sobre todo, como intelectual católico que su trabajo llama la atención. Fue miembro laico de la presidencia del Encuentro Nacional Eclesial Cubano en 1986, participando como redactor del documento final de ese encuentro en su capítulo sobre Fe y Cultura. Al año siguiente fundó y asumió la presidencia de la Comisión Católica para la Cultura de la Diócesis de Pinar del Río y luego ejerció la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Episcopal para la Cultura. En 1993 fundó y dirigió el Centro Católico de Formación Cívica y Religiosa, así como la revista Vitral a partir del siguiente año. Visitó a Venezuela en 1995, cuando asistió a un encuentro organizado por la Conferencia Episcopal Venezolana y apoyado por la Fundación Konrad Adenauer. Antes había participado en el Congreso Mundial del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos (Pax Romana), celebrado en Roma en 1987 y en el Encuentro Latinoamericano del mismo movimiento en Lima. (1991).

Dagoberto Valdés Hernández es, asimismo, autor de libros (Félix Varela: Biografía del padre de la Cultura cubana, y La cultura cubana: raíces y proyectos), pero a pesar de tan sobresaliente trayectoria está orgulloso de trabajar, desde 1996, en una brigada de recolección de yaguas. (DRAE: yagua. Tejido fibroso que rodea la parte superior y más tierna del tronco de la palma real, del cual se desprende naturalmente todas las lunaciones, y sirve para varios usos y especialmente para envolver tabaco en rama).

El libro del que ha sido extraída la ficha de hoy fue editado en Caracas en 1997, y hace extensa referencia a la Declaración de Viña del Mar, de la VI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y Presidentes de Gobierno, especialmente a su primera parte: Gobernabilidad para una Democracia Eficiente y Participativa. A esta cumbre celebrada en 1996 asistió Fidel Castro Ruz, y el suave y pertinaz razonamiento de Valdés busca comprometerle con lo acordado en Viña del Mar. Es un ejemplo vivo de cómo es posible enfrentar una tiranía con un debate sereno y sin estridencias.

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Recolector de yaguas

Estos cambios que van ocurriendo en el mundo entero y que son característica de todo organismo vivo como es la sociedad, reciben diferentes nombres que, en mi opinión, no es lo más importante, pero que habría que asumir para designar a un fenómeno que, lo deseemos o no, está ocurriendo en la realidad objetiva. Nombrar lo que sucede en la realidad, como decía Martí, es «apearse de la fantasía» y asumir la vida.

El voluntarismo político no decide sobre la realidad como en ocasiones se desea, como tampoco decide el nombre con que le llamemos. Todo en la vida fluye, cambia, evoluciona; ninguna palabra debería ser canonizada, ni satanizada; unos. Como Jian Zeming en la despedida de duelo de Deng Ziaoping, llaman a estos cambios: «transición sosegada»; otros en la antigua Unión Soviética, le llamaron «reestructuración»; los presidentes de Iberoamérica le han llamado en su Declaración «proceso de cambio», «reformas en las instituciones políticas», «transformaciones para actualizar antiguas funciones», «redefinir las fronteras entre lo público y lo privado», «modernización y descentralización del Estado», «mejorar la calidad de la vida política» o «perfeccionamiento de la democracia».

En mi opinión, lo importante no es cómo nombramos los cambios, sino qué contenido tienen en la realidad. El cambio por el cambio no garantiza nada de por sí. Digámoslo claramente, aunque nos desconcierte: un cambio de gobierno o incluso un cambio de todo el sistema político no significaría nada, o casi nada, en sí mismo, si no va acompañado de un cambio más profundo y radical, el cambio del hombre.

En efecto ¿con qué personas se reestructuraría la sociedad si los hombres solemos guardar durante mucho tiempo en nuestro interior los modos y las estructuras de pensamiento que daban vida a las viejas estructuras políticas? ¿Con qué personas se llevará a cabo la transición hacia el perfeccionamiento de la democracia si los hombres y mujeres comunes del pueblo no saben, no están entrenados en la participación y el protagonismo democrático? En fin, si no hay cambio en el plano antropológico ¿con qué ciudadanos se formaría un verdadero pueblo que sustituiría a la masa y se convertiría en el protagonista de unas reformas que no se queden en lo cosmético, sino que vayan a lo esencial, que es el hombre mismo?

Por otro lado, la Doctrina Social de la Iglesia establece el nexo inseparable entre ética y política, entre democracia y eticidad, y al contemplar el permisivismo, la corrupción personal y administrativa, la drogadicción, la delincuencia organizada y otros males que desfiguran algunas de las democracias actuales asegura:

«Las normas morales universales… constituyen el fundamento inquebrantable y la sólida garantía de una justa y pacífica convivencia humana, y por tanto, de una verdadera democracia». (Veritas Splendor, No. 96).

El Santo Padre señala también otro tipo de peligro en cuanto a la relación estrecha que debe existir entre democracia y eticidad:

«Existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y por la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad… Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia». (Idem, No. 101).

He leído con admiración la crítica más contundente a la sociedad capitalista y a su sistema democrático, en un pequeño libro del actual Presidente de la República Checa, Sr. Václav Havel, que nos conduce a la esencia de los cambios y no nos deja distraernos con modelos y sistemas de la cultura occidental a la hora en que se descubre con más lucidez que el centro de todo sistema político es el hombre:

«En las sociedades democráticas,… está todavía por hacerse el cambio del principio de la política y algo tendrá allí que empeorar todavía más antes de que la política descubra su necesidad. En nuestro mundo, precisamente gracias a la miseria en que nos encontramos, la política ha hecho ya este cambio: comienza a desaparecer del centro de su atención la visión abstracta de un modelo «positivo» por sí mismo salvífico… y al final queda el hombre que sólo había estado más o menos sometido a esos modelos y esa praxis… Naturalmente, toda sociedad tiene que estar organizada de algún modo. Si su organización ha de estar al servicio del hombre, y no al revés, es necesario ante todo liberar a los hombres y abrirles así su espacio para organizarse plenamente; hasta qué punto es absurdo el procedimiento opuesto en que se organiza a los hombres así o asá (por alguien que sabe siempre a las mil maravillas «lo que el hombre necesita») para que puedan, según se dice, ser libres…» (El poder de los sin poder, págs. 88-89).

Éste es, en fin de cuentas, el gran aporte de aquellos pueblos que hemos experimentado ambas formas de organizar la sociedad y que no queremos volver atrás, sino avanzar hacia esos cambios que tocan la raíz del problema: cambiar al hombre y poner a la sociedad, a la economía y a la política a su servicio, y no al revés.

El aporte de la Iglesia en este esfuerzo por centrar los cambios hacia la democracia en la persona humana está muy claramente explicitado por el Papa Juan Pablo II en la Centesimus Annus: «Una ayuda importante, e incluso decisiva, la ha dado la Iglesia con su compromiso a favor de la defensa y promoción de los derechos del hombre. En ambientes intensamente ideologizados, donde posturas partidistas ofuscaban la conciencia de la común dignidad humana, la Iglesia ha afirmado con sencillez y energía que todo hombre—sean cuales sean sus convicciones personales—lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por tanto, merece respeto. En esta afirmación se ha identificado con frecuencia la gran mayoría del pueblo, lo cual ha llevado a buscar formas de lucha y soluciones políticas más respetuosas para con la dignidad de la persona humana. De este proceso histórico han surgido nuevas formas de democracia, que ofrecen esperanzas de un cambio en las frágiles estructuras políticas y sociales… Es ésta una responsabilidad no sólo de los ciudadanos de aquellos países sino también de los cristianos…» (C.A. 22).

El cambio más profundo hacia una nueva democracia es, pues, el cambio del hombre. La persona humana es el sujeto, el centro y el fin de todo sistema político auténticamente democrático. Entonces, la clave para evaluar si una sociedad es genuinamente democrática, no radica tanto en monitorear las estructuras como en comprobar si ellas están al servicio del hombre y si éste goza de espacios reales en ellas. No tanto en observar las elecciones, sino en comprobar si las personas están capacitadas para ser los protagonistas libres y conscientes de ellas. Sin personas libres y formadas para libertad no hay democracia eficiente y participativa como la postula la VI Cumbre Iberoamericana.

Dagoberto Valdés Hernández

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