Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (1)

El peñero Ugueto

El peñero Ugueto

La importancia de los temas fijados por Luis Ugueto Arismendi para esta sesión, así como la importancia propia del actual momento político nacional, me han inducido, por primera vez desde que asisto a esta peña, a preparar de antemano mi contribución de hoy. La traigo acá en el ánimo de una regla admirable de Paul Ricoeur, el extraordinario y profundo filósofo fallecido el año pasado. Dijo Ricoeur: “Para ser uno mismo, dialogar con los otros; para dialogar con los otros, ser uno mismo”.

Lo primero que quiero asentar acá es que no creo que haya esta tarde en este sitio alguna persona que haya expresado, de manera más drástica, directa y longeva que yo, el rechazo a la figura del actual Presidente de la República y la política que nos ha traído. Desde un artículo de prensa en el mismo mes de febrero de 1992, en el que expresé mi opinión, que permanece invariable, de que la asonada del 4 de febrero de ese año era un abuso inexcusable, por cuanto el derecho de rebelión no reside en un grupo o minoría cualquiera, no reside en Fedecámaras, no reside en la CTV, ni en la Iglesia Católica, ni en el Bloque de Prensa, ni en ninguna organización por más meritoria y elogiable que haya podido ser su trayectoria, y ciertamente no residía ese derecho en una logia de militares que juraran prepotencias solemnes ante los restos de un decrépito samán. El sujeto del derecho de rebelión no es otro que una mayoría de la comunidad, y cualquier grupo que se lo arrogue sin autorización de esa mayoría es claramente un usurpador.

Como he sentido la malignidad cancerosa del proceso Chávez desde su primera emergencia con toda claridad, no he dejado de rechazarlo y combatirlo con los recursos de los que dispongo desde ese momento. La enumeración de las instancias en las que he hecho esto sería un uso indebido del tiempo que tengo ahora, pero señalaré que en esa larga secuencia fui la primera persona que comparó públicamente a Chávez con Hitler, en octubre de 1998, durante la recta final de la campaña presidencial de ese año. Poco antes, por otra parte, había dicho personalmente al propio Chávez sobre su abuso de 1992 y que no debía seguir glorificando esa fecha que celebró otra vez el sábado pasado. Ya electo, en un acto público, y separado de su persona por unos dos metros, interrumpí su discurso para decir en voz tan alta como para que los circunstantes escucharan perfectamente que él estaba completamente equivocado en su concepto constituyente.

Hago esta salvedad porque es experiencia repetida que quienes difieren de ciertas interpretaciones estándar, que quienes se atreven a criticar a la conducción ostensible del proceso opositor, son tenidos por poco menos que traidores, y en el mejor de los casos por ingenuos comeflores que no han entendido la dimensión del monstruo que nos domina desde Miraflores.

Pero no, no estamos engañados, ni le hacemos el juego al régimen con nuestra divergencia. Precisamente porque nos parece de la mayor importancia política salir de Chávez, es por lo que nos desespera ver la reiteración suicida de una ceguera estratégica que no tiene precedentes en nuestro país. Es una postura que se asienta sobre espejismos, que proyecta en la mayoría de la nación, injustificadamente, sus propias y equivocadas lecturas acerca de la realidad. La preponderancia de esa manera de ver las cosas, precisamente, imposibilita el diseño y ejecución de una estrategia correcta, y por esto hemos asistido, una y otra vez, a una sucesión de derrotas lamentables. Es porque no queremos ser derrotados una vez más por lo que nos angustiamos y hablamos.

En el mundo ha habido totalitarismos terribles, como los descritos por Luis Enrique Oberto o Hannah Arendt. Stalin, Mao, Hitler, Castro, son las formas más virulentas de la historia reciente. Pero por más que Chávez se enfila en la dirección del totalitarismo, y confirma ese rumbo con su incesante desafío oral, sería un grandísimo error, un error de bulto, afirmar que Venezuela está ahora en las condiciones de Rusia en 1925, o Alemania de 1939, o China de 1964, o Cuba de ese mismo año. En siete años de gobierno ya Fidel Castro había despachado con el fusilamiento a centenares de contrarrevolucionarios, y no había dejado empresa privada viva en Cuba, ni permitía aunque fuese un solo medio de comunicación independiente.

Las más de las veces, sin embargo, las lecturas defectuosas, distorsionadas, inexactas, tienen que ver con la equivocada noción de que los opositores a Chávez somos mayoría, y que sólo basta coordinarla y dirigirla bien para crear una condición que desencadene la caída del gobierno. Por poner un ejemplo, nuestro apreciado coexpositor Luis Penzini Fleury, escribió la semana pasada en El Universal un artículo en el que proponía un referendo organizado por Súmate para que digamos si queremos ir a elecciones en las condiciones actuales, y vislumbra que millones de venezolanos diríamos no y causaríamos un efecto “demoledor”, para usar su adjetivo. En mi criterio ese panorama no es sino una ilusión. En el momento de mayor efervescencia opositora, cuando la fe fue puesta sobre un referendo revocatorio convocado por iniciativa popular, Súmate nos dijo que la recolección de firmas había alcanzado la cifra de 3 millones 700 mil. Realmente veo muy cuesta arriba que con los recientes desempeños opositores, con la abstención que refleja una desilusión y una falta de fe, pueda siquiera alcanzarse ese número, y entonces lo que Luis quiere obtener no se lograría, sino todo lo contrario. Se haría un esfuerzo para demostrar fehacientemente que somos minoría.

Pero creo que es un ejemplo aún más emblemático y sintomático de la ceguera estratégica reiterada, de una renuencia a aceptar que la dirigencia opositora se ha equivocado sistemáticamente, un manifiesto que circula ahora por la red, y que obtuve por gentileza de Juan Antonio Müller. Me refiero a un manifiesto a cuyo pie se han colocado las firmas de una veintena de nombres muy destacados e ilustres, a quienes no nombraré para tratar de ser lo más clínico posible y también porque en esa lista están los nombres de algunos muy queridos amigos y los de otros que sin serlo son objeto de mi admiración.

El manifiesto lleva por título: El 4 de diciembre, un mandato del pueblo a la nación. Dicho sea de paso el título es algo autista y redundante. El DRAE define nación como el conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. Es decir, el pueblo estaría, en opinión del redactor, dándose órdenes a sí mismo.

De resto, el texto se compone de un conjunto de aseveraciones tajantes, que aseguran alegremente que el 4 de diciembre quienes nos abstuvimos de votar emitimos una serie de mandatos explícitos y específicos. Por ejemplo, dice el texto que

“El 4-D el pueblo venezolano manifestó su voluntad de progresar y prosperar de manera sustentable, con igualdad de oportunidades para todos; así como superarse y ser dueño de su destino.

El 4-D el pueblo venezolano formuló su deseo de contar con una Fuerza Armada que garantice la independencia, la soberanía y la integridad del territorio nacional.

El 4-D el pueblo venezolano exigió el rescate de la Industria Petrolera para que se sitúe, nuevamente, entre las más poderosas, eficientes y productivas empresas del mundo.

El 4-D el pueblo venezolano invocó el cumplimiento de la cláusula federal y redimir las reformas políticas dirigidas a la descentralización y la paulatina desconcentración del poder político, como fórmulas de control social y garantía de libertad”.

Etcétera. No pienso referir acá cada uno de los dieciséis mandatos concretos que los firmantes del manifiesto  aseguran se expresaron inequívocamente el pasado 4 de diciembre. Al ver algunos de los nombres uno puede pensar que unos pocos creen realmente que la cosa es así: se han convencido de que 75% de los electores venezolanos ha alcanzado esa especificidad y esa unanimidad. Otros, y al menos sabemos de un caso directamente, prestaron sus nombres sin saber cuál sería la redacción final, honrados de acompañar tanto nombre notable. Pero otros saben perfectamente que la retórica que mostré en unos pocos ejemplos es falsa y manipuladora. Nadie puede afirmar responsablemente las cosas que contiene ese manifiesto.

Entonces preocupa grandemente que nuevamente se proponga a la opinión pública, a esa entelequia a nombre de la que muchos pretenden hablar y llaman “la sociedad civil”, una interpretación de la realidad completamente falseada que impedirá la formulación y puesta en práctica de una estrategia verdaderamente eficaz. El manifiesto al que aludo es ya una nauseante repetición de lo que no ha funcionado hasta ahora. Es de nuevo la letanía acusadora de Chávez, en una práctica que se limita a eso, a la acusación, sin alcanzar jamás el nivel urgentemente requerido de la refutación de Chávez.

Preocupan estas cosas porque los nombres firmantes son los de personas de poder e influencia, que pueden determinar la postura de los imprescindibles asignadores de recursos financieros y de espacios de comunicación en este año que quiérase o no, será un año electoral. La ceguera continúa. Uno de los firmantes me decía en 1998: “A mí no me importa si Salas Römer tiene o no la razón; si está equivocado o no; a mí lo que me interesa es que es el único que puede derrotar a Chávez, y por esto lo voy a apoyar, diga lo que diga”. Salas Römer había dicho que la constituyente era “un engaño y una cobardía”, y así se alineó en contra de la mayoría nacional que quería una constituyente y, por supuesto, perdió. La estupidez es una cizaña de difícil extirpación.

Así que ahora, como se van conformando las cosas, de no producirse una toma de conciencia, una iluminación repentina, ocurrirá otra vez que prevalecerá la insensatez política y Chávez será reelecto en diciembre de 2006, mientras los que hayan predicado abstenerse, retirarse, abandonar el campo al enemigo, pretenderán que son triunfadores, que Chávez habrá sido deslegitimado, como la Asamblea Nacional, y que hemos emitido un nuevo mandato del pueblo a la nación.

Encontrar una estrategia verdaderamente eficaz requiere un valor poco común entre los hombres: el necesario para abandonar tercas percepciones equivocadas, el reconocer que se ha errado. Es verdad que el 4 de diciembre se pudo ver una debilidad en el régimen, y por esto es posible intentar una aventura electoral con alguna esperanza razonable de triunfo. Pero, por un lado, la oposición institucionalizada en los partidos, que se retiraron porque sabían que no podían ganar ni que Teresa de Calcuta presidiera el CNE, mostró aún más debilidad que la aparente en el gobierno; por otra parte, no es en las direcciones que ahora parecen cundir en buena parte de la conciencia opositora por donde se encontrará la salida. La mentira no se combate con otra mentira de mole equivalente; la mentira sólo se vence con la verdad.

Gracias.

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LEA #175

LEA

La desafiante conducta de Irán en relación con su programa de desarrollo nuclear ha permitido que Europa y los Estados Unidos convenzan a Rusia y China de sumar hoy su voto, en la Agencia Internacional de Energía, a favor de remitir el asunto a la consideración del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tras este acuerdo está la promesa europeo-norteamericana de esperar al menos un mes antes de decidir cualquier tipo de sanción contra los iraníes.

Esta última concesión se justifica porque Irán ha concedido por su parte, luego de resistirla, que la proposición de Rusia de asumir el trabajo grueso de transformación de uranio para Irán puede ser una solución, y que ulteriores conversaciones pudieran perfeccionar esa salida. Esto es, que Irán admitiría procesar el uranio «comercial» a gran escala, para fines energéticos, fuera de su territorio, en Rusia. El mes de espera debiera ser suficiente para el «perfeccionamiento» del acuerdo ruso-iraní.

Pero con esto no desaparece la totalidad de las suspicacias. Irán continuaría operando programas de «investigación»—de escala no comercial—que todavía pudieran permitirle refinar uranio para uso militar. De allí que algunos expertos no se satisfagan con la proposición de los rusos y exijan para Irán el mismo tratamiento que se dio a Libia en 2003. Este país aceptó que todos los equipos que pudieran emplearse para el enriquecimiento de uranio fueran extraídos de su territorio, y facilitó información acerca de sus suplidores, suficiente para impedir los manejos de una red paquistaní de contrabando de aquellos equipos.

Sin embargo, mientras subsista la asimetría entre los países que disponen de armamento nuclear y los que pudieran tenerlo, quieren tenerlo y no se les permita, subsistirá asimismo la tensión y la inconsistencia lógica. La mejor manera de impedir que alguna nación «peligrosa» use armas nucleares es proscribirlas totalmente en la esfera de las naciones-Estado. El arsenal nuclear existente debiera ser puesto íntegramente bajo el control de las Naciones Unidas. (Porque se considerase «prudente» no destruirlo de un todo para contar con él ante una eventual invasión de origen extraterrestre, o para emplearlo en el bombardeo de aerolitos ominosos, escenarios ambos que la ciencia moderna no está dispuesta a declarar imposibles).

Todas las naciones (salvo Alemania) que quieren llevar el caso de Irán ante el Consejo de Seguridad son ellas mismas potencias nucleares. Desde el punto de vista iraní esa postura es un insulto, pues equivale a decir: no les permitiremos tener esto que nosotros ya tenemos porque ustedes están locos. Tal cosa es, justamente, lo que sostienen las alarmadas cancillerías occidentales, sobre todo después que el presidente Ahmadinejad declarase que Israel debía ser borrado del mapa. Pero a nadie le gusta que lo llamen loco.

LEA

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FS #87 – Valores nacionales

Fichero

LEA, por favor

En el año de 1995 publicaba Conciencia XXI los resultados de su Encuesta Nacional de Valores, sobre una extensa recolección de entrevistas realizadas a fines del año anterior. (Conciencia XXI fue la organización antecesora de la encuestadora Consultores 21, ambas fundadas y dirigidas por Alfredo Keller, hoy consultor independiente de aquéllas). Por la época el suscrito redactaba y publicaba «referéndum«, y en el número doble correspondiente a los números 2 y 3 de su Volumen II, de agosto-septiembre de 1995, se insertó la reseña que hoy compone la Ficha Semanal #87 de doctorpolítico.

La lectura de ese comentario pone de manifiesto cómo ha habido cambio de algunas percepciones registradas por la encuesta hace once años. (La política «…está fuera de los temas de conversación familiar…») Pero al propio tiempo es una base para la explicación de la elección de Chávez en 1998: la gente entrevistada tenía por entonces a la política y los políticos en muy baja confianza, y quería cambios radicales, aunque en democracia y gradualmente. Sólo este dato comprueba que el curso revolucionario emprendido por el actual gobierno ha sido asumido en contra de las preferencias del pueblo.

Tampoco apoyaban los venezolanos (salvo una minoría) la noción de que «ser rico es malo», ni entendían que su pobreza se debiera a una injusticia. Un 66% creía que en el país «…uno puede hacerse rico trabajando y sin perjudicar a nadie», contra 32% que creía que «Las personas sólo pueden hacerse ricas a costa de otras».

Hasta la Encuesta Nacional de Valores no se había hecho en el país un estudio tan amplio y profundo de estos temas, aunque debe recordarse los estudios Venelite y Conflicto y consenso, emprendidos a comienzos de la década de los sesenta por el CENDES, de la Universidad Central de Venezuela, bajo la dirección inicial de Jorge Ahumada, que los inspiró con su compacto y estupendo trabajo Hipótesis para el cambio social en Venezuela. Resultaría ser, seguramente, muy provechoso que a más de una década del estudio liderado por Keller se acometiera una exploración análoga. Así pudiera medirse el impacto que sobre los valores y actitudes de los venezolanos ha significado la incesante prédica chavista, que hasta la fecha no ha sido refutada integralmente.

LEA

Valores nacionales

Nada tiene que ver con la Comisión Nacional de Valores ni con la Bolsa de Valores de Caracas. No se trata de acciones o bonos Brady. El estudio acometido en 1994 por Conciencia XXI—organismo de la periferia copeyana—y aún en su proceso digestivo, centra su atención sobre la expresión manifiesta de las bases culturales del desarrollo venezolano.

El estudio en cuestión recogió en una «encuesta representativa nacional urbana», las respuestas de dos mil personas a más de doscientas preguntas que sondeaban, posturas, actitudes y valores de los venezolanos. Tal cúmulo de información sobre sus problemas y valores, sus satisfacciones e insatisfacciones, sus esperanzas y sus temores, ha generado una ingente cantidad de datos primarios y de elaboraciones ulteriores en cotejos y cruces estadísticos de diverso tipo.

Conciencia XXI se apoyó en el Grupo Europeo de Estudio sobre los Sistemas de Valores, fundación que desde 1979 ha venido reuniendo a bastantes universidades e institutos especializados en el tema. Esta organización ha realizado dos grandes encuestas sobre esta materia: la primera, en 1981, fue llevada a cabo en nueve países de Europa Occidental; la segunda, aplicada en 1990 en quince países europeos y también en los Estados Unidos y el Canadá, equivale a un sondeo representativo de algo más de 700 millones de personas.

El levantamiento de la información primaria de esta Encuesta Nacional de Valores tuvo lugar en los últimos dos meses de 1994, que en su fase de diseño preliminar contó con la participación de Ramón Piñango, Ramón Guillermo Aveledo, Maxim Ross y Gustavo Martín.

Las áreas exploradas cubrieron las bases psicosociales de la sociedad venezolana, los objetivos sociales y vitales, la familia, la ética y la moral, la religión, el trabajo y la actividad económica, la política. Muchos son los hallazgos interesantes en esta investigación dirigida por Alfredo Keller y que Conciencia XXI pone «al servicio del gobierno, instituciones, educadores, dirigentes políticos y empresariales, de responsables eclesiales, de otros líderes de la sociedad y del público en general», con la esperanza de que «se convierta en servicio público». Acá comentaremos algunos de esos hallazgos que nos parecieron de especial importancia y oportunidad.

Un primer resultado esperable tiene que ver con la lectura de la situación general del país y la situación personal de los entrevistados, que se expresa en una suerte de expectativa sobria y cautelosa. El estudio reconoce un 86% de encuestados prudentes ante los cambios personales, desconfiados de la gente y sus intenciones en un 82%, con un entorno social amenazante para el que piden autoridad y disciplina (92%), liderazgo fuerte (76%), cambios radicales (86%) pero no traumáticos sino graduales (84%). Lo que podría llamarse el criterio de la radicalidad gradual.

Para quienes pudieran pensar que tales respuestas implican un soterrado apoyo a eventuales aventuras dictatoriales, es bueno advertirles que, a pesar de la situación económica general y el reciente proceso de empobrecimiento en Venezuela—con un mayor distanciamiento social—los venezolanos, confrontados con el dilema libertad-igualdad, se pronuncian en mayoría (54%) por la libertad (que cada quien pueda vivir y desarrollarse sin obstáculos) antes que por la igualdad (que nadie se vea desfavorecido, que las diferencias no sean tan grandes: 33%).

Igualmente es importante y sugestivo el hallazgo del estudio respecto de la relación entre posiciones igualitarias y el esfuerzo individual. Este último predomina en las respuestas frente a las posturas igualitaristas, lo que sugiere una revisión de la versión despectiva estándar acerca de nuestros pobladores: que seríamos un conjunto humano poco proclive al logro y al esfuerzo individual. La encuesta midió esta oposición entre igualitarismo y esfuerzo individual a través de la comparación entre parejas de definiciones como las siguientes, que registramos con sus porcentajes de acuerdo: 1. Todos deberíamos ganar más o menos lo mismo (27%) — Se debe estimular el esfuerzo individual (73%); 2. La competencia es mala y hace que la gente se ponga egoísta y mezquina (32%) — La competencia es buena y hace que la gente trabaje duro y busque nuevas ideas (68%); 3. Las personas sólo pueden hacerse ricas a costa de otras (32%) — En Venezuela uno puede hacerse rico trabajando y sin perjudicar a nadie (66%).

El que los términos relacionados con una motivación al logro superen claramente a las posiciones igualitaristas—tal vez podría decirse «populistas»—es un claro mentís a las frecuentes interpretaciones deprecatorias del «ADN cultural» de los venezolanos, y permite asentar confianza en que contamos con una orientación de valores proclives al desarrollo de nuestra Nación.

En una jerarquización de aquellos aspectos que son «muy importantes» para los encuestados, se confirma la impresión precedente. Así, en orden decreciente, la familia es muy importante para el 72% de los entrevistados, el trabajo para el 62%, la religión para el 51%, los amigos para el 40%, el tiempo libre para el 38% y la política ¡el 13%!

La política es el aspecto considerado menos importante por la gente en su mayoría. Según la encuesta de Conciencia XXI, la política no tiene importancia para el 73%, absolutamente ninguna para el 41% y poca para el 32%.

Dice Alfredo Keller: «Baja es la importancia de la política en la vida de la gente, y bajo en consecuencia es su interés por ella. (Apenas el 20% manifiesta algún tipo de interés). Y ello a pesar de que casi la mitad de la población (43%) está informada sobre la situación política del país. Información que no pasa de constituir unas implicación cognitiva, con escasísima implicación emocional. Se sabe de ella, pero está fuera de los temas de conversación familiar (17%) o de las conversaciones de los más allegados».

Por otra parte, el estudio confirma que los políticos y los partidos políticos actuales son las instituciones en las que menos confía la gente, lo que llama a Keller a una preocupada reflexión: la confianza en las instituciones es un factor esencial para el funcionamiento social, por lo que resulta alarmante la desconfianza registrable respecto de todas las ramas del Poder Público y los actores políticos en general.

A pesar de lo cual los entrevistados se pronunciaron muy mayoritariamente a favor de la democracia: «La democracia es el mejor sistema político para Venezuela» (78%); «Hay que defender la democracia a como dé lugar» (76%); «La democracia puede solucionar los problemas que tenemos» (68%); «Una dictadura no arreglaría los problemas que tiene el país» (69%).

La conjunción lógica de una firme fe en valores democráticos, junto con la implacable desconfianza respecto de todo lo político se expresa consistentemente en el deseo de cambio. Un 86% expresó apoyo a la idea de que «Venezuela necesita cambios radicales en lo político y lo social», aunque, radicalidad tomada en cuenta, un 84% opinó a favor de la noción de que «Nuestra sociedad debe mejorarse poco a poco, con reformas».

No todo es buena noticia, sin embargo. Junto con esa prudencia y sobriedad, junto con esta mayor valoración del esfuerzo individual, aparecen algunas fisuras. Una observación de gran interés es la que registra el estudio en materia de «seguridad moral». Keller presenta el punto de este modo: «Si la política, la acción política y la vida democrática no son sino procedimientos para tomar decisiones justas sobre lo que debe ser hecho o evitado en el seno de una sociedad, no es banal preguntar y saber si la sociedad, los venezolanos creen que ‘existen normas claras sobre lo que está bien o está mal y que esas normas se aplican siempre, a todas las personas y en cualquier circunstancia’ o si, por el contrario, creen que ‘nunca podrá haber normas totalmente claras sobre lo que está bien y lo que está mal, porque lo bueno y lo malo dependen completamente de las circunstancias del momento’.»

La encuesta encontró ante esta disyuntiva una distribución simétrica: quienes postulan la existencia de normas y valores absolutos (46%) igualan en número a quienes creen que las circunstancias son dominantes. Esto implica que sólo la mitad de los venezolanos tendría principios seguros para distinguir siempre entre el bien y el mal. La retórica reflexiva de Keller le impulsa a preguntar: ¿significará esto una disolución de las actitudes y la conciencia morales, o más bien se trataría de un «refinamiento del discernimiento ético»? La distribución hallada en las respuestas de acuerdo con las opciones presentadas se asemeja más, según datos de 1990 (Estados Unidos) y 1994 (Europa) a la presente entre los europeos que a la dominante entre los norteamericanos. (85% de certeza moral).

Son muchos los datos y los posibles cruces y correlaciones de la información levantada en esta oportuna y útil Encuesta Nacional de Valores emprendida por Conciencia XXI. La seriedad del equipo de proyecto permite apostar a la confiabilidad de los datos; la interpretación de los mismos está abierta al juicio de los analistas.

Vale la pena recobrar algunas reflexiones de una presentación de Alfredo Keller de los resultados de la investigación: «Antes de extrapolar hacia el futuro, fijando el destino a partir de nuestros deseos y temores, conviene basarse en nuestros conocimientos, relativamente seguros, sobre el presente y el pasado reciente. Este estudio puede ser un insumo… Se lee muy frecuentemente, y el estudio arroja algunos elementos de apoyo a esos escritos, que vivimos en un mundo descreído, en una ‘sociedad que produce perplejidad’, ‘necesitada de esperanza’. Faltan valores que relacionen y agreguen las voluntades humanas, que nos aglutinen en torno a ideales. Se acabaron las religiones que daban sentido o respuesta a las cuestiones inaplazables. Se acabaron también las ideologías políticas que alimentaban la esperanza en mundos mejores… Es verdad. Todos tenemos miedo: por nuestra seguridad, por el futuro, por el país, por el mundo. Tal es la naturaleza de la imaginación humana. Y, empero, todo hombre, toda civilización han seguido adelante al sentir que tienen la obligación de hacer lo que es preciso hacer. El compromiso personal de cada uno con su destreza, el compromiso intelectual y el compromiso emocional, amalgamados en uno solo, podrán realizar el ascenso que todos deseamos».

Es ésta una admonición, una invitación de Keller que no vacilamos en suscribir.

LEA

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CS #175 – La ascensión del corozo

Cartas

En términos objetivos clásicos la dificultad de derrotar electoralmente a Hugo Chávez en 2006 es verdaderamente muy grande. El candidato «incumbente» las tiene prácticamente todas consigo: no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el «poder ciudadano»—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.

No hay oponente que se acerque, ni con mucho, a tan ingente cantidad de poder real como la que tiene a su disposición. Y en un trámite electoral considerado desde el punto de vista clásico (desde el paradigma de Realpolitik, de pura política de poder) no hay nada que pueda oponerse a Hugo Chávez en 2006—cuyo único escrúpulo es el revolucionario; es decir, el de producir la disminución de quien se oponga a su poder porque su poder es el del pueblo.

¿Cuál es el paradigma clásico? La política de poder es como una homeopatía política. Debo presumir que mi adversario hará trampa; tal cosa autoriza moralmente mi trampa, por aquello de la guerra santa. Combato enfermedad con enfermedad, y mi negocio es obtener poder e impedir que mis adversarios lo adquieran. Letra chiquita: por todos los medios al alcance.

En la política anterior a Chávez esta última legitimidad se mantenía más o menos dentro de los límites de una cierta urbanidad o buena costumbre—no es malo que el tigre se coma al venado sino que no lo haga con cubiertos—mientras Chávez la rebasa, a conciencia de que con eso arranca trozos al modo convencional de pensar que él considera escuálido (burgués), y por tanto salvajemente capitalista, y por tanto culpable de la pobreza, y por tanto acreedor a la humillación y el despojo. (Y a la muerte). Para estas cosas se cree autorizado el revolucionario.

En suma, cualquier planteamiento cacical de una candidatura distinta de Chávez está destinado al fracaso. No sólo tiene éste la muy mayor cantidad de poder, sino que ninguna vergüenza, ningún escrúpulo, impedirá que lo use implacablemente contra su contrario. Para eso es revolucionario. Si, por consiguiente, algún candidato pretende resultar electo combatiéndole de poder a poder, su éxito será mucho menos probable que el del proverbial camello atravesando por el ojo de una aguja.

Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, golpista, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, ineficaz, verboso, sofista, irresponsable, incompetente, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez.

………

Pero se anotó que el triunfo contingente de Chávez no sólo se alimenta de su poder, sino que se asienta en un alto grado de esa propensión a votarlo. ¿A qué se debe tan alta aceptación, tan elevado apoyo?

Una parte del asunto, sin duda, pero sólo una parte, y tal vez no la más importante, es que efectivamente Chávez ha redistribuido riqueza. Robin Hood tiene un nicho en el panteón chavista. Es verdad que robo a La Marqueseña o a la Shell para dar a los pobres, en nombre de un grito de José Antonio Páez o un seudónimo de Simón Rodríguez. Cuando me hace falta pido al Banco Central un millardito (de dólares), a PDVSA el adelanto de un dividendo, o a la Asamblea Nacional otro financiamiento extraordinario que la Contraloría no mirará siquiera. Y como ya mi barril de petróleo no vale diez dólares de 1999, sino cincuenta y tantos de hoy, tengo para llenar el acueducto de las misiones, que por más agujereado que esté por la corrupción, algo de alivio y asistencia reparte.

Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad?

Pero este factor explicativo es insuficiente. No hace mucho que algún encuestador respetable reportaba que sólo un 16% de la población se había beneficiado directamente de alguna de las «misiones», a pesar de haberse gastado en ellas, hasta comienzos de 2005, probablemente 5 mil millones de dólares. (El asunto no es mera transferencia monetaria: la representante de la UNESCO declaró, el día que Chávez proclamaba a Venezuela «territorio libre de analfabetismo», que nuestro país era el único en el mundo que había alcanzado las metas que se había fijado a este respecto). Otro encuestador, sin embargo, igualmente veraz, encontró lo reportado en octubre de 2005 por El Universal: «…los venezolanos catalogan como ‘aceptable’ la situación del país en el presente y aspiran que mejore en los próximos dos años».

Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera «bolivariana» de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.

En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía, al desmembrarse Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.

Del mismo modo Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza, al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. Ser rico es malo; ergo, los pobres son los buenos.

Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, dos décadas antes de su asunción al poder.

………

Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).

Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser «originaria»; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser «derivada», y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la parroquia 23 de enero.

Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: «Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum». Así se habría pasado sobre su discurso.

Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.

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Max Weber nos aportó la descripción clásica de las formas de dominación política y sus fuentes de legitimidad. A la primera la llamó tradicional. Es la que afinca su derecho en una sucesión dinástica lo más antigua posible, cuya fuente y origen se encuentran en el pasado, preferentemente remoto. Es la que esgrimen Isabel II y Benedicto XVI, el fundador de un partido, los herederos de una revolución. Si bien esta forma es la menos usada por Chávez, que Fidel Castro, el senil decano del comunismo en América, le haya ungido como su sucesor le presta una raíz tradicional.

La segunda fuente y forma son de carácter carismático. Hitler, que mesmerizaba incluso a quienes no entendían la lengua alemana y sin embargo se quedaban estampados en el piso, cautivados por la voz y la gesticulación del encendido cabo austriaco aunque no comprendieran su discurso, como certificara Dennis de Rougemont en L’amour et l’Occident. ¿Hay alguna duda de que Chávez es un histrión consumado? ¿De que tiene en grado apreciable las cualidades que los politólogos agrupan bajo la noción de carisma?

La tercera y más «moderna» manera de dominar es la burocrática. Se domina porque se controla el aparato del poder. Los jefes de Estado y de gobierno, los bosses de los partidos; éstos dominan burocráticamente. ¿No habíamos enumerado ya, esquemáticamente, lo que Chávez controla en materia de aparatos?

Un contendor de Chávez que tenga alguna posibilidad de derrotarle electoralmente sólo pudiera reivindicar de estas raíces la de esencia carismática, pues sólo un outsider—en virtud de que nadie vinculado tradicionalmente con nuestro pasado político pudiera prosperar—podría lograrlo, y jamás dispondría de mayor aparato que el chavista. (Aunque no podrá pasarse sin ninguno). No serán despreciables, por tanto, los rasgos histriónicos y las dotes didácticas que faciliten la comunicación con los electores y permitan el arrastre de votos en quien pueda retar a Chávez con probabilidades de triunfo. Se puede ser muy políticamente correcto, pero si se es aburrido, como Adlai Stevenson, no se ganará elecciones. No obstante ¿es suficiente el carisma?

Quien pretenda vencer a Chávez en 2006 deberá abrevar en fuentes «transweberianas», más allá de la tradición, el carisma y el aparato. Su primera fuente de legitimación deberá ser programática, terapéutica, estratégica. Deberá ser capaz de mostrar que se propone aplicar tratamientos viables y eficaces a nuestros principales problemas públicos, una vez enumerados en un claro y convincente diagnóstico. Obviamente, aquí deberá competirse como proyecto contra un programa en operación: el del gobierno. Aquí sólo podrá ofrecerse una promesa.

Pero, más profundamente, nuestro candidato tendría que legitimarse paradigmáticamente: tendría que hablar con una gramática política a la vez consistente y distinta de la de Chávez, más evolucionada y responsable que la de un tal socialismo del siglo XXI, superior a la de los partidos desplazados por aquél, menos simplista, menos primitiva, menos ingenua, menos bárbara.

Un nuevo recuerdo de Briceño Guerrero permite ubicar el asunto. En El laberinto de los tres minotauros (que incluye El discurso salvaje, ya nombrado), el filósofo de la Universidad de los Andes, apureño, de primeras letras en Barinas, la tierra de Chávez, sostiene que en América coexisten y se combaten un discurso salvaje—el de los primeros pobladores y las razas sojuzgadas que Chávez reivindica—uno mantuano, el del privilegio aristocrático u oligárquico, y el discurso racional occidental, limitado por el rigor lógico y por la verdad. En nuestro teatro político actual sólo han actuado suficientemente los dos primeros, con abrumadora ventaja reciente del salvaje sobre el mantuano. La dilucidación del problema sólo podrá ser aportada desde un discurso racional.

Lo que no puede ser emocionalmente aséptico, por más que un origen clínico y responsable sea la única fuente aceptable. Por fortuna, lo veraz puede ser bello, y lo bello emociona. Lo bello, por otra parte, es usualmente signo de lo bueno, y la bondad, por la suya, tiene un valor funcional. «La bondad—dijo Don Pedro Grases al cumplir sus setenta años—nunca se equivoca».

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El récipe expuesto no es suficiente. Amén de la eficacia electoral, únicamente presente en un discurso como el especificado, se debe exigir una alta probabilidad de eficacia posterior, una eficacia de desempeño. No basta ganar una elección; es preciso hacer luego un buen gobierno, un magnífico gobierno. Por tal cosa, en adición a lo anotado, tendremos que exigir del candidato un talento para el liderazgo de organizaciones complejas, comprobado en una historia práctica, en su biografía.

Pero ni siquiera los anteriores rasgos serían bastantes. Una exigencia adicional es que el candidato viable, y por tanto apoyable, no esté aquejado por defectos que de obvio bulto le impedirían. Por ejemplo, no podría ser «cuartorrepublicano», por más que las «viudas del paquete» o los políticos prechavistas pudieran coincidir con él o ella en más de una cosa. Tampoco podría ser, naturalmente, chavista, aunque su bagaje terapéutico pudiera coincidir, en grado siempre menos virulento, con desiderata sostenidos por Chávez, como pudieran ser el caso de la preferencia por un mundo multipolar o la democracia participativa. Como decía Santo Tomás de Aquino, la verdad se encuentra en todas partes.

LEA

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FS #83 – Mare felicitas

Fichero

LEA, por favor

Hace unos pocos días, Evo Morales se molestó con un periodista que le preguntó si no creía que Fidel Castro era un dictador y terminó abruptamente la entrevista. En oportunidad posterior opinó firmemente que a su juicio el hombre fuerte de Cuba era un «demócrata». Es claro que Morales emplea un sentido sui generis del término democracia, pues en ninguna parte es más evidente que en Cuba el imperio de la autocracia. Si Fidel Castro no muere antes, dentro de tres eneros la revolución castro-comunista cumplirá cincuenta años en el poder, y en ese medio siglo ninguna otra persona que Castro ha tomado las decisiones políticas principales en la isla.

Justamente al inicio de este terrible período, John J. Putnam, un periodista norteamericano, visitó a Cuba para, como lo pone él mismo, «ver una revolución». Cuarenta años más tarde regresó, enviado por la revista National Geographic y acompañado del fotógrafo David Alan Harvey, para elaborar un gran reportaje acerca de la vida cubana tal como se manifestaba en 1999. La Ficha Semanal #83 de doctorpolítico consiste de las primeras secciones de ese trabajo de Putnam, extraídas de la versión española de la revista de junio de ese año.

La lectura completa del largo artículo revela que Putnam no pretende condenar a priori. Por lo contrario, cada vez que puede, su obvio afecto por los cubanos le lleva a presentar los hechos bajo una luz favorable. No hace, pues, otra cosa que registrar los hechos como los encuentra, y los hechos hablan por sí mismos.

No hay justificación alguna para que una voluntad omnímoda se imponga sobre toda una población durante ya cuarenta y siete años para, a cambio de la libertad, establecer una sociedad tan depauperada y privada de dignidad, esquizoide en sus angustiadas y contradictorias respuestas. Reporta Putnam: «Fidel fue el único tema al que los cubanos se mostraron reacios. Le pregunté a un hombre si quizás ya era hora de que el comandante se retirara. Se molestó. ‘Retirarse sería cobarde’. Luego me dijo un antiguo refrán español: ‘No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista’».

LEA

Mare felicitas

El sendero de montaña estaba resbaloso, difícil, lleno de piedras, con lluvia y lodo, y me llevó a un mundo fresco, neblinoso y muy diferente a las calurosas planicies ubicadas en sus faldas. El camino llevaba a La Plata, el campamento en la montaña donde en 1958 Fidel Castro planeó los últimos ataques guerrilleros contra el ejército del presidente Fulgencio Batista.

Mi acompañante era Rubén Araujo Torres, de 60 años de edad, un hombre bajo y robusto con un sombrero de yarey (paja) de campesino, que se había unido a la causa de Castro desde entonces, ayudando a recoger medicina y jabón de escondites secretos que luego intercambiaba por comida con los campesinos para llevarla a las guerrillas refugiadas en las cimas. «Era peligroso. El ejército estaba en todas partes». ¿Por qué se unió a Castro? «Los amigos decían ‘Ven, vente con nosotros’. Yo sabía que los otros (el ejército) estaban quemando y matando, así que me les uní». Rubén terminó del lado de los vencedores. Desde estas montañas, en la Sierra Maestra, Castro y sus combatientes vencieron al ejército de Batista.

Pasamos puestos de vigilancia y algunos edificios anexos para llegar a la casa de madera y techo de guano (pencas u hojas de palma) de Castro, ubicada en una pendiente empinada sobre un arroyo alimentado por un manantial entre un mar de vegetación.

La casa tiene dos habitaciones: la cocina, donde hay un refrigerador de queroseno con un agujero de bala, y un pequeño cuarto con ventanas de madera en tres de sus muros, que se mantienen abiertas con palos.

«Fidel hizo el librero y aquellas sillas—dijo Rubén—. Hizo esta silla para él y la otra para Celia». Celia Sánchez era su ayudante de campo. Salí de la casa y me senté en una banca. «Fidel a veces se sentaba ahí a escribir—dijo Rubén—. Es la madera original, fuerte; duradera».

Celia estaba constantemente al lado de Castro tomando nota, atenta a todo y haciendo tareas de apoyo; permaneció a su lado hasta su muerte en1980.

«Celia plantó estas flores—dijo Rubén—, marpacífico». Yo había notado los pétalos de color rojo encendido en el sendero cuando llegamos y ahora me parecían recuerdos de una época cuando todos aquí eran jóvenes y todo el mundo era verde.

40 años después de la Sierra Maestra, Fidel Castro, el comandante en jefe, aún domina Cuba. Sin embargo, Cuba está cambiando y su futuro es incierto. El fin de la ayuda económica de la antigua Unión Soviética ha llevado a la búsqueda de dinero nuevo, nuevos amigos y nuevas formas de hacer las cosas. Y el comandante está envejeciendo. La gente se pregunta quién lo sustituirá y cuando. Yo quería adentrarme en esas preguntas y también en las interrogantes acerca de cómo es la vida en Cuba ahora y qué piensa la gente sobre su presente, sus problemas, su futuro.

Sabía que tendría que recorrer toda la isla, hablar con la gente de todos los niveles, permitirles que les dieran forma a sus historias. Para mi sorpresa, descubrí que casi todo el mundo quería hablar; al fin, era como si con el control más relajado hubiera miles de conversaciones reprimidas y experiencias que compartir. Sólo hacía falta alguien que quisiera escucharlas.

Decidí empezar en La Habana, esa magnífica y desmoronada ciudad de 2,2 millones de almas, que ahora se dice es dos ciudades: una que representa la antigua forma socialista y otra la nueva.

Dibujé un círculo alrededor d una manzana en un mapa de la Habana Vieja, el corazón histórico de la ciudad, donde empezaría a buscar cómo era la vida actual. De un lado de la manzana estaba Obispo, la calle turística que se extiende desde el antiguo lugar donde Hemingway pasaba su tiempo, El Floridita, hasta la Plaza de Armas, construida en el siglo XVI. Las otras calles de la manzana no eran turísticas, pero sí estrechas, llenas de gente, baches, carretas, voces, música, perros, ropa tendida en los balcones y un colchón que era bajado por medio de una cuerda de un piso superior. Fui a Obrapía no. 508 para encontrarme con el médico de la familia del barrio, un burócrata de un sistema que ofrece servicio médico gratuito a todos los cubanos.

El médico Luis Brito, de 29 años de edad, trabaja en una pequeña habitación caliente y húmeda. Conforme pasan los pacientes de un pasillo oscuro de afuera, él los escucha con atención y les toma la presión arterial. Una mujer sufre de depresión, otra de un dolor en las rodillas y un niño de asma. Un joven padecía blenorragia. Para las 11:30 de la mañana, el doctor Luis Brito había visto 20 pacientes y tomó un descanso.

«En teoría, soy responsable de 120 familias—dijo—, pero más bien son 130. Más de 500 personas en tres manzanas». El consultorio del doctor era austero y poco iluminado a falta de bombillas eléctricas, y contaba con pocas medicinas. Inquirí sobre los informes de que los médicos cubanos están bien instruidos pero que carecen de equipo y medicinas, y que debido a la escasez los hospitales algunos días pueden realizar solamente operaciones de emergencia y que muchos cubanos reciben las medicinas que necesitan de parientes en Estados Unidos.

«Debe entender—dijo Brito—que soy un hijo de la revolución, crecí con la revolución, y que creo que siempre hay una solución aquí». Si le faltaba un medicamento recetaba otro. «Y también está la posibilidad de la medicina alternativa, como la acupuntura y la homeopatía»

Por sus esfuerzos, el doctor obtiene un apartamento amueblado y 400 pesos (20 dólares) al mes, que no son suficientes para el sustento, de forma que ayuda a su esposa, Yumila, haciendo aretes y collares de cerámica para venderlos en el mercado a los turistas.

En la manzana las bodegas—tiendas de productos alimenticios racionados—se localizan en la esquina de Obrapía y Villegas; una para carne (salchichas de contenido incierto) y otra para verduras («Hoy no hay papas—dijo una joven y sonriente mujer—. Tal vez mañana, tal vez pasado mañana»). Todo el mundo tiene una pequeña libreta de racionamiento, que enlista los gramos de lo que cada persona puede comprar, a precios bajos, en las tiendas del gobierno. Vi una: indicaba un pan por persona diario. Al que tenga algunos centavos extra, un hombre le lleva su ración a domicilio en un carrito de mano. «Tienes pollo a lo mejor cuatro veces al año—dijo un hombre—, pero con seguridad dos». Uno puede comprar más comida en los mercados privados, pero a precios mucho más altos.

En Villegas no. 212 se encuentra la casa de Lourdes González, presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de la cuadra y encargada de ver que se lleven a cabo las tareas socialistas: reciclaje, patrullaje nocturno de la calle y campañas de salud, como vacunas contra polio para todos los niños.

Tiene un libro donde se enlista a todos los vecinos de la cuadra. «Nadie puede vivir aquí, ni temporalmente, sin estar bajo control». El cederista (miembro de un CDR) está en busca de antisocialistas, «aquellos que no trabajan ni estudian, que engañan o roban, que no hacen nada por nadie, ni siquiera por sí mismos».

¿Qué pasa si se detecta a un antisocialista? «Debemos avisar a la policía. Ellos se ven con la persona y la ponen bajo advertencia. La vigilan y podría enfrentar penas de hasta cuatro años de prisión».

Las reglas son estrictas en la vida cotidiana. Legalmente, uno no puede comprar ni vender una casa o apartamento; si quieres mudarte, vas y te unes a una multitud en el paseo (camellón o espacio central) del Paseo del Prado para leer los avisos de permuta (intercambio de domicilio) colocados en los árboles.

Una mujer joven, recién casada, que desea que su nuevo esposo vaya a vivir a la casa que ella comparte con su hermano y padrastro, lo primero que debe hacer es conseguir un permiso temporal de cambio de residencia, válido por tres meses, ya que ése es el tiempo que lleva el papeleo para obtener un permiso permanente. Además, debe acudir con las autoridades de vivienda y un notario y solicitar a la oficina de arquitectura la visita de un inspector que verifique que aun con un habitante más, la casa todavía cumple con las normas: diez metros cuadrados por persona.

«Y hay más—me dijo la joven, permiso en mano—, te tienes que registrar en el CDR, ir a la oficina de carnet de identidad, a la oficina de libretas de racionamiento y de licencias de conducir para obtener documentos nuevos. Si lo hacemos todo en más de tres meses, nos podrían multar conm 1.300 pesos—rió—. Es ridículo».

Jorge, de 28 años, conductor de un taxi-triciclo, estaba tratando de pedalear hacia el porvenir. Su trabajo es duro. «Al final del día estoy muy cansado, y algunas mañanas me levanto con dolor en las piernas y la espalda». Pero con los turistas extranjeros, durante un día bueno, puede ganar 15 dólares, lo que le posibilita seguir haciendo los pagos de su triciclo; aunque tiene una preocupación: que el Estado, que permite este pequeño ejemplo de empresa privada, cambie las reglas. Ya lo ha hecho antes. Mientras tanto, Jorge sigue pedaleando.

Los viajes de Jorge lo llevan tanto por la Cuba vieja como por la nueva, presente en toda La Habana: hoteles flamantes, nuevos taxis fabricados en Corea con radioteléfonos y choferes con camisa y corbata, multitudes de turistas y hombres de negocios extranjeros. El dólar estadounidense está por todas partes y es la moneda utilizada por todos los visitantes; la divisa llega a los cubanos por millones gracias a parientes que viven en Estados Unidos. El dólar está ayudando a crear dos sociedades en Cuba: una con dólares, la otra sin ellos.

Un cubano refunfuñó: «Todas las tiendas nuevas venden sólo en dólares, no en pesos». Los mejores hoteles, con CNN en la televisión y mucha comida, aceptan exclusivamente dólares. Los cubanos, en su mayor parte, son detenidos en la puerta a menos que trabajen allí o sean invitados de extranjeros portadores de dólares. «Es una especie de apartheid, dijo un cubano. Con los dólares de los turistas, las prostitutas y los estafadores han regresado a las calles de La Habana como en los días de Batista, y el gobierno está por tomar medidas enérgicas.

Sin embargo, el turismo contribuyó con más ingresos a la economía cubana en 1998 que el azúcar, antiguamente el principal recurso económico. En 1997, Cuba tuvo 1,2 millones de visitantes; en 1998, 1,4 millones, y se esperan dos millones para el año 2000. El 53 por ciento de los turistas llegan de Europa y el resto prácticamente nada más de Canadá y Latinoamérica. Los nuevos hoteles representan inversiones de socios extranjeros, en su mayoría europeos y canadienses.

Un nuevo muelle en La Habana espera cruceros que traerán más turistas. Cuba da la bienvenida a los estadounidenses; no obstante, el embargo contra Cuba, que prohíbe el comercio con la isla, estipula que los ciudadanos de ese país, salvo exoneraciones, no pueden gastar dinero allí, aunque miles la visitan ilegalmente.

Todos esperan que las normas cambien, pero nadie sabe cuándo; de forma que la inminente llegada de los estadounidenses en gran número, su dinero, sus exigencias, yacen en el horizonte como una gran nube tormentosa sobre el mar, que algún día traerá lluvia sobre la vieja ciudad y la cambiará para bien o para mal.

El Ministerio de Turismo ha empezado a utilizar Internet. Mientras tanto, el cubano común tiene negado su uso. La vida en Cuba hoy día es rica en contradicciones, y al parecer en nada más.

John J. Putnam

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