CS #174 – Enfermo típico

Cartas

El científico social no trata con individualidades; sus objetos son agregados de individuos, grupos, comunidades, sociedades. En un cierto sentido procede como un médico, a quien es imposible tratar a un enfermo de hepatitis considerando cada célula hepática por separado, y debe tratar al hígado como un sistema, como un aparato o conjunto.

O, como proponía Maximilian (Max) Weber, el científico social debe construir «tipos ideales», conceptos armados a través de la integración lógica de rasgos extraídos de la realidad. Así, el tipo ideal de democracia se construirá a partir de rasgos existentes, preferiblemente comunes a varias instancias concretas de democracia, los que se abstraerán e integrarán para constituir el concepto que según Weber permitiría una discusión científica de lo social, en este caso una discusión científica sobre democracia. Nada en la realidad, por otra parte, es idéntico a un tipo ideal.

Un tipo ideal, además, no se entiende en el uso común del término, como algo positivo, intrínsecamente deseable. Es posible tanto hacer un tipo ideal de centro de culto como un tipo ideal de cámara de tortura. Aquí la palabra ideal sólo dice que se trata de algo que existe únicamente en el plano de las ideas.

Es así como pudiera construirse un tipo ideal de opositor. O, más específicamente, un tipo ideal de opositor en Venezuela en este año de gracia de 2006. Todavía más enfocado, un tipo ideal de opositor en grado patológico. Hay un opositor que es patológico porque su conducta (ideal) conspira contra las posibilidades de éxito de la oposición y también porque se daña a sí mismo. ¿No vale la pena preguntar por los rasgos de este tipo de opositor? Si se quisiera aumentar la probabilidad de que la oposición prevaleciera y al mismo tiempo impedir el sufrimiento del opositor patológico ¿no convendría examinar y describir a este sujeto en términos de un tipo ideal?

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El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo, una manifestación más de la maldad de su régimen.

Pero, atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume les causará mayor irritación. El niño es llorón y la mamá lo pellizca.

Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral.

Y todavía hay un segundo mecanismo psicológico que refuerza la adicción: que en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista. Ahora soy héroe, pues he sentido en carne propia la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora soy valiente patriota.

Si, por otra parte, soy gente de clase media o baja, mi participación en un movimiento en el que destacan notables figuras de la más alta clase me confiere movilidad social vertical, sobre todo si logro identificarme con algún atuendo característico de la clase alta, como un sombrero de Panamá. Ahora me codeo con los más ricos y hasta parezco adinerado.

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El tipo weberiano de opositor es, asimismo, un ser inerrante; nunca se ha equivocado. Carmona habría tenido razón al volarse sin remilgos la Asamblea Nacional entera y anular la designación bolivariana de la república; el paro que siguiera al carmonazo habría sido la medida justa, sobre todo cuando entró en él la «gente del petróleo»—a pesar de que por su acción se acelerara grandemente lo que presumían un desenlace inconveniente e inevitable. («Chávez nos iba a fregar—otro verbo más castizo fue el empleado—en dos años; con el paro petrolero hicimos que se quitara la careta y nos fregara en dos meses». Tuvo razón Carmona; tuvieron razón Ortega y Juan Fernández, tuvieron razón Enrique Mendoza y Pompeyo Márquez. («Político que no negocia no es político», y aquella prescripción sobre la «rendija» por la que había que pasar). Era correcto abstenerse el 30 de octubre de 2004 y el 7 de agosto de 2005; era lo acertado retirarse de las elecciones del 4 de diciembre del año pasado, aunque de esa manera se entregara todo el frente al enemigo.

Para esta psicología, la retirada y abstención del 4 de diciembre fueron, increíblemente, incomprensiblemente, un triunfo extraordinario, presagio en sí mismo del descalabro del régimen. Un nuevo espejismo triunfalista domina esa psiquis, cuando si algo estuvo claro el 4 de diciembre es que los electores no fueron cautivados por el discurso oficialista, pero mucho menos por el opositor. (Retirar las candidaturas a última hora era realmente un intento burdo por impedir el implacable juicio y el más patente rechazo a la oferta de oposición que pronosticaban, una vez más, todas las encuestas).

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El tipo ideal de opositor existencial, adicto e inerrante es también supersticioso. La Dra. Magaly Villalobos mostró este rasgo en trabajo al que llamó Caimanes de un mismo caño (2004), en el que encontraba más de una similitud entre el opositor radical y el chavista duro. En particular, describía la imaginería supersticiosa de cierta oposición, que a la superchería mariano-lioncista y santera de la afiliación oficialista, opone las estampitas virginales y pretende que la Madre de Dios ha sacado carnet de la Coordinadora Democrática.

Claro, esta concupiscencia supersticiosa ha sido estimulada desde altas esferas, como cuando un cardenal—que no es Rosalio—sugiriera en la Catedral de Caracas que los deslaves e inundaciones que asolaron el estado Vargas en 1999 eran ¡un castigo de Dios a la soberbia presidencial!

¿No había una relación numerológica implacable entre la fecha del referendo revocatorio y el número 2021, o algo así, que hacía ineludible la caída de Chávez? ¿No lo habían determinado los astros de algún modo?

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El tipo ideal de opositor que estamos considerando es, por otra parte, simplista y trillado. Va por la vida (política) armado de dogmáticas prescripciones estratégicas: «Hay que calentar la calle» (de allí la marcha del domingo 22 para conmemorar el 23 de enero); «lo que hay que hacer es constituir un movimiento de movimientos»; «si no hay un CNE confiable no se puede ir a elecciones»; «la unidad es necesaria por encima de cualquier cosa, y debemos tener un solo candidato opositor».

Entonces, para mostrar que hay unidad se señala que los partidos decidieron, «unitariamente», no participar en las elecciones del 4 de diciembre y se entarimaron unitariamente el domingo 22 de diciembre. Y volvimos a ver al mismo liderazgo que produjo error tras error y fracaso tras fracaso; de nuevo Eduardo Fernández y Henry Ramos Allup y Herman Escarrá y la «gente del petróleo» hablaron al centenar de miles de personas que marcharon el domingo pasado. A pesar de que ellos encarnan la política que nos trajo a Chávez, to begin with, a pesar de que no han cambiado en un ápice ni sus métodos ni sus aproximaciones, a pesar de que causaron descalabro tras descalabro, y con ello una desmesurada aceleración de la tumoral autocracia chavista, todavía obtienen tribuna y todavía los opositores adictos, inerrantes, supersticiosos y simplistas permiten tan desfachatada insistencia.

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Por supuesto, el tipo ideal aquí descrito no agota los tipos de opositores—hay varios tipos más constructivos—y, por otra parte, también es posible describir un tipo weberiano de chavista patológico, con sus propios odios y su propia enfermedad. El suscrito debe admitir, sin embargo, que no tiene mucho contacto con ejemplares que se parezcan a este último tipo. Lo que más observa son individualidades cuya conducta se parece al tipo ideal de opositor patológico.

El estado mental, la situación emocional de este tipo de opositor no puede hacer otra cosa que agravarse, pues siendo que su conducta fortalece al objeto de su odio obtiene, en su empecinamiento, lo mismo que le angustia. Es difícil tratarle: cuando se busca explicarle algún aspecto de la realidad cuya conciencia pudiera hacerle aterrizar, una cierta clase de paranoia le hace ver traidores en quienes procuran que entienda. Esto por lo que toca al nivel individual, a la tragedia psicológica que corroe la salud mental.

En lo tocante a la dimensión política, es imposible lograr aciertos con la aplicación reiterada de recetas que se ha demostrado son ineficaces una y otra vez. No es posible obtener resultados novedosos y eficaces con la repetición de métodos viejos e ineficaces. El peor de todos, se ha comprobado, es el de permitir el predominio del opositor adicto, ritual, obsesivo, supersticioso, inmediatista, estratégicamente superficial.

Y es que más allá del método es toda una concepción estratégica la que falla. ¿No está claro que hasta ahora la «oposición» a Chávez ha fracasado estrepitosa y reiteradamente? ¿No será hora de trasponer («poner detrás») a Chávez, en lugar de oponérsele? ¿No será que para superarlo hay que atravesarlo? LEA

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FS #82 – Promesas incumplidas

Fichero

LEA, por favor

En octubre de 1992, recordaremos, se celebraba el quinto centenario del Descubrimiento de América. Una década antes Arturo Úslar Pietri advertía en Santa Cruz de Tenerife: «Faltan pocos años para 1992. Ese año celebraremos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Con los discursos tradicionales, con los desfiles que hemos hecho siempre, con un gran jolgorio, llenándonos la boca con las glorias pasadas?» En lugar de eso Úslar invitaba a celebrarlo «quietamente, sólidamente, orgullosamente diciendo: a los quinientos años del Descubrimiento hemos creado una nueva circunstancia mundial, nos hemos puesto de acuerdo y desde ahora, en las grandes familias de pueblos, al mismo nivel de la familia anglosajona, de la eslava o de la asiática, está la familia de los pueblos ibéricos y está desempeñando un papel de primer orden».

Tal cosa no fue posible para los venezolanos. Ése fue el mismo año escogido por los conjurados de febrero y de noviembre para intentar un violento y abusivo golpe para tomar el poder. Nos aguaron la fiesta, pues.

Y es en ese mismo octubre de 1992 que Gerard Piel (1915-2004), antiguo Presidente de la Asociación Norteamericana para el Avance de la Ciencia (AAAS) y por entonces Editor Emérito de Scientific American, escribió para esta revista un breve ensayo sobre lo que se llamó la Agenda 21: una enumeración de tareas a ejecutar por las naciones miembros de la ONU, a fin de asegurar un desarrollo sustentable para el mundo en el nuevo siglo que se avecinaba.

La Ficha Semanal #82 de doctorpolítico presenta una traducción del texto de Piel, que preservando la urbanidad y la elegancia que tendrían que caracterizar a las personas civilizadas, es no obstante una implacable denuncia y una clara exigencia, dirigida sobre todo esta última a los países desarrollados. Es un ejemplo clarísimo de cómo la más exigente postura política no tiene por qué estar acompañada de la procacidad o la patanería.

El mismo Piel, en un coloquio organizado por la AAAS sobre el tema «Sociedad y Ciencia» entre 1997 y 1998—el año que vería la llegada de un antiguo golpista al poder en Venezuela—enumeraba así los «principales problemas confrontados por la sociedad»:

1. Una disparidad creciente en la distribución de la riqueza y el ingreso, exacerbada en este país por razones raciales, invita al desorden social y amenaza las instituciones de autogobierno en las economías principales de Occidente; 2. Una autoridad debilitada de los gobiernos de esas economías—por ejemplo, su total pérdida de control sobre el valor de sus monedas—reduce las posibilidades de detener o corregir el proceso expuesto en el punto precedente; 3. La ignorancia de la ciencia en las poblaciones de esos países incapacita a los ciudadanos para el ejercicio de su soberanía. No teniendo independencia económica—85 por ciento o más viven de empleos; contrástese con lo dicho por Tawney: «…no hay orden social más justo que aquél en el que el ciudadano pueda decir: ‘Es un alivio en la mente de un hombre vivir de sí mismo, poseer las herramientas con las que trabaja y conocer con certidumbre su heredero’.»—están asimismo desposeídos de autonomía intelectual y moral».

LEA

Promesas incumplidas

Ahora que los jefes de 178 misiones han dejado sus discursos de apertura en las minutas, la 47ma. Asamblea General de las Naciones Unidas, convocada a su cuartel general en la ciudad de Nueva York, se ha abocado al verdadero asunto pendiente. Este asunto es la Agenda 21, el producto del trabajo de la Conferencia sobre el Ambiente y el Desarrollo de las Naciones Unidas, celebrada en Río de Janeiro en las primeras dos semanas de junio. Hay buenas probabilidades—esto es, si son buenas las probabilidades para el futuro de la humanidad—de que la Agenda 21 suministre la agenda para muchas asambleas generales por venir.

En 40 capítulos, la Agenda 21 desglosa las tareas necesarias para asegurar un «desarrollo sostenible». Es un programa para economizar los recursos del planeta que se pierden. Junto con el elenco de problemas familiares a los ambientalistas—la capa de ozono, el calentamiento global, la deforestación, la desertificación, la erosión del suelo, la biodiversidad—la Agenda 21 prescribe acciones a tomar contra la pobreza, la mortalidad infantil, la desnutrición, las enfermedades epidémicas, el analfabetismo y otras aflicciones que desperdician ese otro recurso del planeta: su población humana.

Con la acción prescrita en la Agenda 21 concertada por las Naciones Unidas, se puede lograr que la tierra soporte el inevitable aumento de la población humana a no menos de 10 mil millones hacia fines del siglo próximo—y sostener esa población de allí en adelante, estabilizada alrededor del número que habrá alcanzado para entonces. Capítulo a capítulo, la Agenda 21 cuantifica los requerimientos de capital para cada una de las tareas por hacer. A cada grupo de naciones—las desarrolladas y las desarrollantes—adjudica su cuota del capital necesario para lograr cada tarea. Las adjudicaciones a ambos grupos varían de capítulo a capítulo, dependiendo de la naturaleza del insumo de tecnología requerido.

En conjunto, los requerimientos se elevan a $600 mil millones por año, a ser mantenidos hasta que el desarrollo se haga autosostenido. Para las naciones en desarrollo, las adjudicaciones acumulativas suman más de tres cuartas partes de la inversión anual, principalmente en forma de trabajo y recursos. Para los países desarrollados, esto deja un remanente de $125 mil millones, a ser suplidos principalmente en forma de tecnologías esenciales.

La adopción de la Agenda 21 por la conferencia de Río no compromete a nación alguna para nada. Contiene incluso un menor compromiso que las dos convenciones ambientales firmadas por 110 jefes de Estado y gobierno en la Cumbre de la Tierra que coronó los trabajos de Río. La convención sobre el calentamiento global fue reducida, por objeciones de los Estados Unidos, a poco más que una declaración de intención. El presidente de los Estados Unidos no prestó su crucial firma a la convención sobre biodiversidad. Sin embargo, la Agenda 21 tendrá más peso que emprendimientos solemnes de la comunidad de naciones o también se quedará en nada.

La Agenda 21 concierne a nada menos que la acomodación de la especie humana a los recursos de la tierra. Logísticamente, al menos, muestra que esta meta es factible y finita.

En los países desarrollados, la revolución industrial ha aumentado de tal manera el bienestar material de los individuos hasta un punto en que el crecimiento poblacional se ha detenido. Asegurados de la supervivencia de su primera prole, la gente toma la decisión de no tener más. La celebrada explosión poblacional de los países en desarrollo evidencia los comienzos de la revolución industrial en ellos. Las tecnologías más portátiles—la educación popular, la salubridad, la medicina preventiva y la revolución verde—han traído un alargamiento de la esperanza de vida en todas partes.

La tasa de incremento de la población mundial ha estado en declinación desde que alcanzó un pico de alrededor de 2 por ciento en 1970. En algunos países, más notablemente en la India y la China, las tasas de natalidad han estado declinando mientras las tasas de mortalidad de los menores de 5 años han decrecido.

La Agenda 21 tiene a su favor una historia de 50 años en el centro de la política internacional. Al término de la II Guerra Mundial y a la fundación de las Naciones Unidas, seguridad quería decir desarrollo económico. En el Punto 4 de su discurso de toma de posesión en 1948, Harry S. Truman reunió a sus compatriotas para llevar el Plan Marshall, que había comenzado la reconstrucción de Europa, hasta los países subdesarrollados. Un grupo de expertos determinó para la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1951, que la inversión anual en términos de concesión de 1 por ciento del producto nacional bruto (PNB) de los países desarrollados, sostenida hasta el término del siglo, permitiría la revolución industrial en los países subdesarrollados.

En 1961, incluso después de que la guerra fría hubiera convertido al control de armas en sinónimo de seguridad, John F. Kennedy logró que la Asamblea General de las Naciones Unidas declarara a los años sesenta la Década del Desarrollo y comprometió 1 por ciento del PNB de su país con esta visión. Cuando un examen retrospectivo pudo ver a los años sesenta como la Década del Desengaño, las naciones industriales prometieron la «más realista» cifra de 0,7 por ciento de su PNB combinado para el desarrollo económico de los países subdesarrollados. Nada, sin embargo, surgió de estas promesas unilaterales desde arriba.

En los años setenta los países subdesarrollados se envalentonaron con los shocks petroleros de la OPEP como para exigir un Nuevo Orden Económico Internacional. Las naciones desarrolladas no sólo tendrían que cumplir sus promesas de asistencia económica, sino que también deberían revisar los términos de comercio con los que los subvaluados recursos de países preindustriales, comenzando por el petróleo, subsidiaban la prolongada expansión de las economías industriales. Nada surgió tampoco de ese reto unilateral desde abajo.

Al componer la Agenda 21, las naciones fueron finalmente obligadas a asumir la tarea largamente requerida por temores, crecientes en todo el mundo, acerca del ambiente. Los viejos hábitos son duros de matar, sin embargo; la Agenda 21 es el producto de un arduo regateo. El borrador de 500 páginas fue a Río con todos los pasajes referidos a «implementación» (financiamiento) entre paréntesis para su negociación allí. De Río la Agenda 21 salió inflada a 1.000 páginas con los borrosos compromisos que eliminaron los paréntesis.

Cualesquiera sean esos compromisos, las naciones ricas y pobres se han acordado por primera vez sobre lo que será requerido para que la especie humana ajuste sus números y sus apetitos a las dimensiones de un mero planeta. Así han descrito la tarea que debe ser hecha.

El poder desempleado de la gente y los recursos subutilizados de las naciones pobres esperan por la tecnología que los ponga a trabajar. Los $125 mil millones para tecnología están justamente por debajo del largamente prometido 0,7 por ciento del PNB de los países industriales.

Gerard Piel

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CS #173 – Esclerosis paradigmática

Cartas

Si una mirada clínica se posara sobre Venezuela para tratarlo como paciente ¿qué anotaría luego en su historia médica? (Por clínico se entiende acá una perspectiva desapasionada desde la que los nombres de los protagonistas concretos son sistemáticamente evitados, para adoptar un punto de vista general y sistémico).

Es evidente que el sistema político venezolano funciona inadecuadamente y que contribuye de manera decisiva al comportamiento también inadecuado de otros sistemas, pues no sólo no genera las respuestas para los problemas que muchas veces él mismo diagnostica, sino que impide el normal desenvolvimiento de los restantes componentes societales. En la caracterización de esta insuficiencia política funcional es importante anotar que se trata de un proceso autocatalítico, o, lo que es lo mismo, un proceso cuyos productos contribuyen a acelerar el proceso: esto es, se produce una retroalimentación. El desempeño incorrecto del sistema político se va agravando en virtud de su propia ineficacia. Asimismo, otro rasgo digno de notar es que el sistema político se comporta en estas condiciones con una exacerbación de sus respuestas alérgicas. Las críticas al sistema sólo se aceptan si provienen del mismo sistema político o, mejor, del mismo gobierno. Y, por supuesto, una de las modalidades de descalificación de la crítica externa consiste en calificar a los críticos de «conspiradores».

Así, pues, la insuficiencia política funcional se manifiesta en Venezuela desde hace tiempo (bastante antes de 1998) como enfermedad grave y, lo que es peor, con tendencia a un progresivo agravamiento. No es, pues, una situación desconocida para los habituales protagonistas de la escena política nacional esta insuficiencia política funcional aguda. ¿Cuáles son sus causas?

Una primera causa evidente es la del hipercrecimiento del tejido político, que infiltra e invade a otros tejidos del soma nacional. Es posible referirse a una neoplasia del sistema político que, como todo crecimiento maligno, va destruyendo otros tejidos hasta el punto de destruir la vida y por este proceso destruirse al final a sí mismo. La infiltración más notable es detectada en la invasión del sistema judicial (controlado desde el Ejecutivo), en la invasión del sistema económico a través del excesivo control permisológico que impide la circulación normal y de una hiperplanificación, y en la invasión y mediatización del sistema de representación popular. Pero también en la penetración de la misma vida cotidiana, a través de la incesante propaganda gubernamental, exacerbada más allá de límites normales. Esta hiperplasia política hace que el propio sistema político se encuentre en situación de sobrecarga decisional, puesto que, a las complicadas circunstancias ambientales derivadas de los problemas habituales que no se resuelven, ha añadido la complicación de su propio exceso.

En circunstancias tan complicadas como las actuales, resulta incomprensible que el propio Ejecutivo Nacional se complique y se recargue con una miríada de responsabilidades que bien pudiese delegar o desempeñar de otra forma. En tales condiciones, no queda tiempo material ni psicológico para la invención eficaz de políticas. Las presiones cotidianas consumen todo el tiempo disponible y, de este modo, la planificación de estrategias resulta poco menos que imposible. El Gobierno actúa para «apagar incendios», pues no puede dedicar suficiente atención a los verdaderos negocios de Estado, sobre todo cuando también debe dedicar atención a los ataques de la oposición y a los acontecimientos políticos de su propio patio.

Pero debe existir una causa más profunda de insuficiencia del sistema político pues, como se ha anotado, estos procesos patológicos han sido más de una vez diagnosticados. Es así como algo más fundamental es la causa última de la insuficiencia. En nuestra opinión esta causa es la esclerosis paradigmática evidente en los actores políticos tradicionales.

Todo actor político lleva a cabo su actividad desde un marco general de percepciones e interpretaciones de los acontecimientos y nociones políticas. Este marco conceptual es el paradigma político, y del paradigma que se sustente depende la capacidad de imaginar y generar las soluciones a los problemas públicos.

Es ése el sustrato del problema. La insuficiencia política funcional en Venezuela no debe explicarse a partir de una supuesta maldad de los políticos tradicionales. Con seguridad habrá en el país políticos «malévolos», que con sistematicidad se conducen en forma maligna. Pero esto no es explicación suficiente, puesto que en la misma proporción podría hallarse políticos bien intencionados, y la gran mayoría de los políticos tradicionales se encuentra a mitad de camino entre el altruismo y el egoísmo políticos.

La explicación última de nuestra insuficiencia política funcional reside, pues, en la esclerosis paradigmática del actor político tradicional. De modo sucinto enumeraremos algunos componentes del paradigma esclerosado:

1. Existe un «país político» distinguible del «país nacional»:

Esta formulación comprende un conjunto de postulados acerca de la naturaleza política de la sociedad venezolana. Para los actores políticos tradicionales ellos conforman el llamado país político. Son ellos los únicos autorizados para el manejo de los problemas públicos. El resto del país, el «país nacional» (o «sociedad civil»), no tiene otra función política que la de establecer, con cada elección, un orden de poder entre los componentes del «país político», el pecking order (orden de picoteo en un gallinero) que distribuye el poder disponible entre los candidatos.

Esta visión es, por supuesto, errada. El país nacional es el país político. Por definición, el Estado es la sociedad política, y se define al Estado como un conjunto de personas que ocupan un territorio definido y se organizan bajo un gobierno soberano. No es el Estado el conjunto de los ciudadanos con activismo político, como no lo es ni siquiera el gobierno de una nación. El Estado, la sociedad política, comprende a todos los nacionales de un país. Esta elemental noción se confunde, se olvida o se escamotea con frecuencia. Se olvida, por ejemplo, que a los poderes públicos tradicionalmente considerados (ejecutivo, legislativo, judicial) los precede el poder fundamental que llamamos poder constituyente originario, cuya residencia es el pueblo. Otra cosa es la delegación de poder que se establece a través del acto electoral, pero no puede seguirse sosteniendo, por esclerótica, esa noción de la separación de un país político y un país nacional, de los políticos, por un lado, y de la «sociedad civil» por el otro.

2. El país nacional queda representado por las cúpulas sindical y patronal:

La representación sindical y la representación patronal o empresarial no agotan la diversidad de tipos o funciones ciudadanas. Por ejemplo, no entran en esas representaciones los profesionales independientes, las amas de casa, los artistas, los educadores, los deportistas, los científicos, etcétera. Cada vez, a medida que el concepto de sociedad industrial va dejando de ser moderno, esa división va siendo menos aplicable. Sin embargo, es esa dicotomía obrero-patronal la única que parecen poder manejar los actores políticos tradicionales. Con la adición del gobierno (sumo representante del «país político») se completan las habituales «comisiones tripartitas» que se supone están en capacidad de tramitar y resolver todos los asuntos públicos.

3. El problema político fundamental consiste en dilucidar la porción de la renta nacional que debe ir a los empresarios y la que debe ir a los obreros:

A partir de los planteamientos socialistas del siglo XIX comenzó a llamarse a esta formulación el «problema social moderno», sobre todo desde las primeras encíclicas «sociales» de los papas: León XIII en Rerum Novarum de 1891 y Pío XI en Quadragesimo Anno de 1931. Las diferencias entre las distintas ideologías políticas no desdicen de esta definición, sino que se establecen en razón de la preferencia concedida a alguno de los dos «componentes» de la sociedad industrial o «moderna». Pero ha ocurrido con las descripciones societales lo mismo que con las descripciones del átomo: se comenzó por una apacible y convenientemente sencilla descripción a base de protones, electrones y neutrones. Hoy en día son más de doscientas las partículas subatómicas conocidas. Del mismo modo sucede con las descripciones de la sociedad actual, como se anotaba en el punto anterior.

4. El estado ideal de la sociedad humana es aquél en el que todos los hombres son iguales:

Tanto en el liberalismo (igualdad original de los hombres) como en la utopía igualitarista del marxismo clásico (igualdad final), encuentra expresión esta mitológica consideración. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo, recoge así el principio involucrado: «We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal…» («Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales.») Esta formulación se cuela, asimismo, en frases tales como la de «desigualdad en la distribución de las riquezas», implicándose por esto que la renta debiera, en principio, distribuirse igualitariamente. Una sociedad «sana», sin embargo, es una en la que la distribución de la riqueza aproxima la distribución de cualidades morales de una sociedad expresadas en la práctica. En un sistema político sano, es normal que exista un pequeño número de personas que reciban una remuneración muy alta, siempre y cuando la proporción de personas que reciban una remuneración baja sea asimismo muy pequeña.

5. El acto de legitimación política consiste en tener éxito en descalificar la legitimidad del oponente:

El político tradicional se comporta con arreglo a esa norma. De allí que su acción se vea prácticamente reducida a una oposición a priori respecto del contendor político. Obviamente, la descalificación de un contrario no es la calificación automática de su contendor. La calificación de un político debe establecerse sobre la base de la eficacia de los tratamientos políticos que sea capaz de concebir y aplicar, independientemente de la negatividad del contrario. Es así como, más que descalificar por la negatividad del oponente, lo correcto es descalificar por la insuficiencia de lo que tiene de positivo.

6. El actor político debe presentarse siempre como si durante toda su trayectoria no se hubiera equivocado nunca:

El político tradicional parte de la errada noción de que si exhibe sus errores los electores le perderán el respeto y ya nunca será elegido. A medida que los medios de comunicación han ido desmitificando las otrora inaccesibles y sacralizadas figuras políticas, esta postura es menos sostenible. El pueblo sabe intuitivamente que es imposible, aún para el político más admirable, la inerrancia política.

7. Los valores expresados en las ideologías políticas son intrínsecamente metas u objetivos:

Se cree que nociones tales como «el Bien Común», «la justicia social internacional», «la dignidad de la persona humana», etcétera, son conceptos susceptibles de ser considerados como objetivos. Se llega a decir, por ejemplo, que el Preámbulo de la Constitución es un «modelo de desarrollo», o la Constitución misma un «proyecto de país». En verdad, lo que es factible hacer es inventar políticas, y luego emplear los valores como criterios de selección para escoger la política que deba aplicarse.

Estos son algunos de los rasgos característicos del paradigma político que ha sufrido un proceso de esclerosamiento. Otros rasgos incluyen, por ejemplo, una descripción «weberiana» de la legitimidad política. (Max Weber enumeró tres fuentes de legitimación del poder o la dominación, a saber: la legitimación tradicional (la que esgrimen frecuentemente los fundadores de partido); la legitimación carismática (entendido carisma como la capacidad de generar adhesión irracional en los seguidores del líder); la legitimación burocrática (establecida por el dominio de un complicado aparato de control político). Ante esta clase de legitimidad se hace necesaria una legitimación paradigmática (posesión de un punto de vista o marco general de interpretación de mayor correspondencia con la realidad política) y, sobre todo, una legitimación programática. (Otra vez, la capacidad de generar y aplicar tratamientos eficaces). También ha esclerosado la ya antigua distinción entre derechas e izquierdas, por la inadecuación de la descripción dicotómica de la sociedad actual.

Algunos entre los actores políticos tradicionales han supuesto que el paradigma en crisis esclerótica continúa vigente y que, por lo contrario, lo que habría que hacer es «volver a los orígenes», a una supuesta edad dorada en la que lo ideológico habría sido factor predominante sobre lo pragmático. Así, se convoca a «congresos ideológicos» y se rechaza ostensiblemente el pragmatismo «al que se ha llegado». Se exalta así «las raíces» de un partido, el que habría sido, durante su época edénica, un movimiento puro que correspondía a ideales, y que, lamentablemente, habría sido corrompido por la preocupación pragmática. Pero volver hoy a «las raíces» de ideologías ya esclerosadas equivaldría a que los físicos de hoy echaran por la borda todo lo descubierto sobre el átomo y regresaran al modelo de J. J. Thomson, que lo concebía, cuando ni siquiera la existencia del neutrón hubiese sido postulada y mucho menos verificada, como una especie de budín en el que los electrones se incrustaban como uvas pasas. (Nuevamente, puede constatarse que muchos de los abanderados de un «rescate ideológico» de los partidos son los más acendrados practicantes del pragmatismo político de la Realpolitik).

Es a la causa fundamental de la insuficiencia política funcional venezolana, la esclerosis paradigmática de los actores políticos tradicionales, a la que hay que dirigir el tratamiento de base. Si éstos se muestran incapaces de acceder a un nuevo paradigma, habrá que sustituirlos por otros que lo encarnen.

LEA

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FS #81 – Los sabios al poder

Fichero

LEA, por favor

Hasta la fecha no existe quien haya superado a Isaac Asimov en tanto divulgador de ciencia. Sus numerosos libros divulgativos—que no incluyen sus cuentos y novelas de ciencia ficción ni su crítica literaria—son una admirable combinación de rigor expositivo, amenidad y transparencia. Leer a Asimov para aprender de ciencia es como bañarse en un río cristalino de conocimiento amablemente ofrecido y fácilmente comprensible. Isaac Asimov, que para algunos fue el papa de la ciencia-ficción, sin duda lo ha sido de la divulgación científica.

Carl Sagan (1934-1996), tal vez, es quien más se le acerque en cuanto a eficacia divulgativa. Menos prolífico que Asimov, fue sin embargo un expositor que no se limitó al medio escrito, usando la televisión como un histrión magistral. La serie televisiva «Cosmos» es su aporte más conocido. Asimov, por otra parte, abandonó su carrera como bioquímico investigador para dedicarse de lleno a la docencia y la escritura; Sagan nunca dejó de ser un científico destacado y vanguardista. Fue uno de los propulsores de la exobiología, un cosmólogo que intervino decisivamente en la exploración extraplanetaria y en la búsqueda metódica de inteligencia extraterrestre.

En 1989 Guy Sorman, escritor y periodista francés, publicó su libro «Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo», en el que recoge entrevistas comentadas a intelectuales tan importantes como Ilya Prigogine, Bruno Bettelheim, Octavio Paz, Karl Popper, Friedrich von Hayek, James Lovelock, Noam Chomsky, Stephen Gould y Claude Tresmontant. El primer entrevistado de la serie es Carl Sagan, y la Ficha Semanal #81 de doctorpolítico reproduce las tres últimas secciones del capítulo con el que Sorman inaugura su libro.

Dice Sorman: «Sagan no es… un intelectual de cámara, sino un sabio institucional al frente de gigantescos medios de investigación, sin precedentes en la historia de la humanidad. Es, en particular, responsable de las grandes expediciones científicas de las naves espaciales Viking y Voyager hacia Marte y Neptuno. El laboratorio que él dirige en la Universidad de Cornell, en el norte del estado de Nueva York, es una autoridad en la reconstrucción in vitro de los orígenes de la vida orgánica».

Y las palabras de Sagan recogidas por Sorman, provenientes de una mente científica, no pueden escapar a la fuerza de gravitación política, lo que es la razón de la ficha de esta fecha.

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Los sabios al poder

Los extraterrestres tienen la palabra

En Pasadena, California, Carl Sagan ha creado una emisora de radio—»privada», precisa él—destinada a eventuales oyentes de nuestra galaxia. Abarca simultáneamente ocho millones de frecuencias. Es, en opinión de Sagan, el medio menos caro y más rápido de comunicar con otras inteligencias… suponiendo que las haya en el universo. En el caso de que recibamos una señal de respuesta, aunque sea incomprensible, sería la prueba de que no estamos solos en el cosmos. Si llegamos a descifrar dicha señal, entraríamos en relación con una forma de inteligencia que probablemente tendrá una concepción del universo diferente de la nuestra. Pero Sagan se guarda mucho de hacer la menor predicción: «Si no obtengo ninguna respuesta—dice—ello demostrará cuán preciosa y rara es la vida. El silencio cósmico nos incitará a preservarla mejor».

Sin ir a buscar tan lejos el posible efecto de estas ondas de radio, ¿qué sabemos hoy de las posibilidades de vida en las cercanías, en nuestro propio sistema solar?

Las probabilidades son casi nulas. Marte ha constituido una decepción particular para los amantes de la ciencia-ficción: ¡los famosos «canales» descubiertos en 1906 por el bostoniano Percival Lovell sólo existían en su imaginación! Desde comienzos de siglo, explica Sagan, todos los astrónomos sabían que Lovell se había equivocado. Lo cual no impidió que el mito de los marcianos se propagara. Desde entonces, se han posado robots en Marte. En los dos lugares explorados por el Viking en 1976, no fue descubierta la menor traza de molécula orgánica.

Sagan no descarta, sin embargo, que se puedan encontrar fósiles de microbios en otras regiones de este planeta. ¿Quizá tenemos aún que aprender que la vida es susceptible de revestir formas inimaginables? En cualquier caso, actualmente es seguro que no existen marcianos. Podría haberlos en el futuro, en caso de que el hombre colonizara Marte: nos convertiríamos entonces en nuestros propios marcianos. Técnicamente, es posible pensar en ello, opina Sagan, pero ¿es deseable desde un punto de vista político?

Para Sagan, lo más urgente no es colonizar el espacio, sino salvar la Tierra…

La destrucción de la Tierra ha comenzado

Dentro de miles de millones de años, la Tierra ya no existirá. Pero, desde ahora hasta la «compresión final», corremos riesgos más inmediatos. Sagan se toma en serio el problema del calentamiento artificial de la atmósfera, los «agujeros» en la capa de ozono y el invierno nuclear.

Desde que el hombre vive sobre la Tierra es cierto, dice, que jamás ha modificado su ecología de manera decisiva. Pero eso se debe a que nuestra especie era poco numerosa, y nuestras técnicas arcaicas. No nos hemos percatado todavía bien de que la explosión demográfica y la industrialización generalizada del siglo XX han modificado radicalmente nuestra manera de habitar el planeta.

Con la combustión de la energía fósil (petróleo-carbón) y la desaparición de los bosques, los rayos del Sol están como encerrados en un invernadero cuyos cristales tienden a hacerse más gruesos. El fenómeno podría conducir a un aumento de la temperatura media en la superficie del globo de cuatro grados en un siglo. ¿Irrisorio, quizá? Dramático, responde Sagan. Cuatro grados de media es algo enorme, si vemos que, entre la era glacial de la prehistoria y nuestra época, la diferencia en la temperatura media es sólo de ocho grados. Esos cuatro grados suplementarios provocarían la desaparición de la agricultura en las zonas actualmente templadas, y harían fundir los hielos polares, lo cual significaría la inundación de todas las regiones costeras: Dinamarca, los Países Bajos y Bangladesh, entre otras, serían borradas del mapa.

De todos los peligros, estima Sagan, el «invierno nuclear» es el más inmediato. El desarme tal como lo estudian los rusos y los americanos no afecta más que al tres por ciento de las armas nucleares disponibles. Sin contar con que la capacidad nuclear de Francia, por ejemplo, bastaría por sí sola para destruir toda vida humana en el planeta.

¿Qué hacer? Estamos en un callejón sin salida. Los pueblos no quieren oír hablar de esos riesgos ecológicos o nucleares cuya amplitud o previsibilidad les superan. Confían ciegamente en sus gobiernos, los cuales se muestran indiferentes a los problemas a largo plazo. Por añadidura, tales problemas no tienen una solución a nivel nacional: las moléculas de anhídrido carbónico, al igual que las radiaciones, ¡no tienen pasaporte!

¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! «La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar».

Prohibido pensar

«Pero no estoy seguro—me dice Sagan—de que la actual edad de oro de los sabios pueda prolongarse mucho tiempo. En apariencia, estamos (comenzando por los cosmólogos) en una edad de oro. Por primera vez, los hombres pueden no sólo observar los suburbios terrestres, sino ir a verlos sobre el terreno. En agosto de 1989, la nave espacial Voyager se aproximará a Neptuno, el planeta más alejado de nuestro sistema solar. Durante tres días recibiremos en directo imágenes de este planeta, del que lo ignoramos todo. Más allá (esto no tiene precedentes en la historia del cosmos), la nave espacial abandonará definitivamente el sistema solar y proseguirá su camino hacia el infinito». Para Sagan, hay que remontarse a las carabelas de los grandes descubrimientos para comprender la naturaleza y el alcance de una aventura que concierne a toda la humanidad. Por desgracia, nada garantiza que este tipo de progreso vaya a proseguirse de manera lineal. La historia de la ciencia nos inclinaría más bien al escepticismo.

Varias veces, en el pasado, la humanidad rozó descubrimientos esenciales, renunciando a proseguirlos. Observemos, propone Sagan, lo que ocurrió hace 2.500 años en las islas griegas. En Jonia, en la encrucijada de las civilizaciones persa, fenicia, griega y egipcia, Hipócrates creó la medicina, Anaximandro levantó el primer mapa de las constelaciones, Empédocles presintió la evolución de las especies, Pitágoras fundó la aritmética y Tales la geometría, y Demócrito tuvo la intuición de la estructura atómica de la materia. Con todo, un siglo más tarde, las fuerzas del oscurantismo ganaron la batalla, y hubo que aguardar dos mil años para volver a encontrar este primer inicio de la ciencia moderna.

Otros ejemplos de retorno al pasado: el incendio de la Biblioteca de Alejandría, el proceso de Galileo. Otros tantos testimonios de conflicto permanente que, en los occidentales, opone el deseo de saber al deseo de no saber.

«Tenemos tanto miedo del cambio como curiosidad por él. Se dice que Occidente es la cuna de la libertad, pero también siente la permanente tentación de la huida de la libertad y del conocimiento». Estamos, considera Carl Sagan, en uno de esos períodos en que la humanidad vacila. Valoramos las aportaciones de la ciencia, pero estamos al mismo tiempo en busca de indicaciones y de mentores que nos descarguen de nuestras responsabilidades.

Éste sería, según Sagan, el sentido del resurgir actual de los integrismos. Los nuevos oscurantistas, religiosos o totalitarios, estarían dispuestos a unirse bajo una misma divisa: «¡Prohibido pensar!»

Guy Sorman

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LEA #172

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No hace mucho tiempo desde que Per Bak y su grupo de colaboradores del Centro de Investigaciones Thomas Watson de IBM registrara lo que pasaba en un modelo a escala de avalanchas orográficas. Con un aparato tan sensible que era capaz de hacer caer arena grano por grano sobre una superficie circular, observaban la formación de colinas con una determinada «pendiente crítica», a partir de la cual la caída de un solo grano de arena podía provocar avalanchas. Largos períodos de observación documentaron la regularidad de una distribución con sentido intuitivamente previsible: que una secuencia larga de granos de arena cayendo sobre la colina genera un buen número de pequeños aludes; que en menor medida ocurren aludes de mediano tamaño; que son posibles avalanchas de gran talla, aunque muy poco frecuentes. Y, dicho sea de paso, que no se observa hasta ahora ninguna avalancha que desmorone la colina íntegra.

Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios. Si a un estadio en Ghana se le cierran las puertas mientras se suscita en él un arranque de desorden, y si al enjambre de espectadores se le acomete con gases lacrimógenos y ruido de explosiones, hay que contar conque el resultado no será una trifulca entre una media docena de fanáticos, sino una estampida con saldo de centenares de muertos y heridos. Si al estado Vargas se le cierran sus puertas, luego de seis años de desidia ante su tragedia, no debiera sorprendernos que explotara en expresión de ira desesperada.

Cuando los precios del petróleo subieron hacia el tercer trimestre del año 2000, una protesta de camioneros franceses prendió la mecha de una eclosión que se extendió por España, los Países Bajos, Italia, Nueva Zelanda y pare de contar. (Por cierto, no era una protesta contra la OPEP, sino como esta misma organización advirtiera, contra el nivel impositivo que los gobiernos de países consumidores aplican al gasto de energía). Los enjambres humanos, que a diferencia de las piedras y las arenas cuentan con un creciente grado de intercomunicación, están gradualmente adquiriendo la capacidad de catastrofizar a escala transnacional. No es solamente el comercio lo que se globaliza: también el alcance de la conflictividad social. No está lejos el día de un 27F a escala subcontinental o intercontinental. Mientras llega el día de ese evento nostradámico, cuidado con nuestra propia explosividad.

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