FS #89 – Tema de Estado

Fichero

LEA, por favor

El diario La Verdad de Maracaibo fue fundado bajo el liderazgo del fallecido Don Jorge Abudei, importante empresario del comercio maracaibero. La salida a la calle del nuevo medio impreso tuvo lugar durante el año electoral de 1998, y durante buena parte del mismo escribí artículos para el periódico, por gentil y generosa invitación de Don Jorge.

La Ficha Semanal #89 de doctorpolítico contiene íntegramente uno de esos breves artículos, escrito el 17 de septiembre de 1998. Llevó por título «Tema de Estado», y era una apretada síntesis de mi postura en materia de integración suramericana. Era un cambio respecto de mi posición en 1984, cuando escribí primeramente sobre el tema mientras sostenía la opinión de que el conjunto a integrar era el hispanoamericano. En el artículo para La Verdad ya opinaba que el criterio cultural debía dar paso al geopolítico.

Pero en lo que no hubo cambio fue en mi convicción de que respecto de la integración hemos seguido un camino incorrecto, en imitación del tránsito integracionista de los europeos. Estos fundaron tímidamente en 1946 la Comunidad del Carbón y del Acero, la que daría paso al Mercado Común Europeo, a la Comunidad Económica Europea y, finalmente, a la Comunidad Europea, que con todos sus tumbos apunta a una integración de carácter político.

Tal cosa era natural para los europeos; a fin de cuentas, no sólo no tienen unidad lingüística, como nosotros, sino que el Viejo Continente aloja al menos cuatro potencias con tradicionales suspicacias mutuas, dado que cada una—España, Francia, Inglaterra, Alemania—había sido a su vez primera potencia con voluntad hegemónica. Por añadidura, los europeos venían de echarse tiros los unos a los otros durante seis años y matarse cincuenta millones de habitantes. Quien hubiera planteado la unión política del conjunto europeo en 1946 hubiera sido lapidado.

Pero nosotros, los sudamericanos, no tenemos ninguno de esos impedimentos, razón por la que hubiéramos podido pensar que el modelo norteamericano—la unión política desde el comienzo—nos era posible, sobre todo en un siglo XX en el que el desarrollo extraordinario de la tecnología de las comunicaciones abría las posibilidades políticas.

Hugo Chávez, cuya retórica es aparentemente integracionista, ha escogido reforzar el modelo de la previa integración económica, por una ruta que no tiene sentido geopolíticamente—el MERCOSUR—echando por la borda el paciente trabajo que acumulaba la Comunidad Andina de Naciones a su llegada al poder en Venezuela. Está equivocado en este punto, como en tantos otros.

LEA

Tema de Estado

El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso.»

Hace unos años el tema integracionista, en nuestras latitudes, estaba entendido como latinoamericano. La base cultural y el importante grado de comunidad histórica de los latinoamericanos era el criterio predominante. No estaba lejos de incluso los españoles, la idea de una «reconstitución» de los antiguos dominios del imperio. En 1984 (junio) Juan Tomás de Salas, el editor de la revista Cambio 16, y comentando una visita del presidente Alfonsín a España, editorializaba así: «Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español»… «Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también.»

Poco tiempo después España se alejaba de esa añoranza y entraba, primero en la OTAN, luego en la Comunidad Económica Europea. Ahora es México que convino en conformar con los Estados Unidos y Canadá un gran bloque económico al norte del continente americano. Por esto el criterio cultural como el predominante en una idea de integración política se ha debilitado. Hoy resulta más natural la consideración de un criterio geopolítico y, sobre todo, ecológico.

América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.

Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya se han producido en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad. América del Sur puede ser una maqueta de este proceso más amplio de integración, pues además de la obvia presencia de la cultura latina, incluye a los pueblos de las distintas Guayanas y a los de las Malvinas. (Si es que no incluyésemos también a las Antillas Neerlandesas o a Trinidad y Tobago).

Pero América del Sur incluye a Brasil, y su escala no debe ser ignorada. Por esto no deja de ser una idea a considerar, antes de un pacto continental de América del Sur, la conformación de una república boliviana, de la verdadera Bolivia, la amplia.

Definida como el territorio que Bolívar liberó de la corona española, esa república es un hexágono abierto que abarca desde los límites superiores de Panamá hasta los inferiores de Bolivia. Eso sí provee un mercado suficiente para un grado de diversificación básico y toma en cuenta las escalas de Brasil y el cono sur para formar, de un modo más equilibrado, la Organización del Tratado de América del Sur.

LEA

Share This:

CS #180A – Diestra y siniestra

Cartas

¡Izquierda! ¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda! En las «semanas de la Patria» de Pérez Jiménez—derechista—los estudiantes de la época, algunos en calidad de componentes de las bandas de guerra colegiales, aprendíamos a llevar el paso en los desfiles al ritmo de aquellos gritos a diestra y siniestra. Cuatro izquierdas gritadas contra una sola derecha. (El primer paso desde la posición «firmes» debía darse con la pierna zurda, y las cinco exclamaciones correspondían exactamente al tiempo de los golpes de bombo o tamborón: ¡pom! ¡Pom! ¡Pom, pom, pom!)

Esta proporción de cuatro a uno lleva carga metafórica, en el sentido de una trillada observación según la cual los partidos políticos «modernos» en Venezuela—los emergentes a partir de 1928—siempre han halado hacia la izquierda. En el siglo XX venezolano no han sido muchos los movimientos políticos que hayan admitido abiertamente sus preferencias por las posturas de derecha.

Acción Democrática tuvo obvias raíces izquierdistas—a las alturas de 1958 todavía se declaraba como «partido marxista» en documentos de su Secretaría de Doctrina, dirigida por Domingo Alberto Rangel—al encarnar una suerte de MVR modelo 1945 y alojar mucho dirigente importante, empezando por Betancourt, Leoni y Barrios, que hubiera militado en el Partido Comunista. Fundado en 1941, accede al poder mediante golpe de Estado contra el presidente Medina Angarita, para dar inicio a un «trienio adeco» caracterizado por el sectarismo, una constituyente, un equivalente al decreto 1.011 (el tristemente célebre 321 enfilado contra los colegios católicos), y hasta la amenaza de las «bandas armadas» de AD. Después del escarmiento de 1948 y la década perezjimenista, el partido se morigeró, aunque nunca se ha postulado «de derechas» y no ha dejado de trasladarse por la órbita socialdemócrata.

En 1946 nace COPEI—en su origen el Comité de Organización Política Electoral Independiente, luego Partido Social Cristiano COPEI—para hacer oposición a AD, lo que le valió el temprano apoyo de los tres estados andinos, cuyos gobernantes habían sido desplazados del poder por los adecos. Si en sus orígenes—la Unión Nacional de Estudiantes de 1936—podía identificarse en Rafael Caldera, su líder histórico, una precoz simpatía por el falangismo franquista, él mismo se encargó de definir a COPEI como partido de «centro-izquierda», en el mitin de cierre de su campaña presidencial de 1963, desde tarima erigida en la Plaza Venezuela de Caracas. La rama juvenil de COPEI, por otra parte, dio en llamarse Juventud Revolucionaria Copeyana. (No demasiado, como se comprobó con la defenestración de Abdón Vivas Terán—líder entonces de los siniestros «astronautas», y mucho más tarde ministro del segundo gobierno de Caldera—en la crisis de1966, cuando se trajo del bullpen al derechista Álvarez Paz para controlar los brotes de radicalidad juvenil).

Es en la misma campaña de 1963, por cierto, cuando Arturo Úslar Pietri arremetió contra Rafael Caldera en el primer debate televisado de nuestra historia política, acusándole del pecado mortal de haber apoyado, como leal soporte del Pacto de Punto Fijo, al demonio comunista de Rómulo Betancourt. El Frente Nacional Democrático (FND) que postulara al «candidato de la campana» atrajo ciertamente a los electores de gusto más conservador (de derechas). Pero es que Úslar había sido fundador del Partido Democrático Venezolano (PDV) en tiempos de Medina, y dirigente muy principal del mismo. Tal vez más principal que él, sin embargo, fue el preclaro Mario Briceño-Iragorry. Resulta ilustrativo en este tema de las izquierdas y derechas venezolanas, leer de su pluma algunos conceptos sostenidos por tan destacado medinista. Briceño-Iragorry escribió el prólogo de un libro que recogió las conferencias de un ciclo celebrado entre el 5 y el 22 de septiembre de 1944, organizado por el PDV, entre las que se encontraba una dictada por Úslar. Y ahí dice Briceño-Iragorry cosas como éstas:

«En las bases programáticas del Partido se propuso estimular la intervención del Estado como medio eficaz para el abaratamiento de las subsistencias y de los costos de producción. Nuestro Movimiento, en esa forma, declaró el firme propósito de separarse de los viejos conceptos del liberalismo económico que, partiendo de una abultada valorización de los derechos del individuo, dejó a éste la plena libertad de dirigir los procesos de la producción y del consumo y el goce irrestricto de los instrumentos que a ellos conducen». «La controversia se ha planteado en forma clara entre quienes suponen que el Estado sea un instrumento al servicio de las clases que detentan el poder político y el dominio económico, y aquéllos que, guiados por una visión más amplia y humana, valdría decir cristiana, de la justicia, consideran que el Estado tiene por fin primordial e indeclinable mirar al desarrollo integral de todos los miembros de la sociedad». «Con apariencia liberaloide y al influjo de la misma oligarquía, que ha sabido camuflarse oportunistamente, nuestra economía general se ha mantenido en un estado de atraso por lo que dice a la función social de las fuentes de producción y a la ley racional del consumo humano». «El Estado ha de procurar que las franquicias que derivan del grado de la civilización, no se acumulen en las viejas clases que detentan los instrumentos de producción; sino de lo contrario, ha de afanarse, en un recto sentido humano, porque la mayoría social, es decir, las clases llamadas desheredadas, gocen de las posibilidades máximas para desarrollar su personalidad entitiva».

Etcétera. La última de las oraciones citadas pareciera ser la misma idea de una «participación protagónica» del pueblo vertida en lenguaje un tanto barroco. ¿Por qué no denunció Úslar el prólogo mencionado con la misma vehemencia con la que reconvendría a Caldera casi veinte años después? ¿Era Briceño-Iragorry un comunista de closet?

Por supuesto que no; en el mismo texto prologal precisa: «Para intentar el equilibrio de los intereses comunes sin recurrir a las formas del Socialismo de Estado, los Gobiernos han acudido a los sistemas intervencionistas, como expresión de la propia función que les compete en el orden de la justicia, fin último del Estado». Comunista no, pero sin duda «a la izquierda» de los liberales de hoy.

Los que antaño se llamaban liberales, los del Partido Amarillo guzmancista, eran cosa distinta, pues en su caso estaban «a la izquierda» de los conservadores de Páez. Lo que nos lleva a concluir que no es que en Venezuela no haya habido derechistas, gente conservadora, más pendiente del interés empresarial que el popular—en un viejo concepto, pues lo empresarial y lo popular no tienen por qué ser opuestos—aunque formaciones de derecha, como el Partido Popular de Aznar o la Alianza Popular de Álvarez Paz adopten el término en su denominación. Lo que han sido, tal vez, estos movimientos de derecha locales es menos tenaces. El FND uslarista no sobrevivió, en la práctica, al gobierno de Leoni. El Partido Liberal de Jorge Olavarría también fue un caso de mortalidad infantil. Más recientemente volvería a formarse una asociación con exactamente el mismo nombre, dirigida al inicio por Andrés Sosa Pietri, arrebatada de sus manos por la antigua sindicalista Haydeé Deutsch, a quien luego se la quitara Marco Polesel, sin mayor trascendencia.

Otras presencias han sido igualmente fugaces o escuetas, como en el caso del Partido de Acción Nacional de Ángel Borregales, y las iniciativas de Integración Republicana y Acción Venezolana Independiente, con importante identificación empresarial. Pero lo cierto es que siempre ha existido «la derecha» venezolana, así como gobiernos de derecha a montones. Uno cercano, sin ir muy lejos, fue el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien de socialdemócrata y amigo de Felipe González y Fidel Castro, fue quien levantara en nuestro país las banderas del Consenso de Washington, nuestro propio y autóctono Carlos Saúl Menem. Más cerca aún, un gobierno de derecha en Venezuela ostenta el récord de fugacidad: el de Pedro Carmona Estanga.

LEA

Share This:

CS #180 – Petkoff-Machado: unidad para ganar

Cartas

Hay al menos dos sentidos en los que deben ser entendidos los términos izquierda y derecha en el ámbito político. Más allá de su etimología por la ubicación de las facciones de la asamblea revolucionaria francesa de fines del siglo XVIII, una primera distinción se establece entre quienes buscan preservar el statu quo—los de derecha—y quienes buscan modificarlo o reemplazarlo. Claro, hay momentos cuando los usufructuarios del statu quo son “de izquierda” y quienes los reemplazan son “de derecha” o conservadores—Julián Castro sucediendo a José Tadeo Monagas, por caso, o Miguel Gorbachov dando paso a un repudio de lo soviético—pero la mayoría de las veces, cuando un gobierno de derecha sucede a un statu quo izquierdista, busca una restitución de condiciones previas a la entronización del gobierno “de izquierdas” que es revocado. Es decir, en general los derechistas o conservadores, de ahí su nombre, procuran preservar un pasado, sobre todo en lo tocante a dominios y privilegios, puesto que en una dimensión tecnológica esta gente puede ser muy avanzada y progresista.

El otro sentido es posterior y más específico. A fines del siglo XIX comenzó a llamarse—sobre todo a raíz de la encíclica Rerum novarum de León XIII—“la cuestión social” o “el problema social moderno” a la siguiente disyuntiva: a cuál lado de la división clasista entre patronos y obreros debía favorecerse a la hora de distribuir la renta general de una sociedad. Si se optaba por los empresarios, por ejemplo propugnando un Estado gendarme que se limitara a preservar el orden y la garantía de libertades económicas, entonces se había adoptado una posición de derechas. Si, por lo contrario, se privilegiaba una legislación que protegiese a los proletarios, a los trabajadores, se adoptaba una de izquierdas.

Lo anterior es el sentido más frecuente de los términos derecha e izquierda. Pero cada uno puede cubrir una gradación más o menos amplia de posturas, y llegar a incluir los polos radicales de una extrema derecha—Pinochet, Mc Carthy—o una extrema izquierda—Castro, Mao Tse Tung. “La propiedad es un robo” de Proudhon—La propriété, c’est le vol!—o la idea de que los pobres alcanzan su estado por indolencia o escasez moral.

¿Debe sorprender que en nuestro país la mayoría de los partidos prefiera decirse de izquierda? La muy patológica y sesgada curva de distribución de nuestras riquezas ofrecería una explicación suficiente: en efecto, si por definición la izquierda es una oferta de favorecer al desposeído, una sociedad que mayoritariamente esté conformada por gente pobre tenderá a preferir una política izquierdista. Lo contrario sería irracional.

Pero hete aquí que más de un estudio de opinión señala que en Venezuela hay apoyo mayoritario a favor de posturas que pudieran ser tenidas como de derecha; por ejemplo: preferir la sociedad norteamericana a la cubana, preferir un empleo privado que uno público, preferir la propiedad privada a una colectiva.

Es esa constatación la que ahora parece alentar un nuevo movimiento de derechas, el que busca aglutinarse en torno a un documento que asegura que el 4 de diciembre los venezolanos emitimos un mandato—o dieciséis mandatos—y que agrupa notoriamente personalidades de derechas. Acá se ha comentado antes la pretensión interpretativa refrendada por Oswaldo Álvarez Paz, Oscar García Mendoza, Marcel Granier, María Corina Machado, Ricardo Zuloaga, entre otros notables. (Dicho sea de paso, hace nada que Álvarez Paz ha tomado la calle del medio para asegurar que no participará en el evento electoral del próximo mes de diciembre. Si el “movimiento 4 de diciembre” lleva intención política ¿es su posición electoral idéntica a la del líder de Alianza Popular?) La lectura parece ser: si Chávez encarna la más zurda de las izquierdas, y si nuestros compatriotas tienen mayoritariamente preferencias inclinadas en sentido contrario, “lo que hay que hacer” es crear de una vez por todas una opción enfrentada de derechas.

Debe reconocerse que ese silogismo tiene sentido, y tal cosa constituye una de las dos posiciones políticas principales del momento. (Apartando la oficialista). La segunda posición sigue sosteniendo, por lo contrario, que debe seguirse siendo de izquierda en Venezuela (y en el mundo), sólo que hay dos izquierdas: una buena y una mala. (La del gobierno). En esta interpretación síguese sospechando de programas parecidos al emprendido por Pérez a partir de 1989 pues, además de su convicción doctrinaria, no ha dejado de tomar nota de los peligrosos resultados de la aplicación de récipes tan simplistas e insensibles como el Consenso de Washington.

Es opinión del suscrito que ambas posturas se construyen con raíces obsoletas. A fin de cuentas, el mundo no es ya el que juzgaba León XIII o retrataba Charles Dickens; las gradaciones de roles sociales se han hecho más numerosas, y una política dicotómica, de izquierda y derecha, de blanco y negro, de Bush y Chávez, no puede aspirar a comprender ese mundo nuevo. Las ideologías que resolvían la política a fines del siglo XIX ya no son otra cosa, a estas alturas del juego civilizatorio, que una excusa para no pensar.

Amos Davidowitz explica en The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Study (http://www.isoc.org/inet96/proceedings/e1/e1 1.htm) la distinción entre partidos “de segunda ola” y los de “tercera ola”. (Siguiendo la nomenclatura de Alvin Toffler). Hablando de su propio partido—el MAPAM, el ala “izquierda” del laborismo israelí—como institución anquilosada por una perspectiva anterior a la conciencia postindustrial, reportaba: “Me parece que si un partido de segunda ola centraba sus actividades alrededor de la producción, el trabajo y los recursos en una estructura jerárquica centralizada, un partido moderno debiera ocuparse de información, comunicación, medios y servicios en un sistema más abierto, interactivo y distributivo, un sistema que necesita los medios de procesar y distribuir información”.

Es desde percepciones como la de Dawidowitz como pudiéramos imaginar soluciones políticas de mayor profundidad temporal. En otras ocasiones se ha sostenido acá que se requiere un recambio paradigmático a fondo en la actividad política. Reitero ahora esa convicción, pero tal vez lo práctico pueda darse ya a otro nivel más inmediato y simple: por ejemplo, en un ticket electoral conformado por Teodoro Petkoff para la presidencia y María Corina Machado para la vicepresidencia.

Hace dos años (12 de febrero de 2004) lo había sugerido esta carta en su número 73, cuando se presumía la revocación del mandato del presidente actual: “…María Corina Machado y Parisca. Su nombre pudiera entonces asomarse como magnífica opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República. Vistas las atribuciones constitucionales de este cargo, podríamos estar muy tranquilos si en un futuro próximo la Vicepresidencia pasara a manos de la ingeniera Machado, joven, moderna, independiente, seria, eficiente, responsable, tenaz y serena. Cualquier Presidente de la República contaría en ella con una Vicepresidenta de lujo… La figura de María Corina Machado refrescaría de inmediato el tráfico político nacional. Una mujer joven, carismática, profesional, que ha dirigido la organización ancla de la sociedad civil con gran tino, eficacia y equilibrio, con imparcialidad que quisiera para sí el CNE, sería una contrafigura ideal a la perniciosa gestión de José Vicente Rangel, y probablemente crearía entusiasmo y un foco positivo hacia el futuro, cosa que nuestros nobles ‘Ni-ni’ esperan con angustia… La Presidencia es otra cosa. En nuestro criterio, dentro de la lista informal de candidatos que se manejan para la presidencia de transición, Teodoro Petkoff sería probablemente la opción preferible. Con suficiente experiencia política, hoy independiente, con carácter y energía suficientes, Petkoff es un presidente con quien todos podríamos vivir, incluso los chavistas… Estatura de estadista tiene, ciertamente, y experiencia concreta de gobierno, a la que aportó además de su trayectoria política su formación de economista… aquí se trata no sólo de gerenciar, sino de proveer una visión de Estado. Acoplado este capital a los evidentes talentos de la directora de Súmate, Petkoff y Machado pueden convertirse en dupla invencible”.

Seguramente esa fórmula tendría que combinarse sobre las diferencias ideológicas, los despojos de la suspicacia y las exigencias de pretensiones centrípetas, pero estoy seguro de que no hay muchas disponibles que, como ella, por efecto de un encuentro de potencia histórica, compondrían el antimicótico de amplio espectro que necesitamos para superar la actual micosis política. Izquierda y derecha reunidas, fórmula ambidextra para que esas distinciones periclitadas desaparezcan al final en síntesis que salte a la modernidad.

LEA

________________________________________________________________

 

Share This:

FS #88 – Vacuna de Toro

Fichero

LEA, por favor

El año de 1848 fue excepcionalmente agitado para los europeos continentales. Varias revoluciones hicieron temblar a los estados, comenzando por Francia, donde el fermento anunciado por Tocqueville trajo consigo la abdicación de Luis Felipe y la dimisión de Guizot, quien decía con insensabilidad característica: «Háganse ricos, entonces podrán votar». La enfermedad parisina se extendió a territorio de los Habsburgo, cuyo canciller, el príncipe Metternich, había sentenciado: «Cuando Francia estornuda Europa se resfría». El propio Metternich fue obligado a renunciar a su cargo, luego de lo cual corrió a refugiarse en Inglaterra, y es desde este país que el Manifiesto Comunista de Marx y Engels es lanzado, aunque su aparición fue mera coincidencia y no tuvo ninguna incidencia en los eventos continentales.

De este lado del Atlántico, más concretamente en Venezuela, el mismo año estuvo signado por una constante agitación política. Gobernaba en el país José Tadeo Monagas, que de hombre de Páez había devenido liberal de conveniencia, suscitando la reacción en su contra de la oligarquía conservadora. La muy amena y práctica Historia Política de Venezuela, de Manuel Vicente Magallanes, registra las vicisitudes de esta confrontación. En una sección—138. Los conservadores piden la intervención—de su capítulo decimocuarto (Conspiración oligárquica), Magallanes refiere los oficios vendepatria de Juan Manuel Manrique, Fermín Toro y el propio José Antonio Páez. La Ficha Semanal #88 de doctorpolítico reproduce íntegramente la sección mencionada.

Toro, por ejemplo, se dio el lujo de sugerir al encargado de negocios norteamericano de la época—Benjamín Shields—que pudiera enmendarse la plana de criterios muy firmes de Jorge Washington a favor del principio de no intervención. En su Discurso de despedida, de 1796, Washington había dicho: «Nuestra gran regla de conducta en lo que atañe a las naciones extranjeras es que, al extender nuestras relaciones comerciales, tengamos con aquéllas tan poca conexión política como sea posible. Ya que para estos momentos hemos contraído compromisos, permitamos que se cumplan con perfecta buena fe. Detengámonos aquí». (Referido en la Ficha Semanal #49, del 7 de junio de 2005).

No es, pues, invento contemporáneo la tendencia de algunos connacionales a voltear su esperanzada mirada hacia Bush, Rice o Rumsfeld, en busca de solución instantánea y eficaz a nuestros problemas políticos actuales. Siempre hay espíritus que eluden su responsabilidad nacional para solicitar a una potencia extranjera su intervención, y que olvidan, una y otra vez, las usualmente desastrosas consecuencias que sufren sus países cuando el país requerido les hace caso. Los italianos del norte debieron aprender con dolor, en su momento, las desgracias que trajo la solicitud de esta ayuda a los austriacos o los franceses, como mucho antes los egipcios pidieron la intervención de los romanos. Quizás los nuevos solicitantes de estas tierras crean que las glorias de gente como Páez o Toro, que las tuvieron, les ubiquen en buena compañía.

LEA

Vacuna de Toro

Es cosa sabida el interés que ponen las grandes potencias en influir interesadamente en la política de los pequeños países. Las naciones latinoamericanas tienen una dolorosa experiencia a este respecto, desde su nacimiento. Venezuela no es precisamente de las que pueden vanagloriarse de constituir una excepción. Hasta 1848 algunos agentes consulares o diplomáticos habían logrado, con habilidad y malicia, inmiscuirse en nuestros asuntos y hasta participar en decisiones donde estaba implícita nuestra soberanía. Es ésta una verdad irrefutable. Pero que un venezolano pidiese a una nación extranjera su intervención en nuestros asuntos internos, para que mediase entre los bandos, aconsejase una política o impusiera un criterio, era cosa que no se había visto todavía. Y esto fue lo que hicieron algunos representantes del partido oligarca.

La cuestión tuvo su origen en la Junta de Gobierno de la provincia de Maracaibo. Alentada ésta por algunas publicaciones aparecidas en el New York Herald que hacían suponer que el Presidente Polk tenía disposición favorable a la tendencia paecista, resolvió enviar en misión especial a los Estados Unidos al señor Juan Manuel Manrique. Salió éste hacia Curazao a mediados de abril, desde donde escribió al señor Benjamín Shields, encargado de negocios de los Estados Unidos en Caracas, excitándolo a obrar de una manera eficaz a nombre de su gobierno «cerca del que continúa ejerciendo el general José Tadeo Monagas, para impedir que consume la obra principiada de destruir la forma de gobierno reconocido por la República y que continúe el derramamiento de sangre en una guerra fratricida que acaso podrá durar muchos años». Manrique hace un recuento de los recientes acontecimientos para hablar «sobre la necesidad en que, por simpatía y por la defensa de sus propios intereses, se encuentra el gobierno de los Estados Unidos de mezclarse en la cuestión política del país». Luego, como buen discípulo de Páez, revive las recomendaciones de éste en su carta del 31 de enero para Monagas. «Interponiendo su poderosa mediación—dice—para que el general Monagas, dejando obrar con entera libertad al Congreso, se someta al fallo de este Soberano Cuerpo, y cooperando de esta manera al restablecimiento del orden legal en Venezuela, el gobierno de V. S. Haría un importante servicio a la causa de la Humanidad y de la libertad americana». Cumpliendo las instrucciones que ha recibido de la Junta de Gobierno de Maracaibo—expresa—»y esperando con que el ilustrado gobierno de Su Señoría no permanecerá indiferente a la suerte de esta República, se atreve a suplicarle encarecidamente que, si estuviese en sus facultades, interponga su mediación cerca del gobierno del general Monagas para que, suspendiendo todas las hostilidades, convocando extraordinariamente al Congreso y dejándole en absoluta libertad para sus deliberaciones, se! someta en un todo a sus decisiones y quede así restablecido el imperio de la Constitución en Venezuela…» «Espera el infrascrito de su ilustración y del interés que debe tener por la preservación del orden legal en esta República—termina diciendo—, que implorará del Gobierno de los Estados Unidos las órdenes convenientes para obrar en este sentido o en el de una intervención eficaz, si fuere necesario».

No sabemos si Manrique seguiría viaje hacia Norteamérica, como era el encargo de la junta del Zulia, o si se limitó a enviar desde Curazao su representación a Shields, pero lo que sí podemos afirmar es que las ideas expresadas por él eran compartidas por los principales personeros del Partido Conservador de Caracas, lo cual queda demostrado en una carta de fecha 20 de mayo que, al mismo funcionario consular, envía el señor Fermín Toro. Esta carta, inserta por Parra-Pérez en su obra Mariño y Las Guerras Civiles, Tomo III, páginas 165 a 169, empieza así:

«El que suscribe, ciudadano de Venezuela, teniendo a la vista la excitación que en las actuales circunstancias de esta República hace la junta gubernativa de Maracaibo al señor Encargado de Negocios de los Estados Unidos para que interponga su mediación en los partidos beligerantes que hoy dividen la nación, ha creído oportuno hacer rápidamente algunas observaciones en apoyo de aquella solicitud y dirigirlas al señor Ministro por si creyese que merecen someterlas a la consideración de su gobierno».

Hace Toro ciertas apreciaciones sociológicas, describe el estado de adelanto en que se encontraba el país, el crédito moral que tenía en el exterior, el progreso de sus instituciones. Pero todo esto se alteró «por la reacción inesperada de un resto de barbarie que resiste todavía al espectáculo del orden y al influjo de la civilización». Mas la nación no es cómplice de ese crimen. Existen en Venezuela elementos de orden, amor a las instituciones, una sociedad culta y moral. Y basta el apoyo «de una gran nación para darles, sin derramamiento de sangre, el triunfo, y asegurarles sin violencia un imperio duradero». ¿Cuál es esa gran nación—Toro se pregunta—a quien la Providencia, en la profundidad de sus designios, ha conferido el humano y honroso destino de ejercer la protección, no de fuerza, sino de mediación y de consejo sobre esta sociedad que padece? «Sin duda—se contesta—, los Estados Unidos. No en vano El que fija la suerte de las naciones la ha colmado de todos los bienes de la tierra, ha puesto en su seno las fuentes más abundantes de riqueza y de poder, y la ha colocado a la vanguardia de otros pueblos más atrasados y venturosos».

Dice que los Estados Unidos han observado siempre el principio de no intervención, pero que los nuevos Estados sudamericanos han visto esa conducta con asombro y dolor. Encuentra que las antiguas máximas del gabinete de Washington comienzan a resultar estrechas para la dirección de un poder que impone un nuevo carácter a la política del mundo, y afirma que si la Europa entera se conmueve, la causa está en el ejemplo y en la influencia moral de los Estados Unidos.

Toro señala como el medio más conveniente, justo y legal, el indicado por la Junta de Maracaibo: la suspensión de las hostilidades y la convocación del Congreso con los mismos miembros que lo integraron originalmente. Según él éstos son medios de conciliación, que propuestos en una intervención amistosa por el Gobierno de los Estados Unidos, no serían rechazados por ninguno de los dos partidos. Además, esta mediación no parecería de ninguna manera extraña, pues las naciones europeas, bien por motivos políticos o por miras comerciales, no se descuidan en ejercer su influencia en las repúblicas hispanoamericanas. Y suponiendo que ni intereses comerciales ni políticos muevan a cambiar de conducta a los Estados Unidos, ¿son éstos acaso los únicos móviles de un gobierno? ¿No hay otros motivos para tomar parte en la suerte de otros pueblos? ¿Y la gloria, la honra y los deberes de humanidad? Hay una necesidad pública, un deber imperioso impuesto a los grandes poderes de la tierra: hacer el bien por amor al bien. Así se honran honrando la Humanidad y fijan en la opinión del mundo la alteza de su carácter y su dignidad moral.

Y ya para firmar termina así Don Fermín: «Con toda libertad, pero con el más profundo respeto y admiración, somete estas observaciones a la sabiduría, a la prudencia y a la humanidad del Gobierno de los Estados Unidos, el ciudadano de Venezuela, Toro».

Tanto la representación de Manrique, en nombre de la junta de Maracaibo, como la carta de Toro, respaldando la gestión, no eran más que dos formas de expresión de una misma intención conspirativa. Dos consecuencias habría podido tener la intervención norteamericana. Bien que Monagas aceptase las recomendaciones derivadas de ella, que no eran otras que las del grupo paecista, con lo cual se labraría su propio sepulcro; o bien que no las aceptara, lo que tal vez habría desairado al Gobierno norteamericano y colocado a éste al lado de los revolucionarios, prestándose a colaborar con ellos de manera material. Cualesquiera de las consecuencias eran buenas para los paecistas, pero el Gobierno de los Estados Unidos—no obstante el contenido de la nota oficial de Shields y las apreciaciones de su carta con que acompañó las representaciones que le fueron entregadas—optó por hacerse el indiferente ante aquellos planteamientos.

Pero si las actuaciones de Manrique y Toro, al invocar la protección norteamericana con el pretexto de salvaguardar las instituciones, podían ser cuestionadas, más todavía debían serlo las de Páez, quien en Curazao activaba la conspiración y preparábase para venir a restaurar su predominio oligárquico. Este general, olvidando su heroica participación en la guerra de independencia, irrespetando la gloriosa tradición de sus luchas, ocurre a los que menos debía ocurrir, por lo absurda que resultaba su conducta, a los españoles de Puerto Rico. En efecto, con fecha 20 de septiembre, por intermedio de su agente José Hermenegildo García, escribe al capitán general de esta isla pidiéndole ayuda para su empresa revolucionaria. La respuesta del representante del Gobierno español, copia de la cual fue encontrada entre los papeles decomisados en el vapor Scourge, tiene los escrúpulos que no supo tener Páez al solicitar la ayuda. «Siento mucho no poder recibir al señor García—contesta el capitán general Juan de la Pezuela el 30 de septiembre—, que me ha hecho entregar la comunicación de V. E. del 20 del corriente. Aunque como particular mis simpatías sean por los hombres de orden, en las costas de Venezuela tengo, como autoridad española, deberes que cumplir; y éstos me obligan a no mezclarme para nada en las disensiones que afligen a ese país tan desventurado, desde que sus naturales se rebelaran contra el gobierno de los Reyes que por tantos años los había hecho felices».

Esta carta fue publicada en el periódico El Patriota y produjo una reacción de reproche contra Páez. La indignación fue general porque veíase como una traición la conducta del general. Hasta sus mismos partidarios comentaban el hecho como una torpeza. Grave daño trajo para Páez esta carta y por mucho tiempo habría de repercutir negativamente en su reputación política.

Manuel Vicente Magallanes

Share This:

LEA #179

LEA

«La imagen que proyectaremos del Presidente Chávez será fundamentalmente la del estadista. Cada pieza publicitaria que se use en la campaña se referirá al candidato como Presidente Chávez; del mismo modo se hará en cada discurso, cada declaración de prensa, etcétera. Así también la foto oficial de la campaña, que se usará en todas las piezas publicitarias y en el tarjetón electoral, mostrará al Presidente Chávez sonriente, con paltó y corbata, luciendo los símbolos del poder: banda presidencial, collar, Gran Cordón del Libertador. De idéntica manera se insistirá en los éxitos internacionales del Presidente Chávez, de modo que se le mostrará mucho en momentos de intercambio con otros jefes de Estado, presidentes o secretarios generales de organismos multilaterales. Por ejemplo, imágenes del Presidente Chávez en la toma de posesión de Evo Morales, en la Cumbre del MERCOSUR, etc.»


El párrafo precedente está tomado de un documento que lleva varias semanas circulando por las redes electrónicas, y ha sido presuntamente elaborado por el Comando Táctico Nacional del Movimiento Quinta República. En teoría, el texto contiene su «Plan de Campaña 2006» Su primera declaración establece el objetivo estratégico primario: «La estructura sigue a la estrategia. Este principio, clásico en la lucha política, comporta la pertinencia de definir el objetivo de la campaña como referencia estratégica central: derrotar a Bush reeligiendo al Presidente Chávez con 10 millones de votos como mínimo para acelerar y profundizar la construcción del proyecto de país contenido en la Constitución bolivariana, enrumbado por la vía definitoria del Socialismo Siglo XXI con especificidades venezolanas».

Chávez no ha ocultado su pretensión de hacernos entender que quien vote contra él vota a favor de George W. Bush. Así lo ha planteado desde que arrancó, una vez más ilegalmente, su campaña por la reelección. Quien ose competir contra él sería, en efecto, un traidor a la patria.

Por supuesto, tal cosa es una falsedad, como lo son centenares de otras especies puestas a rodar por el gobierno. No obstante, tiene su valor electoral, en el sentido que mucha gente pudiera creerla. Por esto no es una ayuda a la oposición la declaradera de Rice y Negroponte, o que pudiera pensarse en candidaturas sospechosas de vínculos con el gobierno norteamericano, o que se predique que, como Francia en 1944, no debiéramos tener escrúpulos ante una intervención de los Estados Unidos en nuestra actual circunstancia política. Hay quienes sostienen que la vía electoral es una ilusión, que de Chávez no se sale sino por la fuerza, y que hay que crear «una crisis de gobernabilidad» para que el gobierno caiga. Según ellos esta vez la crisis no sería un «carmonazo» o un paro petrolero, sino una abstención masiva, pues así lo habría demostrado el pasado 4 de diciembre. Como a la vez señalan que los militares venezolanos estarían totalmente controlados por Chávez, postulan que la puntilla debe venir de afuera.

Si el documento atribuido al MVR no es apócrifo, entonces su gente ve el asunto del modo siguiente: «El objetivo descrito comprende la necesidad de lograr que George Walker Bush no tenga margen de maniobra para instrumentar la estrategia de desconocer el resultado electoral. La ventaja del Presidente sobre quien ocupe el segundo lugar aunque sea la abstención debe ser abrumadora. De este modo Bush carecerá de pretextos para abrir un debate sobre Venezuela en la OEA o cualquier otro foro multilateral. Bush se ha planteado como objetivo estratégico internacional la toma de las riquezas (petróleo, gas, hierro, bauxita, oro, piedras preciosas, agua dulce, biodiversidad, ubicación geoestratégica) del Estado venezolano para lo cual es imprescindible la salida del presidente Chávez de Miraflores. El bushismo ha definido un plan de desestabilización del gobierno en el marco de la campaña electoral tratando de impedir que la misma transcurra y concluya con normalidad, a objeto de arrojar dudas sobre la legitimidad de la reelección e intentar someter el país a un tutelaje que conlleve nuevas elecciones bajo el control del bushismo».

¿Delirante paranoia? Por de pronto, ¿querrán allá arriba amarrar a sus locos, esos que ya han declarado que los Estados Unidos debieran considerar el asesinato de Chávez?

Share This: