por Luis Enrique Alcalá | Mar 23, 2006 | LEA, Política |

En respuesta a la caracterización que un documento oficial de la Casa Blanca hiciera de él—demagogo que utiliza una gorda chequera para desestabilizar las democracias en América Latina—y tal vez herido en su orgullo protagónico porque no pudo ser—como lo lograra con ocasión de la toma de posesión de Tabaré Vásquez—la vedette durante la toma de posesión de la presidenta Bachelet, ignorado por Condoleezza Rice y recibido fríamente por Ricardo Lagos, Hugo Chávez superó sus cotas de injuria política para arremeter airadísimo, una vez más, contra la figura de George W. Bush.
No es probable que la nueva andanada le haya reportado, en su insolencia, mucha nueva intención de voto a su favor. Todo lo contrario, sobre todo cuando en el mismo espectáculo condenara la participación venezolana en el Campeonato Mundial de Béisbol recién concluido, en el que además los japoneses capitalistas derrotaron a los socialistas cubanos. Pontificando en materia beisbolística, en la que se cree inerrante, y contando con el eco obsecuente de Aristóbulo Istúriz, sentenció que nuestra descalificación se debió a la ausencia de un trabajo en equipo, a pesar de la excelencia individual.
El temerario y apresurado juicio es, por supuesto, una tontería. Venezuela, con la honrosa excepción de Edgardo Alfonso (promedio de 317) no tuvo ofensiva, y la ofensiva en béisbol es la consecuencia de una serie de actos individuales y personalísimos, pues no se batea en equipo. Es una persona muy sola, no un equipo, la que se enfrenta a un lanzador en la caja de bateo.
Claro que el blanco favorito de sus denuestos no las tiene demasiado consigo. En su punto más bajo en las encuestas de opinión, cuando el rechazo a su manejo del conflicto con Irak se eleva a puntaje histórico, Bush ha intentado en los últimos días salir de las arenas movedizas en las que se hunde, con la táctica característica de quienes están equivocados y son poco inteligentes: la terquedad.
Ha reconocido, por fin, el empantanamiento de su guerra, al declarar que no puede esperarse una cesación de la agresión norteamericana antes de 2009, por lo que sería alguno de sus sucesores en la presidencia de los Estados Unidos quien tendría que tomar la decisión de retirar las tropas de ocupación ahora ocupadísimas en Irak. Como si fuera una gran cosa, explicó que lo esperable es que la guerra contra una insurgencia dure ¡unos doce años!
Es decir, mientras él mande los estadounidenses estarán en guerra, a pesar de las rosadas predicciones que antaño hiciera sobre un conflicto rápido. Lo que no deja de quitar el sueño a un Partido Republicano que confrontará elecciones parlamentarias en septiembre de este año. Esta publicación decía en su número 117 (16 de diciembre de 2004) lo siguiente: «Por ahora George W. Bush parece tan firmemente atornillado en el poder como Hugo Chávez, pero ¿quién sabe? Tal vez un país tan especial como los Estados Unidos encuentre a la vuelta de unos meses alguna razón para enjuiciarle (impeachment), quizás con ayuda de la FOIA». (Freedom of Information Act).
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 23, 2006 | Cartas, Política |

Hace poco que el Dr. Gustavo Linares Benzo estimara por la prensa nacional (El Universal) que la carrera por la candidatura unitaria de la oposición se había en realidad reducido a tres candidatos de peso: Borges, Petkoff y Rosales. En la estimación del suscrito el último de los nombrados no es un candidato viable, y la fuerza de las cosas está dejando sólo dos caballos en la carrera: Julio Borges y Teodoro Petkoff.
Sobre Manuel Rosales pende un lastre del que no podrá desprenderse a corto plazo. Dicho de otro modo, ese lastre gravitaría inevitablemente sobre una candidatura suya en 2006. Otra cosa es un futuro posterior, pero para las elecciones de diciembre le será imposible correr con liviandad. La referencia, naturalmente, es a la participación pública y notoria de Rosales como cohonestador de las actuaciones autocráticas e inconstitucionales de Pedro Carmona Estanga. A juicio de esta publicación (Carta Semanal #176 de doctorpolítico del 9 de febrero de 2006 y Carta Semanal #111, del 4 de noviembre de 2004) ese punto sería un ineludible issue de la campaña, independientemente de si el Tribunal Supremo de Justicia encuentra méritos para el enjuiciamiento del gobernador del Zulia.
Claro que la actual solicitud de la Fiscalía General ante el TSJ, que justamente busca la declaratoria de méritos para el enjuiciamiento, pudiera generar un efecto paradójico: que Rosales llegara a creer que, como en el caso de López Obrador en México, estaría en mejor condición de defenderse penalmente si lanza su candidatura; que si va a ser procesado de todas formas, entonces más le vale lanzarse para aparecer como víctima por razones políticas, porque «se teme» que pudiera ganarle a Chávez. De hecho, bien pudiera estar el gobierno propiciando esta posibilidad, pues también pudiera entender que el lanzamiento de Rosales asegura la división de la oposición. (Como ha propiciado la abstención: primero dejando correr la especie del fraude del revocatorio, puesto que esa matriz de opinión aumentó la propensión a abstenerse en las elecciones sucesivas; luego saludando que la oposición crea que tiene un miedo cerval a la abstención masiva luego del 4 de diciembre. En este último caso, una estrategia superficial leería: ¿es a esto que Chávez teme? Entonces hay que abstenerse).
De modo que en opinión de doctorpolítico la candidatura Rosales no es viable en ningún caso. (Por razones obvias Acción Democrática empleará todos los argumentos que aconsejen esa candidatura, siendo que Rosales, a pesar de su propio movimiento político, es visto todavía como acciondemocratista, lo que fue oficialmente en el pasado de sus comienzos en el oficio).
Si este análisis de inviabilidad fuese cierto, no es necesario mucho más para descartar de una vez las candidaturas de William Ojeda y Roberto Smith, que no han logrado colocarse en el mapa, después de que fuesen las únicas dos figuras que admitieron hasta ahora su intención candidatural públicamente, luego de que Julio Borges fuese el pionero en mayo del año pasado. Para propósitos prácticos no existen.
No todo el mundo ha descartado aún, por otra parte, la candidatura de Salas gallo o Salas pollo, pero ambos vienen de perder sus últimas confrontaciones con el chavismo, y no se encuentra ninguno de los dos en la situación de Salas Römer en 1998, cuando éste fuera percibido, luego del desplome de la candidatura Sáez y la defenestración de Alfaro Ucero a manos de sus propios compañeros, como el único que tenía alguna oportunidad de competir con Chávez. Es, pues, opinión del suscrito que ninguna de estas candidaturas valencianas podrá arrancar.
Quedaría por determinar si hay planes de presentar una candidatura nítidamente definida como de derecha. Marcel Granier o María Corina Machado. Por lo que respecta a esta última, ha sido muy enfática en asegurar que no será candidata presidencial en 2006. (Ver entrevista concedida a Pedro Pablo Peñaloza en el libro editado y publicado este mismo mes por Fausto Masó: Chávez es derrotable, Editorial Libros Marcados. «Hasta cuándo me van a preguntar si aspiro a una candidatura presidencial? ¿Cómo quieren que les diga que no seré candidata presidencial?»)
El caso de Granier no es tan claro. No es un secreto para nadie que ha venido aumentando su exposure en tiempos recientes de modo muy marcado, pero en general ha asegurado que no está pensando en candidaturas. En su más reciente exposición ha asegurado ayer en el programa de Leopoldo Castillo que el grupo de personas que comenzó a ser designado como el «movimiento 4 de diciembre» no tiene intenciones políticas, pero también, ante acicate del periodista sobre su posible lanzamiento, ha contestado: «Yo nunca he sido candidato…» Tal cosa no parece ser un compromiso irreversible a futuro, pero igualmente, para propósitos prácticos, su nombre no está en juego, al menos todavía. Se ha mostrado públicamente, eso sí, partidario de la participación en las elecciones de diciembre—sin cejar en la lucha por condiciones electorales aceptables—y de una candidatura única para enfrentar a Chávez.
Esta carta, por otro lado, ha estimado así la viabilidad de la candidatura Granier (#176, 9 de febrero de 2006): «Pero una candidatura Granier sería una equivocación, la misma que se cometió al suponer que pudiera trocarse directamente a Chávez por el polo opuesto del Presidente de Fedecámaras en abril de 2002. Granier tiene una redondez y multimensionalidad casi equivalente a la de Petkoff, pero sería difícilmente tragable por un electorado que tal vez quisiera salir de Chávez pero no execrarlo con un bandazo pendular de opuesto signo».
Todo lo cual nos regresa al comienzo. La verdadera carrera es entre Borges y Petkoff.
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¿Cómo dirimir esta disyuntiva? La propia María Corina Machado ha sostenido que el mecanismo ideal es el de unas elecciones primarias. Tanto porque se da así participación a la «sociedad civil» en la determinación del candidato (más democracia participativa), como porque la celebración de aquéllas generaría un movimiento de masas que está haciendo falta a una oposición desmovilizada, gracias a la terca prédica sobre el hipotético fraude del 15 de agosto de 2004. Machado razona que no es un motivo para no celebrarlas la anticipación de una guerra interna entre candidatos, que pudiera dejar algo ajado y maltrecho al candidato que emergiese victorioso. Desde su punto de vista, ese peligro no desaparecería si no hubiese primarias.
En este punto creo que Machado tiene razón. Más aún, Petkoff y Borges son dos caballeros que pudieran dar una lección de decencia política al país, protagonizando una competencia seria y respetuosa, que no necesita descender a los sótanos de la agresión y la procacidad a las que Chávez nos tiene acostumbrados. Borges y Petkoff son perfectamente capaces de una discusión a la inglesa, o al elegante estilo de los feroces pero urbanos debates de las legislaturas españolas.
Hasta donde se sabe, Petkoff ha sido renuente a la idea de primarias: «Teodoro Petkoff tampoco es partidario de primarias. Recuerda las del MAS, que afectaron grandemente la unidad del partido del que fue fundador. Ofrece, en cambio, un ejemplo que no deja de ser persuasivo para basar su recomendación de que los distintos candidatos y fuerzas se ‘inteligencien’ para zanjar el asunto. Al término del régimen de Pinochet, como consecuencia del referendo en el que se le derrotara, los principales partidos de Chile encontraron en su interlocución que no podría sucederse un régimen de derecha por uno del extremo contrario—error que aquí se cometió, por cierto, con Carmona Estanga—y por tanto convendría buscarse una solución al centro derecha. De allí la candidatura de Aylwin, democristiano. Sólo después de su presidencia y la de Frei pudo llegar un socialista, Ricardo Lagos, a la Casa Rosada». (Carta Semanal #171, 5 de enero de 2006).
En cambio, Borges se había mostrado como entusiasta partidario de elecciones primarias. Vivian Castillo reportaba en El Universal el 30 de diciembre de 2005: «La celebración de unas elecciones primarias para escoger un candidato único legitimaría la alternativa opositora, según afirmó Julio Andrés Borges, candidato presidencial y coordinador nacional del partido político Primero Justicia (PJ)». «Reiteró que unas primarias serían una extraordinaria manera de lograr la expresión de la gente, ‘que el ciudadano diga—entre la constelación de grupos que hay—: nosotros queremos que el capitán sea éste, que el equipo sea este grupo o esta coalición’, dijo».
Ahora, sin embargo, parece recular. En entrevista concedida a Alba Gil (www.americaeconomica.com), publicada el viernes 24 de febrero de 2006, recibe la siguiente pregunta: «Usted propuso celebrar unas elecciones primarias el próximo 19 de abril. ¿Cree que esa fecha y este método se puede mantener?» Ésta es su contestación: «Ya no hay tiempo para eso. Lo cual no quiere decir que este proyecto no se pueda llevar a cabo. Las fuerzas políticas de la oposición podemos y debemos alcanzar un acuerdo y participar en las elecciones de diciembre. No es necesario realizar un proceso electoral para elegir a un candidato. Con el diálogo podemos llegar a un consenso».
Este viraje, no poco característico de su discurso, puede muy bien obedecer a su innegable posición de ventaja en los estudios de opinión. (Una vez que conociera el Estudio Perfil 21 #65, de Consultores 21, correspondiente a febrero de 2006, con cierre de la recolección de datos el 7 de ese mes, o 17 días antes de la entrevista mencionada). Es claro que en una «inteligenciación», para usar la terminología de Petkoff, o con el «diálogo (con el que) podemos llegar a un consenso», si se emplea la descripción de Borges, éste pondría sobre la mesa la carta alta de su posición de vanguardia en los sondeos, aunque el primero pudiera aducir respecto de su caso: «Rondón no ha peleado». Es así como probablemente Petkoff tuviera más que ganar en unas primarias que Borges.
Pero lo importante, desde el punto de vista estratégico, es que la oposición ganaría cosas de valor inestimable (más allá de lo anticipado por María Corina Machado) con el proceso de primarias. La primera es que el año electoral de 2006 quedaría partido en dos tramos: el que va desde ahora (completado con la definición de la candidatura Petkoff) hasta la definición de la candidatura de unidad mediante primarias; el que sigue, desde esta definición y la inscripción del candidato unitario hasta las elecciones del 3 de diciembre.
Por este medio, entonces, se lograría de modo automático una condición estratégica varias veces recomendada en esta publicación y entrevista ya en 1987 para condiciones similares. Que la campaña del contendor de Chávez se inicie lo más tarde que sea posible:
«Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga ‘guerra de trincheras’ contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea». (De la Ficha Semanal #57 de doctorpolítico, del 2 de agosto de 2005, en reproducción de una sección del estudio Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, de septiembre de 1987. La misma recomendación se encuentra en trabajo inserto en el libro Chávez es derrotable, ya mencionado, en su capítulo Tío Conejo como outsider).
La interpolación de las primarias produce el mismo efecto, al diferir la definición del candidato unitario. Y si el dicho de la política norteamericana es válido—you can’t fight somebody with nobody—su recíproco también funciona: you cant’t fight nobody with somebody. Esto es, Chávez no podría sino continuar peleando con George W. Bush, que no es candidato en Venezuela, mientras la oposición no defina quién terminará oponiéndosele.
Lo que dicho sea de paso alteraría a favor de la oposición el modo habitual de los tiempos recientes: la reactividad de la oposición a terminologías y agendas fijadas por Chávez. No hay incertidumbre respecto de la candidatura oficialista; no hay duda, es la candidatura de Chávez. Así, mientras la candidatura opositora no esté definida, la atención política estará sobre esa definición; la curiosidad política se fijará sobre lo que termine haciendo la oposición.
Por último, lo más importante: una mayoría de electores venezolanos cree en las bondades del método de primarias para dilucidar la candidatura de oposición. (Según el Perfil 21 #65, un 68,8%. Incluso dentro de los encuestados que dicen confiar en Chávez, un 54,5% prefiere el asunto. La proporción sube entre quienes declaran no confiar en él hasta 86,5%, y alcanza a 96% entre quienes dicen confiar en la oposición). ¿Puede arriesgar la oposición ir a contracorriente de esta opinión?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 21, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Kevin Kelly es el fundador de la revista Wired, una publicación de avanzada que mantiene una estrecha vigilancia sobre los progresos tecnológicos más importantes del momento. También fundó el sitio en Internet de la misma revista: www.wired.com
En 1994 Kelly publicó un muy sugestivo e importante libro: Fuera de control (Out of Control: The New Biology of Machines, Social Systems and the Economic World). Es una lectura apasionante que ninguna persona interesada en el futuro, especialmente ningún político, debiera darse el lujo de perderse. La robótica y la inteligencia artificial, la nueva biología y las más recientes tendencias en el campo de las organizaciones, son la materia prima con la que elabora un discurso revelador. Puede leerse en línea completamente gratis en la siguiente dirección en Internet: http://www.kk.org/outofcontrol/contents.php
Ya en fichas anteriores de doctorpolítico se había aludido al trozo que se ha traducido para esta Ficha Semanal #90, que corresponde al capítulo inicial: Hive Mind. (Mente de colmena). Trata del comportamiento de los enjambres, uno de los fenómenos de mayor interés para los estudiosos de los sistemas complejos. La sección escogida ilustra cómo es posible que emerja una «mente colectiva» en grupos humanos de considerable tamaño.
En otro punto del capítulo Kelly recuerda: «Wheeler, el pionero en el estudio de las hormigas, comenzó a llamar a la animada cooperación de una colonia de insectos un ‘superorganismo’, para distinguirlo claramente del uso metafórico de ‘organismo’. Estaba influido por una cepa filosófica del cambio de siglo que veía patrones holísticos superpuestos al comportamiento individual de partes más pequeñas. La empresa de la ciencia fue en sus inicios una zambullida en los minuciosos detalles de la física, la biología y todas las ciencias naturales. Este intento al detal de reducir los conjuntos a sus constituyentes, visto como el sendero más pragmático para comprender las totalidades, continuaría durante el resto del siglo y es todavía el modo dominante de la investigación científica. Wheeler y sus colegas eran una parte esencial de esta perspectiva reduccionista, como lo atestiguan unas cincuenta de sus monografías sobre específicas conductas esotéricas de las hormigas. Pero al mismo tiempo Wheeler vio ‘propiedades emergentes’ dentro del superorganismo reemplazar las propiedades residentes en las hormigas del colectivo. Wheeler dijo que el superorganismo de la colmena ‘emerge’ de la masa de los organismos de insectos ordinarios».
Es éste uno de los temas centrales del estudio de la complejidad, y parte esencial de nuevos paradigmas de la ciencia moderna. «Político que no negocia no es político», dijo una vez Pompeyo Márquez. Aquí diríamos, político que ignore estas nuevas perspectivas es un político irremediablemente obsoleto.
LEA
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Inteligencia colectiva
En una oscurecida sala de conferencias en Las Vegas una audiencia que vitorea agita cartones en el aire. Cada cartón es rojo por un lado, verde por el otro. Detrás del inmenso auditorio, una cámara registra a los frenéticos asistentes. La cámara de televisión enlaza los puntos de color de los cartones a un grupo de computadores dispuestos por el mago gráfico de Loren Carpenter. El programa hecho por Carpenter localiza a cada cartón rojo o verde en el auditorio. Esta noche hay casi 5.000 personas con cartones. Los computadores despliegan la localización precisa de cada cartón sobre un enorme y detallado mapa de video del auditorio que cuelga en el proscenio, y que todos pueden ver. Más importantemente aún, los computadores cuentan el total de cartones rojos o verdes y usa esos valores para controlar un programa. Cuando la audiencia agita los cartones, la pantalla muestra un mar de luces que danzan alocadamente en la oscuridad, como un desfile de velas desordenado. Los asistentes se ven a sí mismos en el mapa; son un píxel rojo o verde. Al invertir sus cartones pueden cambiar instantáneamente el color de sus píxeles.
Loren Carpenter carga el antiguo juego de video Pong en la inmensa pantalla. Pong fue el primer juego comercial de video que alcanzase la conciencia pop. Es una disposición minimalista: un punto blanco rebota dentro de un cuadrado; dos rectángulos movibles a cada lado actúan como paletas virtuales. En breve, ping-pong electrónico. En esta versión, mostrar el lado rojo del cartón mueve la paleta hacia arriba. Verde la mueve hacia abajo. Más precisamente, la paleta de Pong se mueve según el promedio de cartones rojos en el auditorio aumente o disminuya. Un cartón es sólo un voto.
Carpenter no necesita explicar mucho. Cada asistente a esta conferencia de expertos en gráficos de video celebrada en 1991 fue probablemente un adicto a Pong. Su voz amplificada resuena en el salón: «Bueno, amigos. Los que están a la izquierda del auditorio controlan la paleta izquierda. Los que están a la derecha controlan la paleta derecha. Si usted cree que está a la izquierda entonces lo está realmente. ¿De acuerdo? ¡Vamos!»
La audiencia ruge con deleite. Sin un momento de duda, 5.000 personas están jugando un juego de Pong razonablemente bueno. Cada movimiento de la paleta es el promedio de varios miles de intenciones de los jugadores. La sensación es enervante. La paleta usualmente hace lo que uno quiere, pero no siempre. Cuando no lo hace uno trata de anticipar tanto la paleta como la pelota incidente. Y uno está definitivamente consciente de otra inteligencia en línea: es esta ruidosa muchedumbre.
La mente grupal juega Pong tan bien que Carpenter decide aumentar la apuesta. Sin advertencia la pelota rebota más rápidamente. Los participantes chillan al unísono. En un segundo o dos la multitud se ajusta al más rápido ritmo y está jugando mejor que antes. Carpenter acelera el juego una vez más; la multitud aprende instantáneamente.
«Probemos otra cosa», sugiere Carpenter. Un mapa de asientos en el auditorio aparece en la pantalla. Él dibuja un amplio círculo blanco alrededor del centro y pregunta a la audiencia: «¿Pueden dibujar ustedes un 5 verde en el círculo?» La audiencia contempla a las filas de píxeles rojos. El juego es similar al de sostener un cartón en un estadio para hacer una figura, pero ahora no hay órdenes preestablecidas, sólo un espejo virtual. Casi inmediatamente píxeles verdes aparecen serpenteando y crecen desordenadamente según los que crean estar en el camino del cinco volteen sus cartones al verde. Una vaga figura se va materializando. La audiencia comienza a discernir un cinco en el ruido. Una vez discernido, el 5 precipita rápidamente hacia la total nitidez. Quienes agitan los cartones en el borde borroso de la figura deciden en qué lado deben estar y el 5 emergente se define. El número se ensambla a sí mismo.
La voz retumba: «¡Ahora hagan un cuatro!» En momentos un 4 emerge. «¡Tres!» Y en un pestañeo aparece un 3. Luego, en rápida sucesión, «Dos… Uno… Cero». La cosa emergente está rodando.
Loren Carpenter monta un simulador de vuelo en la pantalla. Sus instrucciones son tersas: «Ustedes los de la izquierda controlan la dirección; ustedes a la derecha la altitud. Si apuntan el avión a algo interesante dispararé un cohete hacia eso». El avión está en vuelo. El piloto es… 5.000 novicios. Por una vez el auditorio está en completo silencio. Cada quien estudia los instrumentos de navegación a medida que la escena fuera del parabrisas desciende. El avión se dirige a un aterrizaje en un valle rosado entre colinas rosadas. La pista parece minúscula.
Hay algo a la vez delicioso y absurdo en la noción de que los pasajeros de un avión lo vuelen colectivamente. El sentido democrático bruto de la cosa es muy atrayente. Como pasajero uno vota por todo; no sólo por hacia dónde se dirige el grupo, sino por cuándo recortar los flaps.
Pero la mente grupal parece ser un inconveniente en los momentos decisivos del aterrizaje, cuando no hay espacio para promedios. A medida que los 5.000 participantes en la conferencia comienzan el descenso de su avión para aterrizar, el silencio en el salón termina abruptamente con gritos y órdenes urgentes. El auditorio se transforma en una gigantesca cabina en crisis. «¡Verde, verde, verde!», grita una facción. «¡Más rojo!», un momento después desde la masa. «Rojo, rojo» ¡ROOOOOJO!» El avión se voltea a la izquierda de un modo nauseante. Es obvio que eludirá la pista de aterrizaje y llegará con el ala al piso. A diferencia de Pong, el simulador reacciona con lentitud entre la palanca y el efecto, desde el momento que uno mueve al alerón hasta que se inclina. Las señales latentes confunden a la mente grupal, que queda atrapada en oscilaciones de sobrecompensación. El aeroplano se sacude salvajemente. Sin embargo, la multitud logra abortar el aterrizaje de algún modo y eleva el avión sensatamente. Da la vuelta para tratar de nuevo.
¿Cómo dieron la vuelta? Nadie decidió si debía girarse a la izquierda o la derecha, ni siquiera que debía girarse en cualquier caso. Nadie estaba al mando. Pero como si fuera una sola mente, el avión se inclina y gira con amplitud. Trata de aterrizar de nuevo. Una vez más se aproxima torcido. La masa decide al unísono, sin comunicación lateral, como una bandada de pájaros que despega, elevarse otra vez. En su camino de ascenso el avión se voltea un poco. Y luego se voltea más. En algún instante mágico, el mismo fuerte pensamiento infecta a cinco mil mentes: «Me pregunto si podemos hacer un 360…»
Sin hablar una sola palabra, el colectivo continúa volteando el avión. No hay corrección. Mientras el horizonte gira vertiginosamente, 5.000 pilotos aficionados voltean un jet en su primer vuelo solo. En verdad lo lograron con bastante gracia. Y se dedican a sí mismos una ovación de pie.
Kevin Kelly
por Luis Enrique Alcalá | Mar 16, 2006 | LEA, Política |

Hay miradas que tumban cocos y también, aseguraba el inolvidable Aquiles Nazoa, objetos, acciones y personas pavosas. (De hecho, el recordado humorista llegó a desarrollar una unidad para la medida de la pava, a la que tenía por radiación deletérea de variable intensidad: el pavovatio/hora). El folklore nacional llegó a tener, por ejemplo, el gobierno de Raúl Leoni in toto como entidad pavosa, al asociar la ocurrencia numerosa de incidentes terribles—un choque contra una de las bases del puente Rafael Urdaneta o el trágico fallecimiento de un grupo de maestros en el salto La Llovizna—con la administración del segundo presidente de la democracia venezolana.
La inclusión de una cierta firma—reivindicadora de un autopostulado «principado negro»—en la lista de personalidades que refrendaron un manifiesto que asegura que el 4 de diciembre pasado el pueblo venezolano disparó un conjunto de dieciséis «mandatos», debiera llamar a la preocupación de sus promotores. Igualmente, la recién eliminada divisa beisbolística nacional pudiera haber sido condenada de modo instantáneo con los pavovatios generados por el actual Presidente de la República, quien hizo mención específica del equipo en una de sus más fastidiosas alocuciones la misma noche del descalabro.
Hugo Chávez refería a los asistentes a otro acto más, el martes de esta semana, que había sido llamado por Evo Morales—«Me llamó Evo»—pero también por Fidel Castro, con quien estuvo hablando de béisbol. Según Chávez, Fidel le invitó a ligar para que los equipos que disputasen la final del Campeonato Mundial fueran precisamente Venezuela y Cuba, y que así se redujera el asunto a una disputa amistosa e interior de las novenas del «Eje del Mal». (Pensándolo bien, es harto probable que se tratara en este caso de pava importada desde Cuba. No muchos estarían dispuestos a sostener que el autócrata caribeño es un amuleto de la buena suerte).
Pero es que la referencia hecha por Chávez intentó ser una distracción, luego de una evidentísima laguna en su disertación. Se encontraba hablando—en tono épico, por supuesto—acerca de algo que harían «nuestros descendientes» dentro de doscientos años, cuando el flujo de sus palabras se detuvo repentinamente, perdido el hilo—o maraña—de sus divagaciones, que en vano trató de recobrar con ineficaces miradas a las notas que tenía ante sí sobre el podio. Largos y embarazosos momentos marcaron la grave dislexia presidencial.
Es posible, digo, que por los numerosos y dispersos ríos de su discurso, una incómoda asociación le haya dominado. La conciencia de que, a fin de cuentas, el nuevo caballo de la heráldica patria es en realidad un equino derechista. Después de que la Asamblea Nacional hubiera procedido augustamente a tranquilizar las dudas veterinario-anatómicas de la menor hija del Presidente, y la ley prescribiese un corcel curado de tortícolis mirando hacia la izquierda del observador, alguien ha podido informar, con gran imprudencia de su parte, que el lado hacia donde ahora corre el corcel patrio es, en verdad heráldica, la derecha. Y esta constatación de futilidad, después de tan arduo esfuerzo legislativo, ha podido recordar al mandatario cómo fue que a comienzos de su gobierno nombraba a cada rato un librito llamado El oráculo del guerrero, hasta que Boris Izaguirre le explicase que esa glorificada bobería funcionaba, en realidad, como santo y seña homosexual. Y es que cosas así son capaces de romper la ilación del más articulado de los discursos.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 16, 2006 | Cartas, Política |

La integridad es una necesidad imperiosa de la psiquis humana. Cada conciencia individual busca disponer, en todo instante, de una absolución ética de quien la posee. Es decir, con la excepción de casos psiquiátricos agudos, cada uno de nosotros siente que es una persona buena. De hecho, un desequilibrio marcado y constante a este respecto, una «mala conciencia», es causa patogénica para la psicología. Hasta el más obvio delincuente es capaz de construir una justificación o racionalización de sus actos.
El revolucionario de librito, por ejemplo, cuenta con la comodidad del código de ética de la revolución, por el que cualquiera otra ética existente o por existir le queda subordinada. Ese código actúa entonces como absorbedor o amortiguador—buffer—perfecto, ante el que se disuelve cualquier inconsistencia lógica o terminológica, que en otra circunstancia reventaría la conciencia de quien pretendiese sostener simultáneamente dos juicios contradictorios. Por ejemplo, si condeno al golpismo al tiempo que glorifico mi propia gesta golpista del 4 de febrero de 1992, me alejo de la incómoda inconsistencia al declarar que en mi caso no puedo ser tildado de golpista, sino tenido por revolucionario.
Pero este caso especial de mantenimiento de la integridad psíquica es mero reflejo de la regla general: todos sostenemos una visión de nosotros mismos por la que reconocemos sólo una cantidad insignificante de propias conductas censurables, y en general nos tenemos por buenos. A un nivel consciente—Freud diría superficial—actuamos normalmente de buena fe.
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Un silogismo político particular, de renovada popularidad por estos días, es ejemplo de lo antedicho. Quienes lo sostienen, estoy convencido, creen sinceramente en la validez de sus inferencias y la veracidad de sus premisas. Premunidos, además, como todo el mundo, de su propia rectitud ética, consideran con igual sinceridad que es su deber patriótico difundirlo o predicarlo, así como oponerse, con no poca desesperación, a los invidentes que sostienen una tesis contraria. El argumento va como sigue.
Quien ahora desempeña la Presidencia de la República no sería persona que creyese en el principio de la alternabilidad democrática. Teniendo el poder, no lo soltará nunca, y es por consiguiente una ilusión pensar que una participación electoral pudiera tener eficacia. Como, por otra parte, una mayor premisa subyacente, tácita, que no necesita ser demostrada porque sería de universal aceptación, es que la perniciosidad del régimen obliga a buscar su cesación como objetivo absoluto, no hay manera de alcanzar esta meta sino por vías no electorales. Somos, por supuesto, demócratas, y en circunstancias normales buscaríamos soluciones electorales, pero una correcta «caracterización» de ese régimen establece que no se compite con un demócrata, y entonces los principios de la guerra justa nos permiten incluso el uso de la mentira—por deber patriótico de desacreditación—y la procura de soluciones de fuerza.
El razonamiento no es nuevo. Fue el que sostuvo la racionalidad conspirativa del carmonazo y la del paro cívico, así como todas las variantes prescriptivas centradas sobre el empleo del artículo 350 de la Constitución. Ahora ha hecho metamorfosis para presentarse con las vestiduras de una nueva sofisticación.
La prescripción señala ahora que «la solución» es propiciar una «crisis de gobernabilidad», condición que sería indispensable para que actores que sólo esperarían por ella—Rumsfeld, o Baduel, o ambos—intervengan para resolverla.
Adicionalmente, los sostenedores de este récipe han descubierto, luego de la masiva ausencia electoral del 4 de diciembre de 2005 y el evidente impacto sobre el discurso gubernamental, que la abstención en retirada de último minuto es el fusible eficaz que detonará impepinablemente la crisis buscada. Pero claro, se añade, para que la retirada surta efecto debe primero adquirirse fuerza, una masa crítica opositora construida, por ejemplo, mediante la organización de elecciones primarias que «calienten la calle». Naturalmente, no debe explicarse toda la estrategia al elector común, quien no debe saber que lo de las primarias es una carantoña, pues de sospecharlo no se produciría la participación masiva que el plan requiere. (De nuevo, como tenemos la razón, estamos moralmente autorizados a manipular a la población opositora mediante el engaño).
Repito, quienes propugnan este alucinado tratamiento actúan, en su mayoría, de buena fe. Llegan a ver con recelo, impaciencia o desprecio a quienes no comulgan con este razonamiento, y creen su deber fortalecer las bases de su silogismo, aumentar la solidez de sus premisas. Por esto su evangelio enfatiza dos nociones: que el carácter del régimen es totalitario, y que el fraude electoral que perpetrara el 15 de agosto de 2004 comprueba que no respeta la alternabilidad democrática.
La primera tarea es emprendida desde una exposición teórica: a partir de una descripción sistemática de regímenes totalitarios—por ejemplo con ayuda de la caracterización construida por Hannah Arendt—se presenta la conclusión evangélica, indiscutible: estamos en el seno de una dictadura, estamos dentro de un régimen totalitario.
Quien escribe fue probablemente la primera persona que estableció públicamente una similitud entre la figura de Hitler y la de Chávez, en artículo publicado en el diario La Verdad de Maracaibo en agosto de 1998. (El efecto Munich). La analogía es una cosa, porque señala la propensión autoritaria chavista; pero Chávez lleva siete años mandando y Hitler ya había marcado brutalmente la historia en un plazo equivalente. (Bombardeado Guernika, militarizado la Renania, anexado Austria, conquistado Checoslovaquia, Polonia y Francia, sin hablar de la violación de la neutralidad belga y la primera fase del acoso y exterminio de judíos). Si Chávez exhibe, indudablemente, una conducta autoritaria que propende al totalitarismo, es también, sin duda, un caso leve si se le compara con el monstruo austriaco o el dictador cubano a quien tanto admira.
La segunda tarea evangélica es la de asentar que no hay respeto a la regla democrática de la alternabilidad. Para hacer esto es preciso «comprobar» que el 15 de agosto de 2004 se hizo fraude a la voluntad de la mayoría de los electores venezolanos, que en esa fecha se habría pronunciado por la revocación del mandato presidencial. Este clavo pasado se renueva, por tanto, con la exhibición de muy elegantes y metodológicamente impecables ejercicios estadísticos—como el de los profesores Delfino y Salas, obtenible en www.gentederedes.com—y que sin embargo distan mucho de ser una demostración fehaciente del fraude postulado, al conducirse, como el famoso estudio Hausmann-Rigobón, en un terreno simbólico que no conecta con la realidad social. Más de una vez se ha repetido acá que todas las firmas encuestadoras reconocidas en el país, y una norteamericana en particular, esperaban unánimemente que el gobierno saliera airoso del referendo revocatorio.
Igualmente estoy persuadido de la buena intención y la excelencia profesional de físicos y matemáticos que producen estos malabarismos numéricos, pero del mismo modo es preciso decir que cabezas distintas de las de ellos decidieron en su momento implantar intencionalmente la matriz de opinión de un fraude en el referendo mencionado, sobre el soporte de las exigencias tomistas de una supuesta guerra justa.
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Ha sido también reiterada postura de esta publicación atenerse a la regla de la Declaración de Derechos de Virginia (1776), que reconoce como sujeto del derecho de rebelión a una mayoría de la comunidad. El pequeño grupo que se siente autorizado, en superficial lectura de condiciones explicitadas por Santo Tomás de Aquino, a desatar una «crisis de gobernabilidad», no sólo sería totalmente incapaz de controlar un proceso político de esa naturaleza—lo que lo hace irresponsable—sino que abusa en la usurpación de un derecho que no le corresponde, tanto como Hugo Chávez lo hiciera con sus demás secuaces golpistas en 1992.
Tal vez lo peor es que ese guión de la crisis coincide con protocolos formulados en los Estados Unidos. Recordemos al «Informe Waller» (Center for Security Policy, mayo de 2005). En análisis de este think tank cuyo lema es «Paz mediante la fuerza» y bajo el título «¿Qué hacer con Venezuela?», se prescribe: «Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura». Y asimismo, en la nota de presentación del mismo informe se anticipaba: «El informe enfatiza que todavía es posible un cambio de régimen en Venezuela sin el uso de la fuerza, aun cuando la acción militar pudiera necesitarse si el dictador decide hundir la infraestructura económica del país consigo, como trató de hacer Saddam Hussein en Irak». (Subrayado de doctorpolítico).
Pero quienes esperan que la «crisis de gobernabilidad» que propiciarían—en simplista consideración de los sistemas políticos como si fuesen entidades de mecánica newtoniana—sería resuelta por Donald Rumsfeld, pudieran quedarse con los crespos hechos. No es muy probable que un gobierno norteamericano enredadísimo en Irak, contradictorio ante Irán, complicado con su situación en las encuestas, detenido en recientes pretensiones por el propio Partido Republicano, pueda llevar a la práctica un esquema directamente intervencionista en Venezuela. Claro, siempre puede un arcángel, aparecido a Bush en madrugada de la Casa Blanca, entregarle la flamígera espada fundamentalista del Armagedón, para que resuelva con cirugía nuclear el tremendo enredo en el que está metido. Bastarían unas pocas cabezas nucleares para detener el enriquecimiento de uranio iraní, y todavía sobrarían muchísimas más para dejar caer una o dos en Sabaneta o en Caracas. Dios nos proteja de la paranoia en un mundo tan peligroso.
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