LEA #184

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La espantosa muerte de los jóvenes hermanos Faddoul Diab y el empleado que les trasladaba en automóvil, a manos de desalmados criminales, ha galvanizado de manera imprevista a la opinión nacional. En todo el país han aflorado las manifestaciones de inequívoco repudio, y en la capital se vivió ayer una suerte de segundo «caracazo», tanta fue la intensidad y extensión de la protesta. Ésta, además, añadió una víctima al macabro desenlace: el fotógrafo del diario vespertino El Mundo, Jorge Aguirre, murió asesinado por la bala de un motorizado sin identificación, en motocicleta sin placas, cuando captaba con su cámara las incidencias de la protesta en la Plaza Venezuela. Ya antes habían sido reporteros y fotógrafos del mismo periódico interceptados para evitar la publicación de hechos inconvenientes a la imagen del gobierno.

La muy digna señora Diab de Faddoul, madre de las jóvenes víctimas, había escrito en carta de asombroso temple y excepcional estatura moral que pedía, en caso de que de todas formas sus hijos fuesen a ser asesinados, que se les matara rápidamente, solicitando tan sólo la gracia de que se les asesinara mientras dormían.

Nadie puede ocultar que estos crímenes rebasaron nuestro umbral de tolerancia, puesto a prueba cotidianamente. Y nadie deja de presentir que bien pudieran representar un punto de quiebre, el inicio de un movimiento de conciencia con inevitables consecuencias políticas y electorales. A pesar de que el ministro Jesse Chacón manifieste su esperanza en que el espantoso acontecimiento no sea explotado políticamente, no se requerirá que líderes políticos lo intenten. Ya el país saca sus cuentas sin que nadie lo excite, y probablemente haya dicho basta en su fuero interno. Son ya siete años de violencia, mientras ha dominado esta presidencia del sobresalto. Son siete años de incompetencia en lo tocante a la más básica de las funciones de gobierno: la preservación de la seguridad ciudadana. Son siete años de tolerancia a lo criminal, de siembra y prédica de odio, y ningún temor del ministro Chacón, ninguna carrerita tardía de Nicolás Maduro o declaración del fiscal incapaz podrán ocultar lo que ya sabemos: que no estamos dispuestos a pagar estos precios para sostener los designios grandilocuentes y megalomaníacos de Hugo Chávez Frías.

Así, la muerte de los hermanos Faddoul, terrible como es para sus familiares y amigos, pudiera ser un inestimable y trágico aporte a un redireccionamiento de la patria. Serían los héroes involuntarios, los mártires inocentes cuya desaparición dé paso a un gobierno civilizado. Gracias, hermanos, por tan extraordinario y fructífero sacrificio.

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CS #184 – Un empujón útil

CartasEl Grupo La Colina no tiene que ver con la urbanización La Colina de Los Caobos. Me habría gustado, sentimentalmente, que así fuera; no por la planta televisora famosa, sino porque fue mi colegio de niñez y primera juventud el de La Salle de La Colina. En cambio, toma su denominación del hecho de reunirse en los predios de «La Colina Creativa», un conglomerado de oficinas incluido en zona rental del campus de la Universidad Metropolitana. Un conjunto de profesionales, los más de ellos egresados de la Universidad Simón Bolívar, se ha constituido en grupo de análisis que escudriña nuestro proceso político con el fin de, no convertirse ellos mismos en políticos actuantes, sino de actuar como analistas e inventores que ponen su trabajo a la orden de políticos.

Uno de los miembros del Grupo La Colina, Leopoldo González, fue quien fuera inscrito por Primero Justicia como «técnico» suyo para la auditoría técnica a las máquinas de votación de Smartmatic. En ese carácter—su propio grupo no es reconocido como actor certificado por el Consejo Nacional Electoral—González encontró a través de su examen experto que después de todo las famosas máquinas electorales guardaban en su memoria la secuencia de votos, de modo que era posible en principio violar el secreto del sufragio, al cotejar esa secuencia con el orden de identificación de los votantes que proviene de las llamadas «captahuellas», en las que cada elector que acudiera a votar debía registrar su huella digital para demostrar su condición de votante inscrito en el Registro Electoral Permanente y así imposibilitar que una misma persona votase más de una vez. Este hallazgo brindó en bandeja de plata a los partidos de oposición el pretexto que requerían para retirarse de unas elecciones parlamentarias que sabían perdidas. Tal hazaña llevó a Olga Krnjajsky (nom de plume Olga K) a decir que González había logrado lo que «no había hecho ni SÚMATE con su tecnología, ni los partidos con su maquinaria, ni Tulio con su informe, ni Oswaldo Álvarez Paz con el 350». Tan justa fama explica la confianza suscitada por el Grupo La Colina, que se expresa claramente en reciente proposición de Gerardo Blyde: que el Grupo La Colina se sumara a Súmate para la organización de las propuestas elecciones primarias de la oposición.

El lunes pasado tuvo el suscrito la oportunidad de asistir a una presentación de miembros de este grupo, centrada sobre el tema de una candidatura unitaria de la oposición. La exposición consistió de un modo muy útil de organizar los elementos fundamentales de este problema, pero fueron tres tajantes afirmaciones de la gente del Grupo La Colina lo que más llamó la atención. Esta gente, que logró descubrir la persistencia de la secuencia de votos en Fila de Mariches, no se montó sobre tal plataforma para exhibirse como los grandes descubridores de un fraude electoral el 15 de agosto de 2004. Todo lo contrario. Lo primero que afirmaron fue que las máquinas de Smartmatic hacían exactamente lo que esta compañía había prometido. Luego, establecieron que el registro secuencial de los votos emitidos no se debía a acción deliberada por parte de Smartmatic o el CNE, sino a un error de Microsoft, uno de cuyos programas off the shelf fue adquirido por Smartmatic para combinarlo con su propio software. Microsoft había garantizado que aquel registro desaparecería, e incluso había mencionado que tal cosa sería así porque la misma condición era requerida por importantes loterías europeas que usaban el mismo programa para garantizar la transparencia de sus sorteos. (Voceros de Smartmatic, por otra parte, han explicado que para que fuese posible emplear la secuencia registrada con intención política dolosa, hubieran tenido que concurrir los partidos de oposición, pues sin la mitad de la llave que abre la caja negra, que estaba en manos de la oposición, no hubiera sido posible acceder a la tal secuencia).

En suma, al conjunto de sólidos argumentos que permiten pensar que el 15 de agosto de 2004, independientemente de otras conductas abusivas y ventajistas por parte del gobierno, hubo más «Noes» que «Síes»—que todas las encuestadoras serias del país así lo predijeron, por ejemplo—se añade la puntilla mortal de la certificación ofrecida con la mayor seriedad y tersura por los colineros: se trata del definitivo certificado de defunción de la hipótesis del fraude electrónico.

Pero todavía dijeron otra cosa los representantes del Grupo La Colina: que en su considerado criterio el sistema automatizado de Smartmatic hacía más fácil que la oposición vigilase la correspondencia con los votos reales y los defendiera; esto es, que resulta más fácil defender la fidelidad de los registros y la transparencia del sistema con las mismas máquinas, que con conteos manuales, que regresarían la pelota a la cancha superada de las actas que matan votos.

Estas son cosas importantísimas, porque rompen el paradigma abstencionista, montado sobre la premisa del fraude electoral. Si se quiere revertir la matriz de opinión a este respecto, construida a partir de la prédica irresponsable de una dirigencia inepta que quiso disimular su ineptitud—dilapidó el enorme capital político acumulado en 2002 y 2003—es de la mayor importancia que se difunda esta valiente y seria evaluación del Grupo La Colina.

………

Lo anterior no varió, por tanto, la estimación de esta publicación, que consistentemente ha expuesto que no hubo fraude electrónico el día del referendo revocatorio presidencial. En cambio, interacciones recientes llevan a reconsiderar su posición respecto de la bondad de unas elecciones primarias para determinar un candidato unitario. (El Grupo La Colina, por cierto, señala que una de las desventajas de las primarias, no considerada por otros analistas, es que impedirían la integración de un único gran comando de campaña, dado que los de los candidatos perdedores quedarían diferidos por el comando del ganador).

No es que no se tenga por más profundo e importante que haya en la determinación del candidato unitario una decidida participación de los electores mismos; a fin de cuentas, como advirtiera no hace mucho Humberto Njaim, la democracia participativa es el signo de los tiempos. No es que se haya aducido argumentos inéditos que sean contrarios a las primarias, más allá del último aportado por los colineros. Se trata más bien de notar una persistente coincidencia de criterios en gente muy seria y avezada en política, que no recomienda la celebración de primarias.

Pero seguramente ha modificado la percepción de doctorpolítico, como ocurre con frecuencia en materia perceptual, un pequeño empujón que desplaza levemente el punto de perspectiva. Este nudging, este suave y útil codazo consistió en una aguda, certera y pertinentísima observación, escuchada en labios de Eduardo Fernández.

Fernández observó que si hubiera en el campo un liderazgo opositor claro y fuerte no tendríamos necesidad de primarias; que se piensa en las primarias como un «remedio agónico», un expediente in articulo mortis para solventar esa ausencia de liderazgo.

Tal observación ejerció en el suscrito un efecto retardado y, como se explicó, bastó un leve desplazamiento de la percepción para que se recompusiera en gran medida el análisis del asunto. En efecto, el pensamiento se dirigió a lo esencial, al problema de identificar qué fórmula pudiera constituirse en ese liderazgo fuerte y convincente que hace falta, desde el problema procesal o procedimental de las primarias.

Aquí se propuso (Carta Semanal #180, del 9 de marzo), la dupla de Teodoro Petkoff como candidato a la presidencia y María Corina Machado como su eventual Vicepresidenta Ejecutiva. La fórmula hace sentido porque compone un «antimicótico» de amplio espectro—en términos de derecha e izquierda políticas—y porque toma asiento en las evidentes virtudes de ambos: la indudable estatura de Petkoff como estadista, entre otras cosas, y las manifiestas virtudes ejecutivas de Machado. (Sin contar la combinación de madurez con juventud y la de género, al presentar una dupla de dama y caballero).

Pero las reconsideraciones ya mencionadas llevan a doctorpolítico a pensar en una combinación que tiene aun más sentido político, y ésta es la de Petkoff para la candidatura presidencial y Julio Borges como su Vicepresidente Ejecutivo.

Borges añadiría a la «otra izquierda» de Petkoff su perfil de centro-derecha, pero también lo que Bernardo Paúl estima como su lucha personal por la dignidad. En verdad, Borges ha eludido los intentos de ciertos intereses por controlarlo, al sostener posturas valientes y responsables. No hace mucho que declarara, con coraje y sin pelos en la lengua, lo siguiente: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». (El Nacional, 29 de mayo de 2005).

Los mismos intereses aludidos han intentado anularlo, cobrándole su acción personalísima y «no alineada» de votar el 4 de diciembre pasado. Así jugaron a la rebelión en las filas de Primero Justicia, oponiéndole a Blyde y Liliana Hernández y propiciando una revuelta que exigía elecciones internas en el partido. Pues Borges ha comprobado su tino político al conjurar esta rebelión, logrando que los coordinadores regionales de Primero Justicia apoyaran su moción de diferir esas elecciones para 2007 y acordaran que la organización concentrase sus esfuerzos en la promoción de su candidatura.

Es obvio, asimismo, que Borges aportaría una organización que, mal que bien, supera a los tradicionales partidos en preferencia de los electores, y que Primero Justicia no es un partido de «la cuarta república».

Esta fórmula Petkoff-Borges, por consiguiente, pondría en juego una opción poderosísima. La participación de Borges seguramente anularía las legítimas aspiraciones de los Salas Römer, así como robaría sentido a otras candidaturas de derecha, y el eje con Petkoff ofrecería una opción decididamente de peso más pesado que la de Manuel Rosales. (El problema con Rosales no es tanto que el gobierno intente anularle por su participación en el «carmonazo». El problema de fondo es que participó, y que todavía no ha ofrecido una explicación satisfactoria al país a este respecto, sea para defender su posición del 12 de abril de 2002, si es que la considera correcta, o sea para admitir su equivocación y señalar arrepentimiento y propósito de enmienda).

Borges, por otro lado, tiene un discurso natural por delante: «Yo, Petkoff, aspiro al mismo coroto que usted. Pero difiero mi pretensión ante su mayor experiencia de estadista. Soy muy joven, y con la energía suficiente para recibir, en la Vicepresidencia Ejecutiva de la República, las tareas que usted tenga a bien descargar sobre mis hombros». (Lo que está previsto constitucionalmente: Artículo 239. «Son atribuciones del Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva: 1. Colaborar con el Presidente o Presidenta de la República en la dirección de la acción del Gobierno. 2. Coordinar la Administración Pública Nacional de conformidad con las instrucciones del Presidente o Presidenta de la República. 3. Proponer al Presidente o Presidenta de la República el nombramiento y la remoción de los Ministros. 4. Presidir, previa autorización del Presidente o Presidenta de la República, el Consejo de Ministros. 5. Coordinar las relaciones del Ejecutivo Nacional con la Asamblea Nacional. 6. Presidir el Consejo Federal de Gobierno. 7. Nombrar y remover, de conformidad con la ley, los funcionarios o funcionarias nacionales cuya designación no esté atribuida a otra autoridad. 8. Suplir las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República. 9. Ejercer las atribuciones que le delegue el Presidente o Presidenta de la República. 10. Las demás que le señalen esta Constitución y la ley».)

Borges estaría, con tal acto de desprendimiento y de nobleza, no sólo siguiendo una línea consistente con su rectitud y su carácter de hombre serio, sino elevándose en servicio inestimable a la nación, y posicionándose estupendamente para futuras responsabilidades todavía mayores.

Finalmente, esta reconsideración devolvería a la directora de Súmate su rol principal, que no es, por ahora, el de boxeadora, sino el de empresaria de boxeo. Pero es que hay más: María Corina Machado ha expuesto enfáticamente, en reunión de la semana pasada en el IFEDEC dirigido por Eduardo Fernández ante numeroso y expectante público, que considera la más importante iniciativa de Súmate la organización del «congreso federal» de organizaciones de la sociedad civil. En efecto, se trata de una iniciativa valiosísima la recopilación de múltiples quejas y necesidades, así como de soluciones formuladas por centenares de organizaciones no gubernamentales, en una amplia extensión a escala nacional de lo que es una suerte de «Coordinadora Democrática» sin los partidos. Este acervo puede ser de enorme utilidad a un futuro gobierno, sobre todo si Súmate computase el costo global que tomaría la satisfacción de las necesidades de las que hace inventario. Esta claridad de foco, por otra parte, anularía aviesas interpretaciones que sostienen que la insistencia de Súmate en la realización de primarias no es sino un medio de insertarla en papel protagónico en el año electoral de 2006, pues sin esta participación estaría ausente de su calendario. De más está decir, por otra parte, que la significativa construcción de ese «congreso federal», no sustituye una necesidad pendiente: la de fundar una nueva organización política que sostenga el esfuerzo más allá del 3 de diciembre, y que más que una organización de organizaciones debe ser, por la calle del medio, una organización de ciudadanos.

En resumen: doctorpolítico reformula para traer un récipe plus, reforzado. La dupla Petkoff-Borges. No sería ya una candidatura única, sino una fórmula unitaria, a la que deberán apoyar los restantes candidatos y, con generosidad y sin afán protagónico, todas las fuerzas políticas, que pueden aportar su organización desde posiciones discretas y la retaguardia. Tal cosa haría innecesaria la celebración de elecciones primarias, ahorrando su costo colosal en condiciones que aconsejan la concentración de recursos en la campaña frente al presidente incumbente, mucho más rico, y presentaría al país una opción de calidad y fuerza extraordinarias, perfectamente capaz, en virtud del obvio sentido político que contiene, de avivar el entusiasmo y proporcionar la esperanza que necesitamos.

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FS #92 – Homo exterminator

Fichero

LEA, por favor

A medida que se acercaba el cambio de siglo próximo pasado, la extraordinaria institución que es la National Geographic Society de Washington, y su estupendísima revista, acometieron con fruición una serie de trabajos que llamaron la Serie del Milenio. (The Millennium Series). Así dedicaron números enteros de la publicación al tratamiento en profundidad de temas como las culturas del planeta, la población o la biodiversidad. Este último fue considerado en el #2 del Volumen 195 de National Geographic en febrero de 1999. (Biodiversity: The Fragile Web).

No puede escapar a nadie la importancia del tema. Desde que emergiera la conciencia urgente de lo ecológico entre los años sesenta, y sobre todo en los setenta, la preservación de la biodiversidad ha surgido como uno de los problemas más importantes que la humanidad confronta. No en vano es posible entender a la Terre entière que Pierre Teilhard de Chardin tuviera por altar de una comunión cósmica (La Messe sur le Monde), como una sola entidad viviente desde la «hipótesis Gaia» de James Lovelock.

La Ficha Semanal #92 de doctorpolítico está compuesta por la sección inicial y la sección final de uno de los cinco artículos escritos por Virginia Morell para la edición mencionada de National Geographic: The Sixth Extinction. (La sexta extinción. Todos los trabajos están acompañados por decidoras y hermosas fotografías de Frans Lanting. La tarea requirió que Morell y Lanting visitasen un total de trece países).

Acá nos advierte Morell de una inminente y gravísima extinción masiva de especies vegetales y animales, la sexta en la historia de la Tierra. (Las primeras cinco tuvieron lugar en los períodos Ordovícico, Devónico, Pérmico, Triásico y el Cretáceo. A diferencia de éstas, la próxima gran extinción sería causada por la humanidad).

Quienes determinan las políticas públicas, de importante incidencia sobre nuestro hábitat, no pueden dejar de tomar en cuenta el enorme peligro que una sexta extinción masiva tendría para el planeta y nuestra forma de vida. Quienes alteran el clima, y en general el ambiente, con sus economías extractivas e industriales, deben estar seguros de que lo que hacen no destruya vida. Como dijera el recordado Adlai Stevenson, todos estamos montados sobre una única nave espacial: la Tierra. No tenemos otra.

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Homo exterminator

Los primeros rayos anaranjados del sol están justo comenzando a tocar la hierba de hojas serradas del Parque Nacional Everglades en Florida, cuando nuestro piloto de helicóptero despega de un pequeño aeropuerto cercano. Da una vuelta a baja altura sobre el parque, deslizándose encima de las hierbas verde gris y la neblina mañanera. Aquí y allá, pequeños tallos del pino cortado nativo, con la delgadez de un lápiz, se muestran en verde oscuro contra los pálidos terrenos herbales. Pero lo que buscamos es la abierta pradera pantanosa que sirve de hogar a la especie en peligro del gorrión de las playas de Cabo Sable. Dirigiéndose al sur, el piloto busca un punto en particular del mapa de crucero, luego se inclina y vuela en dirección oeste franco. Veinte minutos después estamos en tierra. «Aquí está vuestro primer punto», dice por la radio a Stuart Pimm, el biólogo conservacionista que se sienta atrás a mi lado. Enfrente otro biólogo, Sonny Bass, hace una señal de aprobación. Pimm y yo, vestidos en trajes de vuelo verdes y cascos blancos, saltamos al húmedo pantano y nos alejamos corriendo a corta distancia del helicóptero.

Por un momento parece una escena de Apocalypse Now. Las hélices del helicóptero fustigan el aire, doblando las hojas en un amplio círculo alrededor y obliterando todo sonido que no sea el wap-wap-wap de sus rotores. Cuando arranca del sitio para transportar a Bass hasta el próximo lugar a un kilómetro de distancia, Pimm se quita su casco y se voltea hacia mí. «Bienvenido», dice, elevando su voz sobre el rugido evanescente del helicóptero, «al frente de la salvación de la biodiversidad».

Un avuncular investigador de la Universidad de Tennessee, Pimm no pretende ser meramente dramático. Según sus cálculos y los de sus colegas, alrededor del 50 por ciento de la flora y la fauna del mundo pudiera estar en camino de extinción durante los próximos cien años. Y está afectado todo: peces, pájaros, plantas y mamíferos. Por la cuenta de Pimm el 11 por ciento de las aves, o 1.100 especies de las casi 10.000 en el mundo, están al borde de la extinción; es dudoso que la mayoría de estas 1.100 vivan mucho más allá del término del próximo siglo. El cuadro no es tampoco hermoso para las plantas. Un equipo de respetados botánicos reportó recientemente que una de cada ocho plantas está en riesgo de extinguirse. «No se trata solamente de especies en islas o selvas húmedas o sólo de pájaros o grandes mamíferos carismáticos», dice Pimm. «Es todo y en todas partes. Esta aquí en este parque nacional. Es una epidemia planetaria de extinciones».

Una tal rata de extinción ha ocurrido sólo cinco veces desde que emergiese la vida compleja, y en cada caso fue causada por un desastre natural catastrófico. Por ejemplo, los geólogos han encontrado que un meteorito se estrelló contra la Tierra hace 65 millones de años, lo que condujo a la desaparición de los dinosaurios. Esa fue la más reciente de las extinciones mayores. Hoy en día la Tierra está de nuevo en el puño de la extinción—pero la causa ha cambiado. La sexta extinción no está ocurriendo a causa de alguna fuerza externa. Está sucediendo a causa de nosotros, Homo sapiens,una «especie exterminadora», como un científico ha caracterizado a la humanidad. Las acciones colectivas de los humanos—al desarrollar y pavimentar el paisaje, talar bosques por entero, contaminar ríos y corrientes, alterar la capa protectora de ozono de la atmósfera y poblar casi cualquier sitio imaginable—están poniendo fin a las vidas de criaturas a todo lo ancho de la Tierra. «Creo que debemos preguntarnos si esto es lo que queremos hacer con la creación de Dios», apunta Pimm. «¿Llevarla a la extinción? Porque la extinción es realmente irreversible; las especies que se extinguen están perdidas para siempre. Esto no es como Jurassic Park. No podemos traerlas de vuelta».

………

A través de las islas del océano Índico y el Pacífico Sur, el cuento es más o menos el mismo: extinciones impulsadas por especies introducidas por los exploradores europeos hace unos pocos cientos de años. Pero hubo una ronda de extinciones aun más tempranas en estos y otros lugares a medida que los humanos salieron de África hacia nuevas tierras. En Australia, la llegada de los primeros humanos hace 50.000 o 60.000 años puede haber conducido a la desaparición de la megafauna de ese continente insular, la que incluía veinte especies de canguros gigantes, el león marsupial y los diprotodontes—marsupiales herbívoros que parecían roedores del tamaño de una vaca.

«No tengo dudas de que los humanos les cazaron hasta su extinción», dice Tim Flannery, un experto en mamíferos del Museo Australiano en Sydney, quien ha investigado las extinciones en su país en el pasado y el presente. «Es la misma historia de Nueva Guinea y Nueva Zelanda. Allí puede todavía encontrarse alguna evidencia, como pilas de huesos de los moas gigantes (grandes aves sin vuelo) que los maoríes mataban hasta que ya no hubo más».

«La misma cosa ocurrió aquí», dice Dolores Piperno, una arqueóloga del Instituto Smithsoniano de Investigación Tropical en Panamá, ofreciendo simultáneamente una rápida sonrisa y un suspiro. «Déjeme mostrarle algo». Camina enérgicamente sobre el piso embaldosado de su oficina y rebusca en una fila de archivadores. De uno de ellos extrae un mapa grande y lo despliega sobre su escritorio. Es un gráfico de plantas fósiles recolectadas en sedimentos tomados de un lago en el centro de Panamá, que abarca un período de 14.000 años hasta el presente.

Hace catorce mil años la diversidad de los árboles y plantas era modesta, lo que reflejaba el término de la última era glacial en los trópicos. Pero hace unos 11.000 años, cuando Panamá empezaba a calentarse, la variedad de la flora aumentó dramáticamente. Piperno traza este estallido de vida vegetal con su dedo índice a medida que el gráfico describe un pico hacia arriba, pero luego la línea se zambulle súbitamente, como si describiera el colapso del mercado de valores en 1929. «Ese punto», dice golpeando el gráfico, «corresponde al momento cuando los humanos comenzaron a practicar una agricultura de tala y quema, hace unos 7.000 años. Eso es lo que la gente puede hacerle a un bosque con un hacha de piedra y el fuego. Muestra que la idea de un noble salvaje—que la gente en las sociedades antiguas y más simples vivían en armonía con el mundo natural—no es cierta. Los humanos tenemos metas a corto plazo. Eso es lo que hace tan difícil salvar las especies y conservar el ambiente a largo plazo. Queremos resultados ahora».

Pero esas miras a corto plazo pueden igualmente funcionar en contra de la gente al eliminar especies potencialmente útiles. «Todavía no hemos identificado a todas las plantas de la Tierra», dice Sir Ghillean Prance, el director de Kew Gardens, «y las estamos perdiendo, me temo, más rápidamente de lo que podemos catalogarlas». Dado que tantas de nuestras más eficaces medicinas, desde la aspirina hasta la morfina, vienen de las plantas, Prance se preocupa de que al perder la flora del mundo estemos asimismo perdiendo la posibilidad de encontrar nuevos fármacos y otras sustancias.

«Cada vez que perdemos una especie perdemos una opción para el futuro», dice. «Perdemos una potencial cura para el SIDA o un cultivo resistente a los virus. Así que de algún modo debemos dejar de perder especies, no sólo en pro de nuestro planeta, sino en razón de nuestras propias necesidades y usos egoístas».

No es probable que el gorrión de Cabo Sable, por supuesto, conduzca a una cura para el cáncer u otro descubrimiento portentoso. Tampoco la mayoría de las especies a nuestro alrededor.¿Qué importaría si este pequeño pájaro, o cualquiera de los otros 1.100 de la lista de Pimm se extinguiera? Ese pensamiento cruza mi cerebro una mañana, mientras nos unimos a su equipo marcador de pájaros en los Everglades.

Para atrapar a los gorriones, el equipo observa a los machos que identifican cada territorio individual de anidamiento. Los marcadores colocan luego cerca una tenue red y hacen sonar una cinta con el canto de otro macho, engañando al macho residente para que crea que un rival ha llegado para cortejar a su pareja. Esa clase de descarado comportamiento suscita una respuesta inmediata del macho en su territorio. Volando bajo sobre la hierba, se detiene por unos segundos sobre una sola hoja para cantar su propio canto territorial, y luego vuela con determinación hacia la red, donde cree que acecha su competidor.

Dos marcadores se abalanzan a atraparlo. Lo pesan y lo miden y fijan suavemente dos brazaletes en su pata izquierda. «¿Le gustaría liberarlo?» me pregunta Dave Okines, el marcador jefe. Me enseña cómo sostener las patas del gorrión entre mis dedos índice y medio, de forma que quede erecto sobre mi mano. Por un breve instante, le mantengo allí, sintiendo su tibieza, admirando el brillo dorado de las plumas de su frente. Luego abro la mano y él escapa en un segundo, y me permito entonces la idea de que la sexta extinción no es inevitable. Si los humanos somos la causa, también podemos ser la solución.

Virginia Morell

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LEA #183

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En 1992 Francis Fukuyama proponía—The End of History and the Last Man—que la historia había concluido. Se refería a la historia en un sentido hegeliano: como el desarrollo de la conciencia de la humanidad a partir de una lucha, una dialéctica, entre tesis contrapuestas. Habiendo caído el comunismo ya no quedaba otra cosa que la combinación de capitalismo y democracia, y todas las naciones, todo el mundo, llegarían tarde o temprano a ser demócratas y capitalistas. Fueron felices y comieron perdices. Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Resulta que ya no está tan seguro del asunto, según expone en su libro más reciente: America at the Crossroads. («América en la encrucijada», en el uso usurpador del nombre de todo un continente por parte de los norteamericanos). Ahora Fukuyama es tenido por «ex neoconservador» o «postneoconservador». Antes de esta metamorfosis, el neoconservador Fukuyama argumentaba con fiereza a favor de la guerra contra Irak y la deposición de Hussein. Ya en 1998, en época de Clinton, urgía al gobierno estadounidense por una línea más dura contra la nación iraquí al suscribir un manifiesto patrocinado por el «Proyecto para el Nuevo Siglo Americano». A raíz de los atentados hiperterroristas del 9 de septiembre de 1991 era signatario de otro manifiesto del mismo grupo en el que se afirmaba que «cualquier estrategia dirigida a la erradicación del terrorismo y sus patrocinantes debe incluir un resuelto esfuerzo para quitarle el poder a Saddam Hussein».

Ahora, en cambio, escribe una feroz crítica del manejo de la guerra en Irak por parte de la administración Bush. Se une así a otros intelectuales conservadores que, como el archiemblemático William F. Buckley Jr., han voceado su desacuerdo con el actual gobierno de los Estados Unidos.

Como ocurre frecuentemente con quienes dan bandazos de un lado a otro, sin embargo, Fukuyama distorsiona la relación de incidentes de forma de salir bien librado de una exigencia de que sea consistente. Así asegura que su epifanía sobre la equivocada conducción de la guerra habría tenido lugar en febrero de 2004, durante la charla que ofreciera Charles Krauthammer a una reunión de The American Enterprise Institute. Según Fukuyama, el orador presentaba los resultados de la guerra hasta esos momentos como un éxito indiscutible, y allí se habría horrorizado el historiador con el caluroso aplauso que el charlista recibía. Krauthammer expone ahora, con justicia, que tal interpretación de Fukuyama no se corresponde con la realidad, y sentencia en artículo publicado por The Washington Post: «(Fukuyama) tiene todo el derecho de cambiar su opinión a su conveniencia. No tiene ninguno para cambiar lo que yo dije». Son peleas de estos días entre antiguos compañeros de ruta.

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CS #183 – Cosa antipolítica

Cartas

Una larga cita antes de entrar en materia:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.

Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.

Los párrafos precedentes son los iniciales de un «borrador» de «documento base», preparado para alimentar un «congreso para la formación de una nueva asociación política» en Venezuela que pretendió tener lugar en 1985. El tal congreso jamás se celebró, aun cuando el documento, redactado en febrero de ese año, llegó a un considerable número de personas, que en general lo encontraron adecuado. Entre ellas estuvieron: Allan Randolph Brewer-Carías, Gustavo Julio Vollmer, Eduardo Fernández, Alberto Quirós Corradi, Rafael Tudela, Aníbal Latuff, Diego Bautista Urbaneja, Carlos Blanco, Luis Matos Azócar, Pedro R. Tinoco hijo, Moisés Naím, Ramón Piñango, Henry Gómez Samper, Alberto Zalamea, Joaquín Marta Sousa, José Rafael Revenga, Frank Alcock Pérez-Matos, Gustavo Antonio Marturet, Alonso Palacios, Andrés Sosa Pietri, Marco Tulio Bruni Celli, Arturo Úslar Pietri, Eduardo Quintero Núñez, Heinz Sonntag, Eloy Anzola Etchevers, Hans Neumann, Marcel Granier, Gustavo Tarre Briceño, Miguel Henrique Otero, Henrique Machado Zuloaga, Corina Parisca de Machado, José Antonio Olavarría, Ricardo Zuloaga, Maxim Ross, Alberto Krygier, Arturo Sosa, Reinaldo Cervini, Philippe Erard, Eduardo Quintana Benshimol, Ariel Toledano, Horacio Vanegas, Edgar Dao, Carlos Zuloaga, Ignacio Andrade Arcaya, Gustavo Roosen, Frank Briceño Fortique, Aníbal Romero, Ignacio Ávalos, Francisco Aguerrevere, Thaís Valero de Aguerrevere, Luis Ugueto Arismendi, Sebastián Alegrett, Andrés Stambouli, Gerardo Cabañas, Elías Santana, Edgar Dao, Arturo Ramos Caldera, Alonso Palacios.

Sólo tres entre los nombrados hicieron muy moderados comentarios críticos. Dos de ellos para opinar que la caracterización de los actores políticos convencionales—léase partidos de la época—era excesivamente dura; otro para advertir que todavía había «AD y COPEI para mucho rato». Tan sólo ocho años más tarde AD y COPEI eran derrotados por el «chiripero» de Caldera y a los trece el chavismo hacía su aparición para acabar con la hegemonía bipartidista a la que estábamos acostumbrados.

Pero, en general, el diagnóstico acerca de la incapacidad estructural de los partidos y sus líderes para entender el proceso venezolano y responder eficazmente a él, contó con aceptación entre quienes recibieron y leyeron el documento. Éste postulaba que tal insuficiencia política era de origen paradigmático. No pretendía explicar la ineficacia política a partir de la hipótesis de que el Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática o el Comité Nacional de COPEI se reuniesen semanalmente para despachar, como primer punto del orden del día, la siguiente interrogante: «¿Cómo vamos a fregar a los venezolanos hoy?» En cambio, presumía que la incapacidad de obtener soluciones eficaces a nuestros problemas públicos de parte de los actores políticos convencionales se debía a su «esclerosis paradigmática», a que a partir de su comprensión tradicional de la política, independientemente de sus buenas intenciones, ya no podían salir tratamientos pertinentes o bastantes.

………

Lo anteriormente expuesto vino a mi recuerdo al escuchar un rechazo a la proposición de elecciones primarias para obtener un candidato unitario que oponer a Hugo Chávez. El rechazo, proferido de labios de un político antiguamente destacado—su actual actividad pública no es política—estaba montado sobre dos líneas argumentales. La primera ya ha sido expuesta por distintos comentaristas y políticos y comentada en esta publicación: que unas primarias suscitarían una agresión inconveniente entre opciones candidaturales y agrupaciones políticas de oposición, cuya unidad sería necesaria. En conexión silogística algo dudosa ofreció el ejemplo de la candidatura Álvarez Paz en 1993, surgida de elecciones primarias en el seno del partido COPEI.

Se le observó, por supuesto, que la derrota de Álvarez Paz a manos de Caldera no tenía que ver con el método de su postulación, sino con su idoneidad como candidato en sí. Es decir, perdió las elecciones porque ni su figura ni su campaña fueron suficientes. Pero, como digo, tal cosa está sólo débilmente conectada con la creación de animosidades insalvables y funestas, que condenarían a muerte a una candidatura que emergiera de una elección primaria. Este peligro puede ser conjurado con facilidad: al estilo del Pacto de Punto Fijo, los participantes en unas elecciones primarias pueden acordar el apoyo ulterior al candidato que venza en ellas.

La más llamativa de sus razones para oponerse, sin embargo, fue una de esas frases que se ofrecen sumariamente y en tono lapidario: que la idea de la primaria es «otra de esas cosas de la antipolítica». Punto. No había necesidad de explicar más nada luego de que bajase la definitiva guillotina retórica. Magister dixit.

No se aprende. La teoría que subyace al dictum precedente es algo como esto: la política es una actividad que debe ser hecha por políticos, por los que saben de eso. (Por ejemplo, «Político que no negocia no es político»).

El punto está en que, según su interpretación, la política es meramente una lucha por el poder, el que una vez alcanzado debe emplearse en la conciliación de intereses dispersos en el seno de la sociedad. Esto es, que el arte terapéutico de la política se compone del protocolo polémico, por un lado, y por el otro del protocolo opuesto de la conciliación. Quienquiera insistir que la política debe entenderse como la actividad de resolver problemas de carácter público no será un político, en tal interpretación. Quien ose criticar a los políticos convencionales es un antipolítico que busca subvertir el «orden natural» de las cosas.

En verdad, la antipolítica consiste en negar a la política, pero esta connotación no puede aplicarse en propiedad a quienes consideren la política necesarísima y absolutamente importante, pero creen que puede ser hecha de otra forma, desde otro paradigma.

No basta, naturalmente, criticar a los políticos de paradigmas obsoletos. El documento citado al comienzo incluía luego las siguientes precisiones:

«No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.

No debe entenderse por esto, sin embargo, que tal asociación pretenda conocer la más correcta solución a los problemas. Tal cosa no existe y por tanto tampoco existe la persona o personas que puedan conocerla. Ningún actor político que pretenda proponer la solución completa o perfecta es un actor serio.

Siendo las cosas así, lo que proponga un actor político cualquiera siempre podrá en principio ser mejorado, lo que de todas formas no necesariamente debe desembocar en el inmovilismo, ante la fundamental y eterna ignorancia de la mejor solución. Más todavía, una proposición política aceptable debe permitir ser sustituida por otra que se demuestre mejor: es decir, debe ser formulada de modo tal que la comparación de beneficios y costos entre varias proposiciones sea posible.

De este modo, una proposición deberá considerarse aceptable siempre y cuando resuelva realmente un conjunto de problemas, es decir, cuando tenga éxito en describir una secuencia de acciones concretas que vayan más allá de la mera recomendación de emplear una particular herramienta, de listar un agregado de estados deseables o de hacer explícitos los valores a partir de los cuales se rechaza el actual estado de cosas como indeseable. Pero una proposición aceptable debe ser sustituida si se da alguno de los siguientes dos casos: primero, si la proposición involucra obtener los beneficios que alcanza incurriendo en costos inaceptables o superiores a los beneficios; segundo, si a pesar de producir un beneficio neto existe otra proposición que resuelve más problemas o que resuelve los mismos problemas a un menor costo.

En ausencia de estas condiciones para su sustitución, la política que se proponga puede considerarse correcta, y dependiendo de la urgencia de los problemas y de su importancia (o del tiempo de que se disponga para buscar una mejor solución) será necesario llevarla a la práctica, pues el reino político es reino de acción y no de una interminable y académica búsqueda de lo perfecto.

Pero es importante también establecer que no constituyen razones válidas para rechazar una proposición la novedad de la misma (‘no se ha hecho nunca’) o la presunción de resistencias a la proposición. Por lo que respecta a la primera razón debe apuntarse que una precondición de las políticas aceptables es precisamente la novedad. Respecto a la existencia de resistencias y obstáculos hay que señalar que eso es un rasgo insalvable de toda nueva proposición. El que las resistencias y los obstáculos hagan a una proposición improbable no es una descalificación válida, puesto que, como se ha dicho, ‘El trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables’.

Toda proposición política seria, y muy especialmente la que pretenda emerger por el canal de una nueva asociación política deberá estar dispuesta a someterse a un escrutinio y a una crítica comparativa que se conduzcan con arreglo a las normas descritas más arriba. La ‘objetividad’ política sólo se consigue a través de un proceso abierto y explícito de conjetura y refutación, pero jamás dentro de un ámbito en el que lo pautado es el silencio y el acatamiento a ‘líneas’ establecidas por oligarquías, o en el que se confunde la legitimidad política con la mera descalificación del adversario».

¿Es eso acaso una «antipolítica»? ¿No es hora de volver a intentar, en vista de tanta cosa, en vista de tanto fracaso de «los políticos», lo que hace veintiún años resultó imposible?

LEA

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