por Luis Enrique Alcalá | Ene 6, 2005 | Cartas, Política |

En 1969 Paul Shepard, el gran filósofo ecológico norteamericano, editaba en colaboración con Daniel McKinley el libro La Ciencia Subversiva: Ensayos Hacia una Ecología del Hombre. Se trataba de una colección de textos escritos por biólogos, filósofos, historiadores, arqueólogos, demógrafos, arquitectos paisajistas, antropólogos, que tomados en conjunto eran un mapa de la nueva ciencia. Allí decía Shepard en la introducción: «El pensamiento ecológico
requiere una clase de visión a través de límites. La epidermis de la piel es como la superficie de un estanque o el suelo de un bosque, no tanto una concha como una delicada interpenetración. Nos revela ennoblecidos y extendidos como parte del paisaje y el ecosistema antes que amenazados, porque la belleza y la complejidad de la naturaleza son continuas con nosotros mismos». A pesar de tan elevado punto de vista, el libro parecía ofrecer el siguiente mensaje, al decir de Wallace Stegner: «Esta civilización ha seguido durante siglos un curso suicida». Hemos estado haciendo locuras con el ambiente.
El más poderoso de todos los textos en esa colección, sin embargo, no es una memoria científica, sino una parábola, una hermosísima y melancólica fábula de Jacquetta Hawkes a la que llamó «Una mujer tan grande como el mundo». La tierra es una mujer de disposición plácida que de vez en cuando es visitada por el viento. Al cabo de cada visita surgían sobre su piel animálculos que se paseaban incesante sobre ella, y ella sentía su ser agradecido con el cosquilleo de la vida. Ocurrió entonces que el viento dejó de visitarla un largo tiempo. Ella casi le olvidaba cuando una noche regresó con fuerza grandísima y la cubrió y poseyó por completo, de modo que le causó un éxtasis y un temor muy grandes. Al despertar de un largo sopor notó nuevos habitantes de su piel, que se comportaron de modo muy distinto a los anteriores. Poco a poco fueron plantando pedazos de piel y erigiendo sobre ella edificaciones de todas clases. Y la perforaban. Taladraban su piel, pellizcándola y mordiéndola y horadándola en busca de su dermis para quitársela en trozos, incesantemente. Encendían fuego sobre ella y destruían su pelambre. Ensuciaban el aire que la envolvía. Entonces la mujer se enardeció súbitamente y comenzó a agitarse y a golpearse y a rascarse la piel, hasta que ya no hubo más actividad que la molestase. Entonces pudo dormir de nuevo.
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Venezuela sufrió la Tragedia de Vargas hace cinco años. Unas quince mil personas, al menos, perdieron sus vidas en la pavorosa calamidad. Pero lo que acaba de ocurrir al sur de Asia equivale a diez tragedias como la nuestra. Nunca un solo evento había afectado de modo tan despiadado a un número tan grande de distintos países. Se trata de una hipercalamidad, como corresponde a una nueva era de hipereventos, a un milenio que se inauguró con el acto hiperterrorista del 11 de septiembre de 2001, a un año en el que no uno, sino tres hiperhuracanes golpearon uno tras otro las tierras de Florida. Estamos entrando a una hiperedad, en la que no pasará mucho tiempo sin que su hiperescala llegue a manifestarse en lo social y debamos lamentar «hipercaracazos» de extensión transnacional.
No menos de cinco millones de personas desplazadas, medio millón de heridos y 150 mil muertos ha dejado a su paso el tsunami del Océano Índico. Colin Powell, reporta el Times de India, ha podido sobrevolar áreas alcanzadas por el desastre y percatarse de cómo es que la tierra puede acabar con la vida humana si se lo propusiera. James Lovelock ha adelantado hace treinta años (1974) la «Hipótesis Gaia», la noción de que la tierra debe ser entendida como una sola entidad orgánica, como un ser vivo ella misma que entra en intercambios que procuran resguardar algunos de sus equilibrios básicos. Dice Guy Sorman del concepto de Lovelock: «El conjunto biosfera y atmósfera, viviente y no viviente, forma un todo indisociable, armonioso; es autocontrolado como un organismo animal por una circulación interna
A este Todo, James Lovelock lo llama Gaia, por el nombre de la diosa griega que designa nuestro planeta. En la mitología griega, Gaia prestaba atención a las necesidades de los hombres que respetaban las leyes de la naturaleza, y se mostraba intratable con los que las transgredían». La tierra, Gaia, está molesta, como la mujer tan grande como el mundo que Jacquetta Hawkes retratara en su fábula.
No es únicamente que hay mayor frecuencia de reporte de percances a gran escala; es que la frecuencia y la magnitud de las calamidades van en aumento, sea que se trate del comportamiento de los fenómenos cuasicíclicos de El Niño y La Niña, de la fuerza de los huracanes y tornados, de la tozudez de lluvias torrenciales que causan inundación, o de los incendios forestales suburbanos. El mundo, diría Eduardo Fernández, está bravo.
Lo mínimo que debiera revelarnos la hipercalamidad índica es la necesidad de gobierno mundial. La respuesta de los países de la comunidad internacional ha sido solidaria e importante—con la curiosa excepción de Venezuela, otrora sociedad conmiserada con las desgracias ajenas y que ahora parece haberse desentendido de este asunto tsunámico, sumergida en una postración nihilista (al menos en Caracas) a raíz de sus recientes cataclismos políticos—pero la coordinación del apoyo ante una desgracia de tan ingente magnitud se ha hecho difícil. Y no es lo que el planeta necesita la vistosa pero poco profunda reforma de la Organización de las Naciones Unidas que Kofi Annan ahora preconiza, en medio de incómodas revelaciones de corrupción transnacional en la que familiares suyos aparecen implicados. El mundo necesita un ministerio del ambiente a escala planetaria, una policía antiterrorista a escala planetaria, una organización de defensa civil a escala planetaria. El mundo exige que las armas nucleares dejen de estar en manos de países individuales para confiarlas a una sola autoridad planetaria, que quizás algún día pudiera verse forzada a usarlas en batallas extraterrestres contra seres animados o peligrosos aerolitos.
La escala de la ayuda concitada en torno a la tragedia de la cuenca índica es, como digo, de proporciones nunca vistas. L’Osservatore Romano reportaba ayer un ranking de ofertas que exhibía un cuidadoso orden protocolar: el puesto de honor para una nación asiática, Japón, con 500 millones de dólares ofrecidos. Le seguían en orden los Estados Unidos, con 350 millones, el Banco Mundial con 250, Noruega con 182 millones, Gran Bretaña con 96, Italia con 95, España con 68, Francia y Canadá cada una con 66 millones, China con 60 y Dinamarca con 58. Pero estas ofertas van a ser excedidas. Ayer mismo ya Noruega anunciaba que incrementaría su significativa ayuda, Alemania ha prometido 674 millones de dólares y el Reino Unido indicado que su compromiso inicial de casi 100 millones crecerá a varios centenares de millones en las próximas semanas. Australia ha pasado al primer lugar de los donantes con un aporte de 765 millones a Indonesia, el país más golpeado. En las últimas veinticuatro horas la ayuda financiera total comprometida ha pasado de 2.000 millones a 3.000 millones de dólares. Canadá ha declarado una moratoria unilateral en el cobro de sus acreencias financieras de los países afectados y Japón ha señalado estar dispuesto a lo mismo. En la conferencia que hoy se inaugura en Yakarta probablemente se generalice la idea de condonar la deuda externa de las naciones heridas por el monstruo oceánico.
Pero nunca falta quien haga cálculos de rédito político. Colin Powell expresó anteayer su esperanza de que el apoyo norteamericano haga más simpáticos a los Estados Unidos entre los musulmanes. (Indonesia es no sólo uno de los países más densamente poblados del mundo, sino el que alberga la mayor población de convicción islámica). Y ya se especula sobre las ventajas políticas que el régimen indonesio pudiera obtener como secuelas de la hipercatástrofe. Así lo estima, por ejemplo, la muy encallecida publicación de Stratfor:
«Aunque Indonesia cargó con el mayor peso del tsunami del 26 de diciembre, el país debe ganar con el desastre. Durante los esfuerzos de alivio y recuperación, que tomarán meses—tal vez años—Yakarta se beneficiará con la reconstrucción de una de sus más pobres provincias y podrá reparar vínculos militares con Occidente hoy fracturados. En una cumbre de emergencia en Yakarta prevista para el 6 de enero, el Presidente de Indonesia, Susilo Bambang Yudhoyono tendrá una oportunidad de presentarse a sí mismo como un líder regional mientras coordina los esfuerzos internacionales de recuperación».
Para los desalmados analistas de Stratfor la «pantalla» de un señor que lleva el terrible nombre de Bambang pasa a primer plano, especialmente si se toma en cuenta que la provincia indonesia de Aceh molestaba algo con actividades de insurgencia. Por esto Strafor continúa su evaluación en el siguiente tono: «Desde mayo de 2003 la provincia de Aceh ha estado bastante aislada del resto de Indonesia. Varios estados de emergencia y períodos de ley marcial se han sucedido allí para operar la contrainsurgencia gubernamental en marcha sobre el Movimiento Aceh Libre (GAM). Apartando sus campos de gas natural, Aceh es una provincia pobre de importancia económica desdeñable. Los sitios de producción y exportación de gas natural de Aceh están localizados en el puerto de Arún, en la costa oriental de Sumatra, y no fueron dañados por el tsunami
Camberra y Washington tienen intereses especiales en una Indonesia estable, y la prevención del caos en Aceh es parte de su estrategia. En un país con una gran población musulmana, una presencia militar australiana es un asunto sensitivo, y una presencia militar de Estados Unidos más todavía. Sin embargo, mientras personal militar de Estados Unidos continúe entregando suministros de emergencia con helicópteros, su presencia será tolerada
Débil incluso antes del tsunami, el GAM no disfruta de una gran base de apoyo popular en Aceh, y el influjo de ayuda extranjera, una infraestructura mejorada y el desarrollo económico erosionarán aun más ese apoyo. Entretanto, y a pesar de un cese al fuego bilateral, los militares indonesios no han dado la menor indicación de que suspenderán operaciones contra el GAM mientras conduce operaciones de alivio». No hay mal que por bien no venga, parecieran razonar los inmisericordes think-tanks de Stratfor. Y Bambang no es Chávez, que se dio el lujo de rechazar la ayuda norteamericana a Vargas en 1999.
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Jacquetta Hawkes entendía, con su poético verbo, que el aprovechamiento de la tierra debía ser como «
un paciente y cada vez más hábil enamoramiento que persuada al suelo a que florezca». Es claro que no lo hemos venido entendiendo de ese modo, y que la tierra está revirando.
Pero, como dije al principio, no es sólo la biosfera la que puede recalentarse y revolverse con violencia. La sociosfera se encuentra igualmente en hervor. Cuando el mundo no está ante emergencias como las del 26 de diciembre, cuando se encuentra en estado «normal»—»excesivamente normal», diría el Vicepresidente venezolano—mueren en él cada día casi 30 mil niños por desnutrición y enfermedades evitables. Cada cinco días hay un tsunami índico social. El constante maremoto del hambre y la insalubridad acaba con 150 mil vidas infantiles en menos de una semana. (En una semana laboral, pues). ¿Cuánto tiempo más continuará el mundo en su indiferencia, en la trivialización de su enorme pobreza? ¿Y cuánto tiempo más habrá gobernantes tan soberbios que se creen con derecho a acciones que arriesgan los tsunamis políticos, las revoluciones?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 4, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La Ficha Semanal #28 de doctorpolítico, que comienza este año de 2005, se atiene a reproducir un artículo del suscrito en El Diario de Caracas, publicado el 28 de diciembre de 1998, poco después de que Hugo Chávez fuese proclamado Presidente Electo en acto al efecto del Consejo Supremo Electoral.
Su tema es el de la inconveniente y perniciosa glorificación que Hugo Chávez insistía en hacer de la desgraciada fecha del 4 de febrero de 1992, cuando se levantó en armas contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, execrado por la mayoría de la población pero legítimamente constituido. De hecho, Chávez quiso que su toma de posesión coincidiera con el séptimo aniversario de su inconstitucional intento. Al no verse complacido en esta pretensión cuidó de que uno de sus primeros actos de gobierno fuese una celebración de su asonada el 4 de febrero de 1999 con desfile militar en el paseo Los Próceres.
El presidente Chávez y el suscrito hemos tenido un solo intercambio personal. Durante el año de la campaña electoral de 1998 el Presidente de J. Walter Thompson de Venezuela, Roberto Coimbra, convocó a varios desayunos con los candidatos de la época, y a mí me tocó invitación para un desayuno con Hugo Chávez, quien se hizo acompañar de William Izarra. Así relaté el encuentro en el #100 (19 de agosto de 2004) de la Carta Semanal de doctorpolítico: «En desayuno al que fuéramos invitados en plena campaña electoral de 1998 (en las oficinas de la agencia de publicidad J. Walter Thompson) dijimos al mismísimo Hugo Chávez, expositor de circunstancia, que el titular del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad, y no una logia de una decena de comandantes que sin ningún derecho juraran alzarse ante los restos de un decrépito y patriótico samán. En la misma ocasión le quisimos hacer entender que si insistía en glorificar su criminal aventura de 1992 no tendría ningún sentido establecer un diálogo al que me invitaba, tras mi declaración primera, en compañía de William Izarra».
La lógica del revolucionario puede vivir muy cómodamente con la inconsistencia. Puede condenar y acusar a sus adversarios por «golpistas» mientras sostiene con el mayor desenfado que sus propias ejecutorias a este respecto son heroicas y dignas. Pero no podemos rendirnos ante esa «lógica»; por esto es preciso recordar siempre el abuso de poder que constituyó el primer acto político de la carrera de Hugo Chávez.
LEA
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El abuso del 4 de febrero
En vano he buscado identificar al autor de una estupenda frase. Perdí su nombre hace ya varios años, y aunque he trasegado el Diccionario Oxford de Citas—sé, al menos, que el autor es inglés—y otras colecciones similares, no logro dar con su identidad. Por eso no puedo darle crédito. La frase es la siguiente: «La propaganda del vencedor es la historia del vencido». Es una terrible frase y es un pensamiento muy certero. Quien cuenta la historia es quien ha ganado.
La frase ha venido de nuevo a mi memoria a raíz de la insistencia del Presidente Electo, incluso en su improvisado discurso el día de su proclamación por el Consejo Nacional Electoral, en justificar su rebelión del 4 de febrero de 1992. En tal ocasión, de modo por lo demás inoportuno e inelegante, pretendió una vez más justificar lo injustificable y, de paso, en un acto que contó con la presencia del Presidente en ejercicio, expuso la tesis de que de alguna manera la asonada de aquel día había legitimado a Rafael Caldera.
El autor de estas líneas había pronosticado, en trabajo concluido en septiembre de 1987—Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela—algún intento de golpe de Estado en fechas cercanas a 1992. Decía en ese trabajo: «Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».
Hacia mediados de 1991 era evidente la conformación de una matriz de la opinión pública venezolana sobre un agudo e inconveniente dilema: o Pérez o golpe. El desasosiego que tal situación causaba me llevó a escribir un artículo que fue publicado en este diario el domingo 21 de julio de ese año, unos seis meses antes del intento de Chávez Frías. Remataba el artículo del modo siguiente: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal».
¿Había verdaderamente la posibilidad de esa salida?
El método médico
Hipócrates produjo, en tiempos de la Grecia clásica, el primer código de ética profesional que registra la historia. En una de sus estipulaciones, Hipócrates produce una clara distinción entre el arte de los médicos y el de los cirujanos. De hecho, jura no «cortar a sus pacientes que sufren bajo la piedra» y declara que dejará tal práctica a quienes desempeñen el arte de la intervención quirúrgica. (Todavía en épocas relativamente recientes, los cirujanos, los dentistas o sacamuelas y los barberos formaban un gremio distinto al de los médicos).
El equivalente político de la cirugía es el procedimiento violento del golpe de Estado y de la guerra. El político, como el médico, llegará a recomendar la intervención quirúrgica sólo como último y desesperado recurso. Es decir, el recurso del golpe de Estado o la intervención armada no tiene sentido mientras subsistan medios pacíficos para resolver los problemas que cause un mal gobierno, así como no es dado en derecho a nadie tomar justicia por su propia mano.
A partir de comienzos de 1991 había comenzado a gestarse una creciente presión cívica contra Carlos Andrés Pérez. Varias personalidades distinguidas del país hablaban claramente de la crisis de gobernabilidad del momento. Arturo Úslar Pietri, por ejemplo, entrevistado por Marcel Granier en su programa Primer Plano. en diciembre de 1991, exponía su angustia y recomendaba su clásica receta de un comando de crisis ante la delicada situación. Por lo que respecta a mi caso, escribí cuatro artículos más sobre la conveniencia de que Pérez renunciara, en una serie que iba escalando la virulencia del planteamiento y culminaba el día 3 de febrero de 1992, un día escaso antes de la rebelión. Es decir, el estado de opinión contra la permanencia de Pérez en el poder se ampliaba con el correr de los días, y no es inconcebible que hubiera terminado en su salida de la Presidencia de la República como consecuencia de la presión cívico-legal, como de hecho ocurrió después en 1993.
Claro que no todo el mundo pensaba de ese modo. Pocos días después de la aparición del primero de mis artículos sobre el tema, Alberto Müller Rojas—el jefe de campaña del polo «patriótico» que parece el más fuerte candidato al cargo de Canciller—argumentaba, en este mismo diario, que era iluso pensar que Pérez se aviniera a renunciar.
Igualmente, no puede discutirse que las intentonas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 agudizaron el proceso y aceleraron los procedimientos legales contra Pérez. ¿Es que no fue, entonces, legítimo el intento de golpe de Estado de Chávez Frías, como ahora insiste en declarar convertido ya en Presidente Electo?
Una vez más trataré de explicar a quien sucederá a Rafael Caldera el próximo 2 de febrero por qué su acto rebelde del 4 de febrero de 1992 constituyó un verdadero abuso de poder, dado que estaba armado en su condición de militar activo y comandante de tropas.
El derecho de rebelión
La figura del derecho de rebelión es reconocida en la literatura jurídica. Algún atrabiliario columnista ha intentado tomar este camino para celebrar la reciente justificación del discurso de Chávez Frías el día de su proclamación. En la extensa obra de Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, se encuentra una escolástica discusión del empleo de métodos violentos en la acción política.
Uno de los documentos en el que se encuentra más claramente expresado el derecho de rebelión es la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776). En este texto se estipula que, cuando un gobierno sea inadecuado o contrario a los propósitos para los que ha sido establecido «una mayoría de la comunidad tiene un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en tal forma que se juzgue más conducente al bienestar público».
En esa redacción se encuentra la clave para entender el abuso de Chávez Frías y los restantes conjurados de 1992. El sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. Los conjurados del 4 de febrero, que por propia admisión de Chávez Frías estaban juramentados como conspiradores desde hace dieciséis años, no son, claramente, una mayoría de la comunidad. Después de la triste fecha escribí: «… ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto».
Ningún cirujano tiene derecho a intervenir a un paciente sin su consentimiento. En la única circunstancia de un herido grave que se halle inconsciente, y que requiere una operación para salvarle, podrá un cirujano abrir su cuerpo justificadamente. Venezuela no se hallaba inconsciente del problema de Pérez a comienzos de 1992. Por lo contrario, como he explicado, cada vez había más consciencia en torno al tema, a pesar de lo cual los venezolanos expresábamos reiterada y tercamente, en cada sondeo de opinión levantado por esas fechas, que no queríamos intervenciones armadas.
No fue pues que solamente Chávez Frías y sus socios conspiradores abusaron de un pueblo desprevenido: por encima de eso actuaron en flagrante contravención de expresos deseos de la mayoría de la comunidad.
La única legitimación
Hugo Chávez Frías es ahora el legítimo Presidente Electo. Lo es no porque se hubiese alzado en 1992, sino porque obtuvo una mayoría de votos en las recientes elecciones presidenciales. El pueblo que lo eligió no salió a defender su acción durante el 4 de febrero –como tampoco, es cierto, salió a defender a Pérez, que fue lo que Caldera destacó en su famoso discurso de la tarde de ese día. No salió a defender al segundo tomo de la conjura el 27 de noviembre, ni siquiera cuando fue convocado explícitamente para eso por el inolvidable y corpulento señor de la camisa rosada.
El pueblo no le concedió a Chávez Frías mayor apoyo hasta comenzado este año de 1998, pues durante cinco años nunca estuvo en las encuestas por encima de un diez por ciento de la preferencia nacional. Su opción comienza a ascender sólo después del desplome del primer cauce electoral del descontento venezolano: Irene Sáez, que abrió la boca en demasía y a quien se le cayó la estatua ecuestre de Bolívar en Chacao.
La legitimidad indudable de Chávez Frías, entonces, le viene de los votos y del enorme esfuerzo político de su campaña, justo es reconocérselo. De las varias vueltas que dio por el país, argumentando, discutiendo, convenciendo. Si Sáez no hubiera sido Sáez, si Salas no hubiera sido Salas o Alfaro no hubiera sido Alfaro; si hubiese sido posible la emergencia de un competidor verdaderamente sustancial y pertinente, Chávez Frías no habría sido nunca elegido Presidente. Ahora lo es, y del mismo modo que ahora escribo esto, condenaría cualquier intento parecido al suyo en su contra.
Mi recomendación sincera y firme al Presidente Electo es, por tanto, la siguiente: deje Ud. de intentar la justificación de su abusivo acto del 4 de febrero; base Ud. su ejecutoria en lo que ha tenido de actuación democrática; gobierne admitiendo con humildad el error de la conjura. O, simplemente, calle al respecto.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 30, 2004 | Cartas, Política |

#69 – 15 de enero – Asociarse para Venezuela
Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?
Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.
Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.
Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.
Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.
#72 – 4 de febrero – Ni lo uno ni lo otro
No se trata de un tercer lado. No se trata de definirse diciendo: yo no soy tú pero tampoco tú. No se trata de insinuarse como una cuña entre dos polos para separarlos. Se trata de elevarse a un plano superior en el que sobrevivirán elementos de ambos polos. Pero no es un promedio porque la visión que necesitamos trae nuevos elementos. No es una suma algebraica. No es oposición sino superposición.
Por ejemplo, sí se trata de decir que somos enjambre humano. Que un enjambre humano es un sistema complejo, y que los sistemas complejos, nos enseña la ciencia más revolucionaria y novedosa, presentan tendencia a la autorganización y «propiedades emergentes». Que aunque los componentes de un sistema complejo como el clima o la ecología, como la sociedad o la economía, puedan ser erráticos y hasta irracionales, del conjunto emerge una racionalidad superior. Es esto lo que da la ventaja al mercado, no una supuesta competencia perfecta que nunca ocurre. Es esto lo que da ventaja a la democracia.
O decir, por ejemplo, que esa mismísima ciencia advierte que los sistemas complejos son muy sensitivos a las condiciones iniciales, y que por tal cosa el aleteo de una mariposa en China puede desatar un temporal en California. Por tal cosa la más pequeña acción de cada uno de nosotros determina la forma del futuro, y por esto no puede aceptarse la irresponsabilidad, aun ante la enorme y compleja sociedad en cuya inmensidad pudiéramos desentendernos de todo. Y por esto no puede aceptarse el sacrificio de lo individual. La responsabilidad del más pequeño por el conjunto necesita la libertad para ser ejercida.
O decir también que las sociedades normales, que las sociedades más sanas siempre tendrán una distribución normal de la riqueza, y que siempre tendrán unos pocos muy ricos y unos pocos más pobres, mientras una gran mayoría deberá tener un nivel de vida adecuado, envidiable por la actual mayoría del país y del mundo.
O que sí es posible una Política para la que lo primordial sea la solución de los problemas públicos, y no la mera búsqueda del poder. Que sí es posible una organización política en la que se privilegie la creatividad y la legitimación programática, en lugar del acatamiento a líneas partidistas.
#78 – 18 de marzo — La tarea de Adriano
Ayer Monseñor André Dupuy, Nuncio Apostólico de Su Santidad, predicaba en acto recordatorio de la santa trayectoria de Monseñor Boza Masvidal: que una «auténtica democracia es posible solamente en estado de derecho y recta concepción de la condición humana». Meses antes nos había enseñado: «Así como Jesús estableció que el Sábado había sido hecho para el Hombre, y no el Hombre para el Sábado, es el caso que la Constitución ha sido hecha para el Pueblo, y no el Pueblo para la Constitución».
Si hubiera que asignar rango superior a alguna sala del Tribunal Supremo de Justicia—cosa imposible según explícita jurisprudencia de la propia Sala Constitucional—habría de conferirse tal preferencia a la Sala Electoral, pues la Sala Constitucional es tan sólo la vigilante de un texto, que por más constitucional que sea es en todo y para siempre inferior al Pueblo, el Poder Constituyente Originario, el verdadero poder supremo de una república. La Sala Electoral del TSJ es, sobre todo después de la valiente decisión de sus honestos magistrados, la Sala de los Electores.
Las trapacerías del funesto trío de Rincón, «Cabrerita» y Delgado requerirán, sin embargo, el pronunciamiento de la Sala Plena. Es de esperar que este pleno cumpla con la intención del emperador Adriano. Margueritte Yourcenar pone en boca del romano emperador—en sus deslumbrantes «Memorias de Adriano»—estas palabras: «Mi propósito era tan sólo el de reducir la frondosa masa de contradicciones y abusos que acaban por convertir el derecho y los procedimientos en un matorral donde las gentes honestas no se animan a aventurarse, mientras los bandidos prosperan a su abrigo».
#82 – 15 de abril – Tú haces al Soberano
Pero es que la Constitución dimana de nosotros, formados en mayoría suficiente. No somos creados por la Constitución, sino que la antecedemos y le damos el ser. Nosotros estamos, cuando estamos en consciente mayoría, por encima de la Constitución. No estamos limitados por ella en materia distinta de los derechos humanos.
Ésa es, pues, la jerarquía. El Estado es poderoso, sin duda, pero debe serlo a favor nuestro. El Estado está por debajo de nuestra voluntad, por debajo de la Constitución que decretemos. Y esa misma Constitución, por supuesto, también es inferior a nosotros. Nosotros somos el primero de los poderes públicos. Somos constitucionales porque somos los que verdaderamente constituimos la nación; somos constituyentes porque así somos los que definimos la República en la Constitución. Somos supraconstitucionales.
A veces ocurre, entonces, que el gestor completo que es el Estado actúa contra los intereses del Pueblo Soberano y los derechos de sus constituyentes. Se suscita así un conflicto entre el Pueblo Soberano y el Estado. Entre la Corona y su Mandatario. En este caso quien debe ser sustituido es el Mandatario, porque el Pueblo, la Corona, es insustituible, por más que se le invada.
El conflicto puede ser tan agudo que el Mandatario pretenda entenderse como soberano, y en esta agravada situación puede hablarse de usurpación. En un conflicto de tal naturaleza la Fuerza Armada debe reconocer al Soberano por encima del Mandatario, por encima del usurpador y debe desconocerle. No se trata sólo de que la Fuerza Armada deba respetar nuestros derechos humanos en cada caso individual, sino que debe acatar nuestra soberanía en el instante cuando nos expresemos inequívocamente en mayoría.
Una expresión nuestra en este sentido no es un acto electoral. Es un acto constituyente primario. No sólo no está sujeto a regulaciones electorales. No sólo no está sujeto a decisiones de salas constitucionales accidentales o no. No está sujeta, siquiera, a la Constitución misma. La caja ya no nos contiene.
Por esto una decisión soberana de esta naturaleza no tiene que ver con lo que diga Brito desde su «jurídica» consultoría, ni con lo que opine Cabrera Romero, ni con el 19 de agosto de ningún año en particular, ni tiene por qué seguir la letra del 350 o del 900 o del 2.021 de ninguna constitución. Cuando decidamos hablar así no estaremos desconociendo ni desacatando ninguna autoridad, puesto que la autoridad somos nosotros. No desacatamos. Mandamos.
Y comoquiera que el conflicto es con el Estado mismo no nos importa lo que diga el Estado. ¿Queremos un Estado de Derecho? Pues el Derecho somos nosotros. La organización de nuestra voz no es el Estado ni tiene que ser autorizada por éste. Si nos diera la gana de confiarle ese outsourcing a Súmate, por poner un caso, tal cosa no podría ser desconocida.
Es esta radicalidad la que deberemos asumir. Debemos hacer sentir nuestra voz de este modo. Mientras tanto, vemos con soberana simpatía lo que a nuestro favor intenta la Sala Electoral, la Sala de los Electores. No entendemos cómo una coordinadora «democrática» negocia el manifiesto irrespeto a nuestra voluntad.
Ya nos damos cuenta, no de que Chávez nos quita libertad con sus cadenas, con sus controles económicos, con sus acciones impositivas; no de que mata constituyentes; nos damos cuenta ahora de que él, Rincón, Rodríguez, nos desacatan. No es que desacaten a la Sala Electoral de nuestro Tribunal Supremo de Justicia; es que desacatan al Soberano.
Es como Corona que debemos pensarnos. Es ésta la conciencia que debemos adquirir. Que desde nuestra majestad serenísima podemos hacerlo todo. Incluso sustituir un Estado por otro.
#88 – 26 de mayo – Sabiduría de enjambre
Para la economía clásica la mano misteriosa del mercado estaba basada en la eficiencia del decisor individual. Se lo postulaba como miembro de la especie Homo æconomicus, hombre económicamente racional. Los modelos del comportamiento microeconómico postulaban competencia perfecta e información transparente. El mercado era perfecto porque el átomo que lo componía, el decisor individual, era perfecto. La propiedad del conjunto estaba presente en el componente.
En cambio, la más moderna y poderosa corriente del pensamiento científico en general, y del pensamiento social en particular, ha debido admitir esta realidad de los sistemas complejos: que éstos—el clima, la ecología, el sistema nervioso, la corteza terrestre, la sociedad—exhiben en su conjunto «propiedades emergentes» a pesar de que estas mismas propiedades no se hallen en sus componentes individuales. En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida. Como lo ponen técnicamente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en Exploring Complexity (Freeman, 1989): «Lo que es más sorprendente en muchas sociedades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del individuo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la ineficiencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones coherentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia». Hoy en día no es necesario suponer la racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales.
#89A (Extra) – 4 de junio – Campaña crítica
¿Qué va a hacer la oposición? El New York Times ha recordado ayer: «Una de las principales encuestadoras del país, Alfredo Keller & Asociados, reportó en abril que Chávez pudiera ganar por poco margen el revocatorio. Con votantes desencantados y una oposición fracturada, la encuestadora dijo que el Sr. Chávez recogería el apoyo de 35% de los votantes registrados, mientras que 31% votaría en su contra y el resto se abstendría».
La oposición tiene que cumplir con dos requisitos: uno del pasado, uno de futuro a corto plazo. Tiene que obtener más de tres millones setecientos cincuenta mil votos que aproximadamente Chávez obtuvo en 2000, pero tiene que obtener, además, mayor votación que los que voten a favor de Chávez. El escenario de Keller sería el siguiente: 34% de abstención, o unos 4 millones de Electores; 31% a favor de revocar el mandato, prácticamente suficiente para superar escasamente la votación de Chávez en 2000; 35% en contra de revocar el mandato, o unos 4 millones doscientos mil Electores. Es decir, que tal vez se alcanzaría la cota mínima pero Chávez sería ratificado, relegitimado, atornillado.
¿Será el general Mendoza quien pueda derrotar al general Hugo Florentino Chávez Zamora? Keller sabía en junio de 1998 que Salas Römer no sería capaz de batir a Chávez. ¿Qué sabrá hoy Keller, a exactamente seis años de ese acierto olfatorio? ¿Tendrá a su disposición Mendoza las huestes disciplinadas en medio de unas elecciones regionales y municipales, coincidentes con la eclosión de las apetencias presidenciales y la práctica imposibilidad de obtener un candidato que no sea producto de arreglos cupulares antes del referendo? ¿Creerá una mayoría determinante que su vida será mejor con Mendoza que con Chávez?
¿Saldrá de los laboratorios estratégicos de la Coordinadora Democrática y sus distintos aliados una estrategia ganadora? Por de pronto tendrá que ser una estrategia que no caiga en la tentación de emplear, una vez más, la terminología de Hugo Chávez. No puede hacer ni siquiera alusión a Santa Inés. No puede dejar enmarcarse, como hasta ahora lo ha hecho, por Hugo Chávez Frías.
En su alocución del 3 de junio Chávez se exhibió, más que nunca antes, como estratega destacadamente talentoso. Pudiera decirse que se graduó de estadista, cuando se dio el lujo de felicitar a la oposición porque al comprometerse con el revocatorio, inventado por él, graciosamente incluido por él en la Constitución, había así derrotado «las bajas pasiones», había derrotado al golpismo.
La mera aceptación del referendo revocatorio es una legitimación democrática para Chávez. Debemos contar conque nos lo repetirá hasta la náusea. Y conque nos exigirá, hacia al árbitro que con tan obvia imparcialidad ha convocado el referendo, el acatamiento a su palabra y a sus máquinas, en las que, como se sabe, el gobierno ha invertido unos cuantos dólares.
Muchos más dólares tendrá Chávez a disposición para la campaña que él quiere entender como una nueva Batalla de Santa Inés—última referencia que hago a la tendenciosa etiqueta—a cuya cabeza se ha colocado pública y abiertamente, con un Consejo Nacional Electoral suyo pero relegitimado, una Asamblea en la que no hay riesgo de perder por revocación un solo diputado oficialista pero sí que la oposición disminuya, y un Tribunal Supremo de Justicia reforzado por tal vez trece nuevos magistrados de la causa.
Quienes estén en capacidad de asignar recursos financieros y comunicacionales a tal enfrentamiento y quieran salir de Chávez, harán bien en exigir, muy pero muy pronto, la presentación de las líneas principales de una estrategia convincentemente viable. O por la Coordinadora, o por quien sea capaz de concebirla. Un componente en esa estrategia será ineludible: la comunicación de una interpretación de la realidad, de la sociedad, del país, de su historia, que sepulte la de Chávez, que en su magistral alocución del 3 de junio expuso de modo tan coherente, tan consistente con toda su trayectoria y su incesante prédica. No será suficiente la mera negación de Chávez. Será preciso superarlo. Operativa y conceptualmente.
#97 – 29 de julio – Periodismo infeliz
Claro que desde cierto punto de vista Pérez y Chávez están indisolublemente unidos. A fin de cuentas, el segundo se levantó en armas contra el primero. Después de que Rafael Caldera pusiera en libertad a los conspiradores de 1992, Hugo Chávez declaró a la revista Newsweek que el artículo 250 de la Constitución de 1961 le obligaba a rebelarse. Lo que aquel artículo 250 estipulaba era que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza, o de su derogación por medios distintos de los que supuestamente ella misma disponía—nunca dispuso ninguno—todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendría el deber de procurar su restablecimiento.
Pero con todo lo que podíamos censurar a Pérez en 1992, y aun cuando la mayoría de los venezolanos estaba convencida de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores y La Casona, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.
Ni siquiera era un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776): «
cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea más conducente a la prosperidad pública». La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales sublevados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como deseable. Era por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes preveían en materia de rebelión.
Siendo esto verdad, y encontrando explicable que Carlos Andrés Pérez aún pudiera estar ardido por los vaporones que Chávez le hizo pasar, lo que no encuentra explicación es la entrevista de El Nacional del pasado domingo, rayana en el delito de incitación a delinquir.
Y es que además la entrevista es políticamente estúpida, pues lo que hace es darle la razón al adversario: dar pie a Chávez, a un fácilmente desgañitado José Vicente Rangel, a un obsecuente García Carneiro, para que pretendan vulnerar el ejercicio democrático del 15 de agosto bajo el pretexto de que «la oposición» procura un nuevo golpe o un «efecto Madrid», según la docta expresión del Vicepresidente. Por fortuna, la mayoría de los dirigentes conspicuos de la oposición pusieron rápidamente distancia entre su opinión y la de Pérez.
Hace ya mucho tiempo que Carlos Andrés Pérez no hace un favor al país. Lo último que ha hecho, sobre alfombra roja tendida inexplicablemente por El Nacional, es lo más inoportuno y pernicioso que ha salido de su hocicada boca.
La infeliz iniciativa de El Nacional debiera servir para que comprenda que lo que tiene que hacer es justamente lo contrario de lo que hizo. Que es preciso demostrarle a Pérez que su incontrolada lengua no tiene ya vigencia en Venezuela. Que su figura pertenece a un pasado que preferimos olvidar. Que un mínimo de decencia le exigiría que callara la boca y desapareciera en las norteñas latitudes que habita, a fin de que pueda ocuparse, en el ocaso de su vida, de sus mancomunados intereses.
#100 – 19 de agosto – Bofetada terapéutica
Al menos desde 1999 creíamos saber que la oposición a Chávez no podía reducirse a su sola negación. Uno no niega, decíamos, a un fenómeno telúrico que tiene por delante. Ante él cabía, primero, una oposición por contención. La represa del Guri que impide que el Caroní se desborde. Esta oposición era posible desde el mismo inicio del gobierno chavista. Al asumir el poder Chávez intentó una primera redacción de la pregunta con la que se consultaría a los Electores sobre la conveniencia de convocar una constituyente. Hemos perdido de los archivos la construcción exacta, pero se trataba de algo como lo siguiente: «¿Está Ud. de acuerdo conque yo, Hugo Chávez Frías, decida todo lo concerniente a este asunto de la constituyente?» La redacción era tan obviamente autocrática que el país entero entró en helado mutismo, y seguramente Rangel y Miquilena le habrán aconsejado al ensoberbecido comandante: «Caray, Hugo, eso no puede ser, preguntemos el asunto de otro modo». Y el mandamás, sin que ningún opositor se lo reclamara firmemente, se vio obligado a modificar el decreto-pregunta.
Ahora más que nunca es esta estrategia necesaria. Algún amigo apostaba a que luego de su triunfo Chávez ofrecería—al menos hasta la nueva confrontación de las elecciones regionales, a las que tendrá que acudir una Coordinadora Democrática ya definitivamente en desbandada, atomizada, imposibilitada de convencer al mecenas más generoso—paz y amor, promesas de diálogo e inclusión. Ya voceros del Comando Maisanta se han pronunciado en este sentido.
Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más. La ley de policía nacional, la amenaza de renacionalizar la CANTV (tiene los reales), la ley de contenidos, una nueva ley de cultos, la toma de las universidades y nuevas represiones penales contra sus más detestados oponentes, están a la vuelta de la esquina. Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de «gobernar».
Pero también decíamos en 1999 que esa contención no sería suficiente, y que más que una oposición habría que ejecutar una superposición, una elaboración discursiva desde un nivel superior de lenguaje político, que flotara sobre sus agendas, sobre su nomenclatura, sobre sus concepciones, sobre los terrenos que siempre escogió astutamente para la batalla y a los que llevó, casi sin esfuerzo, a un generalato opositor incompetente, y que pudiera, esa interpretación alterna, ese discurso fresco, ser convincente para el pueblo. Este discurso es perfectamente posible. Ese discurso existe, y entre él y unos Electores hambrientos de liderazgo eficaz, sólo hay que interponer los medios que hasta ahora sólo han estado disponibles para actores ineficaces.
Por esto viene ahora una nueva etapa, preñada de posibilidades, más aprendida. Venezuela, herida, desconcertada, desilusionada y nihilista, tiene que recuperarse de la desazón y el fracaso. Y al cabo de un tiempo más bien corto, encontrará el camino correcto y verá sus tribulaciones de ahora como el principio de su metamorfosis creadora. No nos avergonzamos de nuestras tribulaciones, decía San Pablo, porque a la postre transmutan en esperanza, y no nos avergonzamos de nuestra esperanza.
#103 – 9 de septiembre – Juvenalia y tropicalia
Precedido de un bombardeo estratégico de ablandamiento dirigido por el propio general Mendoza—en video difundido y redifundido anteayer por distintos canales de televisión—el abogado Tulio Álvarez ha recuperado papel de protagonista con sus alegatos de ayer cerca del mediodía. Álvarez, por otra parte, entregó el primer informe de sus hallazgos al general Mendoza, quien en su intervención del martes había reconocido al famoso abogado como el líder de un equipo «escogido por la sociedad civil». (Idéntica caracterización de Álvarez—escogido por la sociedad civil—emplearon reporteros de televisión, en seguimiento de guión preestablecido. De mi lado tenía entendido pertenecer a la sociedad civil, pero no recuerdo que haya nadie solicitado a mi persona, o a la sociedad civil en su conjunto, opinión alguna acerca del liderazgo y composición de tal equipo).
En todo caso, las pretensiones de Álvarez son, como en el caso de H & R, dos tesis diferentes. La de menor pegada aduce que, según datos que habrían sido obtenidos de CANTV, estaría detectado un tráfico bidireccional entre las máquinas de Smartmatic y ciertos centros bajo control del gobierno y el CNE, durante todo el día 15 de agosto, cuando se suponía que la comunicación debió ser unidireccional y sólo después de que cada máquina hubiese completado su registro. Álvarez no insinuó siquiera que conociera el contenido concreto de las presuntas transmisiones, y señaló tan sólo que la evidencia estaba contenida en gráficos que exhibió de lejos, a la que se limitaba porque «la topología de la red es un asunto verdaderamente complicado». Tiene la palabra el fiscal acusador para interrogar al testigo Gustavo Roosen.
Pero el más fuerte argumento de Álvarez estuvo centrado en otra cosa: en las manipulaciones del Registro Electoral Permanente que habrían ocurrido antes del 15 de agosto, en expresas y evidentes violaciones de la legislación electoral que habrían acarreado la nulidad del acto del 15 de agosto y por ende configuran condiciones que aconsejan la impugnación del referendo.
Se trata, obviamente, de un tratamiento jurídico, que tendría que ser ventilado ante el Tribunal Supremo de Justicia, de conocida trayectoria contraria a cuanto se le haya ocurrido a la oposición manifiesta solicitarle.
El caso, a mi juicio, está bastante bien fundamentado por Tulio Álvarez, y bien pudiera adquirir, como los huracanes, proporciones de verdadero impacto político. Debe recordarse, sin embargo, que la oposición ya dispuso de un recurso jurídico de gran pegada—la decisión de la mayoría de la Sala Electoral Accidental sobre el caso de las firmas en planillas de caligrafía similar—y decidió dar la espalda a Alberto Martini Urdaneta y forzar su paso por la «rendija» de los reparos. No pareciera que éste fuera el caso ahora; a fin de cuentas la iniciativa legal parte de la CD, que en esta ocasión ha decidido transitar la avenida jurídica que antes rechazara.
Si hay éxito jurídico—más bien, jurisprudencial—puede haber un verdadero éxito político, que ofrecería aire urgentemente requerido por la central de oposición: habría que repetir el referendo, y con toda razón podría argumentarse que una nueva consulta, dado que el acto nulo pudo haber causado nuevas elecciones, debiera sucederse por elecciones presidenciales de producirse un triunfo del «Sí», aunque tal cosa ocurra después del 19 de agosto de 2004.
Pero ni el mismo Álvarez espera que tal cosa prospere en plazo perentorio: él mismo avisó que su informe definitivo será entregado dentro de un mes.
La tesis de Álvarez es poderosa y suficiente. No obstante, hay una cierta debilidad política en el planteamiento. Álvarez se refirió a las incorporaciones masivas de nuevos votantes, a las cedulaciones en masa, a las desapariciones de centenares de miles de venezolanos del REP, etcétera. Y la verdad es que tales abusos, verdaderos delitos electorales, fueron hechos abiertamente, a la vista de CNN tanto como de Globovisión. La Coordinadora Democrática no viene a enterarse de estos desaguisados ayer; los conocía perfectamente antes del 15 de agosto pues, como digo, el gobierno usó de toda triquiñuela, desfachatadamente, a la luz pública. A pesar de eso la CD fue a una consulta—»la cual aceptó»—a la que ahora impugnará a posteriori por razones que conocía de antemano. Es como Alfredo Peña descubriendo, en enero de 2002, que Chávez era golpista por lo del 92, después de que le había apoyado seis años más tarde, había sido su Ministro de Secretaría, y había llegado a la Constituyente y luego a la Alcaldía Mayor con votos de Chávez.
El esfuerzo de Álvarez, más que el casi incomunicable estudio de Hausmann & Rigobón, genera, por supuesto, un importante efecto psicológico: de algún modo muchos votantes del «Sí» sentirán una especie de alivio, en la creencia de que se ha probado que eran mayoría. Cuidado con este nuevo movimiento de fe, con tratar este dificilísimo proceso político como si se tratara de cuestión de fe, en un camino que precisará contar con la aquiescencia del Tribunal Supremo de Justicia. Ya la «sociedad civil» puso su fe en el 11 de abril de 2002, en el referendo consultivo, en el paro, en la primera convocatoria de revocación, en el reafirmazo, en la sentencia de la Sala Electoral, en el referendo revocatorio del 15 de agosto. No puede seguirse vendiendo desilusiones a esos ciudadanos.
#109 – 21 de octubre – Extemporaneidad oportuna
Por ejemplo, a muchos resulta incomprensible que el Consejo Nacional Electoral, a todas luces controlado por el gobierno, se resista al conteo físico de las boletas que las máquinas de votación emiten. No nos entra en la cabeza que si tales máquinas fueron vendidas justamente a partir de su capacidad de imprimir comprobantes, a la hora de la verdad se impida el cotejo de éstos con las actas de votación. «Si supiéramos que somos ganadores»—razonamos—»lo primero que haríamos sería abrir las benditas cajas con las boletas, pues nuestro interés estaría en comprobar que ganamos limpiamente».
El punto es que Chávez no razona de ese modo. Una vez que tenía la certificación y aceptación internacional en sus manos—hasta Colin Powell le ha ofrecido aperturas recientemente desde Brasil—su interés era el contrario: prefería con mucho tener en la calle una oposición vocinglera y quejumbrosa cantando fraude, porque ninguna otra cosa debilitaría más a unas candidaturas regionales y municipales adversas a su proyecto, al entronizar una fortísima y casi irreversible propensión a abstenerse de votar en la clientela opositora.
Si a esto se añade alguna guarimba fuera de madre, alguna explosión, alguna locura violenta e ineficaz, pues mejor que mejor: Chacón y García Carneiro tendrán un día de fiesta.
De modo que es muy poco lo que puede hacerse por mantener los pocos muros de contención que quedan a escala de estados y municipios. Renuncias emblemáticas, como las de Ezequiel Zamora, William Ojeda, Liliana Hernández o Alfredo Peña; puestas en escena efectistas como la más reciente de Tulio Álvarez, que después de un mes no añadió nada a lo antes dicho y, al decir de algunos comentaristas, pareció estar más interesado en aparecer como el nuevo líder de la oposición una vez derrotado Enrique Mendoza; la imposibilidad casi total de acordar candidaturas unitarias en al menos un buen número de circunscripciones; todas estas cosas auguran un nuevo y resonante triunfo del gobierno el próximo 31 de octubre.
Pero el asunto cambia para mediados de 2005, cuando en principio a partir de julio deberemos tener las elecciones de Asamblea Nacional. Para ese momento es concebible un esfuerzo innovador, fuera de los paradigmas y esquemas de los actores políticos convencionales—sean éstos partidos u ONGs—fuera de los conceptos estratégicos esgrimidos desde fines de 2001 a fines de 2004, que sea capaz de capturar la mayor votación y colocar en la Asamblea una fracción mayoritaria.
Es hora de comenzar a trabajar seriamente, como gente grande, en la cristalización de esa posibilidad. Si bien es cierto que el propio Chávez no podría ser desplazado del poder hasta fines de 2006—su período concluye en enero de 2007—es cierto igualmente que el panorama político nacional cambiaría drásticamente si el gobierno perdiera el control del Poder Legislativo Nacional.
#113A (Extra) – 21 de noviembre – País desconocido
José Vicente Rangel estaba allí, también Isaías Rodríguez, Juan Barreto. Jesse Chacón y Andrés Izarra, Cilia Flores e Iris Varela, Vladimir Villegas y Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez y Darío Vivas. Todos estaban allí, en el sitio del atentado. Es natural que allí estuvieran.
Pero eché en falta las caras de Julio Borges, de Pompeyo Márquez, de los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, de Enrique Mendoza, de Henry Ramos Allup y Eduardo Fernández. Allí debieron estar y no estuvieron. Tan sólo aparecieron los opositores José Luis Farías, diputado de Solidaridad, y Claudia Mujica, defensora de los ex fiscales del ministerio público destituidos por el fiscal general Isaías Rodríguez, para expresar su repudio al crimen. Tal vez los otros llamaron a celulares del gobierno para un contacto humano.
Cuando ocurrió el «carmonazo», no hubo de parte de los más ostensibles líderes de la oposición una condena suficiente, contundente e inequívoca de ese vergonzoso episodio. Esta vez no puede pasar lo mismo. Si algo quedase de Coordinadora Democrática, debiera convocar hoy mismo a una de esas marchas que antes preconizaba, para expresar el más claro y amplio repudio al asesinato monstruoso del fiscal Danilo Anderson. Si alguna sensatez y responsabilidad política reposaran en los que una vez fueron—ya no lo son—los líderes de la oposición, hoy mismo debieran aproximarse al gobierno y acercarse al pueblo para un gesto de patria, para una elevación por sobre las terribles diferencias y para la construcción de unanimidad nacional en la condena a tan criminal y estúpida acción. Para condenar que hace nada salía en prensa nacional un obituario y conmemoración del manco coronel von Stauffenberg, en el que se sugería con obvia intención local, que el magnicidio de tiranos, con palabras de ilustres romanos y hasta de un doctor de la Iglesia, es de suyo moralmente meritorio. Para cesar en este juego demencial de muerte.
Sin esguinces, sin condicionamientos. Eso le sale a cualquier liderazgo ejercido o por ejercer en Venezuela. Eso le sale al país entero. A cada venezolano, pero muy en especial a quienes forman opinión, a quienes hacen vida pública. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana, que seguramente hablará de inmediato, hasta los feligreses de cualquier religión; desde los dueños de cada medio de comunicación del país hasta el más íngrimo de los reporteros; desde el más grande y próspero empresario, el más encumbrado académico o el más cotizado cantante, hasta el pulpero más sencillo, el maestro más humilde y el más alcanzado serenatero.
Quiero ver páginas enteras de comunicados de repudio en los periódicos. Quiero ver allí las firmas de Elías Pino Iturrieta y Pedro León Zapata, las de Albis Muñoz y Rafael Alfonzo, las de Teodoro Petkoff y Tulio Álvarez, las de María Corina Machado y Gerardo Blyde. Quiero oír a cada ONG condenar la brutalidad y el abuso, quiero ver el programa Aló Ciudadano con una banderita nacional a media asta, quiero una llamada de Silvino Bustillos para ofrecer su llanto, y la valiente asistencia de Napoleón Bravo y Ángela Zago a las exequias del fiscal preincinerado.
No hay ganancia ninguna en tan abominable atentado. Sólo en mentes enfermas puede caber la noción de que una puñalada tal al corazón venezolano, tal vergüenza y tal rabia, pueden servir a algún propósito. Hasta el nazi periférico Carl Schmitt escribía: «No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos».
#115 — 2 de diciembre — Clases de gramática
La Política, en tanto arte u oficio, es enseñable, y los primeros aprendices de ella deben ser los ciudadanos. Esto ya nos lo mostraban John Stuart Mill y Bárbara Tuchman. El primero de ellos, ciertamente el más grande filósofo político de los ingleses, escribió en su Ensayo sobre el gobierno representativo:
«Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan».
Por lo que respecta a la doble Premio Pulitzer de Historia, Bárbara Tuchman, ella arriba a una simple y poderosa conjetura al final de La marcha de la insensatez (The March of Folly), obra en la que concluye que la insensatez política, según atestigua la historia, es más bien la regla que la excepción. (La profesora Tuchman entendía por instancia de insensatez política aquella situación en la que un decisor público, en presencia de reiterados consejos y advertencias de que no siga una cierta senda porque meterá la pata, insiste en meterla). Dice Bárbara Tuchman en su epílogo: «El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como de educar al electorado a reconocer y premiar la integridad de carácter y a rechazar lo artificial».
Nada puede ser, pues, más profundamente democrático que elevar la cultura política del público en general. En La enseñanza como una actividad subversiva (Teaching as a subversive activity, 1969), Neil Postman y Charles Weingartner sostenían con la mayor convicción que uno de los más fundamentales servicios de la educación consistía en dotar a los educandos de un «detector de porquerías». El pueblo necesita, por sobre todo, aprender a desbrozar en la discursería política, y a identificar y rechazar aquellas proposiciones vacías, puramente cosméticas, insinceras, obsoletas, ineficaces, demagógicas, manipuladoras. Debe poder llegar a la nuez de los mensajes de los políticos, sin hacer caso de solemnidades egomaníacas, para formarse un criterio acerca de su pertinencia o suficiencia.
Además, nunca antes ha sido tan grande la necesidad de mayor cultura política ciudadana que ahora, cuando el gobierno se ha convertido en una máquina de adoctrinamiento ideológico que vende una particular interpretación, errada y perniciosa, de lo histórico y lo político. Es, por tanto, doblemente importante hoy la educación política del pueblo, pues allí es donde es preciso superar concepciones de la dominación actual. Sin esta base primordial ninguna actividad política tendrá éxito, dado que ahora lo político en Venezuela se caracteriza por un proyecto de cobijo ideológico total impulsado por el supremo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 27, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La Academia Nacional de Ciencias Económicas de Venezuela editó en 1992 un extraordinario libro del Dr. Raúl Sosa Rodríguez: «Historia de las Relaciones Económicas Internacionales de la América Latina». Originalmente la tesis presentada por el autor para optar al Doctorado en Economía en la Universidad de Ginebra, el texto fue ampliado posteriormente para incluir la relación de lo acaecido en la región con posterioridad a 1963. Es con unos pocos fragmentos del libro con los que está compuesta esta Ficha Semanal #27 de doctorpolítico.
En poco más de cuatrocientas páginas llenas de información y buen criterio, el Dr. Sosa Rodríguez acierta a explicarnos con gran claridad y pedagógico arte la compleja evolución de las economías latinoamericanas desde sus orígenes independentistas hasta finales del siglo XX. La lectura de este libro nos remunera con la comprensión histórica y con una desmitificación acerca de nuestro desarrollo económico. Su enfoque, pudiera decirse, es de carácter clínico, pues el Dr. Sosa Rodríguez escribe con el desapasionamiento y la serenidad de un buen médico. Una nutrida colección de cuadros estadísticos sería ya razón suficiente para desear la posesión del libro pero, reitero, es la prosa calmada y aleccionadora del autor lo que lo convierte en obra inestimable.
Tan sólo sus palabras de cierre son una guía que impediría la repetición de graves errores de política económica en América Latina:
«En el último decenio del siglo, después de la crisis de la deuda externa, América Latina ha comenzado una época de difíciles definiciones en la cual no podrá continuar sin aclarar su trayectoria futura. Será necesario escoger entre una posición en el Primer Mundo o bien en el Tercer Mundo, en el cual se encuentra ahora, es decir, entre el desarrollo y el subdesarrollo. No podrá seguir flotando entre ilusiones populistas, por una parte, y cortas aventuras en los sistemas de economía de mercado, por la otra. No será posible continuar atribuyendo la responsabilidad de los difíciles esquemas de ajuste a influencias externas, toda vez que es evidente que éstos han sido el resultado de los errores del pasado y de la necesidad de superarlos. No deberá buscar la ayuda de los grandes países industrializados, toda vez que la Alianza para el Progreso y el Plan Kennedy pertenecen a la Historia y ahora sólo existen esquemas definidos de cooperación y de ayuda mutua. Europa, su fuente original desde los tiempos de la Conquista, se transformará en un inmenso mercado integrado teniendo a su lado, y sobre sus espaldas, los restos del Imperio Soviético; los Estados Unidos, su aliado de siempre, igualmente se encuentra afectado por treinta y cinco años de guerra fría y el más elevado nivel de endeudamiento de su historia; y finalmente el Japón y el mundo asiático, ante el interrogante del futuro de la China, se encuentran en situación similar a Europa. Éstas son las alternativas de América Latina. Habrá de ser un camino largo, arduo y derecho, para descubrir y definir su identidad».
LEA
……
Así son las cosas
Es un hecho reconocido que la actual crisis latinoamericana es causada por factores de origen interno y externo. La causa interna fundamental ha sido la demanda de fondos que fue provocada obviamente por la orientación de las políticas económicas y sociales de los gobiernos, las cuales se originan esencialmente en el modelo económico adoptado. Por otra parte, es, sin duda, una causa externa la oferta de fondos por parte de la Banca Internacional en condiciones muy atractivas y posiblemente pasando por alto ciertos factores de riesgo cuya importancia ha sido puesta de relieve desde agosto de 1982, cuando comenzó la crisis mexicana. Puede afirmarse, sin embargo, que las causas del endeudamiento han sido principalmente internas y atribuibles a los gobiernos latinoamericanos. También es evidente que las causas exógenas han sido, en gran proporción, responsables de la agravación de la crisis, como ha sido el caso del alza de los intereses en 1979-80 y la prolongada recesión mundial que se inició en esa misma época.
En 1975 la mayor parte de los países de la región se encontraron en una situación difícil de balanza de pagos al comenzar la recesión de la economía internacional y al sentirse la reducción de la inversión extranjera directa. En estas circunstancias, la importante expansión de la liquidez internacional, que permitió el incremento del crédito por parte del sector bancario internacional, ofreció la solución más fácil para evitar los problemas derivados de un programa de ajuste compuesto por medidas fiscales y monetarias para reducir la demanda agregada. Ciertamente, estos países hubieran debido iniciar un período de austeridad, en vez de acudir al endeudamiento internacional, toda vez que, en aquella época, hubiera sido menos doloroso y costoso tanto para el sector productivo como para la sociedad civil en su conjunto. La reconversión industrial, y en general de la economía, hubiera sido facilitada por la amplia disponibilidad de crédito y de aceptación en el medio financiero internacional.
El modelo económico latinoamericano, como se ha expresado ha sido el origen del problema del endeudamiento externo. Consiste en un programa de desarrollo esencialmente basado en la sustitución de importaciones, en la sobrevaluación de las monedas como fórmula para contener temporalmente la presión inflacionaria, vía el aumento de la oferta mediante importaciones y, finalmente, la importante participación del Estado en el proceso productivo por intermedio de las grandes corporaciones estatales, caracterizadas por una abundante burocracia y muy baja productividad.
Sin duda alguna este modelo de desarrollo económico es responsable de la vulnerabilidad de las economías latinoamericanas ante las importantes mutaciones de la economía internacional que han sido señaladas en la sección anterior.
La sustitución de importaciones, en efecto, ha acentuado la importancia de incrementar la producción de bienes para el consumo interno sin tomar en cuenta, en primer lugar, que estos productos pudieran ser importados a un precio más bajo, aumentando así el nivel de vida de la población y, en segundo lugar, que naturalmente no pueden ser exportados a los mercados mundiales dados los costos de producción.
Así pues, la sustitución de importaciones como criterio básico de desarrollo económico conduce a una serie de consecuencias de gran importancia pues además de contribuir al problema del bajo nivel de vida de la sociedad latinoamericana, tiende a aislar las economías del comercio internacional. En efecto, cuando no se toma en cuenta en la formación de un sector industrial el criterio de las ventajas comparativas, derivadas generalmente de la disponibilidad de insumos y de tecnología en constante proceso de modernización, como tampoco de mano de obra altamente especializada, dichas empresas difícilmente pueden competir en los mercados mundiales como tampoco en los propios mercados internos, si fuese necesario eliminar el cerco protector de altos aranceles y restricciones cuantitativas. Por otra parte, la sustitución de importaciones puede conducir a una difícil dependencia de los mercados internacionales en los casos en los cuales estas actividades productivas requieran la importación de insumos y de bienes de capital. Esto puede acontecer cuando ocurre una reducción del monto o del valor de las exportaciones, a causa de variaciones en la coyuntura internacional, o en circunstancias en que se haga necesario dedicar una mayor proporción de divisas para el servicio de la deuda externa, por aumento del monto total de ésta o por incremento de las tasas de interés.
Es de gran importancia hacer notar igualmente que la incorporación de estos sectores de producción de escasa eficiencia al conjunto de la economía puede, además, conducir a una reducción de la productividad del resto del sector interno, cuyo desempeño sería mejor si pudiera operar en una economía menos cerrada, guiada por el concepto de las ventajas comparativas y en la cual prevalezca la competencia entre los componentes del grupo productivo.
El concepto de la sustitución de importaciones ha sido, pues, una de las causas principales de la crisis actual del endeudamiento externo. Además, es posiblemente el problema de más difícil solución cuando se trata de volver atrás para tomar un camino más racional en el proceso de desarrollo de la región y de lograr éxito en el programa de ajustes que se plantea. En efecto, al señalarse la reconversión industrial como forma de abrir las economías a los mercados mundiales, se plantea necesariamente la interrogante sobre el porvenir de estos sectores de producción que se han formado bajo el esquema de sustitución de importaciones, que constituyen una parte importante del patrimonio del país y cuya crisis puede representar un difícil problema social y político para la sociedad civil.
La sobrevaluación de las divisas, en el marco de un mercado distorsionado por aranceles y restricciones cuantitativas a la exportación, tendía a reducir el precio, en moneda local, de las importaciones, siempre que no compitieran con la producción interna. Se trataba de esta manera de compensar en la medida de lo posible los efectos inflacionarios del esquema de desarrollo basado en la sustitución de importaciones. Sin embargo, esta política tendía a reducir aún más la capacidad de competir en el mercado internacional y a afectar negativamente la balanza de pagos, particularmente en caso de una recesión a nivel mundial.
La eficiencia de las economías latinoamericanas se ha visto aún más comprometida por la creciente participación del Estado en la actividad productiva. La creación de grandes corporaciones estatales cuyo esquema de funcionamiento no corresponde al sistema de la economía de mercado, ha reducido considerablemente la competitividad internacional de la producción susceptible de ser exportada. Además, la presencia de una excesiva burocracia ha hecho extremadamente difícil el proceso de ajuste de estas economías después de la crisis de 1982. Esas grandes corporaciones estatales latinoamericanas, que son responsables de haber contraído directamente una parte importante de la deuda externa de la región, responden a la tradición del Estado Mercantilista que legaron las monarquías de España y Portugal. Con la excepción de Chile y quizás de otros países de la región, una proporción importante del sector productivo latinoamericano se encuentra bajo el control estatal, con el agravante de que el principio de la competencia, como factor estructural de la economía de mercado, existe apenas entre las empresas privadas mismas y aún menos cuando figuran las empresas del Estado.
Así pues, los países latinoamericanos contrajeron deudas cuyo servicio excedía su capacidad de pago, particularmente si se toma en cuenta las probables variaciones de la coyuntura internacional y la posible contracción de los créditos nuevos disponibles; el endeudamiento creció más rápidamente que la capacidad de exportar competitivamente y que las exportaciones mismas después de 1979. Parece evidente que muchos gobiernos latinoamericanos no tomaron en cuenta un principio importante en toda política de endeudamiento, según el cual el uso a que se destinen los fondos determina el grado de sacrificio que es necesario realizar posteriormente para cumplir con los compromisos contraídos. Cuando se usan los fondos para inversiones que conducen a aumentos de la productividad de los períodos previstos y particularmente en el sector externo de la economía, entonces generan su propia liquidación, sin sacrificios para la sociedad. No obstante, cuando los recursos del crédito externo se utilizan para importar bienes de consumo o para proyectos como la construcción de ciudades tales como Brasilia, la proyectada ciudad de Constitución en el Perú o para construir viviendas, su servicio y reposición tiene que hacerse mediante reducciones del ingreso real del país, es decir, a expensas del nivel de vida. Lo mismo se puede expresar con relación a proyectos de infraestructuras básicas cuyo rendimiento sobre el sector externo se causa a muy largo plazo, a menos que la economía en su conjunto haya puesto énfasis especial en el desarrollo del sector de las exportaciones.
Raúl Sosa Rodríguez
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