CS #118 – Aprieto en Ouro Preto

Cartas

John Haldane, fallecido en 1964, fue un notable científico de Inglaterra, biólogo, genetista, así como un editor de criterio bastante izquierdista. (Fue el director del diario comunista The Daily Worker y miembro del Partido Comunista Inglés). Esto no le impidió advertir en un certero trabajo sobre el tamaño adecuado de las cosas, que las estructuras preconizadas por el socialismo no podrían funcionar en países del tamaño de los Estados Unidos o de Rusia: «Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca». (J.B.S. Haldane, On Being the Right Size).

Si tal cosa fuese cierta, complementariamente podría sostenerse como corolario que hay escalas requeridas para el sano funcionamiento de un pleno libre mercado. Es decir, que las sociedades pequeñas, especialmente por estar inmersas en un mercado mundial globalizado, encuentran dificultades serias para aplicar a rajatabla un esquema de libre mercado. (Chile es, por ahora, una excepción, mientras que Argentina, México y Venezuela han experimentado todas graves problemas después de aplicar, en grado variable, las reglas del llamado Consenso de Washington).

La población de Venezuela tal vez no revista la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.

El nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.

La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, la integración económica, pues estableció el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Artículos de la Confederación, 1776). En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.

Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: la España del Siglo de Oro primero, luego la Francia napoleónica, la Inglaterra victoriana, la Alemania del Tercer Reich… No era fácil para los estados europeos, en medio de sus suspicacias, aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas. Inmediatamente después de echarse tiros durante seis años de guerra mundial, no era fácil que un continente en el que se habla una veintena de idiomas diferentes pudiera ir más allá de la tímida proposición, primero, de la Comunidad del Carbón y del Acero. (1946). Poco a poco fueron los europeos evolucionando, a mercado común, a comunidad económica y, ahora, a una comunidad política.

El 2 de agosto de 1993 ese esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente de estos hechos, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada Escuela de Chicago (nadie más opuesto a las inclinaciones de Haldane), se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente.

América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. (La Enciclopedia Británica, venerable publicación de la Universidad de Chicago, trata a América del Sur como continente separado). Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del mundo.

Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad y los grandes bloques dominarán el decurso político del planeta.

Los planteamientos terapéuticos que han preconizado nuestra integración en América Latina o, más limitadamente, en el bloque andino, han partido de una postura describible en los términos siguientes: la unidad política sería el desiderátum final pero no es asequible en estos momentos; por esto sería necesario iniciar el proceso por la integración económica y el estímulo a la integración cultural. Es así como se suceden las misiones culturales de buena voluntad: enviamos a Yolanda Moreno a danzar por el continente y a la Orquesta Sinfónica Juvenil a dar conciertos; es así como establecemos «supercordiplanes» al estilo del SELA o los órganos del Acuerdo de Cartagena.

Lo equivocado está en suponer que la integración económica es más fácil que la integración política. Esto no es así. La actividad económica tiende a presentar, como rasgo predominante de su proceso, el carácter de lo competitivo. Difícilmente puede entonces conducirnos a la integración efectiva, sobre todo si cada componente de los pactos de integración económica se comprende a sí mismo como portador de una vocación perenne de Estado independiente.

La integración a la que debe procederse lo antes que sea posible es la integración política. La integración económica vendrá entonces por sí sola, con el proceso casi automático de la acomodación de las unidades productivas, lo que es mucho más sano y flexible que las integraciones económicas forzadas a partir de burocracias tecnocráticas, que si han fracasado dentro de los límites nacionales, con mayor certidumbre fracasarán en el intento de manejar entidades de escala superior. Si seguimos en esto, en lugar del modelo de integración europea, el modelo norteamericano de 1776, estaríamos estableciendo una confederación que en principio sólo requeriría que sus miembros confiaran a un nivel federal tres potestades—representación ante terceros, defensa militar ante terceros y emisión de moneda—mientras que retendrían «toda su soberanía, libertad e independencia, y todo poder, jurisdicción y derecho, que no sea expresamente delegado a los Estados Unidos reunidos en Congreso por esta Confederación». (Texto del segundo artículo de los Artículos de Confederación de los Estados Unidos de Norteamérica, documento constitucional primario anterior a su Constitución actual).

El perímetro máximo a considerar es el sudamericano. Es factible que no todos los actuales países de este continente se avengan a este tratamiento. Es posible concebir perímetros menores. Puede ser que no le sea tan fácil a Brasil, por ejemplo, integrarse en una unión del tipo descrito, lo que sería comprensible, pues, a fin de cuentas, Brasil es casi por sí solo un subcontinente, y con una base poblacional de ciento ochenta millones de habitantes puede sustentar legítimamente la idea de autosuficiencia política. Nuestro criterio, sin embargo, es que Brasil se encontraría extrañado fuera de una unión sudamericana, pues fuera de ella no sería fácil que se explicara a sí mismo. Por otra parte, muy lúcidas inteligencias brasileras están a favor de la integración, y así se demostró en la época del pacto integracionista firmado por Sanguinetti, Sarney y Alfonsín. Hace no mucho, además, el ex presidente Alfonsín llamaba la atención sobre la inconveniencia, para Argentina, de sumarse al Tratado de Libre Comercio firmado por Canadá, Estados Unidos y México, y abogaba por el fortalecimiento del proyecto de MERCOSUR.

Por lo que respecta a quienes no encontrasen la forma de unirse de inmediato, es posible estipular la misma salvedad que los norteamericanos establecieron en sus ya mencionados «Artículos de Confederación» frente a Canadá: «Article Eleven. Canada, acceding to this Confederation, and joining in the measures of the United States, shall be admitted into and entitled to all the advantages of this Union». (Artículo Once. Canadá, de acceder a esta Confederación, y sumándose a las disposiciones de los Estados Unidos, será admitida y con derecho a todas las ventajas de esta Unión.)

Es, en todo caso, la conciencia común de los sudamericanos lo que da pie y base a la posibilidad de la integración política. Hasta parecemos una misma cosa para los otros, que nos engloban bajo la denominación común y no poco despectiva de sudacas.

Pero integrar políticamente en pie de igualdad, por poner un caso, a Brasil y Uruguay es forzar desequilibrios desmesurados. Si existiese la potestad de diseñar en frío escritorio el nuevo mapa político de América del Sur, sería preferible imaginarla compuesta por tres grandes miembros—tal como América del Norte se compone a partir de Canadá, los Estados Unidos y México. El Brasil es, obviamente, uno de esos tres componentes; el Cono Sur formado por Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, el segundo de ellos. El tercer módulo estaría formado por el arco andino o bolivariano, y en este caso se extendería desde Bolivia hasta Panamá, que era antigua parte de Colombia. Es más, pudiera devolverse a Bolivia su nombre primigenio de Alto Perú y tomar prestado al que ahora tiene para designar a este conjunto de naciones liberadas por Bolívar.

Y es por estas razones por las que Hugo Chávez estuvo equivocado en Ouro Preto. Más allá de su falta de urbanidad y su inconsistencia—primero procura por todos los medios que Venezuela sea admitida en MERCOSUR para luego ir a su casa a insinuar que debe ser derruida—Chávez sigue proponiendo integración económica cuando lo que debe buscarse es confederación política, primeramente; y, en segundo término, su incitación a dejar atrás la comunidad andina de naciones deja de tomar en cuenta que ésta encarna una identidad bolivariana que ofrece basamento firme para una nueva nación, uno de los tres componentes políticos primarios de América del Sur. Como le insinuaron allá mismo: vistoso pero irresponsable, que son los rasgos inconfundibles del demagogo.

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LEA #118

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En el número 111 de esta Carta Semanal de doctorpolítico, de hace siete semanas, se adelantaba, a raíz de la aplanadora electoral del 31 de octubre, la siguiente predicción: «¿Qué va a hacer Chávez, gladiador sin oponentes? Supremamente aburrido con Venezuela, cuyo manejo político confiará a algún lugarteniente de confianza—ya tiene el encargo el teniente Jesse Chacón desde el Ministerio del Interior y Justicia—volverá la mirada al exterior y tratará, con los bolsillos llenos, de extender la revolución ‘bolivariana’ por el mundo».

Así, pues, luego de Cuzco y Ouro Preto—y de la inevitable visita a Cuba—el presidente Chávez pasará navidades en China, una vez que Gadaffi le impusiera un premio como defensor de los derechos humanos y que antes dejase una estela escandalosa en España y fuese a comprar fusiles incomprensibles a Putin mientras se envenenaba con dioxina a Yushchenko en Ucrania. Muy ocupado, como acá se previó, internacionalmente.

De hecho, al tiempo que el Airbus presidencial traga kilómetros, se prepara una «mesa de diálogo» de dos patas—¿no será harto inestable?—cuyos ejecutivos son William Brownfield y Bernardo Álvarez, el embajador norteamericano en Caracas y el venezolano en Washington, para intentar arreglar las relaciones entre ambos países. Por el olvido de los comprometedores documentos de la CIA sobre el golpe de abril de 2002 pudiera pactarse el enterramiento de los insultos que Chávez ha lanzado contra Bush en más de una ocasión.

Por lo que respecta al vecino suroccidental, unas declaraciones de Pedro Gómez, negociador colombiano en la Comisión Binacional, ofrecieron pretexto para que Julio Borges intentara proyectarse como estadista; esto es, como hombre preocupado por temas de Estado. Gómez declaró a la prensa de su país que Venezuela habría reconocido los derechos de Colombia en el Golfo de Venezuela, lo que a su vez motivó un emplazamiento de Borges al gobierno venezolano para que aclarase en qué consistiría tal reconocimiento. Alí Rodríguez Araque señaló de una vez que el tema del Golfo de Venezuela no fue incluido, por expresa petición del mismo Gómez, en la agenda de la comisión, por lo que mal podría haberse discutido o reconocido nada al respecto. Borges ripostó diciendo que la clarísima declaración del Canciller era poco clara. Ergo, Borges es un estadista de duras entendederas.

Aquí adentro, prosigue la ejecución del plan delineado por Chávez el 12 de noviembre y reflejado en los apuntes de clase de Marta Harnecker, que se han convertido en best seller digital. No ha faltado quien señale con agudeza que lo que la oposición tendría que hacer es copiarle ese plan a Chávez y ejecutarlo ella misma.

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FS #26 – Conciencia de fracaso

Fichero

LEA, por favor

Unos pocos fragmentos de un notable estudio del Dr. Rafael López-Pedraza, Conciencia de fracaso (2000), componen esta Ficha Semanal #26 de doctorpolítico. El propio Dr. López-Pedraza explica por qué es inusual el foco de su trabajo: «En el mundo de hoy, cuyas proposiciones y metas están orientadas al éxito, al triunfalismo, escribir un ensayo titulado Conciencia de fracaso pone al que escribe a contrapelo y en oposición a las demandas más inmediatas de lo colectivo, porque implica la reflexión del fruto de un movimiento psíquico, que nos presiona desde adentro a que lo conozcamos, a que lo hagamos consciente».

Nacido en Santa Clara, Cuba, el Dr. López-Pedraza fijó residencia en Caracas en 1949. Trece años más tarde emprende once de estudios de Psicología Analítica en el Instituto Carl Gustav Jung de Zürich. Jungiano entre los jungianos en Venezuela, respetadísimo psicoterapeuta y docente, el Dr. López-Pedraza es autor de una buena cantidad de libros, de los que sólo hemos podido entreleer Sobre héroes y poetas y Ansiedad cultural. Es a este último volumen al que pertenecen sus reflexiones sobre la difícil pero remuneradora conciencia de fracaso. Si algo fuera útil a ciertas cabezas oposicionistas venezolanas esto sería la lectura de su insólito ensayo y, más allá de su claridad, encajar esa misma conciencia de fracaso con lúcida madurez, de forma que tal cosa les permitiese una metamorfosis trascendente y una sobrevida política que no les debe ser negada.

Nada es un signo más claro de madurez que aceptar la propia culpa—sin convertirla en tremedal que nos sofoque—y reconocerla ante terceros. En los niveles de la mediocridad o negamos o proyectamos—para usar terminología del maestro de Jung—nuestra responsabilidad, adjudicándola a otros o desapareciéndola enteramente. Nadie se siente «perdedor» en un choque automovilístico.

En una nueva Política, quizás en una inédita Medicina Política, el tratamiento del soma social—inversiones, reformas legales, institucionalizaciones, etcétera—tendrá que estar acompañado de una Psiquiatría Política necesarísima. En 1986 me atreví a escribir, en trabajo modelado según un dictamen médico, algo como esto: «No es menos importante alguna consideración, aunque sea somera, del estado de la psiquis venezolana en la actualidad… La crisis de confianza no es una que se restrinja a la desconfianza de los actores políticos, de la actividad económica privada o de cualquier otra institución de la vida nacional. La crisis llega a ser tan englobante que llega, en más de un momento, a manifestarse como desconfianza en el país como un todo… El síndrome subyacente es el síndrome de sociedad culpable».

El Dr. López-Pedraza nos señala el camino, al mostrarnos como la histeria, no sólo la repetida incesantemente a escala individual, sino la verdaderamente colectiva, nos impide aprender al imposibilitar la conciencia de fracaso. Es obvio que él no recomienda una estrategia de fracaso; tan sólo incita, respecto de este ineludible acaecimiento de la vida, «a que lo conozcamos, a que lo hagamos consciente».

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Conciencia de fracaso

Vivimos en un mundo de opiniones que son fuente de influencia en nuestro diario vivir y que cubren todos los aspectos del vivir: opiniones que tienen gran peso en el hombre actual y que afectan tanto su comer como su vida erótica, sin contar la política y su relación con la sociedad en que vive, y que llegan a influenciar sus costumbres y hábitos hasta el punto de alterar y destruir sus tradiciones familiares y religiosas más íntimas. Opiniones superficiales concebidas desde ese pseudo logos que es el animus y que tragamos, por así decir, y pasamos a nuestro sistema de vida a pesar de lo conscientes que podamos ser. La cosa es que también ese aspecto ‘opinante’ del animus aparece muchas veces como elemento posesivo. Así, vemos personalidades que están posesas, no por fuerzas inconscientes o irracionales de procedencia arquetipal, sino por opiniones que defienden a ultranza. No creo que sea difícil observar cómo estas opiniones se avienen de maravilla a la sofocación histérica y que la sofocación no es solamente algo que está entre los límites arquetipales a los que hicimos referencia, sino que se sofoca de manera alarmante a través de opiniones.

Sabemos también que la exageración es síntoma, por antonomasia, de la histeria. Sentimos que vivimos en tiempos de gran histeria y que hay una exageración en el vivir; que, de buenas a primeras, nuestro humano vivir se ha exagerado, en muy pocos años, en los últimos cuarenta años, hasta proporciones mayores que las conocidas en tiempos anteriores de la humanidad. La historia reciente del hombre ha aumentado la histeria a proporciones a veces escalofriantes y, mucho más, si sabemos que la histeria es algo que cubre un espectro de la naturaleza humana, que va desde lo que arquetipalmente cualquier madre hace, sofocar a su hija, hasta una figura que carga cómodamente con toda la maldad que se le pueda atribuir al género humano: Adolfo Hitler.

Por algo el término histeria fue eliminado de la terminología médica de la American Psychiatric Association y sustituido por conversión. Esto nos dice que el fenómeno histérico es solamente tomado en cuenta y tratado médicamente cuando aparece como fenómeno de conversión. Pero, al mismo tiempo, se nos está diciendo que la mayor parte de las infinitas manifestaciones histéricas que pululan en el diario vivir salen fuera de la pantalla de la concepción psiquiátrica que, por lo general, las minusvalora y desprecia. Así, se sumergen en lo colectivo inconsciente de nuestro vivir y lo impregnan desde sus niveles más cotidianos hasta aquellos, por así decir, aunque suene un tanto histérico, de los que dependen los destinos de la humanidad. Es innegable que nuestro vivir se hace cada día más y más histérico. Sólo basta poner atención a cualquiera de los llamados ‘medios de comunicación’, ahora hipertrofiados como está la televisión, para poder sentir y estudiar cómo esos elementos de los complejos de la histeria son alimentados, de manera brutal, tanto por una simple propaganda de jabón como por la confrontación de armas nucleares.

La conexión que hicimos antes entre histeria y cuentos de hadas nos indica la superficialidad de la histeria. También la sentimos cuando leemos las noticias más escalofriantes sobre las grandes potencias, sus armamentos y posibles guerras nucleares. No tiene nada de particular que esta cierta apatía, que demuestra el hombre actual ante eventos tan importantes, venga acompañada de una gran dosis de histeria, que atrapa tales eventos en la plataforma que Jung imaginó y no los deja pasar a los complejos históricos y a los arquetipos y tampoco, por supuesto, a los instintos, que son los que deberían reaccionar. Leemos un periódico y, al mismo nivel superficial, histérico, encontramos la noticia sobre una celebridad, deportes, un desastre nacional o la cantidad de misiles que tiene esta u otra potencia; no hay mayor diferenciación en las valoraciones, como si todo se redujera a proveer información histérica para alimentar nuestra histeria.

Esta superficialidad mágica de cuentos de hadas de la histeria es cotidiana en psicoterapia. Aquí nos es dado apreciar, con lente de aumento, cuán imposible es lograr que situaciones, problemas y contenidos psíquicos evidentes sean aceptados con la realidad necesaria y puedan tocar emocionalmente lo psíquico y que lo psíquico se sienta movido por ello. Así, nuestra sensibilidad se escandaliza a veces cuando vemos que penas, dolores, tragedias son barridos en un instante por la histeria. Cabe aquí una línea de T. S. Eliot que nos dice «el ser humano no puede soportar demasiada realidad» pero, para lo que nos interesa en nuestro trabajo, cabría también decir que la personalidad histérica, el componente histérico de cada uno y las histerias colectivas se las arreglan con superficialidad pasmosa para evadir esa realidad básica que ya hemos referido y que permitiría aceptar la conciencia de fracaso y el aprender psíquico que tal cosa conlleva.

………

Pero hay otro elemento importante todavía: la histeria es capaz de apropiarse de cualquier instrumento para utilizarlo como vehículo de su manifestación. Al parecer, uno de los instrumentos más a la mano de la histeria es la culpa, algo que le viene como anillo al dedo. A veces, podemos observar el espectáculo de la histeria haciendo uso de la culpa con refinamiento y arte de encaje delicado y otras, en que nos abruma con su descaro. Con esto, podemos acercarnos a vivenciar por qué la histeria es tan importante en el tema que estoy tratando, porque si la histeria maneja la culpa con una habilidad característica, estoy diciendo que la histeria tiene a su disposición un spectrum infinito de posibilidades para culpabilizar a cualquiera, a cualquier cosa, con tal de no aceptar la conciencia de fracaso. La histeria, al culpabilizar, destruye la imagen del acontecer psíquico.

Rafael López-Pedraza

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CS #117 – Golilla para Golinger

Cartas

Del 5 de marzo de 2002: «Crece la oposición al presidente Chávez. Una encuesta de opinión del mes pasado muestra que 53% de los venezolanos desea que Chávez salga de la Presidencia, en comparación a 36% de agosto pasado. Las peticiones de renuncia por parte de funcionarios públicos y líderes empresariales se han hecho cotidianas. Incluso algunos de los antiguos aliados de Chávez le dan la espalda. Luis Miquilena, mentor político de Chávez y antiguo ministro del Interior, está trabajando con grupos de oposición para tratar de persuadir a Chávez de que renuncie. Los militares también están divididos en el apoyo a Chávez. El alto mando apoya públicamente al presidente… (Fragmento suprimido). Un golpe exitoso sería difícil de montar».

Del 11 de marzo de 2002: «Hay signos crecientes de que líderes empresariales y oficiales militares venezolanos están volviéndose insatisfechos con el presidente Chávez, y él está claramente preocupado y trata de moderar su retórica. La oposición tiene todavía que organizarse en un frente unido. Si la situación se deteriora ulteriormente y las manifestaciones se tornan aún más violentas, o si Chávez intenta una jugada inconstitucional que aumente sus poderes, los militares pudieran moverse para derrocarlo».

Del 1º de abril de 2002: «El presidente Chávez confronta una fuerte oposición continuada de parte del sector privado, los medios, la Iglesia Católica y partidos de oposición enardecidos por un conjunto de leyes que decretara en diciembre. Reportes sugieren que oficiales militares descontentos están todavía planeando un golpe, posiblemente para comienzos de este mes. Un intento de golpe arriesgaría violencia considerable y una represión severa de Chávez sobre cualquier oposición doméstica».

Del 6 de abril de 2002: «Las condiciones maduran para un intento de golpe. Facciones militares disidentes, incluyendo algunos oficiales molestos de alta graduación y un grupo de oficiales radicales jóvenes, están acelerando esfuerzos para organizar un golpe contra el presidente Chávez, posiblemente tan pronto como este mes. (Fragmento suprimido). El nivel de detalle de los planes reportados —fragmento suprimido—tiene como blanco de arresto a Chávez y 10 otros altos funcionarios—da credibilidad a la información, pero contactos militares y civiles hacen notar que ningún grupo está listo para dirigir un golpe exitoso y éste pudiera estropearse si se mueven demasiado rápido. Grupos civiles opuestos a las políticas de Chávez, incluyendo a la Iglesia Católica, grupos empresariales y de trabajadores, retroceden ante intentos de involucrarlos en la conspiración, probablemente para evitar mancharse con una acción inconstitucional y por temor de que un golpe fallido pudiera fortalecer a Chávez. (Fragmento suprimido). Las perspectivas de un golpe exitoso son en este momento limitadas. Los conspiradores todavía carecen de la cobertura política para escenificar un golpe, la base de apoyo duro a Chávez entre los venezolanos pobres permanece intacta y las repetidas advertencias de que los Estados Unidos no apoyarán ninguna acción inconstitucional para sacar a Chávez probablemente hayan frenado a los conspiradores. Chávez vigila a sus oponentes dentro y fuera de los militares. (Fragmento suprimido) Para provocar una acción militar, los conspiradores pueden tratar de explotar el descontento que surja de manifestaciones de la oposición programadas para más adelante en el mes o de huelgas en curso en la compañía petrolera estatal PDVSA. Empleados de PDVSA comenzaron una huelga el jueves en instalaciones de 11 de los 23 estados, como parte de una protesta en escalada contra los esfuerzos de Chávez por politizar PDVSA. Huelgas prolongadas, en particular si tienen el apoyo de los sindicatos de obreros petroleros, pudieran desencadenar una confrontación».

La información citada en los párrafos precedentes proviene de facsímiles de Informes Ejecutivos «Senior» de Inteligencia (Senior Intelligence Executive Briefs) producidos por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos de Norteamérica. Gracias a la «Ley de Libertad de Información» (Freedom of Information Act, FOIA) tan comprometedores informes están ahora disponibles al público, luego de que fuesen «liberados»—con algunas supresiones—en octubre de este año. Los documentos de este tipo son circulados regularmente entre altos funcionarios (unos 200) del gobierno norteamericano, antes de ser devueltos a la CIA.

La ley estadounidense fue promulgada inicialmente en 1966. Treinta años más tarde fue enmendada para obligar a las agencias gubernamentales a ofrecer información ya desclasificada ¡por Internet! Es ley de una sociedad peculiar, que ya dio por tierra con el segundo gobierno de Richard Nixon, obligándole legalmente a entregar información de alta sensibilidad: las famosas grabaciones magnéticas en las que quedasen registradas sus instrucciones para el espionaje al Partido Demócrata en el ya arquetípico caso Watergate.

Esta misma ley sirve ahora a los propósitos de Hugo Chávez. Una joven abogada norteamericana de 34 años, Eva Golinger, ha hecho las solicitudes pertinentes a la CIA, amparándose en la ley, y tan poderosa agencia no ha tenido más remedio que entregar los documentos. La Srta. Golinger percibe honorarios del gobierno venezolano.

Un artículo de la Srta. Golinger—The Proof is in the Documents: the CIA was involved in the coup against Venezuelan President Chavez—pretende haber probado con los documentos liberados por la CIA que este organismo o algún otro del gobierno de su país estaba involucrado en el golpe, a pesar del disclaimer que señalaba (6 de abril de 2002): «las repetidas advertencias de que los Estados Unidos no apoyarán ninguna acción inconstitucional para sacar a Chávez». Para la abogada Golinger esta salvedad no sería otra cosa que un acto de hipocresía, deliberadamente plantada en el informe en cuestión para guardar las espaldas de los Estados Unidos; para curarse en salud, pues. En un tribunal norteamericano, sin embargo, parte del mismo sistema legal que incluye la FOIA, este particular alegato de la Srta. Golinger sería desechado como mera especulación. (El artículo puede ser leído enteramente en http://www.fromthewilderness.com/free/ww3/082106_proof_documents.shtml).

Lo que sí es obvio es que el gobierno norteamericano estaba enteradísimo de los preparativos de un golpe contra Chávez, incluyendo de la intención de arrestar a éste y a una decena de sus más cercanos colaboradores. Los documentos no hablan de provocar un «vacío de poder», sino de un golpe y una conspiración y unos conspiradores con todas sus letras. Claro, también dan cuenta de la opinión norteamericana sobre la ineptitud de los golpistas.

¿Estaban obligados los Estados Unidos a alertar al gobierno venezolano acerca de las circunstancias que conocían con suficiente antelación? La pregunta puede dar para todo un seminario teológico-moral. Lo cierto es que no lo hicieron, y que cuando Ari Fleischer, por la Casa Blanca, y Philip Reeker, por el Departamento de Estado, comentaron el 12 de abril de 2002 sobre los acontecimientos en Caracas, se hicieron los suecos (con perdón de los súbditos de Carl XVI Gustaf) respecto del golpe que conocían de antemano.

Es muy claro que a los Estados Unidos no les gusta Hugo Chávez—desde hace tiempo y además con razón—como el canciller español Miguel Ángel Moratinos ha dicho hace poco que tampoco gustaba al gobierno de José María Aznar. En pocos días, por tanto, dos situaciones embarazosas han afligido a estadistas españoles y norteamericanos. Para España se trata de un gobierno ido; para los Estados Unidos es un gobierno reelecto y en funciones el que es cuestionado. Un representante del Partido Demócrata por Nueva York, José Serrano, ha exigido un examen detallado de los aportes del National Endowment for Democracy (NED) a organizaciones venezolanas, punto que también ocupa buena parte de la atención de Eva Golinger. En una declaración de prensa (8 de diciembre) Serrano, el Demócrata de mayor rango en el subcomité de los Representantes que autoriza el presupuesto del Departamento de Estado y el NED, fustigó a su gobierno por haber sido «descaradamente engañoso cuando negó saber acerca de amenazas de golpe y desestimó el papel jugado por oficiales militares disidentes en la ejecución del golpe contra el presidente Chávez de Venezuela el 11 de abril de 2002».

Por ahora, George W. Bush parece tan firmemente atornillado en el poder como Hugo Chávez, pero ¿quién sabe? Tal vez un país tan especial como los Estados Unidos encuentre a la vuelta de unos meses alguna razón para enjuiciarle (impeachment), quizás con ayuda de la FOIA.

Lo cierto es que los Estados Unidos, que son tan admirable democracia hacia adentro, que son una fuerza civilizatoria neta para el mundo, no se comportan consistentemente con ese rasgo cuando hacen política exterior. Por ejemplo, al retirar ayuda a aquellos países que, como Venezuela, no quieren ofrecerles carta blanca y eximirlos en materia de crímenes de guerra que pudieran sentar a funcionarios suyos como reos ante el Tribunal Internacional de La Haya. Serrano ha expresado la siguiente advertencia: «Estoy comprometido a exigir responsabilidad de esta administración, y a asegurar que sostenemos los más altos estándares de democracia e instituciones democráticas cuando interactuamos con otras naciones».

Cuando una Sala Plena Accidental del Tribunal Supremo de Justicia desestimó la acusación de rebelión militar que pesaba sobre Efraín Vásquez Velasco, Pedro Pereira Olivares, Héctor Ramírez Pérez y Daniel Lino José Comisso Urdaneta, también se curó en salud. La decisión del 14 de agosto de 2002 se limitó a decir que, sobre la base de las evidencias presentadas por la Fiscalía General de la República, no estaba probado que tan altos oficiales hubieran incurrido en el delito de rebelión militar tipificado en el ordinal 1º del artículo 476 del Código Orgánico de Justicia Militar. Pero la ponencia redactada por Franklin Arriechi también dijo: «A pesar de que el Fiscal no achacó expresamente a los imputados lo relativo a la constitución de un gobierno provisorio, por lo cual su consideración es ajena a esta decisión, el mundo sabe que el 12 de abril de 2002, después de que el general en Jefe anunciara la renuncia del Presidente, un grupo de militares entre los cuales se encontraba el coimputado general Efraín Vásquez Velazco, anunció el nombramiento del Dr. Ramón Carmona Estanga como Presidente interino o provisional de una junta de gobierno. También es sabido que esta persona, la tarde de ese día prestó juramento e hizo público un Decreto por el cual asumió la presidencia de la nación, destituyó a los componentes de los poderes públicos y cambió el nombre de la República, entre otras cosas».

Y afirmó también: «De tal manera que, a pesar de que la Sala considere inaceptable el que alguien se arrogue la facultad de designar a un Presidente, tampoco puede concluir en que ese nombramiento encaje dentro de la descripción hecha en el artículo 476 del Código Orgánico de Justicia Militar que, se ratifica una vez más, constituyó la única imputación fiscal formulada en la querella. En cuanto a la juramentación de Ramón Carmona Estanga y al Decreto que hizo público, se debe recordar que las responsabilidades son personales y que únicamente a quien se hizo autor se le puede responsabilizar de ello».

Esto es, Isaías Rodríguez no hizo bien su tarea y ahora pretende ir a examen de reparación. Hubo golpe, le dijo el defenestrado Arriechi, pero no lo probaste. LEA

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LEA #117

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El Día de la Inmaculada Concepción el diario El Universal publicó un artículo cuyo autor era el ex presidente Rafael Caldera Rodríguez, en el que le cantaba la cartilla al presidente Hugo Chávez Frías. Luego de repasar con algún laconismo— «Si se examinan los seis años de gobierno del presidente Chávez se llega a la conclusión de que lo único que ha hecho es ganar elecciones»—el tiempo que Chávez lleva gobernando, el doctor Caldera le llama, como su única autoridad puede hacer, a la conciliación. Así escribió el ex presidente:

«Yo, en mi gobierno, acordé el sobreseimiento de los juicios de los alzados del 4F, porque el anhelo de la población era la paz. ¿Y este gobierno qué hace? Es el momento de demostrar que existe la posibilidad de que haya una oposición y de que los derechos humanos se respetan. Las organizaciones internacionales creadas para asegurar los elementos fundamentales de la democracia se están pronunciando sobre la actitud de este gobierno, que cuenta con el apoyo de las minorías extremistas que con un revolucionarismo anticuado viven armando disturbios en sus respectivos países. Es hora de decir Punto y aparte. Vamos a reconstruir los partidos políticos, a fortalecer las instituciones y demostrar que el pueblo venezolano puede vivir y reconocer el combate político como uno de los atributos fundamentales del sistema democrático».

Lo más probable, no obstante, es que ese llamado del pacificador de la insurrección armada de la década de los sesenta, el libertador de Chávez, caiga sobre oídos sordos. No parece ser que la compasión sea virtud que adorne al actual presidente. Todo lo contrario. Ante una implacable agenda retaliatoria, no hay opositor político a Chávez que pueda dormir tranquilo. (Tal vez Manuel Rosales, que ahora se da abrazos con José Vicente Rangel y ofrece súbitamente «borrón y cuenta nueva»).

Entretanto, parece que ya llega al millar el número de médicos y odontólogos cubanos que vinieron a trabajar en el país y han optado por irse a los Estados Unidos o a Colombia. Según reporta Stratfor, «…una creciente red de grupos opositores, familias voluntarias en Venezuela, diplomáticos latinoamericanos, cristianos evangélicos y activistas cubanos anticastristas basados en Miami» estaría manejando el tráfico de evadidos. (Por mar y a través de la frontera con Colombia). Claro, esta gente no desea esperar a que Chávez le haga caso a Caldera, y sabe muy bien que en Cuba no se concede amnistías.

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