FS #25 – La casa del vecino

Fichero

LEA, por favor

Las religiones hebrea, cristiana e islámica contienen, en tanto verdades comparadas, ideas afines, «fractales» que se repiten. Dice S. Parvez Manzoor, por ejemplo: «El Estado, como fenómeno histórico, en consecuencia, ni ‘encarna’ la Ley ni ‘representa’ la verdad de la fe sino que constituye una entidad contingente que tiene jurisdicción sobre los cuerpos de los hombres pero no sobre sus conciencias». ¿No es esto acaso una forma culta y técnica de afirmar la mismo que la máxima de Jesús de Nazaret, «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»?

La penúltima de las fichas semanales de doctorpolítico tomó prestado del pensamiento de Ovidio Pérez Morales, cristiano; la última de Alberto Einstein, hebreo. Esta Ficha Semanal #25 se compone de fragmentos de un texto del gran intelectual islámico residenciado en Suecia, S. Parvez Manzoor. Aquí se reproduce de su estudio «¿Es el Islam indemocrático?» oportunas aclaratorias, formuladas desde la entraña misma de la enseñanza profética de Mahoma.

Una caricatura del Islam tiende a ser la imagen que en Occidente tenemos de esa religión, incultos como somos respecto de su prédica. Algunas incidencias históricas, ciertamente, alimentan esa impresión distorsionada. La quema de una de las maravillas del mundo, la Biblioteca de Alejandría, por ejemplo. Así refiere Arnold Toynbee: «Se dice que, en respuesta a la solicitud del general que había recibido la rendición de la ciudad de Alejandría y que le solicitaba instrucciones sobre qué hacer con la famosa biblioteca, ‘Umar habría escrito: ‘Si las escrituras de los griegos están de acuerdo con el Libro de Dios son inútiles y no es necesario preservarlas; si no están de acuerdo, son perniciosas y deben ser destruidas’». (Citado en «El monoteísmo en Occidente», de Rafael López-Pedraza, uno de cuyos textos servirá para construir la ficha de doctorpolítico de la próxima semana).

La prescripción de Parvez Manzoor es tan oportuna como recientes movimientos encaminados a desasociar al Islam de la sangrienta violencia que se comete en su nombre. Un frecuente escritor sobre temas del Islam, Muhammad Shahrour, observa que tal cosa sólo podrá lograrse mediante una reinterpretación de sus textos sagrados, muchos de cuyos preceptos, sobre todo los que tienen que ver con la práctica de la guerra, son sacados de contexto para dotarles de una cualidad general que no tienen. Por poner el caso más notable, toda la Sura del Arrepentimiento—una descripción del fallido intento de Mahoma por establecer un estado en la Península Arábiga—se emplea a menudo para justificar ataques extremistas. («Maten a los paganos donde los encuentren»). Sharhour argumenta que ese mandato debe entenderse como restringido a la lucha específica que Mahoma libraba entonces.

No es fácil la tarea de estos nuevos y pacíficos intérpretes. De nuestro lado pudiéramos ayudar aprendiendo acerca del Islam y entendiéndolo como la casa de un vecino.

LEA

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La casa del vecino

La modernidad nos ha traído un orden público desdivinizado. Ha suprimido la verdad del Alma por la armonía de la Ciudad. Ha reducido el mandato de la Viceregencia Divina a un compromiso con la moralidad civil. Nuestra civilización ya no representa ninguna verdad cósmica, no participa en ningún orden trascendental del ser y no reconoce otro propósito humano más allá de la existencia. De hecho, al redefinir el Fin (eschation/Akhira) como un orden inmanente de la sociedad, la modernidad ha abolido enteramente la búsqueda de la trascendencia del orden público. En lugar del deleite del alma ofrece paz en la ciudad, y el misterio del Aquí-después lo sustituye por la promesa del Aquí-ahora.

En oposición a la verdad moderna, el Islam sostiene que la salvación del Alma tiene precedencia sobre la paz de la Ciudad. El creyente confronta el misterio del ser en tanto l’homme y no en tanto le citoyen. El discurso sacrosanto de la Ley se dirige al alma individual, al musulmán singular que no es un ente político. De hecho, a pesar de la poderosa lógica de su ética comunitaria, la visión islámica es más trascendente que mundana, más simbólica que pragmática, más paradigmática que estratégica. El verdadero guardián del Islam preferiría con mucho condenar mil veces toda la historia que apartarse de una línea del texto. La fe, no la existencia, es el verdadero hogar del creyente.

Paradójicamente, lo Sagrado, hace tiempo exiliado del interior de la Ciudad Secular, la asedia ahora con venganza. Revestido con el ropaje del «fundamentalismo», desafía a la secularidad en su propio terreno inmanentista. Al percatarse de que los problemas de una sociedad históricamente existente no pueden agotarse en una espera por el fin del mundo, la fe se promueve ahora a sí misma como política de inmediato rendimiento. En efecto, comprometido con las glorias de este mundo, profiere su propio modelo de paraíso terrenal. Así, mientras el Leviatán de la modernidad no ha tenido éxito en devorar a la fe religiosa, la fe que ha resurgido del abismo del secularismo flota sobre la balsa del Mesianismo: es inmanentista, radical y totalitaria.

Hoy en día el Islam se encuentra sitiado por una nueva mundanidad. Desafiada desde adentro por la idea del Estado, y por el secularismo de la ortodoxia moderna desde el exterior, la tradición islámica es indiciada de ser hostil a los valores humanos de la democracia, la libertad y la tolerancia. La verdad islámica del creyente, aseguran quienes están afuera, canibaliza el derecho del ciudadano. La soberanía del Islam como fe transtemporal y transexistencial, entonces, nos obliga a separar la media verdad del mundo de la verdad plena de nuestra fe. Al combatir la nueva mundanidad, en otras palabras, el creyente necesita identificar los verdaderos demonios de nuestra época, evitando agotarse en un fútil boxeo de sombra.

Al reflexionar sobre la dialéctica de la fe y la existencia, debiéramos recordar que si el Islam es preponderantemente una fe religiosa, una doctrina de la verdad, las esposas de la modernidad—la libertad, la democracia y el secularismo—son todas ideologías del método. Todas son teorías de la práctica, filosofías de los medios y la instrumentalidad que no se preocupan por ninguna causa o meta última. Mientras que la verdad revelada del Islam no puede permitirse ser desnaturalizada por ningún dictado humano, democrático o despótico, las medio verdades metodológicas del mundo, al no tener interés en los propósitos o metas últimas del hombre, se preocupan sólo con las exquisiteces de forma y procedimiento. Por tanto, sólo cuando la democracia, casada con el humanismo ateo, reivindica ser una doctrina de la verdad, o cuando el secularismo se interpreta a sí mismo como epistemología, es cuando choca contra la fe del Islam. Porque concibiéndose como una doctrina de la verdad, la democracia no sólo afirma la idea política de la voluntad del pueblo, sino que ¡también repudia la idea religiosa de la verdad de Dios! En síntesis, cuando la voluntad colectiva no está tentada a suprimir la verdad del Alma, a subyugar la autonomía de la conciencia individual, la verdad de la fe y el método de la democracia pueden cohabitar en la misma recámara existencial. Y lo mismo vale para el espacio ocupado por un Estado musulmán.

En cuanto a la libertad, la fe revelada del Islam sostiene que, sean cuales sean las contingencias de la existencia, el hombre moral está siempre atado a la ley de Dios. Es él quien trueca su libertad por obediencia, quien somete su voluntad a la voluntad de Dios y se convierte en un Musulmán. Por tanto, la tradición islámica desconoce cualquier «discurso libertario de derechos» en contra de la revelación divina y sus preceptos. Es también a causa del imperativo de la revelación que la fe del Islam nunca podrá liberarse de los «fines últimos de la existencia» y degenerar en mera estratagema de supervivencia. En verdad, la existencia islámica no puede convertirse en un intento prometeico hacia un paraíso terrenal ni reducirse a una patética búsqueda de la seguridad en la «solitaria, pobre, desagradable, bestial y breve» vida del hombre.

No hay que decir que la moralmente obligante Ley de Dios no es contingencia de las ordenanzas de algún gobernante o estado: es verdaderamente transpolítica. O como es vista por nuestra tradición clásica: luego del término de la Profecía, ningún gobierno tiene el derecho de exigir obediencia absoluta. Porque todo gobierno post Profético y todo estado post Profético, Musulmán o no Musulmán, bajo la guía del Faqih o el gobierno del Sultán, es «falible». El Estado, como fenómeno histórico, en consecuencia, ni «encarna» la Ley ni «representa» la verdad de la fe sino que constituye una entidad contingente que tiene jurisdicción sobre los cuerpos de los hombres pero no sobre sus conciencias. Por tanto, la misma razón de la sumisión, que ata al hombre moral y su conciencia a los imperativos de la revelación, no puede aplicarse a la relación del ciudadano con el Estado temporal. La conciencia de la revelación del individuo, y no el poder político del Estado, es la soberana en la Casa del Islam.

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El debate islámico sobre las libertades civiles y públicas terminará cuando dejemos de confundir Estado con Paraíso, orden político con orden divino, contingencia con eternidad, al modo de los secularistas. De hecho, necesitamos rectificar nuestra propensión a concebir el Estado en términos del régimen de la Ley, confundiendo un orden político inmanente con un orden moral trascendente. (Obviamente, la única excepción es el régimen Profético el que, estando bajo el mando directo de Dios a través de la revelación, representa una instancia única—e irrepetible—del gobierno de Dios, una teocracia. De aquí que es el único «estado» dentro de la historia que puede exigir obediencia incondicional del Musulmán. Sin embargo, esta es la única excepción que concluye toda otra regla: hace a toda otra pretensión de gobierno teocrático ilegal y no islámica).

Dado el hecho de que la «teocracia» es sólo posible bajo el gobierno Profético, se sigue que—cualquiera sea la lógica sagrada de la teoría clásica y la furia secular de la revitalización modernista—el creyente y el ciudadano no están condenados a una vida de perpetua lucha en la Casa del Islam. En efecto, mientras el Estado no pretenda «encarnar» la verdad trascendente de la fe, en tanto no se ponga el manto teocrático, podrá asegurarse la lealtad del creyente, aunque limitada y condicional. Sólo cuando el estado temporal pretende en último término dirigir el destino del ciudadano más allá de dahr o dunya, (usurpando así la autoridad del Profeta) pierde su derecho a la obediencia. Un falso imán es más peligroso que un falso sultán.

La proclamación de la verdad eterna de la fe y la lucha por el deleite del alma, sin embargo, no son una renuncia a la media verdad de la Ciudad. Simplemente son mantener la autoridad moral de la verdad revelada, y su consiguiente conciencia religiosa, sobre el poder coercitivo del orden político. En la medida en que el problema de crear la paz en la Ciudad no signifique abolir la búsqueda por el significado de la existencia, en la misma medida el método democrático no agota la búsqueda religiosa de la verdad. En consecuencia, aun cuando la fe religiosa del Islam y la metodología política de la democracia han sido presentadas como enemigos mortales por los extraviados campeones de la piedad religiosa y los autonombrados guardianes del «orden mundial», ellas pueden, y en verdad deben, coexistir. Y esta cohabitación debe tener lugar no sólo dentro de los estados Musulmanes, sino asimismo en el seno de la emergente Ciudad Global de la humanidad.

S. Parvez Manzoor

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CS #116 – Delta partido

Cartas

La gente que hace escenarios generalmente presume que el futuro es un abanico, un área continua limitada por bordes con lo imposible. No lo es. Se parece más a un árbol, ramificado, o a un delta fluvial, que es más cambiante. No todo lo que está dentro de límites de imposibilidad es posible.

El futuro es más como nuestra mano, un delta de cinco dedos. Si la abrimos y extendemos máximamente el pulgar y el meñique podemos ver los mayores espacios entre los dedos, donde no hay ya mano. Los futuros posibles no son muchísimos; en realidad son siempre sólo unos cuantos.

Supongamos que fuésemos una organización—por ejemplo, un partido político—que trajese una trayectoria descendente y sintiese que hoy se encuentra en tan grave condición que hasta su propia existencia se pone en duda. O simplemente supiésemos que lo que pensamos hacer probablemente no sería suficiente. ¿Cuál sería el delta de nuestro futuro?

Consideremos cinco cauces de ese delta, como los dedos de una mano. Cinco caños de desagüe de nuestra historia. Y cada uno tiene un nombre.

Caño Extinción. Ni siquiera llega al mar. Se seca antes. La organización desaparece, y más bien pronto. Es el cauce de las organizaciones que insistirán en hacer algo no demasiado diferente de lo que han venido haciendo. Puede que todavía sus estertores se repitan por un tiempo, pero en verdad se trata de un caño de futuro más bien corto.

Caño Insignificancia. Si la organización emprende un esfuerzo considerable en hacer, en el fondo, más de lo mismo, o aun si cambia significativamente, pero en dirección insuficiente o errónea, puede que logre mantenerse viva, pero con escasa influencia e importancia. Es posible durar décadas enteras haciendo cosas que ya no hacen diferencia. A lo mejor algún ejecutivo del tipo yuppie convence a la organización de alguna doctrina gerencial de última moda y por un tiempo parece lograr resultados, aunque el problema real sea más profundo que meramente de gerencia.

Caño Fusión. En este caso la organización se funde o federa con otra u otras, sin mucho cambio direccional, en mera consolidación de capitales pobres. Si se llega a constituir una nueva organización con esa alianza, entonces pudiera haber una redefinición que le permitiera hacer algo significativo.

Caño Descendencia. La organización podría fundar otra u otras organizaciones, que serían distintas de un partido, puesto que no tendría sentido que un partido fundara un partido. Los hijos son distintos de los padres, aun los más parecidos. Por ejemplo, fundar un instituto, una universidad, una cooperativa, etcétera. Después morir, como los padres suelen hacer. Los hijos llevarán algunos rasgos de sus padres, y es así como éstos se perpetuarían.

Caño Metamorfosis. Aquí la organización ha decidido mutar. Se ha percatado de que no puede seguir siendo la misma cosa porque el mundo en el que nació ya no existe. Entiende que debe sustituir sus paradigmas por otros, que debe suplantar sus reglas de operación con otras y tiene el valor de atreverse a hacer metamorfosis, a convertirse en algo distinto. Es quizás el futuro más exigente, pero también el más eficaz, modesto y sabio.

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Es ante este delta que los partidos menguados aún sobrevivientes en Venezuela se encuentran. No se trata de una disyuntiva sino de una pentayuntiva. Pero no tienen otros futuros que ésos. Apartando el MVR, que padece enfermedad diferente—una obesidad complacida—todos los demás partidos del país están amenazados de extinción, incluidos los de data más reciente, y en particular ése que insiste en presentarse como «el único» que el gobierno temería. Esta inmodesta caracterización puede rendir beneficios a corto plazo, sobre todo ante unos financistas de bolsillo exhausto que ya no querrán mantener actores ineficaces. Pero tarde o temprano se hará evidente su insuficiencia.

El que más y el que menos han tenido ya suficiente exposición pública, suficiente historia, como para saber que el alma venezolana, que tan ansiosa está de liderazgo idóneo, no ha sido cautivada por sus propuestas. Es ésa la insuficiencia que debe ser reconocida.

Los más jóvenes no han tenido mucho tiempo para dañar irreversiblemente su reputación, cualquiera que ésta sea, sobre todo si no han formado parte de gobiernos. Pero el problema no es su actual o eventual negatividad. La cuestión es la insuficiencia de su positividad. Cualquier partido convencional—y como ha señalado esta carta antes, todos los partidos venezolanos, incluido muy especialmente el MVR, son convencionales—que pretenda—en razón de su historia larga o, por lo contrario, porque sea nuevo, candidato al papel de «generación de relevo»—que en su actual configuración y desde sus actuales marcos conceptuales puede ser «el partido del futuro», verá frustrada su ensoñación y oscilará, esta vez sí ante una disyuntiva, entre la extinción y la insignificancia.

Por supuesto, queda el camino de la innovación radical, el caño de la Invención. Hacer un nuevo tipo de organización política desde cero. Amanecida en Navidad.

Hace unos años, cuando una comisión bicameral del extinto Congreso de la República, presidida por el tocayo tocayo Luis Enrique Oberto, se afanaba en una posible reforma de la constitución de 1961, e iba ya por una lista de más de un centenar de posibles modificaciones, un venezolano lúcido, Humberto Peñaloza, recordaba a su maestro de primaria, a quien si los alumnos le presentaban una plana con más de cinco errores, les obligaba a repetirla enteramente de nuevo. Así escribió, poco antes de que el «proyecto Oberto» fuese concluido, en «Lo democrático es consultar a la ciudadanía»: «Si nuestra Constitución, con apenas 31 años de vigencia, requiere ya de noventa reformas para ‘perfeccionar’ materias que a todas luces deben ser modificadas a fondo, mejor es que la escribamos de nuevo, con nuevos enfoques y nuevas aproximaciones a las realidades del país y de su entorno geopolítico, económico, socio-cultural, militar, administrativo y ecológico. Tarea, eso sí, para nuevas mentalidades y nuevas escuelas de pensamiento».

La claridad de Peñaloza era meridiana. No hablaba de tarea para juveniles. Hay mucho joven de inclinación más bien conservadora, propenso a la ortodoxia, a lo canónico. La modernidad que exigía Peñaloza era de mentalidades, de «escuelas de pensamiento».

Exactamente el mismo es el problema de los partidos residuales tras la lección del 31 de octubre. No les bastarán cambios que no pasen de ser apósitos puntuales, paños calientes. La cantidad de cambio que les daría posibilidad de trascendencia es grande.

Pero tal cosa no tiene porque ser traumática o castrante. Si en la biografía de todo ser humano hay máculas vergonzantes que preferiría no recordar, así mismo ocurre con las organizaciones de los hombres. Y si no se debe congelar a nadie en su pasado, porque sería atentar contra su libertad—es decir, contra su posibilidad de cambio—del mismo modo no puede negarse a una organización valiente, por más dañada que esté su reputación, su posible intención metamórfica. La regeneración es difícil pero posible.

Hace treinta años una inteligente y bella dama intentaba enseñarme, desde su amor y porque creía que me autoflagelaba demasiado, que uno debía aprender a «encogerse de hombros ante uno mismo», aprender a perdonarse a uno mismo. Lo que no puede hacer uno es persistir tercamente en el error, ni disimular tal cosa mediante procedimiento cosmético. Nuestros partidos, todos, son candidatos a una extensa y profunda cirugía plástica. Si prefieren evadir tal operación reconstructiva es bueno que sepan que morirán o, en el mejor de los casos, que vivirán en la indigencia.

LEA

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LEA #116

LEA

Consummatum est. Es realmente triste la promulgación de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, que pone en manos de una discrecionalidad oficialista propensa al totalitarismo, la capacidad de destruir iniciativas libres en medios de comunicación, o al menos de amordazarlas con amedrentamiento. El cepo se ha cerrado.

Ahora bien ¿era esto evitable?

Muchos gobiernos anteriores a éste intentaron regular el comportamiento de la industria de la radio y la televisión. Carlos Andrés Pérez, en su primer gobierno, consideró el llamado Proyecto RATELVE, que fue ferozmente combatido y con éxito por los medios privados. Su líder ostensible fue el profesor Antonio Pasquali, autoridad en temas comunicacionales, en ese entonces considerado un engendro del demonio que pretendía atentar contra la libertad de expresión, y ahora bienvenido por esos mismos medios porque es un decidido opositor a esta ley de los cuatro nombres.

Luis Herrera Campíns introdujo las limitaciones a la publicidad de bebidas alcohólicas y cigarrillos en radio y televisión—lo que no impidió que se vendiera cerveza bajo el eufemismo de malta—y el segundo gobierno de Rafael Caldera presentó y perdió batalla en la que buscó imponer su concepto de «información veraz», ya no sólo en Venezuela, sino en el ámbito de toda la comunidad iberoamericana de países.

De modo más episódico y recóndito, el gobierno de Jaime Lusinchi presionó sin mucho escrúpulo a más de un medio de comunicación, y a la vuelta de Carlos Andrés Pérez éste reintrodujo los censores previos, que se desconocían desde los tiempos de Pérez Jiménez, a raíz del fracasado golpe chavista del 4 de febrero de 1992, en aras de la «seguridad del Estado».

Durante mucho tiempo una proporción importante de la ciudadanía creyó que los medios debían ser moderados—en el número anterior de esta carta se registraba cómo se expresó tal opinión en el II Encuentro de la Sociedad Civil, organizado por la Universidad Católica Andrés Bello en 1995—y en épocas betancurianas o leoninas un boicot de anunciantes buscó doblar la cabeza del diario El Nacional porque a su criterio había en su nómina de periodistas un exceso de plumas—o máquinas de escribir—izquierdistas.

Se trata, por tanto, de un forcejeo de larga data. (No siempre contra el gobierno). Y esta vez lo perdieron los medios de comunicación.

Algo así ocurrió con la idea de una constituyente. El Frente Patriótico abanderado por Juan Liscano procuró vender esa idea. La «Carta de Intención» de Rafael Caldera con Venezuela, de su campaña de 1993, llegó a considerarla. Pero ni el Congreso de ese tiempo acertó a reformar a fondo la constitución ni Caldera quiso convocar una constituyente, ni siquiera el referendo consultivo que Chávez luego convocaría. Por esto se pudo escribir al término del segundo gobierno del docto presidente: «Pero que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida»

¿Se habría evitado la «ley mordaza»—»ley de contenidos», «ley resorte», Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión—si in illo tempore los medios no hubieran sido tan suspicaces de Pasquali, o hubieran demostrado fehacientemente su voluntad de moderación? Otra vez, una pregunta retórica, de contestación imposible.

LEA

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FS #24 – Otra vez Alberto

Fichero

LEA, por favor

Dedico esta Ficha Semanal #24 de doctorpolítico a mis amigos Gerd Stern, Alberto Krygier, Yehezkel Dror, Mary Taurel, Mary Benarroch, Ricardo De Sola, Paulina Gamus, y a la memoria de Francisco y Pedro Pick. De ellos solamente uno vive en Israel. Por esto son particularmente apropiadas las palabras finales de Alberto Einstein en la ficha de hoy, sobre todo en estos momentos de temores e indignaciones hebraicas.

El par de Newton en la historia de la ciencia nació en 1879, el 14 de marzo. Para conmemorar la fecha la Comisión Internacional para la Enseñanza de la Física compiló y publicó en el año centenario el libro Einstein: A Centenary Volume, contentivo de más de cuarenta artículos acerca de la vida y obra del asombroso hombre. El volumen es un tesoro para los admiradores del genio, e incluye desde artículos semitécnicos hasta anécdotas que son una delicia.

Por ejemplo, Philipp Frank recuerda: «Otro día hablamos de un físico que tenía muy poco éxito en su trabajo de investigación. Por la mayor parte atacaba problemas que ofrecían tremendas dificultades. Aplicaba un penetrante análisis sólo para descubrir más y más dificultades. Para la mayoría de sus colegas no estaba muy calificado. Einstein, sin embargo, decía de él: ‘Admiro a este tipo de hombre. Tengo poca paciencia con científicos que toman un tablero de madera, buscan su parte más delgada y taladran un gran número de agujeros donde taladrar es más fácil'».

Pero siendo el libro un reflejo de las múltiples facetas admirables de Einstein, a la par de lo científico conseguimos en él referencia a su relación con lo artístico, lo religioso, lo político. Para una mente que con la mayor naturalidad, y un travieso respeto, hablaba de Dios para involucrarlo en sus disquisiciones física—Raffiniert ist der Herr Gott, aber boshaft ist er nicht—la involucración con la historia y las pasiones de su tiempo era asimismo natural.

Es bastante conocido el hecho de que se hubiera ofrecido a Albert Einstein la presidencia de un renaciente Estado de Israel, cosa que declinó desde su profunda sabiduría. De todos modos, el gigante fue decidido y elocuente partidario de la meta sionista. En el volumen mencionado se incluye un trabajo de Gerald E. Tauber, Einstein y el Sionismo, de cuyos primeros párrafos está compuesta la ficha #24.

LEA

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Otra vez Alberto

La preocupación por el hombre mismo y su destino debe formar siempre el interés principal de toda empresa técnica. Nunca olviden esto en medio de sus diagramas y ecuaciones. (Einstein, Mein Weltbild).

Fue ésa la preocupación que distinguiera a Einstein entre los grandes científicos, un hombre que hablaba abiertamente a favor de sus creencias y principios, y que tomaba sus obligaciones hacia la sociedad con seriedad y jamás olvidó a su pueblo y sus aspiraciones.

Einstein pasó su juventud en un hogar judío pero muy poco religioso. Asistió a la escuela primaria católica local, por ser más barata y cercana que la distante escuela privada judía. No obstante, su educación judía no fue descuidada y recibió lecciones privadas, de modo que desde temprana edad pudo familiarizarse con las enseñanzas de tanto Moisés como Jesús. El antisemitismo no era extraño a Einstein y sus contemporáneos y, como escribiera más tarde (ver Hoffmann, ‘Einstein y el Sionismo’) «Los asaltos físicos y los insultos eran frecuentes camino a la escuela, aunque no realmente maliciosos. Aun así, sin embargo, fueron suficientes para confirmar, incluso en un niño de mi edad, un vívido sentimiento de no pertenencia».

A pesar de esto, no fue sino hasta que Einstein se convirtiera en profesor en Praga en 1911 cuando entró en contacto con judíos—que vivían y pensaban como judíos—y comenzó a entender los particulares problemas que les afligían. También allí se puso en contacto con sionistas que formaban «un pequeño círculo de entusiastas filosóficos y sionistas más o menos agrupado en torno a la universidad» (ver Frank, Einstein, su vida y su tiempo), pero en esa época no estaba interesado en los problemas del judaísmo en términos mundiales.

«La búsqueda del conocimiento por sí mismo, un amor casi fanático por la justicia y el deseo de independencia personal, son los aspectos de la tradición judía que me llevan a agradecer a mis estrellas por pertenecer a ella». (Ver Einstein, ‘Ideales judíos’, Mein Weltbild).

En Alemania, aun más que en Praga, Einstein se percató de que el antisemitismo no podía ser combatido por la asimilación, sino que tendría que ser combatido con más conocimiento.

«Antes de que podamos combatir eficazmente el antisemitismo, debemos primero que nada educarnos a nosotros mismos a salir de él y de la mentalidad esclava que presagia. Debemos tener más dignidad, mas independencia en nuestras propias filas. Sólo cuando tengamos el coraje de vernos a nosotros mismos como una nación, sólo cuando nos respetemos a nosotros mismos, podremos ganar el respeto de los otros; o más bien, el respeto de los otros vendrá por sus propios pasos…» (Ver Einstein, ‘Asimilación y nacionalismo’).

Tampoco mostraba mucha paciencia para con la Asociación Central de Ciudadanos Alemanes de Persuasión Judía, que trataba de vender el judaísmo como mera persuasión religiosa:

«Cuando me tropiezo con la frase ‘Ciudadanos Alemanes de Persuasión Judía’ no puedo evitar una sonrisa melancólica. ¿Qué significa realmente esta pomposa descripción? ¿Qué es esta ‘persuasión judía’? ¿Existirá entonces una clase de no persuasión en virtud de la cual uno cesa de ser judío? No la hay. Lo que la descripción realmente significa es que nuestros beaux esprits están proclamando dos cosas: primero, que no deseo tener nada que ver con mis pobres hermanos judíos; segundo, que deseo ser visto no como un hijo de mi pueblo sino sólo como miembro de una comunidad religiosa. ¿Es esto honesto? ¿Puede un ‘ario’ respetar a tales hipócritas? No soy un ciudadano alemán, ni hay nada en mí que pueda ser descrito como una ‘persuasión judía’, pero soy un judío, y estoy contento de pertenecer al pueblo judío, aunque no le tenga por ‘elegido’. Dejemos el antisemitismo a los no judíos, y mantengamos el calor en nuestros corazones para nuestros parientes y allegados». (Ver Einstein, ‘Asimilación y nacionalismo’).

Quizás no deba sorprender entonces que Einstein fuese luego atraído por el sionismo. En 1897 Teodoro Herzl, el periodista austriaco y autor de «Judenstaat», había lanzado el sionismo político en el Congreso de Basilea que resolvió «asegurar para el pueblo judío un hogar en Palestina garantizado por el derecho público». En 1917 ese sueño pareció convertirse en realidad cuando el gobierno británico emitiera, a través de su Ministro de Asuntos Exteriores Lord Balfour, la llamada Declaración Balfour, por la cual «el gobierno de Su Majestad ve con favor el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y empleará sus buenos oficios para facilitar el logro de este objeto…» Después del cese de hostilidades Palestina se convirtió en territorio de mandato británico bajo la Liga de las Naciones, y Gran Bretaña fue comprometida a la instrumentación de su promesa, una instrumentación que tomaría treinta años y muchas confrontaciones sangrientas y guerras.

Entretanto el movimiento sionista, cuyo cuartel general se había mudado, luego de la muerte de Herzl en 1904, de Viena a Alemania (primero a Colonia y finalmente a Berlín en 1911), trató de atraer judíos prominentes a sus filas. Einstein, naturalmente, estaba entre los posibles candidatos, aunque en esos momentos todavía no gozaba de la fama mundial que resultaría de la verificación experimental (por eclipse solar) de la relatividad general. Al principio Einstein, el oponente del nacionalismo, fue tibio hacia la idea de un hogar nacional para los judíos, pero luego llegó a convencerse de la necesidad de un hogar nacional judío. En una de sus muchas discusiones con Kurt Blumenfeld, un líder sionista, dijo así: «Estoy contra el nacionalismo pero a favor del sionismo. Hoy la idea se me ha hecho clara. Cuando un hombre tiene dos brazos y se la pasa diciendo que tiene un brazo derecho, es entonces un chauvinista. Sin embargo, cuando falta el brazo derecho deberá entonces hacer algo para compensar el miembro faltante. Por tanto soy, como ser humano, un opositor al nacionalismo. Pero como judío soy desde hoy un defensor de los esfuerzos sionistas judíos».

Una vez que Einstein se hubo convencido de la corrección de su decisión se convirtió en un franco defensor, como con toda causa que abrazara.

«Soy un judío nacional en el sentido de que exijo la preservación de la nacionalidad judía como la de cualquiera otra. Considero la nacionalidad judía como un hecho, y creo que todo judío debiera sacar conclusiones definitivas en cuestiones judías sobre la base de tal hecho. Contemplo el crecimiento de la propia afirmación judía como del interés de no judíos así como de judíos. Ése fue el motivo principal para mi afiliación al movimiento sionista. Para mí el sionismo no es meramente un asunto de colonización. La nación judía es un ser vivo, y el sentimiento del nacionalismo judío debe desarrollarse tanto en Palestina como en cualquier otro lugar. Negar la nacionalidad de los judíos en la Diáspora es, en verdad, deplorable. Si uno adopta el punto de vista de confinar el nacionalismo étnico judío en Palestina, entonces para toda intención y propósito niega uno la existencia de un pueblo judío».

Gerald E. Tauber

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LEA #115

LEA

No es secreto para nadie que la dinámica más resaltante en la política venezolana de hoy es la que se iniciara el 18 de noviembre con el atentado al fiscal Anderson y sus secuelas, incluyendo muy especialmente las numerosas actuaciones policiales del gobierno en busca de culpables. No es la única, por supuesto. Como es característico de su estilo estratégico, el gobierno desata ataques simultáneos sobre distintos puntos: una ley para controlar los medios radiotelevisivos que en su tiempo de periodista habría rechazado José Vicente Rangel (como consta de sus escritos); un recurso de revisión de la sentencia en Sala Plena Accidental del TSJ que absolviera al general Vásquez Velasco et al.; citaciones al por mayor; nombramiento de supremos jueces; etcétera.

Por lo que respecta a la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, diversos factores externos—incluyendo Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos—han expresado grave preocupación y reserva, pero internamente ha sido imposible, a una oposición pulverizada y pendiente del barrage de actuaciones de la Fiscalía General de la República y los cuerpos policiales, impedir la aprobación del nuevo y estratégico mecanismo de control. Por esto ha surgido la idea de intentar un referendo abrogatorio, al menos parcial, de la ley.

Aquí habría que preguntarse si la susodicha ley cuenta con un apoyo mayoritario en la ciudadanía. Me temo que éste es el caso, por lo que los promotores de un hipotético referendo abrogatorio tendrían no sólo que convocarlo (con el apoyo de 10% de los electores), sino que convencer a los ciudadanos de la inconveniencia de la ley. Esto es ¿estamos seguros de que una mayoría nacional rechaza la susodicha ley? ¿No estará una mayoría a favor de la misma, así como nos asegura Luis Vicente León que todas las encuestas actuales muestran un apoyo mayoritario al gobierno y tal como todas las encuestadoras serias predijeron un triunfo gubernamental el 15 de agosto? En 1995 se celebraba en los predios de la Universidad Católica Andrés Bello el II Encuentro Nacional de la Sociedad Civil, dedicado al tema Medios de Comunicación y Responsabilidad Ciudadana. En sus actas consta cómo un cierto manifiesto, firmado por más de seis mil ciudadanos valencianos y presentado al evento, concluía ya para esa época con la siguiente recomendación: «Corresponde al Estado velar por el resguardo de la integridad individual de sus ciudadanos y, en tal sentido, exhortamos al Ejecutivo Nacional a ejercer un verdadero control, dirección y vigilancia de las concesiones e impedir aquellas formas de expresión que transmiten imágenes reñidas con la moral colectiva, bajo la falsa premisa de una ilimitada libertad de expresión».

En cuanto al festín policial de estos días, tampoco han servido de mucho las lúcidas voces que han protestado los evidentes excesos y la violación de procedimientos legales. Entre las más claras advertencias ha estado la del Dr. Hermann Petzold-Pernía, que desde el diario La Verdad de Maracaibo ha recordado una certera admonición de Benjamín Constant: «El pueblo no tiene el derecho de golpear ni a un solo inocente, ni de tratar como culpable a un solo acusado, sin pruebas legales. Él no puede, pues, delegar un derecho semejante en nadie. El pueblo no tiene derecho a atentar contra la libertad de opinión, contra la libertad religiosa, contra las salvaguardas judiciales, contra las formas protectoras. Ningún déspota, ninguna asamblea puede, por consiguiente, ejercer un derecho semejante, diciendo que el pueblo lo ha revestido con éste (…). Pues se arroga, en nombre de la soberanía del pueblo, un poder que no está comprendido en esa soberanía, y no es solamente el desplazamiento irregular del poder lo que existe, sino la creación de un poder que no debe existir».

Es verdaderamente lamentable que el evento Anderson parezca haber destruido un cierto germen de buenas intenciones surgidas en el gobierno justo después de las elecciones del 31 de octubre. Seis días antes del asesinato horrendo del fiscal caballito de batalla, decía Hugo Chávez a los alcaldes y gobernadores «del proceso», reunidos en el teatro de la Academia Militar: «No nos creamos dueños de la verdad. El sectarismo es uno de nuestros males, es una de las amenazas que llevamos nosotros por dentro. En vez de condenar a los que votaron por el Sí hay que convencerlos». Pero su policía no convence.

LEA

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