por Luis Enrique Alcalá | Abr 25, 2010 | Fichas, Política, Terceros |

Ramón Ovidio Pérez Morales
El documento abajo transcrito deslumbra por su claridad, asombra por lo completo y concentrado, sobrecoge por su valor. Dentro de la extensa literatura política venezolana de la última década, ningún otro texto se le compara en esas cualidades. Franco y contundente, constituye la más firme denuncia de un régimen que pretende imponer su voluntad en Venezuela desde un autoritarismo excluyente y ventajista.
Su autor es el Arzobispo Monseñor Ramón Ovidio Pérez Morales, Obispo Emérito de Los Teques, antes Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana y el Concilio Plenario de Venezuela, primero en el orden del linaje episcopal o sucesión apostólica del país. Monseñor Pérez Morales, nacido en Pregonero, escribió este pregón a título enteramente personal. Es la persona, es el ciudadano, quien habla antes que el obispo. Sus líneas no comprometen oficialmente a la Iglesia Católica de Venezuela, pero sí a la conciencia de su gente libre. LEA
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¡PRESIDENTE, VUELVA AL CABILDO!
La interpelación a Emparan
El 19 de abril de 1810, cuyo bicentenario acabamos de conmemorar, Francisco Salias, interpretando la voluntad popular, conminó al Capitán General Vicente Emparan a volver al Cabildo, máximo cuerpo representativo de la ciudadanía en ese momento. El Ayuntamiento había sido convocado para resolver la confusa situación nacional, a raíz de la crisis de poder originada en España por la intervención napoleónica. Emparan había sido invitado a la reunión capitular y conocía la finalidad de la misma; pero quiso evadir una decisión y por ello se dirigió a la Catedral para asistir a la celebración litúrgica del Jueves Santo.
El Ayuntamiento, además de sus miembros, congregaba en esos momentos a diputados, delegados, de diversos sectores de la ciudadanía, acompañados por una creciente aglomeración popular. Se tenía así una asamblea, la cual, en esa circunstancia, debía abordar la suerte política de Caracas y Venezuela, y, como se percibía en el ambiente, decidir sobre su identidad y futuro como pueblo soberano.
El volver al Cabildo, por parte del Capitán General, significaba enfrentar con realismo la desafiante situación, y responder, con receptividad y lucidez, a las profundas e ineludibles aspiraciones de libertad y autonomía de la Provincia de Caracas y de gran parte de la Nación. El margen de maniobra de Emparan era estrecho, pero su mejor opción no consistía en eludir responsabilidades, sino en enfrentar la crisis y favorecer una salida, la menos traumática posible para todos.
El Cabildo estaba consciente de que la agenda de ese día no la ocupaban intereses simplemente de un estrato determinado de la población o problemas sólo sectoriales por grande que fuesen. Lo que estaba sobre el tapete era cómo recoger, dándoles forma institucional, los anhelos y propósitos autonómicos de un vasto conjunto humano, que el Acta de la Independencia denominaría, al año siguiente, como “la Confederación americana de Venezuela en el continente meridional”. El cuerpo capitular reflejaba y representaba, con acierto y limitaciones, un sentimiento unitario nacional. Se estaba en una etapa germinal y este sentimiento debía traducirse ulteriormente en estructuras socio-económicas, políticas y culturales coherentes con una verdadera unidad. En ese momento, en efecto, persistían discriminaciones y exclusiones, no sólo de hecho, sino también de derecho (afirmación que, a doscientos años de distancia podemos repetir con humildad y reconociendo pecados actuales).
A propósito de estos hechos es oportuno traer aquí a colación lo expresado por la Conferencia Episcopal Venezolana en su reciente carta pastoral sobre el Bicentenario: “…entre el 19 de Abril de 1810 y el 5 de Julio de 1811, los fundadores de la Patria tomaron la difícil decisión de formar la República de Venezuela y proclamaron un hermoso sueño nacional, conscientes de la grandeza del mismo, del sacrificio que implicaba, así como de las limitaciones para llevarlo a cabo”. (No. 4).
“Tanto el 19 de Abril como el 5 de Julio—señala este documento—fueron dos acontecimientos en los que brilló la civilidad. La autoridad de la inteligencia, el diálogo, la firmeza y el coraje no tuvieron que recurrir al poder de las armas o a la fuerza y a la violencia. La sensatez en el intercambio de ideas y propuestas respetó a los disidentes y propició el anhelo común de libertad, igualdad y fraternidad”. (No. 5). Más allá de la ambivalencia de aquellos acontecimientos, y posteriores procesos, el gran resultado tangible fue nuestro nacimiento como país independiente y la voluntad “…de lograr formas de convivencia y libertad para toda persona sin exclusión… aspiración primordial, pero imperfecta”. (No. 9).
Doscientos años después
En verdad, la Venezuela que conmemora su Bicentenario reconoce los límites de aquel sueño y esa aspiración, pues si “de derecho todos estaban incluidos en la esperanza y en la bendición de Dios, invocada para… una forma de convivencia que… fuera ámbito de vida, de libertad y de dignidad para todos, de hecho… la gran mayoría de los sectores populares quedó excluida”(id.), pero, además, tras comenzar en 1998 “…un proyecto… de ‘refundar’ la República… [cuya] ambición no sólo toca el tejido material y organizativo… sino también y, sobre todo, afecta el fondo íntimo, espiritual, del alma nacional” (id. 20), la Patria es hoy, en primera instancia, un país desgarrado, que se desangra e involuciona. Decir esto no significa en modo alguno ser “profeta de lamentaciones y desgracias” e ignorar la positividad tanto del existir mismo de la comunidad nacional en cuanto crisol de razas y pueblos, como de los valores y logros que registra el haber de su peregrinaje. Significa, sí, rememorar responsablemente, dar un aldabonazo a la conciencia de todos mis hermanos para un “despierta y reacciona”, ante la grave crisis que nos amenaza e interpela.
Sin pretender, obviamente, ser exhaustivo, expongo algunos elementos sobresalientes de esa crisis:
1. Venezuela, en efecto, ya no es una como sueño ni una como experiencia de convivencia. Por motivos ideológico-políticos se la ha dividido artificialmente, Por lo menos a la mitad se la califica de apátrida y hasta de antipatriótica, decretándosela excluida del goce pleno de los derechos ciudadanos. ¿Cómo se va a celebrar festivamente, en democracia, el cumpleaños de una República cuya unidad se niega? Ya no se la considera la casa común que soñaron los fundadores, amplia, acogedora, tolerante, pacífica, fraterna, sino el recinto cerrado, exclusivo, único, de una secta maniquea. No ya la gran familia sino un ámbito inclemente de rechazos, y de apartheid superado en otras latitudes. ¡Los Derechos Humanos no son ya de todos los humanos!
2. Venezuela tampoco es ya plural. No se quiere que sea el hogar de un pueblo variado, multicolor, multicultural, donde los diferentes y también los díscolos tienen su lugar. A pesar de que en el Referéndum de 2007 se dijo “no” a la propuesta de convertir la República en un “Estado Socialista”, porque contradice a “la Constitución, y a una recta concepción de la persona y del Estado”—Conferencia Episcopal Venezolana, 19 de octubre de 2007—, se persiste, desde el Poder, en la desobediencia manifiesta al mandato referendario y en la imposición, mediante hechos y “leyes”, de un tal sistema. La Constitución, en efecto, está siendo violada; más aún, no se oculta su interpretación y utilización como simple función del proyecto “socialista”, distorsionándola radicalmente. Está así en juego, obviamente, la legalidad del régimen. El proceso de dependencia de los poderes de uno solo, de estatización global, de centralismo nominalmente comunitario, de hegemonía masificante, acelera su marcha en los distintos campos de lo económico, lo político y lo ético-cultural. La democracia es, por el momento, soportada, pero está acosada, paulatinamente, por un voluntarismo “revolucionario” de vocación autocrática y “mesiánica”, y de desconocimiento o desvirtuación del derecho del hombre.
3. Venezuela ya no es ámbito de vida. Somos un país en monstruosa hemorragia culpable. Ocupamos lugar destacado en el mundo en materia de violencia y criminalidad. Nuestras calles son escenario de incontrolada delincuencia e impunidad; nuestras morgues, abarrotados lugares de doloroso compartir; nuestros juzgados y tribunales, recintos de injusticia por corrupción de venalidad o politización; nuestras cárceles recintos de inhumanidad, antítesis de reeducación, antesalas de muerte. Todo esto no era totalmente inédito, pero se ha exacerbado exponencialmente, al tiempo que el gobierno, de palabra y obra, siembra violencia cuando descalifica, injuria, amenaza y discrimina; cuando exhibe y acrecienta su arsenal bélico, radicaliza la militarización de la población y acentúa la represión de la disidencia. El lema “Patria, socialismo o muerte” es la correspondiente consigna militarista necrófila, de trágicas memorias históricas. No faltan quienes ante la galopante e irrefrenada inseguridad se plantean el interrogante de si ella no correspondería a una política de Estado, tendiente a que muerte y miedo conduzcan a una parálisis que facilitaría la sumisión de la ciudadanía.
4. Venezuela ya no es una nación en “vías de desarrollo. Tenemos un petrocapitalismo de Estado, con liberalidades selectivas hacia afuera y populismo dentro. Motivos ideológico-políticos y el afianzamiento del poder privan sobre las verdaderas necesidades y aspiraciones de la población. Todo ello, unido a una ineficaz, ineficiente y dolosa gestión, está llevando a la caída de la producción nacional, del abastecimiento y del consumo, agravada por crisis inéditas previsibles en los servicios eléctrico e hídrico, configurando un cuadro de carencias y dependencia, objetivamente funcional también al “Proyecto” de concentración y control.
5. Venezuela ya no es respetada en su alma e identidad. La subjetividad y centralidad, la moralidad y espiritualidad de la persona humana se diluyen, para privilegiar la base material productiva y lo simplemente colectivo-estructural, literalmente “alienantes”. Se habla de refundar el país. ¿Sobre qué valores? El “socialismo del siglo XXI” (de creciente referencia marxista-leninista y con confeso modelo castro-comunista) se erige como fin y criterio supremos; se absolutiza y sacraliza la “Revolución”, hecha régimen establecido, convirtiéndola en norma definitiva de lo verdadero y lo bueno. Y todo esto tiende a personificarse en el líder máximo, inobjetable, inapelable, insustituible, omnipotente. En este marco se reformulan los símbolos, se rehace la memoria histórica y se decreta alianzas o mancomunidades con otros Estados, al margen de sentimientos nacionales y populares; se monopoliza la comunicación social, se reestructura la educación, la mentira se hace anti-cultura, se redefine el arte, se instrumentaliza lo religioso.
Volver al Cabildo
A partir de esta celebración del Bicentenario del 19 de abril, considero, pues, un urgente deber de conciencia, como ciudadano, creyente y obispo, retomar la interpelación de Francisco Salias e instar al comandante Hugo Chávez Frías: ¡Ciudadano Presidente, “vuelva usted al Cabildo”!
Le hago este llamado, con el debido respeto a la investidura y a la función, pero también con la claridad y la sinceridad que me exige, desde mi fidelidad a Dios y a mi conciencia, el servicio a Venezuela. Lo hago con esperanza creyente, sabiendo que Dios nos ama a todos, sin excepción, y nos ayuda en cualquier circunstancia a rehacer caminos para el mayor bien de nuestro prójimo. Lo hago también sin juzgar intenciones—cosa que sólo a Dios corresponde—ni considerarme sin responsabilidad respecto de los males que sufre el país. Lo hago, finalmente, sin pretender infalibilidad en mis apreciaciones. Sólo quiero y debo servir.
¿Qué significa hoy “volver al Cabildo”? Ante todo, no se trata de una vuelta “mecánica o anacrónica” a formas u organismos desaparecidos o históricamente datados, sino fidelidad creadora, memoria crítica, despertar consciente, sueño esperanzador.
En pocos puntos le sintetizaré lo que entiendo por ello.
1. Volver a la unidad de la Patria. Esta unidad no podría ser pseudo-armonía etérea o bucólica, tampoco uniformidad monolítica ni homogeneidad masificadora, asfixiantes, sino compartir plural, diversificado. Esto obliga a promover la efectiva participación de todos, individual y grupalmente considerados; a impulsar la solidaridad que integra, así como la subsidiaridad que estimula y conjuga la actividad de los cuerpos sociales intermedios, articulándola con la tarea que corresponde al Estado, en aras del bien común y de su punto culminante: la paz en la justicia y la verdad. Esto recuerda y exige, en lo concreto y cercano, saldar una deuda pendiente con nuestra memoria histórica integral y una responsabilidad con hombres y mujeres reales caídos, mutilados, exiliados, presos o absueltos, convocando a una “comisión de la verdad” sobre los sucesos de Abril 2002. Tarea prioritaria de un Presidente es, en efecto, buscar la cohesión, la confraternidad de todos los ciudadanos, por encima de distingos de cualquier género, con miras a un trabajo corresponsable y compartido para lograr el progreso material, moral y espiritual de la Nación. El Primer Magistrado lo es de todos los venezolanos, no de un “proyecto”, ideología o partido, sino de una sola y misma patria. Nada debe estar más presente en la función presidencial que la prédica y acción convocantes, congregantes, a todos, de quienes es, a la vez, mandatario y servidor (y quienes, si pragmáticamente a ver vamos, son también contribuyentes que pagan los gastos presidenciales).
El retorno a la unidad es volver a la gente con miras a una convivencia ciudadana, viva y polícroma. Esto implica romper el encierro y la polarización en el yo, una idea o la secta. Liberar al país del símbolo por antonomasia de toda hegemonía oficial, y que arbitrariamente secuestra el tiempo y la privacidad del pueblo soberano: las “cadenas”. Abrirse al compartir ciudadano y a las preocupaciones de la entera comunidad; al diálogo sereno y a la discusión respetuosa, que tendrían expresión simbólica en una impostergable iniciativa de reconciliación nacional y en el debate civilizado de un “cabildo” (Asamblea, Gobernaciones, Alcaldías, Comunas) multicolor.
2. Volver a Venezuela como ámbito de vida. Recordemos que el primer instinto es el de conservación y el derecho primordial humano es el de la vida. La primera tarea de una sociedad es la de preservar y resguardar la supervivencia de sus miembros. El primer deber de un Estado es asegurar y favorecer la salud física, mental y moral de sus ciudadanos. De allí lo necesario y urgente de promover una cultura de la vida, frente a la proliferación y arraigamiento en muchas formas de una anticultura de muerte. En documento sobre La violencia y la inseguridad publicado a raíz de su última asamblea plenaria, el Episcopado expresó lo siguiente: “Es un deber de la ciudadanía exigir a los poderes del Estado, principalmente al gobierno, que cree las condiciones necesarias para que el derecho a la vida, a la integridad física, a la protección a la propiedad, al libre tránsito, entre otros, sean derechos al alcance de todos. Actualmente, la respuesta ante la violencia social es el miedo, que nos lleva a encerrarnos y a protegernos, a desconfiar de todos. Sálvese quien pueda y como pueda, parece ser la consigna ante un Estado indolente y cómplice” (No. 12). Volver a la vida es asumir prioritariamente y con decisión la defensa de la vida integral de los venezolanos, de todos los compatriotas hastiados de la delincuencia, irreductibles ante la impunidad, militantes contra toda prepotencia que descalifica y excluye, que pretende penalizar expresiones legalmente reconocidas o descalificar reclamos judicialmente garantizados. Volver a la vida es reconocer al otro como persona, creado a imagen y semejanza de Dios y portador, por tanto, de derechos inalienables; merecedor de respeto a su integridad física y moral, a la promoción y defensa de sus derechos inalienables, a la solidaridad con él, especialmente si es pobre y necesitado; es trabajar por la fraternidad y la paz, sobre el fundamento de la verdad y del bien. A quien preside la República le toca en esta tarea una responsabilidad de primer protagonismo. De allí que le corresponde acercarse con amorosa sencillez a las personas concretas, con sus logros y frustraciones, sus alegrías y tristezas, sus derechos humanos inalienables, su anhelo muy sentido de vivir en paz y seguridad, sin un continuo sobresalto y zozobra, y una permanente y agotadora confrontación verbal de tono militarista y nihilista, e iniciativas sociales con proclamas belicistas.
3. Volver al progreso en el marco de la Constitución. El pueblo venezolano se la ha dado como expresión de su soberanía; ella ilustra y garantiza el Estado de Derecho para todos, la estabilidad jurídica de las instituciones y el bienestar integral de la Nación. La Constitución, establece, en su letra, el marco normativo tanto de la ciudadanía para el ejercicio de sus derechos y deberes, humanos y cívicos, como del Estado y de sus órganos, servidores de aquélla; y en su espíritu encarna el consenso fundamental de convivencia, el pacto social de principios y valores compartidos. Es necesario y urgente rescatarla, no sólo como “ley de leyes” y paradigma de toda legalidad, sino también para revalorizar la función humanizadora, radicalmente ética, del derecho. Según el artículo 2 de nuestra Carta Magna, “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”. Sobre estos principios fundamentales ha de construirse el progreso integral y compartido que requiere el país, el cual exige, además, la participación de todos los ciudadanos, grupos y entidades sociales, cuya iniciativa es indispensable acoger y promover, evitando exclusiones y sumando esfuerzos.
4. Volver a Venezuela. Apreciando sus raíces; haciendo memoria, crítica sí, pero fiel, realista y comprensiva, de su pasado; aceptando con humildad que somos herederos de “héroes y villanos”, no pretendiendo recomponer al arbitrio árboles genealógicos, practicar saltos antihistóricos ni violentar la biografía o el mensaje de los antecesores. No se puede pretender una refundación del país, pasando por encima de la identidad del pueblo; vaciando el alma nacional de sus vivencias espirituales y religiosas; minusvalorando el vecindario natural y la fisonomía cultural para priorizar extrañas alianzas; copiando modelos ideológico-políticos fracasados y lejanos a la idiosincrasia y a los verdaderos intereses venezolanos. Volver a Venezuela entraña también preocuparse ante todo por la propia Nación, no cayendo en aquello de “luz en la plaza y oscuridad en la casa”. La solidaridad internacional tiene que liberarse de tentaciones criptoimperialistas favorecidas por la potencia petrolera, de un lado, y recaídas neocolonialistas por sujeciones ideológicas, del otro. Venezuela es y ha de ser de todos como casa común y ámbito de acogida fraterna.
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“Volver al Cabildo” exige, de modo prioritario y patente, que asuma Usted su responsabilidad de Presidente de la República. Este delicado cargo implica la escucha y dedicación a todos los venezolanos, trabajando por su unión en pro del bien común nacional. Nada más contradictorio con ello, que la identificación, implícita o explícita—y, peor, cuando se la exhibe—con sólo un sector de la población, despreciando y marginando a los demás, con base en motivos ideológico-políticos, raciales, religiosos o de cualquier otro género. El Presidente lo es, de verdad, cuando respeta a los ciudadanos “no a pesar de”, sino “precisamente por” sus diferencias, conviviendo en la diversidad comprensible e inevitable de una sociedad democrática, pluralista. Cuando tiene el reconocimiento de todos: los que lo eligieron y los que no votaron por él o lo adversan, pero que, en todo caso, deben y necesitan percibirlo sensible, cercano, humano, como su Presidente. De otro modo, está en juego la legitimidad de su ejercicio como mandatario.
La “vuelta al Cabildo”, Ciudadano Presidente, no podría menos que acarrear al país la alegría del reencuentro de los venezolanos, con la esperanza de lógicos frutos: progreso compartido, vigencia de la justicia y el derecho, fraterna solidaridad, paz estable, cultura de civilidad.
Como cristiano pido a Dios por Usted, para que, superando obstáculos y no dejándose amilanar por dificultades, prejuicios e intereses, presentes y pasados, pueda contribuir eficazmente, desde su alta responsabilidad, a reencauzar a esta nación por el camino de la unidad, en la verdad y la paz, la cual Cristo Jesús enfatizó en la Última Cena, en perspectiva religiosa, como valor máximo, y Simón Bolívar subrayó, en su postrer mensaje, como condición de solidez y progreso de nuestros pueblos. ¡Señor Presidente, vuelva al Cabildo!
En Caracas, el 24 de abril de 2010

Firma autógrafa
R. Ovidio Pérez Morales
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 15, 2010 | Miscelánea, Terceros |

El prohibido padre Küng
La vida tuvo en muchas ocasiones a Joseph Ratzinger y Hans Küng como compañeros de ruta. A esto alude el último de los nombrados al comienzo de una carta que dirige a todos los obispos católicos del planeta, un documento que, si bien es crítico, no deja de ser respetuoso y, mejor aún, ofrece soluciones constructivas a la grave crisis que aqueja a la religión de Roma.
Ambos personajes fueron distinguidos, en 1962, con su nombramiento en calidad de peritos del Concilio Vaticano II, por parte de Juan XXIII, el Papa Bueno. Luego, es a Küng a quien Ratzinger debe la cátedra de Dogmática en la Universidad de Tubinga, pues le fue encargada tras la insistente campaña en su favor del gran teólogo suizo. Una estrecha cooperación entre ambos terminó cuando Ratzinger se mudó a Ratisbona después de las revueltas estudiantiles de 1968.
En 1971, Küng publicó una tesis contraria al dogma de la infalibilidad papal—¿Infalible? Una investigación—, la que le valió la supresión de su misión canónica ocho años más tarde. Aunque no fue excomulgado y hasta el día de hoy oficia como sacerdote, ya no podía enseñar en el carácter de teólogo oficial de la iglesia. De todas maneras, Küng siguió desempeñando en Tubinga la cátedra de Teología Ecuménica, y es Presidente de la Fundación Ética Global, una organización empeñada en el establecimiento de una moral de alcance planetario.
La importancia del documento escrito por Hans Küng induce a este blog a publicarlo completo. Mayormente, se sigue la traducción hecha por Jesús Alborés Rey para El País de Madrid, a la que se le ha corregido un error de cierta monta y hecho ajustes menores, además de restablecer un punto (relativo al acercamiento con las iglesias evangélicas) que, seguramente por equivocación involuntaria del diario español, había sido suprimido. Con este fin se consultó la versión original alemana y, por supuesto, no fue el suscrito quien lo hizo, sino un estimadísimo amigo de este blog que navega en la lengua de Goethe con la mayor facilidad.
Debiera ser esta carta de Küng, particularmente, lectura obligada para los miembros de la Conferencia Espiscopal Venezolana. Sería estupendo que se dejaran guiar por las proposiciones del remitente, aunque sólo fuera para callar la pluma venenosa de José Vicente Rangel. LEA
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Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo
Estimados obispos,
Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962 y 1965 los dos teólogos más jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos que siguen plenamente en activo. Yo siempre he entendido también mi labor teológica como un servicio a la Iglesia. Por eso, preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma, os dirijo una carta abierta en el quinto aniversario del acceso al pontificado de Benedicto XVI. No tengo otra posibilidad de llegar a vosotros.
Aprecié mucho que el papa Benedicto, al poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de cuatro horas, que discurrió amistosamente. En aquel momento, eso me hizo concebir la esperanza de que Joseph Ratzinger, mi antiguo colega en la Universidad de Tubinga, encontrara a pesar de todo el camino hacia una mayor renovación de la Iglesia y el entendimiento ecuménico en el espíritu del Concilio Vaticano Segundo.
Mis esperanzas, y las de tantos católicos y católicas comprometidos, desgraciadamente no se han cumplido, cosa que he hecho saber al papa Benedicto de diversas formas en nuestra correspondencia. Sin duda, ha cumplido concienzudamente sus cotidianas obligaciones papales y nos ha obsequiado con tres útiles encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Pero en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas:
– Se ha desperdiciado el acercamiento con las iglesias evangélicas: en modo alguno son ellas iglesias en sentido estricto, por eso no hay el reconocimiento de sus ministerios ni es posible con ellas celebración conjunta de la Eucaristía.
– Se ha desperdiciado la oportunidad de un entendimiento perdurable con los judíos: el Papa reintroduce la plegaria preconciliar en la que se pide por la iluminación de los judíos y readmite en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas, impulsa la beatificación de Pío XII y sólo se toma en serio al judaísmo como raíz histórica del cristianismo, no como una comunidad de fe que perdura y que tiene un camino propio hacia la salvación. Los judíos de todo el mundo se han indignado con el predicador pontificio en la liturgia papal del Viernes Santo, en la que comparó las críticas al Papa con la persecución antisemita.
– Se ha desperdiciado la oportunidad de un diálogo en confianza con los musulmanes; es sintomático el discurso de Benedicto en Ratisbona, en el que, mal aconsejado, caricaturizó al Islam como la religión de la violencia y la inhumanidad, atrayéndose así la duradera desconfianza de los musulmanes.
– Se ha desperdiciado la oportunidad de la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica: el Papa afirma con toda seriedad que éstos “anhelaban” la religión de sus conquistadores europeos.
– Se ha desperdiciado la oportunidad de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación, aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el SIDA, admitiendo el uso de preservativos.
– Se ha desperdiciado la oportunidad de concluir la paz con las ciencias modernas: reconociendo inequívocamente la teoría de la evolución y aprobando de forma diferenciada nuevos ámbitos de investigación, como el de las células madre.
– Se ha desperdiciado la oportunidad de que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas.
Este último punto, estimados obispos, es especialmente grave. Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica:
– Ha readmitido sin condiciones en la Iglesia a los obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, ordenados ilegalmente fuera de la Iglesia católica y que rechazan el concilio en aspectos centrales.
– Apoya con todos los medios la misa medieval tridentina y él mismo celebra ocasionalmente la eucaristía en latín y de espaldas a los fieles.
– No lleva a efecto el entendimiento con la Iglesia anglicana, firmado en documentos ecuménicos oficiales (ARCIC), sino que intenta atraer a la Iglesia católico-romana a sacerdotes anglicanos casados renunciando a aplicarles el voto de celibato.
– Ha reforzado los poderes eclesiales contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo.
El Papa Benedicto XVI parece alejarse cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos, aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales.
Sé que algunos de vosotros padecéis por el hecho de que el Papa se vea plenamente respaldado por la curia romana en su política anticonciliar. Ésta intenta sofocar la crítica en el episcopado y en la Iglesia y desacreditar por todos los medios a los críticos. Con una renovada exhibición de pompa barroca y manifestaciones efectistas cara a los medios de comunicación, Roma trata de exhibir una Iglesia fuerte con un “representante de Cristo” absolutista, que reúne en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual. Ni siquiera los encuentros papales con la juventud, a los que asisten sobre todo agrupaciones conservadoras carismáticas, pueden frenar los abandonos de la Iglesia ni despertar más vocaciones sacerdotales.
Precisamente vosotros, como obispos, lo lamentaréis en lo más profundo: desde el concilio, decenas de miles de sacerdotes han abandonado su vocación, sobre todo debido a la ley del celibato. El relevo sacerdotal, aunque también el de miembros de las órdenes religiosas, masculinas y femeninas, de hermanas y hermanos laicos, ha caído tanto cuantitativa como cualitativamente. La resignación y la frustración se extienden en el clero, precisamente entre los miembros más activos de la Iglesia. Muchos se sienten abandonados en sus necesidades y sufren por la Iglesia. Puede que ése sea el caso en muchas de vuestras diócesis: cada vez más iglesias, seminarios y parroquias vacíos. En algunos países, debido a la carencia de sacerdotes, se finge una reforma eclesial y las parroquias se refunden, a menudo en contra de su voluntad, constituyendo gigantescas “unidades pastorales” en las que los escasos sacerdotes están completamente desbordados.
Y ahora, a las muchas tendencias de crisis todavía se añaden escándalos que claman al cielo: sobre todo el abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos—en Estados Unidos, Irlanda, Alemania y otros países—ligado todo ello a una crisis de liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación Romana para la Fe del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto. Todavía el 18 de mayo de 2001, Ratzinger enviaba un escrito solemne sobre los delitos más graves (Epistula de delictis gravioribus) a todos los obispos. En ella, los casos de abusos se situaban bajo el secretum pontificium, cuya vulneración puede acarrear severas penas canónicas. Con razón, pues, son muchos los que exigen al entonces prefecto y ahora Papa un mea culpa personal. Sin embargo, en Semana Santa ha perdido la ocasión de hacerlo. En vez de ello, el Domingo de Ramos movió al decano del colegio cardenalicio a ofrecer urbi et orbi testimonio de su inocencia.
Las consecuencias de todos estos escándalos para la reputación de la Iglesia católica son devastadoras. Esto es algo que también confirman ya dignatarios de alto rango. Innumerables curas y educadores de jóvenes, intachables y sumamente comprometidos, se ven ahora afectados por una sospecha generalizada. Vosotros, estimados obispos, debéis plantearos la pregunta de cómo habrán de ser en el futuro las cosas en nuestra Iglesia y en vuestras diócesis. Sin embargo, no querría bosquejaros un programa de reforma; eso ya lo he hecho en repetidas ocasiones, antes y después del concilio. Sólo querría plantearos seis propuestas que, es mi convicción, serán respaldadas por millones de católicos que carecen de voz.
1. No callar: en vista de tantas y tan graves irregularidades, el silencio os hace cómplices. Allí donde consideréis que determinadas leyes, disposiciones y medidas son contraproducentes, deberíais, por el contrario, expresarlo con la mayor franqueza. ¡No enviéis a Roma declaraciones de sumisión, sino demandas de reforma!
2. Acometer reformas: en la Iglesia y en el episcopado son muchos los que se quejan de Roma, sin que ellos mismos hagan algo. Pero hoy, cuando en una diócesis o parroquia no se acude a misa, la labor pastoral es ineficaz, la apertura a las necesidades del mundo limitada, o la cooperación mínima, la culpa no puede descargarse sin más sobre Roma. Obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea mayor o menor. Muchas grandes cosas en las parroquias y en la Iglesia entera se han puesto en marcha gracias a la iniciativa de individuos o de grupos pequeños. Como obispos, debéis apoyar y alentar tales iniciativas y atender, ahora mismo, las quejas justificadas de los fieles.
3. Actuar colegiadamente: tras un vivo debate y contra la sostenida oposición de la curia, el concilio decretó la colegialidad del Papa y los obispos en el sentido de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro tampoco actuaba sin el colegio apostólico. Sin embargo, en la época posconciliar los papas y la curia han ignorado esta decisión central del concilio. Desde que el papa Pablo VI, ya a los dos años del concilio, publicara una encíclica para la defensa de la discutida ley del celibato, volvió a ejercerse la doctrina y la política papal al antiguo estilo, no colegiado. Incluso hasta en la liturgia se presenta el Papa como autócrata, frente al que los obispos, de los que gusta rodearse, aparecen como comparsas sin voz ni voto. Por tanto, no deberíais, estimados obispos, actuar sólo como individuos, sino en comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de la Iglesia, hombres y mujeres.
4. La obediencia ilimitada sólo se debe a Dios: todos vosotros, en la solemne consagración episcopal, habéis prestado ante el Papa un voto de obediencia ilimitada. Pero sabéis igualmente que jamás se debe obediencia ilimitada a una autoridad humana, solo a Dios. Por tanto, vuestro voto no os impide decir la verdad sobre la actual crisis de la Iglesia, de vuestra diócesis y de vuestros países. ¡Siguiendo en todo el ejemplo del apóstol Pablo, que se enfrentó a Pedro y tuvo que “decirle en la cara que actuaba de forma condenable” (Gal 2, 11)! Una presión sobre las autoridades romanas en el espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando éstas no concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje. La utilización del lenguaje vernáculo en la liturgia, la modificación de las disposiciones sobre los matrimonios mixtos, la afirmación de la tolerancia, la democracia, los derechos humanos, el entendimiento ecuménico y tantas otras cosas sólo se han alcanzado por la tenaz presión desde abajo.
5. Aspirar a soluciones regionales: es frecuente que el Vaticano haga oídos sordos a demandas justificadas del episcopado, de los sacerdotes y de los laicos. Con tanta mayor razón se debe aspirar a conseguir de forma inteligente soluciones regionales. Un problema especialmente espinoso, como sabéis, es la ley del celibato, proveniente de la Edad Media y que se está cuestionando con razón en todo el mundo precisamente en el contexto de los escándalos por abusos sexuales. Una modificación en contra de la voluntad de Roma parece prácticamente imposible. Sin embargo, esto no nos condena a la pasividad: un sacerdote que tras madura reflexión piense en casarse no tiene que renunciar automáticamente a su oficio si el obispo y la comunidad le apoyan. Algunas conferencias episcopales podrían proceder con una solución regional, aunque sería mejor aspirar a una solución para la Iglesia en su conjunto. Por tanto:
6. Exigir un concilio: así como se requirió un concilio ecuménico para la realización de la reforma litúrgica, la libertad de religión, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo mismo ocurre en cuanto a solucionar los problemas que requieren reforma, que han irrumpido ahora de forma dramática. El concilio reformista de Constanza en el siglo previo a la Reforma acordó la celebración de concilios cada cinco años, disposición que, sin embargo, burló la curia romana. Sin duda, ésta hará ahora cuanto pueda para impedir un concilio del que debe temer una limitación de su poder. En todos vosotros está la responsabilidad de asegurar un concilio o al menos un sínodo episcopal representativo.
La apelación que os dirijo, habida cuenta de esta Iglesia en crisis, estimados obispos, es que pongáis en la balanza vuestra autoridad episcopal, revalorizada por el concilio. En esta situación de emergencia, los ojos del mundo están puestos en vosotros. Innúmeras personas han perdido la confianza en la Iglesia católica. Para recuperarla sólo valdrá abordar de forma franca y honrada los problemas y las reformas consecuentes. Os pido, con todo el respeto, que contribuyáis con lo que os corresponda, cuando sea posible en cooperación con el resto de los obispos; pero, si es necesario, también en solitario, con “valentía” apostólica (Hechos 4, 29-31). Dad a vuestros fieles signos de esperanza y aliento y a nuestra iglesia una perspectiva.
Os saluda, en la comunión de la fe cristiana,
Su affmo.
Hans Küng
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Su Santidad es torpe
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 11, 2010 | Argumentos, Económica, Política, Terceros |

Las manos de Rosling dan forma a ideas para el 2020
El 24 de enero de este año trajimos al blog el ameno poder didáctico de Hans Rosling (Estadísticas motorizadas. Una entrada previa—LEA #331, 14 de mayo de 2009—ya daba cuenta de su extraordinario trabajo desde la Fundación Gapminder. Su nivel de comprensión de los grandes procesos sociales, con el despliegue visual en animación de su dinámica, es algo que no puede conseguirse de ninguna otra manera.
De nuevo, he aquí una de sus mejores presentaciones en TED (Technology, Entertainment, Design), que es un reservorio de extraordinarias disertaciones cortas (no más de veinte minutos cada una) sobre variados temas de actualidad (Ideas worth spreading) por los más acreditados expositores.
Recientemente, Ericsson, la firma de telefonía sueca—la nacionalidad de Rosling—decidió producir una serie de videos futuristas, cuyo cierre fue confiado al profesor del Karolinska Institutet de Estocolmo en vista de su extraordinaria capacidad pedagógica. Por ahora sólo puede verse las piezas, incluida la de Rosling—2020 – Shaping Ideas, la #20—, en idioma inglés. La #8, por cierto, fue requerida a una venezolana, la muy autorizada socióloga del cambio tecno-económico Carlota Pérez, catedrática de Tecnología y Desarrollo Socio-económico en la Universidad Tecnológica de Tallin, Estonia, y Honorary Research Fellow de Política Científica y Tecnológica de la Universidad de Sussex, Inglatera, quien visitara recientemente al país.
Rosling tiene la marca de los mejores profesores: un estupendo sentido del humor. La audiencia corresponde cálidamente a sus jocosos apuntes y seguramente recuerda por ellos su lección con más facilidad. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 8, 2010 | Argumentos, Política, Terceros |

Sontag: el rostro de la conciencia noble
El diario argentino La Nación llevó una concisa nota en su sección Enfoques el domingo 4 de este mes, cuyo conocimiento debo y agradezco a Luisa Barroso. Se la reproduce a continuación.
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Susan Sontag contra Gabo
La voz independiente de Susan Sontag fue de las primeras en censurar el viraje hacia el autoritarismo de la revolución cubana. La autora de Contra la interpretación, fallecida en 2004, luchó desde la izquierda contra todos los totalitarismos. Poco después del fusilamiento de los tres cubanos que habían secuestrado una embarcación de pasajeros para llegar a EE.UU., Sontag asistió a la Feria del Libro de Bogotá, en abril de 2003. Fue allí donde la norteamericana exigió públicamente que Gabriel García Márquez explicara su adhesión al régimen cubano. Gabo le contestó por medio de una declaración en el diario El Tiempo : «Estoy en contra de la pena de muerte en cualquier lugar, motivo o circunstancia», se excusó. Y agregó: «Yo mismo no podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y de conspiradores que he ayudado en absoluto silencio a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años». Unos meses más tarde, Sontag declararía al diario El País que la respuesta de Gabo le había parecido «lamentable»: «¿Es ése un régimen que merezca ser defendido? ¿Un régimen en el que tienes que ayudar a que la gente escape?». La admiración confesa de Sontag hacia García Márquez no le impidió reprocharle su silencio ante los atropellos del régimen: «No puede seguir siendo amigo de Castro y a la vez calificarse a sí mismo de periodista». A la gran ensayista norteamericana le irritaba que algunos sectores de la izquierda se abstuvieran de criticar al régimen cubano bajo el pretexto de no darle munición a Washington. «Me opongo a que se utilice la crítica al imperialismo americano, muy justificada, para defender una dictadura horrenda», solía decir.
La Nación
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Todavía cómplices
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 25, 2010 | Política, Terceros |

De lo mejor de América Latina
La Dra. María Teresa Herrera de Andrade ha tenido la gentileza de obsequiar a este blog el texto completo del importantísimo discurso que pronunciara Óscar Arias Sánchez, Presidente de Costa Rica, el 23 de febrero de 2010 en Cancún, México, ante la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe. El discurso ha sido titulado con una de sus más firmes admoniciones—Que cada palo aguante su vela—; acá se le introduce con la más hermosa de sus frases. Quien fuera galardonado en 1987 con el Premio Nóbel de la Paz quiso que su despedida del circuito de cumbres latinoamericanas fuese una advertencia clarísima, contra la pérdida de tiempo y las desviaciones de los países latinoamericanos. No hizo falta que Arias colocara nombres y apellidos en sus palabras; es evidente que tuvo en la mira al gobierno venezolano mientras ofrecía a sus colegas su sabiduría de estadista. Este blog queda muy agradecido de la Dra. Herrera, y los latinoamericanos todos debemos estarlo del presidente Arias. LEA
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Excelentísimos Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, amigas y amigos:
Ésta es mi última participación en una cumbre internacional. No pretendo despedirme de América Latina ni del Caribe. Los sueños de esta región los llevo atados al centro de mi vida. Pero sí debo despedirme de ustedes, colegas, hermanos, compañeros de viaje. Debo despedirme de este auditorio que resume, en un racimo de voces, las esperanzas de 600 millones de personas, casi una décima parte de la humanidad. Es en nombre de esa estirpe latinoamericana que quiero compartir con ustedes algunas reflexiones. Es en nombre de la prosapia que habita más allá de estas puertas, y que exige de nosotros la osadía de construir un lugar más digno bajo el sol.
A pesar de los discursos y de los aplausos, lo cierto es que nuestra región ha avanzado poco en las últimas décadas. En ciertas áreas, ha caminado resueltamente hacia atrás. Muchos quieren abordar un oxidado vagón al pasado, a las trincheras ideológicas que dividieron al mundo durante la Guerra Fría. América Latina corre el riesgo de aumentar su insólita colección de generaciones perdidas. Corre el riesgo de desperdiciar, una vez más, su oportunidad sobre la Tierra. Nos corresponde a nosotros, y a quienes vengan después, evitar que eso suceda. Nos corresponde honrar la deuda con la democracia, con el desarrollo y con la paz de nuestros pueblos, una deuda cuyo plazo venció hace siglos.
Honrar la deuda con la democracia quiere decir mucho más que promulgar constituciones políticas, firmar cartas democráticas o celebrar elecciones periódicas. Quiere decir construir una institucionalidad confiable, más allá de las anémicas estructuras que actualmente sostienen nuestros aparatos estatales. Quiere decir garantizar la supremacía de la ley y la vigencia del Estado de Derecho, que algunos insisten en saltar con garrocha.
Quiere decir fortalecer el sistema de pesos y contrapesos, profundamente amenazado por la presencia de gobiernos tentaculares, que han borrado las fronteras entre gobernante, partido y Estado. Quiere decir asegurar el disfrute de un núcleo duro de derechos y garantías fundamentales, crónicamente vulnerados en buena parte de la región latinoamericana. Y quiere decir, antes que nada, la utilización del poder político para lograr un mayor desarrollo humano, el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestros habitantes y la expansión de las libertades de nuestros ciudadanos.
No se debe confundir el origen democrático de un régimen con el funcionamiento democrático del Estado. Hay en nuestra región gobiernos que se valen de los resultados electorales para justificar su deseo de restringir libertades individuales y perseguir a sus adversarios. Se valen de un mecanismo democrático, para subvertir las bases de la democracia. Un verdadero demócrata, si no tiene oposición, debe crearla. Demuestra su éxito en los frutos de su trabajo, y no en el producto de sus represalias. Demuestra su poder abriendo hospitales, caminos y universidades, y no coartando la libertad de opinión y expresión. Un verdadero demócrata demuestra su energía combatiendo la pobreza, la ignorancia y la inseguridad ciudadana y no imperios extranjeros y conspiraciones imaginarias. Esta región, cansada de promesas huecas y palabras vacías, necesita una legión de estadistas cada vez más tolerantes, y no una legión de gobernantes cada vez más autoritarios. Es muy fácil defender los derechos de quienes piensan igual que nosotros. Defender los derechos de quienes piensan distinto, ése es el reto del verdadero demócrata. Ojalá nuestros pueblos tengan la sabiduría para elegir gobernantes a quienes no les quede grande la camisa democrática.
Y ojalá también sepan resistir la tentación de quienes les prometen vergeles detrás de la democracia participativa, que puede ser un arma peligrosa en manos del populismo y la demagogia. Los problemas de Latinoamérica no se solucionan con sustituir una democracia representativa disfuncional, por una democracia participativa caótica.
Parafraseando a Octavio Paz, me atrevo a decir que en nuestra región la democracia no necesita echar alas, lo que necesita es echar raíces. Antes de vender tiquetes al paraíso, preocupémonos primero por consolidar nuestras endebles instituciones, por resguardar las garantías fundamentales, por asegurar la igualdad de oportunidades para nuestros ciudadanos, por aumentar la transparencia de nuestros gobiernos, y sobre todo, por mejorar la efectividad de nuestras burocracias. Mi experiencia como gobernante me ha comprobado que los nuestros son Estados escleróticos e hipertrofiados, incapaces de satisfacer las necesidades de nuestros pueblos y de brindar los frutos que la democracia está obligada a entregar.
Esto tiene serias consecuencias sobre nuestra capacidad de honrar la segunda deuda que he querido mencionarles, la deuda con el desarrollo. Una deuda que, repito, tenemos que honrar nosotros. Ni el colonialismo español, ni la falta de recursos naturales, ni la hegemonía de Estados Unidos, ni ninguna otra teoría producto de la victimización eterna de América Latina, explican el hecho de que nos rehusemos a aumentar nuestro gasto en innovación, a cobrarle impuestos a los ricos, a graduar profesionales en ingenierías y ciencias exactas, a promover la competencia, a construir infraestructura o a brindar seguridad jurídica a las empresas. Es hora de que cada palo aguante la vela de su propio progreso.
¿Con qué derecho se queja América Latina de las desigualdades que dividen a sus pueblos, si cobra casi la mitad de sus tributos en impuestos indirectos, y la carga fiscal de algunas naciones en la región apenas alcanza el 10% del Producto Interno Bruto? ¿Con qué derecho se queja América Latina de su subdesarrollo, si es ella la que demuestra una proverbial resistencia al cambio cada vez que se habla de innovación y de adaptación a nuevas circunstancias? ¿Con qué derecho se queja América Latina de la falta de empleos de calidad, si es ella la que permite que la escolaridad promedio sea de alrededor de 8 años? Y sobre todo, ¿con qué derecho se queja América Latina de su pobreza si gasta, al año, casi 60.000 millones de dólares en armas y soldados?
La deuda con la paz es la más vergonzosa, porque demuestra la amnesia de una región que alimenta el retorno de una carrera armamentista, dirigida en muchos casos a combatir fantasmas y espejismos. Demuestra, además, la total incapacidad para establecer prioridades en América Latina, una práctica que impide la concreción de una verdadera agenda para el desarrollo. Hay países que sufren conflictos internos, que pueden justificar un aumento en sus gastos de defensa nacional. Pero en la gran mayoría de nuestras naciones, un mayor gasto militar es inexcusable ante las necesidades de pueblos cuyos verdaderos enemigos son el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, la desigualdad, la criminalidad y la degradación del medio ambiente. Es lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se reúnan países que se arman los unos contra los otros. Y es también lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se encuentre ausente el Gobierno de Honduras, cuyo pueblo es víctima del militarismo y no merece castigo, sino auxilio.
Si hace veinte años me hubieran dicho que en el 2010 estaría todavía condenando el aumento del gasto militar en América Latina, probablemente me habría sorprendido.
¿Cómo, después de haber visto los cuerpos destrozados de jóvenes y niños heridos en la guerra, podía esta región anhelar un retorno a las armas? ¿Cómo habría de permitir el dantesco desfile de cohetes, misiles y rifles que pasa frente a pupitres desvencijados, loncheras vacías y clínicas sin medicinas? Algunos dirán que me equivoqué al confiar en un futuro de paz. No lo creo. La esperanza nunca es un error, no importa cuántas veces sea defraudada.
Yo aún espero un nuevo día para América Latina y el Caribe. Espero un futuro de grandeza para nuestros pueblos. Llegará el día en que la democracia, el desarrollo y la paz llenarán las alforjas de la región. Llegará el día en que cesará el recuento de las generaciones perdidas. Puede ser mañana, si nos atrevemos a hacerlo. Puede ser el próximo año, la próxima década o el próximo siglo. Por mi parte, yo seguiré luchando. Sin importar las sombras, seguiré esperando la luz al final del arco iris. Seguiré luchando hasta el día que llegue.
Queridos amigos y amigas. Compartir con ustedes este foro, al igual que muchos otros más, ha sido para mí sumamente honroso y un verdadero privilegio. Esta es mi última cumbre y al decirles adiós, quiero que sepan que en Óscar Arias tendrán siempre a un amigo de verdad.
Muchas gracias.
Óscar Arias Sánchez
por Luis Enrique Alcalá | Feb 6, 2010 | Política, Terceros |

La franqueza valiente de Alberto Ravell
Alberto Ravell Cariño (1905-1960) fue el Senador del Pueblo. Así lo llamaron sus electores yaracuyanos, que llevaron su candidatura independiente hasta la Asamblea Constituyente en 1946, apoyada por el partido que contribuyó a fundar: Acción Democrática.
No tuvo nunca educación superior formal, pero es obvio en cualquiera de sus textos que era persona culta y cuidado escritor. Periodista y político, su compromiso tenaz con la verdad y la justicia le significó prisión, tortura y exilio, en más de una de las frecuentes temporadas de dictadura y mengua que han aquejado a Venezuela.
Cuando su antiguo compañero de reclusión, Germán Suárez Flamerich, asumió la Presidencia de la Junta de Gobierno a raíz del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud (13 de noviembre de 1950), Ravell meditó varias semanas una carta pública que le dirigiría y escribió en La Habana—entonces podía hacerse—el 31 de diciembre de ese año y dio a la luz al día siguiente, como parto de Año Nuevo. Su texto, que pude conocer gracias al Dr. José Rafael Revenga, es el contenido de esta nueva ficha.
La carta no hace concesiones al encumbrado mandatario, no da cuartel. Al propio tiempo, es conmovedora, al registrar sin vergüenza alguna las privaciones y dolores que habían caído sobre su familia «por el delito de amar la Democracia y la Justicia». Cuando la escribe cree acercarse a la mitad de su vida, sin saber que ya había consumido las cuatro quintas partes de ella.
De su oficio en el destierro destaca una sola cosa: que estaba «enseñando a [su] hijo pequeño el camino del deber». Es hijo que aprendió muy bien la lección y heredó su inteligencia y su temple: Alberto Federico Ravell, el ecuánime Director General de Globovisión. LEA
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Carta Pública que dirigiera Alberto Ravell el 1º de enero de 1951 a su antiguo compañero de cárcel gomecista, Dr. Germán Suárez Flamerich, Presidente de la Junta de Gobierno, luego del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud.
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Mi estimado Germán: en realidad no sé cómo empezarte esta carta. Yo, que tengo la brusca y desaliñada espontaneidad de los sinceros, me siento un poco molesto, al tratar de darle encabezamiento y forma. Te escribo desde el destierro.
A lo mejor ni siquiera sabes—todo puede suceder—que me encuentro en exilio no voluntario sino forzado desde hace un año; que conmigo están mi mujer y mi hijo pequeño, que mi madre anciana llora mi ausencia, después de haber padecido más de dieciocho años de angustia bajo el régimen de Gómez, y que viva decorosamente de mi trabajo como ayer. Ignoras tal vez, que mi único crimen fue serle leal a un mandato que el pueblo de Venezuela puso entre mis manos de hombre y permanecer fiel a principios democráticos irrenunciables que han informado toda mi vida. Ignoras quizás, que no se me levantó expediente, ni se me hizo interrogatorio, ni se me acusó de nada en concreto, como en los buenos tiempos en que el terror campeaba por sus respetos en la ancha y noble tierra venezolana. Ignoras probablemente—asómbrate como jurista, Germán—que me pusieron a bordo de un avión junto con treinta y dos compañeros—abogados, maestros, escritores, poetas, obreros, comerciantes—con uno de entre ellos gravemente enfermo—el ex constituyentista J. R. Silva Yaraure, quien fuera operado de urgencia al llegar a Guayaquil—, y que en el avión nos trataron como si fuésemos hampones, gracias a las oficiosas recomendaciones del funcionario del Ministerio de Relaciones Interiores.
Ignoras también, que a mi esposa trataron de ultrajarla en el aeródromo de Maiquetía porque se acercaba a despedirme al autobús donde permanecía recluido y que se salvó de la infamia del vejamen gracias a la intervención de un militar, cuyo nombre silencio no por faltar el respeto a la verdad sino para evitarle represalias. Ignoras quizás, que millares de venezolanos, hombres, mujeres y niños viven la misma suerte. Ignoras que en las cárceles hay detenidos ancianos y mujeres. Ignoras que los hogares son allanados a diario y que el terror se ha enseñoreado del país. Ignoras que en torno tuyo—candidato civil de última hora—se mueven en la sombra sordas ambiciones y abismos de odio. Ignoras que no es ya un grupo político, derrocado el 24 de noviembre por un golpe de fuerza, el que solicita en todos los tonos un cambio radical en los métodos empleados hasta hoy, sino la totalidad de la Nación, la masa del pueblo, el que piensa y el que crea, el que construye y el que siembra, el que sufre y el que aguarda, en fin, todos los que aspiran a que el orden social se instaure y les sean devueltos sus derechos.
Ignoras, quizás, que el problema básico del pueblo venezolano no puede resolverse con persecuciones brutales y con procedimientos salvajes erigidos en normas de Gobierno. Ignoras tal vez, que en el fondo de ese pueblo, que llevó en sus mochilas la libertad por todo un continente, está latente la virtud de ayer, el sacrificio de ayer, la voluntad heroica de construirse a sí mismo. ¿Hacia dónde van ustedes, los hombres civiles que apoyan a los que derrocan gobiernos legítimos y desgarran constituciones discutidas en amplio debate político? ¿Hacia dónde va Venezuela cuando sus hijos, defensores de principios ayer, los que tenían tradición civilista y revolucionaria, se hacen sordos a su llamado de madre y, halagados por el poder o la fortuna, claudican o se entregan?
¿Hacia dónde vamos, Germán? Yo quiero que me respondas de hombre a hombre, de corazón a corazón, categóricamente y sin esguinces, sin que intervenga para nada la pasión política que a ratos enturbia la mente de los hombres.
¿Sientes que tu autoridad está basada en algo de contenido jurídico, o político, o social? ¿Eres el producto de una elección—tan siquiera amañada para satisfacer la escurridiza y arbitraria opinión internacional—o el hombre signo que aparece de pronto ante los militares como una solución? ¿Qué eres en el fondo, Germán? Yo no he usado nunca el insulto para combatir a mis enemigos políticos. Tú lo sabes muy bien. Me jacto de contarme entre los escasos venezolanos que, con derecho de sobra, no reclamaron contra los bienes de Gómez, y tú no ignoras que cuando se instauraron los juicios por peculado yo intervine generosamente en favor de algunos reos, concitándome malevolencias y hasta provocando malentendidos. Como todo hombre he cometido errores de visión o de conjunto, pero a mi mano no la ha movido nunca ni el odio ni el rencor. Lo sabe Medina, de quien fui amigo, de quien soy amigo, de quien seguiré siendo siempre amigo personal, a pesar de que combatí ásperamente su política con armas que siempre fueron leales.
Lo sabe López Contreras, hijo mimado y putativo del viejo dictador, lo sabe Gómez, ya muerto, lo saben inclusive los militares del triunvirato a quienes di batalla franca desde una trinchera de principios. Pero no puedo silenciar mis pensamientos, Germán. Nací a la vida pública hace más de treinta años. Era el obscuro dependiente de una tienda en Puerto Cabello, frisaba apenas en los quince años y no venía ni del Colegio ni de la Universidad.
Siguiendo el camino que mi padre me trazara, abracé con noble pasión la causa del pueblo y hoy, al cabo de muchos años, sufro nuevamente otro destierro por defender los mismos principios y las mismas ideas que un día encendieron mi adolescencia. Sólo tengo conmigo en esta hora, como capital invalorable, a mi mujer y a mis hijos y a mi pluma modesta, pero insobornable.
Nosotros, Germán, sin ser de la misma generación, estuvimos juntos en los patios y calabozos del Castillo “Libertador” de Puerto Cabello, Bajo el mismo toldo comimos el mismo pan y amasamos los mismos sueños. La misma boina azul del estudiante cubría nuestras cabezas y leíamos bajo aquel sol de fuego los mismos libros. Me recuerdo a Felipe Massiani, común amigo nuestro, gran escritor y gran ciudadano, hojeando los textos de Derecho, junto al anafe de la “peña Beatriz” en la cual cocinábamos los frijoles. Arrastramos los mismos grillos y oímos el clamor de los flagelados—por las noches—al son de la “Juana Bautista” y sentimos llegar hasta nosotros, envuelta en pañuelos de lágrimas, la ternura de nuestras madres, de nuestras mujeres, de nuestras hermanas y de nuestras novias. Luego, Germán, estuvimos juntos en aquel Frente Electoral Independiente que se reunía por las noches, casi clandestino, en la vieja casa de Martín Pérez Guevara y fuimos a elecciones para concejales en plancha conjunta.
Yo aplaudí, hasta hacerme sangre las manos, tu exaltación a la Presidencia del Concejo Municipal de Caracas. Tú Diputado y yo Senador, votamos en la misma urna por la candidatura simbólica de Rómulo Gallegos el año 41 y juntos, Germán, seguimos hasta el año 47 cuando, llamado por la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidía Rómulo Betancourt, pusiste al servicio de la República tu innegable capacidad intelectual para colaborar en la redacción de la Constitución libérrima que un día nos dio, por abrumadora mayoría de votos, en limpia elección, que fue reconocida públicamente por las mismas Fuerzas Armadas, un noble Presidente civil a todos los venezolanos.
Luego te perdí de vista, Germán. Vino el golpe del 24 de noviembre y yo regresé de los Estados Unidos a asumir, frente a mi pueblo, posición leal y responsable. Mis Caminos de Venezuela fueron silenciados por la censura, mi Espejo de La Ciudad fue roto de un manotazo brutal y un día ya mi Noticiero Silka no pudo ser nunca más vocero de las angustias del pueblo de Venezuela. No quiero aparecer como víctima, porque es triste papel que no se acomoda con mi temperamento combativo. Di pelea doctrinaria frente a los triunviros, defendiendo los principios en los cuales creo y creeré toda la vida y me derribó la fuerza, la misma que parece haberse entronizado dentro de nuestra propia Historia desde su mismo comienzo. Ganó la batalla Pernalete, el personaje sombrío, y aquí me tienes en el destierro, enseñando a mi hijo pequeño el camino del deber y comiendo pan limpio y honesto con mi mujer que me acompaña.
Aquí me tienes, Germán, contemplando conmovido cómo Venezuela se convierte de pronto en un vasto escenario dramático, viendo cómo los ciudadanos carecen de garantías y derechos, viendo cómo las cárceles se llenan de hombres de todos los partidos y de todas las tendencias y cómo los niños sin pan y sin amparo lloran la ausencia de sus padres. Por los escasos países libres que aún quedan en la Tierra, andamos muchos hombres aquí sin patria, por el delito de amar la Democracia y la Justicia. Cuando conocí tu designación para reemplazar al coronel Delgado Chalbaud, hice una pausa y una tregua en mi propio pensamiento. Esperaba de ti cuando menos una demostración de calidad moral, un acento puro, una actitud responsable.
Ha llegado el final del año, Germán, y el pobre Estatuto Electoral, confeccionado en mesa redonda, con la sola participación de dos partidos semilegalizados, duerme sueño de justo en la gaveta de un escritorio cualquiera de Palacio, mientras continúan las persecuciones y los allanamientos, y siguen los secuestros y las expulsiones y ha corrido sangre y se vive en zozobra y en temor y las gentes hablan en voz baja y se anudan lazos innobles y se esconde la verdad tras bambalinas que todos conocemos.
Sin pedantería, pero con autoridad moral suficiente para hacerla, quiero emplazarte públicamente a que me respondas esta carta. Yo, que monologué muchos años en el fondo de un calabozo, quiero abrir cauce para entablar un diálogo con tu propia conciencia y con la conciencia de mi pueblo que es también el tuyo. Y en nombre de nuestro compañerismo de ayer, en ese Frente Electoral Independiente de que te hablaba anteriormente, de ese voto depositado en las urnas por Rómulo Gallegos, de la ponderación de juicio que tú me aconsejabas frente a mis desbordamientos, te pido categórica respuesta para algo que no es exclusivamente mío sino que pertenece a todos y está en los labios de todos los venezolanos.
Esta carta no me la dicta ningún sentimiento mezquino ni se mueven manos de trastienda tras mis palabras limpias. Es la primera actitud pública que asumo después de haberse cumplido un año de mi destierro. La he meditado largamente y es producto de una madura serenidad. Fija de una vez por todas mi posición frente al problema venezolano. He pensado en mí mismo y he pensado en los míos. Mi madre anciana y enferma puede esperar aún. Afortunadamente para mí y para los nuestros es de recia y noble ascendencia gallega y su apellido Cariño es símbolo de ternura, de pan, de bendición y de amor. Es miel y es leche bíblica. Afortunadamente para mí, mi noble mujer y mi hijo pequeño también pueden esperar.
Quienes no pueden esperar por más tiempo son las madres y los niños que lloran, quienes no pueden esperar por más tiempo son los derechos y las libertades conculcadas.
Como soy leal a mi pensamiento nada exijo de ti—teniendo el derecho de pedirlo todo como ciudadano y como hombre—pero estoy lleno hasta los bordes de angustia humana, de pavor humano por las cosas tremendas que suceden en Venezuela. Te pido en nombre de lo que fuimos, de la piedra infante que un día nos cobijó, de los hombres que en nosotros creyeron y en nuestras manos depositaron su confianza, que leas y medites esta carta que te escribe un hombre ya casi en la mitad del camino de su vida, sin ambiciones políticas de ninguna naturaleza y sin odios que le recoman el espíritu; te lo pido en nombre de mi propia vida atravesada de actitudes desaforadas y hasta a veces incomprendida, pero siempre leal a lo revolucionario, a lo integral, que los hombres más que los libros sembraron en mi ánimo, que pongas tu pensamiento en la Venezuela transida de dolor y devuelvas a sus hijos las libertades que les fueron arrebatadas en fecha infausta para la historia civilista y democrática de América.
Acerca de estos temas, el de la restitución plena de las garantías individuales y el derecho inalienable de nuestro pueblo a disponer de su propio destino, es que te pido, Germán, entables, si es hora todavía para ello, el diálogo que yo inicio con la presente carta desde mi modesto hogar en La Habana, frente a los muros mismos de la Universidad. O eres, Germán Suárez Flamerich, universitario, abogado, compañero nuestro de ayer, o han tomado en préstamo tu nombre o lo has prestado tú mismo para dar apariencia civil a algo que no puede ser justo ni decente ni honorable.
Hubiera querido no escribir esta carta públicamente. Lo he hecho con la sangre de mis propias venas y con clamor y con la angustia de mi pueblo. La he escrito en la vigilia del 31 de diciembre, junto al amor de mi mujer y a la cabeza de mi hijo, frente al retrato de mi madre anciana y estoica; pensando en mi Yaracuy poblado de negros sudorosos y palúdicos, en los altos repechos de la Cordillera con sus frailejones y sus nieblas, en Barlovento silencioso en su pascua como un tambor en duelo, en las sabanas alucinadas de los llanos por donde caminan las palabras en busca de horizontes; pensando en las costas luminosas de Margarita, de Güiria y de Coro donde los hombres aguardan el rescate de su propia historia, en el Lago poblado de taladros y en los músculos recios de sus obreros, en los seres sencillos que deletrean su destino a la luz de los candiles o bajo clamor de las estrellas; pensando en las madres que lloran ausencias, en las esposas, las hermanas y las novias que tejen recuerdos y en los hijos que mojaron su cena de Año Nuevo—si es que la tuvieron—con lágrimas de espera; pensando, Germán, en el dolor que punza con herida tremenda el cuerpo y el alma de ese pueblo nuestro que tanto ha dado en sangre y en hazaña para la libertad americana.
Cordialmente,
Alberto Ravell
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