por Luis Enrique Alcalá | Nov 21, 2012 | Fichas, Memorias, Política |
Es para mí El Librero la revista más hermosa que se haya visto en Venezuela; su materia y su empaque son de primerísima calidad. No podía ser menos, estando en manos de Sergio Dahbar, su Editor, y Rafael Osío Cabrices, su Coordinador Editorial. Con ella tengo una relación envidiosa y afectuosa, aumentada anecdóticamente porque mi hijo Luis Armando, hasta hace poco Gerente de Producción del Grupo Santillana, cuidaba en un tiempo su impresión. Ha sido un honor poco común que Dahbar ordenara una entrevista a mí por el libro Las Élites Culposas, y que el propio Osío Cabrices se tomara un café en mi casa para grabar lo que se me antojó decir. La relación de mis palabras en El Librero de noviembre de 2012 es fidelísima, pero ellas han sido mejoradas por la generosidad de un entrevistador de lujo. Mauricio Villahermosa tomó fotos pacientemente, logrando que Musiú se tomara la sesión en serio. Tengo ahora el permiso de Osío para reproducir a continuación su entrevista-reseña. Gracias, gracias, gracias. LEA
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El protagonismo de Musiú (foto de Mauricio Villahermosa)
LANZAMIENTO Las élites culposas, memorias imprudentes
“PREFIERO SER BRUJO DE LA TRIBU QUE BRUJO DEL CACIQUE”
Sociólogo, periodista, en suma científico social, en su nuevo libro Luis Enrique Alcalá mira al pasado, el presente y el futuro de Venezuela con una crítica feroz pero argumentada, en la que no se salvan ni políticos ni antipolíticos.
Rafael Osío Cabrices
Luis Enrique Alcalá (Caracas, 1943) es un hombre con una denuncia. La tragedia de la política venezolana, dice al final de su libro Las élites culposas (editado en Libros Marcados, con una foto en la tapa en la que María Corina Machado saluda a Hugo Chávez), consiste en que el país “sufre la más perniciosa dominación de nuestra historia—invasiva, retrógrada, ideologizada, intolerante, abusiva, ventajista—mientras los opositores profesionales se muestran incapaces de refutarla en su discurso y superarla, pues en el fondo emplean, seguramente con mayor urbanidad, el mismo protocolo de política de poder afirmada en la excusa de una ideología cualquiera que, como todas, es medicina obsoleta, pretenciosa, errada e ineficaz”.
También es un hombre con una misión. En el mismo libro expresa, pocas líneas más adelante, que “el mal no dura un siglo”, y que “es de esperar que el pueblo venezolano aprenda de estos años terribles, tal como los alemanes—hoy la nación más sólida de Europa y no sólo económicamente—pudieron aprender de una de las dictaduras más espantosas que ha sufrido alguna parte de la humanidad. Pero no puede dejarse eso al azar. Es preciso educar al Pueblo, es necesario elevar su cultura política. Es ineludible hacer una política responsable y seria, que abreve de las más modernas nociones aportadas por la ciencia. Es urgente identificar y ayudar a liderazgos más modernos y clínicos. Es imperioso acercar recursos a cabezas nuevas que tienen otro enfoque de la tarea política, que discurren acerca de las implicaciones concretas de la vocación política desde nuevos paradigmas”.
Sociólogo de la UCAB, en principio, Alcalá tiene un extenso currículum que lo ha llevado a distintas funciones en la administración privada y pública, y a otras más en el periodismo, como la de editor del diario La Columna y editor jefe de El Diario de Caracas, entre otras. En su nuevo libro, que subtitula Memorias imprudentes a sabiendas de que lo que cuenta será desagradable para unos cuantos, organiza su visión de lo que nos ha pasado y elabora su tesis de que nuestras distintas élites—que él agrega que se han transformado con la llegada de Chávez y los suyos—han fallado en conducir adecuadamente al país porque lo que tienen en la cabeza no sirve en la realidad del presente.
Con tres presentaciones, de Victoria de Stefano, José Rafael Revenga y el ex presidente Ramón J. Velásquez, Las élites culposas rebosa de citas, de argumentos y de una escritura cuidadosa y vehemente. Alcalá revisa varios momentos pivotales en la historia contemporánea venezolana y sus propias observaciones sobre el país que publicó entonces. Sus muchas advertencias sobre el mal rumbo que llevaba—que lleva—Venezuela, desoídas todas ellas, como las de otros. Por ejemplo, sus profecías sobre un próximo golpe de Estado que puso en su libro Krisis, en 1987.
Es que este es un país diferente al de 1958 y al de 1998, en verdad. Mucho más indescifrable. “En 1991”, contó a El Librero en su casa de Caracas, “Adán Celis, un hombre del grupo Mendoza que fue presidente de Fedecámaras, me dijo que el país se había vuelto muy complicado; que antes uno levantaba el teléfono, hablaba con Rafael Caldera y luego con Gonzalo Barrios, y listo. El país de antes era mucho más simple. En 1958, la Caracas que se le alzó a Pérez Jiménez tenía no más de 800.000 personas. En esa época, en ese pequeño país, todavía había relativa lucidez en las élites venezolanas: en 1962, el año del Porteñazo, Eugenio Mendoza lanzó en una asamblea de Fedecámaras en Mérida la idea del Dividendo Voluntario para la Comunidad, una iniciativa de responsabilidad social empresarial que empezó en Venezuela tres décadas antes de que se hablara de eso en esta región. Cuando un personaje cuyo nombre no mencionaré le propuso al empresariado organizar paramilitares para combatir a la guerrilla, Pedro Tinoco le dijo que el empresariado lo que tenía que ayudar era a fortalecer la democracia para quitarle piso político a la extrema izquierda. Hasta que el chorro de ingreso petrolero de 1974 hizo creer al Estado que ya no necesitaba al sector privado y empezó a querer hacer todo por su cuenta”.
Alcalá brinda en la conversación algunos de los matices que no faltan tampoco en su libro. “Sería muy injusto decir sobre las élites criollas que su crisis no forma parte de una crisis global del oficio político mismo, de lo que se ha entendido como política”. Llama por eso a las élites “culposas”, no “culpables”. Alcalá dice que aquí todos, chavistas y no chavistas, están “esclerosados en sus paradigmas” y siguen creyendo que la política era lo que creían que era. “Siguen viéndola de manera newtoniana, mecanicista. Creen que la política es una ciencia deductiva. No la miran con la complejidad con que deben hacerlo. Mientras, hay mucha inteligencia en las clases D y E de la población venezolana, donde está el 71% de los internautas del país. Hay una gran vocación de modernidad en el barrio venezolano. No se puede pensar que ahí votan sólo con la barriga”.
Luego de los resultados de las elecciones del 7 de octubre de 2012, Alcalá piensa en ampliar su libro con un capítulo adicional. Pero adelanta algunas de sus notas sobre el presente: “Aquí, la oposición sigue viéndose como oposición y es tan representativa de la vieja política como lo es Chávez, por su apego a la tan vencida Realpolitik como por su carga ideológica. En Capriles el tema ideológico aparece muy rara vez y él dice que no cree en el dilema izquierda versus derecha, pero igual pertenece a un partido que, como todos los demás, hizo un congreso ideológico, y en el fondo, como todos nuestros políticos, cree que puede tener el derecho de ser el jefe del pueblo y administrar el Estado petrolero”.
Respira en él una frustración que uno respira en muchos otros autores venezolanos y latinoamericanos sobre la frecuente derrota ante los jefazos, ante los que insisten en que a esta sociedad lo que le gusta es que la manden y punto, al margen de que la despojen de buena parte de lo que es suyo. “Pero la Humanidad es así aquí y en Japón. Basta leer un poco de Historia para darse cuenta de que lo que pasa aquí pasa en todas partes y en todas las épocas. Sin embargo, hay que llevar eso con filosofía, evitar neurotizarse. Yo opté por mirar la política y escribir y hablar sobre ella desde un ángulo médico, desde la figura de la política clínica. Me interesa estar entre los brujos de la tribu, no entre los brujos del cacique. Siento que debo empaquetar mi política clínica para gente con vocación pública, para la nueva generación de líderes, y en ese sentido va un taller que ofreceré próximamente. La propuesta: sustituir la ideología por la metodología”.
Alcalá cierra la entrevista con la misma propuesta con que cierra el libro. Él se ofrece a formar. “Un político debe ser un profesional del arte de responder a problemas de carácter público, cosa que debe hacerse con seriedad y con un código de ética. La tarea profunda es quitarle las mentiras al electorado. Practicar la enseñanza política. Que la gente aprenda a que no le caigan a cobas, cobas además elaboradísimas, que son toda una estructura. Es lo que intento hacer con mi programa en RCR, con mi blog (doctorpolitico.com) y con mis libros: compartir un manual de ciudadanía”. ¶
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 27, 2012 | Fichas, Política |

El güisqui apropiado a la política nacional
maniqueísmo. 2. m. peyor. Tendencia a interpretar la realidad sobre la base de una valoración dicotómica.
Diccionario de la Lengua Española
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En uno de estos últimos sábados conseguí en el cuarto de control de Radio Caracas Radio a un personaje que se creyó autorizado a conminarme sobre mi intención de voto para el 7 de octubre, aduciendo elevados y patrióticos propósitos. El voto es secreto, por supuesto, y mucha de la cháchara opositora se ocupa de denunciar su presunta violación por las famosas máquinas captahuellas del Consejo Nacional Electoral. Pero la consistencia no es virtud frecuente en nuestra política polarizada, y quien me interpelaba se siente cruzado de la campaña de Capriles Radonski. Todo aquel que no esté con él, supone, es muy deficiente en virtud ciudadana.
Una postura parecida conocí en la mañana de hoy, al leer una comunicación electrónica que llegó a mi buzón anoche a las 9 y 21 minutos. Es característica del maniqueísmo en el que se pretende se inscriba todo elector de la República. La película política de Venezuela se filma, según gente así, en blanco y negro, y esto justificaría su visión dicotómica. Por considerarla típica y, por razones pedagógicas, reproduzco de seguidas su correo y mi contestación, enviada hoy a las 8:27 a. m. Naturalmente, preservaré incógnita la identidad de mi corresponsal. (Tampoco editaré los ocasionales errores que comete en su escritura).
Buenas noches Sr. Alcalá,
Le escribo para decirle que disfruto su programa en RCR750 pues lo encuentro edificante. A través de su programa Doctor Político me entere de su blog y lo leo con frecuencia pues lo encuentro interesante así como informativo. Todo lo que usted analiza es muy pertinente y aplicable para nuestra realidad política y económica. Sin embargo desde que empecé a escuchar y leer sus ideas me ha parecido que su posición es mucho de teoría y poco de practica para esta nuestra situación, tan compleja que vivimos en estos momentos, en Venezuela.
Por ejemplo, no logro entender su posición con respecto a los esfuerzos y el trabajo de la oposición Venezolana para hacer algo constructivo que nos saque del berenjenal en el cual vivimos ahora. Porque cree usted que Henrique Capriles Radonski tiene «algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista». No es perfecto, sin duda alguna, pero ningun ser humano es perfecto. Sin embargo desde mi punto de vista tiene una visión, tiene un plan de como alcanzarla, y crucialmente sabe que no lo puede hacer solo (reconoce sus limitaciones), que para hacerlo bien tiene que rodearse de gente que puede hacerlo bien.
Mi pregunta para usted es: ¿Porque no Capriles Radonski? Usted obviamente difiere, le pregunto entonces: ¿Quien es ese superheroe que nos rescataría, segun usted? Porque según usted «No es un candidato *normal* quien puede derrotar al Presidente en ejercicio». ¿Que es exactamente lo que tiene el actual presidente que lo hace sobre-natural? ¿Que es lo que en su opinión lo hace invencible? Para mi sus palabras son tan ineficaces como sus ideas están incompletas, cuando leo su análisis sobre la oposición no puedo evitar pensar que por mas progresista que sea su discurso sus ideas verdaderas están con un salvador, un todo poderoso – un caudillo mas. Es esto lo que usted propone? Venezuela ha sido ahogada desde siempre por caudillos todo-poderosos.
Sus exposiciones en la radio y sus artículos, sobre todo, hablan de la necesidad de políticos que puedan resolver problemas y de políticas que sirvan ese fin, usted ha leído mucho sobre teorías de caos y es versado en la sabiduría de los enjambres, usted propone un «paradigm shift»….todas ideas tan lucidas y tan aplicables a nuestros problemas y sin embargo toda esa lucidez es entorpecida por esa mania muy nuestra de creer que hay «alguien» super-dotado que es la única persona que nos puede salvar de nuestro auto-inducido caos político y económico. Sera que usted, tan leído, ¿cree en caudillos a estas alturas Sr. Alcala?
Lo que necesitamos en Venezuela es darnos cuenta que cada uno de nosostros es responsable de construir el país que queremos, no hay nadie que nos pueda salvar. Si cada uno de nosotros no hacemos lo que esta a nuestro alcance para construir hora a hora, día a día la comunidad, la sociedad y el país que soñamos y que nos merecemos estamos perdidos. Es por esto que le pregunto: ¿Porque no un Henrique Capriles Radonski? El es normalito como usted y yo ¿Porque no un cualquiera de nosotros? La respuesta en la cual estoy pensando Sr. Alcalá es que cualquier Venezolano que se lo proponga puede, cualquiera con una visión, un plan y un buen gabinete lo puede lograr. ¿No cree usted en la necesidad de un «paradigm shift», no cree usted en la sabiduría de los enjambres? Capriles Radonski y cada persona que conforma la oposición actual en Venezuela son imperfectos – como lo son todos los seres humanos – y cada una de esas personas individualmente son menos que idóneos para muchas cosas pero en conjunto y concertadamente pueden alcanzar lo inalcanzable y ejecutar un plan mejor para todos. ¿Que a Ud. no le parece? ¿Porque no se une a la «sabiduria del enjambre» y ayuda con su sabiduria? Le ruego no piense que digo esto último jocosamente.
Para una persona de tanta lectura, trayectoria y experiencia yo encuentro realmente triste el hecho de que usted critica con amplia aptitud a la actual administración y usa sus conocimientos para mirar desde un caballo muy alto los esfuerzos de la oposición actual. Ninguna de estas posiciones lo compromete, es muy fácil criticar ¿Con quien esta usted Sr. Alcalá? Ni con Dios ni con el diablo, parece. ¿Sueña usted con una Venezuela diferente? ¿Que esta haciendo usted para promover ese paradigm shift que necesitamos? ¿Que le parecería usar sus habilidades para impartir critica constructiva? ¿Le importa tan poco la suerte del país?
Sus ideas son muy eruditas y hasta acertadas, en mi opinión, pero parece que no las aplica a su país, prefiriendo plasmarlas en un papel. Que triste que la nueva generación de políticos en este país nuestro no pueda contar con su actuación en el ruedo y que tampoco pueda contar con un silencio cortez de su parte sino que tenga que sufrir sus distantes criticas.
He aquí mi respuesta:
Buenos días, Sra. NN. Le agradezco sus generosas opiniones acerca de las cosas que digo y escribo. Son unas cuantas; me dedico a pensar la Política con dedicación casi exclusiva desde 1983. Tan sólo en mi blog hay ahora 1.295 entradas (a partir de febrero de 1970) y 1.198 de ellas son de política. A fines de abril se publicó un libro mío—Las élites culposas—, el que cubre un cuarto de siglo de política venezolana. Su lectura pudiera contestar muchas, si no todas, entre las preguntas que me hace.
El «berenjenal en el cual vivimos ahora» se debe en una gran medida a la oposición actual, que antes fue gobierno. Ella forma parte de eso que debemos dejar atrás; no todo lo que se opone al actual régimen es positivo. La maldad de Hitler no excusa la mía. Y no se trata de ser perfecto, sino de ser adecuado. La frase que Ud. cita fue escrita en marzo de 2011, mucho antes de que la Mesa de la Unidad Democrática celebrara las elecciones de las que saliera la candidatura de Capriles.
Como Ud. dice, la política no es cuestión de héroes aislados, de salvadores individuales. Es por esto que mi primera proposición política explícita (febrero de 1985) fue la de una organización política con un código genético distinto del de un partido convencional. En la formulación de sus propósitos se lee:
La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general y especialmente de personas con vocación pública; 2. Procurar la modernización y profesionalización del proceso de formación de las políticas públicas; 3. Estimular un acrecentamiento de la democracia en dirección de límites que la tecnología le permite; 4. Aumentar la significación y la participación de la sociedad venezolana en los nuevos procesos civilizatorios del mundo.
Podrá Ud. ver que ya hace 27 años redactaba el asunto en plural, y que consideraba de la mayor importancia no sólo la dedicación de políticos profesionales bien preparados, sino la participación crucial de los ciudadanos en general. No hay en eso nada de mesianismo o añoranza de salvadores.
A lo largo de 29 años de intensa dedicación al problema político, me he ocupado de elevar proposiciones concretas (incluyendo la asociación mencionada, en cuya conceptualización invertí dos años del análisis más serio y sosegado), por lo que yerra Ud. al suponer que mi preocupación es únicamente teórica. En 1986, propuse un grupo de tratamientos concretos en el trabajo que llamé Dictamen. En época más reciente, y para mencionar sólo unos pocos ejemplos, propuse (sin éxito, debo admitir) que el presidente Caldera convocara en 1998 un referendo sobre una constituyente (lo hizo después Chávez para generar un proceso muy diferente del que hubiera podido ser); en 2002, un procedimiento de abolición del gobierno de Chávez, que expuse, por ejemplo, al Sr. Julio Borges (acompañado de Gerardo Blyde y Liliana Hernández) al considerar que Primero Justicia pudiera ser el vehículo correcto para su promoción (fue rechazado para optar por el iluso procedimiento de enmienda constitucional para el recorte del período, que Primero Justicia, el partido del Sr. Capriles, promovía entonces); en 2009, un referendo consultivo sobre el socialismo que parara el trote a Chávez (de nuevo rechazado por distintos dirigentes de oposición) cuando todas las encuestas medían un rechazo popular a las pretensiones socializantes.
De esta escueta enumeración pudiera Ud. colegir dos cosas: la primera, que no es cierto que mi posición «es mucho de teoría y poco de práctica», puesto que he puesto en la mesa proposiciones políticas concretas, tratamientos específicos; segunda, que ninguna de ellas depende de un Mesías, que en todas hay una apelación al enjambre ciudadano, al pueblo, a la Corona.
Pero también puede notar que la dirigencia opositora no se caracteriza, precisamente, por su imaginación estratégica o por el atrevimiento político. Puede Ud. escuchar, si le place, la entrevista que me hiciera Carolina Jaimes Branger a comienzos de 2007 para un testimonio sobre este punto.
En lo tocante al problema particular de la candidatura Capriles, le recomiendo la lectura de Retrato hablado, que le aclarará mis criterios respecto de una contrafigura viable, de la que enumero los rasgos que estimo imprescindibles. Es mi firme impresión que el Sr. Capriles carece de esos rasgos. Se trata, por lo demás, de un texto elaborado en octubre de 2008, cuando la candidatura Capriles no soñaba con su existencia.
En general, Sra. NN, he trazado una trayectoria como político clínico que se ha enfrentado a reiterados rechazos de la dirigencia que nos ha traído a Chávez y se ha mostrado repetidamente incapaz de derrotarlo; por eso me comunico directamente con el enjambre ciudadano, a través de los modestos medios de mi blog y, ahora, con mi programa de radio sabatino. Luego de décadas de desatención, he optado por abandonar el papel de brujo de los caciques para ensayar el de brujo de la tribu. Los reclamos que Ud. me hace llegar desde una postura rayana en la falta de respeto no tienen la menor justificación. Ud. no me conoce bien; tampoco me ha leído suficientemente. Lo que es triste es que gente que se dice demócrata, y por tanto debiera ser respetuosa de las opiniones de los demás, se arrogue el derecho de cuestionarles en su conducta sin haber refutado en lo más mínimo las tesis que sostienen.
En uno de los trabajos cuyo enlace he marcado (Retrato hablado), escribí:
Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.
Reivindico mi derecho democrático de sostener esa opinión sin que personas como Ud. crean tener autorización para hacerme reclamos personales. Estoy abierto, eso sí, a lo que pudiera Ud. señalar de erróneo en puntos como ése. En 1995 compuse y juré cumplir un Código de Ética que incluye la siguiente estipulación:
*Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.
*No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.
Mis posiciones, que Ud. estima con tanto desdén, sí me comprometen: mi compromiso es con la verdad, y ésta no es una película maniquea en blanco y negro. A lo largo de mi dedicación a la política he pagado el costo de la incomprensión con privaciones muy concretas para mí y para mi familia. Opiniones como la suya son, lamento decirlo, bastante comunes. A pesar de eso, no me dejo vencer por la amargura aunque, naturalmente, no creo que deba ofrecer excusas por lo que pueda haber estudiado y aprendido. Si Ud. quiere entenderme mejor, le invito a leer un artículo que compuse para explicar este fenómeno: Hallado lobo estepario en el trópico. Es de mayo del año pasado; tardé veintiocho años en defenderme.
Atentamente
Luis Enrique Alcalá
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No concibo la menor esperanza de que esta entrada haga que cesen las conminaciones maniqueas. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | May 30, 2012 | Fichas, Política |

Hombre de diálogo
El viernes 25 de los corrientes, mi señora compró para mí un ejemplar del semanario Quinto Día, pues sabía que Fernando Luis Egaña había escrito una nota sobre Las élites culposas, mi libro. En efecto, con azoro y alegría leí la generosa opinión que el Dr. Egaña se formó de mi trabajo, pero llamó mucho mi atención la primera—Con los pranes, sí—de las cinco notas que escribió para su columna de ese día. Sin permiso del periódico o del autor, reproduzco de seguidas su implacable y eficaz enumeración en esta ficha. Pone en evidencia que hay gente meritoria que vale para el Presidente de la República menos que un delincuente convicto y condenado. LEA
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El comandante-presidente explica que dialogó con los pranes de La Planta para buscar una solución al pandemonio: “conversé con ellos… y negociamos por la vida». Muy bien. Hablando se entiende la gente. Pero… ¿Y conversa con los gobernadores y alcaldes no-oficialistas? No. ¿Y conversa con los dirigentes de la oposición política? No. ¿Y conversa con los rectores de las universidades autónomas? No. ¿Y conversa con los representantes elegidos de los gremios empresariales y profesionales? No. ¿Y conversa con los voceros sociales y laborales de los movimientos comunitarios que son independientes? No.
¿Y conversa con las autoridades de las Academias Nacionales? No. ¿Y conversa con los directivos de los periodistas y comunicadores? No. ¿Y conversa con los Obispos que representan a la Conferencia Episcopal venezolana? No. ¿Y con los pastores, rabinos y guías espirituales de las comunidades evangélicas, hebreas y musulmanas? No. ¿Y conversa con los presidentes de las FCU y de los centros de estudiantes? No. ¿Y conversa con los líderes de las asociaciones de vecinos o de los consejos comunales? No. La verdad sea dicha, qué suerte tienen los pranes…
Fernando Luis Egaña
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 1, 2011 | Fichas, Política |

El descubridor del inconsciente, en su estudio en Londres
A Alberto Krygier
Irving Stone era un biógrafo de meticulosa investigación. El hecho de que su biografía de Miguelángel Buonarroti hubiera sido llevada al cine—La agonía y el éxtasis, con Charlton Heston—la hizo la más famosa de su obra. Pero es extraordinaria la que escribió de Sigmund Freud, Las pasiones del espíritu. En ella vi, a mediados de los ochenta, el modelo de las dificultades que el portador de un nuevo paradigma debe afrontar; creí que encerraba una importante lección para los innovadores en Política. Por esto hice un extracto de varios de sus pasajes, que traduje del original The Passions of the Mind (Doubleday, Nueva York, 1971). Es eso lo que sigue, con alguna que otra nota añadida en cursivas. LEA
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1. «La ciencia que investiga debe operar fuera del reino de la moralidad convencional. En ciencia toda ignorancia es mala y todo conocimiento bueno». (Freud a su futura esposa, Martha). Pág. 18.
2. …él y un compañero aprendieron español por sí mismos de forma de poder leer el Quijote de Cervantes en el original. (Freud en época de sus estudios de bachillerato). Pág. 19.
3. «Tú eres doctor en medicina y sin embargo no practicas. ¿Por qué es eso?» (Pregunta a Freud de Martha). Pág. 19.
4. «Nunca tuve la intención de ocuparme de pacientes. Yo sé cuán digno es aliviar el sufrimiento individual, pero a través de la investigación en los laboratorios y del aumento del conocimiento de lo que hace que el cuerpo funcione o no funcione, podemos encontrar formas para erradicar enfermedades enteras.» (Freud a Martha). Pág. 20.
5. «Josef, tengo que confesarte que éste ha sido el día más agonizante de mi vida. Simplemente no puedo ver una salida para mí».
Breuer pareció no impresionarse en absoluto.
«No hay forma de salir. Sólo hay una forma de entrar. Tú me has dicho que prefieres erradicar enfermedades genéricas antes que el dolor individual. Siempre he sentido que había un toque de mesianismo en ese deseo.»
«¿Qué tiene de malo lo mesiánico si sirve de acicate al logro?»
«Nada. Pero debería llegar como resultado, no como un comienzo. Sabes, Sigismund, ya hace un buen tiempo que descubrí bajo tu superficial timidez un ser humano extremadamente atrevido y sin miedo.»
Sigmund, miró a su amigo boquiabierto.
«Yo también lo he pensado, Josef, pero ¿cómo me ayuda eso en mi actual problema? Siempre he querido la universidad como medio de vida, con dedicación completa a la investigación y la enseñanza. Me siento en mi casa en medio de un estímulo constante a las ideas. Nunca quise luchar por mi existencia sobre una base competitiva.»
«Prefieres el claustro.»
«Sí, solamente que la universidad es un claustro donde los hombres buscan el conocimiento del futuro más que las formas enterradas del pasado. Y francamente no me gusta el dinero.»
«¿No te gusta el dinero o no te gusta pensar en ganar dinero?»
Sigmund tuvo la decencia de sonrojarse: porque Breuer frecuentemente venía en su rescate cuando estaba desesperado por fondos, insistiendo en que, como su propio ingreso era considerable y el de Sigmund todavía no había comenzado, debería tener el derecho de hacer su vida más llevadera. Sigmund llevaba una meticulosa cuenta del dinero que debía a los Breuer, varios cientos de gulders hasta los momentos; pero pasarían años antes de que pudiera comenzar a pagarlo”.
«Sig, tú has presentado un buen argumento de la vida académica, pero no serías feliz en ella por mucho tiempo. Echarías de menos la libertad. Tendrías que conformarte. Se te permitiría ser radical solamente a lo largo de líneas estrictamente convencionales. Tendrías alguien encima, dirigiéndote para que cambiaras tu enfoque, para que te apresuraras a publicar sobre algo que aprobaran, o para que destruyeras aquello que les incomodara»
Se paró de la mesa y caminó por la habitación.
«Sig, esto te permitirá pararte sobre tus propios pies. La primera parte de la ciencia médica es ver pacientes. En ese trabajo básico, que todo doctor debiera realizar, puedes hacer descubrimientos más importantes que viendo a través de un microscopio.» (Josef Breuer y Sigmund Freud. Éste se preocupaba porque si continuaba la carrera profesoral tardaría mucho tiempo en casarse con Martha. Breuer aconsejaba completar los estudios de medicina y buscar una clientela que le permitiera casarse). Pág. 37.

Portada de una biografía
6. Suponte que ella me preguntara, “¿Por qué has cambiado repentinamente de parecer? ¿Es que no tienes constancia?” (Posible pregunta de Martha ante el anuncio de que Freud aceptaba el consejo de Breuer). Pág. 50.
7. Capaces cirujanos le instruían, pero mientras más observaba más se convencía de que no tenía talento para el arte de la cirugía. Podían pasar dos años completos, incluyendo la realización de operaciones sobre cadáveres extendidos en el laboratorio de disección, antes de que se le permitiera operar pacientes. En verdad, ¿no sería mejor para él, cuando ya fuese practicante, remitir rápidamente a los pacientes a un cirujano calificado? Esa era la convicción a la que había arribado seis años antes. (Freud mientras trataba de graduarse para tener pacientes que le permitieran ganar el sustento). Pág. 71.
8. «Para un joven que se ha reconciliado con los rigores de una práctica privada, debo decir que estás abandonando demasiado rápido”. (Breuer a Freud, al saber que otra vez cambiaba de dirección y deseaba ahora una posición académica). Pág. 75.
9. «¡Sólo a la primera oportunidad!» (Respuesta de Freud a Breuer). Pág. 76.
10. «Debemos curar sin cortar el cuerpo del paciente». (Freud. Esta es la formulación estricta de la posición hipocrática ante lo quirúrgico: «No cortaré a las personas que sufran de cálculos, sino que dejaré este trabajo a quienes son practicantes de ese arte»). Pág. 8.
11. Ignaz tenía dos hermanos a quienes les iba bien en los negocios y ayudaban a mantener el hogar de su madre pero no le daban nada a Ignaz. Decían, “Tienes que mantenerte por ti mismo. ¿Dónde se ha oído que alguien viva del sánscrito?»
La Sra. Bernays también había estado acosando a Ignaz. Y no era por el sánscrito. Su marido la había imbuído de respeto por la vida universitaria y sus reverenciados títulos. Era porque creía que estaba fingiéndose enfermo; creía que debía graduarse de una vez de modo que pudiera conseguirse un trabajo profesional.
Ignaz gritaba: “Necesito más años de estudio. Es un campo muy vasto. Debo dominarlo antes de graduarme».
«Yo creía que un estudioso trabajaba toda su vida para convertirse en un experto. ¿Por qué tienes que terminar el trabajo antes de empezarlo?» (Ignaz Schönberg era novio de una hermana de Martha, la futura Sra. Freud. La Sra. Bernays, madre de Martha, se quejaba de que todos sus yernos eran pobres). Pág. 86.
12. «Te aconsejaría ir poco a poco, Sig; sé discreto. No arriesgues la ridiculización de Viena con tu idea de la histeria masculina. Lo único que puedes es hacerte daño».
Sigmund caminaba nerviosamente por el cuarto.
«Pero Josef, ¿tú no me estarás pidiendo que abandone lo que he aprendido?»
«Usa tu intuición y tu adiestramiento en tus pacientes. Construye primero un portafolio de pruebas».
«Una vez que mi traducción de Charcot aparezca en alemán el material definitivo estará disponible para que todos lo lean. Estaré comprometido».
Breuer negaba con la cabeza, vacilante. «Leerán la neurología de Charcot con gran respeto; y cuando lleguen al material sobre la histeria masculina lo desecharán como el pecado venial pasajero de un gran científico. Y en cuanto a tu parte en el libro, estás traduciendo, no abogando”.
«Josef, estoy planeando escribir sobre el tema para mi conferencia en la Asociación Médica…»
«¡Entonces no lo hagas! Es demasiado peligroso. Los escépticos sólo pueden ser convencidos a su propio ritmo, no al ritmo del proselitista». (Discusión de Breuer y Freud). Pág. 199.
13. Su deuda más grande era con Josef y Mathilde Breuer. Ya llegaba a los dos mil dólares. Había sugerido comenzar a pagarla en pequeñas cantidades mensuales. Breuer lo rechazó con un gesto.
“Eso no está bien, Sig. No necesitamos el dinero ahora. Tómate diez años de plazo. Al final de ese tiempo estarás ganando sustancialmente”.
No había mucha posibilidad de que ganara los necesarios cien dólares durante los primeros meses de práctica. Algunos de sus colegas consideraban tonto de su parte comenzar con tan pocas reservas. El Dr. Politzer, el otólogo que lo había llamado a consulta cuando sólo llevaba dos días en Viena, comentó, al oir que Sigmund planeaba casarse en el otoño: “Estoy horrorizado. Sé por nuestra reunión de hace pocos días que no tiene ningún medio de fortuna. ¿Por qué insiste en casarse con una muchacha pobre cuando podría obtener una dote de cien mil gulden?” Pág. 203.
14. «Esta es una ventaja inesperada del matrimonio: un hombro comprensivo sobre el cual pueda probar que yo tengo razón y el mundo no». (Freud a su mujer, luego de una mala recepción de su conferencia sobre histeria masculina en la Sociedad de Medicina en Viena). Pág. 233.
15. «Usted sabe, Dr. Freud, nos parecemos mucho en que no nos dejamos congelar en actitudes académicas y profesionales. Pensamos como Heráclito. ‘Todo fluye’. Cada día debemos aprender algo nuevo en nuestra ciencia o no hemos vivido esas veinticuatro horas». (Wilhelm Fliess a Freud). Pág. 256.
16. «Sigmund, el adversario que más te combate es el que está más convencido de que tienes razón”. (Theodor Meynert a Freud). Pág. 336.
17. «No soy un masoquista”, pensaba. “No disfruto que me aporreen. Anhelo la admiración y el respeto tanto como cualquier científico. Pero ¿cómo podré proceder con la publicación de mi descubrimiento más importante? Los que no se rían se burlarán. Murmurarán entre ellos a mis espaldas: ‘¡Allá va de nuevo el irresponsable de Freud, tratando de incendiar el mundo con un mechero Bunsen apagado¡’” (Freud al considerar la publicación de sus primeros casos exitosos). Pág. 350.
18. Breuer negaba con la cabeza. “No. No tenemos un vocabulario para describir lo que estamos encontrando. No tenemos mapas ni aparatos… porque los viejos son irrelevantes». (Breuer a Freud, cuando éste le decía «Hemos descubierto verdades universales acerca de la mente inconsciente y sobre cómo descarga la histeria. ¿Es que cincuenta casos concienzudamente investigados no son tan reveladores como cincuenta láminas de patología estudiadas con el microscopio?» Freud pujaba para que Breuer se atreviera a la publicación conjunta de sus hallazgos, que lo eran más de Freud que de Breuer). Pág. 354.
19. «Josef, para no cambiar de tema, ¿ya escribiste la historia de Bertha Pappenheim y comenzaste tu último capítulo teórico?»
Josef dudaba, «…no. Pero he leído tus historias de casos».
«¿Te parecen claras? ¿Pueden ser seguidas lógicamente paso a paso?»
Josef sonrió con algo de tristeza.
«Por supuesto, por los convencidos. Es como cualquier otra religión. Los fieles no necesitan pruebas. Y para el infiel ninguna prueba es suficiente». (Breuer y Freud. El primero continuaba remolón ante la publicación de un libro conjunto). Pág. 392.

Martha Freud y su hija Sofía
20. «Creo que mis servicios y obligaciones para con un paciente se han completado una vez que he revelado el significado escondido y secreto de sus síntomas. La cura reside en ese mismo acto. Realmente no es mi responsabilidad si acepta mi diagnóstico o no, aunque por supuesto no habrá cura a menos que lo acepte. Por tanto, para mí es urgente que ella crea en mi solución y trabaje fielmente con mis indicaciones. Si los dolores son la culpa de Emma obviamente no soy yo el culpable; por tanto, ella ha fracasado en su propia cura y no soy responsable de ninguna parte del fracaso». (Freud comentándole a Martha un sueño que había tenido y que relacionaba con una paciente renuente a aceptar su diagnóstico y su tratamiento). Pág. 407.
21. «Freud, fuimos juntos a la Escuela de Medicina, trabajamos juntos en los laboratorios durante años, he admirado tu trabajo sobre parálisis en niños. Es por eso que te pido: no publiques tu conferencia. Eso te causará un daño irreparable. Perderás el respeto que ahora se tiene por ti. Tanto Kraft-Ebing como yo creemos que estás yendo demasiado rápido y tomando demasiados riesgos. Deberías trabajar varios años más, acumular evidencia adicional, probar tus hipótesis, erradicar la posibilidad de error».
Sigmund se sentía mal. Estudió los rostros de los dos hombres exitosos que tenía delante.
Kraft Ebing añadió con suavidad, “Hemos desarmado tu conferencia pieza por pieza, y estamos convencidos de que cometes un error fundamental con tu concepto de ‘sexualidad infantil’. Es completamente repugnante a la naturaleza humana. Te encarezco, mi querido Freud, que no permitas que tu creencia se lleve por delante las evidencias que hasta ahora has encontrado, como lo hiciste en tu conferencia. No abandones los precisos métodos de la ciencia a la que has dedicado tu vida. Una publicación prematura dañaría más que tu reputación.»
Sorprendido, Sigmund preguntó, “A quién más dañaría?»
«A la Escuela de Medicina. Rundschau se lee mucho. Podrías hacer un gran daño a tu universidad.» (Wagner-Jauregg y Kraft-Ebing, tratando de convencer a Freud de que no publicara su conferencia sobre la etiología de la histeria). Págs. 426 y 427.
22. Como era poco probable que fuese invitado de nuevo a hablar ante alguna sociedad médica, y la publicación de su conferencia había conducido, en sus propios términos, “a la ruptura de la mayor parte de mis contactos”, preguntó a un viejo conocido de su padre en los negocios acerca de un grupo con el que pudiera discutir sus descubrimientos.
«¿Dónde puedo encontrar un círculo escogido de personas de carácter que me reciban amigablemente a pesar de mi temeridad?»
El hombre mayor respondió: “El B’Nai Brith es un sitio donde se encuentran hombres de ese tipo. Pero para el propósito de la reunión a que te refieres, te recomiendo a los jóvenes del Círculo Académico de Lectura Judío.»
Cerca de treinta jóvenes se reunieron en el salón del club en la Ringstrassen Haus en una noche de sábado. Nada sabían de lo que Sigmund denominó “los primeros atisbos en las profundidades de la vida instintiva del hombre” ni habían oído jamás acerca de la estructura arquitectónica de la mente inconsciente. Escucharon con fascinado respeto y luego hicieron preguntas que indicaban que, aunque sólo comprendían elementalmente lo que el Dr. Sigmund Freud tenía que decir, estaban ansiosos por saber más. (Esta conferencia fue dictada por Freud a un público no iniciado luego de las primeras represalias de sus colegas. «Sus pacientes referidos por otros doctores se desvanecieron por completo, como si hubiera sido puesto en una lista negra. No venían los pacientes del Allgemeine Krankenhaus, del Instituto Kassowitz ni de los doctores que se los enviaban antes»). Pág. 430.
23. El resultado inmediato de su agitación por la pérdida de su padre fue el temor de los años venideros, en los que forzosamente tendría que ser un extraño en su profesión y su ciudad. No podía tolerar más la sensación de ser esquivado. Necesitaba una organización, una institución, algo a lo que pertenecer y que, en un sentido familiar, le perteneciera. Pág. 433.
24. Llegó a deprimirse, a hacerse introvertido, sin esperanzas por su propia vida y la del mundo, invadido por el temor de su propia muerte. Sufría toda clase de dolores corporales, que desaparecían tan misteriosamente como habían llegado, sólo para ser sustituidos por músculos adoloridos y huesos cansados. La autocensura hervía dentro de él; se sentía inhibido en todas sus actividades… perdió incluso la capacidad de hacer el amor. Pág. 457.
25. Sigmund se dió cuenta de que él tenía la culpa; durante diez años había alabado a Wilhelm hasta el cielo, diciendo de él que era el más audaz y más creativo científico médico en Europa. ¡Ahora el alumno estaba repudiando al maestro!
Aunque Sigmund había urgido a Wilhelm para que encontrase agujeros en el tejido de su propio razonamiento, y Wilhelm había respondido con entusiasmo, Sigmund Freud era el único hombre en el mundo del que Wilhelm Fliess no aceptaba la crítica. Pero, ¿no había sabido él mismo, Sigmund, desde hacía tres años, desde la operación de nariz de Emma Benn, que Wilhelm era un génie manqué, que cometía errores de juicio casi fatales? ¿Haciendo una operación que era innecesaria, y luego dejando la gasa en la nariz de Emma infectándose y casi matándola de la hemorragia? Mirando los hechos desnudos con el beneficio de su autoanálisis, comprendió que cuando le había escrito a Fliess, después de la infortunada operación, “Por supuesto, nadie te culpa de nada ni veo por qué tendría que hacerlo”, él había estado protegiendo su relación con un amigo que no podía aceptar la crítica, un amigo que no quería perder, un hombre que adoraba y necesitaba.
Su inconsciente había correctamente culpado a Fliess. ¿Sería ahora libre como para arriesgar esa tan querida amistad? (A raíz de una correspondencia cruzada entre Fliess y Freud, en la que este último cuestionaba las teorías del primero sobre bilateralidad y zurdera). Págs. 470 y 471.
26. No podía darse el lujo de estos viajes, pero estaba viviendo según un viejo proverbio vienés: “El modo de volverse rico es vender tu última camisa”. (De vez en cuando Freud llevaba a su familia en cortos viajes al campo, en épocas cuando sus ingresos habían mermado considerablemente). Pág. 480.
27. «¿Por qué tienes que leer cada palabra de esos libros?”
“Porque no me puedo arriesgar a que me acusen de haber desatendido estas obras, por más fragmentarias que sean”
Martha suspiró.
“¿Pero ese material no tendrá el mismo efecto adormecedor sobre tus lectores que el que ha tenido contigo?”
“Desafortunadamente, puede ser”.
“Bueno, yo diría que ningún lector serio se rendirá ante una introducción de unas diez o quince páginas históricas”.
Sigmund se puso en pie, fue a la caja sobre la mesa, encendió un habano y echó unas primeras fumadas.
“No son diez o quince páginas, Marty. Más bien unas cien, para hacerle justicia al material”.

Martha – Minna y Martha Bernays (clic amplía)
Martha lo miró con incredulidad.
“¡Cien páginas! Eso es un libro por sí solo. ¿Por qué quieres poner esa infranqueable Muralla China ante tus lectores?”
Minna reía. “Bueno Martha, tú sabes que la más consistente ambición vital de Sigi es la de ser mártir”. Se volvió hacia su cuñado. “¿No estarás matando cadáveres? ¿Por qué citar a medio centenar de autores sólo para probar que están equivocados?”
“Porque esa es la manera científica: resumir todo lo que ya ha sido escrito sobre el tema y analizar su valor”.
“Pero ¿qué le pasará al lector que se extravíe en ese matorral?”
Sigmund sonrió con melancolía. “Nunca llegará a ver a la Bella Durmiente que está adentro. Es como una limpieza ritual del terreno, como los granjeros incendian los rastrojos del año anterior antes de la siembra de primavera”. (Acoso de Martha Freud y su hermana Minna a Freud, quien preparaba su texto sobre interpretación de los sueños con la lectura de unos ochenta volúmenes). Pág. 485.
28. Existía una costumbre no escrita en la universidad que se centraba sobre la frase Tres faciunt collegium: tres hacen un colegio. Pág. 502.
29. «Sigi, tú dijiste que escribirías ese largo artículo para el público general. ¿Entonces por qué lo estás ofreciendo a la Revista de Psiquiatría y Neurología en vez de a una publicación periódica general? ¿Es porque les retiraste el manuscrito sobre Dora Giesl?”
“Sólo en parte. Simplemente no es correcto que un médico publique material médico en un periódico popular. Debe confinarse a las revistas científicas”.
“¿Entonces cómo le va a llegar tu material al público general?”
“Por ósmosis. Permea. Como el gas de la tierra o el agua de un tejado plano”. (Martha preguntando por el trabajo que Freud llamó La Psicopatología de la Vida Cotidiana). Pág. 516.
30. La conferencia fue anunciada en el Neue Freie Presse y generó considerable interés. Por la mañana del día de la conferencia llegó una carta expresa a la Berggasse. Excusándose, el vocero de la Sociedad Filosófica explicaba: se había filtrado algo acerca del contenido de la conferencia del Dr. Freud; algunos de los miembros, los hombres, no las mujeres, habían objetado. ¿No podría el Dr. Freud ser tan considerado como para comenzar con casos y ejemplos inofensivos, no sexuales? Luego, cuando llegase al material que algunos pudieran considerar ofensivo, no podría él, tan delicadamente como fuese posible, que se disponía a detallar ciertos asuntos objetables; y luego esperar unos instantes, en silencio por supuesto, “durante los cuales las damas pudieran abandonar el salón?”
Canceló la conferencia con una nota tan indignada que casi quemaba el papel. Martha preguntó: “¿No podrías haber disertado sobre la psicopatología de la vida cotidiana? Tú mismo has dicho que ése es el camino fácil hacia el inconsciente, y hay muy poco material sexual en el libro».
“Sí hubiera podido, si para empezar me hubieran pedido esa conferencia. Pero después de que he presentado el cuerpo principal de mi obra, declarar noventa por ciento de ella indecente o reprensible sería admitir que estoy haciendo algo malo. Si estos hombres creen que los oídos de sus mujeres son demasiado delicados para oír acerca de la vida sexual de Homo Sapiens prefiero retirarme de su plaza de toros”.
“Si tuvieras que elegir” le echó en cara Minna, “¿qué preferirías ser, el matador o el toro?”
“En cada corrida salgo gloriosamente ataviado como el matador, pero al final de la prueba de algún modo me he transformado en el toro con la espada en el lomo, dobladas mis rodillas en la arena”. (Freud comentando su frustración amargamente ante su mujer y su cuñada, pues hacía cinco años, desde la conferencia ante la Sociedad de Psiquiatría y Neurología, que no recibía invitaciones. La que le hizo la Sociedad Filosófica le había alegrado enormemente, sólo para que la conferencia nunca se llevara a cabo). Pág. 517.
31. Esa noche Sigmund se sentó en su estudio y escribió a Fliess con sarcasmo:
“El Wiener Zeitung no lo ha publicado todavía, pero las noticias se han regado desde el Ministerio. ¡El entusiasmo público es inmenso! Las felicitaciones y los ramos de flores continúan lloviendo, como si el papel de la sexualidad hubiera sido reconocido súbitamente por Su Majestad, la interpretación de los sueños confirmada por el Consejo de Ministros, y la necesidad de la terapia psicoanalítica de la histeria aprobada por una mayoría de dos terceras partes del Parlamento. Obviamente, vuelvo a tener buena reputación, y mis más tímidos admiradores ahora me saludan desde lejos en la calle”.
Uno de los primeros en aparecer fue un efervescente Wilhelm Stekel. Su cara resplandecía de orgullo. Sigmund se sintió conmovido.
“¡Excelencia! Ahora que usted es el Profesor Sigmund Freud en vez de un simple e inferior Dozent, ¿no habrá llegado el momento de llevar a cabo su plan de formar su propio grupo? Creo que usted lo llamó un seminario, un círculo de gente interesada en el psicoanálisis…” (Después de largos años Freud había sido nombrado Profesor, distinción que en el Imperio Austro-Húngaro era conferida por el propio Emperador. En la campaña final fue ayudado por la presión a su favor de la Baronesa von Ferstel, a la que había curado). Pág. 536.
32. «Con todo, es mejor que ser ignorado. Es tradicional atacar salvajemente aquello que uno más teme». (Freud a Stekel). Pág. 562.
33. «La herejía de una generación es la ortodoxia de la siguiente». (Freud a Jung). Pág. 563.
34. «Cuando escribimos, disertamos, y por otros medios abogamos por la diseminación del psicoanálisis, ¿no cree usted que sería más sabio evitar el tema terapéutico al comienzo de nuestra exposición? No es que usted no haya logrado resultados significativos –incluso yo, en mis modestos inicios, he logrado ayudar mucho– sino más bien porque usted nos ha dado una ciencia de la psicología completamente nueva y revolucionaria, una que será capaz de aplicarse a todas las actividades del hombre. ¿Por qué entonces arriesgar la reputación y la validez del psicoanálisis, cuyo significado último será mil veces más amplio que la terapia misma, en manos de doctores que pudieran tomar casos inadecuados, que pueden incluso venir a su campo porque se imaginan que la teoría psiconalítica es fácil, y que dañarían nuestro movimiento por la ignorancia de nuestras técnicas?. ¿No sería mejor, en nuestras declaraciones públicas, minimizar nuestra pretensión de los poderes curativos de nuestra terapia hasta que nosotros mismos podamos dar adiestramiento especializado a un grupo de doctores que entonces sean capaces de practicar el análisis freudiano?
Sigmund buscó un cigarro y lo encendió pensativo. ¿Se le estaría pidiendo de nuevo ser el maquinista de un tren que tuviera ruedas de un solo lado? Él mismo ya le había escrito a Carl Jung en diciembre pasado, “He tenido el cuidado de no mantener en mis escritos algo más que ‘el método funciona mejor que cualquier otro’”. (Jung a Freud). Pág. 565.
35. «Bleuler debe ser un magnífico administrador”, observó Sigmund; “es un don raro, uno que he admirado pero nunca poseído”. (Freud a Jung). Pág. 634.

Freud, Stanley Hall, Jung; Brill, Jones, Ferenczi – Universidad Clark, EEUU, 1909 (clic amplía)
36. Viajaban hacia el puerto de Nueva York al final de una tarde de viernes, el 27 de agosto, un día claro y brillante. Sigmund se acomodó al frente de la proa con Jung a un lado y Ferenczi al otro, mientras la silueta de Manhattan aparecía a la vista, primero como un borrón en el horizonte y luego los edificios haciéndose más destacados: altos, majestuosos, aparentemente erectos directamente sobre las aguas de la bahía. Sigmund estaba fascinado por el contorno de la isla, la punta de aguja de Battery anchándose hacia el norte. Entonces pensó:
“Me pregunto si estoy viendo a los Estados Unidos del mismo modo que Bernays lo hizo. Él buscaba un nuevo hogar y una nueva manera de vivir; se preguntaba ‘¿Es acá donde debo estar? ¿Voy a convertirme en un americano?’ Millones de europeos han tenido esa misma esperanza y esa misma pregunta al ver por primera vez esta vista sensacional. Pero sólo estaré aquí unas pocas semanas. Cuando concluyan las conferencias me iré al patio de la posada, encontraré mi propio equipaje, me lo pondré a la espalda y regresaré a Viena”.
Al pasar ante la Estatua de la Libertad, Sigmund exclamó:
“¡Van a recibir una sorpresa cuando oigan lo que tenemos que decirles!”
Jung se volvió y replicó, no sin amabilidad:
“¡Cuán ambicioso es usted!” (Freud había sido invitado por la Universidad Clark para una serie de conferencias como parte de la celebración del vigésimo aniversario de su fundación). Págs. 653 y 654.
37. Cuando dos entre su gente se ponían a pelear, los invitaba a cenar juntos y les proporcionaba una noche interesante, revisando material de casos, trayendo a cada uno a la conversación, escuchando con cuidado, admirando su comprensión del tema, levantando su confianza no sólo en sí mismos sino también en el otro, a fin de que salieran del 19 de la Berggasse abrazados y se acompañaran en el camino. Si iba a tener que ser el paterfamilias no tenía elección: estos niños dispares vivían todos dentro de su hogar ideológico. Tenía que encontrar formas de mantenerlos felices. No obstante, había momentos cuando varios de los miembros mayores lo entristecían con sus guerras intestinas. (Problemas en el primer grupo de psicoanalistas). Págs. 662 y 663.
38. «El psicoanálisis como ciencia probará su valor conmigo o sin mí, porque contiene muchas verdades y porque es conducido por personas como usted y Jung. La introducción de la política de ‘puertas cerradas’ asustó a muchos amigos y convirtió a algunos de ellos en oponentes emocionales”. Volvió sus honestos y preocupados ojos hacia Sigmund. “No importa cuán grandes sean sus logros científicos, usted me parece psicológicamente un artista. Desde este punto de vista es comprensible que usted no quiera que el producto de su arte sea destruido. En el arte tenemos una unidad que no puede ser despedazada. En ciencia un descubrimiento que debe permanecer. Cuánto de lo que está vagamente conectado con eso sobrevivirá no es lo importante. Pero voy a hacer una predicción: usted verá que en el largo plazo yo permaneceré más cerca de sus creencias que su segundo al mando, Carl Jung». (Bleuler a Freud. Eugen Bleuler se había separado de la Sociedad Suiza de Psicoanálisis, presidida por Jung, a raíz de la cancelación de una ponencia de Max Isserlin, un psiquiatra de Munich, para el Segundo Congreso de Psicoanálisis en Nuremberg. El texto de Isserlin era un ataque violento contra el concepto del subconsciente. Varios miembros del grupo de Viena convencieron a Freud para cancelar la presentación de Isserlin). Pág. 692.
39. «Éste es un momento triste en mi vida. Es la primera vez en los nueve años que nuestro grupo se reúne que he perdido un discípulo”.
Adler replicó con firmeza, “Yo no soy ni nunca he sido su discípulo”
“Acepto la corrección: un colega. No es un suceso feliz el perder un colega de muchos años. Pero en verdad ya le habíamos perdido hace bastante tiempo”.
Adler se quitó sus anteojos. Sus ojos estaban encapotados. Dijo, sin mirar a Sigmund a la cara:
“La ruptura ha sido obra suya”.
“¿Cómo es eso, Doctor?”
“Al cometer el mismo crimen que usted ha atribuido a Charcot y Bernheim: ¡usted ha congelado su propia revolución!”
Sigmund quedó profundamente consternado. La acusación lo hirió más hondamente que cualquier cosa que le atribuyeran sus enemigos.
“Por lo contrario, Doctor, cuando he cometido errores los he admitido y continuado la búsqueda. He incorporado con orgullo en el cuerpo del psicoanálisis ideas que usted mismo ha contribuido. ¿Cuál es la razón real de su renuncia a la Sociedad Psicoanalítica de Viena?”
La angustia inundó el orgulloso y sensitivo rostro de Adler.
“¿Por qué siempre debo hacer mi trabajo bajo su sombra?» (Freud había abandonado la Presidencia de la sociedad poco después del Congreso de Nuremberg, y postulado a Adler en su lugar. En 1911 Adler habló por tres sesiones seguidas exponiendo un conjunto de conceptos totalmente incompatibles con el esquema freudiano, recibiendo un feroz ataque de los miembros de la sociedad. Adler renunció). Pág. 696.
40. Fijó su atención sobre Jung y le preguntó sobriamente:
“Mi querido colega, ¿por qué es que en sus recientes conferencias y publicaciones usted ya no me nombra?”
Hubo un incómodo momento de silencio, luego del cual Carl Jung sonrió y dijo despreocupadamente:
“Mi querido Profesor, todo el mundo sabe que Sigmund Freud es el fundador del psicoanálisis. Ya no hay ninguna necesidad de mencionar su nombre cuando hacemos recapitulaciones históricas”.
Una aguda estocada de dolor atravesó el pecho de Sigmund. ¡Se había estado engañando a sí mismo! La arrogante respuesta de Jung revelaba la verdad. En las profundidades del subconsciente de Carl Jung había una poderosa fuerza que crecía lentamente y buscaba romper la relación abiertamente. En su mente consciente Jung quería reconciliarse. Todavía amaba y veneraba a Sigmund Freud, y no estaba simulando cuando, en su paseo de dos horas, le había asegurado a Sigmund que todo lo bueno de su relación estaba restaurado y que trabajarían juntos en los años venideros. Pero en ese jirón de sonrisa en el rostro de Jung, y en su despreocupada respuesta, Sigmund percibió la represión que no podría negarse por mucho tiempo más; Carl Jung necesitaba ser libre e independiente, producir el rompimiento y hacerse su propio hombre. Pág. 719.
41. «Para las decisiones sin importancia busca en tu mente consciente. Para las grandes decisiones de tu vida, deja que domine tu mente inconsciente. De esa forma no te equivocarás». (Freud a Theodor Reik, que le pedía consejo sobre su matrimonio y su vida profesional). Pág. 721.

En portada de 1924
42. Lo escaso de su práctica era en realidad una bendición, puesto que su mayor deseo era escribir el manuscrito completo Sobre la Historia del Movimiento Psicoanalítico en los primeros meses del año, de modo que pudiera ser publicado en el Anuario para el momento cuando la noticia de la renuncia de Carl Jung se regara por Europa, Inglaterra y América. Siempre había sido su política la de no estar a la defensiva, sin embargo este manuscrito sería defensivo. Había una necesidad de establecer la verdad acerca del nacimiento y el desarrollo del psicoanálisis, acerca de lo que él había descubierto, desarrollado, puesto en movimiento; y acerca de cuáles habían sido las contribuciones subsiguientes debidas a Alfred Adler o Carl Jung. Trataría de escribir la historia con pleno candor y honestidad. Pág. 735.
43. Desde el Armisticio la Sociedad Psicoanalítica Internacional había crecido tremendamente; ahora tenía doscientos treinta y nueve miembros, de los cuales ciento doce habían asistido al Congreso, con la adición de otros ciento cincuenta interesados. Once miembros habían hecho el viaje desde América, treinta y uno de Inglaterra, noventa y uno de Berlín, un testimonio del trabajo hecho por Karl Abraham, Max Eitingon y luego Hanns Sachs y Theodor Reik en el centro de adiestramiento. A pesar de la continua oposición y adversidad, veinte miembros habían venido desde Suiza. Mirando al gran salón y recordando los desafortunados quebrantos en el Congreso de Munich de hacía una década, Sigmund reflexionaba:

Pregunta que sugiere la respuesta
“Tenemos la cantidad y la fortaleza para sostenernos. ¡Hemos llegado! Puede que perdamos miembros a lo largo de los años, por razones relevantes o irrelevantes; pero estamos tan firmes sobre nuestros pies como cualquier sociedad psiquiátrica o neurológica”.
El psicoanálisis había llegado para permanecer. (Congreso de Berlín de 1922). Pág. 764.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 25, 2011 | Económica, Fichas, Política |

La oportuna voz del Estado más pequeño del mundo
El sector financiero venezolano ha sido el niño consentido del país. Mientras el sector industrial y el agro venezolanos han sufrido los embates de los astronómicos costos financieros, los bancos del país obtuvieron carta blanca para mantener desmedidos diferenciales entre sus tasas activas y pasivas. Ahora, después de evidenciarse que una cantidad significativa de instituciones financieras se hallaba, a pesar de todas las ventajas, en precaria situación, el Estado ha tenido que salir al rescate con un auxilio en dinero que equivale a la tercera parte del presupuesto nacional… Ningún otro sector de la economía creció tanto y tan rápidamente como el sector financiero en los últimos años: en el volumen de ingresos, en el despliegue de instrumentos de captación, en la profusión de gasto publicitario… Las mismas empresas no financieras, no obstante, han tenido participación en el proceso de exacerbación de lo financiero en la Venezuela de los años recientes. Unas, porque decidieron entrar como inversionistas en actividades financieras; otras, simplemente, porque permitieron una mayor preeminencia de sus vicepresidencias de finanzas y dedicaron un tiempo importante a una mayor manipulación del efectivo. Este último aspecto tiene explicación razonable, por supuesto. En una economía inflacionaria, de constante devaluación del signo monetario, de altas tasas de interés, la función financiera dentro de las empresas tiende naturalmente a ocupar un mayor espacio dentro del proceso gerencial y estratégico… En teoría, se tiene inflación cuando el sistema virtual de la economía crece más aceleradamente que el sistema real. Esto es, justamente, lo que ha venido ocurriendo en Venezuela. No sólo proviene la inflación, pues, del crecimiento del gasto público y de la devaluación constante de nuestra moneda. También del desarrollo de la actividad bancaria y financiera en general el que, como hemos dicho, ha sido muy superior al experimentado por los sectores aportantes de producto real. Basta constatar la exigua variedad de títulos que se negocian en la muy activa y expandida Bolsa de Valores de Caracas. Casi que se trata de una bolsa para el manejo de las acciones de una sola empresa: La Electricidad de Caracas, que en la mayor parte de las jornadas constituye por sí misma las dos terceras o las tres cuartas partes—a veces más—del volumen negociado diariamente. A pesar de esta precariedad, se concede, desde hace unos pocos años, una atención recrecida a la actividad bursátil local, y todo noticiero que se precie dedica un segmento apreciable de su tiempo al reporte de las transacciones sobre apenas una decena de títulos… Visto desde esta perspectiva, la débâcle de un número apreciable de bancos y la subsiguiente compactación del sector, así como el objetivo gubernamental de reducir las tasas de interés, pueden ser vistos como procesos—traumáticos, por cierto—que pudieran corregir el desequilibrado crecimiento del sector financiero venezolano. Un sector que ha experimentado una modernización considerable, pues ese logro debe anotársele sin mezquindad; un sector que contiene más de un ejemplo de administración sobria y recta; un sector, no obstante, que creció más de lo debido, ante la inconsciencia de un sector público que debió darse cuenta, a tiempo, de la crisis que se estaba gestando. (LEA en referéndum, Vol. I, Nº 3, 4 de mayo de 1994).
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En medio de la enfermedad financiera de Europa, uno de los Estados más pequeños que la componen, el minúsculo territorio de ½ kilómetro cuadrado que es la Ciudad del Vaticano, ha puesto sobre la mesa consideraciones que llevan el atrevimiento que permite la sensatez. Incluyendo en su análisis las dificultades que alcanzan a los Estados Unidos, el Consejo Pontificio «Justicia y Paz» ha elevado la proposición de establecer una Autoridad Pública Mundial en materia de finanzas y moneda. Este blog no puede estar más de acuerdo con la propuesta; en la Carta Semanal #285 de doctorpolítico (Ciudadanía mundial), del 8 de mayo de 2008, se recordaba que en el mismo país italiano ya Dante Alighieri abogaba por un gobierno mundial: «En De Monarchia, el autor de la Divina Comedia dedica un capítulo entero del primer libro de aquella obra a la conveniencia de un gobierno mundial. Si Clausewitz supone que la guerra es connatural a las naciones, pues no existe una autoridad mundial distinta de las naciones que compiten entre sí, Dante quiere que se obtenga la paz entre ellas precisamente con la instauración de un gobierno mundial».
En la misma carta se concluía:
Pero todo esto es pasado, y no tenemos gobierno mundial. Hay una asociación de estados-nación, más bien tenue, en la Organización de las Naciones Unidas, y ciertamente han ido añadiéndose instituciones planetarias con autoridades hasta hace poco inexistentes. (La Corte Penal Internacional es el caso más destacado y significativo). Por otra parte, hay megaprocesos cuya presión va llevándonos a conformar, en algún momento no tan lejano, una polis del mundo. Hay un calentamiento global que todos causamos, desde una vaca en Abisinia hasta un fumador en Estocolmo, desde un tractorista en Wisconsin hasta un talador en la Selva Amazónica. El clima no reconoce fronteras. Hay, desde hace tiempo ya, corporaciones transnacionales, pero también crimen transnacionalizado, desde el más vulgar hasta el terrorista, incontenible por policías locales. Hay, también, un cerebro del mundo en construcción. Google procesa ya alrededor de mil millones de búsquedas por día, y todavía la Internet está en pañales. Nos preocupa Chávez, pero también Putin y Bush, y se nos engurruña el corazón con un volcán chileno o un ciclón birmano. El mundo es plano, argumenta Thomas Friedman.
Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones. ¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario, compuesto por miembros elegidos por los bloques de la “geotectónica política”. Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como subbloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagará?
En la base de todo tendría que estar la conciencia apuntada al principio: la de que en verdad somos, por encima de cualquier otra cosa, ciudadanos del planeta; la de que es una nueva soberanía planetaria, emanada del único pueblo del mundo, lo que dará base a un gobierno del mundo.
La ciudadanía del mundo comienza ahora a manifestarse, en la extensión de los Indignados por el mundo, justamente contra los vicios que denuncia la Comisión Justicia y Paz. He aquí el texto completo de su documento, importante no por quien habla sino porque tiene sentido. (Al final del mismo, se transcribe fragmento de una evaluación venezolana de hace 17 años). LEA
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Pontificio Consejo “Justicia y Paz”
POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PROSPECTIVA DE UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL
Libreria Editrice Vaticana
Ciudad del Vaticano
índice sumario
Prólogo
Premisa
Desarrollo económico y desigualdades.
El rol de la técnica y el desafío ético
El gobierno de la globalización.
Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos.
Conclusiones
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Prólogo
«La presente situación del mundo exige una acción de conjunto que tenga como punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales. Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados, “sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido”».
Con estas palabras Pablo VI, en la profética y siempre actual Encíclica Populorum progressio de 1967, trazaba de manera límpida «las trayectorias» de la íntima relación de la Iglesia con el mundo: trayectorias que se cruzan en el valor profundo de la dignidad del ser humano y en la búsqueda del bien común, y que además hacen a los pueblos responsables y libres de actuar según sus más altas aspiraciones.
La crisis económica y financiera que está atravesando el mundo convoca a todos, personas y pueblos, a un profundo discernimiento sobre los principios y de los valores culturales y morales que son fundamentales para la convivencia social. Pero no sólo eso. La crisis compromete a los agentes privados y a las autoridades públicas competentes a nivel nacional, regional e internacional a una seria reflexión sobre las causas y sobre las soluciones de naturaleza política, económica y técnica.
En esta prospectiva, la crisis, enseña Benedicto XVI, «nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada, más que resignada».
Los líderes mismos del G20, en el Statement adoptado en Pittsburgh en el año 2009, han afirmado cómo «The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility».
Recogiendo el llamamiento del Santo Padre y, al mismo tiempo, haciendo propias las preocupaciones de los pueblos – sobre todo de aquellos que en mayor medida sufren los efectos de la situación actual – el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, en el respeto de las competencias de las autoridades civiles y políticas, desea proponer y compartir la propia reflexión “Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal”.
Esta reflexión desea ser una contribución a los responsables de la tierra y a todos los hombres de buena voluntad; un gesto de responsabilidad, no sólo respecto de las generaciones actuales, sino sobre todo hacia aquellas futuras, a fin de que no se pierda jamás la esperanza de un futuro mejor y la confianza en la dignidad y en la capacidad de bien de la persona humana.
Peter K. A. Card. Turkson † Mario Toso, SDB
Presidente Secretario
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POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONALEN LA PERSPECTIVA DE UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL
Premisa
Toda persona individualmente, toda comunidad de personas, es partícipe y responsable de la promoción del bien común. Fieles a su vocación de naturaleza ética y religiosa, las comunidades de creyentes deben en primer lugar preguntarse si los medios de los que dispone la familia humana para la realización del bien común mundial son los más adecuados. La Iglesia, por su parte, está llamada a estimular en todos, indistintamente, «el deseo de participar en el conjunto ingente de esfuerzos realizados [por los hombres] a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, respondiendo [así] a la voluntad de Dios».
1. Desarrollo económico y desigualdades.
La grave crisis económica y financiera, que hoy atraviesa el mundo, encuentra su origen en múltiples causas. Sobre la pluralidad y sobre el peso de estas causas persisten opiniones diversas: algunos subrayan, ante todo, los errores inherentes a las políticas económicas y financieras; otros insisten sobre las debilidades estructurales de las instituciones políticas, económicas y financieras; otros, en fin, las atribuyen a fallas de naturaleza ética, presentes en todos los niveles, en el marco de una economía mundial cada vez más dominada por el utilitarismo y el materialismo. En los distintos estadios de desarrollo de la crisis se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales.
En el caso del intercambio de bienes materiales y de servicios, son la naturaleza, la capacidad productiva y el trabajo en sus múltiples formas, quienes ponen un límite a la cantidad, determinando un conjunto de costes y de precios que permite, bajo ciertas condiciones, una asignación eficiente de los recursos disponibles.
Pero en materia monetaria y financiera, las dinámicas son distintas. En los últimos decenios, han sido los bancos los que han extendido el crédito, el cual ha generado moneda, lo cual a su vez ha exigido una ulterior expansión del crédito. El sistema económico ha sido impulsado en tal modo hacia una espiral inflacionista que, inevitablemente, ha encontrado un límite en el riesgo sostenible para los institutos de crédito, sometidos a un ulterior peligro de quiebra, con consecuencias negativas para todo el sistema económico y financiero.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías nacionales progresaron, aunque con enormes sacrificios de millones e incluso de miles de millones de personas que habían otorgado su confianza con su comportamiento de productores y empresarios, por un lado, y de ahorradores y consumidores, por el otro, hasta llegar a un progresivo y regular desarrollo de la moneda y de las finanzas, en conformidad con las potencialidades de crecimiento real de la economía.
A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los títulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación de bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.
Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificó una serie de crisis en varios Países en vías de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.
La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global.
Mientras las crisis en los Países en vías de desarrollo, que han estado a punto de involucrar el sistema monetario y financiero global, han sido contenidas con formas de intervención por parte de los países más desarrollados, la crisis que ha estallado en el año 2008 se ha caracterizado por un elemento decisivo y disruptivo respecto a las precedentes. Se ha originado en el contexto de Estados Unidos, una de las áreas más relevantes para la economía y las finanzas mundiales, involucrando la moneda a la que se remite todavía la gran mayoría de los intercambios internacionales.
Una orientación de tipo liberal – reticente respecto a las intervenciones públicas en los mercados – ha propiciado la quiebra de un importante instituto internacional, imaginando de este modo, delimitar la crisis y sus efectos. Se ha derivado, desafortunadamente, una propagación de la desconfianza que ha impulsado a mutar repentinamente de actitud, estimulando intervenciones públicas de diverso tipo, de enorme alcance (el 20% del producto nacional) a fin de contener las consecuencias negativas que hubieran afectado todo el sistema financiero internacional.
Las consecuencias sobre la denominada «economía real», pasando s través de las graves dificultades de algunos sectores – en primer lugar el de la construcción – y con la difusión de expectativas desfavorables, han generado una tendencia negativa de la producción y del comercio internacional, con graves repercusiones en la ocupación, y con efectos que probablemente aun no han agotado su alcance. El costo para millones, e incluso miles de millones de personas, en los Países desarrollados, pero sobre todo también en aquellos en vías de desarrollo, es inmenso.
En Países y áreas donde se carece todavía de los bienes más elementales como la salud, la alimentación y la protección contra la intemperie, más de mil millones de personas se ven obligadas a sobrevivir con unos ingresos medios de poco más de un dólar diario.
El bienestar económico global, medido en primer lugar por la producción de renta, y también por la difusión de las capabilities, se ha acrecentado, en el curso de la segunda mitad del siglo XX, en una medida y con una rapidez antes jamás experimentado en la historia del género humano.
Pero también han aumentado enormemente las desigualdades en varios Países y entre ellos. Mientras que algunos Países y áreas económicas, las más industrializadas y desarrolladas, han visto crecer notablemente la producción de la renta, otros Países han sido excluidos, de hecho, del progreso generalizado de la economía, e incluso han empeorado en su situación.
Los peligros de una situación de desarrollo económico, concebido en términos de liberalismo, han sido denunciados lúcida y proféticamente por Pablo VI – a causa de las nefastas consecuencias sobre los equilibrios mundiales y la paz – ya en 1967, después del Concilio Vaticano II, con la Encíclica Populorum progressio. El Pontífice indicó, como condiciones imprescindibles para la promoción de un auténtico desarrollo, la defensa de la vida y la promoción del progreso cultural y moral de las personas. Sobre tales fundamentos, Pablo VI afirmaba que el desarrollo plenario y planetario «es el nuevo nombre de la paz».
A cuarenta años de distancia, en el año 2007, el Fondo Monetario Internacional reconocía, en su Informe anual, la estrecha conexión por una parte de un proceso de globalización que no ha sido gobernado adecuadamente, y las fuertes desigualdades a nivel mundial por el otro. Hoy los modernos medios de comunicación hacen evidentes a todos los pueblos, ricos y pobres, las desigualdades económicas, sociales y culturales que se han producido a nivel global, creando tensiones e imponentes movimientos migratorios.
Más aún, se ha de reafirmar que el proceso de globalización, con sus aspectos positivos está a la base del grande desarrollo de la economía mundial del siglo XX. Vale la pena recordar que, entre el 1900 y el 2000, la población mundial casi se cuadruplicó y que la riqueza producida a nivel mundial creció en modo mucho más rápido de manera que los ingresos medios per cápita aumentaron fuertemente. A la vez, sin embargo, no ha aumentado la equitativa distribución de la riqueza; sino que en muchos casos ha empeorado.
¿Pero qué es lo que ha impulsado al mundo en esta dirección extremadamente problemática incluso para la paz?
Ante todo, un liberalismo económico sin reglas y sin supervisión. Se trata de una ideología, de una forma de «apriorismo económico», que pretende tomar de la teoría las leyes del funcionamiento del mercado y las denominadas leyes del desarrollo capitalista, exagerando algunos de sus aspectos. Una ideología económica que establezca a priori las leyes del funcionamiento del mercado y del desarrollo económico, sin confrontarse con la realidad, corre el peligro de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los Países que ya gozan, de hecho, de una posición de mayores ventajas económicas y financieras.
Reglas y controles, si bien de manera imperfecta, con frecuencia están presentes a nivel nacional y regional; sin embargo a nivel internacional, dichas reglas y controles se realizan y se consolidan con dificultad.
A la base de las disparidades y de las distorsiones del desarrollo capitalista, se encuentra en gran parte, además de la ideología del liberalismo económico, la ideología utilitarista, es decir la impostación teórico-práctica según la cual «lo que es útil para el individuo conduce al bien de la comunidad». Es necesario notar que una «máxima» semejante, contiene un fondo de verdad, pero no se puede ignorar que no siempre lo que es útil individualmente, aunque sea legítimo, favorece el bien común. En más de una ocasión es necesario un espíritu de solidaridad que trascienda la utilidad personal por el bien de la comunidad.
En los años veinte del siglo pasado, algunos economistas ya habían puesto en guardia para que no se diera crédito excesivamente, en ausencia de reglas y controles, a esas teorías, que hoy se han transformado en ideologías y praxis dominantes a nivel internacional.
Un efecto devastante de estas ideologías, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros años del nuevo siglo, ha sido la explosión de la crisis, en la que aún se encuentra sumergido el mundo.
Benedicto XVI, en su encíclica social, ha individuado de manera precisa la raíz de una crisis que no es solamente de naturaleza económica y financiera, sino antes de todo, es de tipo moral, además de ideológica. La economía, en efecto – observa el Pontífice – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. El Papa ha denunciado, a continuación, el papel desempeñado por el utilitarismo y por el individualismo, así como las responsabilidades de quienes los han asumido y difundido como parámetro para el comportamiento óptimo de aquellos – operadores económicos y políticos – que actúan e interactúan en el contexto social. Pero Benedicto XVI ha también descubierto y denunciado una nueva ideología, la «ideología de la tecnocracia».
2. El rol de la técnica y el desafío ético.
El enorme desarrollo económico y social del siglo pasado, ciertamente luego con sus luces, pero también con sus graves aspectos de sombra, se debe, en gran parte, al continuado desarrollo de la técnica y, en las décadas más recientes, a los progresos de la informática y a sus aplicaciones, a la economía y, en primer lugar, a las finanzas.
Para interpretar con lucidez la actual nueva cuestión social, es necesario evitar el error, hijo también de la ideología neoliberal, de considerar que los problemas por afrontar son de orden exclusivamente técnico. En cuanto tales, escaparían a la necesidad de un discernimiento y de una valoración de tipo ético. Pues bien, la encíclica de Benedicto XVI pone en guardia contra los peligros de la ideología de la tecnocracia, es decir de aquella absolutización de la técnica que «tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia» y a minimizar el valor de las decisiones del individuo humano concreto que actúa en el sistema económico-financiero, reduciéndolas a meras variables técnicas. La cerrazón a un «más allá», comprendido como algo más, respecto a la técnica, no sólo hace imposible el encontrar soluciones adecuadas para los problemas, sino que empobrece cada vez más, a nivel material y moral, a las principales víctimas de la crisis.
También en el contexto de la complejidad de los fenómenos, la relevancia de los factores éticos y culturales no puede, por lo tanto ser desatendida ni subestimada. La crisis, en efecto, ha revelado comportamientos de egoísmo, de codicia colectiva y de acaparamiento de los bienes a grande escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como «un lobo para el otro hombre», según la concepción evidenciada por Hobbes. Nadie, en conciencia, puede aceptar el desarrollo de algunos Países en perjuicio de otros. Si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, político y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas.
Por el reconocimiento de la primacía del ser respecto al del tener, de la ética respecto a la economía, los pueblos de la tierra deberían asumir, como alma de su acción, una ética de la solidaridad, abandonando toda forma de mezquino egoísmo, abrazando la lógica del bien común mundial que trasciende el mero interés contingente y particular. Deberían, en fin de cuentas, mantener vivo el sentido de pertenencia a la familia humana en nombre de la común dignidad de todos los seres humanos: «por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».
Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el Beato Juan Pablo II había puesto en guardia contra el peligro de «una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías». Es preciso, hoy sin demora acoger su amonestación y tomar un camino más en sintonía con la dignidad y con la vocación trascendente de la persona y de la familia humana.
3. El gobierno de la globalización.
En el camino hacia la construcción de una familia humana más fraterna y más justa y, aún antes, de un nuevo humanismo abierto a la trascendencia, se presenta particularmente actual la enseñanza del Beato Juan XXIII. En la profética Carta encíclica Pacem in terris del 1963, él advertía ya que el mundo se estaba dirigiendo hacia una unificación cada vez mayor. Tomaba pues conciencia, del hecho que en la comunidad humana, había disminuido la correspondencia entre la organización política a nivel mundial y las exigencias objetivas del bien común universal. Por consiguiente, auguraba fuera creada un día, una «Autoridad pública mundial».
Ante la unificación del mundo, propiciada por el complejo fenómeno de la globalización; ante la importancia de garantizar, además de los otros bienes colectivos, el bien representado por un sistema económico-financiero mundial libre, estable y al servicio de la economía real, la enseñanza de la Pacem in terris se presenta, hoy en día, aún más vital y digna de urgente concretización.
El mismo Benedicto XVI, en el surco trazado por la Pacem in terris, ha expresado la necesidad de constituir una Autoridad política mundial. Dicha necesidad se presenta además evidente, si se piensa que la agenda de cuestiones a tratar a nivel global se hace cada vez más amplia. Piénsese, por ejemplo, en la paz y la seguridad; en el desarme y el control de armamentos; en la promoción y la tutela de los derechos humanos fundamentales; en el gobierno de la economía y en las políticas de desarrollo; en la gestión de los flujos migratorios y en la seguridad alimentaria; en la tutela del medio ambiente. En todos esos campos, resulta cada vez más evidente la creciente interdependencia entre los Estados y las regiones del mundo, y la necesidad de respuestas, no sólo sectoriales y aisladas, sino sistemáticas e integradas, inspiradas por la solidaridad y por la subsidiaridad, y orientadas hacia el bien común universal.
Como lo recuerda Benedicto XVI, si no se sigue ese camino, también «el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes».
La finalidad de la Autoridad pública, recordaba ya Juan XXIII en la Pacem in terris, es, ante todo, la de servir al bien común. Dicha Autoridad, por tanto, debe dotarse de estructuras y mecanismos adecuados, eficaces, es decir, a la altura de la propia misión y de las expectativas que en ella se ponen. Esto es particularmente verdadero al interno de un mundo globalizado, que hace a las personas y a los pueblos permanecer cada vez más interconectados e interdependientes, pero que muestra también el peso del egoísmo y de los intereses sectoriales, entre los cuales la existencia de mercados monetarios y financieros de carácter prevalentemente especulativo, perjudiciales para la «economía real», en especial de los Países más débiles.
Es este un proceso complejo y delicado. Tal Autoridad supranacional debe, en efecto, poseer una impostación realista y ha de ponerse en práctica gradualmente, para favorecer también la existencia de sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por un marco jurídico adecuado, funcionales en orden al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, e inspirados por los valores de la caridad y de la verdad. Se trata de una Autoridad con un horizonte planetario, que no puede ser impuesta por la fuerza, sino que debería ser la expresión de un acuerdo libre y compartido, más allá de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial, y no fruto de coerciones o de violencias. Debería surgir de un proceso de maduración progresiva de las conciencias y de las libertades, así como del conocimiento de las crecientes responsabilidades. No pueden, en consecuencia, ser desatendidos considerandos superfluos, elementos como la confianza recíproca, la autonomía y la participación. El consenso debe involucrar, un número cada vez mayor de Países que se adhieren por convicción, mediante ese diálogo sincero que no margina, sino más aún que valora las opiniones minoritarias. La Autoridad mundial debería, pues, involucrar coherentemente a todos los pueblos en una colaboración a la que están llamados a contribuir con el patrimonio de sus propias virtudes y civilizaciones.
La constitución de una Autoridad política mundial debería estar precedida por una fase preliminar de concertación, de la que emergerá una institución legitimada, capaz de proporcionar una guía eficaz y, al mismo tiempo, de permitir que cada País exprese y procure el propio bien particular. El ejercicio de una Autoridad semejante, puesta al servicio del bien de todos y de cada uno, será necesariamente super partes, es decir, por encima de toda visión parcial y de todo bien particular, en vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deberán ser el resultado del pre-poder de los Países más desarrollados sobre los Países más débiles. Deberán, en cambio, ser asumidas que asumirlas, en el interés de todos y no sólo en ventaja de algunos grupos formados por lobbies privadas o por Gobiernos nacionales.
Una institución supranacional, expresión de una «comunidad de las Naciones», no podrá por otra parte, durar por mucho tiempo, si las diversidades de los Países, a nivel de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, y de las condiciones históricas y geográficas, no son reconocidas y plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una incesante comunión moral de la comunidad mundial, debilitaría la eficacia de la correspondiente Autoridad.
Lo que vale a nivel nacional vale también a nivel mundial. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la Autoridad, cuya tarea es la de ponerse al servicio de la persona misma, en coherencia con el valor preeminente de la dignidad del ser humano. Del mismo modo, los Gobiernos no deben servir incondicionalmente a la Autoridad mundial. Esta última, ante todo debe ponerse al servicio de los diversos Países miembros, de acuerdo al principio de subsidiaridad, creando, entre otras, las condiciones socioeconómicas, políticas y jurídicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces, que no estén hiperprotegidos por políticas nacionales paternalistas, ni debilitados por déficit sistemáticos de las finanzas públicas y de los Productos nacionales que, de hecho, impiden a los mercados operar en un contexto mundial como instituciones abiertas y competitivas.
En la tradición del Magisterio de la Iglesia, retomada con vigor por Benedicto XVI, el principio de subsidiaridad debe regular las relaciones entre el Estado y las comunidades locales, entre las Instituciones públicas y las Instituciones privadas, sin excluir aquellas monetarias y financieras. Así, en un nivel ulterior, debe regir las relaciones entre una eventual, futura Autoridad pública mundial y las instituciones regionales y nacionales. Tal principio es en garantía tanto la legitimidad democrática, como la eficacia de las decisiones de quienes están llamados a tomarlas. Permite respetar la libertad de las personas y de las comunidades de personas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas respecto de los objetivos y de los deberes que les competen.
Según la lógica de la subsidiaridad, la Autoridad superior ofrece su subsidium, es decir su ayuda, cuando la persona y los actores sociales y financieros son intrínsecamente inadecuados o no logran hacer por sí mismos lo que les es requerido. Gracias al principio de solidaridad, se construye una relación durable y fecunda entre la sociedad civil planetaria y una Autoridad pública mundial, cuando los Estados, los cuerpos intermedios, las diversas sociedades – incluidas aquellas económicas y financieras – y los ciudadanos toman las decisiones dentro de la prospectiva del bien común mundial, que trasciende el nacional.
«El gobierno de la globalización» – se lee en la Caritas in veritate – «debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente». Sólo así se puede evitar el riesgo del aislamiento burocrático de la Autoridad central, que correría el peligro de la deslegitimación de una separación demasiado grande de las realidades sobre las cuales se funda, y podría fácilmente caer en tentaciones paternalistas, tecnocráticas, o hegemónicas.
Sin embargo permanece aún un largo camino por recorrer antes de llegar a la constitución de una tal Autoridad pública con competencia universal. La lógica desearía que el proceso de reforma se desarrollase teniendo como punto de referencia la Organización de las Naciones Unidas, en razón de la amplitud mundial de sus responsabilidades, de su capacidad de reunir las Naciones de la tierra, y de la diversidad de sus propias tareas y de las de sus Agencias especializadas. El fruto de tales reformas debería ser una mayor capacidad de adopción de políticas y opciones vinculantes, por estar orientadas a la realización del bien común a nivel local, regional y mundial. Entre las políticas aparecen como más urgentes aquellas relativas a la justicia social global: políticas financieras y monetarias que no dañen los Países más débiles; políticas dirigida a la realización de mercados libres y estables y una distribución ecua de la riqueza mundial incluso mediante formas inéditas de solidaridad fiscal global, de la cual se referirá más adelante.
En el proceso de la constitución de una Autoridad política mundial no se pueden desvincular las cuestiones de governance (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal sin una Autoridad super partes), de aquellas de un shared government (es decir de un sistema que, además de la coordinación horizontal, establezca una Autoridad super partes) funcional y proporcionado al gradual desarrollo de una sociedad política mundial. La constitución de una Autoridad política mundial no podrá ser lograda sin una práctica previa de multilateralismo, no sólo a nivel diplomático, sino también y principalmente en el ámbito de los programas para el desarrollo sostenible y para la paz. No se puede llegar a un Gobierno mundial si no es dando una expresión política a interdependencias y cooperaciones preexistentes.
4. Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos.
En materia económica y financiera, las dificultades más relevantes se derivan de la carencia de un eficaz conjunto de estructuras capaces de garantizar, además de un sistema de governance, un sistema de government de la economía y de las finanzas internacionales.
¿Qué se puede decir de esta prospectiva? ¿Cuáles son los pasos que se deben desarrollar concretamente?
Con referencia al actual sistema económico y financiero mundial, se deben subrayar dos elementos determinantes: el primero es la gradual disminución de la eficiencia de las instituciones de Bretton Woods, desde los inicios de los años Setenta. En particular, el Fondo Monetario Internacional ha perdido un carácter esencial para la estabilidad de las finanzas mundiales, es decir, el de reglamentar la creación global de moneda y de velar sobre el monto de riesgo del crédito asumido por el sistema. En definitiva, ya no se dispone más de ese «bien público universal» que es la estabilidad del sistema monetario mundial.
El segundo factor es la necesidad de un corpus mínimo compartido de reglas necesarias para la gestión del mercado financiero global, que ha crecido mucho más rápidamente que la «economía real» habiéndose velozmente desarrollado, por efecto de un lado, de la abrogación generalizada de los controles sobre los movimientos de capitales y de la tendencia a la desreglamentación de las actividades bancarias y financieras; y, por el otro, con los progresos de la técnica financiera favorecidos por los instrumentos informáticos.
En el plano estructural, en la última parte del siglo anterior, la moneda y las actividades financieras a nivel global crecieron mucho más rápidamente que las producciones de bienes y servicios. En dicho contexto, la cualidad del crédito ha tendido a disminuir, hasta exponer a los institutos de crédito a un riesgo mayor de aquel razonablemente sostenible. Baste observar lo acaecido a los grandes y pequeños institutos de crédito en el contexto de las crisis que se manifestaron en los años ochenta y noventa del siglo anterior y, en fin, en la crisis de 2008.
Aún en la última parte del siglo anterior, se desarrolló la tendencia a definir las orientaciones estratégicas de la política económica y financiera al interno de clubes y de grupos más o menos amplios de los Países más desarrollados. Sin negar los aspectos positivos de este enfoque, no se puede dejar de notar que así, no parece respetarse plenamente el principio representativo, en particular de los Países menos desarrollados o emergentes.
La necesidad de tener en cuenta la voz de un mayor número de Países ha conducido, por ejemplo, a la ampliación de dichos grupos, pasando así del G7 al G20. Ha sido, ésta, una evolución positiva, en cuanto ha consentido involucrar, en las orientaciones para la economía y las finanzas globales, la responsabilidad de Países con una población más elevada, en vías de desarrollo y emergentes.
En el ámbito del G20 pueden, por lo tanto, madurar directrices concretas que, oportunamente elaboradas en las apropiadas sedes técnicas, podrán orientar los órganos competentes a nivel nacional y regional en la consolidación de las instituciones existentes y en la creación de nuevas instituciones con apropiados y eficaces instrumentos a nivel internacional.
Los líderes mismos del G20 afirman en la Declaración final de Pittsburgh de 2009 que «la crisis económica demuestra la importancia de comenzar una nueva era de la economía global basada en la responsabilidad». A fin de hacer frente a la crisis y abrir una nueva era «de la responsabilidad», además de las medidas de tipo técnico y de corto plazo, los leaders proponen una «reforma de la arquitectura global para afrontar las exigencias del siglo XXI»; y por tanto además «un marco que permita definir las políticas y las medidas comunes con el objeto de producir un desarrollo global sólido, sostenible y equilibrado».
Es preciso por tanto, dar inicio a un proceso de profunda reflexión y de reformas, recorriendo vías creativas y realistas, que tiendan a valorizar los aspectos positivos de las instituciones y de los fora ya existentes.
Una atención específica debería reservarse a la reforma del sistema monetario internacional y, en particular, al empeño para dar vida a una cierta forma de control monetario global, desde luego ya implícita en los Estudios del Fondo Monetario Internacional. Es evidente que, en cierta medida, esto equivale a poner en discusión los sistemas de cambio existentes, para encontrar modos eficaces de coordinación y supervisión. Se trata de un proceso que debe involucrar también a los Países emergentes y en vías de desarrollo, al momento de definir las etapas de adaptación gradual de los instrumentos existentes.
En el fondo se delinea, en prospectiva, la exigencia de un organismo que desarrolle las funciones de una especie de «Banco central mundial» que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los Bancos centrales nacionales. Es necesario redescubrir la lógica de fondo, de paz, coordinación y prosperidad común, que portaron a los Acuerdos de Bretton Woods, para proveer respuestas adecuadas a las cuestiones actuales. A nivel regional, dicho proceso podría realizarse con valorización de las instituciones existentes como, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Esto requeriría, sin embargo, no sólo una reflexión a nivel económico y financiero, sino también y ante todo, a nivel político, con miras a la constitución de instituciones públicas correspondientes que garanticen la unidad y la coherencia de las decisiones comunes.
Estas medidas se deberían ser concebidas como unos de los primeros pasos en la prospectiva de una Autoridad pública con competencia universal; como una primera etapa de un más amplio esfuerzo de la comunidad mundial por orientar sus instituciones hacia la realización del bien común. Deberán seguir otras etapas, teniendo en cuenta que las dinámicas que conocemos pueden acentuarse, pero también acompañarse de cambios que hoy día sería en vano tratar de prever.
En dicho proceso, es necesario recuperar la primacía de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primacía de la política – responsable del bien común – sobre la economía y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo.
En la base de dicho enfoque de tipo ético, parece pues, oportuno reflexionar, por ejemplo,
a) sobre medidas de imposición fiscal a las transacciones financieras, mediante alícuotas equitativas, pero moduladas con gastos proporcionados a la complejidad de las operaciones, sobre todo de las que se realizan en el mercado «secundario». Dicha imposición sería muy útil para promover el desarrollo global y sostenible, según los principios de la justicia social y de la solidaridad; y podría contribuir a la constitución de una reserva mundial de apoyo a los Países afectados por la crisis, así como al saneamiento de su sistema monetario y financiero;
b) sobre formas de recapitalización de los bancos, incluso con fondos públicos, condicionando el apoyo a comportamientos «virtuosos» y finalizados a desarrollar la «economía real»;c) sobre la definición de ámbito de actividad del crédito ordinario y del Investment Banking. Tal distinción permitiría una disciplina más eficaz de los «mercados paralelos» privados de controles y de límites.
Un sano realismo requeriría el tiempo necesario para construir amplios consensos, pero el horizonte del bien común universal está siempre presente con sus exigencias ineludibles. Es deseable, por consiguiente, que todos los que, en las Universidades y en los diversos Institutos, llamados a formar las clases dirigentes del mañana, es deseable se dediquen a prepararlas para asumir sus propias responsabilidades de discernir y de servir al bien público global, en un mundo que cambia constantemente. Es necesario resolver la divergencia entre la formación ética y la preparación técnica, evidenciando en modo particular la ineludible sinergia entre los campos de la praxis y de la poiésis.
El mismo esfuerzo es requerido a todos los que están en grado de iluminar la opinión pública mundial, para ayudarla a afrontar este mundo nuevo no ya en la angustia, sino en la esperanza y en la solidaridad.
Conclusiones
En medio de las incertezas actuales, en una sociedad capaz de movilizar medios ingentes, pero cuya reflexión en el campo cultural y moral permanece inadecuada respecto a su utilización en orden a la obtención de fines apropiados, estamos llamados a no rendirnos, y a construir sobre todo, un futuro que tenga sentido para las generaciones venideras. No se ha de temer el proponer cosas nuevas, aunque puedan desestabilizar equilibrios de fuerza preexistentes que dominan a los más débiles. Son una semilla que se arroja en la tierra, que germinará y no tardará en dar frutos.
Como ha exhortado Benedicto XVI, son indispensables personas y operadores, en todos los niveles – social, político, económico y profesional – motivados por el valor de servir y promover el bien común mediante una vida buena. Sólo ellos lograrán vivir y ver más allá de las apariencias de las cosas, percibiendo el desvarío entre lo real existente y lo posible nunca antes experimentado.
Pablo VI ha subrayado la fuerza revolucionaria de la «imaginación prospectiva», capaz de percibir en el presente las posibilidades inscritas en él y de orientar a los seres humanos hacia un futuro nuevo. Liberando la imaginación, la persona humana libera su propia existencia. A través de un compromiso de imaginación comunitaria es posible transformar, no sólo las instituciones, sino también los estilos de vida, y suscitar un futuro mejor para todos los pueblos.
Los Estados modernos, en el transcurso del tiempo, se han transformado en conjuntos estructurados, concentrando la soberanía al interior del propio territorio. Sin embargo las condiciones sociales, culturales y políticas han mutado progresivamente. Ha aumentado su interdependencia – hasta llegar a ser natural el pensar en una comunidad internacional integrada y regida cada vez más por un ordenamiento compartido – pero no ha desaparecido una forma deteriorada de nacionalismo, según el cual el Estado considera poder conseguir de modo autárquico, el bien de sus propios ciudadanos.
Hoy, todo eso parece surreal y anacrónico. Hoy, todas las naciones, pequeñas o grandes, junto con sus Gobiernos, están llamadas a superar dicho «estado de naturaleza» que ve a los Estados en perenne lucha entre sí. No obstante de algunos aspectos negativos, la globalización está unificando en mayor medida a los pueblos, impulsándolos a dirigirse hacia un nuevo «estado de derecho» a nivel supranacional, apoyado por una colaboración más intensa y fecunda. Con una dinámica análoga a la que en el pasado ha puesto fin a la lucha «anárquica», entre clanes y reinos rivales, en orden a la constitución de Estados nacionales, la humanidad hoy, tiene que comprometerse en la transición de una situación de luchas arcaicas entre entidades nacionales, hacia un nuevo modelo de sociedad internacional con mayor cohesión, poliárquica, respetuosa de la identidad de cada pueblo, dentro de las múltiples riquezas de una única humanidad. Este pasaje, que por lo demás tímidamente ya se está en curso, aseguraría a los ciudadanos de todos los Países – cualquiera que sea la dimensión o la fuerza que posee – paz y seguridad, desarrollo, libres mercados, estables y transparentes. «Así como dentro de cada Estado […] el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley – advierte Juan Pablo II – «así también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional».
Los tiempos para concebir instituciones con competencia universal llegan cuando están en juego bienes vitales y compartidos por toda la familia humana, que los Estados, individualmente, no son capaces de promover y proteger por sí solos.
Existen, pues, las condiciones para la superación definitiva de un orden internacional «westphaliano», en el que los Estados perciben la exigencia de la cooperación, pero no asumen la oportunidad de una integración de las respectivas soberanías para el bien común de los pueblos.
Es tarea de las generaciones presentes reconocer y aceptar conscientemente esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Ciertamente, esta transformación se realizará al precio de una transferencia gradual y equilibrada de una parte de las competencias nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, pero esto es necesario en un momento en el cual el dinamismo de la sociedad humana y de la economía, y el progreso de la tecnología trascienden las fronteras, que en el mundo globalizado, de hecho están ya erosionadas.
La concepción de una nueva sociedad, la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universales, son una prerrogativa y un deber de todos, sin distinción alguna. Está en juego el bien común de la humanidad, y el futuro mismo.
En este contexto, para cada cristiano hay una especial llamada del Espíritu a comprometerse con decisión y generosidad, para que las múltiples dinámicas en acto, se dirijan las hacia prospectivas de la fraternidad y del bien común. Se abren inmensas áreas de trabajo para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona. Como afirman los Padres del Concilio Vaticano II, se trata de una misión al mismo tiempo social y espiritual que, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».
En un mundo en vías de una rápida globalización, remitirse a una Autoridad mundial llega a ser el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo y con las necesidades de la especie humana. No ha de ser olvidado, sin embargo, que esta paso, dada la naturaleza herida de los seres humanos, no se realiza sin angustias y sufrimientos.
La Biblia, con el relato de la Torre de Babel (Génesis 11,1-9) advierte cómo la «diversidad» de los pueblos puede transformarse en vehículo de egoísmo e instrumento de división. En la humanidad está muy presente el riesgo de que los pueblos terminen por no comprenderse más y que las diversidades culturales sean motivo de contraposiciones insanables. La imagen de la Torre de Babel también nos señala que es necesario preservarse de una «unidad» sólo aparente, en la que no cesan los egoísmos y las divisiones, porque los fundamentos de la sociedad no son estables. En ambos casos, Babel es la imagen de lo que los pueblos y los individuos pueden llegar a ser cuando no reconocen su intrínseca dignidad trascendente y su fraternidad.
El espíritu de Babel es la antítesis del Espíritu de Pentecostés (Hechos 2, 1-12), del designio de Dios para toda la humanidad, es decir, la unidad en la diversidad. Sólo un espíritu de concordia, que supere las divisiones y los conflictos, permitirá a la humanidad el ser auténticamente una única familia, hasta concebir un mundo nuevo con la constitución de una Autoridad pública mundial, al servicio del bien común.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 21, 2011 | Fichas, Política |

Campeón de la libertad y las mujeres
John Stuart Mill (1806-1873) fue sin lugar a dudas un gran pensador de la sociedad y la política. En su ensayo miliar, Consideraciones sobre el gobierno representativo, advirtió con la mayor energía sobre la inconveniencia de los gobiernos despóticos, señal de decadencia. (Durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, escribí a un amigo en el exterior que Venezuela no tenía derecho a decaer). En esta ficha, se reproduce fragmentos de los capítulos primero y tercero de la obra de Mill; son advertencias que no conviene olvidar. LEA
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Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho.
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Por mucho tiempo (tal vez a lo largo de toda la duración de la libertad británica) ha sido conseja común que, si pudiera asegurarse un buen déspota, una monarquía despótica sería la mejor forma de gobierno. Considero esto una falsa concepción, radical y muy perniciosa, acerca de lo que es el buen gobierno; la que, hasta que podamos desembarazarnos de ella, viciará fatalmente todas nuestras especulaciones sobre el gobierno.
La suposición es la de que el poder absoluto, en las manos de un individuo eminente, aseguraría un desempeño virtuoso e inteligente de todos los deberes del gobierno. Se establecerían y mantendrían en vigor buenas leyes, las leyes malas serían reformadas; los mejores hombres serían colocados en todas las situaciones de confianza; la justicia sería tan bien administrada, las cargas públicas serían tan livianas y tan juiciosamente impuestas, toda rama de la administración sería tan pura e inteligentemente conducida, como las circunstancias del país y su grado de cultivo intelectual y moral lo admitiesen. Estoy dispuesto, para fines de esta discusión, a conceder todo esto; pero debo señalar cuán grande la concesión es; cuánto más se necesita para producir incluso una aproximación a estos resultados que lo que es dado a entender por la simple expresión de un buen déspota. Su realización implicaría, de hecho, no meramente un buen monarca, sino uno que pudiera verlo todo. Tendría que estar en todo momento informado correctamente, en considerable detalle, de la conducta y funcionamiento de toda rama de la administración, en todo distrito del país, y tendría que ser capaz, en las veinticuatro horas diarias que es todo lo que se concede tanto a un rey como al más humilde trabajador, de dar una eficaz cuota de atención y superintendencia a todas las partes de este vasto campo; o al menos tendría que ser capaz de discernir y escoger, entre la masa de sus súbditos, no sólo una gran abundancia de hombres honestos y capaces, aptos para conducir cada rama de la administración pública bajo supervisión y control, sino también el pequeño número de hombres de eminente virtud y talento a quienes pudiera confiarse que prescindiesen de tal supervisión sobre ellos, para que la ejerciesen ellos mismos sobre otros. Tan extraordinarias serían las facultades y energías requeridas para desempeñar esta tarea en alguna forma soportable, que difícilmente podemos imaginar que el buen déspota que estamos suponiendo consintiera en emprenderla , a menos que fuese como refugio de males intolerables y preparación transeúnte para algo que viniera después. Pero el argumento puede prescindir de incluso este ítem de la contabilidad. Supongamos que la dificultad fuese vencida. ¿Qué tendríamos entonces? Un hombre de actividad mental sobrehumana manejando todos los asuntos de un pueblo mentalmente pasivo. Su pasividad está implícita en la idea misma de poder absoluto. La nación como conjunto, y todo individuo que la compusiera, estaría sin voz potencial alguna sobre su propio destino. No ejercitarían ninguna voluntad respecto de sus intereses colectivos, Todo estaría decidido por ellos por una voluntad que no es la suya, que sería legalmente un crimen que desobedecieran.
¿Qué clase de seres humanos pudiera formarse bajo un régimen tal? ¿Qué desarrollo pudieran lograr bien fueran su pensamiento o sus facultades activas bajo él? Puede que en asuntos de teoría pura se les permitiera especular, hasta donde sus especulaciones no se acerquen a la política ni tengan la más remota conexión con su práctica. Puede que se tolerase a lo sumo que hicieran sugerencias en asuntos prácticos; y aun bajo el más moderado de los déspotas nadie que no fuese persona de superioridad ya admitida o reputada pudiera esperar que sus sugerencias se conocieran, mucho menos tomadas en cuenta, por aquellos que tuviesen la gestión de los asuntos. Una persona debe tener un gusto muy inusual por el ejercicio intelectual en sí mismo para someterse a la molestia de pensar si no va a tener efecto externo alguno, o de calificar para funciones que no tiene ninguna probabilidad de que le sea permitido ejercerlas.
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Ni es solamente su inteligencia lo que sufrirá. Sus capacidades morales estarán igualmente impedidas de crecimiento. Doquiera que la esfera de acción de los seres humanos es artificialmente circunscrita, sus sentimientos se estrechan y empequeñecen en la misma proporción. El alimento del sentimiento es la acción: incluso el afecto doméstico vive de los buenos oficios que sean voluntarios. Que una persona no tenga nada que ver con su país y no se preocupará por él. De antaño se ha dicho que en un despotismo hay a lo sumo un solo patriota, el mismo déspota; y este dicho descansa sobre una justa apreciación de los efectos de la sujeción absoluta, aun a un amo bueno y sabio.
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Un buen despotismo significa un gobierno en el que, hasta tanto dependa del déspota, no haya positiva opresión por parte de los funcionarios del Estado, pero en el que todos los intereses colectivos del pueblo son manejados por otros, en el que todo pensamiento que guarde relación con los intereses colectivos sea hecho por otros, y en el que las mentes sean formadas, de modo consentido, por esta abdicación de sus propias energías. El dejar las cosas al gobierno, como dejarlas a la Providencia, es sinónimo de no preocuparse en nada por ellas, y aceptar sus resultados, cuando sean desagradables, como visitaciones de la Naturaleza. Con excepción, por tanto, de unos pocos hombres estudiosos que tengan un interés intelectual en la especulación por sí misma, la inteligencia y los sentimientos del pueblo entero estarán dados a los intereses materiales, y cuando estos hayan sido atendidos, a la diversión y adorno de la vida privada. Pero decir esto es decir, si es que vale para algo todo el testimonio de la historia, que ha llegado la era de la decadencia nacional: esto es, si es que la nación ha logrado alguna vez algo desde lo que pudiera decaer.
John Stuart Mill
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