por Luis Enrique Alcalá | May 13, 2011 | Fichas, Política |

CAP y sus invitados más cercanos
Es muy referido, en la crónica política venezolana de los últimos años, el episodio de la «coronación» de Carlos Andrés Pérez al inicio de su segundo y peor gobierno: el acto principal en el Teatro Teresa Carreño y las actividades periféricas de visitas y agasajos menores. Tampoco es desconocido que la estrella de los visitantes extranjeros que vinieron al país en esa ocasión fue Fidel Castro. Por estos días, el general Carlos Julio Peñaloza asegura que Castro trajo un contrabando de armas para alimentar el «Caracazo» que se desataría poco después. Peñaloza—como quienes aseguraban hasta la semana pasada que Barack Obama no había nacido en los EEUU y ahora se han mudado a la tesis de que bin Laden no está muerto—disfruta una buena teoría de conspiración pero, por muy activo que se haya mostrado últimamente (¿qué andará buscando?), no ha aportado la más mínima prueba de esa aseveración, y sobre cosa de tanta monta conviene tenerla.
Un participante local en el real sarao, más bien menor, era Hugo Chávez, entonces en servicio militar activo. Éste confesó el 13 de enero de 2009, en la Asamblea Nacional y sin que viniera al caso o se lo hubieran pedido, que el día de la toma de posesión de Pérez procuró exhibirse como uno de sus más calurosos partidarios. En Carácter del reo (Carta Semanal #319 de doctorpolítico, 12 de febrero de 2009) referí esto último de la siguiente manera:
El 13 de enero de este año todavía incipiente, Chávez torturaba a los televidentes venezolanos con una alocución de más de siete horas y media desde la Asamblea Nacional. Se trataba de su informe de gestión al concluir el ejercicio de 2008, al que convirtió en panegírico de los diez años que ya lleva en el poder, que asumió por vez primera el 2 de febrero de 1999. Entre los asistentes que no pudieron despegarse de sus asientos estaban, como es natural, los diputados mismos y las barras convocadas para el apoyo ruidoso y borreguil, pero también sufrieron el excesivo y autobiográfico abuso los miembros del cuerpo diplomático acreditado en el país. Entre otras barbaridades, éstos debieron escuchar la explicación acerca de cómo el presidente Chávez mentía, por propia admisión, una veintena de años atrás.
En efecto, en uno de sus peculiares recuentos históricos, el recuerdo de Hugo Chávez regresó a febrero de 1989, cuando Carlos Andrés Pérez asumía por segunda vez la Presidencia de la República. Chávez aludió específicamente al acto de toma de posesión de Pérez en el Teatro Teresa Carreño, el fastuoso acto que mereció el cognomento de “coronación” e irritó a una población muy exigida, a la que días después se le aumentaría el precio de la leche y el pan, y el del transporte público al producirse el aumento del precio de la gasolina; a esa población que reaccionaría airada con el “Caracazo” del 27 y 28 de febrero de ese año. Recordó Chávez, incluso, que Fidel Castro, su “padre”, estaba entre los circunstantes que aplaudían a Pérez. Entonces, el Presidente de la República contó a quienes apenas comenzaban la sufriente audición, y a quienes en ese momento lo veían y escuchaban por radio o televisión, cómo es que él era quien aplaudía más frenéticamente, aunque por supuesto conspiraba ya activamente, para que se le tuviera por persona afecta al régimen. Esta confesión la expuso con orgullo satisfecho, como si el engaño fuera travesura meritoria, inmoralidad necesaria a la revolución que todo lo absuelve.

Le causaba gracia ser pintado como monarca
La presencia de Fidel Castro fue, en esa oportunidad, muy importante para algunos. Casi un millar de trabajadores intelectuales del país, la mayoría de ellos ligada a la Universidad Central de Venezuela, se retrató en grupo con su firma al pie de un manifiesto que lo declaraba «entrañable referencia». El texto fue publicado en el diario El Nacional el 1° de febrero de 1989 y cuarenta y ocho horas más tarde en el diario 2001. Resulta muy interesante repasar esa nómina de admiradores, en la que ciertos nombres son los esperados; otros, en cambio, pescuecean hoy para ser aplaudidos como heroicos combatientes del chavo-castrismo. Una de esas firmas elogiosas del déspota cubano esperó dieciséis años para escribir en 2005: «…las fotografías del presidente Hugo Chávez con Fidel Castro producen esa terrible desazón porque son el emblema del descaro con que el gobierno autoritario de Venezuela procura y paga a precio de oro una intervención extranjera, que, encima, lleva la marca de una dictadura ferozmente represiva, sanguinaria y empobrecedora…» (Milagros Socorro. Ya Castro no le parece tan entrañable).
Para combatir el olvido que convendría a quienes hubieran debido contentarse mucho con el «socialismo del siglo XXI», he aquí, de seguidas, el texto del muy miope manifiesto y la nómina, en orden alfabético de apellidos, de ese club pretencioso en el que no faltan inconsistentes, tal vez postizos, falsos antichavistas de ahora. LEA
………
MANIFIESTO DE BIENVENIDA A FIDEL CASTRO
Nosotros, intelectuales y artistas venezolanos al saludar su visita a nuestro país, queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina.
En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos. Hace treinta años vino usted a Venezuela, inmediatamente después de una victoria ejemplar sobre la tiranía, la corrupción y el vasallaje. Entonces fue recibido por nuestro pueblo como sólo se agasaja a un héroe que encarna y simboliza el ideal colectivo. Hoy, desde el seno de ese mismo pueblo, afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria.
1. Guillermo Abdala, escultor
2. Carmen Absueta, escritora
3. Ángel Eduardo Acevedo, escritor
4. Josefina Acevedo, cineasta
5. Elizabeth Acosta, investigadora Inst. de Investigaciones Econ. y Sociales UCV
6. Enriqueta Acosta, prof. UCV
7. Maruja Acosta, prof. Sociología UCV
8. Oscar Acosta, director teatral
9. Vladimir Acosta, coordinador de la Facultad de Economía UCV
10. Lola de Acuña, prof. LUZ
11. Emilio Agra, artista gráfico
12. Gilberto Agüero Gómez, dramaturgo
13. Sadia Aguilar, historiadora
14. Carlos Aguirre, titiritero
15. Jacqueline Aguirre, periodista
16. Marcial Aguirre, artista plástico
17. Yohana Ahumada, actriz
18. Alberto Alcalá, periodista
19. Gilberto Alcalá, periodista
20. Gustavo Alcalá, escritor
21. Luis Alcalá, prof. UDO
22. Aureliano Alfonzo Torres, cineasta
23. Ángel Alvarado, escritor
24. Hernán Alvarado, artista plástico
25. Iris Alvarado, artista plástica
26. Ramón Alvarado, prof. Economía UCV
27. Gisela Alvaray, directora de la Escuela de Educación UCV
28. Adolfo Álvarez, prof. Educación UCV
29. Eduardo Álvarez, escritor
30. Humberto Álvarez, periodista
31. Javier Álvarez, cineasta
32. María del Mar Álvarez, prof. Trabajo Social UCV
33. Maritza Álvarez, coordinadora Inst. de Investigaciones Económicas UCV
34. Sergio Alves Moreira, escritor
35. Ana Amundaray, fotógrafa
36. Raiza Andrade, prof. Sociología ULA
37. Luis A. Angulo, escritor
38. Laura Antillano, escritora
39. Sergio Antillano G., crítico de arte
40. Alfredo Anzola, cineasta
41. Carmen Aranguren, prof. ULA
42. Elizabeth Araujo, periodista
43. Edmundo Aray, escritor
44. Ignacio Luis Arcaya, ex canciller
45. Armando Arce, cineasta
46. Ernesto Arends, prof. ULA
47. Romelia Arias, vicepresidenta del Ateneo de Caracas
48. Carmen Amelia Arma, investigadora ININCO
49. Alfredo Armas Alfonzo, escritor
50. Lali Armengol, dramaturga
51. Ruperto Arocha, prof. Filosofía UCV
52. César Arteaga, prof. Derecho UC
53. Jorge Arteaga, pintor
54. Pilar Arteaga de Hernández, promotora de espectáculos
55. Verónica Artigas, actriz
56. Solange Arvelo, artista plástica
57. Alberto Arvelo Mendoza, cineasta
58. Alberto Arvelo Ramos, escritor
59. Consuelo Ascanio, prof. Administración UCV
60. Francisco Ascanio, farmacéutico
61. Haydée Ascanio, cineasta
62. María Elena Ascanio, promotora cultural
63. Rodolfo Ascanio, prof. Medicina UCV
64. Michelle Ascencio, directora de la Escuela de Letras UCV
65. Omar Astorga, prof. Filosofía UCV
66. Rosamaría Atencio, cineasta
67. Alidha Ávila, cineasta
68. Ligia Ávila, escritora
69. María Magdalena Ávila, promotora cultural
70. Sonia Azparren, economista
71. Carlos Azpúrua, cineasta
72. Guadalupe Babia, investigadora UCV
73. Aquiles Báez, músico
74. Juan Carlos Báez, historiador
75. Carmen Elena Balbás Rivas, prof. Comunicación Social UCAB
76. Jorge Ball, fotógrafo
77. Ricardo Ball, director de la Escuela de Comunicación Social LUZ
78. Rubén Ballesteros, vicerrector académico UC
79. José Balza, escritor
80. Jorge L. Barboza, escritor
81. Alberto Barrera, escritor
82. Olegario Barrera, cineasta
83. Juan Barreto, periodista
84. Luz Marina Barreto, prof. Filosofía UCV
85. Oswaldo Barreto, escritor
86. Pedro Barreto, escultor
87. Rafael Ángel Barreto, presidente IVCA
88. Sergio Barreto, investigador CENAM-UCV
89. Abdala Barrios, escritora
90. Fabricio Barrios, comunicador social
91. Gladys de Barrios, prof. UPEL
92. José Barroeta, escritor
93. Luisa Barroso, periodista
94. Cristóbal Bastidas, prof. Trabajo Social UCV
95. Oscar Bastidas, prof. Administración UCV
96. Oscar Battaglini, historiador
97. Carlos Becerra, prof. Arquitectura UCV
98. Francisco Bechara, decano de la Facultad de Odontología UCV
99. Ramón Belisario, pintor
100. Giovanna Bellarino, fotógrafa
101. Freddy Bello, prof. UC
102. Mauro Bello, pintor
103. Milena Bello, prof. UC
104. José Gregorio Bello Porras, escritor
105. Dolly Benavides, periodista
106. José Benedetto, arquitecto
107. Edgar Benítez, psiquiatra
108. Luna Benítez, periodista
109. Manuel Bermúdez, escritor
110. Winston Bermúdez, economista
111. Luis Bermúdez Romero, escritor
112. Pedro Beroes, escritor
113. José Berroterán, músico de “Un Solo Pueblo”
114. Marisela Berti, actriz
115. Edme Betancourt de García, vicerrectora administrativa UC
116. Luisa Bethencourt, prof. CENDES
117. Teresa Biancelli, prof. Historia UCLA
118. Luis Bigott, coordinador de la Facultad de Humanidades UCV
119. Marcelino Bisbal, director de la Escuela de Com. Social UCV
120. Antonio Blasco, prof. UC
121. Miguel Bolívar, prof. Sociología UCV
122. Modesta Bor, compositora
123. Jorge Borges, actor
124. José Borges, actor
125. Eudis Borra, prof. Medicina UCV
126. Velia Bosch, escritora
127. Carlos Botto, prof. Medicina UCV
128. María Teresa Boulton, fotógrafa
129. Gabriel Bracho, pintor
130. Helena de Bracho, periodista
131. Sandra Bracho, fotógrafa
132. América Bracho E., periodista
133. Martiniano Bracho Sierra, escritor
134. Madilia Braga Díaz, prof. de Ballet
135. José Luis Briceño, prof. Economía UCV
136. Mirna Briceño, prof. Trabajo Social UCV
137. Argimiro Briceño León, promotor cultural
138. Roberto Briceño León, prof. Sociología UCV
139. Luis Enrique Brito, fotógrafo
140. Luis Britto García, escritor
141. Jacques Broquel, bailarín
142. Ana Brumlick, arquitecta
143. Luisa Bujanda, psicóloga
144. J. J. Burgos, escritor
145. Manuel Caballero, escritor
146. Antonio Cabezas, artista gráfico
147. Erubí Cabrera, productora teatral
148. Jesús María Cadenas, miembro del Consejo Universitario UCV
149. José Luis Cadenas, fotógrafo
150. Rosita Caldera, periodista
151. María Calderón, músico
152. Sari Calogne, directora de la Escuela de Educación UCV
153. Agustín Calzadilla, ex presidente de la Comisión de Derechos Humanos
154. Juan Calzadilla, escritor
155. Pedro Calzadilla Álvarez, historiador
156. Juan Antonio Calzadilla Arreaza, escritor
157. Luisa Camacho, investigadora social
158. Yolanda Camacho de Rodríguez, Grupo “Las Moño Suelto”
159. Alberto Camarriel, prof. Economía de la UCV
160. Milagros Camejo Octavio, Grupo “Las Moño Suelto”
161. Carmen Teresa Camino, pintora
162. Antonio Campos, director teatral
163. Beatriz Campos, prof. de la UDO
164. Miguel Ángel Campos, escritor
165. José Campos Biscardi, pintor
166. José Canache, escritor
167. Aureliano Canchica, prof. de Educación UCV
168. Malula Capello, escritora
169. Graciela Capriles, psicóloga
170. Simonne Capriles, economista
171. Alfredo Caraballo, prof. Sociología UCV
172. Arturo Cardozo, historiador
173. Lubio Cardozo, escritor
174. Freddy Carquez, prof. Medicina UCV
175. Gonzalo Carrero, prof. Trabajo Social UCV
176. Julio Carrillo, escritor
177. Margot Carrillo Pimentel, prof. ULA
178. Elisa Carvalho, prof. Humanidades UCV
179. Elisa Casado, prof. Educación UCV
180. Ramón Casanova, prof. de CENDES
181. Victoria Casanovas, prof. Economía UCV
182. Nora Castañeda, coordinadora administrativa de Economía UCV
183. Antonio Castejón, decano de la Fac. de Ciencias Experimentales LUZ
184. Marianela Castés, prof. de Medicina UCV
185. Adicea Castillo, prof. Economía UCV
186. Alfrides Castillo, prof. Sociología UCV
187. Carlos Castillo, cineasta
188. Evelia Castillo, actriz
189. Freddy Castillo, escritor
190. Jorge Castillo, arquitecto
191. María Teresa Castillo, presidenta del Ateneo de Caracas
192. Ocarina Castillo, directora de cultura UCV
193. Omar Castillo, periodista
194. Zoila Castillo, cineasta
195. Gregorio Antonio Castro, director de la Escuela de Sociología UCV
196. Guillermo Castro, investigador ININCO
197. Claudio Cedeño, caricaturista
198. Gema de Cedeño, pintora
199. Ismael Cejas, prof. ULA
200. Audio Cepeda, fotógrafo
201. Alfredo Chacón, escritor
202. Ana Cointa Chacón, periodista
203. Germania Chacón, promotora cultural
204. Roberto Chacón, prof. ULA
205. Román Chamorro, cineasta
206. Rubén Chamorro, cineasta
207. Oscar Chaparro, cineasta
208. Irwing Chapellín, artista plástico
209. Haydée Chavero, prof. Arte UCV
210. Carmelo Chillida, ex vicerrector UCV
211. José Luis Chiquito León, secretario UC
212. César Chirinos, escritor
213. Diego Nicolás Chirinos, periodista
214. Edmundo Chirinos, ex rector UCV
215. Orlando Chirinos, escritor
216. Frank Cisneros, dibujante
217. Vial Cisneros, arquitecto
218. Omar Luis Colmenares, periodista
219. Héctor Colmenares Díaz, escritor
220. Hely Colombani, escritor
221. Aída Cometta Manzoni, escritora
222. Alberto Comte, escritor
223. Yorlando Conde, director de teatro T-POS
224. Amanda Contreras, prof. Trabajo Social UCV
225. Elsy Contreras, tallista
226. Fernando Contreras, prof. ULA
227. Gustavo Contreras, prof. UC
228. Diómedes Cordero, escritor
229. Rafael Cordero, prof. Psicología UCV
230. Jesús Cordero Giusti, promotor cultural
231. Armando Córdoba, prof. Economía UCV
232. Víctor Córdova, prof. Economía UCV
233. Máximo Corrales, promotor cultural
234. Marbella Correa, prof. UFM
235. Belkis Cortez, prof. ULA
236. Laura Cracco, escritora
237. Virgilio Crespo, Danzaluz
238. Jacinto Cruz, actor
239. Teresa Cuberos, prof. UCV
240. Alfonso Cuesta y Cuesta, escritor
241. Luis Cuevas, pintor
242. Víctor Cuica, músico
243. Miguel Curiel, cineasta
244. Nicolás Curiel, director teatral
245. Antonio E. Dagnino, actor
246. Maruja Dagnino, cineasta
247. Luis F. Damiani, prof. Sociología UCV
248. Miguel Elías Dao, cronista de Puerto Cabello
249. Haleis Dávila, prof. Sociología UCV
250. Rui De Carvalho, psiquiatra
251. Pablo De La Barra, cineasta
252. Venancio De La Cruz, prof. Trabajo Social UCV
253. Mario Del Moral, músico
254. Paúl Del Río, pintor
255. Cruz Elena Delgado, promotora cultural
256. Kotepa Delgado, escritor
257. Fernando Delgado Espinoza, médico
258. Igor Delgado Senior, escritor
259. María Cristina Di Prisco, prof. Medicina UCV
260. Rafael Di Prisco, escritor
261. Luisa E. Díaz, promotora cultural
262. María Lucía Díaz, prof. Comunicación Social UCV
263. Mercedes Díaz, actriz
264. Raúl Díaz, pintor
265. Trino Díaz, vicerrector administrativo UCV
266. Oscar Díaz Punceles, escritor
267. Gustavo Díaz Solís, escritor
268. Franca Donda, fotógrafa
269. Josune Dorronsoro, crítico de arte
270. Pedro Duno, escritor
271. Paulino Durand, actor
272. Aracelys Echeverría, arquitecto
273. Elías Eljuri, decano de la Facultad de Economía UCV
274. Perán Erminy, crítico de arte
275. Ralph Erminy, arquitecto
276. Julio Escalona, prof. Psicología UCV
277. Elisa Escámez, actriz
278. Elba Escobar, actriz
279. Kiddio España, director del Teatro Estable de Oriente
280. Homero Español, prof. Economía UCV
281. María Eugenia Esparragoza, cineasta
282. Gioconda Espinel, prof. Trabajo Social UCV
283. Manuel Espinoza, artista plástico
284. Elena Estaba, directora de Planeamiento UCV
285. Malila Estaba, pintora
286. Rosa Estaba, prof. Geografía UCV
287. Rosa Estacio, prof. Economía UCV
288. Arnaldo Esté, prof. Filosofía UCV
289. Gaudi Esté, escultora
290. Edna Estéves, coordinadora del vicerrectorado administrativo
291. Raúl Estevez, prof. Física ULA
292. Víctor Fajardo Cortez, prof. CENDES
293. Humberto Farfán, coordinador de Trabajo Social UCV
294. David Fermín, prof. ULA
295. Alexis Fernández, escritor
296. Beatriz Fernández, prof. CENDES
297. Federico Fernández, fotógrafo
298. Gladys Fernández, directora de la Escuela de Administración UCV
299. José Fernández, prof. Psicología UCV
300. José Humberto Fernández, titiritero
301. Liliana Fernández, prof. UCV
302. Hugo Fernández Oviol, escritor
303. Marisol Ferrari, bailarina
304. Yoston Ferrigni, prof. Sociología UCV
305. Lady Fonseca, prof. de Trabajo Social UCV
306. Nereida Fonseca, promotora cultural
307. Roberto Fontana, fotógrafo
308. Celso Fortoul, prof. Ingeniería UCV
309. Lydda Franco Farías, escritora
310. Luis Fuenmayor, rector UCV
311. Elizabeth Fuentes, periodista
312. Rafael Fuentes, promotor cultural
313. Maite Galán, promotora cultural
314. Alberto Galíndez, actor
315. Francisco Gallardo, director teatral
316. Eduardo Gallegos Mancera, escritor
317. Orlando Gámez, músico
318. Raquel Gamus, prof. UCV
319. Alix García, secretaria del Consejo Universitario UCV
320. Jesús García, antropólogo
321. Luis García, fotógrafo
322. Luis R. García, periodista
323. Luis Rafael García, periodista
324. Marcela García, prof. UCV
325. María García, prof. LUZ
326. Víctor García, promotor cultural
327. Yajaira García, periodista
328. Zacarías García, artista plástico
329. Humberto García Arocha, ex ministro de Educación
330. Gonzalo García Bustillos, ex ministro de la Secretaría de la Presidencia
331. José Francisco García Marcano, prof. UC
332. Manuel García Pulido, coordinador de la Facultad de Humanidades UCV
333. Emiro García Rosas, periodista
334. José Luis Garrido, artista gráfico
335. Judith Gasparini, actriz
336. Paolo Gasparini, fotógrafo
337. Esther Gautier, presidenta de CENATEV
338. Francisco Gavidia, prof. ULA
339. Gertrudis Gavidia, prof. ULA
340. Inmaculada Gavidia, cineasta
341. Jesús Gazo, s.j., presbítero
342. Elena Gil, cantante
343. Frida Gil, músico de Un Solo Pueblo
344. Ricardo Gil, historiador
345. Carlos Giménez, director teatral
346. Lulú Jiménez Valdivia, investigadora CELARG
347. Jorge Giordani, prof. CENDES
348. Nagliegli Godoy, coordinadora Galería “Viva México”
349. Xitlalli Godoy, actriz
350. Jesús Golindano, periodista
351. Valmore Gómez, cineasta
352. Ileana Gómez C., traductora
353. Asdrúbal González, historiador
354. Beatriz González, historiadora
355. Carlos A. González, prof. Medicina UCV
356. Cristina González, periodista
357. Eberto González, prof. UFM
358. Franklin González, prof. Trabajo Social UCV
359. Gonzalo González, politólogo
360. Noel González, junta directiva de FEVEC
361. Oswaldo González, prof. UC
362. Raúl González, fotógrafo
363. Reddy González, artista plástico
364. Roberto González, artista plástico
365. Manuel González Abreu, prof. Economía UCV
366. Néstor González Acuña, prof. Administración UCV
367. Alí González P., miembro del Consejo Universitario UCV
368. Beatriz González Stephan, prof. UCV
369. Jesús Alberto González Vegas, prof. Medicina UCV
370. Marisela Gonzalo, semióloga
371. Elsa Gramcko, pintora
372. Ida Gramcko, escritora
373. Omar Granados, prof. ULA
374. Edgardo Greco, promotor cultural
375. Aníbal Grunn, actor
376. Jesús Enrique Guédez, cineasta
377. María Guédez, ceramista
378. Cleides Guerra, directora Escuela de Idiomas UCV
379. Cristóbal Guerra, periodista
380. Elena Guerra, prof. Trabajo Social UCV
381. Ibrahím Guerra, director teatral
382. Carmen Priscila Guevara, prof. UDO
383. Emil Guevara, prof. UCV
384. Arturo Gutiérrez, escritor
385. Jesús Rafael Gutiérrez, prof. Medicina UCV
386. José Albano Gutiérrez Pacheco, prof. UC
387. Eduardo Guzmán, arquitecto
388. Manuel Guzmán, director Revista Letras UCV
389. Mario Handler, cineasta
390. Maryam Hanson, prof. UCV
391. Ana Cristina Henríquez, cineasta
392. Alba Rosa Hernández, prof. USB
393. Amelia Hernández, periodista
394. Ana Rosa Hernández, prof. Trabajo Social UCV
395. Augusto Hernández, fotógrafo
396. Emely Hernández, prof. Arte UCV
397. Enrique Hernández, arquitecto
398. Gustavo Hernández, promotor cultural
399. Josefina de Hernández, prof. CENDES
400. Lesbia Hernández, diseñadora gráfica
401. Loyola Hernández, internacionalista
402. Régulo Hernández, prof. Economía UCV
403. Earle Herrera, escritor
404. José Rafael Herrera, prof. Filosofía UCV
405. Luis Alfredo Herrera, prof. Veterinaria UCV
406. María Helena Herrera, investigadora CENDES
407. Francisco Herrera Luque, escritor
408. Benjamín Hierro, pintor
409. Daniel Honaggn, bailarín
410. Solveig Hoogesteijn, cineasta
411. Magali Huggins, prof. Trabajo Social UCV
412. Lilian Hung, prof. CENDES
413. Isabel Hungría, actriz
414. Mirtila Illas Gil, abogada
415. Rafael Iribarren, arquitecto
416. Eva Ivanyi, directora artística
417. Rodolfo Izaguirre, crítico cinematográfico
418. Ariel Jiménez, artista plástico
419. Edgar Jiménez, promotor cultural
420. Elisa Jiménez, prof. Psicología UCV
421. Alberto Jordán, periodista
422. Josefina Jordán, escritora
423. Josefina Juliac de Palacios, vicepresidenta del Ateneo de Caracas
424. Manón Kubler, cineasta
425. Olga L. de García Arocha, prof. Medicina UCV
426. Diana Labrador, actriz
427. Luis Lander, prof. Economía UCV
428. Edgardo Lander L., prof. Sociología UCV
429. Américo Lares, prof. UDO
430. Ronald Lares, prof. UPEL, Maturín
431. Morella de Larriva, prof. UNELLEZ
432. Ramón Larriva Contreras, promotor cultural
433. Vladimir Lazo, prof. Economía UCV
434. Edgar Leal, prof. Ciencias UCV
435. Vielma Lehmann, investigadora ININCO
436. Hernán Lejter, director teatral
437. Andrés A. León, director de teatro
438. Enrique León, director de teatro
439. Ernesto León, pintor
440. Jesús Alberto León, escritor
441. Ramón León, arquitecto
442. Adeliz León Guevara, escritor
443. León Levy, escritor
444. Boris Lima, prof. Trabajo Social UCV
445. Tiburcio Linares, prof. UCV
446. Rita Liprandi, prof. CENDES
447. Antonia de Lisio, investigadora CENAM-UCV
448. Marcelo Lizarraga, diseñador gráfico
449. Antonio Llerandi, cineasta
450. Belén Lobo, bailarina
451. Emiro Lobo, pintor
452. Enrique Lobo, arquitecto
453. Alí López, prof. ULA
454. Carmen López, periodista
455. Daniel López, actor
456. Edilio López, promotor cultural
457. Hercilia López, bailarina
458. Lupe López, bibliotecóloga
459. María Victoria López, prof. UPB
460. Ibrahím López García, prof. UFM
461. Luis López Grillo, decano de la Facultad de Medicina UCV
462. Ramón Losada Aldana, escritor
463. María del Mar de Lovera, prof. Economía UCV
464. María Elena Lovera, prof. Economía UCV
465. Tamara Lozada, prof. Comunicación Social LUZ
466. Henry Mac Carthy, actor
467. Arlette Machado, prof. Letras UCV
468. Gertrudis de Machado, periodista
469. Luis E. Machado, promotor cultural
470. Gilberto Madrid, abogado
471. Ángel Madriz, escritor
472. Héctor Malavé Mata, prof. Economía UCV
473. Ricardo Maldonado, decano Facultad de Ciencias Económicas UC
474. Cósimo Mandrilo, escritor
475. Carmen Mannarino, escritora
476. Manuel Manrique, abogado
477. Carmen Isabel Maracará, escritora
478. Gabriel Marcos, escultor
479. Jesús Marín, prof. ULA
480. Hugo Mariño, artista plástico
481. Carlos Márquez, actor
482. Esperanza Márquez, cantante
483. Yilbert Márquez, pintor
484. Augusto Márquez Brandt, escritor
485. Alexis Márquez Rodríguez, escritor
486. Cinesio Márquez Sosa, prof. Historia UCLA
487. Juan Carlos Márquez Villa, pintor
488. Ambretta Marrosu, crítico cinematográfico
489. Susana Martín, promotora cultural
490. Agustín Martínez, director de la Escuela de Filosofía UCV
491. José Luis Martínez, prof. ULA
492. Pedro J. Martínez, prof. Estudios Políticos UCV
493. Salvador Martínez, pintor
494. Ulises Martínez, historiador
495. Mahfud Massis, escritor
496. Aquilino José Mata, periodista
497. Humberto Mata, escritor
498. Manuel Matute, psiquiatra
499. David Maury, psicoanalista
500. Reinaldo Maza, prof. UPEL, Maturín
501. Domingo F. Maza Zavala, economista
502. Luisa Medina, prof. Administración UCV
503. Ramón Daniel Medina, escritor
504. Fernando Medina Ferrada, escritor
505. Edna Medina Patrick, directora de la Escuela de Letras LUZ
506. Arístides Medina Rubio, director de la Escuela de Historia UCV
507. Pedro Esteban Mejía, prof. de Economía UCV
508. Trino Meleán, psiquiatra
509. Asdrúbal Meléndez, actor
510. Ramón Melinkoff, prof. de Economía UCV
511. Freddy J. Melo, escritor
512. Absalón Méndez, prof. Economía UCV
513. Ana Irene Méndez, periodista
514. Consuelo Méndez, pintora
515. Humberto Mendoza, abogado
516. Ricardo Mendoza, profesor
517. Silvia Mendoza, actriz
518. Gladys Meneses, pintora
519. Elys Mercado, rector UC
520. Marco Tulio Mérida, historiador
521. Giovanna Mérola, crítico cinematográfico
522. Omar Mesones, productor de cine
523. Diego Meza Torres, actor
524. Carlos Mezones, promotor cultural
525. Gustavo Michelena, guionista
526. Francisco Mieres, economista
527. Rigel Milian, promotora cultural
528. Carlos Miranda, actor
529. Abdel Mohamed, historiador
530. Moisés Moleiro, escritor
531. Federico Moleiro Camejo, escritor
532. Adelina Molina, prof. Trabajo Social UCV
533. Alfonso Molina, periodista
534. Félix Molina, fotógrafo
535. Lenin Molina, prof. Comunicación Social UCV
536. Manuel Isidro Molina, periodista
537. Ricardo Molina Martí, prof. de Medicina UCV
538. Eva Mondolfi, actriz
539. Tulio Monsalve, prof. Psicología UCV
540. Juan José Monsant, internacionalista
541. Esteban Emilio Monsonyi, dir del doctorado en Ciencias Sociales UCV
542. Jorge Monsonyi, prof. Antropología UCV
543. Consuelo Montalvo, escritora
544. Luis Montenegro, promotor cultural
545. Álvaro Montero, escritor
546. Antonio Montilla, vicepres. Con. Desarrollo Cient. y Humanístico UCV
547. Gabriel Montilla, prof. ULA
548. J. J. Montilla, presidente de Desarrollo Científico UCV
549. Carmen Elena Morales, prof. ULA
550. Ileana Morales, escritora
551. Pedro Morales, cineasta
552. Rafael Morales, prof. ULA
553. Adolfo Moreno, prof. ULA
554. Héctor Moreno, actor
555. José Moreno Colmenares, prof. Economía UCV
556. Ángel Moros, Administración y Contaduría UCV
557. Carlos Mujica, escritor
558. Héctor Mujica, escritor
559. Ildemaro Mujica, actor
560. Lohengri Mujica, titiritero
561. Yolanda de Mujica, escultora
562. Gastón Murat, actor
563. Donald Myerston, cineasta
564. Álvaro Naranjo, investigador de cine
565. Guillermo Natera, prof. ULA
566. Luis Navarrete Orta, prof. Letras UCV
567. Tania Navarro, prof. Odontología UCV
568. Eudes Navas Soto, escritor
569. Aníbal Nazoa, escritor
570. Claudia Nazoa, cineasta
571. Laura Nazoa, crítico de danza
572. Leonardo Nazoa, prof. CENDES
573. Juan Negrete, prof. UCV
574. Michael New, cineasta
575. Carlos Noguera, escritor
576. Simón Noriega, escritor
577. Ada Nucetti, actriz
578. Jorge Nunes, escritor
579. Miguel Ángel Núñez, prof. UCV
580. Tito Núñez, escritor
581. J. R. Núñez Tenorio, escritor
582. Carlos Ochoa, escritor
583. Juvencio Ochoa, médico
584. Nelly Ochoa, ceramista
585. Verónica Oddo, actriz
586. Enna Olivar, escritora
587. Ligia Olivieri, pintora
588. Gabriela Omerz, investigadora ILDIS
589. José Napoleón Oropeza, escritor
590. Carlos Ortega, periodista
591. Joaquín Ortega, prof. UCV
592. Frank Ortiz, escritor
593. Jaime Ortiz, director de la Cinemateca Arlequín
594. Aníbal Ortiz Pozo, caricaturista
595. Nelson Osorio, prof. de Letras UCV
596. William Osuna, escritor
597. Yolanda Osuna, escritora
598. Alejandro Otero, artista plástico
599. Mariana Otero, lic. en Letras
600. Ana Teresa Ovalles, presidenta del Ateneo de Barquisimeto
601. Caupolicán Ovalles, presidente de la Asoc. de Escritores de Venezuela
602. Omar Ovalles, prof. UCV
603. Tibisay Ovalles, promotora cultural
604. Edilberto Pacheco, prof. Trabajo Social UCV
605. Abilio Padrón, pintor
606. Juan Páez Ávila, escritor
607. Jesús Páez Puerta, cantautor
608. Ángel Palacios, junta directiva de FEVEC
609. Antonia Palacios, escritora
610. Inocente Palacios, escritor
611. Lucila Palacios, escritora
612. Elio Palencia, dramaturgo
613. Ramón Palomares, escritor
614. Luis Pardi, actor
615. Gianfranco Parisi, prof. ULA
616. Francisco Parra, promotor cultural
617. Orlando Pastor Díaz, folklorista
618. Carlos Paván, prof. Filosofía UCV
619. Antonio José Pavón, pintor
620. Yanira de Paz, prof. letras LUZ
621. Carlos Pecheneda, cineasta
622. Edilio Peña, dramaturgo
623. Pablo Peñaranda, prof. Psicología UCV
624. Gustavo Pereira, escritor
625. Juvencio Pereira, escritor
626. Mirna Pereira, pintora
627. Iván Pereira Cellis, cineasta
628. Eddy Rafael Pérez, escritor
629. Manuel Pérez, pintor
630. Mary Carmen Pérez, pintora
631. Mario Pérez, librero
632. Milagros Pérez, periodista
633. Ramón Elías Pérez, escritor
634. Régulo Pérez, pintor
635. Ernesto Pérez Baptista, prof. ULA
636. Marelys Pérez Marcano, prof. Trabajo Social UCV
637. Ramón Pérez Piña, actor
638. Cecilio Pérez Tovar, periodista
639. Cruz Pernía, artesano
640. Blas Perezo Naveda, escritor
641. Horacio Peterson, director teatral
642. Edgar Petit, pintor
643. Félix N. Pifano, crítico de arte
644. Sandra Pinardi, lic. en Letras
645. Elías Pino Iturrieta, decano de la Facultad de Humanidades UCV
646. Iris Pinto, promotora cultural
647. Nallery Pinto, historiadora
648. Roger Pinzón, cineasta
649. Rafael Pizani, ex rector UCV
650. Marianela Ponce, escritora
651. José Ángel Porte-Acero, prof. Psicología UCV
652. Carlos Portillo, investigador social
653. Dilcia Potenza, jefe del área de Literatura de la UPB
654. Aída de Prado, educadora
655. Manuel Prado, médico
656. Nelson Prato, prof. CENDES
657. Adrián J. Prays, prof. Filosofía
658. Ibrahím Prieto, junta directiva de FEVEC
659. Luis Beltrán Prieto Figueroa, educador
660. Samuel Prince, cantante
661. Carlos E. Puche, pintor
662. Edgar Queipo, pintor
663. Florentino Querales, músico de “Un Sólo Pueblo”
664. Ismael Querales, músico de “Un Sólo Pueblo”
665. Jesús Querales, músico de “Un Sólo Pueblo”
666. Manuel Quijada, ex ministro de Fomento
667. Alberto Quintero, promotor de espectáculos
668. Alfonso Quintero, abogado
669. Ednodio Quintero, escritor
670. Inés Quintero, investigadora del Instituto de Historia UCV
671. Pedro Julio Quintero, ceramista
672. Valentina Quintero, periodista
673. Víctor Quintero, arquitecto
674. José QuinteroWeir, escritor
675. Livio Quiroz, cineasta
676. Víctor Rago, director de la Escuela de Antropología UCV
677. Vilma Ramia, promotora cultural
678. Gilberto Ramírez, artista plástico
679. Rafael Ramírez Camilo, prof. UCV
680. Alexis Ramos, secretario UCV
681. María Elena Ramos, investigadora de arte
682. Nelson Ramos, pintor
683. Francisco Ramosoteldo, artista gráfico
684. Domingo Alberto Rangel, escritor
685. Julieta Ravard, psicoanalista
686. Carlos Rebolledo, cineasta
687. Guillermo Rebolledo, dir. del Instituto de Investigaciones Econ. UCV
688. Diana Reches, ecologista
689. Ángela Rengifo, educadora
690. Rafael Rengifo M., prof. CENDES
691. José Rodolfo Rico, prof. UCV
692. Irlanda Rincón, investigadora CENAM-UCV
693. Pedro Rincón Gutiérrez, ex rector LUZ
694. Gladys Rincón Palo, prof. UNIMET
695. Jorge Rivadaneira, escritor
696. Aura Rivas, actriz
697. Humberto Rivas, titiritero
698. Ivonne Rivas, lic. en Letras
699. Rómulo Rivas, actor
700. Celalba Rivera, escritora
701. Dulce María Rivero, grupo “Las Moño Suelto”
702. Emilcen Rivero, escritor
703. Nelson Rivero, actor
704. Víctor Ángel Rivero, prof. Economía UCV
705. Pedro Robles, escritor
706. Eduardo Robles Piquer (RAS), crítico de arte
707. Mariano Rocha, abogado
708. Alberto Rodríguez, escritor
709. Alberto Rodríguez, prof. ULA
710. Alí Rodríguez, ensayista
711. Antonieta Rodríguez, “Luto Activo”
712. Beatriz Rodríguez, prof. de Psicología UCV
713. Carlos César Rodríguez, escritor
714. Consuelo Rodríguez de Ascanio, diseñadora
715. Dalia Rodríguez, psicóloga
716. Fernando Rodríguez, prof. Filosofía UCV
717. Imperio Rodríguez, periodista
718. José Rodríguez, fotógrafo
719. Juan Rodríguez, caricaturista
720. Juan Gregorio Rodríguez, prof. ULA
721. Luis Cipriano Rodríguez, prof. Historia UCV
722. Luisa Rodríguez, historiadora
723. Manuel Alfredo Rodríguez, escritor
724. Marta Yadira Rodríguez, periodista
725. Nelson Rodríguez, periodista
726. Orlando Rodríguez, crítico teatral
727. Rosángela Rodríguez, prof. Filosofía Pedagógico de Barquisimeto
728. Manuel Rodríguez Campos, director Biblioteca UCV
729. Irene Rodríguez Gallad, prof. Historia UCV
730. Alfredo Roffé, crítico cinematográfico
731. Violeta Roffé, escritora
732. Alexis Rojas, junta directiva de FEVEC
733. Carlos Germán Rojas, fotógrafo
734. Emilia Rojas, actriz
735. José de la Cruz Rojas, prof. ULA
736. Reinaldo Rojas, historiador
737. Armando Rojas Guardia, escritor
738. Violeta Rojo, crítico cinematográfico
739. Lukó de Rokha, pintora
740. Denzil Romero, escritor
741. Luis Romero, prof. Filosofía UCV
742. Jesús A. Rondón, prof. ULA
743. Luis Emilio Rondón Bravo, músico
744. Pavel Rondón, prof. Economía UCV
745. Winston Rosalles, actor
746. Helia de Rosario, prof. CENDES
747. Rafael Rosel, escritor
748. Milagros Rosell, promotora cultural
749. Bernardo Rotundo, promotor cultural
750. Cerina Rotundo, actriz
751. Emiro Rotundo, prof. Economía UCV
752. Alfredo Rugeles, compositor y director de orquesta
753. Bernabé Ruiz, arquitecto
754. Nidia Ruiz, prof. Sociología UCV
755. Leopoldo Ruiz Paolini, prof. UC
756. Roberto Ruiz T., vicerrector académico UCV
757. Domingo A. Ruiz V., prof. CENDES
758. Margara Russotto, escritora
759. Keyla Saab, prof. Educación UCV
760. Carmiña Sadner Montilla, prof. Educación UCV
761. Inés de Sáez, prof. Educación UCV
762. Simón Sáez Mérida, prof. Sociología UCV
763. Elizabeth Safar, investigadora ININCO
764. Luis B. Salas P., prof. UCV
765. Adolfo Salazar Quijada, prof. Administración UCV
766. Elsa Salazar, arquitecto
767. Jesús Salazar, escritor
768. Trina Salazar, prof. ULA
769. Johnny Salazar R., escritor
770. Helena Salcedo, periodista
771. Marcelo Salcedo, promotor cultural
772. Ernestina Salcedo Pizani, escritora
773. Oscar Sambrano Urdaneta, director de la Casa de Bello
774. Ana María San Juan, investigadora de Sociología UCV
775. Belén San Juan, educadora
776. Antolín Sánchez, fotógrafo
777. Eneida Sánchez, promotora cultural
778. Lourdes Sánchez, ceramista
779. Pedro Sánchez, promotor cultural
780. Carlos Sánchez D. dramaturgo
781. Mamela Sánchez Urdaneta, directora de Publicaciones UCV
782. Sonia Sanoja, bailarina
783. Jesús Sanoja Hernández, escritor
784. Denis Santacruz, prof. Educación UCV
785. Ramón Santaella, prof. Economía UCV
786. Duilia Santana, cineasta
787. Rodolfo Santana, dramaturgo
788. Aída Santana Nazoa, prof. UCV
789. Andrés Santeliz, director de la Escuela de Economía UCV
790. Desirée Santos A., periodista
791. Xavier Sarabia, director teatral
792. Helena Sassone, crítico de arte
793. Helena Scannone, investigadora de arte
794. Elizabeth Schon, escritora
795. Yolanda Segnini, historiadora
796. Teresa Selma, actriz
797. Jesús Serra, escritor
798. Vladimir Sersa, fotógrafo
799. Sergio Sierra, documentalista
800. Alfredo Silva Estrada, escritor
801. Héctor Silva Michelena, prof. Economía UCV
802. José Silva Salguero, periodista
803. Freddy Siso, cineasta
804. Milagros Socorro, periodista
805. Mónica Socorro, artista plástico
806. Francisco Solórzano, periodista
807. Heinz Rudolph Sonntag, prof. CENDES
808. Antonieta Sosa, artista plástica
809. Miguel Octavio Sosa, director de FUNTACA
810. Arturo Sosa, s. j., Centro Gumilla
811. Jesús Sotillo, periodista
812. Carmen Alida Soto, prof. Bibliotecología UCV
813. Carmen Alida Soto, prof. UCV
814. Tarik Souki, cineasta
815. María Clenticia Stelling, prof. UCAB
816. Abilio Suárez, prof. UDO
817. Bernardo Suárez, arquitecto
818. Martín Szinetar, escritor
819. Néstor Tablante y Garrido, bibliógrafo
820. Tulio Tagliaferro, director de cultura LUZ
821. José León Tapia, escritor
822. Iraida Tapias, actriz
823. María Josefina Tejera, investigadora literaria UCV
824. Benjamín Terán, cantautor
825. Ana Rita Tiberi, actriz
826. Cecilia Todd, cantante
827. Roberto Todd, promotor cultural
828. Tecla Tofano, escritora
829. Jesús Torrealba, prof. UCV
830. Ramón Torrealba, investigador de la comunicación
831. Alberto Torres, músico
832. Alexis Torres, prof. ULA
833. Freddy Torres, dramaturgo
834. Fredzia Torres, prof. Psicología UCV
835. Ildemaro Torres, escritor
836. Lilia Torres de Parisca, prof. UCV
837. Amneris Tovar, prof. UCV
838. Marianela Tovar, lic. en Letras
839. Fernando Travieso, arquitecto
840. Oswaldo Travieso, prof. UCV
841. Antonio Trujillo, escritor
842. Manuel Trujillo, escritor
843. Ugo Ulive, director teatral
844. Isabel Urbaneja, cineasta
845. Iván Urbina Ortiz, prof. Administración UCV
846. Carmen Luisa Urbina, prof. UFM
847. Segundino Urbina, prof. UFM
848. Adriana Urdaneta, bailarina
849. Alberto Urdaneta, director CENDES
850. Belkys Urdaneta, periodista
851. Claudia Urdaneta, promotora cultural
852. Josefina Urdaneta, escritora
853. Luis Urdaneta, artista plástico
854. Luz Urdaneta, bailarina
855. Nora Uribe, prof. Comunicación Social UCAB
856. Robin Urquhary, educadora
857. Betania Uzcátegui, pintora
858. Juan Vicente Vadell, prof. Derecho UC
859. Manuel Vadell, editor
860. María de Vadell, editora
861. Argenis Valbuena, prof. Trabajo Social UCV
862. Judith Valencia, prof. Economía UCV
863. Mildred Valera M., prof. Economía UCV
864. Haydée Valles, prof. UCV
865. Chela Vargas, prof. Historia UCV
866. Edmundo Vargas, pintor
867. Vilma Vargas, prof. Letras UCV
868. Alejandro Vásquez, prof. Comunicación Social LUZ
869. Orlando Vásquez, artista plástico
870. Enrique Vásquez Fermín, prof. Educación UCV
871. Berta Vega, escritora
872. Lucila Velásquez, escritora
873. Orlando Venturini, prof. UCV
874. Ballardo Vera, escritor
875. Helena Vera, escritora
876. Nilda Vera, prof. ULA
877. Omar Verde, decano de la Facultad de Veterinaria UCV
878. Oswaldo Verenzuela, grabador
879. Elvira Veroes, prof. Humanidades UCV
880. Fabiola Vethencourt, prof. UCV
881. José Luis Vethencourt, psiquiatra
882. Lolita Vethencourt, prof. Administración UCV
883. Ángel Vilanova, escritor
884. Mercedes Villa de Márquez, psicóloga UCV
885. Luis Villafaña, licenciado en Filosofía
886. Alcides Villalba, prof. UCV
887. Federico Villalba, escritor
888. Johnny Villalba, escritor
889. Federico Villanueva, arquitecto
890. Freddy Villarroel, artista plástico
891. Edwin Villasmil, pintor
892. Margarita Villegas, artista plástico
893. Mario Villegas, periodista
894. Silvio Villegas, prof. ULA
895. Alfredo Vitoria, vicepresidente del Ateneo de Barquisimeto
896. Frank Viloria, prof. UCV
897. Oscar Viloria, prof. UCV
898. Ludmila Vinogradoff, periodista
899. Pável Vizcaya, actor
900. Carlos Viso, prof. UCV
901. Carlos Viso Carpintero, historiador
902. Carlos Viso Fajardo, prof. Educación UCV
903. Fruto Vivas, arquitecto
904. Germán Rivas, prof. Trabajo Social UCV
905. Pedro Juan Vives Suriá, presbítero
906. Gladys Volcán, prof. Economía UCV
907. Carlos Walter, prof. CENDES
908. Andreína Womutt, bailarina
909. Damely Yeguez, directora de Trabajo social UCV
910. Eduardo Zambrano Colmenares, escritor
911. Pedro León Zapata, artista plástico
___________________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | May 10, 2011 | Fichas, Política |

La computadora indiscreta de Raúl Reyes
Lo que sigue es la versión en castellano del extenso Comunicado de Prensa emitido hoy en Londres por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. Nigel Inkster,
Director para Amenazas Transnacionales y Riesgo Político del instituto, anuncia de este modo la publicación del dossier cuyo resumen ejecutivo compone el comunicado. LEA
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Es poco común que los documentos de un grupo insurgente salgan a la luz pública mientras esta insurgencia aún permanece activa. Sin embargo, esto es exactamente lo que ocurrió en Colombia, suministrando así la información primaria para el Dossier Estratégico más reciente del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), Los Documentos de las FARC: Venezuela, Ecuador y el Archivo Secreto de ‘Raúl Reyes’.
En concreto, este dossier es el producto de más de dos años de estudio del material incautado por las fuerzas militares de Colombia después de un asalto a un campamento guerrillero justo dentro de Ecuador en la frontera con Colombia, el 1 de marzo de 2008. El campamento estaba ocupado por miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP), el grupo insurgente más grande de varios que han desafiado la autoridad del Estado colombiano desde los años sesenta. El asalto tuvo como desenlace la muerte de Luis Edgar Devía Silva, mejor conocido por su nombre de guerra, Raúl Reyes. Reyes era uno de los siete miembros dirigentes de las FARC, el Secretariado. Desde mediados de los años noventa también había liderado la red internacional de representantes y simpatizantes de las FARC, conocida como la Comisión Internacional, o COMINTER. Desde el año 2000, Reyes había mantenido un archivo descifrado de sus comunicaciones por correo electrónico, la mayoría de las cuales habían sido originalmente enviadas o recibidas utilizando codificación PGP por enlace de radio. Reyes procedió de este modo ignorando los procedimientos permanentes de seguridad operacional de las FARC, los cuales, sin embargo, reiteraba frecuentemente a sus propios compañeros y colaboradores. Su archivo también contenía lo correspondiente a 30 años de documentos estratégicos, incluyendo registros de conferencias periódicas y otras reuniones que constituyen hitos claves en la evolución de las FARC.
Habiendo incautado el archivo, que consistía en ocho dispositivos de almacenamiento de datos guardados en un maletín metálico, las autoridades colombianas entregaron el material a INTERPOL, que condujo una investigación forense para validar su integridad. Los datos también fueron revisados para obtener inteligencia accionable. El gobierno colombiano luego decidió entregar el archivo al IISS para realizar un análisis más detallado y sistemático. Esto resultó ser un gran desafío, y tomó mucho más tiempo que lo originalmente anticipado. En efecto, si al inicio hubiésemos entendido la enormidad de la tarea, posiblemente hubiésemos pensado dos veces antes de emprenderla. Varios miles de mensajes constituyendo millones de palabras tuvieron que leerse, comprenderse y organizarse en un formato secuencial y accesible. (El CD-ROM que viene con este dossier presenta sólo una parte del archivo, la cual, aún así asciende a 1,6 millones de palabras). El material luego tuvo que ser verificado comparándolo con otra información relevante y en el dominio público, antes de iniciar la redacción del dossier. Desde el principio, el gobierno colombiano se comprometió a que no intentaría influenciar el proceso de nuestra investigación, ni tampoco nuestras conclusiones analíticas. Como consecuencia, las opiniones expresadas en el dossier son únicamente del IISS.
Perspectivas estratégicas
El archivo de Reyes ofrece una perspectiva sin precedentes en relación con los orígenes, evolución y funcionamiento cotidiano de uno de los grupos insurgentes más grandes e influyentes del mundo, casi hasta la fecha. Aunque las políticas y el comportamiento del gobierno colombiano respecto a la insurgencia de las FARC se han reportado y analizado en detalle, la evidencia sobre las FARC en sí mismas, siendo ésta una organización encubierta, hasta ahora ha sido mucho más difícil de hallar. El archivo llena así un vacío significativo en nuestra comprensión de la historia reciente de la región andina mientras amplía sustancialmente nuestro conocimiento sobre la dinámica política y cultural de movimientos insurgentes en otras partes del mundo. Muestra cómo las FARC, quienes en sus albores sólo disponían de un repertorio táctico limitado y un ámbito estratégico restringido a las áreas rurales remotas de Colombia central, desarrollaron un programa ambicioso para llegar al poder. Su plan sería propagar la guerra de guerrillas a todas las zonas rurales; manipular tensiones políticas y sociales en las ciudades; explotar el interés de conseguir la paz por parte de otros participantes en el conflicto, aunque permaneciendo firmes en su compromiso de lograr la victoria militar; y obtener apoyo político y material más allá de las fronteras de Colombia. El impacto militar de las FARC llegó a su cumbre en 1998, cuando ya se hablaba de Colombia como de un Estado fallido. Una vez que Bogotá comenzó a recapturar la iniciativa militar, las FARC buscaron compensar esta dinámica enfocándose en la dimensión internacional y política de su campaña, una esfera en la que el gobierno colombiano había encontrado dificultades para imponer su propia narrativa.
Durante todo el período analizado en el dossier los objetivos principales de la estrategia internacional de las FARC fueron constantes. Éstos fueron los siguientes:
• Asegurar apoyo financiero y militar. En términos generales, las FARC no tuvieron éxito en este respecto. Hacia finales de la Guerra Fría, el grupo intentó interesar de manera persistente a regímenes de ideología supuestamente compatible, tales como China, la Unión Soviética y Corea del Norte, para que le ofrecieran financiación. Sin embargo, estos esfuerzos fracasaron y fueron finalmente abandonados. Las FARC han buscado vigorosamente un amplio rango de opciones alternativas con el fin principal de adquirir sistemas de defensa antiaérea portátil (MANPADS) para retar la supremacía aérea del Estado colombiano, aunque no existe evidencia en el archivo, o con posterioridad, que indique éxito como resultado de estos esfuerzos.
• Asegurar apoyo y legitimación internacional y política. En este sentido las FARC fueron más efectivas. Hacia finales de los noventa, la COMINTER llevaba a cabo actividades políticas en 27 países europeos y latinoamericanos, y había empezado a ser percibida de manera positiva en varios círculos políticos y entre formadores de opinión receptivos a la narrativa de las FARC, que planteaba una lucha de desposeídos contra una oligarquía represiva e impune. Aún cuando apoyo a las FARC no se materializó, el grupo fue capaz de avanzar hacia su objetivo, igualmente importante, de generar oposición al gobierno colombiano. Después de la proscripción de las FARC como organización terrorista en el período subsiguiente al 11-S, varias de sus delegaciones, que habían adquirido un carácter cuasi-diplomático, fueron cerradas. Sin embargo, éstas fueron remplazadas por organizaciones indígenas de fachada que resultaron muy efectivas en abogar en nombre de las FARC.
• Socavar los esfuerzos del gobierno colombiano para desarrollar cooperación internacional transfronteriza y en materia de seguridad. Las FARC trabajaron exhaustivamente para explotar las tensiones entre Colombia y sus vecinos inmediatos, así como para convencer a éstos de que adoptaran, como mínimo, una posición de neutralidad en el conflicto aunque no promovieran activamente el objetivo de las FARC de obtener su reconocimiento como beligerante. Estos esfuerzos no siempre condujeron a resultados eficaces y a veces resultaron ser contraproducentes, pero con el tiempo, las relaciones entre Colombia y sus vecinos andinos sufrieron un deterioro progresivo, por el cual las FARC pueden reclamar algo de mérito.
• Establecer y mantener refugios seguros en Estados vecinos. Éstos cumplieron las funciones militares clásicas de suministrar albergue, descanso y recreación, entrenamiento, reabastecimiento y redespliegue. La importancia de estos refugios aumentó aún más cuando las fuerzas armadas colombianas mejoraron su capacidad móvil a través del uso del poder aéreo, dificultando así el mantenimiento por parte de las FARC de posiciones fijas dentro de Colombia. El archivo también muestra cómo las FARC se aprovecharon de estos enclaves para reunirse con varios elementos fuera del alcance del Estado colombiano. Éstos incluyeron simpatizantes políticos, narcotraficantes, miembros de grupos armados extranjeros (tales como ETA), quienes recibieron entrenamiento de las FARC, y traficantes de armas, uno de estos últimos asegurando representar el Estado chino.
Las FARC y Venezuela
Desde el principio, las FARC habían tratado de desarrollar relaciones con sucesivas administraciones venezolanas y habían efectuado intercambios pragmáticos con las fuerzas de seguridad de Venezuela, quienes careciendo de la capacidad de expulsar por la fuerza a grupos violentos y potencialmente disruptivos, no pudieron hacer más que acomodarse a la llegada de éstos. Sin embargo, las actividades de las FARC cambiaron de trayectoria después de la toma de posesión de la presidencia del Teniente Coronel Hugo Chávez en 1999. El atractivo genuino que tuvieron las FARC para Chávez fue inicialmente atenuado por: la ausencia de un vínculo ideológico sólido entre ellos (los líderes marxistas ortodoxos de las FARC se encontraban permanentemente frustrados por lo que percibían como una falta de definición ideológica clara por parte de Chávez); la necesidad de Venezuela de mantener buenas relaciones económicas y comerciales con Colombia; y los riesgos políticos que implicaba tener contacto con las FARC para un régimen cuyo control sobre el poder fue, en un principio, precario. No obstante, mientras Chávez públicamente propugnaba la neutralidad y se ofrecía como mediador honesto en negociaciones de paz con el gobierno colombiano, también permitía que las FARC utilizaran el territorio venezolano para su refugio, operaciones transfronterizas y actividad política, y efectivamente asignó al grupo un papel en la sociedad civil venezolana. El gobierno venezolano financió la oficina de las FARC en Caracas, y por medio del servicio de inteligencia DISIP, proveyó documentación y otras formas de ayuda a los agentes de las FARC. Las FARC pudieron además establecer su propia organización fachada, la Coordinadora Continental Bolivariana (CCB). Asimismo, en una reunión con Reyes poco tiempo después de su posesión como presidente, Chávez ofreció ayuda material de forma calculada para cambiar el balance militar en Colombia, aunque para gran frustración de los líderes de las FARC, dicha ayuda nunca se cristalizó.
Después del intento de golpe de Estado de 2002 que brevemente destituyó a Chávez del poder, las FARC estuvieron en posición de aprovechar la atmósfera de temor y paranoia que imperaba en Venezuela, para dotar de entrenamiento en guerra de guerrillas y urbana a varios grupos armados que se habían configurado para defender la Revolución Bolivariana de un segundo golpe, o incluso, de una invasión por parte de los EE UU. Las FARC también respondieron a solicitudes de la DISIP para que proporcionaran entrenamiento en terrorismo urbano, incluyendo asesinatos a blancos específicos, y uso de explosivos. Aún más, el archivo ofrece sugerencias tentadoras, pero finalmente sin evidencia concreta, de que las FARC, operando para y de parte del Estado venezolano, podrían haber cometido asesinatos de oponentes políticos de Chávez. No obstante, Chávez continuó manteniéndose a distancia de las FARC e incumplió sus promesas de ayuda financiera y material. Descrito por quienes le enseñaron a ser un pensador estratégico genuino, Chávez planeó una relación de largo plazo con esta guerrilla, calculando que ésta lo necesitaría a él más que él a ella; además, Chávez no se mostró reacio a actuar en contra de los intereses de las FARC siempre que lo juzgó oportuno. Asimismo, las FARC estuvieron involucradas en dos incidentes significativos en 2004, cuyos desenlaces respectivos fueron enojar y avergonzar a Chávez, al punto de provocar una fractura total entre él y la organización durante 18 meses.
No obstante, con ímpetu generado por el alto precio del petróleo y por haber avanzado en sus agendas nacionales e internacionales, durante 2006-07, Chávez inició un proceso de reconciliación con las FARC, experimentando, sin embargo, un cambio cualitativo en la naturaleza de su compromiso. En palabras de Ramón Rodríguez Chacín, ex Ministro del Interior venezolano e intermediario de antaño con las FARC, Chávez había empezado a ver a las FARC como un ‘aliado estratégico en el caso de una agresión del imperio [EE UU], pero a la vez como aliados estratégicos para la formación de un bloque revolucionario en el Continente.’ Varias reuniones tuvieron lugar entre los altos mandos de la jefatura de las FARC y el líder venezolano. Este último se comprometió a ayudar al grupo para lograr la legitimidad política, reafirmó formalmente las garantías para que las FARC utilizaran el territorio venezolano a lo largo de la frontera con Colombia y, crucialmente, ofreció suministrar US$300 millones a las FARC, cincuenta de los cuales estarían inmediatamente disponibles. También se exploraron varias opciones para dotar a las FARC del tipo de armas que alterarían el balance estratégico en Colombia, incluyendo MANPADS. Una de estas opciones, discutida un mes antes de la muerte de Reyes, consistía en un acuerdo trilateral con el Presidente Alexander Lukashenko de Bielorrusia, aunque al tiempo del fallecimiento de Reyes ninguno de estos acuerdos se había finalizado ni se había pagado ningún dinero.
La reconciliación con las FARC coincidió con un deterioro dramático en las relaciones entre Venezuela y Colombia. Esto se produjo cuando el Presidente colombiano, Álvaro Uribe, se ofendió a causa de los esfuerzos de alto perfil de Chávez por sacar ventaja política y estratégica de su intervención en la liberación de rehenes secuestrados por las FARC, en lo que el grupo denominó como un ‘intercambio humanitario’. Chávez no fue el único factor externo involucrado en estas liberaciones, que, como muestra el archivo, las FARC explotaron cínicamente; el propósito principal del grupo era obtener visibilidad política y hacer quedar mal al gobierno colombiano, imponiendo condiciones que sabía serían inaceptables. Igualmente, otras partes externas se involucraron generalmente en estos intercambios motivadas por ganancias políticas a corto plazo, desestimando consecuencias estratégicas más amplias. Pocos (o ninguno) pueden considerar haber tenido ningún mérito en el proceso, que prácticamente llegó a su fin en 2008 cuando el gobierno colombiano engañó a las FARC para que liberaran la mayoría de sus rehenes de alto valor.
Las FARC y Ecuador
Como sucedió con Venezuela, en los años noventa las FARC establecieron una presencia en las regiones fronterizas de Ecuador, que eran particularmente importantes por ser adyacentes a los departamentos colombianos de Putumayo y Caquetá. Éstos eran baluartes de las FARC, en particular por ser grandes productores de cocaína, de la cual dependían los ingresos del grupo. Sin embargo, las FARC necesitaron mucho más tiempo que el necesario en el caso de Venezuela para obtener influencia política en Ecuador, y la zona fronteriza ecuatoriana fue a menudo un área incierta o absolutamente hostil hacia las FARC. Las fuerzas de seguridad ecuatorianas generalmente dejaban operar a la fuerte presencia de la inteligencia colombiana y estadounidense en la región, y a veces contribuían a los esfuerzos de estos países con colaboración activa. Las FARC nunca obtuvieron apoyo estatal ecuatoriano semejante al que lograron en Venezuela, y su contacto con administraciones sucesivas nunca fue más que intermitente. Sin embargo, mientras la política nacional ecuatoriana se movía paulatinamente hacia la izquierda, las FARC lograron establecer relaciones con un amplio rango de personas con influencia creciente sobre las políticas del gobierno, incluyendo Lucio Gutiérrez antes de su elección a la presidencia. El grupo tuvo por lo menos algo de contacto con administraciones sucesivas y fue exitoso en fomentar tensiones entre Ecuador y Colombia. Reyes mismo tuvo una base relativamente permanente en la región fronteriza desde 2003 hasta el momento de su muerte. Desde allí pudo reunirse con una serie de visitantes extranjeros y administrar las actividades de la COMINTER gozando de relativa seguridad.
En principio, cuando Rafael Correa anunció su candidatura presidencial en 2006, sus credenciales de izquierda no convencieron del todo a las FARC. Sin embargo, cuando la popularidad de Correa se incrementó y su potencial radical se hizo más evidente, el grupo aportó aproximadamente US$400.000 a su campaña en una coyuntura crítica (al parecer, US$100.000 procedieron directamente de las FARC, y otros US$300.000 de sus aliados). Es casi seguro que Correa aprobó el ingreso de estos fondos en su campaña, pero esto no condujo a una política de apoyo estatal a los insurgentes durante el corto período entre el ascenso de Correa a la presidencia y la muerte de Reyes. El archivo muestra evidencia de que el mayor deseo de Correa era que las FARC le confirieran una plataforma para jugar un papel en el “intercambio humanitario”, similar al desarrollado por Chávez. Sin embargo, aunque Reyes instó vigorosamente a sus compañeros del Secretariado para que se otorgara tal papel a Correa, éstos se mantuvieron impasibles. Es más, aunque la muerte de Reyes provocó una fractura grave entre Colombia y Ecuador—siendo éste irónicamente un objetivo estratégico clave de las FARC—también interrumpió la relación creciente de las FARC con Quito. No existe evidencia que sugiera que esta relación haya prosperado desde entonces.
Las FARC hoy
Desde la muerte de Reyes, la suerte de las FARC se ha deteriorado dramáticamente. La política de Seguridad Democrática en Colombia ha logrado, en términos generales, sus objetivos de desalojar a las FARC de franjas extensas del campo, establecer presencia gubernamental e instituciones donde anteriormente éstas no existían, y presionar a los insurgentes hacia los márgenes del territorio. Mejoras importantes en inteligencia han permitido a las fuerzas de seguridad colombianas empezar a decapitar a la jefatura de las FARC, y los niveles de deserción de las filas de las FARC se han incrementado de manera progresiva. No obstante, las FARC han hecho aquello que es obligatorio para todo grupo insurgente: han vivido para luchar otro día. Pese a sus reveses, hoy en día no muestran más disposición que en cualquier otro momento de su historia a comprometerse en negociaciones serias de paz. Aunque la seguridad en Colombia ha mejorado notoriamente en años recientes, los logros del gobierno a este respecto son aún frágiles y potencialmente reversibles. El gobierno colombiano ha heredado formidables retos relacionados con atender a millones de personas desplazadas internamente, resolver complejos problemas sobre pertenencia de tierras, reintegrar a un gran número de ex paramilitares y sacar a ocho millones de colombianos de la pobreza absoluta. El gobierno está buscando reenfocar sus esfuerzos y gastos en desarrollo económico y reforma social, pero pese a esta agenda de postconflicto, la guerra no ha concluido. Las fuerzas de seguridad colombianas continúan casi diariamente enfrentándose con las FARC y sufriendo bajas. Mientras las FARC sigan beneficiándose de la disponibilidad de santuarios y apoyo transfronterizos, los desafíos concernientes al desarrollo de Colombia persistirán. ♣
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 8, 2010 | Fichas, Terceros |
He aquí el texto completo de la lección dictada por Mario Vargas Llosa en Estocolmo, con ocasión de recibir el Premio Nobel de Literatura.
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En el Olimpo literario
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean- François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera ylos peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo- cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo contoda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón,en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirmelibre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. Laescribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Mario Vargas Llosa
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.
© FUNDACIÓN NOBEL 2010
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 17, 2010 | Argumentos, Fichas, Política |

Carta Magna de los barones ingleses a Juan Sin Tierra en 1215 (clic para ampliar)
Juan Sin Tierra fue una triste figura de la longeva monarquía inglesa. Hermano de Ricardo I de Inglaterra, Corazón de León, no tuvo otra gloria que la de ser el déspota cobarde combatido por Robin Hood. En 1215, los barones ingleses decidieron pararle el trote, y redactaron el primer documento constitucional de la historia, la Carta Magna, a la que Juan no tuvo más remedio que acatar y refrendar con el sello real. Casi 800 años después, un varón venezolano, el general Carlos Julio Peñaloza, ha escrito una carta al Presidente de la República, Hugo Con Tierra Expropiada, que es tan magna como su predecesora, en razón de su dignidad.
El general Peñaloza fue quien debelara las intenciones golpistas de Hugo Con Tierra en 1989; sus gestiones y advertencias fueron desestimadas por la torpe arrogancia de Carlos Andrés Pérez, a quien el suscrito sugirió la renuncia el 21 de julio de 1991 (Salida de estadista: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal»). Tampoco hizo caso a este llamado, y seis meses y catorce días después los golpistas quisieron aprovechar, como avezados delincuentes, la nocturnidad de la madrugada del 4 de febrero de 1992 para deponer a Pérez, fracasaron y se rindieron, no sin antes haber derramado sangre ajena.
La carta del general Peñaloza ha sido publicada por El Nuevo País el lunes 15 de noviembre; de allí toma su texto este blog y lo reproduce abajo. Es clarísima, es valiente, es terrible, puesto que pinta el paisaje posible de la guerra civil. Como él mismo advierte, sin embargo, no tiene armas para tal empresa, como tampoco las tienen los «líderes jóvenes, inteligentes y corajudos dispuestos al combate» que a juicio de Peñaloza sobran en Venezuela. Aparentemente, la cosa sería desproporcionadamente asimétrica; aparentemente, el Presidente de la República manda tropas a las que se ha obligado a jurar Patria, Socialismo o Muerte, y aparentemente cuenta con sus milicias, formadas precisamente para defenderlo. En teoría, los «líderes jóvenes, inteligentes y corajudos dispuestos al combate» morirían en el choque, como los jóvenes de la Carga de la Brigada de Caballería Ligera en Balaclava. (Durante la Guerra de Crimea, centenares de jóvenes jinetes ingleses recibieron la orden de atacar los emplazamientos de la artillería rusa, que los masacró. El mariscal Pierre Bosquet comentó sobre la suicida valentía: “C’est magnifique, mais ce n’est pas la guerre”).
No será necesario, sin embargo, un sacrificio de ese tipo. Primero, porque hay armas civiles para pararle el trote a Hugo Con Tierra. Es hora de que hable la Corona, el Pueblo, pues las cosas han llegado a un punto donde ya no deben ser decididas por mandatarios, ni siquiera por el primero de ellos. Podemos y debemos activar un referendo suficiente para detener el proyecto de dominación más pernicioso que hayamos conocido en el país. Segundo, porque Chávez no sería acatado, por más soles que acumule sobre charreteras ajenas o propias; ya fue desacatado en una ocasión, cuando ordenó la puesta en práctica del Plan Ávila el 11 de abril de 2002.
Hugo Con Tierra ha amenazado con resistencia armada—la que demostradamente no sabe conducir—si un nuevo Presidente de la República osa destituir los mandos militares que cree afectos a su causa. No tiene ni la razón ni el derecho. Es atribución presidencial (Numeral 6 del Artículo 236 de la Constitución Nacional) la capacidad de asignar los cargos de los altos oficiales de la Fuerza Armada Nacional. Nadie puede maniatar a un presidente en esto.
En diciembre de 1993, el vicealmirante Radamés Muñoz León fue hasta la quinta Tinajero, residencia del Presidente Electo, Rafael Caldera Rodríguez, en compañía de los demás miembros del Alto Mando Militar. Allí les dijo el presidente Caldera que no serían confirmados en sus cargos, cuando ni siquiera había tomado posesión de la Presidencia de la República. De esa entrevista salió Muñoz León con la cara descompuesta que registraron los fotógrafos de prensa y el rabo entre las piernas, domado por un civil. No pudo alzarse contra la decisión, como tampoco pudo alzarse como quiso, en octubre de ese mismo año, contra Ramón J. Velásquez. No pudo, aunque en noviembre de 1993 había exhibido en privado su talante fanfarrón, cuando dijo que él mismo se encargaría «de llevar a Fuerte Tiuna preso, desnudo en un camión de estacas, a Caldera si desconoce el triunfo de Oswaldo Álvarez Paz».
El general Henry Rangel Silva ha definido las decisiones que pudiera tomar un nuevo Presidente de la República, en cuanto a la composición del Alto Mando Militar, como «desmantelamiento de la Fuerza Armada Nacional». Está radicalmente equivocado; él no es la Fuerza Armada Nacional, y sus días, a pesar del cuarto sol, están contados.
Con algo sugerido por el general Peñaloza no estoy de acuerdo: él señala que si Hugo Con Tierra dejara de recibir instrucciones de Fidel Castro y se dedicara a gobernar (en imitación de Bachelet y Lula), podría revertir las tendencias y resultar triunfador en 2012. No creo, primeramente, que el descomunal estropicio político, social, económico e institucional del que Chávez es principal responsable pueda ser reparado por él antes de las próximas elecciones. Ni siquiera creo que sepa de gobierno, como él mismo lo sabe también a estas alturas. Ya no encuentra cómo salir del enmarañado atolladero en que se ha metido en compañía de incapaces. Y, como lo sabe, como se ha dado cuenta de haber creado una progenie de problemas que no podrá resolver, tal vez su inconsciente lo impele a buscar su salvación en un holocausto épico que lo reivindique, tal como creyó un cabo austriaco y golpista que ordenó la demolición de Berlín cuando ya tenía la derrota en la cara. Esa clase de delirio sólo puede consumarse en el suicidio. LEA
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Carta abierta del Gral. Peñaloza al presidente Chávez
Ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías
Presidente de la Republica
Sr. Presidente,
No lo veo desde hace casi 21 años, cuando nos reunimos en mi despacho de Comandante del Ejército. Como recordará, lo detuve porque tenía pruebas fehacientes de que Ud. preparaba un golpe para el día 6 de diciembre de 1989. En esa oportunidad, un grupo de altos funcionarios y oficiales, actuando como cómplices, abogaron ante el presidente, quien decidió dejarlo en libertad «por falta de pruebas». El mismo plan, entonces abortado, Ud. lo repitió el 4F de 1992, luego de mi retiro. Ese golpe fallido lo convirtió en una figura nacional y lo llevó a Miraflores legalmente. Antes de esas elecciones ningún militar amenazó con desconocer su posible victoria. Si alguno lo hubiera hecho, yo mismo hubiera salido a defenderlo a Ud. de ese chantaje.
Hoy en día, cumplidos 70 años, me preocupa su decisión de defender en público al Mayor General Henry Rangel Silva y ascenderlo in situ, como se hace con quienes han ejecutado un acto heroico con peligro inminente de su vida. Este indigno general lo único que hizo fue jactarse de estar amancebado con Ud. y su causa. Para él, la lealtad a la patria es a medias mientras con Ud. es total. Ante esta escandalosa exhibición de adulancia, Ud., en lugar de degradarlo, corrió a ascenderlo. Antes de que la adulación del general Rangel Silva fuese premiada con el impúdico ascenso, escribí un artículo en «El Nuevo País» criticando las desdichadas declaraciones del mencionado general. Luego, un coro de protestas desde diferentes trincheras permitió palpar el descontento popular. Ud. no lo percibió porque hace tiempo perdió sintonía con el pueblo.
En vez del grotesco ascenso, el mal ejemplo merecía una sanción y destitución. Pero esto no es lo que más preocupa. Debemos acostumbrarnos a la idea de que pronto tendremos docenas de generales en jefe y así el grado que mereció Simón Bolívar, nuestro gran secuestrado, se devaluará al igual que nuestra moneda. Lo grave es que Ud. confirme de viva voz su decisión de desconocer el resultado de las elecciones presidenciales del 2012 si éste le es adverso. Semejante abuso de autoridad no puede pasar desapercibido, aunque las autoridades competentes no tomen las medidas para condenarlo. Con este acto, Sr. Presidente, Ud. le ha declarado de facto la guerra a más de la mitad del pueblo venezolano.
Aunque tengo los setenta años de aquel personaje histórico-legendario, no pretendo ser un moderno Alonso Andrea de Ledezma, enfrentando a los bucaneros ingleses que saquearon Caracas en 1595. Ni siquiera tengo un viejo yelmo y armadura, ni una lanza oxidada. Pero tengo mi conciencia y me considero en el deber de hacerle frente y recoger el guante retador con que Ud. nos abofeteó a los ciudadanos venezolanos. Nadie me ha seleccionado para ocupar esa posición, pero como soldado de la república considero mi deber asumir el riesgo. Después de todo, a Ud. tampoco nadie lo ha autorizado a ejercer chantaje electoral. Estamos en igualdad de condiciones, salvo que Ud. es Goliat. Soy un viejo que siendo todavía adolescente juró defender las instituciones hasta perder la vida si fuera necesario, y sigo fiel a ese compromiso. Ya viví bastante y la muerte no me asusta.
Por lo expuesto, Sr Presidente, le notifico que las fuerzas democráticas de la patria lo retan a enfrentarse en las metas electorales y aceptar el triunfo del que obtenga la mayoría. Si trata de poner en práctica sus amenazas del uso de la fuerza antes o después de esas elecciones, resistiremos con las mismas armas que Ud. utiliza. También le participamos que el nombramiento del general Rangel, o cualquier otro oficial señalado como presunto narcotraficante, como Ministro de la Defensa para el momento de las elecciones, será tomado como una señal de que Ud. sigue con los planes de desconocer los resultados electorales en el 2012.
Le advierto que sólo habrá paz si respeta la Constitución y a la voz de la mayoría del pueblo. Hasta ahora sus constantes violaciones de la Carta Magna se han pasado por alto, pero la acumulación de desacatos se está haciendo intolerable. El posible aborto de las elecciones del 2012 o el desconocimiento de un resultado adverso a sus intereses políticos liberará los demonios que están represados. Los venezolanos queremos la paz, pero al mismo tiempo rechazamos las dictaduras de cualquier color. A partir de este momento estamos velando las armas de la democracia y al mismo tiempo rogamos porque no se desate una guerra civil.
No pretendo ser el jefe de un movimiento en su contra, sólo soy un humilde mensajero. Sobran líderes jóvenes, inteligentes y corajudos dispuestos al combate. Espero que esta tragedia no sea necesaria. El ejército forjador de libertades no va a asesinar venezolanos.
Esto no es una amenaza de golpe o el inicio de una conspiración, es un campanazo para que Ud. entienda que estamos dispuestos a luchar por la libertad y a impedirle consolidar una dictadura siguiendo las líneas que recibe de La Habana. No queremos que el sueño de Bolívar se convierta en una pesadilla castrista.
En aras de un poder pasajero y de una ideología obsoleta y ruinosa Ud. no puede iniciar una guerra fratricida que lo convertirá en un monstruo ante la historia. No llame más a Fidel para pedir instrucciones. Dedíquese a gobernar a Venezuela con los venezolanos. La gran unidad hispanoamericana nunca se logrará con el modelo comunista. Es más, si sigue el patrón de gobierno de la Sra. Bachelet o de Lula hasta podría cambiar la tendencia actual y ganar en el 2012. Le garantizo que si Ud. gana limpiamente, su triunfo será reconocido como debe ser. Vuelva a ser venezolano, deje morir a Fidel en paz para que Venezuela pueda vivir en concordia.
Le prevengo de reaccionar con los habituales insultos y descalificaciones. Siempre estaremos listos para actuar como personas racionales y decentes, de acuerdo a lo que nos enseñaron en la academia que nos formó como ciudadanos y soldados. Entierre el hacha de la guerra dirigida desde Cuba. Venezuela lo reclama.
Atentamente,
General de División
Carlos Julio Peñaloza Zambrano
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 25, 2010 | Fichas, Política, Terceros |

Ramón Ovidio Pérez Morales
El documento abajo transcrito deslumbra por su claridad, asombra por lo completo y concentrado, sobrecoge por su valor. Dentro de la extensa literatura política venezolana de la última década, ningún otro texto se le compara en esas cualidades. Franco y contundente, constituye la más firme denuncia de un régimen que pretende imponer su voluntad en Venezuela desde un autoritarismo excluyente y ventajista.
Su autor es el Arzobispo Monseñor Ramón Ovidio Pérez Morales, Obispo Emérito de Los Teques, antes Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana y el Concilio Plenario de Venezuela, primero en el orden del linaje episcopal o sucesión apostólica del país. Monseñor Pérez Morales, nacido en Pregonero, escribió este pregón a título enteramente personal. Es la persona, es el ciudadano, quien habla antes que el obispo. Sus líneas no comprometen oficialmente a la Iglesia Católica de Venezuela, pero sí a la conciencia de su gente libre. LEA
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¡PRESIDENTE, VUELVA AL CABILDO!
La interpelación a Emparan
El 19 de abril de 1810, cuyo bicentenario acabamos de conmemorar, Francisco Salias, interpretando la voluntad popular, conminó al Capitán General Vicente Emparan a volver al Cabildo, máximo cuerpo representativo de la ciudadanía en ese momento. El Ayuntamiento había sido convocado para resolver la confusa situación nacional, a raíz de la crisis de poder originada en España por la intervención napoleónica. Emparan había sido invitado a la reunión capitular y conocía la finalidad de la misma; pero quiso evadir una decisión y por ello se dirigió a la Catedral para asistir a la celebración litúrgica del Jueves Santo.
El Ayuntamiento, además de sus miembros, congregaba en esos momentos a diputados, delegados, de diversos sectores de la ciudadanía, acompañados por una creciente aglomeración popular. Se tenía así una asamblea, la cual, en esa circunstancia, debía abordar la suerte política de Caracas y Venezuela, y, como se percibía en el ambiente, decidir sobre su identidad y futuro como pueblo soberano.
El volver al Cabildo, por parte del Capitán General, significaba enfrentar con realismo la desafiante situación, y responder, con receptividad y lucidez, a las profundas e ineludibles aspiraciones de libertad y autonomía de la Provincia de Caracas y de gran parte de la Nación. El margen de maniobra de Emparan era estrecho, pero su mejor opción no consistía en eludir responsabilidades, sino en enfrentar la crisis y favorecer una salida, la menos traumática posible para todos.
El Cabildo estaba consciente de que la agenda de ese día no la ocupaban intereses simplemente de un estrato determinado de la población o problemas sólo sectoriales por grande que fuesen. Lo que estaba sobre el tapete era cómo recoger, dándoles forma institucional, los anhelos y propósitos autonómicos de un vasto conjunto humano, que el Acta de la Independencia denominaría, al año siguiente, como “la Confederación americana de Venezuela en el continente meridional”. El cuerpo capitular reflejaba y representaba, con acierto y limitaciones, un sentimiento unitario nacional. Se estaba en una etapa germinal y este sentimiento debía traducirse ulteriormente en estructuras socio-económicas, políticas y culturales coherentes con una verdadera unidad. En ese momento, en efecto, persistían discriminaciones y exclusiones, no sólo de hecho, sino también de derecho (afirmación que, a doscientos años de distancia podemos repetir con humildad y reconociendo pecados actuales).
A propósito de estos hechos es oportuno traer aquí a colación lo expresado por la Conferencia Episcopal Venezolana en su reciente carta pastoral sobre el Bicentenario: “…entre el 19 de Abril de 1810 y el 5 de Julio de 1811, los fundadores de la Patria tomaron la difícil decisión de formar la República de Venezuela y proclamaron un hermoso sueño nacional, conscientes de la grandeza del mismo, del sacrificio que implicaba, así como de las limitaciones para llevarlo a cabo”. (No. 4).
“Tanto el 19 de Abril como el 5 de Julio—señala este documento—fueron dos acontecimientos en los que brilló la civilidad. La autoridad de la inteligencia, el diálogo, la firmeza y el coraje no tuvieron que recurrir al poder de las armas o a la fuerza y a la violencia. La sensatez en el intercambio de ideas y propuestas respetó a los disidentes y propició el anhelo común de libertad, igualdad y fraternidad”. (No. 5). Más allá de la ambivalencia de aquellos acontecimientos, y posteriores procesos, el gran resultado tangible fue nuestro nacimiento como país independiente y la voluntad “…de lograr formas de convivencia y libertad para toda persona sin exclusión… aspiración primordial, pero imperfecta”. (No. 9).
Doscientos años después
En verdad, la Venezuela que conmemora su Bicentenario reconoce los límites de aquel sueño y esa aspiración, pues si “de derecho todos estaban incluidos en la esperanza y en la bendición de Dios, invocada para… una forma de convivencia que… fuera ámbito de vida, de libertad y de dignidad para todos, de hecho… la gran mayoría de los sectores populares quedó excluida”(id.), pero, además, tras comenzar en 1998 “…un proyecto… de ‘refundar’ la República… [cuya] ambición no sólo toca el tejido material y organizativo… sino también y, sobre todo, afecta el fondo íntimo, espiritual, del alma nacional” (id. 20), la Patria es hoy, en primera instancia, un país desgarrado, que se desangra e involuciona. Decir esto no significa en modo alguno ser “profeta de lamentaciones y desgracias” e ignorar la positividad tanto del existir mismo de la comunidad nacional en cuanto crisol de razas y pueblos, como de los valores y logros que registra el haber de su peregrinaje. Significa, sí, rememorar responsablemente, dar un aldabonazo a la conciencia de todos mis hermanos para un “despierta y reacciona”, ante la grave crisis que nos amenaza e interpela.
Sin pretender, obviamente, ser exhaustivo, expongo algunos elementos sobresalientes de esa crisis:
1. Venezuela, en efecto, ya no es una como sueño ni una como experiencia de convivencia. Por motivos ideológico-políticos se la ha dividido artificialmente, Por lo menos a la mitad se la califica de apátrida y hasta de antipatriótica, decretándosela excluida del goce pleno de los derechos ciudadanos. ¿Cómo se va a celebrar festivamente, en democracia, el cumpleaños de una República cuya unidad se niega? Ya no se la considera la casa común que soñaron los fundadores, amplia, acogedora, tolerante, pacífica, fraterna, sino el recinto cerrado, exclusivo, único, de una secta maniquea. No ya la gran familia sino un ámbito inclemente de rechazos, y de apartheid superado en otras latitudes. ¡Los Derechos Humanos no son ya de todos los humanos!
2. Venezuela tampoco es ya plural. No se quiere que sea el hogar de un pueblo variado, multicolor, multicultural, donde los diferentes y también los díscolos tienen su lugar. A pesar de que en el Referéndum de 2007 se dijo “no” a la propuesta de convertir la República en un “Estado Socialista”, porque contradice a “la Constitución, y a una recta concepción de la persona y del Estado”—Conferencia Episcopal Venezolana, 19 de octubre de 2007—, se persiste, desde el Poder, en la desobediencia manifiesta al mandato referendario y en la imposición, mediante hechos y “leyes”, de un tal sistema. La Constitución, en efecto, está siendo violada; más aún, no se oculta su interpretación y utilización como simple función del proyecto “socialista”, distorsionándola radicalmente. Está así en juego, obviamente, la legalidad del régimen. El proceso de dependencia de los poderes de uno solo, de estatización global, de centralismo nominalmente comunitario, de hegemonía masificante, acelera su marcha en los distintos campos de lo económico, lo político y lo ético-cultural. La democracia es, por el momento, soportada, pero está acosada, paulatinamente, por un voluntarismo “revolucionario” de vocación autocrática y “mesiánica”, y de desconocimiento o desvirtuación del derecho del hombre.
3. Venezuela ya no es ámbito de vida. Somos un país en monstruosa hemorragia culpable. Ocupamos lugar destacado en el mundo en materia de violencia y criminalidad. Nuestras calles son escenario de incontrolada delincuencia e impunidad; nuestras morgues, abarrotados lugares de doloroso compartir; nuestros juzgados y tribunales, recintos de injusticia por corrupción de venalidad o politización; nuestras cárceles recintos de inhumanidad, antítesis de reeducación, antesalas de muerte. Todo esto no era totalmente inédito, pero se ha exacerbado exponencialmente, al tiempo que el gobierno, de palabra y obra, siembra violencia cuando descalifica, injuria, amenaza y discrimina; cuando exhibe y acrecienta su arsenal bélico, radicaliza la militarización de la población y acentúa la represión de la disidencia. El lema “Patria, socialismo o muerte” es la correspondiente consigna militarista necrófila, de trágicas memorias históricas. No faltan quienes ante la galopante e irrefrenada inseguridad se plantean el interrogante de si ella no correspondería a una política de Estado, tendiente a que muerte y miedo conduzcan a una parálisis que facilitaría la sumisión de la ciudadanía.
4. Venezuela ya no es una nación en “vías de desarrollo. Tenemos un petrocapitalismo de Estado, con liberalidades selectivas hacia afuera y populismo dentro. Motivos ideológico-políticos y el afianzamiento del poder privan sobre las verdaderas necesidades y aspiraciones de la población. Todo ello, unido a una ineficaz, ineficiente y dolosa gestión, está llevando a la caída de la producción nacional, del abastecimiento y del consumo, agravada por crisis inéditas previsibles en los servicios eléctrico e hídrico, configurando un cuadro de carencias y dependencia, objetivamente funcional también al “Proyecto” de concentración y control.
5. Venezuela ya no es respetada en su alma e identidad. La subjetividad y centralidad, la moralidad y espiritualidad de la persona humana se diluyen, para privilegiar la base material productiva y lo simplemente colectivo-estructural, literalmente “alienantes”. Se habla de refundar el país. ¿Sobre qué valores? El “socialismo del siglo XXI” (de creciente referencia marxista-leninista y con confeso modelo castro-comunista) se erige como fin y criterio supremos; se absolutiza y sacraliza la “Revolución”, hecha régimen establecido, convirtiéndola en norma definitiva de lo verdadero y lo bueno. Y todo esto tiende a personificarse en el líder máximo, inobjetable, inapelable, insustituible, omnipotente. En este marco se reformulan los símbolos, se rehace la memoria histórica y se decreta alianzas o mancomunidades con otros Estados, al margen de sentimientos nacionales y populares; se monopoliza la comunicación social, se reestructura la educación, la mentira se hace anti-cultura, se redefine el arte, se instrumentaliza lo religioso.
Volver al Cabildo
A partir de esta celebración del Bicentenario del 19 de abril, considero, pues, un urgente deber de conciencia, como ciudadano, creyente y obispo, retomar la interpelación de Francisco Salias e instar al comandante Hugo Chávez Frías: ¡Ciudadano Presidente, “vuelva usted al Cabildo”!
Le hago este llamado, con el debido respeto a la investidura y a la función, pero también con la claridad y la sinceridad que me exige, desde mi fidelidad a Dios y a mi conciencia, el servicio a Venezuela. Lo hago con esperanza creyente, sabiendo que Dios nos ama a todos, sin excepción, y nos ayuda en cualquier circunstancia a rehacer caminos para el mayor bien de nuestro prójimo. Lo hago también sin juzgar intenciones—cosa que sólo a Dios corresponde—ni considerarme sin responsabilidad respecto de los males que sufre el país. Lo hago, finalmente, sin pretender infalibilidad en mis apreciaciones. Sólo quiero y debo servir.
¿Qué significa hoy “volver al Cabildo”? Ante todo, no se trata de una vuelta “mecánica o anacrónica” a formas u organismos desaparecidos o históricamente datados, sino fidelidad creadora, memoria crítica, despertar consciente, sueño esperanzador.
En pocos puntos le sintetizaré lo que entiendo por ello.
1. Volver a la unidad de la Patria. Esta unidad no podría ser pseudo-armonía etérea o bucólica, tampoco uniformidad monolítica ni homogeneidad masificadora, asfixiantes, sino compartir plural, diversificado. Esto obliga a promover la efectiva participación de todos, individual y grupalmente considerados; a impulsar la solidaridad que integra, así como la subsidiaridad que estimula y conjuga la actividad de los cuerpos sociales intermedios, articulándola con la tarea que corresponde al Estado, en aras del bien común y de su punto culminante: la paz en la justicia y la verdad. Esto recuerda y exige, en lo concreto y cercano, saldar una deuda pendiente con nuestra memoria histórica integral y una responsabilidad con hombres y mujeres reales caídos, mutilados, exiliados, presos o absueltos, convocando a una “comisión de la verdad” sobre los sucesos de Abril 2002. Tarea prioritaria de un Presidente es, en efecto, buscar la cohesión, la confraternidad de todos los ciudadanos, por encima de distingos de cualquier género, con miras a un trabajo corresponsable y compartido para lograr el progreso material, moral y espiritual de la Nación. El Primer Magistrado lo es de todos los venezolanos, no de un “proyecto”, ideología o partido, sino de una sola y misma patria. Nada debe estar más presente en la función presidencial que la prédica y acción convocantes, congregantes, a todos, de quienes es, a la vez, mandatario y servidor (y quienes, si pragmáticamente a ver vamos, son también contribuyentes que pagan los gastos presidenciales).
El retorno a la unidad es volver a la gente con miras a una convivencia ciudadana, viva y polícroma. Esto implica romper el encierro y la polarización en el yo, una idea o la secta. Liberar al país del símbolo por antonomasia de toda hegemonía oficial, y que arbitrariamente secuestra el tiempo y la privacidad del pueblo soberano: las “cadenas”. Abrirse al compartir ciudadano y a las preocupaciones de la entera comunidad; al diálogo sereno y a la discusión respetuosa, que tendrían expresión simbólica en una impostergable iniciativa de reconciliación nacional y en el debate civilizado de un “cabildo” (Asamblea, Gobernaciones, Alcaldías, Comunas) multicolor.
2. Volver a Venezuela como ámbito de vida. Recordemos que el primer instinto es el de conservación y el derecho primordial humano es el de la vida. La primera tarea de una sociedad es la de preservar y resguardar la supervivencia de sus miembros. El primer deber de un Estado es asegurar y favorecer la salud física, mental y moral de sus ciudadanos. De allí lo necesario y urgente de promover una cultura de la vida, frente a la proliferación y arraigamiento en muchas formas de una anticultura de muerte. En documento sobre La violencia y la inseguridad publicado a raíz de su última asamblea plenaria, el Episcopado expresó lo siguiente: “Es un deber de la ciudadanía exigir a los poderes del Estado, principalmente al gobierno, que cree las condiciones necesarias para que el derecho a la vida, a la integridad física, a la protección a la propiedad, al libre tránsito, entre otros, sean derechos al alcance de todos. Actualmente, la respuesta ante la violencia social es el miedo, que nos lleva a encerrarnos y a protegernos, a desconfiar de todos. Sálvese quien pueda y como pueda, parece ser la consigna ante un Estado indolente y cómplice” (No. 12). Volver a la vida es asumir prioritariamente y con decisión la defensa de la vida integral de los venezolanos, de todos los compatriotas hastiados de la delincuencia, irreductibles ante la impunidad, militantes contra toda prepotencia que descalifica y excluye, que pretende penalizar expresiones legalmente reconocidas o descalificar reclamos judicialmente garantizados. Volver a la vida es reconocer al otro como persona, creado a imagen y semejanza de Dios y portador, por tanto, de derechos inalienables; merecedor de respeto a su integridad física y moral, a la promoción y defensa de sus derechos inalienables, a la solidaridad con él, especialmente si es pobre y necesitado; es trabajar por la fraternidad y la paz, sobre el fundamento de la verdad y del bien. A quien preside la República le toca en esta tarea una responsabilidad de primer protagonismo. De allí que le corresponde acercarse con amorosa sencillez a las personas concretas, con sus logros y frustraciones, sus alegrías y tristezas, sus derechos humanos inalienables, su anhelo muy sentido de vivir en paz y seguridad, sin un continuo sobresalto y zozobra, y una permanente y agotadora confrontación verbal de tono militarista y nihilista, e iniciativas sociales con proclamas belicistas.
3. Volver al progreso en el marco de la Constitución. El pueblo venezolano se la ha dado como expresión de su soberanía; ella ilustra y garantiza el Estado de Derecho para todos, la estabilidad jurídica de las instituciones y el bienestar integral de la Nación. La Constitución, establece, en su letra, el marco normativo tanto de la ciudadanía para el ejercicio de sus derechos y deberes, humanos y cívicos, como del Estado y de sus órganos, servidores de aquélla; y en su espíritu encarna el consenso fundamental de convivencia, el pacto social de principios y valores compartidos. Es necesario y urgente rescatarla, no sólo como “ley de leyes” y paradigma de toda legalidad, sino también para revalorizar la función humanizadora, radicalmente ética, del derecho. Según el artículo 2 de nuestra Carta Magna, “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”. Sobre estos principios fundamentales ha de construirse el progreso integral y compartido que requiere el país, el cual exige, además, la participación de todos los ciudadanos, grupos y entidades sociales, cuya iniciativa es indispensable acoger y promover, evitando exclusiones y sumando esfuerzos.
4. Volver a Venezuela. Apreciando sus raíces; haciendo memoria, crítica sí, pero fiel, realista y comprensiva, de su pasado; aceptando con humildad que somos herederos de “héroes y villanos”, no pretendiendo recomponer al arbitrio árboles genealógicos, practicar saltos antihistóricos ni violentar la biografía o el mensaje de los antecesores. No se puede pretender una refundación del país, pasando por encima de la identidad del pueblo; vaciando el alma nacional de sus vivencias espirituales y religiosas; minusvalorando el vecindario natural y la fisonomía cultural para priorizar extrañas alianzas; copiando modelos ideológico-políticos fracasados y lejanos a la idiosincrasia y a los verdaderos intereses venezolanos. Volver a Venezuela entraña también preocuparse ante todo por la propia Nación, no cayendo en aquello de “luz en la plaza y oscuridad en la casa”. La solidaridad internacional tiene que liberarse de tentaciones criptoimperialistas favorecidas por la potencia petrolera, de un lado, y recaídas neocolonialistas por sujeciones ideológicas, del otro. Venezuela es y ha de ser de todos como casa común y ámbito de acogida fraterna.
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“Volver al Cabildo” exige, de modo prioritario y patente, que asuma Usted su responsabilidad de Presidente de la República. Este delicado cargo implica la escucha y dedicación a todos los venezolanos, trabajando por su unión en pro del bien común nacional. Nada más contradictorio con ello, que la identificación, implícita o explícita—y, peor, cuando se la exhibe—con sólo un sector de la población, despreciando y marginando a los demás, con base en motivos ideológico-políticos, raciales, religiosos o de cualquier otro género. El Presidente lo es, de verdad, cuando respeta a los ciudadanos “no a pesar de”, sino “precisamente por” sus diferencias, conviviendo en la diversidad comprensible e inevitable de una sociedad democrática, pluralista. Cuando tiene el reconocimiento de todos: los que lo eligieron y los que no votaron por él o lo adversan, pero que, en todo caso, deben y necesitan percibirlo sensible, cercano, humano, como su Presidente. De otro modo, está en juego la legitimidad de su ejercicio como mandatario.
La “vuelta al Cabildo”, Ciudadano Presidente, no podría menos que acarrear al país la alegría del reencuentro de los venezolanos, con la esperanza de lógicos frutos: progreso compartido, vigencia de la justicia y el derecho, fraterna solidaridad, paz estable, cultura de civilidad.
Como cristiano pido a Dios por Usted, para que, superando obstáculos y no dejándose amilanar por dificultades, prejuicios e intereses, presentes y pasados, pueda contribuir eficazmente, desde su alta responsabilidad, a reencauzar a esta nación por el camino de la unidad, en la verdad y la paz, la cual Cristo Jesús enfatizó en la Última Cena, en perspectiva religiosa, como valor máximo, y Simón Bolívar subrayó, en su postrer mensaje, como condición de solidez y progreso de nuestros pueblos. ¡Señor Presidente, vuelva al Cabildo!
En Caracas, el 24 de abril de 2010

Firma autógrafa
R. Ovidio Pérez Morales
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 19, 2010 | Fichas, Política |

Vicente Emparan llamado al botón
“Cuadro de la resolución acaecida el 19 de abril de 1810 en la ciudad de Santiago de León de Caracas ahora capital de la República de Venezuela. El Tumulto se efectuó entre el frontispicio de la Iglesia Catedral y la balaustrada de la plaza hacia el Oriente. Los personajes inmediatos al Capitán General son ilustres cabildantes que le precisaron a pasar a la Sala Consistorial donde quedó sellada la Gloriosa revolución que ha dado independencia y libertad a casi todo el nuevo mundo». (Juan Lovera, 1776-1841).
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En diciembre de 1984 me cupo el honor de acompañar al Dr. Arturo Úslar Pietri en el primero, último y único número de la revista Válvula, de la empresa Constructora Nacional de Válvulas, presidida por su sobrino, Andrés Sosa Pietri. Allí se publicó el texto de una disertación inédita del humanista en la Casa de Venezuela de Santa Cruz de Tenerife, flanqueado por un artículo—La verdad que ya no podemos eludir—que compuse con materiales provenientes de una conferencia que dicté en Filadelfia en marzo de 1983 y de una carta a Arturo Sosa hijo, Ministro de Hacienda, fechada el 7 de septiembre del año siguiente. De este trabajo, se reproduce acá un fragmento de la sección titulada Una integración con sentido.
Eran momentos cuando España, recién salida de la dictadura de Franco y presidida por Felipe González, consideraba ingresar a la OTAN como paso previo a su admisión en la Comunidad Económica Europea, que exigía a los españoles un período de prueba de varios años antes de concederles pasaportes de su unión.
En el texto se afirma: «Somos peces en pecera de tabiques móviles», en alusión al siguiente pasaje de Julio Cortázar en Rayuela: “Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto en el agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando
”.
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Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la “América Latina”. Y, como ha sido dicho antes, no estaremos completos sin España.
Hemos escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina tampoco es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el pueblo hispánico. Por eso, tampoco la población hispánica de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido. Aunque aún no lo entienda, como lo muestra la Historia de España Alfaguara que, en seis tomos, pretende eludir el tema dedicando solo ocho páginas al proceso de emancipación de las antiguas colonias.
Cabe preguntarse, por ejemplo, que haría España en la Comunidad Económica Europea. Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito. O que haría en la OTAN, que la convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal de sus actuales gobernantes sus sentimientos más ancestrales.
Somos peces en pecera de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercársenos más y lo hace tímidamente. Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…” (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado de que no es otra cosa que hermano. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.
Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con prudente insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a una madre patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano. LEA
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Gracias a Rafael Rengifo, esta referencia utilísima al discurso de orden pronunciado ayer por la historiadora Inés Quintero ante la Academia Nacional de la Historia, por su encargo, sobre el 19 de abril de 1810.
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