Del mentor

El más reciente libro de Yehezkel Dror, sabio y profeta

El más reciente libro de Yehezkel Dror, sabio y profeta (clic amplía y permite leer la contratapa)

 

Tengo por amigo y mentor a Yehezkel Dror. Me ha hecho llegar desde Jerusalén su obra más reciente: El político de avanzada – Líderes para una Nueva Época. Me hizo además el honor de dedicarlo así: «A Luis: mi socio en tratar lo casi imposible, remendar el mundo, como se necesita urgentemente. En amistad. Tuyo, Yehezkel». (To Luis: my partner in trying the nearly impossible: mending the world – as urgently needed. In friendship. Yours, Yehezkel». No me avergüenza admitir que esas palabras humedecieron mis ojos.

Le he escrito varias veces para comentarle su opus magnum. He aquí lo que fue mi reacción preliminar:

Acabo de leer—saborear sería un mejor verbo—el Proemio de tu libro. Resonancia inmediata, identificación instantánea con el plan, el alcance y las principales tesis anunciadas. Sonreí a menudo y una abrumadora sensación de alegre alivio me sobrecogió, pues de algún modo me sentí vitalmente reivindicado. Por ejemplo, ya te mencioné el título de mi reciente libro—Las élites culposas, una historia política personal del último cuarto de siglo de la política venezolana—, así que entenderás inmediatamente mi aprecio por la siguiente cita en tu página 4:

«Las sociedades complejas dependen de sus élites para hacer las cosas, si no bien, al menos no grotescamente mal … Las élites tienen que hacerlo mejor. Si no lo hacen, la furia pudiera abrumarnos a todos nosotros». (Wolff, 2014).

Tu descarte de alguna opinión de Tuchman (página 7) me hizo sonreír y recordar: ambos estábamos en un taxi en Manhattan (estabas como investigador visitante senior en alguna fundación estadounidense, a principios de los años 80); después de haberte recogido, y luego de oír tu recomendación de que leyera cierto libro sobre el juego de póquer, aventuré una opinión benévola sobre la dama historiadora, pues me había sumergido en La marcha de la locura, sólo para detonar un agudo comentario despectivo de tu parte.

Puedo imaginar muy bien las reacciones que describes tan ingeniosa y precisamente:

Estoy consciente de que este libro causará bastante controversia. A partir de las reacciones de algunos lectores del manuscrito, por más que a menudo fueron cortésmente formuladas, siento que lamentan no poder colocar el libro en un índice de libros prohibidos, como le sucedió a los principales escritos de Maquiavelo en 1559 (después de su muerte en 1527). Pero ninguna de las reacciones negativas, aun hostiles, a los temas principales del libro ofreció argumentos plausibles que demolieran su contenido fundamental; en lugar de eso expresaron una resistencia emocional a su aproximación parcialmente iconoclasta. Muchos parecen preferir evitar los costos soportables de cambiar de buen grado algunos valores e instituciones ampliamente aceptadas, por los muy altos costos de calamidades y ajustes subsiguientes, mucho más dolorosos.

He estado allí; en los últimos treinta años he escrito y predicado ampliamente—en muchos casos tomando base en tus enseñanzas—sobre política venezolana en forma iconoclasta, y he conseguido las mismas reacciones: una oposición emocional desprovista de aunque fuera un solo argumento válido.

Creo que has abordado los temas dominantes de nuestro incipiente siglo 21, con pleno dominio de la gran política (tu viejo concepto) racional (y razonable).

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El tema del libro es la época metamórfica que vivimos, llena de peligros, y la urgente necesidad de contar con líderes que la entiendan y enfrenten eficazmente. En el Proemio escribe Dror: «…la gran mayoría de los líderes políticos es de sonámbulos en lo que concierne al futuro de la humanidad. Algunos están conscientes de los retos principales, pero la vasta mayoría sufre de puntos ciegos mentales acerca de su significación. (…) El sonambulismo continuado de los líderes políticos ante problemas críticos asegura desastres».

Más de una vez traeré a este blog las enseñanzas de lo que he llamado el libro sobre política más importante en lo que llevamos del nuevo siglo. LEA

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Los nuevos adivinos

La adivinación moderna (Emma Thompson como Sybill Trelawney en Hogwarts, la escuela de Harry Potter)

La adivinación moderna: Emma Thompson como la Profra. Sybill Trelawney en Hogwarts, la escuela de Harry Potter.

 

A Néstor Luis y Ana Gabriela

 

Los logros cumbre del pensamiento tardan un tiempo antes de llegar al vulgo en una suerte de goteo o trickling down (a lo Ronald Reagan), y cuando finalmente lo hacen, con décadas de retraso, muy poco de su esencia es entendido por quienes lo reciben.

O corres o te encaramas

O corres o te encaramas

Estas filtraciones de cultura de un piso a otro de las conciencias sociales pueden ocurrir, no obstante, con algo de mayor rigurosidad; hay ocasiones en las que teorías exitosas de cierta disciplina son objeto de transplante a otros campos. Por ejemplo, la poderosa eclosión del evolucionismo de Carlos Darwin no tardó en suscitar un “darwinismo social”: la interpretación de la historia humana como resultado de la competencia y el predominio del más fuerte. (Spencer, Galton, Carnegie y otros). El propio Darwin había atizado este fuego, al exponer en El origen del hombre y de la selección en relación al sexo: “Así, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su tipo. Nadie que haya atendido la cría de animales domésticos pondrá en duda que esto debe ser altamente injurioso a la raza humana”. Dos siglos después de su nacimiento, ya no se sostiene el principio de supremacía del más dotado como explicación suficiente de la evolución de las especies, por una parte—hay que leer a Stuart Kauffman—; por la otra, el darwinismo social no duró como teoría que las ciencias sociales tomaran en serio.

En otros casos el asunto procede de otra manera: ahora se nota la emergencia de procesos de estructura muy similar en campos muy distintos, los que parecen seguir una misma matemática. Los modelos de teoría del caos, por ejemplo, se aplican con idéntica pertinencia a problemas de turbulencia de fluidos, fibrilación ventricular, colapsos bursátiles, dinámica planetaria, meteorología o acústica. Pero, las más de las veces, dentro de la ciencia habitual la contaminación de una disciplina a partir de otra ocurre inconscientemente. La ciencia precursora, por así llamarla, contribuye a la conformación de un contexto cultural genérico—la episteme de Foucault—, un telón de fondo, casi un “inconsciente colectivo” en el que es posible que una disciplina tome, sin advertirlo, alguna noción prestada de otro campo. (El concepto común de «fuerzas» políticas, por ejemplo, directamente de Newton). Y éste es el caso de los esfuerzos profesionales por hacer predicción social seria.

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Recta de regresión

Recta de regresión

Es en 1794 cuando el Príncipe de los Matemáticos, Carlos Federico Gauss, describió el método de los “mínimos cuadrados”, que permite representar un número suficiente de mediciones de algún fenómeno o proceso por una línea recta. En verdad, la ecuación que relaciona, digamos, la presión y la temperatura de un gas dentro de un recipiente da origen a una línea recta como representación, aun cuando en la práctica las mediciones reales llevadas a un gráfico nos proporcionan más bien una nube de puntos que más o menos se extiende en una trayectoria borrosamente rectilínea. El método de Gauss, pues—que empleó a sus diecisiete años para predecir el trayecto del planetoide Ceres (por estos días asediado por la NASA)—, permite lo que los estadísticos llaman una “regresión lineal”, la conversión de una serie de datos en una línea recta cuya pendiente sigue aproximadamente la dirección general de los puntos que esos datos determinan en un gráfico. Es la recta que mejor representa a los puntos; ninguna otra lo haría mejor.

Muy pronto comenzó a trasladarse esta técnica al problema de la predicción social; no en balde el nombre de la Estadística viene del término Estado. A pesar de que hay Física Estadística, y que los sistemas de control de calidad en una fábrica de cerveza se fundan en métodos estadísticos, aquella ciencia se considera fundada en 1662, con la obra del demógrafo precursor inglés John Graunt: Observaciones naturales y políticas sobre las partidas de defunción. Los Estados serios debían asentar sus decisiones sobre censos y otras mediciones confiables, y la ciencia que los trataba era la Estadística.

Pero al principio la Estadística no se usaba para predecir. Es en el siglo XIX cuando comienza a generarse líneas de regresión para series temporales, las que correlacionaban el progreso de alguna magnitud—tamaño de una población en habitantes, por ejemplo—con el mero paso del tiempo. Al obtener líneas rectas que representaban el crecimiento poblacional, los profesionales de la Estadística sucumbieron a la tentación de prolongar sus líneas hacia fechas del futuro. Así pronosticaban, y con marcado acierto, el tamaño de una población en tiempos del porvenir.

Es en el mismo siglo XIX cuando Carlos Marx pregona su pretensión de que ha dado con un método para tratar científicamente el despliegue histórico de la humanidad: el materialismo histórico. Marx creyó haber descubierto, como si fuera un Newton social, las “leyes de la historia”, las que le permitirían pronosticar el decurso futuro de la humanidad como si se tratara de una trayectoria balística, fácilmente determinable mediante ecuaciones de mecánica racional.

Y, en gran medida, la cultura inmediatamente postmarxista llegó a pensar que, en efecto, el futuro de la humanidad era predecible. En cierto sentido, todos eran algo marxistas a comienzos del siglo XX, como eran todos un poco darwinistas. Allí estaba el telón de fondo cultural que reforzaba la validez de la regresión lineal como método adivinatorio del futuro cuantificable. Se trata, por supuesto, de un telón rasgado por Karl Popper en La miseria del historicismo (1944).

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Sin embargo, es justamente en los propios inicios del siglo veinte, entre 1905 y 1916 para ser precisos, cuando Alberto Einstein construye una nueva física de lo más grande: sus teorías especial y general de la relatividad. Uno de sus gráficos más didácticos consiste en una mitad inferior en la que una línea vertical choca hacia arriba, perpendicularmente, contra una línea horizontal que representa el instante presente; la línea vertical representa la trayectoria del pasado hasta este momento. De ese pasado no hay duda; ya ocurrió, ya colapsó, aunque pueda ser ignorado mientras no sea descubierto. A Julio César se le asesinó de veintitrés puñaladas el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo; no fue el 16 de marzo ni el 8 de enero, y no fueron cinco puñaladas ni cincuenta, sino las referidas.

Es imposible ir más rápido que la luz

Es imposible ir más rápido que la luz

¿Qué pasa con el futuro? La mitad superior del gráfico consiste en dos líneas oblicuas divergentes que se originan en el punto de encuentro de las líneas vertical y horizontal ya descritas; aquéllas limitan la distancia que puede ser recorrida en cierto tiempo a la velocidad de la luz. Naturalmente, a mayor tiempo es mayor la distancia que puede recorrerse, y por esto las líneas divergen como los bordes de un abanico, para describir un área que es más grande a medida que uno se adentra en el futuro. Lo que cae fuera de estas líneas oblicuas queda definido como futuro imposible: cualquier punto en el exterior del abanico (o cono, más propiamente) representaría un lugar al que sólo podría alcanzarse viajando a una velocidad mayor que la de la luz, que para la teoría de la relatividad es la velocidad máxima absoluta.

Es seguro que no se razonó así—a partir de un gráfico einsteiniano—en la Corporación RAND a comienzos de los años sesenta para replantearse el problema de la predicción social, pero la episteme más reciente prescribía pensar en términos relativistas cuando los científicos sociales del mayor think tank del mundo inventaban la técnica de predecir mediante la construcción de “escenarios”. Puede presumirse que las nociones relativistas fueron permeando, fueron goteando durante décadas para cristalizar, en el campo de la futurología social, como la idea de que el futuro no era único (la pretensión del materialismo histórico) sino plural. Al mismo tiempo, la constatación evidente de que los más entre los procesos sociales son bastante erráticos, y no pueden ser razonablemente representados por una línea recta, erosionó aun más la noción de que el futuro era lineal. (En procesos de gran inercia, de cambio lento, como el crecimiento de una población lo suficientemente grande, todavía resulta adecuada la herramienta de la regresión lineal; no así en procesos más volátiles, como por ejemplo en el caso de los valores de acciones o productos en el tiempo).

El reconocimiento de la pluralidad del futuro, en consecuencia, comenzó a ser manejado con la redacción de diversos escenarios considerados como posibles, para los que había que imaginar la serie de pasos que llevarían del presente a la situación que describen. Un esquema frecuente es el de imaginar un “mejor escenario”, un “peor escenario” y un “escenario intermedio”. Pero no hay nada de mágico u obligatorio en el número de tres escenarios. Puede perfectamente redactarse cinco escenarios, o seis, u ocho, o veintiséis…

La técnica de predicción por escenarios se inventó delante del telón de fondo cultural del abanico relativista. A medida que el futuro es más lejano, la incertidumbre es mayor, como lo es el área del abanico a medida que se aleja del vértice que es el momento presente. Pero, al hacerlo así, acogió inadvertidamente una premisa no explícita: que el área del abanico es continua, y que en principio sería posible imaginar una infinitud de escenarios. Entre dos escenarios cualesquiera, siempre resultaría posible imaginar un escenario intermedio.

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Así llegamos a una nueva percepción. El nuevo telón de fondo conceptual viene provisto por las teorías de la complejidad y el caos, con su apropiada matemática: la geometría fractal. Son disciplinas que han emergido en la segunda mitad del siglo XX y, por tanto, son de goteo reciente.

Estas teorías tratan con procesos que proceden a paso de bifurcaciones y ramificaciones, como la anatomía de un árbol o la formación de un delta fluvial. El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad permite, también, describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente.

El futuro es un delta de cauces posibles

El futuro es un delta de cauces posibles

Los sistemas complejos, como el clima, la ecología o la sociedad, se mueven a lo largo de unos pocos cauces, siendo los más caudalosos los de mayor probabilidad. El futuro, entonces, no está compuesto de una variedad infinita de escenarios. Son tan sólo unos pocos cursos, carriles o cauces—sus atractrices—los que conducen el cambio de un sistema complejo. Son, por ejemplo, unos pocos conductos los que están desaguando el caudal político venezolano, y si esto es así la incertidumbre viene siendo algo menor de lo que habitualmente se supone. Hay incertidumbre, naturalmente, pero al menos podemos estructurarla, al menos conocemos la forma general del delta de los cauces políticos en Venezuela a comienzos del año 2015:

«Es así como aun en condiciones de extrema complejidad es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices (cauces) actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable. Eso es, fundamentalmente, la esencia de una imagen-objetivo. Eso es lo que deben proporcionar los estrategas políticos». (Los rasgos del próximo paradigma político, referéndum, 1º de febrero de 1994).

 

luis enrique ALCALÁ

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Ruptura de paradigmas políticos

Tomado de taringa.net

Tomado de taringa.net

 

Unión Radio no transmitirá el sábado 1º de noviembre una entrevista que me hiciera el Prof. José Eduardo Orozco para su programa De educación y algo más, la que fuera grabada el lunes 27 de octubre. En ella, expuse criterios que se superponen al discurso frecuente acerca de la educación y los valores como presuntos elementos de una solución eficaz a nuestros problemas políticos. No me convencen las razones que me ofrece el Prof. Orozco para la «posposición» en correo que acaba de enviarme y le contesté diciéndole:

…conjeturé el mismo lunes que ocurriría algo así como lo que me comunica, que la entrevista no será transmitida este sábado por Unión Radio; fueron demasiado frontales mis refutaciones al discurso gaseoso de «la educación como salida» y la importancia de «los valores» para «la Venezuela que todos queremos». Lealmente, le advertí un día antes de la grabación: «Mi posición respecto al tema de los valores no es demasiado ortodoxa», y le envié un estudio (El lugar de los valores en la política) que compuse el año pasado en el que se leen cosas como éstas:

Los valores, en consecuencia, son entidades abstractas que pertenecen al mundo de la cultura, en tanto elaboraciones del hombre; no son entidades objetivas del mundo natural.

La Política no es una ciencia, menos aún es ella una ciencia deductiva, more geometrica. La Política es un arte, un oficio, una profesión, un métier. Como tal oficio o profesión, debe estar sujeta la Política a un código de ética, algo que es mucho más específico y práctico que una doctrina centrada en valores abstractos, puesto que estipula los comportamientos correctos.

Lo que expuse en nuestra conversación contradice premisas que para Ud. y su programa son fundamentales, y entendería que no le fuera cómodo o conveniente que la transmisión de lo grabado se efectúe. Por otra parte, Ud. aduce ahora que «debido a la urgencia que presenta una organización… el equipo de producción… determinó que nuestra conversación será postergada para una fecha próxima». Antes me había exigido—en su correo del domingo 26—acerca de ella: «por la urgencia del caso, deberíamos grabar tan esperada entrevista este lunes 27». Da la impresión de que su programa se la pasa de urgencia en urgencia.

La revolución—perdón, la conversación—no será transmitida. He aquí el audio correspondiente (hay pausas de pocos segundos entre los distintos segmentos):

LEA

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Lecturas para concluir la Cuaresma

Para descansar de las espinas

Para descansar de las espinas

 

Muéstrenme una familia de lectores y les enseñaré la gente que mueve al mundo.

Napoleón Bonaparte

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La Semana Santa está a la vuelta de la esquina—del 13 de abril, Domingo de Ramos, hasta el 20, Domingo de Resurrección—, y puede ser ella tiempo propicio para intentar entender qué es lo que le pasa a Venezuela. A los quince años de haber llegado, la «Revolución Bolivariana» ha traído unas pocas cosas buenas y algunas muy malas. Es a estas últimas que se dirige una protesta manifestada con persistencia, sobre el telón de fondo de la desilusión nacional. Por ejemplo, ya no puede hablarse de un bolívar «fuerte», puesto que una nueva y brutal devaluación ha colocado nuestra moneda en condición casi comatosa, y el espectáculo diario del circo político, con su violencia y su arbitrariedad, realimenta la desconfianza general en el país. Más de uno dice que no ve la salida.

Pero aquí estaremos el 21 del mes próximo, y sería muy útil que regresáramos a la faena cotidiana más aprendidos, pues está visto que los intentos convencionales por dejar atrás al chavismo se han revelado como muy ineptos. Es para este fin que propongo acá la lectura de tres documentos, ofrecidos en formato .pdf para mayor facilidad. El primero, Este piazo’e pueblo, apareció en este blog como la Carta Semanal #196 de doctorpolítico (27 de julio de 2006). Su tema es la peniciosidad de una tendencia a la autodenigración de lo venezolano, de efecto psicológico castrante. En los intercambios de estos días en las redes sociales, emerge como explicación de nuestros problemas la falsa teoría de que somos un pueblo inferior.

Eso es una postura diagnóstica sin posible remedio, pero otra interpretación frecuente es que nuestros males se deben a una «crisis de los valores» y que, por tanto, es un énfasis sobre ellos la solución del problema venezolano. Pero el teorema subyacente a tal recomendación es tan simplista como impráctico. Hace poco escribí a un corresponsal que la propugna: «Tiendo a pensar que la discusión sobre los valores es mayormente abstracta; no es fácil imaginar a un padre de familia diciendo: ‘Hijo: siéntate que hoy voy a enseñarte el valor justicia’. La educación más eficaz se da a partir de ejemplos; es decir, mediante modelos de conductas concretas. Es sobre los casos que van dándose en la vida cotidiana como un padre puede enseñar el modo de tratarlos». También anexé a mi comunicación el segundo trabajo que ofrezco a la lectura: El lugar de los valores en la política, que compuesto en febrero del año pasado no ha sido publicado en este blog. Es, seguramente, el menos ameno de los tres.

Finalmente, creo una lectura importantísima y de gran utilidad un trabajo de Francisco Toro, fechado el 22 de marzo de 2005. Está escrito en inglés—Towards a critical theory of chavismo—, y es citado en Este piazo’e pueblo. Toro había descubierto las reveladoras tesis de José Manuel Briceño Guerrero en El laberinto de los tres minotauros. (En este blog puede leerse dos extractos de esta obra: Discurso salvaje y Discurso salvaje (2)). Toro establece elocuentemente la esencialidad del libro de Briceño Guerrero para explicarnos el fenómeno chavista.

Invito a los lectores de este blog a la reflexión cuaresmal—es decir, para resucitar—sobre esos textos. LEA

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Descargue los documentos en formato .pdf

Este piazo’e pueblo

El lugar de los valores en la política

Towards a critical theory of chavismo

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La miopía tiene cura

Bifurcaciones de Feigenbaum

Bifurcaciones de Feigenbaum

El término paradigma y su uso en la expresión paradigma político se ha hecho de uso bastante generalizado. El sentido en el que se emplea no es el original del DRAE—modelo o ejemplo: Jesús era un paradigma de virtudes, ni su uso en Lingüística—, sino el propuesto por Thomas S. Kuhn en su obra de 1962: The Structure of Scientific Revolutions. Kuhn se refiere con el término paradigma al núcleo esencial de una determinada teoría o doctrina científica. Por ejemplo, en materia del fenómeno de la gravitación, el paradigma de la física aristotélica quedaba definido por el concepto de causa final: Aristóteles explicaba que los cuerpos caen porque todos los cuerpos buscarían ir hacia su lugar natural, la tierra, dado que todos los cuerpos estarían hechos del «elemento» tierra. Sobre el mismo fenómeno, el paradigma de Newton sustituye el concepto de Aristóteles por la idea de «acción a distancia», que permite concebir una «fuerza de gravitación universal» existente entre dos cuerpos cualesquiera. Einstein prescinde de esa noción de acción a distancia y la sustituye, a su vez, por la proposición de que la presencia de masa en el espacio induce una curvatura en éste; sería esta curvatura la que seguirían los astros al girar en derredor de cuerpos de mayor tamaño, y no una fuerza de gravitación.

El famoso ensayo de Kuhn describe el progreso de la ciencia entre épocas de estabilidad conceptual, de permanencia de un determinado paradigma, hasta que una crisis en el poder explicativo del paradigma convencional conduce a la formulación de uno nuevo. Esta idea ha sido extendida para explicar la sucesión en el tiempo de las distintas concepciones sobre lo político. Los paradigmas, pues, son las unidades conceptuales básicas a partir de las cuales se interpreta la realidad. Obviamente, de ellos depende la conducta humana; en su Ensayo sobre el gobierno representativo, dice John Stuart Mill: «Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan».

La crisis de los paradigmas sociopolíticos tuvo una grave expresión en el descrédito que sufrió la llamada planificación estratégica. Comúnmente se acostumbra fechar la primera derrota importante de los planificadores estratégicos con el embargo petrolero árabe de fines de 1973. Las predicciones dejaron de ser confiables, al generalizarse la impresión de volatilidad o impredecibilidad del mercado petrolero. La discontinuidad, por otra parte, comenzó a manifestarse en el mundo político. La caída del régimen del Shah de Irán fue la primera “sorpresa” de cierta magnitud, la que inicia la serie de acontecimientos “impensables” que incluye cataclismos tales como el derrumbamiento del Muro de Berlín y la desmembración de la Unión Soviética como secuela de la perestroika de Gorbachov. Una turbulencia de tan grande magnitud dejaba mal parados los intentos predictivos de los más sofisticados centros de análisis; junto con el agotamiento del recetario clásico, esa inestabilidad fue la razón principal de que cundiera el escepticismo ante los intentos de manejar el ambiente social desde marcos generales como guía para la acción.

El profesor Dror

El profesor Dror

Pero no todos los estrategas estaban perdidos o confundidos. Para el caso venezolano tiene especial relevancia la intuición analítica de Yehezkel Dror, puesto que se trata de un investigador que vino muchas veces al país y se reunió con los miembros más representativos de sus élites. Dror no sólo describió adecuadamente la inestabilidad intrínseca del régimen de Palevi bastante antes de su desplome, sino que caracterizó el problema general de la “endemia de las sorpresas» en un brillante artículo de 1975. (How to Spring Surprises on History: “Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica”). Si bien, pues, era evidente que la mayoría de los analistas no sabía qué decir respecto del futuro en ciertas áreas especialmente volátiles, unos pocos mostraban que era posible manejar satisfactoriamente el problema cambiando el punto de vista y la comprensión de la dinámica propia de los acontecimientos sociales.

A pesar de esto, en Venezuela fue muy intenso el rechazo a los “habladores de paja” de los departamentos de planificación estratégica. Un centro local de formación gerencial publicó en 1985 un libro (El caso Venezuela) en el que sus líderes de la época—Moisés Naím y Ramón Piñango—objetaban a la planificación estratégica: «El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado «la carpintería». Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques». Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos.

Entre 1989 y 1993, muy connotados profesores—Naím entre ellos—así como gerentes reconocidamente capaces del sector privado ejercieron importantes funciones públicas, con resultados desastrosos (el Caracazo, las asonadas de 1992). Por esta razón resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando  la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos –hombres de Estado, Intendentes, los magistrados– hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado –o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro– estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

Es sólo muy recientemente que la Teoría de la Complejidad, que incluye la llamada Teoría del Caos, ha podido proporcionar un paradigma adecuado. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística ofrecía la herramienta de la regresión lineal, mientras el determinismo histórico de las doctrinas marxistas contribuía a la opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta, así que un ineludible reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, la técnica de escenarios está asociada con una percepción del problema en forma de abanico de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en principio, infinitos.

Bifurcaciones históricas (clic amplía)

Bifurcaciones históricas (clic amplía)

El formalismo matemático (fractales) sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o atractrices por los que puede discurrir la evolución del presente. Benôit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM, presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de fractal—en términos generales, una línea que exhibe “autosimilaridad”, que se parece a sí misma. (La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sea ésta el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban. Las atractrices, o cauces del orden subyacente a los fenómenos caóticos, son líneas de tipo fractal). Son nociones como ésas, las provistas por Mandelbrot, Edward Lorenz o Mitchell Feigenbaum, asibles con facilidad por un alumno de bachillerato, las que permiten una comprensión más ajustada a la complejidad de las sociedades humanas, que son los sistemas más ricos que conocemos.

Aun en condiciones de extrema complejidad, es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable. Eso es, fundamentalmente, la esencia de una imagen-objetivo. Eso es lo que deben proporcionar los estrategas políticos. Los tácticos son necesarios, pero no son suficientes. LEA

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La hora del filósofo-rey

Una idea tomada de Platón

Un sintetizador de amplitud que plagia su marca de Platón

 

¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! “La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar”.

Guy Soreman – Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo

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En el viejo modelo político los caciques mandan, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso debieran ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos, profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No en vano las imágenes con las que los actores políticos convencionales hacen autorreferencia tienden a ser las de combatiente o luchador político o social, y se refieren a la arena y a la lucha políticas y a los procesos de vencer y derrotar. Y piensan ellos, así como la mayoría de nosotros, que su papel consiste en mandar. No en mandar a secas, lo que pudiese ser moderado si se restringiera al mando sobre los órganos ejecutivos del Estado, sino que se entiende como mandando sobre la Nación. Pero no se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.

Con un concepto de la política como mando es del único modo como pudo sostenerse en 1998 una postulación de Irene Sáez: como la de una persona que no necesitaba ser particularmente docta o versada sobre los problemas públicos y sus posibles soluciones o los métodos con los que se puede generarlas, con tal de que pudiera concitar a su alrededor a un grupo suficiente de personas capaces que son las que trabajan resolviendo los problemas y sobre las que se manda. El corolario de esta idea es que los sabios, los brujos, no mandan, no pueden mandar, no se les debe permitir que manden, porque ellos no saben matar dragones ni vencer oponentes en las arenas políticas. Es lo que encontramos en el dictum de Argenis Martínez: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”.

No se concibe, pues, que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante, sea un hombre capaz de acción, capaz de defenderse. Esto es percibido así no sólo por los políticos que trabajan bajo esas premisas, sino por el común de los mortales. Por eso podemos ser sorprendidos cuando llegamos a observar a un “hombre de pensamiento” comportándose como un “hombre de acción”.

Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que “los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”. (En Tiempo de incongruencia).

La percepción convencional va a cambiar, no obstante. Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba en su edición del 14 de enero de 1991: “Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares”. Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un “capitalismo intelectual”; que “la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su sustancia”; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento. Este proceso, observable ya en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada.

El tema de Vilfredo Pareto

El tema de Vilfredo Pareto

Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política. Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas quieran entenderse más comobrujos de la tribuque como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban directamente a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones. Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que se está, más que ante una crisis política, ante una crisis de la política misma, y que eso requiere un actor diferente que la trate. Y luego, el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: una concepción en la que la inteligencia reivindique su espacio y su función, en la que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.

Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios del siglo XX, se hizo muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus famosas curvas han devenido concepto medular en la escuela gerencial de la “calidad total”. También es el autor de La circulación de las élites. En este estudio, Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los “leones”, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los leones arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los zorros al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el arte de la combinatoria, a resolver la situación. Según su esquema, los leones y los zorros se alternan cíclicamente; según Pareto, las élites circulan.

Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de leones por zorros, de Tío Tigre por Tío Conejo, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere vigencia la idea de un retorno de los brujos, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta. LEA

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