Introducción al marxismo-chavismo

 

Karl Heinrich Marx (1818-1883)

 

Emergí de mi proyecto sobre Marx en la creencia de que antes que demonizar a Marx es mejor entenderlo. Si se usa su nombre en el discurso político, esto debe hacerse como con los otros grandes pensadores: como una fuente de ideas. Sea que estemos o no de acuerdo con él, hay lecciones que aprender de Marx. Creer otra cosa es ignorar a un hombre y a un período de la historia que son cruciales para entender el nuestro.

Mary Gabriel

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Esto nos dice el Diccionario de la Lengua Española que es el Socialismo en su vigésima segunda edición: 1. m. Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes. 2. m. Movimiento político que intenta establecer, con diversos matices, este sistema. 3. m. Teoría filosófica y política del filósofo alemán Karl Marx, que desarrolla y radicaliza los principios del socialismo.

En Venezuela, lo determinante para saber a qué atenernos es el significado del término socialismo que habita las neuronas del Presidente de la República, Hugo Chávez Frías, ya que él es el sumo sacerdote de su revolución; es él quien determina su sentido.

No está claro lo que Chávez quiere decir cuando habla de socialismo, por cuanto él mismo ha dicho que el socialismo que busca implantar en Venezuela «hay que inventarlo»; sería el «socialismo del siglo XXI». Es decir, tal cosa no está aún definida. Sabemos, por supuesto, que es un socialismo marxista. He aquí el audio de su admisión en la Asamblea Nacional el 13 de enero de 2009:

Hugo Chávez Frías, 13 de enero de 2009

¿Qué es, entonces, el socialismo marxista? ¿Qué es ser marxista?

Ser marxista es, primero que nada, entender el desarrollo de la humanidad desde el punto de vista de un tal «materialismo histórico», la idea de que la humanidad ha pasado por varias fases de organización social: el «comunismo primitivo» de la sociedad tribal; la sociedad antigua que viene de la invención de la agricultura junto con la propiedad privada y la esclavitud; la sociedad medieval donde la esclavitud se sustituye por la servidumbre de la gleba y comienza a establecerse la burguesía (artesanos habitantes de burgos); la sociedad capitalista que emerge de la Revolución Industrial, en la que un estamento de patronos, dueños de los medios de producción, acumula capital crecientemente a partir de la apropiación del trabajo de los obreros a quienes domina. En este esquema, siempre hay—salvo en la sociedad tribal en la que la propiedad habría sido común (?)—un conjunto de «poseedores» y otro de los «desposeídos», enfrentado al primero en una «lucha de clases».

En cada caso, las relaciones económicas entre las clases vendrían determinadas por una base de las posibilidades técnicas de la producción, y se corresponden con una «superestructura» de relaciones políticas y jurídicas que siempre benefician a los poseedores y protegen su dominación. Esto es lo que el socialismo cambiaría, mediante una revolución que adjudique el poder político a las clases desposeídas. Según el análisis de Marx, un sistema político capitalista (que privilegia a los dueños de los medios de producción) entrará inevitablemente en crisis, ineficiencias y contradicciones, hasta que una revolución invierta los términos de la ecuación de poder. En la terapéutica socialista clásica, un partido socialista (comunista) conducirá la revolución y establecerá una «dictadura del proletariado» que estatizará todos los medios de producción para convertirlos en empresas de propiedad colectiva que producirán para el uso de los consumidores, no para la ganancia de los empresarios. En una etapa ulterior y final, ya no habrá diferencias de clase social y entonces el Estado mismo dejará de ser necesario: es la etapa comunista.

En dos platos, eso es el marxismo. Naturalmente, esta relación esquemática es una sobresimplificación: el edificio marxista es mucho más complicado que eso, e incluye precisiones en muchos puntos. (Por ejemplo, adopta una filosofía materialista de la realidad, el materialismo dialéctico, y discute refinadamente el concepto de alienación o el papel de la ideología). También ha dado origen a numerosas variantes y a un numeroso conjunto de exégetas del pensamiento de Marx, el profeta mayor.

Una importante vertiente del marxismo, la primera en adquirir el poder político total, es la del marxismo-leninismo. Wikipedia en Español nos informa:

Lenin disfrazado con peluca (1917)

El marxismo-leninismo es una forma de comunismo, oficialmente basado en las teorías de Karl Marx, Friedrich Engels y Vladimir Lenin, que promueve el desarrollo y la creación de una sociedad comunista internacional a través de la dirección de un partido de vanguardia que preside sobre un estado revolucionario socialista que representa la dictadura del proletariado. El marxismo-leninismo (y sus derivados) fue la ideología dominante del movimiento comunista internacional después de la ascensión de José Stalin en la Unión Soviética y, como tal, es la ideología política y el movimiento asociado con mayor frecuencia con la palabra «comunismo». Una sociedad organizada a través de un partido de vanguardia en principios marxistas-leninistas busca purgar cualquier cosa considerada burguesa o idealista de ella; además, se busca implementar el ateísmo universal a través de la abolición de la religión. Apoya la creación de un Estado de partido único; rechaza el pluralismo político externo al comunismo, afirmando que el proletariado necesita un partido político único, capaz de unificar y por el que representarse a sí mismos y ejercer un liderazgo político. A través de la política democrática de centralismo, el partido comunista es la institución política suprema del Estado marxista-leninista y es la primera fuerza legal de la organización social.

El marxismo-leninismo es una ideología de extrema izquierda sobre la base de los principios de conflicto de clases, el igualitarismo, el materialismo dialéctico, el racionalismo y el progreso social. Es anti-burguesa, anticapitalista, anticonservador, antifascista, antiimperialista, antiliberal, antireaccionario, y se opone a la democracia burguesa.

(…)

El Estado marxista-leninista utiliza una economía socialista estatal, basada en la planificación científica y el consenso democrático. Es compatible con la propiedad pública y la organización de la economía a través de la abolición de la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción, que se convierten en propiedad común utilizada por el pueblo a través del Estado. En el pasado, generalmente se reemplazaba el papel del mercado en la economía capitalista con una gestión estatal centralizada de la economía, lo que se conoce como una economía dirigida. Sin embargo, en las últimas décadas surgió una alternativa economía marxista-leninista llamada economía de mercado socialista, que fue utilizada por la República Popular de China, República Socialista de Vietnam históricamente por la República Popular de Hungría y la República Federativa Socialista de Yugoslavia.

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¿Es Hugo Chávez un marxista-leninista? Algunas de las ideas descritas están presentes en su concepción política, sin duda; todo lo enumerado, por ejemplo, en el segundo párrafo del trozo precedente. Pero él ha negado explícitamente que lo sea. El 28 de julio de 2007, decía en alocución a una reunión de dirigentes del futuro Partido Socialista Unido de Venezuela (en cuya primera fila destacaba Juan Barreto):

Hugo Chávez Frías, 28 de julio de 2007

En efecto, si Chávez se confiesa cristiano, no puede ser marxista-leninista dado que, como explica Wikipedia, esta postura «busca implementar el ateísmo universal a través de la abolición de la religión». Pero no sólo por eso; en más de una ocasión Chávez y colaboradores suyos han indicado que su proyecto reserva algún espacio a la libre empresa. El marxista-leninista es comunista, y Chávez ha dicho no serlo. De nuevo, hablando en el lanzamiento del Congreso Fundacional del PSUV (13 de enero de 2008), habló de esta manera:

Hugo Chávez Frías, 13 de enero de 2008

Marxista y cristiano

¿Qué es, entonces, Hugo Chávez? Es un pasticho ideológico, primero que nada. Su peculiar y primitiva confusión de cristianismo y socialismo, por ejemplo, es signo suficiente de que no ha comprendido bien los conceptos fundamentales de la fe cristiana y los hechos relatados de la vida de Jesús de Nazaret.

Estando una vez en Buenos Aires concedió una larga entrevista al programa Dos voces, transmitida el 8 de agosto de 2007 por Todo Noticias, una especie de Globovisión argentina. Al iniciarse la segunda mitad de la transmisión, se pidió a Chávez que dijese si consideraba que Venezuela es un país socialista, y uno de los entrevistadores—Gustavo Sylvestre—introdujo la consideración de que “…para algunos ya [el socialismo] pasó de moda, las ideologías han muerto…”

En este terreno nuestro presidente se encontró a sus anchas, y así contestó: “Mira, el socialismo nunca morirá. Cristo vino al mundo a lanzar un proyecto socialista, perfectamente socialista: la igualdad… la igualdad, el amor entre los seres humanos… la hermandad… en la comunidad, la ecclesia… Así que eso nunca morirá”. Ante esta declaración, el segundo entrevistador—Marcelo Bonelli—intentó precisar: “Pero ¿qué quiere decir? ¿Que el cristianismo es socialismo?” Chávez prosiguió impertérrito, cómodo: “Sí, sí. Teilhard de Chardin, el gran téologo—tú lo debes haber leído—, con un profundo raciocinio demostró que el socialismo y el cristianismo van de la mano. El capitalismo es anticristiano. Ve, Cristo llegó con un látigo, a sacar a los mercaderes del templo”.

Bueno, eso es una comprensión de profundidad no mayor a la de una cultura de Selecciones del Reader’s Digest. Jesús de Nazaret no “llegó” con un látigo. Chávez hace que un episodio específico del relato evangélico, la expulsión de los mercaderes del templo, predomine como conducta típica o principio programático. Jesús no llegó a expulsar mercaderes del templo, sino a exponer una rica doctrina del amor, que requiere muchas más páginas que las necesarias para describir su violencia cuando se trataba de la profanación de lo que tenía por la casa de Dios. En un episodio entre cientos de episodios muy distintos, expulsó con fiereza a quienes lucraban su religión judía desde puestos de buhonero que afeaban la entrada del templo divino. Pero Jesús habló en sus sermones afectuosamente de personas ricas y tuvo más de un amigo rico (Lázaro, por ejemplo). Jesús abrazaba a mercaderes sin empacho, considerándoles profesionales necesarios, perfectamente capaces de bondad. Y también, dicho sea de paso, daba al César lo que es del César. Ni el episodio evangélico de los mercaderes del templo contiene el tono más frecuente de Jesús, ni éste vino a “lanzar” un proyecto socialista. La cuenta de la Última Cena no la pagó él (¿William Ruperti?) y su sepulcro fue provisto por el rico señor José de Arimatea.

No se puede decir, además, que «con raciocinio profundo» Teilhard de Chardin—que no era un teólogo sino un paleontólogo—demostrara nada como lo que Chávez entiende. Para empezar, difícilmente puede demostrar nada lo que es una especulación; grande, bella, sugerente, poderosa, pero especulación al fin. Tampoco “llegó” Teilhard con un programa socialista en la mano, mucho menos un manifiesto comunista. A lo que Teilhard llama “Socialización”—no socialismo—es a un proceso que dará paso a una mente colectiva del planeta, a una reflexión simultánea de la humanidad, no a la estatización de compañías privadas o la constitución de cooperativas. Por otra parte, la interpretación de El Fenómeno Humano, la obra cumbre del jesuita francés, en toda su hermosa y persuasiva espectacularidad, no es algo de lo que la ciencia más apacible pudiera decir quod erat demostrandum.

Lo que lleva a comentar la noción, muy extendida en gente socialista, de que el marxismo es una teoría científica. Marx, es verdad, llegó a creer que había descubierto «las leyes de la Historia», y por eso bautizó a su variedad de socialismo como «científico», para distinguirlo de la prédica de socialistas a quienes llamó utópicos. (No es sólo Chávez quien cree en esa «ciencia». Su antiguo defensor, ahora archienemigo, el general Raúl Isaías Baduel, declaró así al entregar la cartera de Defensa el 18 de julio de 2007: «…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos…»)

Esas leyes históricas serían tan exactas y predictivas como las de Newton; sirvieron a Marx para aventurar predicciones sobre los países donde llegaría a establecerse el socialismo y la muerte inminente del capitalismo. Las erró absolutamente todas. Karl Popper—en La miseria del historicismo, (1957)—se encargaría de mostrar por qué. (Ver en este blog La miseria del chavismo).

En cualquier caso, no puede negarse en Marx y en muchos de sus seguidores la preocupación por su ideal de justicia social. A Marx lo molestaba una contradicción: «Debe haber algo podrido en el corazón de un sistema social que aumenta su riqueza sin disminuir su miseria». Pero no es necesario ser socialista o marxista para sentir la misma desazón.

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El marxismo-chavismo es, pues, una mescolanza mal digerida de ideas periclitadas. Si, como Chávez cuenta, el propio Fidel Castro reconoce que hay un mundo nuevo por razón de la realidad informática—no hay mucho mérito en ese reconocimiento; entre nosotros, un hombre mayor que Castro lo ha dicho: Ramón J. Velásquez (ver en este blog Testigo excepcional)—, mal pueden las ideas rígidas de Marx ayudar a manejarlo.

Chávez dice que él es un socialista revolucionario, sin explicar suficientemente el asunto. Por él lo explicó Carl D. Thompson (1870-1949), predicador y político estadounidense, en un artículo publicado el 2 de octubre de 1903 en The Vanguard: «Entendemos por ‘socialismo revolucionario’ la captura de los poderes políticos de la nación por la clase trabajadora en oposición a la clase capitalista». El error es obvio: la nación está compuesta por trabajadores y, también, por empresarios; hoy en día, por muchos otros roles sociales que no pueden ser incluidos en esas categorías que pretendían agotar la anatomía de la sociedad en el siglo XIX. La nación entera, no una clase numerosa o poco numerosa, debe controlar sus poderes políticos.

En 1959, mi padre trajo a la casa algunos documentos de la Secretaría de Doctrina de Acción Democrática, que dirigía Domingo Alberto Rangel (Q. E. P. D.) quien, por cierto, opinó el 15 de abril de 2009:  «Chávez es el hablador de paja más grande de la historia de Venezuela, supera en eso a Juan Vicente González, al cabito Cipriano Castro y a cualesquiera otros charlatanes de nuestra historia». Bien, el principal entre los documentos de doctrina adeca establecía justo al comienzo: «Acción Democrática es un partido marxista»; eso, cuando ya era Rómulo Betancourt el Presidente de la República de Venezuela. Claro, al tercer párrafo aclaraba que AD empleaba el marxismo como herramienta de análisis de la sociedad, no como prescripción terapéutica. Es decir, Chávez es adeco. Por algo dijo Teodoro Petkoff en 1999 que los chavistas tenían todos los defectos de los adecos de 1945 y ninguna de sus virtudes.

Pero el verdadero partido de Chávez no es el PSUV, sino el partido militar que Ramón J. Velásquez identificaba en RJV: El siglo que he vivido. Un ingrediente esencial, el más fundamental de todos en la ensalada de filosofía política que es la concepción chavista, es la prescripción de Norberto Ceresole: líder, ejército, pueblo. El socialismo del siglo XXI, el marxismo-chavismo, es un marxismo militarista. LEA

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La sabiduría del enjambre

Una bandada de estorninos que vuelan juntos sin impedirse

 

A O. P. C.

 

Dudo en verdad que exista para el ser pensante otro minuto más decisivo para él que aquel en que, al caer las vendas de sus ojos, descubre que no es de ninguna manera un elemento perdido en las soledades cósmicas, sino que existe una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en él.

Pierre Teilhard de Chardin – Ver (Preámbulo a El Fenómeno Humano)

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Esto nos lleva a preguntarnos qué otras cosas están almacenadas en una abeja que aún no hemos visto. O qué otras cosas están almacenadas en la colmena que todavía no han aparecido porque no ha habido suficientes colmenas en fila simultáneamente. Si a ver vamos, qué está contenido en un humano que no emergerá hasta que estemos todos interconectados por alambres y política. Las cosas más inesperadas fermentarán en esta supermente-colmena biónica.

Kevin Kelly – Out of control

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El amable Oscar Pérez Castillo me hizo llegar una nota personal acerca de Elinor Ostrom. En ella decía: «Comparto la Weltanschauung de Elinor Ostrom, defensora de los comunes, la gente popular. Ella propiciaba y defendía los proyectos o tareas entre los comunes. Dejados solos, los pueblos, la gente encontraba solución a su propios problemas en combinación entre todos, no desde arriba, no impuesto por alguien, por algún sabihondo».

A mi vez, correspondí con la nota-obituario de la revista TIME del 25 de junio de este año, escrita por Rana Foroohar:

La profesora en Bloomington

Ella fue a enseñar en la Universidad de Indiana en 1965 porque la escuela ofreció un empleo a su esposo en el departamento de ciencias políticas. Pero Elinor Ostrom, que en 2009 se convirtió en la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía, pronto se convirtió en la atracción principal. Su trabajo, enfocado sobre cómo la gente ordinaria que usa recursos naturales—como bosques, pesquerías y campos petroleros—puede manejarlos más inteligentemente que las compañías o los gobiernos, nunca ha sido más oportuno que ahora. «Después de los rescates del TARP* y la devastación de las democracias en Europa a manos de tecnócratas financistas, el mundo está comenzando a apreciar lo que Elinor Ostrom ha venido alumbrando profunda, persistente y serenamente durante casi 50 años»; eso escribió el año pasado Robert Johnson, Director del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico, cuando Ostrom, que falleció el 12 de junio a sus 78 años,** fue incluida en la lista de TIME de las cien personas más influyentes. A diferencia de muchas estrellas de la economía, Ostrom pensaba de abajo hacia arriba en lugar de arriba hacia abajo, pues creía que los ciudadanos tienen «poder y capacidades» más allá de las de las burocracias gobernantes y que los individuos pueden hacer una gran diferencia, aun en los mayores problemas del mundo. En momentos cuando casi todos nuestros problemas más urgentes—desde la degradación ambiental hasta la creciente desigualdad—requieren una acción colectiva, sus ideas son un mensaje que los líderes del mundo harían bien en recordar y hacerles caso.

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*TARP (Troubled Assets Relief Program), es un programa federal de los Estados Unidos para adquirir activos débiles y acciones de entidades financieras privadas en problemas, creado mediante ley firmada por el presidente George W. Bush el 3 de octubre de 2008. (Nota de Dr. Político).

**Su esposo, Vincent, autoridad mundial en gobierno democrático, la sobrevivió por escasos 17 días. (Ídem).

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La insensatez es la regla

Pensé que la nota de Pérez Castillo se relacionaba con mi mención de la conjetura de Bárbara Tuchman—La marcha de la locura—en el programa radial Dr. Político del pasado sábado 4 de agosto: «The problem may not be so much a matter of educating officials for government as educating the electorate to recognize and reward integrity of character and to reject the ersatz». (El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar a los funcionarios para el gobierno como el de educar al electorado para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo). También resonaba la cosa con la anterior emisión del programa (28 de julio), cuando sonó en él la Fanfarria para el hombre común de Aaron Copland y se citó palabras de Will Durant (en Los placeres de la Filosofía):

Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas.

 

Fanfarria para el hombre común – Eugene Ormandy, Orquesta de Filadelfia

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Todavía aportó Pérez Castillo un recuerdo pertinente: el de la obra de Ernst Friedrich Schumacher: Small is beautiful – Economics as if people mattered (1973). Este libro de 290 páginas (en la edición de Harper Torchbooks) se convirtió en la biblia del movimiento de tecnologías apropiadas: aplicaciones a pequeña escala, trabajo-intensivas, energéticamente eficientes, ambientalmente sensatas y localmente controladas. Es tecnología centrada en la gente, la base tecnológica del desarrollo sustentable.

La cosa, pues, tiene detrás la obra de poderosos pensadores, y en el fondo están los marcos mentales desarrollados a partir de los años sesenta en disciplinas como la teoría de sistemas complejos y la teoría de los enjambres. Escribe Kevin Kelly en el primer capítulo de Out of control (Addison Wesley 1994, Perseus Books, 1995), en referencia al trabajo pionero de William Morton Wheeler (1865-1937):

La organización de una minúscula abeja produce un patrón para su minúscula décima de gramo de células de las alas, otros tejidos y quitina. El organismo de una colmena produce la integración para su comunidad de obreras, zánganos, polen y prole. Todo un organismo de 50 libras de colmena emerge con su propia identidad de las pequeñas partes-abeja. La colmena posee mucho que ninguna de sus partes posee. La mota que es el cerebro de una abeja opera con una memoria de seis días; la colmena como conjunto opera con una memoria de tres meses, el doble de la vida promedio de una abeja.

Las hormigas, también, tienen mente de colmena. Una colonia de hormigas, en movimiento de un nido a otro, exhibe el substrato kafkiano del control emergente. Cuando hordas de hormigas abandonan su campamento y se dirigen al oeste, llevando huevos, larvas, pupas—las joyas de la corona—en sus picos, otras hormigas de la misma colonia, obreras patrióticas, cargan el tesoro hacia el este con la misma velocidad, mientras aun otras obreras, quizás reconociendo mensajes conflictivos, corren en una y otra dirección con las manos vacías. Un día de oficina típico. Y, sin embargo, la colonia se mueve. Sin que haya una toma de decisiones visible en un nivel superior, escoge un nuevo sitio para anidar, instruye a las obreras que comiencen a construir y se gobierna a sí misma.

Los seres humanos somos perfectamente capaces de trabajar en enjambres sin autoridad centralizada. El mismo Kelly refiere con detalle los asombrosos experimentos de Loren Carpenter con grandes audiencias, a las que pone a jugar ping-pong—2.500 personas a cargo de una sola raqueta vs. un número equivalente que controla la otra—o con un simulador de vuelo, en una secuencia de decisiones distribuidas, sin que un líder central las oriente o determine. He aquí el audio de una descripción leída de tales experimentos:

 

Los juegos de Carpenter

Ilya Prigogine (Premio Nobel de Química en 1977) también usa ejemplos formíceos para ilustrar una característica de los sistemas complejos—compuestos por numerosos elementos interconectados—: sus propiedades emergentes, que se manifiestan a nivel del conjunto aunque estén ausentes en los componentes. Así se describe en este blog, en Temas de Política Clínica (3), la imagen que nos ofrece: «En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida». (Ver también Democracia de enjambres, para una oposición de estos conceptos al simplista centralismo socialista). Como lo ponen técni­camente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en Exploring Com­plexity (Freeman, 1989): “Lo que es más sorprendente en muchas socie­dades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del indivi­duo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la inefi­ciencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones cohe­rentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia”.

Es esta característica natural de los sistemas complejos el más poderoso fundamento de la democracia y el mercado. A pesar de la imperfección política de los ciudadanos concretos, la democracia sabe encontrar el bien común mejor que otras formas de gobierno; a pesar de la imperfec­ción económica de los consumidores el mercado es preferible como distribuidor social.

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No Hugo Chávez, que hablaba de «constituciones moribundas», sino el muy estadounidense futurólogo John Naisbitt, escribía en Megatendencias (1982):

Hemos creado un sistema representativo hace doscientos años, cuando ésa era la manera práctica de organizar una democracia. La participación ciudadana directa simplemente no era factible… Pero sobrevino la revolución en las comunicaciones y con ella un electorado extremadamente bien educado. Hoy en día, con una información compartida instantáneamente, sabemos tanto acerca de lo que está pasando como nuestros representantes y lo sabemos tan rápidamente como ellos. (…) La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales.

Las ideas de Naisbitt no dejan lugar a equívocos, y vale la pena recordar que fueron escritas bastante antes de la explosión de posibilidades abiertas por la Internet, que durante las últimas dos décadas ha comenzado la construcción, cada vez más acelerada, de la mente del mundo.

Fishkin y Luskin

Pero ya se mueve una nueva tendencia que rebasa y complementa la democracia participativa. La democracia deliberativa ha hecho su aparición. Ella fundamenta la legitimidad de una decisión democrática no ya en la mera agregación de preferencias que se manifiesta en los votos, sino en una auténtica deliberación de los ciudadanos—en la práctica, de una muestra representativa de ellos—sobre asuntos tan concretos como la aprobación del presupuesto de un municipio. James Fishkin (Democracy and deliberation, 1991), profesor de la Universidad de Stanford, ya ha logrado implementaciones prácticas del concepto en más de una docena de países, y reporta la sensatez de las decisiones ciudadanas en los asuntos que se somete a su consideración mediante deliberative opinion polls. Robert Luskin ha contribuido conceptualizaciones fundamentales a la idea en el Centro de Votación Deliberativa.

La democracia no se ha detenido, entonces. No es cierto que se haya agotado, como ciertos teóricos del autoritarismo quisieran hacernos creer. Pero tampoco debe entenderse que estos nuevos procedimientos pueden sustituir por entero las instituciones políticas a las que nos hemos acostumbrado. No toda clase de decisión se toma mejor en enjambre. El cerebro humano no ha abandonado el cerebro del reptil, que sigue existiendo, esencialmente idéntico al del dinosaurio, en nuestros mesencéfalos. La sabia estrategia de la naturaleza es la de construir pisos superiores, más evolucionados, preservando las funciones que hace magníficamente el Complejo R. (Ver en este blog Política natural).

Lo pequeño es hermoso, sin duda; la gente común puede tomar, en algunos casos, mejores decisiones que los ministerios de un gobierno o el directorio de alguna corporación. No en todo; un enjambre ciudadano sería torpe manejando crisis y, como nos alertara el cibernetista inglés Stafford Beer (Platform for change, Wiley, 1975), un debate maniqueo entre centralización y descentralización es en gran medida una trampa lingüística: cualquier sistema biológico viable tiene procesos vitales muy centralizados en feliz convivencia con otros perfectamente descentralizados. En el más desarrollado de todos, el cuerpo humano, coexisten para complementarse el sistema nervioso central y el sistema nervioso autónomo. La nueva democracia, potenciada por la maravillosa bendición de la Internet, no debe ser la anarquía. No somos una primitiva bandada de estorninos. LEA

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Doctor Político

El arte de la Política Clínica

Si José Antonio Abreu y su magnífica obra obtuvieran el Premio Nóbel de la Paz que se les debe, comenzaría a desear lo mismo para Hans Rosling, el médico sueco que es él solo una agencia de desarrollo unipersonal. Esto no significa, por supuesto, que no trabaje en equipo; por lo contrario, es un insigne líder de grupos e instituciones, un motivador incansable, un pedagógico conferencista con una capacidad fuera de lo común. Rosling se especializó en problemas de salud pública—en Bangalore, India—después de graduarse en la Universidad de Uppsala en medicina y estadística. Fue en otros países, especialmente de África, donde hizo sus primeros y brillantes aportes como sanitarista. Más tarde, luego de descubrir, estudiar y tratar exitosamente en muchas localidades de ese continente un brote de parálisis epidémica, obtuvo un doctorado de su Alma Mater en Suecia.

Pero Rosling es un sabio integral: la salud la entiende en conexión con el desarrollo económico, el crecimiento poblacional, los estilos de vida, el tamaño de las familias, la pobreza… A esa sabiduría une la vocación del predicador de la verdad, del cruzado sin otra arma que los hechos que presenta del modo más divertido y convincente—con el auxilio del software Trendalyzer que desarrolló con su hijo y su nuera—, plenamente reconciliado con la humanidad. Es la estrella de las Conferencias TED, es un verdadero ciudadano del mundo.

Rosling es, por otra parte y muy claramente, un médico político; en el video que sigue declara que no es optimista, pero tampoco pesimista, sino «un serio posibilista» fundado en una consideración analítica de los hechos, de la que las emociones son excluidas. (Bueno, no todas; es evidente en el estupendo humor de Hans Rosling que la verdad se asocia muy bien con la alegría). Es ésa la clase de política que debe sutituir a nuestra muy primitiva política ideologizada, que se agota en la mera búsqueda del poder.

¡Hans Rosling Presidente!

LEA

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La política que vendrá

Hoy la política se pía

La política no es una ciencia: es una profesión. Es un arte, un oficio. Como tal, puede aprenderse. Del mismo modo que la medicina es una pro­fesión y no una ciencia, aunque de he­cho se apoya en las llamadas ciencias médicas, que no son otra cosa que las ciencias naturales enfocadas al tema de la salud y la enfermedad de la especie humana. Es así como la política debe ser entendida como profesión, aunque existan ciencias políticas, como la sociología, exactamente en el mismo sentido en que el derecho es una ciencia y la abogacía es lo que resulta ser la profesión, el ejercicio práctico.

La informatización acelerada de la sociedad, con su consiguiente au­mento de conciencia política de las poblaciones, está forzando cambios im­portantes en los estilos de operación po­lítica. El Glasnost (transparencia) de Mikhail Gorbachov, más que una inten­ción, era una necesidad. El previo modelo de la Realpolitik requería, para su operación cabal, de la posibilidad de mantener, discretamente ocultas, la ma­yoría de las decisiones políticas. Pero hasta las operaciones que son intencionalmente diseñadas para ser administradas en secreto son objeto de descubri­miento, casi instantáneo, por los medios de comunicación social.

Son condiciones muy diferentes aquellas que definen el contexto actual del actor polí­tico. El tiempo que separa la acción política de la evaluación política que de ella hacen los go­bernados se ha acortado considerablemente, por señalar sólo uno de los cambios más determi­nantes. Es así como esta ac­tividad humana atraviesa por un intenso período de reacomodo con­ceptual.

Si el paradigma médico puede servir para una reformulación de la ac­tividad política, el concepto de qué es lo que puede ser descrito como una sociedad normal resulta ser noción central de todo el tema. Se trata de limpiar de carga ideológica y de pasión el acto evaluativo sobre el estado general de una sociedad determinada.

Por ejemplo, una definición de sociedad normal se verá expuesta a cambios de signifi­cado con el correr del tiempo, así como la definición de hombre sano ha variado en el curso de la historia. No puede ser la misma concepción de salud la prevaleciente en una sociedad en la que la esperanza de vida alcanzaba apenas a los treinta años, que la que es exigible en una que ex­tiende la longevidad con las nuevas tecnologías médicas.

La distribución normal

Del mismo modo, una cosa era la sociedad normal alcanzable a fines del siglo XVIII y otra muy distinta la asequible a las tecnologías políticas de hoy en día. Por ejemplo, es inne­gable el hecho de que la mayoría de las naciones del planeta exhibe una distribución del in­greso que dista bastante de lo que una curva de distribución normal describiría. Igualmente, la in­tensidad democrática promedio, aún en naciones desarrolladas, está bastante por debajo del grado de participación que las tecnologías de comunicación actuales permitirían. Convendrá discutir, por tanto, el tema de los límites psicológi­cos, tecnológicos y económicos de la democracia.

Psicológicos, porque no es dable pensar en una reedición literal de la asamblea griega clásica, en la que la agenda total de las decisiones públicas atenienses era manejada por la totalidad de los ciudadanos. Hay límites a la idoneidad del procedimiento democrático y hay decisiones, la mayoría de ellas técnicas, que son indudablemente mejor manejadas por los especia­listas. De todas formas, se habla hoy de una democracia deliberativa, que va incluso más allá de la democracia participativa.

Tecnológicos, porque es la tecnología la que dibuja el borde de lo que es posible en prin­cipio. El avance de las redes de comunicación permite pre­ver una creciente frecuencia de proce­dimientos de referéndum para una mayor gama de decisiones públicas. Y al entreverse la posi­bilidad, la presión pública por acceder a ese grado de participación no se hará esperar. Venezuela, por caso, que no hizo referendo alguno bajo la constitución de 1961—durante 38 años—ya ha tenido cinco entre 1999 y el presente.

Económicos, porque obviamente las instituciones políticas tienen un costo de inserción y un costo de operación. No es posible hacer todo.

Pero en cualquier caso, el cambio de paradigma político está en pro­ceso. William Schneider ha escrito (Para entender el neoliberalismo, 1989): «Los que solucionan problemas viven en una cul­tura política altamente intelectualizada que respeta la pericia y la competencia. Esto no significa que practiquen una política libre de valores. Varios miembros de la generación del 74 a los que entrevisté se sentían ofendidos cuando se les califi­caba de tecnócratas, y prácticamente cada uno de ellos hacía demasiado hincapié en su compromiso con los valores liberales. Sin embargo, no los distinguen sus valo­res sino su manera de enfocar la polí­tica. Los que solucionan problemas practican una política de ideas. Los demócratas más tradicionales se consideran defensores; la suya es una política de intereses».

Sería inconveniente aprender una política que sólo se concibe como conciliación de intereses cuando justamente esa política está, poco a poco, dando paso a una política de ideas y soluciones. LEA

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Ética política

A Luis Penzini Fleury, defensor de los Valores

El Juramento de Hipócrates en griego y latín (clic amplía)

Las pocas veces que, por estos días, algún periodista de una estación de radio o televisión me hace el favor de entrevistarme, se sorprende al preguntarme cómo quiero que me presente, pues le pido que lo haga como político general y aclaro: «Tal como un médico general, como un internista». Así pasó, por ejemplo, con María Alejandra Trujillo en RCR en entrevista del pasado 6 de diciembre. Entonces explico que me aproximo a la Política entendiéndola como arte u oficio de carácter médico. El punto fue expuesto a los televidentes que siguen a William Echeverría por Globovisión en entrevista grabada el 24 de noviembre de 2010.

Naturalmente, no hay escuelas universitarias de Política; no lo son las escuelas de Ciencias Políticas, puesto que la Política, como la Medicina, no es una ciencia, sino una profesión. Algún día las habrá.

El código deontológico—DRAE: deontología. 1. f. Ciencia o tratado de los deberes—más antiguo que se conoce es el Juramento de Hipócrates (alrededor de 400 a. C.) sobre el modo correcto de practicar la Medicina. Al sentir la necesidad y urgencia de un código similar para la Política, me puse a redactar uno con el juramento hipocrático por delante como modelo estructural. Con alguna razón, pudiera alguien decir que aquella angustia no era otra cosa que una atávica deformación profesional. En efecto, antes de completar la carrera de Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello, había estudiado tres años de Medicina (1959-62) en la Universidad de Los Andes. Pero mi definición de Política como Medicina es de 1984, y la confirmación de que transitaba la ruta correcta la tuve al año siguiente, cuando recibí de Yehezkel Dror el texto de una conferencia en la que afirmaba: «Policy sciences are, in part, a clinical profession and craft».

En cualquier caso, he aquí la versión más reciente del Código de Ética de la Política que compuse en septiembre de 1995:

 

Juro por Dios que, por lo que me quede de vida, practicaré el arte de la Política según las siguientes estipulaciones:

*Recomendaré o aplicaré, según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas o asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.

*Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.

*Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.

*Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.

*Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

*No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.

*Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo.

*Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.

*Me asociaré, para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento.

Séame dado, si cumplo con las estipulaciones de este juramento, vivir y practicar el arte de la Política en paz con mis semejantes y sus asociaciones, y reconocido y compensado justamente por mis servicios. Sea lo contrario mi destino si traspaso y violo este juramento.

Luis Enrique Alcalá

24 de septiembre de 1995

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La insuficiencia de la «política realista»

Otto von Bismarck, cultor de la Realpolitik, ante el Reichstag en 1888

El texto de John A. Vásquez, The power of power politics: A critique* (1983, 1991), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, estado). Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes).

Una de las razones para esta situación de crisis del paradigma del poder por el poder, puede ser encontrada en la informatización acelerada del planeta y sus consecuencias. La Realpolitik ha necesitado siempre del secreto para garantizar su eficacia. Pero en los últimos tiempos hemos sido testigos del descubrimiento y exposición pública de los más elaborados planes de ocultamiento político. Un caso particularmente notable fue el del financiamiento de la Administración Reagan a los «contras» en Nicaragua. Un complicadísimo y retorcido esquema de ocultamiento, que involucraba a insospechables aliados momentáneos (Irán, que para los efectos de relaciones públicas era enemigo de los Estados Unidos), resultó ser imposible de ocultar.

Por esto es que el glasnost, la política de «transparencia» declarada por Gorbachov en la antigua Unión Soviética, más que un deseo inspirado en valores éticos, era una necesidad. Ante el asedio de los medios de comunicación, que se ha unido a las previsibles acciones de los adversarios políticos que intentan descifrar las intenciones del contrario, el actor político de hoy se ve forzado, cada vez más, a determinar sus planes suponiendo que van a ser, a la postre, conocidos públicamente. La política de hoy tiende a parecerse cada vez más a un juego de ajedrez, en el que cada oponente posee información completa acerca de la cantidad, calidad y ubicación de las piezas del contendor.

Otra razón, más de fondo, para explicar la pérdida de eficacia de una postura de Realpolitik, consiste en la simple constatación de que una versión cínica de los actores políticos es decididamente una sobresimplificación, Esto es, constituye un error teórico y perceptual, a la vez que práctico, considerar que todo actor político tiene como único objeto la procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y como si estuviese convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Los actores políticos, en tanto personas, son bastante más complicados y ricos que lo que esa simplista descripción postula que son. Entre sus motivaciones entran no sólo los fines egoístas o maquiavélicos; también poseen motivaciones altruistas, limitaciones éticas, interés por un juicio favorable de la historia, etcétera.

Pero también explica la erosión del paradigma de la Realpolitik la admisión, cada vez más amplia, de que la bondad tiene un valor funcional. La práctica gerencial redescubre a cada momento el valor motivante de los estímulos positivos, y este conocimiento pasa con rapidez a los predios de la doctrina de la gestión.

No obstante, no puede caber duda de que la práctica de la Realpolitik está todavía muy generalizada, sobre todo en los casos agudos de aquellas personalidades que experimentan un placer patológico en la destrucción del adversario.

En La Marcha de la Insensatez, Bárbara Tuchman nos presenta cuatro estudios a fondo de cuatro grandes casos de insensatez política. La autora entiende este término como el designante de la conducta de un actor político que, en contra de reiterados consejos y evaluaciones que le muestran que sigue un curso equivocado, persiste en él, aun a costa de sus mejores intereses. Uno de los más interesantes capítulos, dentro de la parte que dedica a la Iglesia del Renacimiento, trata de las actuaciones de Julio II, Sumo Pontífice entre 1503 y 1513. Papa guerrero, Julio II atendió poco o nada a las proposiciones internas de reforma, preocupándose más por conquistas territoriales que por componer el deplorable estado de corrupción de la Iglesia de la época. A su equivocada política se debe en gran medida la explosión de Lutero y su Reforma Protestante.

Al cierre del capítulo que le dedica, Bárbara Tuchman recapitula su tránsito por el papado en los siguientes términos: “Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente que se basaba en la convicción de que «la virtud sin el poder», como había dicho un orador en el Concilio de Basilea medio siglo antes que él, “sólo sería objeto de burla, y el Papa romano, sin el patrimonio de la iglesia, sería un mero esclavo de reyes y de príncipes”, que, en breve, con el fin de ejercer su autoridad, el papado debía lograr primero la solidez temporal antes de emprender la reforma. Éste es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha demostrado a menudo, tiene este corolario: que el proceso de ganar poder emplea medios que degradan o brutalizan al que lo busca, quien despierta para darse cuenta de que el poder ha sido poseído al precio de la pérdida de la virtud y el propósito moral.”

LEA

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*El poder de la política de poder, Gernika, México.

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