por Luis Enrique Alcalá | Jun 25, 2010 | General, Política |

Un problema de esclerosis
Hacemos la política que pensamos, y pensamos dentro de conceptos y marcos de interpretación que llamamos paradigmas (desde el trabajo miliar de Thomas Kuhn: La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ellos son, naturalmente, construcciones mentales; cómodas para el discurso son, sin embargo, abstracciones. Formuladas originalmente en un determinado tiempo histórico, su destino es desenfocarse y perder pertinencia en cuanto la realidad social muda. Muchas de ellas son adquiridas en el proceso de formación profesional.
Es así como la muy mayor parte de la historia política venezolana ha sido transitada por actores que pensaron dentro de un paradigma jurídico-militar. Con una que otra excepción, nuestros más influyentes políticos se han formado en leyes o en el arte castrense. La política que secretan no puede ser otra que una en la que se cree que el acto político supremo es una ley, o la que presume que la política es asunto de fuerza. Y como nuestra historia, con abrumadora ventaja, está más llena de jefes militares que de hombres de leyes, es la segunda noción la que predomina. Buena parte de la artesanía política criolla tiene que ver con el problema de cómo mantener bajo control a los militares, y casi que es esta necesidad el problema político principal. Rómulo Betancourt, por ejemplo, ya presidente electo democráticamente, escarmentado por el golpe de 1948 y blanco él mismo de una buena cantidad de asonadas militares (intentona de Castro León, Carupanazo, Porteñazo, etcétera), cambió el funcionamiento del Estado Mayor General de Pérez Jiménez por el de un Estado Mayor Conjunto que aislaba relativamente las distintas fuerzas armadas, para dificultar la coordinación de una conspiración que las reuniese a todas.
Pero si en vez de lo militar el origen profesional del gobernante está el Derecho, entonces debe descontarse que el nuestro es del tipo latino y no del anglosajón, que enfatiza la casuística y la jurisprudencia—qué decidió un juez en otro tiempo sobre un caso similar—antes que la arquitectura de una pirámide de leyes que descansa sobre una constitución y procede de ésta en pisos de concreción creciente. Nuestro derecho es, pues, deductivo, a diferencia del inductivo de los sajones, y este solo hecho ya produce un paradigma particular con efectos también particulares. Cuando Rafael Caldera llegó por primera vez a la Presidencia de la República, cambió marcadamente el enfoque que precedió al suyo sobre reforma del Estado. El órgano encargado de gestionarla, predecesor de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, era la Comisión de Administración Pública, que bajo las presidencias de Betancourt y Leoni se aproximó a la tarea con una estrategia de cambios en los sistemas y procedimientos administrativos, dirigida por el economista Héctor Atilio Pujol. Caldera, por su parte, puso al frente de esa comisión al abogado Allan Randolph Brewer Carías, profesor de Derecho Público, quien procedió a dirigir el parto de dos tomos de quinientas o más páginas cada uno, en los que se especificaba una reforma total del aparato público venezolano, desde la Corte Suprema de Justicia hasta el municipio de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. Pujol intentaba, en vano, aplicar una terapéutica que era más lenta que la velocidad del cambio inercial de la administración pública venezolana; Brewer prescribió una cantidad y extensión de cambio para las que no había en el país suficiente capacidad gerencial, tal como ahora confronta la administración de Chávez, en acumulación creciente, las deficiencias que se derivan del imposible manejo de un prurito de cambiar todo, al tiempo que se ha excluido de la gestión pública a la mayoría de la gente más preparada.
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El problema fundamental, no obstante, es que los paradigmas de cualquier clase—y en especial los paradigmas políticos—, como los tejidos celulares, envejecen y se hacen escleróticos, se endurecen y se vuelven incapaces de cambiar. El asunto es doblemente grave porque los objetos sobre los que la política se ejerce, las sociedades, experimentan metamorfosis. A fin de cuentas, las manzanas caen desde tiempos inmemoriales del mismo modo y con la misma aceleración que la que legendariamente golpeó la humanidad de Isaac Newton en un jardín de Cambridge. El hígado que examina hoy un médico modernísimo funciona de la misma manera que el que explorasen Avicena o Hipócrates. En cambio, la sociedad política sobre la que Pericles gobernara no es la misma que rigiera Luís XIV y éstas, a su vez, fueron muy distintas de la que es gobernada por Rodríguez Zapatero.
Las sociedades humanas crecen en complejidad, en riqueza y variedad de roles, de problemas, de oportunidades. La pretensión de comprenderlas y manipularlas desde ideas de la Revolución Industrial o la Revolución Bolchevique, o con técnicas de Maquiavelo, Marx o Bismarck es no sólo inoperante, sino irresponsable, indigna de una verdadera profesionalidad política. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 23, 2010 | General, Política |

Gauss le gana a Marx
Tal vez el mito político más generalizado y penetrante sea el mito de la igualdad. Hay diferencia entre las versiones, pero en general ese mito es compartido por las cuatro principales ideologías del espectro político de la época industrial: el marxismo ortodoxo, la socialdemocracia, el socialcristianismo y el liberalismo. Sea que se postule como una condición originaria—como en el liberalismo—o que se vislumbre como utopía final—como en el marxismo—la igualdad del grupo humano es postulada como descripción básica en las ideologías de los distintos actores políticos tradicionales. El estado actual de los hombres no es ése, por supuesto, como jamás lo ha sido y nunca lo será. Tal condición de desigualdad se reconoce, pero se supone que minimizando al Estado es posible aproximarse a un mítico estado original del hombre, o, por lo contrario, se supone que la absolutización del poder del Estado como paso necesario a la construcción de la utopía igualitaria, hará posible llegar a la igualdad. (Entre estos polos procedimentales extremos se desenvuelven corrientes de postura intermedia, como la socialdemocracia y el socialcristianismo). Entretanto, se concibe usualmente a la obvia desigualdad como organizada dicotómicamente. Así, por ejemplo, se comprende a la realidad política como si estuviese compuesta por un conjunto de los honestos y un conjunto de los corruptos, por un conjunto de los poseedores y un conjunto de los desposeídos, un conjunto de los reaccionarios y uno de los revolucionarios, etcétera.
La realidad social no es así. Tómese, para el caso, la distinción entre “honestos” y “corruptos” que parece tan crucial a la persistente y agravada problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la “honestidad”—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de “las cualidades morales”: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.
Si no se entiende las cosas de ese modo la política pública se diseña entonces para un objeto social inexistente. Y esto es lo usual, pues nuestra legislación típica incluye un sesgo hacia una descripción angélica de los grupos humanos—la famosa “comunidad de profesores y estudiantes en busca de la verdad” de nuestra legislación universitaria, por ejemplo—o bien hacia el polo contrario de una legislación que supone la generalizada existencia de una propensión a delinquir, como es el caso de la legislación electoral o la del instrumento orgánico de “salvaguarda del patrimonio público”.
Es necesario entonces que esa óptica dicotómica e igualitarista sea suplantada por un punto de vista que reconozca lo que es una distribución normal de los grupos humanos.
Por ejemplo, la distribución teóricamente “correcta” de las rentas, de adoptarse un principio meritológico, sería también la expresada por una curva de “distribución normal”, dado que en virtud de lo anteriormente anotado sobre la distribución de la heroicidad y en virtud de la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc.—los esfuerzos de una sociedad adoptarán asimismo una configuración de curva normal.

Diagramas de febrero 1985
Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. Para comenzar, en relación con discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica esa concepción que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una “normalización”, en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria, independientemente de si esa igualación fuese planteada hacia “arriba” o hacia “abajo”.
No es, sin embargo, la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal, y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de justicia social que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado.
Otra conclusión, finalmente, que se desprende del concepto de sociedad normal, es que el progreso posible de una sociedad es el progreso que desplaza a la curva normal como conjunto en una dirección positiva, y no el de intentar el igualamiento de la distribución por modificación en la forma de la curva. Si bien es posible que todos progresen, los esfuerzos que lleven una intencionalidad igualitaria están condenados al fracaso por constituir operaciones tan imposibles como las de construir un móvil perpetuo. Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes, y, por tanto, en una sociedad económicamente justa, no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres.
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Son concepciones como las arriba contrastadas las que constituyen un viejo y un nuevo paradigma político. Por un lado, las concepciones que se hacen cada vez más ineficaces y menos pertinentes. Por el otro las que introducen una perspectiva inusitada y en correspondencia con una visión más exacta de lo social, lo que reduce la impertinencia política, al ser concepciones más del tiempo de esta gran fase nueva de la civilización. Es importante construir lo necesario para que se dé el tránsito de uno a otro paradigma, de uno a otro concepto, de una vieja a una nueva conceptualización. Esto precisa de una nueva asociación política. Los actores políticos tradicionales, legitimados internamente por sostener alguna posición ideológica en algún “espacio” del viejo eje político de derechas e izquierdas, difícilmente pueden aceptar lo que tendrían que aceptar, que es, ni más ni menos, que de aquello que les sostiene no es posible deducir soluciones a los problemas políticos importantes. Las reglas de las organizaciones políticas tradicionales configuran un ambiente asfixiante que impide la ventilación de planteamientos que difieran de las interpretaciones consagradas. Es necesario por esto diseñar y crear una nueva asociación política, con unas normas que faciliten la emergencia y difusión de las nuevas concepciones, así como la actividad de nuevos y más competentes actores políticos individuales. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 20, 2010 | General, Política |

Enjambre de estorninos
Las sociedades humanas crecen en complejidad, en riqueza y variedad de roles, de problemas, de oportunidades. La pretensión de comprenderlas y manipularlas desde ideas de la Revolución Industrial o la Revolución Bolchevique, o con técnicas de Maquiavelo, Marx o Bismarck es no sólo inoperante, sino irresponsable, indigna de una verdadera profesionalidad política.
Incluso las herramientas analíticas clásicas de la política son menos poderosas que las que ahora se derivan de más recientes desarrollos científicos. En la predicción de resultados electorales—en los Estados Unidos—un modelo que sigue conceptos de la predicción de terremotos se ha revelado como acertadísimo. Nacido de la colaboración de un historiador estadounidense, Allan Lichtman, y un geofísico y matemático soviético, Vladimir Keilis-Borok, a partir de 1981, el modelo ha predicho con exactitud los resultados de todas las elecciones presidenciales desde esa fecha, luego de que sus “marcadores” fueran calibrados para coincidir con los desenlaces de las elecciones de los últimos ciento veinte años (entre 1860 y 1980). En vez de referirse a los candidatos específicos o los temas propios de cada campaña, el modelo de Lichtman y Keilis-Borok identifica señales (cuatro básicas y nueve complementarias) que parecen determinar con precisión si una determinada elección será “estable” (cuando gana las elecciones el partido que está en el gobierno) o “cataclísmica” (cuando las gana el partido que está en la oposición). Explica Keilis-Borok. hoy en día profesor de Ciencias de la Tierra en la Universidad de California en Los Ángeles: “Los sistemas que generan elecciones y terremotos son sistemas complejos. No son predecibles con ecuaciones simples, pero después de tamizarlos y promediarlos en el tiempo se hacen predecibles”. Lichtman lo resume de esta forma: “Hemos reconceptualizado la política presidencial en términos geofísicos”.
En general puede decirse que es de la ciencia de la complejidad, de la teoría del caos o la del comportamiento de los enjambres, todas inventadas en la segunda mitad del siglo XX, de donde vienen ahora y continuarán viniendo los nuevos moldes de interpretación eficaz. Ninguna de estas disciplinas les es familiar a nuestros políticos convencionales—o, si a ver vamos, a los actuantes en cualquiera otra nación hasta ahora—y sin ellas éstos entienden y entenderán las cosas mal.
Un rasgo fundamental y definitorio de los sistemas complejos es su “sensible dependencia de las condiciones iniciales”. Esto es, que una pequeña variación en el inicio de un proceso complejo puede conducir a un futuro muy diferente. (“¿Desata el aleteo de una mariposa en Brasil un tornado en Texas?”, preguntaba en discurso de 1972 el meteorólogo Edward Lorenz, que ya en 1959 se había topado con esa sensibilidad esencial de los sistemas complejos). ¿Quién sabe si la señora que encendió la airada protesta por el costo del pasaje de autobús en Guarenas, el 27 de febrero de 1989, había recibido abuso del marido la noche anterior? Si Carlos Andrés Pérez no hubiera accedido a su segundo gobierno en acto fastuoso que parecía una coronación, poco antes de apretar el cinturón del pueblo ¿habría reaccionado la psiquis de los caraqueños de la misma forma al aumento de ese costo?
Las condiciones iniciales del Caracazo son irrepetibles. Desde entonces, el precio del transporte público urbano e interurbano ha aumentado en innumerables ocasiones, sin que por ello se haya suscitado una agitación ciudadana tan terrible como la de aquel febrero, cuando las abejas humanas de la urbe del Ávila se africanizaran.
Las sociedades mutan; su conocimiento crece y se diversifica. Esto es tanto así que Kevin Kelly, el Fundador Ejecutivo de la revista Wired y autor del ya clásico e importante libro Out of control (Perseus, 1995), pudo decir en reciente disertación sobre el futuro de la ciencia: “La ciencia es nuestro modo de sorprender a Dios. Es para eso que estamos aquí”. En la introducción que de ella hiciera Stewart Brand, éste abundó sobre esa intuición: “Es nuestra obligación moral generar posibilidades, descubrir los modos infinitos—sin importar cuán complejos y pluridimensionales sean—de jugar el juego infinito. Se requerirá todas las especies posibles de inteligencia para que el universo se entienda a sí mismo. En este sentido, la ciencia es sagrada. Es un viaje divino”.
Una política que no esté a la vez abierta y conectada a una percepción tan amplia y elevada como ésa, que no abreve de la ciencia y se conforme con catecismos resumidos de unas “humanidades” clásicas, no puede aspirar a entender la sociedad contemporánea, mucho menos guiarla. El intento de entrar al futuro con los lentes de Ezequiel Zamora puestos, o aun las gafas de un personaje tan visionario como Simón Bolívar, sólo puede desembocar en reflujo, en retroceso. No bastan, para enfrentar las complejísimas condiciones de una sociedad de hoy—la nuestra ya se compone de más de veintiocho millones de personas—un bagaje de retórica y la elección de un enemigo.
Que la ciencia, que la metodología haga el relevo de la ideología, para que el hombre justo de Vargas se haga con el mundo, y no el audaz de Carujo. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 2, 2010 | General, Política |

Yehezkel: el profeta necesario
Es un lamentable registro de la historia que la razonabilidad se impone en las sociedades humanas sólo muy lentamente. Todos los especímenes de Homo sapiens podemos pensar, únicamente, dentro de paradigmas o marcos mentales, y aunque los hay enteramente erróneos o claramente disfuncionales, el salto psicológico requerido para abandonarlos y sustituirlos por otros—es imposible pensar sin alguno—es muy difícil para la inmensa mayoría de los hombres. El abandono de nuestras certezas, aquellas nociones básicas que nos parecen obvias, es un acto que requiere valentía muy fuera de lo común, y ésta no es virtud muy generalizada entre nosotros.
El carácter refractario de los paradigmas es tan acusado que Thomas Kuhn, el inventor del uso del término paradigma en el sentido que es ahora más frecuente, apeló a una cita de Max Planck para decir: «Una nueva verdad científica no triunfa convenciendo a sus oponentes, haciéndoles ver la luz sino, más bien, porque esos oponentes mueren tarde o temprano, y se desarrolla una nueva generación que está familiarizada con aquélla».
El discurso de Kuhn fue pronunciado—The Structure of Scientific Revolutions, 1962—en el ámbito de la ciencia, pero el significado fundamental y el mecanismo de operación de los paradigmas es legítima y útilmente aplicable al reino político: hay paradigmas políticos—las ideologías y doctrinas son casos particulares—que exhiben la misma resistencia al cambio que los descritos por Planck y por Kuhn. Y en este caso esa resistencia es mucho más dolorosa que un retraso, digamos, en la adopción de un punto de vista de Big Bang para imaginar el origen y desarrollo del cosmos, puesto que se trata de la felicidad o el sufrimiento de contingentes humanos como, por ejemplo, los que habitan el Cercano Oriente, afectados cotidianamente por conflictos de raíces milenarias y que, tan sólo modernamente, ya llevan unos sesenta años sin resolución.
Remachemos el punto: si llegamos a sospechar que una situación como el monstruo pluricefálico del conflicto judeo-islámico es fundamentalmente una batalla paradigmática—no sólo dos opuestos prontuarios, repleto cada uno con anécdotas que verifican la maldad del lado contrario—, sabremos que la resolución de ese conflicto será dificilísima, pero al menos sabremos asimismo de qué clase tendrá que ser la solución. (La dificultad estriba en una descripción central del modelo de Kuhn: los paradigmas competidores no son conmensurables; no pueden ser traducidos el uno al otro).
Finalmente, a un nivel más personal, quienes tienen dotes proféticas—y estoy pensando específicamente en uno que vive en Jerusalén, uno cuyo nombre revelaré al final—experimentan un dolor más localizado, más agudo. Me explico: Alexis de Tocqueville sostenía que el verdadero arte del Estado consistía en poseer «una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro». Hay personas que no tocarán bien ningún instrumento musical o serán ineptos para la astronáutica, pero que poseen en grado elevado la visión exigida por el gran observador francés. No siempre quieren ser ellos mismos protagonistas de la política, y se conforman con el papel de consejeros pero, cuando sienten también un llamado o vocación pública, sufren mucho, según el testimonio de Richard M. Nixon: “La persona que cree que su propio juicio, aunque falible, es el mejor, y que se impacienta viendo a hombres de menos categoría manejar mal las riendas del poder, por fuerza tiene que ansiar, hasta dolorosamente, hacerse con esas riendas. Ver las chapuzas y los patinazos de otros puede resultar hasta físicamente atormentador para él”.
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En el longevo conflicto entre árabes e israelíes—más propiamente, entre judíos y musulmanes—gravita con el mayor de los pesos una discrepancia de fundamento teológico, la abrasión que se produce entre dos cosmovisiones de origen religioso que son aparentemente inconmensurables. A pesar de que Mahoma aclarara que Alá es el mismo Dios de Abraham, por tanto el mismo de judíos y cristianos (que comparten sagradas escrituras), el hecho de que el Profeta de Medina hubiera producido una nueva escritura sagrada, y que en ella se encuentren referencias muy intolerantes hacia los infieles dificulta la coexistencia de pueblos hermanos—ambos semíticos—, sobre todo si el otro insiste en que es el pueblo elegido de ese Dios común.
Que una cosa así es operante e importante a nivel de las conductas se entiende si atendemos a los trabajos de Abraham Kardiner sobre la «personalidad básica de las culturas». Tomás Millán sintetiza así su aporte:
En su libro EL INDIVIDUO Y SU SOCIEDAD (1939) Kardiner escribió que la experiencia social en la familia (especialmente durante la crianza de los niños) y las técnicas de subsistencia (es decir, las instituciones primarias), dan lugar a estructuras de personalidad básica comunes para la mayoría de los miembros de la sociedad. (…) Puesto que la estructura básica de la personalidad es un producto inducido en los miembros de una sociedad por las formas específicas de las instituciones de cada sociedad, la forma, contenido, estilo y los medios para resolver los problemas de la vida, varían, en consecuencia, ampliamente de cultura en cultura… (…) Las instituciones secundarias, también llamadas proyectivas, influyen mucho en lo que los antropólogos llaman sistemas de creencias, religión, mitología. Éstas son vistas como productos de fantasía colectivas, o proyecciones grupales de deseos, necesidades y conflictos subjetivamente compartidos. Kardiner alega que, una vez formadas, la estructura básica de personalidad de una sociedad moldearía el contenido y significado de las fantasías proyectadas, tales como las creencias acerca de lo sobrenatural. Así, un tipo de personalidad básica fuertemente autoritaria debería ser correlacionada con las creencias proyectadas acerca de dioses muy altos y poderosos.
Musulmanes o judíos no oponen dioses distintos los unos a los otros; lo que discuten es cuál de los dos es el pueblo consentido del Dios de Abraham; ambos son semitas, descendientes de Sem, el primer hijo de Noé, quien vino de Lamec, que fue hijo de Matusalén, hijo a la vez de Enoc, quien procede de Jared y éste de Mahalalel, y éste de Cainán, producto de Enos cuyo padre fue Set, el tercer hijo de Adán.
Desde el punto de vista religioso, la tensión no es ni siquiera territorial. Es muy importante para la Weltanschauung judía, por supuesto, el concepto de «tierra prometida» (por primera vez a Abraham, luego consigna operativa para la hazaña de Moisés), pero es que el propio Corán lo reconoce; en su versículo 017.104 dice: Y entonces Nosotros [Alá] dijimos a los Hijos de Israel: «Habiten con seguridad en la Tierra Prometida».
Hay quienes sostienen, en cambio, que el Islam es de suyo una religión irreversiblemente violenta e intolerante. Para sostener este punto de vista se cita del Corán, con frecuencia, la Sura del Arrepentimiento, que incluye la siguiente prescripción: “Maten a los paganos donde los encuentren”. Es esta consigna la que se emplea, con pasión fundamentalista, para justificar una idea de “guerra santa” que ha permitido, por mencionar una sola cosa, condenar a muerte al escritor Salman Rushdie, por hacer mofa de la religión musulmana en su libro Los versos satánicos.
Pero los musulmanes que adoptan esa posición extrema son una minoría. Intelectuales islámicos respetadísimos, como por ejemplo Muhammad Shahrour, sostienen que aquella orden asesina sólo podía aplicarse a la guerra concreta de Mahoma por establecer un estado musulmán en la Península Arábiga, y no debe ser entendida como un mandato general de Alá válido para todo tiempo y lugar. Son claridades como ésa las que terminarán desasociando la religión musulmana de la violencia que se comete en su nombre.
Entretanto, es refrescante pasearse por la consideración de la sorprendente conducta, durante la Segunda Guerra Mundial, de todo un país de mayoría musulmana: Albania. Esta nación fue el único país de Europa ocupado por los nazis que emergió de la Segunda Guerra Mundial con una población judía mayor que la que alojaba al comienzo. Sólo una familia judía de seis miembros fue deportada de Albania y muerta durante toda la duración de la guerra. Los albaneses no sólo protegieron sus propios judíos, sino que ofrecieron refugio a los judíos que llegaban de países vecinos. Negándose a las exigencias de los nazis, en vez de suministrarles listas de judíos proveyeron a éstos con documentos forjados y les ayudaron a ocultarse dispersándolos en el seno de la población albanesa. Ni un sólo judío cayó en manos de los nazis en febrero de 1944, cuando éstos atacaron los refugios en las montañas de Albania.
No fue este insólito resultado la obra de unos pocos héroes individuales, de unos cuantos señores Schindler; fue todo un pueblo, en su mayoría musulmán, el que ahorró a su población judía y a la de naciones vecinas la atrocidad de los nazis. La tolerancia religiosa de los albaneses es proverbial, y es ella la causa de numerosos y habituales matrimonios interreligiosos de su gente. Y si esto es posible en Albania puede serlo en cualquier otro punto del mundo islámico.
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Lo que sí debe quedar claro es que el fundamentalismo religioso, de lado y lado, no puede ser la base sobre la que pueda fundarse la resolución del persistente conflicto. El judío adora a Dios 1.0, el cristiano a Dios 2.0, el musulmán a Dios 3.0; tres versiones sucesivas del mismo Dios de Abraham, pero ninguno aceptaría esta caracterización irreverente; cada uno reivindicaría que adora al Dios verdadero.
Tampoco puede servir a ese fin resolutorio un tipo de pensamiento que, siendo en apariencia clínico y desapasionado, en realidad procede de percepciones etnocéntricas. Tomemos, por caso, un reciente artículo—Can a Nuclear-Armed Iran Be Deterred?—del muy respetado sociólogo Amitai Etzioni en el número de la semana pasada de Military Review. Etzioni desaconseja primeramente el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán, porque la localización de instalaciones clave es desconocida, en general están bien protegidas y algunas están en áreas densamente pobladas, lo que causaría una gran cantidad de bajas civiles. En cambio, prescribe con la mayor tranquilidad la destrucción de bases militares, aeropuertos, puentes, estaciones de ferrocarril y otra infraestructura importante. Según Etzioni, esto llevaría a Irán a la suspensión de su programa nuclear. En sus palabras: «La aproximación básica no busca degradar las capacidades nucleares de Irán (como blanco del bombardeo) sino obligar a su régimen a cambiar su comportamiento, causando niveles de ‘dolor’ cada vez más grandes». La secuencia precisa que Etzioni prescribe es descrita con bastante detalle en The Jerusalem Post, en artículo destacado que ha recibido una calificación promedio por 34 lectores de 4,54 sobre 5 y concluye así:
Etzioni advierte que el tiempo se está acabando, y que «no podemos demorar la acción mucho tiempo más si debemos impedir que Irán cruce un umbral después del cual una acción militar sea de implementación más peligrosa, para nosotros y para ellos».
El Post israelí ha sacado el récipe de Etzioni del ámbito relativamente restringido de una publicación especializada, para difundirlo masivamente a la opinión pública de Israel, alimentando también cualquier radicalismo paranoico en Irán en momentos cuando, con o sin razón técnica, política y jurídica, los israelitas son censurados por prácticamente todo el mundo a causa de las muertes en el buque Mavi Marmara. No parece una conducta muy sensata: aun si a corto plazo se detuviera la potencial amenaza iraní, con acciones como las que Etzioni recomienda Israel realimentaría el conflicto con nuevos agravios, y la paz se alejaría de nuevo, quizás para más nunca volver.
Es preciso romper unos cuantos paradigmas.
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Puedo considerar al científico-profeta Yehezkel Dror, con orgullo y agradecimiento, como mi amigo y mentor en el oficio de pensar y hacer lo que él llama «la Gran Política». Es una deuda de amistad y ayuda intelectual que cumplirá en pocos días treinta y ocho años. Yehezkel vino por primera vez a Venezuela en julio de 1972, cuando dictó en un salón del IESA un taller de tres días para «tomadores de decisiones de alto nivel».
Ya venía con una estela de considerable prestigio, desde sus inicios de analista senior en la Corporación RAND y apuntalado por unas cuantas publicaciones que se habían convertido en textos matrices en el campo de las policy sciences. Luego asesoraría a los gobiernos de Canadá, Gran Bretaña y Holanda; después sería Científico Jefe del Ministerio de Industrias de Israel y de su Partido Laborista; más tarde aconsejaría a la Comunidad Europea desde Maastricht y sería llamado por el Club de Roma para la elaboración de un texto crucial. Yehezkel Dror fue por unos buenos años el Wolfson Professor of Political Science de la Universidad Hebrea de Jerusalén; ahora preside un importante think tank: el Instituto de Planificación de Políticas del Pueblo Judío.
En 2008 completó un trabajo extraordinario, un estimulante texto al que llamó The New Ruler: Leadership for the 21st Century. Su sección undécima trata de la base de valores para los líderes del siglo XXI, y prescribe el tránsito de una «razón de Estado» a una «razón de Humanidad» (Value Basis: From Raison d’Etat to Raison d’Humanité). Sus primeros tres párrafos, en lenguaje típicamente droriano, pueden ser así traducidos:
Es crucial la base de valores fundamentales sobre la que se asientan todas las opciones y acciones del Nuevo Gobernante. Aunque esto sea un asunto de elección subjetiva, independientemente de su condicionamiento por la cultura y el ambiente, se requieren la propia conciencia de los valores que el Nuevo Gobernante trata de realizar, un esfuerzo por adoptar una mirada «desde fuera» sobre los propios valores, un reconocimiento de la legitimidad de otros valores dentro de algunas líneas de alarma, y una buena dosis de razonamiento moral para mejorar los propios valores.
Para concentrarnos en el marco de valores que más distingue a la mayoría de los políticos contemporáneos del Nuevo Gobernante, es esencial que éste acepte en algún grado la razón de Humanidad sobre la razón de Estado.
Las opiniones pueden diferir, y de hecho lo hacen, respecto de algunas de las especificidades de la razón de Humanidad, pero su principio general está claro: lo que es bueno para la humanidad en su conjunto en lugar de lo que es bueno para el propio país.
¡Qué bueno sería que así razonaran Benjamín Netanyahu y Mahmoud Ahmadinejad, Knesset y Hamas! LEA
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por Luis Enrique Alcalá | May 10, 2010 | General, Política |

El político como médico
Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el diseño de sistemas políticos viables. Es particularmente notable el valor heurístico (relativo a la indagación y el descubrimiento) que ofrece el funcionamiento del sistema nervioso. (DRAE: heurístico, ca. 4. f. En algunas ciencias, manera de buscar la solución de un problema mediante métodos no rigurosos, como por tanteo, reglas empíricas, etc.)
El cerebro humano, a pesar de ser el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales es de regulación autónoma. La analogía con lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.
La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve, esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable para comprender la relación entre gobierno y sociedad.
Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite estas órdenes ineludibles. Esta corteza motora o área piramidal, ubicada en la circunvolución pre-rolándica, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza cerebral.
Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales “propioceptivas” se informa acerca del estado del medio interno corporal.
La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.
En cambio, en nuestro aparato político la participación de actores de tipo asociativo es muy reducida, a pesar de que cada vez su necesidad sea mayor. Un desarrollo político a futuro es el de superar el estilo piramidal, autoritario, cacical de nuestro Estado, por uno en el que tenga más cabida la formación racional, científica, no ideológica, responsable, clínica de las políticas. LEA
Audio del texto narrado
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 25, 2010 | General, Política |

El político como médico
El desiderátum de una Política Clínica, en la que la solución de los problemas públicos predomine sobre la búsqueda del poder, es despreciado por los políticos “profesionales”, que lo creen expresión romántica o ingenua. En política, nos dicen, es preciso sacar sangre. Y si se les dice que la actividad política pudiera ser modelada a partir de la actividad de la comunidad científica, entonces no pueden aguantar la risa.
Lo que ignoran, seguramente, es que la comunidad científica no deja de expresar las pasiones humanas de la emulación y la lucha. Es bueno percatarse a este respecto de que, del Renacimiento a esta parte, la comunidad científica—en la que la confrontación sigue un método universal descrito por Karl Popper en La lógica de la investigación científica—despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes aquellas pasiones, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice», de 1968, es una descarnada exposición a este respecto. Watson refiere la feroz competencia por la solución de ese problema, en la que su equipo, por ejemplo, se sentía en una carrera urgentísima contra el grupo liderado por Linus Pauling en los Estados Unidos.
Pero si se quiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una metamorfosis con la introducción de las famosas reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje», a puño limpio y sin árbitro, en uno algo más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.
No se trata, en consecuencia, de negar el espíritu competitivo de la humanidad, sino de reglamentarlo, de encauzarlo hacia una competencia de ideas y soluciones. Se trata de eludir la terrible ironía de Argenis Martínez, quien escribiera: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”.
En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine imponiendo una nueva conducta a los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social. LEA
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