por Luis Enrique Alcalá | Dic 8, 2005 | LEA, Política |

Así dice el Artículo 347 de la Constitución: «El pueblo de Venezuela es el depositario del poder constituyente originario. En ejercicio de dicho poder, puede convocar una Asamblea Nacional Constituyente con el objeto de transformar al Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución».
Una consideración de la doctrina constitucional venezolana—que dio pie al referendo que preguntó si queríamos convocar y elegir una constituyente, que electa propuso la constitución aprobada en referendo ulterior, que fundamenta la juridicidad del régimen actual—conduce a la convicción de que un corolario de ese artículo es que «El pueblo de Venezuela puede, en ejercicio de su poder constituyente originario, acometer directamente o de otros modos la transformación del Estado, la creación de un nuevo ordenamiento jurídico y la redacción de una nueva Constitución». Lo que puede hacer por delegación o concesión de poderes puede hacerlo por sí mismo. Y nunca perderá tal potestad.
La Constitución nunca podría prescribir que algún medio, incluyendo una constituyente, es el único por el que el poder constituyente originario puede manifestarse. La Constitución no abarca o constriñe al Pueblo Constituyente. Este monarca pudiera decidir que quisiera presidir una licitación constitucional, en la que considerase un número de opciones constitucionales formuladas por ciudadanos o por poderes públicos, aun por asesores extranjeros, si se le pone en la nariz. (Así lo hizo entre cinco opciones constitucionales, que incluían la independencia, el mantenimiento de la situación actual, la conversión en quincuagésima primera estrella de los Estados Unidos… etc., el Estado de Puerto Rico en enero de 1999). El constituyente, el elector es mejor servido cuando los grados de libertad de su decisión son más.
La decisión decisiva, valga la redundancia, en materia constituyente es, en todo caso, del pueblo reunido en referendo. No es imposible llevar al pueblo un proyecto de reforma constitucional distinto del que pudiere producir la nueva Asamblea Nacional. No puede estar adjudicada a ella la iniciativa constitucional y negada al pueblo, origen de su poder.
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 1, 2005 | LEA, Política |

En discurso pronunciado ayer el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, pareció dar su brazo a torcer en lo que respecta a una disminución significativa de la presencia militar norteamericana en Irak. Aunque insistió en que no aceptará nada menos que una victoria completa, y que las tropas estadounidenses se quedarán hasta que «cumplan su misión», indicó que el mismo año que viene permanecería en aquel país un contingente de soldados bastante menor que el actual y se confiaría a las fuerzas iraquíes la mayor parte de la responsabilidad por la seguridad del territorio.
Bush había venido resistiendo una evaluación bastante extendida entre sus comandantes militares: que sólo una disminución de las tropas norteamericanas en Irak obligaría a las fuerzas iraquíes a asumir el control de la seguridad de su nación, y que la mera presencia de sus soldados—percibidos por la mayoría de los habitantes como fuerza de ocupación—estimula las acciones insurgentes.
A este respecto, pues, la administración Bush ofrece signos de estar entrando en razón, al aceptar aparentemente tales argumentos. Sería corrección de rumbo motivada por los recientes reveses del gobierno norteamericano, en una suerte de vorágine de malas noticias.
Quizás, entonces, pueda esperarse también que se rinda ante la evidencia ecológica. Mediciones hace poco reveladas indican que los niveles atmosféricos actuales de anhídrido carbónico representan el nivel más alto de los últimos 650.000 años, según registros obtenidos con perforación profunda de capas de hielo polar. No puede ya caber duda de que molestamos grandemente a la Madre Tierra, que revira malhumorada con profusión de huracanes, inundaciones y terremotos.
Después de que concluya su nueva iniciativa, en materia de control de inmigración, tal vez pueda la administración Bush mostrar mayor aquiescencia a las previsiones del Protocolo de Kyoto, del que hasta ahora se ha mostrado tan reticente. Es buena cosa que un gobernante tenga tiempo para la rectificación, así sea luego de hacerse el testarudo por largo tiempo.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 17, 2005 | LEA, Política |

Faltan sólo diecisiete días para las elecciones parlamentarias del próximo 4 de diciembre, y los proponentes de la abstención no cejan en su empeño.
La verdad es que la propensión a abstenerse se asienta sobre la falsa idea de que el 15 de agosto de 2004 hubo más «síes» que «noes». Ese día una mayoría de electores rechazó la revocación (entre otras cosas porque el «liderazgo» opositor jamás quiso o jamás pudo dilucidar quien sucedería a Chávez), y así lo predijeron con suficiente tiempo todos los encuestadores serios: Keller, Datanálisis, Mercanálisis, Consultores 21, Datos, Seijas (IVAD). Hasta la extranjera Greenberg, Quinlan, Rosner Research, traída por importantes empresarios venezolanos, advirtió el resultado con tiempo. Edmond Saade (Datos) dijo a los líderes de la extinta Coordinadora Democrática, en cierto desayuno en casa de un ex Presidente del Banco Central de Venezuela, que tenía al gobierno ganando por doce puntos, al menos dos semanas antes de la votación. Y un tracking poll de Consultores 21 del 13 de agosto, cuarenta y ocho horas antes del referendo, produjo cifras que sólo difieren en décimas de los resultados que posteriormente ofrecería el Consejo Nacional Electoral. La única encuesta que dijo lo contrario fue una pirata dirigida por algunos profesores de la UCV, que fue atribuida falsamente por El Universal a Seijas, lo que provocó la retractación del periódico cuando reventó el patuque y provocó la salida de Kico Bautista de la dirección de El Mundo. La Coordinadora Democrática nos engañó cuando dijo que hubo fraude electoral, mintió para ocultar su descomunal incompetencia, que dilapidó el decisivo capital político que en 2002 y 2003 era mayoritariamente proclive a la revocación.
Y esa criminal conducta produjo una gran propensión a abstenerse el 31 de octubre de 2004 y el 7 de agosto de 2005, cuando enormes contingentes de electores aceptaron la tesis «indiscutible» del fraude. ¿A quién benefició tan suicida, tan estúpida e irresponsable estrategia? Al gobierno, naturalmente, a quien le conviene que sus opositores juren que el CNE es tramposo, porque tal cosa les desanima para votar.
Ahora viene el 4 de diciembre. Aun si la oposición perdiera esa batalla, no por esto habría perdido la decisiva. Aquí se escribió hace mes y medio: «Pero las guerras no son una única batalla, sino una serie de varias, y un error estratégico gravísimo es confundir alguna batalla, por más importante que sea, con la última o definitiva. Por más crucialidad que pueda tener el tema de la reforma constitucional en la Asamblea Nacional—que se teme declare de una vez el socialismo del siglo XXI y la RBSS (República Bolivariana Socialista Soviética)—convendría al liderazgo opositor pasearse por el siguiente hecho: ni una mera enmienda, ni tampoco una reforma constitucional, tendrían vigencia hasta que no lo estableciera así un referendo aprobatorio. (Artículos 341 y 344 de la Constitución). La instancia verdaderamente final y definitiva sería ese referendo, independientemente de la calificación mayoritaria que pudiera alcanzar el gobierno. La batalla crucial se daría, no en el Capitolio, sino en el terreno de los Electores». (Carta Semanal #151 de doctorpolítico, del 29 de septiembre de 2005).
No tienen razón quienes llaman a la abstención o predican una panacea 350 que se asienta en la Constitución para luego desconocerla, inconsistentemente, con un «consejo de regencia» cívico-militar. Quienes escuchan la necia prédica abstencionista pudieran considerar las siguientes cosas: primera, aunque sólo hubiera posibilidad de poner una íngrima voz en la Asamblea Nacional habría que intentarlo; segunda, aunque hubiera trampa, se perderían menos votos con un fraude que con una abstención, con la que se pierde todo; tercera, si hubiera una mayoría que es desconocida fraudulentamente, la fuerza y evidencia del hecho derrotaría la trampa, como ocurrió en Ucrania. Una verdadera mayoría se impondría. Lo que hay que hacer es hablar con los electores y conquistar su voto. Para esto no basta ser persuasivo; es preciso ser convincente.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 10, 2005 | LEA, Política |

El cardenal Castillo Lara no se quedó con la advertencia de Monseñor Urosa, quien pareció referirse a sus recientes actuaciones políticas al sentenciar la semana pasada: «Los sacerdotes, sea cual sea nuestro rango, no debemos participar en ninguna parcialidad política, aunque tengamos nuestras simpatías». Aludiendo a doctrina vaticana respondió: «El Concilio Vaticano Segundo dice claramente que siempre y en todo caso tiene la Iglesia derecho a predicar la fe y a ejercitar su misión, juzgando también las cosas que se refieren al orden político cuando ello sea exigido por los derechos fundamentales de las personas y por la salvación de las almas».
El problema es que el cardenal ha ido más allá del juicio de cosas que se refieren al orden político—sobre la base de que esto sería exigido por los derechos fundamentales de las personas venezolanas—hasta la prescripción de acciones específicas, como su recomendación de acogerse al artículo 350 de la Constitución. Es allí donde cruza la raya.
No es que el cardenal no tenga pleno derecho, en tanto ciudadano, a asumir una posición política y ser, incluso, activista de su causa. El punto es que entonces no puede serlo en tanto sacerdote, y no puede entonces aducir a favor de la causa el juicio o la doctrina de la iglesia. Eso es lo que claramente le ha dicho la Conferencia Episcopal Venezolana: que por muy respetado que sea, cuando anda en los menesteres que anda no habla por la iglesia.
Todo el mundo sabe, evidentemente, que la iglesia no se conforma con tan canónica asepsia. Son innumerables los ejemplos de intervención eclesial—algunos precisarían: de eclesiásticos—en muy terrenos asuntos políticos, y bastante más allá de unas declaraciones a la prensa o una alocución ante un grupo. Tal cosa ocurre, por otro lado, desde bandos enfrentados. Así como hubo Castillo Lara y Velasco, ha habido Leonardo Boff y Ernesto Cardenal.
Lo cierto es que la coincidencia de la Conferencia Episcopal, el Nuncio Apostólico y ahora el Arzobispo de Caracas, parece confirmar que la iglesia católica venezolana no quiere—ni tampoco la Santa Sede—seguir una línea de confrontación con el gobierno de Chávez. Allá el ciudadano Castillo Lara con sus cosas.
Por cosas parecidas Bolívar, el que Chávez desconoce, no quería que los militares fueran deliberantes. Y como los militares, los eclesiásticos tienen demasiada fuerza a su favor. Los antiguos bellatores, los señores de la guerra, la mayor capacidad de violencia; los oratores ciertos graves poderes divinos, como el anatema. La política común debiera ser incumbencia de los laboratores.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 3, 2005 | LEA, Política |

El Arzobispo de Caracas no es la cabeza de la iglesia católica venezolana, aunque sí el más prestigioso, una suerte de primus inter pares, dado que cada obispo manda sobre su propio rebaño. Ni siquiera la Conferencia Episcopal de Venezuela manda efectivamente en el ámbito episcopal de las distintas diócesis y arquidiócesis del país.
El nuevo arzobispo caraqueño, Monseñor Jorge Urosa Savino, ha ido a hacer una visita de cortesía al presidente Chávez, poco antes de asumir su nueva función y su nueva grey. (El próximo sábado en acto solemne a realizarse en la Catedral de Caracas). Su preocupación fundamental: procurar la tranquilidad de los venezolanos.
La conversación entre ambos líderes consideró una mejor participación eclesiástica en los programas sociales del país. A este respecto Monseñor Urosa resaltó la experiencia de los sacerdotes y las monjas católicas, sobre todo en las barriadas caraqueñas. La iglesia católica de Venezuela tiene una larga trayectoria, nada despreciable, en estos menesteres. Igualmente, expresó su opinión acerca de los «muchos» puntos de encuentro entre el gobierno y la iglesia, así como aseguró que la actitud gubernamental y la de la institución a la que pertenece es la misma: buscar el entendimiento y la armonía, a pesar de «ciertas dificultades» que haya habido.
Pero no podía escapar a la curiosidad de los reporteros, a quienes declaró a la salida de la entrevista, la reciente notoriedad política del cardenal Rosalio Castillo Lara, quien se ha cuadrado con los proponentes de una desobediencia civil predicada sobre el mandato del artículo 350 de la Constitución. Urosa eludió la referencia específica, limitándose a expresar su afecto por el militante prelado. No dejó de añadir, sin embargo, una admonición de corte general: «Los sacerdotes, sea cual sea nuestro rango, no debemos participar en ninguna parcialidad política, aunque tengamos nuestras simpatías».
Más claro no canta un gallo; ni siquiera un cardenal, que es ave de agradable trino.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 27, 2005 | LEA, Política |

¿Quién, entre los venezolanos, pudiera no celebrar el triunfo maravilloso de los Medias Blancas de Chicago dirigidos por Oswaldo José Guillén Barrios? ¿Quién entre nosotros pudiera no sentir orgullo por el magistral lanzador venezolano Freddy García, sobre cuya labor bastó una íngrima carrera para que el equipo de Alfonso Carrasquel se proclamara campeón mundial del béisbol de este año 2005?
La noche de anoche fue verdaderamente memorable: un manager venezolano condujo a su equipo a lo largo de toda la campaña, hasta coronar el esfuerzo con el máximo campeonato. Nunca habíamos visto nada así, ni siquiera porque desde Carrasquelito el país no ha cesado de llenar el firmamento de «la gran carpa» con innumerables estrellas.
Pero no fue sólo el triunfo patiblanco lo que hizo esa noche algo especialísimo, pues también la más rara nobleza le impuso su sello a la extraordinaria velada deportiva. Guillén, por ejemplo, en la primera entrevista que concediera tras el éxito definitivo, declaró con magnanimidad: «Si quieren echar a alguien la culpa de cuando perdimos búsquenme a mí; el triunfo lo lograron los jugadores».
Y ¿qué decir de los peloteros del equipo derrotado? En una lección insólita también celebraron en el campo, junto a los campeones, mientras los aficionados de Tejas les agradecían, sin moverse del estadio, el esfuerzo y la estimulante experiencia. («Thanks for the ride», rezaba un cartel improvisado por algún tejano). No creo que haya memoria de un comportamiento tan inusual. En lugar de sumirse en la depresión, los Astros manifestaron la alegría de haber dado lo mejor de sí y de saberse tan buenos como sus victimarios.
Lo que resuena perfectamente con una cuña que desde hace pocos días se repite en la televisión venezolana: una pieza de las Empresas Polar en honor de nuestra divisa vino tinto, al término de su esperanza de participar en el próximo mundial de fútbol. Y dice: «No perdimos. Ganamos. Gracias, Vino Tinto, porque ganamos una pasión».
Nada más justo. Antes de la labor de la Vino Tinto, de los muchachos de Richard Páez, nunca estuvimos en el mapa del fútbol mundial. ¿Quién hubiera creído antes que algún día daríamos tres goles contra cero a la venerable agrupación uruguaya en su propio terreno? Gracias a las Empresas Polar, al creativo publicitario que haya creado el concepto, a quien sea que haya tenido la idea, por hacernos rebotar hacia arriba.
¿No hay en esto una moraleja buena para la política?
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