por Luis Enrique Alcalá | Abr 1, 2004 | LEA, Política |

Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica (2265): «La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad».
Antes había dicho Polibio (siglo II antes de Cristo): «Yo admito que la guerra es cosa terrible, pero no creo que haya que soportar cualquier afrenta con tal de no hacerla».
Estas doctrinas forman parte de la nutrida discusión histórica sobre la noción de la guerra justa, que ha estimulado a las mejores mentes de la humanidad a la consideración de tan difícil materia. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, insertó en su Suma Teológica las tres especificaciones fundamentales de una guerra que pudiera ser tenida por justa acción.
Una guerra justa debe ser emprendida, naturalmente, por una causa justa. Esto es, la finalidad de suprimir una agresión grave y continuada en contra de una comunidad. Tratadistas posteriores a Santo Tomás desdoblaron la condición de causa justa en tres subcondiciones. (Principio de proporcionalidad, último recurso y posibilidad de éxito). En esencia, la guerra a emprender debe emplearse sólo después de haberse agotado todas las instancias pacíficas, debe contar con alta probabilidad de ser exitosa y no puede excederse en el empleo de los medios necesarios en función de la situación concreta. (Dice Gino Bianchetti: «La guerra justa es en la que existe una razonable posibilidad de ganar, de lo contrario no se obtiene nada al imponer los males de la guerra a la nación. Es necesario tener en cuenta, que dados los innumerables elementos no predecibles de la guerra, no es necesario que las posi! bilidades de éxito igualen a la certeza moral»).
La segunda condición tomista es la recta intención. El gran Doctor de la Iglesia exigía una finalidad clara que buscase establecer el bien o evitar el mal. Antes que él San Agustín había señalado: «…el deseo de dañar, la crueldad de la venganza, un ánimo implacable, enemigo de toda paz, el furor de las represalias, la pasión de la dominación y todos los sentimientos semejantes; he aquí el justo título que merece ser condenado en la guerra».
Pero la primera de las condiciones estipuladas por Santo Tomás es la de la autoridad legítima. Es decir, no todo el mundo tiene títulos para emprender la guerra. En particular, no es éste asunto de actores privados. El general Baduel, por ejemplo, o el llamado «Bloque Democrático», no son titulares de ese derecho ni responsables de este deber.
Ante la autoridad cada vez más ilegítima del gobierno, quien puede considerar que debe combatirle, aun con la guerra, con toda justicia, es la única y suprema autoridad del Poder Constituyente Originario. Y esto, en todo caso, sólo después de haber agotado todos los cauces pacíficos disponibles. Primero habrá que apurar hasta la última gota los recipientes electorales y tribunalicios. O un procedimiento de abolición.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 11, 2004 | LEA, Política |

Los dispositivos de defensa en la práctica del fútbol adoptan básicamente una de dos configuraciones: la llamada marcación o defensa de zonas, por la que se asigna a cada jugador la responsabilidad de cubrir un determinado territorio del campo de juego, o la usualmente más eficaz marcación de hombre por hombre. Cannavaro marcando a Del Piero en la liga italiana, o el azul grana Pujol en la marca del merengue Ronaldo, por ejemplo.
En el fragor de la presente lucha política nacional pareciera que los opositores al gobierno han optado por una marcación de zona. Todo el mundo se mete con todo el mundo. Así, todos criticamos a Chávez, a Rangel, a Cabello, a García Carneiro. Cada uno de nosotros se siente en la obligación genérica de marcar todo el terreno, y así debe ocuparse de todo el mundo, desde el progenitor de Chávez hasta Lina Ron. De Marta Colomina, por poner un caso, puede decirse que se ha multiplicado en la cancha.
Tal vez valga la pena intentar ahora una marcación hombre a hombre. Esto es, la Coordinadora Democrática pudiera asignar una persona—o un compacto equipo—para la marcación especializada a Mundaraín, otra distinta para acosar sin tregua a Chacón, una distinta a Rincón, otra más a Isaías Rodríguez.
De este modo, alguien se especializaría—me atrae la idea personalmente—en la marcación política de Rangel padre (el hijo usualmente está en el banco, por inepto), acumularía el dossier más detallado posible sobre su vida y obras (sobre todo de sus expresiones políticas), y no dejaría pasar la más mínima declaración formulada por su boca sin refutarle de inmediato. A conciencia.
Y así con cada uno de los principales jugadores del gobierno. De intención más agresiva que la noción de «shadow cabinet» de los ingleses, este dispositivo permitiría desesperar a los más destacados miembros del sucio equipo gubernamental.
Naturalmente, habrá que esperar traicioneras patadas y procaces codazos de parte de los marcados a nivel personal. Podemos esperar peligro para los marcadores. No importa; la banca de nuestro equipo es considerablemente más profunda y capaz que la exigua plantilla de malhechores del gobierno. Si alguno de nuestros defensores es lesionado, con prontitud pondremos a otro hombre en el campo, exactamente con la misma misión: a marcar a Barreto, o al sub 20 de Tarek.
Esto debe hacerse abiertamente. Que todo el mundo lo sepa. Que, especialmente, Carrasquero sepa que su némesis personal lo acompañará como una garrapata incansable adonde quiera que pretenda moverse. Que así lo sepan Maduro, Lara y García.
Quizás, incluso, no se necesite siquiera una decisión formal de la Coordinadora para esto. El enjambre ciudadano, avisado de la estrategia, pudiera producir de forma espontánea los marcadores tácticos necesarios. Que cada quien escoja y fije obsesivamente su propio blanco. Fuego a discreción.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 19, 2004 | LEA, Política |

Cuando Simón Bolívar se encontraba dos veces fracasado en 1815 pidió ayuda, que nunca obtuvo, a los Estados Unidos e Inglaterra. No la obtuvo, aunque luego expedicionarios británicos dejaran sangre en Carabobo y los hijos de Washington testimoniaran su admiración por él. Tal vez los catires creyeron que sería echar real en saco roto. Lo cierto es que una minúscula y naciente república, la patria de Aristide, proporcionó la base de un tercer intento y un tercer fracaso. Bolívar debió regresar a Haití, para volver a Venezuela en 1817 con el arranque de su triunfal y sorprendente tramo, cuyo punto final fue el último fracaso del desmembramiento.
La admiración sajona por Bolívar es más reciente que 1815, cuando la que existiera no fue suficiente para sufragarlo entonces. La Enciclopedia Británica se siente obligada a admitir al comienzo de su artículo sobre el héroe: «…es considerado por muchos como el más grande genio que el mundo hispanoamericano ha producido». Y añade esa enciclopedia norteamericana que se llama Británica: «Hay pocas figuras de la historia europea y ninguna en la historia de los Estados Unidos que desplieguen la rara combinación de fortaleza y debilidad, carácter y temperamento, visión profética y potencia poética que distinguieron a Simón Bolívar». Los gringos reconocen, a pesar de ser tierra de hombres excepcionales, que en toda su existencia no han parido un par de nuestro Libertador. Es difícil conseguir de nadie mejor homenaje.
Bolívar admiró al Norte, sin dejar de recelarle. Admiró sus instituciones y las inglesas, a las que consideraba las más perfectas. Y Bolívar no hubiera rechazado su ayuda, puesto que fue en su busca. ¿Qué tendría de particular que los patriotas venezolanos de 2004 quisiéramos recibir ayuda de los Estados Unidos? Sólo toca a nosotros no aceptar la que pudiera ser indigna, y son nuestras más dignas instituciones las que un presidente que se dice bolivariano pretende poner en la picota.
Hugo el Inquisidor pretende tener autoridad moral para negar a quienes hoy luchan por nuestros derechos humanos, por nuestra libertad, por nuestra soberanía. Hugo Torquemada nos cuestiona a cada instante. Hugo McCarthy nos condena. ¿Es que tendríamos que amilanarnos por semejante tontería?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 12, 2004 | LEA, Política |
La palabra escenario se ha generalizado, sobre todo, en el lenguaje político. En el sentido usual se entiende por escenario alguna situación futura; en el sentido técnico un escenario se considera incompleto si no existe especificación de la secuencia de pasos que llevan de la situación actual hasta la futura. Es en este sentido que describimos aquí un escenario, que por supuesto no ignora la existencia de una multiplicidad de otros escenarios factibles.
Tiene que ver con iniciativa de esta publicación en su anterior entrega, cuando decíamos: «Desde que comenzó el actual período constitucional el aparato público venezolano cuenta con la innovación de la figura del Vicepresidente Ejecutivo de la República. Comoquiera que pudiéramos estar ante una inminente elección presidencial, y ésta involucrará con toda seguridad un cambio de Vicepresidente, conviene refrescar cuáles son las atribuciones de este peculiar funcionario
tal vez un desplazamiento de la atención hacia la figura del Vicepresidente contribuya a destrancar el juego por los predios de la oposición institucionalizada en la Coordinadora Democrática. Tanto porque pudiera generarse más consenso sobre el Vicepresidente que sobre el Presidente, como porque, en efecto, las capacidades de un Vicepresidente moderno pudieran compensar un perfil más convencional en el Presidente
El número uno es importante, ciertamente, pero pudiera ser que la clave del momento estuviese en encontrar un acertado número dos».
El escenario parte de lo siguiente: en pocos días más, aun con un retraso que exceda el Día de los Enamorados, el Consejo Nacional Electoral procederá a convocar, con tiempo suficiente para que se escenifique antes del 19 de agosto, un referendo revocatorio del mandato del Presidente de la República.
Por estas fechas habrá culminado para Súmate el compromiso más importante de su exitosa trayectoria cívica, bajando así la presión sobre María Corina Machado y Parisca. Su nombre pudiera entonces asomarse como magnífica opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República. Vistas las atribuciones constitucionales de este cargo, podríamos estar muy tranquilos si en un futuro próximo la Vicepresidencia pasara a manos de la ingeniera Machado, joven, moderna, independiente, seria, eficiente, responsable, tenaz y serena. Cualquier Presidente de la República contaría en ella con una Vicepresidenta de lujo. Tanto es así que su designación en el puesto pudiera ser objeto de acuerdo preelectoral de los que pretendan la Presidencia de la República. He allí un pacto sencillo.
La figura de María Corina Machado refrescaría de inmediato el tráfico político nacional. Una mujer joven, carismática, profesional, que ha dirigido la organización ancla de la sociedad civil con gran tino, eficacia y equilibrio, con imparcialidad que quisiera para sí el CNE, sería una contrafigura ideal a la perniciosa gestión de José Vicente Rangel, y probablemente crearía entusiasmo y un foco positivo hacia el futuro, cosa que nuestros nobles «Ni-ni» esperan con angustia.
Si llegare a ser ineludible que unas elecciones primarias fuesen la instancia que determinaría un candidato unitario a la Presidencia, todavía Súmate podría ser el organizador indicado del evento (preferible a la Coordinadora Democrática) aun cuando la ingeniera Machado ya estuviese en lides vicepresidenciales, pues Súmate ha sido por su buen criterio una organización que no depende para subsistir de su excelente gerencia. Veinte ediciones atrás (Nº 53, 11 de septiembre de 2003) esta carta adelantaba: «
allí está Súmate, lista, técnicamente suficiente, claramente imparcial, para organizar esas primarias. Después del segundo y último firmazo, ésa será la tarea que le tocará realizar. A Súmate, todo nuestro apoyo».
En todo caso, María Corina Machado puede ser un brillante número dos, que daría un benéfico impulso y una oxigenación inestimable a un proyecto político de transición con alto grado de consenso.
La Presidencia es otra cosa. En nuestro criterio, dentro de la lista informal de candidatos que se manejan para la presidencia de transición, Teodoro Petkoff sería probablemente la opción preferible. Con suficiente experiencia política, hoy independiente, con carácter y energía suficientes, Petkoff es un presidente con quien todos podríamos vivir, incluso los chavistas.
Estatura de estadista tiene, ciertamente, y experiencia concreta de gobierno, a la que aportó además de su trayectoria política su formación de economista. No es esta condición algo que pueden exhibir, por mencionar algunos casos, Américo Martín, Alejandro Armas, Cecilia Sosa, Manuel Cova o Alberto Quirós Corradi, aunque este último puede mostrar indudable capacidad ejecutiva.
Pero aquí se trata no sólo de gerenciar, sino de proveer una visión de Estado. Acoplado este capital a los evidentes talentos de la directora de Súmate, Petkoff y Machado pueden convertirse en dupla invencible. Anunciada con anterioridad al revocatorio mismo puede generar entusiasmo suficiente como para compensar la tendencia a la abstención en un importante segmento de Electores.
El CNE pudiera objetar que se hiciese campaña para la Presidencia, pues no hay aún resultado revocatorio y por ende no hay seguridad de elecciones presidenciales posteriores. Pero ¿cómo podría objetar una campaña centrada en la Vicepresidencia Ejecutiva de la República cuando este cargo no está sujeto a elección y por tanto sale de su ámbito?
La secuencia completa del escenario: convocatoria a referendo revocatorio, emergencia de María Corina Machado como candidata de consenso a la Vicepresidencia, campaña de futuro centrada en ella, obtención de un candidato unitario idóneo para la Presidencia (ojalá por primarias, ojalá Petkoff), revocación del mandato presidencial, cierre del período constitucional en magníficas manos. Inshallah. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 29, 2004 | LEA, Política |

La angustia se elevó por los cielos en los últimos días en Venezuela. Los acontecimientos del CNE dominaron los corazones y espíritus sensitivos olfatearon la posibilidad de una guerra civil a la vuelta de la esquina, tal era el desasosiego y la claustrofobia social. (Y la prédica de algunos actores que volvieron por sus fueros, exponiendo que sólo quedarían salidas de fuerza).
La sensación, en algunos, fue la que experimentaría un viajero en el interior de una larga caverna, y que mientras transita a gatas por un pasaje particularmente estrecho, tropieza todavía con una piedra que le corta en la pierna. El descontrol se apodera de él y se desespera y entra en una espiral viciosa que le oprime todavía más. La OEA había venido a decir que necesitaba acceso a dos áreas, control de calidad y comité técnico superior, y la decisión sobre su petición estaba aún en suspenso cuando Ezequiel Zamora declaró la emergencia. Había descubierto una mina enterrada en el piso y alertó públicamente del hecho. Esta fue la piedra que produjo la sangre.
Pero la verdad es que la diligente vigilancia y oportuna denuncia de Zamora logró restañar la herida a tiempo, y Francisco Carrasquero debió dar las instrucciones que corrigieran el abuso de un funcionario chavista en el CNE. Se perdió algo de sangre, posiblemente. Unas pocas firmas, tal vez, habrán sido invalidadas, al menos temporalmente, pero esa hemorragia pudo ser controlada. En esta trampa los cazamos.
Claro que en medicina se conoce la condición de «hemorragia por capas», lo que quiere decir que los médicos pueden afirmar que habrá nuevas hemorragias, pero no predecir cuándo y dónde. La vigilancia no puede cesar; menos después de la demostración de puertas cerradas del viernes. El sendero del revocatorio transita sobre terreno minado.
Entretanto, continúa operando el Estado subtotalitario, el que puede decir que no ha cerrado ningún canal de televisión—mientras el 23 de enero el Ministro de Infraestructura encabeza, con pañuelo de «tupamaro» al cuello, sobre poderosa motocicleta, una caravana frente a Globovisión. O continúa la presión de «pitbulls» que no cejan sobre Alfonso Martínez o se autoriza a la Asamblea a aprobar la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia por mayoría simple. Etcétera.
También trajo sosiego la providencial presencia de Carter, sin la menor duda. Chávez tuvo que admitir, en público, la petición de Jaramillo y el ex presidente norteamericano pudo declarar que no veía asomo de fraude por ninguna parte.
Alguien, entonces, está en campaña. (La «Misión Cristo»—pobreza cero en 2021—no es un anuncio de campaña por la alcaldía de Puerto Cumarebo, sino por la jefatura del Estado). La campaña del revocatorio es, en el fondo, una campaña presidencial con un solo candidato, y por esto es preciso encontrar «una contrafigura de Chávez, aunque esa figura no vaya a ser candidato». (Fórmula de Alfredo Keller, junio de 1998).
Demasiada gente determinará su participación en el revocatorio según pueda ser convencida por la hipotética contrafigura. Es la hora de la «Operación Diógenes»: Hay que encontrar, pronto, a esa persona.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 27, 2003 | LEA, Política |

No hay leyes para Hugo Chávez. No hay normas para él. A pesar de mencionarlas a cada rato, a pesar de que su acusación fundamental contra los que dice son sus enemigos es que violan las leyes que él mismo pisotea.
Anoche otra de sus notas de suicidio, otra de sus cadenas, constituyó una violación flagrante de las normas dictadas por el Consejo Nacional Electoral sobre propaganda. Anoche volvió a intentar su amedrentamiento, repitiendo por enésima vez que los que firmen para solicitar un referendo revocatorio de su mandato «en realidad» firman contra la patria, y que sus nombres, sus firmas y, sobre todo, sus huellas dactilares, quedarán registrados para la posteridad, para que la historia les cobre la infamia.
No hacía nada que El Nacional registraba un diálogo telefónico y televisado entre él y Teodoro Petkoff, quien visitaba el Canal 8 de Venezolana de Televisión para ser entrevistado por Vladimir Villegas, presidente de esa televisora «pública». Petkoff pareció creer que Hugo Chávez podría dejarse convencer por sus argumentos, entre los que estaba la siguiente línea de hábil razonamiento: «Tú te alzaste en el 92. Tú te alzaste con el gobierno constituido, tuviste tus razones, estuviste preso, pagaste tu prisión, saliste, construiste un partido y ganaste las elecciones. Ahora, no se puede, toda la vida, estar con que Hugo Chávez el golpista, el hombre que se alzó, que desconoció las instituciones. No chico, eso fue un episodio de la vida del país, como fue un episodio la violencia de los sesenta, como fue un episodio el golpe de abril».
Petkoff intentaba así enredar a Chávez para que admitiera que si se le había «perdonado» al presidente su intentona del 4 de febrero de 1992, y a él mismo sus intervenciones violentas en los años sesenta, entonces había que perdonar a los «golpistas» de abril de 2003. Lo que habría que hacer, según Petkoff, es borrón y cuenta nueva, «mirar hacia delante».
Pero es que este argumento no funciona con Chávez, pues este señor no cree que fue un error su alzamiento de 1992. Por lo contrario, lo glorifica como gesta magnífica, lo celebra todos los años. Chávez no muestra el menor arrepentimiento por su abuso de 1992, y donde puede lo presenta como acto digno y heroico.
Hay, además, otro problema con el argumento de Petkoff: que pareciera que alzarse contra los poderes constitucionalmente establecidos, que emplear las armas y la violencia para imponer un determinado criterio político no es algo demasiado grave. Me alcé y ya está, ya pasó. No me sigan sacando eso, por favor, toda la vida.
La impunidad a este respecto es un refuerzo para que continúen intentándose acciones de ese tipo, para que se entienda que pocas cosas serían tan rentables políticamente como el abuso de fuerza. Chávez y sus compañeros de aquella madrugada criminal de febrero de 1992 han debido pagar la condena exacta que nuestras leyes prevén en materia de rebelión, leyes que debiéramos reformar para incluir la inhabilitación política de por vida a quien cometa tan grave delito. Nunca debió su causa ser sobreseída, porque de ese modo se anunciaba que esas cosas son peccata minuta, cosas sin importancia, gajes del oficio. Sobre todo si, como en el caso de Chávez, o el de Arias Cárdenas, si a ver vamos, los golpistas pretenden que se les reconozca como próceres, en lugar de arrepentirse de su abuso.
Menos mal que, casi al final, Petkoff hizo una salvedad: «Pero después, hay una parte de gente—que nunca cometió errores, por cierto, que estuvieron en desacuerdo con las opciones golpistas y las aventuras—que ha tratado de imponer y ha impuesto la agenda democrática. Esa gente no puede seguir siendo llamada golpista, traidores. Esto no tiene ningún sentido».
Esa «parte de gente» es nada menos que la inmensa mayoría de los que adversamos a Chávez. Los que estamos siendo llamados traidores por Chávez, porque en lugar de un fusil FAL blandimos un bolígrafo para solicitar un referendo revocatorio. El mismo Petkoff tuvo que admitir después desde su periódico que su prédica encontró en Chávez oídos sordos, en muy molesto texto publicado en el periódico que dirige. Es bueno que, por fin, una voz tan influyente y bien intencionada como la de Petkoff haya terminado de entender que Chávez es incapaz de diálogo, incapaz de rectificación, incapaz de democracia.
LEA
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