LEA #42

LEA

Después de que el ya famoso sargento técnico de destacado apellido indígena se refiriese a Fidel Castro como su «Comandante en Jefe» (Aló Presidente Nº 154 del 22 de junio) parecieran haberse abierto las compuertas de fallidos actos freudianos en relación con Cuba.

El caso del muy fallido acto de transmisión de los muy extraños actos del 24 de junio en el Campo de Carabobo—de los que se ha afirmado que contaron con la presencia de cubanos entre quienes desfilaban, aunque tal vez sólo eran enviados de Fidel algunos entre los guardaespaldas que en profuso número protegían a un presidente que antes se vanagloriaba de su libre contacto con el pueblo—fue complementado con el acto fallido de las palabras presidenciales que amenazaban con, no una, sino dos de las abusivas y aburridas cadenas de radio y televisión impuestas arbitrariamente por el gobierno, como modo de resarcirnos porque nos hubiéramos perdido la imprescindible transmisión del enésimo acto militar del aberrante período chavista.

«Y si hiciera falta en la noche otra cadena más, para que el pueblo todo vea cómo sus soldados están entrenados, alegres, dichosos, unidos más que nunca en nuestra historia, desde aquí con Bolívar al frente importando la nueva independencia venezolana», dijo Hugo Chávez Frías.

¿De dónde es que estamos importando una nueva independencia? ¿O es que Chávez, en un cuidadoso truco de provocación, empleó intencionalmente el gerundio «importando» en una acepción distinta para que pisáramos la proverbial cáscara de mango?

El Diccionario de la Real Academia Española—y no es que necesariamente Chávez acate la autoridad de este instrumento, pues seguramente preferiría un diccionario de la Social Academia Cubana—nos provee cuatro posibilidades.

La primera acepción de «importar» es la siguiente: «Convenir, interesar, hacer al caso, ser de mucha entidad o consecuencia». El diccionario aclara que en este caso el verbo es intransitivo; esto es, que no puede llevar complemento directo sobre el que recaiga la acción definida del verbo. Esta última observación no es otra cosa, dirá Chávez, que una sutileza gramatical sin importancia: «Yo lo que quise decir era que los soldados del pueblo, junto con Bolívar, convenían, interesaban, hacían al caso o son de mucha entidad y consecuencia a la nueva independencia de Venezuela».

Pero tal vez no sea eso lo que realmente quiso dar a entender el orador del caserío Los Rastrojos. La segunda acepción reconocida por la academia peninsular es ésta: «Hablando del precio de las cosas, valer o llegar a tal cantidad la cosa comprada o ajustada». En este caso, Chávez habría querido decir algo como que «la nueva independencia» tiene como precio a Bolívar y los soldados aludidos. Que para adquirirla es preciso desembolsar los sagrados restos del Panteón Nacional y los soldados que una falla técnica—sabotaje, seguramente—impidió mostrar en todo su patriótico esplendor.

Pero es que todavía hay un tercer posible significado. Tercera acepción: «Llevar consigo, incluir. IMPORTAR necesidad, violencia». (Los ejemplos tras las mayúsculas, así como las cursivas, son provistos por el DRAE. El autor de este análisis filológico no tuvo que ver con su selección). Si ésta fuese la acepción en la intención del orador, entonces uno debiera entender al vice Comandante en Jefe—dado ya que Castro es el número uno—como queriendo decir que los soldados del accidentado y marginante desfile—y por supuesto Bolívar—traen consigo, o incluyen, una segunda independencia para los venezolanos.

Y así llegamos al final. Cuarta y última acepción: «Introducir en un país géneros, artículos, costumbres o juegos extranjeros». Y esta vez el DRAE no provee instancias, por lo que tendremos nosotros que imaginar cuáles ejemplos serían pertinentes. Ya que se menciona juegos extranjeros ¿se refería Chávez a la importación, para exhibirlo, del bate quebrado y relleno de corcho de Sammy Sosa? ¿O se trata de costumbres, como la de fusilar, tras revolucionarios juicios sumarísimos, a quienes secuestren unidades de transporte para escapar a una opresión? ¿Se trata de importar artículos tales como guayaberas, o los géneros textiles empleados en su confección?

Finalmente, Chávez ha podido desplegar en tan admirable trozo de elocuente oratoria, toda su polimatía para obsequiarnos los cuatro significados de un solo trancazo. Me inclino a pensar, sin embargo, que es sólo la última acepción la empleada por el antiguo Comandante en Jefe. Para esto echo mano, tal vez con extrapolación exagerada, de una clave posiblemente monetaria en la oralidad presidencial. Se trata de recordar que Chávez no escribió las palabras analizadas; simplemente las dijo. El lenguaje oral no contiene la identificación de mayúsculas o minúsculas en las palabras y por tanto el divorciado (retirado) teniente coronel ha podido decir en realidad: «desde aquí con bolívar al frente importando la nueva independencia venezolana». Es decir, simplemente que pagaremos con nuestro maxidevaluado signo monetario. LEA

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LEA #37

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No es cierto que el referendo revocatorio sea, como se afirma con frecuencia, la única salida constitucional y democrática que quedaría para obtener la salida de Chávez del poder. Puede que ese referendo sea el único recurso previsto por la Constitución de 1999, pero este texto no agota—ni ningún otro texto constitucional concreto, existente o por existir—lo que es constitucional.

En especial, la Constitución de 1999 no contiene lo que es más fundamental en el reino de lo constitucional: la supraconstitucionalidad misma del Pueblo cuando se expresa válidamente como poder constituyente originario. (Decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 sobre recurso de interpretación del artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política: a. el poder constituyente originario no está limitado por la Constitución, que sólo limita al poder constituido; b. el poder constituyente originario es supraconstitucional; c. no todo lo constitucional está contenido en la Constitución).

Es decir, hay solución constitucional al problema Chávez que no está contemplada en el texto de 1999. Ella no es otra cosa que un decreto de abolición—el perfecto término «decreto» me fue ofrecido por interesante persona que acabo de conocer—por el que el Soberano, constituido por la mayoría de los venezolanos con plenos derechos políticos, pone término al régimen presidido por Chávez Frías.

En uso de su poder, el Soberano puede ordenar a la Fuerza Armada Nacional que desconozca el mando de Chávez y garantice el abandono por el mismo de todo poder o privilegio atribuido constitucionalmente al Presidente de la República. Y es lo más seguro que Chávez, que por otra parte obstaculizará el referendo revocatorio haciéndolo ejercicio de resultado incierto o diferido ad calendas grecas, necesitará ese empujoncito. Lo que diferencia al decreto de abolición de un golpe de Estado es que es ordenado democráticamente, en el más democrático de todos los ejercicios.

El decreto de abolición no depende del Consejo Nacional Electoral, puesto que el poder constituyente originario es poder muy superior al poder constituido electoral y, por otra parte, no se trata de una elección ni de un referendo. Poco importa, entonces, que el gobierno intente manipular al CNE -o al mismísimo Tribunal Supremo de Justicia. Cuando el verdadero Soberano habla todo poder constituido debe acatarle.

Basta que la mayoría de los venezolanos políticamente hábiles firme el decreto de abolición. Naturalmente, si se cuenta con recursos es posible levantar las firmas en unas pocas jornadas. Pero el asunto ni siquiera depende de esto, como tampoco de fechas u oportunidades, dado que puede darse en el instante que el Soberano lo decida. La acumulación de las firmas necesarias puede ocurrir aluvionalmente, todas impuestas sobre un texto común, único, idéntico. Los mismos ciudadanos, reunidos en grupos o asambleas por todo el país, en multiplicados enjambres de imposible control por el gobierno, podemos ir preparando la definitiva expresión de nuestra voluntad.

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LEA #35

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A distancia los expertos, que son de gran utilidad cuando operan en el sitio necesario, pueden llegar a ser impertinentes, altamente ineficaces y hasta dañinos. Hace unos años ya que debí disgustarme con un médico admirable—internista y endocrinólogo—porque insistía en diagnosticar a un pariente por teléfono sin examinarlo. Su justificada confianza en su excelencia profesional le llevó a transmitir su dictamen—a la postre resultó equivocado—sobre la base de información imperfectamente transmitida por las líneas de CANTV.

Algo así ocurre en el caso de la profesora Emma Brossard, autora (2001) del libro Power and Petroleum: Venezuela and Cuba. La profesora Brossard fue, por otra parte, asesora de la Presidencia de PDVSA entre 1985 y 1994.

En artículo escrito en Estados Unidos y publicado en la Internet, Brossard acusa a las transnacionales Exxon/Mobil y Shell en los términos siguientes: «Hoy vemos a las mismas petroleras que socorrieron a los comunistas rusos y permitieron la consolidación de la Unión Soviética ayudando al nuevo enemigo de Estados Unidos (y de Venezuela): Hugo Chávez».

De lo que se acusa a las petroleras extranjeras es de rompehuelgas, de esquiroles. La sagrada misión de los ex empleados petroleros venezolanos—parar la primera industria venezolana para ver si Chávez caía—habría sido boicoteada en reciente esfuerzo de apoyo desde el exterior, pues una oleada reciente de técnicos de ambas empresas habría venido en ayuda del déspota.

Así, escribe Brossard: «El domingo 27 de abril ocurrió una gran explosión e incendio en la planta de hidrodesulfurización de la refinería de Amuay, donde están trabajando técnicos de Exxon. El problema es que Chávez ya no puede culpar de sabotaje a la Gente de Petróleo y seguramente sus nuevos chivos expiatorios serán los técnicos de Exxon y de las demás multinacionales petroleras que corrieron a ayudarle».

La verdad es otra, y mucho más simple. Los técnicos extranjeros visitan rutinariamente el país y asesoran a PDVSA ¡desde hace 27 años!

A raíz de la nacionalización de la industria petrolera venezolana, las operadoras subsidiarias—Lagovén, Maravén, Corpovén, Menevén, etc.—se preocuparon por asegurarse el apoyo tecnológico de sus anteriores casas matrices (Lagovén de Exxon, Maravén de Shell, Corpovén de Mobil, Menevén de Gulf, y así sucesivamente).

En el caso específico de Exxon, por ejemplo, priva un contrato de soporte tecnológico para una unidad específica dentro de la gran refinería de Amuay: su unidad de flexicoking, que opera, por otra parte, sobre tecnología propiedad de Exxon bajo licencia a favor de PDVSA. (Antes, en concreto, a favor de Lagovén).

La presencia de técnicos de Exxon en Amuay, por tanto, es rutinaria, consuetudinaria, habitual y contractual desde hace casi tres décadas, y no obedece a una posición política adoptada por la empresa a favor del gobierno chavista.

En cierta ocasión el agudo sociólogo Antonio Cova era objeto de una entrevista radial. Mi antiguo profesor quería destacar con un ejemplo el hábito periodístico de la exageración. Decía Cova: «Supongamos que se rompe una tubería de agua en alguna calle caraqueña y comienza a manar agua del tubo roto. El problema exacto y objetivo es el siguiente: agua mana de tubo. Pero ¿cómo titularía un diario típico la noticia? ¿Se conformaría con registrar que agua mana de tubo? No, jamás. Hay que titular así: ¡Caos urbano!»

En la defensa—discutible por lo demás—de la sabiduría del paro petrolero que culminó con el inmisericorde despido de veinte mil empleados de nuestra primera industria, es explicable el deseo de atacar al gobierno con cualquier cosa. Pero la gente del petróleo es profesional y precisa. No necesita que desde afuera venga a ayudarle la exageración, que saca de contexto y de proporción correcta lo que es un hecho rutinario y perfectamente normal para convertirlo en una acusación efectista e injusta.

Y conste que no opino, en absoluto, desde la pretensión de ser yo mismo un experto petrolero. Nada estaría más lejos de la verdad. Se trata de que la lucha contra la mentira chavista no debe emprenderse desde una inexactitud de la oposición.

LEA

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