Discurso balsámico

¿Cómo se cura la vergüenza de una ciudad, de un pueblo? Comprometiéndola, comprometiéndolo con un futuro distinto, trasmutando pena en compromiso de amor y de trabajo transformador. La gente de Tucson estaba en el purgatorio, su corazón roto por la tragedia del 8 de enero. Hasta allá fue el Presidente de los Estados Unidos, en compañía del senador John McCain, para curar almas adoloridas que, de algún modo, se sentían culpables. Allá habló a la gente de Tucson, a la de Arizona, a todo su pueblo. Allí indicó el camino y el alivio de la expiación. He aquí el video que recoge sus mágicas palabras (en inglés), sus palabras sabias, necesarias y bienvenidas. Con ellas renace la política buena. LEA

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By the time I get to Tucson

Gabrielle Giffords: blanco de Sarah Palin

 

Constitución de los Estados Unidos – Segunda enmienda

Derecho a portar armas. (Ratificada el 15 de diciembre de 1791).

Siendo necesaria una Milicia bien regulada a la seguridad de un Estado libre, no deberá ser infringido el derecho del pueblo a mantener y portar armas.

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En la sala de cuidados intensivos del Centro Médico de la Universidad de Arizona, en Tucson, una mujer de 40 años, servidora pública, yace en condición crítica. Intervenida quirúrgicamente de emergencia, se encuentra en coma inducido para que su cerebro repose después de una agresión brutal: una bala calibre 9 milímetros, disparada a menos de metro y medio de distancia, atravesó de atrás hacia adelante el hemisferio izquierdo de su cerebro. Por ahora vive, su cráneo desprovisto de una tapa ósea artificialmente separada para moderar el riesgo de inflamación cerebral. Es Gabrielle Giffords, Representante de Arizona en la Cámara Baja del Congreso de los Estados Unidos, recién reelecta para un tercer período luego de un servicio parlamentario admirable.

Otros tuvieron menos suerte. El 8 de enero, un desquiciado joven de 22 años, Jared Lee Loughner, disparó a mansalva una pistola Glock con cargador de treinta proyectiles—comprada legalmente el 30 de noviembre del año pasado—, hiriendo a veinte personas. Seis de ellas murieron: Dorothy Morris, de 76 años; el juez federal John Roll, de 63 años; Dorwan Stoddard, de 76 años, que murió mientras protegía a su esposa; Phyllis Scheck, de 79 años; Gabriel Zimmerman, de 30 años, quien era miembro del equipo de la representante Giffords y estaba comprometido para casarse; Christina Taylor Green, de 9 años, alumna de tercer grado de educación primaria, recién electa al consejo estudiantil de su escuela. Una fotografía de Christina había aparecido en el libro Rostros de esperanza (Faces of Hope: Babies Born on 9/11), pues había nacido el 11 de septiembre de 2001, el día de los ataques hiperterroristas de al Quaeda al Centro Mundial de Comercio.

Christina ya no es un rostro de esperanza

John Roll: el juez asesinado

El factor inmediato de esta irracional matanza fue, sin duda, la esquizofrenia paranoide de Loughner, cuyas extrañas y agresivas conductas han comenzado a conocerse con creciente detalle. Pero es imposible ignorar que la prédica violenta de una parte significativa de la gente republicana y del Tea Party ha proporcionado un telón de fondo pendenciero que, en un país que siempre ha tenido radicales de ambos lados del espectro político—Ku Klux Klan, Black Panthers—(mayormente de la derecha, sin embargo), ha ido en aumento alarmantemente. El ominoso proceso comenzó a hacerse patente en la campaña electoral de 2008, cuando John McCain se vio forzado a separarse de la retórica racista y violenta de más de uno entre sus copartidarios—comenzando por la compañera de fórmula que fue a buscar a Alaska—y que emergía del público asistente a sus propios mítines.

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Sarah Palin es una desgracia para los Estados Unidos. Ignorante, simplista, maniquea, radical, ha impuesto un tono agresivo a sus discursos, aplaudidos por una clientela del odio, y logrado cautivar amplios contingentes de soporte que ven en Barack Obama la encarnación del demonio comunista. Palin, entusiasta de las armas de fuego y la cacería de grandes animales, emplea regularmente un léxico incendiario. Para animar a sus partidarios les aconseja, por ejemplo: «No se retiren; recarguen». (Do not retreat; reload). En la oportunidad de las recientes elecciones legislativas, Palin señaló por nombre y apellido a veinte representantes demócratas, cuyos circuitos destacó en un mapa—sólo retirado este fin de semana, después de la balacera en Tucson—bajo el símbolo de mira de un arma de fuego, como blancos que debían ser obliterados. Uno de los blancos marcados era Gabrielle Giffords quien, sintiéndose amenazada, comentó: «Estamos en la lista de blancos de Sarah Palin. Pero el asunto es que la forma en que ella la exhibe tiene la cruz en la mira de un arma de fuego sobre nuestro distrito. Cuando la gente hace eso, tiene que darse cuenta de que tiene consecuencias». Tenía razón; en su caso, las consecuencias fueron la herida en su cabeza y el insulto a su cerebro.

Objetivos precisados por Sarah Palin

La agresividad, la violencia, se aprende de modelos agresivos. Cuidadosos experimentos realizados por Albert Bandura, el padre de la psicología cognitiva, en 1961, mostraron el mecanismo de este aprendizaje en niños de un poco más de cuatro años de edad: «La conclusión principal del equipo de Bandura y sus colaboradores, en síntesis, es que conductas específicas como la agresión pueden ser aprendidas a partir de la observación y la imitación de modelos. Los niños llegaron a pensar que la conducta agresiva era aceptable, y de este modo sus inhibiciones de la agresión se debilitaron. Este debilitamiento hace más probable que se responda a situaciones futuras con respuestas más agresivas. La agresividad se aprende». (En Nocivo para la salud (mental), en este blog, artículo del 5 de julio de 2007 en el que se advierte acerca de la grave peligrosidad de que el actual Presidente de la República ejerza una «perenne modelación de la violencia y la agresión, que deja cicatrices en el espíritu de la Nación. ¿Cómo puede disminuir la delincuencia en un país cuyo presidente la modela, exacerbando el azote que lacera por igual a sus partidarios y sus opositores? ¿Qué asaltante no se sentirá ‘dignificado’ por la conducta presidencial, cuya agresividad y cuyo desprecio por la propiedad puede tomar por modelos?»).

Y la agresividad puede cocinarse socialmente. En Power: The Inner Experience (1975), David McClelland logró establecer una correlación inequívoca entre una presencia aumentada de temas agresivos en artículos, canciones e historietas y la inmersión de los Estados Unidos en guerras. Si bien la retórica agresiva de la nueva derecha estadounidense no apretó el gatillo, ciertamente ha pintado el paisaje apropiado a la acción violenta de enfermos como Jared Loughner.

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Gente como Sarah Palin, John Wayne, Barry Goldwater, Mel Gibson (que aparentemente golpea mujeres), pero también el ocasional izquierdista, como Michael Moore, es la que provee la mayor parte de los cuatro millones de miembros de la National Rifle Association (NRA) el más influyente de los lobbies en los Estados Unidos. La misión principal de esta asociación es la defensa de la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que en la interpretación estándar sostiene el derecho de todo estadounidense a portar armas de fuego.

Este lobby es tan poderoso que ha impedido lo que obviamente es la lectura correcta de la mentada enmienda. En 1791, al ser ratificada, los Estados Unidos eran una nación recién nacida, cuya independencia fue conseguida en guerra que duró de 1775 a 1783, cuando el Ejército Continental que Jorge Washington dirigiera, y que de todos modos debió ser complementado por milicias locales, fue desbandado. Era, pues, la doctrina militar de la incipiente nación que esas milicias eran, como lo justifica la letra de la enmienda, necesarias para su seguridad.

Hace mucho que cualquiera milicia de alguno de los estados de esa unión, considerablemente aumentada con el tiempo, haya participado en la «defensa» de los Estados Unidos. La muy larga serie de conflictos militares en los que ese país se ha involucrado a lo largo de su historia se ha desenvuelto prácticamente toda fuera de sus fronteras, sin milicianos. El comodoro Perry que llevó la presión estadounidense al Japón del siglo XIX no comandaba milicianos, sino militares de profesión llevados tan lejos en una flota profesional. No se constituye con milicianos el Comando Aéreo Estratégico de los EEUU, ni son milicianos los tripulantes y operadores de sus buques de guerra. La premisa de la Segunda Enmienda ha desaparecido y, en consecuencia, también debiera desaparecer su corolario. Una nación racional no debe sostener como derecho de ningún ciudadano, esté o no en sus cabales, la libre adquisición y porte de armas. La Segunda Enmienda debe ser repelida. (Ya los Estados Unidos han hecho esto antes: la Décima Octava enmienda de 1919, que desató la epidemia gangsteril con la Prohibición, fue repelida por la Vigésima Primera, en 1933).

El censo de abril de 2010 reportó que los Estados Unidos tienen 308 millones de habitantes; 304 millones de ellos no son miembros de la NRA. LEA

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Talante bipolar

El inefable Mario Silva se refirió al «talante democrático» de Hugo Chávez. al comentar el veto presidencial a la deforme Ley de Educación Superior. En horas de la noche del martes 4 de enero, el Presidente de la República anunció que la ley no iba y que tampoco iba el IVA, después de dejar con los crespos hechos a Dilma Rousseff en su apresurado regreso de Brasil. (Para dejar con los crespos hechos a Cilia Flores. No era para menos; hace tiempo ya que la Sala Situacional de Miraflores registra—Runrunes prospectivos—una creciente propensión a la erupción del descontento nacional, y los universitarios estuvieron mostrando los dientes de la rebelión). Así, pues, el presidente Chávez aprovechó esa nueva rendición de su afamada caracterización de Francisco de Asís para dar la bienvenida a los diputados de oposición a la Asamblea Nacional.

El buen propósito, por supuesto, no duró siquiera veinticuatro horas. En la tarde del día siguiente regresó a su papel favorito (Girolamo Savonarola), en un mitin en el que se gastó recursos que habrían aliviado a unos cuantos damnificados por las lluvias.

En la propia sede de la Asamblea Nacional, por otra parte, los discursos inaugurales siguieron el previsible curso. Abajo se muestra un video del momento álgido de los debates, que VTV y ANTV no quisieron transmitir. LEA

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Entrevista con William Echeverría

El 24 de noviembre de 2010, William Echeverría tuvo la amabilidad de entrevistarme para el programa—En la mañana—que conduce en Globovisión. El diálogo fue centrado por el entrevistador sobre el tema de un nuevo liderazgo político; es la segunda vez que Echeverría me permite acometer un asunto conceptual y general, lo que debo agradecerle mucho. Esta tercera conversación con él fue grabada en la fecha indicada y transmitida el 16 de diciembre del año que acaba de concluir. Según Echeverría, su contenido produjo bastante interés, lo que llevó a Globovisión a reponerla con fecha de hoy. Aquí está el video de la entrevista en un solo archivo continuo. Ya YouTube me ha premiado permitiéndome la inserción de piezas de duración mayor de 15 minutos. (La incongruencia del atuendo de saco y corbata, blue jeans  y zapatos Crocs se debe a mi errada creencia de que, como en otras ocasiones, los miembros inferiores estarían tapados por el habitual escritorio). LEA

 

(Si lo prefiere, puede ver en YouTube la entrevista por segmentos: 1er. segmento, 7′ 09″; 2do. segmento, 7′ 11″; 3er. segmento, 6′ 23″).

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Apostilla a un texto defectuoso

Naím: prestidigitador de truco defectuoso

 

Había estado en mi ánimo no comentar sobre la figura política que fue Carlos Andrés Pérez. A fin de cuentas, él fue quien decidiera nacionalizar la industria petrolera en Venezuela en 1975, quien estableciera PDVSA y la protegiera de la política, quien la confiara a la extraordinaria gerencia de Rafael Alfonzo Ravard y sus compañeros de directorio. Puede decirse que esas decisiones son las que han permitido a Hugo Chávez medrar y perturbar la paz de Venezuela y el resto del continente. Sin los recursos provistos por PDVSA, una nave tan noblemente construida que aún no se hunde a pesar de las barbaridades a las que se ha visto sometida en los últimos años, nada de la seudoepopeya chavista hubiera sido posible.

Pensaba, pues, que podría respetar la figura que nos dio ese legado con mi silencio, a pesar de algunos textos que lo elogiaban desmesuradamente y me habían hecho leer. El último que me enviaran, sin embargo, pudo alarmarme, y preocuparme porque parecía significar que hemos olvidado una parte muy reciente de la historia junto con lecciones que no deben desaparecer en un borrón irresponsable. Me refiero al artículo, publicado el lunes 27 de diciembre en El Nacional, cuyo autor es Moisés Naím: CAP, un hombre defectuoso.

Como es costumbre en Naím, en esta última creación esgrime un vistoso argumento, una más de sus usuales ingeniosidades. Pero esta vez su línea de discurrimiento no es meramente vistosa, llamativa y persuasiva para quienes quieren oír lo que él dice y dejan de someter sus tesis a un análisis serio; en esta ocasión, Naím fue más allá de las medias verdades con las que habitualmente trafica (literalmente), más allá de las supresiones convenientes, para proponer un razonamiento falaz.

Aclaro que empleo este adjetivo en sentido técnico para calificar el razonamiento defectuoso de Naím como falacia—en Lógica, un razonamiento inválido con apariencia de corrección—, no en la acepción común que recoge el diccionario de esta manera de discurrir: “Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien”. Creo saber que no es la intención de Naím dañar a nadie, y tampoco creo que él entienda su escritura como engañosa, fraudulenta o mentirosa. Estoy persuadido de que él cree que su razonamiento es válido.

El argumento de Naím en su más reciente ocurrencia es falaz en varios niveles, pero el que repite es la consagración de Pérez— “un venezolano excepcional y un gigante moral y políticamente superior a la gran mayoría de sus acusadores”—porque otros no habrían actuado como él si hubieran estado en sus zapatos, cosa que a Naím no puede constarle porque, sencillamente, ella no ocurrió. Veamos cómo construye la falacia. Dice:

¿Se imagina usted a alguno de quienes lo defenestraron políticamente, ­el teniente coronel, los tristemente célebres notables, los dueños de los medios de comunicación, sus columnistas, los grupos económicos o los demás líderes políticos del momento­ tomando voluntariamente medidas que reducen su poder?

Y dice, más adelante:

¿Se imagina usted a Fidel Castro, al Che Guevara o a sus más recientes imitadores actuando así? ¿Se imagina usted a otros presidentes venezolanos nombrando en cargos fundamentales a algunos de sus enemigos, tal y como lo hizo Carlos Andrés Pérez en más de una oportunidad? (…) ¿Cuántos presidentes latinoamericanos puede usted nombrar que ante una campaña política para sacarlos del poder lo entregan voluntariamente y salen del palacio presidencial para ir a la cárcel, motivados sólo por el ánimo de proteger las reglas que separan la vida en sociedad de la barbarie?

La falacia es patente: Naím pretende que un hecho puede ser comparado con situaciones imaginarias, que cotejemos lo fáctico con lo que no lo es, que contrapongamos algo que, según él, ocurrió, a cosas que no han ocurrido, al punto que reiteradamente nos empuja a imaginarlas: “¿Se imagina usted…?” El académico Naím, imagino, como alumno de un curso de Lógica que no tomó, habría sido reprobado.

Pero el fuego artificial (literalmente) de su muy defectuoso razonamiento busca encandilar para pasar de contrabando, en la esperanza de que no se noten, enormidades y distorsiones históricas. Carlos Andrés Pérez no entregó voluntariamente su cargo de Presidente de la República, ni se sometió a un arresto domiciliario de un poco más de dos años—no a la cárcel—sacrificándose “para proteger las reglas que separan la vida en sociedad de la barbarie”. Aquí la fabricación de Naím se convierte en patraña; Pérez sufrió estas cosas porque la Fiscalía General de la República solicitó de la Corte Suprema de Justicia la declaración de mérito para enjuiciarlo por malversación de fondos públicos, la que obtuvo; porque el Senado de la República le suspendió en el ejercicio de sus funciones al autorizar su enjuiciamiento y porque la Corte lo halló culpable del delito que se le imputaba. Pérez no se sometió como mártir de la civilización, como quiere Naím que creamos; tanto es así, que naturalmente nombró defensores en el juicio que se le siguió para oponerse a la acusación. Mientras estuvo suspendido (desde el 21 de mayo de 1993) Pérez no se avino a renunciar; luego de cumplirse los noventa días de la falta temporal causada por la suspensión, una sesión conjunta de las Cámaras del Congreso, en aplicación del Artículo 188 de la Constitución de 1961, consideró que se había configurado la falta absoluta del Presidente de la República y Pérez fue definitivamente despojado de su cargo el 31 de agosto de 1993.

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Que Pérez hubiera tomado «voluntariamente medidas que [redujeran] su poder» es otra distorsión, al predicarse sobre esta inexacta y doble afirmación: «Carlos Andrés Pérez podía nombrar a dedo a gobernadores y alcaldes; en cambio, promovió las reformas que permiten a los ciudadanos elegirlos directamente».

Vayamos por partes. En primer lugar, en ningún caso un presidente regido por la Constitución de 1961 tenía entre sus atribuciones nombrar alcaldes a dedo. Ni siquiera contenía esa constitución la palabra alcalde, puesto que esta figura es creación de la Ley Orgánica de Régimen Municipal del 15 de junio de 1989, la que ciertamente fue promulgada al comienzo del segundo gobierno de Pérez, pero no fue, en tanto ley, un acto presidencial sino legislativo del Congreso.

La Constitución de 1961 sí atribuía al Presidente de la República (Artículo 190, Numeral 17) la facultad de nombrar los gobernadores del Distrito Federal y de los Territorios Federales (hoy entidades desaparecidas), y el Artículo 22 le confería la potestad provisional de nombrar y remover los gobernadores de los estados. Este poder era provisional porque el mismo artículo estipulaba: «La ley podrá establecer la forma de elección y remoción de los Gobernadores, de acuerdo con los principios consagrados en el artículo 3˚ de esta Constitución». Además exigía que tal ley debía ser aprobada en sesión conjunta de las Cámaras por dos terceras partes de sus miembros y añadía una tajante previsión: «La ley respectiva no estará sujeta al veto del Presidente de la República». Pérez no hubiera podido impedir la aprobación de una ley que se sostuvo sobre un amplio consenso nacional mayoritario, y que además estaba prevista en el texto constitucional.

Pérez, para que esté claro, formó parte de ese consenso. No todos estaban conformes; en particular, se oponía a la elección popular de los gobernadores de los estados Manuel Peñalver, entonces Secretario General de Acción Democrática, el partido de Pérez. La discrepancia de ambos líderes era una manifestación más de las tensas relaciones de Pérez y AD; la tensión databa del primer gobierno de Pérez, cuando el Congreso de 1979 no pudo forzar una condena definitiva por corrupción en el caso del Sierra Nevada—un buque frigorífico regalado a Bolivia, que no tiene mar—, pero una Comisión de Ética de su propio partido sí lo condenó.

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Después adujo Naím otro sacrificio presuntamente heroico: «Al llegar en 1989 a su segunda presidencia, heredó un sistema económico que le daba al Gobierno ­y a él­ todo el poder sobre la economía. (…) Pérez abolió ese perverso sistema».

La verdad es que Pérez ganó su segunda presidencia con una campaña populista, que entre otras cosas denunció al Fondo Monetario Internacional como una «bomba sólo mata gente» y lo describió como compuesto por «genocidas asalariados del totalitarismo económico» (¿nos suena ese discurso conocido?) Al encargarse una vez más de la Presidencia de la República, no obstante, la realidad disimulada por su predecesor, Jaime Lusinchi—la «botija» de las reservas internacionales, supuestamente llena, estaba vacía—y la influencia de consejeros como Naím le indujeron a olvidarse rápidamente de esa postura y a implantar, al arranque mismo de su gobierno, un «paquete económico» que incluía los «ajustes» impuestos por un tal Consenso de Washington, a cambio de un préstamo de 4.500 millones de dólares del FMI, que semanas antes condenaba como monstruoso.

La reacción popular no se hizo esperar: antes de cumplirse el mes de la toma de posesión de Pérez (2 de febrero de 1989), una gigantesca erupción de desórdenes y saqueos, el Caracazo, marcó para siempre con su desatada violencia las fechas del 27 y el 28 de febrero. El gobierno anuló esa reacción con medidas militares represivas, con un saldo de muertes que se estima en un rango que va de 500 a 3.000 bajas.

Repudio instantáneo al paquete de Pérez-FMI

Naím estuvo entre quienes expresaron su sorpresa por la eclosión del descontento popular. En 1994, el Fondo Carnegie publicó su libro Paper Tigers and Minotaurs – The Politics of Venezuela’s Economic Reforms, sobre el paquete de Pérez y sus vicisitudes. (Puede leerse en este blog una crítica de ese libro en Minotauro de papel, artículo de diciembre de ese año). Naím argumentó que el Caracazo no se debió a que la política económica que él, como Ministro de Fomento, contribuyó decisivamente a implantar, estuviera fundamentalmente errada, sino a la falla de orden comunicacional de un gobierno que no supo explicar por qué el pueblo tenía, para alcanzar «la mayor suma de felicidad posible», que someterse a la infelicidad de los desalmados ajustes del Consenso de Washington. El economista Jeffrey Sachs escribió una introducción al libro de Naím en la que comparte la sorpresa del autor:  “La gran paradoja de la experiencia venezolana es que logros macroeconómicos significativos—un rápido crecimiento del PNB, el haber esquivado la hiperinflación, la promoción de exportaciones—hayan sido acompañados por una profunda agitación política, incluyendo dos intentos de golpe. ¡Uno se estremece de pensar en lo que un fracaso macroeconómico hubiera producido!”

Pero una década después Sachs se había convertido de consejero económico de Pérez & Naím en crítico de sus propias prescripciones. En The End of Poverty (2005), expuso: “De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar”. Él mismo era quien había cambiado, luego de que se pusiera de moda criticar al FMI (ver en este blog En el fondo un villano, para constatar la opinión de Joseph E. Stiglitz, Premio «Nobel» de Economía en 2001). No tengo noticia del mismo cambio de persuasión en Naím.

Venezuela sufrió con Pérez & Naím lo que Argentina sufrió con Menem & Cavallo y ha tenido menos suerte, pues la vergüenza de los Kirchner es decididamente preferible a la de Chávez. Por otra parte, ese sistema económico que Pérez «heredara»— «que le daba al Gobierno ­y a él­ todo el poder sobre la economía»—era en buena medida legado de Pérez mismo, que ya había gobernado entre 1974 y 1979 con ese poder intacto para que el país importara en el último año de ese período el 80% de los alimentos que consumía, mientras la deuda pública externa se cuadruplicaba, incomprensiblemente dentro de un quinquenio con ingresos superiores al total del ingreso público venezolano entre 1830 y 1973. A mediados de 1991, luego de que salieran a la luz en su primer semestre numerosos y escandalosos casos de corrupción, Pérez buscaba un respiro cuando el repudio a su gestión y a su paquete era generalizado. Creyó que recibiría apoyo del sector empresarial al anunciar, en la Asamblea de Fedecámaras en Margarita y julio de ese año, que las garantías económicas de la Constitución de 1961, suspendidas desde su promulgación, quedaban plenamente restituidas. Los videos de la época mostrarán que los aplausos a la conclusión de su discurso, ralos y poco ruidosos, no rebasaron los diez segundos de duración. Ni siquiera el anuncio de que una reivindicación histórica del empresariado venezolano había sido alcanzada finalmente, después de treinta años, cambió su muy negativa evaluación acerca del segundo gobierno de Pérez, de cuya política económica fue Naím, emigrado sin regreso poco después de la caída de su jefe, una pieza clave.

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Naím rechaza la percepción general y el sufrimiento de todo un país, y los presenta como la conspiración de factores interesados. Al reiterar que el paquete era la receta apropiada para los males de Venezuela, propone esta interpretación monstruosa:

La mayor eficiencia económica y la eliminación de la inmensa corrupción, que es inevitable en ese sistema, constituyeron un gran avance. Pero este avance también ocurrió a expensas del poder presidencial. Hay muchos más ejemplos de cómo este líder tan vilipendiado fue cediendo poder voluntariamente guiado sólo por su convicción democrática. Casi instantáneamente, quienes antes mendigaban cargos, divisas o aumentos de precios utilizaron su nueva libertad para atacar sin misericordia a Pérez y su gobierno.

Como los tiburones que huelen la sangre en el agua, los más diversos actores ­desde los más primitivos gorilas a los más sofisticados «notables», de los políticos más oportunistas a los empresarios más avezados­ se lanzaron contra Pérez.

La avidez por el poder, el dinero o viejos resentimientos, miserias humanas insondables y, en algunos casos, la ideología actuaron como potentes estímulos para pequeños políticos súbitamente transformados en los formidables agresores que lograron sacar a Pérez del juego. Éste, convencido de que las reglas de la democracia había que respetarlas a toda costa, los dejó hacer. Se rehusó hasta el final a utilizar los tradicionales instrumentos del poder ­tan comunes en la Venezuela de antes y en la de hoy­ para defenderse de sus enemigos.

En orden inverso al de su exposición, debe apuntarse primero que lo que Naím sugiere es que Pérez ha podido llevar a prisión a sus adversarios, tal vez forzar su desaparición, como lo hacían Castro, Gómez y Pérez Jiménez, y no lo hizo. Ya hemos visto que resistió esa oposición por todos los medios que las leyes le permitían, y debe suponerse que no constituye esto mérito especial en quien hubiera jurado cumplir la Constitución y esas mismas leyes.

Luego, es llamativa la amargura con la que Naím, antaño fiel cortesano de «los empresarios más avezados», les mete en un saco depredador de tiburones, indiscriminadamente, con gorilas, políticos oportunistas y sofisticados notables. (Don Arturo Úslar Pietri, por ejemplo, o Ramón J. Velásquez, Juan Liscano y Domingo Maza Zavala, que algo de patria han hecho).

Finalmente, hay que tener tupé para decir alegremente que Carlos Andrés Pérez «eliminó» una corrupción que era inmensa. Si algo se atribuyó a ambos gobiernos suyos era una corrupción desatada. Para su segunda asunción al poder, Pérez contó, por caso, con financiamiento de campaña proveniente del Banco de Crédito y Comercio Internacional, el mayor lavador en el mundo de dinero del narcotráfico y el comercio de armas. Después de su elección, y antes del colapso del banco superdelincuente en 1991, Pérez recibía a su fundador en La Orchila, adonde le llevara un cierto banquero nacional en su yate. Quizás Naím pueda explicar cómo es posible que Pérez fuera capaz de adquirir, con su sueldo de dos períodos presidenciales y el tiempo que disfrutó de la pensión de senador vitalicio, una vivienda en Nueva York, otra en Miami y otra más en la República Dominicana, o cómo pudo alimentar ciertas cuentas mancomunadas en dólares.

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No es este último tema, por cierto, uno que me interese demasiado. No añadiré, por tanto, más chismografía política al caso. (En general, creo que la descalificación de una figura política no debe fundarse en su negatividad personal, sino en la de sus ejecutorias y, preferentemente, en la insuficiencia de su positividad). Pero queda un punto del que Naím, hombre inteligente, se cuidó al admitirlo al mismo comienzo de su artículo defectuoso. Así lo inicia: «Es fácil imaginar que la acusación que más le dolía es que sin él, y sus muchos errores, el teniente coronel y la tragedia histórica que este representa se hubiesen podido evitar». A continuación añade: «No hay dudas de que Carlos Andrés Pérez es culpable de muchas de las acusaciones que se le hacen».

Carlos Andrés Pérez, en la cadena de desaciertos políticos que empezara por su propio primer gobierno y permitiera, a la postre, la elección de Hugo Chávez en 1998—cuando un año antes sólo 6% de intención de voto lo favorecía—, fue el principal de los eslabones. Esto fue así, principalmente, por sus gigantescas equivocaciones en el poder—en esto sí fue un gigante—, pero también y más específicamente, porque fue sordo ante las advertencias muy concretas acerca de lo que Chávez tramaba. El claro y oportuno aviso del general Carlos Julio Peñaloza sólo recibió su desprecio, y tampoco atendió otros consejos. El 21 de julio de 1991, una vez que los escándalos de corrupción de su primera mitad hubieran consolidado el abrumador repudio del gobierno de Pérez por la opinión pública venezolana, y hubieran configurado en ella la matriz «O Pérez o golpe», el suscrito le recomendó en artículo (Salida de estadista) publicado por El Diario de Caracas lo siguiente: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal».

Pérez no hizo caso de estas advertencias, no hizo caso del país que ya no lo quería como gobernante. No puede calificársele de «gigante moral y políticamente superior a la gran mayoría de sus acusadores». Este argumento fue adelantado, de algún modo, el 24 de julio de 1991. Ese día, Diego Bautista Urbaneja, a la sazón Director de El Diario de Caracas, quiso comentar la proposición contenida en Salida de estadista, y escribió: «Ciertamente que si Pérez hiciera eso [renunciar] y por esas razones daría una gran lección de decencia política. (…) No simpatizo con lecciones morales en sociedades que, por las particulares circunstancias que atraviesan, no pueden reaccionar a ellas provechosamente. (…) Así pues ya lo sabe, aunque puede quedarse tranquilito en Miraflores». Antes había afirmado: «No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…»

Y es que la visión no es cualidad demasiado extendida en gente que se ocupa cotidianamente en la política. Por eso unos cuantos que aparentan competencia agarran sorpresas. Alexis de Tocqueville había dicho en L’Ancien Régime et la Révolution:

Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto. (…) Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar. (…) [E]s decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario.

En febrero de 1994, inicié la publicación de referéndum con un trabajo—Los rasgos del próximo paradigma político—que hizo eco de esas palabras de Tocqueville:

Entre 1989 y 1993, muy connotados profesores así como gerentes reconocidamente capaces del sector privado ejercieron importantes funciones públicas. Por esta razón resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI cuando  la Revolución Francesa estaba a punto de estallar.

Naím, y el resto de quienes serían bautizados como los «IESA boys», nunca imaginaron el Caracazo—advertido por varios con suficiente antelación*—; como admitiera Sachs en cita precedente, les tomó por sorpresa.

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En estos días de gobierno descomunalmente malo, pernicioso como ningún otro desde que tuviéramos república, una persistente ilusión óptica domina el juicio de muchos ciudadanos desesperados. Chávez es tan dañino que Cipriano Castro luce como un prócer. Pero la maldad de Chávez no absuelve la de Pérez, como la de Hitler no excusa la de Milosevic.

El repudio de Chávez no es ningún mérito especial en nadie; es, meramente, un deber ciudadano. LEA

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*En Dictamen (junio de 1986): «Al agravarse la insuficiencia política funcional se agravará asimismo el cúmulo de problemas a los que el aparato político debiera dar respuesta. Es así como veremos, por ejemplo, un incremento en el número e intensidad de conflictos sociales de toda índole, lo que realimentará el problema. (…) …la permanencia de la sensación claustrofóbica—no ver la salida—hace que aumente el número de casos en los que la violencia y la ruptura sean vistas como las únicas soluciones asequibles. Desde el punto de vista político esto se manifestará por un incremento de aquellos segmentos de población que descrean de la democracia y admitan algún tipo de dictadura».

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Sí vamos a hacer algo

Higuerote: Al mal tiempo buena cara

El 5 de agosto de 2008, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, cuyo deber es proteger la constitucionalidad de leyes y otros actos de los poderes públicos (Artículo 336 de la Constitución), procedió a amputarla. Para cohonestar un conjunto de inhabilitaciones políticas inconstitucionalmente dictadas por el contralor Russián en ese año, sentenció que la protección establecida en el Artículo 42 de la Constitución—“El ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos sólo puede ser suspendido por sentencia judicial firme en los casos que determine la ley”—ampara solamente ¡a los venezolanos por naturalización! El cirujano jefe, el ponente de la monstruosa interpretación, tramposa y cínica, fue el magistrado Arcadio de Jesús Delgado Rosales, hijo del jurista José Manuel Delgado Ocando, a quien debiera caérsele la cara de vergüenza con la mutilación que su progenie llevó a cabo. La Asamblea Nacional ha premiado a Delgado Rosales el pasado 7 de diciembre (día propio para traiciones, como la de Pearl Harbor), al confirmar su nombramiento como Magistrado Principal de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia.

Es esa misma Sala la encargada de decidir sobre la demanda de protección de la Constitución introducida, al día siguiente del nombramiento de Delgado Rosales y otros magistrados, por la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción (Fedecámaras) con la asistencia dudosamente conveniente de la abogada Cecilia Sosa. No es una sala imparcial u objetiva la que decidirá sobre el recurso; es una sala militante, que se concibe a sí misma como entidad revolucionaria, autorizada por esto mismo a reventar cualquier límite jurídico o ético, como lo hizo ya al mutilar el Artículo 42, con tal de sostener el poder del «líder del proceso».

Arcadio de Jesús: el Derecho como cirugía

La iniciativa de Fedecámaras es laudable. La máxima representación empresarial  afirma con entera razón que la Constitución no prescribe o autoriza un Estado socialista en Venezuela, y emplaza al Tribunal Supremo de Justicia a que corrobore esta verdad más que evidente. Pero es de una supina ingenuidad creer que ese Tribunal Supremo de Justicia va a darle la razón a Fedecámaras, que para el oficialismo es la destilación más pura del capitalismo salvaje y explotador, que la identifica, no sin razón, con las actividades conspirativas de las que Pedro Carmona Estanga, su ex presidente, fuera mascarón de proa; es una presunción tan peregrina como aquella incompetente ocurrencia de Primero Justicia en 2002, que supuso que una Asamblea Nacional de mayoría gobiernera introduciría una enmienda constitucional de recorte del período presidencial de Hugo Chávez.

No faltará, sin embargo, quien defienda la sabiduría de la acción intentada porque la previsible negativa de la Sala Constitucional «pondría en evidencia» al régimen. ¿Qué más evidencia se necesita? ¿Es que el régimen no se pone en evidencia desfachatadamente por sí mismo todos los días? ¿Es que no conocemos el carácter del reo desde el 4 de febrero de 1992, hace ya casi 19 años? ¿Cuál es la utilidad práctica de las «puestas en evidencia», cuál su impacto real para modificar el perverso proceso?

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El presidente Chávez ha vuelto a «solicitar» a la Asamblea Nacional que le dote de poderes extraordinarios, que le habilite mediante legislación especial, por cuarta vez, para que sus decretos adquieran rango de ley. El presidente Chávez ha ofrecido como pretexto la preocupante situación que las prolongadas lluvias de noviembre han traído.

Por supuesto, el presidente Chávez no controla los elementos, aunque ganas no le faltan de adornar su lucido papel de Bolívar reencarnado repitiendo arrogantes palabras del Libertador: «Si la Naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». (En general, el presidente Chávez no se mete en peleas que sabe que va a perder). El presidente Chávez no podía hacer nada para aplacar la lluvia despiadada, como antes no pudo mitigar la sequía relacionada con el fenómeno meteorológico de El Niño, al que cargó la culpa de la irresponsabilidad de su gobierno en asunto de suministro eléctrico, sobre el que ejerce un completo monopolio. Pero justificar una cuarta ley habilitante sobre el dolor de los aquejados por las lluvias más recientes es desalmado y falso, tan postizo como su vistosa demagogia al alojar una minúscula fracción de damnificados en Miraflores.

El proyecto de ley habilitante no es siquiera una creación de la Asamblea Nacional, órgano que se desentiende de sus facultades constitucionales al remitirlas a ucases de la Presidencia de la República. Ésta, para guardar las apariencias, lista de primera la facultad de legislar «En el ámbito de la atención sistematizada y continua a las necesidades humanas vitales y urgentes derivadas de las condiciones sociales de pobreza y de las lluvias, derrumbes, inundaciones y otros eventos producidos por la problemática ambiental».

Más específicamente, la facultad permitiría:

a) Dictar normas que regulen los modos de proceder de autoridades públicas o entidades privadas, ante calamidades, emergencias, catástrofes u otros hechos naturales que exijan medidas inmediatas de respuesta y atención para satisfacer las necesidades humanas vitales. Las normas promoverán la participación popular en la ejecución de las medidas destinadas a asistir a los ciudadanos o ciudadanas en situación de calamidad, garantizándoles el restablecimiento integral de las condiciones básicas que contribuyan al buen vivir.

b) Dictar normas que regulen el establecimiento y ejecución efectiva, de condiciones de prevención y seguimiento en aquellas zonas declaradas en emergencia, calamidad o alta afectación por eventos o infortunios producto de las fuerzas de la naturaleza. Igualmente, las normas establecerán el régimen especial de administración de las zonas así declaradas.

Veamos. ¿Cuándo fue que aconteció el desastre del estado Vargas, que también afectó al estado Miranda mucho, como está afectado ahora? Creo que eso pasó en 1999, hace once años. ¿Cómo carrizo es que el presidente Chávez, tan preocupado (de la boca para afuera) por los pobres dejó pasar once años sin regular «los modos de proceder» públicos y privados ante calamidades, emergencias y catástrofes? Su «modo de proceder» es típico. Las cacareadas «misiones» sólo hicieron su aparición en la segunda mitad de 2003, y sólo lo hicieron porque el presidente Chávez confrontaba entonces el albur de un referendo revocatorio de su mandato. Hasta ese momento, había gobernado cuatro años y medio sin ocuparse del analfabetismo, o la salud, o la cesta de alimentos de la población.

Es sólo ahora, después de un nuevo desastre—que hubiera sido mucho menor si el Estado, monopolizador de la cabilla y el cemento, interventor y expropiador de empresas constructoras, hubiera construido las viviendas de los necesitados, y no la ridícula cantidad de 13.000 por año—, sólo después de que las lluvias han amainado misericordiosamente, cuando decide que hay que ocuparse de las «condiciones de prevención y seguimiento en aquellas zonas declaradas en emergencia, calamidad o alta afectación por eventos o infortunios producto de las fuerzas de la naturaleza».

Chávez: al buen tiempo mala cara

La justificación esgrimida para la ley habilitante es realmente cínica. No es en absoluto necesaria para enfrentar la emergencia. En la Constitución hay todo un capítulo—De los Estados de Excepción, el segundo del Título VIII—cuyo Artículo 338 ha establecido: «Podrá decretarse el estado de alarma cuando se produzcan catástrofes, calamidades públicas u otros acontecimientos similares que pongan seriamente en peligro la seguridad de la Nación o de sus ciudadanos o ciudadanas. Dicho estado de excepción durará hasta treinta días, siendo prorrogable por treinta días más». Ya el elefantiásico, enrevesado y últimamente adulterado dispositivo jurídico del país contiene las previsiones necesarias para resolver los problemas causados por las lluvias de noviembre. Nada hay en este pretexto, esta coartada para amarrar—inconstitucionalmente, por lo demás—a una Asamblea Nacional pronta a asumir sus poderes con 67 diputados que no acatan la voluntad omnímoda del presidente Chávez, que justifique un año entero de legislación por decreto, esta multiplicación por doce de lo previsto en la Constitución. Son previsiones que no fueron atendidas, a tiempo, por un imprevisivo gobierno culposo.

Pero es evidente la vocación monárquica del presidente Chávez en la redacción de la nueva y monstruosa ley habilitante. Todavía en lo atinente a la emergencia pluvial, hay una facultad que no tiene que ver con ella y cuya redacción difusa y genérica puede permitir cualquier cosa: «Dictar medidas que permitan desarrollar de manera equitativa, justa, democrática y participativa los derechos de la familia venezolana para su buen vivir». (¿?)

Luego vienen facultades extraordinarias y autosuficientes para legislar «En el ámbito de la infraestructura, transporte y servicios públicos»—muy especialmente, para «Dictar y reformar normas regulatorias en el sector de las telecomunicaciones y la tecnología de información, los mecanismos públicos de comunicaciones informáticas, electrónicas y telemáticas»—, «En el ámbito de la vivienda y hábitat», «En el ámbito de la ordenación territorial, el desarrollo integral y del uso de la tierra urbana y rural», «En el ámbito financiero y tributario», «En el ámbito de la seguridad ciudadana y jurídica», «En el ámbito de seguridad y defensa integral», «En el ámbito de la cooperación internacional» y «En el ámbito del sistema socioeconómico de la Nación».

Valdrá la pena guardar los nombres de los diputados (y diputadas) que se disponen a abdicar sus atribuciones legislativas y a hipotecar las de la próxima Asamblea Nacional, pues serán los de traidores (traidoras y traidoros) de la Constitución y del Pueblo.

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¿Qué hace la oposición? ¿Era imposible que previera la grosera jugada habilitante del gobierno, que hace a Teodoro Petkoff escribir que «Chávez ha comenzado a recorrer, ahora sí, el camino de la dictadura»?

Una cabeza experimentada, competente y seria como la de José Rafael Revenga lo previó con, al menos, un año de antelación. En su artículo 2010: año de la tromba (14 de diciembre de 2009), enumeró los siguientes pelos y señales:

Aprobar, antes de finalizar las sesiones parlamentarias preelectorales de 2010, una nueva Ley Habilitante que otorgue al Jefe del Estado la capacidad de promulgar—digamos durante unos 24 meses—los decretos presidenciales con “fuerza, valor y rango de ley”. Este curso de acción podría sortear la imposibilidad para el oficialismo de aprobar una nueva Ley Habilitante a partir de enero del 2011, en caso de que la representación democrática obtuviera, en el primer escenario, 67 o más votos parlamentarios, con lo cual superaría el tercer punto de inflexión, o sea que traspasaría el umbral de los tres quintos de los votos necesarios para la aprobación de una Habilitante.

Esta estrategia impondría de hecho a la Asamblea una inactividad vacacional durante los años 2011 y 2012, la cual en principio despejaría en buena medida el camino hacia la reelección presidencial prevista para fines del 2012.

La damnificación de decenas de miles de venezolanos fue para el presidente Chávez un evento afortunado, pues le proporcionó la excusa para la habilitación que quería y que Revenga, una sala situacional de un solo miembro, había previsto con tanta clarividencia. La damnificación ha servido para competir por figuración política, para oponer la vistosidad de la mudanza del presidente Chávez a una tienda que le regalara Kadaffi a la de una fotografía del gobernador Capriles Radonski con el agua al pecho. (Este último declaró, y El Nacional consideró sus palabras material de primera plana para el domingo 12 de diciembre, el siguiente cliché: «En Miranda está prohibida la palabra tragedia». Habrá que explicar a un superviviente del colapso de su casa, en el que su esposa y prole hayan perecido, que eso ha sido una comedia).

La oposición formal, reunida en la Mesa de la Unidad Democrática, no ha pasado de las rituales declaraciones críticas, convocar una marcha de protesta contra las expropiaciones—cuando ya el presidente Chávez y el general, todavía de tres soles, Rangel Silva, habían declarado que la fuerza militar no admitiría un presidente distinto del actual—que debió ser suspendida por el estado del tiempo, y de elevar sus quejas a instancias internacionales, probablemente para «poner en evidencia» al régimen.

En la periferia de la MUD, voces habitualmente lúcidas no atinan a señalar un rumbo. Petkoff ha concluido dos recientes editoriales—14 y 15 de diciembre—con preguntas, no con respuestas: «¿No vamos a hacer nada?»  y «¿Se lo va a calar el país?», después de sentenciar: «Chávez ha comenzado a recorrer, ahora sí, el camino de la dictadura». El mismo día 15 dijo a Globovisión que el pueblo haría algo, pero que no sabía lo que haría.

Bueno, lo que hay que hacer es muy claro: activar el Poder Constituyente Originario, el Poder del Pueblo, superior a cualquier poder constituido, para pararle el trote al presidente Chávez y a su corrupto y obsecuente entorno. Las cosas han llegado a un punto en el que «la estrategia» no puede ser otra que apelar directamente al Soberano, porque ya esas cosas no deben ser decididas por Chávez, Jaua, Ramos Allup o Aveledo. Ahora es un asunto de Corona. Es ésta la que debe pronunciarse.

La Corona

Un referendo consultivo convocado por iniciativa popular puede consultar a la Corona, al enjambre soberano, si está de acuerdo con la implantación en Venezuela de un régimen político-económico socialista (consulta que el presidente Chávez, perfectamente capaz, se ha negado a propiciar; ver Emplazamiento de Caracas); si está de acuerdo con la postura antidemocrática del presidente Chávez y su más reciente General en Jefe que impediría el ejercicio de otro presidente elegido por el Pueblo; si está de acuerdo con la amputación perpetrada por el cirujano Arcadio de Jesús a la altura del Artículo 42 de la Constitución Nacional; si está de acuerdo con que el presidente Chávez legisle una cuarta vez a punta de sus decretos.

Ningún otro ente que el Pueblo, la Corona, puede hacer eso. Es sólo de una mayoría del Pueblo el derecho de rebelión; sólo una mayoría de la comunidad tiene el «derecho indudable, inalienable e irrevocable de alterar, reformar o abolir» un gobierno contrario a la seguridad y prosperidad de la Nación. Este problema no es incumbencia de golpistas.

Tampoco es asunto de la oposición mineralizada o de su federación electoral, la Mesa de la Unidad Democrática. Ésta es una convocatoria que deben propiciar voces no alineadas, en asociación de cualesquiera venezolanos, inscritos o no en partidos, con un propósito único y finito: lograr la consulta al Enjambre Soberano de los ciudadanos de Venezuela.

Desde que este procedimiento fuera propuesto por vez primera (Parada de trote, 23 de julio de 2009), algunos opositores burocráticos han encontrado inconvenientes que aducen insinceramente, porque no vieron la salida primero. Ahora, cuando ya salieron de sus elecciones del 26 de septiembre, si no van a ayudar que no estorben.

LEA

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