Nota del día 09/07/10: Presidente en retirada

Hacia atrás, como el cangrejo

El Presidente de la República ha capitulado, a su manera, a regañadientes, en el intercambio de declaraciones con Jorge Cardenal Urosa Savino. Su magnánima frase de retirada: “Que Dios perdone a Urosa; no me ocuparé más de él”.

Pero siguió ocupándose por un rato, mientras se retiraba. Ardido por la reacción unánime de apoyo al cardenal Urosa y, muy especialmente, por el demoledor comunicado que éste redactó en Roma y apareció ayer en los medios de comunicación, lo retó a que “saque sus armas trogloditas”. Ya no es la persona pastoral la que habitaría en cavernas; sólo sus armas, según la enmienda de capote. (Moronta ya no podrá objetar que esta reformulación, que este desplazamiento semántico “no es propio de la investidura del Presidente”). El modo de huir presidencial es en sí mismo confirmación de lo advertido por Urosa, quien dijo que Chávez, “en lugar de reflexionar y ponderar los argumentos expuestos, y rectificar su línea de conducta, se limita a descalificar y ofender”.

Hizo, hay que notar, un débil intento por dirigirse al fondo del asunto pero, de nuevo, evadiendo la materia y pasando la responsabilidad a otro. Eso fue cuando dijo: “Ese cardenal que me acusa de estar violando la Constitución tendría que demostrarlo ante un tribunal señora Fiscal, por ejemplo. El cardenal me está acusando a mí que soy Presidente de que estoy violando la Constitución, de que estamos haciendo leyes inconstitucionales, señora Presidenta, tendría que explicarle a la Asamblea Nacional en qué se fundamenta”. Aparentemente, cree que estas frases atemorizarían al Cardenal.

Hugo Chávez sabe perfectamente bien de qué está hablando Urosa, y sabe que tiene razón. En una de las más débiles defensas de sí mismo que se le hayan oído, pretendió vender la tontería de que sus opositores “ante cualquier cambio a favor de los pueblos, sacan la excusa del marxismo, leninismo, dictadura, para atropellar a los pueblos”. Él mismo fue quien se declarara marxista en sesión de la Asamblea Nacional del 15 de enero de este año (y antes el 19 de diciembre de 2009); él es quien dice que La Hojilla, vergüenza de la televisión venezolana que pone imágenes de Lenin y de Marx como telón de fondo, es un gran programa; él es quien hace caso omiso de la Constitución, cuyo Artículo 2 establece que Venezuela tiene al pluralismo político como uno de los “valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación” y, por consiguiente, la viola cada vez que pretende enjaular al país en un régimen socialista; es él quien no ha ocultado nunca su obsesión de fundirse con el régimen dictatorial y comunista que sojuzga a Cuba.

Pero ni siquiera esa dictadura cree que esté de moda pelearse con la Iglesia Católica. Raúl Castro, en vez de insultar a los prelados cubanos, se reúne largas horas con ellos y los acepta como intercesores a favor de la libertad de sus presos políticos. Ya ha anunciado la liberación de 52 de ellos, y los Castro saben desde hace tiempo, como Urosa ha demostrado, que alguien que se queja de que lo llamen marxista después de haberse declarado como tal no es sino un farsante. LEA

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Nota del día 08/07/10: Caliente, caliente…

Nunca existió

Un panel de evaluación compuesto por los profesores Geoffrey Boulton, Peter Clarke y James Norton, junto con el Sr. David Eyton, establecido en Gran Bretaña bajo el mando de Sir Muir Russell para examinar el caso al que se puso el nombre de Climategate, dio a conocer ayer su informe final de 160 páginas sobre la controversia en la que se vieron envueltos investigadores de la Universidad de East Anglia, acusados de falsificar datos sobre el cambio climático de la tierra para sostener impropiamente la tesis del calentamiento global. Estos científicos conformaban el equipo de la Unidad de Investigación Climática (Climatic Research Unit, CRU) de la universidad mencionada, y un conjunto de imprudentes correos electrónicos cruzados entre ellos, fue sustraído en noviembre de 2009 y publicado en la Internet para alborozo de quienes se oponen a la idea de que nuestro planeta se esté calentando.

El affaire causó un escándalo y un alud de acusaciones promovidas por los escépticos del calentamiento global; con típica flema inglesa, se comisionó a Russell, un destacado educador y servidor público en Inglaterra, para dirigir el exhaustivo examen que hizo el panel—una verdadera “comisión de la verdad”—de toda la evidencia disponible, incluyendo extensas declaraciones de los involucrados en el asunto.

La conclusión fundamental del informe Russell dice escuetamente: “Sobre las acusaciones específicas hechas contra la conducta de los científicos de CRU, encontramos que su rigor y honestidad como científicos no está en duda”. Punto.

La exoneración total de los investigadores de la CRU ya ha producido las primeras reparaciones. Phil Jones, un climatólogo de renombre que fue la víctima principal de los infundios, ha recuperado un cargo muy parecido al que tenía en la unidad, de la que había sido suspendido.

Pero lo más importante del informe consiste en la certificación de que las evaluaciones ofrecidas por la CRU al Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) tienen fundamento científico. El panel concluyó: “No encontramos ninguna evidencia de conducta que pudiera socavar las conclusiones de las evaluaciones del IPCC”.

Son buenas noticias para la Universidad de East Anglia; malas noticias para el mundo, para nosotros. Incluso para los tercos, que persisten ignorando la evidencia científica acerca del cambio climático del único planeta que tenemos. LEA

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Nota del día 07/07/10: Un solo gobierno para el mundo

Organigrama muy provisional y cabeza abajo

No tenemos gobierno mundial. Hay una asociación de estados-nación, más bien tenue, en la Organización de las Naciones Unidas, y ciertamente han ido añadiéndose instituciones planetarias con autoridades hasta hace poco inexistentes. (La Corte Penal Internacional es el caso más destacado y significativo). Por otra parte, hay megaprocesos cuya presión va llevándonos a conformar, en algún momento no tan lejano, una polis del mundo. Hay un calentamiento global que todos causamos, desde una vaca en Abisinia hasta un fumador en Estocolmo, desde un tractorista en Wisconsin hasta un talador en la Selva Amazónica. El clima no reconoce fronteras. Hay, desde hace tiempo ya, corporaciones transnacionales, pero también crimen transnacionalizado, desde el más vulgar hasta el terrorista, incontenible por policías locales. Hay, también, un cerebro del mundo en construcción. Google procesa ya alrededor de mil quinientas millones de búsquedas por día, y todavía la Internet está en pañales. Nos preocupa Chávez, pero también Putin y Berlusconi, y se nos engurruña el corazón con un terremoto chileno o un ciclón birmano. El mundo es plano, argumenta Thomas Friedman.

Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones. ¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario, compuesto por miembros elegidos por los bloques de la “geotectónica política”. Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como subbloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagará?

En la base de todo tendría que estar la conciencia de que en verdad somos, por encima de cualquier otra cosa, ciudadanos del planeta; la de que es una nueva soberanía planetaria, emanada del único pueblo del mundo, lo que dará base a un gobierno del mundo.

Pensarnos como ciudadanos del planeta, por otro lado, coloca en sus exactas proporciones de teatro bufo la gestión de nuestro gobierno nacional. Si sé que soy un ciudadano del mundo me percato más claramente de las pequeñeces intrascendentes de nuestra política, y veo con mayor nitidez la escasez de los discursos habituales. Se adquiere, con esa conciencia, el nivel correcto para el acceso a la modernidad y la superación de un proceso político generalmente mediocre.

Cuando Toynbee paseaba su mirada ancha por la historia del mundo, veía innumerables guerras de todo género y escala. Así como hacemos antropomorfismo de Dios—decir que somos creados a su imagen y semejanza es, en realidad, suponer presuntuosa y conmovedoramente que se nos parece—también lo hacemos de los animales, y hablamos del león como “el rey de la selva”, porque identificamos líder y combate, porque creemos consustancial a la política la lucha.

Pero vienen tiempos de acomodo y convergencia. Viene una nueva política. LEA

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Nota del día 06/07/10: Los billetes de Manacho

La economía del siglo XXI

Un despacho de Reuters, fechado el día de ayer (11:00 p. m. GMT) y firmado por Esteban Israel, reseña los “progresos” concretos de radicales partidarios del gobierno venezolano en la economía socialista del siglo XXI. De hecho, el artículo lleva por título: Un barrio de Venezuela lleva al socialismo más allá de Chávez.

El sector urbano al que alude ese título es el de la parroquia 23 de enero, y la nota lo considera en cierta medida un “laboratorio” socialista. (“Allí puede usted encontrar perros que se llaman Camarada Mao y hasta un lavado de carros socialista”).

Uno de los habitantes contactados por Israel fue un estudiante de Derecho que responde al nombre de Salvador Rooselt. Éste explicó que su grupo (Alexis Vive) le estaba propinando al monstruo capitalista un golpe en su metabolismo social, y describió un banco popular de próxima creación para conceder microcréditos y la emisión de una moneda comunal que vendrá en pequeñas piezas de cartulina. Ya tiene tiendas socialistas que venden la leche a precios descontados de hasta el 50% del precio regulado por el propio gobierno—se justifica el título empleado por Israel—, obtenida de productores recientemente estatizados, de nuevo por el gobierno. Es decir, las tiendas de Rooselt compiten capitalistamente con precios menores, practican el dumping capitalista.

El grupo Alexis Vive ha establecido una estación de radio, Radio Arsenal FM, en consonancia con el uso de un gobierno que crea comandos para batallas electorales y guerrillas comunicacionales, o es en general apoyado por sitios web con nombres como el de aporrea.org. Todo muy pacífico.

Y Rooselt cree que por allí anda el futuro; la moneda de cartón, que desprecia el desarrollo y sofisticación de una economía monetaria que tiene raíces de 5.000 años, sería la moneda del porvenir. (No dijo palabra ninguna sobre los telecajeros a leña que pudieran dispensar los cartoncitos, ni ha pensado cuánto puede durar una compañía que venda sus productos a la mitad del precio normal).

Rooselt cree que el Presidente de la República apoya sus iniciativas y “busca implementarlas al nivel nacional”.

Con una fe de esa clase, con esa conmovedora creencia en la virtud modernizante de los billetes de Monopolio, ahora sí es verdad que el país va a salir adelante. LEA

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Supercardenal: la película

 

La centralidad de la pantalla

La centralidad de la pantalla

 

Era el año terrible de 1991, precursor del año golpista; la Semana Santa estaba muy cerca. El jueves inmediatamente anterior al Domingo de Ramos, el suscrito fue convocado a una reunión en los predios del IFEDEC (Centro Internacional de Formación Arístides Calvani). Había sido requerida por monseñor Mario del Valle Moronta Rodríguez, a la sazón Obispo de Los Teques. En la convocatoria, se había dejado traslucir que el obispo vendría a hablar con gran preocupación de la situación nacional. (A la sesión asistieron el Presidente y el Director General del Ifedec, Pedro José Méndez Mora y Pedro Luis Ghinaglia, respectivamente, así como su ex Presidente y Director General fundador, Enrique Pérez Olivares; también estuvieron Antonio Napolitano, profesor del Seminario Interdiocesano de Caracas y Santiago Baudilio Ortega, cercano al Ifedec y amigo personal de Moronta; finalmente, quien escribe, que asesoraba entonces al instituto).

En efecto, Monseñor Moronta habló al grupo, con cierta agitación, para decir que una conversación suya con miembros del Alto Mando Militar había apuntado a la muy alta probabilidad de un nuevo «caracazo»; de hecho, expresó que el peligro era inminente y su temor de que tal fenómeno se materializara para la Semana Santa que estaba por empezar. Entonces nos confió el secreto que lo mortificaba: que los altos oficiales le habían asegurado que esta vez, a diferencia del 28 de febrero de 1989, los militares no saldrían a reprimir los previsibles desórdenes y que, por las peculiaridades del acceso a la ciudad de Caracas, ésta podría quedar aislada a merced de los tumultos. Luego calló, una sonrisa persistente en los labios, la misma con la que concedía por aquel tiempo numerosas entrevistas que invariablemente, e independientemente del tema que se le planteara, concluían con su recomendación «práctica» de no olvidar «la centralidad de la persona humana».

Una primera ronda de opiniones se fue en la solidaridad preocupada de los asistentes con Monseñor y diversas alusiones a virtudes cristianas. Entendí que en ellas no hubo el menor valor agregado para un progreso constructivo respecto del problema planteado, y aventuré entonces una aproximación que comenzó por una pregunta a Moronta. Le dije: «Monseñor: quiero proponer una imagen para caracterizar esta reunión, y quiero saber si a usted le parece apropiada. Es ésta: usted es un facultativo que tiene entre manos un paciente grave, y la dificultad de su condición le ha impelido a convocar una junta médica para consultar a unos colegas sobre el complicado caso. ¿Cree usted que esta metáfora se ajusta a su idea de la reunión?» Monseñor Moronta asintió entusiasmado y dijo que la imagen era perfecta.

Entonces introduje el siguiente eslabón de razonamiento: «Bueno, Monseñor, una desagradable decisión médica característica de un hospital de campaña, al que llega repentinamente un camión de heridos, es la que se conoce como triaje. Consiste en clasificar en tres grupos a los soldados que ingresan con heridas diversas. En un primer grupo se ubica a aquellos con heridas leves; el cuerpo médico, exigido por el tiempo y otras limitaciones, no les prestará atención; que sean atendidos por monjas y enfermeras con aspirinas, mercurio-cromo y unas compresas de agua fría. En un segundo grupo los galenos incluyen a los que morirán sin remedio, porque su condición es tan grave que ningún esfuerzo del cuerpo médico entero podrá salvarlos; a ese soldado que lleva un obús alojado en el hígado, inyéctenle morfina para aliviar su tránsito y que sea visitado por el sacerdote, el rabino o el imán; no nos ocuparemos de él. Nos concentraremos, deciden los médicos, en estos que con nuestro auxilio pueden mejorar y sin él se agravarían. ¡Manos a la obra!».

El silencio que acompañó mis palabras me permitió hacer una segunda pregunta al obispo: «¿En cuál de los tres grupos, Monseñor, ubica usted a Venezuela? ¿Cree que el país tiene sólo un leve y pasajero malestar, un catarro; o cree, por lo contrario, que debe ser desahuciado?» Monseñor, coreado por el resto de los asistentes, indicó que ninguno de esos dos casos se ajustaba a la situación venezolana, que ciertamente debíamos poner al país en el tercer grupo del triaje, que tenía problemas graves pero con nuestro esfuerzo podía curarse.

«Entonces, Monseñor, voy a darle la opinión que me ha pedido en esta junta médica», le dije. Le dije también que coincidía con su opinión de triaje, que sabía de más de un actor, iniciativa u organización que trabajaba por mejorar las cosas, incluida la Iglesia, pero que, si el paciente se agitaba y en su desesperación se arrancaba las vías endovenosas o despegaba los puntos de sutura, la tarea curativa se dificultaría mucho.

Le hice notar que la Iglesia venezolana, uno de los médicos que se afanaba consistentemente en la mejoría del paciente, estaba justamente entonces en la posición perfecta para aconsejar calma al enfermo, puesto que la Semana Mayor le aseguraba acceso a prácticamente todos los medios de comunicación del país, y que debía usarlos para tranquilizarlo, para reducir la probabilidad de un megadisturbio como la que lo preocupaba, con la dramatizada angustia que había querido compartir con nosotros.

Hice todavía una última pregunta a Mario Moronta: «Monseñor, si cree que lo que he dicho tiene alguna utilidad, ¿estará usted interesado en que le haga llegar unas notas escritas con la esencia de lo que acabo de exponer?» De nuevo, el obispo indicó su grandísimo interés en contar con ese apoyo y yo se las prometí para el día sábado.

La reunión cesó, como por encanto, unos pocos minutos después de este último intercambio, pues ya nadie quiso añadir nada sustantivo, más allá de las cortesías de despedida. A la tarde de ese mismo jueves me llamó Ortega, ya que Moronta lo había comisionado como correo. Quedamos de acuerdo en que pasaría por mi casa a buscar las notas que luego llevaría a Los Teques, cosa que ocurrió.

No fue sino hasta el Sábado de Gloria cuando pude conocer el desenlace de esta historia, pues los periódicos venezolanos no circulan en Jueves y Viernes Santos. El atribulado Obispo de Los Teques, el pastor preocupado que la semana anterior nos había alarmado con la inteligencia recibida del Alto Mando Militar, había perorado en Miércoles Santo, como predicador de orden, un Sermón de las Siete Palabras verdaderamente incendiario, en absoluta contradicción con la prédica de sosiego que habíamos acordado. El obispo más pantallero que ha tenido la iglesia venezolana intentó detonar él solo, con su irresponsable sermón de criminal vocación, como terrorista episcopal, el «segundo caracazo» con el que se había mostrado hipócritamente asustado.

Admito mi desconcierto de esos días, pues parecía que Moronta se había vuelto loco. Una hipótesis se formó súbitamente en mi cabeza: la única explicación posible de la paradójica conducta episcopal era que Moronta creía realmente en la inminencia de un disturbio descomunal, que terminara por acabar con el gobierno y abriera las puertas a uno revolucionario. En ese caso, no querría que se le contara entre los apaciguadores; en ese caso, quería emerger como el obispo de la revolución.

Éste es el obispo que, muy explicablemente, Hugo Chávez postula ahora como supercardenal. LEA

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Addenda: El Obispo de San Cristóbal, Mario Moronta, postulado recientemente por el presidente Chávez a la calidad de Supercardenal—el único que existe, por decirlo así, es el Papa—, ha emitido declaraciones «en defensa» de Jorge Cardenal Urosa, a quien el mismo mandatario insultara. Estas declaraciones son típicas de Moronta; por un lado, no repudia con claridad que Urosa pueda ser tenido por «indigno y troglodita», que fueron los términos empleados por Chávez, sino que se limita a opinar que decir eso «no es propio de la investidura del Presidente». Esto es, sería un problema de falta de urbanidad, no uno de falta de verdad. De otro lado, mucho peor, Moronta se ofrece para mediar entre el gobierno y la Iglesia. Sólo puede mediar entre dos partes quien no pertenece a ninguna de ellas; para la mediación con la que sueña—ya se ve de nuevo en las pantallas de televisión—Moronta no podría ser parte de la Iglesia. Su ofrecimiento lo denuncia. Vale

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Nota del día 05/07/10: Retrato del retatarabuelo

José Gabriel de Alcalá y Sánchez

Fue mi padre quien heredara un retrato de su tatarabuelo, José Gabriel de Alcalá y Sánchez, quien un día como hoy en 1811 firmara el Acta de Independencia de Venezuela en su carácter de diputado por la provincia de Cumaná (Nueva Andalucía). Su nieto, Sandalio de Alcalá y Alcalá, encargó la pintura para regalarla a su padre, José Miguel de Alcalá y Ramírez.

El óvalo al óleo que sobresale del arco dorado mide 59 centímetros en su eje vertical y 48 centímetros en el horizontal. Fue esa forma ovalada la que salvó al cuadro de ser expropiado—por ahora, en estos tiempos de “¡Exprópiese!”—por el gobierno de Raúl Leoni. Menca de Leoni se ocupó de formar una galería con los retratos de los diputados de 1811, y todos los demás eran rectangulares; el retrato de José Gabriel, entonces, fue copiado fielmente para adaptarlo a la forma de los restantes de sus colegas.

Sobresaliendo de la casaca, bajo la manga derecha, se nota la cinta tricolor del reloj de bolsillo con un remate en oro. Sobre la pulcra pechera almidonada y a la izquierda de la blanca corbata, del lado del corazón, un examen atento detalla un broche plateado con el compás y la escuadra de los masones, afiliación aconsejable a los revolucionarios como Bolívar, Miranda, Washington o Franklin.

Mi padre atesoraba ese retrato, y respiró aliviado cuando Carmen América Fernández Alcalá de Leoni devolvió la pintura al patrimonio familiar. En 1956, quiso poner el nombre del prócer al menor de sus hijos, mi hermano José Gabriel.

Primo del Gran Mariscal de Ayacucho—Antonio José de Sucre y Alcalá—, fue también diputado por Cumaná al Congreso de Cúcuta en 1821 y muere en Angostura en 1833. Ha debido ser querido por su gente si su nieto estimó que su hijo agradecería un retrato de su imagen. También es claro que sintió el llamado de lo público; además de sus diputaciones, fue Regidor y Síndico Procurador del Ayuntamiento de Cumaná, su ciudad natal, y ejerció el patronato y la administración del Hospital de Caridad en ella.

He querido recordarlo hoy, a 199 años exactos de su firma más importante. LEA

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