por Luis Enrique Alcalá | Dic 13, 2007 | Cartas, Política |

No ceja en su más reciente empeño el general retirado Raúl Isaías Baduel. Con una fe digna de un samurai, insiste en proponer la convocatoria y elección de una asamblea constituyente para “reconciliar al país”. Se trata de un nuevo objetivo que superpone o añade al ya expuesto de oponer una “barrera infranqueable” a las intenciones expresas del gobierno de desconocer la decisión del 2 de diciembre, que rechazó la “reforma” combinada de Hugo y Cilia, mediante su reinserción con una vacuna triple: el uso de la ley habilitante, el mecanismo de enmiendas y la iniciativa popular. Esta postura de Baduel, vuelta a exponer en el día de ayer, incluye en sus varios aspectos casi cada confusión posible respecto del tema constituyente.
En primer término, resulta ser realmente ingenuo—o insincero—postular que la elección de un centenar y pico de diputados constituyentes, y su reunión en asamblea todopoderosa, pueda servir para “reconciliar” al país. Un proceso electoral cualquiera es una competencia, y no son precisamente las competencias los mecanismos idóneos para la reconciliación. (Puede preguntarse a Zinedine Zidane y Marco Materazzi si la última competencia mundial de fútbol les ha dejado reconciliados). La operación misma de una asamblea tal, además, es la de un debate, y habría que ver cómo dentro de un cuerpo de confrontación argumental, cuyas decisiones se toman por mayoría, emerge la reconciliación. (¿Se reconcilia Bolivia con su constituyente, cuando más bien ha servido para que Santa Cruz haya decidido declarar su autonomía?) Por otra parte, el ministro Pedro Carreño, a quien la oposición debe agradecer efusivamente, por brutas, sus más recientes manifestaciones, ha dicho ya que “no puede haber reconciliación posible (tal como ha planteado la oposición) porque la verdadera reconciliación venía establecida en la propuesta de reforma constitucional”. La separación de cuerpos entre gobierno y oposición equivale ya a un divorcio definitivo, según el ministro anticapitalista de corbatas Louis Vuitton.
Se trata, en el fondo, de la misma idea expuesta el 25 de septiembre de este año (según reportara dos días después el #256 de esta publicación en “Receta de reconstituyente”) por Manuel Rosales, otro apresurado que declara esta semana a La Razón de España que se apresta a una nueva candidatura presidencial y pretende cobrar la propiedad del NO del 2 de diciembre. (El diario español pregunta: “¿Se presentará a la reelección a gobernador en 2008 o prepara su asalto a Miraflores?” Y contesta Rosales: “Le anuncio que no me voy a presentar a la reelección a gobernador. Estoy pensando en asumir un liderazgo a nivel nacional”. Antes, cuando La Razón le recuerda los resultados de la contienda electoral de 2006, le señala: “Sin embargo, se apartó de la política nacional. ¿Se sintió poco apoyado?” El actual gobernador del Zulia y líder máximo de Un Nuevo Tiempo reaccionó del siguiente modo: “Eso no es así. Después de Chávez las encuestas me señalan como el político con mayor liderazgo”. Y en la misma respuesta, cambiando al plural mayestático, puesto que le preguntan sobre su persona política, declara: “La campaña contra la reforma fue liderada por nosotros. Si no hubiéramos sido tan firmes, habría vencido la tesis de la abstención y nos hubiéramos caído por el barranco”. Ya sabemos, entonces, que quien nos salvó el 2 de diciembre no fue Baduel, ni fueron los estudiantes—que Marcel Granier destacó que se activaron a raíz del cierre de RCTV, insinuando la implicación de que sin este hecho el NO hubiera podido ser derrotado—, ni Monseñor Lukert, ni Teodoro Petkoff, ni Julio Borges ni Ismael García, ni el numeroso contingente de héroes anónimos que trabajaron por el NO y protegieron nuestros votos en las mesas, ni nosotros mismos que votamos, ni nadie más: el salvador fue Rosales).
Pero regresando al punto de la constituyente reconciliadora, así dijo Rosales el 25 de septiembre: “Yo creo que, definitivamente, en Venezuela, después de este referendo constitucional hay que pensar seriamente en la realización de una Asamblea Nacional Constituyente porque es la refundación y la reconciliación del país”. Una constituyente, sin duda, reconcilia: con Reconcilia Flores.
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Luego está, en las declaraciones de Baduel, el concepto militar de “barrera infranqueable” que el evento del 2 de diciembre habría erigido. Si Baduel señala que hay que salir al paso de intentos gubernamentales por eludirla, la muralla no puede ser tan infranqueable; tampoco cuando dice que el tal muro inexpugnable sólo podría “solidificarse” con la constituyente. Él mismo, pues, describe su muro “infranqueable” como flojito.
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Un tercero y novedoso concepto introducido por Baduel ayer es anatómico. Según el reencarnado general, el cuerpo social se divide ahora en tres partes (cabeza, tronco y extremidades): “Han quedado marcados tres sectores en la sociedad venezolana: los que se abstuvieron (44% del electorado), los que votaron NO y los que votaron SÍ”. (Reporta El Universal). Tan nítida sería esta organización tripartita de Venezuela que Baduel propone, para integrar la constituyente, que “deben ser seleccionados representantes de los tres sectores (NO, SÍ y abstencionistas)”. Este concepto es, por decir lo menos, una sociología simplista que no puede aspirar a describir con justicia la muy compleja variedad de opiniones del país. (“Cada cabeza es un mundo”). Consideremos tan sólo a quienes se abstuvieron: en ellos hay gente que ha podido simpatizar con la “reforma”. ¿Pueden éstos ser representados por los mismos diputados que representarían a los abstencionistas que la rechazaban?
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Una cuarta idea adelantada por Baduel contradice frontalmente la noción misma de constituyente, al prescribir una garantía de “que no puedan tocarse los valores fundamentales de la Constitución”. Las constituyentes tienen por misión, justamente, sustituir una determinada constitución por otra radicalmente distinta. Si éste no fuese el propósito no se requeriría una constituyente, y bastarían los mecanismos de enmienda o reforma constitucional. Para preservar los “valores fundamentales” de la Constitución no se requiere una constituyente.
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Finalmente, Raúl Isaías Baduel es quien pareciera desconocer la decisión soberana del 2 de diciembre, que entre otras cosas fue un rotundo no a la pretensión de instaurar en Venezuela un sistema socialista. Así perfora el general su propia “barrera infranqueable”: “La Constitución puede ser mejorada en sentido progresivo. Para definir la sociedad que queremos no podemos remitirnos solamente a gritos y consignas, tiene que haber una profundización de lo que es el ‘socialismo del siglo XXI’, con método, orden, ciencia y conciencia. No es incompatible un modelo de producción socialista con un sistema político profundamente democrático, con contrapesos y división de poderes».
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En síntesis, un kilo de estopa.
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Como apunte general, es importante despejar la más peligrosa confusión acerca de las constituyentes. Con marcada frecuencia se sostiene que una asamblea constituyente es “originaria”; es decir, que puede hacerlo absolutamente todo. Que una asamblea constituyente “es” el poder constituyente originario.
Esta insidiosa idea está completamente equivocada, así la sostengan abogados constitucionalistas. Lo único que tiene el carácter indiscutible e irrenunciable de originario es el propio Pueblo. Él es el soberano, el único e insustituible Poder Constituyente Originario. Una asamblea constituyente es un órgano del poder constituido, tan constituido como lo son la Presidencia de la República y la Asamblea Nacional. Los diputados constituyentes no son otra cosa que apoderados nuestros que, a diferencia de los diputados ordinarios (con atribución de hacer leyes), tienen por misión redactar una constitución radicalmente distinta de la existente.
Pero una constituyente no puede promulgar una nueva constitución. Hasta que el Poder Constituyente Originario no se pronuncie afirmativamente, en referéndum aprobatorio de ésta, la nueva constitución no existe.
Tal confusión respecto del carácter de una asamblea constituyente se expresa incluso en nuestra Constitución. Por una parte, porque la atribución del carácter originario al poder del Pueblo es bastante ambigua en el texto de nuestra Carta Magna. En el #256 de la Carta Semanal de doctorpolítico (27 de septiembre de 2007) se explicaba: “La confusión alcanza, incluso, al texto constitucional de 1999, cuando declara: ‘El pueblo de Venezuela es el depositario del poder constituyente originario’. Según esta redacción, los venezolanos somos algo así como la Almacenadora Caracas, donde habría sido ‘depositado’ el poder constituyente originario… ¿Quién ‘depositó’ en el pueblo el poder constituyente originario, que pudiera exigir su devolución?… ¿Habrá creído la Constituyente de 1999—de la que formó parte, por cierto, el enjundioso constitucionalista Hermann Escarrá—que era ella quien depositaba en nosotros ese poder insuperable, a pesar de que la cosa era al revés, cuando éramos nosotros quienes habíamos depositado en ella sus poderes? En todo caso es curiosa—quizás no fue accidental— la redacción del Artículo 347 de la Constitución”.
Más llamativo aún es lo destacado en la Nota Ocasional #14 de doctorpolítico (4 de octubre de 2007): “Ahora bien, curiosamente, la Constitución no estipula un referéndum aprobatorio para el caso de una constitución enteramente nueva que proceda de los trabajos de una asamblea constituyente, a pesar de que la Constitución misma fue sometida a esta clase de referéndum el 15 de diciembre de 1999, y de allí deriva su superior legitimidad. Los cuatro artículos—del 347 al 350—que componen el Capítulo Tercero (De la Asamblea Nacional Constituyente) del Título IX de la Constitución, no incluyen la menor mención de un referéndum”. Obviamente, resulta absurdo que se exija un referéndum para la aprobación de reformas constitucionales o meras enmiendas, y no se requiera para la sustitución drástica de una constitución por otra.
Pero a pesar de esta omisión “involuntaria”, el referéndum sería y será imprescindible y definitivo para sancionar y promulgar cualquier constitución nueva que proceda de una asamblea constituyente. Por una parte, porque se estableció ese precedente el 15 de diciembre de 1999. Por la otra, porque la propia Constitución reconoce en su Disposición Final: “Única. Esta Constitución entrará en vigencia el mismo día de su publicación en la Gaceta Oficial de la República de Venezuela, después de su aprobación por el pueblo mediante referendo”.
No puede una asamblea constituyente, por tanto, imponer una nueva constitución.
Más aún, ni siquiera es una asamblea constituyente necesaria para proveernos de una constitución radicalmente nueva. Lo que es preciso es un proceso constituyente, pero las asambleas constituyentes son sólo un método—hasta ahora tenido por muchos como el único—de arribar a un proyecto de constitución, el que, debe insistirse, es letra nonata hasta tanto sea aprobada por el Poder Constituyente Originario, que no es lo mismo que una asamblea constituyente.
Desde el 19 de enero de 1999, es punto fundamental de la doctrina constitucional venezolana que el Pueblo, en su carácter de Poder Constituyente Originario, es un poder supraconstitucional. Esto es, que no está limitado por la Constitución, que sólo limita al poder constituido. Alguien que tenía esto clarísimo es Monseñor André Dupuy, el Nuncio Apostólico de Su Santidad que precedió al actual. En su homilía de la misa por el alma de Keyla Guerra (una de las víctimas de la masacre de la Plaza Francia en diciembre de 2002), dijo el valiente y pedagógico hombre de iglesia: “Con el mayor respeto, podríamos decir de la constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el Hombre y no el Hombre para el sábado, así una constitución está hecha para el Pueblo y no el Pueblo para una constitución”.
Es perfectamente concebible que el texto entero de una nueva constitución fuera presentado a consideración directa del Pueblo, del Poder Constituyente Originario, sin necesidad de que se hubiera convocado, elegido y financiado una asamblea constituyente. Y esto es así a pesar de que esta avenida no esté siquiera trazada en nuestra Constitución. En la de 1961 no figuraba la institución de una asamblea constituyente, pero esto no impidió que se nos preguntara en abril de 1999 si queríamos elegir una. La estructura toda del Estado venezolano se desplomaría si se negara verdad tan evidente. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 11, 2007 | Entrevistas, Política |

Esta entrevista fue grabada a escasos nueve días después del referéndum del 2 de diciembre de 2007, sobre las reformas constitucionales propuestas por el Presidente de la República y la Asamblea Nacional, las que resultaron ambas negadas en su totalidad.
por Luis Enrique Alcalá | Dic 11, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El artículo Es hora de quedarse, escrito el 9 de julio de 1998 y publicado en el diario La Verdad de Maracaibo, se reproduce en esta Ficha Semanal #174 de doctorpolítico. Se trata de un tema recurrente en la preocupación del suscrito: la valoración negativa de nuestro país por nosotros mismos.
En jueves inmediatamente anterior al Domingo de Ramos de 1991, por ejemplo, eché mano de una metáfora médica para calmar los ánimos de una reunión, convocada por Monseñor Mario Moronta en oficinas del IFEDEC (Instituto de Formación Demócrata Cristiana, fundado por Arístides Calvani). El obispo reunió a un compacto grupo para exponer una angustia que lo dominaba: según avisos que le llegaban, era alta la probabilidad de un nuevo “caracazo” por aquellos días de Cuaresma, y sus fuentes militares le advertían que, de producirse un nuevo megadesorden, las Fuerzas Armadas se abstendrían de reprimirlo. El resto de su exposición no era otra cosa que una lectura terriblemente negativa del país.
Para sugerir que precisamente la Iglesia Católica podía servir de calmante que tranquilizara los ánimos, predicando el sosiego y la esperanza, expliqué en qué consistía la decisión médica del triage, típica de situaciones calamitosas. Los médicos clasifican a los pacientes en tres grupos, dos de los cuales no recibirán atención avanzada, en vista de la escasez de recursos: los que sufren alguna lesión leve, curable con aspirina y tal vez algo de agua bendita, y los que están tan graves que morirán de todas todas, a pesar de toda la atención que puedan recibir. El grupo residual, de los que empeorarán sin asistencia y mejorarán con ella, es el que recibirá la atención del cuerpo médico.
Pregunté entonces a la reunión de consultores de Monseñor en qué grupo debíamos colocar a Venezuela: si sus males eran tan leves que sanarían por sí solos o tan graves que había que desahuciarla (como parecía sugerir la presentación episcopal), o si tenía problemas serios pero tratables que requerirían nuestro concurso. El diagnóstico fue unánime: nuestro país estaba en este último grupo del triaje. Propuse, pues, a Mario Moronta que los púlpitos católicos hablaran todos como una sola voz, en procura de la tranquilidad del paciente, requerida para que la atención “médica” pudiera conducirse eficazmente. (La agitación del paciente descosería los puntos de sutura y despegaría las líneas de suero). Además de los templos, los medios de comunicación pudieran multiplicar ese mensaje, habida cuenta del espacio que tradicionalmente conceden a la iglesia en los días santos. Monseñor Moronta dio señales de entusiasmo y solicitó que se le hiciera llegar notas escritas en ese sentido, las que recibió en Los Teques un día antes del Domingo de Ramos.
Pero entonces vino la sorpresa: Moronta llenó su sermón de las Siete Palabras en esa Semana Santa de palabras realmente incendiarias, como si en lugar de calmar el ánimo popular se propusiera exacerbarlo. Tal vez creía inminente una insurrección popular y estaba en su interés que se le contara del lado de los revolucionarios. Durante años opinó políticamente, pero nunca propuso alguna solución que no fuese la abstracta y general—e inútil—de su prédica sobre “la centralidad de la persona humana”.
LEA
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Tiempo de quedarse
A comienzos de 1983, hace ya quince años, se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza.
El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras en cuestión se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir cada vez mejor trabajando cada vez menos. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: ¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!
No fue poca la sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana.
El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión tomó un camino diferente.
De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—recordemos que se estaba a comienzos de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le sorprendió. En esa conversación nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: “Bueno, sí, pero ¡la que nos tiene verdaderamente alarmados es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!”
Con mucha frecuencia ese autoprejuicio de muchos venezolanos llega a expresarse de modo más activo y más denigrante. Así, se niega que podamos “estar preparados” para vivir en democracia, se le tiene miedo a una Asamblea Constituyente o, más crudamente, se declara: “Venezuela es una caricatura de país”.
Pero no es preciso ser tan atrabiliario como para sentir los embates de la duda respecto de las posibilidades futuras de la nación venezolana. Muchas personas trabajadoras, honestas y patrióticas llegan a sentir el aguijón de la desesperanza y algunos buscan mudarse a otras latitudes para dejar de ver los problemas que aquejan a los venezolanos, para no pensar más en eso, para escapar a las trabas que un sistema anacrónico y disfuncional impone a su actividad empresarial o profesional.
Esa no es una estrategia constructiva. Es una actitud de evasión, de escape, de fuga.
El país está atravesando, en estos mismos momentos, por lo que tal vez llegue a ser la más importante transición en nuestra historia. No hay que perdérsela. Por lo contrario, es la hora de quedarse a producir y contemplar un soberbio espectáculo: el de un país que ha venido asimilando sufrimiento, creciendo en conciencia, aprendiendo serenamente de la adversidad, y que puede convertir ese doloroso proceso en una metamorfosis de creación política.
Las ganas de salir corriendo tal vez sean comprensibles. Más de un venezolano capaz se siente impedido, maniatado. No se pretende negar, entonces, que el país en general—sus obreros, sus científicos, sus empresarios, sus profesionales, sus trabajadores culturales—esté pasando por penurias en grado importante. Lo que se niega es la validez de una estrategia evasiva, cuando lo constructivo, lo audaz, lo inteligente, es encontrar las oportunidades que, como toda crisis, la crisis venezolana está proveyendo.
No es el momento de negarnos. Todo país próspero conoció la penuria primero que nada. Nos toca ahora a nosotros comprobar que no somos menos, no somos raza, ni cultura, ni pueblo inferior. Todo el planeta vive ahora un inmenso ajuste, que naturalmente invalida o hace obsoleto a más de un modo de vida o producción. La inteligencia está en adaptarse a esta grandísima transformación de la humanidad, aprender y hacer cosas nuevas.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 7, 2007 | Notas, Política |

Estimada suscritora, estimado suscritor: crece por horas la posibilidad de un desenlace político de falta absoluta del Presidente de la República (que llevaría, según estipula la Constitución en su Artículo 233, a una nueva elección presidencial dentro de los treinta días siguientes). Por una parte, los signos crecientes del desquiciamiento emocional del Presidente, como lo atestigua la fotografía anexa, publicada en El País de Madrid. Fue tomada en el acto en que, a lo Hitler, comenzó a presentar factura de traición al pueblo mirandino y caraqueño: «Miranda tiene una deuda conmigo, anótenla. Los caraqueños tiene una deuda conmigo, aquí la tengo anotada ¡Vamos a ver si me la pagan o no me la pagan!» La mano que sostiene el micrófono muestra las huellas de puñetazos recientemente descargados en rabietas.
Por otra parte, arrecia la crítica clara y dura dentro de sus propios partidarios. El sitio de aporrea.org lleva el artículo que se reproduce abajo. No hay voz opositora que haya levantado una crítica tan demoledora del liderazgo de Chávez.
Cordiales saludos
Luis Enrique Alcalá
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http://www.aporrea.org/actualidad/a46319.html
¿Por qué perdimos?
Por: Mathías Irigoyen
Fecha de publicación: 04/12/07
De todas las lecturas posibles que le podemos dar a esta derrota, sería estéril caer en la tentación de las más complacientes: “Perdimos porque el pueblo todavía no tiene suficiente madurez política”; “porque nos faltó más propaganda”; “porque no hicimos suficientes marchas” o porque “faltaron más franelas”. Estas frases reflejan la caricatura de una actitud: la incapacidad de sacar alguna lección útil de la derrota. Son el residuo despechado de un triunfalismo que subestimó al pueblo y todavía lo mira por debajo del hombro. Implican una arrogancia política imperdonable y, en última instancia, la incapacidad de aceptar la voluntad popular.
El mayor desafío de la revolución en esta hora amarga es realizar, a través de la reflexión autocrítica, la lectura más honesta posible de su primera derrota, haciendo el mayor esfuerzo por comprender los errores que jamás deberían volver a repetirse. Presidente Chávez, el desenlace electoral no es mérito de la oposición. Obedece, sobre todo, a que muchos de tus fieles seguidores no fueron a votar por no votar en tu contra, pero muchos otros, por múltiples razones, votaron por el NO. Estas son diez razones que ayudan a explicar por qué muchos venezolanos –aun queriéndote- votamos contra ti:
1. El líder no es infalible. Vale la pena recordar que ningún humano lo es y que el presidente Chávez es humano. Sin embargo, en los últimos meses algunos chavistas prefirieron renunciar a su intuición y su conciencia, antes de asumir con valentía la temida pregunta: ¿Se estará equivocando el Presidente? Otros revolucionarios seguramente sí lo pensaron pero no se atrevieron a manifestarlo por temor a la sospecha de traición o al desempleo. Son temores legítimos. Y si alguno se atrevió a manifestarlo es posible que ya no esté en su cargo. Se tiene mayor responsabilidad cuanto más cercano se está del Presidente. Cuídate de la arrogancia tanto como de la adulancia de quienes te dicen sí a todo, sin opinión, sin reflexión, sin dudar nunca. Tal vez algún día volvamos a tener ministros y autoridades honestas y valientes que mirándote a los ojos, y aun arriesgando el puesto, en vez de decirte “ordene comandante” sean capaces de decirte: “Se está equivocando Presidente”.
2. No se debe subestimar al pueblo. Los líderes, no deben alejarse de los sentimientos y la identidad de su propio pueblo. Cuando esto sucede, el líder puede llegar a sentirse esclarecido conductor de un rebaño de mansos borregos que seguirán sin chistar el rumbo trazado para ellos. Esa fue la actitud más notoria de esta campaña electoral. Quien esté pensando todavía que el pueblo fue el equivocado y Chávez el que tenía la razón, se está cayendo de una nube y no ha terminado de llegar al suelo. Tendrá que tomarse el tiempo para asimilar lo sucedido y elaborar su duelo. Después, tal vez logre comprender que más allá del nivel educativo, cultural o social, el pueblo intuye, sabe y siente lo que hace. Conviene tener esto muy presente antes de emitir juicios sobre la supuesta “inconciencia” del pueblo que votó NO. Conviene recordar que Simón Bolívar conocía del alcance de la sabiduría popular. Conviene recordar, con Alí Primera, que al pueblo venezolano nadie lo arrea porque ya no es manso sino montaraz. Esto lo supo Chávez alguna vez, pero lo olvidó. Y si todavía alguien lo duda, habrá que recordarle que el 13 de abril de 2002 el pueblo demostró que sabe cuándo y cómo tiene que actuar.
3. El triunfalismo es mal consejero. Cuando se está tan seguro de la victoria, cuando no se considera siquiera como posibilidad la derrota, cuando no se escuchan las voces de alerta o advertencia, entonces se repite la antiquísima fábula de la tortuga y la liebre.
4. No se debe comprometer la soberanía en aras de ninguna ideología. El pueblo tiene conciencia de su soberanía, de su identidad y autoestima nacional. Que vinieran médicos cubanos a llevar atención y salud donde nunca el Estado tuvo presencia y donde muchos médicos venezolanos no estaban dispuestos a llegar, fue un gran acierto; pero invadir todas las misiones, ministerios y hasta la propia Fuerza Armada, de “asesores” cubanos profesándoles una admiración reverencial porque ellos “sí saben hacer y sostener revoluciones”, rayó en la ridiculez y la vulgaridad. Por una parte se criticaba duramente la injerencia imperial de los EE.UU, por la otra les entregamos hoteles, despachos, celulares, vehículos, “estipendios”, millardos y una buena dosis de dignidad a hermanos cubanos que venían a manifestar su solidaridad y terminaron dictándonos lecciones de “hombres nuevos”. Eso Presidente, aunque ninguno de sus allegados se atreviera a decírselo, le cayó muy mal a este pueblo.
5. El socialismo no se puede imponer a martillazos. No sólo el socialismo, ninguna ideología –mucho menos si se pretende humanista- se puede inculcar tratando de forzar la voluntad y la libertad individual. Incluso si verdaderamente se tratara de la “panacea” capaz de resolver todos los problemas de una sociedad (que no lo ha sido en ningún lugar, por cierto) no puede imponerse a punta de propagada ni obligando la gente a marchar y repetir consignas fundamentalistas como “Patria, socialismo o muerte”. Las marchas y concentraciones “obligatorias” para los funcionarios públicos, como las de los últimos meses, pudieron servir para aparentar fuerza, pero le aseguro que restaron muchos votos. El gobierno tiene que entenderlo de una buena vez: no existen atajos para la conciencia. Si el gobierno realmente cree en los llamados valores socialistas de solidaridad, igualdad, justicia y amor, que sus más altos funcionarios lo demuestren como lo hizo el Che: con su ejemplo personal, con su honestidad, con su desprendimiento. Mientras siga impune el festín de la corrupción y tus ministros no sean ejemplo vivo de esos valores, el socialismo del siglo XXI seguirá siendo una consigna vacía.
6. El exceso de propaganda genera rechazo a lo que se propaga. Si te vistes de rojo, uniformas a tus seguidores de rojo, pintas las instituciones de rojo, imprimes afiches, vallas, volantes y hasta la constitución de rojo y terminas sintiéndote orgulloso de que una marea rojo rojita te aupe, lograrás hartar por exceso. Eso fue lo que te pasó. Por otra parte, si utilizas los recursos públicos, sin pudor ni disimulo para financiar tu campaña electoral, con el consecuente ventajismo que eso genera, tarde o temprano termina saliéndote el tiro por la culata. Uniformarse de un sólo color envía a tus potenciales seguidores y al mundo un mensaje peligroso: allí no puede sobrevivir la diversidad ni la pluralidad.
7. Los poderes públicos deben mantener su independencia. Esto es un principio republicano universal consagrado en nuestra Constitución y las leyes. Pero más allá de eso, es conveniente respetarlo para que ningún poder, por revolucionario que sea, se imponga sobre los otros. Si haces una revolución es muy deseable que los demás poderes te acompañen y te apoyen para avanzar en la misma dirección. Lo malo es que se subordinen, miren a otro lado y hasta terminen defendiendo tus errores. Si como poder Ejecutivo haces una propuesta para el país, no es ético involucrar en su elaboración al Fiscal General, a la Presidenta del TSJ y a la propia Asamblea Nacional, por una sencilla razón: No se debe ser juez y parte al mismo tiempo. Ojalá no esté lejos el día en que la Asamblea Nacional, la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía General de la República, la Contraloría, el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral hagan su trabajo sin tener que preguntarse antes: “¿Qué piensa Chávez sobre esto?”.
8. La intolerancia y la agresividad descapitaliza políticamente. El discurso polarizante puede dar muy buenos frutos en coyunturas en las que urge tomar partido por dos opciones. Esto lo sabe y utiliza Bush tanto como lo sabe y utiliza Chávez. Su premisa más básica se resume en el chantaje: “O estas conmigo o estás contra mí”. Aunque puede funcionar en tiempos de guerra, no sirve para nada como modus vivendi de un país harto de la violencia cotidiana que lo que más quiere es vivir en paz.
9. El chantaje y la manipulación no convencen al pueblo. Se puede manipular a un niño. Se puede manipular a un pueblo que te ama con lo más puro de sus sentimientos y ha sido capaz de arriesgar su propia vida por ti. Pero tú pueblo ya no es un niño porque tú mismo lo ayudaste a madurar y crecer políticamente. Nunca más lo puedes tratar de chantajear como lo hace Bush, ni decirles que tus propuestas son lo mismo que tú, ni amenazarlo con que si no las aprueban te vas, ni abusar de su amor evocando atentados ficticios o reales para que se asusten ante la sola idea de no tenerte. Eso ya no te va a funcionar más.
10. La mentira no paga. Tuviste que mentir para vender una idea que desde el principio demostró no ser convincente. Dijiste que estabas invocando al Poder Constituyente pero tuviste temor a convocar una Asamblea Constituyente. Quisiste modificar el espíritu de la Carta Magna, pero no te atreviste a proponer la modificación del Preámbulo ni de los Principios Fundamentales. Quisiste hacer una nueva Constitución, pero dijiste que se trataba apenas de una reforma que no alteraba más del 10% de su articulado. Dijiste que la propuesta era integral e indivisible por temor a que se votara artículo por artículo. Dijiste que se abriría un gran debate nacional y tan sólo hubo monólogo. Probablemente tus asesores te recomendaron todas o muchas de estas “estrategias políticas” que se parecen demasiado a la deshonestidad y a la mentira. Ojalá, querido Presidente, que desde este momento los escuches menos a ellos y escuches más a tu pueblo.
mathiasirigoyen@yahoo.com.ar
por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2007 | LEA, Política |

La Navidad promete ser la mejor de la última década. Para Venezuela, ya sabemos por qué. Para el mundo, porque después de todo parece que la batalla de Armagedón no es inminente. El más reciente National Intelligence Estimate (Estimado Nacional de Inteligencia) de los Estados Unidos, que el presidente Bush dice haber conocido tan tarde como la semana pasada, asevera ahora que Irán abandonó su programa de armas nucleares en 2003, hace ya cuatro años. El informe es producto del consenso de dieciséis agencias estadounidenses de inteligencia.
Naturalmente, han surgido las preguntas obvias. ¿Cómo es posible que el gobierno norteamericano haya sostenido un discurso tan duro contra Irán, cuando se descubre, con peligroso retraso, que a fin de cuentas el gobierno iraní estuvo todo el tiempo diciendo la verdad sobre este punto? ¿Dónde se va a meter ahora el Presidente de la Universidad de Columbia? ¿Ofrecerá George W. Bush sus excusas a Mahmoud Ahmadinejad?
En Irán se ha recibido el histórico reporte con gran beneplácito. Manouchehr Mottaki, su Ministro de Asuntos Exteriores, ha dado la bienvenida a los “países que corrigen sus apreciaciones con realismo, aunque en el pasado tuvieran preguntas y sostuvieran ambigüedades respecto de las actividades nucleares iraníes”.
Ah, pero los tercos del planeta, como Chávez, no cejan en su dureza. Bush ha aducido no sólo que no conocía la nueva evaluación hasta hace muy pocos días, sino que sugiere que la detención del programa de armas nucleares en Irán se debió, precisamente, al temor inspirado por la postura norteamericana. “Irán era peligroso, Irán es peligroso e Irán será peligroso si tiene el conocimiento necesario para hacer un arma nuclear”, dijo el Presidente de los Estados Unidos. El gobierno de Sarkozy, que emula el amorochamiento que Aznar mantuviera con Bush, mantiene su posición dura de exigir sanciones más pesadas. Una vocera de la cancillería francesa declaró: “Parece que Irán no está respetando sus obligaciones internacionales. Debemos mantener la presión sobre Irán”. Los ingleses, por su parte, dicen (oficina del Primer Ministro): “En términos generales, el gobierno cree que el informe confirma que teníamos razón en estar preocupados acerca del intento por parte de Irán de desarrollar armas nucleares”. Etcétera.
La oposición a Bush en los mismos Estados Unidos no se come el cuento de que él no sabía nada, y recuerda cómo fue que la invasión a Irak fuera predicada sobre evaluaciones completamente erradas acerca de la presencia de armas de destrucción masiva en ese país y su presunta cooperación con al Quaeda. El senador Barack Obama, principal competidor de la senadora Hillary Clinton por la candidatura presidencial de los demócratas, observó con ironía: “El presidente Bush continúa impidiendo que los hechos se atraviesen en el camino de su ideología”. Si éste hubiera leído suficientemente a Isaac Asimov, ripostaría: “No dejes que tu sentido de la moralidad te impida hacer lo que es correcto”. Aun sin ese barniz cultural sigue en sus trece. Y estuvo a punto de ordenar el bombardeo de Irán.
Pero esta vez se ha quedado sin pretexto. Feliz Navidad.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2007 | Cartas, Política |

Antes de entrar en materia, tres cosas previas.
La primera es la de despejar las leyendas urbanas alimentadas desde los recalcitrantes radicales de oposición que a estas alturas, como dice Luis Alberto Machado, en vez de regocijarse con los resultados del domingo, y por mantener tercamente que tenían razón cuando obviamente carecían de ella, andan buscando el modo de amargarse la vida. (Como, por ejemplo, la necedad totalmente falsa que circula en correos anónimos alegremente distribuidos: “Baduel, Chávez, el CNE, el Alto Mando Militar y los factores del NO, negocian unos resultados que no fueran humillantes para Chávez y aparecen esos resultados cerrados”. Esta estúpida especie es de la misma calaña de las que sostenían que Gaviria se vendió en agosto de 2004, que Petkoff fue a reunirse con Fidel Castro de regreso de la toma de posesión de Bachelet en abril de 2006 y que Rosales se reunió en Fuerte Tiuna en diciembre de ese mismo año para negociar su rendición).
No tiene la más mínima utilidad para el país que María Corina Machado declare que según un quick count—dicho en inglés porque suena más profesional—la diferencia real a favor del NO sería de 8,61 puntos y no de 1,41, como ha indicado el Consejo Nacional Electoral (para el bloque A, sobre 87% de los cuadernos recibidos). Suponiéndole a Súmate una honestidad que no hay motivo para cuestionar, de todos modos los números que la organización ofrece se obtienen por un método que no puede competir con el registro real de los votos, que es lo que el CNE posee. Es cierto que Ojo Electoral también obtiene cifras diferentes, pero de nuevo sus números vienen de una muestra, no de la contabilidad efectiva de los votos emitidos. (Este observador midió una diferencia de 3,2 puntos a favor del NO).
Pero Vicente Díaz, incalificable de chavista, ha hecho unas declaraciones de grandes importancia, hidalguía y valor. Desmintiendo con decisión y seriedad los infundios que se lanzan sobre el CNE, ha apuntado no sólo que los cuadernos por recibir no modificarán la angosta brecha que separó el repudio de la aprobación de la “reforma” constitucional propuesta, sino que ha dicho, con todas sus letras, que “se demostró que Chávez no es un dictador y que la oposición no es golpista”. (El Universal. Puede leerse un recuento más nutrido de su lección magistral en el propio portal del CNE). Gracias a Vicente Díaz.
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La segunda cosa previa a destacar es, justamente, la conducta del Presidente de la República. Cuando Rafael Caldera ganó por primera vez una elección presidencial—1968, contra Gonzalo Barrios—lo hizo por poco más de treinta mil votos, y la proclamación se retrasó por varios días a causa del regateo de tan mínima diferencia. Fue su contendiente, el Dr. Barrios, quien zanjó el asunto—saliendo al paso de quienes le animaban a quedarse con el coroto—al sostener con gran lucidez: “La oposición puede ganar por treinta mil votos. El gobierno no. Nadie lo creería”.
Pues resulta que Hugo Chávez ha aceptado que el proyecto en el que había puesto enorme esfuerzo y esperanza ha sido derrotado, por una ventaja minúscula. El suscrito, redactando de madrugada e intoxicado por la alegría, escribió el lunes: “La diferencia mínima que anunciara la Rectora Presidenta del CNE… pareciera construida para permitir el discurso posterior de Hugo Chávez, que reconoció su derrota calificando el resultado como un ‘final de fotografía’ y la victoria de sus contrarios como pírrica”. Ahora me doy cuenta de que esa insinuación fue irresponsable.
Manuel Rosales le había indicado el camino hace un año, al reconocer tempranamente, y con hombría, su derrota. Ese gesto tiene todavía el inmenso valor de recibir el eco del gesto de Chávez. Por el reconocimiento del triunfo de sus adversarios, me quito el sombrero ante el Presidente de la República. Chapeau, Monsieur le Président. (Dicho en francés porque es de uso común). Gracias a Hugo Chávez.
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La tercera y última anotación al margen va dirigida al refrescante y heroico movimiento estudiantil, que emergió con el caso RCTV—primer repudio de una mayoría pública a Chávez en 2007—y perseveró en batalla valiente, clara y eficaz contra el proyecto de “reforma” constitucional.
Hace casi cincuenta años, los estudiantes universitarios venezolanos, que eran bastante menos que los de ahora, llegaron a persuadirse de que eran ellos quienes habían derrocado a Pérez Jiménez. Sin duda, jugaron un papel determinante, verdaderamente crucial. Las convocatorias de la juventud tienen la fuerza de la frescura y el desinterés. Pero, como hoy, los estudiantes de entonces desempeñaron una misión necesaria, mas no suficiente. En el desenlace del 2 de diciembre muchos otros factores intervinieron; muy importantemente, por ejemplo, partidarios usuales del Presidente, que sintieron que en el caso del derrotado proyecto se había pasado de maraca y, o votaron en contra, o se abstuvieron.
Ahora dice Ricardo Sánchez, recién electo Presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela: “Llegó el relevo y asumamos los espacios de dirección política tanto universitaria como de la calle en términos de darle nuevas caras y rostros al país”.
Ya va, Ricardo, deja el apuro. Fíjate que hay mas claridad en otra voz juvenil, como la tuya, que dice: “¿Se dan cuenta de la crisis tan grave de liderazgo que vivimos en Venezuela? ¿Cómo es posible que un pelado de veintitrés años esté aquí hablándoles a ustedes? ¿Aquí no debería estar una persona con dos doctorados, que hable siete idiomas y que haya trabajado toda su vida por políticas públicas para poder liderar al país hacia el progreso?” Esa claridad es la que se requiere para despejar humos que puedan habérsele subido a los estudiantes. Gracias a Jon Goikoetxea.
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Ahora al punto, que es éste: ¿qué es lo que hay que hacer ahora? ¿Cuáles son las acciones a emprender y cuál es su orden correcto?
Antes que nada, los siguientes datos fundamentales. Uno, que el 2 de diciembre celebramos nuestro tercer referéndum constituyente; es decir, uno en el que nos expresamos no como meros Electores, sino como integrantes del Poder Constituyente Originario. (Por el primero declaramos que queríamos elegir una asamblea constituyente; por el segundo aprobamos la Constitución). Dos, que el domingo pasado ganó el NO en sólo nueve de las veinticuatro circunscripciones electorales del país. (Distrito Capital, Anzoátegui, Carabobo, Lara, Mérida, Miranda, Nueva Esparta, Táchira y Zulia). En las restantes quince circunscripciones ganó el sí.
Dicho esto, consideremos que la prescripción de moda es una nueva asamblea constituyente, cuando ni siquiera se ha cumplido una década de la última, que produjo la constitución vigente, la que nos propusimos defender hace escasos cuatro días.
Esta receta la prescribe ahora Raúl Isaías Baduel, montado en la ola de popularidad que su eficacísima acción opositora ha creado, aumentada por el incidente que puso en peligro su vida el domingo de las votaciones y su decisiva actuación de ese día, emanando su autoridad—auctoritas no potestas—sobre la Fuerza Armada Nacional e influyendo sobre el CNE. (Gracias a Raúl Baduel).
No es la idea originalmente suya, por supuesto. El 25 de agosto de este año proponía Manuel Rosales: “Yo creo que, definitivamente, en Venezuela, después de este referendo constitucional hay que pensar seriamente en la realización de una Asamblea Nacional Constituyente porque es la refundación y la reconciliación del país”. Bastante antes, hacia febrero de 2003—por la época del “reafirmazo” organizado por Súmate para considerar un “combo” de opciones para salir de Chávez—la propuso nadie menos que Herman Escarrá, a sólo tres años y dos meses de que hubiera participado en la de 1999. (Su fama de “primer constitucionalista nacional”, una vez fugado de la escena Allan Randolph Brewer Carías, le permitiría fácilmente prevalecer).
Comiendo, pues, como el tigre por lo ligero, Baduel se propone capitalizar su bien ganado prestigio—los que antes lo condenaban por haber repuesto al diablo ahora lo vitorean—y continuar su ascendente trayectoria como líder de un movimiento pro constituyente, que para materializarse tendría que recoger casi dos millones y medio de firmas, lo que es cuesta arriba pero no imposible en vista del resultado del domingo.
La idea no es buena. Para empezar, la Constitución dice (Artículo 347) que una asamblea constituyente debe convocarse y elegirse para “transformar al Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución”. Pero Baduel ha dicho desde que se lanzó al ruedo que la constitución actual es estupenda, magnífica, espectacular. No es porque él tenga ahora un proyecto completo de reordenación jurídica, una prevista transformación del Estado, o una redactada constitución enteramente nueva, que aboga por una constituyente. Lo que busca Baduel es un antojo que ya se ha apoderado de gente apresurada, que ahora persigue, impacientemente, recomponer la Asamblea Nacional. (Y/o, en procura más ambiciosa, colocar sobre la cabeza presidencial un poder más poderoso que el de él).
Es una mala idea. En septiembre de 1998 escribía el suscrito (“Primer referendo nacional”): “Un cambio de esta naturaleza es claramente algo que no puede ser llamado una reforma, y menos aún una enmienda, que es aquello para lo que el ‘poder constituyente ordinario o ‘derivado’—el Congreso de la República—tiene facultades expresas. Esta es la verdadera razón para la convocatoria de una Constituyente. Los argumentos que visualizan un órgano de este tipo como medio de recambiar el elenco de actores políticos nacionales son un desacierto: para esto es que se ha creado el procedimiento electoral”.
Pero es que además de promover un método equivocado para tal fin, debe tomarse en cuenta que no es lo mismo un referéndum como el de hace cuatro días que una elección para conformar un cuerpo deliberante. Los diputados a una constituyente serían elegidos por circunscripciones electorales, y quince de las veinticuatro apoyaron el domingo la pretensión de Hugo Chávez, en algunas con diferencias mayores que las obtenidas por el NO. (Los estados en los que el NO obtuvo una mayor ventaja fueron Táchira con 14,63 puntos, Zulia con 13,89 y Miranda con 12,83. Contrástese esto con la ventaja del sí en Amazonas, 31,53, en Portuguesa, 26,16 o Trujillo, 24,33. El promedio de la ventaja del sí en los estados que ganó fue de 14,74; el del NO fue 9,32). De no mediar drásticas y masivas conversiones ciudadanas, el chavismo tendría mayoría en la constituyente.
Baduel, como dice el Brujo de Los Palos Grandes, se ha puesto a correr delante de sí mismo. Mal timing, prematuramente atropellado.
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Hay, en cambio, un evento electoral inexorablemente pautado para 2008: las elecciones de nuevos gobernadores y alcaldes. Sólo un poco más de diez meses nos separan de esos comicios. (Los actuales gobernadores y alcaldes fueron elegidos el 31 de octubre de 2004). La preparación de candidaturas para esa circunstancia ineludible debe comenzar ya.
Una meta mínima pudiera ser la de obtener la gobernación en cada uno de los estados donde el NO resultó triunfador. Apartando Nueva Esparta y Zulia, que tienen ya gobernadores no chavistas, se trataría de añadir seis más para un total de ocho gobernadores arrancados al “proceso”. (La novena circunscripción, el Distrito Capital, elegirá alcaldes). Eso sería un serísimo revés para Chávez.
Tal cosa no es tarea fácil. Pudiera ganarse con relativa comodidad si confluyen dos condiciones: la primera, que el apoyo al chavismo prosiga su declive; la segunda, que los innumerables aspirantes de oposición logren acordarse en candidatos únicos para cada circunscripción. De lo contrario, una oferta dividida sería derrotada. (Ahora sí pudiera considerarse elecciones primarias para alcanzar esa segunda condición).
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Supongamos que la oposición logre la meta delineada o incluso la supere con creces. En este caso puede entonces voltearse la mirada a la Asamblea Nacional, que también se compone por circunscripciones electorales. (Y base poblacional, por supuesto, aunque no únicamente. Artículo 186 de la Constitución, parágrafos 1º al 3º: “La Asamblea Nacional estará integrada por diputados y diputadas elegidos o elegidas en cada entidad federal por votación universal, directa, personalizada y secreta con representación proporcional, según una base poblacional del uno coma uno por ciento de la población total del país. Cada entidad federal elegirá, además, tres diputados o diputadas. Los pueblos indígenas de la República Bolivariana de Venezuela elegirán tres diputados o diputadas de acuerdo con lo establecido en la ley electoral, respetando sus tradiciones y costumbres”).
¿Cómo forzar la recomposición de la Asamblea Nacional antes de tiempo? Se copia ahora del #263 de la Carta Semanal de doctorpolítico (15 de noviembre de 2007), haciendo una sustitución pertinente en la última oración, en la pregunta: “Si un mero referéndum consultivo sirvió para dilucidar si queríamos, mediante asamblea constituyente no contemplada en la constitución, sustituir la que nos regía por otra enteramente nueva, ¿qué pudiera oponerse a la noción de que otro referéndum consultivo nos preguntara si queremos elegir una nueva Asamblea Nacional, aunque formalmente no se haya cumplido el período especificado para quienes ahora la componen?”
La sola convocatoria de un referéndum tal requiere nada más que diez por ciento de los Electores apoyándola con su firma: un poco más de un millón seiscientos mil, u ochocientos mil menos que los exigidos para obtener una constituyente.
Llegada la actual dinámica a una maduración conveniente, pudiéramos intentar el recambio de la Asamblea Nacional por esta vía, con la seguridad de que se superaría significativamente la representación opositora que la integró en 2000. Entretanto, a prepararse para la ardua carrera de las gobernaciones y alcaldías. Y desechar, por impertinente, innecesaria, inconveniente y extemporánea, la idea de forzar ahora una asamblea constituyente.
Claro, de presentarse una súbita y marcada pérdida de gobernabilidad, debiera estudiarse el recorrido de otras avenidas. Pero Chávez no dio muestras, en la madrugada del lunes, de haber perdido el control. Todo lo contrario, de modo que no contemos con eso. ¿No y que habíamos abandonado el inmediatismo?
Después de eso, por supuesto, un torpedo ha estallado en las entrañas del gobierno. Heinz Dieterich ha reincidido en sus críticas con un artículo que puede leerse en http://www.aporrea.org/tiburon/a46125.html, y atribuye directa y crudamente la causa de la derrota al estilo unipersonal de gobierno en Hugo Chávez, además de calificar de absurdas ciertas disposiciones del proyecto derrotado. Éste, por su parte, ha vuelto a llamar a Venezolana de Televisión—ahora gobierna así—para anticipar que pronto viene la «Sexta» República, ¡con la convocatoria de una constituyente!
Pero la idea de la constituyente, convocada por Chávez, sería entonces una mala idea para él. Si se propusiera sacar de ese órgano inelecto todavía, la misma propuesta que antes llamó «reforma»—no una constitución enteramente nueva, como manda el Artículo 347 constitucional—tal cosa sería entendida como maniobra politiquera y como desacato flagrante al Poder Constituyente Originario, que acaba de negar sus pretensiones.
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