por Luis Enrique Alcalá | Dic 27, 2007 | Cartas, Política |

Un día, en el paseo que va hacia la Porta al Prato, encontré a un amigo escritor, el cual hacía poco tiempo que había publicado una novela. Después de haberme hecho hablar sobre temas sin importancia ni para él ni para mí, me preguntó a quemarropa:
—¿Has leído mi novela? ¿Qué te parece?
—La he leído—le repuse en serio—y el consejo de una persona que te quiere es éste: deberías cortar una mitad del libro, y la otra, rehacerla enteramente.
El amigo no dijo nada, pero se le oscureció el rostro y se me despidió apresuradamente. Desde aquella tarde, y nunca he comprendido del todo por qué, daba la vuelta siempre que me veía o bien, si realmente no podía evitar encontrarme, se mostraba conmigo aún más frío que su prosa […].
Con los amigos escritores es preciso, o bien ser mentirosos, o resignarse a convertirlos en enemigos.
Giovanni Papini. El espía del mundo, 1955.
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El pensamiento dicotómico permite una manera poco complicada de ir por la vida. La cosa es fácil: o se es blanco o se es negro. Pobre, rico. Revolucionario, reaccionario. Bolivariano, yanqui. Bueno, malo. Amo, esclavo; señor, siervo; patrono, obrero. O estás conmigo o estás contra mí. El mundo, visto con los anteojos de la dicotomía, no contiene misterio alguno.
Quien trabaja sus contenidos mentales en organización dicotómica tiene, como todo el mundo, sus propias posiciones ante las cosas; pero quien no sostiene su mismo punto de vista es imaginado en un extremo polar, total y simétricamente opuesto. Si quien difiere de su opinión no es “realista”, por ejemplo, debe ser romántico o iluso. No hay gradaciones: en el mundo cortado por el dicótomo no hay grises ni estados intermedios.
La lógica formal—la más desarrollada matemáticamente—lo ayuda, puesto que es binaria. Sus “tablas de verdad” sólo pueden contestarse, como en un referéndum, con un sí o un no. La digitalización moderna de la información refuerza aquella base, pues es asimismo binaria, un mundo en el que todo puede expresarse en términos de ceros y unos, prendido o apagado, alto o bajo voltaje. Es sólo muy recientemente que una “lógica difusa” (fuzzy logic), que escapa al encierro binario, ha sido asumida por los ingenieros para construir dispositivos más refinados e inteligentes.
La dicotomización es conveniente, además, porque permite construir afirmaciones invulnerablemente verdaderas, una clase de proposiciones que la lógica conoce como tautologías. (El significado original del término es retórico: una declaración redundante que no añade información).
Consideremos, por ejemplo, la siguiente proposición: “O llueve o no llueve”. En cualquier sitio de cualquier universo, existente, imaginable o por existir, esa afirmación es verdadera tomada en conjunto. O está lloviendo o no está lloviendo. O eres bolivariano o no lo eres, o eres realista o no lo eres.
A veces la dicotomía se expresa bajo la admisión de sólo dos posibles explicaciones para un fenómeno cualquiera. Digamos el fenómeno humano, el hombre. En El espía del mundo, Giovanni Papini (1881-1956) sólo admite dos conceptos del hombre: o es un ángel caído, es decir, una esencia originalmente celestial que añora su antigua elevación, o una bestia engreída que a fuerza de vanidad consigue erguirse sobre sus patas posteriores. No habría otra posibilidad.
Pero otras veces lo dicotómico se hace monotómico, monótono, si se quiere. Habría sólo una especie de hombre, una sola especie de venezolano, una única especie de político. El venezolano sería así: flojo, indisciplinado, poco serio. Con él no podría construirse un verdadero partido de izquierda, pues éste requiere organización, constancia y estudio, y “el venezolano” no sería organizado, ni tenaz ni estudioso. El hombre no sería otra cosa que un manojo de condicionados reflejos egoístas. No habría político en Venezuela que no se mueva por un único motivo: absolutamente todos los políticos venezolanos lo que en verdad querrían es ponerle la mano a una bolsa de treinta mil millones de dólares. No habría en el planeta un político que no sea maquiavélico. (A ver, nómbrame uno que no lo sea).
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La respuesta a esta última petición, por supuesto, es que absolutamente todos son capaces de actuar en formas no maquiavélicas. Hasta el dictatorial Dr. Mugabe, en alguna calurosa madrugada de desvelo, habrá imaginado que su actuación corresponde a un sacrificado deber con el pueblo de Zimbabwe. (No te nombro uno, te nombro a todos). El mismo Papini escribía: “Quien no ha deseado por lo menos una vez en su vida ser un santo, es, todo lo más, una bestia”. Su formulación aquí es estadística: por lo menos una vez en la vida, no toda la vida, que es lo que parece exigir la postura cínica. (La opinión de quienes mantienen que el propio interés es el motivo primario de la conducta humana, y rehúsan confiar en la sinceridad, la virtud o el altruismo en tanto motivaciones). En confirmación de su aproximación estadística al problema del comportamiento de los seres humanos, Papini nos ofrece: “Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras”. O sea, cada hombre es capaz de hospedar la grandeza y al mismo tiempo de alojar múltiples miserias. Simplemente, llamamos grande, o virtuoso, o santo, a aquél cuya normalidad se caracteriza por una marcada infrecuencia de vileza y una presencia constante de elevación. Quienes son así no son muchos. Hay una Madre Teresa de Calcuta y un Al Gore por planeta; también, por fortuna, no muchos Hitlers o Pol Pots.
Pero Papini era, naturalmente, un literato, esto es, un artista. Como tal, no debe exigírsele, por más aguda que sea su mirada sobre la humanidad, el rigor de la visión científica. Cuando estaba de vena sarcástica—en su ensayo sobre el Diablo, por caso—escribía: “Como es difícil ser santo, sólo nos queda llegar a ser satánico, que es el otro extremo”, en pleno uso de costumbre polar y dicotómica. Otro italiano antes que él, no tan radical, recomendaba: “Es mejor ser a la vez temido y amado; sin embargo, si uno no puede ser ambas cosas es mejor ser temido que amado”. (Nicolás Maquiavelo. El príncipe).
No puede ser entonces Papini el cicerone requerido para dilucidar el tema aquí discutido; tampoco Maquiavelo: aunque derivaba sus recomendaciones a Lorenzo de Médicis de la observación empírica de gobiernos concretos—sólo principados; advirtió que no consideraría las repúblicas—y aunque uno que otro lo tenga por el “padre de la teoría política moderna”, escribió El príncipe en 1513, cuando faltaban veintinueve años para el nacimiento de su compatriota, Galileo Galilei, el primer hombre que hizo ciencia rigurosa y confiable. Maquiavelo era empírico, pero también precientífico. (E igualmente interesado. Si el filtro a través del que todo debiera colarse fuese cínico, entonces debería considerarse que los consejos de Maquiavelo, reunidos en su más famoso opúsculo, escrito de prisa, tenían por objeto conseguir que Lorenzo lo contratase, para lo que resultaba conveniente avisarle que no reprobaría por inmoralidad alguna que otra crueldad del gobernante de Florencia. Claro, descubrir esta motivación egoísta en Maquiavelo no equivale a refutarlo, ni a describirlo monotómicamente como persona carente de la complejidad y riqueza que son evidentes en su abundante obra de tratadista, poeta y dramaturgo).
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No basta la actitud empírica. El protagonista de ¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes? (por Enrique Jardiel Poncela) se propuso, con ánimo de naturalista de lo más empírico, una exploración que pudiera rebatir la noción de que alguna vez hubiera once mil vírgenes. Su método: yacer con toda mujer que tuviese a tiro. Después de una catalogación sexual que le llevó años y a muchos sitios, después de una dilatada carrera de fornicador, jamás encontró una virgen. Así, razonó, nunca hubo once mil vírgenes, pues si alguna vez las hubiera habido debería haber quedado aunque fuera una.
Respecto de la existencia de un himen, sin embargo, es fácil pensar dicotómicamente. O una mujer lo tiene o no lo tiene, es tautología que se insinúa de inmediato. O es virgen o no lo es. O está preñada o no lo está; no puede estar medio preñada. Pero los políticos no son categorizables de modo tan elemental, a pesar de que, con autocomplaciente vulgaridad, admirados de su propia y pretendida astucia, haya quienes digan con frecuencia que a Perencejo le hace falta mucho burdel político. Implícita en una caracterización tal, está la idea de que cierta inmoralidad es imprescindible para ejercer la política, que la conducta inmoral o amoral es consustancial a la política.
Atendamos, entonces, a lo que las ciencias, sociales y biológicas, tienen que decir sobre este asunto, pues, quiéralo o no el cínico, es deber moral del político ser responsable y serio, puesto que se entromete en la vida de un amplio contingente humano, y no puede hacer eso con seriedad o responsabilidad si no procura abrevar de lo científico.
Una primera constatación, evidente, es que ciertamente hay conductas observables que responden a motivaciones egoístas, que hay comportamientos que se rigen por la suspensión de otra moralidad que no sea el propio interés o beneficio. La palabra “maquiavelismo” ha llegado a ser un término técnico; los psicólogos sociales y de la personalidad lo emplean para describir la tendencia de una persona a engañar y manipular a otras personas para fines de ganancia personal, y también aluden a “inteligencias maquiavélicas”. De hecho, Richard Christie y Florence Geis diseñaron un test destinado a medir el nivel de maquiavelismo presente en una persona cualquiera. El test MACH-IV, desarrollado hacia 1960, se ha convertido en la herramienta estándar de los psicólogos para la evaluación cuantificada de la presencia de maquiavelismo. Algunos, bastante interesantemente, han creído encontrar una correlación entre maquiavelismo y desórdenes psicopáticos o sociopáticos y, más específicamente, con el desorden narcisista de la personalidad, de indudable importancia política en Venezuela. Sobre todo los sociópatas se caracterizan, como las personalidades maquiavélicas, por la maquinación astuta. Estos tipos de personalidad no son, por fortuna, los más frecuentes.
Una segunda fuente científica mana de la Biología, y crea un río que corre en dirección distinta. Escribiendo para The New York Times (Científicos hallan inicios de la moralidad en comportamiento de primates, 20 de marzo de 2007), Nicholas Wade reporta:
Algunos animales son sorprendentemente sensitivos a peligros que acosan a otros. Los chimpancés, que no saben nadar, han llegado a ahogarse en estanques en zoológicos tratando de salvar a otros. Ante la posibilidad de obtener comida halando una cadena que también administra una descarga eléctrica a un compañero, los monos rhesus pasan hambre durante días enteros. Los biólogos arguyen que éstas y otras conductas sociales son las precursoras de la moralidad humana… El año pasado Marc Hauser, un biólogo de la evolución en Harvard, propuso en su libro Mentes morales que el cerebro tiene un mecanismo, conformado genéticamente, para la adquisición de reglas morales, una gramática moral universal similar a la maquinaria neural para el aprendizaje del lenguaje. En otro libro reciente, Primates y filósofos, el primatólogo Frans de Waal defiende, contra filósofos críticos, su punto de vista de que las raíces de la moralidad pueden encontrarse en la conducta social de monos y simios… La vida social requiere empatía, la que es especialmente obvia entre los chimpancés, así como sus métodos para terminar las hostilidades internas. Toda especie de simio o mono tiene su propio protocolo para la reconciliación después de las peleas, según hallazgo del Dr. de Waal. Si dos machos no logran reconciliarse, los chimpancés hembras a menudo reúnen a los rivales, como si sintieran que la discordia empeora a la comunidad y la hace más vulnerable al ataque de vecinos. Incluso llegan a evitar una pelea arrebatando piedras de las manos de los machos. El Dr. de Waal cree que estas acciones son emprendidas para el mayor bien de la comunidad, distinto de las meras relaciones entre individuos, y son un precursor significativo de la moralidad en las sociedades humanas.
Pero es que hasta en disciplinas más abstractas, como la Teoría de los Juegos (John von Neumann y Oskar Morgenstern), es posible asistir a la emergencia de la cooperación. El famoso “dilema del prisionero” es un juego de estrategia matematizable—inventado en la Corporación RAND, el más grande think tank del mundo—, que modela cómo es posible llegar a un resultado que daña a todos los jugadores cuando éstos siguen una estrategia perfectamente racional que se cierra a la cooperación. Llevado a computadores que juegan entre sí, y a pesar de sembrar en ellos una estrategia inicial de retaliación (tit for tat), al cabo de numerosas repeticiones los computadores típicamente “aprenden” a cooperar.
El altruismo, pues, es tan real como el egoísmo, por lo que cualquier esfuerzo serio y responsable de entender el comportamiento social, y de hacer política, debe tomarlo en cuenta.
En febrero de 1985 escribía el suscrito: “Si se piensa en la distribución real de la ‘honestidad’—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente ‘las cualidades morales’: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía… Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes, y, por tanto, en una sociedad económicamente justa, no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres”.
Una “Política Clínica”, pues, no cree que “el maestro es el apóstol de la juventud”, como titulaba Luis Beltrán Prieto Figueroa uno de sus recordados artículos, ni tampoco que la universidad es “fundamentalmente una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”, como reza nuestra Ley de Universidades. (1970). Ese lenguaje hiperbólico no es bueno para fundar repúblicas, y ya Bolívar alertaba contra las que llamaba “aéreas”. Para ser político clínico no es necesario chuparse el dedo.
Pero una aberración contraria, si queremos hacer dicotomías, es desconocer el altruismo en política. El político profesional serio debe ser, sin duda, realista. Esto no conduce a tener el realismo como sinónimo de cinismo. Nadie menos que Federico el Grande de Prusia quiso escribir un breve ensayo—corregido y ampliado por el cáustico Voltaire, su protegido—para refutar a Maquiavelo. En Anti-Maquiavelo (1740), Federico expuso que el italiano había ofrecido un punto de vista parcial y sesgado del arte del estadista. Además de reivindicar un lugar para un genuino interés por la prosperidad de los ciudadanos, el gran monarca apuntó agudamente cómo Maquiavelo había escamoteado la evidencia del término infeliz o desastroso de más de un gobernante malhechor por él alabado.
Y es que, asimismo, no es nada difícil recabar comprobación empírica de que la bondad es eficaz. La bondad funciona en la práctica. Los expertos en gerencia de personal ya abrazaban, a fines de los años sesenta del siglo pasado, la “Teoría Y”, que se oponía a una “Teoría X” que contemplaba cínicamente las motivaciones de los empleados de las empresas privadas. Sin darse cuenta de lo que hacían, eran, como Federico el Grande, antimaquiavélicos. Habían descubierto que, con mucho, era preferible ser amado que temido.
El líder temido, no cabe duda, puede ser muy eficaz; con frecuencia logra sus propósitos. Pero para lograr metas más elevadas es necesario ser líder amado. No se puede convocar a grandes cosas desde el miedo.
Es en este sentido práctico, plenamente realista, que Don Pedro Grases, el gran catalán venezolano, afirmaba en su septuagésimo quinto cumpleaños: “La bondad nunca se equivoca”. Para quien había logrado escapar de la muy real y concreta tragedia de la Guerra Civil Española, eso no era poesía, sino constatación práctica.
Una política fundada en ese sentimiento, a pesar de su hermosura, es perfectamente posible. (Y muy necesaria). LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 25, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En más de una ocasión doctorpolítico ha traído, a sus cartas o fichas, textos y referencias de Pierre Teilhard de Chardin, una de las figuras señeras del siglo XX. Sacerdote jesuita de pensamiento audaz, penetrante y hermoso, planteó una visión del sentido del hombre que incomodó a la ortodoxia católica de su tiempo. La Santa Sede llegó a prohibir en los centros de formación religiosa la lectura de sus obras. Bajo el papado de Juan XXIII la Congregación del Santo Oficio (antaño conocida como la Santa Inquisición), emitió una advertencia (monitum) el 30 de junio de 1962, que fuera reconfirmada en 1981. Allí se lee: “Prescindiendo de juzgar aquellos puntos que conciernen a las ciencias positivas, es suficientemente claro que las… obras [de Teilhard] abundan en tales ambigüedades y, de hecho, incluso serios errores que ofenden a la doctrina Católica. Por esta razón, los muy eminentes y reverendos Padres del Santo Oficio exhortan a todos los Ordinarios así como a los superiores de los institutos Religiosos, rectores de seminarios y presidentes de universidades, para que efectivamente protejan las mentes, particularmente de los jóvenes, contra los peligros presentados por las obras de Fr. Teilhard de Chardin y de sus seguidores”. Teilhard murió, por decirlo así, en el exilio al que fue destinado en Nueva York. (El día de Pascua de Resurrección de 1955).
Una faceta muy importante en Teilhard fue su profesión de paleontólogo, la que sin duda contribuyó a formar su particular punto de vista sobre la aparición y evolución de la vida. Así, mucho tiempo pasó con ropas seglares en sitios de excavación en áreas remotas, desprovisto de los instrumentos del oficio sacerdotal, cuando era más astringente que ahora la obligación del sacerdote de oficiar misa cada día. (Y rezar el Breviario Romano, también diariamente). Es tal circunstancia, repetida muchas veces, lo primero que menciona en el texto reproducido acá en traducción castellana del original francés. Escrita en 1923 en el Desierto de Ordos (en la porción suroccidental del Desierto de Gobi, en China), La Misa sobre el Mundo fue publicada con otros textos (1961) en un volumen que tuvo por título Himno al universo. Corresponde al Ofertorio de una misa que pudiera muy bien llamarse cósmica, en virtud de la grandeza del sacrificio que describe y ofrece, por el que toma por ara el planeta entero y consagra allí la hostia de “le travail et la peine du Monde”.
Teilhard de Chardin estuvo varias veces en China, y allí formó parte del equipo que encontró (1929) los restos fósiles del llamado “Hombre de Pekín” (Sinanthropus pekinensis, clasificado hoy en día como Homo erectus pekinensis). Su labor científica, sin embargo, no lo alejó de la experiencia espiritual; más bien lo hizo, amén de fenomenólogo, un escritor místico que se revela en poéticos trozos como el reproducido acá o en su obra El medio divino (1926-27).
Sea el texto sobrecogedor de La Misa sobre el Mundo lectura oportuna para el día en que se conmemora el nacimiento del Salvador Jesús, a quien Pierre tanto amó. LEA
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LA MISA SOBRE EL MUNDO
Puesto que, una vez más, Señor, ya no en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos justo hasta la pura majestad de lo Real, y te ofreceré, yo, tu sacerdote, sobre el altar de la Tierra entera, el trabajo y la pena del Mundo.
El sol viene de iluminar, allá abajo, la franja extrema del primer Oriente. Una vez más, bajo la capa móvil de sus fuegos, la superficie viviente de la tierra se despierta, se estremece y vuelve a iniciar su tremenda labor. Yo colocaré sobre mi patena, oh Dios mío, la esperada cosecha de este nuevo esfuerzo. Verteré en mi cáliz la savia de todos los frutos que hoy serán molidos.
Mi cáliz y mi patena son las profundidades de un alma ampliamente abierta a todas las fuerzas que, en un instante, van a elevarse desde todos los puntos del Globo y a converger hacia el Espíritu. ¡Que vengan a mí, pues, el recuerdo y la mística presencia de aquellos a quienes la luz despierta para una nueva jornada!
Uno a uno Señor, veo y amo a aquellos a quienes tú me has dado como sostén y como encanto naturales de mi existencia. También uno a uno voy contando los miembros de esa otra y tan querida familia que se han ido juntando poco a poco en torno a mí, a partir de los elementos más dispares, las afinidades del corazón, la investigación científica y el pensamiento. Más confusamente, pero a todos sin excepción, evoco a aquellos cuya multitud anónima constituye la masa innumerable de los vivientes; a aquellos que me rodean y me sostienen sin que yo los conozca; a aquellos que vienen y aquellos que se van; a aquellos que, sobre todo, en la verdad o a través del error, en su despacho, en su laboratorio o en la fábrica, creen en el progreso de las Cosas y hoy buscarán apasionadamente la luz.
Quiero que en este momento mi ser resuene con el profundo murmullo de esa multitud agitada, confusa o diferenciada, cuya inmensidad nos sobrecoge; de ese Océano humano cuyas lentas y monótonas oscilaciones introducen la turbación en los corazones más creyentes.
Todo lo que va a aumentar en el Mundo, en el transcurso de este día, todo lo que va a disminuir—todo lo que va a morir, también—, he allí, Señor, lo que me esfuerzo en concentrar en mí para ofrecértelo; he allí la materia de mi sacrificio, el único sacrificio que Te complace.
Otrora se depositaban en tu templo las primicias de las cosechas y la flor de los rebaños. La ofrenda que verdaderamente esperas, aquélla de la que misteriosamente tienes necesidad todos los días para saciar tu hambre, para calmar tu sed, es nada menos que el acrecentamiento del mundo arrastrado por el devenir universal.
Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación, atraída por tu gracia, te presenta en esta nueva aurora. Este pan, nuestro esfuerzo, lo sé, no es más que una desagregación inmensa. Este vino, nuestro dolor, no es todavía—¡ay!—más que un brebaje disolvente. Pero tú has puesto en el fondo de esta masa informe—estoy seguro de ello, porque lo siento– un irresistible y santificante deseo que nos hace gritar a todos, tanto al impío como al fiel: “¡Señor, haznos uno!”.
Porque a falta del celo espiritual y de la sublime pureza de tus Santos, tú me has dado, Dios mío, una simpatía irresistible por todo lo que se mueve en la materia oscura—porque, irremediablemente, reconozco en mí, más que a un hijo del Cielo, a un hijo de la Tierra—, subiré esta mañana, con mi pensamiento, a los lugares altos, cargado con las esperanzas y las miserias de mi madre, y allí—fortalecido con un sacerdocio que sólo tú, estoy seguro, me has dado,—invocaré al Fuego sobre todo lo que, en la Carne humana, está pronto para nacer o para perecer bajo el sol que asciende.
Pierre Teilhard de Chardin
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 20, 2007 | LEA, Política |

Hablando en plural—¿colectivo o mayestático?—Hugo Chávez ha dicho, en advertencia al gobierno estadounidense que es su fijación y coartada principal: “No nos obliguen a acciones violentas en Bolivia”. Chávez presta de este modo a Evo Morales su excusa favorita, para explicar las crecientes dificultades del mandatario de Bolivia. Luego volvió con su acostumbrado ladrido amenazante: la comparación de la guerra de Vietnam con una teórica guerra asimétrica contra los Estados Unidos en territorio sudamericano. Esta declaración ya ha suscitado manifestaciones de repudio de parte de dirigentes bolivianos. En el país que presidiera por primera vez Antonio José de Sucre, crece el rechazo a la figura de Chávez y sus prácticas intervencionistas.
De Montevideo, donde asistiera a una reunión de Mercosur, el presidente venezolano dio un brinquito hasta Cuba, para almorzar y conferenciar con Fidel Castro. Allí hablaron, sin duda, del tema de los rehenes secuestrados por sus amigos, los guerrilleros terroristas y narcotraficantes de las FARC. La noticia de la próxima liberación de algunos de esos “retenidos” fue capturada por Reuters en una primicia obtenida por Prensa Latina, la agencia de noticias cubana. (“Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o FARC, dijeron que habían ordenado que Clara Rojas, su hijo Emmanuel y Consuelo González fueran liberados y entregados a Chávez o su contacto, de acuerdo con la agencia cubana de noticias Prensa Latina, que obtuvo el comunicado de los rebeldes). No puede haber señal más clara de la connivencia de Castro y Chávez con la guerrilla de Colombia, que busca alisarle a éste el traje ajado por el despido que Uribe Vélez le infligiera.
Pero el intento de los guerrilleros por atribuir a las gestiones de Chávez el “gesto humanitario” de esta liberación unilateral, sólo lo confirma como su cómplice y encubridor, y lo que se ha revelado recientemente del trato inhumano de los prisioneros lo marca como amigo de quienes para nada respetan los derechos humanos.
Ni esto, ni su maniática búsqueda de presuntos asesinos de Bolívar, sin embargo, logran disolver el brete en que se encuentra por causa del affaire Antonini. Desde Argentina se informa ahora que este ciudadano norteamericano-venezolano, al concluir la retención de los dólares que introdujo ilegalmente en ese país, enderezó de inmediato sus pasos hacia la Casa Rosada, seguramente para reportar el serio inconveniente de la pérdida monetaria. Con la protección de Kirchner pudo evadirse hacia Uruguay primero y los Estados Unidos después.
Tales, pues, los más recientes logros de Chávez en la escena internacional. Cada vez aumenta más su aislamiento. Hasta Amahdinejad se apresta a una reconciliación con los Estados Unidos, a raíz del último National Intelligence Estimate, que certifica que Irán dejó de lado la procura de armas nucleares hace cinco años. Pronto quedará Chávez ladrando solo al “imperio”.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 20, 2007 | Cartas, Política |

Por boca de su Secretario General, Henry Ramos Allup, el partido Acción Democrática se ha sumado al pescueceo de los apresurados irresponsables que, a partir de la situación creada por el referéndum del 2 de este mes de diciembre de 2007, procuran provocar la falta absoluta inmediata del actual Presidente de la República. (Antes, el general reencarnado, Raúl Isaías Baduel, había terminado por revelar sus verdaderos propósitos: luego de adelantar razones diversas para prescribir la realización de una asamblea constituyente—analizadas acá la semana pasada—dijo anteayer que una constituyente podía destituir al Presidente de la República. Es éste el desenlace que procura para sucederlo, antes de que su recién adquirida popularidad se esfume. De allí su prisa).
Es aquél el mismo Ramos Allup que se sumó, gracias a Dios tardíamente, a la invitación a votar en el reciente referéndum, luego de mantener una persistente posición abstencionista y cuestionadora del Consejo Nacional Electoral. Es el mismo Ramos Allup que lideró la estampida de las candidaturas de oposición a fines de 2005, cuando se retiraron a última hora para entregar al oficialismo todos los puestos de la Asamblea Nacional. (Expediente preparado con más de un mes de anticipación—según consta a quien escribe—al evidenciar las encuestas que toda la oposición reunida no lograría alcanzar más de quince por ciento de la votación esperada). Es el mismo Ramos Allup que, ante la renuencia de Enrique Mendoza a enfrentar las cámaras de televisión en la madrugada temprana del 16 de agosto de 2004, asumió el podio de la Coordinadora Democrática para vocear falsa e irresponsablemente que el referéndum revocatorio del día anterior había sido un fraude, creando así la derrotista matriz de opinión que a duras penas pudo vencerse el pasado 2 de diciembre, para derrotar por mínima diferencia el proyecto de “reforma” constitucional de Hugo Chávez.
Ahora sale Ramos Allup, basado en reedición del “criterio Mejía-Ugalde”, a recomendar que “el sector del país que aboga por sostener la democracia” eche “mano de todos los recursos institucionales para sacar a Chávez del Gobierno sin esperar hasta las elecciones presidenciales de 2013”. (Reporta Elvia Gómez en El Universal). Al enumerar tres posibilidades—referéndum revocatorio, exigencia de renuncia y enjuiciamiento del Presidente—, dijo Ramos Allup que si se sumaba los votos negativos del día 2 con las abstenciones se obtenía que más de siete millones de venezolanos no habían aprobado el proyecto Chávez-Flores. José Amando Mejía Betancourt y Luis Ugalde habían ya propuesto esta suma. Ugalde había escrito el 25 de octubre: “…el día del referéndum el rechazo se expresará de dos maneras, ambas con fuertes razones y motivos: por la abstención y por el no. No será posible acordar una única forma de rechazo. Millones (opositores y chavistas) lo harán con la abstención y otros millones con el voto por el no. Ambas formas de rechazo sumarán más de 70% (ya 60% sería un triunfo) y dejarán en evidencia que, con minoría de 30%, el Gobierno quiere imponer como obligación constitucional un régimen autoritario y un modo de vida rechazado”. La suma repropuesta ayer por Ramos Allup, por supuesto, puede hacerse enteramente al revés: de la misma forma puede decirse que más de siete millones de venezolanos no rechazaron la proposición, pues no votaron por el NO.
La proposición expuesta por Ramos Allup incluyó, además, referencia a dos salidas adicionales: la declaración de incapacidad mental permanente del Presidente de la República, y la aplicación de la Carta Democrática Interamericana. Una vez planteada la proposición, y como si no hubiera dicho la enormidad acabada de decir, Ramos Allup cambió de tema para advertir que quedaban diez meses para lograr candidaturas unitarias en las pendientes elecciones de gobernadores y alcaldes, “como ya se hizo en 2005”. Es decir, cuando se hizo para retirarlas luego.
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Antes de este aporte de Acción Democrática—Ramos Allup habló en rueda de prensa acompañado por otros miembros de la dirección nacional de su partido—hubo una preparación escenográfica, y ésta fue proporcionada por el editor Rafael Poleo, en artículo del pasado domingo 16 en El Nuevo País. En el sumario de la página “A sangre fría”, Poleo inocula el veneno que busca neutralizar un juicio más sensato de la actual situación política. Así pone (mal escrito): “Lo que impide a la Oposición unirse son las ambiciones de políticos que cada uno de ellos prefiere mantener a Chávez en el poder hasta que él esté en capacidad de sucederlo, aunque sea en el 2021”.
Poleo da por sentado que es posible salir de Chávez a corto plazo, y que esta ansiada bendición es impedida por la acción concertada de Teodoro Petkoff, Manuel Rosales y Julio Andrés Borges. El título de su artículo es, precisamente: “La conducta de Petkoff, Rosales y Borges compromete los resultados de octubre 2008”. O sea, el mismo vínculo establecido por AD, con saliva de loro, entre la perentoria salida de Chávez y las elecciones estadales y municipales.
Al comienzo de la aviesa pieza, Poleo dogmatiza una falsedad: “Según todas las encuestas menos la llamada ‘Misión Seijas’, este bloque opositor es numéricamente superior al chavismo en proporción de 6 a 4, independientemente de que un CNE manejado por el régimen puede reducir esa diferencia incluso hasta extinguirla”. Aparte de la reiteración de la desconfianza en el sistema electoral—Poleo se niega a encajar el hecho de que el CNE acaba de declarar una importantísima derrota de Chávez, a pesar de una diferencia realmente exigua—allí coloca como premisa mayor de su retorcido argumento lo que a todas luces es una mentira: que las encuestadoras miden que el chavismo es minoría y la oposición la mayoría. No hay absolutamente ninguna encuestadora que rinda esa “información”.
Pero el papá de Patricia tiene un real objeto más insidioso: desacreditar los esfuerzos de quienes más contribuyeron al magnífico resultado del 2 de diciembre, al que ni él ni su hija aportaron la menor contribución. (Todo lo contrario, aún durante todo el día del referéndum, Patricia Poleo aseguraba refugiada en Miami que su furibunda prédica abstencionista era lo único correcto. Su papá tiene el tupé de escribir que las recomendaciones de Petkoff, de que aceptáramos los resultados electorales de diciembre de 2006, provocaban “la abstención de su electorado y la desbandada de los testigos de mesa opositores, facilitando las operaciones fraudulentas de un adversario inescrupuloso”). En su acostumbrado tono maledicente, Poleo expone: “La conducta de Un Nuevo Tiempo y Primero Justicia obliga a pensar que su estrategia es demorar el tránsito de Chávez hasta que ellos estén en capacidad de heredarle como partidos hegemónicos al modo de lo que una vez fueron AD y Copei”.
Lo que la gente políticamente responsable hace es tratar de leer correctamente la situación. Con característico estilo, Teodoro Petkoff escribió al suscrito el 3 de diciembre: “Administremos bien esta victoria y esperemos que los brutos hayan aprendido una lección, aunque lo dudo… por algo son brutos”. La concatenación del escenógrafo Poleo y el actor Ramos Allup pone claramente de manifiesto que no han aprendido nada.
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Es sumamente peligroso colegir de los resultados del 2 de diciembre que Chávez está caído. Está en graves dificultades, no hay duda, tantas o más que las que confrontara al aproximarse el fatídico mes de abril de 2002, cuando también la oposición barajaba modos de salir de Chávez. (Los que ayer enumerara Ramos Allup más la idea de una constituyente, una enmienda para recorte de su período y un referéndum consultivo que preguntara: “¿Está Ud. de acuerdo con solicitar al Presidente de la República, ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías, que de manera inmediata renuncie voluntariamente a su cargo?” Estas dos últimas ocurrencias fueron propuestas, en sucesión, por Primero Justicia. En febrero de 2003 Súmate las reuniría todas en un combo presentado a la consideración de los ciudadanos signatarios de un “reafirmazo”, luego de que el CNE accidentalmente presidido por Alfredo Avella se viera impedido, por decisión del TSJ, de celebrar el referéndum propuesto por aquel partido, que lo vendía, si no como vinculante, sí como “fulminante”).
Desde el 2 de diciembre, claro, los grados de libertad de Chávez se han reducido visiblemente. 2007 ha sido un año malo para Chávez. La medida contra RCTV que no contó con el apoyo de la mayoría nacional, los estudiantes que emergieron para hacerle sentir el rechazo juvenil y poner en ridículo a Cilia Flores, el intento de hacer un partido único del “proceso” que hasta ahora ha fracasado, una serie de incidentes internacionales—la pregunta regia de Juan Carlos de Borbón, la refutación del rey de Arabia Saudita en la OPEP, la molestia de Bachelet y el Senado chileno, la cesantía impuesta por Uribe—que le ha estrechado el ámbito, la defección de Baduel que influyó en militares y chavistas, la activa campaña de su ex esposa que se opuso a sus designios hegemónicos, y una creciente y más atrevida crítica a su persona dentro de sus propias filas, precedieron a la derrota que él mismo anticipó como la reducción a cero de la velocidad de sus motores revolucionarios.
A pesar de esto, logró articular un eficaz discurso en la madrugada del 3 de diciembre, por el que reconoció la victoria opositora y ofreció un mentís a quienes le acusaban de no ser demócrata. Pero a continuación regresó al modo más agresivo, cobrando deudas al pueblo de Caracas y el del estado Miranda y adelantando calificaciones escatológicas—DRAE: escatología. Tratado de cosas excrementicias—dirigidas a desvalorizar el triunfo de sus adversarios. Hay ya mediciones de opinión que sugieren que esta pataleta le ha costado siete puntos de popularidad. (Las razones de esta malacrianza, en compañía del alto mando militar han sido analizadas en los oráculos de La Florida y Los Palos Grandes. Los arúspices señalan, primero que nada, que la nota de Hernán Lugo Galicia, asegurando en El Nacional que los generales le habían conminado a reconocer los resultados de la consulta, le robaba precisamente el mérito del talante democrático dolorosamente adquirido. Luego, que en Venezuela, cuando se huele que el Presidente de la República ya no cuenta con el respeto del estamento armado y no puede usar la fuerza, se le pierde mucho si no todo el respeto. Sería este peligro el que salió a conjurar en compañía de los jefes militares, con el empleo de groserías que, en cualquier caso, son de uso frecuente en el lenguaje de cuarteles).
Pero de allí a suponerle inútil hay mucho trecho. Si como pareciera, ha aumentado considerablemente la probabilidad de la falta absoluta del Presidente a breve plazo, no es por ninguna de las vías expuestas por Ramos Allup como se obtendrá ese resultado. La declaración de insania de Chávez sólo tendría viabilidad si fuera promovida desde el chavismo. Son los de su entorno quienes tendrían que amarrar a su loco.
La otra posibilidad es la de una renuncia de Chávez asumida personalmente por él como decisión autónoma, jamás por presión opositora. Si se viera reducido del papel épico de líder revolucionario continental y jefe omnímodo de los venezolanos, al de mero administrador convencional de un gobierno emproblemado, pudiera rechazar este deslucido papel, y se retiraría para preparar un retorno cuando estuviera fortalecido.
Por lo demás, Chávez fuera del gobierno no se retiraría a pastar y escribir sus memorias. Seguiría siendo un factor enormemente perturbador, hiperactivo local y continentalmente. Por ahora pudiera ser preferible tenerlo en el gobierno que en la oposición.
Pero quienes, como Poleo o Ramos Allup, avivan el fuego de la inestabilidad—la “crisis de gobernabilidad” tan buscada por los más radicales opositores—pudieran estar haciendo trabajo de cachicamo para una lapa paracaidista. Pasado ya el momento de Alfredo Peña, Pedro Carmona, Juan Fernández, Guaicaipuro Lameda, Carlos Ortega, Cecilia Sosa, Herman Escarrá y tantos otros que se imaginaron sucesores de Chávez, la actual ventana de oportunidad está prácticamente abierta sólo para Raúl Isaías Baduel a brevísimo plazo. Esto es lo que él huele, así como los oportunistas que ahora procuran acercársele.
Es observación de Argelia Ríos—en opinión del suscrito autora consistente del mejor análisis político de la prensa nacional—que Baduel no está en realidad hablando a la oposición sino al chavismo con su propuesta de constituyente. En efecto, si bien habló primero de la constituyente como reconciliación, en saludo al atinado discurso opositor serio, luego ha dicho que es para desarrollar como se debe el “socialismo del siglo XXI” y ahora para destituir a Chavez. ¿Estarán buscando el Secretario General de Acción Democrática y el Editor de El Nuevo País despejar el terreno para el continuismo de un militarismo marxista?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 18, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En 1962 vio la luz En defensa de la política, del politólogo inglés Bernard Crick. Se trata de un discurso contra la “antipolítica” en todas sus formas, moda que no llegó a nuestras latitudes hasta unos veinte años después de esa obra. En ella ofrece el autor su concepto de política: “La política puede ser definida como la actividad mediante la cual se concilia intereses divergentes dentro de una unidad de gobierno determinada, otorgándoles una parcela de poder proporcional a su importancia para el bienestar y la supervivencia del conjunto de la comunidad”. Esto es, el gobernante sería, esencialmente, un árbitro o mediador que debe adjudicar “parcelas de poder”. (Una concepción clínica de la política la entiende, en cambio, como la profesión que tiene por objeto la identificación o invención de tratamientos eficaces a los problemas públicos y la aplicación de éstos).
Pero la definición de Crick es de uso común, y esa idea lleva al extremo del político que pretende quedar bien con todo el mundo. Un importante político venezolano, ex candidato presidencial, confió al suscrito que era entendido como el único ciudadano que era a la vez de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes. El mismo Crick abunda más adelante al reconocer “que no hay ninguna finalidad implícita en los actos de conciliación o contemporización. Cada acto de conciliación cumple su objetivo, sea o no teleológico, si en el momento de su realización hace posible, en alguna medida, el ejercicio de un gobierno pacífico”. Sin duda, es ésta una idea de la política que es preferible a la noción que conocemos con el nombre de Realpolitik o política del poder: que el objeto de la política es la adquisición de poder, mientras se obstaculiza a los adversarios. Esto es, la política como combate, como juego “suma-cero”.
Ambas concepciones, por otra parte, se han acostumbrado a la cohabitación. El 9 de diciembre pasado Juan Carlos Caldera, dirigente de Primero Justicia, llamaba a mantener un “espíritu de democracia, paz y reconciliación”, pero al mismo tiempo (reporta El Universal) “afirmó que la victoria obtenida por el Bloque del No el pasado domingo debe servir para que todos los ciudadanos reflexionen y se den cuenta de que el camino a seguir debe ser la participación y la lucha”.
A pesar de las limitaciones de la idea de política sustentada por Crick, su ensayo contiene muy valiosas observaciones. La Ficha Semanal #175 de doctorpolítico reproduce, de traducción de Mercedes Zorrilla Díez, el inicio del segundo capítulo de In Defence of Politics, que lleva por título “Defensa de la política contra la ideología” y trata el tema del totalitarismo como negación de la política. El retrato que allí hace pareciera tomado del gobierno y las prácticas de Hugo Chávez.
LEA
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Totalitarismo vs. Política
Que no cualquier tipo de gobierno es político y que la política es un concepto mucho más preciso de lo que suele creerse son verdades que se vuelven evidentes al analizar el sistema totalitario de gobierno y su justificación ideológica. El sistema totalitario contrasta de la manera más nítida con el sistema político, y el pensamiento ideológico es una negación explícita del pensamiento político. El totalitarista cree que todo es incumbencia del gobierno y que la misión de éste es reconstruir de arriba abajo la sociedad de acuerdo con los objetivos de una ideología. La ideología hace una crítica de la sociedad existente y una profecía, basándose en una única “clave histórica”, sobre una etapa final de la evolución social perfectamente justa y perfectamente estable. Reconocer el carácter único del sistema totalitario y las aspiraciones únicas de la ideología totalitaria debería ayudarnos a entender la peculiar importancia de algunos aspectos de la política. La ferocidad del ataque contra la idea de una diversidad de grupos sociales semiindependientes y contra la idea de los derechos del individuo nos convencerá de que el totalitario por lo menos sabe que esas dos cosas son el núcleo de lo que hace posible la política y, de paso, nos desengañará de la importancia de algunas otras cosas.
La comparación destruirá como mínimo cualquier identificación fácil de libertad política con “democracia”. La distinción entre regímenes democráticos y no democráticos, según la cual los regímenes libres son simplemente los que se basan en un consenso activo y voluntario, se desvanece a la luz de los regímenes totalitarios. Como ha escrito Hannah Arendt en su gran obra Los orígenes del totalitarismo: “Es doloroso darse cuenta de que siempre van precedidos por movimientos de masas y de que ‘disponen del apoyo de las masas y descansan en él’ hasta el final”. Negar que la Unión Soviética o la China comunista tienen el apoyo de las masas (no faltó quien lo negara en el caso de la Alemania nazi) puede ser consolador, pero es falso y peligroso, un síntoma de la profunda convicción con que muchos buenos liberales creemos en una teoría de gobierno falsa: la que sostiene que el consentimiento del pueblo necesariamente comporta libertad. El ensayo de Mill On Liberty se basa en la premisa de que la libertad necesita ser defendida incluso de la democracia, de que es preciso inculcar a los demócratas el respeto por la libertad. Mill se da cuenta de de que el gobierno representativo no sería garantía de libertad si todos los cargos fueran ocupados por hombres que compartieran las mismas opiniones. Sin embargo, esa idea rara vez cala en la opinión pública. Seguimos intentando definir el libre ejercicio de la política en términos de democracia, y al parecer no podemos entender que, atendiendo a la historia del desarrollo de las instituciones democráticas (que no es lo mismo que la historia de la tolerancia), los comunistas pueden considerarse demócratas con el mismo derecho. Los regímenes totalitarios son un producto de la era democrática. Dependen del apoyo de las masas y han encontrado la manera de dirigir la sociedad como si fuera, o estuviera a punto de ser, una sola masa. Incluso la oposición, más escandalosa que efectiva, debe ser destruida no porque ofenda el orgullo propio de los autócratas sino porque su misma existencia niega las teorías del ideólogo totalitario. Tampoco se permite la pasividad, a diferencia de lo que ocurre en la autocracia. Los escépticos deben ser forzados a la acción hasta que empìece a gustarles.
El totalitarismo no es sólo un superlativo para denostar viejas prácticas autoritarias “con el traje nuevo” de las posibilidades que ofrece la tecnología moderna. La tecnología moderna no se ha limitado a ampliar la capacidad de explotación del gobierno, sino que ha contribuido a la creación de un nuevo estilo de pensamiento ideológico tan desmesuradamente ambicioso, que incluso la mera obediencia pasiva con la que se contentaba la mayoría de los antiguos autócratas ha dado paso a la necesidad de un entusiasmo activo y constante. El autócrata quería gobernar pacífica y plácidamente (aunque tuviera proyectos militares, éstos se limitaban al placer que pudieran proporcionarle durante su propia vida), pero el líder totalitario aspira a “remodelar por completo esta penosa situación” y su pensamiento abarca épocas enteras en lugar de limitarse a generaciones humanas. Himmler afirmaba que sus hombres de las S.S. no estaban interesados en “problemas cotidianos” sino “en temas ideológicos que seguirán siendo importantes durante décadas y siglos…” El disfrute del poder y la perpetuación de un régimen o dinastía pasan a un segundo plano comparados con la consecución por el partido único de los objetivos de una ideología. Casi sin darnos cuenta hemos traspasado los límites de la clasificación griega de los sistemas de gobierno que durante tanto tiempo pareció adecuada, y que presuponía que el gobierno tenía objetivos limitados y que el Estado, aunque fuera la institución social predominante, no era omnipotente.
El objetivo del sistema de gobierno totalitario no es sólo una intensa autocracia. Los autócratas, cuando el Estado aumentaba demasiado su extensión y complejidad para que todos los grupos con intereses divergentes pudieran ser dominados por la guardia de palacio, sólo podían resolver el problema compartiendo el poder. La restricción del poder (por limitada que fuera) y la consulta (por unilateral que fuera) se convertían en algún grado (por mínimo que fuera) en una necesidad administrativa. El consentimiento de las masas, cuando éstas adquirieron importancia a raíz del crecimiento de las ciudades y la expansión de la industria, sólo podía obtenerse mediante su participación en la política. Como resumió Rousseau en uno de esos instantes de claridad empírica que hacen perdonables tantos otros: “El más fuerte nunca es es bastante fuerte para ser siempre el amo, a no ser que transforme la fuerza en derecho y la obediencia en deber”. La ideología totalitaria ofrece esa base de derecho y deber de una manera plausible, inteligente y revolucionaria. Consigue lo que Napoleón anunció que sería la política del futuro: “la organización de las masas dispuestas al sacrificio por un ideal”. Para el régimen totalitario nada queda fuera del ámbito del gobierno y todo es posible. Las masas deben ser redirigidas u orquestadas, hacia una armonía futura única. Queda claro que esa línea de pensamiento puede ser llamada antipolítica, con el consentimiento de los defensores tanto de la ideología como de la política.
Bernard Crick
por Luis Enrique Alcalá | Dic 13, 2007 | LEA, Política |

Ha estallado una bomba que la Dirección de Explosivos de la DISIP, debe reconocerse, intentó por todos los medios desactivar. Cuando ya creíamos los venezolanos que el caso de los dólares introducidos ilegalmente a Argentina por Guido Antonini Wilson, como tantos otros casos irresueltos, quedaría en un limbo de olvido y ocultación eterna, el FBI norteamericano ha detenido y acusado a tres venezolanos y un uruguayo por el delito de conspirar para ejercer, y en la práctica ejercer, en territorio de los Estados Unidos como agentes del gobierno de Venezuela, sin la previa notificación al Fiscal General que las leyes de ese país exigen. (Un cuarto venezolano no ha podido ser apresado hasta el momento de redactar esta nota).
Moisés Maionica, Antonio José Canchica Gómez (no apresado), Rodolfo Edgardo Wanseele Paciello (uruguayo), Franklin Durán y Carlos Kauffman, han ido acusados ante la Corte de Distrito de los Estados Unidos (Distrito Sur de Florida) por el agente especial del FBI Michael J. Lasiewicki, quien ha dicho en su deposición acusatoria que no ha dicho todo lo revelado por la investigación en contra de los acusados, sino sólo lo suficiente para detenerlos y enjuiciarlos por los delitos mencionados. Esto es, ahora es cuando comienza el calvario de los pajaritos. Por ejemplo, seguramente serán acusados más tarde de extorsión criminal, la que incluyó amenazas abiertas contra la vida de los hijos de Antonini Wilson.
¿Qué buscaban los conspiradores y agentes ilegales que Antonini pudiera darles? Pues la docilidad y el silencio. Todo el asunto era una operación de falsificación y encubrimiento, para ocultar el hecho de que el gobierno venezolano había enviado a Buenos Aires casi 800 mil dólares para “contribuir” a la campaña electoral de Cristina Kirchneer. Primero ablandaron a Antonini con sus ofertas—que PDVSA cubriría todo gasto de Antonini por el caso—y sus amenazas; luego empezaron a diseñar un modo de falsificar documentación, con el fin de fabricar un origen y un destino de los fondos distintos de los verdaderos.
El FBI tiene cintas grabadas de conversaciones telefónicas y en vivo de estos gángsters, y de ellas emerge una sórdida verdad: que el gobierno de Hugo Chávez no sólo intervino en un asunto electoral de exclusiva competencia de los argentinos, sino que a través de su Vicepresidencia Ejecutiva, su Ministerio del Poder Popular del Interior y Justicia, y la Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP), montó la operación de amedrentamiento y encubrimiento. Enfrentados a la posibiidad de diez años de cárcel y una multa individual de 250 mil dólares, ya cantarán más los detenidos. Por ahora se les ha negado la libertad bajo fianza.
El asunto es serísimo, como cualquiera de índole penal para el sistema judicial de los Estados Unidos. En Argentina la oposición se adelanta ya al ataque contra la recién encaramada Cristina Kirchner. En Venezuela el canciller Nicolás Maduro sugiere la idiota explicación de que todo es un montaje del “imperio” para afectar el desenvolvimiento de las “democracias progresistas” de América del Sur. Pero nadie se lo va a creer. (Salvo, claro, gente como Iris Varela).
Después del aguacero de reveses internacionales y locales que ha caído sobre el gobierno de Chávez, esta nueva y gravísima hemorragia va a ser muy difícil de restañar. Si algo es un golpe contra la estabilidad de su gobierno es este dramático incidente, que lo exhibe como lo que es: como un gobierno delincuente. Ya no queda prácticamente nada del prestigio internacional de Hugo Chávez, y es muy poco probable que pueda sostenerse en su propio patio sobre la realidad de una opinión pública escandalizada por su presidente. Ahora si está roja rojita, pero de vergüenza.
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