por Luis Enrique Alcalá | Nov 1, 2007 | Cartas, Política |

Quien escribe tuvo la fortuna de compartir un mismo pupitre con el padre Luis Ugalde S. J., hoy Rector de la Universidad Católica Andrés Bello, durante nuestro segundo año académico (1964-1965) en la carrera de Sociología de esa casa de estudios. Es decir, nos sentábamos juntos en un aula del segundo piso de la sede original de la universidad, situada entre las esquinas de Mijares y Jesuitas. Compartimos también entonces el honor de recibir un encargo del Director de la Escuela de Ciencias Sociales, el increíble Arístides Calvani, su fundador. Un episodio de enfermedad del profesor Juan Carlos Rey, quien nos dictaba un segundo año de elegantes e interesantísimas clases de Historia de las Instituciones, fue resuelto por Calvani al pedirnos a Ugalde y a mí que asumiéramos la enseñanza de la materia e instruyéramos a nuestros compañeros. Un poco más tarde Ugalde interrumpió los estudios en Caracas para atender exigencias de su carrera jesuítica en Europa, y con el correr de los años asumió el cargo máximo de su primera casa universitaria. De aquella lejana época logro recordar su evidente inteligencia, su discreción, su sotana blanca y su inocultable inclinación a las ideas socialistas.
Durante los años de la dominación chavista, la voz y la pluma de Ugalde han pronunciado y escrito agudas advertencias. Se le tiene por una de las cabezas más autorizadas y coherentes de la oposición al régimen de Hugo Chávez. En ocasiones, sin embargo, se ha reunido mal. El martes 5 de marzo de 2002 andaba en mala compañía.
Ese día fungió de testigo de excepción, firmante y garante ético del “pacto de gobernabilidad”, “acuerdo democrático” o “acuerdo para la transición”, presentado al país desde la quinta La Esmeralda, escenario habitual de las fiestas más rumbosas de los caraqueños de fortuna, sita en la “populosa y popular barriada” de Campo Alegre. (La quinta La Esmeralda ha servido de teatro a más de una reunión política opositora: la “Gente del Petróleo” la usó profusamente, así como Alianza “Popular”—que, como el corno inglés que ni es inglés ni es corno, ni alía a nadie ni mucho menos tiene algo de popular—para su presentación en sociedad. Su marca de la urbanización de clase alta de Campo Alegre como territorio político, casi en el borde oeste del Municipio Chacao, probablemente haya influido para que la Coordinadora Democrática, ya fenecida, haya establecido luego su sede operativa en la quinta Unidad, a pocos metros del prestigioso salón de fiestas).
La imagen más penetrante de la reunión de La Esmeralda, ese 5 de marzo, es la de Ugalde en medio de Pedro Carmona Estanga y Carlos Ortega, a quienes había tomado de las muñecas para elevar sus brazos como si se tratara de héroes deportivos que hubieran quedado tablas en un encuentro. Ugalde había asistido al sonado evento “en representación de la Conferencia Episcopal Venezolana”, y en señal del beneplácito de ésta por el acuerdo al que habían arribado Fedecámaras y la Confederación de Trabajadores de Venezuela, sobre cómo gobernar a la República una vez que el gobierno de Chávez hubiera cesado. Un mes y siete días más tarde caía ese gobierno, y Carmona Estanga, uno de los protagonistas en la función de La Esmeralda, asumía por pocas horas la dirección del Poder Ejecutivo Nacional.
El sentido de la reunión del 5 de marzo era el de impresionar a la Nación, con el anuncio de que el fin del gobierno de Chávez era inminente. El Arzobispado de Pamplona registraba, en su resumen diario de prensa del 7 de marzo de 2002, una nota de esa misma fecha de El País de Madrid, que pone: “Sindicalistas, empresarios y eclesiásticos de Venezuela firmaron un pacto democrático de emergencia, cuyo objetivo es la superación de la pobreza, para que lo aplique un Gobierno de transición, sin el presidente Hugo Chávez… El presidente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), Carlos Ortega, el presidente de la organización gremial de la patronal venezolana Fedecámaras, Pedro Carmona, y el rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), el padre jesuita Luis Ugalde, en representación de la Conferencia Episcopal Venezolana, firmaron el martes el pacto democrático contra Chávez”. También reporta el periódico madrileño palabras de Carlos Ortega, pronunciadas en el acto reseñado: “El acuerdo es para crear un clima de diálogo para un gobierno de transición. No estamos pidiendo cacao, ni tirando un salvavidas al Ejecutivo”. La nota cerraba refiriendo lo dicho por quien presidiría al mes siguiente un brevísimo gobierno de treinta y seis horas: “Para el presidente de la patronal, Pedro Carmona, la propuesta tiene carácter permanente y ‘puede servir perfectamente para un nuevo Gobierno’.” La reunión de La Esmeralda formaba parte de la agenda de la conspiración.
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La semana pasada publicó el diario El Nacional un artículo de Ugalde: «El día después», (jueves 25 de octubre). Me fue enviado por amable amiga que lo estimó como lectura “imprescindible”. Es fácil admitir que su factura es ocurrente. Su tesis principal es expuesta de la siguiente forma: “Como me decía un amigo, ‘el día después’ ha sido desde 1998 el punto más débil de los demócratas opositores… En cada elección, los candidatos y los líderes se desaparecieron en la tarde de los votos y se desbandaron al día siguiente. Políticamente no hubo ‘día después’ opositor. Ahora es imprescindible para verse y contarse como mayoría e impedir la imposición de la constitución antidemocrática y el ‘socialismo’ de hambre, sin justicia ni libertad. Para ello se requieren dos cosas: que la abstención y el voto negativo desde ahora se acepten mutuamente (aunque no se gusten) y se sumen como dos formas complementarias del mismo rechazo. Hay que prever y preparar el ‘día después’.”
El planteamiento inicial del artículo establece la premisa mayor: “Chávez ha decidido imponer una nueva Constitución (acabando con la bolivariana) para llevarnos forzados a una sociedad totalitaria que la mayoría de los venezolanos rechaza. Este cambio es ilegal e ilegítimo sin Asamblea Constituyente”. El suscrito suscribe enteramente esta apreciación; la Constitución establece expresamente (Artículo 342, en su primer parágrafo): “La Reforma Constitucional tiene por objeto una revisión parcial de esta Constitución y la sustitución de una o varias de sus normas que no modifiquen la estructura y principios fundamentales del texto Constitucional”. Es clarísimo que el proyecto de reforma introducido por Chávez a la Asamblea Nacional, ampliado considerablemente por ésta, modifica en más de un punto la estructura y los principios fundamentales de la Constitución. A pesar de esta circunstancia, nadie ha intentado ante la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia algún recurso que busque declarar que ése es el caso, y que los cambios perseguidos por el régimen exceden con mucho la definición de reforma constitucional claramente establecida en el artículo mencionado. Tampoco propone Ugalde que se intente esa vía, tal vez porque considera, con razón, que la obsecuencia de los magistrados les llevaría a decir que efectivamente se trata de una reforma. De todas maneras, habría que hacer ese mandado. En caso contrario no tiene sentido afirmar, sin acción pertinente: “Este cambio es ilegal e ilegítimo sin Asamblea Constituyente”.
Pero el suscrito no suscribe otros pasos del razonamiento de Ugalde. Por ejemplo, Ugalde sostiene: “Al presidente Chávez le queda un quinquenio entero de gobierno hasta el 2013. Probablemente la derrota real (a pesar de que autoproclame su triunfo) le resulte de ayuda, pues la resistencia democrática es la única cura contra la borrachera de poder. Un poco de humildad ayuda para gobernar bien”. Debe reconocerse que Ugalde, a diferencia de lo que buscaba el 5 de marzo de 2002, ya no pretende la cesación inmediata del gobierno de Chávez, y sólo pide ahora que éste gobierne humildemente por cinco años más a partir de estas fechas. Tengo la impresión, sin embargo, de que la humildad es genéticamente imposible en la personalidad presidencial, por lo que estimo ilusorio el resultado predicho por Ugalde en este punto.
Luego, Ugalde echa en falta que los líderes opositores se hagan presentes el “día después” de los eventos electorales. Refresquemos lo que escribió: “En cada elección, los candidatos y los líderes se desaparecieron en la tarde de los votos y se desbandaron al día siguiente. Políticamente no hubo ‘día después’ opositor”. Hace pocos días un estimado amigo me escribió con la siguiente pregunta: “¿Cuándo es que la oposición se va a unir en torno a una propuesta coherente, común y universal con el mismo objetivo?” Ante el emplazamiento ensayé esta respuesta: “Lo que hay que reunir no es una oposición, sino una mayoría política. ¿Qué reuniríamos si juntáramos a ‘la oposición’? No tengo cifras frescas, pero en enero de este año Primero Justicia representaba 2,3% de la opinión, Un Nuevo Tiempo 2,1%, AD 1,1% y COPEI 0,8% para un gran total de 6,3%. Escarrá, el muy escaso Guaicaipuro, el ‘Comando Nacional’ de la Resistencia y ‘fuerzas’ similares no añaden casi nada. Una federación de enanos no es lo mismo que un gigante, que es lo que tendríamos que parir. ¿Es esto posible? Sí, y para esto es preciso contemplar el asunto desde un paradigma muy diferente, que por un lado sería más una superposición que una oposición y, por el otro, tendría que superar no sólo al chavismo, sino igualmente a ‘la oposición’.”
La idea precedente—que tanto el chavismo como sus opositores formales son perniciosos (aunque más el chavismo)—es absolutamente clave en la superación de la actual situación política, que no se reduce a la reforma constitucional planteada este año, sino que lleva ya más de ocho sin que un planteamiento estratégico de profundidad sea formulado. (O escuchado). Hace ya bastante rato que los estudios de opinión reflejan una realidad política que, en términos gruesos, es la siguiente: se identifica como partidario del gobierno un 35% de los encuestados, como partidario de la oposición un 15% y sin afiliación a estos extremos un 50%. A pesar de esto, todavía se insiste en que el remedio es “unir a la oposición”, en vez de presentar una formulación política que de todos modos debiera darse aun si gobierno y oposición no existieran, y que quizás apelaría primariamente a ese enorme mercado que se ubica al margen de la polarización.
Es por esto que la recomendación “salomónica” o “pilática” de Ugalde, “que la abstención y el voto negativo desde ahora se acepten mutuamente (aunque no se gusten) y se sumen como dos formas complementarias del mismo rechazo”, está fundamentalmente equivocada, por varias razones.
La primera se deriva de la observación precedente: es preciso superar tanto el discurso chavista como el opositor, y no es con la negación de las diferencias entre abstencionistas y participacionistas como se logrará tal objetivo. Del modo como lo plantea—“el día del referéndum el rechazo se expresará de dos maneras, ambas con fuertes razones y motivos: por la abstención y por el no”—Ugalde elude pronunciarse respecto de cuál de ambas posturas es equivocada, y no pueden ambas ser correctas. Cómodo, pero el proverbial asno de Buridan murió de inanición al no saber escoger entre dos pacas de heno igualmente apetitosas que tenía a la misma distancia.
Por otra parte, el planteamiento de Ugalde es polarizante y está encadenado al pasado opositor, y hasta ahora esta estrategia se ha revelado, reiteradamente, como ineficaz. A pesar de que sólo un 35% de los electores admite ser chavista, cada vez que ha habido una confrontación electoral ha ganado el gobierno, en procesos altamente polarizados. Identificar la batalla actual, además, como una continuación de la inepta trayectoria de oposición—“Como me decía un amigo, ‘el día después’ ha sido desde 1998 el punto más débil de los demócratas opositores”—es asimilarla a tarea de perdedores, al pataleo más reciente de dirigentes ampliamente desacreditados.
Finalmente, está lo de sumar votos negativos y abstenciones “como dos formas complementarias del mismo rechazo”. Esto es un error craso. En ocasión de comentar un trabajo de José Amando Mejía Betancourt, que abogaba por la misma idea para promover la abstención, se escribió en la Nota Ocasional #14 de doctorpolítico: “¿Por qué medios llega Mejía a establecer, a priori, que la abstención es lo mismo que un rechazo? Es perfectamente concebible que más de un ciudadano se abstenga de votar en el referéndum a pesar de que esté conforme con el proyecto de reforma, por razones otras cualesquiera, una de las cuales pudiera ser, simplemente, que estima que su voto no es realmente necesario para el triunfo. Otros pudieran verse impedidos de votar por causas diferentes, como algún impedimento de transporte, o un malestar súbito, o un error del registro electoral que le deje contado como abstenido. ¿Quién autoriza a Mejía a la interpretación apriorística por la cual transmuta su ausencia en repudio?”
Y también se hace eco Ugalde de la conmovedora y poco realista impresión de que un porcentaje muy elevado de abstenciones y votos negativos equivale a una deslegitimación de la reforma que pudiera ser aprobada. Así escribe: “…el día del referéndum el rechazo se expresará de dos maneras, ambas con fuertes razones y motivos: por la abstención y por el no. No será posible acordar una única forma de rechazo. Millones (opositores y chavistas) lo harán con la abstención y otros millones con el voto por el no. Ambas formas de rechazo sumarán más de 70% (ya 60% sería un triunfo) y dejarán en evidencia que, con minoría de 30%, el Gobierno quiere imponer como obligación constitucional un régimen autoritario y un modo de vida rechazado”.
Son de una supina inocencia estas prescripciones de dejar “en evidencia”—¿ante quién, por cierto?—las intenciones autoritarias y socializantes de un gobierno que, para empezar, nunca ha cesado de ponerse en evidencia él mismo a este respecto; su carácter está en evidencia por su propia actuación descarada, y la puesta «en evidencia” que Ugalde prescribe no añade absolutamente nada.
Pero cabe preguntar: ¿sostiene Ugalde que la Constitución que nos rige es ilegítima? No pareciera; al igual que Mejía Betancourt la da por sentada y por aceptable: “Chávez ha decidido imponer una nueva Constitución (acabando con la bolivariana)… La nueva constitución es una locura… Hay que… evitar que se aplique un régimen que reduzca los derechos humanos y elimine la democracia pluralista”.
Recordemos entonces las cifras del referéndum del 15 de diciembre de 1999, que consagró la Constitución que Ugalde acepta. Para ese día el registro electoral computaba un total de 10.940.596 electores. De éstos, sólo 3.301.475 electores (30,2%) votaron afirmativamente. Descartemos los votos nulos (219.476), suponiendo que ni Ugalde ni Mejía Betancourt querrán aducir que se les debe computar como rechazos. Quedan, pues, para constituir la suma que propugna Ugalde, y que interpreta como rechazo expreso, los votos negativos (1.298.105) y las abstenciones (6.121.540); nada menos que 7.419.645 electores, para un total de 67,8%, o un 7,8% por encima de lo que Ugalde consideraría “un triunfo”.
Si fuera válida su teoría de que la suma de las abstenciones y los votos negativos debe ser tenida por explícito rechazo, ¿por qué no escribe Ugalde denunciando la Constitución de 1999 como írrita, dado que el 15 de diciembre de ese año se cumplieron casi exactamente las metas cuantitativas que ahora propone?
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El régimen político ucraniano que siguió a una nueva constitución, aprobada en 1996, era criticado por sus opositores, que lo acusaban de corrupción y de concentrar excesivo poder, así como de fraude electoral e impedimento a la libre expresión, para no referir las prebendas económicas concedidas a sus seguidores, que incluyeron transferencias de propiedades públicas a sus manos. En noviembre de 2004 el Primer Ministro de Ucrania, Viktor Yanukovych, fue declarado triunfador en las elecciones de ese país. Muchos observadores estuvieron de acuerdo en que las votaciones habían sido amañadas. El 22 de ese mes se reunió una gran multitud en la Plaza Independencia de Kiev en apoyo al candidato opositor, Viktor Yushchenko, quien procedió a conducir la exitosa rebelión pacífica que el mundo conocería como Revolución Naranja. El gobierno se vio forzado a repetir las elecciones y a salir de éstas en derrota.
Por supuesto, para que este resultado pudiera darse eran necesarias dos condiciones: la primera era la de constituir una mayoría real; la segunda era la asistencia a las urnas. En Ucrania no cogió cuerpo la necia prédica abstencionista, ni hubo quien elaborase bizantinos y falsos argumentos que sostuvieran que abstenerse era lo mismo que votar en contra.
El “día después” del referéndum que decidirá el destino del proyecto chavista de reforma constitucional pudiera ser ucraniano—no digo naranja para que no se diga que milito en el MAS—, siempre y cuando el “día antes” seamos realmente mayoría, el “día mismo” acudamos en masa a rechazarlo con las máquinas de votación y el gobierno se atreva—cosa que no ha hecho hasta ahora, seguramente porque no lo ha necesitado—a desconocer el verdadero rechazo del voto negativo. Todo lo demás es cuento.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 30, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Entre jueves y domingo de esta semana se reunirá en Caracas la Asamblea Anual de FESELA (Federación Sefardí Latinoamericana). Al evento asistirán delegados de Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México, Panamá, Perú, Uruguay y Miami. En su acepción estricta, los sefardíes o sefarditas son judíos que provienen de España. (El vocablo sefarad, que originalmente significaba “muy lejos”, sirvió para designar a la Península Ibérica). En sentido amplio, se aplica igualmente a judíos de otras regiones que siguen una liturgia similar a la de los españoles, para diferenciarlos de los judíos ashkenazim—Alemania y otras regiones de Europa—, que practican un ritual diferente.
Resulta oportuno, por tal razón, reproducir un reciente artículo de Yehezkel Dror, publicado el 5 de julio de este año en varios medios israelíes. Lleva por título “Hacia una política del pueblo judío”, y trata de las relaciones entre el Estado de Israel y los judíos de la Diáspora, como lo son los delegados a la asamblea de FESELA.
Yehezkel Dror es profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad Hebrea de Jerusalén, y el suscrito tiene el honor y la suerte de tenerlo por amigo y mentor. El Prof. Dror es un experto de clase mundial en la toma de decisiones de alto nivel, habiendo producido una buena cantidad de obras pioneras en el campo de las policy sciences, incluyendo su clásico Crazy States, de 1971, escrito mientras se desempeñaba como Senior Fellow de la Corporación RAND. La tipología descrita en ese libro, antes de que Idi Amin Dadá, Saddam Hussein o Hugo Chávez hicieran su aparición política, describe ajustadamente los gobiernos de cada uno.
Igualmente, Dror ha servido de asesor de alto nivel al Reino de Holanda, Canadá, la Comunidad Europea y el propio Israel, donde fue consejero del primer ministro Yitzhak Rabin y antes “científico jefe” del Partido Laborista y el Ministerio de Industrias. El Club de Roma le encargó en 1994 la preparación de un monumental estudio sobre la capacidad de gobernar. Ahora preside el Instituto de Planificación de Políticas del Pueblo Judío, con sede en Jerusalén.
Por otra parte, Dror conoció y visitó frecuentemente a Venezuela entre 1972 y 1994, y aquí ofreció una buena cantidad de conferencias y talleres sobre su disciplina. A fines de 1977 dictó una conferencia patrocinada por la Secretaría del entonces incipiente Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, en la que se refirió a la inestabilidad intrínseca del régimen del Shah de Irán. Un año y tres meses más tarde este régimen se desplomaba, para sorpresa de las cancillerías occidentales y confirmación de la penetrante y atinada evaluación de Dror.
La lectura del artículo revelará uno de los rasgos más característicos de Yehezkel Dror: un lenguaje abrasivo que no ahorra las verdades que cree entrever. Toda su vida las ha dicho sin el menor empacho.
LEA
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Hacia una política del pueblo judío
Entre los muchos campos en los que Israel carece de una política sustantiva, el del pueblo judío ocupa un “lugar de honor”. Se habla mucho de “la Diáspora (1) como activo estratégico” y se solicita su apoyo financiero, la palabra judaísmo se moviliza contra Irán, la tasa de asimilación se observa en shock y las emociones hierven ante los ataques antisemitas en sinagogas y cementerios. Hay alguna mejora en el cuidado de la seguridad física de comunidades en peligro. Y todo esto se acompaña de una multitud de declaraciones sobre la naturaleza de Israel como “el Estado del pueblo judío”, múltiples apariciones de líderes israelitas importantes en foros en todo el mundo y declaraciones de que aliyah (2) es la solución de todos los problemas. Pero faltan casi por completo una comprensión profunda de la dinámica del pueblo judío y una percepción correcta de los peligros emergentes en las relaciones de Israel y la Diáspora. Más aún, la construcción de una política israelí sobre el pueblo judío no está incluida en la agenda pública del país.
Estas actitudes hacia la Diáspora están enraizadas en la historia y tienen alguna justificación en las realidades del pasado (aunque creo que en esta materia David Ben-Gurión cometió uno de sus pocos errores de estadista). Pero el mundo está cambiando rápidamente, incluyendo el Estado de Israel y el pueblo judío como un todo, lo que hace que aferrarse a lo que puede haber sido eficaz en el pasado sea una prescripción confiable para un triste fracaso en el futuro. Éste es claramente el caso en asuntos de seguridad política, pero igualmente es así respecto del futuro de las relaciones Israel-Diáspora. En ausencia de un marcado viraje en la política o, más propiamente, de cualquier política real vis a vis la Diáspora, es seguro un serio deterioro de esas relaciones, con daño irreparable tanto al futuro de Israel en tanto Estado judío-sionista como del pueblo judío en dispersión.
Fuertes procesos socio-históricos redundarán en una distancia creciente entre el Estado de Israel y la Diáspora, a menos que una política innovadora impida este “natural” desarrollo. La divergencia sustancial entre la experiencia de ser un judío en Israel y la de ser uno en la Diáspora, producirá una distancia cada vez mayor entre los judíos en Israel y los de la Diáspora. Si se añade a este diagnóstico la desaparición de la generación que experimentó los dramáticos eventos del establecimiento y la construcción del Estado de Israel después de la Shoah (3)—junto con la globalización de la cultura occidental, que impacta con fuerza a la mayoría del pueblo judío en todas partes—entonces la conclusión inevitable es que hay casi total certeza de que profundos procesos históricos debilitarán y diluirán cada vez más las conexiones entre Israel y la Diáspora. Éste será el caso, a menos que tengamos éxito en doblar las trayectorias históricas en la dirección deseada.
Para hacer esto es esencial, en primer término, despojarse de ilusiones y engaños que surgen de la miope fijación en lo que tenemos en las narices, en lugar de juzgar correctamente los procesos subyacentes que moldean el futuro con fuerza. En la actualidad, Israel continúa beneficiándose de muy visibles expresiones de identificación de una parte del pueblo judío en la Diáspora: las políticas de Israel reciben amplio apoyo, el dinero llega, las delegaciones van y vienen, y se pronuncia declaraciones ruidosas. Por tal razón, los políticos israelitas, cuya vasta mayoría se concentra en lo que es obvio a la mirada, carecen de cualquier incentivo para producir una nueva gran política hacia la Diáspora, sobre todo cuando están sobrecargados con problemas actuales difíciles y los judíos de la Diáspora no votan en las elecciones del Knesset (4). Más aún, la mayoría de los hacedores de políticas en Israel, así como los intelectuales y formadores de opinión, sufren de una carencia de comprensión y de ignorancia y equivocada percepción de las realidades de la Diáspora, especialmente en lo concerniente a los estados mentales y sentimientos de la generación joven.
Aun si el tema fuere bien entendido, no es fácil establecer las relaciones Israel-Diáspora sobre una base sostenible. Pero no se trata de una misión imposible. Si somos creativos en el pensamiento y la acción, pudiera entonces moldearse procesos para corresponder a los requerimientos, incluyendo, por ejemplo:
-El desarrollo de curricula sobre el judío y el pueblo judío, a ser compartidos por Israel y la Diáspora, teniendo cuidado de ofrecer un rango de opciones que puedan alojar la diversidad en valores.
-La inclusión de programas que ofrezcan una comprensión del pueblo judío y su dinámica en los medios masivos.
-Un cambio radical en el concepto de aliyah, con el estímulo de la aliyah parcial, incluyendo múltiples residencias en Israel y la Diáspora.
-Consulta sustancial con líderes de la Diáspora sobre decisiones israelíes importantes para el pueblo judío como un todo, en cauteloso movimiento hacia el establecimiento de un “consejo consultivo del pueblo judío” relacionado con el Knesset, que esté facultado para preparar opiniones asesoras y esté compuesto por representantes de la Diáspora.
-Reconocimiento explícito y declarado del derecho de los judíos de la Diáspora de criticar políticas israelíes.
-Nuevas modalidades de inversiones judías en Israel, que combinen la rentabilidad con la expresión de solidaridad.
-Proyectos retadores compartidos, incluyendo actividades de tikkun olam (“reparación del mundo”).
-Fortalecimiento de símbolos de identificación y centros compartidos, tales como hacer a Jerusalén la capital cultural del judaísmo y el pueblo judío.
-Establecimiento de una academia de liderazgo del pueblo judío en Jerusalén, para permitir el estudio y el discurso compartidos de líderes de Israel y la Diáspora, con especial atención a los más jóvenes.
-Profundización de la naturaleza de Israel como un “Estado judío” y hacerla más visible.
Y más.
Un paso esencial para moverse en la dirección sugerida, en adición a una lectura correcta de los peligros emergentes en las relaciones Israel-Diáspora, es que los líderes judíos israelíes se perciban y comprendan a sí mismos como parte del liderazgo del pueblo judío, dirigiendo atención y esfuerzos a la mejora de la situación de los judíos dondequiera se encuentren. Con honrosas pero escasas excepciones, ese concepto no existe más que en un nivel puramente declarativo que hace más daño que bien.
Yehezkel Dror
Notas
(1) Dispersión. Emigración forzada en masa sin ánimos de colonización.
(2) Inmigración de judíos al Estado de Israel.
(3) Holocausto de los judíos bajo los nazis.
(4) El parlamento israelí.
por Luis Enrique Alcalá | Oct 25, 2007 | Cartas, Política |

Con escasos ocho días de diferencia, y muy cercanos el uno del otro, morían en 1955 dos titanes del pensamiento occidental. El 18 de abril, en el Hospital de Princeton, Nueva Jersey, expiraba Albert Einstein, de quien es difícil decir algo original que al mismo tiempo sea justo. El primero en despedirse, el 10 del mismo mes en Nueva York, fue Pierre Teilhard de Chardin. Dejaba tras de sí una poderosa y persuasiva visión acerca del sentido del mundo y su evolución, que tenía por eje fundamental la aparición del fenómeno humano. Einstein era el escenógrafo, Teilhard el dramaturgo. Alberto había revelado la estructura y comportamiento del teatro; Pedro narró el drama.
La narración de El fenómeno humano es esencialmente optimista: la evolución del cosmos es un acrecentamiento de consciencia en dirección a un polo atractor, el Punto Omega. Para alcanzarlo el universo inventa primero la vida, y ésta hace centenares de miles de ensayos, no exentos de error. Cada nueva especie es un nuevo intento por llegar a Omega, y es la humana—dotada de la única conciencia reflexiva natural—la que finalmente podrá completar la misión, cuando los hombres sepan acercarse los unos a los otros para una sobrevida de conciencia unificada. El mundo, pues, posee sentido; no es una pura cantidad, sino un vector con dirección.
Teilhard estuvo todo el tiempo consciente de las dificultades que su visión impondría a la teología ortodoxa, y por tal razón advirtió que sólo describía los rasgos de un fenómeno. Si se atrevió a presentar la monumental narrativa de su obra fue porque estaba persuadido de que el siglo XX fue “probablemente más religioso que cualquiera otro. ¿Cómo pudiera no serlo, con tantos problemas por resolver? El único problema es que todavía no ha encontrado un Dios que pueda adorar”.* San Pedro Teilhard se atrevió a sugerir un esbozo apenas de su imagen, entrevista al final de la aventura cósmica cuya crónica escribió.
Pero Teilhard sabía que tan acendrado y descomunal optimismo sería objetado por quienes apuntarían, atinadamente, que la peripecia humana aloja innumerables instancias de mal. Por lo demás, no necesitaba ese acicate: para cuando se completaba la escritura de El fenómeno humano, ya la Segunda Guerra Mundial había entrado en su segundo año de muerte y destrucción. Por esto se sintió obligado a escribir un apéndice a su obra: “Algunas consideraciones acerca del lugar y la parte que corresponden al mal en un mundo en evolución”. En él enumera Teilhard cuatro clases de mal en el mundo:
Mal de desorden y de fracaso, en primer lugar. Hasta en sus zonas reflexivas, ya lo hemos visto, el Mundo procede a golpe de probabilidades, por tanteo. Ahora bien: por este mismo hecho, incluso dentro del dominio humano (en el cual, no obstante, el azar está mejor controlado), cuántos fallos para un éxito, cuántas miserias para una alegría, cuántos pecados para un solo santo… estadísticamente, en todos los grados de la Evolución, siempre y por todo lugar, el Mal se forma y se vuelve a formar, implacablemente, en nosotros y a nuestro alrededor. Necessarium est ut scandala eveniant. Así lo exige, sin apelación posible, el juego de los grandes números en el seno de una Multitud en vías de organización.
A continuación reconoce otro tipo: “Mal de descomposición, después: simple forma del precedente, en el sentido de que enfermedad y corrupción siempre proceden de un azar desgraciado; sin embargo, forma agravada y doblemente fatal, nos es necesario añadir, en la medida que, para el viviente, el hecho de morir se ha convertido en la condición regular, indispensable, del reemplazo de los individuos, unos por otros, siguiendo el mismo phylum: la muerte, engranaje esencial del mecanismo y de la ascensión de la Vida”.
Una tercera clase de mal es presentada de esta forma: “Mal de soledad y de angustia, también: la gran ansiedad (muy propia del Hombre) de una conciencia que se despierta a la reflexión en un Universo oscuro, en el que la luz necesita siglos y siglos para llegarle, un Universo que todavía no alcanzamos a comprender, ni a saber qué es lo que nos pide…”
Por último una clase de mal, si se quiere, más útil: “Mal de Crecimiento, por medio del cual se expresa en nosotros, con las angustias de un parto, la ley misteriosa que, desde el más humilde quimismo hasta las más altas síntesis del espíritu, se hace traducir, en términos de trabajo y de esfuerzo, cualquier progreso en la dirección de una mayor unidad”.
No negaba sino que exponía, como taxonomista, esas cuatro especies del mal de las que daba testimonio: “Dolores y faltas, lágrimas y sangre: tantos subproductos (a menudo preciosos, por otra parte, y aun reutilizables) engendrados en ruta por la Noogénesis”. (La formación de la conciencia). Es decir, a pesar de reconocerlo, tuvo la frialdad clínica para buscar en el mal mismo la oportunidad de usarlo para crecer.
……..
Es una distinción francesa la idea de una cuenta corta y una larga de la historia. Ésta última es el tiempo lento, secular o milenario, de las sociedades. A su ritmo, las naciones experimentan fases felices o infelices de su existencia; algunas hasta su aniquilación. El progreso de las sociedades, o su declive, no son procesos rápidos. Esta característica de la cuenta larga puede desesperar a los miembros concretos de una comunidad, que quisieran ver la cesación de un mal o una gran necesidad social consumarse en el curso de sus propias vidas de cuenta corta. La lentitud metamórfica de la cuenta larga puede ser tolerada por el filósofo idealista, pero suscita la rebelión del existencialista que se ocupa del aquí y del ahora. ¿De qué me sirve un mapamundi—diría un Kierkegaard caraqueño—si lo que quiero es saber cómo llegar de la parroquia de La Candelaria a la urbanización de La Urbina?
Resulta comprensible, pues, que el venezolano que sabe del mal que la dominación chavista ha traído a su patria desespere por su término. No le consuela que se le recuerde la máxima castellana que asegura la inexistencia de males que duren cien años. Imaginar que la abrumadora presidencia de Chávez pudiera cesar en 2021—o tal vez con su muerte, según los precedentes de Gómez, Franco o Castro—se le hace intolerable; de hecho, preferiría con mucho su abandono instantáneo del cargo que detenta.
A pesar de tan fuerte sentimiento, resulta mucho más constructivo superarlo y convertir su origen, como proponía Teilhard de Chardin, en oportunidad de crecimiento.
Hablo de aprendizaje. Si los venezolanos nos quedáramos—no todos, por cierto—en el mero repudio de Hugo Chávez, si no nos preguntáramos por el significado de su aparición ni buscáramos en nosotros mismos errores pasados, si persistimos en ellos, la experiencia de su gobierno no será otra cosa que puros “[d]olores y faltas, lágrimas y sangre”, puro mal.
Una primera lección que se deriva de la dolencia oncológica del chavoma es que éste jamás hubiera tomado cuerpo de no haber sido precedido por una política soberbia, que no encontró manera de acomodar la crítica y se negó a la metamorfosis; ahora tenemos, además de soberbia, altanería.
Los primeros signos de una conciencia de rechazo a la política que precediera a Chávez datan al menos de 1984. Para la época, la prestigiosa encuestadora Gaither hacía regulares estudios de opinión en Venezuela. En ellos era la siguiente una pregunta estándar: “¿Cuál es el mejor partido?” (A los entrevistados se les ofrecía las opciones de AD, COPEI, MAS y otros). En agosto de 1974, la suma de las respuestas de “ninguno” y la abstención que típicamente se codifica como “No sabe/No contesta” era de 29% de los encuestados. En septiembre de 1979 y octubre de 1983 esta suma se había estabilizado en 27%. Para agosto de 1984, a seis meses del inicio del gobierno de Jaime Lusinchi, el indicador ascendió a 43%. (Casi 30% respondió decididamente: “el mejor partido es ninguno”). Esta súbita fractura, una toma de conciencia repentina reflejada en el estudio de esa última fecha debió prender las alarmas políticas.
Tal cosa, sin embargo, no ocurrió. No por mala voluntad, sino porque es típica conducta humana, las élites venezolanas prefirieron creer que cataclismos como el del Viernes Negro eran perturbaciones momentáneas de las aguas políticas, que pronto desaparecerían en el lago de la normalidad. A fines de 1983 me preguntaba un altísimo ejecutivo de una empresa privada emblemática del país, enterado de mis planes de editar una revista sobre temas políticos, sobre qué escribiría. Respondí que lo haría sobre “los procesos fundamentales de la crisis”. Esta respuesta lo hizo meditar unos segundos, al cabo de los cuales repreguntó: “Y cuando se acabe la crisis ¿de qué vas a escribir?” A veinticuatro años de la inocente pregunta los vientos de crisis aún no han amainado.
………
Una lección todavía más fundamental es que la situación política que el país atraviesa tampoco habría sido posible si la dirigencia venezolana de los años previos a Chávez hubiera respetado a la ciudadanía y a su inteligencia. La inmensa mayoría de los venezolanos ha sentido por demasiado tiempo, más allá de la penuria económica, un persistente desprecio proveniente de las élites nacionales.
Hace un poco más de un mes que tuve una constatación típica de este fenómeno. Recibí la generosa apreciación de un texto mío, escrita en los siguientes términos: “Interesante tu escrito y llama al debate. Eso sí, entre nosotros, los de las clases medias profesionales. Los que votan mayoritariamente por Chávez no saben de estas cosas, o no les interesan y les parecen paja de gamelote. Pero sí les interesa consumir cada vez más y mejores bienes, tener trabajo… Pero eso sí: fácil, sin mucho esfuerzo, tener casa, carro y poder viajar y tomar caña los fines de semana”.
Lamentablemente, tal opinión es muy difundida. A veces reviste una escritura más sofisticada, y emerge como tesis sociológica de pretendida exactitud: “…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”. (Marcel Granier, La generación de relevo vs. el Estado omnipotente, Publicaciones Seleven, Caracas, 1984, págs. 2 y 3).
Es hora de respetar a los venezolanos y confiar en ellos. En junio de 1998 quise advertirlo: “Si el liderazgo nacional continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles”. Y buena parte del pueblo cree que es esto último lo que Chávez ha hecho precisamente.
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Pero la cosa no se agota en el aprendizaje de los dirigentes. Nosotros, los ciudadanos, también estamos llamados a aprender de esta época de destacado mal político.
Debemos aprender, pienso, que no podemos dejar a los dirigentes a la libre, sin exigirles eficacia y responsabilidad.
Debemos aprender la solidaridad, pues las cosas sociales no se resuelven todas con la sola búsqueda de la prosperidad individual.
Debemos aprender la tolerancia, y ser capaces de encontrar la virtud en el enemigo más acérrimo. En todas partes se encuentra la verdad, afirmaba Santo Tomás de Aquino, incluso en el error.
Debemos aprender que se puede ver lo bueno dentro de lo malo.
Parábola. En medio de un camino polvoriento destacaba el cuerpo patas arriba de un perro muerto. Un primer grupo de transeúntes pasó a su lado comentando: “¡Qué espectáculo tan desagradable! ¡Qué hediondez!”
Al rato nuevos viajeros caminaron por el sitio, y decían: “¡Qué horror! ¡Qué asqueroso! ¡Qué mosquero!”
Todavía pasaron por el lugar otros peregrinos y afirmaron: “¡Qué irresponsabilidad! ¿Por qué no han recogido ese animal? ¡Esto es falta de gobierno!”
Hasta que un caminante solitario se acercó, y con una mirada compasiva enunció en voz alta: “¡Qué dientes tan blancos tiene ese perro!”
LEA
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* En carta a Émile Licent.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 23, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Es, por supuesto, muy satisfactorio que algún texto escrito por uno suscite el interés de sus lectores. Así aconteció la semana pasada con “El político virtuoso”, el artículo principal de la Carta Semanal #259 de doctorpolítico, dedicado a postular cuatro virtudes principales del buen político. Hubo quien preguntara—o me retara—directamente para saber si yo podía reportar alguna conducta mía que respondiera a la noción de responsabilidad política, dado que ésta se presentaba en el artículo mencionado como la principal de aquellas virtudes. El texto reproducido en esta Ficha Semanal #167, tomado del libro Krisis (1986), pudiera tal vez ilustrar el punto y contestar la pregunta.
El suscrito pudo imprimir en junio de 1986, gracias a la ayuda financiera de Gerd Stern, poeta, gurú de medios y gran amigo—hace tres semanas vino de Estados Unidos para regalarme una estupenda visita—dos mil ejemplares de ese libro, que había completado el Martes de Carnaval de ese mismo año y había comenzado a escribir dos meses antes. Se trataba de unas “memorias prematuras”, que habían resuelto un problema estructural de escritura. (Si escribía un “manual” de política quedarían por fuera problemas concretos de la sociedad venezolana a los que quería referirme; si escribía una suerte de “plan de la Nación” no tendrían en él cabida temas de carácter teórico o general que también quería exponer. La solución consistió en narrar lo que había venido haciendo durante los últimos tres años—1983-1985—de mi vida, a partir de mi decisión de abandonar un empleo para dedicarme a la actividad política).
El fragmento transcrito a continuación corresponde a los meses de mayo y junio de 1985, poco después de que hubiera presentado—febrero—a la consideración de un amplio grupo de venezolanos el proyecto de un nuevo tipo de organización política: la Sociedad Política de Venezuela, referida en el texto como “spV”. La revista Válvula mencionada al comienzo era el primer número de una publicación de las empresas de Andrés Sosa Pietri, el que contenía un texto de Arturo Úslar Pietri y uno mío, relativos ambos a la idea de una unión de los pueblos hispanoamericanos.
Fue Sosa Pietri quien llamara a mi casa, una vez publicado el libro y repartidos algunos ejemplares, para opinar que en él había indiscreciones que a su juicio no debiera contener; esto es, objetaba su contenido por considerarlo de mala educación. En esa oportunidad llamé su atención a una salida permitida en el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Manuel Antonio Carreño, quien en general consideraba del todo incivil y grosero que los visitantes de una casa penetraran en ella montados a caballo. El lugar de los equinos era el patio exterior, donde debían ser amarrados. Pero Carreño estimaba permisible que los médicos, en caso de emergencia, llegaran con sus corceles hasta el comedor. Dije entonces a Sosa Pietri que nos encontrábamos en emergencia política, y que yo era médico político o pretendía serlo.
Esta ficha relata mi renuencia a aceptar una honrosa posición por causa de incompatibilidad con mis percepciones, y también la desaceleración voluntaria de un proyecto político que consideraba digno, por tomar en cuenta condiciones críticas del ambiente nacional de la época—período de Jaime Lusinchi—que requerían atemperar la crítica. Creo que son ejemplos de responsabilidad política. En el texto se menciona también el concepto de una “capa de crisis”, y para el momento ignoraba la noción que luego escuché de un médico, que atendía a un pariente de mi esposa aquejado de hemorragias abdominales. Este doctor se refirió a la condición de “hemorragia por capas”, y la definió como la certeza de que sobrevendrían nuevos sangramientos junto con la incertidumbre acerca de cuál sería su localización. Estábamos, pues, claramente en crisis política para 1985, pero la inmensa mayoría de la dirigencia nacional no quiso entenderla o actuar suficientemente para conjurarla. Siete años después, alguien intentaba un golpe de Estado, y seis años más tarde asumiría la Presidencia de la República.
LEA
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Actos responsables
A fines de mayo volví al Colegio El Ángel, por invitación de Elías Santana, para hablar a sus alumnos sobre el tema hispánico. Antes había repartido ejemplares de Válvula a los muchachos. La experiencia fue increíblemente refrescante. La tesis no tenía ninguna dificultad con los jóvenes, quienes la ven con mucho menos problema que muchos adultos.
El día 30 de ese mes almorcé con Marino Pérez Durán. Marino es un carismático profesor universitario, de origen cubano, que asesora a Krygier, Morales & Asociados. Alberto Krygier había querido que conversara con él, pues le había hecho llegar una copia del texto de febrero y Pérez Durán tenía algunos comentarios. Marino me llevó a comer unos apetitosos sandwiches cubanos que hacen en un local de la Ciudad Comercial Tamanaco. De tanto hablar no hice más que mordisquear el mío. Los comentarios de Pérez Durán eran de corte escéptico. Marino es otro de los que piensan que “hay AD y COPEI para rato”. Pero una afirmación de Marino Pérez Durán quedaría en mi mente mucho tiempo, sin que pudiera tenerle una respuesta clara hasta meses después. Su inocente pero crucial aserción fue la siguiente: “No me gusta el nombre de ‘sociedad política’ para la asociación que propones. La sociedad política es el Estado entero”.
Comenzó el mes de junio. Mes estándar de inquietud económica. Tendría que darme prisa para constituir el grupo que le había planteado originalmente a Eduardo Quintero, para el que ya había obtenido siete respuestas positivas de siete sondeos que había hecho. De lo contrario muy pronto no tendríamos con qué comer en la casa. Una interrupción del proceso fue la inesperada intervención quirúrgica de Luís Armando, mi hijo varón más pequeño. Además de descuadrarme la agenda esto introdujo una nueva minibancarrota. En el estado de mi economía un neumático dañado bastaba para desequilibrar absolutamente el precario presupuesto. Tuve que pedir ayuda. Eduardo Quintero y Carlos Zuloaga salieron adelante nuevamente, aunque mis llamadas de urgencia no hicieron nada para impresionar favorablemente a Eduardo, quien desde hacía tanto tiempo venía esperando que yo “concretara”.
El 12 de junio me invitó a almorzar Gustavo Tarre Briceño. Algo había sabido, por Eduardo Fernández, de la idea de la nueva asociación política que yo estaba promoviendo. Le expliqué un poco del asunto durante el almuerzo y le entregué una copia del texto de febrero, la que prometió leer durante su inmediato viaje a Brasil. Gustavo insistió en esa oportunidad en que mi renuncia a COPEI no sería aceptada y me invitó a participar activamente en la preparación del “congreso ideológico” de su partido. En cuanto a lo de la renuncia le dije que yo no podía regresar a COPEI y que, en todo caso, yo no había descartado aún que Eduardo Fernández fuese un candidato apoyable a la Presidencia de la República en 1988. Si llegaba a convencerme de esto, le expliqué a Gustavo, mi ayuda a Eduardo sería prácticamente imposible dentro del partido, en el que mi fuerte oposición a Caldera le resultaría altamente incómoda a Eduardo Fernández. Por lo que respecta al congreso ideológico tuve que declinar, pues Gustavo me había dicho que les hacía falta un nivel intermedio, sociológico, entre un nivel principista y filosófico que estaba confiado a Enrique Pérez Olivares y Arístides Calvani, y un nivel de políticas específicas del que se ocupaban diferentes comisiones. Gustavo creía, y me aseguró que también Eduardo, que yo era el indicado para establecer un “puente” entre esos dos niveles.
En esas condiciones, expliqué, lo que se me pedía era involucrarme en algo en lo que yo no creía, puesto que pensaba que la política ya no podía seguir “deduciéndose” a partir de un piso principista y abstracto de principios ideológicos generales. Le dije que estaba dispuesto, no obstante, a expresar mi opinión respecto del esquema general del congreso a Guillermo Yepes Boscán, coordinador del evento.
Por esos días publicó Eduardo Fernández un artículo que llamó “La conspiración satánica”, haciendo uso de la frase de Caldera de hacía unos meses. En este artículo, publicado en el diario El Nacional, Eduardo hacía una especie de retrato hablado de los “conspiradores”, advirtiendo contra quienes osaran cuestionar a los partidos, puesto que criticar a los partidos equivaldría automáticamente a denigrar de la democracia como sistema. No hacía más, pues, que repetir la falacia de la identificación de partidos concretos con democracia. A este artículo riposté en uno que envié a El Nacional bajo el título de “La conspiración angélica”. No fue publicado por mi expresa petición. Esas semanas de junio fueron unas semanas de extrema agitación nacional. Vino una nueva ronda de malas noticias del lado petrolero y fueron ésas las semanas de intensos rumores contra el Banco Unión y el Banco Latino. Pronto vendría la Asamblea Anual de FEDECÁMARAS y el ambiente se encontraba caldeado a raíz de fuertes discrepancias alrededor del órgano principal del “pacto social”, la Comisión Nacional de Costos, Precios y Salarios. La psiquis nacional se sumergió en lo que llamé una “nueva capa de crisis”. Sentí por esos días una profunda preocupación por el país. El gobierno respondió más o menos adecuadamente y pudo represar el pánico que ya amenazaba con producir graves “corridas” contra los bancos señalados por los rumores, los que fueron deliberadamente propalados. Los médicos de la Clínica Ávila, por ejemplo, en cuya sede opera una agencia del Banco Unión, fueron llamados telefónicamente por personas que permanecieron anónimas. En dichas llamadas se les informaba con todo detalle del monto de sus respectivas cuentas corrientes y se les “aconsejaba” retirar los fondos antes de la debacle que sobrevendría. Ante esta campaña el gobierno reaccionó con rápidas y eficaces declaraciones de Carmelo Lauría, quien se dejó ver junto con los principales directivos del Banco Unión. Una extraña declaración de Octavio Lepage estuvo a punto de derrumbarlo todo. Desde la primera plana de El Nacional Lepage comentaba que ¡había mucha gente ingenua que se dejaba capturar por la propaganda de los bancos en vez de fijarse en su verdadera solidez! La increíble paciencia del venezolano, tal vez más que los buenos oficios del gobierno, impidió que el pánico de esos días adquiriera las dimensiones de un colapso.
La nueva capa de crisis, sin embargo, tornó peligrosa la coyuntura. Apartando la eficacia de las campañas de descrédito contra el sistema bancario, la sensibilidad ante la situación se evidenció en un aumento claro de la reacción alérgica de los actores políticos tradicionales ante las crecientes críticas. Se reeditó, como vimos, el tema de la “conspiración satánica”, se produjeron reuniones de gobierno y oposición, y notorios aplausos y apoyos del máximo liderazgo oposicionista al discurso del Presidente de la República en la asamblea de FEDECÁMARAS, el que en su parte final hizo directa alusión al “descrédito” del sistema que significaría la continua crítica a los partidos. Hasta una que otra destitución violenta, tanto en medios públicos como privados, signó los días como unos de especial sensibilidad de los actores políticos tradicionales.
La crisis, en su nueva capa, agravó el estado de sobrecarga decisional al que está sometido nuestro sistema político. En la oportunidad de mi aparición en el programa de Carlos y Sofía Rangel recordé una anécdota de Héctor Hernández Carabaño. Cuando aún no había cumplido siquiera un año como Ministro de Educación de Rafael Caldera, en 1969, Héctor convocó a un grupo de amigos relacionados con actividades fundacionales para plantear una angustiosa situación. Su ministerio, nos explicó, era el único que, con un Congreso en manos de la oposición, había obtenido un aumento presupuestario respecto del año anterior. Había logrado ciento treinta millones de bolívares adicionales, por la época una cantidad muy considerable. Ahora bien, a las pocas semanas un conflicto laboral de los maestros había cobrado ochenta de esos ciento treinta millones. Cuarenta millones más se necesitaban para reparaciones de emergencia en aulas que amenazaban con caerse. Le quedaban diez millones de bolívares para innovar en materia de educación. Lo más grave, sin embargo, no era la escasez de fondos. Hernández Carabaño confesó no tener tiempo para una calmada reflexión sobre el futuro de la educación en Venezuela. Todo el día se la pasaba, según sus propias palabras, “apagando incendios”. Por esto nos había convocado, para que nos dedicáramos a la tarea de pensar el futuro de la educación venezolana. Dije a los televidentes de Carlos y Sofía que era ahora el gobierno en general, y todo el estrato dirigencial del país el que se encontraba sobrecargado, ante la simultaneidad y gravedad de los problemas. En tales circunstancias sentí que era en buena medida irresponsable una reiteración de la crítica y que lo requerido era un apaciguamiento y hasta un apoyo al gobierno. Así lo expresé a varios influyentes actores, pues llegué a sentir, tal vez exageradamente alarmado, que la situación de sobrecarga del sistema pudiera desembocar en apagón. Llamé a la secretaria de Alberto Quirós Corradi y le pedí que no se publicase “La conspiración angélica”, enviando en su lugar uno sobre el concepto de “democracia científica”. Envié una copia a Eduardo Fernández, sin embargo, para que supiera lo que yo pensaba de su infortunada “conspiración satánica”. En la carta que la acompañaba reiteré mi renuencia a participar en el “congreso ideológico”, repitiendo lo que le había dicho ya a Gustavo Tarre Briceño.
Por ese tiempo me pareció ajustada la siguiente imagen para la analogía con la crítica situación: la ciudadanía podría reaccionar a los planteamientos de la “spV” como los espectadores de una película que desde el comienzo muestra el desarrollo de un incendio. Un incendio, por cierto, más grande que los que Hernández Carabaño confrontó en su época. En los minutos más recientes del espectáculo, una nueva conflagración surge y pasa a primer plano. El espectador ve cómo unos protagonistas (los actores políticos tradicionales), mal que bien se afanan en controlar el nuevo episodio de fuego (por más que su técnica bomberil haya sido responsable de algunos de los puntos que arden). Entretanto, en la acera de enfrente, unos “extras” de la película (estos impertinentes y noveles actores políticos de la “spV”), estaríamos comentando críticamente sobre la organización del cuerpo de bomberos, sobre la conveniencia de regresar al color rojo de los carros-bomba según muy recientes estudios y alguna que otra exquisitez de ese tipo, cuando lo que deberíamos estar haciendo es tomar algún cubo de agua y ayudar en el control del incendio. En reversión de la analogía, más que criticar debiéramos estar proponiendo soluciones.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 22, 2007 | Artículos, Política |

Una de las características más particulares del régimen político que ha caído sobre Venezuela es su capacidad para razonar al revés. Y una de las más destacadas maestras de tal método es la ciudadana Cilia Flores, actual Presidenta de la Asamblea Nacional.
Como sabemos, entre las modificaciones propuestas a la Constitución por la propia Asamblea Nacional está la desaparición de la garantía del debido proceso y del derecho a la información en caso de declaración de un estado de emergencia. Flores ha aducido: “Hay hechos que no podemos olvidar, como el de algunos sectores que abusando de los derechos que da la Constitución incurrieron en delitos y en un golpe de Estado en donde se posicionó una dictadura y en donde aún se reclama justicia”. También dijo que quienes planificaron el golpe del 12 de abril de 2002 planificaron también la impunidad, y que “en función de que no haya más impunidad” se eliminó la referencia a los derechos mencionados.
Ya esta parte de la deforme explicación es malísima. Hace mucho que los golpistas de 2002 perdieron el poder que asumieron efímeramente, y nada ha impedido, salvo las fugas y los exilios autoimpuestos, que el gobierno procese a los responsables. Fue el asilo de Carmona Estanga en la Embajada de Colombia, y su posterior traslado a este país—no un proceso judicial debidamente llevado o la actuación de los medios de comunicación—lo que ha puesto a ese caballero fuera del alcance de la vindicta de Chávez.
El vigente texto constitucional es, en esta materia, un avance sobre lo dispuesto en la constitución de 1961, que sólo preservaba la garantía de la vida y la expresa prohibición de incomunicación o tortura y penas perpetuas o infamantes. En desarrollo ulterior, el Artículo 337 de la Constitución establece que “podrán ser restringidas temporalmente las garantías consagradas en esta Constitución, salvo las referidas a los derechos a la vida, prohibición de incomunicación o tortura, el derecho al debido proceso, el derecho a la información y los demás derechos humanos intangibles”. Con la propuesta alteración de este artículo el gobierno podría pagar y darse el vuelto, declarando un estado de excepción, durante el que los ciudadanos pudiéramos ser procesados indebidamente y además estar impedidos de obtener información acerca de lo que ocurre.
En justificación de tan grave retroceso, Flores razona también en marcha atrás y afloja esta perla: “quien defienda las garantías en un Estado de Excepción es porque está pensando en desestabilizar… El que no piense en desestabilizar o dar un golpe no va a pensar que esto se va a dar nunca”.
La cosa es al revés, Srta. Flores. Es quien suprime esas garantías quien está pensando en violar el debido proceso y desconocer el derecho de los venezolanos a estar informados. Si no fuera así, si no tuviera necesidad de imposibilitar un proceso civilizado o no requiriese la desinformación del pueblo, no propondría escamotear garantías conquistadas el 15 de diciembre de 1999.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 18, 2007 | LEA, Política |
Una de las características más particulares del régimen político que ha caído sobre Venezuela es su capacidad para razonar al revés. Y una de las más destacadas maestras de tal método es la ciudadana Cilia Flores, actual Presidenta de la Asamblea Nacional.
Como sabemos, entre las modificaciones propuestas a la Constitución por la propia Asamblea Nacional—no contenidas en el proyecto original de Miraflores—está la desaparición de la garantía del debido proceso y del derecho a la información en caso de la declaración ejecutiva de un estado de emergencia. (Artículo 337). Flores ha aducido que este cambio fundamental y peligrosísimo “fue debatido en función de ‘múltiples propuestas de todos los sectores’ que pedían que, de alguna forma, se garantizara la paz de la República”. (Karina Brocks, El Universal, viernes 12 de octubre).
Flores abundó en el asunto: “Hay hechos que no podemos olvidar, como el de algunos sectores que abusando de los derechos que da la Constitución incurrieron en delitos y en un golpe de Estado en donde se posicionó una dictadura y en donde aún se reclama justicia”. Reporta Brocks: “Flores dijo que quienes planificaron el golpe de Estado planificaron también la impunidad, ‘y en función de que no haya más impunidad’ se decidió adecuar el artículo referente al Estado de Excepción, estableciendo la restricción o suspensión de garantías sin preservar el derecho al debido proceso y a la información”.
Ya esta parte de la deforme explicación es malísima. Quienes planificaron lo acontecido el 12 de abril de 2002, que es a lo que Flores se refiere, hace mucho que perdieron el poder que asumieron efímeramente, y nada ha impedido, salvo las fugas y los exilios autoimpuestos, que el gobierno procese a los responsables. Ni la falta de un debido proceso ni una mordaza a la información hubieran estorbado la impunidad que pudiera existir. Fue el asilo de Carmona Estanga en la Embajada de Colombia, y su posterior traslado a este país—no un proceso judicial debidamente llevado o la actuación de los medios de comunicación—lo que ha puesto a ese caballero fuera del alcance de la vindicta de Chávez.
El vigente texto constitucional es, en esta materia, un avance sobre lo dispuesto en la constitución de 1961, que sólo preservaba la garantía de la vida y la expresa prohibición de incomunicación o tortura y penas perpetuas o infamantes. En desarrollo ulterior, el Artículo 337 de la Constitución establece que “podrán ser restringidas temporalmente las garantías consagradas en esta Constitución, salvo las referidas a los derechos a la vida, prohibición de incomunicación o tortura, el derecho al debido proceso, el derecho a la información y los demás derechos humanos intangibles”. Con la propuesta alteración de este artículo el gobierno podría pagar y darse el vuelto declarando un estado de excepción, durante el que los ciudadanos pudiéramos ser procesados indebidamente y además estar impedidos de obtener información acerca de lo que ocurre.
En justificación de tan grave retroceso, Flores razona también en marcha atrás y afloja esta perla: “quien defienda las garantías en un Estado de Excepción es porque está pensando en desestabilizar… El que no piense en desestabilizar o dar un golpe no va a pensar que esto se va a dar nunca”.
La cosa es al revés, Srta. Flores. Es quien suprime esas garantías quien está pensando en violar el debido proceso y desconocer el derecho de los venezolanos a estar informados. Si no fuera así, si no tuviera necesidad de imposibilitar un proceso civilizado o no requiriese la desinformación del pueblo, no propondría escamotear garantías conquistadas el 15 de diciembre de 1999.
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