por Luis Enrique Alcalá | Mar 22, 2007 | Cartas, Política |

Es absolutamente obvio que la actual dominación política de Venezuela se conduce con arreglo a la más primitiva de las formas: la voluntad omnímoda de un hombre que no tolera disensiones. No habrá otra manera de superar esta situación que no sea la oferta de una política distinta, intelectualmente honesta.
En estudio—Monitor Socio-Político—de Hinterlaces, recientemente concluido, la cosa es descrita del siguiente modo: “El desafío pareciera estar en la construcción de una nueva hegemonía con base en un discurso que garantice una efectiva sintonía con las exigencias mayoritarias de unidad, equidad, eficiencia, orden y ética, cuyos ingredientes principales sean los valores democráticos y humanos para lograr colocarse por encima del antagonismo político y de la polarización. Para ello, es crucial el surgimiento de un nuevo liderazgo”. (Destacado de esta carta).
Un liderazgo que siga, moderadamente como los partidos clásicos de la democracia venezolana o exacerbadamente como el actual régimen, un paradigma político de poder puro (Realpolitik), será incapaz de producir los resultados descritos en la cita del estudio de Hinterlaces. ¿Qué pudiera sustituir este paradigma? En repetidas ocasiones se ha argumentado acá que un paradigma de política clínica (o medicina política) puede ofrecer el sustituto que convenza. A fin de cuentas, tanto el chavismo como las corrientes políticas que se le oponen organizadamente, son minorías. El mismo estudio reporta la siguiente distribución (que no ha variado prácticamente nada desde una medición de la misma encuestadora publicada en junio del año pasado): chavistas o simpatizantes, 34%; de oposición, 13%; ni-ni o independientes, 43%; no saben o no responden, 10%. (Con mayor detalle, éstas son los afiliaciones reportadas: MVR, 20%; Primero Justicia, 2,8%; Un Nuevo Tiempo, 2,3%; Podemos 2%; AD, 1,1%; COPEI, 0,7%; otros, 1,1%; no simpatizan con ningún partido, 67,1%). Es evidente que ninguna agrupación política, ni siquiera la del propio Presidente de la República—que quiere un solo partido de la revolución socialista—convence a un número suficiente de ciudadanos. (Dicho sea de paso, el estudio mide una opinión favorable al liderazgo de Manuel Rosales de 25%, contra 59% de opinión desfavorable y 16% de indecisos).
¿Cómo procede o actúa un paradigma de política clínica? Un ejemplo nos muestra cómo se decidirían, dentro de él, las políticas públicas.
Si el Ministerio de Sanidad—hoy, por manía terminológica, Ministerio del Poder Popular para la Salud, antes Ministerio de la Salud y el Desarrollo Social—se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital. (Hay decisiones públicas—la mayoría—que no se avienen bien a la deliberación ciudadana).
En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.
Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.
Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de políticas públicas complejas. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.
¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:
a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.
b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.
c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que ésta no explica o soluciona.
d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).
Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.
Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson –ganador del Premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick– en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto. Equipos de investigación competidores, seguros de que tras el descubrimiento sobrevendría el Nóbel, se obstaculizaban mutuamente, ocultando información o preparando zancadillas). A pesar de que el instinto de emulación no ha perdido la agresividad en el campo científico, este combate es canalizado según reglas que producen conocimiento nuevo y útil.
Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Antes de esta intervención, una pelea de box se daba en alguna taberna en la que se abría espacio a los pugilistas apartando sillas y mesas. Se peleaba a mano limpia, y un asalto concluía cuando un contendor caía al suelo, y el combate mismo cuando un peleador ya no pudiera levantarse. (Hubo peleas que superaron el centenar de rounds). Queensberry introdujo la prescripción de los guantes, marcó las zonas corporales prohibidas a los golpes, e introdujo el ensogado, así como el tiempo de tres minutos por asalto y claras funciones para el árbitro. Así se transformó el boxeo de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida. Lo mismo puede forzarse con la política.
En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.
Las consideraciones anteriores llevan a la cuestión de la forma más democrática de conducir las licitaciones políticas. Por lo expuesto, se entiende que la producción de una política pública requiere el concurso profesional de pequeñas unidades, de un número reducido de cerebros pensando en el tema como problema complejo, interconectado. En los Estados Unidos se emplea el término think tanks para referirse a esas unidades compactas. Tal vez una buena traducción sea la de “centros de política aplicada”. ¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político?
En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y, según él, de los propósitos de los patrocinantes originales, que esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al público y para proveer bases libres de valores desde las cuales se pudiera juzgar la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.
Contra este “gobierno de expertos” alertaba Woodrow Wilson: “¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?” O como lo pone John H. Fund: “Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos”.
La invención política, naturalmente, no puede ser coto exclusivo de centros de política aplicada, pero es obvio, según el análisis del punto anterior que tampoco puede esperarse que surja coherentemente de una deliberación colectiva. La salida al problema estriba en que los “brujos” se entiendan a sí mismos como responsables ante la “tribu” y no únicamente ante los “caciques”. Es decir, que el producto de sus análisis tenga carácter público.
La comunicación entre “brujos” y “caciques” es no sólo necesaria, sino el cauce habitual para tramitar y ejecutar la invención política. Toda organización, incluyendo acá las organizaciones biológicas, exhibe una estructura de “cogollo”, como han debido comprobarlo ya las organizaciones políticas de reciente cuño, que han surgido con el pretexto de suplantar las viejas organizaciones, entre otras cosas, por “cogolléricas”. Todas han generado sus propios cogollos; nada ha cambiado a este respecto.
De modo que el problema no reside en negar el hecho incontestable de que cualquier organización requiere un órgano de dirección y que éste debe estar compuesto por un número reducido de personas. El punto está en si ésta es una aristocracia cerrada o una aristocracia abierta al “demos”: una aristodemocracia.
En una concepción clínica de la política, esto es, en una política entendida como actividad de carácter médico, el político no es el “jefe” del pueblo. Es un experto que de todos modos debe someter al paciente la consideración del tratamiento. El que debe decidir en última instancia si se toma la pastilla es el pueblo. El político debe limitarse a ser el ductor del aparato del Estado. Elegimos un jefe de Estado, no un jefe de los venezolanos.
Defender ideas de esta clase requiere una gran fe en la inteligencia colectiva, exige abandonar la idea de que el pueblo es bruto y no responde sino a sobornos o convocatorias emotivas. En los focus groups de Hinterlaces sale el tema. Algunos participantes que se confiesan chavistas dijeron: “Es que antes no existíamos”. “Lo más importante que se ha conseguido es el respeto”. “Ahora tenemos esperanza, tenemos una oportunidad, tenemos por qué luchar“. “Me gusta la participación que hay, porque antes no nos tomaban en cuenta para nada”. Pero habitantes de los barrios que se describen como ni-ni o independientes también señalaron: “La oposición piensa que somos ignorantes y marginales”. “Ellos creen que en los barrios no hay gente inteligente, que uno no tiene derecho a tener un buen par de zapatos de marca o a tener un buen celular… Nos siguen despreciando”.
El pueblo está listo para oír a quienes le digan la verdad, responsablemente.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 20, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Cuando quien firma abajo estaba a punto de cumplir cinco meses de existencia, Octavio Paz publicaba en la revista mexicana Novedades (2 de junio de 1943) un artículo titulado El auge de la mentira. Es un discurso apasionado y juvenil, y por esto exagerado, acerca de la credulidad de nuestra época. Su texto completo forma esta Ficha Semanal #136 de doctorpolítico. Paz fustiga en el mismo ensayo diminuto la mentira del cine y la de la política. La exageración está en la primera denuncia; la segunda es exacta. Paz opone al cine la poesía, inexactamente, pues el cine puede ser un verdadero arte no exento de poesía. Pero se entiende lo que quiere decir: que el cine vende, mayormente, ilusiones que sirven al escape de la realidad.
La tesis general es, pues, muy verdadera. En nuestra época se cree, con lamentable facilidad, los pases de los encantadores de serpientes, las presentaciones de los charlatanes—una pretendida medicina “sistémica”, que nuestros publicistas no vacilan en ensalzar en la televisión porque paga buen dinero—los discursos de los demagogos. Octavio Paz habló en su cortísimo ensayo con autoridad: el mexicano premiado con el Nóbel de Literatura en 1990, ya de joven estaba comprometido con la verdad. Muerto en 1998, no pudo comentar, como lo habría hecho certeramente, sobre la mentira que nos gobierna en Venezuela. El artículo reproducido acá coincidía temporalmente con la locura nazi, cuando aún faltaban dos años de la Segunda Guerra Mundial.
El hermoso y estimulante trozo del castellano joven de Paz—tenía 29 años—es una anticipación. Cuarenta y cinco años más tarde Jean-François Revel comenzaba un libro diciendo: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». (La connaissance inutile). La concisión del poeta que era Paz creció magistralmente en el ensayista que era Revel. En 1988 se publicaba “El conocimiento inútil”, que valió a éste el Premio Chateaubriand y el Premio Jean-Jacques Rousseau.
La pluma de Revel no tenía nada de complaciente. Así escribió cáusticamente: “El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Sólo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso”. (La gran mascarada, 2000). “La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano”, “La globalización es el chivo expiatorio de los inútiles”. (La obsesión antiamericana, 2002). “La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano”. (La tentación totalitaria, 1976).
Y también escribió en La connaissance inutile: “La democracia se suicida si se deja invadir por la mentira; el totalitarismo si se deja invadir por la verdad”.
LEA
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El auge de la mentira
En los tiempos antiguos el hombre no era más crédulo que en los presentes—aunque sí más creyente. La falta de fe, el escepticismo, la desconfianza no ciegan las fuentes de la credulidad, solamente la hacen cambiar de color y de objeto. Ya nadie cree en las sirenas, ni en la alquimia, pero muchos millones creen al doctor Goebbels y casi todos los habitantes del planeta prestan crédito al mundo que les pinta Hollywood—crédito que jamás han concedido a un filósofo o a un científico. La credulidad de los antiguos, al contrario de lo que ocurre ahora, no nacía del cansancio de buscar y de las sucesivas desilusiones de la historia y la vida interior; su fuente era más pura y por eso sus imágenes también poseían frescura y pureza: nacían del candor, del asombro. El hombre moderno cree por desesperación, porque todas las explicaciones le han fallado o han resultado insuficientes: cree por debilidad de la razón, no por exceso de imaginación. Generalmente se intoxica con cualquier teoría o con cualquier pobre sucedáneo cinematográfico; si asiste a un mitin, lo que pretende es buscar, ciegamente, un nuevo contacto con una noción que la vida moderna le ha hecho perder: el sentido de la fraternidad; si va un cine, lo que intenta es emborracharse de optimismo, vivir la vida que no puede vivir, satisfacer unos instintos reprimidos durante el día o encontrar el olvido de sí mismo.
Los griegos, ese pueblo de políticos, sentían una profunda e instintiva desconfianza frente a los razonamientos y promesas de los políticos y, hasta muy avanzada su historia, dudaban de los filósofos y escarnecían a los utopistas. (No tuvieron profetas, en el sentido hebraico de la palabra). Y, sin embargo, aceptaban y creían todas las fábulas de los poetas. La religión griega no fue una creación de los sacerdotes ni de un alto clero; tampoco el producto de la filosofía o del pensamiento moral: la religión griega fue una creación, una libre creación, de los poetas griegos. Ni Homero, ni Hesíodo, ni ninguno de los creadores de los mitos de Prometeo, Afrodita, Zeus o Hera fueron intelectuales, santos, profetas o clérigos. Para todos los modernos, la poesía es, evidentemente, una mentira manifiesta, cuando no un extravío reprochable; y si la seca poesía moderna es considerada como superchería y locura, ¿qué decir de la poesía griega? Cuando un poeta dice que las olas son una manada de cabras que trepan por la playa rocosa, ¿quién le puede creer? ¿Y habrá algún loco que tome en serio las hazañas de Aquiles, el tormento de Prometeo, la caja de Pandora, el nacimiento de Venus o el castigo de Galatea? Sí, hubo unos locos que creyeron esas fábulas de los poetas: los griegos, los mismos que desconfiaban de la razón y condenaron a Sócrates…, no obstante que fueron los primeros que descubrieron la razón especulativa, fundando así la ciencia y la filosofía.
Los mitos, esas invenciones y fábulas de los poetas, no impidieron a los griegos concebir la geometría, fundar los sistemas del razonamiento y, en fin, producir una filosofía que no hemos hecho sino desarrollar. La cultura griega no fue sino una racionalización de los mitos griegos. Su educación, una pedagogía tendiente a aplicar y realizar entre la juventud los ideales y las virtudes de los héroes míticos. Filósofos, políticos y pensadores no hicieron otra cosa que racionalizar, explicar y aplicar las intuiciones de los poetas. (A la inversa de lo que ocurre entre nosotros: se quiere un arte al servicio de la religión, de la industria o de las necesidades del Estado. Se crea así un arte oficial, aristocrático, precisamente lo contrario de lo que se pretende). La teoría de Platón sobre las reminiscencias y los arquetipos, singular anticipación de la doctrina del inconsciente colectivo de Jung, ¿no es acaso la primera y ya afortunada tentativa para explicar los mitos de los poetas, no como simples mentiras sino como verdades ocultas, como figuradas exprsiones de la memoria inconsciente y sobrepersonal?
Salvo Platón, poeta en su juventud, los griegos no desconfiaron de la poesía ni la juzgaron irreal y mentirosa. Sabían que la imaginación no es lo contrario de la realidad sino su metáfora. Una creación poética, si lo es de verdad, contiene a la realidad, aunque no la exprese en términos exactos, científicos o racionales. No mintieron Homero ni Cervantes cuando crearon a Aquiles y a Don Quijote, como no mintió Flaubert cuando dio vida a Emma Bovary. Los sabios, especialmente los psicólogos y los antropólogos, se sirven de los mitos de los poetas para bautizar sus descubrimientos, porque fueron ellos los primeros que expresaron los enigmas de la naturaleza. ¿Qué ha hecho Freud sino glosar y explicar la tragedia griega, el mito de Edipo y el de Electra? ¿Qué han hecho Frazer o Lévy-Bruhl sino servirse de los mitos primitivos, no para negarlos como simples mentiras sino para explicar el alma y la sociedad arcaicas? La imaginación le sirve al hombre para expresar a la realidad, no para corromperla o mutilarla.
Pero ahora el hombre se rehúsa a la imaginación. Ha dejado de creer en los poetas, aunque sigue prestando crédito a sus baratos sucesores: los empresarios de Hollywood—para no hablar de los nuestros—y los empresarios de la locura, como Hitler… La decadencia de la imaginación no nos ha hecho amantes de la exactitud sino que nos ha entregado a la mentira. Es ella la que triunfa, disfrazada de realidad.
Octavio Paz
por Luis Enrique Alcalá | Mar 15, 2007 | LEA, Política |

Nadie ignora que el periódico londinense Financial Times no es, precisamente, de inclinación izquierdista. Por esto tiene particular peso uno de sus trabajos «en profundidad», suscrito por Carola Hoyos bajo el título Las nuevas Siete Hermanas: gigantes de petróleo y gas empequeñecen a sus rivales occidentales.
Como recuerda la propia autora, el cognomento de «las Siete Hermanas» fue inventado por Enrico Mattei, el líder del Ente Nazionale Idrocarburi (ENI) que falleciera en un accidente de aviación que se afirma fue provocado para sacarlo del juego. La expresión designaba un cartel de petroleras privadas norteamericanas y europeas—Standard Oil de Nueva Jersey (luego Exxon, hoy ExxonMobil), Standard Oil de Nueva York (Mobil, hoy fusionada con Exxon), Standard Oil de California (Chevron, que se uniría con Texaco), Texaco (dicho), Royal Dutch Shell, Anglo-Persian Oil Company (APOC, luego British Petroleum, hoy BP después de haber absorbido Amoco, la antigua Standard Oil de Indiana) y Gulf (más tarde desmembrada entre Chevron, BP y Cumberland Farms). Estas compañías controlaron por décadas el negocio petrolero mundial en la etapa que siguió al desmembramiento de la holding original de John D. Rockefeller, la Standard Oil, que a comienzos del siglo XX manejaba más del 80% de la producción petrolera mundial.
Hoyos reporta que ese dominio es claramente del pasado. Las nueve Siete Hermanas son ahora Aramco (Arabia Saudita), Gazprom (Rusia), CNPC (China), NIOC (Irán), PDVSA (Venezuela), Petrobras (Brasil) y Petronas (Malasia). Son empresas estatales que dominan casi la tercera parte de la producción mundial de petróleo y gas, y controlan más de la tercera parte de las reservas del planeta. Las viejas hermanas están reducidas ahora a 10 por ciento de la producción y el 3 por ciento de las reservas.
Entre otras cosas, el trabajo de Hoyos registra una nueva ola de agresividad de parte de estas compañías estatales. No es, pues, únicamente PDVSA la que arrebatará el control mayoritario de la inversión en las empresas que operan en la faja del Orinoco. Gazprom, por ejemplo, no ha ocultado su pretensión de despojar a BP del control del campo gasífero de Kovyta, uno de los principales activos de la compañía inglesa en Rusia.
Dice el nutrido artículo: «La renuencia de los gobiernos a la reinversión de los recientes ingresos extraordinarios de sus compañías petroleras nacionales en la propia industria, yace en la base de muchas de las preocupaciones acerca de los futuros suministros. En vez de reinvertir, esos gobiernos emplean los fondos para iniciativas sociales o los desperdician». Y toma nota específica de Venezuela, al señalar: «El presidente Hugo Chávez, de Venezuela, gasta dos tercios del presupuesto de PDVSA en sus programas sociales populistas, y envió en esa dirección casi 7 mil millones de dólares para 2005, comparados con los 77 millones de dólares gastados en 1997 por el gobierno anterior, según un estudio de la Universidad Rice».
El futuro pertenece a estas compañías. Según la Agencia Internacional de Energía, el 90 por ciento de los nuevos suministros provendrá, por los próximos cuarenta años, de países en desarrollo. La chequera de Chávez parece interminable.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 15, 2007 | Cartas, Política |

La semana pasada se registraba acá la siguiente opinión: “Son los mismos medios de comunicación de los Estados Unidos los que presentan el próximo viaje de George Bush, a varios países latinoamericanos, como un intento por contrarrestar la influencia de Chávez en la región. No hay un solo artículo sobre el proyectado periplo que no mencione a Hugo Chávez, y si el Presidente de los Estados Unidos debe, en esta última y agónica etapa de su equivocado gobierno, enrumbarse hacia un continente al que ha descuidado por completo durante siete años, porque estaría en los intereses de su país entorpecer la agenda del gobierno de Venezuela, tan sólo eso ya le da a Chávez un cartel de matador que el novillero Rosales no puede reivindicar”.
Ya antes, para fines de 2005, la generosa hospitalidad editorial de Don Fausto Masó permitió al suscrito cohabitar con otros autores, principalmente con el inteligente periodista Pedro Pablo Peñaloza, el espacio textual de un libro editado por su sello, Libros Marcados. Este libro se llamó “Chávez es derrotable”. Al comienzo de mis planteamientos en esa oportunidad, y luego de un conciso inventario de la cantidad de poder real acumulada por Hugo Chávez ya para ese entonces, comenté que éste había “adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar”.
Ahora que han concluido la gira de Bush y la contragira de Chávez, es bueno formarse una idea de los resultados de ambas odiseas. Sintéticamente puede afirmarse que el viaje de Bush, con el que buscó enmendar siete años de indiferencia hacia América Latina, fue un fracaso desde el punto de vista de sus objetivos, pero que tal cosa no se debe en absoluto al marcaje que Chávez le impuso a distancia al seguirlo por todo el continente como piquetero trashumante. Bush no necesitó de la ayuda de Chávez para fracasar; pudo hacerlo muy bien él solo.
Esto es así, esencialmente, porque ya la imagen de Bush está muy claramente formada, en América Latina como en el resto del mundo. Bush tiene cada vez menos aliados. A estas alturas quizás sólo cuente con la admiración de Tony Blair, de salida como el norteamericano, quien escribe en el número más reciente de Foreign Affairs que ahora hay en el mundo una lucha de valores, y que los valores “correctos” se verán comprometidos en una larga contienda contra los valores “incorrectos”—léase, principalmente, los del Islam—bajo la guía y dirección de los Estados Unidos. Explícitamente, pues, es Blair el único jefe de Estado que propugna esa subordinación; ni siquiera Uribe Vélez, receptor de la más grande ayuda internacional de los Estados Unidos tras la que éstos envían al Oriente Próximo, afirmaría una cosa así.
De modo que, ya antes de emprender su moroso viaje hacia el sur, Bush era percibido como uno de los más funestos presidentes de la historia de su país, y esta evaluación, en la que coincide la mayoría de la opinión estadounidense, no podía aspirar a ser cambiada fundamentalmente con un vuelo rasante por un número de países latinoamericanos cuidadosamente escogidos por el Departamento de Estado.
Una muestra de la prensa mundial confirma esta lectura. Por ejemplo, El País de Madrid anota: “La gira de George W. Bush por cinco países latinoamericanos, finalizada ayer en México, ha discurrido sin pena ni gloria. No porque sus intenciones fueran censurables o equivocadas o porque los destinos hayan sido mal elegidos. El problema del largo viaje de Bush hacia el sur es que llega demasiado tarde, cuando su presidencia se desvanece, y con muy poco que ofrecer, salvo buenas palabras, a un subcontinente que en los últimos años ha visto cómo se acrecienta su distancia con Washington y que gira electoralmente a la izquierda. No hay nuevas políticas y no hay nuevos amigos”. Y añade: “La devaluada credibilidad de EE UU en Latinoamérica necesita a estas alturas mucho más que prédicas sobre justicia social y libre comercio. El problema para Bush, que ha tenido el buen sentido de no responder a la contragira histriónica de Hugo Chávez, no es sólo que carece de una agenda consistente para responder a los grandes desafíos sociales de la región, su auténtica piedra de toque. Es que tampoco está en condiciones, al final de su presidencia y con un Congreso hostil, de satisfacer algunas de las mayores expectativas de sus amigos”.
El Mercurio de Chile resume la generalizada impresión: “La gira de seis días por América Latina del Presidente George Bush logró algunos aciertos diplomáticos, aunque no sirvió para mejorar la imagen de la superpotencia ni contrarrestar la percepción de que la región no ha recibido el trato que merecía de la Casa Blanca, de acuerdo a varios medios de la prensa continental, como el diario estadounidense The New York Times, el argentino La Nación o el brasileño O Globo”. (También en Brasil, O Folha de Sao Paulo calificó las ofertas de Bush como “paquete irrisorio).
En Montevideo, capital de uno de los países visitados por Bush, y donde estuvo más cerca de Chávez, separado de él por el estuario del Río de la Plata, el diario La República publica: “La visita del presidente Bush no tuvo repercusiones relevantes… En el séptimo año de gobierno, decide viajar a una región totalmente olvidada en sus discursos y en sus decisiones centrales. La prioridad de su política internacional es el combate al terrorismo que lo llevó a injustificadas invasiones a Afganistán e Irak que terminaron aislándolo, tanto en el plano internacional como en el ámbito nacional. Su obsesión por el combate al terrorismo le hizo perder interés en los problemas básicos del subdesarrollo, como el hambre, la pobreza, el desempleo y la marginación. De aquí el olvido sobre los problemas de nuestra región. Esta visita trata de atender este déficit, de acordarse con la pobreza, pero con propuestas inadecuadas como el libre comercio, concepción que no aplica al mantener los subsidios agrícolas, las cuotas, prohibiciones y otras formas de protección que reflejan la inexistencia del libre juego del mercado”.
¿La hipocresía denunciada por Chávez? Es en los mismos Estados Unidos donde el Chicago Tribune expone que la fanfarria de Bush acerca de una “OPEP del etanol” no llega a convertirse en sinfonía. El periódico destaca que, después de todo el cacareo, Bush indicó que no estaba sobre la mesa el punto de la eliminación del arancel de 54 centavos de dólar por galón de etanol brasileño, que impide prácticamente su penetración del mercado estadounidense. Esta barrera arancelaria, que no tiene nada de libre comercio, ha sido establecido para proteger el etanol, a partir de maíz, que se produce en el Medio Oeste de los Estados Unidos. Por si fuera poco, los productores norteamericanos—apunta el Chicago Tribune—se benefician adicionalmente de un crédito fiscal de 51 centavos de dólar por galón.
Y es que hasta el mismísimo New Herald publica un artículo de opinión en el que se lee: “La repetida aseveración del presidente Bush durante su gira a América Latina de que los Estados Unidos sienten ‘compasión’ hacia la región fue una expresión poco feliz en un momento equivocado: en varios países se la vio como un término peyorativo, que además no estaba respaldado por un compromiso financiero significativo. Según mis cuentas, Bush dijo al menos 15 veces en sus conferencias de prensa durante el viaje que los Estados Unidos son un país ‘compasivo’. Eso sonó algo extraño para muchos en la región, no sólo porque Bush se ha olvidado virtualmente de América Latina después de los ataques terroristas del 2001 y apoyó la construcción de un muro en la frontera con México, sino también porque al mismo tiempo el presidente petropopulista de Venezuela, Hugo Chávez, estaba haciendo promesas a diestra y siniestra de donar mucho más dinero que el presidente norteamericano”.
Además, como destaca el mismo articulista, los Estados Unidos son el país desarrollado que destina menos recursos a la ayuda internacional en términos proporcionales. El grupo de los 22 países más ricos del mundo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), reporta que mientras Noruega dedica 0,9% de su producto interno bruto a ayuda exterior, Francia 0,42% y España 0,26%, los Estados Unidos aportan a esta clase de ayuda únicamente el 0,16% de su PIB. La compasión gringa es algo chucuta.
………
No se necesitaba, pues, que Hugo Chávez paseara por el continente como agitador común para que George Bush se fuera de él con las manos vacías. En su propio periplo, una instancia más de su actividad preferida, no sólo comprometió nuevas ayudas de varios miles de millones de dólares—tan sólo mil para Haití—sino que incurrió en los gastos directos de su costosa movilización y los relativos a la organización de las concentraciones ante las que habló. Son reales que le van a hacer falta a la República para afrontar las expectativas que ha suscitado, para pagar los ingentes volúmenes de una deuda pública interna que ha aumentado en mil por ciento en los últimos ocho años.
Esta desconexión entre el fracaso de la gira de Bush y la gira de agit prop de Chávez se hace patente, también, en los mismos observadores que criticaron sin miramientos el viaje del primero. En la nota ya citada en La República de Montevideo, cuyo autor es Alberto Couriel, se consigue la siguiente distinción: “No descartamos que entre sus objetivos [los de Bush] buscara formas de contrarrestar el accionar del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. La elección de visitar Colombia, Brasil y México puede inscribirse, también, dentro de este objetivo. Su actitud de no nombrar a Chávez en las conferencias de prensa realizadas en Brasil y Uruguay, frente a preguntas concretas, marcan su preocupación. Mi impresión es que, en esta materia, no tuvo resultados positivos. Esto no significa que estemos de acuerdo con la actitud del presidente venezolano de participar en un acto masivo en el estadio de Ferro en el mismo momento en que Bush visitaba Uruguay. En múltiples oportunidades destacamos los aportes positivos del gobierno de Venezuela hacia el Uruguay y su actitud favorable frente a la integración latinoamericana. Pero no concordamos con su presencia en ese momento en Buenos Aires ni con el apoyo implícito del gobierno de Kirchner a la realización de ese acto”.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 13, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
C. P. (Charles Percy) Snow (1905-1980) escribió unas cuantas novelas, como las de la serie Strangers and Brothers, que describe la política propia del mundo académico. También era el esposo de Pamela Hansford Johnson, una poetisa, dramaturga y novelista británica. Fue asimismo un agudo crítico social, muy interesado en política, preocupado especialmente de la división entre países ricos y pobres. Uno de sus mordaces aforismos—apropiada reflexión para quienes acatan obsequiosamente los caprichos de jefes autoritarios—dice: “Cuando uno piensa en la larga y lóbrega historia del hombre, uno encuentra que más crímenes horribles han sido cometidos en nombre de la obediencia que en nombre de la rebelión”.
Pero la carrera profesional de Snow fue en realidad la de científico y administrador de ciencia. Físico graduado, la Segunda Guerra Mundial le llevó a involucrarse en la política científica inglesa. Para la época del gobierno laborista de Harold Wilson llegó a ser el segundo en el Ministerio de Tecnología.
En 1959 Snow dictó en la Universidad de Cambridge una conferencia cuyo texto llegó a convertirse rápidamente en un clásico. Fue publicada en forma de libro bajo el título The Two Cultures and the Scientific Revolution. El debate posterior le llevó a moderar algunas de sus observaciones—sin abandonar la tesis inicial—las que llevó en 1963 a un nuevo libro: Las dos culturas: una segunda mirada.
Seguramente su doble personalidad de escritor de ficción y científico le permitió la intuición del tema. C. P. Snow postulaba en la conferencia la incomunicabilidad de dos grupos distintos de intelectuales: los humanistas y los científicos. Para un científico el nombre de Knut Hamsum puede ser tan arcano como el de Subramanyan Chandrasekhar para un literato. Snow creía que este fenómeno era un grave problema, al que habría que poner remedio mediante una reforma de la educación. La Ficha Semanal #135 de doctorpolítico reproduce los párrafos más famosos de su disertación.
Probablemente los científicos sociales, adiestrados en métodos de la ciencia y cercanos por objeto al “mundo de la cultura”, estén en mejor posición de establecer la comunicación entre esos compartimientos estancos. Snow creía que el asunto es lamentable porque son los miembros de la “cultura tradicional” quienes manejan el mundo.
En nuestro patio es algo así muy notorio. Es muy raro que un científico llegue a puestos de importancia en la estructura política del país. Quienes nos han gobernado provienen, en su mayoría, de la carrera jurídica o la casta militar. José María Vargas, médico, y Rómulo Gallegos, novelista, son excepciones. Y esto significa que lo que nos ha gobernado, en verdad, es un paradigma jurídico-militar. Es un compuesto sintético basado en la creencia en que el acto político supremo es o una ley o un acto de fuerza.
En México, durante el “Porfiriato” de fines del siglo XIX, un hálito positivista llevó al presidente Díaz a probar en el gabinete a “los científicos”, imbuidos de las doctrinas de Augusto Comte. El experimento no fue muy exitoso, pero quizás más porque Porfirio Díaz era en verdad un dictador que porque la aproximación científica a la política estuviese errada. En todo caso, si es frecuente que un político haya leído, al menos, a Doña Bárbara, es muy raro que tenga idea alguna acerca del Principio de Incertidumbre. Podemos esperar que la creciente informatización del planeta producirá electores más exigentes, que no tolerarán el analfabetismo de los políticos en cosas de la ciencia.
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Las dos culturas
En un polo, la cultura científica es en realidad una cultura, no sólo en un sentido intelectual, sino en un sentido antropológico. Esto es, sus miembros no necesitan siempre entenderse—y por supuesto a menudo no lo hacen—completamente los unos a los otros; los biólogos frecuentemente tienen una idea borrosa de la física contemporánea; pero hay actitudes comunes, aproximaciones y supuestos comunes. Esto es así, sorprendentemente, de modo amplio y profundo. Pasa a través de otros patrones mentales, como los de religión, de política o de clase.
Estadísticamente, supongo que una ligera mayoría de científicos son incrédulos en términos religiosos, comparados con el resto del mundo intelectual, aunque hay bastantes que son religiosos, y éstos parecen estar aumentando entre los jóvenes. También estadísticamente, ligeramente más científicos son políticamente de izquierda aunque, de nuevo, muchos se tienen por conservadores, y también esto parece ser más común entre los jóvenes. Comparados con el resto del mundo intelectual, considerablemente más científicos en este país, y probablemente en los Estados Unidos, vienen de familias pobres. Sin embargo, en un amplio rango de pensamientos y conductas, nada de eso importa. En su trabajo, y en mucha de su vida emocional, sus actitudes están más cercanas a las de otros científicos que a las de no científicos que en religión, política o clase tengan sus mismas etiquetas. Si se me permite arriesgar alguna abreviación, diría que ellos tienen, de modo natural, el futuro en los huesos.
Puede que les guste o no, pero lo tienen. Esto era verdad de conservadores como J. J. Thomson y Lindemann como de los radicales Einstein o Blackett; tan verdadero en el cristiano A. H. Compton como en el materialista Bernal; en los aristócratas Broglie o Russell como en el proletario Faraday; en aquellos que nacieron ricos, como Merton o Víctor Rothschild, como en Rutherford, que era el hijo de un todero. Sin pensar en ello, todos respondían similarmente. Éso es lo que una cultura significa.
En el otro polo la distribución de actitudes es más amplia. Es obvio que entre ambos, a medida que nos movemos en la sociedad intelectual de los físicos a los intelectuales literarios, se encuentra toda clase de tonos de sentimiento. Pero creo que el polo de la incomprensión total acerca de la ciencia irradia su influencia a todo el resto. Esa incomprensión total ofrece, más extendidamente de lo que uno cree, viviendo en ella, un cierto aroma acientífico a toda la cultura “tradicional”, y a menudo ese aroma acientífico, mucho más que lo que queremos admitir, está a punto de hacerse anticientífico. Los sentimientos de un polo son los antisentimientos del otro. Si los científicos tienen el futuro en los huesos, entonces la cultura tradicional responde deseando que el futuro no existiera. Y es la cultura tradicional, hasta cierto punto muy poco disminuida por la emergencia de la científica, la que maneja el mundo.
Esta polarización es pura pérdida para todos nosotros. Para nosotros como pueblo, y para nuestra sociedad. Es al mismo tiempo una pérdida práctica, intelectual y creativa, y repito que es incorrecto imaginar que estas tres consideraciones son claramente distinguibles…
El grado de incomprensión a cada lado es del tipo de chiste que se ha agriado. En este país hay alrededor de cincuenta mil científicos trabajando, y alrededor de ochenta mil ingenieros profesionales o tecnólogos. Durante la guerra, y en los años posteriores, mis colegas y yo tuvimos que entrevistar a unos treinta o cuarenta mil de ellos, es decir, alrededor del 25 por ciento. El número es lo suficientemente grande como para darnos una buena muestra, aunque la mayoría de los hombres con los que hablamos tiene todavía menos de cuarenta años. Pudimos descubrir unas cuantas cosas acerca de lo que leían y pensaban. Confieso que incluso estimándoles y respetándoles, quedé algo conmovido. No esperábamos que sus vínculos con la cultura tradicional fueran tan tenues, no mucho más que un formal saludo a la bandera.
Como era de esperar, algunos de los mejores entre los científicos tenían y tienen de sobra energía e interés, y así nos encontramos con algunos que habían leído todo aquello de lo que habla la gente literaria. Pero eso es muy raro. La mayoría del resto, cuando uno intentaba sondear qué libros había leído, confesaría modestamente: “Bueno, he probado algo de Dickens”, como si Dickens fuera un escritor extraordinariamente esotérico, enredado y dudosamente remunerador. De hecho, así era exactamente como le veían: pensamos que ese hallazgo, el que Dickens hubiera sido transformado en el arquetipo de lo literariamente incomprensible, fue uno de los resultados más extraños de todo el ejercicio.
Pero, por supuesto, al leerlo, al leer casi cualquier escritor que debiéramos valorar, estaban sólo saludando a la bandera de la cultura tradicional. Ellos tienen su propia cultura, intensa, rigurosa, constantemente activa. Esta cultura contiene una gran cantidad de debate, usualmente mucho más riguroso, y casi siempre en un nivel conceptual superior al de los argumentos de las personas letradas, aun cuando los científicos emplean alegremente palabras en sentidos que las personas letradas no reconocen. Los sentidos son exactos, y cuando hablan acerca de “subjetivo”, “objetivo”, “filosofía” o “progresista”, todos saben lo que quieren decir, aunque no sea lo que uno estaría acostumbrado a esperar.
Recuerden, éstos son hombres muy inteligentes. Su cultura es de muchas maneras exigente y admirable. No contiene mucho de arte, con la excepción, una importante excepción, de la música. Intercambio verbal, argumentación insistente. Discos de larga duración. Fotografía a color. El oído, hasta cierto punto el ojo. Libros, muy pocos, aunque no muchos irían tan lejos como un héroe, quien quizás debo admitir estaba bastante más abajo en la escalera de la ciencia que aquellos de los que hablo, y quien preguntado sobre los libros que leía, respondió firme y confiadamente: “¿Libros? Yo prefiero usar mis libros como herramientas”. Era muy difícil no dar rienda suelta a la imaginación: ¿qué clase de herramienta sería un libro? ¿Quizás un martillo? ¿Un primitivo instrumento de excavar?
De libros, pues, muy poco. Y de los libros que para la mayoría de las personas letradas son pan de cada día, como novelas, historia, poesía, dramas, casi nada en absoluto. No es que no se interesen en la vida psicológica, moral o social. En la vida social ciertamente lo están, más que la mayoría de nosotros. En la moral, ellos son en gran medida el más sólido grupo de intelectuales que tenemos; hay un componente moral justo en la médula de la ciencia misma, y casi todo científico forma sus propios juicios de la vida moral. En la psicológica tienen casi tanto interés como la mayoría de nosotros, aunque ocasionalmente tengo la impresión de que le llegan más bien tarde. No es que carezcan de intereses. Es mucho más que la literatura entera de la cultura tradicional no les parece pertinente a esos intereses. Están, por supuesto, absolutamente equivocados. Como resultado, su comprensión imaginativa es menos de lo que debía ser. Se han autoempobrecido.
Pero ¿qué hay con el otro lado? También están empobrecidos, quizás más seriamente porque son más vanidosos sobre el punto. Todavía les gusta pretender que la cultura tradicional es “toda” la cultura, como si el orden natural no existiese. Como si la exploración del orden natural no fuera de interés por su valor intrínseco o sus consecuencias. Como si el edificio científico del mundo físico no fuera, en su profundidad intelectual, su complejidad y su articulación, la más hermosa y maravillosa obra colectiva de la mente del hombre. No obstante, la mayoría de quienes no son científicos no tiene idea de ese edificio en absoluto. Aun si quieren, no pueden. Es más bien como si, sobre un inmenso espectro de la experiencia intelectual, todo un grupo careciera de oído. Excepto que, en este caso, esa sordera musical no proviene de la naturaleza sino del adiestramiento o, más bien, de la falta de adiestramiento.
Como pasa a los que no tienen oído, no saben lo que se pierden. Se ríen condescendientemente de los científicos que jamás han leído una obra importante de la literatura inglesa. Los desprecian como especialistas ignorantes. Sin embargo, su propia ignorancia y su propia especialización son igualmente sorprendentes. Más de una vez he asistido a reuniones de gente que, según estándares de la cultura tradicional, es tenida por superiormente educada y que con gusto considerable expresaban su incredulidad ante la incultura de los científicos. Una o dos veces he sido provocado y preguntado a los asistentes cuántos de ellos pudieran describir la Segunda Ley de la Termodinámica. La respuesta ha sido fría; también ha sido negativa. No obstante, estaba preguntando algo que es el equivalente científico de preguntar: ¿ha leído usted una obra de Shakespeare?
Ahora creo que si hubiese hecho una pregunta aun más simple—como ¿qué entiende usted por masa, o aceleración?, que es el equivalente científico de decir ¿puede usted leer?—no más de uno de cada diez de los muy educados hubiera creído que hablábamos el mismo lenguaje. Así, el gran edificio de la física moderna crece, y la mayoría de las personas más inteligentes en el mundo occidental tienen tanta comprensión de él como sus ancestros neolíticos hubieran tenido.
C. P. Snow
por Luis Enrique Alcalá | Mar 8, 2007 | LEA, Política |

Dos mandatarios parecidísimos se dirigen hacia América del Sur: George W. Bush y Hugo R. Chávez. Ambos son fundamentalistas, aunque de signo contrario, y lo que van a exhibir en latitudes sureñas es de lo peor de la política mundial de nuestros días. Ambos son tercos y arrogantes, ambos llevan al extremo la política de poder, ambos tienen tino para la terminología, ambos están muy equivocados.
Uno, el nuestro, cree que es su obligación principal en estos momentos convertirse en director de protestas callejeras en contra del norteamericano. Así se aleja de socios respondones—Podemos, PPT—que se han negado sin ambages a la noción de un pensamiento único, y que han llegado a enmendar el eslogan “patria, socialismo o muerte” al ofrecer el lema “patria, socialismo y vida”. Más claro no canta un gallo.
Así se aleja, también, de la realidad inflacionaria que admitió le preocupaba, y que pretende tapar con la mitomanía del magnicidio y los nuevos roces con Colombia. Así deja de pensar en la enorme demanda social acumulada, que su despreciado gobierno no logra satisfacer. Así escapa de la economía.
El otro, el estadounidense, va a América Latina para ofrecer menos ayuda real que la que Chávez dispendia. Si se dice que gente como Kirchner simplemente se aprovecha de la chequera chavista, Bush será recibido igualmente por puro interés, no porque se comparta su particular agenda o su ideología mercadista.
Al sur llegará cada vez más vulnerable. Poco después del destape del escándalo del hospital militar Walter Reed, que ya provocó la destitución de su director y la salida del Secretario del Ejército, y poco antes de la condena de Lewis Libby, asistente del vicepresidente Cheney, por obstrucción a la justicia, The New York Times publicaba (4 de marzo), una lista de tareas para que el Congreso enfrentara lo que considera un “asalto a algunos de los principios fundadores de la democracia norteamericana” por parte de la administración Bush.
En apariencia, Chávez está más firmemente atornillado a su silla que Bush a la de él. Pero Chávez, que tanto detesta a Bush, está siguiendo sus pasos. Aquí también hay un ataque a los principios fundadores de la democracia. Esto tiene sus límites, y ya han comenzado a dibujarse con la aparición de la llamada “oposición bolivariana”.
En épocas antiguas, los campeones de dos ejércitos se enfrentaban en duelo singular. Ya no se estila esta confrontación de hombre a hombre, pero qué bueno sería que Chávez y Bush se encontraran, digamos, en La Asunción, y se entraran directamente a pescozadas. Como dice el dicho, pelea de perros, en la que uno no se mete.
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