por Luis Enrique Alcalá | Ago 4, 2005 | Cartas, Política |

Hace ya veinte años que Arturo Úslar Pietri marcara, ante una reunión del Grupo Santa Lucía, una importante diferencia cultural entre anglosajones del norte e hispánicos en América, mediante una observación sociológica muy ilustrativa. Úslar describía primero lo siguiente: los colonos de Norteamérica ocupaban tierras, las cercaban y comenzaban a producir. Luego colonos vecinos podían acordarse, tal vez, para la construcción de un granero común, y así lo erigían. También tendrían hijos, naturalmente, que tendrían necesidad de ser educados, por lo que se planteaban la construcción de una escuela y la contratación entre todos de una maestra. Probablemente las mujeres exigirían un poco de religión, y también en conjunto se agenciarían un predicador, a quien tendrían que proveerle una iglesia, que de inmediato edificaban. Poco a poco, pues algún comerciante general y un enterrador y un tabernero vendrían a instalarse no lejos de tales edificios, llegaban a tener un pueblo. García Márquez habría dicho que su «mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Así, había que nombrar al pueblo que ya existía: el hecho antes que la palabra.
En cambio—cambiaba Úslar de paisaje—venía por el valle de los caracas Diego de Losada a la cabeza de unos cuantos caballeros, más infantes, algún fraile y varios albañiles y otros artesanos, y se apeaba de su corcel, pendón en mano, para declarar solemnemente en medio de un terreno despoblado: «Esto es Santiago de León de Caracas». El verbo antes que la obra.
Destacaba de este modo uno de los más grandes maestros de los venezolanos la tendencia nominalista de nuestra cultura. Pudiera añadirse que es una conducta típica de los revolucionarios. Pocos políticos—hasta ahora Chávez y sus más aduladores acólitos ganan el derby—han superado a la Convención Nacional jacobina de la Francia de 1793, que consideró imprescindible al curso del país sustituir el calendario que usa todo el mundo por uno revolucionario. Los meses ya no se llamaban como los conocemos—enero (por Jano), febrero (por Febo), marzo (por Marte), etc.—sino Pluvioso (de lluvia), Vendimiario (de vendimia), Germinal (de germen o semilla), Termidor (de thermos o calor).
Juan Barreto, por tanto, no hace sino evidenciarse contagiado por el mismo virus nominalista revolucionario con su refundación de Caracas, en medio de los clichés más espantosos. (En su remitido periodístico no podía faltar la más manida frase de Simón Rodríguez: «O inventamos o erramos», sólo que Barreto escribe erróneamente con hache «herramos», lo que debe ser un uso igualmente revolucionario. Siempre he creído que los exégetas de Rodríguez incurren en contradicción flagrante, pues citar al pasado—a Rodríguez mismo—difícilmente puede tenerse por invención).
En esto, sin embargo, Barreto no hace otra cosa que remedar a su jefe, que es el gran nomenclador de la comarca. En medio de la desesperación que le produce la manifiesta ineficacia de su propio gobierno, la espantosa incompetencia de él mismo, Chávez vuelve a usar uno de sus muy poderosos pero escasos talentos y, como Losada, fabrica el nombre «Misión Vuelta al Campo» para un reflujo urbano-rural que no existe sino en su revolucionaria cabeza—después de que la semana pasada inventara la «Misión Negra Hipólita» para los niños callejeros abandonados y pedigüeños, que hace más de seis años prometió borrar de la faz de las ciudades (so pena de renunciar o, solución también nominalista, cambiarse el nombre)—y repite la etiqueta nominal de «socialismo del siglo XXI» para referirse a algo que es igualmente inexistente. (Y saluda la disposición de José Luis Betancourt a discutir el tema, no sin aclarar de inmediato que lo de socialismo va. Esto es, que al Presidente de Fedecámaras le queda la «discusión» acerca del modo y cronograma de su acatamiento al ucase socialista, que el autócrata ha decidido, sin el menor derecho, imponer a los venezolanos).
Tan marcado patrón de comportamiento es reproducido inevitablemente por lo que pudiéramos llamar, en terminología de páginas sociales, las «personalidades del régimen», sobre todo aquellas que parecieran estar buscando algún acomodo burocrático. Por ejemplo, Rigoberto Lanz en artículo publicado por El Nacional bajo el rico título «¿Cuál ciencia?» (Edición del 29 de julio, página A-11).
El artículo tiene por objeto justificar una ciencia revolucionaria, a partir de unas cuantas muy tajantes aseveraciones. Por ejemplo, comienza su ejercicio asentando (en descubrimiento del agua tibia): «…la gente hace lo que hace según el paquete de ideas que tiene en su cabeza». Tal vez Lanz no haya tenido noticia de que eso mismo ha sido pensado por siglos. Sin ir demasiado lejos, John Stuart Mill escribió sucintamente: «Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan». Claro, para la tendencia ideológica que Lanz defiende resulta algo incómodo eso de reconocer la precedencia intelectual de un gran liberal inglés.
Más adelante, prepara el terreno a su principal tesis mediante el correspondiente halago a la ministra Yadira Córdova (y su equipo), y media columna acerca de su propio (y destacado) papel en una reunión internacional organizada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología «para debatir sobre los temas de las políticas públicas en este campo en el contexto de América Latina». (Se vende o posiciona Lanz: «Me tocó en esta reunión internacional hacer una presentación de los principales problemas con los que se topa el pensamiento crítico en Latinoamérica y su incidencia en el terreno de una política de ciencia y tecnología»).
Luego del autobombo dispara: «La cuestión esencial es que la ciencia no es un producto ‘universal’ ni ‘neutro’. La ciencia es un resultado cultural cargado de contenidos (unos y no otros)».
Lo que Lanz quiere explicarnos—»según el paquete de ideas que tiene en su cabeza»—a los comunes mortales, otra vez, no es nada nuevo. Tanto en el nivel conceptual como en el práctico-histórico, lo que Lanz anuncia ahora como gran novedad es asunto conocido: que puede establecerse relación entre la práctica científica y la ideología. Lanz estará pensando, sin duda, en las agendas de investigación prescritas en Occidente por lo que se ha denominado el «complejo industrial-militar». (Dwight Eisenhower). En cambio, quizás olvide la genética socialista de Lisenko en la Rusia stalinista, responsable de mucho fracaso agrícola revolucionario.
Creo poco probable que conozca observaciones como las de Paul Ricoeur en «Ciencia e Ideología»: «… la pretensión simultánea de trazar lo que Lenín llamaba la línea del partido entre esta ciencia y la ciencia burguesa, y concebir de esta manera una ciencia partidista en el sentido pleno de la palabra. Es ahí donde se encuentra el peligro de que la ciencia marxista se transforme en ideología según sus propios criterios. Con respecto a esto, el destino próximo del marxismo verifica los más sombríos temores; así el análisis en clases sociales, para no citar sino un ejemplo, y especialmente la tesis según la cual no hay fundamentalmente sino dos clases, después de haber sido una hipótesis de trabajo inmensamente fecunda, se convierte en un dogma que impide ver con nuevos ojos las estratificaciones sociales nuevas de las sociedades industriales avanzadas o las formaciones de clases, en un sentido nuevo del término, en las sociedades socialistas, para no hablar de los fenómenos nacionalistas que muy difícilmente se prestan a un análisis en términos de clases sociales… Más grave que esta ceguera ante lo real, la oficialización de la doctrina por el partido, provoca otro fenómeno grave de ideologización: del mismo modo que la religión ha sido acusada de justificar el poder de la clase dominante, el marxismo funciona como sistema de justificación con respecto al poder del partido en cuanto vanguardia de la clase obrera y con respecto al poder del grupo dirigente dentro del partido». (También pudiera recomendarse la lectura de Criticism and the Growth of Knowledge, obra editada por Imre Lakatos—seguramente de su gusto—y Alan Musgrave).
Obviamente, en la práctica de la ciencia hay aspectos y componentes «no universales». Como actividad humana, puede encontrarse en ella casi de todo, incluyendo una competencia no pocas veces sucia y desleal por alcanzar los máximos galardones. (Cf. La doble hélice, de James Watson). Pero no sé si el profesor Lanz encuentra poca universalidad en la determinación del genoma del Tripanosoma cruzi (que acaba de ocurrir) y propugna que no debe planearse la política sanitaria nacional con atención a este hecho, porque tal descubrimiento no sería «neutral» y tampoco «universal». Quizás quiera sostener que los teoremas de Gödel son ciencia burguesa, cuartorrepublicana, pues, y la climatología de Lorenz una creación superestructural con ánimo de sojuzgar a los yanomami.
Pero es que Lanz no deja, como digo, de ofrecer dictámenes finales, definitivos. Por caso: «En un país empeñado en generar un cambio esencial de toda su estructura…» ¿Es esa afirmación de Lanz en sí misma científica? ¿De dónde extrapola para aseverar que lo que pretenden Chávez y sus correligionarios es un empeño del país entero? ¿Basta su declaración dogmática y nominalista para que esto sea una verdad de su nueva ciencia?
Tal vez la clave pueda estar en que Rigoberto Lanz haya dado por fin con una técnica de investigación que sustituya con ventaja lo que él denuncia como «un fulano método científico». Lo cierto es, sin embargo, que a diferencia de este método, él no explica las prescripciones lógicas por las que arriba a tan pretenciosas nociones. Si algo precisa, como él dice que necesita la ciencia, una «crítica epistemológica» es justamente su somero modo de discurrir.
Porque entre otras cosas, es ese carácter de acumulación, de heredad que parece molestarle en la poca ciencia que hayamos hecho los venezolanos, lo que permite el growth of knowledge y hace innecesario que algún centro «científico» que Lanz pretenda dirigir tenga que inventar la rueda. Ni en la China milenaria y maoísta dejaron los científicos de calcular parábolas misilísticas según Newton—ya que Isaac habría sido cerebro pequeño-burgués y poco neutro—ni los cardiólogos cubanos andan en la necedad de encontrar una falta de universalidad en la Ley de Starling.
Estaré de acuerdo con una afirmación particular de Lanz: «No es posible construir una sociedad realmente emancipada con un modelo de ciencia que corresponde a la racionalidad de la dominación». Muy bien dicho. Es justamente un proyecto de dominación el chavista; es precisamente una «racionalidad» de la dominación la que caracteriza el injustificable sojuzgamiento fidelista, que tanto es celebrado en estos lares dominados por el régimen al que Lanz se ha adscrito con entusiasmo.
Mientras el profesor Lanz pierde el tiempo en ridiculeces epistemológicas, mientras sigue nadando—con mejor estilo que el presidencial, hay que reconocer—en el mar del nominalismo, las sociedades más avanzadas continuarán invirtiendo en el «fulano» modelo científico que critica pomposamente y continuarán sacándonos ventaja.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 4, 2005 | LEA, Política |

Dentro de setenta y dos horas apenas elegiremos—los que vayamos a votar—munícipes en todo el territorio nacional. Como sabemos, quienes no irán a votar sostendrán que tampoco los votantes no chavistas elegiremos, puesto que nuestro sufragio será irremisiblemente desconocido fraudulentamente. De lado y lado abundan los argumentos. La organización Queremos Elegir, por ejemplo, ha elaborado una postura que resume los argumentos para ir a votar incluso en condiciones de baja credibilidad del Consejo Nacional Electoral.
Otras voces opositoras, entre las que destacan las de los más importantes directivos de Súmate, continúan su prédica proclive a la abstención, aunque declaren que no la postulan. Dice Alejandro Plaz en entrevista concedida a Pedro Pablo Peñaloza de El Universal: «Nosotros no llamamos a la abstención, cada quien debe actuar según lo dicte su conciencia. El CNE tiene un origen ilegítimo y ahora, con su desempeño, se hace más ilegítimo todavía, porque ha demostrado que no está buscando que los electores sientan que están asistiendo a un proceso electoral confiable, sino que está creando una caja negra en la que nadie puede creer».
Esto último es, naturalmente, verdad. El Presidente del CNE no ha querido tranquilizar a la oposición, con lo que sigue la línea oficialista de desmoralizarla y por ende no actúa con imparcialidad. Esto es, naturalmente, criminal.
Sin embargo, Súmate insiste, entre otras cosas, en que el empleo de cuadernos electrónicos permitirá conocer el voto de cada elector. Una de las «noticias» más difundidas de los últimos días es el dibujo animado de la página web de Súmate sobre la concordancia de horas entre cuaderno electrónico y máquina de votación. Declara Plaz al respecto: «La mayor perversión de esos cuadernos se refiere al secreto del voto, pues hemos demostrado que comparando las secuencias de las máquinas puede determinarse por quién votó cada cual». No se refirió al presunto programa de Microsoft que haría esto imposible, al decir de Jorge Rodríguez. Por su parte, la asociación Queremos Elegir destaca: «Estos cuadernos, que sólo se usarán como prueba piloto en los estados Nueva Esparta y Cojedes, y siempre acompañados de los cuadernos manuales, que permiten las auditorías y cumplen el requisito de ley, siguen siendo un elemento perturbador para muchos electores que desconocen la circunstancia de su uso restringido y sólo como complemento de los tradicionales cuadernos manuales». Explicable efecto sobre una ciudadanía víctima del terrorismo a la medida de la lista de Tascón.
Pero Plaz debió reconocer algo más sustancial todavía, asediado por el periodista. Que no se había probado el fraude en el revocatorio o las elecciones de gobernadores y alcaldes. Que no era posible, más fundamentalmente, probar el fraude. El periodista afirmó: «Aunque tras cada votación se agregan nuevos elementos, puede decirse que los reclamos actuales son similares a los expuestos en 2004; no obstante, en el pasado jamás pudo demostrarse el fraude». Plaz evadió el asunto alejándose de la precisión para situarse en un plano jurídico: «Recuerda que al referendo revocatorio no se le podía aplicar la ley electoral, porque el Tribunal Supremo de Justicia decidió que no era una elección y que no podía regirse por la Ley Orgánica del Sufragio y la Participación Política (Losypp). En esa ocasión, el CNE creó un reglamento nuevo que estipulaba en su artículo 50 que el escrutinio sería manual; sin embargo, metieron las máquinas y violaron su propia norma. Igual pasó en octubre, cuando denunciamos que violentaron más de 15 artículos de la Losypp, y en esta oportunidad ya han infringido más de 20 artículos».
Ante esta evasiva Peñaloza persiguió con reiteración: «Pero nadie ha podido ofrecer elementos de convicción sobre la perpetración de un fraude electoral». Y dijo entonces Plaz: «No se puede demostrar porque, a medida que violas más la ley, vas haciendo la caja más negra. El CNE mantiene una caja negra, que impide el acceso a la información, al centro de votación, a los programas de las máquinas, a los centros computarizados del CNE y de la Universidad Bolivariana, donde revisan las huellas. Mientras más blindada esté la caja negra, más complicado es probar el fraude». Puesto en términos de Lewis Carroll: «But I was thinking of a plan to dye one’s whiskers green, and always use so large a fan that they could not be seen». («Pero pensaba en un plan de teñirme los bigotes de verde, y usar después un abanico tan grande que no pudiera vérselos»).
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 2, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #57 de doctorpolítico contiene una sección entera de un trabajo del suscrito de septiembre de 1987, esto es, hace casi dieciocho años. El trabajo en cuestión llevó por título Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela. Aunque puede anotársele algunos aciertos predictivos—describió con dos años de antelación a la campaña primera de Alberto Fujimori ciertos rasgos recomendables a la ascensión de un outsider, y también anticipó de algún modo con bastante exactitud temporal un golpe de Estado en Venezuela—en verdad para la época no concedía demasiada probabilidad a una rebelión armada de corte izquierdista, por lo que la asonada específica del MBR 200 resultó ser una sorpresa para el autor.
El trabajo se componía de una introducción metodológica, un capítulo que descubría una cierta propensión a la sorpresa en el seno de la sociedad venezolana y dos secciones dedicadas al análisis de cada sorpresa importante: un golpe de Estado y un outsider democrático en la Presidencia. Cerraba con unas sucintas conclusiones y dos apéndices.
Por lo que respecta al caso del outsider—hoy en día (y desde hace un tiempo) una exigencia de la actual masa opositora del país—los rasgos y prescripciones anotados en 1987 preservan aún alguna vigencia. En un sentido componen una suerte de «manual del outsider» que acá se reproduce.
Todavía puede decirse que los actores políticos convencionales o tradicionales están congénita o genéticamente impedidos de proporcionar las ofertas, los estilos y las interacciones que serían necesarias, no sólo a una campaña exitosa sino, más importantemente, a un gobierno posterior eficaz. La actual escena política venezolana, sobre todo del lado opositor, tiene muy pocos actores modernizantes, en proceso de diferenciación de lo tradicional. Pero existen. Probablemente se reducen, por ahora, a los movimientos liderados por María Corina Machado (Súmate) y Roberto Smith Perera (Venezuela de Primera). Es allí donde están o pudieran estar las mejores esperanzas. Sobre ese material político—ya no simple materia prima sino, en razón de su trayectoria, producto semielaborado—se requiere trabajo profundo que pudiera convertirles en lo que es preciso.
Y este trabajo es de orden primordialmente paradigmático. Se trata, nada menos, que de permitir un paradigma clínico de la política que sustituya al marco predominante de «política realista» o de puro poder. (Realpolitik, power politics). Año y medio antes del estudio sobre la sorpresa política en Venezuela escribía, en unas «memorias prematuras»: «Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos. Por eso creo que las élites deben hacerse revolucionarias».
LEA
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Manual del outsider
SORPRESA #2: OUTSIDER DEMOCRÁTICO
Es posible también una sorpresa más democrática que un golpe de Estado. Es más, la probabilidad de ese tipo de sorpresa es significativamente mayor que la de una «solución» militar. No obstante, sigue siendo una sorpresa. Es decir, la probabilidad de un evento tal es baja. No es altamente probable que un candidato no postulado por Acción Democrática o COPEI llegue a ganar las elecciones. Pero de esto se trata precisamente, de considerar cualitativamente las sorpresas, pues de su ocurrencia se ocupará el curso de los acontecimientos y el signo de los tiempos, según el cual, para recordar a Dror, la sorpresa es ahora un fenómeno endémico.
El tipo de análisis que haremos acá es el de estipular cuáles serían los requisitos necesarios en un candidato sorpresa y en su campaña, sin los que no podría darse su triunfo.
Rasgos necesarios del candidato
El primer rasgo indispensable en el líder que pueda orientar a su favor la considerable potencialidad de un voto harto de lo tradicional y de su ineficacia, es que sea un verdadero outsider. Hay, al menos, dos sentidos en los que este concepto de outsider se aplicaría en este contexto.
Para comenzar, el candidato debe ser un político que pueda ser percibido como estando fuera del establishment de poder venezolano. No necesariamente significa esto que el candidato deba estar contra la actual articulación de poder en Venezuela. Simplemente es necesario que no se le perciba como formando parte de la red de compromisos que caracterizan a la configuración actual.
En una reunión del «Grupo Santa Lucía» de hace unos años, Allan Randolph Brewer Carías advirtió a los asistentes: «Estamos hablando del Estado como si se tratara de un caballero que se encuentra en la habitación de al lado, que está a punto de entrar y de ser presentado a nosotros. Pero la verdad es que todos nosotros hemos sido el Estado. De quien estamos hablando es de nosotros».
Lo que Brewer quería decir es que las élites de Venezuela forman parte de un sistema consensual que determina una buena parte de las políticas principales, o al menos el esquema general de la cosa política. En el caso de un líder político tradicional, por ejemplo, sus buenas intenciones hacia, digamos, una mayor democratización, se encuentran impedidas por las trabadas reglas de juego de su partido.
El pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, participante directo de la configuración de poder actual, carece de la libertad necesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad significativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de transacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para acceder a la posición que ocupa y para mantenerla. Esta es, por poner un caso, la situación en la que se encuentra Eduardo Fernández. Es, posiblemente, la condición que anularía un intento de Marcel Granier, como fue, por argumento en contrario, la que significó, en el pasado, un apoyo importante al intento de Jorge Olavarría, percibido entonces como outsider.
Hay un segundo sentido, más específico, en el que el candidato que pueda resultar la sorpresa debe ser un outsider. Debe serlo también en términos de estar afuera o por encima del eje tradicional del «espacio» político. Tal eje viene determinado por un continuum más o menos lineal, que va desde las posiciones de «izquierda» hasta las posiciones de «derecha». Esta es una división tradicional del campo político, pues responde al criterio de que el principal «problema social» (o político), consiste en distribuir la renta social: si se acomete este asunto con preferencia para «los pobres» entonces se es izquierdista; si esto se hace con preferencia por «los ricos», entonces se es derechista.
No es éste el sitio para describir otra noción política más moderna que considera obsoleto el planteamiento anterior, definitorio de «derechas» e «izquierdas». Pero el candidato que pretenda tener éxito en 1988 deberá ser outsider también en el sentido de no situarse en alguna posición del eje referido, sino en un plano diferente.
La segunda característica importante (a nuestro juicio más importante que la condición de outsider) que debe ostentar un candidato con posibilidades de «dar la sorpresa», es la posesión de tratamientos suficientes y convincentes para la crisis.
La base de esta condición consiste en poder partir de una concepción de lo político que comprenda importantes y hasta radicales diferencias con las concepciones convencionales. En la raíz de tal concepción está la necesidad de una sustitución de paradigmas políticos, en el sentido que Tomás Kuhn da al término paradigma. Es decir, nos hallamos ante una realidad social y política que ya no puede ser comprendida por los planteamientos y enfoques convencionales, lo que es la causa de fondo de la crisis de gobernabilidad. No es el caso que los políticos tradicionales tengan las recetas adecuadas y por «maldad» se resistan a aplicarlas. El punto es que no las saben. De allí que no sepan contestar cuando se les pregunta por tratamientos concretos, como en la reciente entrevista en «Primer Plano» a Carlos Andrés Pérez. Marcel Granier le preguntó a Pérez cuál sería su solución al problema de la inflación. Pérez se limitó a decir que él suponía que el Gobierno de Lusinchi estaba por resolverlo y que, en todo caso, él, Pérez, le daría su opinión al Gobierno. En resumen, una respuesta evasiva.
A partir de una concepción diferente, más científica y moderna de la política y sus posibilidades tecnológicas reales, es como podría ser posible la generación de tratamientos que cumplan con tres condiciones necesarias a la persuasión pública requerida:
1. Deben ser radicales pero pocos: dos extremos resultan imposibles, dañinos o inútiles: el planteamiento de una reforma radical y global, que se ocupe de todo a la vez, en el mejor de los casos será altamente traumático y, más probablemente, imposible de aplicar por falta de capacidad para gerenciar un grado de cambio tan exhaustivo; la estrategia de cambiar lo menos posible e ir ajustando las cosas de modo incrementalista es derrotada por la complejidad original del problema y su velocidad de complicación creciente. Este dilema es comprendido intuitivamente por el elector promedio. De allí la poca credibilidad de los programas de gobierno exhaustivos, así como la de los programas tímidos e incrementalistas. Para que un programa alcance la credibilidad necesaria deberá ser del tipo radical selectivo, es decir, identificador de pocos puntos estratégicos sobre los que se ejerza una acción transformadora a fondo. Y a esta condición deberá sumarse la de concreción, pues no bastará la enumeración de pocas áreas si éstas son vagamente definidas.
2. Deben ser eficaces: no se trata por tanto de pseudotratamientos. «Reactivar la economía» no es la solución, sino el estado final que debe alcanzarse una vez aplicada la solución. Combatir el «centralismo», combatir el «presidencialismo», etcétera, son orientaciones generales muy loables pero poco concretas. Los tratamientos deberán venir explicados en forma tan concreta que se pueda especificar su beneficio y su costo. Los tratamientos deberán dirigirse al ataque de causas problemáticas antes que a la moderación temporal de sintomatologías anormales.
3. Deben ser positivos: se necesita un planteamiento terapéutico que trascienda la política quejumbrosa para ofrecer salidas que permitan un razonable optimismo.
Por último, el candidato debiera tener la capacidad de «librar por todos». (En el juego infantil del escondite se estipula a veces una regla por la que al quedar sólo un jugador por descubrir, éste puede salvarse, no únicamente a sí mismo, sino a todos los anteriores que hayan sido atrapados.) No se trata acá de «capacidad de convocatoria», como se la asigna a sí mismo (con cierta razón) Rafael Caldera y como se la niega a sí mismo Marcel Granier. (Entrevista de Alfredo Peña a Granier en «El Nacional» del 21 de septiembre de 1983: «Pero yo no tengo la capacidad de convocatoria necesaria para enfrentar los problemas que el país tiene en este momento»). El cargo de Presidente de la República tiene de por sí mucha capacidad de convocatoria, y lo tendría mucho más si tal cargo lo ocupase un outsider que hubiera logrado dar la sorpresa. El punto está más bien en la voluntad real de convocar que tenga el involucrado, en la medida en que no esté atado a intereses tan específicos que no pueda verdaderamente pasar por encima de rencores de asiento grupal. Si un aspirante a outsider sorpresivo, a «tajo» de las elecciones, plantea su campaña con un grado apreciable de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros políticos debemos aún a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fracaso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positividad. El propio Isaac Newton reconoció: «Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes».
Rasgos necesarios de la campaña
Suponiendo que exista el verdadero outsider y que éste posea un arsenal terapéutico eficaz, concentrado y positivo, capaz de ser asumido voluntariamente como programa por el público en general, todavía queda el problema de ejecución de su campaña en forma correcta.
El eje básico de una campaña correctamente ejecutada pasa nuevamente por la suficiencia de los tratamientos que el outsider proponga. La campaña debe ser planteada en esos términos: suficiencia vs. insuficiencia.
Luego viene la consideración del tiempo estratégico. Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga «guerra de trincheras» contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea.
Este punto viene ligado, como dijimos, al tema de los recursos. Pues una condición de corrección de la campaña deberá ser por fuerza la de su economía. La campaña deberá ser económica. Tanto porque no se dispondrá de muchos recursos como porque un gasto excesivo produciría un rechazo de la misma. Así, la campaña debiera ser diseñada en términos económicos.
Esto será posible si la campaña es planteada en términos de calidad vs. cantidad. Contra la reiteración esloganista de millares de cuñas y pancartas, una concentración en mensajes más completos, más densos y contundentes.
A favor de esta posibilidad jugaría la amplificación que se daría por el efecto de novedad. Por el mismo hecho de plantearse una campaña de estilo diferente es como se daría la posibilidad de distinguir el mensaje en un mar de ruido electoral, en la cacofonía de las abrumantes campañas tradicionales, como un minúsculo flautín clarísimo lo hace dentro de un tutti orquestal.
La campaña deberá caracterizarse, además, por una extraordinaria capacidad organizativa. Se trata, para mencionar sólo un problema, de disponer de testigos en unas treinta mil mesas electorales, con su correspondiente apoyo logístico y de comunicación. Para un outsider este problema es de gran cuantía, puesto que por definición, al ser outsider, no dispone de la «maquinaria» de antemano.
Finalmente, el outsider deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que representa comience a significar una posibilidad clara de victoria.
Las probabilidades
Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una «sorpresa» exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?
La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aún en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a una campaña como la esbozada de los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.
Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Es queja perpetua del sector privado que el Gobierno no establece reglas de juego estables. La verdad es que hay reglas tácitas de conducta establecidas desde hace tiempo, incluyendo las que regulan la urbanidad de la corrupción. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que «los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía». En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.
Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciarían por los términos dilemáticos más conservadores.
Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.
Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aún el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible, y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad, rojo (Pérez), negro (Caldera), par (Fernández), impar (Lepage). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde pierde poco y si gana ganará mucho más que lo que invirtió.
Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y requiere por tanto terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de la información completa sobre la localización de las piezas o cartas claves. En esas condiciones un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea.
Yehezkel Dror nos dice que la situación del agente de decisión de hoy es cada vez más la de una apuesta difusa.
CONCLUSIONES
La probabilidad de una sorpresa política en Venezuela en el futuro próximo no es despreciable. La dinámica del proceso, es más, hace que su probabilidad aumente. Dentro de estas sorpresas aparecen como más probables, solamente, la de un golpe militar y la del triunfo electoral en 1988 de un outsider democrático. Otras sorpresas, sin embargo, son pensables. Por ejemplo, pudiera volverse a excitar la inconveniente disputa colombo-venezolana, en la que escenarios muy complicados, con participación de factores tan anómalos como el del binomio drogas-guerrilla podrían producir cambios poco previsibles de antemano.
Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable.
En lo tocante al caso del outsider democrático las probabilidades son algo mayores. Pero lo cierto es que el outsider con las condiciones necesarias no ha hecho todavía su aparición. Esto no significa, por supuesto, que no exista. Es posible que sí exista y que, en cumplimiento de uno de los requisitos funcionales de su campaña, haya decidido no presentarse todavía.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 28, 2005 | Cartas, Política |

En las proximidades de las elecciones municipales y parroquiales del próximo domingo 7 de agosto (dentro de diez días) resurgen algunas tensiones y contradicciones. Los opositores más radicales dicen una cosa; el gobierno, que en sí mismo es un ala radical del país, dice otra distinta.
Por ejemplo, el abogado Tulio Álvarez denuncia que se le quiso detener en Maracaibo sin la presencia de un fiscal del ministerio público. Al negarse a una comisión de la Guardia Nacional por razón de esa ausencia, los gendarmes se habrían dado por vencidos. Ah, pero Jesse Chacón ofrece una versión contradictoria: el vehículo en el que transitaba Álvarez estaría solicitado—¡qué casualidad!—como robado. El propio ministro dijo que luego había sido recuperado por sus propios dueños y éstos no habrían reportado este hecho, por lo que el vehículo era técnicamente buscado por las autoridades. Además señaló que Álvarez portaba un arma sin permiso. Poco creíble la explicación del ministro, sobre todo cuando la comisión que quiso detener al abogado nunca le registró, ni tampoco a sus pertenencias, por lo que mal pudiera conocer el máximo policía nacional—Quis custodiet ipsos custodes?—la posesión de un arma por parte del implicado. Aparte de esto, una nota de prensa (sitio web de El Universal) señala que Tulio Álvarez «se encontraba en una gira de su organización en la frontera venezolana con Colombia». ¿No sería esta peculiar actividad fronteriza de la Fundación Verdad Venezuela lo que llamó la atención del gobierno?
Otro ejemplo de contradicción entre contendientes. Esta vez en el sitio web de Súmate hay una animación (http://www.sumate.org/infografiav2.swf) que muestra cómo podría el Consejo Nacional Electoral conocer el voto de cada elector, cotejando las horas exactas a las que cada votante se retratase en el cuaderno electrónico y luego votara. El argumento equivale a asegurar que alguien cometerá asesinato por envenenamiento porque posee veneno. Precisamente Tulio Álvarez argumentó una vez (ante César Miguel Rondón) que el 15 de agosto de 2004 se había cometido fraude porque él había escrito dos años antes un libro en el que se explicaba cómo podía cometerse. En este caso es Jorge Rodríguez, cuya arrogancia contribuye—tal vez de modo intencionado—al aumento de la abstención por desconfianza en el árbitro, aduce que lo que Súmate postula como inevitable es imposible. Según él, las máquinas de votación «barajan el voto con un sistema de antisecuenciación de Microsoft»—ya está Bill Gates metido en el asunto—lo que impediría de un todo la violación del secreto sufragial.
Ambas contradicciones aducen datos comprobables. Se puede verificar si el vehículo que trasladaba a Tulio Álvarez no había sido reportado después de su recuperación, y si es verdad que alguna vez fue robado y su presunta sustracción denunciada. Por su lado, Rodríguez puede permitir una auditoría de su sistema que en efecto compruebe que Microsoft protege al elector venezolano. Según el estilo más reiterado del período chavista, es difícil que lleguemos a conocer estas constataciones.
En el fondo, ya la suerte está echada para el 7 de agosto. La mejor recomendación que puede ofrecerse desde aquí a los votantes es que procuren formarse una intención electoral sobre criterios estrictamente municipales y parroquiales. (Las pobres campañas electorales no han ofrecido, una vez más, mucha información pertinente a los electores, lamentablemente).
Pero para futuras oportunidades—las elecciones de Asamblea Nacional en diciembre de este año y las presidenciales del año que viene—entran otros elementos en juego. Por ejemplo, la Organización de Estados Americanos, que no verá las elecciones del 7 de agosto, ha anunciado que observará las elecciones de diciembre. Claro, ya cierta oposición formal denunció en su momento esa observación de la OEA. Súmate, por ejemplo, no quedó muy conforme que digamos con la certificación de los resultados del referendo revocatorio de hace casi un año que la OEA y el Centro Carter ofrecieran.
Más allá de esto, las encuestas continúan reportando datos interesantes. En su registro del segundo trimestre de 2005 Alfredo Keller y Asociados perciben ya un descenso del prestigio de Hugo Chávez: en tres meses habría descendido 8 puntos, al pasar de 69% a 61%. (Catorce puntos netos, si se considera que el desagrado por su persona hubiera ascendido 4 puntos en el mismo lapso).
Pero los hallazgos más interesantes de Keller—que le permitieron hablar de una pequeña «ventana de oportunidad» para 2006 en su presentación ante los circunstantes de evento organizado por Veneconomía—tienen que ver con la posición de Chávez en tanto opción electoral. Por una parte, en el primer trimestre de este año obtenía 60% de preferencias contra 30% de «cualquier otro» candidato. Y esta diferencia de treinta puntos se habría reducido a sólo ocho (49 a 41) en el segundo trimestre.
Tal vez es incluso más sintomática la distribución de contestaciones a la pregunta «¿Qué necesidad hay de que aparezca un líder con un mensaje claro y capaz de unir a toda la oposición?» La distribución general indica que 71% de los encuestados opina que «es necesario que aparezca», mientras que sólo 23% sostiene que «es mejor que no aparezca». Y si, naturalmente, 91% de quienes se declaran como antichavistas consideran necesaria esa aparición, entre quienes se definen como chavistas ¡58% cree que es necesario que aparezca un líder con un mensaje claro y capaz de unir a toda la oposición! Es decir, hay mucho chavista que lo es porque no percibe una opción diferente satisfactoria.
Esta clase de mediciones ha debido encender las luces de alarma en el seno del gobierno—de allí que Chávez ha comenzado a hacer oposición a su propio gobierno—y reforzado el ímpetu de quienes ahora se encaminan a una carrera por la elección de Presidente en 2006. Aparecen incluso recetas simples que permitirían la derrota de Chávez el año próximo. Escribe así Michael Rowan: «Chávez podría perder las elecciones de 2006 ante un nuevo candidato que ofreciera una solución económica a la pobreza
No es difícil buscar una solución a la pobreza
Si la mitad del valor de los recursos que tiene Venezuela fuese depositada en un fideicomiso permanente para toda la población, cada familia recibiría una cuenta de capital de unos 100.000 dólares
Si un candidato no tradicional que tuviera el equipo económico ideal presentara esta alternativa para los pobres en 2006, el control que Chávez tiene sobre las elecciones quedaría desarticulado. Su índice de popularidad de 70% depende de que su fracaso en erradicar la pobreza sea irrefutable».
Sin duda interesante el planteamiento de Rowan, que vale la pena discutir. Habría que ver las cuentas y la ingeniería financiera del asunto. Grosso modo, hay 26 millones de personas en Venezuela. Si la familia promedio en Venezuela tiene 5 miembros, hablamos de 5 millones doscientas mil familias, por lo que el dato de 100 mil dólares por familia nos llevaría a un total de 520 mil millones de dólares para «la mitad del valor de los recursos que tiene Venezuela». Es decir, que el total de esos recursos (patrimonio, se supone) sería de 1 billón cuarenta mil millones de dólares. ¿Cómo se llega a esa evaluación? Sería, por supuesto, estupendo contar en Venezuela con un «balance de país», al estilo de los que hace o hacía Nueva Zelanda. Sobre el punto opinaba de este modo en diciembre de 1997:
…
creo que es de la mayor importancia la generación y publicación de un nuevo estado financiero de la nación venezolana. Nuestras cuentas nacionales—responsabilidad exclusiva del Banco Central—son, como en la mayoría de los países, cuentas de resultados. (Equivalen, en la administración privada, a los estados de ganancias y pérdidas de las compañías). Hay países, sin embargo, que producen también un estado de situación o balance general. Uno entre ellos es Nueva Zelanda. Un Balance General de la República, con su exposición de los activos y pasivos de la Nación, puede tener muy positivos efectos. En verdad, los activos públicos de los venezolanos tienen una magnitud enorme, muy superior a la de los pasivos o deudas. Por tanto, un estado financiero de esa clase mostraría un patrimonio público de considerables proporciones. Ya no sólo un estado de ingresos y egresos, sino un estado de situación que coteje los activos de la Nación contra sus pasivos y registre el patrimonio resultante. No hay duda de que un ejercicio de contabilidad de este tipo cambiaría radicalmente la percepción más o menos generalizada acerca de la situación económica venezolana. Deducidos los pasivos de la Nación de los inmensos activos que posee, las cuentas mostrarían un patrimonio verdaderamente gigantesco. Así la discusión pasaría a centrarse sobre el problema de qué hacer con ese patrimonio. Una tal perspectiva permitiría tomar gruesas decisiones de conversión en liquidez de la sólida solvencia venezolana. Siempre y cuando se cumplieran dos condiciones complementarias, casi equivalentes: que la liquidación de activos fuese repuesta con posterioridad por una nueva capitalización y que el sector público ofreciera convincentes indicios de un propósito de enmienda en materia de gasto público, pues hasta ahora, a pesar de innumerables declaraciones de intención, el presupuesto nacional no hace otra cosa que crecer desbocadamente. No ha habido hasta ahora la formulación y presentación al país de un esquema y una cronología para la reducción del recrecido tamaño del gobierno central. Si hay algo en lo que debiera buscarse uno de esos ‘grandes acuerdos nacionales’ que se proponen recurrentemente en Venezuela, es en este punto del redimensionamiento del Estado.
Pero, suponiendo que en efecto pudiera apartarse sin mayor descalabro la mitad del valor de esos recursos nacionales para liquidarlos, o hipotecarlos como garantía de monto equivalente ¿cómo se arma el pool de bancos que aceptaría recibir ese fideicomiso? Presumo que habría que armarlo con bancos foráneos, dada la escala del asunto, y entonces habría que ver cómo queda nuestra autonomía nacional después de un esquema de ese tipo. Habría que oír del diseño financiero concreto, si es que lo hay.
En general, hay que desconfiar de las soluciones universales demasiado sencillas, y tampoco creo que bastaría que «un candidato no tradicional que tuviera el equipo económico ideal presentara esta alternativa para los pobres en 2006». No sólo de pan vive el hombre, y el anclaje psicológico de Chávez no se reduce a lo económico. Por lo demás, si fuera el caso que bastase prometer tal cosa ¿qué le impediría a Chávez proponerla él mismo?
El asunto es bastante más complejo que eso. Más de un caso hay de países que viven en pobreza bajo un cierto liderazgo que apoyan por muy largo tiempo. Los vendedores de panaceas, sea que propongan, como aquel presuntuoso Steve Hanke, una milagrosa «caja de conversión», o aquello de que bastaría con repartir las acciones de PDVSA entre los habitantes del país, son usualmente terapeutas simplistas que descuidan la complejidad enorme de las sociedades.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 28, 2005 | LEA, Política |

La semana pasada dábamos cuenta de una polémica entre el canciller argentino, Rafael Bielsa, y el Wall Street Journal y su editora semanal Mary Anastasia O’ Grady. Esta última desahuciaba a Argentina respecto de la lucha antiterrorista. En el comentario de esta carta debimos referirnos a la sentencia de la Corte Federal de Apelaciones del Distrito de Columbia, por la que las «comisiones militares» de los Estados Unidos quedaban autorizadas para reanudar los interrogatorios a los prisioneros en Guantánamo. También se destacó que el panel de tres jueces, del que formó parte John Roberts—recientemente postulado por el presidente Bush para llenar una vacante en la Corte Suprema—argumentó que esos reos no tienen derecho al tratamiento debido a prisioneros de guerra, por cuanto al Quaeda no es una entidad signataria de las Convenciones de Ginebra.
En paralelo, abogados del Departamento de Defensa remitieron hace una semana una carta a la Corte Federal de Distrito en Manhattan, en la que anticipan que enviarán un justificativo sellado para negarse a cumplir una orden de ese tribunal, emitida por el juez Alvin Hellerstein. Este magistrado había ordenado en junio la remisión a la corte de fotografías adicionales que documentaban el abuso de prisioneros—humillados sexualmente y amenazados con perros enfurecidos—en las prisiones militares en Irak, Afganistán y Guantánamo.
El juez Hellerstein consideró que las fotografías poseen una dimensión de inmediatez que no está presente en un mero documento, lo que las convierte en «la mejor evidencia» en el debate sobre el tratamiento a los prisioneros de Abu Ghraib.
Pero lo más curioso del caso es que el juez Hellerstein, para asentar su exigencia, tuvo que desestimar argumentos aducidos por el gobierno para resistir la entrega del material gráfico: que la liberación de las fotografías ¡violaría las convenciones de Ginebra porque los prisioneros pudieran ser identificados y sujetos a «humillaciones ulteriores»! El jueves pasado Sean Lane, abogado asistente de los Estados Unidos, insistió en esa contradictoria línea para justificar la resistencia a cumplir la orden judicial, y expresó preocupación porque el conocimiento de las fotos «pudiera resultar en daño a individuos».
Tres posibles interpretaciones de la insólita contradicción son igualmente angustiantes: que en el sistema judicial norteamericano la mano izquierda no sabe lo que hace la derecha; que los argumentadores del gobierno han sido presa de la estupidez; que el cinismo más rampante campea en la administración Bush. Y hasta pudiera ser que un batido de estas tres razones, en receta de proporciones ignoradas, fuese lo más cercano a la realidad.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 26, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La Ficha Semanal #56 de doctorpolítico se compone de unos fragmentos del discurso de Václav Havel al aceptar el premio anual de la Academia Internacional de las Culturas en París. Era la primera vez (2000) que el premio se concedía, y el Primer Ministro de Francia, Lionel Jospin, explicaba a los circunstantes: «Este premio distingue la obra o la acción de quienes, por su compromiso personal, llevan a lo más alto la lucha contra ‘la intolerancia, la xenofobia, el racismo, la miseria y el desprecio por las formas de vida en nuestro universo’.»
Havel, como sabemos, es no sólo el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa, sino un estupendo dramaturgo y escritor y un luchador contra la opresión comunista en su país. Con prisión pagó la resistencia a un régimen totalitario, que en su caso se distinguía por la inteligencia y el buen humor.
En el texto escogido para la ficha, Havel acomete el tema de la espera o la esperanza, y hace mención específica de la más famosa obra del dramaturgo irlandés, Samuel Beckett, la peculiar pieza Esperando a Godot, que fuera descrita por el crítico Vivian Mercier como «una obra en la que no ocurre nada, dos veces». Entre los dos hombres de teatro ha habido una relación larga y admirada. De hecho, Beckett dedicó a Havel su obra sobre el tema de la dictadura. (Catástrofe, 1982).
La pasión de Havel por la libertad no se restringe a su patria bohemia. Profundamente interesado en el problema cubano, en septiembre de 2003 publicó una carta abierta—La construcción de una Cuba libre—acompañado por Lech Walesa, ex Presidente de Polonia y Arpad Goncz, ex Presidente de Hungría. Inmediatamente después fundó el Comité Internacional para la Democracia en Cuba, que reunido al año siguiente en Praga aprobaría una declaración final que asentaba: «Es inconcebible e inaceptable que continúe habiendo en Cuba gente presa a causa de sus ideas y su actividad política pacífica».
¿Cuál es la ideología de Havel? Sobre el punto escribió: «Durante toda mi vida adulta fui catalogado por funcionarios como un ‘exponente de la derecha’ que querría traer el capitalismo de regreso a nuestro país. Hoy en día—en mi vieja edad madura—soy sospechoso para algunos de ser de izquierda, si es que no alojo tendencias claramente socialistas. ¿Cuál es, entonces, mi posición real? Primero y principal, nunca me he casado con ninguna ideología, dogma o doctrina—izquierda, derecha o cualquier otro sistema cerrado y prefabricado de presuposiciones acerca del mundo. Por lo contrario, he tratado de pensar independientemente, usando mis propios poderes de raciocinio, y siempre he resistido vigorosamente los intentos de encajonarme».
LEA
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Remedio a la impaciencia
Vengo de un país que durante muchos años esperó su libertad. Por eso, permítanme aprovechar la ocasión para meditar brevemente sobre el fenómeno de la espera. Se puede esperar de diferentes maneras.
En un extremo de la variada gama de modalidades que asume este término está aquella descrita en «Esperando a Godot»: la espera como materialización de la salvación o la ayuda universal. La espera de muchos que vivíamos en el mundo comunista era a menudo, o casi permanentemente, muy cercana a esta posición extrema.
Sin embargo Godot—por lo menos para el que está esperando—no viene pues simplemente no existe. No es una esperanza sino una ilusión. Es producto de la propia incapacidad de la gente. Un parche para el vacío existente en su espíritu. Un parche completamente agujereado. Una esperanza para la gente sin esperanza.
En el lado opuesto de la gama encontramos otro tipo de espera, aquella vinculada a la paciencia. Una espera basada en la conciencia de que decir la verdad y resistir de esta manera tiene sentido en principio, sencillamente porque ésta es la forma correcta y porque el hombre no debe preocuparse en qué desembocará su actitud mañana, pasado o en otro tiempo.
Esta espera partía de la creencia de la existencia de la verdad y que resistir tiene sentido por sí mismo, porque significa que hay alguien que no apoya al gobierno de la mentira. Esta actitud no considera el éxito final, si una vez será victoriosa o si será suprimida por enésima vez. Esta espera se nutre primordialmente de la confianza en que la semilla una vez plantada puede brotar.
Este tipo de espera sí tiene sentido. No es una dulce mentira sino una vida difícil junto a la verdad. No es una pérdida de tiempo; al contrario: esperar la posible germinación de una siembra sustancialmente buena es otra cosa que pasar el tiempo esperando a Godot. Esperarlo a él equivale aguardar el crecimiento de una azucena sin haberla sembrado anteriormente.
En lo que se refiere a la impaciencia política, me doy cuenta de que el político del presente y aquel del futuro deben aprender a esperar en el mejor y más profundo sentido de esta palabra. O sea, no deben esperar a Godot.
Sí, también yo—un sarcástico crítico de los orgullosos explicadores del mundo—tuve que recordar que la existencia no se puede sólo explicar sino que también hay que entenderla. No basta imponerle nuestras propias ideas, es necesario escuchar la polifonía de sus comunicaciones a menudo contradictorias, y prestarles atención.
No se puede esperar a Godot. Godot no viene porque no existe. Tampoco se puede inventar a Godot. El comunismo fue un Godot inventado, falso, que vendría a salvarnos y que sólo logró aniquilarnos y diezmarnos.
Con pavor me di cuenta que mi impaciencia por la renovación de la democracia era una actitud comunista. Lo diré de forma más general: era algo racionalista, renacentista. Quise empujar la historia, como los niños que procuran hacer crecer las flores estirándolas.
Creo que hay que aprender a esperar, como si se tratara de una creación. Es necesario plantar pacientemente las semillas, regar bien la tierra donde las sembramos y prestar a las plantas el tiempo preciso que ellas mismas necesitan.
Así como es imposible engañar a una flor para que crezca no podemos engañar a la historia. Pero la historia se puede regar, con paciencia, diariamente. No sólo con entendimiento sino también con humildad y amor.
Si los políticos y los ciudadanos aprendieran a esperar en el mejor sentido de la palabra, o sea como expresión de un noble respeto al ritmo interno de las cosas, a cuyas profundidades jamás penetraremos completamente, entenderían que en el mundo todo requiere su tiempo.
Comprenderían además, que, al momento de querer algo del mundo, es importante tomar en cuenta su presencia y su historia. Estoy convencido de que así la humanidad no terminaría tan mal como de vez en cuando la vemos.
Damas y caballeros: Vengo de un país que está lleno de gente impaciente. Quizás porque estuvieron tanto tiempo esperando a Godot y ahora creen que ha llegado. Este es un error tan grande como era de esperarlo.
Sólo ha madurado lo que tenía que madurar. Ahora tenemos la tarea de transformar los frutos de esta cosecha en una nueva siembra y volver a regar pacientemente.
En la seguridad de que hemos sembrado y regado bien no hay motivo para la impaciencia. Basta entender que nuestra espera tiene sentido.
El esperar que tiene sentido brota de la esperanza y no de la desesperación; de la fe y no de la incredulidad, de la humildad ante el tiempo del mundo y no del temor provocado por su majestuosa calma.
Esta espera no va acompañada de aburrimiento, sino de tensión. Esta espera es algo más que una simple espera. Es la vida. La vida como una alegre participación en el milagro de la existencia.
Václav Havel
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