por Luis Enrique Alcalá | May 24, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En octubre de 1996 me cupo el honor de asistir a la XXII Reunión Anual de la asociación INTERCIENCIA, que tuvo lugar en Buenos Aires. Para ese entonces ejercía la Presidencia de la Fundación Venezolana para el Avance de la Ciencia (FUNDAVAC) y presenté dos ponencias a sus deliberaciones. Una de ellas llevó por título La Ciencia en la Formación de las Políticas Públicas.
El padre de INTERCIENCIA fue el excelso investigador venezolano Marcel Roche, quien fue además por muchos años el Editor de la revista de la asociación. Tuve el privilegio de tratarle con afecto y reverencia y con la confianza que su extraordinaria bonhomía me permitió. El Dr. Roche fue, por otra parte, el primer Director del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) y el Presidente Fundador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Si hay alguna persona a la que la moderna ciencia venezolana deba su institucionalidad es al Dr. Roche. Es a su querida memoria que está dedicada esta Ficha Semanal #47 de doctorpolítico.
El Dr. Marcel Roche era en verdad un espíritu renacentista: médico, investigador científico, biógrafo (de Rafael Rangel), administrador y divulgador de ciencia, escritor, músico y hombre ocupado con los más importantes problemas de la humanidad. Estuvo, por ejemplo, entre los fundadores y directores del Movimiento Pugwash (fundado por Albert Einstein), un importante grupo internacional de opinión que combatía el uso militar de la energía atómica. Además, en clara herencia de su padre, el gran urbanizador y caballero Don Luis Roche, se caracterizaba por una impar sencillez y un fino sentido del humor. El gran titán de la ciencia venezolana era la más cálida y la menos pretenciosa de las personas. Era, por último, el mejor y más comprensivo de los amigos. En mayo del año 2003 dejó de estar con nosotros, poco antes de cumplir 83 años de edad.
INTERCIENCIA fue una de sus hijas más queridas, pensada para la integración de la actividad científica en el continente americano. Al asistir a la cita de INTERCIENCIA en Buenos Aires pretendí en mi fuero interno ir en su representación y en su honor, pues la enfermedad que le aquejó durante sus últimos años le impidió su asistencia. La ficha de hoy contiene las tres primeras secciones de La Ciencia en la Formación de las Políticas Públicas, tema en el que el Dr. Roche era, como en cada campo que caminó, una apasionada autoridad.
LEA
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Ciencia y política
Comenzaba apenas la cuarta década del siglo y Londres se encontraba bajo asedio aéreo de la Luftwaffe. La defensa antiaérea de la ciudad dejaba mucho que desear y el proceso de decisiones militares característico de la época no lograba mejorar la situación. Luego de largos meses de ineficacia surgió una proposición poco convencional, la que fue aceptada, por supuesto, porque es característica humana universal acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Alguien propuso entregar el problema a científicos pues, argumentaba, a fin de cuentas son personas adiestradas en una forma sistemática y flemática de pensamiento. Fue así como se constituyó el primer equipo de investigación operacional de la historia. Un químico, un matemático, un filósofo, y otros científicos después, hincaron el diente al descoordinado sistema de defensa aérea londinense. La mayoría de los problemas eran, justamente, problemas de coordinación y control, problemas sistémicos, de relación entre componentes y dinámicas complejas. El equipo tuvo éxito, y a partir de sus resultados Londres sintió una notable mejoría en lo que de todos modos fue una angustia prolongada y terrible.
Allí fue, entonces, donde se probó por primera vez de modo explícito que la acción convergente de varias cabezas educadas en los modos de la ciencia puede no sólo contestar preguntas sino también resolver problemas. No nos referimos, por supuesto, a problemas de tecnología física. A fin de cuentas, siempre la sabiduría, la filosofía natural, encontró tiempo para diseñar espejos incendiarios y proyectiles, construir puentes y acueductos, inventar máquinas y herramientas, descubrir vacunas y remedios. Esta vez se trataba de una tecnología de decisión, de un etéreo proceso de análisis e invención de arreglos y organizaciones.
Más tarde el mundo anglosajón sobre todo, vería el nacimiento y desarrollo de variadas versiones de institutos para el análisis científico de problemas públicos y la invención de soluciones y políticas. Había nacido la institución del think tank, un centro típicamente multidisciplinario para la investigación y el desarrollo de políticas y tratamientos a problemas de carácter público. Notables ejemplos norteamericanos son, por citar algunos nombres, la Corporación RAND, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Hudson y la muy venerable Institución Brookings.
No es en los pueblos sudamericanos demasiado frecuente este modelo de simbiosis de conocimiento y poder, con algunas muy honrosas excepciones como en el caso del Instituto Torcuato Di Tella argentino o el CENDES venezolano, aunque este último instituto se encuentra muy disminuido desde su época de mayor influencia en la década de los años sesenta. Pareciera que nuestro gen cultural del reconocimiento a lo sabio fuese un gen recesivo. No existe en nuestros arquetipos del inconsciente colectivo una pareja equivalente a la de Merlín y Arturo. En nuestras latitudes Arturo pretende indicarle a Merlín qué es lo que éste tiene que hacer, lo que es, obviamente, una inversión del arquetipo inglés de un guerrero que toma su norte de un sabio.
En Venezuela es particularmente escueta la participación de lo científico en la formación de las políticas públicas. Ciertamente, los ingenieros, los médicos, los economistas, funcionan en un nivel técnico, como calculistas o diseñadores físicos, como coordinadores de servicios, como acumuladores y suministradores de estadísticas. No así los investigadores científicos en tanto analistas de decisiones e inventores de políticas. Más cerca de las decisiones políticas están los expertos en mercadeo y propaganda que los sabios de nuestra nación. Seguramente el paso instantáneo más importante que podemos dar en nuestra próxima fase de desarrollo político debe ser la de una mayor participación de los científicos venezolanos en la construcción de las decisiones públicas.
Una metáfora cortical
Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el desarrollo de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la «autosimilaridad», en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del «organicismo social», que propugnaba una identidad casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.
Para comenzar, el cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma. (Muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con la relación de lo político y lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.
La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable a la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.
Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite esas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza de un hemisferio cerebral.
Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.
La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.
La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada policy sciences (ciencias de las políticas, no ciencia política), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. He aquí un campo para un rediseño de la arquitectura del Estado que aloje de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas.
Una solución al aislamiento de lo científico
En aguda descripción, C. P. Snow oponía la ignorancia de lo literario en un científico que asistía a uno de esos cultos saraos neoyorquinos a lo Woody Allen, al supino desconocimiento de lo científico por parte de un artista que igualmente conversaba en esa fiesta. El científico no lograba ubicar un recuerdo para Wallace Stevens o registrar conocimiento acerca del modernismo italiano, tal vez; pero el artista no acertaba a identificar quién era Roger Penrose ni estaba enterado de la función del ARN mensajero, pongamos por caso.
Desde esos compartimientos estancos del interés especializado hasta la más grave inconsciencia social respecto de la importancia estratégica y fundamental de lo científico, se extiende la gama que describe el aislamiento relativo de la ciencia y la tecnología en la mayoría de nuestras sociedades, y que explica mucho de la baja prioridad que se le suele asignar en los presupuestos nacionales. Esto, si bien más grave en latitudes de esta Tierra de Gracia sudamericana, es un fenómeno más bien universal. La ciencia tiende a aislarse y a agravar su aislamiento en la medida de su baja sofisticación para la interacción política. Jeffrey Pfeffer, por ejemplo, ha documentado el punto para los Estados Unidos en «Managing with power» con el caso de la confrontación de investigadores de la biomedicina y los bancos de sangre en torno a la transmisión del virus HIV a través de transfusiones sanguíneas. Miles de muertes norteamericanas por SIDA mediaron entre el primer alerta de los científicos en 1981 y la verdadera extensión del despistaje de HIV en depósitos de sangre hacia 1985. Así, en todas partes se cuecen habas.
Entre las diversas estrategias disponibles para sacar a la ciencia y la tecnología del aislamiento en que se encuentra en la mayoría de nuestros países, probablemente sea la más responsable el incremento de la participación de los científicos y tecnólogos en los procesos de formación de las políticas públicas. Más allá de su contribución especializada en cada área específica, los científicos están en capacidad de emplear su adiestramiento mental en el análisis de los inmensos problemas que aquejan a nuestras sociedades y en la invención de protocolos de solución. Ninguna otra cosa puede convencer más acerca de la gigantesca pero regateada importancia social de la ciencia.
El aporte de la ciencia a la composición de las decisiones públicas se lleva a cabo de forma estándar, como dijimos, en el seno de instituciones especializadas conocidas como think tanks, término para el que todavía carecemos en castellano de una traducción más adecuada que aquella de «pensaduría» del ex sacerdote Iván Ilych. Y a pesar de que destacamos qué buen negocio es una pensaduría, no siempre se dispone de los recursos para establecer un equivalente a la Corporación RAND, que aloja en las afueras de Los Angeles a varios centenares de doctores y de discípulos dedicados al arte de obtener políticas racionales.
Pero he aquí que la novísima presencia de las redes informáticas, de la maravilla civilizatoria de la Internet permite ahora la incepción de verdaderos think tanks virtuales, los que al menos no consumen edificaciones, salones, aulas para la conferencia que ahora puede hacerse electrónicamente distribuida a distancia. En efecto, no se requiere otra cosa que enfocar las capacidades interactivas de la Red para dedicarlas en parte a la opinión científica sobre los problemas sociales y la creación metódica de tratamientos a los mismos. La tecnología de aplicaciones computarizadas está ya allí: la posibilidad de la publicación, la conferencia y el correo electrónicos. Con estos instrumentos un buen webmaster o maestro de red puede conducir una pertinente construcción científica de conjunto orientada a la búsqueda de soluciones a muchos problemas públicos. La instantaneidad y amplitud de la Red y sus redes inaugura la posibilidad de una crucial contribución de la ciencia a la política. Como decía Gastón Berger, debemos procurar la cooperación de aquellos que conocen lo conveniente con aquellos que determinan lo que es posible.
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | May 19, 2005 | Cartas, Política |

Es sin duda un best seller en Venezuela el libro biográfico Hugo Chávez sin uniforme: una historia personal, ejecutado a cuatro manos por la pareja periodística de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Tal condición de libro bien vendido es muy merecida. Bien escrito y documentado, adornado con fotografías muy pertinentes, algunas inéditas, traza la trayectoria del actual Presidente de la República, desde su nacimiento en Sabaneta—cuatro calles, al decir del vecino Efrén Jiménez—hasta la actualidad.
Se trata, pues, de un extenso retrato de Chávez, pintado en casi cuatrocientas páginas, que cuentan la peripecia de una evidente vocación de poder. Es un retrato de vivos colores, echados con maestría narrativa sobre un dibujo preciso y detallado. Los datos son fidedignos, la investigación seria (tuvo acceso, por ejemplo, al diario personal del biografiado), la escritura responsable. Y es de un detalle del cuadro del que esta carta semanal ahora se ocupa: el que muestra desde el comienzo cuál es la relación de Chávez con la verdad.
En el primer capítulo del libro («Llegó la revolución») cuentan Barrera y Marcano: «En 1999, por ejemplo, en una entrevista con Mempo Gardinelli y Carlos Monsiváis, cuando estos imprescindibles escritores latinoamericanos le preguntaron: ‘¿Alguna vez se imaginó que estaría aquí en la presidencia y en el poder?’, Chávez contestó rápidamente: ‘No, jamás. Jamás’. Pero antes han relatado los autores de la biografía que Federico Ruiz, su amigo de adolescencia, recuerda muy bien una conversación con Chávez, en 1982 o 1983, mientras viajaban por carro hacia Barinas desde Maracay: «
él me dijo ‘¿Sabes una cosa? Yo algún día voy a ser presidente de la República’. Y añadió Ruiz: ‘Hugo me lo dijo muy serio».
Más adelante reportan los biógrafos: «Por entonces se plantea otra meta, su gran meta: el poder. A los 21 años, Hugo Chávez ya no se conforma con ser simplemente un militar. Y comienza a coquetear con la idea de un golpe de Estado, según cuenta su paisano Rafael Simón Jiménez. ‘Cada vez que me veía, en cualquier calle de Barinas, se bajaba del carro a saludar: ¿Qué hubo, mi hermano? Yo le preguntaba: ¿y tú como estás? Y me respondía: Contento, pana, porque ya viene el 2000. Y me decía: Antes del 2000, soy general y echo una vaina en este país».
O registran, por ejemplo, que desde sus años de cadete proseguía en un prolongado adiestramiento marxista a manos de José Esteban Ruiz en Barinas, mientras se mostraba absolutamente neutral en política a los ojos de su propia madre, a quien ocultaba sus verdaderas inclinaciones: «A Hugo, asegura su madre Elena, ‘no le gustaba la política’. Ni le gustaba hablar ‘de esas cosas’ con su padre
Lo cierto es que Doña Elena no puede creer que su hijo sí hablara de política con los Ruiz, ni que éstos hayan tenido en él alguna influencia».
O también reseñan: «En el año 2002, el diario español El Mundo denuncia que el Banco Bilbao Vizcaya (BBV) aportó 1.52 millones de dólares para el financiamiento de la campaña electoral de Hugo Chávez
Esta denuncia, además, encuentra un dato que amarra más suspicacias: el 11 de enero de 1999, en su primer viaje a España ya como presidente electo, Chávez se reúne con Emilio Ybarra, presidente del BBV y luego con Emilio Botín y su hija Ana Patricia Botín, del Banco Santander. Al principio, el nuevo gobierno negó todo, pero después ya fue irremediable
Fue entonces el 6 de abril de 2002, cuando el general Müller reconoce las donaciones del BBV
Unos días más tarde, sin embargo, el 25 de abril, Hugo Chávez dice al canal Telecinco de España: ‘no he recibido ni un dólar de esta gente, de este banco
¿cómo se llama?
Bilbao Vizcaya».
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En 1988 se publicaba un libro del prolífico escritor francés Jean-François Revel: El conocimiento inútil. Es la frase inicial de esa obra la siguiente terrible declaración: «La primera de las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Revel parte de allí para denunciar, precisamente, la gran mentira socialista, y que luego comenta Fernando Díaz Villanueva en «La ocasión perdida»: «Es, como muy acertadamente lo moteja Revel, ‘el arte de pensar socialista’, que no consiente que la realidad le fastidie una buena teoría, una buena soflama. Socialismo es libertad a pesar de que en cualquier régimen socialista que en el mundo ha sido ésta ha sido la primera víctima de los autonombrados representantes del pueblo. Socialismo es igualdad a pesar del conocido abismo que separaba los derechos y el bienestar del pueblo de la burocracia del partido único. Socialismo es democracia a pesar del modo y manera tan curiosa de entender la representación que tienen los regímenes inspirados por Marx. Socialismo es justicia a pesar de las purgas, las persecuciones y las deportaciones masivas de ciudadanos cuyo único pecado fue, y es todavía en algunos países, opinar».
Como revela la biografía de Barrera & Marcano, Hugo Chávez está adiestrado desde muy temprano en estos menesteres de la mentira, y como dice el proverbio africano «Si rehúsas enderezarte cuando eres verde, no te enderezarás cuando estés seco». La vida de Chávez, por propia admisión, por abundante testimonio de allegados, ha estado signada por la duplicidad, por la insinceridad, por la doble vida del conspirador, del agente encubierto, del espía. Se acostumbró a mentir, hasta el punto de que ahora ya ni siquiera revela en su lenguaje gestual, como se traicionaba antes a sí mismo, cuándo está diciendo algo que él sabe que no es cierto. (En el llano se dice «hocear» para referirse a una cierta torsión del hocico de las bestias: es éste el gesto del que ya Chávez, curtido por el ejercicio de lo falaz, ha logrado prescindir, y que antes denunciaba sus más flagrantes mentiras).
La más grande de ellas, por cierto, es su pretendido interés en el pueblo. Hasta que no tuvo por delante el escenario electoral revocatorio, hacia septiembre de 2003, las benditas misiones no existieron. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y casi todo 2003 sin percatarse de que en Venezuela había analfabetas. A comienzos de su campaña de 1998, cuando acertadamente enarboló la bandera constituyente, su movimiento político anunció con amezante solemnidad que forzaría un referéndum sobre la materia por la ruta de la iniciativa popular. Más adelante, cuando ya se sabía virtualmente electo, pues todas las encuestas así lo anticipaban, se dejó de ese asunto. ¿Para qué necesitaba al pueblo cuando como presidente podría convocar en consejo de ministros el referéndum requerido?
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En los terrenos de la pura lógica el argumento ad hominem no tiene validez probatoria. Es decir, no guarda relación con la veracidad de una afirmación el carácter o biografía de quien la pronuncia. En los de la política, en cambio, la personalidad del gobernante cobra especial relevancia. Bárbara Tuchman apuntaba en el epílogo de «La marcha de la insensatez»: «Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en la procura del más sabio gobierno debamos buscar primero la prueba del carácter. Y esta prueba debe ser la de la valentía moral».
Lamentablemente, también existe el peculiar arrojo del mentiroso, de aquél que con desparpajo engaña sin inmutarse en lo más mínimo. Cuando tal impertérrito se limita al intercambio interpersonal hace daño, naturalmente. Cuando el mentiroso consuetudinario es un político, los estragos son mucho peores. Cuando más aún, un gobernante autocrático pretende que todo un pueblo al que domine mienta por miedo y oculte sus verdaderos sentimientos, envenena el alma de la sociedad.
Boris Pasternak, que no pudo recibir el Premio Nóbel de Literatura de 1958 porque el régimen socialista ruso no lo permitió, pinta en su única y gran novela, «Dr. Zhivago», los deletéreos efectos que la mentira forzada tiene en el alma de un pueblo: «Se requiere de la gran mayoría de nosotros que vivamos una vida de constante, sistemática duplicidad. La salud de uno está destinada a afectarse si, día tras día, uno dice lo opuesto de lo que uno siente, si uno se arrastra ante lo que le disgusta y se regocija ante lo que no le trae sino infortunio. Nuestro sistema nervioso no es sólo una ficción, es parte de nuestro cuerpo físico, y nuestra alma existe en el espacio y está dentro de nosotros, como los dientes en nuestra boca. No puede ser violada sempiternamente con impunidad».
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 19, 2005 | LEA, Política |

Una verdadera papa caliente tienen los Estados Unidos en la persona de Luis Posada Carriles, detenido en Miami el martes de esta semana luego de que autoridades norteamericanas negaran conocer su paradero ante exigencias de Fidel Castro y Hugo Chávez. Una creciente presión internacional inclinó la balanza en contra del incesante enemigo de Castro. Posada Carriles, admitió su propio abogado, había entrado a los Estados Unidos en marzo de este año, proveniente de Panamá por vía de Honduras. Desde Texas arribó a Florida en uno de los proverbiales autobuses de Greyhound.
Documentos de la CIA y el FBI en el Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, liberados por efectos de la Ley de Libertad de Información, establecen que Posada Carriles estuvo vinculado estrechamente a la primera de las agencias desde la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, que habría participado muy activamente en la lucha antizquierdista en Centroamérica y que habría asistido al menos a dos sesiones de planificación del atentado de 1976 contra el avión de Cubana de Aviación, celebradas en el hotel Anauco Hilton de Caracas.
Venezuela solicitó formalmente la extradición de Posada Carriles de los Estados Unidos, y ahora asegura por parte del vicepresidente Rangel que de recibirlo no lo enviaría a Cuba y lo sometería a juicio ante tribunales locales. Las autoridades estadounidenses, que en principio deben decidir hoy sobre el destino del detenido, en teoría pudieran liberarlo, mantenerlo confinado por inmigración ilegal (viajó con pasaporte falso) o extraditarlo, como modo de mostrar consistencia en su política de condena al terrorismo.
La inclinación esperada en el gobierno de George W. Bush sería la de no entregar el prisionero a Venezuela. De hecho, las leyes norteamericanas prohíben la extradición a Cuba o a cualquier país que actúe en defensa de intereses cubanos. Por esto algunas fuentes indicaban ayer que los Estados Unidos buscarían deportarlo a un país que no fuese el nuestro.
No es de esperar una activa defensa de Posada Carriles, que en 1976 trabajó para la Disip de Carlos Andrés Pérez, por parte del exilio cubano en Miami. El costo político para Bush a este respecto no será muy grande por la detención misma, y si piensa a mediano plazo, hasta pudiera considerar lo impensable: entregarle a Chávez la presa, tal como éste convino en entregar a «El Chigüiro» al gobierno colombiano. Con el sacrificio del anciano terrorista de 77 años, que ya ni siquiera es visto como héroe por los cubanos de Miami, Bush pudiera callar la boca por un tiempo al deslenguado Presidente de Venezuela y cobrar credibilidad en su proclamada cruzada contra el terrorismo de cualquier signo. Esto sería mejor que permitir a Posada Carriles, en una defensa que seguramente alegaría sus servicios a los Estados Unidos, contar lo que sabe de las operaciones de la CIA en el continente.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 17, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Debo esta Ficha Semanal #46 de doctorpolítico a una cadena de mediaciones. El noble arquitecto y diseñador, mejor amigo, Juan Bravo Sananes, me envió desde Maracaibo el dato que a su vez había recibido de su hermano, residente en Canadá: el soplo acerca de un blog extraordinario, cuyo responsable es el venezolano Francisco Toro Ugueto, que lo alimenta desde Maastricht. En particular, Juan refería un trabajo de Toro sobre el libro El laberinto de los tres minotauros, del profesor José Manuel Briceño Guerrero, que enseña en la Universidad de Los Andes desde 1962. (En ese año llegaba a Mérida precedido de un aura de sabio; tuve entonces la oportunidad de escucharle tres «conferencias contradictorias» sobre materialismo dialéctico e histórico). Para completar la secuencia de mediaciones, hay que anotar que Toro se dio a la tarea de traducir al inglés extensos trozos de la obra de Briceño Guerrero, los que hizo preceder de sus propias notas y reflexiones.
Como anota Toro en su blog, Briceño Guerrero interpreta «…la cultura latinoamericana como una mezcla de tres ‘discursos’ separados, mutuamente incompatibles: el discurso Racional-Occidental, el discurso Mantuano y el discurso Salvaje». El libro de Briceño Guerrero fue escrito entre 1977 y 1982, y por tanto no podía ser una referencia específica a Chávez. Es Toro quien establece—como otros lectores del apureño lo han hecho—una relación significante entre la descripción del discurso salvaje y el chavista: «…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder».
El artículo de Toro lleva por título «La revolución sin sentido», lo que alude a la dificultad de comprenderlo por parte de cerebros situados en un espacio occidental-racional. En amable correspondencia me explica el método de Briceño Guerrero: «El talento del hombre radica en su capacidad de mimetizarse con cada uno de los tres discursos que describe: poco a poco, en cada una de las tres partes del libro, se va pasando a la primera persona, deja de describir el discurso y comienza a encarnarlo, a asumirlo, y a expresar—así en primera persona—sus contradicciones internas».
La ficha de hoy contiene la parte final del capítulo 6 de la sección El discurso salvaje, de El laberinto de los tres minotauros, esta vez en las propias palabras de Briceño Guerrero, ya no como retraducción desde el inglés de Toro. Debo agradecer el préstamo de la biblioteca del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos que me permitiera leer directamente el importante y sugerente libro, luego de gentil gestión de Aura Corzo.
LEA
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Discurso salvaje
Las colinas, los bosques, los prados, los animales y las plantas tienen amo, tienen propietario. Yo camino sobre tierra ajena, donde soy tolerado como sirviente; y no hay ningún sitio que yo pueda llamar mío. Con mi trabajo pago a duras penas las cosas que consumo y el alquiler de las que uso. Uso y consumo las peores y aun así logro escasamente sobrevivir. Todas las cosas se cambian por dinero; mi trabajo también. Pero la cantidad de dinero que obtengo no me alcanza para comprar las que necesito. Ando manga por hombro y crío hijos malsanos condenados a vender su sangre.
A veces los amos tienen rostro latifundista, patrón. Yo les digo «Sí amito, sí patrón, lo que Ud. mande, jefe, ya mismo Don Ra-amón». Pero cada día es más frecuente que no tenga rostro y se llame compañía anónima, ministerio, instituto, comité central, empresa transnacional; me entiendo sólo con capataces o funcionarios. De nada me sirve matar a los amos porque vienen sus herederos a tomar posesión; de nada me sirve matar a unos capataces o funcionarios porque nombran otros de inmediato, tal vez peores; sin contar los castigos y represalias.
Sé que mi presencia les repugna, que les doy asco, que si pudieran prescindir de mi trabajo (sustituyéndome por máquinas, por ejemplo), me eliminarían físicamente, me exterminarían como a ratas.
Camino encogido, con la cabeza gacha, reverente y como pidiendo perdón por existir, sobre la misma tierra donde mis ancestros se erguían altivamente para respirar a pleno pulmón el aire de su mundo en la holgura de la patria; pero hubo un combate y fueron vencidos. Pelearon y perdieron; nosotros heredamos el oprobio de su derrota así como ellos, los otros, los de arriba, aquellos a cuya merced estamos, heredaron los privilegios de la victoria. ¿Podemos preparar otro combate, la revancha, una batalla a campo abierto, con clarines, en un día brillante de banderas y metales bruñidos, o perseveraremos en esta sórdida situación de resentimiento, saboteo, doblez, odio reprimido, envidia y papel?
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Lo que somos, lo que fuimos, lo que podemos ser no está en la memoria y en las manos de Dios, sino en archivos; de Dios mismo debe haber una carpeta. Cédulas, partidas, contratos, títulos de propiedad, diplomas, protocolos, certificados, hipotecas, nombramientos, legados, testamentos, despidos, permisos, recibos, cuentas, decretos, resoluciones, autorizaciones, sentencias, oficios, salvoconductos, credenciales, currícula, hojas de servicio, expedientes, libretas militares, tarjetas perforadas, comprobantes, cartas de crédito, letras de cambio, escrituras, permisos, circulares, planillas, solicitudes, avisos, preavisos, citaciones, antecedentes, justificativos, convenios, amonestaciones, carteles, fianzas, órdenes (de pago, arresto, desalojo, secuestro), actas (de nacimiento, matrimonio, defunción).
El destino, para nosotros, tiene cara de papel, color de oficina registradora, olor de gaveta, voz de funcionario; sus hilos son de tinta; vuela con plumas de escribir, camina con pies de imprenta; su casa es el laberinto burocrático. ¿Puedo encender un fuego que lo queme?
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Quiero el incendio ya. La revolución violenta. Sangre derramada. La destrucción de todo este orden de cosas. Abajo cadenas. Victoria o muerte.
Pero este deseo ardoroso me ha hecho víctima de una nueva forma de opresión y explotación que se suma cruelmente a las otras mientras promete suprimirlas: la lucha revolucionaria.
Para comprender el mecanismo de la trampa revolucionaria, veamos nuestra sociedad a vuelo de pájaro. Está constituida, primero, por los amos, los poderosos, los de arriba, los señores; llamémoslos blancos. Segundo, los que sin ser amos tienen una participación variable en los bienes de la sociedad, son capataces, administradores, maestros y profesores, pequeños comerciantes, policías, profesionales liberales; llamémoslos pardos; pueden ascender dentro de su categoría y algunos pueden superarla para engrosar el rango de los blancos. Tercero, nosotros, es decir, «los indios y los negros», los de abajo y afuera.
Suele ocurrir que los blancos tengan entre ellos mismos peleas de señores. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando han logrado sus fines, cuando han arreglado sus cuentas de blancos, se deshacen de nosotros poco a poco mediante retrasos, aplazamientos, intrigas, divisiones, recompensas parciales y a veces aun con la ayuda de sus adversarios reconciliados.
Suele ocurrir también que pardos de ambición impaciente quieran forzar el ascenso dentro de su categoría, acelerarlo para llegar por un canal extraordinario al rango superior. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando logran llegar a importantes magistraturas desde donde se acomodan, se desligan de nosotros o nos mantienen organizados en las capas bajas de partidos políticos reformistas, en calidad de clientela y tropa de choque.
En el esfuerzo que hago para esta lucha me comprometo más que en el trabajo de los campos, el servicio doméstico, la construcción y las fábricas; me doy entero, arriesgo todo. Mi salario es la ilusión de triunfo, la exaltación momentánea, el desahogo, los instantes del asalto y del grito. Pero no logro realizar mi anhelo. Al contrario, mi rebeldía se incorpora aún más al dinamismo del sistema opresor, le sirve y lo fortalece. Mi peligrosidad se ve disminuida y retardada por esa masturbación periódica.
En cambio ellos sí logran sus fines; además de mantenerme en cintura, canalizan mi torrente hacia sus molinos, me cogen de escalera, arriman mi brasa a su sardina.
Amonedan mi furia para comprar poder los dirigentes revolucionarios. Se vuelven ricos con la plusvalía de esa empresa llamada lucha revolucionaria en la que yo pongo mi fuerza de combate, mi capacidad de sacrificio, mi agonía, Plusvalía revolucionaria.
¿No te has fijado, hermano, que los dirigentes revolucionarios son blancos o pardos? Los caudillos negros o indios de las revoluciones han sido «cachicamos trabajando para lapa».
He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo «Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva». Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.
José Manuel Briceño Guerrero
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por Luis Enrique Alcalá | May 12, 2005 | Cartas, Política |

Circula profusamente por las telarañas del correo electrónico un informe publicado por el Centro para Política de Seguridad en su sitio web, el que se presenta bajo el lema «Paz mediante la Fuerza». Se trata de un think tank de tendencia conservadora, que expresa un pensamiento afín a las líneas e ideas del Partido Republicano de los Estados Unidos. El informe en cuestión lleva por título «¿Qué hacer con Venezuela?» (What to do about Venezuela?) y está firmado por J. Michael Waller, quien a su vez funge como Vicepresidente para Operaciones de Información del centro mencionado.
En términos generales, el «Informe Waller» quiere llamar la atención sobre el descuido de la política internacional norteamericana respecto de América Latina y muy en particular respecto de Venezuela, al tiempo que aventura algunas recomendaciones para enderezar el entuerto del Departamento de Estado, que ahora hereda Condoleezza Rice. Pero Waller no define el descuido como falta de respeto a la realidad latinoamericana, sino como «abdicación de las obligaciones hemisféricas de seguridad» de los Estados Unidos.
Waller construye su informe sobre unas cuantas verdades y más de una inexactitud, y a la hora de recomendar tratamientos es ingenuo cuando es explícito y ominoso cuando es indefinido.
El análisis de Waller es certero en cuanto a la vocación totalitaria del régimen de Chávez y al ámbito que pretende controlar, pero se queda corto en cuanto a la comprensión de su naturaleza, al no tomar en cuenta el poderosísimo anclaje emocional y gnoseológico de Chávez en Venezuela, América Latina y aun más allá. (La Ficha Semanal #46 de doctorpolítico del próximo martes 18 de mayo, tratará este tema). Waller sólo atiende, en lo discursivo, a la racionalización expresa de la dominación chavista, a su coartada revolucionaria que, prendida de una furia ancestral y extensa, se permite ser, en apariencia, irracional. (Por ejemplo, Chávez dice que el capitalismo no es una democracia porque supone el dominio de muchos a manos de pocos. Si se le observara que su régimen es precisamente eso, con la mayor tranquilidad argumentaría que una revolución y su adecuada conducción deben confiarse a un liderazgo que interpretará las direcciones convenientes al pueblo y dirigirá las batallas necesarias, y que por tanto se trata de un caso distinto. Es como su acusación de golpismo contra la oposición. Los del 4 de febrero no eran golpistas, eran revolucionarios).
De nada vale señalar que esa coartada, su justificación última, ni siquiera existe. El socialismo del siglo XXI está por inventar, no digamos instaurar. Entonces la racionalización del chavismo no está en el pasado. Lo que está en el pasado es su resentimiento, que le provee motivación y tradición suficientes. Lo racional está en el futuro. Es una racionalización aristotélica, de «causa final»—de «atractriz», para emplear un fructífero concepto de la recentísima teoría del caos—no de causa originaria, como lo exigiría el racionalismo occidental moderno.
Son estas cosas unas entre las varias que Waller no percibe.
Waller, por otra parte, concede papel prominente en su análisis a seguridades que no son tales, incluso a cosas totalmente contrarias a los hechos, lo que en ocasiones le conduce a contradicción. Por ejemplo, recae en el ataque a la figura de James Carter y su papel en la observación del referendo revocatorio del 15 de agosto, o supone inerrante el estudio encargado por Súmate a Hausmann y Rigobón, y que en algún punto Waller adscribe, tendenciosamente, a la Universidad de Harvard y al Instituto Tecnológico de Massachussets, siendo que sólo se trata de la opinión errónea de un profesor de una y un profesor del otro. (Esta publicación se ha referido extensamente a ambos puntos, así como a lo ocurrido en aquella fecha, de modo que no se repetirá aquí la evaluación de esas inexactas nociones. Ver especialmente los números 100, 103, 104 y 106).
Del mismo modo incurre en apreciaciones equívocas, cuando aduce que Chávez «invalidó la constitución existente (vigente desde 1961) empleando medios ilegales y seudolegales», pero en cambio acierta cuando expone que «La conducta del hombre fuerte de Venezuela se ha convertido ahora en un tema internacional. Si fuese meramente un asunto de políticas domésticas socialistas o populistas y una retórica contra los Estados Unidos—un recurso común por tres generaciones—Washington pudiera salirse con la suya conduciendo los negocios como lo ha hecho (y lo hace) con tantos otros países en la región».
Pero el problema es, de nuevo, que Waller piensa que lo que hay que cambiar es el modo de reaccionar ante lo que considera un mero asunto de seguridad, cuya solución es sacar a Chávez del poder. Y aquí propone las siguientes cosas:
Primera. «Con lecciones aprendidas en la guerra de Irak, los EEUU pueden mejorar su estrategia psicológica para acelerar su autodestrucción política». Aunque Waller no especifica cómo se logra esto—más allá de su previa sugerencia de no nombrar a Chávez—previene que este recurso sería eficaz porque el presidente venezolano sería un caso psiquiátrico. (Comentando sobre su libro Crazy States, escrito proféticamente en 1971, Yehezkel Dror observaba de Hussein en entrevista concedida a The Jerusalem Post veinte años después: «Saddam no está loco en un sentido clínico como algunos quisieran hacernos creer. Sus movidas son impredecibles a causa de su diferente marco mental, que meramente parece loco a los occidentales»).
Segunda. «Los EEUU deben estar preparados para actuar inmediatamente con el fin de impedir al dictador venezolano que destruya su país como parte de un intento desesperado por perpetuar su régimen. Es particularmente preocupante el hecho de que, en tiempo de crisis, el dictador venezolano pudiera estar tentado a destruir la infraestructura económica de su país—especialmente donde tal destrucción (por ejemplo, instalaciones petroleras) dañaría a los Estados Unidos, otros países y los venezolanos que se le oponen». (De nuevo, Waller no explica cómo los EEUU lograrían este objetivo, y deja traslucir que lo que más le importaría a ese país—si no lo único—es nuestro petróleo. Por otro lado, es muy inapropiado llamar un «hecho» a algo que no ha ocurrido, y que tal vez pudiera ocurrir «en tiempo de crisis». Además, quedaría por entender la lógica de que Chávez decida destruir lo que el informe Waller acertadamente señala como una de sus principales fuentes de poder e influencia, indispensable para su agenda expansionista. Un pensamiento paranoico pudiera llevar a pensar que si tal cosa se tomara como justificación de una invasión de los Estados Unidos, pudiera estar en el interés táctico de sus halcones el sabotear nuestra industria petrolera para achacar tal destrucción al gobierno, que es lo que Chávez ha venido indicando recientemente y le ha servido como excusa para meter tropas en las instalaciones de PDVSA).
Tercera. «Los amigos de la democracia en la región deben proveer apoyo material y protección vocal a los miembros remanentes de la oposición dentro del país. Esto incluye a las organizaciones cívicas, ONGs, organizaciones de derechos humanos y grupos políticos». (Es decir, lo que los Estados Unidos han venido haciendo, por ejemplo, a través del National Endowment for Democracy, sólo que en este caso Waller aspira contar con «apoyo material» y declaraciones públicas a favor de la oposición de parte de, digamos, Brasil o Argentina).
Cuarta. Los Estados Unidos «…pueden invocar la Carta Democrática de la OEA. Ésta es el arma individual más poderosa contra la consolidación continua del régimen, y puede ser incluso útil en el pastoreo de una reversión de la revolución. La adopción de la ruta de la OEA necesitaría acción directa de los Estados Unidos, pero sólo como uno de muchos miembros de la OEA. Una estrategia de Carta Democrática puede funcionar sólo después de una campaña de diplomacia pública con exposición prolongada y precisa de la amenaza del régimen a la seguridad hemisférica y los derechos humanos». (¿Creerá Waller que los recientes tropiezos de los Estados Unidos en la elección del Secretario General de la OEA auguran éxito en este propósito?)
Después indica: «Al mismo tiempo, la esperanza remanente en el calendario de una resolución pacífica de la amenaza en progreso es la elección presidencial venezolana de 2006. A pesar de la probabilidad de un fraude al nivel del referendo de 2004, el Centro recomienda los siguientes pasos:»
Quinta. «Sostener y proteger (mediante la vigilancia y el apoyo material de naciones miembros de la OEA) los movimientos democráticos y de derechos humanos al interior de Venezuela. Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura». (Por lo que respecta a los movimientos a los que habría que apoyar la lista es larga, como consta de la enumeración abundante pero incompleta del #129-130 de esta publicación. Luego, habría que ver cómo se logra la implantación de un nuevo modelo electoral en el país, aun cuando pareciera que Waller recomienda esto último sólo para provocar una negativa deslegitimadora del gobierno, un pretexto más para intervenir).
Sexta. «Aumentar significativamente la cooperación con socios hemisféricos y reunir inteligencia acerca de la asociación existente entre el régimen venezolano y estados patrocinantes del terrorismo, y exponer las conexiones bolivariano/terroristas. Una vez completado esto, es probable que otras opciones de acción reciban apoyo multinacional». (De nuevo ¿quiénes se ofrecerían como socios hemisféricos de los Estados Unidos en esta misión de vigilancia y recopilación de información? ¿Sólo Colombia, México y tal vez Perú y Bolivia? ¿O cree Waller que los Estados Unidos podrán convencer a Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Ecuador y alguna que otra nación caribeña—¿Curazao?—por mencionar algunos países, de que se sumen a una tal red de inteligencia? ¿A qué apunta Waller? ¿A una «guerra preventiva» como la de Irak en la que el papel de Inglaterra y España sea asumido por estados americanos que se negaron a alinearse, por caso, con la candidatura Derbez? ¿Cuáles son esas «otras opciones de acción» que Waller estima posibles y merecedoras de apoyo por parte de «socios hemisféricos»? ¿Una invasión directa de los Estados Unidos? ¿Una de Colombia?)
En fin, un verdadero bodrio lógico, estratégico y principista el tal informe Waller. Tiene, naturalmente, sus aciertos, pero expone ilusas conclusiones como la siguiente: «América Latina es un territorio fácil de navegar para los EEUU con todos sus instrumentos de arte del Estado. Mucha de la oposición tradicional a Washington es emocional y retórica, particularmente cuando los EEUU ofrecen poca razón para que alguien arriesgue su carrera política al definirse como amigo o aliado». Un espejismo de tal magnitud sólo podría conducir a garrafales errores por parte de los Estados Unidos, al ignorar la profundidad del sentimiento antinorteamericano, que estuvo adormecido hasta que las iniciativas internacionales de George W. Bush se hicieran presentes. Waller debiera leer de nuevo El americano feo, si es que no se ha percatado del rechazo que la actual administración estadounidense ha exacerbado en muchos puntos del planeta.
Es verdad que, como lo pone Waller, «…a diferencia del gobierno y sus partidarios pagados, la mayoría de los venezolanos tienen gran afecto por América—aquí Waller no se refiere a todo el continente descubierto por Colón y anunciado por Vespucio, sino a la identidad nominalmente usurpada por los Estados Unidos—y sus libertades». Sin tanta exageración hay algo así: Alfredo Keller ha medido en febrero de este año que, a pesar de todos los esfuerzos del chavismo, 50% de los venezolanos prefiere a los Estados Unidos como modelo de desarrollo, contra sólo 6% que prefiere a Cuba.
Y también atina Waller al observar que «…las encuestas muestran que la oposición mantiene cerca de 50 por ciento de apoyo entre el electorado». (Si se tiene por oposición no a los partidos opositores, que están muy mal, sino a la proporción de la población que no es chavista. Esto, por ejemplo, es también una medición de Keller). Pero entonces Waller debe explicar por qué consideraría más válido ese 50% de definición contraria que la otra mitad que se identifica hoy como chavista, que es base para una aprobación del «líder del proceso» que Keller registra en 69%. Digo, si es que la preocupación última de Waller es una defensa de la democracia, aunque el lema que represente sea, recordemos, «Paz mediante la Fuerza». LEA
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por Luis Enrique Alcalá | May 12, 2005 | LEA, Política |

La última ópera que escribiera Puccini, la por poco inconclusa Turandot, rompe moldes de la convención dramática del género. En ella el coro, que para óperas anteriores había sido meramente un relleno entre cantos de los protagonistas, comentario sobre la acción o pincelada de refuerzo, pasa a ser él mismo un personaje.
El esqueleto de la trama es simple: Turandot, Princesa de China, ha estipulado que sólo se casará con aquel pretendiente que acierte la solución de tres enigmas que ella le propondrá. Quien falle será decapitado.
La acción comienza en la plaza de Pekín, donde un enjambre de súbditos aguarda, con ánimo expectante e interesado, el espectáculo de la decapitación del Príncipe de Persia, que no supo contestar las adivinanzas. Es un pueblo que obedece a los personajes reales, como la princesa. Lo que está a punto de ocurrir es una consecuencia esperable de un decreto de Turandot, y por tanto no lo cuestionan. Si es de la princesa debe ser justo. El coro se escucha en la espera.
De pronto aparece una llamativa figura: el Príncipe de Persia, escoltado por guardias hacia el cadalso. Es muy joven, es apuesto y parece muy bueno y noble. Habría hecho un benévolo consorte de Turandot. Entonces el pueblo se horroriza y se conmisera con el príncipe, y desde una profunda lástima las voces piden clemencia a la princesa. Hay quienes gritan: «Turandot, crudele».
Pero luego aparece Turandot: radiante, bellísima, poderosa, subyugante. Tanta es su hermosura, tan lujosas son sus galas y obvio su poder, que el pueblo olvida su emoción anterior y prorrumpe en adoración de la princesa.
La ópera Turandot caricaturiza así uno de los rasgos de la opinión pública: su variabilidad instantánea, su volubilidad. Puede que las abejas de un enjambre vuelen posadas sobre un área fija, a veces por un buen tiempo, pero también pueden alejarse con gran velocidad sin previo aviso.
Así le pasó a Girolamo Savonarola (1452-1498) en Florencia, ciudad-estado renacentista que dominó a partir de 1492, el mismo año en el que, sin intención, Colón descubría un mundo desconocido a los afroeuroasiáticos. (Tampoco conocían Oceanía a la fecha). Savonarola predicaba fieramente contra la corrupción de la iglesia y las costumbres. Alcanzó su cumbre cuando patrullas de jóvenes organizadas por él fueron casa por casa para recoger ostentosos y vanos objetos, que iban desde cosméticos hasta obras de arte, pasando por vestimenta, libros, instrumentos musicales, que quemarían luego en inmensa hoguera de las vanidades en la plaza principal. Era un orador mesiánico y carismático, que creía que Dios le hablaba y le pedía que hiciera cosas, y pretendió instaurar una democracia teocrática y un modo de vida en extremo puritano. Para él era malo ser rico.
Ese exceso fue su perdición. La bondad compulsiva no era del agrado de muchos, y él no sabía que no se puede restaurar la moral de la noche a la mañana y que no se la puede forzar. Excomulgado por Alejandro VI (el papa Borgia), comenzó a perder apoyo cuando el pontífice amenazó con lanzar un interdicto contra Florencia, lo que impediría su comercio. Savonarola fue apresado por el propio pueblo y luego juzgado—sobre pruebas forjadas de herejía—y colgado y quemado en la hoguera.
Como enseñó Puccini, el pueblo es un enjambre con capacidad de inconstancia. LEA
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