por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2012 | Letras |

El profesor de Buenos Aires
A Las Hormigas
Jorge Luis Borges Acevedo (1899-1986) fue el secretario de actas y cronista del universo entero. Sus temas: la memoria, los sueños, los dobles, los espejos, los laberintos, los dioses y la divinidad, las religiones, la traición y la muerte violenta, el pensamiento, los libros—preferentemente esotéricos—, el infinito y, ocasional y discretamente, el amor de hombre y mujer.
Sus narraciones son también ensayos filosóficos o artículos; se dice que es el creador de todo un género nuevo: la filosofía de ficción. Pero también se le atribuye la primera obra de realismo mágico: Historia universal de la infamia (1935); así lo declaró el crítico Ángel Flores, la primera persona que empleó el término.
El método de Borges incluye la invención de escritores que nunca existieron, para plantear en sus obras imaginarias los asuntos que le apasionan. Alguna vez admitió que la holgazanería le prescribía esa técnica; en lugar de escribir un tratado él mismo, le era más fácil crear un personaje que lo hubiera hecho y comentarlo. Puede habérsele pasado la mano: por mucho tiempo creyó bastante gente que Adolfo Bioy Casares, su amigo y socio de aventuras editoriales—la colección policíaca del Séptimo Sello, por ejemplo—era un invento de Borges.
La escala de sus textos es la de Chopin en su música; piezas cortas. Su labor es la de un joyero. Es difícil pensar en otro escritor que lograra más con la simple conjunción de adjetivo y sustantivo: oblicuo alfil, heterogéneas fatigas, tenue armamento, pronunciación incurable, vademecum sedoso… El suyo es un lenguaje compacto y preciso, como un bisturí o pincel fino. Tiene palabras favoritas: tenue, arduo, fatiga, fatigar, e imágenes que también repite: «Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado», en El jardín de senderos que se bifurcan, y «la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí», en El Sur. Cuando hace poemas rompe la frase para preservar la consonancia de los versos, aun entre estrofas. (Ver las tres primeras del Poema de los dones). Con gran frecuencia construye las ideas con negaciones y dobles negaciones; en lugar de decir «Todo ejercicio intelectual es finalmente inútil», escribe «No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil», y prefiere, a decir «más pesada», poner «Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día», o el uso elegante de adverbios: «no es menos anterior y común que mi divulgada novela».
Encuentra ideas que no se nos ocurrirían: «Pensar es olvidar diferencias», «una divinidad que delira», «es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo», «Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio. Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles».
La lectura de Borges es vertiginosa; exige atención hacia un autor que no es pedante aunque sea extraordinariamente culto. Los autores que cita, cuando no los ha inventado, y sus obras son mencionados porque la escritura lo exige, no para humillar a quien lo lee. Por fortuna, es capaz de un humor también extraordinario: Pierre Menard, autor del Quijote, por ejemplo, o El Aleph. La declaración que abre Las palabras y las cosas, el libro más importante de Michel Foucault, reconoce: «Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento—al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro». Ese texto es El idioma analítico de John Wilkins pero, profundamente argentino, Borges pensaba que su mejor cuento era El Sur, una tragedia repentina e imprevisible que deviene de concatenaciones insignificantes.
Mario Vargas Llosa dijo de él: «Borges es uno de los más originales prosistas de la lengua española, acaso el más grande que ésta haya producido en el siglo XX». Menos dubitativo, otro Premio Nóbel, Gabriel García Márquez, asentó: «Borges es el escritor de más altos méritos artísticos en lengua castellana». Pero quizás haya sido el tributo más honesto el de Julio Cortázar, que una vez dijo a un periodista, que buscaba malquistarlo con Borges al contraponerlos políticamente, algo que pudieran haber dicho todos los autores del Boom Latinoamericano: «No hay nada que yo haya escrito que no hubiera escrito antes Jorge Luis Borges».
Borges era, para muchos, un conservador antidemocrático. Él mismo dio pie a esta interpretación al cerrar su introducción a La moneda de hierro con estas palabras: «Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística». Resollaba por la herida que el peronismo—»no es ni bueno ni es malo, es incorregible»—había inflingido a su patria; nunca admitió demagogos o dictadores. En verdad, todo gobernante le era incómodo: «Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos». Por supuesto, fue siempre un enfant terrible presto a la boutade.
En suma, una elegante inteligencia literaria: prodigiosa, pedagógica, paciente. No era Borges arrogante ni creía haber alcanzado la certidumbre que elude a los hombres: «La duda es uno de los nombres de la inteligencia».
Ése era el hombre que leerán ahora. LEA
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El texto que antecede fue escrito para el Club de Lectura Las Hormigas, al que mi señora pertenece. Acompañaba a una selección de diez narraciones de Borges y seis de sus poemas y apuntes. (Esa selección puede ser descargada acá como archivo de formato .pdf: Textos de Borges). También adjunté el apunte Borgiana, que mecanografié en la Navidad de 1976; fue precedido de esta presentación:
Alguna vez pretendí usar su estilo; el año cuando conocí a mi esposa, deslumbrado por su belleza navideña que me dolía, me refugié en lo contrario tres días después de haberla visto, magnífica: de un blazer azul marino salía una camisa roja, y de sus blue-jeans zapatos negros de tacón alto con punta desnuda. Entonces ensayé esta profanación: Borgiana.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 28, 2010 | Letras, Terceros |

Jacquetta Hawkes (1910-1966)
A Nacha, Eugenia, María Ignacia y Maya, las mujeres de mi vida.
En anteriores oportunidades he mencionado la fábula de Jacquetta Hawkes (Jessie Jacquetta Hopkins), arqueóloga británica de profusa vena poética: A Woman as Great as the World. Con admirable concisión, la aparición y desarrollo de la vida en el planeta—dinosaurios y glaciaciones incluidas—son presentados en una parábola con moraleja: la serísima advertencia al género humano, ocupado en molestar a la Tierra con su actividad destructiva y contaminante, acerca de la posibilidad de cataclismos que acaben con la vida. El conmovedor texto de Hawkes es ¡de 1953!, bastante antes de que la conciencia ecológica hiciera presencia significativa entre nosotros. (La obra que en su momento fuera tenida por biblia de la futurología—The Year 2000, de Herman Kahn, 1966—no hizo mención alguna, en sus centenares de páginas, del problema ambiental).
Nunca, sin embargo, había publicado su breve admonición, que encontré en 1973—mediante préstamo de Diego Arria Salicetti—en Subversive Science: Essays Towards an Ecology of Man (1969). Recuperada por mí hace poco, gracias a Internet, he hecho de ella una traducción apresurada, que aquí publico. Mi entusiasmo por la poderosa fábula me ha llevado a leerla en alta voz y grabarla. También he colocado a continuación el archivo de audio correspondiente. LEA
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Una mujer tan grande como el mundo
Había una vez una mujer tan grande como el mundo. Ella era de disposición plácida y, sabiéndolo todo, no tenía preocupaciones. De hecho, difícilmente hubiera estado consciente de su hermosa y completa existencia si no hubiera sido por el Viento visitante que venía a perturbar su paz. Él soplaba alrededor de donde ella yacía, inflando las nubes que lamían sus miembros ociosos; a veces la acariciaba tiernamente, su tacto como el de una mano firme que palpa el hueso y aviva la carne; a veces soplaría tormentoso hasta que su cabello ondeara entre las nubes. Cuando venía, siempre llenaba su mente con imágenes de sí misma suspendidas ante ella, que parecían, por su mera presencia, exigir una explicación. Ella deseaba que él no viniera a perturbarla, y cuando él no venía sentía hambre de él.
Algunas veces, aunque raramente, él llegaría como un remolino, reunido en un solo cetro, como espiral de vidrio derretido. Entonces le ordenaba que se abriera a él, y ella obedecía hasta sentir el desmayo de su conciencia, sorbida por las cuevas y lechos marinos de su ser. Después de estas visitaciones se sentía pesada, llena de bostezos y letargo, hasta que al fin abría sus muslos de nuevo, permitiendo la salida a una nueva creación.
Quizás su progenie serían peces: muchos suaves y simples con sus escamas plateadas, otros intrincados con aletas, barbas y espinas; algunos delicados y bellos, sus aletas y colas como velos de sedas irisadas; algunos feroces y feos, con rostros que eran máscaras de furia. O pudiera ser una fantástica creación de reptiles: monstruos acorazados gigantescos, armados como para resistir la colisión de planetas; o pájaros: cada especie alojando sus propios cantos y gritos, sus propias destrezas para formar nidos, y un plumaje específico hasta la más débil línea de la pluma más pequeña. Todas estas criaturas exhibían en cada una de sus partes la interminable inventiva, la inconmensurablemente poderosa imaginación del Viento generador; ellas se hacían una con la Mujer, acrecentando su belleza como un fino vestido.
El Viento estuvo lejos por muy largo tiempo; a la Mujer le pareció que habían transcurrido eones desde que él hubiera, meramente, soplado los canales del dorso de su mano o agitado una sola hebra de su frente. Toda su vieja resistencia a recibirlo había sido olvidada; sin él estaba inquieta y sin vida; su hermoso cuerpo empezó a tener frío, a congelarse y destruir su propia vida. Entonces, por fin el Viento estuvo sobre ella; ella escuchó sus rápidos suspiros y vio como las nubes se separaban ante él como un rebaño de ovejas primaverales. Él embistió entre ellas y, sin caricia ni ternura, la penetró; todas las partículas de su vaga conciencia de sí misma explotaron juntas, reforzadas, y barrieron su interior como si hubiese sido inundada por una ola cargada de guijarros.

Michael Thompson – Woman at rest (2009)
La Mujer quedó sumida en su pesadez usual; de hecho, era aun más profunda que nunca, mientras las imágenes que se le presentaban eran más que nunca claras y perturbadoras; se sintió más cerca de entender el secreto de su vida. Cuando llegó el tiempo de abrir sus muslos esperaba dar a luz una creación de maravilla insuperable, a criaturas más fuertes que los reptiles o más exquisitas que los pájaros. Cuando de su vientre surgieron feos espantapájaros, que caminaban torpemente en dos patas y de una vez empezaron a cubrirse con hojas y pieles, estuvo primero alicaída. Esta progenie, seguramente, no podría hacer nada para glorificarla y enriquecerla. Pero entonces la Mujer se extrañó al sentir en ella una nueva cosa desconcertante, una persistente conciencia de sí misma, como si el Viento estuviera siempre con ella, como si él estuviera presente entre los tejidos de su cuerpo. Y ella empezó a sentirse agradada por lo que había ocurrido, pensando, con una claridad que antes hubiera estado fuera de su alcance: “Ahora soy tan lista e imaginativa como el Viento; puedo ser su igual y ya no meramente su obediente querida, el instrumento que él toca”.
Pronto, sin embargo, descubrió que la nueva relación no le acomodaba; ella y el Viento se la pasaban peleando, golpeando con terribles tormentas, inundaciones, terremotos y volcanes en su furia. Algunas de sus peleas eran provocadas por los intentos de la Mujer de argüir lógicamente, algunas por sus celos al comprobar que el Viento gustaba de vagar entre las nuevas criaturas, susurrándoles y, sospechaba ella, acariciándoles. Pronto, además, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente.
Sus querellas con el Viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron a la larga demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa.
Cuando se calmó, y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción. Así como toda mujer puede disfrutar la visión de su carne limpia y tibia, estirada en el baño mientras rizos de vapor ascienden livianos del pálido paisaje de su cuerpo, ahora se examinó a sí misma apreciándose, sin hacer caso, mientras descansaba entre las nubes.
Jacquetta Hawkes
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 13, 1977 | Letras, Música |

Solsticio de invierno
El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando.
El sol pensó: «¡Qué flojos!» De inmediato, tuvo ganas de hacer una travesura, una que hacía tiempo había pensado llevar a término: despertaría a todos echándoles encima baldes de su pintura dorada, brillante y caliente. Riéndose, mientras imaginaba la sorpresa del gato, la atónita cara de la vaca y los rebuznos asustados del burrito, fue trepando silenciosamente.
Pero el asustado fue él; cuando ya estaba a punto de derramar los baldes por las laderas, el gallo blanco, que siempre lo vigilaba, lanzó su kikirikí de alerta por toda la llanura. ¡Pobrecito sol! Fue tanta su sorpresa que volteó el primer balde sobre su elegante traje rojo pintándolo todo de dorado y dándose, de paso, una quemada de padre y señor mío.
Al canto del gallo, todos los habitantes de la granja comenzaron a abrir los ojos, dándose cuenta de los pesares del pobre sol. Entre bostezos y risas se despertó el araguaney, en un coro de flores amarillas. Por supuesto, reírse bostezando no es muy recomendable y a las flores del araguaney les dio hipo, por bobas. Tantos fueron los hipidos, que los sapitos del arroyo pensaron que sus primos habían venido de visita y se pusieron a contestarles, de modo que en un segundo se armó un grandísimo barullo de croar y de hipo.

Turdus rudigenis: Paraulata ojo de candil
Desde el conuco voló la paraulata, quien cantaba a carcajadas tratando de acercarse al sol para fastidiarlo. Éste se puso tan bravo que comenzó a subir por el cielo, alejándose, a lo que la paraulata se reía todavía más.
Al becerrito le dio lástima el sol, y mugiéndole le decía: «Sol, sol, solecito. No te vayas. Quédate a jugar con nosotros». Pero el sol no quería atenderlo. Seguía subiendo y subiendo, hasta que se sentó sobre una nube a secarse las ropas.
Por debajo de él, subida a las colinas, apareció la brisa. El sol le llamaba: «¡Brisa, ven y sopla sobre mí para secar mis ropas!» La brisa creyó que el sol estaba muy mal educado para ordenar las cosas así, en vez de pedirle el favor. Y por eso, la brisa lo dejó solo y se puso a silbar hacia el araguaney y las flores de éste danzaron el primer vals, y los animales vinieron a bailar también a su alrededor.
Vals de las flores *
El sol estaba furioso. De hecho, estaba lo que se dice calientísimo y quería acabar con la fiesta a fuerza de rayos de calor. Mas la nube no se lo permitía.
Al finalizar un baile, el becerrito llamó a los animalitos y a la brisa a conversar al lado de las flores. Cuando los tuvo a todos reunidos les mugió dulcemente, en secreto para que el sol no pudiera escucharlo, aunque éste estaba tan lejos que si el becerro hubiera mugido en alta voz tampoco lo hubiese oído. El becerrito, poco a poco, los convenció a todos para que trataran de calmar al sol y lo invitaran a la fiesta.
No fue fácil. Las flores no querían interrumpir el baile; a fin de cuentas, se habían puesto hoy su mejor vestido. Y el gato, siempre suspicaz, advertía: «Si lo invitamos a la fiesta, nos va a achicharrar a todos». Pero la brisa decidió que subiría hasta la nube a soplar sobre el sol para enfriarle el mal humor, así que hasta allá fue, mientras los demás llamaban al sol con las manos.
Todo fue cuestión de unos minutos. La brisa sopló sobre él hasta ponerlo seco y fresquecito. Cuando lo tuvo así le sopló las plantas de los pies y el sol, quien como es muy sabido es bastante cosquilloso, no tuvo más remedio que reírse.
Los animales aplaudían, contentos, y continuaban llamándolo para reanudar la fiesta. Al fin, el sol comenzó a bajar por el otro lado de la cuesta un poco sonrojado de vergüenza, pero pronto se le olvidó todo cuando comió con los demás un poco de dulce de arco iris que la nube enviaba de regalo.

¿Me concede esta pieza?
Y así continuó el baile: la brisa silbando, los sapitos croando, la paraulata y el gallo cantando, mientras la nube se mecía y el becerro tomaba de la mano al sol formando un corro con el gato y el burrito, y las flores bailaban, coquetísimas.
Tras largo rato de danza el sol tuvo que despedirse, pues su casa quedaba un poco lejos, detrás de las colinas, más allá del mar. La nube lo iba a acompañar por el camino para que no se fuera solo. Y todos los animalitos le decían adiós con la mano y le anunciaban que lo estarían esperando al día siguiente. Y al desaparecer el sol con la nube tomada de la mano, se puso todo muy oscuro.
La fiesta los había cansado a todos, y pronto empezaron a fugarse los bostezos. Todavía las flores, las muy fiesteras, dieron unas cuantas vueltecitas, pero lentamente se fueron durmiendo una a una. Los animalitos se tumbaron sobre la grama, muertos de cansancio y de sueño. Únicamente el burrito, más dormido que despierto y todo confundido, se metió a dormir en el establo de la vaca, quizás soñando que era becerro.
Pronto, pues, todos quedaron dormidos y ninguno se dio cuenta de que la luna había venido a cuidarlos junto con un grandísimo lucero. La luna y el lucero se guiñaron el ojo. Se rieron la luna y el lucero. La luna extendió su falda por la grama. El lucero se acercó en puntillas hasta la entrada del establo, y extendiendo uno de sus rayitos hacia adentro tomó una mano chiquitica, una mano que esa noche se estrenaba. De la mano trajo afuera un Sol más brillante que el que hacía rato se había ido. La luz se regó sobre la frente de los animales y se le metió a las flores por debajo de sus sabanitas de rocío. Todos despertaron sobresaltados, y pensaron que el sol había vuelto de noche para jugarles alguna mala pasada.

El Sol recién nacido
El gato maullaba: «Yo se los dije. Les dije que no debíamos invitarlo a que jugara con nosotros». Pero el nuevo Sol le miró a los ojos y le sonrió con una sonrisa que ellos no conocían. Entonces vieron que era un Sol recién nacido.
La vaca había salido del establo, despierta por los maullidos temerosos del gato; todos estaban alelados. La vaca vio al Niño Sol y le dijo: «¡Niño! ¡Jesús! ¡Si debes estar muerto de hambre!». Y ella le sirvió una tacita de leche de sus ubres, y el Niño Sol la tomó y todos los animales supieron su nombre.
Ya ninguno tenía miedo, porque verlo sonreír era más dulce que el dulce de arco iris. Y el becerrito se le acercó primero, y luego vino el gallo y también la paraulata y los sapitos, y el burrito terminó de asomarse viniendo detrás de su hocico, y hasta la brisa se acercó desde donde se había quedado conversando con el riachuelo, que nunca duerme, y las flores le lanzaban perfume de madrugada.
Y el gato remolón se acercó al fin y le preguntó por qué no había venido antes. El Niño Jesús le explicó que había estado inventando un cuento muy lindo. Entonces todos le pidieron que se los contara.
Él empezó a contar: «El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja, sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando».¶
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* El Vals de las flores es parte de Cascanueces, el ballet de P. I. Tchaikovsky que transcurre en la noche de Navidad. La versión colocada acá está a cargo de la Orquesta Sinfónica de Londres que dirige Antal Dorati.
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Mi esposa enseñaba en el Centro Infantil Altamira, un instituto preescolar que admitía a la vez alumnos de barriadas y urbanizaciones, cuando comencé a pretenderla. Con ánimo de impresionarla, compuse el 13 de noviembre de 1977 el cuento que antecede para resolver un acto navideño de los niños en el que fue escenificado. Mala idea; tardó quince largos meses para darme el sí. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 27, 1976 | Letras, Otros temas |

Una entre ellas
Bastantes años hace que en mi cuarto, recostado sobre el lecho y fijos los ojos en algún punto de la habitación, ese punto me decía algo. Me gritaba que tenía una forma especial y única, lo que le daba derecho a ser visto, a ser amado por al menos una mirada y registrado al menos por una memoria.
Me he cruzado muchas veces con los mismos reclamos. Reflejos en la cóncava pared de una copa, minúsculos granos de ceniza que adoptan una presuntuosa disposición, una hoja disimulada entre muchas que la esconden…
Dejo de lado las cosas obvias, las que todo el mundo ve, aquellas de las que todos hablan y dicen que son bellas. Las que me han llamado con urgencia, rogándome que las preserve en mi memoria, no son de las que pueblan poemas y canciones: alguna llave huérfana que ignora su puerta, una piel que nunca visitará la tersura, una sombra aun menos hermosa que su dueño, el cuadro de un pintor sin talento, una media rota, una ventana siempre clausurada.
Todas ellas, y muchas más que no he visto, componen nuestro universo junto con las que siempre son cantadas. Tengo la tenue esperanza de que las que yo no haya notado puedan exigir alguna vez los ojos de un viajero. Y de no ocurrir ese accidente imprescindible, guardo un último deseo: que mi rostro refleje para otro esos recuerdos antes de que mi tránsito termine.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 19, 1976 | Letras, Otros temas |

(Clic para ampliar y entender un poco)
Ya la lluvia se había hecho enumerable. Pronto vendría el chaparrón de gente a distribuirse aleatoria entre las sillas.
Casi todos pedirían café, casi todos necesitándolo para prolongar una compañía que se deshace cuando ya no se puede encontrar en la ciudad un pretexto digestivo.
La lluvia, casi siempre, respetaba los horarios de los cafés de las aceras, limitando su discurso a la duración de los cines con un control aprendido en su larga práctica de orador urbano. Hoy se había excedido.
Pronto llegarían los clientes de Carmona. Sus clientes naturales, sabedores de su papel, conocedores de su total dedicación a la causa.
Carmona jamás les había dirigido la palabra. Sólo un mesonero o dos conocían su nombre. Pero a pesar de eso él sabía que podía contar con sus clientes. (Más que clientes, sus camaradas). Los que algún día tomarían el poder y habían comenzado por tomar los cafés de su avenida.
Todos los elegidos, seguramente, visitaban esos toldos para plantear los justos combates del día siguiente, o para descansar de las duras escaramuzas de las que regresaban victoriosos. Esos bebedores de café eran el ejército del pueblo, el ejército de Carmona.
Ninguno de ellos daba muestras de reconocerlo, porque así debe ser antes de la terminación de la guerra, porque el luchador socialista debe ser serio y guardarse de caer en fáciles manifestaciones sentimentales. Así eran sus clientes y camaradas.
Carmona llevaba en la mano lo que había venido a vender. Su ejemplar de La ciencia en la Unión Soviética, con carátula inesperadamente limpia después de tantos meses de posesión y de oferta. La reverencia del revolucionario preserva sus símbolos sin mancha.
Carmona había sido uno de los quinientos afortunados a quienes se les había regalado el libro en la Exposición Industrial Socialista de octubre del año pasado. Uno de los quinientos que llegaron primero, de los que escucharon el discurso del embajador ruso y se distrajeron adrede cuando sonaba el del vicecanciller venezolano. De esos quinientos, solamente él había entendido. Su misión sería vital aun dentro de tantas tareas importantes, porque la suya construía mientras los zapadores del viejo orden demolían.
En ningún momento había abierto el libro. Le bastaba su título para comprender todo. Como comprendía el trabajo de esos que ya comenzaban a sentarse y a mostrar las suelas oscurecidas por el agua.
Durante las primeras semanas había aprendido mucho. Naturalmente, nunca preguntó. Lentamente, fue acumulando pequeñas evidencias. Posturas, gestos, tonos de voz, miradas, ademanes. No terminó el dibujo de la estructura de autoridad del ejército del pueblo, al percatarse de que uno más que penetrase en el secreto era un riesgo más para la causa. Era suficiente con distinguir los que eran de los que no eran.
No siempre había sido capaz de discriminar. Una noche ya lejana se había equivocado cuando le ofreció La ciencia en la Unión Soviética a uno, el único, que había estado dispuesto a comprar. Y él había estado a punto de vender, pues llegó a pronunciar el precio, el que sólo por coincidencia igualaba el precio de una semana en la pensión. Le detuvo la sonrisa del falso cliente cuando sacaba la billetera; sonrisa que hubiera podido ser de burla o de lástima. Así no sonríe un camarada a un camarada.
Tuvo entonces más cuidado. Los enemigos no debieran conocer cómo sería la nueva ciencia en el país socialista. Ese poder creador se reservaría a los auténticos de sonrisa justa.
Carmona vio que esta noche era especial. Hasta la lluvia ayudaría a que nada más vinieran los auténticos de sonrisa exacta, los que venían porque tenían que venir. Hoy vendería el libro.
Cada solitario, o cada pareja o cada grupo que llegaba ahora tenía una de las marcas propias del ejército: ninguno lo miraba. Era preciso disimular que lo conocían. Justamente una de las cosas que hacían los que no eran era mirarle. Pero esta noche nadie lo miraba. Buen síntoma.
Tendría que estar menos atento, porque hoy no vendrían los que hubieran querido comerciar La ciencia en la Unión Soviética para aprovecharse de sus tesoros al tiempo que la rebajaran a la calidad de mercancía. La oferta, la eventual compra hecha por un camarada no eran más que modos de camuflar la transferencia del mensaje que se le había confiado. ¿Cómo podía venderlo a alguien que de verdad pensara que compraba?
Ocho mesas ya estaban colmadas, la acera prometiendo otras tantas. Carmona se esforzaba por no delatar su satisfacción al reconocer, en la aparente casualidad de las ubicaciones, las horas de meticulosa preparación y, en el recuerdo de las últimas noches, los ensayos de la operación que hoy se montaría. Hoy vendería el libro.
Ahora se le aclaraba la renuencia de las largas noches precedentes. La venta tenía que efectuarse sin que los adversarios supieran. Por eso se había elegido una noche lluviosa. Había para él en esto una lección de paciencia revolucionaria.
Pero entonces no era cierto que tendría que estar menos atento. Al contrario, debiera asegurarse doblemente de que ningún infiltrado presenciara el trueque proyectado. Conoció el miedo de los comandos cuando aguzaba todas las habilidades aprendidas en el sabio adiestramiento al que el ejército del pueblo lo había sometido, desde aquella trascendental visita suya a la Exposición Industrial Socialista del año pasado.
Creyó haber hecho la verificación en un tiempo aceptable. Moros ausentes de la costa. Aquel grupo de europeos le era conocido. Los asesores, por supuesto. En la mesa de al lado la pareja de estudiantes, en la otra el diputado y su mujer, en la otra aquél en cuyos ojos hubo furia la noche cuando casi vendió el libro, en la de enfrente el obvio jefe de engañosa ropa cara y mujeres inteligentes.
Todo lo hizo con prudencia. Cierto es que los mesoneros no eran enemigos, más bien de aquellos que serían liberados, pero aun así no era cuestión de permitirles darse cuenta de algo que no entenderían del todo, tomando en cuenta lo que a él le había costado entender. Con la misma calma comenzó por fin a acercarse a las mesas. Para la primera esperó, con sabiduría de buen vendedor, que los ocupantes terminaran de hacer su pedido. Levantó la vista uno. Se tomó tiempo para leer el título que Carmona blandía elevado pero muy poco para decir no, gracias. Evidentemente, hablaba por todo el grupo y Carmona, inmutable, giró hacia los camaradas contiguos.
Segundos más largos o más numerosos. Parecía que este camarada estaba al borde del saludo y Carmona tuvo que amonestarlo con una fugaz mirada severa. No, gracias. No podía ser ese joven el comprador comisionado, si era tan inexperto como para lanzarle afecto imprudente. Casi decidió mencionar el incidente a quien le comprara el libro, recordando después sus propias inexactitudes en la época de recluta. Quizás no era lo indicado, pero volvió a mirar al principiante, y esta vez sus ojos querían infundirle ánimo y decirle con la mirada que él había pasado por lo mismo varias veces y que ahora era un veterano como algún día, joven, podrá usted serlo si tiene constancia y coraje. Le dije que no, gracias.
Ya había tardado demasiado en esa mesa, inmadura para recibir la ciencia. La ciencia en la Unión Soviética levantó nuevamente para la pareja del diputado y su mujer, aunque astutamente previó que éste tampoco sería el contacto. Demasiado conocido. No, gracias. ¡Qué amables suenan las gracias en labios de camaradas! Gracias, gracias, el ejército le da las gracias. Este otro, tal vez; no lo había visto antes. ¿No se acuerda que usted ya me lo ofreció la semana pasada? ¡Qué manera tan llena de tacto para decirme que está pendiente de mí! Aquí no son necesarias las gracias.
Como al lado fue innecesario el no y tan sólo le dijeron gracias.
En la siguiente había pasado antes el vendedor de perfumes y ya le habían comprado y él no se acercaría, porque los revolucionarios nunca tienen mucho dinero y si éste había comprado perfume era porque tampoco él era el señalado.
¿Creíste que sería tan rápido, Carmona? La ocasión era solemne. Los camaradas siempre son solemnes con la ciencia. Muy protocolares. Hay que recorrer todo el ritual, aunque los mesoneros, pobres inconscientes, ya comiencen a recoger las primeras mesas y las últimas propinas.
Erguido Carmona, bizarro Carmona, importante Carmona. En su honor desfilaron los camaradas cuando se iban.
Erguido, Carmona caminaba hacia la pensión donde debía el precio de La ciencia en la Unión Soviética, contento Carmona de no haber vendido porque entonces mañana por la noche no habría tenido misión para cumplir ni sueño prolongado.
luis enrique ALCALÁ
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Quien es hoy mi esposa aceptó tomar un café conmigo en Sabana Grande cuando ya la pretendía en julio de 1976, y un hombre se acercó a nuestra mesa para ofrecernos el libro La ciencia en la Unión Soviética, que no compré. Poco después, apenado de no haberlo hecho para ayudar a ese hombre con ojos de necesidad, compuse la narración que antecede para regalársela a la dama en expiación de mi culpa. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 10, 1970 | Letras, Otros temas |

Para conmemorar el Día de la Juventud (12 de febrero), el periódico El Nacional inauguró en 1969 una página semanal—Juventud y Futuro—que puso a cargo del Dr. José Rafael Revenga. Éste, que recibió la encomienda de Arturo Úslar Pietri, explicó que quería «reflejar fielmente todo el complejo panorama de las luchas, las esperanzas y la situación de la juventud». Menos de un año antes, Occidente se estremecía con los incidentes del juvenil Mayo Francés, y las confrontaciones de estudiantes y policías en las universidades de Columbia y Berkeley por el issue de la Guerra de Vietnam, inmortalizadas en el filme Las fresas de la amargura. (The Strawberry Statement).
Al cumplirse un año de la página, el Dr. Revenga tuvo la amabilidad de publicar en ella un ejercicio de ficción (Apocagénesis) del suscrito—del que una amiga con autoridad literaria dijera que no era un cuento—, el 10 de febrero de 1970. Es el texto que se reproduce abajo. No sé, a estas alturas, qué genero atribuirle: ¿ciencia-ficción? ¿Política-ficción? Lo cierto es que contiene uno que otro detalle de rasgos proféticos (incluyendo que faltaban seis años para que conociera y me enamorara de mi esposa quien, como la protagonista de la historia, se llama Cecilia); también puede reivindicar el «cuento» un cierto sabor al tipo de narraciones como Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, con veinticinco años de anticipación a esa novela.
John Lange hizo amigablemente la ilustración para la pieza.
LEA
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I. Juventud y futuro
En la madrugada del 1º de enero de 1980, Fernando se encontraba bailando con su flamante pareja en el apartamento 4B del edificio Carmelitas.
El viejo inmueble había alojado anteriormente al Ministerio de Comunicaciones. Cuando el Ministerio se dividió en un Ministerio de Transporte y otro que conservó la antigua denominación, ninguno de los dos ministros quiso quedarse en esa esquina, y cada uno logró conseguir una torre de veinte pisos—ambas idénticas para evitar los celos—en el Grupo Ministerial Nº 5, en el mismo sitio donde una vez se irguiera aquel famoso hotel que se inaugurara una decena de años atrás. (Destruir y reconstruir El Conde ha sido el pasatiempo “antiaristocrático” favorito de los gobiernos democráticos venezolanos).
El edificio Carmelitas había sido entregado a una inmobiliaria de mucho renombre—creo que a Alianza para el Proqueso—, para que lo alquilara y supliera de esta forma las necesidades de xerocopias de los Ministerios del Transporte y de Comunicaciones.
Ocupaban la edificación alrededor de ochenta familias del percentil 40, además de locales comerciales—siete—cuatro de los cuales eran joyerías.
Fernando bailaba en una fiesta de Año Nuevo que se había organizado por contribución en casa de los Matute, que, como ya sabemos, tenían alquilado el 4B.
La pareja de Fernando se mostraba extrañada por el laconismo de éste, quien habitualmente era un gran conversador. Los pensamientos de Fernando estaban probando ser más potentes que la festiva algarabía que le rodeaba.
“Tiene que llegar. ¡Tiene que llegar!» En verdad que no eran muchos los pensamientos de Fernando. Hasta se podría decir que era solamente uno. Lo que Fernando esperaba con tanta concentración era un bombardeo de la ciudad de Caracas. Debía efectuarse, según lo acordado, hacia las cinco y treinta de la mañana, y en el barato reloj de nuestro amigo las agujas indicaban tres minutos de retraso. Ya estaba maldiciendo de la imprecisión de su reloj, cuando creyó ver por el balcón a una figura amarilla con periscopio que se acercaba volando silenciosamente. El avión (?) prosiguió su rumbo hasta quedar a plomo con la Plaza Bolívar. Allí se detuvo por unos segundos hasta que, abriendo sus compuertas, dejó caer una única bomba en forma de tulipán. El aparato desapareció del lugar antes de que la bomba pudiera tocar tierra. Cuando ésta lo hizo, se abrió para dar origen a dos fenómenos igualmente intensos: una brillante luz amarilla que iluminó a toda la ciudad y un ensordecedor acorde de los Beatles amplificado tantas veces que se escuchó desde Antímano hasta Petare.
Estaba consumado el bombardeo, contratado meses atrás por un grupo de jóvenes caraqueños con Daniel el Rojo, Inc., empresa que había desarrollado la temible bomba que, por primera vez en el mundo, había sido ensayada en esa mañana de 1980.
Cuando Fernando pudo reponerse de la impresión que el espectáculo audiovisual le causara, se dirigió a toda prisa a ocupar su puesto en la Brigada de Evaluación Nº 2, la que estaba encargada de comprobar los efectos del bombardeo en el sector centro-oeste de Caracas.
A los pocos minutos todo el grupo estaba reunido y, sin pronunciar una palabra, los jóvenes se dispusieron al examen de la situación. Tal como Daniel el Rojo, Inc. lo prometiera, en el sector de Fernando todas las edificaciones estaban intactas. Encuestando casa por casa, se pudieron dar cuenta de que el efecto garantizado había tenido lugar: todas las personas mayores de treinta años habían fallecido instantáneamente.
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El primer problema de la primera sociedad verdaderamente juvenil—después de la de Adán y Eva—fue el de disponer de los cadáveres. A fin de cuentas se trataba del 35 por ciento de la población.
La solución más adecuada fue presentada por un estudiante de Artes Plásticas. Consistió en apilar los cuerpos en el Parque del Este y cubrir la pirámide resultante con una resina transparente, que al solidificarse transformó aquel inerte grupo en una gigantesca escultura que servía de recordatorio imponente.
El Consejo de Gobierno que se formó con los conspiradores iniciales tomó una segunda decisión muy importante: trazó una Cortina de Hierro o Muralla China en el perímetro de Caracas, y advirtió a los adultos del resto del mundo que no debían penetrar en la ciudad, so pena de sufrir lo mismo que ocurriera a los adultos caraqueños, punto excelentemente ilustrado con algunos cadáveres que fueron colocados con avisos en ubicaciones estratégicas, y que habían sido salvados de la pirámide del Parque del Este justamente con ese propósito.
Pasaron varios días. El Consejo de Gobierno se había disuelto por considerar que en una sociedad joven no debían existir mecanismos de poder. Precisamente para acabar con ellos se había contratado el bombardeo.
Cuando una noche, después de concluir el sexto concierto-baile-meditación que se ofrecía diariamente, los circunstantes se dieron cuenta de que el automercado vecino había agotado sus existencias, uno de los músicos propuso ponerse a trabajar para conseguir el alimento. Otro de los presentes, de apariencia intelectual, intervino para decir que no se podía trabajar sin organización y que no podía establecerse una organización sin que existiera alguna jefatura instituida. Fue muy tarde cuando se dio cuenta de las palabras malditas que había pronunciado. No había terminado de decir “…fatura” cuando los que le rodeaban se abalanzaron sobre él, y cuando sus labios se cerraron para terminar de decir «…tituida» no se volvieron a abrir más. La masa no dejó de él labios que pudieran abrirse.
Saturados con el incidente, los asistentes no volvieron a pensar en comer y se dirigieron todos a dormir. Sin embargo, a la mañana siguiente el hambre se había fortalecido. Y dos jóvenes que estuvieron escudriñándose con extremada precaución—nadie quería ser el segundo tomo de la noche anterior—, al cabo de una hora de conversación cuidadosamente seleccionada, se pusieron de acuerdo en una cosa: poco a poco formarían un partido que, al contar con suficiente apoyo, podría tomar el poder y forzar a la nueva sociedad a que se organizara para trabajar. Se despidieron en silencio, y con sonrisas inseguras se alejaron para iniciar el proselitismo.
Una conspiración similar comenzaba a formarse en otro sitio y por razones diferentes. Al día siguiente del bombardeo, los jóvenes que vivían en ranchos y casas viejas y pequeñas se juntaron en fraternal alegría con los que provenían de otros percentiles. En la total identificación que siguió a la primera celebración se anunció con gran alborozo que había suficiente espacio en viviendas adecuadas para aquella población que nunca había podido vivir bajo un techo decente. Las primeras noches no hubo problema alguno. Cada quien se acomodó para dormir en la habitación que se le hubiera antojado. En las semanas sucesivas, prácticamente todo el mundo había dormido en una casa distinta cada noche. Pero, poco a poco, ciertas casas empezaron a verse muy solicitadas. Estas casas estaban ubicadas en el Este de Caracas o hacia las colinas del sur, desde donde se disfrutaba de una excelente vista del Ávila.
Pues, como decía, otra conspiración surgió; trataba de formar otro partido que esta vez se dedicaría a resolver el problema de la vivienda.
Así, casi cada problema originó con el tiempo al partido correspondiente. No obstante, se procuró evitar identificarse con términos y conceptos del pasado. Por esto, a los partidos no se les llamaba partidos sino trozos, no se les identificaba con siglas sino con números, y cuando se inventó un sistema eleccionario se hablaba de votancias, y las tarjetas de colores se introducían en “féretros”.
Ya por el mes de marzo se contaba con un gobierno sólidamente instalado. El trozo que había ganado las votancias en biolimpia campañada había sido el trozo 1-2-3. Al son de “Uno, dos y tres, el pueblo maché”, el nuevo mandatosio ocupó su puesto para dedicarse a nombrar a sus maxistros.
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El 30 de junio venció el período que Daniel el Rojo, Inc. había fijado en cláusula aparte para la segunda fumigación. Ésta tenía por objeto limpiar definitivamente a la ciudad de influencias adultas. Era como la segunda dosis de la vacuna contra el polio, y esta vez no dejaría en pie a nada viviente que se comportara como adulto.
El 1º de julio Fernando se encontró solo. Había sido, a sus 29 años de edad, el único sobreviviente del Apocalipsis.
Era el único que se había mantenido independiente, y su costumbre de tratar de ser tan flexible como para comprender a todo el mundo parecía ser el único antídoto efectivo contra la terrible segunda fumigación.
Vagó tristemente por la íngrima ciudad. Estaba ya más que convencido de que no quedaba nadie que le acompañara. Pero, repentinamente y sin creer siquiera en el éxito de su nuevo impulso, comenzó a correr desesperadamente al encuentro de una figura femenina que súbitamente había aparecido de la nada a unas dos cuadras de él.
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II. Vejez y pasado
Cecilia se sentaba por fin a la mesa. Había ya servido las hallacas que ella misma hubiera hecho para esta cena familiar de Año Nuevo. En años tenía treinta y dos, de los cuales había estado casada trece y, de éstos, los últimos cinco perfeccionando sus hallacas de razonable fama.
Todos los niños dormían, y en torno a la mesa se encontraba una variedad de suegros, tíos y amigos allegados. Hacía tiempo que los esposos querían reunir a ambas ramas de la familia, y lo habían conseguido con ocasión de que esa cena fuera la primera que hicieran en su nuevo apartamento, el 4-A del edificio Carmelitas.
Habían asistido prácticamente todos. Don Jorge y Doña Elisa, Don Federico y Doña Adela, tío Carlos, tío Francisco, tía Carmen, tía Dolores la soltera, los Ochoa y los Álvarez. Casi todos. (“Por qué Don Oscar siempre llega tarde? ¿Adivinaría que tía Dolores le iba a tocar de pareja?”)
La cena tardó bastante. Hubo que esperar a que Don Federico, quien siempre hablaba demasiado en la mesa, terminara por fin con su dulce de lechosa. Don Federico había estado desarrollando una de sus tesis mas queridas: “Es un error hablar de mayoría de edad a los veintiuno. Nadie que no haya cumplido los treinta sabe lo que es la vida, lo que es la realidad”. Con medio pedazo de dulce dentro de la boca elaboró con ejemplos lo que quería decir.
Los demás asentían a su argumentación con la esperanza de que la agotara prontamente para poder levantarse de la mesa porque, si bien las hallacas de Cecilia eran excelentes, tendían a ser bastante pesadas.
El resto de la noche transcurrió sin mayores problemas. Don Jorge y tío Carlos fueron los únicos que se emborracharon, pero el primero se durmió en el sillón mas cómodo que encontró, y el segundo fue sacado por su señora con el pretexto de que tenían que pasar por casa de los Yanes.
A las cinco y veinticinco, Cecilia y su marido despedían al último de los invitados que se retirara.
Un minuto después, Cecilia había dado el último vistazo a sus cuatro hijos, y hacia las cinco y media estaba abriendo la nevera para servirse un vaso de agua. En ese momento oyó un ensordecedor sonido y creyó reconocer las notas iniciales del Himno Nacional. También notó cómo la cocina se iluminaba con una extraña y vívida luz morada, pero estaba muy cansada como para asociar ambos eventos, y pensó que los vecinos eran muy patrióticos en Año Nuevo y que no debió beber tanto del licor morado que su marido se empeñara en comprar.
Cecilia se fue a dormir.
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A las diez y cuarto se despertó angustiada. Le extrañaba no haber escuchado el ruido habitual de los niños y no pudo seguir durmiendo con tanto silencio. Se levantó de la cama y se dirigió a ver qué estaban haciendo. Después de buscar en el ultimo rincón de la casa sin encontrarlos, despertó a su esposo para comunicarle la situación. Su marido la tranquilizó diciéndole que probablemente estarían jugando en la entrada del edificio, como acostumbraban. Cecilia corrió presurosa a la puerta del apartamento y en el momento de abrirla se dio cuenta de un inexplicable detalle: además de estar cerrada en todas las cerraduras, la puerta tenía pasada la cadena. A Cecilia la dominó un intenso temor.
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El Presidente habló en un programa especial a las tres de la tarde. Se le notaba cansado, y también estaban fatigados los ministros y los jefes de las distintas policías.
“Conciudadanos: primero que todo quiero dirigir al pueblo entero mi salutación de Año Nuevo. Pensaba hacerlo a las seis de la tarde, pero un hecho insólito en la vida de nuestro país me ha obligado a tomar contacto con Uds. lo antes posible. Como ya todos sabrán, a partir de una hora que se estima entre las cinco y media y las seis de la mañana de hoy, la población de Caracas perdió el 65 por ciento de sus habitantes. Todos los moradores menores de treinta años aparecieron muertos sin ningún signo de violencia y, no se sabe cómo, se encuentran reunidos en una enorme pirámide en el Parque del Este. En estos mismos momentos, una comisión del Ministerio de Sanidad, acompañada por funcionarios de la Administración de Parques y Jardines, se encuentra en el Parque del Este estudiando la situación. Pero estoy en capacidad de informarles, con base en datos preliminares, que no se trata de ningún fenómeno epidémico conocido. Tampoco creemos que se pueda atribuir la causa a acciones terroristas. Algunos de los cadáveres identificados pertenecían a connotados dirigentes guerrilleros de las distintas tendencias. En resumen, no creemos que lo sucedido se debe a ningún tipo de acción natural o humana, y sólo podemos definirlo con esa expresión jurídica conocida con el nombre de ‘Acto de Dios’.
Indudablemente, conciudadanos, que lo ocurrido nos ha sumido en la consternación, pero creo mi deber de Primer Mandatario el extraer de las circunstancias aspectos positivos. Estos aspectos llenarán de nuevo y rico sentido la vida de la Nación.
En primer lugar, a partir de esta mañana nos hemos convertido en la ciudad más rica del mundo. El Producto Territorial per capita del Área Metropolitana se ha multiplicado repentinamente por tres, al reducirse a la tercera parte la población de la ciudad. (Aplausos).
En segundo término, han desaparecido instantáneamente nuestros más graves problemas sociales: la delincuencia juvenil, la infancia abandonada, las guerrillas, las huelgas estudiantiles. (Ensordecedores aplausos).
Estos dos factores nos colocan en una posición única y privilegiada con respecto al resto del mundo, y mi gobierno ha considerado que tenemos la oportunidad histórica más grande que se nos haya presentado para acabar para siempre con los males que corroen a toda sociedad, y que provienen, como todos sabemos, de una descarriada juventud.
Por estas razones, leeré para Uds. el articulado principal de un Decreto que saldrá publicado esta noche en la Gaceta Oficial.
Articulo 1º. Se establece en todo el territorio del Área Metropolitana de Caracas el Servicio Obligatorio de Esterilización.
Articulo 2º. Se nombra al ciudadano doctor Gonzalo Mejías, Comisionado Especial de la Presidencia para la Esterilización Obligatoria.
Artículo 8º. Las necesidades de poblamiento del Área Metropolitana de Caracas serán cubiertas por un número de inmigrantes mayores de treinta años que será determinado por el número de defunciones que ocurran dentro del mismo territorio.
Parágrafo único. Para el control de las defunciones e inmigraciones se establecerá un mecanismo de coordinación entre los ministerios de Relaciones Interiores, Relaciones Exteriores y Sanidad y Asistencia Social”.
El Presidente no pudo hablar más por el concierto de aplausos que se desatara a la lectura del decreto. Saludando con su mano derecha, se retiró del recinto.
Todos los televisores de Caracas fueron apagados al mismo tiempo.
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En marzo de 1980, Caracas conoció un estado de violencia que no tenía precedentes. De todas partes surgieron patotas de motociclistas, armados con pistolas, puñales, cadenas y trozos de manguera rellenos de plomo.
La patota de San Bernardino era la mas temible de todas. La comandaba el famoso “Car’e Cáncer”, repulsivo viejo de sesenta y siete años que tenía el récord de haber destruido mas de veinte dentaduras mediante el efectivo procedimiento de golpear la boca de sus víctimas con el filo de una acera.
Había también la patota de “Los Inmunes”, formada por tres senadores y quince diputados, con representación de todos los partidos. Esta pandilla era el horror de los alrededores del Capitolio, hasta el punto que el Congreso se vio obligado a sesionar en el Panteón Nacional.
La droga era distribuida con mayor profusión cada día, y al Parque de Los Caobos se le conocía por el remoquete de “Parque de la Mafafa”.
Para el 30 de junio no quedaban muchos síntomas de comportamiento adulto. Hasta los gobernantes más encumbrados buscaban la manera de jubilarse del trabajo, y muchos ministros llevaban chuletas para su presentación de cuentas al Presidente.
El 19 de julio de 1980, Caracas tenía un solo habitante. Era Cecilia, quien paseándose sin rumbo por la íngrima ciudad se detuvo de pronto sin aliento al ver que un joven que apareciera de la nada corría en dirección a ella.
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III. Todo
Existe al lado del universo un antiuniverso. Alicia, la del País de las Maravillas, lo descubrió una vez al atravesar un espejo, Los físicos modernos lo descubrieron más tarde. El protón tiene su antiprotón, el neutrón su antineutrón, el electrón su antielectrón. Existe una antimateria para cada gramo de materia.
Fernando vivía en el universo y Cecilia en el antiuniverso (¿no sería al revés?)
La bomba amarilla de Fernando había originado la bomba morada del mundo de Cecilia.
Y la segunda fumigación del universo caraqueño había producido el efecto inverso en la Anticaracas.
Por una rendija entre los dos mundos, por una rotura del espejo que les separaba, Fernando y Cecilia pudieron materializarse cada uno en el mundo del otro.
Por eso Fernando no corría hacia un espejismo, ni Cecilia estaba viendo acercarse un fantasma.
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Fernando y Cecilia se amaron largamente.
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luis enrique ALCALÁ
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