Música mexicana

Bailarines de la Escuela de la Música Mexicana

Bailarines de la Escuela de la Música Mexicana

A Eugenia en su cumpleaños

Lo que se llamara la Edad de Oro del cine mexicano se inició en 1936, con la película Allá en el Rancho Grande que protagonizara Tito Guízar. Naturalmente, es la ranchera del mismo nombre la más famosa de sus canciones, y las rancheras son usualmente propias para la ventilación terapéutica de algún despecho. Allá en el Rancho Grande es una excepción, y aquí la canta nadie menos que el grandísimo Pedro Vargas acompañado de mariachi.

Allá en el Rancho Grande

Las rancheras son, obviamente, música de los iberoamericanos, del territorio más norteño de la inmensa zona que se comunica en español o portugués en el continente americano. La anterior es huérfana de padre, aunque su composición se atribuye a Silvano Ramos. En cambio, se sabe que Quirino Mendoza y Cortés compuso Cielito lindo en 1882. La versión que ahora se presenta trae esta memorable canción en la voz de Alfredo Sadel, o Alfredo Sánchez Luna (1930-1989), de quien pocos saben que trabajó como dibujante de publicidad en McCann Erickson bajo las órdenes de nadie menos que Carlos Cruz Diez. «El tenor favorito de Venezuela» canta, con introducción y todo, una pieza que todos nosotros hemos cantado alguna vez.

Cielito lindo

María Joaquina de la Portilla Torres (1884-1951), nacida en León, Guanajuato, fue más conocida como María Grever. Autora de famosísimas canciones—Cuando vuelva a tu lado, Te quiero dijiste (Muñequita linda), Por si no te vuelvo a ver, Lamento gitano—compuso igualmente para el cine y las salas de concierto. Pero es seguramente la más famosa de sus más de ochocientas canciones Júrame, una pieza que ha cantado todo tenor que se respete. Aquí la interpreta Rolando Villazón, su compatriota, a quien vemos imponerla con su poderosa garganta en el Waldbühne de Berlín en un recital del año 2006.

Y es de sangre maya el autor de Contigo aprendí y una interminable lista de maravillas, Armando Manzanero. El más prolífico de los boleristas modernos de América Latina, sólo ha compuesto todavía la mitad de las canciones que creara María Grever, meras cuatrocientas, pero seguramente recordamos más de su inspiración. El bolero mencionado es cantado ahora por Alejandro Fernández, El Potrillo.

Contigo aprendí

Yucateco como Manzanero era Luis Demetrio (Traconis Molina), otro exitoso compositor de boleros. La puerta es tal vez su canción más famosa, quizás sólo superada por Si Dios me quita la vida, que aquí canta la muy extraordinaria voz, con registro asombroso, de Marco Antonio Muñiz, gente de Jalisco.

Si Dios me quita la vida

Teddy Fregoso nació en un pueblo de Jalisco con nombre de revolución, puesto que se llama Degollado, en 1925. Dejó atrás la tauromaquia y el teatro para seguir su fuerte vocación musical, pero hizo su carrera principal en los Estados Unidos en mercadeo y publicidad. (En California, dirigió la campaña presidencial de Jimmy Carter, con obvio éxito). De él se trae acá Sabrás que te quiero, la canción que haría muy popular el boliviano Raúl Shaw Moreno, quien la canta.

Sabrás que te quiero

Es el marketing contemporáneo, por otra parte, lo que seguramente ha potenciado más de lo que ya habría logrado por sí mismo el estupendo cantante Luis Miguel (Gallego Basteri). Ha enseñado a nuevas generaciones los números clásicos del repertorio de grandes boleros. Aquí interpreta, sin embargo, la canción relativemente reciente La Bikina, creada por Rubén Fuentes (Ciudad Guzmán, 1926) en 1964. (El compositor tomó la idea de su hijo, quien le dijo en una playa que las mujeres que usaban bikinis debían llamarse bikinas. Para una relación de la Leyenda de La Bikina, puede consultarse Wikipedia en Español).

La Bikina

Y ¿quién sería más charro que Jorge Negrete, aquí acompañado por el Trío Los Calaveras en El Rey, la archiconocida ranchera del nativo de Dolores Hidalgo (Guanajuato) José Alfredo Jiménez?

El Rey

Después del himno precedente, sólo puede cerrar esta escasa muestra musical de México lindo y querido el verdadero Rey, Agustín Lara. Helo aquí interpretando, al piano y con su voz cascada, la canción que compuso a su gran amor: María Bonita. (Es el tercer nombre de la hija bien nacida, bella como la Félix). LEA

María Bonita

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Más de dos guitarras

Exhibición del Musée de la Musique, París

Exhibición del Musée de la Musique, París

 

Nada es más hermoso que una guitarra, salvo tal vez dos.

Federico Chopin

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Despejemos de una vez el Teorema de Chopin. Su primera afirmación es que no hay, instrumentalmente hablando, un sonido más hermoso que el de una guitarra. (El polaco no quiso decir que una guitarra, a pesar de su forma acinturada, fuera más hermosa que George Sand, sino que sonaba más bellamente que un piano). Alessandro Ignazio Marcello (1673-1747) tiene un delicioso Concierto para oboe y orquesta en Re menor, del que es el Adagio el movimiento más conocido. Tan estupendo es que nadie menos que Johann Sebastian Bach lo transcribió para que el clavecín sustituyera al oboe. (Bach era hombre de teclados, así que en ese arreglo podía tocarlo él mismo). Es el mismo movimiento lento que suena en una escena de Las fresas de la amargura, una película de 1970 que se centra sobre las protestas estudiantiles en universidades estadounidenses en 1968, el año del «Mayo Francés». Una pareja de jóvenes enamorados se calza audífonos y escucha el Adagio, pero ya no es el oboe el instrumento solista, sino una guitarra, según arreglo de Ian Freebairn-Smith, quien dirige la orquesta de la Metro-Goldwyn-Mayer. Para calibrar la verdad de la premisa, escuchemos primero la enunciación del tema principal del movimiento en oboe y, a continuación, el movimiento entero tal como sonó en The Strawberry Statement.

Adagio – Oboe

Adagio – Guitarra

john_williams

John Williams

Julian Bream

Julian Bream

Se me pone que la proposición primera de Chopin es verdadera. Ahora escuchemos dos guitarras; John Williams (no el compositor fílmico sino el guitarrista clásico inglés) hace dúo con Julian Bream para interpretar la Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel.

Pavana

Álvaro Pierri

Álvaro Pierri

Bueno, ahí no estoy seguro. Creo que prefiero la versión original en piano, el instrumento de Federico, pero la guitarra es muy capaz de fiereza y también de dulzura, y es esta última cualidad la que basta para consagrar como suprema la hermosura de su sonido. Otras guitarras demostrarán la cosa. Empecemos por Heitor Villa-Lobos, de quien vienen en sucesión dos piezas: primero, su Preludio #1, después, el Chôro #1. Los ejecutantes son Julian Bream y luego el maravilloso guitarrista uruguayo Álvaro Pierri.

Preludio

Chôro

Jan Vermeer: Koven tocando guitarra

Jan Vermeer: Mujer joven tocando guitarra

Si algún país se ha apropiado de la guitarra, ése es España. No hay una guitarra inglesa o una italiana, pero se habla con propiedad de la guitarra española (y de una portuguesa). La vihuela de los siglos XV y XVI, instrumento español, determinó el desarrollo técnico de la guitarra, y siendo la España imperial señora de los Países Bajos, la guitarra fue muy popular en esas naciones cultas. Además de esas razones históricas, la muy española música flamenca tiene una guitarra por columna vertebral, venida de la guitarra morisca. De hecho, el Diccionario de la Lengua Española informa que el nombre del instrumento viene del árabe qīṯārah, éste del arameo qipārā que en última instancia viene del griego κιθάρα (cítara); el inglés guitar viene directamente del español. Luego, España ha producido guitarristas eximios: el Papa de la Guitarra en el siglo XX fue, sin que quepa la menor duda, Andrés Segovia. Escuchemos su impecable ejecución de Asturias, de la Suite Española de Isaac Albéniz, y el Trémolo de Francisco Tárrega.

Asturias

Trémolo

Y a Paco de Lucía, que del mismo Tárrega toca acá su Capricho árabe, y a Pepe Romero, que interpreta la Andaluza de Enrique Granados.

Capricho árabe

Andaluza

Francisco Turina compuso un Homenaje a Tárrega en guitarra; en comprobación de que la música y la guitarra españolas son universales, escuchemos ahora al guitarrista austriaco Konrad Ragossnig, en los dos primeros movimientos de esa suite: Garrotín, Soleares.

Homenaje a Tárrega

Alirio Díaz

Alirio Díaz, heredero de Andrés Segovia

Venezuela es, naturalmente, «la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo hispánico». La música para guitarra compuesta en esta tierra está indisolublemente unida a la figura de Antonio Lauro. Hijo de un barbero inmigrante de Italia (que cantaba acompañado de la guitarra), Lauro nació en Ciudad Bolívar y se hizo músico y profesor académico que tocaba muy bien el instrumento y componía para él.  También, dicho sea de paso, sufrió prisión (1951-52) durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez por sus posturas democráticas. Entre sus numerosas piezas para la guitarra, se escoge acá el vals Carora, interpretado por él mismo. Carora es, por supuesto, una ciudad de vocación musical; no en balde son de sus cercanías Alirio Díaz, a quien nadie menos que Joaquín Rodrigo le dedicara Invocación y Danza, y el hábil y preciso guitarrista que es Rodrigo Riera. A continuación de Carora, podremos oír a Alirio Díaz en Sevilla, de la Suite Española de Albéniz.

Carora

Sevilla

Agustín Barrios

Agustín Barrios

La guitarra no se quedó al norte de Sudamérica. En latitud muy austral, fue el indiscutible rey del instrumento el paraguayo Agustín Barrios Mangoré (1885-1944). Como Lauro, fue un magnífico ejecutante y un notable compositor. Acá oímos, primero, su Chôro de saudade de las manos de John Williams; luego, se convoca a la fina guitarrista paraguaya Berta Rojas para escuchar el Allegro de la obra cimera de Barrios: La catedral.

Chôro de saudade

Allegro

La música sonada en guitarra tiene una cualidad especial, la de una penetrante y única dulzura. También tiene fuerza y vivacidad; por esto, ni el rock duro pudo escapar al influjo de la guitarra española. Emerson, Lake & Palmer hicieron un arreglo de Los cuadros de una exposición, la genial suite de Modesto Mussorgsky. Por la mayor parte, respetaron la música y el orden expositivo del ruso, pero introdujeron una hermosa canción propia que llamaron The Sage, cantada y acompañada en guitarra «acústica» (la guitarra española) por Greg Lake. He aquí el solo de guitarra en medio de la pieza:

The Sage

Es hora de cerrar este estudio del Teorema de Chopin. Hemos concluido que tenía, por la medida chiquita, la mitad de la razón: la guitarra es un instrumento de belleza insuperable. Para comprobarlo una vez más, de nuevo John Williams, el Príncipe de la Guitarra, se ocupa de tocarla en el expansivo Adagio del Concierto de Aranjuez, la opulenta obra de Joaquín Rodrigo. Eugene Ormandy acompaña con la Orquesta de Filadelfia al gran guitarrista inglés. Es todo por hoy. LEA

Adagio

 

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El tío meloastroquímico

Entre sustancias contemplaba los planetas

Probablemente tío Edgar estudió Química con la esperanza de conseguir la piedra filosofal. Nunca olvidaré el título de su tesis de grado, aprobada con honores: Métodos espectrométricos para la determinación del manganeso en aceros. El arcano y elegante nombre aumentó mi respeto de sobrino afortunado, recrecido ya por el átomo simbólico de berilio en su anillo de graduación. Luego sería el competente Director de la Escuela de Química de la Universidad Central de Venezuela, donde estudió y se graduó.

A mí me explicó qué eran los orbitales, y me regaló el libro de Química Inorgánica de Mellor, con larga dedicatoria. Fue uno de mis maestros iniciales de música clásica, y quien descubrió a mis oídos el mundo de la ópera. No puedo contar las mañanas y las tardes que dedicamos a oír sus cantantes favoritos, mientras me explicaba el drama o elogiaba una voz. Mucho antes, hizo para mí un paracaídas con cordel y un pañuelo, que lanzó desde el balcón de Aragonesa, la casa de mi abuela, mi primera casa. Nos tiramos pelotas de béisbol. Lo escuché al piano.

Supo de química cuántica y a pesar de eso quiso preservar enseñanzas astrológicas. Enseñó ciencia, aprendió música y la hizo en canto y en instrumento, fue político de la universidad. Murió hoy el varón menor de los Corothie-Chenel, hermano de mi madre, y siento un agujero negro.

En su memoria, traigo acá una canción de Jan Sibelius en la voz impar de Jussi Bjoerling, la voz suprema de su panteón de voces. De su recital en Carnegie Hall, el 24 de septiembre de 1955 y acompañado al piano por Frederick Schauwecker, tomo Svarta rosor (Rosas negras). La vida de mi tío merece unos aplausos como los que se oyen al fin. Fue un hombre que jamás se apartó de la rectitud. LEA

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Sacrilegio sinfónico

Tumba de Sergei y Natalia Rachmaninoff en el Cementerio Kensico, N. Y.

Tumba de Sergei y Natalia Rachmaninoff en el Cementerio Kensico, N. Y. (clic amplía)

 

Sergio y Natalia, parado y sentada 2dos. desde la izq. en Ivanovka

Sergio y Natalia, parado y sentada, 2dos. desde la izq. en Ivanovka

Sergei Vasilievich Rachmaninoff reposa apropiadamente en el Cementerio Kensico del pueblo neoyorquino de Monte Agradable (Mount Pleasant, condado de Westchester) en la comunidad de Valhalla. Era, por derecho adquirido a punta de música hermosa, un dios cuyo ocaso acaeció el 28 de marzo de 1943, faltando cuatro días para su septuagésimo cumpleaños, a causa de un melanoma. Se despidió de los mortales comunes en Beverly Hills, Los Ángeles, California, y habría querido que lo enterraran en la Villa Senar a las orillas del lago suizo de Lucerna, pero la II Guerra Mundial hizo imposible el cumplimiento de ese deseo. Había adquirido la villa—su nombre se componía de Sergio y Natalia (su esposa, de apellido Satina) más la inicial del apellido de la pareja—y  la había modelado según sus recuerdos de Semyonovo, la propiedad de sus padres cercana al Gran Novgorod donde naciera el 1º de abril de 1873 y viviera su primera infancia. La última vez que la visitó fue en 1939, poco antes de que la Wehrmacht invadiera Polonia por órdenes de Adolfo Hitler. Ya antes, había huido con su esposa y sus dos hijas del comunismo pasando con poquísimos enseres, que incluían la partitura de una ópera de Rimsky-Korsakoff (El Gallo de Oro) y una suya incompleta, en un trineo abierto sobre el hielo que compartían Rusia y Finlandia en 1917, mientras otra Gran Guerra no había cesado de un todo.

Monumento a Rachmaninoff en Veliky Novgorod (foto de Marianne Alkonost)

Monumento a Rachmaninoff en Veliky Novgorod (foto de Marianne Alkonost)

Ahora, calles de Veliky Novgorod, cerca de su casa natal, y Tambov llevan su nombre, como una sala íntima del Conservatorio de Moscú, y en el Conservatoire russe de Paris Serge Rachmaninoff se enseña música mediante lecciones en francés y ruso.

Pero, durante un tiempo, la calidad de la música de Rachmaninoff fue puesta en duda. He tenido amigos que pretendían ser puristas apreciadores del arte sonoro y creían que yo debía avergonzarme de mi gusto por sus composiciones. Lo mismo sostenía el Diccionario Grove de Música y Músicos; en su edición de 1954, declaraba que eran «de textura monótona, consistente por su mayor parte en melodías artificiales y efusivas», llegando a pronosticar que su aprobación por el público no sería duradera. Sin embargo, Harold C. Schonberg, el primero en recibir el Premio Pulitzer de Crítica (1971), fustigó esa opinión en su Vida de los Grandes Compositores: «Se trata de uno de los juicios esnob más indignantes y aun estúpidos que se pueda encontrar en una obra supuesta a ser una referencia objetiva». En efecto, pocos compositores han logrado el dominio del arte de crear música como Rachmaninoff: la rica armonización de sus obras, la eficacia de su orquestación, sus inteligentes ritmos y, sobre todo, el lujo de sus opulentas melodías, no necesitan la aprobación de quienes son capaces de sospechar de una hermosura franca e inmediata que infunde intensas emociones.

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Parte del corno inglés al inicio

Parte del corno inglés al inicio de la sinfonía

Probablemente, Schonberg tendría por sacrílego el acto que estoy a punto de cometer: presentar una obra de Rachmaninoff a la que apreciaba especialmente, su Segunda Sinfonía (en Mi menor, op. 27) completa, pero con cada uno de sus cuatro movimientos interpretado por un director diferente. (No se enterará, pues Schonberg murió en 2003, así que no podrá reprenderme con su cáustico verbo). Es así como se ensambla acá un primer movimiento ejecutado por la japonesa Orquesta Sinfónica NHK, bajo las órdenes del berlinés estadounidense André Previn, uno segundo dirigido por el gran latvio Mariss Jansons ante la mejor orquesta del mundo, la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam, uno tercero en la sedosidad de la Orquesta de Filadelfia que lograra el húngaro Eugene Ormandy, quien aquí la conduce, y uno último dirigido por el ruso Kiril Kondrashin, de nuevo con el regalo de los músicos de atril holandeses para cerrar un concierto en vivo (el 18 de agosto de 1980), del que se preserva el comienzo de la ovación del público en la sala del Concertgebouw.

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 I. Largo – Allegro moderato (Previn-NHK)

II. Allegro molto (Jansons-Concertgebouw)

III. Adagio (Ormandy-Filadelfia)

IV. Allegro vivace (Kondrashin-Concertgebouw)

Es una de mis obras musicales favoritas; estoy seguro de que lo es o lo será de usted. LEA
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Música para la semana

Servicio religioso de la Pascua Rusa

Servicio religioso de la Pascua Rusa

La semana que culmina el período litúrgico de la Cuaresma siempre ha tenido música. Alguna es propia de ese tiempo, como la Pasión según San Juan y la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach, o la Pasión según San Lucas de Krzysztof Penderecki o el Popule Meus de nuestro José Ángel Lamas. Pero no es sólo música culta y triste la que suena. En la Quema de Judas, cuya preparación comienza en muchas ciudades venezolanas un mes antes del Domingo de Resurrección, se canta y se baila alegremente mientras se equipara algún personaje, usualmente un político, al traicionero Sr. Iscariote. Tampoco es música lacrimosa la que suena en las playas del país, que se repletan con gente de asueto, ron o cerveza y trajes de baño en Semana Santa.

Pero sólo se encontrará en esta entrada una pieza, la última, que tiene que ver con el tiempo litúrgico. Y es que la música buena es más poderosa que cualquier calendario, sea éste maya, juliano o gregoriano. Aquí va música porque nos place a todos en cualquier tiempo y lugar. Comencemos, apropiadamente, por una obertura.

Cartel de la "verrsión de Paris"

Cartel de la «versión de París»

Es una de las oberturas más interpretadas en conciertos la de la ópera wagneriana Tannhäuser, estrenada en Dresden en 1845. Richard Wagner la recompuso para una presentación en París en 1861, atendiendo peticiones específicas de Napoleón III. El compositor alemán quería ser bien recibido en Francia luego de su exilio de Alemania, así que insertó un ballet en el primer acto y cambió la versión original en otras partes de la ópera. Pero Tannhäuser, un miembro de la Orden Teutónica que probablemente peleó en la Quinta Cruzada (1213-1221) y que también fue juglar—Minnesänger, cantor de Minne o canciones de amor (los boleros medievales)—y poeta, tuvo importantes interacciones religiosas. Habiendo pasado un año en Venusberg (la Montaña de Venus), fue a Roma a pedir el perdón papal de sus pecados. La leyenda dice que Urbano IV se negó y le dijo que eso era tan imposible como que su báculo pontifical floreciera. Tannhäuser se retiró frustrado, y a los tres días de su partida el cayado papal echó flores. Urbano mandó a buscarle para absolverlo pero ya Tannhäuser había regresado al Monte de Venus, de donde nunca, explicablemente, regresó. Horst Stein dirige la Orquesta Sinfónica de Bamberg en la famosa obertura de Wagner.

Obertura de Tannhäuser

Vincent van Gogh: L'Arlesienne (Madame Ginoux)

Vincent van Gogh: L’Arlesienne (Madame Ginoux)

Georges Bizet compuso la música incidental a L’Arlesienne (la muchacha de Arles), un breve drama escrito por Alphonse Daudet. (Francesco Cilea compondría después una ópera del mismo nombre sobre la historia de Daudet, llevada a libreto por Leopoldo Marenco). La historia, en verdad un cuento, es simple. La chica de Arles es amada por Fréderi, un joven campesino con quien ha pactado casarse. Pero éste descubre que ella ha sido infiel antes de la boda y procede a enloquecer, y a pesar de los intentos de su familia por salvarle termina arrojándose de un balcón y muere. La obra no tuvo mucho éxito en las tablas—cerró luego de veintiuna representaciones—, pero la música se ha hecho inmortal en dos suites de cuatro movimientos cada una, la primera publicada por el mismo compositor en 1872 y la segunda, luego de su muerte, en 1879 gracias a la selección y arreglo de Ernest Guiraud. Acá escuchamos el primer movimiento—Pastorale—de la Suite #2 de L’Arlesienne en los instrumentos de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín que dirige Heinz Rögner.

Pastorale

Grieg en la cola de un avión de Norwegian Air

Anton Seidl, el director de la Orquesta Filarmónica de Nueva York en 1864, decidió orquestar cuatro de las cinco Piezas líricas que Edvard Grieg había compuesto para piano y agrupado como su opus 54. (Grieg compuso, entre 1867 y 1901, un total de sesenta y seis de esas Lyriske stykker, agrupadas en diez «libros». Destaca entre ellas Bryllupsdag på Troldhaugen, Día de bodas en Troldhaugen, incluida en El misterio de las 88 teclas en este blog). A su selección, Seidl la llamó Suite noruega, la que fue reorquestada por el propio Grieg, luego de comunicar a la viuda del director austro-húngaro que el trabajo de su esposo tenía mucho valor, pero en algunos casos había transformado el carácter de las composiciones. (El compositor noruego, sin embargo, cambió el título del grupo a Suite lírica). Es la más hermosa de ellas, sin duda, el Notturno, que aquí suena por la Orquesta del Festival de Budapest bajo la conducción de Pavel Urbanek. El Notturno pertenece al Libro V, publicado en 1891. Una buena cantidad de pianistas importantes—entre ellos Walter Gieseking y los rusos Emil Gilels y Sviatoslav Richter—han grabado algunas de las sesenta y seis bellas piezas, y del mismo Grieg se conserva unos cuantos rollos de pianola con su ejecución, los que fueron pasados a disco compacto por el sello noruego Simax.

Notturno

Una verdadera fantasía

Una verdadera fantasía

Quien haya visto el filme Fantasía (1940) del gran Walt Disney habrá disfrutado de La danza de las horas, la música de ballet de La Gioconda, la más conocida de las óperas de Amilcare Ponchielli. Hipopótamos, cocodrilos, avestruces, elefantes, danzan impecablemente la vivificante música del italiano en una película que mereció elogios de importantes críticos musicales y de cine. (A algunos puristas les molestó la conjunción de melodías e imágenes, o la dirección de Leopoldo Stokowski, el caprichoso Director de la Orquesta de Filadelfia). El ballet es el cierre del penúltimo acto (tercero) de la ópera, y describe las horas del amanecer, las horas diurnas y el atardecer y las de la noche y la mañana. En la escena, se trata de un agasajo de baile a los huéspedes de Alvise, jefe de la Inquisición, quien los recibe en un gran salón que colinda con la cámara de ejecuciones. Disney confió en 1982 a Irwin Kostal la regrabación de las pistas de audio de Fantasía, con una orquesta y un coro especialmente ensamblados para la ocasión. Es su versión la que aquí se oye.

Danza de las horas

Sibelius: traje tropical en clima frío

Sibelius: vestimenta clara en clima frío

Jan Sibelius fue amado por sus coterráneos, los finlandeses. No en balde compuso el poema sinfónico Finlandia (ver en este blog Música política), que se convirtiera en el himno informal de su país. Al llegar su quincuagésimo cumpleaños (1915), el gobierno finlandés le encargó una obra que terminó siendo su Quinta Sinfonía en Mi bemol mayor, opus 82. Es una obra en la que Sibelius cedía a la presión de los cambios en la música sinfónica, ejercida por obras importantísimas de Igor Stravinsky, Richard Strauss y los impresionistas franceses (Claude Debussy y Maurice Ravel). Así, esta sinfonía tiene una estructura que se aleja de la forma sonata estricta—la «deformación de la sonata», llamó a esto el historiador de la música James Hepokoski—, mientras preserva el lenguaje orquestal típico del compositor. Está formada por tres movimientos, lo que ya es inusual, y se ha convertido, junto con la Primera y la Segunda Sinfonías, en una de las preferidas del público y las orquestas entre las siete obras de esta clase compuestas por Sibelius. Vladimir Ashkenazy dirige la Orquesta Philharmonia en el tercer movimiento (Allegro molto – Misterioso – Un pochettino largamente – Largamente assai – Un pochettino stretto).

Finale

De mano del autor

De mano del autor (clic amplía)

Menos revolucionaria, la Sexta Sinfonía en Si menor (op. 74) de Pyotr Illyich Tchaikovsky concluye, no obstante, con un anómalo movimiento lento: Adagio lamentoso – Andante. Se trata de la famosísima Sinfonía Patética, una obra para exorcizar los demonios personales del atribulado compositor ruso, según juicio de Modesto, su hermano. Fue éste quien dio el nombre Патетическая a la obra, conocida en todo otro idioma por la traducción al francés: Pathétique. (Tchaikovsky dedicó la pieza a un joven de quien estaba entonces enamorado, su sobrino Vladimir Davydov). El autor quiso llamarla Sinfonía de programa, esto es, con ideas que representaría con música, pero prefirió no revelar sus sentimientos. El musicólogo Richard Taruskin sugirió que Tchaikovsky seguía un programa de suicidio. En todo caso, el último movimiento es de una belleza desgarradora y ciertamente fúnebre. El propio compositor condujo la première en San Petersburgo el 28 de octubre de 1893; nueve días después, el genial músico moría, a los 53 años de edad, quizás de una infección de cólera, tal vez por su propia mano. De todos modos, tuvo tiempo de hacer unas pocas correcciones menores a la partitura, y es con ellas que la obra se ejecuta hoy en día. Claudio Abbado se encarga de la Orquesta Sinfónica de Chicago en este punto.

Adagio lamentoso – Andante

La versión de Muti

La versión de Muti

Tchaikovsky compuso a sus veintiocho años la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta (ver en este blog Una pieza perfecta). En 1935, otro compositor ruso, Sergei Prokofiev, compuso música brillante para satisfacer un encargo del Ballet Kirov, su ballet Romeo y Julieta. (El Ballet Bolshoi había rechazado previamente la música por considerarla imposible de bailar). La obra completa consta de cincuenta y dos números en cuatro actos, siendo el último el Epílogo. A partir de su compleción, trozos del ballet fueron ejecutados en Moscú y los Estados Unidos en forma de las suites seleccionadas por Prokofiev; el ballet entero no sonaría hasta 1938, cuando su estreno ocurriera en la ciudad de Brno (Checoeslovaquia). Son las suites (op. 64bis, 64ter y 101) las que han popularizado la maravillosa música, aunque el ballet mismo es uno de los más frecuentes en el repertorio mundial. El vigoroso director italiano Riccardo Muti conduce a la Orquesta de Filadelfia (de la que fue su Director Musical entre 1979 y 1992) en un número del acto final:

Romeo ante la tumba de Julieta

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Música brillante

De muy distinto carácter es otro ballet, El sombrero de tres picos, obra cimera del español Manuel de Falla. El empresario de ballet Sergei Diaghilev (Les Ballets Russes) encargó la obra en 1917 (première en 1919), como antes había encargado a Igor Stravinsky, entre 1910 y 1913, nada menos que El pájaro de fuego, Petrushka y La consagración de la primavera. Don Manuel, pues, estaba en muy buena compañía, a la que se sumó el lujo de Pablo Picasso en el diseño de vestuario y escenografía. (Para completar la cosa, Léonide Massine creó la coreografía y Ernest Ansermet dirigió la Orquesta de la Suisse Romande en el Teatro Alhambra de Londres). Originalmente, la obra fue un ballet de pantomima a ejecutar por una orquesta de cámara: El Corregidor y la molinera. Diaghilev estuvo en el estreno de esta música y pidió al compositor que la reescribiera, lo que Falla ejecutó para una orquesta plena con gran brillantez. Las melodías, las armonías y los ritmos son inconfundiblemente españoles, más específicamente, andaluces; es decir, música elegante y energizante. Seguimos con Muti y los filadelfianos en la ejecución de las Suites 1 & 2 de Le tricorne.

El sombrero de tres picos

Copia de La procesión de Pascua (Illarion Pryanishnikov) en calle de San Petersburgo

Copia de La procesión de Pascua (Illarion Pryanishnikov) en una calle de S. Petersburgo

Tal vez contradictoriamente se cierra esta entrada con otra obertura—que deja abierta la vena musical de este blog a próximas inclusiones—, pero es que lo que sigue es la única pieza pascual de esta entrega: la Obertura del Festival de la Pascua Rusa—comúnmente conocida como la Obertura de la Gran Pascua Rusa—, de Nikolai Andreievich Rimsky-Korsakoff, el mago de la orquestación. Rimsky fue uno de los famosos Cinco, el grupo de compositores nacionalistas rusos inspirados por la obra de Mikhail Glinka. Sus cuatro colegas eran Mily Balakirev, Alexander Borodin, César Cui y Modesto Mussorgsky. Es a la memoria de Borodin y Mussorgsky que Rimsky compuso esta obertura entre 1887 y 1888. A fines de este último año, se interpretó la pieza por primera vez, en un concierto de la Orquesta Sinfónica Rusa. En su autobiografía, Rimsky, que era ateo, indicó que quiso representar «el aspecto legendario y pagano de la fiesta, y la transición de la solemnidad y el misterio de la noche de la Pasión del sábado a las desenfrenadas celebraciones pagano-religiosas de la Pascua del domingo por la mañana». Esto es, los ortodoxos rusos se sueltan el moño en Domingo de Resurrección. Clausuran este abigarrado concierto los músicos de la Orquesta Anima Eterna—tocan en instrumentos de la época—bajo la dirección de Jos van Immerseel.

Festival de la Pascua Rusa

Felices Pascuas. LEA

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La sabrosura acústica

AVISO: El Blog de Dr. Político estará en receso durante el mes de febrero. En este lapso, sólo habrá cambios en la Lectura y el Tragaluz de la parte superior de su columna izquierda y, en ella misma cada sábado, la incorporación del audio de la emisión correspondiente de Dr. Político en RCR.

André Rieu: Koning van lekkere muziek

André Rieu: Koning van lekkere muziek

A mis amigos Cornelis y Vera

sabroso. 1. adj. Sazonado y grato al sentido del gusto. 2. adj. Delicioso, gustoso, deleitable al ánimo.

Dicionario de la Lengua Española

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La música es el mejor de los elíxires: entra por el oído y por la piel (especialmente por la que cubre el vientre), pero es posible degustarla como manjar maravilloso; nada mejor para expresar y contagiar la alegría. Naturalmente, hay música melancólica y triste, pues su rango emocional equipara al de los sentimientos humanos, pero puede argumentarse que la que más disfrutamos es aquella que tenemos, simplemente, por música sabrosa.

Shostakovich sobre Mravinsky

Shostakovich sobre Mravinsky

Hay música sabrosa en la que han hecho los grandes compositores clásicos. Juan Sebastián Bach es seguramente el jefe en esta materia; hasta un joropo compuso. No otra cosa es el Allegro que cierra su Concierto de Brandenburgo #3 en Sol mayor (BWV 1.048). Si tiene a mano alpargatas, úselas para iniciar bailando esta entrega musical. (En vez de Juan Vicente Torrealba, tenemos a Simon Addison dirigiendo a la Orquesta Filarmónica Inglesa).

Allegro

No sólo en el Barroco era posible componer música sabrosa. Dmitri Shostakovich podía hacerlo convincentemente, como lo demostró con el 2do. movimiento (Allegretto) de su Sinfonía #5 en Re menor, op. 47. Una versión de lujo está acá por la Orquesta Filarmónica de Leningrado bajo la dirección de Yevgeny Mravinsky, el mismo conjunto y el mismo conductor que estrenaron la obra en 1937.

Allegretto

Después de esta sabrosura sofisticada, noble y de trovador, admitamos nuestras raíces plebeyas—todo el mundo tiene al menos una—y abracemos el canto del juglar. Podemos comenzar por Nuestramérica y pedir a Soledad Bravo que nos cante Déjala bailar en paz. (Que no nos engañe la letra castellana; la pieza es del brasileño Chico Buarque de Holanda, y se llama originalmente Deixe a menina).

Déjala bailar en paz

Barry, Robin y Maurice Gibb formaron el popular grupo los Bee Gees, e hicieron varias canciones de gran éxito. En el filme insignia de la música disco, descuella entre ellas Stayin’ alive, que John Travolta bailó famosamente en Saturday Night Fever (1977) junto a Olivia Newton-John. Hela aquí:

Stayin’ alive

El grupo sueco ABBA—Agnetha Fältskog, Björn Ulvaeus, Benny Andersson y Anni-Frid Lyngstad—llenó los oídos del mundo con música buena y sabrosa en los años setenta y ochenta. Uno de sus números más incitantes al baile alegre es Super Trooper, canción que dio el nombre al álbum en el que se grabara.

Super Trooper

Para los caraqueños, la alegre sabrosura se consigue concentrada en la Billo’s Caracas Boys, la maravillosa orquesta que formó el ilustre inmigrante dominicano Luis María Frómeta Pereira. Todos hemos bailado felices su Canto a Caracas.

Canto a Caracas

Andrea y Eros

Andrea y Eros

Es claro que Andrea Bocelli es uno de los líderes del género crossover (combinación de música clásica y pop); canta con igual propiedad arias de ópera y temas del repertorio popular. Protegido de Luciano Pavarotti, gusta de cantar en compañía de colegas, tal como su mentor lo hiciera. Con Eros Ramazzotti ha cantado muchas veces, e Il mare calmo della sera—canción de Zucchero Fornaciari, Giampiero Felisatti y Gloria Nuties—es una de sus mejores colaboraciones; es muy agradable al oído el contraste de la voz redonda del primero con la áspera del otro.

Il mare calmo della sera

Difícil resulta a los melómanos de esta época concebir la música sin la presencia del guitarrista andaluz Paco de Lucía. Inolvidable, por ejemplo, es su participación en Carmen, la película de Carlos Saura con la compañía de baile de Antonio Gades. Con Al Di Meola grabó Mediterranean Sundance en 1977; luego, éste formó The Guitar Trio—aumentando el requisito de Chopin («Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras»)—al añadir a John Mc Laughlin, un grupo excepcional que grabó en 1981 Río Ancho-Mediterranean Sundance como oímos a continuación del álbum Friday Night in San Francisco, en una endemoniada fusión de flamenco y jazz.

Río Ancho-Mediterranean Sundance

Hablando de jazz, un álbum experimental del digno género, con altísima popularidad, fue Time Out, por el Cuarteto de Dave Brubeck. Las piezas ocurren en ritmos inusuales, siendo la más convencional Strange Meadowlark que, arrancando en tiempo indefinido, pronto se acomoda en un familiar 4/4.

Strange Meadowlark

En mi memoria auditiva ocupan neuronas muy próximas It’s not unusual, el número que lanzó a Tom Jones a la fama, y Music to watch girls go by, que confirmó la de Andy Williams (fallecido el año pasado a sus 84 años). ¿Quién discutirá que son piezas de música sabrosa?

It’s not unusual

Music to watch girls go by

Toda la música del musical cumbre de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, The Sound of Music, es un festín auditivo, pero seguramente es uno de los números más simpáticos These are a few of my favorite things, que María canta con los niños von Trapp para ahuyentar el miedo. (En teatros desde 1959; en el cine en 1965 con sendos Premios Oscar a la Mejor Película y el Mejor Director). La versión que sigue es de la voz inconfundible de la dueña del rol principal, Julie Andrews.

These are a few of my favorite things

Cartel de película

Cartel de película

Otra María protagoniza West Side Story, el musical con las piezas compuestas por Leonard Bernstein, mítico Director de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. America es un número de entreverado y sabroso ritmo, que cantan los jóvenes portorriqueños liderados por María (Natalie Wood) y Anita (Rita Moreno). Robert Wise, quien había ganado el Oscar como director de la película precedente, había hecho lo mismo en este filme de 1961 en compañía de Jerome Robbins; en total, la película que coloca a Romeo y Julieta en las calles de Nueva York obtuvo de la Academia del Cine diez premios de once nominaciones.

America

Pero si, ya no la Academia del Cine, sino la Sueca como en el caso de Jorge Luis Borges en Literatura, se niega a conceder a José Antonio Abreu el Premio Nóbel de la Paz, insistiré con la candidatura de André Rieu, el violinista y director de orquesta holandés que puede ser tenido como el Isaac Asimov de la música. No sólo es que la divulga, sino que su gusto es, como el del escritor ruso-estadounidense, universal y dirige como éste escribe, con sabrosura. He aquí su rauda versión sintética de la Obertura de Carmen, la ópera magna de Georges Bizet. (Rieu dirige su Orquesta Johann Strauss).

Carmen

Rieu, por otra parte, tiene un sentido espectacular del espectáculo, valga la redundancia. En múltiples ocasiones, se agencia el concurso de otros magníficos artistas, como ahora, cuando convoca a los Coros Evangélicos de Harlem y Soweto para una eléctrica rendición de When the saints go marching in (en Maastricht, la ciudad  capital de la provincia holandesa de Limburg donde se fabricó la Unión Europea).

Valió la pena ese concierto neerlandés a cargo del gran holandés errante, y así cerramos con el testimonio de Mark Anthony quien canta, precisamente y pensando no en Europa sino en la estupendísima Jennifer López, Valió la pena. La salsa, sin duda, es sabrosura pura. LEA

Valió la pena

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