por Luis Enrique Alcalá | Oct 18, 2012 | Música |

La imitación de un aparato de Rube Goldberg tocaría Primavera Apalache de Aaron Copland
Los instrumentos más eficaces tienen una cualidad vocal.
Robert Wyatt
Soft Machine – Canterbury Scene
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Marshall McLuhan vería a un instrumento como extensión de la voz. (Understanding Media: The Extensions of Man, 1964). Después de los pájaros y las ballenas, fueron los hombres y las mujeres quienes hicieron música con sus gargantas y labios, más allá de la percusión meramente rítmica y ruidosa que habrán producido antiguos homínidos. Si, como dice Herbert Read, la imagen precedió a la idea a juzgar por las pinturas de Altamira y Lascaux que antecedieron a la escritura, el canto ha debido anteceder a la palabra. Sería después cuando alguien perdido en la prehistoria descubriría que soplando un caracol podía producir notas definidas; más tarde aún, aparecerían los primeros instrumentos fabricados por los humanos, los espejos de la voz. La flauta simple más antigua data de hace 67.000 años, pero las madres del género Homo ya existían hace dos millones y medio de años; seguramente calmaban el sueño de sus crías con ancestrales canciones de cuna en las planicies africanas. La voz que canta es anterior al instrumento que es su espejo.
Así como la rueda era la extensión del pie y las lentes y los espejos del ojo, evolucionados en tecnológica expansión hasta el carro de Fórmula 1 y el telescopio Hubble, los instrumentos de una orquesta sinfónica son un refinamiento que ha sobrepasado las capacidades sonoras de las cuerdas vocales y, si en ella suena comúnmente una veintena larga de instrumentos distintos, son centenares los instrumentos musicales de hoy día, sin que la invención de muchos nuevos, en la actualidad acicateada por la disponibilidad de la electrónica, se haya detenido. Por mencionar un caso, tan sólo en la categoría de flautas de concierto es posible distinguir ocho tipos diferentes.
Aun así, sigue clasificándoseles por el rango de la voz humana, desde el registro de soprano hasta el de bajo; un sistema (Hornbostel-Sachs) establecido en 1914, los ordena en cambio por el modo de producción del sonido—columna de aire, vibración de una membrana, vibración de una cuerda, vibración del cuerpo mismo del instrumento—y es inclusivo de los instrumentos de toda cultura. Más de dos mil años antes, el tratado Natya Shastra, una exhaustiva obra india sobre las artes de ejecución—música, teatro, danza—, usaba categorías muy parecidas.
Pero incluso la música producida por los instrumentos de percusión puede ser entendida como extendida desde las capacidades de los humanos; todo cultor del flamenco sabe que las palmas son más esenciales que las castañuelas, y Stephen (Steve) Michael Reich (1936) ha producido música con los aplausos de un grupo coordinado:
Clapping music

Un dios nórdico callejero
Reich es, sin duda, un compositor minimalista; antes que él, Louis Thomas Harding (1916-1999), un músico ciego norteamericano que adoptó el nombre artístico de Moondog—decidió vivir en las calles de Nueva York, inventaba instrumentos y se disfrazaba de Odín—tomó inspiración de los ruidos de la calle o sonidos elementales como el de la trompa de niebla de los barcos y remolcadores. En el segundo ábum con su nombre (1969) incluyó una pieza con varios significados y obvia tensión entre el hombre y la máquina: Stamping ground. (Stamping o stomping ground designa a un sitio donde uno pasa considerable tiempo, un terreno que se patea, que en su caso eran las calles de Manhattan. To stomp es marchar pateando el suelo y ruidosamente; zapatear, pues). La pieza permite escuchar al inicio ruidos callejeros, que incluyen los pasos de uno que otro peatón. Moondog dice entonces crípticamente: «Machines remised on men’s reliance, once upon a time, but now that is the opposite: it’s twice upon a time». (Había una vez máquinas que atacaron de nuevo la confianza del hombre, pero ahora es lo opuesto: había dos veces. Remise es en esgrima un segundo ataque luego de que falle uno primero). Ground, por otra parte, es el término inglés para passacaglia (pasacalle), que alude (DRAE) a una marcha popular de compás muy vivo y origen español, pero es una forma musical del Barroco en el que se repite una y otra vez un mismo bajo sobre el que suenan variaciones del motivo repetitivo. (La más famosa es, por supuesto, la Passacaglia y Fuga en Do menor para órgano de Juan Sebastián Bach. Ver en este blog Las músicas azules). Es justamente una passacaglia la forma adoptada por Moondog para la penetrante marcha que escuchamos a continuación:
Stamping ground

La trimba, invento de Moondog
Los instrumentos musicales son máquinas (artificios «para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza»), y hay máquinas creadas para otros propósitos que pueden ser empleadas como instrumentos que hagan música. Leroy Anderson (1908-1975) tiene dos piezas con máquinas puestas en papel musical: The Syncopated Clock (1945)—síncopa: Enlace de dos sonidos iguales, de los cuales el primero se halla en el tiempo o parte débil del compás, y el segundo en el fuerte—y The Typewriter (1950). Oigámoslas una tras otra. (Ver también De la música como retrato, para la estricta imitación de una locomotora Pacific 231 por Arthur Honneger).
El reloj sincopado
La máquina de escribir

Renée Fleming, «The Beautiful Voice»
Puede ocurrir que se prefiera la voz humana al instrumento; lo contrario puede también pasar: hay momentos cuando aun una pieza compuesta para el canto quiera escucharse en versión instrumental. Tal cosa es perfectamente posible, más fácilmente si las melodías son muy hermosas; todo depende del mood. Traigamos ahora cuatro parejas de canto acompañado y sólo instrumentos: Vocalise, de Sergei Rachmaninoff (1873-1943); el Dueto de la flor (Viens Malike), aria de Lakmé, la ópera de Léo Delibes (1836-1891); Canción de la India, de la ópera Sadko de Nikolai Andreievitch Rimsky-Korsakoff (1844-1908); Canciones que me enseñó mi madre, la hermosísima pieza de Antonín Leopold Dvořák (1841-1904) con la que cierra esta nueva entrada musical del blog. Primero sonarán en versión puramente instrumental y luego con voz de féminas cantoras: Rachmaninoff por el Ensemble de Violines del Teatro Bolshoi y Renée Fleming en una canción sin palabras; Delibes por el Cuarteto de Cuerdas de Dublín (todas mujeres) y el dúo extraordinario de Katherine Jenkins y Kiri Te Kanawa (Dame de la Orden del Imperio Británico); Rimsky-Korsakoff en versión de orquesta bajo la batuta de Tommy Dorsey y en la voz de Lily Pons; finalmente, Dvořák por Yo-Yo Ma al violonchelo y de nuevo por Renée Fleming, mi cantante operática favorita en la actualidad. (¿O es Angela Gheorghiu, o Elīna Garanča, o Anna Netrebko, o…?)
Vocalise – Violines del Bolshoi
Vocalise – Fleming
Dueto de la flor – Cuarteto de Dublín
Dueto de la flor – Jenkins/Te Kanawa
Canción de la India – Dorsey
Canción de la India – Pons
Canciones que me enseñó mi madre – Yo-Yo Ma
Canciones que me enseñó mi madre – Fleming
Pero lo mejor es, como acabamos de oír, la voz acompañada, el hombre y el instrumento; más bien, hoy la voz de la mujer enmarcada por la orquesta. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 7, 2012 | Música |

Las cataratas Victoria del río Zambeze, frontera de Zambia y Zimbabue
Todos quisiéramos votar por el mejor hombre, pero él nunca es candidato.
Kin Hubbard
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Uno quisiera que hoy fuera un día tranquilo, que sólo los votos hablaran y fueran atendidos, que respetaran civiles y militares la voluntad de la mayoría que gritará en silencio, como una catarata. Es con ese deseo que contribuyo acá con la voz firme y mayormente serena de quince breves obras musicales, escogidas según el único criterio de la belleza de sus melodías, sin discusión académica acerca de su calidad o nivel. Son, simplemente, melodías que gustan a cualquiera.

Mascagni y sus libretistas
Comencemos, apropiadamente, por el Preludio de Cavalleria Rusticana, la conocida ópera de Pietro Mascagni (1863-1945). Un segundo trozo instrumental de esta obra es mucho más conocido e interpretado, su Intermezzo, pero el Preludio es igualmente hermoso. Edoardo Sonzogno había convocado en 1888 un concurso de óperas en un solo acto para compositores que aún no hubiesen sido representados en un teatro. Mascagni, de 25 años, logró entregar su obra en el último día del plazo y ganó el certamen. No podía ser de otra manera; el día del estreno, el compositor fue requerido al proscenio del Teatro Costanzi de Roma cuarenta veces por la ovación del público. Nos ofrecen esa introducción instrumental los músicos de la Orquesta Filarmónica de Praga, conducidos por Friedemann Riehle.
Mascagni

Enigma, máquina inglesa para descifrar
Las Variaciones Enigma fueron compuestas por Edward Elgar (1857-1934) entre 1898 y 1899. El tema es tratado en catorce variaciones nombradas con enigmáticas claves, la mayoría un conjunto de iniciales. De todos modos, se conoce la identidad de las personas representadas en cada variación: la primera (C. A. E.) es para su esposa, Caroline Alice Elgar; la undécima (G. R. S.) fue inspirada por el perro bulldog de George Robertson Sinclair, el organista de la catedral de Heresford. Elgar se llevó a la tumba el verdadero enigma: la identidad de un tema escondido en la pieza que no es tocado explícitamente y, muy divertido con su travesura, rechazó todas las explicaciones que le fueron propuestas. (Enigma fue, además, el nombre escogido para la máquina que los ingleses usaron en la II Guerra Mundial en la descodificación de comunicaciones alemanas en clave). La más hermosa y expansiva de las variaciones es la novena: Nimrod, en agradecimiento al editor musical Augustus Jaeger, en quien Elgar encontró apoyo y consejo sincero. Nimrod es un patriarca y cazador del Antiguo Testamento, y Jäger significa cazador en alemán. Eugene Ormandy dirige ahora a la Orquesta de Filadelfia (y suya) en la Variación IX.
Elgar

La obra paciente del Colorado
La Suite del Gran Cañón es música típicamente estadounidense, tanto por tema como por línea melódica y apoyo armónico. Es obra de Ferde Grofé (1892-1972), gente de familia musical por el lado paterno y materno. Este neoyorquino hizo mucha música en la radio, y llegó a enseñar orquestación en la prestigiosa Escuela de Música Juilliard. La suite que aquí es representada por su cuarto movimiento, Puesta de sol, es una obra de música descriptiva. (Para escuchar el quinto y último, Chaparrón, ver en este blog De la música como retrato). De hecho, la pieza fue ejecutada por primera vez (Chicago, 1931, año de los cruciales Teoremas de Kurt Gödel) con el nombre de Cinco cuadros del Gran Cañón. Suena la Orquesta Sinfónica del Estado de Utah a cargo de Maurice Abravanel.
Grofé

Saltando al son de los italianos
Andrew Davis dirigirá a continuación a la Orquesta Sinfónica de Toronto para dejarnos escuchar el Nocturno (Moderato) del ballet de Ottorino Respighi (1879-1936) basado en temas de Gioachino Rossini (1792-1868), La boutique fantasque. Una traducción posible de este nombre es La tienda mágica de juguetes o, más simplemente, La tienda caprichosa. El ballet fue estrenado en Londres el 5 de junio de 1919, una semana justa después de que el inglés Arthur Eddington registrara el eclipse solar de ese año mágico—ya no había guerra—en la isla Príncipe del Atlántico africano, logrando una dramática corroboración de predicciones de la Teoría General de la Relatividad que Albert Einstein publicara en 1916 en Annalen der Physik.
Rossini-Respighi

Puede tocar como le dé la gana
Creo que es la segunda de las Danzas Eslavas (en Mi menor) del op. 46 de Antonín Dvořák (1841-1904) la que tiene la más bella melodía de toda la serie. (Ocho piezas, más otras tantas del op. 72). George Szell y la Orquesta de Cleveland se encargan de defender mi fe. Por su parte, Daniel Harding dirige a la Orquesta de Cámara Mahler para acompañar a la despampanante violinista Janine Jansen en el muy breve Valse sentimentale (op. 51 #6) que Pyotr Illich Tchaikovsky (1840-1893) compusiera originalmente para piano. (Estoy enamorado; de su melodía, por supuesto, y de mi señora. ¡Zape, gata!)
Dvořák
Tchaikovsky

El infeccioso disco
Con la orquesta del popular director ruso André Kostelanetz me inicié en una irreversible afición por la música sinfónica, cuando tenía 12 años (yo, no él). Oscar Álvarez de Lemos, padre de mi mejor amigo de la infancia, tenía el disco Columbia CL 747, que por un lado traía la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta de Tchaikovsky, su perfecta obra de juventud, y del otro ponía algunos valses del mismo compositor. Desde que oí la obertura la primera vez quedé patidifuso, y no me tranquilicé hasta que Don Oscar me consintiera llevar la grabación a mi casa, donde no escuché otra cosa, para horror de mi familia, por un mes seguido. Kostelanetz hizo antes que André Rieu mucho por la popularización de la música de los grandes compositores. Ahora interpreta dos arias instrumentalizadas: Vissi d’arte, de la Tosca de Giacomo Puccini (1858-1924) y la maravillosa Mon coeur s’ouvre a ta voix, de la ópera Sansón y Dalila de Camille Saint-Saëns (1835-1921).
Puccini
Saint-Saëns

El alma del Brasil
También en una versión instrumental, escuchemos el Nocturno de las Piezas líricas del op. 54 de Edvard Grieg (1843-1907), originalmente compuestas para el piano. La versión acá colocada es de la Orquesta del Festival de Budapest que dirige Pavel Urbanek. Y, hablando de ese instrumento, es hora de que haga su aparición en el extraordinariamente bello Nocturno #19 en Mi menor (op. 72, #1) de Federico Chopin (1810-1849) en interpretación del pianista chileno Claudio Arrau, un hombre serio. Luego, aprovechando la manida cita del polaco—»Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras»—, traigo aquí la Melodía sentimental de Heitor Villa-Lobos (1887-1959), de las manos del joven guitarrista brasileño Bráulio Bosi.
Grieg
Chopin
Villa-Lobos
Y ¿si hacemos sonar juntos a un piano y una flauta? El gran flautista francés Jean-Pierre Rampal toca acá el movimiento Cantabile de la Sonata para flauta y piano de su compatriota, Francis Poulenc (1899-1963). Este caballero formó parte del grupo que se conociera como Les Six, que además de él incluía a Georges Auric, Louis Durey, Arthur Honegger, Darius Milhaud y Germaine Tailleferre. La obra fue compuesta en 1957, dedicada a la mecenas de la música de cámara Elizabeth Sprague Coolidge y hecha para la interpretación de nuestro concertista, con quien el propio Poulenc la estrenó en el Festival de Música de Estrasburgo.
Poulenc

Director grande, orquesta grande
Aires orientales nos llegan con la Canción de cuna del ballet del armenio Aram Khachaturian (1903-1978), Gayané, de fama por su vertiginosa Danza de los sables. Antal Doráti es el magnífico director de orquesta húngaro puesto el frente de la precisa Orquesta Sinfónica de Londres para nuestro deleite. Gayané es una joven trabajadora de kolkhoz que tiene la mala suerte de haberse casado con Giko, un borracho perezoso. Éste la amenaza con despeñar a la hija común—a quien Gayané ha cantado la canción—y la apuñala, pero es arrestado por Khazakov y la heroína se recupera para reponer su amor con el justiciero.
Khachaturian
Nada parecido transcurre mientras suena la Pavane de Gabriel Fauré (1845-1924), su opus 50 en Fa sostenido menor. Fue compuesta para piano, pero el mismo Fauré produjo luego una versión orquestal que puede ser aumentada con coro, pues se añadió una letra a posteriori, que termina diciendo: «Adieu donc et bons jours aux tyrans de nos coeurs! Et bons jours!» (¡Por tanto adiós y buenos días a los tiranos de nuestro corazón! ¡Y buenos días!). El propio compositor juzgó la pieza como «elegante pero sin importancia». En todo caso, me conformo con su elegancia, que proviene del origen español de esa clase de danza y que Daniel Barenboim resalta al frente de la Orquesta de París.
Fauré

Abetos del bosque finlandés Tsarmikuusikko
He dejado para el cierre de esta selección con broche de platino una pieza hasta hace poco ignorada por mí. Es el movimiento quinto y último de la Suite para piano Los árboles, del compositor finlandés Jan Sibelius (1865-1957): El abeto. Un entusiasmo recentísimo por su hermoso tema me hace ponerlo una y otra vez. Ud. verá, creo, que es tan bueno que parece un bolero de los grandes. El fino pianista japonés Ritsuko Kobata lo interpreta estupendamente.
Sibelius
¿Ya votó Ud.? (Por cualquiera de estas piezas). LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 30, 2012 | Música |

Cinco veces Caruso por un fotomultígrafo (Myers-Cope Co., Atlantic City)
Un gran pecho, una boca grande, noventa por ciento de memoria, diez por ciento de inteligencia, mucho trabajo duro y algo en el corazón.
Enrico Caruso
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Para celebrar un cumpleaños argentino fue puesta aquí La voz de la mujer el 12 de septiembre, una entrada de dieciséis canciones en voces femeninas cuya demagógica y feminista declaración final fue: «…sin la voz de la mujer la propia música sería un error». Es un grande compromiso, por tanto, el contraste de esa ofrenda musical con lo que pueden hacer los varones con su garganta. Un modo desleal de competir es aumentar la oferta a veinte canciones por veinte cantantes y, además, tomarlas en su mayoría del drama cantado: ópera, opereta, zarzuela, musical. Es exactamente una selección ventajista lo que sigue: veinte números por veinte voces masculinas de primerísima línea. Nosotros ganaremos estas elecciones a lo macho.
¿Por dónde empezar? ¿Habrá que seguir criterio cronológico, alfabético, geográfico? Se me pone que para no abusar entraremos poco a poco en profundidades, primero con canciones y sólo después en el mundo del aria operística. Esto nos ofrece la ventaja de escoger la canción napolitana, un género en sí misma, para iniciar la serie con nadie menos que Enrico Caruso (1873-1921), un semidiós del canto. Para su maravillosa voz compuso Salvatore Cardillo la bella canción Core ‘ngrato en 1911. Desde entonces, numerosos cantores italianos la han hecho suya, pero Caruso la cantaba, naturalmente, con gran gusto. Pocas grabaciones hacen justicia a su voz, dada la tecnología de la época; acá nos valemos de una rematrización digital por Tom Froekjaer que recupera buena parte de su registro grave.
Caruso

El gran payaso
Fue en 1880 cuando se estrenara Funiculì, Funiculà, justamente para celebrar la inauguración del funicular en el monte Vesuvio. El periodista Peppino Turco se ocupó de la letra y Luigi Denza proveyó la música. Tiene ésta un entusiasmo que cautivó inmediatamente al público y a compositores como Arnold Schönberg (la arregló para cuarteto de cuerdas), Nikolai Rimsky Korsakoff y Richard Strauss. Los dos últimos creyeron que era música folclórica y la emplearon inadvertidamente en piezas suyas (Rimsky: Neapolitanskaya pesenka, 1907; Strauss: Aus Italien, 1886). A Strauss le salió cara la gracia; Denza lo demandó por plagio y el alemán se vio forzado a pagarle regalías. En 1944, una erupción del famoso volcán destruyó el teleférico conmemorado, pero la canción perdurará por siempre. La canta acá Luciano Pavarotti (1935-2007), que la repopularizó con una interpretación fabulosa.
Pavarotti

La voz de plata
Rudolf Sieczyński compuso Wien, du Stadt meiner Träume (Viena, ciudad de mis sueños) en el año en que comenzaría la Primera Guerra Mundial, el doloroso conflicto de cuatro años que acabó con el Imperio Austro-Húngaro que lo inició sin proponérselo. Fue el mítico cantante austríaco Richard Tauber (1891-1948) quien la cantó mejor que otro cualquiera. Aquí está su voz como fuera grabada en la película Deseo del corazón, realizada en 1935. Si la guerra hizo que las ínfulas imperiales quedaran borradas de una vez para siempre, no así el amor de los vieneses por su ciudad, una de las más hermosas del mundo, asiento de refinada y desarrollada civilización (Universidad de Viena, Filarmónica de Viena, Círculo de Viena, Sigmund Freud, Franz Schubert, Arnold Schönberg, Otto Wagner, Gustav Klimt, Porcelana de Augarten, Wiener Schnitzel, Sachertorte). Debemos mucho a esa ciudad soñada.
Tauber

Uno de la Trinidad
Era de Tauber su canción insignia Dein ist mein ganzes Herz (Tú eres mi corazón), el aria más popular de la opereta El país de las sonrisas (Das Land des Lächelns), compuesta por Franz Lehár, el autor de La viuda alegre, en 1929. Pero desde los conciertos de «los Tres Tenores»—Luciano Pavarotti, Plácido Domingo, José Carreras—es a éste último a quien se le ha dejado la interpretación de la hermosa pieza. Una versión más antigua de la opereta (1923) fue producida bajo el nombre Das gelbe Jacke (La chaqueta amarilla) con poco éxito. La posterior revisión de Lehár, estrenada en el Teatro Metropol de Berlín, la transformó en una de las más apreciadas operetas del compositor, cuya acción alterna entre Viena y China. Aquí está el catalán Josep Maria Carreras i Coll, nacido en 1946, valiente vencedor de la leucemia en dura batalla de 1988.
Carreras

La muerte prematura
Nos cuesta salir de Viena, donde oímos ahora Grüß mir mein Wien (Saludos a mi Viena) un aria compuesta por Emmerich Kálmán (Imre Koppstein, húngaro) para su opereta Gräfin Mariza (La condesa Mariza, Viena, 1924). Como en las más de las operetas vienesas, el asunto es intrascendente, lleno con las frívolas preocupaciones y enredos de condes y condesas. El número ha sido encargado por este blog a Fritz Wunderlich (1930-1966), fallecido a raíz de un accidente doméstico en la casa de campo de unos amigos, donde cayó por una escalera días antes de cumplir 36 años. Antiguo panadero, había estudiado canto y aprendió a tocar el corno francés; entre sus pasatiempos favoritos estaban la cacería y manejar carros veloces. En su corta carrera, el cantor alemán llegó a distinguirse como el cuarto más grande tenor de todos los tiempos, según una amplia consulta de la Revista de Música de la BBC en 2008. Sin duda, una hermosa voz truncada por un descuido.
Wunderlich

Bajo profundo
Es hora de que entren voces más graves, todavía en territorio de música más bien ligera. Entre los más conocidos musicales de la prolífica pareja creativa formada por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein está, sin duda, South Pacific, llevado al cine con Mitzi Gaynor y Rossano Brazzi como protagonistas en 1958. (La historia está basada en Cuentos del Pacífico Sur, libro de 1946 que mereció el Premio Pulitzer a James A. Michener). Brazzi no podía cantar Some enchanted evening como la pegajosa canción lo requería, y nadie menos que el gran bajo Giorgio Tozzi suplió la voz de la película. Pero es la versión que Ezio Pinza (1892-1957)—con numerosas temporadas en el Metropolitan Opera House de Nueva York, así como en Milán, Roma y Londres—llevó al musical en los teatros de Broadway en pareja con Mary Martin, la que aquí se escucha. Si no hubiese muerto el año anterior ni Gaynor ni Brazzi habrían aparecido en el filme.
Pinza

La voz de un caballero
Ahora, señoras, agárrense las medias, que pudieran caérseles con la poderosa y noble voz del gran Plácido Domingo (José Plácido Domingo Embil, 1941), señor del canto, la amistad y la filantropía. Posee Domingo una de las voces más versátiles de la actualidad, la que le permite cantar más recientemente en papeles reservados a los barítonos. De él ha dicho la gran soprano wagneriana Birgitt Nilson: «Dios ha debido estar en excelente estado de ánimo el día que creó a Plácido. Tiene todo lo que se necesita para una de las más grandes carreras que hayamos visto: una voz increíblemente hermosa, gran inteligencia, asombrosas musicalidad y capacidad de actuación, una maravillosa apariencia, un gran corazón y es además un querido colega. Es casi el lingüista perfecto, pero aún no ha aprendido a decir no en ningún idioma». Ha aprendido, sin embargo, a cantar la negación: helo aquí en No puede ser, el persuasivo número de La Tabernera del puerto, zarzuela de Pablo Sorozábal. (Waldbühne de Berlín, 2006).
Domingo

Un maestro
Pasemos ahora al trago amargo de Gustav Mahler. De sus Canciones de un compañero de viaje (Lieder eines fahrenden Gesellen) escuchemos Ich hab’ein glühend Messer (Tengo un cuchillo centelleante), lo que es en verdad un extraño título de canción que tal vez deba decirse solamente en alemán. La magnífica voz de Dietrich Fischer-Dieskau (1925-2012; murió en mayo) es la encargada de interpretar esta dramática y difícil canción. De nuevo, es inglesa la clasificación de Fischer-Dieskau como el segundo cantante más grande del siglo XX (detrás de Jussi Bjoerling), según la encuesta Classic CD-Top Singers of the Century a críticos de música en junio de 1999. En cualquier caso, es el cantante de ópera y Lieder más grabado de la historia (principalmente por Deutsche Grammophon). Elisabeth Schwarzkopf, que cantó con él en innumerables ocasiones, lo llamó «un dios nato que lo tiene todo». Quizás es más significativo que en Francia, de eterna competencia con Alemania, lo llamaran «El milagro Fischer-Dieskau».
Fischer-Dieskau

Un tubo de órgano
Ciertamente tenía Feodor Ivanovich Chaliapin (1873-1938) una voz oscura. Uno de los más grandes bajos de la historia, se apropió de los roles de Boris Godunov, Iván el Terrible, Don Quijote y Mefistófeles, aunque también combinaba en sus recitales canciones del folclor ruso, como Los boteros del Volga, que popularizó. Era un personaje pintoresco y generoso, alegre y divertido pero igualmente propenso a liarse a golpes. Hijo de una familia campesina de Kazan, en Rusia, fue esencialmente un autodidacta. La Revolución Rusa de 1917 afectó su existencia, y dejó su patria para radicarse en París, desde donde viajaba por todo el mundo con su exitoso y admirado arte; fue Sergei Rachmaninoff su muy especial amigo y promotor. Llegó a hacer cine en 1933: Las aventuras de Don Quijote, una película filmada tres veces (en alemán, francés e inglés). Aquí canta en ruso la Elegía de Jules Massenett, una melodía de sobrecogedora belleza.
Chaliapin

Vino al país
Para cerrar el grupo de voces graves he escogido el Prólogo de la ópera más famosa e interpretada de Ruggiero Leoncavallo: I Pagliacci. Todo barítono que se precie la ha cantado en sus recitales; su letra explica el tenso nudo dramático de la ópera: los artistas son de carne y hueso, y al par de nosotros respiran el aire. Es decir, disfrutan o sufren la vida en cada momento; que los protagonistas vivan en la vida real el mismo conflicto que actúan es un estupendo recurso teatral. El bajo-barítono Ettore Bastianini (1922-1967) canta ese inteligente prólogo para nosotros. En 1952 se decidió por la tesitura baritonal, pero antes ya había dejado huella en sus papeles como bajo. (En la década de los cuarenta vino a Venezuela, donde cantó Lucia di Lammermoor, Aída, Rigoletto y La bohème). En 1965, un cáncer en la garganta, su instrumento de trabajo, determinó el fin de su carrera de cantante y, dos años después, su muerte.
Bastianini

El viaducto metropolitano
De la mano de Leoncavallo reingresan los tenores, esta vez con uno de los grandes, Beniamino Gigli (1890-1957). Le tocó nada menos que ser el puente entre Caruso y Bjoerling en el Metropolitan Opera House de Nueva York, donde debutó en 1920, y lo tendió con gracia y la musicalidad de su privilegiada voz. Le oiremos Mattinata, la canción que Leoncavallo compusiera para Caruso, quien la grabó por primera vez en 1904 con el compositor al piano. Después la grabarían muchos tenores y hasta Joan Sutherland, pero las damas ya no tienen la palabra sino para hablar bien de los varones. Una de ellas, su madre, le aconsejó sobre cantar bien: «Tienes que ser bueno y tener amor en tu corazón». Bueno era; no hay otro cantante que haya recaudado más dinero que él para fines benéficos, en casi mil conciertos a beneficio de causas diversas. Ud. juzgará al oírlo si Gigli tenía amor en el corazón.
Gigli

No necesita ver
Nadie discutirá que Andrea Bocelli tiene una voz muy poderosa y gran gusto para cantar. Nacido en 1958 en la Toscana de padres campesinos, vino al mundo con problemas de visión—glaucoma congénito—que se convirtieron en ceguera total a sus doce años, a consecuencia de un encontronazo en un partido de fútbol. La introspección característica del invidente tal vez lo ayude, como a José Feliciano, a concentrase en la música, el arte del oído. La productora Caterina Caselli había grabado una cinta con el canto de Bocelli, y ésta terminó llegando a manos de Luciano Pavarotti, quien recomendó a Zucchero, la estrella italiana de rock, que no perdiera de vista al cantante ciego. Una memorable actuación en el Festival de San Remo de 1994 fue su lanzamiento definitivo. Bocelli se mueve con igual soltura en la canción y en el aria; de hecho, se lo tiene por un distinguido profesional del crossover clásico. Nos trae a esta selección un aria del Werther de Massenett: la hermosísima Pourquoi me réveiller? (¿Por qué me despiertan?)
Bocelli

Un cantante añorado
La juive (La judía) es una ópera en cinco actos de Fromental Halévy, estrenada en 1835 en la Opéra de Paris. Llegó a ser una de las obras del teatro lírico más apreciadas en el siglo XIX, en buena medida por el eficaz libreto original de Eugène Scribe, quien narró apasionadamente el amor imposible de un cristiano y una mujer judía. Sin embargo, el aria que cierra el Acto Cuarto, Rachel, quand du Seigneur, puede deber parcialmente su texto y seguramente su ubicación al tenor del estreno, Adolphe Nourrit. El fino tenor estadounidense Richard Tucker (1913-1975) canta esa aria de seguidas, en una demostración de su impecable técnica. Al Sr. Tucker le dio por asumir cierta costumbre italiana de cantar sollozando, pero a pesar de eso su tono spinto—entre lírico y dramático, o a mitad de camino entre Pavarotti y Domingo—se sobrepuso a las críticas acerca de ese estilo efectista, que no deja de ser cómico en un gringo, si no cursi.
Tucker

Una verdadera pérdida
Algo de ese estilo hiperemocional se consigue en el canto de Salvatore Licitra (1968-2011), quien tenía una voz delgada y meliflua, dulce y afinada, capaz, sin embargo, de un registro grave considerable. En la tercera aria en francés de esta entrega, la melodiosa Je crois entendre encore (Creo escuchar todavía) de Los pescadores de perlas (1863) de Georges Bizet, se ponen de manifiesto tales características. Licitra cantó un buen número de papeles en los mejores teatros; un golpe de suerte lo llevó a sustituir en 2002 a Pavarotti en el Metropolitan en el papel de Mario Cavaradossi en Tosca, cuando il divo anunció su imposibilidad de cantar con sólo dos horas de anticipación. Su prematura muerte se debió, como en el caso de Wunderlich, a causas accidentales; en su caso, estrelló su motoneta contra un muro en Donnalucata, Sicilia. Luego de nueve días en coma, falleció el 5 de septiembre del año pasado.
Licitra

De Lara para el mundo
En todo tiempo y lugar, ha sido Una furtiva lagrima un aria cantada muy a menudo. Es el emblema vocal de L’elisir d’amore (Milán, 1832) una de las óperas más distinguidas del compositor de bel canto Gaetano Donizetti, ya muy popular en el siglo XIX y listada como la duodécima ópera más cantada en la actualidad. Es una romanza—una balada narrativa de carácter íntimo—tal como el aria de Bizet que antecede, a la que el compositor marcó como tal en la partitura. Se convoca acá al tenor barquisimetano Aquiles Machado para que se ocupe de su inevitable canto. Machado, nacido en 1973, debutó en Caracas (1996) justamente en El elíxir del amor. Ya ha sido escuchado con aprecio en Roma, Nápoles, Berlín, Barcelona, Nueva York, Los Ángeles, Madrid, Viena; es el primer cantante venezolano en presentarse en La Scala de Milán, y un verdadero orgullo nacional.
Machado

Potencia en la voz
Nada íntimo es otro emblema operístico: La donna è mobile de la ópera Rigoletto, famosa entre las famosas de Giuseppe Verdi. El Duque de Mantua explica a quien quiera oírlo, con Do de pecho y todo, que las mujeres son frívolas y mudables qual piuma al vento, a pesar de que él mismo es tan variable en sus amores como lo que describe. Pero los personajes de la ópera—el Duque, su bufón jorobado Rigoletto, la hija de éste Gilda y el espadachín (hoy diríamos sicario) Sparafucile—resaltan entre los más inolvidables en el campo del canto dramático. Francesco Maria Piave basó su libreto para la ópera en El rey se divierte, un drama de Víctor Hugo de connotaciones políticas, las que siempre están presentes en la obra de Verdi; de hecho, Rigoletto tuvo problemas con los censores austríacos, a cuyo control estaban sometidos los teatros del norte de Italia. (El estreno tuvo lugar en Venecia en 1851). Otro latinoamericano (un año mayor que Machado), el magnífico tenor mexicano Rolando Villazón, canta ahora una de las arias más conocidas del mundo.
Villazón

Un tenor detallista
Carlo Bergonzi (Vidalenzo, 1924), ya retirado, fue justamente conocido como tenor especializado en óperas de Verdi. A pesar de esto, lo traemos acá con un aria de Manon Lescaut, bella ópera de Giacomo Puccini. El aria de tenor más conocida de esta obra es Donna non vidi mai (No he visto mujer antes… simile a questa). A Bergonzi se le ha reconocido «su bella dicción, su suave legato, su cálido timbre y su elegante fraseo». Un tenor refinadísimo, sin duda, apropiado para el aria del caballero Des Grieux, enamorado a primera vista de Manon. Los amantes, empujados por las ruinas periódicas que les afligen por codicia de la dama, irán desde Francia a parar a Luisiana, poco después de la época en que John Law, el escocés que rigió la economía francesa bajo Luis XV, inflara con artificiales manejos la famosa burbuja financiera del Mississippi, antecesora de fiascos capitalistas más modernos.
Bergonzi

Un gran tenor
Es igualmente de Puccini, por supuesto, la ópera Tosca, una de sus más logradas y apreciadas, llena de hermosas melodías y drama político de alta tensión. (El barón Scarpia es el antecesor profesional de nuestro Pedro Estrada, jefe de la Seguridad Nacional de Pérez Jiménez). Al inicio del Acto III, el pintor Mario Cavaradossi se dispone a morir fusilado por orden de Scarpia y evoca, mientras escribe una nota a su amada que el carcelero entregará a cambio de un anillo de valor, la pasión con la que él y Floria Tosca se amaban. Una furia desesperada le hace gritar que morirá cuando nunca había amado tanto la vida. Esto es el aria E lucevan le estelle, con una de las melodías más hermosas y con más interesante armonía del maestro de la ópera italiana. La canta aquí Giuseppe di Stefano, a quien el gentil lector Leonardo Durán llamara (en un comentario en este blog) «el Ferrari de los tenores».
di Stefano
![Nicolai Gedda 0-00 Great Moments of, [Front]](https://doctorpolitico.com/wp-content/uploads/2012/09/Nicolai-Gedda-0-00-Great-Moments-of-Front-300x300.jpg)
Capaz de todo
Nicolai (Gustav Harry) Gedda (Estocolmo, 1925) es un perfecto tenor sueco apreciado por su disciplina y el control de su voz, de hermoso tono. Es probablemente el tenor operático más grabado de la historia (más de doscientos registros). Debutó en la Ópera Real Sueca a sus 26 años, en un papel exigentísimo, el de Chapelou en Le postillon de Lonjumeau, ópera de Adolphe Adam; el aria Mes amis, écoutez l’histoire, requiere entonar un Re sobreagudo, un tono por encima de un Do de pecho, cosa que Gedda puede hacer con pasmosa facilidad. Con estas condiciones y la longevidad de su carrera, no hay plaza importante que no haya escuchado a Gedda—Cantante de la Corte Sueca, Legión de Honor francesa, Miembro Honorario de la Royal Society de Londres—, a quien escucharemos en uno de los roles que son su especialidad cantando la noble Aria de Lenski, del Eugene Oneguin de Pyotr Illich Tchaikovsky.
Gedda

La voz de titanio
Pero hay perfecciones aun más perfectas y, sorprendentemente, en la misma Suecia. Jussi Bjoerling (1911-1960) es el tenor hasta ahora insuperado en la historia de la ópera grabada. (Es opinión que asentara arbitrariamente en este blog en La voz de titanio, el 1º de mayo de 2010. Me conforta el apoyo de la encuesta Top Singers of the Century, mencionada arriba). Antes de hacer una comparación que pudiera ser definitiva para saldar el asunto de quién es el mejor tenor de todos los tiempos, le oiremos en la brevísima aria de Fedora (Umberto Giordano), un encore casi: Amor ti vieta (El amor te prohíbe). Otra vez, pidamos la opinión de una dama de la ópera, la soprano Victoria de los Ángeles, que cantó y grabó con Bjoerling muchas veces: «A pesar de los desarrollos técnicos, ninguna de las grabaciones de Jussi Bjoerling nos da el verdadero sonido de su voz. Era una voz mucho, mucho más hermosa que la que podemos oír en las grabaciones que nos dejó».
Bjoerling
El remate ahora. La calidad especialísima de la voz de Bjoerling tiene un nombre específico: squillo. El término alude a la cualidad resonante, como una trompeta, de una voz lírica. Es lo que le permite sobreponerse a las orquestaciones más enriquecidas; es una técnica de proyección de la voz que debe ser usada en su justo término, ni mucho porque sonaría estridente ni muy poco porque se ahogaría dentro de la riqueza orquestal.
Pues bien, el tenor Gioacchino Lauro Li Vigni, que aunque nacido en Brooklyn fue criado en Palermo, ha hecho un análisis que le permite postular con bastante seguridad que hay una diferencia en el control del squillo entre cantantes recientes de la época de Pavarotti—que favorecen la sexta y séptima armónicas de una nota—y los de la era de Bjoerling, que proyectaban con preferencia la quinta armónica (más grave). Es esa sutil diferencia una de las que separan al italiano del sueco, y podemos escucharla con nitidez en las frases finales de Nessun dorma que concluyen en el Do de pecho. Los partidarios de Luciano creyeron que su versión de la difícil aria de Turandot era la definitiva; los de Jussi sabemos que la medalla de titanio es suya. Abajo está, primero, la ejecución de Pavarotti y la imagen de su espectro sonoro; después, la huella acústica y gráfica de Bjoerling. Cotéjese asimismo la duración y potencia del clímax en ambos cantantes.
Luciano

El espectro de Pavarotti (clic amplía)
Jussi

El registro de Jussi Bjoerling
Quod erat demostrandum. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 24, 2012 | Música |

Gustav Klimt: Friso de Beethoven (1901)
La música tonal a la que estamos acostumbrados se construye, por su mayor parte, con notas y acordes que pertenecen a una cualquiera de las 24 escalas mayores y menores, cada una de ellas hecha con siete notas ascendentes; Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, por ejemplo, que forman la escala de Do mayor. Así, cuando decimos que una pieza está en la tonalidad de Do mayor, encontraremos que la mayoría de sus notas son de la escala que acabamos de describir y, comúnmente, concluye con el acorde fundamental o básico de Do mayor: Do, Mi, Sol. Lo mismo ocurre con las tonalidades menores; la escala de Do menor, por caso, se construye con la serie Do, Re, Mi bemol (un semitono más grave que Mi natural), Fa, Sol, La bemol y Si bemol. Por supuesto, dentro de una misma pieza la música puede «modular» de una tonalidad a otra, pero siempre regresa (en la música tonal) a la tonalidad principal.
En principio, pues, dos piezas diferentes en una misma tonalidad deben tener afinidad sonora; se convienen. (DRAE: convenir. 6. prnl. Ajustarse, componerse, concordarse). Esto es el pretexto para construir aquí un concierto para violín y orquesta y una sinfonía, armados ambos a partir de compositores y obras dispares con la única excusa de que han sido compuestos en una misma tonalidad.
Hagamos, primero, un Concierto para Violín y Orquesta en Re mayor. Hay muchos compuestos en esa tonalidad (Mozart, Beethoven, Brahms, Paganini, Tchaikovsky, Stravinsky, Prokofiev…) La razón es que la digitación de Re mayor en un violín es más cómoda que la de otras tonalidades. (Cualquiera que haya tocado Compadre Pancho en un modesto cuatro criollo habrá comenzado por Re mayor su aventura en ese instrumento; no exige mucho a los dedos de la mano izquierda de un principiante).

Compuso lo que le dio la gana
El primer movimiento de nuestro Concierto potpourri para violín y orquesta, Allegro moderato, es del opus 35 de Pyotr Illich Tchaikovsky. Compuesto en 1878 a orillas del Lago de Ginebra—donde el compositor se recuperaba del desastre de su matrimonio—fue completado en un mes y luego revisado. Tardó tres años en estrenarse y no fue muy auspiciosamente recibido; algunos críticos lo encontaron «largo y pretencioso», incluso «olorosamente ruso» como obra que «hedía al oído». (Las metáforas olfativas son de Eduard Hanslick, un influyente crítico de la época). Tchaikovsky había pensado dedicarlo a su alumno de composición, el violinista Iosif Kotek, quien le había aconsejado técnicamente en varias partes del solista, pero creyó que el tributo se entendería mal, como prueba de una relación amorosa con su discípulo, la que de todos modos tuvo por un tiempo. Terminó dedicándolo a Leopold Auer, quien se sorprendió y agradeció la distinción, aunque sólo consideró de valor el primer movimiento y se excusó de estrenarlo en marzo de 1879. Fue finalmente presentado al público en Viena por Adolph Brodsky, y en éste recayó la dedicatoria definitiva. En todo caso, esta obra se ha convertido en uno de los más apreciados conciertos de violín, y es ciertamente uno de los de mayor dificultad. Henryk Szerying toca de seguidas su primer movimiento mientras Antal Doráti dirige la Orquesta Sinfónica de Londres.
Allegro moderato

La nobleza humana y musical
Exactamente el mismo año en que se compuso el concierto anterior, Johannes Brahms concluía su Concierto en Re mayor para violín y orquesta, que dedicó al gran violinista Joseph Joachim. El día de Año Nuevo de 1879, Joachim estrenaba en Leipzig el concierto, al que contribuyó con asesoría técnica y consideraba uno de los cuatro más grandes conciertos para violín de la música alemana. El virtuoso ejecutante fue quien determinó el curioso programa: comenzaría con el Concierto, también en Re mayor, de Ludwig van Beethoven y concluiría con el de Brahms. Éste comentó que había demasiado Re mayor en la sesión. Tal como con Tchaikovsky, el concierto de Brahms fue criticado por los entendidos, quienes se apresuraron a calificarlo como un «concierto contra el violín». Pero el público lo recibió con entusiasmo, mientras continuaban las críticas. Acá oiremos el segundo movimiento, Adagio, en el violín de Itzhak Perlman «contra» la Orquesta Sinfónica de Chicago dirigida por Carlo Maria Giulini. (Este movimiento era la razón por la que el violinista español Pablo de Sarasate se negaba a tocar la obra; no quería estar en el proscenio sosteniendo el violín mientras escuchaba «al oboe tocar la única melodía del Adagio»). Advertencia de una trampa: aunque el concierto, en su conjunto, pertenece a la tonalidad de Re mayor, el Adagio está armado en la de Fa mayor, que se conviene con la tonalidad principal.
Adagio

Sordo, pero no mudo
Podemos aprovechar la ocurrencia de Joseph Joachim para cerrar el mosaico de conciertos de violín con el de Ludwig van Beethoven que, como ha quedado dicho, también fue compuesto en Re mayor. Éste, su opus 61, fue completado en 1806 y estrenado el mismo año en Viena. No fue bien recibido y desapareció del circuito de conciertos, hasta que Joachim lo tocara, cuando tenía 12 años—en 1844, diecisiete años después de la muerte del compositor—, acompañado de una orquesta dirigida por Félix Mendelssohn Bartholdy. Al igual que la obra de Brahms, son el primero y el tercer movimiento los segmentos que están en Re mayor; el movimiento lento está en Sol mayor. Es el último movimiento—Rondó-Allegro—el que aquí interpreta, de nuevo, Itzhak Perlman con Daniel Barenboim al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín.
Rondó – Allegro
………
Bueno, hagamos ahora una sinfonía. Me apetece componer una en Mi menor, y la ensamblaré con movimientos de Brahms, Khachaturian, Rachmaminoff y Dvořák.
Comenzaré por la cuarta y última sinfonía de Johannes Brahms, una de sus más nobles composiciones (op. 98). Le tomó un año escribirla; fue estrenada en concierto dirigido por el compositor el 25 de octubre de 1885, en Meiningen. El necio de Eduard Hanslick volvió a repetir su desaprobación. Del primer movimiento que aquí se escucha—Allegro non troppo—en los instrumentos de la Sinfónica (no Filarmónica) de Viena conducidos por Wolfgang Sawallisch, el arrogante crítico dijo: «Durante todo este movimiento tuve la sensación de recibir una paliza de manos de gente increíblemente inteligente». Bueno, la sinfonía es muy inteligente y Hanslick merecía sin duda ser apaleado.
Allegro non troppo

Los sonidos de Armenia
En agudo contraste con el movimiento anterior, el segundo—Allegro risoluto—de la Sinfonía #2 de Aram Khachaturian (de la Campana) introduce los típicos ritmos y armonías armenias de este compositor soviético, dueño de una rica paleta orquestal. (El apodo de la sinfonía se debe al uso de campanas en un motivo del primer movimiento que se repite en el movimiento final). Es el propio compositor quien dirige a la Orquesta Filarmónica (no Sinfónica) de Viena, uno de los primeros conjuntos musicales del mundo. (A lo largo del movimiento se escucha el sonido del piano como miembro de una sinfónica, no como solista, cosa del todo impensable en la época de Brahms).
Allegro risoluto

El hombre melodioso
El tercer movimiento—Adagio—de la Segunda Sinfonía en Mi menor, op. 27 de Sergei Rachmaninoff, es característico del compositor. Su marca de fábrica es la dulzura de sus melodías, que producía copiosamente. Uno de sus grandes intérpretes fue Eugene Ormandy, quien dirige para nosotros, en la que puede ser la versión definitiva de la sinfonía, el lujoso sonido que supo extraer de la opulenta Orquesta de Filadelfia. En ese movimiento también puede apreciarse la textura contrapuntística de muchas de las obras de Rachmaninoff: el canto simultáneo de dos melodías distintas, a cual más bella.
Adagio

El visitante de América
La conclusión de nuestra abigarrada sinfonía en Mi menor queda confiada al compositor bohemio Antonín Dvořák. De su Sinfonía #9 (del Nuevo Mundo, antes Sinfonía #5) es su cuarto movimiento (Allegro con fuoco) el cierre de este experimento. La Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart es dirigida aquí por Gustavo Dudamel, ciertamente un director con fuoco, en concierto ante Benedicto XVI y buena parte de la Curia Romana. Como se sabe, la sinfonía de Dvořák fue llamada del Nuevo Mundo porque la compuso durante su estadía en los Estados Unidos entre 1892 y 1895, cuando dirigió la orquesta del Conservatorio de Nueva York; melodías del folk afroamericano se colaron en sus compases. Es un movimiento digno de clausurar nuestro concierto.
Allegro con fuoco
¿Encore? Está bien. Para no salirnos de la tonalidad de Mi menor, he aquí el primer movimiento—Allegro piacevole—de la Serenata para cuerdas de Edward Elgar, a cargo de Vernon Handley y la Orquesta Filarmónica de Londres.
Allegro piacevole
Ya es hora de conseguir una buena arepera. Buen provecho. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 12, 2012 | Música |

¿Una nariz o un tubo de órgano?
Para una estrellita que hoy cumple años en Argentina
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Pon tu mano entre las mías… / temblarán como un canario / y oiremos las sinfonías / de algún amor milenario.
Alfonsina Storni
Un pájaro no canta porque tenga una respuesta, / canta porque tiene una canción.
Maya Angelou
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El canto de las sirenas podía perder a los navegantes; el de una mujer de buena voz puede enamorar a cualquiera. Gracias a Dios, hay mujeres, y ellas tienen muchas más canciones que los pájaros y las sirenas.

La Môme
He aquí dieciséis canciones en voces femeninas; creo que son una muestra elocuente para la tesis que antecede. Edith Piaf (Édith Giovanna Gassion), el Pequeño Gorrión (medía 1 metro 42 cms.), es la encargada de comenzarla, con su Hymne a l’amour. Pocas películas son tan completas y satisfactorias como La Vie en Rose, donde Marion Cotillard se destaca en el papel de Piaf hasta el Oscar a la Mejor Actriz en 2007, el primero a una artista en idioma extranjero, cuando se celebraba la octogésima ceremonia de premiación de la Academia de Artes y Ciencias del Cine. Ella nos hizo amar, todavía más, a La Môme.
Edith Piaf – Hymne a l’amour

La reina del disco
Bueno, para mí la voz más rica, sabia y expresiva de una cantante viva es la de Barbra Streisand. Pudiéramos poner acá muchas canciones que lo comprobarían, pero sonará primero Moon river, cantada en una emisión de radio cuando contaba 19 años de edad. (El año anterior, había hecho su primera presentación en un club gay de Nueva York). Inmediatamente después, canta en dúo con Donna Summer Enough is enough, tal vez la canción más popular de la música disco. (En una divertida aparición en Inside the Actors Studio, Streisand reconoció a James Lipton que mucha gente creyó que era negra, como Summer, al oír su generosa voz sin haberla visto. Acto seguido, se puso de pie y dijo: «Además, cuento con esto», y se dio una palmada en una notable nalga). Barbra Streisand también recibió un Oscar a la Mejor Actriz (1969) por su papel en Funny girl, y como directora se alzó con el Golden Globe a la Mejor Película por Yentl, en 1984.
Barbra Streisand – Moon river
Barbra Streisand & Donna Summer – Enough is enough

La voz de una caoba
Es también una dama de color Diana Ross, y una magnífica cantante. No lo oculta, al haber filmado Mahogany (caoba), en la que cantó su tema principal: Do you know where you’re going to? En los míticos años sesenta, fue la vocalista principal de Las Supremas; poco después se independizó para una asombrosa y exitosa carrera individual. En 1972 se hizo acreedora al Globo de Oro a la mejor actriz por su actuación como Billie Holiday en Lady sings the blues, papel por el que también fue nominada al Oscar. Escuchemos por ella misma el tema de Caoba.
Diana Ross – Mahogany

La Reina del Jazz
Pero muchos connoisseurs sostendrían fervientemente que la reina de las cantantes negras fue Ella Fitzgerald, y no soy quien para contradecirles. En efecto, se la llamó Reina del Jazz, Lady Ella y la Primera Dama de la Canción. No ganó un Oscar, pero sí trece Premios Grammy (incluyendo el Lifetime Achievement Award en 1967), la Medalla Nacional de Arte de los Estados Unidos, la Medalla Presidencial de la Libertad y el Premio Magnum Opus de la Universidad del Sur de California, que mucho la satisfizo. Era, por otra parte, una dama dada a la más generosa filantropía; todavía hoy, la fundación de caridad que estableció en 1993—tres años antes de su muerte a sus 79 años—, y que lleva su nombre, distribuye ayuda monetaria y propaga los ideales humanitarios de la fundadora. Es un privilegio escucharla en esta gran canción, grabada en vivo, de Cole Porter: I’ve got you under my skin.
Ella Fitzgerald – I’ve got you under my skin

Cantora de la trova cubana
Entre nosotros hay también voces supremas, y una de ellas es, sin ninguna duda, la de Soledad Bravo, quien ha cantado de todo. Su padre, un republicano español, la trajo con su familia desde Logroño (La Rioja) para escapar del horror franquista. Acá hizo estudios de Arquitectura y Filosofía en la Universidad Central de Venezuela, y fue en el teatro de la primera facultad donde fue descubierta por Sofía Imber, quien se convirtió en su más entusiasta promotora junto con su esposo, Carlos Rangel. De tendencia izquierdista, cantó y grabó muchas canciones de protesta (ha grabado más de cuatro decenas de discos). Al morir Francisco Franco, regresó a su país de origen; allí y en Francia alcanzó fama muy merecida. Nos entrega ahora la zamba Alfonsina y el mar, que canta el suicidio de la poetisa Alfonsina Storni quien, sola y con cáncer en el pecho, envió a un periódico bonaerense su último poema—Voy a dormir—y se adentró en Mar del Plata para suicidarse de ahogo, como tres años después lo haría Virginia Woolf.
Soledad Bravo – Alfonsina y el mar

Influyente en el mundo (TIME Magazine)
Tal vez haya sido Argentina un país con cultura de muerte. Uno podría presumirlo leyendo a Jorge Luis Borges—su cuento favorito era El sur, en el que se preludia un deceso tan ineludible como innecesario, y no es ésa la única muerte en sus narraciones—, pero también recuerdo a mi tío Harry Corothie contándome el luto que vivió horrorizado en Buenos Aires, donde se doctoró en Música llegado como Ingeniero Forestal, a la muerte de Evita Péron; vívidamente describió la enfermiza ciudad engalanada con pendones negros en cada calle y rincón. En todo caso, Andrew Lloyd Webber compuso en honor a ella el musical Evita, del que el número más famoso es la canción Don’t cry for me, Argentina. La famosísima diva Madonna, a quien el Libro Guinness de Récords la tiene como la vocalista que más ha vendido discos en la historia—por sobre 300 millones—, la interpreta de seguidas.
Madonna – Don’t cry for me, Argentina

Nana te ve bien y canta mejor
Un sentimiento muy diferente se manifiesta en una canción de Simon & Garfunkel, la pareja que produjo la música de The Graduate; es su Feeling groovy (excitante, a la moda), también conocida como la Canción del Puente de la calle 59. Nana Mouskouri es la maravillosa voz de Creta que la canta ahora. Si el secreto de Streisand es su apéndice nasal, el de Mouskouri es haber nacido con dos cuerdas vocales diferentes. Sabe cantar, por supuesto, en griego, pero también lo ha hecho en español y portugués, en inglés y alemán, en hebreo y turco, en galés y holandés, en mandarín y maorí, en italiano y en francés. Y es, como Madonna, una gran vendedora de discos; ya sobrepasa los doscientos millones de copias.
Nana Mouskouri – Feeling groovy

Del álbum de la canción
Todo lo que hizo musicalmente el grupo (trío) español Mecano es bueno. Sus canciones son música inteligente con letra inteligente, y la vocalista de ellas es Ana Torroja, quien interpreta los memorables números con agradable voz aniñada. Ha hecho carrera por su cuenta, pero son ciertamente los números con los hermanos José María y Nacho Cano los que todos apreciamos. Aquí canta Me cuesta tanto olvidarte.
Ana Torroja – Me cuesta tanto olvidarte

No te vayas, Jeanette
Al separarse de Mecano, Torroja cantaba Porque te vas, de José Luis Perales; pero esta canción es propiedad exclusiva de Jeanette (Janette Anne Dimech). Nacida en Londres de padre belga-congolés y madre española, fue criada en los Estados Unidos antes de sentar plaza muy musical en la patria materna. Jeanette añade al alemán y el francés de Mouskouri, el canto en japonés. Ha colaborado con numerosos artistas—Raphael, Sacha Distel, Mocedades, Julio Iglesias—y se dio el lujo de rechazar una oferta de nadie menos que Michael Jackson por no considerarlo musicalmente afín. ¿Qué tal? También, como Torroja, tiene una voz de niña, aunque canta mejor el éxito de Perales, que es también el de su carrera.
Jeanette – Porque te vas

Además, bella
Es hora de regresar a Francia en busca de Mireille Mathieu. A esta chanteuse se la ha declarado la sucesora de Edith Piaf. Este Gorrión de Aviñón, que debutó ante un público a los cuatro años de edad (ganándose una chupeta), era la mayor de catorce hermanos que vivían en la pobreza. Más tarde vería a Piaf en la televisión, y esto marcó su vida. A la fecha, Mathieu ha grabado más de 1.200 canciones diferentes en nueve idiomas (a pesar de su dislexia), y ha vendido 120 millones de discos. Era dueña de un peculiarísimo vibrato que ha perdido con el tiempo, pero eso no le ha impedido codearse con admiradores políticos como François Mitterrand o Vladimir Putin. Su amable tono intimista es perfecto para cantar Ne me quitte pas.
Mireille Mathieu – Ne me quitte pas

La plebeya nórdica
Así como Mecano, el grupo sueco ABBA se caracterizó por la composición e interpretación de buenas y sabrosas canciones. Hasta la grandiosa Meryl Streep quiso protagonizar Mamma mia!, la estupenda comedia musical sobre canciones de ABBA que fue nominada en varios renglones pero no premiada. (Pierce Brosnan recibió el Premio Razzie al Peor Actor de Reparto). Dos eran las vocalistas de este grupo: Agnetha Fâltskog y Anni-Frid Lyngstad (hoy Su Serena Alteza Princesa Anni-Frid Synni Reuss, Condesa de Plauen, luego de su matrimonio con un príncipe alemán de la Casa de Reuss). Es la plebeya de este dúo quien nos canta The winner takes it all, una canción del álbum Super Trouper que hice sonar durante un mes seguido al conocerla cuando mis hijos eran pequeños y me toleraban el abuso. La pieza es referencia al divorcio de Fâltskog y Björn Ulvaeus, uno de los varones de ABBA.
Agnetha Fâltskog – The winner takes it all

La mujer orquesta
Eithne Ní Bhraonáin no es nombre eufónico o fácil de recordar; por eso su dueña prefirió ser conocida como Enya. La cantautora e instrumentista irlandesa es conocida en el mundo entero por sus piezas de textura céltica, que consigue en el folclor de su tierra. En el primer año del tercer milenio cristiano, fue la cantante con más discos vendidos en el mundo. Se ha ocupado hasta del río Orinoco (Sail away), y ha recibido una nominación al Oscar y cuatro Premios Grammy. Nicky Ryan produce sus discos y Roma, su esposa, escribe las letras, a menos que estén en irlandés. Todo lo demás, la vocalización, la percusión y la ejecución de los demás instrumentos, es hecho por la elegante Enya quien, naturalmente, escribe los versos irlandeses. Es ella sola una fábrica de música. Aquí hace sonar todo lo que suena en Only time.
Enya – Only time

La voz de la paz
Llegados a tierras británicas, consideremos a una cantante que cantando dos veces fue escuchada por cinco mil millones de personas. Es Sarah Brightman, que lo hizo en los Juegos Olímpicos de Barcelona con José Carreras para una audiencia de mil millones de televidentes y con Liu Huan en los de Beijing, cuando fue oída por cuatro mil millones de pares de orejas. (Claro, hay más chinos que catalanes). Se la define como voz del crossover clásico—piezas de música culta que llegan a hacerse populares, como el reiteradísmo Canon de Pachelbel—y logra descollar en tal menester con un rango vocal de tres octavas, un véritable monstre à musique. Tan sólo del dueto que grabó con Andrea Bocelli—Time to say goodbye—vendió doce millones de copias, y ha recogido hasta ahora sólo unos ciento ochenta discos de oro y de platino. La UNESCO la nombró su Artista para la Paz del período 2012-2014, en reconocimiento a su “compromiso con las causas humanitarias y caritativas, su contribución, a través de su carrera artística, a la promoción del diálogo cultural y el intercambio entre culturas, y su dedicación a los ideales y objetivos de la Organización». ¿Qué puede hacerse con un engendro de esa naturaleza? Hay que matarlo. Encaramémosla, pues, en el Titanic (armado en Belfast, en suelo celta) y obliguémosla a cantar el tema principal de la película de James Cameron. Iremos con ella, pues con ella hay que morir.
Sarah Brightman – My heart will go on

La novia eterna
Cercanos a Terranova, nos conseguimos a Celine Dion. (Céline Marie Claudette Dion, Compañera de la Orden del Canadá, también condecorada con la Orden Nacional de Québec). Es una cantante magnífica, de dulce y poderosa voz. Su primer disco fue posible gracias a que su futuro marido, René Angelil—un auténtico ángel—, hipotecó su casa para producirlo en 1981, cuando Celine tenía trece años y él 39. (Luego de seis años se empataron y más tarde se casaron, en 1994; en 2000 renovaron sus votos en nueva luna de miel en Las Vegas. Tienen tres hijos varones; dos de ellos mellizos concebidos por fertilización in vitro y traídos por cesárea. Son insistentes en su amor). Dion es la artista canadiense del canto más vendedora de todos los tiempos. Viéndonos pasar, canta My heart will go on, una versión que es a la que escuchamos de Brightman lo que entre sí son las Gymnopedies de Erik Satie.
Celine Dion – My heart will go on

La chica del cabaret
Pero, premunidos por un druida allegado a mares canadienses, nos agenciamos puestos con Brightman en un bote salvavidas y llegamos, a pesar del naufragio, sanos y salvos en el Carpathia a la isla que los lenapes nombraron Mana-hata. La maga Enya dispuso que una máquina del tiempo nos adentrara en el futuro, y en Manhattan escuchamos a Liza Minnelli, la impar hija de Judy Garland, cantar New York, New York. Allí nos quedamos un buen tiempo.
Liza Minnelli – New York, New York
El viaje ha concluido con un descubrimiento: «Sin la música, la vida sería una equivocación», dijo Federico Nietzsche, pero sin la voz de la mujer la propia música sería un error. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 2, 2012 | Música |

Los cuatro primeros compases del Preludio en Do mayor de J. S. Bach
Si se me preguntara qué es la música, diría que ella es el Preludio #1 en Do mayor de El clavecín bien temperado de Juan Sebastián Bach. La pieza es de una extrema simplicidad: consiste en una sucesión de acordes arpegiados—cada una de las cinco notas básicas de su diseño melódico podría ser tocada simultáneamente con las otras—que construyen tensiones armónicas resueltas con eficaz nobleza. Es tan perfecta, que el gran melodista francés Charles Gounod la tomó como base armónica de su hermosísimo Ave María. Oigamos primero al virtuoso israelí Tzvi Erez tocando el preludio de Bach al piano. Después, una versión de la pieza de Gounod por una combinación inusual de músicos: Yo Yo Ma toca en su violonchelo la melodía del francés mientras las notas de Bach son increíblemente cantadas por Bobby McFerrin, el mismo que vendiera tantas copias de Don’t worry; be happy.
Preludio en Do mayor
Ave María
En el conjunto al que el preludio anterior pertenece (Libro I, BWV 846) hay un total de veinticuatro piezas; Bach escribió una para cada tonalidad de las escalas mayores y menores. El mismo procedimiento siguió Federico Chopin en el grupo de sus Preludios del op. 28. Naturalmente, el #1 es asimismo en Do mayor. (Interpretado aquí por Ivo Pogorelich). El solemne número 20 es, por lo contrario, en Do menor; también es una breve serie de acordes tocada tres veces, forte, piano, pianissimo (con un crescendo a forte al cerrar. Lo toca maravillosamente Vladimir Ashkenazy).
Preludio en Do mayor
Preludio en Do menor
Podemos regresar a Bach para continuar en la búsqueda de nobleza musical. Uno de sus sobrecogedores preludios corales—piezas litúrgicas breves basadas en una melodía simple—es el clasificado con el número 721 en el catálogo general de su obra: Erbarm dich mein, o Herre Gott. (Ten piedad de mí, oh Señor Dios). Pocas piezas pueden representar mejor la serena confianza en la misericordia divina, propia de las religiones cristianas. Raymond Leppard dirige con gran gusto la Orquesta de Cámara Inglesa. (Hace poco, el 11 de marzo, fue el mismo preludio colocado en este blog: Concierto barroco. Esto da idea de cuánto me gusta).
Preludio coral

Portada de las Suites para violonchelo de Bach
Bach compuso para varios instrumentos, naturalmente, entre ellos el violonchelo. Sus Seis suites para violonchelo solo, redescubiertas y lanzadas a la fama por Pablo Casals—las encontró a sus 13 años en una casa de empeño en Barcelona—, permanecen entre las mejores composiciones para ese instrumento. De nuevo, es Yo Yo Ma quien toca el Preludio de la Suite #1.
Preludio de la Suite #1
Es, por supuesto, uno de los más famosos preludios de la historia el Preludio en Do sostenido menor, de Sergei Rachmaninoff, que llegó a adquirir nombres fantásticos, como El Día del Juicio o Las campanas de Moscú. Es una de sus cinco Morceaux (piezas) de fantaisie, compuestas cuando tenía 19 años de edad. Ese preludio se convirtió con rapidez en la marca de fábrica del concertista y compositor, al punto de que las audiencias de sus recitales le exigían a voz en cuello: «¡Do sostenido!» Rachmaninoff admitió alguna vez que esta costumbre había llegado a fatigarle. El pianista estadounidense Van Cliburn, ganador del Premio Tchaikovsky de Moscú, es el encargado de tocarlo para nosotros.
Preludio en Do sostenido menor
Del mismo compositor es muy popular el Preludio en Sol menor, el #5 del op. 23. Un lenguaje musical español permea toda la pieza, pero es especialmente notable en el contrapunto melancólico de su sección media. Emil Gilels, grabado en concierto, es ahora el ejecutante. (Para escuchar la extraordinaria versión de Vladimir Horowitz, véase en este blog Titán del piano).
Preludio en Sol menor
Aprovechemos el contacto ruso para escuchar el Preludio en Re bemol mayor de Reinhold Glière, el #1 de su op. 43, a cargo de Anthony Goldstone y luego el Preludio #1 en Do mayor de Dmitri Shostakovich, por Alexander Melnikov.
Preludio en Re bemol mayor
Preludio en Do mayor

El autor de las Bachianas Brasileiras
Un hermoso ejemplo de estas piezas preludiales, anticipo de más música, es el Preludio #1 para guitarra del gran compositor brasileño Heitor Villa-Lobos. Julian Bream lo toca con gran sentimiento a continuación.
Preludio #1
Ya que nuestra entrada se ha latinizado, cerrémosla con la buena música del gran maestro francés, el Papa del Impresionismo musical: Claude Debussy. En primer lugar, de su Primer Libro de Preludios, el que llamó poéticamente La niña de los cabellos de lino, que nos interpreta la estupenda concertista Moura Lympany. La culminación es el muy hermoso Preludio a la siesta de un fauno, inspirado en un poema homónimo de Stéphane Mallarmé. La Orquesta Sinfónica de Londres es conducida por el mítico director Leopold Stokowski.
Preludio del Libro I
Preludio a la siesta de un fauno
Que esta selección sea el preludio de otras por venir, organizadas para su agrado. LEA
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