Georges de la Tour: Adoración de los Pastores (1644)
Música de Navidad es lo que cabe hoy. Las festividades de la Natividad de Jesús de Nazaret son verdaderamente universales, observadas aun en países en las que predominan otras religiones que no son cristianas. Asimismo, la música apropiada para la época es conocida en el mundo entero. He aquí una variada colección, clásica y popular, que siempre escuchamos en tiempo decembrino.
El oratorio de Bach
Comencemos por una sucesión de piezas de la música culta, en orden de aparición histórica. Primero que nada, pues, una pieza del simple Canto gregoriano: Puer est natus inBethlehem (Un Niño ha nacido en Belén), que interpreta el Coro de Monjes Benedictinos de Santo Domingo de Silos. Luego, dejamos la palabra y la partitura al grande Juan Sebastián Bach, de quien se trae el número inicial—Jauchzet, frohlocket, auf, preiset die Tage, que corresponde al Nacimiento y Anunciación a los pastores—de su Oratorio de Navidad (Weihnachts-Oratorium, BWV 248), a cargo del Coro Monteverdi y los Solistas Barrocos Ingleses dirigidos por John Eliot Gardiner. Del mismo compositor oigamos después el coro Magnificat de la obra del mismo nombre en Re mayor (BWV 243a, la versión original estaba en Mi bemol mayor), puesto que esta salutación a Santa Isabel, madre de Juan el Bautista, es proferida por María la Madre de Jesús, y ella es protagonista principalísima de la Navidad. (La Cantoría Gächhinger de Stuttgart interpreta el vivificante coro). Ocho años después de la obra de Bach, Georg Friedrich Händel componía el oratorio El mesías, cuyo coro ¡Aleluya! es sin duda una de las piezas más conocidas en el mundo entero. (Eugene Ormandy dirige en este caso a la Orquesta de Filadelfia y el Coro del Tabernáculo Mormón).
Puer est natus in Bethlehem
Oratorio de Navidad
Magnificat
Aleluya
Ballet de nueces
Ya arrancado el siglo XIX, Héctor Berlioz compuso La infancia de Cristo, obra de la que está aquí El adiós de los pastores, con la dirección de Robert Shaw de la Coral que lleva su nombre y la Orquesta Sinfónica de Atlanta. Y, por supuesto, se ha consagrado como música de Navidad el ballet Cascanueces, de Pyotr Illyich Tchaikovsky, cuyo Primer Acto ocurre en Nochebuena con árbol navideño, cena, regalos y todo. Se pone acá la Marcha que sigue a la Petite ouverture en los instrumentos de la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de André Previn. También ocurren en Navidad los actos primero y segundo de La bohème, la apreciable ópera de Giacomo Puccini. En el segundo acto, Musetta canta su famoso Vals, y es lo que acá escuchamos en la privilegiada voz de Renée Fleming.
El adiós de los pastores
Marcha
Vals de Musetta
El sitio donde Jingle Bells fue creada (clic amplía)
Pasemos ahora a música más popular: los villancicos, aguinaldos y canciones de Navidad. Un temprano ejemplo es Adeste fideles, que con toda probabilidad compuso John Francis Wade en el siglo XVIII. Una versión de lujo combina las voces de Elīna Garanča, Juan Diego Flórez, Genia Kühmeier, Paul A. Edelmann, los Niños Cantores de Viena y el Chorus Viennensis, a quienes acompaña la Orquesta Sinfónica de Viena con Karel Mark Chichon en la dirección. Después de eso, los mismos Niños Cantores de Viena cantan Campanas de Ucrania, que en el mundo anglosajón se conoce como Carol of the bells y es obra del ucraniano Mikola Leontovich. (Escuché por primera vez esta pieza por la coral que dirigía Eduardo Plaza Aurrecoechea el 4 de mayo de 1976, en noche inolvidable por el hecho de ver por primera vez a mi esposa, quien hacía de contralto en el grupo). Frank Sinatra, en cambio, es resucitado ahora para cantarnos la inconfundible Jingle bells, canción de invierno compuesta por James Lord Pierpont en 1850, con la intención de que fuera cantada en Día de Acción de Gracias (Thanksgiving, en el cuarto jueves de noviembre). Y Andy Williams toma el podio para ofrecernos It’s the most wonderful time of the year, canción compuesta con letra de George Wyle por Edward Pola. Nos latiniza la cosa la rica voz italiana de Andrea Bocellí, con una redonda rendición de Blanca Navidad (White Christmas), la popular composición de Irving Berlin.
Adeste fideles
Campanas de Ucrania
Jingle bells
It’s the most wonderful time of the year
Blanca Navidad
Venezuela ofrecerá acá dos aguinaldos, ambos de autor desconocido. Son voces jóvenes alemanas—el berlinés grupo a cappella Add 9—quienes cantan, sin embargo, el hermoso Niño lindo. El magnífico Quinteto Contrapunto, en cambio, nos regala el divertido Aguinaldo de El Callao.
Niño lindo
Aguinaldo de El Callao
Cerraremos esta fiesta con algo audiovisual. La buenísima—en estado y esencia—Beyoncé canta una estupenda (y sexy) Noche de Paz (Silent Night), el villancico que todos aprendimos en la infancia y fue compuesto por Franz Xaver Gruber. Él y el autor de la letra, el joven sacerdote Joseph Mohr, lo cantaron por primera vez en la Misa de Gallo escenificada en Obernsdorf bei Salzburg, Austria, en 1818.
¡Feliz Navidad a los amables visitantes de este blog! LEA
Audiencia entusiasmada en el Centro Obertura de Madison, Wisconsin
Un intelectual es quien puede escuchar la Obertura de Guillermo Tell sin pensar en el Llanero Solitario.
Billy Connolly
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Imagino que son mileslos conciertos que comenzaron por una obertura. En mi experiencia como oyente de conciertos debe haber sido una media docena de veces, al menos, que los escuché empezar por la Obertura de Ruslán y Ludmila, del inspirador de Los Cinco—Balakirev, Borodin, Cui, Mussorgsky, Rimsky-Korsakoff—y padre de la música nacionalista rusa, Mikhail Glinka (1804-1857). Es inconfundiblemente una pieza de apertura y, como es así, se inicia con la alegre y elegante pieza esta entrega musical sin más preámbulo que decir que la ejecutan los músicos de la Orquesta Sinfónica de Londres dirigidos por Sir Georg Solti.
Glinka
Bach era buen abridor
Cuando componía Glinka, ya las oberturas contaban doscientos años de existencia. Originalmente eran lo que su nombre indica: una pieza de apertura que iniciaba una ópera, a veces con ballet. Monteverdi ya usó una toccata para abrir su Orfeo (1607). Pero fue la obertura francesa la que estableciera definitivamente el género (Jean-Baptiste Lully). Pronto pasaría esa forma a la apertura de suites puramente orquestales con el trabajo de gente como Juan Sebastián Bach. Cada una de sus cuatro suites orquestales se inicia con una obertura y, de hecho, en el idioma alemán se emplea el término Ouvertüren para referirse a las Orchestersuiten enteras. Mi favorita es la Obertura de la Suite Orquestal #3 en Re mayor (BWV 1.068). Hela aquí por la Academia de Música Antigua de Berlín (Akademie für Alte Musik Berlin) conducida por Bernhard Forck.
Bach
Las oberturas de esa época se componían de dos partes, siendo más lenta la primera y más vivaz la segunda. Más tarde evolucionarían hasta la complejidad de una minisinfonía, como la cumbre de Gioachino Rossini, la Obertura deGuillermo Tell, que tiene cuatro movimientos distinguibles y nombrados separadamente. El siguiente paso sería la independencia: ya no eran piezas que introducían una ópera o abrían una suite de danzas, sino una forma independiente, antecesora en carácter e intención de lo que serían más tarde los poemas sinfónicos. El trabajo de Tchaikovsky, por ejemplo, es numeroso en esta clase de oberturas: Romeo y Julieta (Obertura-Fantasía), La tempestad, Francesca da Rimini, Hamlet, 1812, aunque también una Petite ouverture para abrir el Acto I de su ballet Cascanueces. Ludwig van Beethoven (1770-1827) también apreció la forma: compuso una Obertura Coriolano, tres Leonora (ópera única que terminó llamándose Fidelio, con obertura del mismo nombre) y colocó una obertura al comienzo de sus piezas de música incidental para Egmont, la obra de Johann Wolfgang von Goethe sobre el Conde de Egmont, el héroe holandés que combatió a un siniestro Duque de Alba. Es la obertura lo que se interpreta y graba con más frecuencia, y ahora la toca la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de Alfred Scholz.
Beethoven
El espectro de una nave
Era enteramente natural que el compatriota de Beethoven, el compositor de óperas grandiosas Richard Wagner (1813-1883), compusiera oberturas para su obra escénico-musical. Al aficionado a la música de conciertos, la obertura de Tannhauser y, sobre todo, la Obertura de Los Maestros Cantores de Nuremberg, le son familiares. Menos interpretada pero igualmente poderosa y épica es la Obertura de El Holandés Errante, que es ópera sobre la leyenda de un buque fantasma condenado a navegar sin descanso. Daniel Barenboim dirige a la Orquesta de París en una versión más bien sobria de la pieza.
Wagner
Un niño prodigio que fundaría la gran Orquesta Filarmónica de Viena, el compositor de cinco óperas Otto Nicolai (1810-1849), tomó de la comedia Las alegres casadas de Windsor (William Shakespeare) el tema para su obra homónima, de la que hoy en día se interpreta su obertura con alguna frecuencia. El carácter de esta pieza es, por supuesto, muy diferente al de la anterior. Es la orquesta que él creara, en manos de Hans Knappertsbusch, la encargada de tocarla de inmediato.
Nicolai
En continente americano, Leonard Bernstein (1918-1990) compuso una buena cantidad de música escénica. (Por ejemplo, para el musical West Side Story, de fama cinematográfica). Lillian Hellman quiso hacer con el satírico Cándido de Voltaire una pieza de teatro con música incidental, al estilo de previos trabajos suyos, pero Bernstein la convenció de presentarla como opereta. Para ella compuso la música, que incluye una obertura que él mismo dirige aquí con la que fuera la orquesta de su vida: la Filarmónica de Nueva York.
Bernstein
Tan breve como la pieza de Bernstein o la de Glinka, es la Obertura festiva en La mayor, op. 96 de Dmitri Shostakovich (1906-1975), quien la compuso para conmemorar en 1954 el 37º aniversario de la Revolución Rusa en acto escenificado en el Teatro Bolshoi. El compositor se vio forzado a iniciar y completar la pieza en tres días, pues había recibido la petición de Vassili Nebolsin, quien dirigiría el concierto conmemorativo, una semana antes de su fecha. John Williams y la Orquesta Boston Pops nos la ofrecen acá.
Shostakovich
Nikolai Anokhin: Invierno ruso
Y como la anterior y la primera, la obertura de cierre—contradictio in terminis—es rusa. Se trata de la Obertura 1812, de Pyotr Illyich Tchaikovsky (1840-1893), a cargo de Zubin Mehta y la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles. También es una obra conmemorativa; en este caso, de la derrota del gran ejército invasor—medio millón de efectivos—conducido por Napoleón Bonaparte. Creo que todos hemos oído la popular pieza, cuya orquestación incluye carillón y cañones (a veces campanas tubulares, banda de guerra para su sección final, coros y órgano). Todos sabemos reconocer en ella las notas de La Marsellesa, y hemos aprendido, gracias a Tchaikovsky, las del himno Dios salve al Zar.
Jorge Luis Borges Acevedo (1899-1986) fue el secretario de actas y cronista del universo entero. Sus temas: la memoria, los sueños, los dobles, los espejos, los laberintos, los dioses y la divinidad, las religiones, la traición y la muerte violenta, el pensamiento, los libros—preferentemente esotéricos—, el infinito y, ocasional y discretamente, el amor de hombre y mujer.
Sus narraciones son también ensayos filosóficos o artículos; se dice que es el creador de todo un género nuevo: la filosofía de ficción. Pero también se le atribuye la primera obra de realismo mágico: Historia universal de la infamia (1935); así lo declaró el crítico Ángel Flores, la primera persona que empleó el término.
El método de Borges incluye la invención de escritores que nunca existieron, para plantear en sus obras imaginarias los asuntos que le apasionan. Alguna vez admitió que la holgazanería le prescribía esa técnica; en lugar de escribir un tratado él mismo, le era más fácil crear un personaje que lo hubiera hecho y comentarlo. Puede habérsele pasado la mano: por mucho tiempo creyó bastante gente que Adolfo Bioy Casares, su amigo y socio de aventuras editoriales—la colección policíaca del Séptimo Sello, por ejemplo—era un invento de Borges.
La escala de sus textos es la de Chopin en su música; piezas cortas. Su labor es la de un joyero. Es difícil pensar en otro escritor que lograra más con la simple conjunción de adjetivo y sustantivo: oblicuo alfil, heterogéneas fatigas, tenue armamento, pronunciación incurable, vademecum sedoso… El suyo es un lenguaje compacto y preciso, como un bisturí o pincel fino. Tiene palabras favoritas: tenue, arduo, fatiga, fatigar, e imágenes que también repite: «Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado», en El jardín de senderos que se bifurcan, y «la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí», en El Sur. Cuando hace poemas rompe la frase para preservar la consonancia de los versos, aun entre estrofas. (Ver las tres primeras del Poema de los dones). Con gran frecuencia construye las ideas con negaciones y dobles negaciones; en lugar de decir «Todo ejercicio intelectual es finalmente inútil», escribe «No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil», y prefiere, a decir «más pesada», poner «Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día», o el uso elegante de adverbios: «no es menos anterior y común que mi divulgada novela».
Encuentra ideas que no se nos ocurrirían: «Pensar es olvidar diferencias», «una divinidad que delira», «es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo», «Dios, arguye Nils Runeberg, se rebajó a ser hombre para la redención del género humano; cabe conjeturar que fue perfecto el sacrificio obrado por él, no invalidado o atenuado por omisiones. Limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio. Afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción; los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles».
La lectura de Borges es vertiginosa; exige atención hacia un autor que no es pedante aunque sea extraordinariamente culto. Los autores que cita, cuando no los ha inventado, y sus obras son mencionados porque la escritura lo exige, no para humillar a quien lo lee. Por fortuna, es capaz de un humor también extraordinario: Pierre Menard, autor del Quijote, por ejemplo, o El Aleph. La declaración que abre Las palabras y las cosas, el libro más importante de Michel Foucault, reconoce: «Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento—al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro». Ese texto es El idioma analítico de John Wilkins pero, profundamente argentino, Borges pensaba que su mejor cuento era El Sur, una tragedia repentina e imprevisible que deviene de concatenaciones insignificantes.
Mario Vargas Llosa dijo de él: «Borges es uno de los más originales prosistas de la lengua española, acaso el más grande que ésta haya producido en el siglo XX». Menos dubitativo, otro Premio Nóbel, Gabriel García Márquez, asentó: «Borges es el escritor de más altos méritos artísticos en lengua castellana». Pero quizás haya sido el tributo más honesto el de Julio Cortázar, que una vez dijo a un periodista, que buscaba malquistarlo con Borges al contraponerlos políticamente, algo que pudieran haber dicho todos los autores del Boom Latinoamericano: «No hay nada que yo haya escrito que no hubiera escrito antes Jorge Luis Borges».
Borges era, para muchos, un conservador antidemocrático. Él mismo dio pie a esta interpretación al cerrar su introducción a La moneda de hierro con estas palabras: «Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística». Resollaba por la herida que el peronismo—»no es ni bueno ni es malo, es incorregible»—había inflingido a su patria; nunca admitió demagogos o dictadores. En verdad, todo gobernante le era incómodo: «Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos». Por supuesto, fue siempre un enfant terrible presto a la boutade.
En suma, una elegante inteligencia literaria: prodigiosa, pedagógica, paciente. No era Borges arrogante ni creía haber alcanzado la certidumbre que elude a los hombres: «La duda es uno de los nombres de la inteligencia».
Ése era el hombre que leerán ahora. LEA
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El texto que antecede fue escrito para el Club de Lectura Las Hormigas, al que mi señora pertenece. Acompañaba a una selección de diez narraciones de Borges y seis de sus poemas y apuntes. (Esa selección puede ser descargada acá como archivo de formato .pdf: Textos de Borges). También adjunté el apunte Borgiana, que mecanografié en la Navidad de 1976; fue precedido de esta presentación:
Alguna vez pretendí usar su estilo; el año cuando conocí a mi esposa, deslumbrado por su belleza navideña que me dolía, me refugié en lo contrario tres días después de haberla visto, magnífica: de un blazer azul marino salía una camisa roja, y de sus blue-jeans zapatos negros de tacón alto con punta desnuda. Entonces ensayé esta profanación: Borgiana.
Ésta es la quincuagésima entrada musical de este blog, y con ella quiero agradecer a la radiofonía y la televisión venezolanas, especialmente a las emisoras del Grupo 1BC, por haberme descubierto la buena música. Debo ayudarme de la memoria y la colección almacenada en los archivos de iTunes en mi computador, y la primera no es tan fiel.
Las piezas que he colocado aquí sonaron primero en mis oídos, principalmente, por la posición de 750 KHz en el dial AM y el Canal 2 de la banda VHF en televisión. No hubo televisión en Venezuela hasta 1952, cuando se estableciera el Canal 5 de la Televisora Nacional. Yo tenía entonces nueve años, y vi una tarde con mi padre su primera transmisión en el botiquín de Cartagena en la urbanización La Campiña, donde ahora se encuentra el edificio sede de PDVSA. Era un breve documental de escena en alguna selva africana, por la que poderosos leones se paseaban majestuosamente. Después vendrían chimpancés—el famoso mono Barrilete—y más tarde la más variada oferta de dos canales adicionales que incluyó deportes y los primeros enlatados.
…allí estarrá (sic) Tamakún
Pero fue antes, por la radio, cuando por primera vez me cautivara un tema de música culta. A la cesación de la mítica El derecho de nacer, que mi madre oía religiosamente por Radio Caracas, otra radionovela con libreto de Félix B. Caignet, Los ángeles de la calle, se presentaba con un tema hermoso. Claro que los chamos de entonces preferíamos a Tamakún y su carnal Alí Yabor (narrado, con divertida erre fuertemente afrancesada, por Aureliano Alfonzo Barrios: «Donde el dolor desgarre, donde la miserriaoprrima, donde la maldad imperre, donde el peligrro amenace… allí estarrá Tamakún, el Vengador Errante»). Pero mis orejas quedaban absortas al comienzo de la segunda radionovela de Caignet—luego me iba a hacer otra cosa—para escuchar el fragmento noble de Júpiter, de la suite Los planetas de Gustav Holst (1874-1934). Alfonzo Barrios fue, por cierto, el narrador de Los ángeles de la calle. Aquí está el gigantesco planeta por la Orquesta Nacional de Francia bajo la batuta de Lorin Maazel. El tema de la radio se inicia a los 2 minutos y 55 segundos de esta grabación.
Júpiter
La marca Radio Caracas no existiría hasta 1935, a la muerte de J. V. Gómez; antes había sido Broadcasting Caracas, y sus siglas radiofónicas eran YV-1BC, que designaban a la primera emisora radial del país. De allí la denominación posterior del grupo que añadiría a Ondas Populares (950 KHz) y, en 1953, a Radio Caracas Televisión. Unos meses antes, el Canal 4 se había establecido como la primera televisora privada del país; su nombre era entonces Televisa, el que luego sería cambiado a Venevisión cuando su licencia fuese adquirida por Diego Cisneros en 1960. El gobierno de Pérez Jiménez eligió de primero, naturalmente, su ubicación en la banda VHF, y tomó el Canal 5 por encontrarse hacia el medio; la sintonización se aseguraba así en las antenas que cada hogar orientaba para captar la banda entera.* En ese tiempo, estudiaba en el Colegio La Salle de La Colina, y quienes teníamos prácticas de laboratorio vespertinas a partir de tercer año de bachillerato (1956) almorzábamos a veces en el comedor de Televisa por valor de dos bolívares; allí aprendimos, con los fibrosos pedazos de carne, el sentido del refrán comparativo: «Más nervioso que bisté de a bolívar». (El Canal 4 había instalado un ring para transmitir la lucha libre, y especulábamos que Dark Buffalo, el imbatible luchador de la estranguladora, era en verdad nuestro profesor, el competente catalán Arturo Mulet Oro, de fuerte contextura, pues la forma de su cabeza se asemejaba a la que el luchador escondía bajo una máscara). También fuimos testigos de la instalación de la enorme antena de RCTV, un poco más arriba de Televisa; antes de erigirse, la gran estructura fue acomodada a lo largo de un tramo de la calle Bella Vista, que desembocaba en la entrada sur del colegio.
Primeros bachilleres de La Salle La Colina (1959). Alcalá sentado al lado del Hno. Gastón, 1er. Director. (Clic amplía).
Acá nos vemos mejor: de izq. a der. 1ª fila: Hail, Nouel, Chapellín, Áñez, Rojas, Guinand, Carrillo, Plaza, Arcia, Cardona, Weil; 2ª fila: Quintard, Yoris, Barreiro, Henao, Morandi, Díaz, Avella, Brucker, Stolk, Romero; 3ª fila: Leo, De Fries, Alcalá, Jugo, Sassano, Sarmiento, Gabor, Medina, Mijares, Daumen.
Vuelvo a la radio: el 9 de diciembre de 1930, el compositor Carlos Bonnet—Quitapesares, Negra la quiero, El curruchá—, nacido en Villa de Cura, dirigió a la Orquesta de Radio Caracas para la interpretación de la marcha oficial de la estación, la sabrosa Marcha 1BC que él compuso y escuchamos a continuación.
Marcha 1BC
Tomaba Coca-Cola
Era mi amigo de infancia, estrecho compinche de barajitas y partidas de béisbol, aviones de plástico y planes de hacer cine, Oscar Álvarez Sylva. Su padre, Oscar Álvarez De Lemos, era ingeniero técnico del Grupo 1BC, y en su casa de La Campiña conocí a Félix Cardona Moreno—Pancho Tiznados y de El Baúl—, Cecilia Martínez y Charles Barry, figuras de RCR y la incipiente RCTV. El cuñado del Sr. Álvarez—hombre éste bondadoso y de eterno buen humor—era Rafael Sylva Moreno, pintor, publicista y director y productor de programas de televisión. Dirigió, por ejemplo, Kit Carson, héroe y cowboy cuyas aventuras transmitía RCTV con producción de McCann-Ericson (La verdad bien dicha). Era este Sylva el mismo del insólito Nuestro Insólito Universo. La cultura sinfónica de Rafael es asombrosa, y con frecuencia determinaba la musicalización de los programas. Así, escogió Fêtes—aquí por Pierre Boulez y la Orquesta de Cleveland—, uno de los Nocturnos orquestales de Claude Debussy (1862-1918), para la presentación de Kit Carson, cuyo anfitrión era Guillermo Rodríguez Blanco (de justa fama por su encarnación del charnequeño Julián Pacheco). Mientras sonaba la sección que se inicia a los 2 minutos y 33 segundos del comienzo de esta versión, Kit se acercaba en una lenta cabalgata hasta un establecimiento en cuyos palos exteriores amarraba el caballo; luego subía unos escalones de madera para abrir una máquina expendedora de refrescos de la que tomaba una botella de Coca-Cola, patrocinadora del programa. (A la sazón, mi padre era Gerente de Administración de la Cervecera Nacional, y encargaba una caja semanal de veinticuatro botellas del refresco que los hermanos Alcalá-Corothie bebíamos ante alguna peripecia del Oeste vaquero).
Fêtes
Marcos y Pedro en el exilio
Hubo programas de radio que fueron transplantados al medio televisivo: Frijolito y Robustiana, El Bachiller y Bartolo, o radionovelas convertidas en telenovelas; precisamente fue la más famosa El derecho de nacer, y Raúl Amundaray fue el Dr. Albertico Limonta que vimos en televisión.
Televisa y RCTV competían en todo: el primer beso abiertamente erótico de la televisión venezolana se lo dieron Henrique Vera Fortique y la despampanante Zoe Ducós—después esposa de Miguel Silvio Sanz, segundo de Pedro Estrada en la temible policía política de Pérez Jiménez: la Seguridad Nacional—, por Televisa. Ni cortos ni perezosos, los libretistas de RCTV ripostaron a la noche siguiente con uno de Luis Salazar y su esposa: Hilda Vera Fortique, hermana del precursor. (Como en la vida real estos últimos eran consortes, su beso fue más largo y convincente; todo un escándalo protestado por el Arzobispado de Caracas. El me-too de RCTV no ganaba en premura, pero lo había hecho en verismo).
Uno de los programas estrella de RCR, y uno de mis favoritos, era El Torneo del Saber, una producción de ARS Publicidad (Permítanos pensar por Ud.), agencia fundada por Carlos Eduardo Frías en sociedad con Arturo Úslar Pietri. El público enviaba preguntas a un cuarteto infalible, compuesto por nada menos que Úslar Pietri, Alejo Carpentier, Miguel Acosta Saignes y Franklin Whaite, encargado de fildear las cuestiones de deporte. (A veces sustituido por Abelardo Raidi; en ocasiones, José Antonio Calcaño hacía la segunda a alguno de los humanistas). Era muy difícil ponchar a esta poderosa batería, pero si ésta no podía contestar alguna pregunta, el remitente recibía por correo certificado la cantidad de cien bolívares. Usualmente, debía conformarse con veinte, pues era raro que la pregunta más difícil no fuera contestada de inmediato. El Torneo del Saber, transplante de la radio, fue el primer programa de concursos de la televisión en Venezuela, y su tema musical era el primero de La gazza ladra, obertura de Gioacchino Rossini (1792-1868). Es el que oímos en la venerable versión de Arturo Toscanini y su Orquesta de la NBC poco antes de los 12 segundos del comienzo, justamente después de los redobles iniciales.
La gazza ladra
La cátedra en las ondas de Hertz
Úslar Pietri fue siempre hombre de medios, especialmente de televisión, y Valores Humanos fue desde RCTV una cátedra invalorable de cultura general. El 17 de mayo de 1996, con ocasión de sus noventa años, se publicaba en mi revista referéndum el artículo Noventa años de luz: «Uno era niño cuando ya aprendía de él porque, habiendo sido siempre de la modernidad, Arturo Úslar Pietri estuvo en nuestra primera televisión y así llegó a ser el maestro cimero de una muchedumbre de amigos invisibles. Su inconfundible hablar, sus palabras favoritas, su abundante discurso nos fascinaban, nos paralizaban ante la pantalla porque podía saborearse cada dato, cada certero juicio, cada regalo de luz. ¿Quién entre nosotros, los invisibles, puede decir que no aprendió de él? (…) Úslar es Venezuela, y como eso es así es buena Venezuela. Porque un país en el que nace Úslar, en el que vive Úslar, al que regresa Úslar, en el que se queda Úslar prefiriéndolo entre todos los que le ofrecerían patria de inmediato, no puede ser un mal país. Es un país bueno, y que siempre ha sido su oficio. Es por esto entonces, visible Maestro, que somos mejores, porque Usted se ha ocupado de nosotros». El tema de la primera temporada de Valores Humanos era el de la coda de recapitulación del último movimiento de la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, pero luego fue sustituido por el comienzo de Primavera, el primero de los concerti grossi que conocemos como Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi (1678-1741). Aquí está la refrescante música por Ettore Stratta y la Orquesta de Cámara Barroca.
<Primavera
El fiscal científico
No estoy del todo seguro, pero pudiera haber sido Rafael Sylva quien escogiera la Marcha de El amor de las tres naranjas, de Sergei Prokofiev (1891-1953), para musicalizar la presentación de un apasionante programa que RCTV transmitía, a fines de los cincuenta, los domingos a las nueve de la noche: El Sr. Fiscal (1954-1955). El anunciante del programa era General Motors, y sobre los acordes del ruso el locutor decía con solemnidad y una pausa para cada marca cuando su emblema aparecía en la pantalla: Chevrolet… Pontiac… Oldsmobile… Buick… Cadillac… Opel… Vauxhall… y camiones GMC… presentan, el Señor Fiscal. Entonces comenzaba el típico programa de tribunales estadounidense, sólo que en este caso no se seguía la línea tradicional del héroe defensor—por ejemplo, Perry Mason—, sino que su protagonista era un acusador fiscal de distrito llamado Paul Garrett, Mr. District Attorney. (David Brian era el actor). George Szell dirige a la Orquesta de Cleveland.
Marcha
¿El de la patria?
La buena música no siempre musicalizaba programas; la industria de la publicidad tiende a emplear gente de cultura para sus departamentos creativos, y por tal razón la música clásica emerge en la propaganda de productos específicos, aquí y en todo el mundo. (Por ejemplo, Sous le dôme épais, o Dueto de la flor, de la ópera Lakmé de Léo Delibes, usado por British Airways en una larga serie de anuncios en TV). Dos ejemplos vienen de inmediato a mi memoria: los relojes Rolex y la salsa de tomate Heinz. Varias décadas atrás, Rolex se anunciaba en nuestra televisión con la fanfarria de apertura de Así hablaba zaratustra, poema sinfónico de Richard Strauss (1864-1949), la misma que usara Stanley Kubrick en 2001: Odisea del espacio. La rica ketchup, en cambio, tardaba una eternidad en salir silenciosamente de una botella puesta boca abajo, y al emerger por fin la viscosa pasta, sonaba triunfalmente el tema ceremonial de la primera de las marchas de Pompa y circunstancia de Edward Elgar (1857-1934). Georg Solti se encarga ahora de ambos temas, de Strauss al dirigir la Orquesta Sinfónica de Chicago y de Elgar con la Sinfónica de Londres. (La fanfarria abre y se sostiene con un pedal de órgano sobre el Do audible de más baja frecuencia, a 32 Hz; el tema usado para Heinz es el de la recapitulación, a los 5 minutos y 4 segundos de la grabación colocada acá).
Fanfarria
Pompa y circunstancia
La televisión, pues, y sobre todo la radio, me enseñaron buena música, formaron mi gusto. Por RCTV no podía dejar de ver la emisión semanal del Concierto Firestone, del que recuerdo maravillarme con la perfección instrumental del Vals de las flores y la hermosura de El Cisne, la pièce de résistance del Carnaval de los animales de Saint-Saëns. Mi relación con la radio es mágica, e incluye episodios de sincronicidad jungiana. Viniendo una mañana de Montalbán hacia Las Delicias de Sabana Grande, decidí repentinamente estacionarme en la Avenida Páez de El Paraíso para completar la audición de una música cuyo nombre no poseía; la había oído antes y apreciaba la nobleza de su tema principal, pero no sabía cómo se llamaba. Al terminar la obra, el locutor de Radio Nacional de Venezuela me informó que acababa de escuchar la Segunda Sinfonía de Jan Sibelius. (Abajo su majestuoso último movimiento por la Orquesta Sinfónica de Boston, dirigida por Colin Davis). ¡Ya era rico! Entonces me percaté de que había detenido el automóvil justo enfrente de Radio Caracas. Una hora más tarde supe también que ese mismo día de 1966 concluía Oscar Álvarez de Lemos su larga relación laboral con las Empresas 1BC para dedicarse a fundar Audio Especialistas, la firma de equipos de sonido que había sido el sueño de toda una vida. Allí pude comprar, gracias a un legado de mi madrina de bautizo, un equipo con el que oiría mejor a Sibelius; creo que fue la primera venta de su compañía. (Una noche de mediados de 1972, embriagado por un nuevo amor, subía a jugar bolas criollas en casa de los Plaza-Ayala en Club de Campo con Javier Ayala Buroz, en época del campeonato mundial de ajedrez que Bobby Fischer ganó a Boris Spassky en Reikiavik; es decir, entre julio y septiembre. Teníamos puesta en el carro la Radio Nacional de Venezuela, y entonces le pedí que se callara. De nuevo, era una hermosa melodía que mi abuela materna tocaba al piano y me encantaba, pero no sabía qué era. Esa noche supe que se trataba de Mon coeur s’ouvre a ta voix, la bellísima aria para soprano de la ópera Sansón y Dalila de, una vez más, Camille Saint-Saëns. (La mejor versión que conozco, puesta abajo, es por la insuperable María Callas). De nuevo, me había enriquecido súbitamente gracias a la radio).
Allegro moderato
Mon coeur s’ouvre a ta voix
La partitura de Rimsky-Korsakoff
Ahora enfrento dos lagunas, pues no recuerdo los programas cuyos temas pondré a continuación. Mejor dicho, recuerdo uno de ellos pero no su nombre. Del otro evoco sólo que era una telenovela de RCTV, que mi madre veía, con musicalización de la Variación 18 de la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Sergei Rachmaninov (1873-1943). Aquí pongo el hermoso fragmento por Philippe Entremont al piano y la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy. La misma orquesta y el mismo director interpretan después la Procesión de los nobles, de la ópera-ballet Mlada, compuesta por Nikolai Andreievich Rimsky-Korsakoff (1844-1908). Esto era el tema de un programa matutino de música clásica que difundía la Emisora Cultural de Caracas (FM 97,7); quien había escogido la pieza y alimentaba las emisiones con su prodigiosa discoteca era el ingeniero Humberto Peñaloza, valor de la civilidad venezolana que había fundado, con gente como Gonzalo Plaza, la primera emisora del país en frecuencia modulada. (Sus estudios e instalaciones técnicas están también al borde sur del Colegio de La Salle en La Colina de Los Caobos). La pieza de Rimsky es un toque de alegre alerta, pero he olvidado el nombre del programa y Google no ha podido ayudarme.
Variación 18
Procesión de los nobles
El mejor programa sabatino
Pero la radio de hoy en día es otra cosa; ahora pone la hipermoderna Radio Caracas Radio, los sábados a mediodía, un programa buenísimo. Se trata de Dr. Político, y como consiste en una aproximación médica a la Política, su tema musical es tranquilizante, propio para la sanación de una psiquis ciudadana atribulada por sobresaltos y alarmas frecuentes. Este tema no es otro que Baïlèro, el más hermoso de los números de Chants d’Auvergne, la maravillosa recopilación hecha por Joseph Canteloube (1879-1957) de estos cantos provenzales. (Baïlèro es canto de los pastores del Alto Auvergne). Lo canta como nadie la gran soprano estadounidense Renée Fleming (The Beautiful Voice). El programa tomó, sin embargo, sólo material de su introducción instrumental, y la música que se escucha en Dr. Político en RCR es un fragmento que arranca a los 36 segundos del inicio de lo que aquí coloco. Creo que Ud. convendrá en que es una melodía apaciguadora.
Baïlèro
Gracias, Marconi; gracias, Zworykin. A Uds. debo la música. LEA
………
*Oscar Álvarez Sylva me ha recordado esto: «Cuando empezó RCTV, el canal asignado fue el canal 7; luego de un tiempo, fue cambiado por solicitud de RCTV al canal 2, un canal en una frecuencia más baja y de mejor propagación en la complicada geografía de Caracas. Finalmente, los canales fueron 2-3-7 y 10 para cubrir el territorio nacional». Esto es la verdad; Televisa-Venevisión asumió los canales 4, 9 y 11. Vale.
Hay música que no requiere la palabra. Se pudiera decir que es música pura; en un sentido, música muda. Es la música que llamamos instrumental.
Aquí llega el sonido
Muchas veces ha sido pensada para el baile, pero siempre lo es para ser escuchada. Es una de las maravillas de la vida que pueda suscitarse tanto placer por algo que llegue al cerebro desde dos apéndices en ubicación simétrica a los lados del cráneo. Un nervio especializado—el octavo par craneal—es el encargado de transmitir la sensación del oído a la corteza cerebral, junto con otra información esencial para el baile, el sentido del equilibrio. (Clásicamente denominado nervio auditivo o acústico, recibe hoy el nombre de nervio vestíbulo-coclear, justamente para recordar que transmite ambas sensaciones). Sus fibras alcanzan la llamada corteza auditiva primaria en el lóbulo temporal del cerebro (aréas 41 y 42 del mapa de Brodmann), pero hay al menos dos zonas adicionales, secundaria y terciaria, que procesan ulteriormente la percepción del sonido. El asunto es bilateral, como las orejas, una condición que permite la estereofonía y la capacidad de ubicar con precisión el origen espacial de una fuente sonora. (Esto no es posible con las frecuencias bajas, cuya longitud de onda supera la distancia entre las orejas. De allí que no importe la colocación de un subwoofer en una sala para disfrutar el rendimiento de un buen equipo de sonido).
El inolvidable Glenn Miller
Pero ¿qué hago en este territorio de la acústica? Entrémosle a la música instrumental de una buena vez. Glenn Miller (1904-1944), líder de una big band basada en saxofones (cum clarinete característico) y metales, hizo bailar a miles con Chattanooga Chooh Chooh, In the Mood o Pennsylvania 6-5000. En 1939 compuso y grabó por primera vez Moonlight Serenade, un foxtrot que tuvo letra de Mitchell Parish. Pero fue la versión instrumental la que se universalizaría como marca de fábrica de la orquesta de Miller, y ésta la adoptó como pieza que abría todas sus presentaciones. Es, por tanto, perfecta para abrir el grupo de esta entrada musical #49 del blog. Hela aquí por esta banda eterna, dirigida por el oficial especial Glenn Miller, perdido en acción el 15 de diciembre de 1944 sobre el Canal de la Mancha, cuando se dirigía a París para animar con la Banda de la Fuerza Aérea de los EEUU a los soldados que habían liberado a la Ciudad Luz de las garras nazis. Moonlight serenade
Annunzio Paolo Mantovani
Ray Conniff
Si seguimos «comenzando», Beguin the beguine, de Cole Porter (1891–1964) es la pieza indicada. En Una docena más en este blog, se indicó incorrectamente el origen mítico de esta pieza, señalando que Porter la habría «inventado» al piano del Hotel Ritz en París. La verdad es que la compuso en 1935 mientras viajaba por el Pacífico en el buque Franconia de la línea Cunard. En octubre de ese año, se estrenaría el musical Jubileo, con música enteramente compuesta por Porter sobre un libreto de Moss Hart. Uno de los números era el beguine que cantó June Knight con gran éxito. Mantovani y su orquesta nos traen la pegajosa pieza de Porter. Y, si seguimos con este compositor de canciones inolvidables, cabe colocar también I’ve got you under my skin, la pieza favorita de la hermana María Elena que cantara maravillosamente, entre muchos, Frank Sinatra. La versión instrumental es en esta ocasión la de la orquesta de Ray Conniff.
Begin the beguine
I’ve got you under my skin
Creía en el matrimonio
Fue hacia 1927 cuando Rita Montaner grabó una rumba de Moisés Simons (1889-1945) que todos hemos escuchado (y bailado): El manisero. Pero sería la versión grabada por Antonio Machín y la Orquesta Habana Casino en 1930 la que vendería más de un millón de copias en discos de 78 revoluciones por minuto, la primera vez que esto ocurría para una pieza compuesta por un cubano. Simons llegó a obtener regalías de más de cien mil dólares tan sólo por la venta de partituras. Y Rita Montaner fue la primera esposa de Xavier Cugat (Francesc d’Asís Xavier Cugat Mingall de Bru i Deulofeu), un vasco-cubano-estadounidense que más tarde tendría otras cuatro consortes (entre ellas la bomba sexy Abbe Lane). Es con la Orquesta Waldorf-Astoria fundada y dirigida por Cugat, que escuchamos ahora The Peanut Vendor.
El manisero
La edición original de 1902
Bastante antes, Scott Joplin (1867-1917) componía y publicaba The entertainer (1902), el ragtime que volvió a popularizarse al ser empleado como tema de la película El golpe, coprotagonizada por Paul Newman y Robert Redford. (The sting fue a las salas de cine el día de Navidad de 1973; al año siguiente ganó siete Premios Oscar, entre ellos el de mejor película). Una sífilis terciaria llevaría a Joplin a la demencia y a la muerte, pero este músico ya había desatado una previa locura por el ragtime con su pieza emblemática: The Maple Leaf Rag, e influido de manera decisiva la evolución del jazz. Aquí toca The entertainer, con el ritmo sincopado característico del rag, Joshua Rifkin, quien grabó tres álbumes de larga duración con obras de Joplin y contribuyó a su redescubrimiento tanto como lo hiciera la película mencionada.
The entertainer
El lounge del Café del Mar en Ibiza
Del piano a las guitarras, como permitía Federico Chopin con felicidad—dijo: «Sólo hay algo más hermoso que una guitarra: dos guitarras»—, con la pieza Entre dos aguas, a cargo del brillante guitarrista y compositor gaditano Paco de Lucía (1947) en compañía de José Torregrosa. (En una versión previa de 1975, Ramón de Algeciras tocaba la segunda guitarra). El verdadero nombre del autor es Francisco Gustavo Sánchez Gómez; lo de Paco se entiende de inmediato, y sólo queda explicar que su madre portuguesa se llamaba Lucía Gomes. La pieza en cuestión fue incluida en el disco compacto #1 de la selección de Café del Mar de 2003, con la versión grabada en 1981 por de Lucía y Torregrosa. Paco de Lucía, líder del flamenco moderno, ha alcanzado justa fama como guitarrista y promotor; es su calidad artística lo que llevara a Carlos Saura a solicitar su participación en películas tan hermosas como Carmen (1983), protagonizada por Antonio Gades y su compañía de baile.
Entre dos aguas
La pieza por su orquesta
No se necesita una orquesta, pues, para tocar música muda, pero es un conjunto orquestal una experiencia sonora más completa, sin duda. Alguien que capitalizó este gusto del público por la música instrumental fue el compositor David Rose (1910-1990), él mismo director de orquesta además de pianista y arreglista. Nacido en Londres, fue criado en Chicago, donde se inició profesionalmente como músico a la edad de dieciséis años. Su primera composición fue la muy exitosa Holiday for strings, que oiremos por la Orquesta de Billy Vaughn. Cuando el comediante Red Skelton, a quien Rose conoció en el ejército durante la II Guerra Mundial, lo reclutó para dirigir la orquesta del espectáculo televisado de los cigarrillos Raleigh, la pieza se convirtió en el tema del programa. Otras versiones que alcanzaron fama fueron la parodia Holiday for States, cuya letra consiste en nombrar los estados de los EEUU, y una en la que el cantante (Ruth Buzzi) ríe la melodía. Hasta el cine llegó en una película—It could happen to you—de Bridget Fonda y Nicolas Cage. Apuesto a que Ud. había oído la pieza y no recordaba su nombre.
Holiday for strings
Double play de Edwards y Mancini
Ya que he hablado varias veces de cine, pudiéramos recibir a Henry Mancini (1924-1994) y su tema más famoso, el de la serie de películas del Inspector Clouzeau, La pantera rosa, que hiciera el descacharrante Peter Sellers y diera origen a los divertidos dibujos animados del astuto animal. Los padres de Mancini emigraron de Abruzzo a los Estados Unidos y, tal vez para no perder a la madre patria de un todo, se residenciaron en Little Italy, un suburbio de Cleveland en el estado de Ohio, donde nació el compositor. Mancini ganó varios premios de la Academia del Cine, los más de ellos dentro de su larga colaboración con Blake Edwards. Entre sus piezas más famosas se encuentran nada menos que Moon River (el tema de Desayuno en Tiffany) y Days of Wine and Roses. Es su colega musicalizador de cine, John Williams, quien dirige a la Boston Pops (la misma gente de la Orquesta Sinfónica de Boston) en el tema de The Pink Panther.
La pantera rosa
¡Auxilio! ¡Socorro!
No son únicamente los músicos de atril estadounidenses quienes interpretan música que no es de la llamada culta. Los doce violonchelistas de la mismísima Orquesta Filarmónica de Berlín han formado un conjunto que toca música popular tanto como clásica. Aquí interpretan Yesterday, la conocidísima pieza compuesta por Paul McCartney (1942) y popularizada por The Beatles en 1965. (En el álbum que se llamó Help!) Mc Cartney la compuso mientras dormía en la casa de su novia de entonces y al despertar fue al piano para fijarla; luego sospechó que pudiera haber plagiado la melodía en sueños, por lo que invirtió el siguiente mes en averiguar si pertenecía a alguien. Era de él, y tal vez sea la canción del grupo más interpretada de todas. La pieza se presta al tratamiento berlinés porque ella misma está arreglada para cuarteto de cuerdas en su versión original (lo que atestigua que estos músicos de Liverpool lo eran de verdad verdad). Elevada al Salón de la Fama del Premio Grammy, fue votada en 1999, en una encuesta de la BBC, como la mejor canción del siglo XX. (Para mi gusto, es una canción mejor Your song, de Elton John. Ver en este blog Una docena más).
Yesterday
La película de Tony Richardson
Permanezcamos por dos piezas más en las Islas Británicas. Allí, en 1958, se estrenó A taste of honey, la opera prima de una dramaturga inglesa de dieciocho años de edad, Shelagh Delaney. Esta obra revolucionó el teatro inglés, y ya en 1960 llegaba a Broadway acompañada de una canción compuesta por Bobby Scott (letra de Ric Marlow). Al año siguiente, el drama fue adaptado para el guión de una premiada película con el mismo nombre. Los Beatles grabaron la canción en 1963, y Herb Alpert y sus Tijuana Brass grabaron en 1965 una versión instrumental que les valió el Premio Grammy y todo el mundo bailó. Es ella la que oímos a continuación.
A taste of honey
Lady Enya
Luego, podemos reposar con Relaxation (Watermark), una apacible pieza de Eithne Ní Bhraonáin (1961), a quien mejor conocemos como Enya. Esta versátil profesional de la música nacida en Irlanda del Norte, hace todos sus arreglos y se ha convertido en una importante musicalizadora de películas. Su incansable actividad, y la aceptación de sus excepcionales ejecuciones, la han llevado a colocarse sólo tras la banda U2 como exportadora de música de Irlanda, habiendo vendido más de 75 millones de discos.
Relaxation
El álbum más famoso de Brubeck
Ya que hemos sido apaciguados estamos preparados para la vivacidad de Take five, la pieza principal de Time Out, el más exitoso álbum y la más exitosa pieza del Cuarteto de Dave Brubeck (1920). Su compositor es Paul Desmond (1924-1977), el talentoso saxofonista del grupo y largo tiempo socio de Brubeck. Joe Morello en la batería y Eugene Wright en el bajo completaban el cuarteto que produjo Time Out. El nombre del álbum y el de la pieza aluden a la experimentación rítmica abordada por el cuarteto; Take five sugiere, naturalmente, al acto de chocar esos cinco (hoy dicen: Give me five!) pero se trata, en verdad, de que la pieza está escrita en un compás de cinco notas negras (5/4), lo que la hace rítmicamente inusual. (Otra pieza, Blue Rondo à la Turk, está en ritmo balcánico—de allí el nombre que evoca al Rondó a la turca de W. A. Mozart—de 9 por 8). En cambio, la dulce Dziekuje (Gracias, en polaco) fue compuesta por Brubeck en homenaje a Federico Chopin, al salir de Polonia en gira plasmada en el álbum de 1958 Jazz Impressions ofEurasia. (En este caso el contrabajista fue Joe Benjamin). Las dos piezas seguidas vienen ahora.
Take five
Dziekuje
Otro premio para Barry White
Y ahora viene a nosotros el gran éxito de Love’s theme, la pieza compuesta por el compositor y cantante estadounidense Barry White (Barry Eugene Carter, 1944-2003), ganador de dos Premios Grammy. White y la orquesta Love Unlimited fueron precursores de la música disco que dominara la década de los setenta (ver en este blog, para el dúo de Barbra Streisand y la Reina del Disco, Donna Summer, en Enough is enough, La voz de la mujer). White, un delincuente juvenil apresado por robos de neumáticos de Cadillac a sus 17 años, escuchó en la cárcel a Elvis Presley cantando en la radio It’s now or never, y la experiencia le señaló el camino de su verdadera vocación. En 1973 creó la orquesta, y al año siguiente grababa el álbum Rhapsody in White (alusiva a la rapsodia blue de George Gershwin) que contenía Tema de amor, que ese año se ubicó en el primer lugar de las tablas Billboard Pop. El pegajoso tema se convirtió en una suerte de himno de las discotecas.
Love’s theme
El genio musical de Cuba
Vamos a cerrar esta entrada cumpleañera con un video en el que veremos al pianista cubano Frank Fernández mientras interpreta, con el lujoso acompañamiento de la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar, otra clase de himno: La comparsa, del gran Ernesto Lecuona (1895-1963). Este caballero, fruto de padre canario y madre cubana, nació en Guanabacoa (La Habana); compuso más de seiscientas obras, entre las que se cuentan la famosísima Malagueña, la no menos famosa Siboney, Andalucía y la canción Siempre en mi corazón, que fue nominada a un Premio Oscar de 1955. (Perdió en buena lid ante la canción navideña más grabada en la historia, White Christmas; tan sólo la versión cantada por Bing Crosby vendió 50 millones de copias). Lecuona fue a morir a Santa Cruz de Tenerife, donde estaba sembrada la raíz paterna, luego de emigrar de Cuba a Florida en 1960, muy inconforme con el régimen de Fidel Castro. En su testamento, dispuso que sus cenizas sean repatriadas a Cuba una vez que cese la dominación castrista.
Sí; por unos segundos escuchamos voces, aunque no suficientes para desmentir la premisa de esta entrada: eran voces a boca cerrada. ¡Feliz cumpleaños, hermana! LEA
Cinco quintas y una quinta vienen acá para certificar que el número cinco es auspicioso en materia de sinfonías. Después del enorme impacto de la Quinta Sinfonía en Do menor de Ludwig van Beethoven (1770-1827), su opus 67 y una de las piezas más conocidas y apreciadas del mundo, cada compositor que hubiera compuesto ya cuatro sinfonías ha debido sentirse en estado reverente, dispuesto a dar lo mejor de su arte en ese quinto puesto de su producción sinfónica.
Los cinco primeros compases de «la» Quinta Sinfonía
El Theater an der Wien en 1815
Claro que prácticamente todo el mundo sabe quién compuso el famoso motivo ta, ta, ta, taaaa, (Sol, Sol, Sol, Mi bemol), que el grandísimo director Wilhelm Furtwängler marcó como ninguno. El público que lo escuchó por primera vez asistía a un concierto de más de cuatro horas en el Teatro sobre el Río Wien en Viena, el 22 de diciembre de 1808, que incluyó además la première de la Sexta Sinfonía (Pastoral) y siete obras más del compositor; el propio Beethoven dirigió la orquesta. No fue un estreno auspicioso; en un momento dado, Beethoven decidió detener la ejecución de la Fantasía Coral y comenzar de nuevo luego de una fea equivocación de la orquesta. El agotamiento de la audiencia le ofreció a la gran obra una fría recepción, pero un poco más tarde ya ocupaba un sitial de honor en el repertorio sinfónico de la época: el influyente crítico E. T. A. Hoffman escribió un definitivo elogio de la pieza en el Allgemeine musikalische Zeitung. Acá está su primer movimiento, Allegro con brio, en interpretación de Herbert von Karajan al frente de su Filarmónica de Berlín.
Beethoven
Dirk Bogarde y Björn Andresen en Venecia
Algo menos conocida es la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler (1860-1911), una obra monumental que a veces es reportada como escrita en la tonalidad de Do sostenido menor. El propio compositor, sin embargo, aconsejaba no denominarla así, pues otros movimientos están en clave diferente. (El primero está en esa tonalidad; el último en Re mayor). Fue, de nuevo, el autor quien dirigiera el estreno de su sinfonía, el 18 de octubre de 1904 en Colonia. Al año siguiente se la presentaba en Cincinatti, pero pasarían cuarenta más antes de que los londinenses la escucharan completa, aunque el Adagietto colocado abajo—cuarto movimiento: Sehr Langsam—fue interpretado en 1909 en uno de los conciertos Proms de ese año, anticipando la popularidad que alcanzaría con Muerte en Venecia, la película (1971) de Luchino Visconti sobre la novela (1912) de Thomas Mann. Era la canción de amor de Mahler a Alma Schindler, su esposa. La acompañó de estas líneas: «Cuánto te quiero a ti, tú mi sol, no puedo decirte con palabras. Sólo puedo lamentar ante ti mi añoranza y mi amor». Georg Solti dirige ahora la Orquesta Sinfónica de Chicago.
Mahler
Shostakovich sobre Mravinsky según Russov
Ya en pleno siglo XX, Dmitri Shostakovich (1906-1975) liberaría su propia Quinta, op. 47 en Re menor. El 21 de noviembre de 1937, Yevgeny Mravinsky la dirigió por primera vez en Leningrado, tocada por los músicos de la orquesta filarmónica de la ciudad; más de media hora de aplausos recibió la interpretación, y se dice que Mravinsky celebró el triunfo agitando la partitura sobre su cabeza en alegre reacción al entusiasmo del público. (Habría tenido que ser con ambas manos, por el peso del gran tomo, y Mravinsky era una persona muy delgada. Tuve la inmensa fortuna de escuchar a esa misma orquesta y su director en el Royal Festival Hall del South Bank de Londres en el otoño de 1971, en un concierto que cerró con otra quinta sinfonía, la de Tchaikovsky. Fue una experiencia musical—dentro de una opulenta acústica que no desfallecía en el lejano balcón donde escuchaba—que perdurará en mi memoria mientras viva). Son esos mismos músicos quienes tocan de seguidas el magnífico segundo movimiento de la obra, Allegretto, en grabación de 1973. Es un movimiento jocoso, algo al estilo ácido de Prokofiev, construido como variaciones del motivo que abre la sinfonía. No queda sino decir, a Shostakovich, Mravinsky y los músicos de Leningrado, спасибобольшое!
Shostakovich
Del país con sol de medianoche
Para Jan Sibelius (1865-1957) su Quinta Sinfonía en Mi bemol mayor, op. 82, marcaba una ocasión especialísima, puesto que le fue encargada por el gobierno finlandés y estrenada el 8 de diciembre de 1915, el día de su quincuagésimo cumpleaños, que había sido declarado fiesta nacional. Ya Sibelius había compuesto, en 1899, el poema sinfónico Finlandia, su opus 26, que en sí mismo era un grito de emancipación del yugo de los rusos. (La obra llegó a ser ejecutada bajo diversos nombres para escapar a la atención de la policía de ocupación; por ejemplo, Sentimientos de felicidad al despertar de la primavera finesa. Su sección final fue más tarde arreglada como el Himno Finlandia, aunque el himno nacional de este país es oficialmente otra pieza). Era, por tanto, un amado héroe viviente de los finlandeses, que son una gente tan particular que el monto de sus multas de tránsito en carreteras depende del ingreso del infractor. Como en casi todos los casos anteriores, el compositor dirigió para el estreno de su sinfonía aniversaria a la Orquesta Filarmónica de Helsinki. Es el primer movimiento de la tercera versión de la composición, que data de 1919, el que toca aquí la Orquesta Filarmónica de Viena bajo la batuta de Leonard Bernstein.
Sibelius
Jugaba bien al ajedrez
En el caso de Sergei Prokofiev (1891-1953), en cambio, su Quinta Sinfonía en Si bemol mayor era nada menos que exactamente su opus 100. Era el líder de una colonia de compositores en las afueras de Moscú, establecida por el gobierno soviético para alejarlos de peligros de la Segunda Guerra Mundial, cuando compuso la sinfonía en un mes del verano de 1944. El 13 de enero del año siguiente, sería estrenada en el Gran Salón del Conservatorio de Moscú y, sí, era Prokofiev quien dirigía la Orquesta Sinfónica del Estado de la URSS. Poco después, sufriría una caída por problemas de tensión arterial de la que nunca se recuperó por completo. Un músico alineado con la revolución bolchevique, moriría apropiadamente el mismo día cuando se anunciara la muerte de Josef Stalin, el 5 de marzo de 1953. Prokofiev fue probablemente el compositor ruso más popular del siglo XX; también fue un buen jugador de ajedrez: en 1914 llegó a ganar una partida al mismísimo José Raúl Capablanca en un tercer intento de partidas simultáneas de exhibición. La ocasión se presentó en San Petersburgo, donde el genio cubano de 26 años quedó al frente de su torneo internacional de grandes maestros con punto y medio de ventaja sobre Emanuel Lasker, a quien arrebataría el título de campeón mundial siete años más tarde. Prokofiev y Capablanca iniciaron entonces una larga amistad. André Previn conduce a la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, la misma que ahora dirige Gustavo Dudamel, para ofrecernos el segundo movimiento de la obra, Allegro marcato.
Prokofiev
Aquí la estrenó Tchaikovsky
Ahora llegamos a la Quinta Sinfonía en Mi menor, op. 64. de Pyotr Illyitch Tchaikovsky (1840-1893), la que oí en Londres en 1971 y en el Teatro Municipal de Caracas el domingo 20 de abril de 1975, en el segundo concierto de la Orquesta de Cleveland conducida por Lorin Maazel. (No impidió mi asistencia, y no lo hubiera hecho otra cosa, una fractura triple de la cabeza del húmero izquierdo que sufrí cuatro días antes. Logré sentarme en un asiento que daba al pasillo central desde el ala derecha, para no molestar con mi brazo erguido e inmovilizado por un chaleco de once kilos de yeso). Acá sonará su glorioso cuarto movimiento (Finale: Andante maestoso — Allegro vivace — Molto vivace — Moderato assai e molto maestoso — Presto) en los instrumentos de la lujosa Orquesta de Filadelfia, bajo la conducción de Eugene Ormandy. La música modula de Mi mayor a Mi menor, para regresar triunfante a Mi mayor con el tema expuesto tranquilamente al comienzo. Esta sección final de recapitulación fue el tema original de Valores humanos, el iluminador programa de televisión de Arturo Úslar Pietri. (En una temporada posterior, el tema cambió al del inicio de Primavera, el concerto grosso que comienza el grupo de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi). El 6 de noviembre de 1888, el propio Tchaikovsky—¡qué raro!—dirigió la première de la sinfonía en el Salón de la Nobleza de San Petersburgo. En el asedio a Leningrado (que es la misma ciudad) por la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial, la sinfonía levantó los ánimos de sus pobladores el 20 de agosto de 1941; la Orquesta Sinfónica de la Radio de Leningrado la interpretó impávida hasta el final—fue transmitida por radio a Londres—aunque se escuchara las bombas explotar cercanas desde el inicio del segundo movimiento.
Tchaikovsky
La primera edición de Manfredo
Bueno, una «quinta» de ñapa y con justificación. La Sinfonía Manfredo en Si Menor, op. 58 de Tchaikovsky, es una sinfonía «de programa» compuesta entre la que acabamos de escuchar y su Cuarta Sinfonía en Fa menor, op. 36; fue, por tanto, su verdadera quinta sinfonía o, si se quiere, la 4.5. Sigue musicalmente la línea expositiva del poema dramático de Lord Byron en una estructura cíclica en la que el tema de Manfredo, de gran poder expresivo, se repite bajo diferente guisa en cada movimiento. Es un placer colocar acá el primero de ellos, Lento lugubre, en potente interpretación de Riccardo Muti y la londinense Orquesta Filarmonia, aunque así tengamos a cinco quintas y dos quintas. En cierto sentido adelantado a su época, el movimiento se aleja de la estricta forma sonata para seguir el guión textual. Cincuenta y cuatro años antes, un más decidido innovador de la forma musical, Hector Berlioz, había compuesto Haroldo en Italia, igualmente inspirado en un poema de Byron; tal vez Tchaikovsky no quiso ser menos y produjo esta obra que superaba en concepto y orquestación a la del francés. De hecho, el programa que guió la composición, provisto por Vladimir Stasov, fue remitido primeramente por Mily Balakirev—él mismo se consideró incompetente para la tarea—a Berlioz, quien declinó hacer el trabajo por razones de edad y salud. El gran compositor ruso completó la labor en septiembre de 1885, y el 11 de marzo del año siguiente dirigía Max Erdmannsdörfer con gran éxito el estreno de esta obra colosal que requiere, además de una orquesta sinfónica grande, el concurso de un órgano para cerrarla.
Tchaikovsky 2
He puesto acá esta última pieza en memoria de mi amigo y compadre Eduardo Plaza Aurrecoechea, con quien la oyera muchas veces por la misma orquesta dirigida por Muti en versión del conductor Paul Kletzki para el sello Angel Records. Él me enseñó de música y dirigió mi deficiente voz de barítono en un coro que sonaba bajo su magia. LEA
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