el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)LEA #235
Este próximo domingo los franceses elegirán un presidente para su República—también la Quinta—y optarán por alguna de las dos más fuertes candidaturas: la de la socialista Ségolène Royal y la del conservador Nicolás Sarkozy. (Ségo y Sarko, para los íntimos).
Anoche sostuvieron un debate televisado de dos horas y media, que se estima fue observado por la audiencia récord de unos 30 millones de televidentes franceses. Algunos sondeos dan a Royal—Le Monde, por ejemplo—como ganadora de la contienda, pero aun si esto fuera representativo es difícil creer que una sola confrontación pueda producir una migración de más de un millón de votos en favor de la candidata de izquierdas, que ha estado por debajo de la intención de voto a favor de Sarkozy durante las últimas cinco semanas al menos.
Apartando los estilos exhibidos—pragmatismo en Sarko, empatía en Ségo—las agendas expuestas por ambos candidatos no lucieron muy diferentes. Tan sólo difirieron marcadamente en dos puntos: Sarkozy daría un renovado impulso a la energía de origen nuclear, mientras que Royal preferiría energías más «verdes»; esta última «se tomaría un tiempo» para considerar la admisión de Turquía en la Unión Europea, pero su contendor la rechaza frontalmente.
De resto, el debate incluyó los habituales ataques ad hominem, y en esto se mostró Royal más agresiva. Comoquiera que Sarkozy fue muy específico en la descripción de más de una política concreta, Royal logró acosarlo con una simple pregunta: ¿por qué Sarkozy no había implementado esas políticas a su paso por los ministerios del Interior y de Finanzas, cargos que ha ocupado por cinco años en conjunto en el gobierno de Jacques Chirac? Aparentemente fue ese punto el que llevó a una mayoría de los consultados por Le Monde a considerar que Royal había ganado la confrontación. Era, por otra parte, un logro de Royal, que había entrado a la discusión en desventaja teórica, basada en la conocida capacidad de Sarkozy para el debate y la polémica.
Pero un tema brilló por su ausencia durante la discusión: la guerra en Irak. (Tampoco discutieron los candidatos las relaciones de Francia con los Estados Unidos). De esta manera evitaron llevar al patio galo una contaminación proveniente de los problemas en los que se ha metido, casi solo, el muy enredado presidente norteamericano. (Se espera en Inglaterra una importante derrota del laborismo de Blair en inminentes elecciones locales).
Es lo probable que la mayoría de los votos que irían a un disminuido Le Pen, vaya en favor de Sarkozy. La derecha radical nunca ha visto con buenos ojos a Royal. Francia se apresta, en consecuencia, a un viraje a la derecha.
LEA
CS #235 – Modelo equivocado
El doctor George Friedman—Ph. D. en Government de la Universidad de Cornell—es un destacado científico-político norteamericano, venido con sus padres—sobrevivientes del Holocausto—de Hungría en 1949 para escapar de la pesadilla comunista. Es el fundador y principal funcionario ejecutivo de Stratfor (Strategic Forecasting), un think-tank de corte conservador—Friedman se describe a sí mismo como un “republicano conservador”—que data de 1996 y ejerce indudable influencia, gracias a sus muy informados análisis de los eventos y procesos mundiales. El sitio web de Stratfor informa que Friedman “guía la visión estratégica” del instituto, “ayudando a conformar los pronósticos geopolíticos de largo alcance y también supervisando y asignando operaciones tácticas de inteligencia”. Una descripción impresionante, fraseada en la jerga característica de los consultores norteamericanos, que funciona estupendamente para el mercadeo de sus servicios.
Muy recientemente (24 de abril de 2007), Stratfor publicó en su “Diario Geopolítico” un escueto análisis acerca de las posibilidades de una unión de los países de América del Sur (UNASUR). Su título: The Obstacles to Latin America’s UNASUR. Friedman ha debido “supervisar” el trabajo y guiado su “visión estratégica”.
El breve estudio comienza por notar que Freddy Ehlers Zurita, Secretario General de la Comunidad Andina de Naciones, había declarado el día antes de la emisión de la pieza de Stratfor que la CAN y MERCOSUR debían fusionarse para dar origen a UNASUR. A continuación, el análisis registra que el sueño de la unión sudamericana es tan viejo como los intentos de Bolívar a comienzos del siglo XIX. Luego viene la siguiente afirmación: “Los jefes de Estado de todos los doce países suramericanos apoyaron la formación de UNASUR el 17 de abril, mientras asistían a la Primera Cumbre Energética de América del Sur en la isla de Margarita, en Venezuela. Pero no pudieron acometer significativamente las tres cosas que condenan un esfuerzo tal: modelos económicos en conflicto, ambiciones regionales contradictorias y la geografía”.
La apreciación de Stratfor tiene, sin duda, una buena justificación. Por una parte, destaca cómo no hay unidad en el continente suramericano respecto de los modelos económicos a seguir. Mientras países como Chile, Colombia y hasta Brasil ejecutan políticas favorables a las economías de mercado, otros países—entre ellos destacadamente Venezuela—se han pronunciado por esquemas socialistas muy suspicaces, e incluso antagónicos, de la actividad económica privada.
Por otra parte, Stratfor concede suprema importancia a la enorme escala de Brasil. Yendo tan atrás como 1494 (Tratado de Tordesillas), los analistas de Stratfor comentan que “…Brasil emergió como una inmensa nación con tremendos recursos, su propia lengua y un fuerte sentido de identidad. No es probable que Brasil se acoja a un acuerdo regional fuerte que no controle”. Es decir, preferiría la actual situación de MERCOSUR, pacto en el que es la influencia predominante, a un tratado de UNASUR en el que su determinante liderazgo se vea disminuido.
Pero a pesar de haber mencionado el obstáculo geográfico, el mismo informe reconoce que acá hay algo de progreso: “…las barreras geográficas están disminuyendo gradualmente. Se construye túneles en Los Andes, mientras cruzan el interior del continente carreteras, ferrocarriles y oleoductos”.
Una vez expuestos los que considera los obstáculos principales, Stratfor procede a recomendar una línea a los sudamericanos: imitar a Europa. Así apunta: “He aquí donde los éxitos y fracasos de la Unión Europea pudieran ser instructivos. La Unión Europea demostró que es mucho más fácil formar una unión económica que una política”. Esto, es, que debiéramos integrarnos económicamente, no políticamente.
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Es una opinión largamente sostenida por el autor que la línea a seguir debe ser todo lo contrario, que hemos procurado imitar por demasiado tiempo el modelo europeo de integración cuando nuestras condiciones eran, y son, enteramente diferentes a las de Europa.
El germen de la Unión Europea fue la creación de la Comunidad del Carbón y del Acero en 1946. Hacía sólo un año que la Segunda Guerra Mundial había concluido, y este conflicto había sido en gran medida una conflagración general en Europa. Alemanes, franceses, ingleses, rusos, italianos, venían de seis años seguidos de echarse tiros los unos a los otros, sobre sus propios territorios y los de Bélgica, Holanda, Suecia, Noruega, Polonia, Hungría, Austria, Checoslovaquia, Grecia, Finlandia, etcétera. Nadie en su sano juicio hubiera podido proponer una unión política europea en 1946, y por esto el primer paso fue el eficaz aunque tímido proyecto siderúrgico-carbonífero.
Tampoco había sido, por supuesto, la II Guerra Mundial el único conflicto europeo. A través de los siglos estas naciones se combatieron las unas a las otras y, veinte años antes de la más extendida y terrible de las guerras, ya habían tenido una Gran Guerra (la Primera Mundial) que había matado a 18 millones de personas. Las cicatrices y suspicacias de tan larga y catastrófica conflictividad no podían solventarse de la noche a la mañana. Varias entre sus naciones habían sido primeras potencias en su momento: la España de Carlos V, la Francia napoleónica, la Inglaterra victoriana, la Alemania nazi. Todas habían ejercido o aspirado al predominio planetario. La confianza internacional no ha sido nunca moneda de curso corriente entre los europeos.
Añádase a esto la diversidad de lenguas y etnias, muy distinta a la relativa uniformidad del español en la mayor parte de América del Sur y el fraterno portugués de Brasil. (Una de las raíces del idioma castellano es justamente la lengua galaica-portuguesa, que asemeja mucho al portugués y el gallego). Y no hay en Suramérica la convergencia de las etnias diversas de germanos, latinos y eslavos que marca fuertemente a Europa, sino una sola raíz ibérica, de instituciones y costumbres muy similares en toda la heredad hispano-portuguesa.
Europa, por consiguiente, no tenía otro camino que el de la lentitud. A la Comunidad del Carbón y del Acero siguió luego la unión aduanera del Mercado Común Europeo. Más tarde, el esfuerzo se había fortalecido lo suficiente como para designarlo con el nombre de Comunidad Económica Europea. Medio siglo entero debió transcurrir para que pudiera aspirar a la Unión Europea, una entidad política que todavía hoy no es un verdadero Estado supranacional.
Ninguno de estos rasgos divisivos se encuentra en América del Sur. A pesar de esto, siempre concebimos la ansiada integración—todos los países sudamericanos se sabían insuficientes—en términos del modelo europeo. Con nuestra característica capacidad nominalista, hemos creado una serie numerosa de instituciones para la integración: la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), el Sistema Económico Latinoamericano (SELA), la Comunidad Andina de Naciones (CAN, antes Pacto Andino, del que una vez Chile formó parte), MERCOSUR, el ALBA, UNASUR. Al menos puede registrarse el siguiente progreso: ya no se pretende integrar a la llamada América Latina (noción de Napoleón III para incluir a los países de habla francesa en la consideración). Los más recientes amagos se atienen a la realidad geopolítica y se circunscriben al gigantesco condominio ecológico del continente suramericano.
Así, pues, formulamos utopías integracionistas que culminarían, en el fin de los tiempos, como una unión política. Pero, para llegar a ella, teníamos que recorrer primero una fase de integración cultural—con el Pacto Andrés Bello y las giras de Yolanda Moreno para danzar por toda la región—y luego una fase, más difícil, de integración económica. Los resultados, después de setenta años del trabajo de las burocracias de la integración—cuyos funcionarios cobran en dólares exentos de impuestos—son poco halagadores. Si acaso, cada economía nacional se ha atrincherado más dentro de sus propias fronteras, a pesar del aumento del intercambio intrazonal.
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Teníamos frente a las narices otro modelo: el de la creación instantánea de una unión política que ya implicaba, de una vez, la integración económica. Este modelo es de los Estados Unidos de América del Norte, desde donde escriben los amigos de Stratfor. (George Friedman vive en Austin, Texas).
Los Estados Unidos de Norteamérica fueron creados en 1776 mediante su Declaración de Independencia, pero no recibieron estructura formal hasta que su Congreso aprobara (15 de noviembre de 1777) sus Artículos de Confederación, que precedieron a la Constitución, la que no existió hasta diez años más tarde. (Dos años antes del inicio de la Revolución Francesa). El Artículo Cuarto del segundo documento estipuló, de una sola vez, la libertad de tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de la misma, en igualdad de condiciones. Esto es, integró económicamente a los trece estados, sin necesidad de establecer secretariados que se ocuparan de integrarlos poco a poco. (El primer párrafo de ese artículo dice: “The better to secure and perpetuate mutual friendship and intercourse among the people of the different States in this Union, the free inhabitants of each of these States, paupers, vagabonds, and fugitives from justice excepted, shall be entitled to all privileges and immunities of free citizens in the several States; and the people of each State shall free ingress and regress to and from any other State, and shall enjoy therein all the privileges of trade and commerce, subject to the same duties, impositions, and restrictions as the inhabitants thereof respectively, provided that such restrictions shall not extend so far as to prevent the removal of property imported into any State, to any other State, of which the owner is an inhabitant; provided also that no imposition, duties or restriction shall be laid by any State, on the property of the United States, or either of them”).
Es legítimo preguntarse por qué la integración política fue posible a los norteamericanos y no a nosotros, ni siquiera en la primera mitad del siglo XIX, cuando ya el experimento de los Estados Unidos llevaba varias décadas funcionando. La respuesta reside en que durante ese período la tecnología de las comunicaciones permaneció prácticamente inalterada, imponiendo una suerte de perímetro máximo a lo integrable. Los Estados Unidos que nacieron en 1776 no ocupaban el área que hoy poseen. En 1776 se reunieron trece colonias norteamericanas cuya superficie conjunta era de 888.000 kilómetros cuadrados. Es decir, una superficie inferior a la de Venezuela. Por esta razón era muy difícil mantener integrada la Gran Colombia, cuatro veces mayor que los Estados Unidos originarios, no digamos la América del Sur entera. Cuando Bolívar escribía una carta a Sucre, ordenándole que persiguiera y presentara batalla a determinado jefe realista, el “término de la distancia” se contaba muy frecuentemente en meses. Hubo casos cuando Bolívar impartió una orden de esa naturaleza en carta fechada cinco días después del fallecimiento del eventual contendiente de Sucre, circunstancia que Bolívar ignoraba en virtud de esa misma lentitud de las comunicaciones. Hoy en día las circunstancias han variado radicalmente, lo que permite que, por ejemplo, el estado de Hawai esté perfectamente integrado a los procesos políticos de sus 49 colegas continentales.
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América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. (Así lo registra, por ejemplo, la Enciclopedia Británica, editada por la Universidad de Chicago). Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.
Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya comienzan a producirse en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo, como apuntábamos, va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad.
Lo equivocado está en suponer que la integración económica es más fácil que la integración política. Esto no es así. La actividad económica tiende a presentar, como rasgo predominante de su proceso, el carácter de lo competitivo. Difícilmente puede entonces conducirnos a la integración efectiva, sobre todo si cada componente de los pactos de integración económica se comprende a sí mismo como portador de una vocación perenne de Estado independiente. ¿Por qué es tan difícil un acuerdo, digamos, en el seno del Pacto Andino? Porque Bolivia supone que algún día habrá de ser ella sola, por más distante que esto se halle en el futuro, como los Estados Unidos. Porque Venezuela pretende lo mismo, porque Colombia pretende igualmente, y así sucesivamente.
La integración a la que debe procederse lo antes que sea posible es la integración política. La integración económica vendrá entonces por sí sola, con el proceso casi automático de la acomodación de las unidades productivas, lo que es mucho más sano y flexible que las integraciones económicas forzadas a partir de burocracias tecnocráticas, que si han fracasado dentro de los límites nacionales, con mayor certidumbre fracasarán en el intento de manejar entidades de escala superior.
El perímetro máximo a considerar es el sudamericano. Es factible que no todos los actuales países de este continente se avengan a este tratamiento. Es posible concebir perímetros menores. Puede ser que no le sea tan fácil a Brasil, por ejemplo, integrarse en una unión del tipo descrito, lo que sería comprensible pues, a fin de cuentas, Brasil es casi por sí solo un subcontinente, y con una base poblacional de más de ciento ochenta millones de habitantes puede sustentar legítimamente la idea de autosuficiencia política. Nuestro criterio, sin embargo, es que Brasil se encontraría extrañado fuera de una unión sudamericana, pues fuera de ella no sería fácil que se explicara a sí mismo. Pero con toda probabilidad será más fácil—y equilibrado—integrar políticamente a Suramérica por partes. Esto es, el arco bolivariano que coincide con la Comunidad Andina de Naciones debe formar un Estado, Brasil por su enorme escala otro, y los países del Cono Sur un tercero.
Para que una cosa así sea sostenible no puede procederse por acuerdo entre jefes de Estado. El asunto es de tal monta que debe consultarse a los habitantes de cada país en referendo, y esto es algo que no debe gustarle mucho a Chávez. (Si a ver vamos, es difícil imaginar a cualquiera de los jefes de Estado del área sometiéndose a una entidad supranacional de esa escala).
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No todos los conservadores norteamericanos piensan como Stratfor-Friedman, que repiten la receta de integración económica sin integración política. El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999. Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago (escuela monetarista), se expresaba en los términos siguientes: “Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso”. (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).
LEA
FS #142 – Fe de erratas
LEA, por favor
La más reciente de las cartas semanales de doctorpolítico (#234, del 26 de abril), suscitó atinados comentarios de una estimadísima suscritora, cuyo nombre no identifico por carecer de su autorización. La amiga expresó dudas acerca de la bondad social de la telenovela Por estas calles, producida y transmitida por RCTV a fines del segundo período de Carlos Andrés Pérez. También hizo muy justas y precisas observaciones puntuales, que ponen las cosas un poco más en su sitio, al demostrar que nuestras grandes televisoras comerciales no son exactamente las proverbiales Hermanitas de la Caridad. Haciendo uso de su considerable poder, son muy capaces de vetar la aparición de figuras que no comulguen con sus propias líneas políticas. Quien esto escribe, antaño entrevistado habitual de varios canales de televisión y emisoras de radio, ingresó en una lista negra a raíz de que el mismo 12 de abril de 2002 expresara mi claro repudio a las arbitrariedades cometidas por Pedro Carmona Estanga. En la actualidad, y apartando algunas radios regionales, sólo soy invitado con alguna frecuencia a programas de entrevistas en Radio Caracas Radio.
Ahora bien, en lo que creo es una exagerada evaluación, muchos actores políticos de influencia ya pretérita han atribuida a la crítica que se hacía a nuestros grandes partidos—Acción Democrática, COPEI—el desmoronamiento de nuestra democracia. Así afirman que esa “antipolítica” es culpable de la llegada de Chávez al poder. Me temo que lo que era en verdad una antipolítica era precisamente la política practicada por aquellos partidos, sordos e impenetrables a una crítica que primero fue amable y, más tarde, arreció de modo natural.
El año de 1992 fue especialmente doloroso y traumático para el país y su democracia. Como he explicado varias veces en este espacio, la decadencia alcanzó una cota terrible con la segunda presidencia de Pérez, cuyo primer período ya había expandido notablemente las prácticas de corrupción. Desde mediados de 1991 y hasta comienzos de 1992 el suscrito escribió varios artículos de prensa en los que proponía la renuncia de Pérez como salida conveniente a la penosa y grave situación. Con posterioridad al golpe del 4 de febrero, continué procurando por los mismos medios la salida de Pérez, la que finalmente se logró por acciones de la Fiscalía General de la República y la Corte Suprema de Justicia.
Esa fase de nuestra política fue, sin duda, un lapso de acusada confusión, en la que yo mismo incurrí. Prueba de ello es el artículo escrito el 26 de marzo de 1992, publicado en el diario El Globo, al que debí llamar Fe de erratas. Su texto se reproduce íntegro en esta Ficha Semanal #142 de doctorpolítico, y deja constancia, una vez más, acerca de mi posición respecto del gobierno segundo de Carlos Andrés Pérez, a la vez que evidencia lo enredado de nuestra política nacional por aquellos días.
LEA
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Fe de erratas
“El hombre que calculaba”, de Malba Tahan, es protagonizado por un hábil calculista, Beremís Samir, que con su veloz capacidad de cálculo mental y su facilidad para resolver problemas aparentemente sin solución, maravilla a los cortesanos del califa de su época. Hacia el final de ese libro Beremís es sometido a difíciles pruebas ante un jurado de sabios de la corte del Emir de los Creyentes. En la última de ellas tiene que vérselas con cinco esclavas cuyos rostros están completamente tapados por unos velos. Beremís no puede distinguir con su vista el color de los ojos de las esclavas. Allí radicaba el problema, pues eso era lo que tenía que averiguar el calculista después de hacer sólo tres preguntas a tres de las cinco esclavas, armado únicamente del conocimiento de que las de ojos negros siempre decían la verdad y las de ojos azules mentían siempre.
Cuenta el libro que Beremís preguntó a la primera esclava y recibió de ésta una respuesta en chino. Aparentemente, y para consternación de sus admiradores, había desperdiciado por completo su primera oportunidad. La verdad fue que ese tropiezo le facilitó las cosas, y que concluyó felizmente en la solución del difícil problema de las esclavas de ojos azules y ojos negros.
Pienso aprovecharme, como Beremís, no de uno, sino de dos tropiezos que tienen que ver con mis apariciones en este diario.
Primer pelón
El 5 de marzo me fue publicado acá un artículo con el que quise mostrar una salida al problema, aparentemente trancado, de la crisis de la Presidencia de la República. Recuerdo que lo redacté con celeridad. Quería que la idea circulara lo antes que fuese posible. Pero esa prisa fue la causa de sus imperfecciones. Un amigo que me comentó el texto dijo que lo había encontrado algo confuso. La primera imperfección, pues, tuvo que ver con una redacción algo farragosa. La segunda, como veremos, consistió en postular un paso innecesario. El ejemplo de Beremís Samir, que arrancó desde un percance, me impulsa a aprovecharme de mis equivocaciones para expresar la proposición en forma más clara y sencilla, desprovista de una suposición que incluí antes y que no es verdaderamente fundamental.
En esencia la proposición es la siguiente: consúltese al pueblo, lo antes que sea posible, acerca de quién, a su juicio, es la persona indicada para cubrir, como Presidente de la República, lo que resta de período constitucional. Si resultara de esta consulta que Carlos Andrés Pérez obtiene la mayoría de los votos, el período constitucional podría ser completado por él mismo, relegitimado en el poder. Pero si ocurriese que otro venezolano le superara en votación, entonces el señor Pérez, que últimamente ha estado insistiendo mucho sobre el tema de la democracia, debiera renunciar, para acatar la voz del pueblo. En ese caso, el Congreso debiera cubrir la falta absoluta del Presidente de la República a través del mecanismo ya conocido de la elección, en sesión conjunta de las Cámaras a realizar en un lapso menor de treinta días. Y supongo que los congresantes no se atreverían a nombrar un Presidente distinto del señalado por el voto de los electores.
Eso era el hueso de la proposición, y la primera imperfección de mi primer modo de presentarla, una redacción poco cuidadosa de mi parte.
La segunda imperfección tenía que ver con mi noción del 5 de marzo, de que esto requeriría una enmienda constitucional. He entendido que no se necesita nada de eso. Se necesita, únicamente, de un compromiso de Carlos Andrés Pérez, a quien emplazo. Si es cierto que cree en la democracia, si es cierto que se encuentra muy ocupado defendiéndola, ¿qué argumento serio puede esgrimir para oponerse a esto que le propongo?
Falsas madres, falsos demócratas
Una de las más recientes componendas de nuestros desacreditados “dirigentes” políticos ha consistido en inventar el híbrido de una uninominalidad mixta para las próximas elecciones municipales. Ante esto uno recuerda a la madre falsa del juicio salomónico. La madre falsa no tenía inconveniente en que el hijo que reclamaba sin derecho fuese partido por la mitad. A los inventores del adefesio mixto les parece “sagrada” la representación proporcional de las minorías, pero no tienen inconveniente en que la partan por la mitad y en decir al pueblo: «Está bien, pueblo, elige tú la mitad de tus representantes que yo, el cogollo, elegiré la otra mitad detus representantes.» Lo que nos proponen es una transacción, como corresponde a quienes suponen que la política no es otra cosa que transar.
Hemos estado viendo demasiados ejemplos de este tipo. Ríos de tinta han corrido para que los periódicos pudieran reproducir los saludos a la bandera democrática con la que han saturado a la Nación los falsos demócratas. Hasta la saciedad nos han recordado que “la soberanía reside en el pueblo”, según fórmula de la Constitución Nacional. Pero ninguno quiere de verdad acatar esa soberanía, que se expresó con cacerolas y pronto encontrará otro cauce, si llega a darse cuenta de que no le toman en serio.
Por esto emplazo a Carlos Andrés Pérez: ¿es Ud. demócrata? Sométase entonces a la democracia. Atrévase a preguntar al pueblo si éste quiere que Ud. le gobierne. Supere el miedo, déjese de subterfugios, e intente, democráticamente, relegitimarse en el poder. Si no lo consigue, renuncie. Y hágalo ya. Ningún consejo consultivo, ningún robespierre contratado por usted, ningún asesor extranjero le va a legitimar. Sólo la democracia podría hacerlo y Ud. se dice demócrata.
Y no necesitamos largos estudios de comisiones jurídicas. El mecanismo de la Constitución vigente es más que suficiente. Creo que hemos estado complicando las cosas. Me incluyo acá. Es mejor que vayamos al meollo simple de las cosas. Que es tan simple como me enseñó con gran sencillez el ingeniero Juan Fornino. No puede hablarse de vacío de poder tras una salida de Pérez, a menos que todos los venezolanos estuviéramos muertos. Si todos parecemos jurar que el poder está en el pueblo, ¿cómo podemos hablar de vacío de poder si ese pueblo está allí?
Segundo pelón
Habiendo hablado seguramente demasiado para el amigo Eduardo Delpretti, quien me hizo una entrevista publicada en este diario el 26 de marzo, no le expliqué adecuadamente por qué no quería ahora que Pérez renunciara. No es porque piense que es preferible que Pérez concluya su período. Es porque, como he explicado arriba, ahora pienso que el pueblo debe hablar antes que él.
No creo que Pérez debe culminar su período. Así lo he dicho repetidas veces. Lo que he entendido después de haberlo exigido, gracias a las certeras voces de otros compatriotas, es que una cosa así ya no debe ser manejada ni siquiera por el Congreso de la República, desasistido de un mandato popular expreso. Ya no se puede resolver la crisis sin la apelación al soberano, ese soberano que tan estupendamente me pintó Nino Menardo el 5 de marzo para mi artículo, y que no es otro que el pueblo.
Remito a Eduardo Delpretti mis excusas, por haberle querido atropellar con demasiadas ideas el día de nuestra entrevista. Pero debo reiterar que no deseo que Pérez continúe gobernando. Ya hace tiempo que creo esto y nunca he variado de opinión en torno a ese punto.
Y, por si acaso, tampoco he variado de opinión respecto a otra cosa: ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto.
LEA
LEA #234
Al igual que Hugo Chávez, George W. Bush se caracteriza por una gran terquedad. Sin reparar en lo representativa de la opinión norteamericana que puede ser la ley aprobada en la Cámara de Representantes, y que fija el mes de octubre de este mismo año para el inicio de un retiro de tropas estadounidenses actualmente en ocupación de Irak, ha anunciado que vetará esa pieza de legislación. Hoy será discutida la ley en el Senado, y es de esperar que la correlación de fuerzas que favorece a los demócratas arroje un resultado similar al de la cámara baja. La mayoría de los demócratas, no obstante, es insuficiente para sobrepujar el veto avisado—que sí matará soldado. Para anular el veto presidencial se requeriría una mayoría de dos tercios de la cámara.
Como era de esperarse, los republicanos pretendieron enmarcar la decisión de los representantes como un grave error. Para una guerra que ya lleva más de cuatro años, el representante Harold Rogers, republicano por Kentucky, considera que la decisión significaría huir de «la lucha contra Al Qaeda».
A pesar del previsible resultado, es claro que Bush pierde apoyos por minutos. Ayer relanzó sus esfuerzos candidaturales hacia la presidencia en 2008 el senador republicano por Arizona John McCain, que hasta hace nada procuraba proyectarse como el lógico sucesor de las politicas de Bush. Aunque sin referirse a éste directamente, esta vez McCain procuró distanciarse de su gobierno, al aludir a «muchos errores» en Irak, al mal manejo de la crisis suscitada por el huracán Katrina y al calificar al gasto del gobierno federal como dispendioso. Mc Cain llegó a sugerir que lo mejor que podría hacer el fiscal Alberto Gonzales, en beneficio del gobierno que le diera tan alto cargo, es la renuncia a su cargo.
Esto por lo que atañe al frente doméstico. Internacionalmente acaba de sufrir un importante insulto. El Parlamento Europeo ha tomado, por mayoría significativa, la resolución de exigir la renuncia de Paul Wolfowitz a la presidencia del Banco Mundial. El escándalo protagonizado por éste al descubrirse que había abogado directamente por una reubicación y un sustancioso aumento de sueldo para su compañera sentimental, ha servido de pretexto para reeditar el malestar con la imposición de Wolfowitz por parte de Bush.
Crece, pues, el desafío a la actual administración de los Estados Unidos, y todavía quedan muchos meses antes del cese oficial del segundo período de Bush. Si continúan agriándose sus circunstancias políticas, el gobierno presidido por George W. Bush pudiera verse ante rechazos más definitivos: un impeachment, por ejemplo. La probabilidad de un desenlace tan drástico iría en aumento de continuar sucediéndose defecciones como la que ahora parece ser la nueva posición de McCain, su antiguo y leal aliado.
LEA
CS #234 – De Bárcenas a Miraflores
Prosigue la cuenta regresiva en contra de Radio Caracas Televisión. Como se sabe, el gobierno aduce que el 27 de mayo próximo expira la concesión de señal abierta de televisión en poder de las Empresas 1BC, por la que explotan el canal 2 de la banda de frecuencias VHF, y otras (7 y 9), en todo el territorio nacional. La empresa, por su parte, aduce razonablemente que tal especie es falsa. Veamos las bases de la contención.
El 20 de septiembre de 1952, mientras estaba vigente en Venezuela la Ley de Telecomunicaciones de 1940, RCTV C. A.—hoy subsidiaria de Empresas 1BC—recibió autorización para el establecimiento de una televisora comercial en la ciudad de Caracas. En aquella fecha no se estipuló un lapso de duración de la licencia. Es en 1987 (27 de mayo), cuando se publica en la Gaceta Oficial No. 33.726 el Reglamento de la Ley Orgánica de Telecomunicaciones sobre Concesiones para Televisoras y Radiodifusoras, expedido en el Decreto No. 1.577. El primer artículo del susodicho reglamento prescribe que las concesiones serán otorgadas por un lapso de veinte años. En consecuencia, dicen principalmente Hugo Chávez y sus acólitos Willian Lara y Jesse Chacón—de grata recordación, este último, por la toma sangrienta de Venezolana de Televisión del 27 de noviembre de 1992—la licencia quedará extinguida automáticamente al cumplirse veinte años del mencionado decreto.
Lo que se niega a hacer el gobierno es a leer más allá del artículo primero del reglamento, cuyo tercer artículo dice sencillamente: “Los canales de Radio y Televisión tienen derecho a que se les extienda la concesión por veinte años más, salvo que pesare sobre ellos sentencia definitivamente firme en tribunales donde se les haya comprobado faltas graves a la Ley Orgánica de Telecomunicaciones”. No hay sentencia, ni firme ni floja, que pese sobre RCTV por violación grave de ninguna ley.
Por otra parte, si el argumento gubernamental fuese sostenible—que no lo es—también se vencería para la misma fecha la concesión en poder de Venevisión. (Televén fue fundada en 1988, un año después del decreto 1.577, así que aún tendría un año de gracia). El gobierno no ha anunciado, como si lo ha hecho acerca de RCTV con mucha antelación, que no renovará la licencia de Venevisión. Aparentemente, si una televisora baja la cabeza para alinearse con los designios comunicacionales del gobierno de Chávez—recordemos la grabación de indiscreta y entreguista conversación telefónica entre Jesús Romero Anselmi y Carlos Bardasano—se salva de la retaliación. Las conductas que el gobierno encuentra censurables en RCTV para los trágicos días de abril de 2002 no difieren en nada significativo respecto de las asumidas por Venevisión, Televén y Globovisión y, en cualquier caso, ninguna de ellas ha sido objeto de acción judicial, que era lo que el “pendejo” del Secretario General de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza, sugería como ruta democráticamente correcta en caso de que se presumiera un comportamiento ilegal por parte del Canal 2.
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Si alguien ha incurrido en faltas graves en materia de comunicaciones masivas es el propio gobierno. El mismo día 11 de abril de 2002 Hugo Chávez ordenó el cierre de las transmisiones de los canales privados de televisión, que mantuvieron la teledifusión de los sangrientos acontecimientos de esa fecha al sobreimponer su señal a la proporcionada por el gobierno, en previo intento de acallarlos con la imposición de una cadena nacional de radio y televisión en la que el Presidente de la República se dirigía al país para disimular la realidad.
Pero las acciones del gobierno y sus partidarios han ido mucho más allá de los recursos técnicos—como la incautación de equipos de microondas a Globovisión o las reiteradas “visitas de inspección” de la fuerza militar a las instalaciones de Mecedores en el Ávila. Hace mucho que los periodistas de medios privados de prensa, radio y televisión, y las propias sedes de éstos, han sido blanco de innumerables agresiones físicas. (Al hacer el recuento de los sucesos del 11 de abril de 2002, la Carta Semanal #232 de doctorpolítico, del 12 de abril de este año, recordaba: “Cuando la OEA envió a su Relatoría de la Comisión de Derechos Humanos a investigar las agresiones a medios y periodistas, un peculiar personaje atacó a un camarógrafo de televisión, para aparecer minutos después, atravesando por detrás de la figura de Diosdado Cabello, Vicepresidente de la República, en un acto transmitido desde el propio Palacio de Miraflores”).
A comienzos de ese mismo año fatídico, el 23 de enero, la DISIP prohibía los sobrevuelos de helicópteros en la ciudad de Caracas, a fin de que la ciudadanía no fuera informada sobre las verdaderas proporciones de la primera gran marcha de oposición al gobierno de Hugo Chávez.
También en 2002 el diario El Nacional fue objeto de asedio de agresivos grupos convocados y liderados por la inefable Lina Ron, exaltada por el propio Hugo Chávez como importante lideresa social, luego de que el mandatario se expresara continuadamente de forma agresiva contra el periódico. Más adelante en el mismo año, en horas de la tarde y la noche del 9 de diciembre—ya iniciado el paro cívico—fueron agredidos simultáneamente, y con gran violencia, entre otros, los siguientes medios: Globovisión, RCTV, Meridiano Televisión y Venevisión, así como los medios del estado Aragua, el diario El Aragüeño y el canal regional TVS; el canal Promar TV, en el estado Lara, también sufrió los ataques de los oficialistas, así como el diario El Impulso de Barquisimeto; también fueron rodeados el diario El Siglo y El Aragüeño en Maracay; los chavistas rodearon y tomaron las sedes de TV Táchira, Radio Valera y Radio San Juan de los Morros en Guárico; Globovisión Zulia sufrió destrozos en sus instalaciones; TVO Anzoátegui corrió con algo de mejor suerte, pues se encontraba cerrada (sólo transmitía hasta las 9 de la noche), y únicamente sufrió unos cuantos daños en su fachada.
Lo que antecede no es, naturalmente, sino una enumeración muy incompleta de las incesantes incitación y agresión gubernamentales contra los medios de comunicación venezolanos. Como en todo desmedida, esa constante agresión conforma un récord contrario a la libre expresión que no tiene precedentes en el país, ni siquiera en épocas de sus peores dictaduras.
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La apreciación anterior, sin embargo, no estaría completa si no se señalara que tampoco tiene precedentes en Venezuela el ataque cotidiano, planificado y en muchas ocasiones coordinado contra la actual figura presidencial y el gobierno que preside. Para algunas televisoras, sobre todo, es ya un asunto de principios. Y como en más de un sentido han buscado llenar el vacío dejado por unos partidos políticos de oposición prácticamente inexistentes, la naturaleza misma de algunos medios de comunicación del país se ha visto seriamente comprometida. Lo que los venezolanos hemos visto, por consiguiente, es una batalla política entre gobierno y medios de comunicación.
La posesión de un medio masivo de comunicación, por supuesto, confiere un poder considerable a quien sea su dueño. En ciertas ciudades, como Maracaibo, el poder de la prensa ha adquirido rasgos feudales. El más famoso de sus diarios, Panorama, decide que lo que no le gusta no lo publica, y veta personas concretas, que no aparecen más en sus páginas. (Esto sin reseñar otras de sus prácticas, como la de haber tenido por muchos años el cargo, no de Director del periódico, sino la muy curiosa posición de “Subdirector Responsable”; esto es, un título que indica que quien lo ocupa no es el verdadero jefe—es tan sólo un “Subdirector”—pero sí quien tiene que dar la cara en un tribunal en caso de demanda contra el diario). No otra cosa que los largos abusos de Panorama llevó a un grupo de empresarios marabinos a la fundación del rotativo La Verdad, como manera de defenderse del poder omnímodo de aquél.
Tales conductas no han sido, naturalmente, inventadas en Venezuela. La película que en opinión constante de los entendidos es la mejor de todos los tiempos es la famosa Ciudadano Kane, en la que Orson Welles hace el retrato de Randolph Hearst, que usaba el poder de sus publicaciones sin miramientos, destruyendo reputaciones, por ejemplo, con el fin de avanzar sus propios intereses, que incluían la pretensión de una candidatura presidencial.
Es así como la posesión de un medio masivo, sea éste un periódico, una televisora o una estación de radio, conlleva una potencialidad política a tomar en cuenta. El propio Marcel Granier, cuando también pertenecía a las Empresas 1BC El Diario de Caracas—periódico fundado por el ex gobernador y candidato presidencial Diego Arria—explicaba en 1988, ante rumores de que el periódico cerraría sus puertas por causas económicas, que no era únicamente la razón financiera el motivo para mantenerlo, y que la influencia que ejercía era a su juicio una razón más importante.
¿Es entonces, RCTV un actor político? Sin duda lo es. Pocas telenovelas del canal de Bárcenas han causado más impacto que Por estas calles, de altísima carga crítica contra el gobierno y la acción partidista en las postrimerías del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Para el gusto de quien escribe, esa telenovela significó una acción socialmente benéfica, en momentos cuando el desafuero y la corrupción caracterizaban el proceso del Estado venezolano.
En cambio, igualmente en apreciación muy personal, la oferta programática de RCTV deja mucho que desear, con sus honrosas excepciones, por supuesto. Más de uno de sus programas traspasa la línea divisoria que separa el buen gusto de la obscenidad, y no sólo por la propaganda explícita de servicios sexuales en horarios que en principio no alcanzan a los niños, sino en vulgares producciones de programas de concurso verdaderamente deplorables.
Pero es que, en general, el nivel de la programación de las grandes televisoras nacionales es de calidad bastante baja. Esto, sin embargo, no es la causa que lleva a la vindicta gubernamental contra RCTV, sino su influencia política. El gobierno no ha ocultado que cobra una factura de carácter político. De este modo se entromete en terreno que compete, en esencia, a la sociedad, que comprende la acción individual y libre de irse del canal que le disguste tanto como acciones cívicas colectivas para enderezar algún medio salido de donde debe.
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Hugo Chávez ha usado con profusión los términos democracia y democrático, tanto casi como emplea las palabras Bolívar y bolivariano. Pero en su léxico aquellos términos designan significaciones diferentes a las comunes. Él no entiende por democracia hacer caso de los deseos del pueblo. Si así fuera, tendría que escuchar la opinión de más de dos terceras partes de la población—una mayoría muy calificada—que según más de una encuesta son contrarias a la negativa de renovar la licencia de RCTV. Uno puede recordar que en campaña electoral, hace menos de un año, hizo ver que sometería a referendo popular la decisión sobre la licencia en poder de Empresas 1BC. Ya se dejó de eso. Como ha hecho más de una vez, en cuanto tiene el poder olvida las promesas de consultar, de tomar en cuenta la voz de los ciudadanos, sobre todo si, como debe saber, tal sería una consulta que perdería.
También ha anunciado que no hará caso de “presiones internacionales”, en esta materia de la señal abierta adjudicada hace más de cincuenta años a RCTV. El affaire, sin embargo, ha acelerado la erosión de su imagen política en el mundo. Ahora confronta su gobierno una demanda ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, intentada nada menos que por la relacionada Comisión Interamericana de Derechos Humanos, uno de los órganos de la Organización de Estados Americanos. La comisión señala que el gobierno ha hecho caso omiso de las recomendaciones que le hiciera llegar en diciembre del año pasado, al estimar que los derechos humanos de los trabajadores del Canal 2 han sido violentados por acciones del gobierno.
En apariencia, pues, Hugo Chávez no hará caso a nadie en este asunto; al menos así lo amenaza. Pero como apunta agudamente la comentarista Carolina Jaimes Branger, Chávez es un político que lee las encuestas y tiende a ponerles atención. Así cree ella que un escenario factible es que el Tribunal Supremo de Justicia falle a favor de RCTV, dada la obvia interpretación legal, en materia del recurso de nulidad intentado por empleados de la televisora la semana pasada. Si esto ocurre, Chávez pudiera recuperar algo de credibilidad democrática en caso de que decida acatar una decisión así. De este modo mantendría su punto y se representaría al mundo como un gobernante que “respeta” la independencia de los poderes.
Es un escenario difícil, pero pudiera estar Chávez ahora sopesando el inmenso costo político, interno y externo, de mantenerse en sus trece y presionar al TSJ para que falle según su capricho. En pocas semanas se sabrá si le queda todavía algo de racionalidad política. LEA
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FS #141 – Viva Zuloaga
LEA, por favor
Debo agradecer al amigo Jorge Correa Romero la gentileza de obsequiarme la colección de cuatro volúmenes que, bajo el nombre Misión Riqueza: Para rehacer a Venezuela con ética y libertad, publican las asociaciones CEDICE, Conciencia Activa y la Universidad Monteávila en memoria de la vida y obra de Nicomedes Zuloaga Mosquera. El conjunto es complementado por un disco de video documental. Escriben en los volúmenes de la obra colectiva Pynchas Brenner, Rafael Alfonzo Hernández, Fernando Vizcaya Carrillo, Carolina Jaimes Branger, Vladimir Chelminski, Ignacio De León, Jean Baptiste Itriago, Juancho Eckhout Smith, Julio Franco Corzo, José Manuel Andrade, Carlos Machado-Allison, Leonor Filardo, Hugo Faría, Jorge González, Luis Alberto Penzini, Ricardo Pérez, Stephanie Zalzman, Jesús Zerpa, Esteban Torbar y el mismo Jorge Correa Romero. Esta Ficha Semanal #141 de doctorpolítico, sin embargo, se limita a reproducir íntegramente el artículo solicitado a Roberto Ball Zuloaga en recordación de su tío, el Dr. Zuloaga Mosquera. (Con la libertad de incluir mínimas correcciones al texto). Ball hace en él un justo y fiel retrato del gran personaje desaparecido. De este modo esta publicación se suma al merecido homenaje a Nicomedes Zuloaga. Era un hombre vigoroso y jovial, de clara y rápida inteligencia, de honestidad cabal y lleno de consistente amistad. Inscrito en el pensamiento liberal, fue junto con Pedro R. Tinoco hijo el más eficaz ideólogo del liberalismo moderno en nuestro país.
Hombre intenso y vehemente, en algunas ocasiones cargaba fuertemente sus apreciaciones. Así, por ejemplo, destaca Ball en su elogio cómo Zuloaga se oponía a “quienes están empeñados en llevar a Venezuela por el camino del socialismo, ya sea éste evolutivo, a la usanza adeca…” Esta postura no obstó para que CORPA, la agencia publicitaria presidida por Nicomedes Zuloaga, se ocupara de la campaña del muy adeco Carlos Andrés Pérez en 1973.
Ball alude a una presentación de Zuloaga ante el Grupo Santa Lucía. Se trató de su estudio Crítica constitucional. En trabajo compuesto en diciembre de 1997, el suscrito admitió estar totalmente de acuerdo con el criterio expuesto en aquél por Nicomedes Zuloaga: “Si regresamos a la comparación crítica de las disposiciones de la Constitución venezolana con la norteamericana nos encontramos que la americana protege derechos de sentido negativo al establecer lo que el Estado no puede hacer porque constituiría una violación de los derechos de los ciudadanos. Esa es una Constitución coherente donde el Poder Judicial puede ejercer lógicamente su facultad contralora de revisión examinando si una disposición emanada del Poder Legislativo o una medida tomada por el Poder Ejecutivo violan las garantías constitucionales. La Constitución venezolana, en cambio, otorga tanto derechos individuales en sentido negativo como derechos individuales en sentido positivo, y una constitución así resulta incoherente y sus disposiciones son de muy difícil interpretación por el Poder Judicial… La eliminación que propongo de todo el Capítulo IV de la Constitución Nacional, que establece los llamados derechos sociales no producirá una disminución de la actividad social del Estado ni de la beneficencia pública, como no produjo su inclusión un aumento de esa actividad del poder público. Esas actividades se seguirán cumpliendo al través del Ejecutivo y del Legislativo, con el destino político de los ingresos fiscales decididos por el Congreso y por el Presidente de la República siguiendo el resultado de las discusiones políticas, y el poder electoral relativo de las diversas ideologías de las organizaciones políticas en el poder”.
LEA
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Viva Zuloaga
Gran honor me hacen los autores de esta obra al pedirme escribir unas reflexiones sobre Nicomedes Zuloaga Mosquera, mi tío. Hombre querido y admirado que dejó una profunda huella intelectual en el país, de la cual este libro es quizás un gran ejemplo. Para muchos fue símbolo de la aristocracia criolla, pero con su vida ejemplar demostró la razón de Jacinto Benavente cuando escribió: “La única aristocracia posible es la de las personas decentes”.
“Nico”, como sus amigos le decían, nació en Caracas en 1926 en el seno de una familia que ha producido hombres y mujeres que se han destacado por sus aportes a Venezuela por más de trescientos años. La lucha por la libertad, el orden, la prosperidad, el derecho y la justicia ha sido siempre una característica de esta familia, y por ello no es casual que desde el momento de la Independencia, cada generación ha sufrido los trastornos de la ruina, la cárcel y el exilio. Nicomedes se formó en ese contexto, donde el honor y la responsabilidad eran el eje de la vida. De su padre, Nicomedes Zuloaga Ramírez, eminente abogado y empresario, Enrique Tejera París escribe: “Era un jurista y patriota que rechazaba toda acción incorrecta o cualquier posible cliente que pretendiera hacer negocios inconvenientes a Venezuela”. Su abuelo, Nicomedes Zuloaga Tovar, sufrió los estragos de La Rotunda a la avanzada edad de setenta años, por su oposición a la dictadura gomecista. De este eminente jurista, redactor de códigos y maestro de generaciones de abogados, escribió Alejandro Urbaneja: “Ni la amistad halagadora, ni las amenazas y atropellos de los poderosos, ni las apremiantes necesidades de la existencia, ni los reclamos crecientes de la posición, fueron jamás motivos bastantes para hacerlo torcer, ni un ápice, el camino que se tiene trazado desde los albores de su vida intelectual […] Ha puesto Zuloaga al servicio de su país todas las aptitudes que posee para coadyuvar y contribuir al mejoramiento, a la prosperidad y a la honra de la República”.
Al igual que su padre y su abuelo, Nico se hizo abogado, graduándose summa cum laude en la Universidad Central de Venezuela. Si bien ejerció el derecho activamente por más de cincuenta años, al igual que sus antepasados su vida profesional trascendió en mucho la carrera de abogado. Hombre intensamente emprendedor y creativo, fue fundador y promotor de empresas, muchas de ellas tremendamente exitosas y emblemáticas. No exageramos al decir que cientos de venezolanos tuvieron el privilegio de una vida digna y mejor para ellos y sus familias por trabajar, participar y colaborar en las muchas empresas creadas por el ingenio y emprendimiento de Nico. Fe él un vivo ejemplo del círculo virtuoso que produce la acción empresarial en beneficio de la sociedad. Pionero de la industria de la publicidad moderna en Venezuela, donde se mantuvo activo hasta los últimos días de su vida, participó además en los negocios de la banca, la generación y transmisión eléctrica, los seguros, la construcción, la aviación de turismo, de la cual también fue pionero, la agroindustria y la ganadería.
El ganado y el campo fueron unas de las verdaderas pasiones de su vida, donde como en todo lo demás fue un triunfador. En ningún sitio se sentía más a gusto que en su finca en el llano; y con su energía innata, se dedicó a modernizar la industria agropecuaria, y fue uno de los primeros en utilizar herramientas computarizadas para el análisis de la productividad de los rebaños a principios de la década de los ochenta del siglo pasado.
Su actividad empresarial fue extensa y con ella consiguió la legítima recompensa del éxito económico. Como siempre sucede con los hombres que sobresalen, este éxito le aseguró no pocos enemigos, que le endilgaban peyorativamente el haber nacido en una cuna privilegiada. A uno de tantos, Nico le respondió: “Me acusa de haber ‘heredado’ millones. Fácil explicación encuentran algunos políticos del éxito ajeno, sobre todo cuando ellos no han sabido nunca cómo se gana dinero trabajando”. Pero el dinero nunca fue el propósito fundamental para Nico. A pesar de haber sido uno de los principales líderes empresariales de su generación, toda su actividad tenía como propósito fundamental hacer de Venezuela una nación más próspera, más moderna y más desarrollada; y ésa es la clave para entender la persona que fue Nicomedes Zuloaga.
Como parte de esa lucha por hacer de su país un lugar mejor, fue diputado al Congreso de la República a principios de la década de 1960, postulado por la tarjeta independiente que apoyaba la candidatura presidencial de su amigo Arturo Úslar Pietri. Su más conocido logro durante su breve paso por el Congreso fue el cambio de la hora legal de Venezuela, que hasta entonces cabalgaba sobre dos husos horarios. Pero quizás de mayor significación fue el hecho de que desde su curul en la Cámara de Diputados, Zuloaga defendió con su acostumbrada vehemencia los principios y valores de la libertad, frente a “quienes están empeñados en llevar a Venezuela por el camino del socialismo, ya sea éste evolutivo, a la usanza adeca, disfrazado con olor a incienso y a buenas intenciones, a la usanza de COPEI, o violento y asesino como lo pretenden los partidarios de Fidel”.
La defensa de los principios y valores de la libertad fue sin duda la mayor obra de vida de Nicomedes Zuloaga.
A temprana edad, Nico se interesó por el análisis de la economía. Con su insaciable curiosidad, comenzó el estudio de las ciencias económicas en la década de 1940, asistiendo a las charlas dictadas por Ludwig von Mises en la Universidad de Nueva York. Desde entonces se convenció de que la única ruta a la prosperidad de Venezuela se encontraba en la libertad económica: en el capitalismo, basado en un contrato social donde los ciudadanos se reservan el derecho a la vida, a la libertad y al fruto de su trabajo. Y dedicó el resto de su vida y cuantiosos recursos económicos a intentar convencer a sus compatriotas de las bondades de la libertad, frente a la ruina y la esclavitud implícita en el socialismo.
En 1960, junto con varios colaboradores, entre los que destacaba su amigo Joaquín Sánchez Covisa, funda el Instituto Venezolano de Análisis Económico y Social, precursor de CEDICE y uno de los primeros think-tanks liberales en América Latina, y publica la revista Orientación Económica, que llegó a ser de las más prestigiosas e influyentes publicaciones en el continente. El propósito, en sus propias palabras, era: “Construir un organismo que se dedicara al estudio y promulgación de los principios en que se basa el sistema capitalista, bajo el signo de la división del trabajo, con respeto a la verdadera libertad y al cual corresponde, al menos en teoría, la organización constitucional y jurídica de la República […] formamos parte de una comunidad capitalista y, salvo muy honrosas excepciones, nosotros los empresarios que deberíamos ser centro y motor de ese sistema, no somos capaces de defender los principios del capitalismo ante los ataques diarios de los diversos grupos marxistas e intervencionistas”.
Con el mismo propósito fundó y mantuvo el diario La Verdad entre 1965 y 1973, desde donde se defendió los principios del capitalismo, la libertad, el estado de derecho y la justicia. De allí en adelante Nico libró una batalla de más de cuatro décadas que él definió así: “He pasado años defendiendo en Venezuela a la economía de mercado. He tratado de demostrar en las más diversas formas el beneficio de un régimen económico donde funcione el mercado. He destacado las virtudes (y reconocido los defectos) de los mecanismos interpersonales y automáticos, de un sistema que aprovecha la condición humana para hacer posible la riqueza sólo a aquéllos que han sido más capaces en el servicio a sus semejantes. He criticado el intervencionismo económico por ser un sistema irracional, cuyo verdadero producto es una frondosa y bien pagada burocracia. He combatido al socialismo como sistema económico irrealizable y como sistema político esclavista”.
Pero de nada servirían políticas económicas adecuadas sin un contrato social apropiado que asegure la libertad y los derechos de los ciudadanos. Ésa es la función fundamental de la constitución, y Nicomedes Zuloaga fue uno de los más acérrimos críticos de la estructura constitucional de nuestro país, que él consideraba el origen de todos los males. Mientras que “juristas”, “expertos constitucionalistas” y más recientemente “constituyentes originarios” redactaban adefesios literarios con infinitas listas de derechos y deberes, Zuloaga alertaba que la función fundamental de la constitución es limitar el poder de las mayorías mediante garantías otorgadas a las minorías. Es ésa la única forma de asegurar la convivencia pacífica y es además la base de sustentación de la democracia. Y sin la existencia y aplicación práctica de esos límites y garantías, el Estado carecía de bases institucionales y por ende se transformaba en un poder ilegítimo. En una charla ante el Grupo Santa Lucía en octubre de 1990, Zuloaga dijo: “El poder en Venezuela, ejercido sin freno constitucional, va a cumplir treinta años de ilegitimidad a pesar de los procesos de votación que han tenido lugar en ese período. Y aunque nos damos poca cuenta, es precisamente esa ilegitimidad la que sufrimos todos los venezolanos […] que nos agobia y que otorga de paso, al funcionario de turno, nombrado por la mayoría, el poder discrecional que está detrás de todas las venalidades y corrupciones”. Las bases de la democracia venezolana estaban contaminadas, y ello representaba el mayor peligro para su supervivencia. En 1992, Zuloaga escribió: “Las reglas del juego democrático se escriben en las constituciones de los pueblos. Y nuestras actuales reglas requieren de una urgente reforma para salvar la democracia”.
Y así, durante décadas, a través de artículos de prensa, discursos, panfletos y programas de televisión, Nicomedes Zuloaga alertó que el rumbo que había tomado Venezuela era equivocado, y que éste sólo traería pobreza, atraso y eventualmente el autoritarismo. La destrucción paulatina y sostenida de la que una vez fue la nación más próspera de América Latina es la prueba lamentable de que Nico siempre tuvo la razón. Su obra, recopilada en dos libros, El poder ilegítimo y Política en pretérito: 40 años de oposición ideológica, conforma un verdadero monumento a la honestidad intelectual, al sentido común y a la tradición liberal de Occidente.
Al igual que sus antepasados, Nico tuvo que pagar un alto costo por destacarse en una sociedad donde el éxito y la integridad generan temor. En 1989 un corrupto con cargo de juez le obliga a soportar largos meses de prisión sin razón alguna. La causa real era un intento por desviar la atención del país del saqueo sistemático de las arcas públicas, cometido por una clase política profundamente corrompida y aislada de las realidades del país. El intento fracasó cuando Nicomedes Zuloaga rehusó cualquier arreglo extra-judicial y deshonesto y decidió ir a prisión, desde donde se convirtió en un símbolo de la Venezuela decente e irreductible. Este caso representó ante la opinión pública el más craso ejemplo de terrorismo judicial cometido hasta entonces en Venezuela.
En lo personal, Nico era un hombre de gran simpatía. “Muy amiguero” como alguien lo describiría recientemente. En extremo sencillo, con mucho sentido del humor, que decía siempre lo que pensaba, claramente y sin tapujos. Era un caballero en el estricto sentido de la palabra. Hablaba rápido y en su mirada reflejaba su gran inteligencia. Conoció y viajó el mundo entero. Mantuvo estrecha relación con algunos de los hombres y mujeres más importantes e influyentes en el mundo; pero su preferencia fue siempre Venezuela y los venezolanos.
Se mantuvo en actividad hasta el último día de su vida. A los setenta y siete años fue coautor de los anteriores volúmenes de la serie “Para rehacer a Venezuela”, que trata el tema del marco constitucional. Alertó al país en artículos de prensa y entrevistas de televisión sobre el nuevo adefesio salido de la Asamblea Constituyente de 1999, así como de los peligros del nuevo marxismo bolivariano. En las tertulias casi diarias que se celebraban en su casa, a las que asistían muchos de los autores de esta obra, se analizaba el pasado y se discutía sobre el presente; pero Nico siempre quería hablar sobre el futuro.
En sus últimos años sufrió los inconvenientes de serias limitaciones físicas, pero su mente mantuvo la inteligencia y lucidez de siempre, y su espíritu jamás perdió el ímpetu de la juventud. Llevó su enfermedad con la hidalguía y estoicismo característico de los hombres recios. Y al final, Dios le concedió la gracia de que la última visión que tuvo de este mundo fue aquello que él más quiso: su esposa Cachy.
Un antiguo refrán español dice: “Siempre vive con grandeza quien hecho a grandeza está”. Nicomedes Zuloaga fue un gran hombre. Venezuela pierde a uno de sus más ilustres hijos; pero nos queda su ejemplo de integridad y de lucha por la patria, y el reto de proseguir su causa por una nación más próspera y justa.
“Indispensable es que los venezolanos a quienes corresponda la conducción de la vida pública actúen guiados únicamente por esos probados principios generadores de bienestar, de libertad y de progreso. Difícil pero indispensable es que tengan suficiente entereza para resistir las presiones inmensas de las ideologías y grupos de intereses contrapuestos con el interés general. Que Dios los ilumine y les otorgue la fuerza suficiente para que […] podamos ofrecer a nuestros libertadores una Venezuela cada vez más próspera, cada vez más fuerte y cada vez más independiente”.
Roberto Ball Zuloaga






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