el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

FS #98 – La soledad y la ciudad

Fichero

LEA, por favor

A fines del año de 1962, Don Adolfo Bueno planteaba—en Monteávila, una de las primeras casas del Opus Dei en Caracas—una tertulia sobre tema respecto del que disertaría: ¿existe una filosofía cristiana? El padre Bueno optó por producir de entrada un impacto de gran efecto retórico: al saber que ya la audiencia le esperaba en sus asientos, entró al recinto precedido de dos asistentes, que a duras penas cargaban entre ambos una treintena de libros, y luego desplegaron colocándolos sobre una mesa de no menos de dos metros de longitud, tras la cual el conferencista se sentó parsimoniosamente para dirigirse al público. Entonces Don Adolfo enunció algunos de los títulos de los libros: Summa Theologica, Questiones Disputatae, Questiones Quodlibetale, todos de Santo Tomás de Aquino. Pero luego siguió con alguno de Guillermo de Ockham, otro de Gabriel Marcel, otro de Etienne Gilson, etcétera, para declarar con igual parsimonia y una irónica sonrisa: «Bueno, a juzgar por esta mesa, como que sí existe una filosofía cristiana».

No podían faltar en la colección transportada algunas obras del gran humanista cristiano y neotomista del siglo XX, Jacques Maritain. De hecho, ya en el curso de su discurso el padre Bueno dedicó amplio espacio a hablar de Maritain, el autor de Humanismo integral.

La Ficha Semanal #98 de doctorpolítico toma su título de un capítulo del libro Tres reformadores, de Jacques Maritain, que el autor dedica a un intenso examen de tres figuras de enorme influencia en la civilización occidental: Martín Lutero, René Descartes y Juan Jacobo Rousseau. El segundo de los capítulos de la parte consagrada al comentario de Rousseau se llama La soledad y la ciudad. (El Dr. Nazario Vivero me informa que el libro fue escrito en 1925, cuando Maritain aún sufría el ardor típico del recién converso, y que fue traducido al italiano en 1928 por nadie menos que el cardenal Montini, quien sería Secretario de Pío XII y más tarde él mismo el papa Paulo VI).

No puede caber duda de que El contrato social, de Rousseau, ha sido y es todavía uno de los libros más influyentes de Occidente. Rousseau postula una bondad prístina del hombre, que sería dañada e impedida por la vida en sociedad. La existencia social habría corrompido esa bondad original. Ergo, sería mejor vivir en soledad, según el autor del Emilio. Como esto no es posible, los hombres deben entrar en un pacto que les proteja del efecto deletéreo de la sociedad, y sea expresión de la volonté générale.

Maritain discute el punto, porque pudiera confundirse la soledad rousseauniana con la vida cristiana contemplativa, explicando la aberración de Rousseau por su condición biográfica, por su psicología de hombre físicamente impedido. (En verdad, es el mismo método que emplea al discutir a Lucero y Descartes, en cuyas determinaciones biográficas encuentra la causa de sus respectivas posturas).

Cabe aquí reconocer y agradecer al economista Rafael Peña Álvarez, quien me introdujera al triple ensayo de Maritain, y a quien debo devolver el libro.

LEA

La soledad y la ciudad

«Amo profundamente en él al ‘paseante solitario’; detesto al teorizador»; esta frase de C. F. Ramuz, explica la atracción ejercida por Rousseau sobre muchas almas nobles, y la resonancia que hallará siempre, incluso en aquellos que le odian y están exentos de su psicopatía, pero siguen siendo hermanos suyos por el lirismo, «artesanos sensibles» como él. ¿Por qué esta simpatía? ¿Por los sueños, lágrimas, transportes, por el sentimentalismo aparatoso a lo Diderot? No; hablo de los líricos auténticos. ¿Por el genio agreste de un verdadero compañero de los bosques? ¿Por el frescor expositivo de un canto auténtico brotado del corazón de las soledades, por la pureza de un ritmo acordado sin artificio a los movimientos del alma, y que es la única parte en que Rousseau es realmente inocente? Esto, incluso es secundario. La verdadera razón es, como decía Ramuz, que antes de ser un teórico antisocial, Rousseau nació asocial; y que ha expresado de manera incomparable la condición de un alma creada así.

Los hombres respetan naturalmente a los anacoretas; comprenden por instinto que la vida solitaria es de por sí la más exenta de disminución y la más próxima a las cosas divinas. La fuga trágica del viejo Tolstoi en vísperas de su muerte, ¿no deriva principalmente de ese instinto?, ¿y tantas partidas y tantas salidas vagabundas? Quotiens inter homines fui, minor homo redii. [«Cada vez que estuve entre los hombres me volví menos humano». Tomás de Kempis, Imitación de Cristo. Nota de doctorpolítico]. En grados diversos, filósofos, poetas y contemplativos, todos los que hacen del intelecto su ocupación principal, saben demasiado bien que en el hombre la vida social no es la vida heroica del espíritu, sino el dominio de la mediocridad y a menudo de la mentira. Opresión de la contingencia y del disimulo, que los poetas y los artistas, por estar menos despegados de lo sensible, sufren más sensiblemente, aunque quizá no más cruelmente. Todos, sin embargo, necesitan vivir de la vida social, en la medida en que la vida social, en la medida en que la vida del espíritu debe emerger de una vida humana, racional, en el sentido estricto de la palabra.

La vida solitaria no es humana; está por encima o por debajo del hombre. Hay para el hombre un doble modo de vivir solitario; o bien aquel que no puede soportar la sociedad humana a causa del salvajismo de su natural, propter anime saevitiam («a causa de su despiadada disposición», nota de doctorpolítico), y éste es de orden bestial, o bien aquel que adhiere totalmente a las cosas divinas, y éste es de orden sobrehumano. «El que no tiene comunicación con otro—decía Aristóteles—es una bestia o un dios». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 118, 8, ad. 4). ¡Correspondencia de extremos! La bestia y el dios; el ser inquieto, que no es más que un fragmento del mundo, y el ser perfecto, que forma por sí solo un universo, viven una vida análoga, mientras que el hombre está entre ambos, a la vez individuo y persona. Genial y paranoico, poeta y demente, Rousseau mezcla y embrolla voluptuosamente la vida como bestialidad y la vida como inteligencia. Relegado por sus taras físicas a la vida solitaria, su ineptitud, por deficiencia morbosa, para el régimen social, unida a la inadaptación rebelde e inconforme, tratan de reanudar en su ánimo una adaptación dominadora: la del espíritu reservado para el mundo, como decía Anaxágoras a propósito del nous. (Mente o inteligencia. Nota de doctorpolítico). En su propia insociabilidad y en su anacoretismo de enfermo, nos ofrece una lírica imagen, tan brillante como perfecta, de los secretos requerimientos de nuestro espíritu.

Pero no olvidemos al teorizador. Convirtiendo el mal de su persona en regla de la especie, tomó la vida solitaria como una vida natural al ser humano. «El aliento del hombre es mortal para sus semejantes; esto es tan cierto en el sentido propio como en el figurado» (Émile, libro I), dice Rousseau. Por donde las inclinaciones esenciales de la naturaleza humana, y por consiguiente, las condiciones primordiales de la salud moral, exigen ese dichoso estado de soledad, que él imagina, proyectando sus propios fantasmas, como la perpetua fuga de animales soñadores y piadosos a través de los bosques, que después de haberse acoplado al azar de los encuentros, siguen su inocente vagabundeo. Tal es a sus ojos la vida divina.

Así, el desliz viene inmediatamente. El supra hominem ha caído en seguida en el bestiale, no sin perfumarlo con una efusión paradisíaca. El conflicto entre la vida social y la vida del espíritu se ha convertido en conflicto entre la vida social y el salvajismo—y al mismo tiempo, en conflicto entre la vida social y la naturaleza humana—. Se ha vuelto a la vez una oposición esencial, una antinomia cruel, absolutamente insoluble.

¿Qué dice, sin embargo, la sabiduría cristiana? Ella sabe bien que la vida, según el intelecto, conduce a la soledad, y que cuanto más espiritual es esta vida, más apartada es su soledad. Pero sabe también que esta vida es una vida sobrehumana, relativamente, en cuanto a las costumbres de la especulación racional; pura y simplemente, en cuanto a las costumbres de la contemplación en caridad. Es el término supremo a alcanzar, la última perfección, el punto final del crecimiento del alma. Y para que el hombre lo alcance, su movimiento debe cumplirse en medio humano. ¿Cómo llegar a lo sobrehumano sin pasar por lo humano? «Hay que considerar que el estado de soledad es el de un ser que debe bastarse a sí mismo; es decir, a quien nada falta; lo cual entra en la definición de lo perfecto; la soledad sólo conviene, pues, al contemplativo que ha llegado a la perfección, sea por la generosidad divina únicamente, como Juan Bautista, sea por la práctica de las virtudes. Y el hombre no podría ejercitarse en las virtudes sin la ayuda de sus semejantes; en cuanto a la inteligencia, para ser enseñado; en cuanto al corazón, para que las afecciones perjudiciales sean reprimidas por el ejemplo y la corrección de los demás. De donde se deduce que la vida social es necesaria para el ejercicio de la perfección y que la soledad conviene a las almas ya perfectas». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 188, 8).

Tal vez por eso, en los tiempos muy antiguos, los pueblos corrían al desierto para buscar sus obispos entre los eremitas… En definitiva, concluye Santo Tomás: «La vida solitaria, si es asumida según el orden debido, es superior a la vida social; pero si es asumida sin el ejercicio previo de esta vida, es peligrosa a más no poder, a menos que la gracia divina no haya venido a suplir, como en los bienaventurados Antonio y Benito, lo que en los demás se adquiere por el ejercicio».

Así, la soledad es la flor de la ciudad. Así, la vida social sigue siendo la vida natural del hombre, requerida por las más profundas exigencias de su especificidad; sus convenciones y sus miserias, las incomodidades y disminuciones que opone a la vida intelectual, toda la «plaisanterie» que chocaba tanto a Pascal, son deficiencias accidentales que sólo traducen la debilidad radical de la naturaleza humana, el tributo, a veces terrible de pagar, de un beneficio esencial; la vida social es la que conduce a la vida espiritual; pero la vida social misma, y en virtud precisamente de esta ordenación, pareja al movimiento por el que la razón está ordenada al acto simple de la contemplación, está ordenada a la vida solitaria, a la imperfecta soledad del intelectual y a la soledad perfecta, por lo menos, interior, del santo.

Jacques Maritain

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Corrección y excusas de la CS #188

Cartas

Estimada suscritora, estimado suscritor: con gran amabilidad y clase Roberto Smith Perera, apreciado suscritor de esta publicación, envió una nota al suscrito en la que sugiere que yo no había leído la oferta programática de su candidatura, antes de emitir las opiniones contenidas en la Carta Semanal #188 de doctorpolítico. De paso adjuntó el archivo de la oferta para mi lectura, solicitando mis comentarios.

La amable reconvención tiene pleno fundamento. En efecto, desconocía el documento en cuestión, y proferí juicio irresponsable limitado a evaluar lo que trasciende de la actividad candidatural de Smith a los medios de comunicación. (Que, dicho sea de paso, son muy selectivos a la hora de informar sobre los candidatos y sus respectivas campañas. Algunos, de hecho, confieren mayor espacio a candidatos muy menores en comparación con el que abren a los aspirantes principales).

Es así como escribí en el #188 (1º de junio de 2006): «…su oferta se desgrana en eslóganes repetitivos—full empleo/delincuencia cero—y la venta de una marca—Venezuela de Primera—con resonancia clasista: una Venezuela que viaja en primera clase, que pertenezca al ‘Primer Mundo’. Seguramente será capaz de mostrar un vistoso manojo de megaproyectos sugestivos, que sugieran que un presidente con cualidades de ejecutivo disciplinado y exitoso, como él, es justamente lo que se necesita». Igualmente opiné: «En términos escuetos: Petkoff tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Smith».

Una vez leído el programa de Smith, debo revertir esta última opinión. Un examen detenido de ese programa—»Hacia una Venezuela de primera: el camino que todos queremos»—pone de manifiesto que está incomparablemente más desarrollado y es más completo que lo que hasta ahora se conoce de la oferta de Borges y Petkoff. Es decir, lo correcto es afirmar que en términos escuetos Smith tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Petkoff. No por nada insistía en que debía hacerse unas «primarias programáticas».

A pesar de esto, la evaluación general que hice de su oferta no dista mucho de la nueva impresión que tengo. La proposición-lema-movimiento «Venezuela de Primera» sigue pareciéndome inadecuada, por las razones expuestas, y el resto es un conjunto de programas bastante bien pensados, «un vistoso manojo». Como procuraré explicar en el #191 de pasado mañana jueves 22 de los corrientes, la legitimación programática está muy bien y es tanto necesaria como debida. Pero en las circunstancias actuales, cuando se enfrenta a un presidente «incumbente» que vende una concepción general del mundo y de la historia, la legitimación candidatural eficaz debe ser de orden paradigmático.

En este punto cabe ofrecer mis sentidas excusas a Roberto Smith Perera y a los suscritores de la Carta Semanal de doctorpolítico, por la ligereza de las afirmaciones contenidas en el #188. Es una de las estipulaciones contenidas en mi código personal de ética política (compuesto y jurado en septiembre de 1995) la siguiente:

«Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia».

Con un cordial saludo

Luis Enrique Alcalá

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LEA #190

LEA

Alguna vez se mencionó acá una observación de Sri Radhakrishnan (en Kalki: El futuro de la civilización), hecha en medio de una crítica a cierta hipocresía occidental. Las convenciones de Ginebra sobre las armas permisibles en las confrontaciones bélicas reguladas por el derecho internacional consideran comme il faut que se trepane un cráneo con una bayoneta, o se arrase con todo un pueblo a punta de bombas incendiarias. Pero la urbanidad bélica de los occidentales considera del todo incivil y grosero el empleo de armamento químico o bacteriológico. Radhakrishnan opinó que eso equivalía a criticar al lobo, no porque se comiera al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos.

Hugo Chávez no come con cubiertos. No inventó él, por cierto, la identificación de política con lucha o guerra. Los adecos, los copeyanos, los comunistas, los republicanos, los demócratas, los laboristas, los conservadores, los socialistas, los liberales, todos practicaron una «política realista» cuyo sentido último es la búsqueda del poder y su engrandecimiento contra adversarios que procuran exactamente lo mismo. Quien no entienda las cosas así sería un idiota romántico incurable.

Chávez no come con cubiertos, no reconoce buenas costumbres que estima burguesas e inventadas para proteger una hegemonía «cuartorrepublicana». Su política no es cualitativamente distinta de la anterior, de la que se diferencia tan sólo en cuestión de grado. En su caso, la misma política de poder de siempre se practica sin tapujos de ninguna especie, descaradamente, pero también con toda seriedad.

Todavía hay quien se sorprende porque se emprendan acciones judiciales contra Leopoldo López y Enrique Carriles Radonsky, o contra Manuel Rosales, y dicen que estos últimos ataques son una persecución política que significa que Chávez «se ha quitado la careta». Jamás ha usado careta: Chávez es un mentiroso honesto.

Lo que está haciendo va, por supuesto, contra sus opositores. Si el líder máximo de Primero Justicia, esencialmente sin rabo de paja, es candidato de difícil asedio frontal, hay que atacarlo por los flancos, sobre las alcaldías que controla y pueden proveerle recursos. Si Granier amaga con su candidatura, manda a revisar las concesiones radioeléctricas que ha disfrutado. Si el gobernador del Zulia deshoja la margarita candidatural, hay que pararlo en seco con un antejuicio de mérito en su contra. (Mientras se cumple el proceso iniciado por la Fiscalía General, puede irse poniendo en televisión el video de Rosales firmando el acta incomprensible de Carmona Estanga).

Pareciera preferir a Petkoff como oponente, y a éste va a esperarlo seguramente en la bajadita.

LEA

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CS #190 – El mero centro

Cartas

Era el año de 1963. Dominaban la agenda política del país las elecciones que determinarían el sucesor de Rómulo Betancourt en la Presidencia de la República, que a la postre resultó ser Raúl Leoni. Esta candidatura, sin embargo, no levantaba adeptos en número apreciable entre los estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello, remanso de relativa paz si se la comparaba con la agitada actividad política de la Universidad Central de Venezuela, o la de Los Andes, en las que el suscrito había cursado antes de recalar en la esquina de Jesuitas, para estudiar Sociología en la escuela fundada por Arístides Calvani. En el seno de la UCAB sólo existían, para propósitos prácticos, los estudiantes afiliados al Partido Social Cristiano COPEI y sus simpatizantes, y quienes adherían a una ideología liberal (o neoliberal), que presentaban candidatos a los centros de estudiantes y a su federación bajo la denominación de Plancha 2. (COPEI presentaba los suyos en la Plancha 4). Por tal razón, era muy difícil conseguir aquel año en «la Católica» partidarios de otro candidato que no fuera Rafael Caldera Rodríguez o Arturo Úslar Pietri.

Mi amiga Clementina me escuchó a prudente aunque no tan discreta distancia una mañana de 1963, mientras yo hacía observaciones críticas de la campaña verde a un compañero copeyano. Como éste, creo recordar, no fue capaz de refutar mi argumentación, Clementina se puso a su vez en plan de catequesis uslarista. Estaba muy involucrada a favor de «la campana»—ítem notable de la campaña de Úslar—y razonó que «el enemigo de su enemigo» sería «su amigo», y al concluir el debate con nuestro verde compañero se me encimó, invitándome entusiasmadamente a que me sumara al esfuerzo por la elección del gran humanista, creyéndome mango bajito.

En un minuto Clementina quedó decepcionada, pues habré enumerado tres o cuatro razones por las que los planteamientos de Úslar no me convencían. Muy confundida, al no poder ubicarme, quiso saber si era partidario de Leoni, el peligroso izquierdista o, peor aún, comunista, lo que preguntó sin creer ella misma en la posibilidad de esta última posición disponible. Alguna musa me inspiraría, pues le contesté: «Clementina, yo soy un extremista del centro».

………

Cuarenta años después el país estaba muy marcada y agresivamente polarizado. A comienzos de 2003 todavía no había cesado el paro petrolero contra Chávez, y no hacía nada de los acontecimientos del anterior abril, con sus muertes, sus golpes y sus contragolpes. Fue a ese escenario de crispada división que se presentó en Venezuela William Ury, el apóstol del «Tercer Lado», traído de la mano por James Carter, con quien había gestado la fundación de la Red Internacional de Negociación, que procura desactivar guerras civiles en el mundo. (Ury fue asimismo cofundador del Programa de Negociación de la Universidad de Harvard, y para el momento de su visita a nuestro país ya había mediado, entre otros conflictos, en los étnicos de la esfera rusa y en la antigua Yugoslavia).

De su experiencia traía datos enervantes: las guerras de hoy en día, a diferencia de las clásicas, se caracterizan porque nueve de cada diez muertes son de civiles ajenos a la confrontación. Dos bandos extremos involucran en sus combates a una comunidad general, el tercer lado, la que no participa en el conflicto sino para ser la parte más afectada, injustamente. Por esto el récipe de Ury es casi una verdad de Perogrullo: es preciso fortalecer el tercer lado para lograr la paz.

………

Por la misma época los analistas políticos y los estudios de opinión pública registraban un amplio componente de nuestra población—el más nutrido—al que comenzaron a llamar «Ni-Ni», y que en cabeza de los ultrosos de lado y lado merecerían el desprecio. No estaban ni a favor de Chávez ni a favor de la oposición que hasta ese entonces se le había enfrentado.

En razón de estos registros ciertas voces lúcidas indicaron un camino similar al prescrito por Ury. El sociólogo José Antonio Gil, por ejemplo, comenzó a decir desde hace ya tres años que los «Ni-Ni» buscaban, en realidad, «un promedio».

………

La más primitiva de las anatomías políticas distingue las posturas ideológicas en una dicotomía: izquierda y derecha. Independientemente de si conocemos el uso técnico de estos términos, una larga exposición a ellos ha permitido que todos tengamos una idea de lo que significan. El izquierdista es alguien que tiende a privilegiar a los pobres, a los trabajadores, y procura oponerse al statu quo cuando actúa en una sociedad en la que el poder es controlado por sectores pudientes de la población. El derechista, por lo contrario, pugna por las mayores libertades para la empresa privada, y por la conservación del «orden establecido».

Esta distinción no deja de ser natural. Hay quienes por temperamento son gente más bien conservadora, prudente, desconfiada de los cambios. Del otro lado hay quienes procuran el cambio de lo existente, partidarios de la revolución. (Ambos polos corresponden a la división funcional observable en el sistema nervioso autónomo—no controlado por el cerebro, o sistema nervioso central—que comprende un sistema «simpático» y uno opuesto, el «parasimpático». Las estructuras nerviosas simpáticas, por ejemplo, aceleran el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria; las parasimpáticas, por lo contrario, deprimen ambas funciones. Las sustancias químicas transmisoras de ambos sistemas—adrenalina, de un lado; acetilcolina, del otro—son antagonistas biológicos. A pesar de esta contradicción, es su dinámica coexistencia lo que permite una fisiología equilibrada).

Por esto conseguimos sociedades que se bastan con un sistema político bipartidista: la división entre conservadores y liberales en Colombia, por supuesto, o la más conocida de republicanos y demócratas en los Estados Unidos.

………

Pero en el fondo la distinción entre una izquierda y una derecha políticas es una descripción en gran medida obsoleta. Se trata de categorías de la Revolución Industrial, que en mucho siguen la comprensión marxista de la sociedad y de la historia, que las entiende como producto de una lucha de clases. Esto es, la lucha de poseedores y desposeídos, que a lo largo de la historia se habría escenificado entre patricios y plebeyos o esclavos, entre señores y siervos, y que modernamente, con el advenimiento de la industrialización, se ha dado entre patronos (capitalistas) y proletarios (obreros).

Ahora bien, ya hace rato que los observadores del cambio social han proclamado la aparición de una «Tercera Ola» (después de la primera agrícola y la segunda industrial), de una era «post-industrial», y en verdad asistimos a una eclosión de nuevos roles económicos que no se ajustan a la dicotomía de la «cuestión» o «problema social moderno». (Decidir cómo debe repartirse el producto total de una comunidad nacional: con privilegio de los capitalistas o de los trabajadores). Esta nueva civilización de la información revienta los primitivos esquemas.

Además, a la fácil e inexacta dicotomía patrono-obrero—razón de ser de las «comisiones tripartitas», en las que un gobierno-árbitro se introduce en medio de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y Fedecámaras—subyace la noción fundamental de la Realpolitik: que la política es esencialmente una actividad de combate.

He allí los dos componentes fundamentales del paradigma político prevaleciente: la dicotomía izquierda-derecha y la concepción agónica de la política. Ambas cosas han sido sobrepasadas por las nuevas realidades sociales, pero ambas, y el paradigma convencional que conforman, son ideas que se niegan a dejar el paso a otras más exactas y pertinentes.

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La política de poder—Realpolitik—debe ser sustituida por una política clínica, practicada profesional y responsablemente sobre sociedades de anatomías más ricas, más complejas, que una elemental de cabeza (gobierno), tronco (empresarios) y extremidades (obreros). Ésta está bien para contestar cómo se divide el cuerpo humano en cuarto grado de educación primaria, ya no para hacer una medicina seria que tome en cuenta la profusa complejidad de fisiologías superiores.

Y también debe abandonarse la distinción de izquierda y derecha. El empleo de términos no es un ejercicio neutro. Cuando usamos conceptos como izquierda y derecha, a la larga terminamos de creer que las sociedades se atienen a nuestras categorías terminológicas, y así la gramática determina la sociología.

Naturalmente, la superación de la obsoleta diferencia de izquierda y derecha implica un cambio de paradigma, y de suyo los desplazamientos paradigmáticos son tanto laboriosos como dolorosos. Aquélla no se resolverá con un triunfo de la derecha—Bush—o uno—Chávez—de la izquierda, sino con un salto a otro lenguaje político que se superponga a las viejas discriminaciones. La solución al actual problema político venezolano no pasa por la sustitución de una «izquierda mala»—Chávez—por una «izquierda buena»—Petkoff—pero tampoco por una derrota de la izquierda chavista a manos de Rafael Alfonzo o Marcel Granier como adalides de un partido de derecha.

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Pero mientras se produce la sustitución de un paradigma esclerosado, exacerbado por la decimonónica opción izquierdista del gobernante actual, impulsor a ultranza, a sus últimas consecuencias, de un esquema de política como lucha o polémica, habrá todavía que hablar con palabras conocidas. ¿Qué tal una oferta de centro?

El respetado encuestador Eugenio Escuela incluyó una pregunta muy interesante en su estudio de la opinión pública venezolana de mayo de este mismo año 2006. (Levantamiento de datos entre el 6 y el 13 del mes pasado). Se preguntó a los entrevistados: «¿Usted se considera una persona de…?» Las opciones eran: extrema izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema derecha.

Bueno, un 30% de los encuestados optó por no contestar o decir que no sabía. Pero los que contestaron se distribuyeron en lo que se asemeja mucho a una curva de Gauss, a una distribución estadística «normal». De los que escogieron una ubicación, 1,03% dijo ser de extrema izquierda y 2,29% de extrema derecha; 8,69% se ubicó en la izquierda y 9,26% en la derecha; 14,42% se apostó en posición de centro-izquierda y 14,06% en centro-derecha. ¡Cincuenta coma veinticinco por ciento en el mero centro! (Respecto del universo total: extrema izquierda, 0,72%; extrema derecha, 1,60%; izquierda, 6,07%; centro-izquierda, 10,07%; centro-derecha, 9,82%, centro, 35,10%).

¿Será lo adecuado presentar una oferta que, entendiéndose a sí misma como trascendente de la vieja dicotomía izquierda-derecha, pueda ser comprendida por los electores como de centro? ¿Y será el candidato correcto ese caballero desconocido que responde al maracaibero nombre de Ninguno Nosabe Nocontesta? LEA

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FS #97 – Einstein comunista

Fichero

LEA, por favor

La revista norteamericana Monthly Review fue fundada en el año de 1949, y es una publicación de marcado sesgo izquierdista. Aún hoy se define como un espacio dedicado a la crítica del capitalismo. Su número inaugural salió a la luz en el mes de mayo de 1949, y contenía entre otros artículos uno firmado por nadie menos que Alberto Einstein, bajo el título «¿Por qué el socialismo?»

El análisis ofrecido por el más grande genio de la física del siglo veinte es clásicamente marxista, y no exento de ingenuidad. Luego de una crítica del sistema capitalista que en algún punto es inexacta, formula problemas o riesgos del socialismo para los que no ofrece la menor solución.

Einstein no fue ajeno al tema político. No sólo remitió la famosa carta a Franklin Delano Roosevelt que induciría el establecimiento del Proyecto Manhattan—el desarrollo de la bomba atómica por los Estados Unidos—para luego arrepentirse, sino que opinaba en esta y otras materias con alguna frecuencia. En una carta posterior a Harry Truman le decía: «No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras».

Era escéptico acerca de la influencia de la razón sobre la política. Así opinó, por ejemplo: «Todos los que entre nosotros nos preocupamos por la paz y el triunfo de la razón y la justicia debemos estar agudamente conscientes de cuán poco influyen la razón y el bien honesto sobre los eventos del campo político». Tal vez por esto, con ocasión de inscribirse como miembro de la Federación Americana de Maestros en 1938, recomendó: «Considero importante, de hecho urgentemente necesario, que los trabajadores intelectuales se unan, tanto para proteger su propio status económico, como para asegurar su influencia sobre los eventos del campo político». Es decir, en glosa de Marx y Engels, intelectuales del mundo uníos.

Tan notorio era el interés que Einstein tenía por lo político, que aunado a su indiscutible prestigio de científico y hombre bondadoso valió que se le ofreciera ser el primer presidente del naciente estado de Israel en 1948, cosa que de inmediato rechazó sabiamente.

La Ficha Semanal #97 de doctorpolítico ofrece la traducción completa del artículo de Alberto Einstein para el primer número de Monthly Review.

LEA

Einstein comunista

¿Es aconsejable que alguien que no sea un experto en temas económicos y sociales exprese sus puntos de vista sobre el tema del socialismo? Creo que sí lo es por varias razones.

Consideremos en primer lugar el asunto desde el punto de vista del conocimiento científico. Pudiera parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos de ambos campos intentan descubrir leyes de aceptación general para un circunscrito grupo de fenómenos para hacer lo más clara posible la interconexión de estos fenómenos. Pero en realidad sí existen tales diferencias metodológicas. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía se dificulta por la circunstancia de que los fenómenos observados están a menudo afectados por muchos factores, que son muy difíciles de evaluar por separado. Además, la experiencia, que se ha acumulado desde el comienzo del llamado período civilizado de la vida humana ha sido, como es bien sabido, grandemente influida y limitada por causas que no son en ningún caso de naturaleza exclusivamente económica. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia deben su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron a sí mismos, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Tomaron para sí el monopolio de la propiedad de la tierra y nombraron a una casta sacerdotal de sus propias filas. Los sacerdotes, en control de la educación, hicieron de la división en clases de la sociedad una institución permanente y crearon un sistema de valores por los que la gente, en gran medida inconscientemente, se guiaba en su comportamiento social.

Pero la tradición histórica es, por así decirlo, de ayer; en ninguna parte hemos realmente vencido lo que Thorstein Veblen llamó la «fase depredadora» del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase, y aun las leyes que podamos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Ya que el propósito real del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

En segundo lugar, el socialismo está dirigido hacia un fin socio-ético. La ciencia, sin embargo, no puede crear fines y, menos aún, inculcarlos en los seres humanos. Pero los fines en sí mismos son concebidos por personalidades de elevados ideales y—si estos fines no nacen muertos, sino vitales y vigorosos—son adoptados y promovidos por aquellos muchos hombres que, medio inconscientemente, determinan la lenta evolución de la sociedad.

Por estas razones, debiéramos estar prevenidos para no sobrestimar a la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no deberemos suponer que los expertos son los únicos que tienen un derecho a expresarse sobre cuestiones que afectan a la organización de la sociedad.

Innumerables voces han venido afirmando por algún tiempo que la sociedad humana atraviesa una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente destrozada. Es característico de una tal situación que los individuos sientan indiferencia e incluso hostilidad hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Con el fin de ilustrar lo que quiero decir, permítaseme registrar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de una nueva guerra, que en mi opinión pondría seriamente en peligro la existencia de la humanidad, y enfaticé que sólo una organización supranacional ofrecería protección de ese peligro. A lo que mi visitante, muy calmada y fríamente, repuso: «¿Por qué te opones tan profundamente a la desaparición de la raza humana?»

Estoy seguro de que hasta hace tan sólo un siglo nadie hubiera hecho tan ligeramente una observación de esa clase. Es la observación de un hombre que ha luchado en vano para lograr un equilibrio dentro de sí mismo y más o menos ha perdido la esperanza de tener éxito. Es la expresión de una dolorosa soledad y un aislamiento que tanta gente sufre en estos días. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?

Es fácil elevar esas preguntas, pero difícil contestarlas con algún grado de certidumbre. Debo tratar, no obstante, lo mejor que pueda, aunque estoy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y emprendimientos son a menudo contradictorios y oscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.

El hombre es al mismo tiempo un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, intenta proteger su propia existencia y la de aquellos que le son más cercanos, satisfacer sus deseos personales y desarrollar sus capacidades innatas. Como ser social, busca ganar el reconocimiento y el afecto de sus congéneres, compartir sus placeres, confortarlos en su pena y mejorar sus condiciones de vida. Sólo la existencia de estos diversos emprendimientos, a menudo en conflicto, explica el carácter especial de un hombre, y su combinación específica determina el grado hasta el que un individuo puede lograr un equilibrio interno y contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estos dos impulsos esté, en mayor grado, fijada por la herencia. Pero la personalidad que emerge al final está grandemente formada por el ambiente en el que un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de particulares tipos de conducta. El concepto abstracto de «sociedad» significa para el ser humano individual la sumatoria de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y toda la gente de generaciones anteriores. El individuo es capaz de pensar, sentir, emprender y trabajar por sí mismo, pero depende tanto de la sociedad—en su existencia física, intelectual y emocional—que es imposible pensar en él, o entenderlo, fuera de la sociedad. Es la «sociedad» la que le da al hombre alimento, vestido, un hogar, las herramientas de trabajo, el lenguaje, las formas del pensamiento y la mayoría del contenido del pensamiento; su vida se hace posible a través de la labor y los logros de los muchos millones pasados y presentes que se ocultan tras la pequeña palabra «sociedad».

Es evidente, por tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho de la naturaleza que no puede ser abolido—tal como en el caso de las hormigas y las abejas. No obstante, mientras que el proceso vital entero de las hormigas y las abejas está fijado por rígidos instintos hereditarios, el patrón social y las interrelaciones de los seres humanos son muy variables y susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad para hacer nuevas combinaciones, el don de la comunicación oral han hecho posible desarrollos entre los seres humanos que no vienen dictados por necesidades biológicas. Estos desarrollos se manifiestan en las tradiciones, las instituciones y las organizaciones; en la literatura, en los logros científicos y de ingeniería, en las obras de arte. Esto explica cómo, en un cierto sentido, el hombre puede influir su vida a través de su propia conducta, y que en este proceso el pensamiento y el deseo conscientes pueden jugar un papel.

El hombre adquiere al nacer, a través de la herencia, una constitución biológica que podemos considerar fija e inalterable, incluyendo lasa urgencias naturales que son características de la especie humana. Adicionalmente, durante su vida adquiere una constitución cultural, la que adopta de la sociedad a través de la comunicación y otros muchos tipos de influencias. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, está sujeta a cambio y determina en gran medida la relación entre el individuo y la sociedad. La antropología moderna nos ha enseñado, a través de la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que la conducta social de los seres humanos puede diferir grandemente, dependiendo de los patrones culturales prevalecientes y los tipos de organización que predominen en la sociedad. Es sobre esto que quienes luchan por mejorar la condición del hombre basan sus esperanzas: los seres humanos no estamos condenados, por causa de su constitución biológica, a aniquilarnos los unos a los otros o a estar a merced de un destino cruel y autoinflingido.

Si nos preguntamos cómo pueden cambiarse la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos estar conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que somos incapaces de modificar. Como mencioné antes, la naturaleza del hombre no está, para todo propósito práctico, sujeta a cambio. Más aún, los desarrollos tecnológicos y demográficos de los siglos más recientes han creado condiciones que permanecerán. En poblaciones establecidas y relativamente densas con los bienes que son indispensables a su continuada existencia, una extrema división del trabajo y un aparato productivo altamente centralizado son absolutamente necesarios. Ya no vivimos la época—que en retrospectiva parece tan idílica—cuando los individuos o los grupos pequeños podían ser completamente autosuficientes. Es sólo una pequeña exageración decir que hoy en día la humanidad constituye una comunidad planetaria de producción y consumo.

He llegado al punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Concierne a la relación del individuo con la sociedad. El individuo se ha hecho más consciente que nunca de su dependencia de la sociedad. Pero no experimenta esta dependencia como algo positivo, como un nexo orgánico, como una fuerza protectora, sino más bien como una amenaza a sus derechos naturales, e incluso a su existencia económica. Más aún, su posición en la sociedad es tal que los impulsos egoístas de su constitución se acentúan constantemente, mientras que sus impulsos sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera sea su posición en la sociedad, sufren este proceso de deterioro. Prisioneros sin saberlo de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solitarios, impedidos del disfrute ingenuo, simple, no sofisticado de la vida. El hombre puede encontrar significado en la vida, breve y peligrosa como es, sólo dedicándose él mismo a la sociedad.

La anarquía económica de la sociedad capitalista como existe hoy es, en mi opinión, el verdadero origen del mal. Vemos delante de nosotros una enorme comunidad de productores, de las que sus miembros están sin cesar luchando para privarse los unos a los otros del producto de su labor colectiva, no por la fuerza, sino en general mediante el fiel cumplimiento de reglas legalmente establecidas. A este respecto es importante es importante darse cuenta de que los medios de producción—es decir, toda la capacidad productiva que se necesita para producir bienes de consumo así como bienes de capital adicionales—puede legalmente ser, y en su mayor parte lo es, la propiedad privada de individuos.

Para propósitos de sencillez, en la discusión que sigue llamaré «trabajadores» a todos aquellos que no comparten la propiedad de los medios de producción, aunque esto no se corresponde con el uso acostumbrado del término. El dueño de medios de producción está en una posición de comprar el poder laboral de los trabajadores. Empleando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que pasan a ser propiedad del capitalista. El punto esencial de este proceso es la relación entre los que el trabajador produce y lo que recibe en pago, ambas cosas medidas en términos de valor real. En la medida en la que el contrato de trabajo es «libre», lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y los requerimientos de mano de obra del capitalista en relación con la cantidad de trabajadores que compiten por empleos. Es importante entender que aun teóricamente la remuneración del trabajador no está determinada por el valor de su producto.

El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte por la competencia entre capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y la creciente división del trabajo estimulan la formación de grandes unidades de producción a expensas de las más pequeñas. El resultado de estos desarrollos es una oligarquía de capital privado que no puede ser contrarrestada ni siquiera por una sociedad organizada democráticamente. Esto es cierto en tanto los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, en gran medida financiados o influidos por otros medios por capitalistas privados que, para todo propósito práctico, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo no protegen suficientemente los intereses de las secciones menos privilegiadas de la población. Más aún, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados controlan inevitablemente, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (la prensa, la radio, la educación). Es por tanto extremadamente difícil, y de hecho en muchos casos imposible, que el ciudadano individual llegue a conclusiones objetivas y haga uso inteligente de sus derechos políticos.

La situación prevaleciente en una economía basada en la propiedad privada del capital está por consiguiente caracterizada por dos principios fundamentales: primero, que los medios de producción (capital) son de propiedad privada y sus dueños disponen de ellos como crean conveniente; segundo, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe tal cosa como una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, mediante largas y amargas luchas políticas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada del «libre contrato de trabajo» para ciertas categorías de trabajadores. Pero considerada en su conjunto, la economía actual no difiere mucho del capitalismo «puro».

La producción se lleva a cabo para la ganancia, no para el uso. No hay previsión para que todos aquellos capaces y dispuestos a trabajar estén siempre en una posición de encontrar empleo; casi siempre existe un «ejército de desempleados». El trabajador está siempre temeroso de perder su empleo. Dado que los desempleados y los trabajadores pobremente remunerados no proveen un mercado rentable, se restringe la producción de bienes de consumo, y la consecuencia es un gran sufrimiento. El progreso tecnológico frecuentemente redunda en más desempleo, antes que en un alivio de la carga de trabajo para todos. El motivo del lucro, junto con la competencia entre los capitalistas, es responsable por una inestabilidad en la acumulación y utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un gigantesco desperdicio del trabajo, y a esa parálisis de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

Creo que esta parálisis de los individuos es el peor de los males del capitalismo. Todo nuestro sistema educativo sufre de este mal. Una exagerada actitud competitiva se inculca al estudiante, que es adiestrado para adorar el éxito adquisitivo como preparación para su futura carrera.

Estoy convencido de que hay sólo un camino de eliminar tan grandes males, y que esto es a través del establecimiento de una economía socialista, acompañada de un sistema educativo que debe estar orientada a metas sociales. En una economía tal, los medios de producción son poseídos por la sociedad misma y empleados de modo planificado. Una economía planificada, que ajusta la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo que debe hacerse entre todos los capaces de trabajar y garantizaría un medio de vida a todo hombre, mujer y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias habilidades innatas, intentaría desarrollar en él un sentido de responsabilidad por sus congéneres en lugar de la glorificación del poder y del éxito en nuestra sociedad actual.

Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es aún el socialismo. Una economía planificada como tal puede ser acompañada de la completa esclavitud del individuo. El logro del socialismo requiere la solución de algunos problemas socio-políticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, en vista de una centralización del poder político y económico de gran alcance, impedir que la burocracia se haga todopoderosa y arrogante? ¿Cómo se puede proteger los derechos del individuo y de esta manera asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?

La claridad acerca de los fines y problemas del socialismo es de gran significación en nuestra era de transición. Dado que, en las actuales circunstancias, una discusión libre y desembarazada de estos problemas ha caído bajo un poderoso tabú, considero que la fundación de esta revista es un servicio público importante.

Albert Einstein

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LEA #189

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Apunta muy atinadamente el Dr. Bernardo Paúl que así como Teodoro Petkoff escribió el libro Las dos izquierdas, cabría que alguien escribiera un ensayo sobre «las dos derechas». Una de éstas sería la convencional, la que había adoptado un curso de acomodación y entendimiento con el bipartidismo de Acción Democrática y COPEI, sin aspirar a una participación política activa y directa. La otra, que tuvo su expresión más refinada en el movimiento «desarrollista» que liderase Pedro R. Tinoco, hijo, siempre ha buscado construir partidos y candidaturas de derecha.

En las actuales circunstancias electorales no ha aparecido todavía quien pretenda levantar esa bandera. Pero todavía hay tiempo—una semana—para insertarse en el cronograma delineado por Súmate, si es que éste forma parte de un diseño de conjunto dirigido justamente a proveer el estrado a una candidatura de esa clase. (Según Alejandro Plaz, la logística exigiría que el jueves 15 de junio, «a más tardar», estén definidos los nombres de los candidatos, en caso de que se quiera celebrar elecciones primarias el domingo 30 de julio).

Ahora bien, el avezado encuestólogo Alfredo Keller ha ofrecido declaraciones a Unión Radio (recogidas parcialmente por el diario Reporte de la Economía), en las que arranca por establecer que «el elegido» o mesías político no ha aparecido aún. Keller menciona haber medido que siete de cada diez venezolanos está esperando todavía la emergencia de un líder que pueda oponerse a Chávez, que hay una creciente demanda por esa figura. Ergo, Keller implica que ninguno de los presentes en la palestra calza los puntos necesarios.

Al destacar, además, que 64% de la población electoral quiere elecciones primarias, Keller añade que el elegido debe venir hablando claro, y que debe ser de nuevo origen porque los viejos partidos han desaparecido.

¿Estará haciendo Keller el papel de San Juan Bautista, respecto de una candidatura nítidamente derechista de inminente aparición? ¿Marcel Granier, tal vez, o su representante Eladio Lárez? (El periodista-editor Miguel Salazar reportó hace un par de semanas que Lárez habría aparecido con estupendos y sorprendentes números de aceptación en recientes estudios de opinión). ¿Habrá sido el «movimiento 4D»—Marcel Granier, Oscar García Mendoza, María Corina Machado, Antonio Sánchez García, Oswaldo Álvarez Paz y unas cuantas decenas más de personas reunidas en el Ateneo de Caracas para presentar el «Mandato del Pueblo a la Nación»—el germen de un verdadero partido de derecha por la calle del medio?

Quizás se razone que nadie le ganará a Chávez las elecciones de diciembre, y entonces no importaría si un candidato de derecha surge incluso ante el que emerja del acuerdo de Borges, Petkoff y Rosales. ¿Quién manda a Borges, un tipo chévere de derecha a reunirse con un ex adeco como Rosales y un escritor que, como Petkoff, se describe como de izquierda buena?

LEA

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