el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

CS #116 – Delta partido

Cartas

La gente que hace escenarios generalmente presume que el futuro es un abanico, un área continua limitada por bordes con lo imposible. No lo es. Se parece más a un árbol, ramificado, o a un delta fluvial, que es más cambiante. No todo lo que está dentro de límites de imposibilidad es posible.

El futuro es más como nuestra mano, un delta de cinco dedos. Si la abrimos y extendemos máximamente el pulgar y el meñique podemos ver los mayores espacios entre los dedos, donde no hay ya mano. Los futuros posibles no son muchísimos; en realidad son siempre sólo unos cuantos.

Supongamos que fuésemos una organización—por ejemplo, un partido político—que trajese una trayectoria descendente y sintiese que hoy se encuentra en tan grave condición que hasta su propia existencia se pone en duda. O simplemente supiésemos que lo que pensamos hacer probablemente no sería suficiente. ¿Cuál sería el delta de nuestro futuro?

Consideremos cinco cauces de ese delta, como los dedos de una mano. Cinco caños de desagüe de nuestra historia. Y cada uno tiene un nombre.

Caño Extinción. Ni siquiera llega al mar. Se seca antes. La organización desaparece, y más bien pronto. Es el cauce de las organizaciones que insistirán en hacer algo no demasiado diferente de lo que han venido haciendo. Puede que todavía sus estertores se repitan por un tiempo, pero en verdad se trata de un caño de futuro más bien corto.

Caño Insignificancia. Si la organización emprende un esfuerzo considerable en hacer, en el fondo, más de lo mismo, o aun si cambia significativamente, pero en dirección insuficiente o errónea, puede que logre mantenerse viva, pero con escasa influencia e importancia. Es posible durar décadas enteras haciendo cosas que ya no hacen diferencia. A lo mejor algún ejecutivo del tipo yuppie convence a la organización de alguna doctrina gerencial de última moda y por un tiempo parece lograr resultados, aunque el problema real sea más profundo que meramente de gerencia.

Caño Fusión. En este caso la organización se funde o federa con otra u otras, sin mucho cambio direccional, en mera consolidación de capitales pobres. Si se llega a constituir una nueva organización con esa alianza, entonces pudiera haber una redefinición que le permitiera hacer algo significativo.

Caño Descendencia. La organización podría fundar otra u otras organizaciones, que serían distintas de un partido, puesto que no tendría sentido que un partido fundara un partido. Los hijos son distintos de los padres, aun los más parecidos. Por ejemplo, fundar un instituto, una universidad, una cooperativa, etcétera. Después morir, como los padres suelen hacer. Los hijos llevarán algunos rasgos de sus padres, y es así como éstos se perpetuarían.

Caño Metamorfosis. Aquí la organización ha decidido mutar. Se ha percatado de que no puede seguir siendo la misma cosa porque el mundo en el que nació ya no existe. Entiende que debe sustituir sus paradigmas por otros, que debe suplantar sus reglas de operación con otras y tiene el valor de atreverse a hacer metamorfosis, a convertirse en algo distinto. Es quizás el futuro más exigente, pero también el más eficaz, modesto y sabio.

………………

Es ante este delta que los partidos menguados aún sobrevivientes en Venezuela se encuentran. No se trata de una disyuntiva sino de una pentayuntiva. Pero no tienen otros futuros que ésos. Apartando el MVR, que padece enfermedad diferente—una obesidad complacida—todos los demás partidos del país están amenazados de extinción, incluidos los de data más reciente, y en particular ése que insiste en presentarse como «el único» que el gobierno temería. Esta inmodesta caracterización puede rendir beneficios a corto plazo, sobre todo ante unos financistas de bolsillo exhausto que ya no querrán mantener actores ineficaces. Pero tarde o temprano se hará evidente su insuficiencia.

El que más y el que menos han tenido ya suficiente exposición pública, suficiente historia, como para saber que el alma venezolana, que tan ansiosa está de liderazgo idóneo, no ha sido cautivada por sus propuestas. Es ésa la insuficiencia que debe ser reconocida.

Los más jóvenes no han tenido mucho tiempo para dañar irreversiblemente su reputación, cualquiera que ésta sea, sobre todo si no han formado parte de gobiernos. Pero el problema no es su actual o eventual negatividad. La cuestión es la insuficiencia de su positividad. Cualquier partido convencional—y como ha señalado esta carta antes, todos los partidos venezolanos, incluido muy especialmente el MVR, son convencionales—que pretenda—en razón de su historia larga o, por lo contrario, porque sea nuevo, candidato al papel de «generación de relevo»—que en su actual configuración y desde sus actuales marcos conceptuales puede ser «el partido del futuro», verá frustrada su ensoñación y oscilará, esta vez sí ante una disyuntiva, entre la extinción y la insignificancia.

Por supuesto, queda el camino de la innovación radical, el caño de la Invención. Hacer un nuevo tipo de organización política desde cero. Amanecida en Navidad.

Hace unos años, cuando una comisión bicameral del extinto Congreso de la República, presidida por el tocayo tocayo Luis Enrique Oberto, se afanaba en una posible reforma de la constitución de 1961, e iba ya por una lista de más de un centenar de posibles modificaciones, un venezolano lúcido, Humberto Peñaloza, recordaba a su maestro de primaria, a quien si los alumnos le presentaban una plana con más de cinco errores, les obligaba a repetirla enteramente de nuevo. Así escribió, poco antes de que el «proyecto Oberto» fuese concluido, en «Lo democrático es consultar a la ciudadanía»: «Si nuestra Constitución, con apenas 31 años de vigencia, requiere ya de noventa reformas para ‘perfeccionar’ materias que a todas luces deben ser modificadas a fondo, mejor es que la escribamos de nuevo, con nuevos enfoques y nuevas aproximaciones a las realidades del país y de su entorno geopolítico, económico, socio-cultural, militar, administrativo y ecológico. Tarea, eso sí, para nuevas mentalidades y nuevas escuelas de pensamiento».

La claridad de Peñaloza era meridiana. No hablaba de tarea para juveniles. Hay mucho joven de inclinación más bien conservadora, propenso a la ortodoxia, a lo canónico. La modernidad que exigía Peñaloza era de mentalidades, de «escuelas de pensamiento».

Exactamente el mismo es el problema de los partidos residuales tras la lección del 31 de octubre. No les bastarán cambios que no pasen de ser apósitos puntuales, paños calientes. La cantidad de cambio que les daría posibilidad de trascendencia es grande.

Pero tal cosa no tiene porque ser traumática o castrante. Si en la biografía de todo ser humano hay máculas vergonzantes que preferiría no recordar, así mismo ocurre con las organizaciones de los hombres. Y si no se debe congelar a nadie en su pasado, porque sería atentar contra su libertad—es decir, contra su posibilidad de cambio—del mismo modo no puede negarse a una organización valiente, por más dañada que esté su reputación, su posible intención metamórfica. La regeneración es difícil pero posible.

Hace treinta años una inteligente y bella dama intentaba enseñarme, desde su amor y porque creía que me autoflagelaba demasiado, que uno debía aprender a «encogerse de hombros ante uno mismo», aprender a perdonarse a uno mismo. Lo que no puede hacer uno es persistir tercamente en el error, ni disimular tal cosa mediante procedimiento cosmético. Nuestros partidos, todos, son candidatos a una extensa y profunda cirugía plástica. Si prefieren evadir tal operación reconstructiva es bueno que sepan que morirán o, en el mejor de los casos, que vivirán en la indigencia.

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LEA #116

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Consummatum est. Es realmente triste la promulgación de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, que pone en manos de una discrecionalidad oficialista propensa al totalitarismo, la capacidad de destruir iniciativas libres en medios de comunicación, o al menos de amordazarlas con amedrentamiento. El cepo se ha cerrado.

Ahora bien ¿era esto evitable?

Muchos gobiernos anteriores a éste intentaron regular el comportamiento de la industria de la radio y la televisión. Carlos Andrés Pérez, en su primer gobierno, consideró el llamado Proyecto RATELVE, que fue ferozmente combatido y con éxito por los medios privados. Su líder ostensible fue el profesor Antonio Pasquali, autoridad en temas comunicacionales, en ese entonces considerado un engendro del demonio que pretendía atentar contra la libertad de expresión, y ahora bienvenido por esos mismos medios porque es un decidido opositor a esta ley de los cuatro nombres.

Luis Herrera Campíns introdujo las limitaciones a la publicidad de bebidas alcohólicas y cigarrillos en radio y televisión—lo que no impidió que se vendiera cerveza bajo el eufemismo de malta—y el segundo gobierno de Rafael Caldera presentó y perdió batalla en la que buscó imponer su concepto de «información veraz», ya no sólo en Venezuela, sino en el ámbito de toda la comunidad iberoamericana de países.

De modo más episódico y recóndito, el gobierno de Jaime Lusinchi presionó sin mucho escrúpulo a más de un medio de comunicación, y a la vuelta de Carlos Andrés Pérez éste reintrodujo los censores previos, que se desconocían desde los tiempos de Pérez Jiménez, a raíz del fracasado golpe chavista del 4 de febrero de 1992, en aras de la «seguridad del Estado».

Durante mucho tiempo una proporción importante de la ciudadanía creyó que los medios debían ser moderados—en el número anterior de esta carta se registraba cómo se expresó tal opinión en el II Encuentro de la Sociedad Civil, organizado por la Universidad Católica Andrés Bello en 1995—y en épocas betancurianas o leoninas un boicot de anunciantes buscó doblar la cabeza del diario El Nacional porque a su criterio había en su nómina de periodistas un exceso de plumas—o máquinas de escribir—izquierdistas.

Se trata, por tanto, de un forcejeo de larga data. (No siempre contra el gobierno). Y esta vez lo perdieron los medios de comunicación.

Algo así ocurrió con la idea de una constituyente. El Frente Patriótico abanderado por Juan Liscano procuró vender esa idea. La «Carta de Intención» de Rafael Caldera con Venezuela, de su campaña de 1993, llegó a considerarla. Pero ni el Congreso de ese tiempo acertó a reformar a fondo la constitución ni Caldera quiso convocar una constituyente, ni siquiera el referendo consultivo que Chávez luego convocaría. Por esto se pudo escribir al término del segundo gobierno del docto presidente: «Pero que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida»

¿Se habría evitado la «ley mordaza»—»ley de contenidos», «ley resorte», Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión—si in illo tempore los medios no hubieran sido tan suspicaces de Pasquali, o hubieran demostrado fehacientemente su voluntad de moderación? Otra vez, una pregunta retórica, de contestación imposible.

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FS #24 – Otra vez Alberto

Fichero

LEA, por favor

Dedico esta Ficha Semanal #24 de doctorpolítico a mis amigos Gerd Stern, Alberto Krygier, Yehezkel Dror, Mary Taurel, Mary Benarroch, Ricardo De Sola, Paulina Gamus, y a la memoria de Francisco y Pedro Pick. De ellos solamente uno vive en Israel. Por esto son particularmente apropiadas las palabras finales de Alberto Einstein en la ficha de hoy, sobre todo en estos momentos de temores e indignaciones hebraicas.

El par de Newton en la historia de la ciencia nació en 1879, el 14 de marzo. Para conmemorar la fecha la Comisión Internacional para la Enseñanza de la Física compiló y publicó en el año centenario el libro Einstein: A Centenary Volume, contentivo de más de cuarenta artículos acerca de la vida y obra del asombroso hombre. El volumen es un tesoro para los admiradores del genio, e incluye desde artículos semitécnicos hasta anécdotas que son una delicia.

Por ejemplo, Philipp Frank recuerda: «Otro día hablamos de un físico que tenía muy poco éxito en su trabajo de investigación. Por la mayor parte atacaba problemas que ofrecían tremendas dificultades. Aplicaba un penetrante análisis sólo para descubrir más y más dificultades. Para la mayoría de sus colegas no estaba muy calificado. Einstein, sin embargo, decía de él: ‘Admiro a este tipo de hombre. Tengo poca paciencia con científicos que toman un tablero de madera, buscan su parte más delgada y taladran un gran número de agujeros donde taladrar es más fácil'».

Pero siendo el libro un reflejo de las múltiples facetas admirables de Einstein, a la par de lo científico conseguimos en él referencia a su relación con lo artístico, lo religioso, lo político. Para una mente que con la mayor naturalidad, y un travieso respeto, hablaba de Dios para involucrarlo en sus disquisiciones física—Raffiniert ist der Herr Gott, aber boshaft ist er nicht—la involucración con la historia y las pasiones de su tiempo era asimismo natural.

Es bastante conocido el hecho de que se hubiera ofrecido a Albert Einstein la presidencia de un renaciente Estado de Israel, cosa que declinó desde su profunda sabiduría. De todos modos, el gigante fue decidido y elocuente partidario de la meta sionista. En el volumen mencionado se incluye un trabajo de Gerald E. Tauber, Einstein y el Sionismo, de cuyos primeros párrafos está compuesta la ficha #24.

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Otra vez Alberto

La preocupación por el hombre mismo y su destino debe formar siempre el interés principal de toda empresa técnica. Nunca olviden esto en medio de sus diagramas y ecuaciones. (Einstein, Mein Weltbild).

Fue ésa la preocupación que distinguiera a Einstein entre los grandes científicos, un hombre que hablaba abiertamente a favor de sus creencias y principios, y que tomaba sus obligaciones hacia la sociedad con seriedad y jamás olvidó a su pueblo y sus aspiraciones.

Einstein pasó su juventud en un hogar judío pero muy poco religioso. Asistió a la escuela primaria católica local, por ser más barata y cercana que la distante escuela privada judía. No obstante, su educación judía no fue descuidada y recibió lecciones privadas, de modo que desde temprana edad pudo familiarizarse con las enseñanzas de tanto Moisés como Jesús. El antisemitismo no era extraño a Einstein y sus contemporáneos y, como escribiera más tarde (ver Hoffmann, ‘Einstein y el Sionismo’) «Los asaltos físicos y los insultos eran frecuentes camino a la escuela, aunque no realmente maliciosos. Aun así, sin embargo, fueron suficientes para confirmar, incluso en un niño de mi edad, un vívido sentimiento de no pertenencia».

A pesar de esto, no fue sino hasta que Einstein se convirtiera en profesor en Praga en 1911 cuando entró en contacto con judíos—que vivían y pensaban como judíos—y comenzó a entender los particulares problemas que les afligían. También allí se puso en contacto con sionistas que formaban «un pequeño círculo de entusiastas filosóficos y sionistas más o menos agrupado en torno a la universidad» (ver Frank, Einstein, su vida y su tiempo), pero en esa época no estaba interesado en los problemas del judaísmo en términos mundiales.

«La búsqueda del conocimiento por sí mismo, un amor casi fanático por la justicia y el deseo de independencia personal, son los aspectos de la tradición judía que me llevan a agradecer a mis estrellas por pertenecer a ella». (Ver Einstein, ‘Ideales judíos’, Mein Weltbild).

En Alemania, aun más que en Praga, Einstein se percató de que el antisemitismo no podía ser combatido por la asimilación, sino que tendría que ser combatido con más conocimiento.

«Antes de que podamos combatir eficazmente el antisemitismo, debemos primero que nada educarnos a nosotros mismos a salir de él y de la mentalidad esclava que presagia. Debemos tener más dignidad, mas independencia en nuestras propias filas. Sólo cuando tengamos el coraje de vernos a nosotros mismos como una nación, sólo cuando nos respetemos a nosotros mismos, podremos ganar el respeto de los otros; o más bien, el respeto de los otros vendrá por sus propios pasos…» (Ver Einstein, ‘Asimilación y nacionalismo’).

Tampoco mostraba mucha paciencia para con la Asociación Central de Ciudadanos Alemanes de Persuasión Judía, que trataba de vender el judaísmo como mera persuasión religiosa:

«Cuando me tropiezo con la frase ‘Ciudadanos Alemanes de Persuasión Judía’ no puedo evitar una sonrisa melancólica. ¿Qué significa realmente esta pomposa descripción? ¿Qué es esta ‘persuasión judía’? ¿Existirá entonces una clase de no persuasión en virtud de la cual uno cesa de ser judío? No la hay. Lo que la descripción realmente significa es que nuestros beaux esprits están proclamando dos cosas: primero, que no deseo tener nada que ver con mis pobres hermanos judíos; segundo, que deseo ser visto no como un hijo de mi pueblo sino sólo como miembro de una comunidad religiosa. ¿Es esto honesto? ¿Puede un ‘ario’ respetar a tales hipócritas? No soy un ciudadano alemán, ni hay nada en mí que pueda ser descrito como una ‘persuasión judía’, pero soy un judío, y estoy contento de pertenecer al pueblo judío, aunque no le tenga por ‘elegido’. Dejemos el antisemitismo a los no judíos, y mantengamos el calor en nuestros corazones para nuestros parientes y allegados». (Ver Einstein, ‘Asimilación y nacionalismo’).

Quizás no deba sorprender entonces que Einstein fuese luego atraído por el sionismo. En 1897 Teodoro Herzl, el periodista austriaco y autor de «Judenstaat», había lanzado el sionismo político en el Congreso de Basilea que resolvió «asegurar para el pueblo judío un hogar en Palestina garantizado por el derecho público». En 1917 ese sueño pareció convertirse en realidad cuando el gobierno británico emitiera, a través de su Ministro de Asuntos Exteriores Lord Balfour, la llamada Declaración Balfour, por la cual «el gobierno de Su Majestad ve con favor el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y empleará sus buenos oficios para facilitar el logro de este objeto…» Después del cese de hostilidades Palestina se convirtió en territorio de mandato británico bajo la Liga de las Naciones, y Gran Bretaña fue comprometida a la instrumentación de su promesa, una instrumentación que tomaría treinta años y muchas confrontaciones sangrientas y guerras.

Entretanto el movimiento sionista, cuyo cuartel general se había mudado, luego de la muerte de Herzl en 1904, de Viena a Alemania (primero a Colonia y finalmente a Berlín en 1911), trató de atraer judíos prominentes a sus filas. Einstein, naturalmente, estaba entre los posibles candidatos, aunque en esos momentos todavía no gozaba de la fama mundial que resultaría de la verificación experimental (por eclipse solar) de la relatividad general. Al principio Einstein, el oponente del nacionalismo, fue tibio hacia la idea de un hogar nacional para los judíos, pero luego llegó a convencerse de la necesidad de un hogar nacional judío. En una de sus muchas discusiones con Kurt Blumenfeld, un líder sionista, dijo así: «Estoy contra el nacionalismo pero a favor del sionismo. Hoy la idea se me ha hecho clara. Cuando un hombre tiene dos brazos y se la pasa diciendo que tiene un brazo derecho, es entonces un chauvinista. Sin embargo, cuando falta el brazo derecho deberá entonces hacer algo para compensar el miembro faltante. Por tanto soy, como ser humano, un opositor al nacionalismo. Pero como judío soy desde hoy un defensor de los esfuerzos sionistas judíos».

Una vez que Einstein se hubo convencido de la corrección de su decisión se convirtió en un franco defensor, como con toda causa que abrazara.

«Soy un judío nacional en el sentido de que exijo la preservación de la nacionalidad judía como la de cualquiera otra. Considero la nacionalidad judía como un hecho, y creo que todo judío debiera sacar conclusiones definitivas en cuestiones judías sobre la base de tal hecho. Contemplo el crecimiento de la propia afirmación judía como del interés de no judíos así como de judíos. Ése fue el motivo principal para mi afiliación al movimiento sionista. Para mí el sionismo no es meramente un asunto de colonización. La nación judía es un ser vivo, y el sentimiento del nacionalismo judío debe desarrollarse tanto en Palestina como en cualquier otro lugar. Negar la nacionalidad de los judíos en la Diáspora es, en verdad, deplorable. Si uno adopta el punto de vista de confinar el nacionalismo étnico judío en Palestina, entonces para toda intención y propósito niega uno la existencia de un pueblo judío».

Gerald E. Tauber

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LEA #115

LEA

No es secreto para nadie que la dinámica más resaltante en la política venezolana de hoy es la que se iniciara el 18 de noviembre con el atentado al fiscal Anderson y sus secuelas, incluyendo muy especialmente las numerosas actuaciones policiales del gobierno en busca de culpables. No es la única, por supuesto. Como es característico de su estilo estratégico, el gobierno desata ataques simultáneos sobre distintos puntos: una ley para controlar los medios radiotelevisivos que en su tiempo de periodista habría rechazado José Vicente Rangel (como consta de sus escritos); un recurso de revisión de la sentencia en Sala Plena Accidental del TSJ que absolviera al general Vásquez Velasco et al.; citaciones al por mayor; nombramiento de supremos jueces; etcétera.

Por lo que respecta a la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, diversos factores externos—incluyendo Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos—han expresado grave preocupación y reserva, pero internamente ha sido imposible, a una oposición pulverizada y pendiente del barrage de actuaciones de la Fiscalía General de la República y los cuerpos policiales, impedir la aprobación del nuevo y estratégico mecanismo de control. Por esto ha surgido la idea de intentar un referendo abrogatorio, al menos parcial, de la ley.

Aquí habría que preguntarse si la susodicha ley cuenta con un apoyo mayoritario en la ciudadanía. Me temo que éste es el caso, por lo que los promotores de un hipotético referendo abrogatorio tendrían no sólo que convocarlo (con el apoyo de 10% de los electores), sino que convencer a los ciudadanos de la inconveniencia de la ley. Esto es ¿estamos seguros de que una mayoría nacional rechaza la susodicha ley? ¿No estará una mayoría a favor de la misma, así como nos asegura Luis Vicente León que todas las encuestas actuales muestran un apoyo mayoritario al gobierno y tal como todas las encuestadoras serias predijeron un triunfo gubernamental el 15 de agosto? En 1995 se celebraba en los predios de la Universidad Católica Andrés Bello el II Encuentro Nacional de la Sociedad Civil, dedicado al tema Medios de Comunicación y Responsabilidad Ciudadana. En sus actas consta cómo un cierto manifiesto, firmado por más de seis mil ciudadanos valencianos y presentado al evento, concluía ya para esa época con la siguiente recomendación: «Corresponde al Estado velar por el resguardo de la integridad individual de sus ciudadanos y, en tal sentido, exhortamos al Ejecutivo Nacional a ejercer un verdadero control, dirección y vigilancia de las concesiones e impedir aquellas formas de expresión que transmiten imágenes reñidas con la moral colectiva, bajo la falsa premisa de una ilimitada libertad de expresión».

En cuanto al festín policial de estos días, tampoco han servido de mucho las lúcidas voces que han protestado los evidentes excesos y la violación de procedimientos legales. Entre las más claras advertencias ha estado la del Dr. Hermann Petzold-Pernía, que desde el diario La Verdad de Maracaibo ha recordado una certera admonición de Benjamín Constant: «El pueblo no tiene el derecho de golpear ni a un solo inocente, ni de tratar como culpable a un solo acusado, sin pruebas legales. Él no puede, pues, delegar un derecho semejante en nadie. El pueblo no tiene derecho a atentar contra la libertad de opinión, contra la libertad religiosa, contra las salvaguardas judiciales, contra las formas protectoras. Ningún déspota, ninguna asamblea puede, por consiguiente, ejercer un derecho semejante, diciendo que el pueblo lo ha revestido con éste (…). Pues se arroga, en nombre de la soberanía del pueblo, un poder que no está comprendido en esa soberanía, y no es solamente el desplazamiento irregular del poder lo que existe, sino la creación de un poder que no debe existir».

Es verdaderamente lamentable que el evento Anderson parezca haber destruido un cierto germen de buenas intenciones surgidas en el gobierno justo después de las elecciones del 31 de octubre. Seis días antes del asesinato horrendo del fiscal caballito de batalla, decía Hugo Chávez a los alcaldes y gobernadores «del proceso», reunidos en el teatro de la Academia Militar: «No nos creamos dueños de la verdad. El sectarismo es uno de nuestros males, es una de las amenazas que llevamos nosotros por dentro. En vez de condenar a los que votaron por el Sí hay que convencerlos». Pero su policía no convence.

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FS #23 – Palabra de Pastor

Fichero

LEA, por favor

Muy gentilmente nos ha hecho llegar Monseñor Ovidio Pérez Morales su libro Iglesia en la encrucijada de los tiempos, publicado hermosamente este año por la Universidad Católica Cecilio Acosta de Maracaibo. En esta ciudad Monseñor Pérez Morales gobernó su Arquidiócesis entre 1993 y 1999, en tiempos de difícil tensión intraeclesial.

Le conocí en 1962, en una visita-conferencia a la sede del Movimiento Universitario Católico de la Universidad Central de Venezuela, donde una tarde vino desde sus labores docentes en el Seminario Interdiocesano de Caracas a compartir su sabiduría, la que ya era proverbial para la época, a pesar de sus escasos treinta años de edad. En el MUC esperábamos su palabra con veneración anticipada, y no fuimos defraudados.

Tampoco ha defraudado nunca a la Iglesia. Ordenado sacerdote a la caída de Pérez Jiménez, Paulo VI lo nombró Obispo Auxiliar de Caracas en 1971. Ocho años más tarde Juan Pablo II lo designaba Obispo de Coro, desde donde fue a Maracaibo para venir luego a Los Teques, en calidad de Arzobispo-Obispo.

Siendo un intelectual de amplia y sólida formación y un líder confiable y apetecido, Monseñor Pérez Morales ha estado siempre en el centro de la decisión eclesiástica venezolana. Así, por ejemplo, ejerció en sucesión los cargos de Secretario General, Vicepresidente y Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana. Hace ya ocho años que preside el Concilio Plenario de Venezuela.

El libro que generosamente me obsequiara es una colección de cinco años de artículos de prensa, publicados en el diario El Nacional. En ellos se concentra su importante palabra con un estilo inconfundible: el de una claridad pedagógica asombrosa. Sencillos y directos, sus textos parecieran acta fiel de una conversación en vivo que se dirige con la mayor naturalidad a lo esencial. No sobran palabras en sus obras, que por lo demás componen ya una decena de libros bien pensados.

La Ficha Semanal #23 de doctorpolítico reproduce uno tras otro dos de los artículos recogidos en la colección. Ambos son del año 2000. El primero de ellos lleva un sugestivo título: «Democracia por hacer», y es una lección de doble virtud, de sustancia y concisión. El segundo—Mensaje para políticos y gobernantes—nos enrostra con la figura de Tomás Moro, para salir al paso de una política que pretende ejercerse con prescindencia de la dimensión ética.

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Palabra de pastor

Democracia por hacer

Tornillo sin fin. Sombrero de mago, del cual salen siempre cosas nuevas. Son figuras para entender la democracia, que es construcción nunca terminada; horizonte siempre abierto.

Lo relativo a la democracia se parece a la concepción y práctica de los derechos humanos. El camino siempre se alarga, porque la dignidad de la persona humana, su libertad y sus exigencias, plantean continuamente inéditos reclamos.

El dormirse en los laureles es tentación humana continua. En el período democrático venezolano denominado—con acento negativo—»puntofijismo», se descansó demasiado sobre una positividad adquirida. No se actuó un discernimiento verdaderamente crítico del conjunto; no se trabajó consistentemente para avanzar, corrigiendo fallas y proponiéndose nuevas metas. Se pensó que era un organismo sólido; con legitimidad asegurada y perfección lograda. Hubo, sin duda, quienes denunciaron la esclerosis; se lanzaron voces de alerta, proféticas, pero fueron minimizadas, marginadas o silenciadas. Y vino la explosión.

Ahora está en marcha lo que ha surgido como alternativa, como etapa distinta de nuestra vida republicana. Las expectativas suscitadas y el masivo apoyo logrado constituyen pruebas fehacientes de la profundidad de la crisis de la etapa anterior, así como de la ingente tarea que impone la edificación de una «nueva democracia». Cuya «novedad»—es menester recalcarlo—será siempre limitada e imperfecta.

Sin intención de originalidad pero sí con fuerte deseo de cooperar con el cambio que el país necesita, menciono a continuación algunos elementos indispensables para un real avance en democracia, en «nueva sociedad».

En primer lugar, no se da verdadera democracia (pueblo en protagonismo político), sin personas-demócratas que la integren. Mencionar «persona» es hablar de libertad, responsabilidad, capacidad y ejercicio críticos. «Demócrata» dice convicción, compromiso, corresponsabilidad. Pueblo no es simple masa, «audiencia» (del latín audire, oir); implica comunidad de sujetos conscientes y libres; y además «históricos», con genealogía, memoria, cultura. (Lo que hace ilusorio el pensar en cambios a manera de comienzos absolutos, a partir de cero).

Democracia, en cuanto «poder del pueblo», va unida a «participación». Ésta no consiste sólo en votar para ser representados, en aplaudir o respaldar. De allí la necesidad de conciencia crítica, de protagonismo efectivo, de organización popular. Son necesarios los partidos políticos; pero no sólo ellos. La sociedad civil ha de hacerse presente de modo multiforme.

Democracia pide auténtica justicia, debida igualdad y obligante solidaridad. En la confrontación con totalitarismos y dictaduras la democracia ha fallado no pocas veces, por atender unilateralmente a la «libertad». No ocupándose seriamente de lo que hace posible que ésta se dé y actúe, sin atender a lo postulado por la justicia y la equidad. Democracia política, pero no socioeconómica y cultural.

Disciplina y tolerancia han de conjugarse en la trama de la democracia. En cuanto a lo primero, no sobra recordar que los venezolanos estamos inclinados a una interpretación anarcoide, silvestre—dejar hacer—de la democracia. En cuanto a lo segundo, es menester subrayar que la democracia está casada (matrimonio indisoluble) con la tolerancia. Se ha dicho que una debilidad-fortaleza de la democracia es el ser tolerantes aun con los intolerantes. La tolerancia no puede ser sacrificada en aras de una celeridad o eficacia de los cambios.

Por último, pero no por ser lo último: una nueva democracia ha de conjugar cambio de estructuras y cambio de actitudes. De otro modo, las novedades jurídicas y organizacionales pueden quedarse, en gran medida, en cascarones vacíos o en formas sin contenido. Los venezolanos hemos de preguntarnos: ¿Cómo tratamos «lo público» (hospitales, escuelas, parques y bienes en general)? ¿Dónde ubicamos la «corrupción» (sólo en los otros, sin realista autointerpelación)?

Todo lo dicho parte de una opción por cambios de verdad.

2 de octubre de 2000

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Mensaje para políticos y gobernantes

Hay quienes piensan que la política y el ejercicio del gobierno son una especie de «tierra de nadie», con respecto a la verdad y a la ética. Interpretación crudamente «pragmática», en el sentido malo de este término. Lo cual abre el camino a todo género de compraventa de adhesiones, abusos, farsas y tropelías.

Juan Pablo II acaba de proclamar a Tomás Moro como santo patrono de gobernantes y políticos. Patrono significa modelo e intercesor. Y modelo quiere decir, entre otras cosas: ejemplo, punto de referencia, interpelación.

Tomás Moro (1478-1535) fue un católico laico, padre de familia, abogado, político, diplomático; de amplia cultura humanística y rico en cualidades humanas. Creyente y practicante de veras. De trato agradable y con sentido del humor. Después de ejercer diversos cargos, llegó a la destacada posición de Canciller del Reino en Inglaterra.

¿Cómo terminó su vida? Decapitado, después de dura cárcel en la Torre de Londres. ¿Por qué? Por su coherencia religiosa y moral; porque hizo realidad con su actuar la primacía de la verdad sobre el poder. Para él la política tenía como fin supremo el servicio a la persona humana.

Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Lo enseñó Jesús. El Canciller mártir lo entendió bien. Fue fiel al rey Enrique VIII, pero no lo acompañó cuando éste exigió lo que no competía al César. Tomás Moro dejó bien claro que el César no es Dios. Y que, por tanto, no puede erigirse como absoluto.

Hoy podríamos traducir la enseñanza vital de Tomás Moro en estos términos: sólo a Dios podemos firmar un cheque en blanco. La política no se sitúa en el plano de lo absoluto, de lo sagrado. Es algo relativo, temporal. El Estado no constituye deidad alguna. Ningún órgano del Estado, a cualquier nivel, puede autolegitimarse al margen de lo ético, ni considerarse como fuente última de todo derecho. Sólo Dios es adorable y puede exigir una adhesión incondicional. La idolatría del poder lleva a la autodestrucción humana.

Tomás Moro actuó en coherencia con su conciencia, núcleo el más secreto, sagrario, del ser humano. Ámbito en que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo del propio ser.

Sir Thomas More no fue un exaltado. Con sencillez, sin arrogancia ni soberbia, defendió sus principios ante el rey, quien pretendía asumir el control de la Iglesia en Inglaterra. Tomás perdió la vida terrena, pero no la bondad y el humor. El autor de Utopía, ya para sufrir el martirio, oró todavía por el rey; y al ofrecer su cabeza al verdugo que lo habría de decapitar, apartó, sin embargo, la barba, para que no fuese también cortada, diciendo: «Al menos ella no ha cometido alta traición».

El mensaje de Tomás Moro es de coherencia; de servicio al bien común, a la libertad y a la justicia. Afirmación de la centralidad de la persona humana, con su dignidad y sus derechos inalienables. Y con sus deberes, cuyo cumplimiento pueden exigir hasta el sacrificio de la propia vida.

Esta Venezuela nuestra, en nuevos escenarios, espera un manejo político renovador, fundado en la verdad y orientado a la justicia y a la paz; urge soluciones consistentes en el campo socioeconómico hacia un progreso compartido; requiere el afianzamiento de una cultura de vida y solidaridad, que eleve moral y espiritualmente a nuestro pueblo. Quiera Dios que Tomás Moro, constituido patrono, estimule y ayude a nuestros políticos y gobernantes, que en su gran mayoría se confiesan católicos, a ser coherentes con su fe en la vida pública y hagan así de la política una herramienta de servicio eficaz al bien común.

Nuestro país necesita, con carácter de prioridad, la presencia de un gran contingente de laicos (seglares) comprometidos en hacer de los valores humano-cristianos del Evangelio, motor y sentido de una sociedad mejor. Laicos que conjuguen su esfuerzo con el de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, hacia el logro de una nación realmente fraterna, solidaria.

13 de noviembre de 2000

Ramón Ovidio Pérez Morales

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CS #114- El fractal Smith

Cartas

Cuando estudiaba yo escuela primaria—allá por el Pleistoceno, supongo, o al menos en el siglo pasado—uno debía memorizar cifras, datos y fechas. Por ejemplo, uno tenía que saber firmemente que la longitud total de las costas venezolanas era de 2.813 kilómetros. Vino, sin embargo, Benoit Mandelbrot a echarnos a perder tales cuentas con La Geometría Fractal de la Naturaleza (1983). Pues resulta que Mandelbrot había hecho preguntas incómodas, tales como ¿cuánto mide una costa? La respuesta, explicó el genial matemático de la complejidad y el caos, depende de la unidad de medida. Mientras más pequeño sea el instrumento de medición que se emplee, mayor será la longitud obtenida. Es arbitrario, entonces, sostener que las costas venezolanas miden 2.813 kilómetros.

Mandelbrot encontró, por otra parte, bastante más que una respuesta a la pregunta por la longitud de la costa de Gran Bretaña. (How Long is the Coast of Great Britain?, 1967). Agrupó bajo un solo concepto a sorprendentes funciones matemáticas—los fractales—que hasta que su especialísima intuición las entendiera y las nombrara, eran tenidas por «monstruosidades» o casos limítrofes de las matemáticas. Se trata de funciones que generan líneas, superficies, volúmenes, de indescriptible complejidad y riqueza, con insospechable sustancia estética, y que sin embargo pueden obtenerse con facilidad alimentando con ecuaciones sencillísimas el CPU de un computador. (El lector curioso pudiera explorar el asunto en http://webweevers.com/fractals.htm). Y estos gráficos generados por computador muestran de inmediato una asombrosa característica de los fractales: la autosimilaridad. A distintas escalas, o en distintos momentos en el tiempo, estas estructuras infinitas «se parecen a sí mismas», tienen fragmentos o motivos que se encuentran repetidos ad nauseam. (Ejemplo inexacto pero sugerente: las latas de la tradicional bebida Toddy muestran un bebé con gorro de la marca que sostiene en sus manos una lata de Toddy. Naturalmente, esta última tiene también la imagen, en pequeño, de otro bebé sosteniendo una lata del producto que a su vez en teoría… y así ad infinitum).

Pues resulta que las matemáticas que se ocupan de estas cosas—y cuyos elementos serían de fácil comprensión por un alumno de bachillerato—son los moldes simbólicos apropiados para interpretar innumerables formas y fenómenos de la naturaleza, la persona, la sociedad, el universo… tal vez del metauniverso. Las ramificaciones arbóreas, la estructura del sistema nervioso, la distribución de los sismos, la trayectoria de los precios, el sonido de la electricidad estática, los infartos del miocardio, la forma de las costas y las nubes, son todas formas fractales. Mandelbrot se había topado con la ingeniería profunda de la naturaleza.

Ahora bien, lo descubierto por Mandelbrot y los demás héroes épicos de la complejidad, de la teoría del caos y disciplinas hermanas, ha puesto a la orden del estudioso de lo político, y de los políticos mismos, las herramientas para modelar y entender el desenvolvimiento de lo humano, herramientas que jamás tuvieron antes las ciencias sociales. La historia, para decirlo en dos platos, es un desenvolvimiento fractal. No es una línea recta, como creyó el marxismo; no es un abanico de futuros de superficie continua, como propugnaron think tanks con la técnica de escenarios; es una estructura arborificada, como el delta de un río, que deja espacio a la libertad del hombre y al mismo tiempo exhibe similaridad consigo misma. Lo que es la forma moderna de decir que «la historia siempre se repite».

Las cosas que la historia tiende a repetir pueden ser negativas, patológicas. Los autoritarismos, por ejemplo. Por eso puede conseguirse similaridad entre Chávez y Castro—y también diferencia, pues se trata de autosimilaridad, no de reproducción idéntica—por citar sólo un caso de parentesco político.

Pero son también repetibles los aciertos. Entonces actúan como módulos reproducibles, como una nueva especie, como un nuevo virus con capacidad de multiplicación. Éste es el caso del «fractal Smith».

Roberto Smith Perera acaba de protagonizar una aventura copiable, franquiciable, si se quiere. El más joven ministro de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, quien presidiera sobre la privatización de CANTV, fundador de Digitel, graduado en Políticas Públicas en Harvard, intentó hacerse con la gobernación del estado Vargas, en campaña solitaria y distinta, para las elecciones del pasado 31 de octubre. No lo logró, pero obtuvo el segundo lugar, con un 20% de los votos, casi quintuplicando la votación de Acción Democrática y obteniendo veinte veces la votación de COPEI. Hasta pocos días antes del 31 de octubre las tracking polls le mostraban en ascenso, a punto de cruzar la línea del gobernador chavista «incumbente», por quien las preferencias venían en caída. A última hora una intervención in situ de Hugo Chávez logró invertir esta dinámica y salvar al gobernador «del proceso».

Dos rasgos de gran inteligencia y claridad estratégica distinguieron la campaña de Smith: el primero, el atinado concepto de que lo verdaderamente determinante del éxito de Chávez reside en su «narrativa», en su interpretación general de la sociedad y la historia, que ha logrado predicar con resonante éxito; el segundo, el haberse desenganchado de la polémica nacional Chávez-antiChávez para concentrarse en una oferta de soluciones a problemas locales y propios de la comunidad varguense.

En un análisis de base previo a la campaña, Smith y su equipo concluyeron que la única forma de vencer al candidato chavista era desde la superación de la «narrativa» del gobierno.

El mismo punto ha sido adelantado más de una vez en esta publicación. Por ejemplo, en el número 94 (8 de julio de 2004) podía leerse: «lo realmente esencial es la Weltanschauung de Chávez, la visión del mundo que sostiene y le inspira, la que vende con algún poder de persuasión. Esta situación no puede enfrentarse con la mostración de puntos parciales o periféricos. Es necesario refutar esa cosmovisión, Es necesario, más exactamente, rebasarla, arroparla, comprenderla».

Smith no construyó esa nueva interpretación, aunque si cuidó de formular mensajes y señales distintas y positivas que, en cierto modo, no chocaban con el discurso chavista, sino que le pasaban por encima.

En cuanto a despegarse de la predicación estándar de acusación de Chávez en una campaña de dimensiones locales, también coincidimos: «Y los candidatos no chavistas deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado». (Carta Semanal #101 de doctorpolítico, del 26 de agosto de 2004).

Preguntado Smith por un posible fraude en su contra contestó sin dudarlo que no creía que tal cosa se hubiera producido. Preguntado por si el doble de los recursos financieros con los que contó hubiera hecho una diferencia, contestó también negativamente. Más tiempo, dijo, era lo que hubiera querido tener. Sabía que había formulado una estrategia correcta.

Si el planteamiento electoral de Smith hubiera funcionado como fractal, si con otras candidaturas se hubiera multiplicado el enfoque en grado suficiente, tal vez los resultados del 31 de octubre hubieran sido distintos. Así, al menos, lo creía esta publicación: «lo que está ahora en juego es el poder descentralizado que, repito con préstamo de la ‘conjetura Paúl’, bien pudiera servir de contrapeso a un gobernante nacional cuya ambición hegemónica y autocrática es harto conocida. Un soberano que se encuentra sobrecogido de su propia decisión en materia revocatoria—no celebra—puede muy bien ahora limitar el poder del Juan sin Tierra venezolano, que sabe que una buena proporción de los noes desaprueba más de uno de sus procederes. Es muy posible ahora ‘ganar’ un buen número de batallas menores que están pendientes para dentro de muy poco». (#101).

Una conciencia similar a la de Roberto Smith convendría a las numerosas campañas para la próxima elección de concejales. Pero sobre todo debe ser tenida en cuenta para las elecciones del año que viene de una nueva Asamblea Nacional. Es preciso asegurar, para ese momento, un discurso que antes que oposición haga superposición: superación del discurso de los candidatos «del proceso» mediante otro de calidad superior. Tal discurso es posible. LEA

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