el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)CS #105 – El zángano y la abeja
Un mito generalmente difundido en Venezuela interpreta que la sociedad está mal, en gran medida, en razón de desmesurados procesos de corrupción, a consecuencia de los cuales un grupo poco numeroso de gente sin escrúpulos sustrae indebidamente una renta social que, distribuida como debiese, daría por resultado un país feliz.
A mediados de la década de los ochenta el ilustre Dr. Humberto Njaim, a la sazón profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, publicó un miliar estudio sobre el tema de la corrupción en Venezuela. (Costos y Beneficios Políticos de la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público, Revista de la Facultad de Derecho, UCV). Njaim aventuró una gruesa estimación del peculado en Venezuela y concluyó que la dictadura de Pérez Jiménez había sustraído el equivalente de 1% del presupuesto nacional de cada año, mientras que la democracia había alojado un peculado mayor, de 1,5%.
A primera vista las cifras suenan pequeñas, dada nuestra convicción estándar de que Venezuela sería un país particularmente corrupto. Aplicada, sin embargo, la tasa de «corrupción democrática» estimada por Njaim al presupuesto de 2004 (50 billones de bolívares), se estaría hablando de 750.000 millones de bolívares sustraídos por corrupción en el año. (Si es que las tasas actuales no son mayores que el índice Njaim, lo que pareciera ser el caso).
Pero visto el asunto desde otro ángulo, habría que decir que la democracia en Venezuela permitió el respeto a 98,5% de los recursos públicos que no fue sustraído, una buena noticia, sin duda. No puede ser, por consiguiente, que nuestros problemas como nación se deban a un tumor—indudablemente pernicioso y execrable—de 1,5% de tamaño. Algo equivocado debe haber en el manejo de una inmensa mayoría de los recursos públicos que no son objeto de corrupción.
En todo caso, llevados al equivalente en divisa norteamericana al precio actual del mercado libre los recursos del peculado montan a la cifra de 290 millones de dólares. Esta cantidad no era sino el 2,5% del faltante en los balances de la empresa Parmalat cuando se descubrió su gigantesca estafa.
Y desde el punto de vista del impacto directo sobre la ciudadanía, el cuociente que resulta de dividir el monto teórico de la corrupción entre la población venezolana arroja la cantidad de 30 mil bolívares al año. Este es el perjuicio ciudadano individual causable por corrupción en 2004. No es el caso que si se repartiese directamente esa cantidad a cada habitante la pobreza desaparecería del país.
Por tanto es importante conocer las proporciones reales de la corrupción en Venezuela y, sin cejar en el esfuerzo por moderarla, desmitificarla como presunta causa de atraso y subdesarrollo.
De algún modo el electorado está preparado para esta reinterpretación, pues la corrupción ha disminuido sensiblemente como problema percibido por la población. En 1992 era considerado como el segundo problema más importante del país (23% de la opinión pública lo mencionaba tras 25% que señalaba el estado de la economía como problema principal). Para diciembre de 2003 su mención se había reducido a sólo 1%, muy por debajo del desempleo (33%), la situación política (24%), la delincuencia (17%) y la situación económica (16%). (Estudio Perfil 21 Nº 57, Consultores 21).
(Para 1992 los principales problemas del país se ordenaban así: mala situación económica 25%, corrupción 23%, delincuencia 11%, desempleo 7%, situación política 5%. Obviamente ha habido desplazamientos muy significativos en la percepción nacional de los problemas más importantes).
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En 1959 Edward Lorenz, meteorólogo, manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo.
El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.
Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.
Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.
Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales.
La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California.
Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal. La corrupción, independientemente de su tamaño, es algo social y personalmente malo, y nada debe excusarla.
La más moderna interpretación científica de la complejidad provee fundamento fuerte a un principio consustancial a la libertad económica: el respeto por el individuo, por la trascendencia de sus actos libres. En el enjambre de un país, de una economía, no es posible despreciar la acción individual. Una abeja puede hacer la diferencia. Una persona individual es responsable por todo el futuro de la humanidad, y para serlo plenamente necesita la libertad.
LEA
FS #13 – La vida te da sorpresas
LEA, por favor
La Ficha Semanal número 13 de doctorpolítico es algo extensa, pero vale la pena. En realidad es una cita de citas, por cuanto es un fragmento de la introducción de un trabajo del suscrito de septiembre de 1987, un año antes de la campaña que enfrentaría a Carlos Andrés Pérez, en pos de su segunda presidencia, con Eduardo Fernández, el candidato que desde cierto punto de vista no debía perder. El trabajo en cuestión llevó por nombre Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela.
El fragmento escogido corresponde a un intento por comprender conceptos útiles a la consideración anticipada de «sorpresas», y cita a Alexis de Tocqueville, a Bohdan Hawrylyshyn y, sobre todo, a mi amigo, maestro y mentor, el profesor Yehezkel Dror. Es gracias a estas citas, a pensamiento ajeno, que la ficha de hoy puede ser valiosa.
El estudio en sí consideró dos tipos de sorpresa en la Venezuela, siendo una de ellas el golpe militar. En las conclusiones se apunta: «Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».
Un mes y cuatro días después de que se agotara la vigencia de esa predicción de 1987, Hugo Chávez Frías y sus compañeros de asonada cometían el abuso del 4 de febrero.
LEA
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La vida te da sorpresas
Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) en las condiciones actuales al que ha llamado el «modelo de apuesta difusa». «Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de ‘cartas locas’ (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo».
El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de indeterminación, discontinuidad y saltos. Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:
a. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad
b. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.
c. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas «poquito a poco»), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.
d. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.
e. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.
f. Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.
Estos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de «apuesta difusa» que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:
a. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de riesgo—estimación cuantitativa—y en términos de posibilidades—estimación cualitativa. La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.
b. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.
c. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.
d. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.
Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. (Verbigracia, Carlos Andrés Pérez en la Presidencia de la República). 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. (Por ejemplo, Eduardo Fernández en la Presidencia de Venezuela.) 3.. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. (Tales como los casos de Rafael Caldera y Octavio Lepage como presidentes). 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente. (Estos pueden ser, entre otros, la posibilidad de un verdadero outsider como Presidente o la posibilidad de un golpe de Estado militar).
(Es importante advertir que en materia de la clasificación anterior no estamos calificando los impactos en términos de bondad o maldad. Un alto impacto puede ser positivo o puede ser negativo. Sobre todo en materia de los ejemplos expuestos, no es objeto de este trabajo discutir si la titularidad de Eduardo Fernández, Octavio Lepage, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez en Miraflores es positiva o negativa en cada caso. Tan sólo hemos afirmado que, a nuestro criterio, de esas cuatro posibilidades únicamente la última introduciría cambios más marcados respecto del estilo y orientación general de la actual administración del Presidente Lusinchi. Puede haber outsiders positivos y negativos. Lo que sí sostenemos es que aún el proceso problemático venezolano no ha llegado a un grado de deterioro tal que un golpe de Estado deje de ser francamente negativo, y que no creemos que un golpe de Estado militar condujera de inmediato a una mejor forma de gobernar el país o a la solución de sus principales problemas.)
Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación turbulenta, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future, Bohdan Hawrylyshyn dice lo siguiente: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».
Yehezkel Dror emplea, junto con un análisis riguroso, varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en «Cómo sorprender a la Historia» (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recuerda a Maquiavelo, para «considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias (virtu)».
Nuestra percepción popular incluye la expresión «en río revuelto ganancia de pescadores». No otra cosa es la percibida por líderes emergentes, distintos a los que militan en los partidos tradicionalmente poderosos de Venezuela. Es lo «revuelto» de la actual situación lo que ha estimulado la emergencia, en proporción jamás vista en Venezuela, de nuevos pretendientes al trono de la esquina de Miraflores. Apartando los consabidos candidatos de A.D. y C.O.P.E.I. y los que surgirían de los partidos menores—en gran medida también tradicionales (U.R.D. y el M.A.S., principalmente)—han asomado con mayor o menor fuerza, entre otros, los nombres de Jorge Olavarría y su Nueva República; Godofredo Marín y el partido de los evangélicos; Marcel Granier, que busca servirse de un eje comunicacional (RCTV y Diario de Caracas) al que añade el Grupo Roraima y ahora el M.I.N. de Gonzalo Pérez Hernández; el Rector Edmundo Chirinos, que había anunciado ya al comienzo de su rectorado que lo que perseguía era «un proyecto político»; el ex rector Ernesto Mayz Vallenilla con su Movimiento Moral, Reinaldo Cervini ofrecido como candidato de consenso para «las izquierdas», al igual que Alberto Quirós Corradi desde su plataforma de El Nacional; el Rector Pedro Rincón Gutiérrez como otra solución similar a los dos últimos nombrados; Leopoldo Díaz Bruzual que ya ha adornado algunos puntos urbanos con un afiche de su efigie en fondo morado; Vladimir Gessen, igualmente en afiches y pancartas de su Nueva Generación Democrática.
(Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el «catalizador» que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos ha tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública.)
No todas las personas perciben, no obstante, la situación de esa manera, como inminencia de cambio radical. Sobre todo en personas de relativa alta cultura política, y que pertenecen de algún modo a las élites políticas o económicas, es marcada la tendencia a considerar la situación como pasajera y resoluble mediante expedientes más o menos tradicionales. Esto es una tendencia relativamente común. Alexis de Tocqueville destaca, en L’Ancien Régime et la Revolution, la paradoja de la presencia evidente de los signos prerrevolucionarios y la ceguera de muchos de los actores sociales de Francia en 1789. «Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto… Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar… es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario».
Dror ofrece la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades está aumentando, lo que provee «situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente». Variables exógenas de importancia (esto es, no controladas desde dentro de un sistema político en particular) así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas. A su juicio, tres situaciones principales pueden justificar o motivar los intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: «a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, ‘feedback’ positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas.)»
Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer (él mismo reconoce que en este terreno se mueve en terra incognita ) ante el problema operativo: cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia. Copiamos textualmente:
«a. La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son incapaces de hacer el trabajo.
b. Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de ‘compensación de apuestas’. (Hedging).
En vista de la incertidumbre de la postdiscontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente ‘apuestas difusas’. Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
d. La prudencia (que es un juicio de valor en «loterías») requiere por tanto de un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo.) Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo».
Por último, incluiremos este párrafo de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica: «Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Implica la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar». Y advierte: «Esto hace surgir un dilema: una demasiada concentración de poder en políticos singulares, o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones, aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Por otro lado, un sistema demasiado cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de altura, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden que sean lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda».
LEA
CS #104 – Seminario aniversario
Los lectores asiduos de Scientific American habrán seguramente notado en sus páginas el anuncio y oferta de los juegos de la serie WFF’n Proof. Se trata de estupendas herramientas didácticas para la seria enseñanza de disciplinas del conocimiento, de modo ameno aunque no por eso poco riguroso. Todos los juegos WFF’n Proof permiten la práctica constructiva. Allá por 1975 y 1976 los manejé todos con mis amigos y compañeros Eduardo Quintana Benshimol, que en paz descanse, y Juan Forster Bonini.
Queries’n Theories, por ejemplo, uno de los juegos del conjunto, es un magnífico tutorial para la comprensión del método científico o la modelación de la lingüística generativa. Los dos mejores de la colección son, sin duda, Propaganda y el juego que, como cuento cimero de Borges, da su nombre a aquélla: WFF’n Proof. Este último sirve para aprender el más fundamental de los sistemas de la Lógica: el cálculo proposicional, que dejaré para después. Propaganda es de inmediato interés político, porque adiestra en la identificación de las falacias de empleo más común con fullera intención de ganar adeptos o desacreditar oponentes. Para propósitos de este «seminario» informal, con ejemplos que facilitarán su comprensión, seleccionaré sólo tres de las falacias más frecuentes.
La primera, la falacia de asociación. Por estos días se escucha en televisión el siguiente pretendido razonamiento (más o menos en estos términos): «¿Sabe usted que Paul Ehrlich descubrió o hizo tal o cual cosa y que en su época fue ferozmente atacado aunque tenía razón? ¿Sabe usted que la medicina sistémica, como Ehrlich, rompe paradigmas y es por eso atacada, aunque es la mejor medicina en el planeta?» (Ehrlich, nacido en Alemania en 1854, recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1908. Fue inmunólogo, uno de los fundadores de la quimioterapia, y antes bacteriólogo de la mano del mismísimo Robert Koch. En efecto, tuvo que librar encarnizadas batallas contra quienes se oponían al tratamiento de la sífilis humana con sus eficaces preparaciones arsenicales).
No tienen nada que ver, ni lógica ni causalmente, los aciertos de Ehrlich con la presunta excelencia de la medicina «sistémica». Sin entrar a la calificación de la supuesta eficacia terapéutica de esta «medicina», basta señalar que en ningún momento tal propaganda ha demostrado que cualquier pretensión que haya sido atacada es, por ese mismo hecho, plenamente verdadera. A pesar de lo cual el razonamiento suena impresionantemente, sobre todo si en el «infomercial» aparecen, para reforzar, unas cuantas batas blancas y testimoniales de señores y señoras que aseguran haberse curado del estreñimiento o los sabañones gracias a la «medicina sistémica».
Se trata de una trampa para cazar incautos, por exclusivo afán de lucro, brujería en pose abusiva de galenos. Espantarían a Hipócrates que, como Jesús, les habría fustigado como hipócritas mercaderes que son. Un verdadero médico mantendría un mínimo pudor, que le impediría asociar irreverentemente la memoria del gran científico de Silesia, cuando hace tiempo que no puede defenderse, con una estafa de ese tipo, no digamos hacerse insolente propaganda.
La segunda falacia a considerar en este seminario aniversario es bastante más común, lamentablemente. La ha empleado acá una abundancia de oradores y escritores, de Acción Democrática, el MVR, COPEI, el PPT, el difunto MAN, el zombi URD, entre muchos otros movimientos. Se la conoce en la Dieta del Japón, se la encontraba en la Duma de los zares, se la ubica en el Senado norteamericano, y fue empleada con destacado éxito en el Reino del Terror de la Revolución Francesa y los discursos de nuestro Juan Vicente González, además de ser raciocinio predilecto de Juan Barreto. Es una falacia tan vieja como la humanidad. Se trata del argumento ad hominem.
Consiste en el procedimiento, muchas veces psicológicamente eficaz y frecuentemente bajo, de refutar a alguien, no por la inconsistencia o invalidez de lo que diga, sino porque, digamos, es un destacado narcotraficante o un sádico consuetudinario.
Pero la veracidad de las aserciones de ese alguien no dependen para nada de la cantidad de veces que le haya pegado a su mujer ni de las toneladas de droga que haya podido remitir de contrabando. Su carácter es una cosa; su verdad o su falsedad una enteramente distinta. Las biografías malvadas no garantizan equivocación en el discurso.
Por ejemplo, no guarda relación ninguna con la posible validez o utilidad de las proposiciones de Alberto Franceschi, el hecho de que ahora milite en Acción Democrática, que antes perteneciera a Proyecto Venezuela, del que se separó alegando personalismos intolerables de Henrique Salas Roemer, tras lo que quiso fundar un partido con Gerardo Blyde antes de que éste recalara en Primero Justicia, que más atrás fuese, por propia admisión, trotskista, y que antaño hubiera estado, en ocasión precursora, cercano al partido blanco al que ahora adhiere. Su discurso no se hace inválido porque parezca un ejemplar genuino de esa clase de políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que, como Jorge Olavarría, Alfredo Peña, Andrés Velásquez, José Vicente Rangel, Oswaldo Álvarez Paz, y tantos otros, creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento. (Aprovecho el ejemplo para comunicar al Sr. Wills, que inquirió por el Sr. Franceschi, que los correos que al respecto le he enviado rebotan de su dirección electrónica).
Para ponerlo de modo más brutal. El terrible carácter de Hugo Chávez no es prueba de la falsedad de ninguna de sus frecuentemente equivocadas aseveraciones como tampoco, naturalmente, de su veracidad. Ya le he dicho falaz en otros momentos, pero estrictamente en términos de lo que dice.
La tercera falacia es aun más solapada porque, aunque es exactamente la inversa de la anterior, usualmente se suministra con mayor lubricación, y en virtud de su penetración más suave es algo más difícil darnos cuenta de que estamos siendo persuadidos con engaño. Es la falacia de autoridad, por la que se atribuye veracidad a una afirmación porque sea proferida por persona especialmente competente.
Una vez más, no tiene nada que ver la autoridad de una persona, su prestigio, su trayectoria más o menos meritoria, con la veracidad o falsedad de lo que afirme en ocasión específica. Bolívar, por mencionar un caso de panteón, ya dijo en su época muchas pistoladas.
Pero tomemos un caso más próximo y vigente. Se me ha dicho que al Dr. Nelson Socorro le dijo el Sr. Gustavo Cisneros que Hugo Chávez le había dicho, en conversación telefónica a las 8 de la noche—antes se me aseguró que había sido a las 7 y media—del 15 de agosto de 2004, que no reconocería «estos resultados» del referendo revocatorio.
El Sr. Cisneros no necesita presentación en Venezuela, pero quizás algunos lectores no recuerden que el punto alto de la parábola pública del Dr. Socorro coincidió con su titularidad de la Procuraduría General de la República en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, al que abandonó justo a tiempo, poco antes de su débâcle final, luego de que por bastante duración pareciera no haberse dado cuenta de nada indigno en esa presidencia. Esto es, el Dr. Socorro desempeñó altísimo cargo y es tenido por preclaro jurista en algunos círculos. Sin lugar a dudas es una autoridad.
Claro, he dicho a quien me transmitió la conseja que a las 8 de la noche no había todavía ni resultados ni totalizaciones, por lo que difícilmente el Sr. Chávez hubiera podido estar refiriéndose a eso, tal vez a algunas entre las famosas exit polls de las que ahora parece haber como arroz. Lo que no le he preguntado es cómo, si el Sr. Cisneros, o un avisado abogado como el Dr. Socorro, están persuadidos de que el Sr. Chávez hablaba de cifras recibidas en el CNE, no se percataron de que tal cosa sería clarísima evidencia de que ese presidente tenía acceso a esa hora a algo que debía desconocer, lo que ciertamente es hecho más grave que su alegada e innecesaria renuencia a reconocer una realidad política, y por qué entonces no lo han denunciado, con patriótica valentía, por tan obvio abuso premonitor de trampa. Por supuesto, descarto que el Sr. Cisneros o el Dr. Socorro hubieran, independientemente del Sr. Chávez, tenido directo acceso, quizás por celulares, a la misma data prohibida de las máquinas de Smartmatic y hubieran sido ellos quienes le confrontaran con tal información. (Se me asegura, también, que esas vapuleadas máquinas eran vulnerables a la clase de teléfonos que he mencionado).
Pero el punto de lógica no es ése. Evadiendo yo mismo la argumentación ad hominem—que pudiera llevarme a sugerir imprudente e irrelevantemente que el Sr. Cisneros no es un arcángel ni el Dr. Socorro un querubín—y aceptando que lo que me contaron pudiera ser cierto, la cuestión es que los destacados méritos de ambos ciudadanos no aportan ni un ápice a la veracidad del chisme, más tomando en cuenta que, como en el juego del teléfono, es muy probable que la traducción de lo que verdaderamente haya dicho el Sr. Chávez haya podido transformarse a lo largo de una cadena de transmisión de tres eslabones y lo que haya llegado a mi oído—el cuarto—esté distorsionado.
Las falacias son argumentos inválidos, aunque se disfracen con apariencia de validez, y es importante políticamente que los ciudadanos podamos detectarlas al rompe y defendernos de ellas. En interesantísimo libro de Postman & Weingartner—Teaching as a subversive activity—se aducía que una de las funciones cruciales de la educación consiste en proveer a los educandos de un «detector de porquería».
……..
Pido ahora la paciente lealtad del lector cuando me desplazo del campo del juego Propaganda, al de WFF’n Proof, el terreno del cálculo proposicional. Prometo hacerme entender.
Dicho cálculo trata, como su nombre lo indica, de la lógica de las proposiciones que los humanos hacemos. A este fin las trata como entidades compuestas por afirmaciones, capaces de entrelazarse entre sí mediante lo que en gramática llamamos conjunciones o, en lenguaje técnico de la lógica, lo que conocemos por «conectivos». Son cuatro los conectivos que la lógica elemental considera (apartando el «conectivo» de la negación, que se aplica a un solo término y por ende no conecta dos proposiciones, como en «esta casa no es blanca»): 1. el presente en la fórmula «esta casa es blanca y el perro es bravo»; 2. el de «esta casa es blanca o el perro es bravo»; 3. el envuelto en «si esta casa es blanca entonces el perro es bravo» y, finalmente, 4. la fuerte implicación en «esta casa es blanca si y solo si el perro es bravo».
Pues bien, la lógica proposicional evalúa la capacidad significativa de los conectivos, independientemente del contenido específico de las proposiciones conectadas. Esto es, las evalúa así: «a y b»; «a o b»; «si a entonces b»; «a si y solo si b».
¿Cómo lo hace? Examinando las consecuencias, para la proposición general conectada, de considerar verdadera o falsa cada proposición «atómica» por separado. Por ejemplo, la proposición compleja «a y b» es evaluada así: sólo es verdadera cuando simultáneamente «a» y «b» son verdaderas. Para poder afirmar que «esta casa es blanca y el perro es bravo» requiero que sean verdaderas por separado las aseveraciones «esta casa es blanca» y «el perro es bravo». En los restantes tres casos la afirmación combinada es falsa. Al método práctico de tabular las distintas posibilidades se le llama una «tabla de verdad».
Ahora, créanme cuando les digo que la tabla de verdad de la implicación simple («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») indica que tal proposición molecular es verdadera en tres de cuatro casos y falsa sólo en uno de ellos. (Solamente cuando sea verdad que esta casa es blanca pero falso que el perro sea bravo. Quien no me crea puede divertirse jugando con tablas de verdad en sitios de Internet como http://sciris.shu.edu/~borowski/Truth/).
Falta poco. Estamos llegando al llegadero. Pues resulta que al menos desde el 10 de mayo de 1976 se conoce un teorema del cálculo proposicional que observa lo siguiente: que la afirmación («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») es falsa en uno de cuatro casos, como está dicho; pero si añadimos otra implicación y decimos «si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan enrevesada construcción será ahora falsa solamente en uno de ocho casos. Y si agregamos todavía una implicación más, como por ejemplo en «si Socorro cuenta cuentos entonces si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan inútil y complicado razonamiento será falso ¡solamente en uno de dieciséis casos posibles! Etcétera. Una implicación más nos llevaría a una falsedad contra 31 verdades y otra más a 63 resultados veraces contra uno solo falso. Und so weiter. Es decir, que nos podemos aproximar a la veracidad total, a una tautología, tanto como queramos mediante el sencillo expediente de ir poniendo implicaciones como pegostes adicionales.
Bueno, este hallazgo de la Lógica tiene uno análogo psicológico y político. Porque cuando decimos que Rendón determinó que hubo topes al «Sí», y añadimos que fotografiaron a soldados vaciando cajas contentivas de vouchers electorales, y que Hausmann encontró un cisne negro, y que Gaviria se vendió a Haliburton, y que mi mamá salió premiada con una papeleta «1. Sí», y que Cisneros arrancó del presidente Chávez la admisión de su culpa, y que Rodríguez no quiere mostrar las cajas, y que hubo transmisiones de Smartmatic en horario proscrito, y que un observador alemán aduce conocer encuestas a boca de urna de los militares que daban perdedor al «No», y que un periódico vasco tuvo las cifras que luego anunciaría el CNE a las 5 de la tarde del 15 de agosto, y que los carapaicas no celebraron, y que era imposible que el «No» ganara en territorio de Rosales, y que hubo el voto especular que Zamora prematuramente denunciara y ya ha olvidado, y que diez mil implicaciones más hasta la náusea están presentes, la impresión que se causa es abrumadora, y un espíritu inocente se convence irremisiblemente de que hubo fraude, cuando se sustituye la presencia de aunque sólo fuera una prueba efectiva e irrefutable, por una numerosa piraña de indicios de dudosa factura y procedencia.
Lo que llevaría a un buen detective a recelar la incongruencia de tan nutrida colección de indicios con el modus operandi conocido y el famoso carácter y antecedentes del principal sospechoso. Esto es, que la probabilidad de que tantas cosas se hayan dado juntas sólo es compatible con la siguiente hipótesis: los del «No» hicieron fraude, pero se habrían dedicado a la juerga y al descuido—por lo que dejaron tal cantidad de huellas que todavía le tomará un mes al enjundioso Tulio para documentarlas todas—durante toda la campaña, iniciada no cuando Jorge Rodríguez anunciara que el referendo había sido convocado, sino en 2002, durante las discusiones de la nunca bien ponderada Mesa de Negociación y Acuerdos, a la que justamente el gobierno llevó el desafío del referendo revocatorio.
Chávez, amigos, está loco, pero no come de aquello. LEA
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FS #12 – Un político llamado Einstein
LEA, por favor
Así como con los «Sabios de Grecia», lista que ya en la antigüedad buscaba reconocer a sus más grandes hombres, una lista cualquiera de los más grandes genios de toda la historia no podría estar completa sin el nombre de Alberto Einstein.
No es, por supuesto, mi intención trazar acá la biografía del excelso físico del siglo XX, quien no sólo revolucionó para siempre el modo de pensar al universo. Aparte de esto su personalidad, con más de un defecto, era sin embargo característica de las personas de inteligencia excepcional: era modesta. Así dice de él Otto Frisch (en G. J. Whitrow: «Einstein: el hombre y su logro»): «La cualidad que dominaba su personalidad era una grande y genuina modestia. Cuando alguien le contradecía lo pensaba varias veces, y si encontraba que se había equivocado se deleitaba con eso, pues sentía que había escapado de un error y que ahora sabía más que antes».
Su colosal figura intelectual no pudo escapar a los procesos políticos de su tiempo. Primero, porque era alemán y judío, en época cuando el hitleroma hacía su aparición en Europa. Luego, porque su prestigiosa figura fue solicitada para que auxiliara el nacimiento—en 1948—del Estado de Israel. De hecho, le fue ofrecida la presidencia de ese Estado, la que declinó con la misma modestia que ya comentara Frisch. También, finalmente, porque su nombre estuvo ligado inevitablemente al uso militar de la energía atómica, cuya magnitud entrevió con precisión matemática en 1905 y de la que advirtiera más tarde a Franklin Delano Roosevelt en famosísima carta personal.
Así, es frecuente conseguirle opinando en materia política, terreno que él mismo consideraba inconmensurablemente más difícil que la física más abstrusa. En esta Ficha Semanal #12 de doctorpolítico dos fragmentos son recogidos. El primero es de discurso suyo en el Reichstag—que más tarde Hitler mandaría incendia—en ocasión de saludar, en 1922, a una delegación francesa que buscaba mejores relaciones con Alemania. (Luego de que Einstein hubiera visitado poco antes París con el mismo propósito). Einstein hablaba de las implicaciones de la globalización ¡hace 82 años! Dicho sea de paso, el trozo contiene una pregunta que sería la más famosa de las que formulara, treinta y ocho años más tarde, John Fitzgerald Kennedy en su discurso de toma de posesión de la Presidencia de los Estados Unidos. Pero no acusemos de plagiario al difunto presidente que, en todo caso, era orador mucho más eficaz que el genio de Ulm.
El segundo es un trozo de artículo escrito por Einstein y que publicara en 1930 el New York Times. Ambos fragmentos representan pensamientos, a mi modo de ver, mutuamente complementarios.
LEA
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Un político llamado Einstein
I.
Quisiera describir nuestra presente situación… como si tuviera la fortuna de ser testigo de los acontecimientos de este miserable planeta desde el ventajoso punto de la luna.
Primero, pudiéramos preguntarnos en qué sentido los problemas de los asuntos internacionales requieren hoy una aproximación bastante diferente de la del pasado—no sólo el pasado reciente, sino el del último medio siglo. Para mí la respuesta es bastante simple: debido a los desarrollos tecnológicos, las distancias a través del mundo se han encogido a la décima parte de su previo tamaño. La fabricación de productos en el mundo se ha convertido en un mosaico compuesto por piezas de todas partes del globo. Es esencial, y asimismo natural, que la recrecida interdependencia económica de los territorios del mundo, que participan en la producción de la humanidad, sea complementada con una organización política apropiada.
El famoso hombre en la luna no podría comprender por qué la humanidad, aun después de la espantosa experiencia de la guerra, fue todavía tan remisa a la creación de esa nueva organización política. ¿Por qué está el hombre tan poco dispuesto? Creo que la razón es que, por lo que concierne a la historia, la gente está afligida por una memoria muy pobre.
Es una situación extraña. El hombre común, expuesto a los eventos a medida que ocurren, pasa relativamente poco trabajo ajustándose a los grandes cambios, mientras el hombre culto que se ha empapado con mucho conocimiento y lo sirve a otros confronta un problema más difícil. A este respecto el lenguaje juega un papel particularmente desafortunado. Porque ¿qué es una nación sino un grupo de individuos que se influyen incesantemente los unos a los otros por medio de la palabra escrita y hablada? Puede que los miembros de una comunidad lingüística dada escasamente noten cuando su propio punto de vista peculiar se haga sesgado e inflexible.
Creo que la condición en la que hoy se encuentra el mundo hace que no sólo sea un asunto de idealismo sino de grave necesidad la creación de unidad y cooperación intelectual entre las naciones. Aquellos de nosotros que estamos conscientes de estas necesidades debemos dejar de pensar en términos de ‘lo que debiera hacerse por nuestro país’. Más bien debiéramos preguntar: ‘¿Qué debe hacer nuestra comunidad para establecer las bases de un mayor comunidad mundial?’ Porque sin esa comunidad más grande ningún país puede durar mucho.
……..
II.
Permítanme comenzar por una confesión de fe política: que el Estado está hecho para el hombre, no el hombre para el Estado. Esto es asimismo verdad de la ciencia. Éstas son formulaciones de vieja data, pronunciadas por aquellos para quienes el hombre mismo es el más alto de los valores humanos. Dudaría en repetirlas si no estuvieran siempre en peligro de ser olvidadas, particularmente en estos días de estandarización y estereotipo. Creo que la misión más importante del Estado es la de proteger al individuo y hacerle posible desarrollarse como personalidad creativa.
El Estado debiera ser nuestro siervo; no debiéramos ser esclavos del Estado. El Estado viola este principio cuando nos obliga a prestar servicio militar, particularmente ya que el objeto y el efecto de esa servidumbre es matar gente de otras tierras o infringir su libertad. Debiéramos, en verdad, sólo hacer los sacrificios por el Estado que sirvan para el libre desarrollo de los hombres.
Albert Einstein
CS #103 – Juvenalia y tropicalia
Los cisnes—que son, como se sabe, palmípedas—no cacarean. Más bien graznan. Las aves que cacarean se encuentran propiamente dentro de la familia de las gallináceas. (No todas las gallináceas, es de advertir, cacarean). Sin embargo, una de las más cacareadas de las «pruebas» de fraude sistemático y masivo es un estudio cuyos autores son Ricardo Hausmann y Roberto Rigobon (¿Rigobón?) y que lleva por título «En busca del cisne negro: Análisis de la evidencia estadística sobre fraude electoral en Venezuela».
Los autores justifican la escogencia del título justo en el párrafo final, conclusivo, de su reporte. Así escriben: «En estadística es imposible confirmar una hipótesis, pero sí es posible rechazarla. Como dijera Karl Popper, el observar 1.000 cisnes blancos no demuestra la veracidad de la tesis de que todos los cisnes son blancos. Sin embargo, observar un cisne negro sí permite rechazarla. Parafraseando a Popper, nuestro cisne blanco es que no hubo fraude. Los resultados que obtenemos constituyen un cisne negro. La hipótesis alternativa de que sí hubo fraude es consistente con nuestros resultados y por tanto no podemos rechazarla». (He acentuado para los autores el adverbio de afirmación «sí» en la cita precedente, dado que a lo largo de su trabajo encuentran a veces dificultad para hacerlo).
Bueno, Popper no dijo exactamente eso. Lo que dijo exactamente—y que admitiré como de igual validez como base para el enunciado general de los autores: «En estadística es imposible confirmar una hipótesis, pero si (sic) es posible rechazarla»—es lo siguiente: « no importa cuántos casos de cisnes blancos podamos haber observado, esto no justifica la conclusión de que todos los cisnes son blancos». (« …no matter how many instances of white swans are observed, this does not justify the conclusion that all swans are white». Karl Raimund Popper, The Logic of Scientific Discovery, página 27, de la séptima impresión de la segunda edición inglesa, Hutchinson & Co., Londres, 1974).
Claro, es posible que Sir Karl haya empleado el número 1.000 o 1.500 o cualquier otro guarismo sugerente de enormidad en exposiciones informales. Quizás Hausmann y Rigobon conozcan de alguna conferencia o conversación del patriarca de la filosofía de la ciencia en la que esto haya ocurrido.
Pero es que tampoco el famoso ejemplo de los cisnes fue inventado por Popper, como pareciera sugerirse con la frase «Como dijera Karl Popper ». El ejemplo ha sido usado por una buena cantidad de lógicos y matemáticos, algunos de los cuales fueron anteriores a Popper, como en el caso de Gottlob Frege (1848-1925. La miliar obra de Popper—en su original alemán Logik der Forschung—es de 1934).
Pero ni siquiera el venerable Frege, precursor de Popper, Russell y Whitehead, entre otros, fue el originador del ejemplo del cisne negro. Los cuatro autores, en cambio, como correspondía a gente educada a fines del siglo XIX y principios del XX, habían sido adiestrados en las lenguas griega y latina, y debieron leer por imposición escolar textos enteros de literatura grecorromana. Seguramente Juvenal, el gran escritor satírico romano—nacido probablemente entre los años 55 y 60 después de Cristo y fallecido con posterioridad al 127—, les resultaba familiar. En la línea 165 de su Sátira VI, intentando mostrar que la castidad y la fidelidad—como la de Penélope—eran virtudes desusadas entre las damas romanas de su época, Juvenal dice: «rara avis in terris, nigroque simillima cygno». (En transliteración ligeramente diferente: «rara auis in terris nigroque simillima cycno»). Es decir, Décimo Junio Juvenal, acuñador de frases felices como «pan y circo» («panem et circenses») y de la terrible pregunta «¿quién vigila a los vigilantes?» («Quis custodiet ipsos custodes?») ya había dicho hace algún tiempo «pájaro raro en la tierra, como un cisne negro».
Pero eso es peccata minuta en el informe Hausmann-Rigobon, de significación estadística escasa, como lo es su inexacta denotación de paráfrasis para el empleo que hacen de Popper: «Parafraseando a Popper, nuestro cisne blanco es que no hubo fraude».
«Parafraseando» es, naturalmente, el gerundio del verbo parafrasear: «Hacer la paráfrasis de un texto o escrito», donde paráfrasis es «Explicación o interpretación amplificativa de un texto para ilustrarlo o hacerlo más claro e inteligible» o también «Traducción en verso en la cual se imita el original, sin verterlo con escrupulosa exactitud». Aunque la segunda acepción pareciese más cercana a lo que hicieron los autores, dado que no es muy exactamente escrupulosa la alusión a Popper, no podemos encontrar paráfrasis en este caso, puesto que la traducción no ha sido ofrecida en rima, ni siquiera asonante. Por lo que respecta al primer significado los mil cisnes de Hausmann y Rigobon no son explicación ni interpretación amplificativa de Sir Karl, tal vez ilustración que en nada hace más claro o inteligible al filósofo vienés. En consecuencia, lo que Hausmann & Rigobon entienden por paráfrasis es otra cosa: tomar palabras de terceros para argüir tesis propias.
Una vez más, pecado venial, como lo es asimismo el ocasional fárrago en su explicación. Por ejemplo, los autores inauguran su exposición, en busca de elegancia metodológica supuestamente letal, declarando así: «Partimos de la hipótesis de que no hubo fraude e intentamos buscar evidencia que nos permita rechazar dicha hipótesis». En la argumentación detallada, más adelante, construyen de este modo: «Nuestra hipótesis inicial era que si hubiese un fraude no perfectamente proporcional, este (sic) generaría un patrón de errores que causaría una correlación positiva entre ambas variables». Justo a continuación deconstruyen: «Encontramos dicha correlación positiva, lo que nos permite rechazar la hipótesis de que no hubo fraude». Unas veces la hipótesis parece ser que no hubo fraude; otras que sí.
Si uno se pone a pensar la cosa debe excusar este pecado menor de construcción confusa—en verdad, puesta al comienzo y al final del documento, la interpretación correcta es que su hipótesis inicial «es» que no hubo fraude—como debe uno tener por infracción mayormente inconsecuente que el Prof. Rigobon no sepa escribir bien el nombre de su instituto y proponga «Massachussets» en lugar del correcto «Massachusetts».
Etcétera. Estos son resbalones explicables ante la dificultad constructiva de un argumento tan elaborado como el de Hausmann & Rigobon. Otros deslizamientos semánticos del trabajo, como veremos, no son tan inocuos, tal vez inadvertidos, quizás intencionales.
……..
Gratia arguendi. Doy por buenos, por perfectos, todos los cómputos de los profesores Hausmann & Rigobon. Doy por sentado que los coeficientes obtenidos, los modelos empleados, los teoremas aducidos son absolutamente correctos. Es decir, admito—aunque no me conste del informe general, digamos «ejecutivo», que se ha dado a conocer (hay un «informe técnico» distinto, a menos que deba entenderse que los apéndices en inglés, seguramente por eso más técnicos y profesionales que en castellano, son ese «informe técnico»)—que los buscadores del cisne negro efectivamente hallaron ciertas cifras estadísticamente significativas que precisan explicación. Veamos ahora que es lo que a partir de ellas habría quedado comprobado.
Son dos los asertos fundamentales de H & R. Primero, que a partir del hallazgo de una cierta correlación estadísticamente significativa entre dos resultados «independientes» se ha demostrado que hay una probabilidad de 99,9% de que hubo fraude por alteración de los resultados del 15 de agosto. Luego, que la muestra supuestamente aleatoria de cajas auditadas en presencia de la observación internacional no lo sería en realidad, lo que naturalmente reforzaría las sospechas de fraude.
Vamos por partes, porque no se puede descartar alegremente el alegato de H & R como lo propone ayer Samuel Moncada en nombre del Comando Maisanta (según eluniversal.com): que creer en la explicación de aquéllos es «un acto de fe» porque «nadie (la) entiende». No es admisible una holgazanería intelectual como la de Moncada. Es su deber, como los lectores saben que John Erskine sostendría, ser inteligente.
Examinemos, entonces, la primera aseveración. ¿Por qué pretenden H & R haber comprobado la existencia de un fraude sistemático y selectivo, ejercido sobre sólo una fracción grande de centros de votación? Porque de haber existido un fraude como el que postulan se habría causado el resultado estadístico que han detectado. Pero H & R no han establecido en ninguna parte que solamente a través de ese hipotético fraude es como es posible que se obtenga tal resultado. Dicho de otro modo, no han demostrado que la única manera de obtenerlo es mediante el fraude postulado. No han descartado que otro factor o, más bien, una combinación de distintos factores pudiera generar lo que se observa. Entre su hallazgo que, como digo, for the sake of argument doy por cierto, y la conclusión de que hubo fraude en los términos descritos en su trabajo hay todo un hueco causal que los autores distan muchísimo de haber llenado. Se trata de dos cosas que lógica y materialmente son enteramente diferentes.
Con un poco más de detalle, son los propios autores quienes construyen dos medidas que comparan para encontrarlas congruentes entre sí hasta un punto tal que sería muy cuesta arriba explicar la congruencia en términos de puro azar. Estas dos medidas son la comparación, centro a centro, del número de firmas que solicitaron el referendo revocatorio y la votación según cifras del Consejo Nacional Electoral, por un lado; por el otro, la comparación, centro por centro, de los números provenientes de encuestas «a boca de urna» (exit polls) efectuadas el 15 de agosto y la misma votación de acuerdo con el CNE.
En la introducción de estas construcciones H & R proponen que, independientemente, las firmas consideradas y las exit polls pueden tenerse como estimadores útiles de la «intención de voto»: «Tomemos dos variables que están correlacionadas con la intención del elector: las firmas del reafirmazo realizado en Noviembre-Diciembre del 2003 y los exit polls».
Pero los autores se abstienen de mencionar que pudiera ser que estuviera relacionada la intención del elector con la votación. No vale argumentar en este punto que la intención de voto no guarda correlación con la votación cantada por el CNE porque hubo fraude, pues los autores han dicho «Partimos de la hipótesis de que no hubo fraude e intentamos buscar evidencia que nos permita rechazar dicha hipótesis». No es lógicamente admisible sostener, al inicio mismo del raciocinio, dos premisas mutuamente contradictorias, y tampoco es lógicamente admisible tener como postulado lo que se pretende como conclusión.
Aun si hubiera habido fraude, los resultados del CNE guardarían una relación con la intención de voto, imperfectamente, tal como esta intención guarda relación imperfecta con las medidas predilectas: las firmas y las exit polls: «Cada una de estas variables es una medida imperfecta de lo que pudo haber sido la intención del elector el 15 de agosto del 2003. Alguna gente que firmó pudo haber cambiado de opinión. Otros decidieron no firmar pues se trataba de un acto público, pero si (sic) estaban dispuestos a votar Sí en agosto pues el voto es secreto. Otros no estaban inscritos en el Registro Electoral Permanente (REP) para noviembre, pero si (sic) lo estuvieron para agosto. Las colas en la elección de agosto fueron particularmente largas y lentas y eso pudo haber limitado la capacidad de algunas personas de expresarse electoralmente, etc. Igualmente, los exit polls son una medida imperfecta de la intención de voto. Los encuestadores pudieron haber consciente o inconscientemente escogido una muestra sesgada. La gente pudo haber tenido más o menos intención de cooperar con la entrevista, etc. Lo importante es que ambas medidas deben estar correlacionadas con la intención del votante más no así con el fraude».
En efecto, como reconocen los autores con evidente honestidad intelectual, una buena cantidad de factores determinaría, no ya solamente la intención de voto, sino el voto real. De la lista parcial de factores que han mencionado, tan sólo la intención de voto puede explicar una amplia serie de variaciones significativas. Según el CNE, un record histórico de 9 millones 815 mil 631 conciencias ciudadanas debieron escoger en opción dicotómica que mucho distó de describir los complejísimos estados mentales de tal cantidad de almas. (Como saben quienes han leído algo de teoría de la complejidad, en un sistema de suyo complejo como un cerebro humano, acosado por una enorme variedad de datos sociales y personales pertinentes a una decisión tan portentosa como la del 15 de agosto, puede bastar un factor relativamente pequeño para que se produjera una inversión aparentemente incomprensible de la intención de voto. Pero no es necesario postular, a pesar de la neurosis social avasallante que presidió el 15 de agosto, episodios caóticos individuales de última hora—personas que queriendo desde largo tiempo votar «Sí» votaron «No» y personas que siempre quisieron votar «No» y votaron «Sí»—para darse cuenta de que el entubamiento de una opinión colectiva por una bifurcación es gruesa sobresimplificación de la variedad de razones para formar la intención y la decisión individuales).
Las posibles combinaciones factoriales que compondrían 9 millones 815 mil 631 conciencias ciudadanas son de enrevesado cálculo. Y es que no sólo los autores carecen, por propia admisión, de medidas perfectamente correlacionadas con la intención de voto, no digamos con el voto real, sino que tampoco disponen de un modelo completo de esa «intención de voto». (Vuelvo por un momento al uso entre comillas para destacar de una vez que he venido hablando de intención de voto como si fuera un objeto físico mensurable, cuando en realidad se trata de una etiqueta verbal para referirse a un complejo estado psicológico—actitudinal—sólo íntegramente asequible a quien lo aloja individualmente).
También admitirán los autores, por ejemplo, que no forma parte de su modelo que las encuestas de opinión pública son medidas imperfectas de la intención de voto, exactamente en el mismo sentido que las firmas del reafirmazo y las encuestas a boca de urna. Si ellos hubieran escogido comparar encuestas de salida y firmas de convocatoria con las encuestas previas habrían tenido que declarar estadísticamente significativa la marcada diferencia observable. Si uno siguiera en este caso el modo de razonar de los autores, tendría que sostener una de dos cosas: o que las cifras de los estudios de opinión eran fraudulentas, o que lo eran los números de firmas y los provenientes de las encuestas de salida. Tal vez con un 99,9% de confianza.
Pero es que además el estudio que comento está lleno de «supongamos» y «definimos». Por ejemplo, al comienzo mismo, con el rango de postulado definitorio, los autores dictan: «Definimos fraude como una diferencia entre la intención del elector y el registro oficial de los votos». La definición es de nivel bastante inferior a la que admitiría un juez, que exigiría considerar fraude a una diferencia entre los votos efectivamente emitidos y el registro oficial de los votos.
En cuanto a los «supongamos» hay un caso particular que llama la atención. Ocurre en el capítulo «La auditoría», y dice: «Para ejemplificar, supongamos que de los 4580 centros automatizados en nuestra base de datos, se alteraron los resultados en 3000 centros y no en los demás. Supongamos además que los 1580 centros no alterados fueron escogidos aleatoriamente». Pues bien, unas cuantas frases más allá, antes de haber probado nada, la suposición se ha transformado en hecho: «Es crítico que la elección se hiciese entre los 1580 centros sin modificaciones y no entre los 3000 centros alterados». A lo mejor es psicológicamente explicable tal resbalón o desplazamiento semántico por la prisa o anticipación que pudieran apresar, con satisfacción, a quienes creen haber encontrado un argumento imbatible en disputa política tan importante como la de lo que exactamente ocurrió el 15 de agosto.
Aquí hay que reconocer que la segunda gran afirmación de los autores—que la muestra que se empleara para la segunda auditoría no fue realmente aleatoria—parece estar mejor sustentada, aunque dependa también de nuestra conocida medida de «intención de voto»—las firmas—y otros factores con los que se enriqueció—o complicó—el modelo. («Para implementar esta estrategia utilizamos nuevamente nuestro modelo que relaciona firmas, tasa de participación electoral y nuevos votantes con el número de votos»).
Aunque la medida sea extrínseca a la composición de los centros es aplicada por igual a los centros que fueron auditados y los que no, y es la diferencia obtenida, mediante aplicación del mismo cuchillo romo en ambos casos, algo que el señor Samuel Moncada no puede simplemente desestimar. Si no quisiera irse a la prueba final y definitiva de la apertura y conteo de papeleta por papeleta, lo menos que el Comando Maisanta debiera admitir es que se haga una tercera auditoría en condiciones de aleatoriedad aceptables para todas las partes (incluida la muy vapuleada observación internacional).
Esta preocupante anomalía de la aleatoriedad sospechosa tampoco es demostración de fraude—los autores se cuidan de afirmar tal cosa—pero ciertamente llama a la sospecha y no puede ser políticamente desaparecida con la ligereza y felicidad que el señor Moncada exhibe. Tan grave asunto exige una explicación.
El cacareado informe «En busca del cisne negro» no es, en todo caso, la inexpugnable fortaleza lógico-metodológica que se ha querido hacer ver. En apariencia impecable, está plagado de defectos de fondo supra-estadísticos, de los que he señalado algunos en este somero comentario.
Hay otros que no he comentado y uno que no he señalado y a mi criterio resulta central. Los autores escogieron un método análogo al del recurso lógico de reducción al absurdo. Entre otras razones con la intención manifiesta de aparentar imparcialidad, también prodigaron gratia arguendi y asumieron como punto de partida la hipótesis de que no había fraude. Pero la teoría de la gravitación no es que no hay gravitación, sino lo contrario. La hipótesis del éter no es que el éter es inexistente, sino que existe, y que podría en consecuencia medirse su «viento». Sobre esta teoría se construyó el experimento de resultado nulo más famoso de la historia de la ciencia: el análisis con interferómetro de la velocidad de la luz por Michelson y Morley en 1887. (A la usanza de H & R, incluyo al final de este ya largo texto un apéndice sobre tan ilustrativo caso).
Del mismo modo la teoría del fraude es que hubo fraude, no que no lo hubo, a pesar de la hipótesis negativa inicial de Hausmann y Rigobon. Más honesto intelectualmente sería admitir que su verdadera tesis, lo que creyeron probar, es que hubo fraude electoral sistemático por manipulación de las cifras reales de votación el 15 de agosto, porque esto es lo que manifiesta y reiteradamente desean demostrar los autores. Adoptar la pose contraria es procedimiento sibilino, para no decir insincero. En otras palabras, el real cisne blanco de Hausmann y Rigobon es que hubo fraude—así, supongo, se los habría corregido Popper—y la negra rara avis que no lo hubo. Blanco con bata blanca es médico, negro con bata blanca es chichero.
Dicho sea de paso, Hausmann y Rigobon dicen—ni siquiera me tomé la molestia de estudiar en detalle la parte correspondiente del estudio—que la «hipótesis Rendón» de los «topes al Sí» debía desecharse, así como otras hipótesis alternas. Como con sus cálculos, doy por bueno su análisis a este respecto.
Pero no admito que han comprobado la existencia de fraude. Habiendo «fracasado» en su ostensible intento por demostrar que no hubo fraude—cuando en verdad lo que querían probar era justamente lo contrario—no han podido rechazar la hipótesis de fraude—»Esto nos impide rechazar la hipótesis de fraude»—que habían dicho que no era su hipótesis. En ningún caso han probado ni el fraude ni ninguna otra concebible constelación de factores que pudiera haber causado los resultados de sus alambicados y peculiares cómputos. Para haberlo hecho hubieran tenido que demostrar que no existe ninguna otra configuración factorial, distinta del azar y de una intención fraudulenta en acción, capaz de generarlos. Y siendo ellos quienes cantan fraude, sobre ellos pesa la carga de esa prueba.
Pero nunca fue verdad que partieran «de la hipótesis de que no hubo fraude», sino en realidad de la hipótesis de que no debiera haber discrepancias entre sus firmas y sus exit polls y los datos finales del CNE, discrepancias que fueron justamente lo que suscitó el estudio, lo que fue su origen. Fue su conclusión predeterminada, ya no un voto oculto, ya no una oculta intención de voto, lo que buscaron probar y no pudieron, ni siquiera porque ocultamente la tuvieron, inválidamente, como premisa.
……..
En cambio es de tenor diferente el camino emprendido por la Coordinadora Democrática, lo que pareciera fácil de explicar si se toma en cuenta que desde hace un tiempo, y posiblemente cada vez más en el futuro, puede notarse una independencia de criterios de Súmate respecto de la mayor central opositora. (Que en el caso del estudio encargado a Hausmann y Rigobon aparece además Súmate ligada a Primero Justicia—porque sus encuestas de salida se consideraron con las encargadas, otra vez por Súmate, a Penn, Schoen & Berland—partido al que la CD ya le torpedeara con el gran paro su ruta paralela—segunda, después de su difunta enmienda de recorte de período—del fenecido referendo consultivo).
Precedido de un bombardeo estratégico de ablandamiento dirigido por el propio general Mendoza—en video difundido y redifundido anteayer por distintos canales de televisión—el abogado Tulio Álvarez ha recuperado papel de protagonista con sus alegatos de ayer cerca del mediodía. Álvarez, por otra parte, entregó el primer informe de sus hallazgos al general Mendoza, quien en su intervención del martes había reconocido al famoso abogado como el líder de un equipo «escogido por la sociedad civil». (Idéntica caracterización de Álvarez—escogido por la sociedad civil—emplearon reporteros de televisión, en seguimiento de guión preestablecido. De mi lado tenía entendido pertenecer a la sociedad civil, pero no recuerdo que haya nadie solicitado a mi persona, o a la sociedad civil en su conjunto, opinión alguna acerca del liderazgo y composición de tal equipo).
En todo caso, las pretensiones de Álvarez son, como en el caso de H & R, dos tesis diferentes. La de menor pegada aduce que, según datos que habrían sido obtenidos de CANTV, estaría detectado un tráfico bidireccional entre las máquinas de Smartmatic y ciertos centros bajo control del gobierno y el CNE, durante todo el día 15 de agosto, cuando se suponía que la comunicación debió ser unidireccional y sólo después de que cada máquina hubiese completado su registro. Álvarez no insinuó siquiera que conociera el contenido concreto de las presuntas transmisiones, y señaló tan sólo que la evidencia estaba contenida en gráficos que exhibió de lejos, a la que se limitaba porque «la topología de la red es un asunto verdaderamente complicado». Tiene la palabra el fiscal acusador para interrogar al testigo Gustavo Roosen.
Pero el más fuerte argumento de Álvarez estuvo centrado en otra cosa: en las manipulaciones del Registro Electoral Permanente que habrían ocurrido antes del 15 de agosto, en expresas y evidentes violaciones de la legislación electoral que habrían acarreado la nulidad del acto del 15 de agosto y por ende configuran condiciones que aconsejan la impugnación del referendo.
Se trata, obviamente, de un tratamiento jurídico, que tendría que ser ventilado ante el Tribunal Supremo de Justicia, de conocida trayectoria contraria a cuanto se le haya ocurrido a la oposición manifiesta solicitarle.
El caso, a mi juicio, está bastante bien fundamentado por Tulio Álvarez, y bien pudiera adquirir, como los huracanes, proporciones de verdadero impacto político. Debe recordarse, sin embargo, que la oposición ya dispuso de un recurso jurídico de gran pegada—la decisión de la mayoría de la Sala Electoral Accidental sobre el caso de las firmas en planillas de caligrafía similar—y decidió dar la espalda a Alberto Martini Urdaneta y forzar su paso por la «rendija» de los reparos. No pareciera que éste fuera el caso ahora; a fin de cuentas la iniciativa legal parte de la CD, que en esta ocasión ha decidido transitar la avenida jurídica que antes rechazara.
Si hay éxito jurídico—más bien, jurisprudencial—puede haber un verdadero éxito político, que ofrecería aire urgentemente requerido por la central de oposición: habría que repetir el referendo, y con toda razón podría argumentarse que una nueva consulta, dado que el acto nulo pudo haber causado nuevas elecciones, debiera sucederse por elecciones presidenciales de producirse un triunfo del «Sí», aunque tal cosa ocurra después del 19 de agosto de 2004.
Pero ni el mismo Álvarez espera que tal cosa prospere en plazo perentorio: él mismo avisó que su informe definitivo será entregado dentro de un mes.
La tesis de Álvarez es poderosa y suficiente. No obstante, hay una cierta debilidad política en el planteamiento. Álvarez se refirió a las incorporaciones masivas de nuevos votantes, a las cedulaciones en masa, a las desapariciones de centenares de miles de venezolanos del REP, etcétera. Y la verdad es que tales abusos, verdaderos delitos electorales, fueron hechos abiertamente, a la vista de CNN tanto como de Globovisión. La Coordinadora Democrática no viene a enterarse de estos desaguisados ayer; los conocía perfectamente antes del 15 de agosto pues, como digo, el gobierno usó de toda triquiñuela, desfachatadamente, a la luz pública. A pesar de eso la CD fue a una consulta—»la cual aceptó»—a la que ahora impugnará a posteriori por razones que conocía de antemano. Es como Alfredo Peña descubriendo, en enero de 2002, que Chávez era golpista por lo del 92, después de que le había apoyado seis años más tarde, había sido su Ministro de Secretaría, y había llegado a la Constituyente y luego a la Alcaldía Mayor con votos de Chávez.
El esfuerzo de Álvarez, más que el casi incomunicable estudio de Hausmann & Rigobon, genera, por supuesto, un importante efecto psicológico: de algún modo muchos votantes del «Sí» sentirán una especie de alivio, en la creencia de que se ha probado que eran mayoría. Cuidado con este nuevo movimiento de fe, con tratar este dificilísimo proceso político como si se tratara de cuestión de fe, en un camino que precisará contar con la aquiescencia del Tribunal Supremo de Justicia. Ya la «sociedad civil» puso su fe en el 11 de abril de 2002, en el referendo consultivo, en el paro, en la primera convocatoria de revocación, en el reafirmazo, en la sentencia de la Sala Electoral, en el referendo revocatorio del 15 de agosto. No puede seguirse vendiendo desilusiones a esos ciudadanos.
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apéndice 1: el experimento de Michelson-Morley
Una de las consecuencias de la noción de movimiento absoluto en la física de Newton era la noción del «éter», hipotética sustancia que permitiría una referencia fija para medir contra ella los movimientos aparentes de los astros, todos—incluido el de la misma Tierra—obviamente relativos. Este planeta, como cualquier otro cuerpo celeste, debía sentir los efectos de un «viento del éter» al trasladarse en el seno de tal sustancia, del mismo modo que en un paraje sin ninguna brisa uno siente viento en la cara si se desplaza en un automóvil y saca el rostro afuera por la ventanilla. En el caso del éter, dado que se le postulaba igualmente como el medio en el que la luz era transmitida, el viento del éter se manifestaría en variaciones de la velocidad de la luz. Según lo implicado por la Philosophia Naturalis de Newton, uno debía medir una velocidad superior si la Tierra se acercaba a la fuente luminosa y una menor si se alejaba de ella.
Pues resulta que Albert Michelson (físico germano-americano) y Edward Morley (químico estadounidense) se propusieron realizar un cuidadoso experimento con la idea de detectar el famoso viento del éter y lo llevaron a cabo en 1887. Para esto se valieron de un interferómetro, un instrumento capaz de detectar la más mínima diferencia de velocidad entre haces de luz tendidos sobre direcciones diferentes. (En esencia un conjunto de espejos y semiespejos separaba un mismo haz en dos diferentes que recorrían exactamente la misma distancia pero en trayectorias que en un segmento eran perpendiculares entre sí).
Los pacientes Michelson y Morley repitieron el experimento una y otra vez. Lo hicieron en invierno y lo hicieron en verano, para medir el efecto desde posiciones dispares de la Tierra en el espacio. Una y otra vez.
Nada. Jamás pudieron detectar la más mínima discrepancia, en lo que se convirtió en el más famoso experimento de resultado nulo en la historia de la ciencia. No había viento del éter. La crisis se presentó en dimensiones dramáticas, pues el resultado nulo amenazaba con socavar irremisiblemente las bases fundamentales del edificio newtoniano, situación que, se comprenderá, produjo gran desasosiego en los físicos de la época.
Al rescate del genio inglés vino dos años más tarde el físico irlandés George FitzGerald y luego, independientemente, el físico holandés Hendrik Lorentz. Ambos postularon que no se había detectado el viento del éter porque los cuerpos tendrían la propiedad de contraer su dimensión en la dirección de su movimiento. La luz sí llegaría con más velocidad en la dirección del movimiento de la Tierra, pero como ésta acortaba su diámetro en esa dirección la luz tardaría más en alcanzar su superficie. Lorentz y FitzGerald ajustaron sus ecuaciones justamente para que pudiera explicarse de ese modo el resultado nulo del experimento de Michelson-Morley.
Ajá. La ciencia empírica exige que sus postulados sean verificables por la experiencia. Justamente eso era lo que habían hecho en 1887 Michelson y Morley, mientras que lo pretendido por FitzGerald y Lorentz no pasaba de ser una fórmula matemática en papel, muy elegante en su forma y muy eficaz para la salvación de la física de Newton, pero ¿cómo podía comprobarse que la postulada contracción existía en verdad?
Muy fácil. Al menos podía concebirse en principio un modo de verificar la cosa empíricamente. Bastaría construir una regla del tamaño del diámetro terrestre y medir con ella el acortamiento. Poco se tardó en concluir que tal procedimiento sería inútil, puesto que para realizar tal operación la regla tendría que acompañar a la Tierra en su tránsito por los cielos, y siendo un cuerpo físico tanto como ella, también sufriría la contracción de Lorentz-Fitzgerald exactamente en la misma proporción y por consiguiente jamás registraría una diferencia. La única solución entrevista no conducía a nada. Tendría que venir Einstein a poner las cosas en su sitio, pero eso es un cuento distinto. (Baste apuntar que el trabajo de Lorentz y FitzGerald no fue todo en vano. Un término específico de su ecuación fue empleado por Einstein en sus ecuaciones de la relatividad especial que, agarrando el toro por los cachos, empleó como axioma la idea de que la velocidad de la luz es una constante, independientemente del grado de movimiento de las fuentes luminosas).
En The ABC of Relativity Bertrand Russell pone de relieve el absurdo científico de la solución de FitzGerald y Lorentz con ayuda de una estrofa de la canción del Caballero Blanco (en «A través del Espejo» por Lewis Carroll, el autor de «Alicia en el País de las Maravillas»):
But I was thinking of a plan
To dye one’s whiskers green
And always use so large a fan
That they could not be seen.
En resumen, quienes sostenemos una postura racionalista no aceptamos como conocimiento válido lo que venga formulado de manera tal que no pueda en principio ser verificado o refutado por la experiencia, así venga en elegante empaque de impecable matemática. De quien postule grandilocuentemente una tesis con pretensiones de verdad, exigiremos una comprobación empírica. Si no se nos la ofrece, tenderemos a despreciar la tesis en cuestión, aunque ésta sea proferida por la mayor y más prestigiosa de las autoridades.
No toda explicación que esté construida con perfecta consistencia interna, pues, es una explicación satisfactoria. La explicación de Einstein fue preferible a la de Lorentz y FitzGerald porque no sólo era internamente consistente, no sólo no requería la indemostrable existencia de presuntos cambios inobservables, sino porque tomaba por postulado una comprobación obtenida experimentalmente. (La constancia de la velocidad de la luz).
Tan sólo la perfección lógica no es garantía suficiente, como saben los sabios más exigentes. Así escribió Bertrand Russell, en prólogo a la más famosa obra de su incómodo e implacable discípulo, Ludwig Wittgenstein: «Como alguien que posee una larga experiencia de las dificultades de la lógica y de lo engañoso de teorías que parecen irrefutables, me declaro incapaz de estar seguro de la corrección de una teoría sobre el único basamento de que no pueda conseguir algún punto en el que esté equivocada».
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apéndice 2: el encuentro de Wittgenstein y Russell
Lo que sigue es anécdota que mi entrañable amigo Eduardo Quintana Benshimol, fallecido hace unos años, me contó en 1974, hace treinta. Tiene que ver con cómo fue que Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein se conocieron. Russell estaba en Cambridge dando una clase, escribiendo teorema tras teorema en un pizarrón. Volteado hacia el salón notó la presencia de un joven con chaqueta, de pie, hacia el fondo—era Wittgenstein—y se percató de que éste movía negativamente la cabeza. Regresó por un momento a escribir sobre la pizarra y volteó de nuevo. Wittgenstein continuaba negando con la cabeza. Ya molesto, Russell le increpó, preguntándole cuál era el problema. A lo que el genio (Russell no lo era) dijo simplemente: «Profesor Russell, ¿podría usted por favor demostrarme que en este salón no hay un elefante?» (Hipótesis nula como la de que no hubo fraude el 15 de agosto, dicho sea de paso). Russell acogió confiadamente el reto y se lanzó a borrar el pizarrón y a escribir nuevos y larguísimos teoremas. Pero Wittgenstein permaneció impertérrito: «Perdone, Profesor Russell, pero eso no es una comprobación de que aquí no hay un elefante». Al borde del desespero Russell devolvió el desafío: «Bien, joven, ¿quiere usted demostrarnos a todos que en este salón no hay un elefante?» Dijo Wittgenstein entonces: «Con su permiso, Profesor Russell», y se movió en el salón hacia adelante, examinando calmadamente bajo los pupitres, tras unas cortinas y unos cuadros, hasta llegar al escritorio profesoral cuyas gavetas abrió y cerró para sentenciar: «Profesor Russell, en este salón no se encuentra un elefante».
Se non é vero é ben trovato. Eduardo Quintana me decía que Russell entendió inmediatamente que estaba ante un coloso, como después comprobaría. Tras la cita reproducida en el apéndice precedente, tomada de su introducción al Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, no tuvo más remedio que admitir, con parco estilo británico de elogio: «But to have constructed a theory of logic which is not at any point obviously wrong is to have achieved a work of extraordinary difficulty and importance. This merit, in my opinion, belongs to Mr. Wittgenstein’s book, and makes it one which no serious philosopher can afford to neglect».
Pues bien, el elefante de Hausmann & Rigobon era el fraude, y su estudio un «pizarrón de Russell», inconexo con existencias concretas. A lo más que hubieran podido aspirar era a sostener que las anomalías encontradas justificaban un examen ulterior, porque ellas hubieran podido ser causadas por un fraude perpetrado según imaginaron. Jamás han debido afirmar, con la soberbia e irresponsabilidad con que lo hicieron, que habían probado que había habido fraude porque no habían podido rechazar la hipótesis alternativa de que lo hubo. En la época que a Eduardo tocó vivir, a eso se le hubiera tenido por grave pecado, no metodológico, sino moral.
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LEA #103
Fernando Londoño, ex Ministro del Interior de Álvaro Uribe Vélez, inveterado articulista, abogado de causas conservadoras y empresas transnacionales actuantes en Colombia, la ha emprendido con gran ferocidad contra su compatriota, César Gaviria, en artículo que publicara el diario colombiano El País en su edición del pasado 31 de agosto: Así paga el diablo.
La invectiva de Londoño comienza por registrar los mezquinos, insultantes, malagradecidos e inmerecidos epítetos dirigidos por Hugo Chávez a Gaviria, a raíz de que el Secretario General de la Organización de Estados Americanos advirtiera vicios en el proceso revocatorio que culminara el 15 de agosto en Venezuela, a pesar de que no estuviera en condiciones que le permitieran una ética certificación de fraude.
Londoño ha comprobado con su filípica que es, tanto como Chávez, eficaz con el insulto, aunque más elegante (como era de esperarse), y que también se le parece en la inconsistencia de su raciocinio. Acusa a Gaviria de «haber servido bien» a Chávez, cuando son justamente las observaciones de Gaviria lo que detonara la nueva procacidad del presidente venezolano, y cuando el camino que señalara es precisamente el que ahora, tres semanas después del referendo, la Coordinadora Democrática, por boca de Tulio Álvarez, emprende con fuerza recrecida como único modo de desconocer el resultado de la consulta popular.
¿Qué podía hacer Gaviria, qué podía hacer el Centro Carter si la Coordinadora consintió en asistir a una prueba electoral viciada con los hechos a los que se refirió el vilipendiado Secretario General?
Es increíble esta nueva instancia de extremos que se tocan. Consterna constatar cómo la flojedad de lengua se encuentra por igual en el adánico déspota venezolano y el atildado ex ministro colombiano. Son igualmente irresponsables.
Hay alguna razón previa en el odio de Londoño, y lastima saber que ex ministro tan importante de nuestro vecino se deje dominar por tan tacaño motivo, y que el mesurado Uribe le tuviera en cargo tan delicado. Londoño es claramente enemigo de César Gaviria, a quien creo deber como venezolano buena parte de la muy relativa «paz» de Venezuela en los últimos dos años. Chávez es también enemigo obvio del Secretario General de la OEA. Sé que Chávez es cultor a ultranza de la Realpolitik, uno de cuyos axiomas elementales reza: «El enemigo de mi enemigo es mi amigo». Si, como es dolencia común en los ministros de relaciones interiores, Londoño es asimismo practicante de esa «política realista», pudiera terminar siendo amigo de Chávez, que es lo que parece.
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