el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)FS #1 – Hitler en la derrota
Fragmentos del capítulo «Hitler en la derrota», del libro «Los últimos Días de Hitler», por H. R. Trevor-Roper, oficial de inteligencia británico a quien se confiara la misión de establecer lo acontecido durante las semanas finales del Tercer Reich. Al finalizar su tarea Trevor-Roper ejerció como Regius Professor de Historia en la Universidad de Oxford.
Ésa era la puesta en escena, ése el reparto de actores, cuando la ruptura aliada en Avranches en agosto de 1944 abrió el último acto en la tragedia de Alemania. El resto del drama—el ritmo de la catástrofe, la interrelación y concatenación de eventos—estuvo determinado por una fuerza externa, incontrolable: el avance de los ejércitos aliados. Con cada nueva crisis, con la caída de cada gran fortaleza, el paso de cada gran río, una fiebre fresca parecía surgir en Rastenburg, Berlín o Bad Nauheim; pero éstas eran meramente etapas en el desarrollo del drama, no cambios o factores de su curso. Aunque persistían extraños errores en la políticamente inculta corte, aunque Himmler se veía como un nuevo coloso, y Ribbentrop creyó hasta lo último en una inevitable división entre los Aliados, de hecho sólo quedaban dos cuestiones en duda: cuándo llegaría el fin y cómo lo enfrentaría el Partido Nazi en general y Hitler en particular. Porque desde el fracaso del Complot de los Generales el era el único que podía decidir el asunto. Por esa victoria había obtenido, no en verdad la salvación o aun el perdón de Alemania, sino al menos el poder de arruinarla a su modo.
No se podía dar una respuesta racional en Alemania a la primera de esas preguntas, porque la respuesta ya no dependía solamente de Alemania. El Partido, por supuesto, tenía una respuesta oficial: el fin no llegará en absoluto, o al menos no en forma de una derrota para Alemania. El grito que ya había puntuado las manifestaciones de Hitler en 1933—«¡Nunca capitularemos!»—esa protesta nunca había sido elevada tan a menudo, tan estridentemente, tan poco convincentemente, como en el último invierno de la guerra. Tal respuesta, si hubiera sido realmente admitida, hubiera hecho irrelevante la otra pregunta. Sin embargo, en verdad no todo el mundo, ni siquiera los propios líderes del Partido podían creerla en realidad; muchos de ellos ya preparaban sus planes de escape o, al menos, de supervivencia. Sin embargo, ésa era la respuesta oficial; ninguna otra se permitía, y sobrevino una curiosa pero inevitable consecuencia. Con eslóganes de victoria en los labios, todo el mundo se preparaba para la derrota, y como no podía contemplarse ninguna preparación oficial, se hizo aparente el colapso total de la disciplina y la organización. La planeación de una resistencia colectiva, o incluso de una supervivencia colectiva, se hizo imposible, puesto que todos o casi todos estaban individualmente involucrados en secretas negociaciones de rendición o planes secretos de deserción. Había ruidosa jactancia de un bastión inexpugnable en el sur, un Reducto Alpino en las colinas sagradas de la mitología nazi, colinas cargadas con leyendas de Barbarroja y santificadas por la residencia de Hitler; pero cuando nadie, salvo Hitler mismo y unos cuantos escolares recalentados creyeron en esa resistencia, y todos los demás estaban ocupados con proyectos personales de rendición o desaparición, tales imágenes quedaron en el ya superpoblado reino de la metafísica alemana. La misma falla fatal condenó al llamado movimiento de resistencia alemana desde el comienzo. De hecho, nunca hubo tal movimiento. Un «movimiento de resistencia», definido por las circunstancias de la guerra, es un movimiento de gente no conquistada en un país conquistado. Pero la doctrina oficial del gobierno nazi era que Alemania no sólo no sería, sino que no podía ser conquistada. De hecho, dado que tenía esta implicación, cualquier mención de un movimiento alemán de resistencia estaba absolutamente prohibida.
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Cuando él se veía contra el telón de fondo de la historia, cuando su imaginación había sido calentada y su vanidad intoxicada con la adulación y el éxito, y se levantaba de su modesta cena de pastel de vegetales y agua destilada para saltar sobre la mesa e identificarse con los grandes conquistadores del pasado, no era como Alejandro, o César o Napoleón que deseaba ser celebrado, sino como la reencarnación de esos ángeles de la destrucción: Alarico, el saqueador de Roma, Atila, «el azote de Dios», de Gengis Khan, el líder de la Horda Dorada. En uno de esos estados de ánimo mesiánicos declaró: «No he venido al mundo para hacer mejores a los hombres, sino a hacer uso de sus debilidades». Y conforme a este ideal nihilista, este amor absoluto por la destrucción, él destruiría, si no a sus enemigos, entonces a Alemania y a sí mismo, y a todo lo que pudiera involucrarse en las ruinas. «Aun si no pudiéramos conquistar»—había dicho en 1934—«deberemos arrastrar medio mundo a la destrucción con nosotros, y no dejar que nadie triunfe sobre Alemania. No habrá otro 1918. No nos rendiremos». Y de nuevo: «¡Nunca capitularemos! ¡No! ¡Nunca! Podremos ser destruidos, pero si lo somos, arrastraremos un mundo con nosotros, un mundo en llamas». Ahora, en su odio positivo del pueblo alemán, que le había fallado en sus planes de megalómano, regresaba al mismo tema. El pueblo alemán no era digno de sus grandes ideas: por tanto, que perezca por completo. «Si el pueblo alemán va a ser conquistado en la lucha»—dijo a una reunión de Gauleiters en agosto de 1944—entonces ha sido demasiado débil para enfrentar la prueba de la historia, y sólo era apto para la destrucción».
Ésa era, por consiguiente, la respuesta de Hitler al desafío de la derrota. En parte era una respuesta personal; el gesto vengativo de un orgullo herido. Pero en parte se derivaba de otro aspecto más deliberado de su terrible filosofía. Porque Hitler creía en el Mito, como lo recomendaban los filósofos irracionalistas Sorel y Pareto, cuyos preceptos seguía tan fielmente y tan elocuentemente ratificaba. Más aun, él desdeñaba con abrumador menosprecio al Káiser y sus ministros, los «tontos de 1914-18» que figuraban tan nutridamente en su limitado vocabulario de abuso. Les despreciaba por muchas razones; les despreciaba por muchos de los errores en los que también incurrió, como subestimar a sus enemigos, como hacer la guerra en dos frentes, y por muchos que eludió, como ser demasiado blandos en sus políticas y demasiado escrupulosos en su métodos de guerra; y les despreciaba en particular por su falta de éxito en comprender la importancia del mito y las condiciones de su crecimiento y su utilidad. En 1918 el Káiser se había rendido; en débil desesperación, había abandonado la mano (tal era la versión oficial nazi), sin esperar a la derrota. De esa debilidad y esa desesperación no podía crecer ningún mito floreciente, independientemente de las útiles mentiras que se pudiese inventar. Los mitos requieren un fin dramático, heroico. Aunque sus campeones sean aplastados la idea debe continuar viviendo, para que cuando haya terminado el invierno de la derrota y retornen los aires acariciantes, puedan brotar nuevas flores en aparente continuación. Por tanto, en el papel, hacía tiempo que los expertos estaban contestes (aunque tales especulaciones parecieran remotas y ridículas) en cómo Hitler y sus apóstoles enfrentarían el desastre. En el invierno de 1944-45 el tiempo para la corroboración de esta teoría era obviamente cercano; y como en otras horas oscuras, el profeta Goebbels se adelantó una vez más a corroborarla.
Ya todos sus trucos habían sido gastados y habían fallado, o su éxito temporal había contribuido demasiado poco a lograr esa última necesaria diferencia. Había probado la gloria del militarismo y había fracasado. Había probado con el «socialismo verdadero» y fracasado. Había probado el Nuevo Orden y fracasado. Había probado con la cruzada de avance contra el bolchevismo y fracasado. Había probado la defensa de Europa contra las hordas invasoras de Asia y eso también había fracasado. Con el oscurecimiento de los días había probado (como Speer recomendó que probara) el atractivo de sangre, sudor y lágrimas. Pero la propaganda está sujeta a la ley de rendimientos decrecientes; lo que había funcionado en Inglaterra en 1940 no funcionaría en Alemania en 1944, luego del fracaso de tantas promesas incompatibles; eso también había fracasado. Luego había probado con la guerra de Federico. Recordó al pueblo alemán cómo, en el siglo dieciocho, incluso el gran Federico había parecido condenado, cuando sus aliados cayeron y sus enemigos estrechaban el cerco, cuando los rusos tomaron Berlín y se encontraba solo y superado por todas partes. No obstante sobrevivió y al final triunfó, gracias a su resistencia oriental, su brillante estrategia y el favor cierto de la Providencia, que había sembrado la disensión entre sus enemigos. Ya que los alemanes de 1944 estaban gobernados por un líder de no menos recursos, por el más grande genio estratégico de todos los tiempos, no menos favorecido por la Providencia (como habían mostrado los eventos recientes) ¿no podrían también esperar, en caso de que exhibiesen la misma resistencia, un desenlace similar? Pero aun este llamado parecía inadecuado en el invierno de 1944-45. ¿Qué le quedaba profetizar al profeta?
Goebbels se creció con la ocasión. Si todos los llamados adicionales habían fracasado, al menos restaba el eslogan original del nazismo revolucionario, el eslogan que había inspirado a los déclassés y los desposeídos, los marginados y las víctimas de la sociedad que habían hecho al nazismo antes que los Junkers y generales, los industriales y los funcionarios públicos se hubieran sumado, y que pudiera inspirarles de nuevo, ahora que no podía contarse con estos aliados de buen tiempo. Por Radio Berlín, y luego por Radio Werewolf, se escuchó el eslogan de nuevo: el eslogan de la destrucción; la voz auténtica del nazismo desinhibido, inalterado por todos los desarrollos del ínterin; la misma voz que Rauschning había escuchado, con tímida consternación aristocrática, repicando repentinamente entre las tazas de té, los bollos de crema, los relojes cucú y el bric-à-brac del Berchtesgaden original. Era la doctrina de la guerra de clases, de la revolución permanente, de la sin propósito pero jubilosa destrucción de la vida y la propiedad y de todos aquellos valores de la civilización que el nazi alemán, aunque a veces trate dolorosamente de imitar, fundamentalmente envidia y detesta. Las pruebas de la guerra, los horrores del bombardeo, adquirían ahora un nuevo significado para el exultante Dr. Goebbels: eran instrumentos de destrucción benéfica en lugar de temible. «El terror de las bombas», se deleitaba, «no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer». «Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas», hacía eco la prensa alemana, «los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados». «No hay un fin de la revolución», gritaba Radio Werewolf; «una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios»; y también daba la bienvenida a los bombardeos que entonces caían con más devastador efecto cada noche sobre las ciudades industriales de Alemania: «junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos… Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido».
Hugh Redwald Trevor-Roper, Barón Dacre de Glanton
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De mitos y caimanes
El pasado martes 22 de los corrientes tuve la suerte de asistir a una deliciosa velada que contó con la participación de la Dra. Magaly Villalobos, quien tuviera la gentileza de ofrecer a los circunstantes una presentación que, bajo el título de Caimanes del mismo caño, había ya expuesto en recientes jornadas profesionales de psicoanálisis.
Tal como entendí la exposición, su objeto fundamental era el de resaltar cómo es que los mitos son categorías operantes en el actual proceso político venezolano, y mostrar cómo es que no sólo un lado de la contienda emplea mitos como base o elementos de su discurso. De allí el juicio resumido en el nombre de la presentación: en ese aspecto serían los oponentes caimanes de un mismo caño.
Ya es conocido por los asistentes que la presentación suscitó significativas reacciones, algunas no exentas de emoción. Posteriormente, Rafael Arráiz Lucca nos ha regalado, por conducto del anfitrión original, un inteligente e informativo artículo, que echa en falta el que la transacción se hubiese conducido sin explícitas definiciones del término “mito”, y sugiere, con no poco tino, que de haberlo hecho nos hubiéramos comprendido todos mejor. Concurro con esa apreciación. Cada uno de nosotros recibió la presentación de Magaly desde su propia comprensión, desde su propia arquitectura conceptual, desde su particular Weltanschauung o concepción del mundo. Mientras estas estructuras receptoras no son mostradas, el acuerdo se hace muy difícil de obtener. Es esto lo que solicita atinadamente el elegante artículo de Rafael. Y comoquiera que intentaré contribuir a la discusión del planteamiento de Magaly, me veo en el deber, siguiendo su prescripción, de declarar cuál es mi propio punto de partida.
Me considero de formación occidental; por ende, racionalista. Esto es, creo firmemente que es la actividad científica la única que puede proveer garantía suficiente de certidumbre al conocimiento. Más aún, soy popperiano, en el sentido de comulgar con el criterio de demarcación de Karl Raimund Popper (Logik der Forschung, La Lógica del Descubrimiento Científico, 1934), su estipulación para deslindar los campos entre lo que es una afirmación científica y lo que no lo es. El mismo Popper se cuida de advertir que su criterio es tan sólo una proposición: “And my doubts increase when I remember that what is to be called a ‘science’ and who is to be called a ‘scientist ’must always remain a matter of convention or decision”. Y todavía más: “My criterion of demarcation will accordingly have to be regarded as a proposal for an agreement or convention. As to the suitability of any such convention opinions may differ; and a reasonable discussion of these questions is only possible between parties having some purpose in common. The choice of that purpose must, of course, be ultimately a matter of decision, going beyond rational argument”.
He aquí el criterio de demarcación de Popper en sus propias palabras o, más bien, en traducción de la versión inglesa al español: “Pero ciertamente admitiré un sistema como empírico o científico sólo si es capaz de ser probado por la experiencia. Estas consideraciones sugieren que no es la verificabilidad sino la refutabilidad de un sistema lo que debe tomarse como criterio de demarcación. En otras palabras: no requeriré de un sistema científico que sea capaz de ser señalado, de una vez por todas, en un sentido positivo; pero requeriré que su forma lógica sea tal que pueda ser señalado, por medio de pruebas empíricas, en un sentido negativo: debe ser posible para un sistema científico empírico ser refutado por la experiencia”.
Es decir, si ante un cierto discurso somos incapaces de formular un experimento cuyo resultado pudiera refutarlo, ese discurso no es científico, en criterio de Popper. Habiéndome sumado al partido popperiano, ése es igualmente mi criterio.
Acá es pertinente destacar que Popper consideraba que el psicoanálisis –así como el marxismo y la astrología– no es una ciencia. Me ahorro la escritura al reproducir de Internet las siguientes constataciones:
“Psychoanalysis is probably the psychological theory best known by the public. For example, laypersons are familiar with the term «anal retentive.» However, psychoanalysis is very controversial among psychologists. Some psychologists claim that psychoanalysis is good science, others that it is bad science, and still others that it is not science. Those who believe psychoanalysis is good science are perhaps the rarest group, and surprisingly not all psychoanalysts fall into this group. Rather, a fair number of psychoanalysts are willing to concede that psychoanalysis is not science, and that it was never meant to be science, but that it is rather more like a worldview that helps people see connections that they otherwise would miss.
Among those who believe that psychoanalysis is not science is the philosopher Karl Popper. Popper holds that the demarcation criterion that separates science from logic, myth, religion, metaphysics, etc. is that all scientific theories can be falsified by empirical tests–that is, a scientific theory rules out some class of events, and if one of those events occurs, then the theory is declared false. According to Popper, psychoanalysis does not meet the falsification criterion because it does not rule out any class of events. Because it explains everything, it explains nothing.
Adolf Grünbaum disagrees with Popper. Grünbaum believes that Freud meant his theory to be scientific, that he made falsifiable predictions, and that those predictions proved false. For example, Freud’s Master Proposition, also known as the Necessary Condition Thesis (NCT), is that ONLY psychoanalysis can produce a durable cure of a psychoneurosis (a mental illness caused by childhood trauma). This is a strong statement that could be falsified if, for example, another form of therapy such as behavior therapy cured someone of a neurosis, or even if spontaneous remission occurred. We now know that neurosis yields to both of these alternatives. Therefore, Grünbaum concludes that psychoanalysis, being false, is bad science”.
En alguna ocasión eché mano, para explicar el criterio popperiano, de un diálogo imaginario y algo procaz o, por lo menos, excesivamente gráfico. Si no como enfant entonces como vieux terrible reproduzco la gruesa parábola.
Una señora va a consulta con un psicoanalista, grandemente preocupada porque su hijo varón de ocho años es un inveterado comedor de moco. El analista escucha el planteamiento y responde con la mayor seguridad: “Señora, está claro que su hijo es presa del Complejo de Edipo, y comer moco es la forma de agredir a la figura paterna”. A lo que la señora replica: “¡Pero doctor! ¡Es que también el papá come moco como un desaforado!” Sin arredrarse, el psicoanalista sentencia con la misma seguridad de antes: “Señora, es clarísimo que su hijo intenta emular al padre, y por eso es que come moco”.
Es decir, no hay evidencia que pueda esgrimirse de manera de hallar en falta a un psicoanalista, como no la había ante un marxista. Cualquier cosa, cualquier contrargumento que uno adelantara era refutado desde una posición de superioridad que aseguraba que nuestras afirmaciones eran proferidas a partir de una “superestructura” burguesa y estábamos fritos. O el chingo o el sin nariz nos atrapaban sin remedio.
Para racionalistas como Rafael Clemente y yo una afirmación sólo puede adquirir mérito si es proferida de manera tal que pueda ser cotejada con la realidad, verificada o refutada por la experiencia directa. Y más de un caso se ha dado en la propia y más exigente ciencia, de postulaciones que son imposibles de someter a la experiencia. Es lo que se conoce en filosofía de la ciencia como un “inobservable”. Un caso clásico es el de la famosa “contracción de Lorentz-FitzGerald” en la física de fines del siglo XIX. El cuento es tan bonito que no resisto la tentación de relatarlo.
Una de las consecuencias de la noción de movimiento absoluto en la física de Newton era la noción del “éter”, hipotética sustancia que permitiría una referencia fija para medir contra ella los movimientos aparentes de los astros, todos—incluido el de la misma Tierra—obviamente relativos. Este planeta, como cualquier otro cuerpo celeste, debía sentir los efectos de un “viento del éter” al trasladarse en el seno de tal sustancia, del mismo modo que en un paraje sin ninguna brisa uno siente viento en la cara si se desplaza en un automóvil y saca el rostro afuera por la ventanilla. En el caso del éter, dado que se le postulaba igualmente como el medio en el que la luz era transmitida, el viento del éter se manifestaría en variaciones de la velocidad de la luz. Según lo implicado por la Philosophia Naturalis de Newton, uno debía medir una velocidad superior si la Tierra se acercaba a la fuente luminosa y una menor si se alejaba de ella.
Pues resulta que Albert Michelson (físico germano-americano) y Edward Morley (químico estadounidense) se propusieron realizar un cuidadoso experimento con la idea de detectar el famoso viento del éter y lo llevaron a cabo en 1887. Para esto se valieron de un interferómetro, un instrumento capaz de detectar la más mínima diferencia de velocidad entre haces de luz tendidos sobre direcciones diferentes. (En esencia un conjunto de espejos y semiespejos separaba un mismo haz en dos diferentes que recorrían exactamente la misma distancia pero en trayectorias que en un segmento eran perpendiculares entre sí).
Los pacientes Michelson y Morley repitieron el experimento una y otra vez. Lo hicieron en invierno y lo hicieron en verano, para medir el efecto desde posiciones dispares de la Tierra en el espacio. Una y otra vez.
Nada. Jamás pudieron detectar la más mínima discrepancia, en lo que se convirtió en el más famoso experimento de resultado nulo en la historia de la ciencia. No había viento del éter. La crisis se presentó en dimensiones dramáticas, pues el resultado nulo amenazaba con socavar irremisiblemente las bases fundamentales del edificio newtoniano, situación que, se comprenderá, produjo gran desasosiego en los físicos de la época.
Al rescate del genio inglés vino dos años más tarde el físico irlandés George FitzGerald y luego, independientemente, el físico holandés Hendrik Lorentz. Ambos postularon que no se había detectado el viento del éter porque los cuerpos tendrían la propiedad de contraer su dimensión en la dirección de su movimiento. La luz sí llegaría con más velocidad en la dirección del movimiento de la Tierra, pero como ésta acortaba su diámetro en esa dirección la luz tardaría más en alcanzar su superficie. Lorentz y FitzGerald ajustaron sus ecuaciones justamente para que pudiera explicarse de ese modo el resultado nulo del experimento de Michelson-Morley.
Ajá. La ciencia empírica exige que sus postulados sean verificables por la experiencia. Justamente eso era lo que habían hecho en 1887 Michelson y Morley, mientras que lo pretendido por FitzGerald y Lorentz no pasaba de ser una fórmula matemática en papel, muy elegante en su forma y muy eficaz para la salvación de la física de Newton, pero ¿cómo podía comprobarse que la postulada contracción existía en verdad?
Muy fácil. Al menos podía concebirse en principio un modo de verificar la cosa empíricamente. Bastaría construir una regla del tamaño del diámetro terrestre y medir con ella el acortamiento. Poco se tardó en concluir que tal procedimiento sería inútil, puesto que para realizar tal operación la regla tendría que acompañar a la Tierra en su tránsito por los cielos, y siendo un cuerpo físico tanto como ella, también sufriría la contracción de Lorentz-Fitzgerald exactamente en la misma proporción y por consiguiente jamás registraría una diferencia. La única solución entrevista no conducía a nada. Tendría que venir Einstein a poner las cosas en su sitio, pero eso es un cuento distinto. (Baste apuntar que el trabajo de Lorentz y FitzGerald no fue todo en vano. Un término específico de su ecuación fue empleado por Einstein en sus ecuaciones de la relatividad especial que, agarrando el toro por los cachos, empleó como axioma la idea de que la velocidad de la luz es una constante, independientemente del grado de movimiento de las fuentes luminosas).
En The ABC of Relativity Bertrand Russell pone de relieve el absurdo científico de la solución de FitzGerald y Lorentz con ayuda de una estrofa de la canción del Caballero Blanco (en A través del Espejo por Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas):
But I was thinking of a plan
To dye one’s whiskers green
And always use so large a fan
That they could not be seen.
En resumen, quienes sostenemos una postura racionalista no aceptamos como conocimiento válido lo que venga formulado de manera tal que no pueda en principio ser verificado o refutado por la experiencia, así venga en elegante empaque de impecable matemática. De quien postule grandilocuentemente una tesis con pretensiones de verdad, exigiremos una comprobación empírica. Si no se nos la ofrece, tenderemos a despreciar la tesis en cuestión, aunque ésta sea proferida por la mayor y más prestigiosa de las autoridades. Relegaremos tal pretensión a la categoría de pseudociencia o, en algunos casos, la entenderemos como un caso de pensamiento mágico mientras sólo nos convencerá aquello que llamamos pensamiento lógico o científico.
……..
Lo anterior no equivale a desconocer que existen los mitos, y que tal existencia pueda ser estudiada por la ciencia. Es un hecho empíricamente observable que los mitos existen, que alguna vez fueron inventados, que son comunicados con el paso de las generaciones.
Mircea Eliade (1907-1986), por señalar un caso notable, fue un incansable estudioso de lo mítico. (El mito del eterno retorno). Adiestrado como filósofo, y por tanto amigo del rigor en el pensamiento, el rumano hizo historia y antropología de los mitos. El análisis de la religión que hace Eliade toma como campo aquello que es objeto de adoración dentro de las más variadas civilizaciones. Lo “sagrado” es entonces una fuente de poder y significación que se manifiesta en los mitos, los símbolos y los rituales. Sea que creamos en ellos o no, existen y funcionan.
Como nos indicó Magaly, la principal función de los mitos es proveer una explicación para las inmemoriales interrogantes fundamentales de la existencia humana; qué sentido tiene esa existencia, para qué y por qué existimos. Por esto muchos de los mitos son cosmogónicos. Cómo se formaron el universo, los astros, la Tierra. Por qué los cuerpos celestes se desplazan, por qué brillan, por qué cae agua del cielo.
Y el método básico de los mitificadores es analógico, el descubrimiento de semejanzas, proximidades o analogías. (Cf. Michel Foucault, Las palabras y las cosas). Impedidos de un conocimiento físico moderno, los fabricantes de mitos creían entrever similitudes sobre las que basaban toda una cosmogonía. Así, por ejemplo, las estrellas que arbitrariamente llamamos la constelación de Orión las entendemos como puntos del juego infantil sobre el que un lápiz traza un contorno y obtiene una figura, el de un cazador adornado por tres brillantes gemas en su cinturón, que tiempla un arco cuya flecha apunta a la cabeza de un toro, Tauro, en la constelación del mismo nombre. Orión es un cazador, de cuyo asedio ningún animal puede escapar, salvo el diminuto y modesto alacrán, el único que puede vencerle. Por esto, cuando Escorpio emerge del horizonte de Oriente, Orión se oculta temeroso por Occidente. ¿Necesitamos más comprobación?
Que construcciones tales hayan sido ampliamente sostenidas por los hombres antiguos, en particular si están revestidas de un poderoso lenguaje poético, es harto explicable. Daban sentido a las cosas, y el alma acosada por las incertidumbres fundamentales podía descansar en la certeza. Pero que a estas alturas del desarrollo mental humano se ofrezcan explicaciones de tal naturaleza es algo que repugna a la psiquis occidental, percatada como está de su falsedad.
En mi caso particular no entendí de la presentación de Magaly que ella nos estuviese vendiendo ningún mito en particular, aunque tal vez sí la idea de que algún mito es necesario. Aquí la llamada de atención de Rafael Clemente viene muy al caso. Si queremos llamar “mito” a la cosmología relativista, porque hace la misma función que el Popol Vuh cumpliera para los mayas, entonces Magaly tiene razón en cuanto a la necesidad. Pero otros entendemos tal cosa como ciencia, porque su método—a pesar de que Einstein y Dirac admitieran poseer una brújula estética a la hora de preferir una ecuación sobre otra—no es poético, no es metafórico, a menos que, estirando los conceptos, decidamos declarar que la matemática no es otra cosa que una enorme y compleja metáfora.
No; los racionalistas nos negamos a eso, y para nosotros la inconsistencia, profusamente presente en los mitos, es absolutamente intolerable.
De nuevo, esto no hay que entenderlo como imposibilidad de discutir sensata y racionalmente cuestiones que están habitualmente fuera del ámbito de la ciencia y, más todavía, que no sea posible fincar en la ciencia—la de verdad, no la de la “cientología” o la de la lucrativa superstición de Deepak Chopra—y a partir de sus datos una reflexión disciplinada, rigurosa e implacable sobre temas trascendentes. En diciembre de 1990, y en el contexto de una discusión sobre la educación superior no vocacional preferible, aproximaba el tema de la forma siguiente:
El metauniverso
Un paseo por los temas precedentes, independientemente de la profundidad conque se emprenda, habrá dejado de lado las acuciantes preguntas finales que habitualmente son el predio de la filosofía y la teología. Consideraríamos fundamentalmente incompleto un programa de educación superior que las eludiese intencionalmente.
Sería sorprendente que la turbulencia detectada, a fines del siglo XX, en prácticamente toda parcela del conocimiento de la humanidad, estuviera ausente de cuestiones tales como el sentido del mundo y el significado último de la existencia humana. Es cada vez más frecuente encontrar, por otra parte, en los diagnósticos que intentan establecer las causas de la erosión institucional y la patología de la conducta societal, una referencia a una crisis de los valores. Sería igualmente sorprendente que la solución a esta mentada crisis de los valores, a diferencia de la orientación futurista que hemos emprendido en relación con los tópicos previos, fuese a encontrarse en una vuelta a imágenes que fueron funcionales en un pasado.
Pero no se trataría en un programa como el que esbozamos de vender una filosofía, una teología o una religión particulares. Se trataría, en cambio, de afrontar decididamente la temática, de explorarla en conjunto, de discutirla. Por fortuna, también en este territorio es posible echar mano de textos útiles para una deliberación informada sobre el tema.
En primer lugar, es nuestra decidida recomendación la lectura de “El Fenómeno Humano”, del jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin. Como él mismo se cuida de dejar claramente asentado en su introducción a esa obra, su punto de partida no es místico o teológico. Su perspectiva es fenomenológica, basada sobre su experiencia directa como paleontólogo. Y a pesar de que ese importante texto se encuentre desactualizado en más de un dato desde el punto de vista de la empírica paleontológica, su esquema de conjunto continúa siendo un sugestivo y estimulante discurso sobre el sentido del universo.
En una vena diferente están las ideas de Edward Fredkin, profesor de ciencias de la computación en el Instituto Tecnológico de Massachussetts. Fredkin no ha escrito libros, pero sus ideas sobre el universo, expuestas en varios cursos que dicta en el instituto mencionado, han sido recogidas en otras obras, entre otras, en Three Scientists and Their Gods: Looking for Meaning in an Age of Information, escrita por Robert Wright.
Fredkin postula que el universo es semejante a una computadora colosal en la que corre un programa diseñado para responder a una pregunta de Dios. Reporta Wright: “Pero entre más charlamos, Fredkin se acerca más a las implicaciones religiosas que está tratando de evitar. «Me parece que lo que estoy diciendo es que no tengo ninguna creencia religiosa. No sé qué hay o qué podría ser. Pero sí puedo afirmar que, en mi opinión, es probable que este universo en particular sea una consecuencia de algo que yo llamaría inteligencia.» ¿Significa esto que hay algo por ahí que quisiera obtener la respuesta a una pregunta? «Sí» ¿Algo que inició el universo para ver que pasaría? «En cierta forma, sí.»”
La visión de Fredkin es una nueva versión de las ya frecuentes identificaciones o correspondencias entre lo físico y lo informático. Todavía es al menos una curiosidad insólita, si no un misterio más profundo, que la forma matemática de la ecuación de la entropía térmica sea exactamente la misma de la ecuación fundamental de la teoría de la información, formulada por Claude Shannon en los años cuarenta de este siglo. La computadora cósmica de Fredkin tendría que operar, entre otras cosas, dentro de algoritmos fractales que generarían con el tiempo el “caos” del universo observable.
Dios sería entonces, y entre otras cosas, una memoria infinita, un “RAM” inagotable que preservaría, en estado de información completa, el origen y el acontecer del cosmos.
Parece ser una experiencia reiterada de la ciencia el toparse, en el límite de sus especulaciones más abstractas, con el problema de Dios. Puede que sea un importantísimo subproducto de la actividad científica moderna el de proporcionar imágenes para la meditación sobre un Dios al que ya resulta difícil imaginar bajo la forma de un ojo en una nube o una zarza ardiendo. Un Dios informático para una Era de la Información.
Otras intuiciones pertinentes nos vienen, como de contrabando, junto con el tema de “los otros”, la presencia de otros seres inteligentes en el universo. Los astrofísicos consideran muy seriamente la posibilidad de vida inteligente extraterrena. En realidad, dado el gigantesco número de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos solos en el cosmos resulta ser, decididamente, una conjetura presuntuosa.
Hasta ahora no hay resultado positivo de los incipientes intentos por establecer comunicación con seres extraterrestres, a pesar de la seriedad científica de tales intentos. (Por ejemplo, el proyecto OZMA, que incluyó la transmisión hacia el espacio exterior de información desde el gran radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, en códigos que se supone fácilmente descifrables por una inteligencia “normal”.)
¿Qué consecuencias podría esto tener para, digamos, el paradigma cristiano, hasta cierto punto asentado sobre una noción de unicidad del género humano en el universo? Aun antes de cualquier contacto del “tercer tipo”, la mera posibilidad del encuentro ejerce presión sobre los postulados actuales de al menos algunas –las más “personalizadas”– entre las religiones terrestres.
En otra dirección, ¿qué alteraciones impensadas podrían producirse en el sentimiento trascendental y religioso del hombre si efectivamente se llegara a construir “inteligencias artificiales” operacionalmente indistinguibles de la de un ser humano? ¿Qué nuevas nociones éticas, qué nuevas figuras de derecho requeriría un hecho tal? ¿Tal vez una bula pontificia que declare –como en Short circuit II, la película reciente– la “humanidad” de estos seres sintéticos? ¿Sería admisible su esclavización? ¿Es la especie humana la última fase de la evolución biológica, o será una nueva especie una combinación de metales y cerámicas que hayamos programado con inteligencia y con capacidad de autorreproducción?
O, una reflexión ulterior y mucho más radical, sugerida por la hasta hace nada impensable capacidad de alteración artificial del material genético. Nuestra idea firmemente acendrada es la de que habitamos un ambiente cósmico que obedece a unas leyes inmutables. ¿No habrá allá, en un remoto futuro de la humanidad, así como hoy alteramos a voluntad “las leyes de la vida”, la posibilidad de que modifiquemos incluso las leyes de la física, de que variemos la magnitud de una constante universal, y con ello alteremos el propio tejido del universo o demos origen, más aún, a un universo completamente nuevo?
Son cuestiones todas éstas que estimamos saludablemente planteables a inteligencias en procura de una educación superior.
No creo que nada de lo que antecede haya sido contradicho por los planteamientos de Magaly, y quiero suponer que su educada cabeza daría la bienvenida a una construcción racional de una imagen moderna de lo divino, una suerte de “subteología”. (Término que propongo para no entrar en pelea con jesuitas o dominicos pugnaces).
Pero sí creo que podemos reclamar a los psicoanalistas en general, y a los jungianos en particular, una tendencia a procurarse explicaciones que hacen caso omiso de las reglas de Popper, una preferencia por lo “oculto”, lo iniciático, lo cabalístico o arcano.
Ante sus construcciones es usualmente imposible discutir con rigor. Si Jung dice que existe un “inconsciente colectivo”, a pesar de que nadie haya sabido precisar su ubicación, no es posible construir una refutación popperiana, puesto que ningún experimento corroborador o refutador es concebible.
Claro que uno puede considerar que la noción de “inconsciente colectivo” es una suerte de etiqueta terminológica conveniente, shorthand práctico al mismo nivel de ideas como las de Abraham Kardiner, que en una cierta psicología social sostiene que hay una “personalidad básica de las culturas”. (Algo así como explicar por qué los argentinos “son como son”). Si se entiende el asunto de este modo entonces no hay mucho motivo para la discrepancia. Es obvio que la esvástica no fue inventada por los nazis, y que ese símbolo es mucho más antiguo y que se le encuentra también entre los vascos, a quienes no se emparienta con los indios o los armenios neolíticos. Es perfectamente posible una paleontología y una filogenia de los símbolos. Esto es una cosa y otra es construir una summa de numerosos tomos fundada sobre inasibles e inverificables nociones y pretender que tal cosa sea tenida por ciencia.
Por otra parte, al mero nivel estilístico uno distingue en el discurso de muchos psicoanalistas, principalmente los jungianos, el uso de una jerga incomprensible por el común de los mortales. La ignorancia del léxico induce en más de un alma ingenua la reverencia por una oscuridad que se postula idéntica a una profundidad del conocimiento. En los casos más graves los no iniciados somos tratados con condescendencia y a veces hasta con desprecio.
Una de las claves del desarrollo científico ha sido justamente la comunicabilidad de la ciencia. El que el descubrimiento fuera comunicado pública y libremente para que los experimentos que le dieron origen fuesen reproducibles. De manera que revestir una pretendida ciencia de léxico esotérico es costumbre negadora de lo que precisamente es condición para el progreso del conocimiento humano. Toda buena ciencia es ciencia diáfana.
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Dicho todo esto, hay que apuntar otra posible fuente de disensión. Esta surge de entender lo formulado por Magaly como si tratara de una descripción exhaustiva, totalizante, como caricatura de una realidad mítico-política sólo compuesta por los caimanes que describe. No me siento representado por ninguno de los tipos polares de caimán que Magaly identifica, tal vez porque nunca hice caso de la asquerosa manipulación de Juan Fernández con estampitas de la virgen católica, que alguna vez blandió en gesto parecido a los de Chávez cuando pela por el infaltable ejemplar de bolsillo, azul, de la “bicha”.
Pero esto me lleva a reconocer un gran valor en el trabajo de Magaly: que dijo dos grandes verdades. Primera, que nuestro actual conflicto político no puede ser entendido solamente en términos de una lucha de poder, ni siquiera como expresión de una egoísta satisfacción de intereses, ni como mera manifestación de una lucha de clases, puesto que tiene una dimensión mítica y simbólica que incide de modo efectivo sobre la psicología de los venezolanos. Bolívar, que ya estaba mitificado, ha sido exacerbado hasta la náusea.
Pero también la virgen ha entrado en liza, y el difunto—QEPD—cardenal Velasco sugirió un domingo en la Catedral de Caracas que los letales deslaves de diciembre de 1999 habían sido un castigo divino a la soberbia presidencial. En su oportunidad le supliqué en artículo de prensa que nos propusiese un dios menos estúpido.
Hubo quien hiciera genealogía coromotana para asegurar que un indio crucial en la aparición de la patrona respondía al nombre de Juan Fernández, homónimo del propagandista de la “red de energía positiva”, y ahora circula por los emilios que el 15 de agosto es la mejor fecha para el referendo revocatorio, ya que es asimismo el día de la Asunción de Nuestra Señora.
De modo que Magaly tiene razón también con esa segunda verdad de la simetría en lo mítico, y hay gente que cree que Chávez no es Florentino sino el Diablo y confiere estatura mítica al muy natural y explicable y conveniente fenómeno social del mercado.
Sería demasiado sencillo explicar la agresividad chavista como producto exclusivo de la envidia y el resentimiento social. De “este lado”, en “ese caño”, hay igualmente una percepción recíproca y despreciativa. En una prestigiosa peña capitalina—Caracas Country Club—Julio Andrés Borges aseguraba, ante incómoda pregunta por el crecimiento de su partido, que la organización captaba incesantemente adeptos, incluso de las filas del chavismo, y aludió a recientes actos de juramentación de nuevos militantes de Primero Justicia que antes lo fueron del Movimiento Quinta República. Una habitué de la peña observó: “Sí, yo sé a qué te refieres. Yo estuve en el de La Guaira ¡pero ahí lo que había era un negrero!” De modo que en parte el asunto no es avaricia desposeída, sino reacción al estímulo del desprecio social, el mismo que cuando Caldera fue electo por primera vez declaró: “Por fin llegó la gente decente al poder y vamos a poder salir de ese negraje adeco”.
El fenómeno no es inédito. Hace no mucho pude escribir: “Marx es hijo de Hegel, pues éste fue quien enseñó al primero la dinámica del conflicto. Y fue Hegel quien observara que en el más enconado conflicto, que en la lucha por la existencia, los enemigos terminaban siendo muy parecidos. Hugo Chávez presidió ayer un acto en el que su hermano Adán decía cosas que fueron recibidas con el grito ¡mentiras! El alcalde Bernal contenía a duras penas su azoramiento y consagraba el procedimiento digital, el uso del dedo en la designación de unos dirigentes del MVR, que era precisamente lo protestado. Procedimiento éste que se censuraba de la ‘cuarta república’. ¡Qué parecidas son la cuarta y la quinta!”
Así que logro ver lo certero de las observaciones de Magaly al respecto. Lo que rechazo es el simplismo que pareciera desprenderse de su esquema, pues en su taxonomía no cabrían los “Ni-Ni” y todos seríamos o Alligator chavensis o Alligator escualidus.
No, amiga, no me cuente usted como habitante de ese caño. Habito otro distinto, al que habrá que ponerle nombre, porque “Ni-Ni” es designación despectiva y alienada, referida no a nuestra propia sustantividad sino a algo que está fuera de nosotros. Es un problema por resolver: ponerle nombre a lo que somos, a lo que buscamos.
Algunos—William Ury—lo llaman el tercer lado. Otros—José Antonio Gil—creen que se trata de un “a mitad de camino”, un promedio entre extremos.
En realidad es una cosa situada en otro plano, y el verdadero modo de lograr la superación de Chávez es más una superposición que una oposición. Pero esto, una vez más, es problema para otra discusión.
Mas, dirá Magaly, “sólo pretendí mostrar realidades, y sacar punta a los extremos para causar impacto y estimular una toma de conciencia”. Así estaría aplicando método maoísta, pues fue el Gran Timonel quien, en ulterior desarrollo práctico de la dialéctica marxista, recomendaba la “agudización de las contradicciones” en el seno de la sociedad como forma de reventar en lucha y lograr el triunfo definitivo del proletariado. Es en este sentido que también Magaly nos ha propuesto su propio mito: el mito de los caimanes del mismo caño.
A fin de cuentas, agradezco el acicate de Magaly y tolero la concepción jungiana que jamás podré compartir. Los hitos miliares del pensamiento del siglo XX fueron los que nos enrostraron nuestros límites. Wittgenstein, que en su Tractatus Logico-Philosophicus quiso determinar los límites del pensamiento; Heisenberg, que halló la incertidumbre en el fondo de la física; Gödel, que desenterró lo incompleto y lo inconsistente del corazón mismo de la matemática; Feigenbaum, y tantos otros que dieron función sorprendente al caos impredecible a partir de sistemas deterministas. Es una historia de sobriedad, una lección de humildad. Es por esto que el más racionalista de los científicos no debe negarse al diálogo con lo mítico o a la lectura de Jung. En su complejidad—si no una ciencia al menos una poética científica—una admirable obra intelectual se despliega y construye haces, más bien threads, de relaciones sugerentes. Y es que Jung ha formulado una visión del mundo que nos ayuda a ver conexiones que de otro modo se nos escaparían, a worldview that helps people see connections that they otherwise would miss. Es decir, el psicoanálisis jungiano como herramienta heurística, propia para el descubrimiento o la invención. LEA
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CS #92 – Vivomática encriptada
Sin pretender en lo más mínimo emular a nuestro académico Alexis Márquez Rodríguez necesitamos manifestar nuestro repudio a la noción de admitir un tal verbo «encriptar», a menos que viniese a significar—ya que no suena feo—meter algo—un cadáver, por ejemplo, una máquina de votación como las de Indra u otra empresa—en una cripta. Quienes pretenden mercadear reales o pretendidas excelencias informáticas con el uso agringado y manipulador de términos como «encriptación», debieran notar que hace tiempo que el castellano dispone del verbo «cifrar» y el adjetivo «cifrado», pues no se inventó en el Valle del Silicio el arte de convertir mensajes cruciales en galimatías inentendibles, es decir, indescifrables. Y si no que lo digan Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, que nos regalaron inolvidables historias criptográficas bastante antes de que naciera IBM, para no convocar como testigos a más antiguos y más fallecidos cultores de ese arte.
Pues la «encriptación» no significa una cosa distinta de lo que «cifrar» denota: «Transcribir en guarismos, letras o símbolos, de acuerdo con una clave, un mensaje cuyo contenido se quiere ocultar». Y esto, nos quieren hacer creer, es necesarísimo que se denote como «encriptar».
Claro que en una globalización que algunos entienden como sumisión lingüística de nuestro idioma, se dice «asumir» cuando se quiere expresar, en realidad, «presumir» o «suponer», y se pronuncia «performance» en lugar de «desempeño» o «rendimiento», y el jefe de un Estado bolivaroide dice «cuatro punto siete»—sintiéndose en dominio técnico—en lugar de «cuatro coma siete».
Expulsado este reconcomio de nuestro espíritu, debemos destacar que es justamente la «encriptación»—nos crispa escribirla—una de las garantías que la firma Smartmatic ofrece para la seguridad de que lo que sume electrónicamente corresponda a la realidad electoral. «La totalidad de los datos del sistema (datos de configuración y los votos registrados) son—sic—almacenados en forma encriptada, de modo que nadie puede modificarlos, alterarlos o borrarlos». «Los datos se transmiten de manera encriptada y segura, desde las máquinas de votación hasta los servidores de totalización, a través de un canal seguro de totalización». «Además, los votos son registrados de manera encriptada en la máquina utilizando un esquema de 128 bits». (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004. Llama la atención que el título del documento habla de referendo en singular—es decir, no alude para nada a los referendos de revocación de parlamentarios—y no menciona las elecciones regionales —sí en el interior del documento—cuando se suponía que esta automatización particular había sido contratada específica y exclusivamente para estos últimos comicios).
Resulta que la criptografía opera cuando un remitente cifra o codifica un mensaje en forma sistemática para oscurecer su significado. El mensaje cifrado se transmite y el receptor recupera el mensaje al descifrar o descodificar la transmisión. Originalmente la seguridad de un mensaje cifrado dependía de la confidencialidad de todo el proceso de cifrar y descifrar. Hoy en día se emplea, sin embargo, cifras en las que el algoritmo—el procedimiento de cifrar y descifrar—puede ser revelado sin comprometer la seguridad de un mensaje particular. Con estas cifras un conjunto de parámetros específicos, conocidos como «llave», se emplean junto con el mensaje no cifrado como insumo del algoritmo de cifrado, y junto con el mensaje cifrado como insumo del procedimiento para descifrar. Se puede incluso anunciar públicamente los algoritmos de cifrado y descifrado, pues la seguridad del criptograma depende enteramente del secreto de la llave. Para impedir que ésta sea revelada por accidente o por una búsqueda sistemática, se escoge una llave que corresponda a un número muy grande. (Por ejemplo, escrito en base binaria a 128 bits).
Una vez establecida la llave, puede ocurrir una comunicación segura enviando criptogramas incluso por un canal público vulnerable a métodos de escucha pasiva, como si se tratase de anuncios en prime time de televisión. Pero para establecer la llave dos usuarios, que pudieran inicialmente no estar en contacto o compartir información secreta, tendrán que discutirla mediante el empleo de algún otro canal seguro y confiable. Ahora bien, la intercepción es un conjunto de mediciones ejecutadas por un escucha sobre un canal, y aunque esto pudiera ser difícil desde un punto de vista tecnológico, cualquiera distribución clásica de una llave puede en principio ser espiada pasivamente, sin que los usuarios legítimos se percaten de que han sido escuchados. De aquí que ahora se busca aplicar tecnologías que se basan en efectos cuánticos, que logran la privacidad ya no por medios convencionales, sino a través del empleo de la incertidumbre fundamental de las partículas subatómicas, sujetas a comportamientos descritos por la física cuántica. «La criptografía cuántica promete revolucionar la seguridad de las comunicaciones proveyendo una seguridad basada en las leyes fundamentales de la física, en lugar del estado actual de los algoritmos matemáticos o la tecnología de computación. Existen los dispositivos para la implementación de ese método, y continuamente mejora el desempeño de sistemas demostrativos. Dentro de pocos años, quizás meses, esos sistemas podrán comenzar a cifrar algunos de los más valiosos secretos del gobierno y la industria». (Salvatore Vittorio. Quantum Cryptography: Privacy Through Uncertainty, Cambridge Scientific Abstacts, octubre 2002).
«Nadie entiende la teoría cuántica». (Richard Feynman, físico norteamericano ganador del Premio Nóbel). No es necesario que nos preocupemos, no obstante, por comprender tan abstrusos y arcanos conceptos, porque la tecnología de Smartmatic dista mucho de ser criptografía cuántica.
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En un curso para ejecutivos que la compañía Shell organizó a comienzos de 1995 se acometió el análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento la política de control de cambios ya imperaba en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenían dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares. Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra o «dólar MacDonald’s») a los expertos profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza.
Es así como una entidad tan inasible como una sensación generalizada puede tener efectos muy reales sobre una sociedad, sobre una economía. Aquí se trata, por supuesto, de una marcada desconfianza política. No siendo el objeto de este comentario un escrutinio exhaustivo del tema de las máquinas de votación que Jorge Rodríguez, Radio Nacional de Venezuela, Venezolana de Televisión y www.aporrea.org defienden con tanto denuedo, no queremos escudriñar en el dossier de su negociación o la composición accionaria de Bizta —»¿Es cierto que Smartmatic Corp. y Bizta son la misma empresa? No, sin embargo Bizta Software es un aliado de negocios local en Venezuela de Smartmatic Corp. y ambas tienen tres accionistas en común». (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004). Y Bizta recibió 200 mil dólares del Fondo de Crédito Industrial, que sienta un representante en la junta directiva de la compañía—ni siquiera discutir si la constancia en papel permitiría una «auditoría en caliente» a la que el trío oficialista del CNE se muestra tan remiso. No; el punto no es que se desconfíe del consorcio Smartmatic: el punto es que dos terceras partes del país desconfían profundamente de su cliente.
En una votación tan crucial y delicada como la del referendo revocatorio tal desconfianza es desaconsejable desde todo punto de vista, verdaderamente intolerable, inaceptable. Así que probablemente sea lo mejor olvidarse radicalmente de las benditas máquinas, al menos para un evento electoral tan crítico como el previsto para el 15 de agosto.
Es por consiguiente nuestra sincera recomendación a los miembros del consorcio del que Smartmatic Corp. es portaestandarte: si no son ustedes capaces de presentarse ante la Coordinadora Democrática—o muchísimo mejor aún, ante Súmate—y superar convincentemente las preocupaciones y objeciones que se expongan ¡encríptense! Metan en una cripta su lucrativo proyecto. A fin de cuentas, fueron ustedes quienes decidieron asumir el riesgo de contratar con cliente tan marrullero como el que tienen.
LEA
CS #91 – Señal de fuerza
Alea iacta est. La suerte está echada, en gran medida. Esto es, ya para estos momentos la mayoría de los Electores venezolanos tiene opinión formada y decisión hecha respecto de cómo votará en el referendo revocatorio. Las campañas argumentadas no les convencerán de cambiar de posición, especialmente en aquellos que desean revocar el mandato de Hugo Chávez. Ni que el gobierno gaste todo lo que le quede en la olla va a aumentar significativamente el caudal de votos a su favor. En cambio, un exceso de errores de parte del gobierno—como interrumpir el juego España-Grecia con una cadena groseramente sectaria—o uno verdaderamente mayúsculo pueden reforzar el rechazo en su contra.
Pero hay una sustanciosa minoría de Electores—alrededor de 40%—que al tiempo que repudia a Chávez igualmente deja de encontrar atractivo en la, hasta ahora, difusa propuesta de la Coordinadora Democrática. Algunos creen que a estos «Ni-Ni» les pasaría lo que al asno de Buridan: un pollino equidistante de dos pacas de pienso absolutamente idénticas, que al no encontrar razón de preferir una a la otra deja de escoger y se muere de hambre.
La conducta más probable en un «Ni-Ni» ante las máquinas de Smartmatic—»Vivomática» sería una traducción aproximada—sería la de pulsar el sí. Es demasiado el destrozo causado por Chávez y sus ayudantes, y demasiada su desvergüenza, como para querer cargar en la conciencia haber contribuido a prolongar su dominación. (Ayer dijo: «Yo no estoy en campaña; yo estoy gobernando el país». Él piensa, en efecto, que se gobierna un país, cuando lo que se gobierna es tan solo la conducta del Poder Ejecutivo Nacional. Su modelo político es uno de dominación. Pero nadie tiene derecho a dominar a un pueblo).
El problema, por tanto, consiste en llevar a ese «Ni-Ni» a votar. Porque la conducta más probable en un «Ni-Ni» es no acercarse a la máquina de votación. Es por tal razón que se ha identificado correctamente como objetivo estratégico la derrota de la abstención.
Y he aquí que pocas cosas pudieran reducir más eficazmente la abstención que la encarnación de la esperanza en una figura sucesora convincente. Por esto debe la Coordinadora Democrática facilitar un buen proceso de selección de una candidatura única ya.
No es verdad que abrir de una vez la discusión de la candidatura sucesoral pone en riesgo el resultado esperado del referendo revocatorio. Alea iacta est. Ni siquiera esa discusión cambiará significativamente las posiciones ya tomadas por los Electores, a menos que el cauce proporcionado por la Coordinadora favorezca la emergencia de un candidato de los que los «Ni-Ni» no quieren. Entonces se reforzaría la propensión a abstenerse. En cambio, si pudiera conseguirse un candidato que entusiasme y convenza la abstención sería mínima, y sabemos que un buen margen a favor de la revocación es harto aconsejable en un trayecto minado de aquí al 15 de agosto. La introducción de las máquinas—en un evento que Jorge Rodríguez aseguraba, según el Miami Herald, no las emplearía porque nunca tendría lugar—ha añadido mucha desconfianza, y resultados de estrecha diferencia pueden detonar el caos.
Tampoco puede creerse que algún candidato dejará de prestar sus fuerzas a la campaña por la revocación y contra la abstención. Cualquier actor político que no entregue el resto por la revocación puede despedirse de sus aspiraciones presidenciales. Nadie puede darse el lujo político de la mezquindad revocatoria.
Estas cosas las perciben algunos entre los aspirantes a la sucesión de Chávez, y se han reunido, como en gremio, para acordarse en algunas cosas—acuerdo que Américo Martín llama «el contrato»—y urgir a la Coordinadora Democrática un cronograma hacia la celebración de elecciones de base para la determinación del candidato único. Enrique Tejera París, uno de los que ofrece sus servicios presidenciales, ha sido vocero de este movimiento. Alfonzo, Armas, Cova, Márquez, Quirós, Sosa, etcétera, entrarían en ese convenio, que incluye los compromisos de no intentar reelección en 2006 y del apoyo al aspirante ganador, además de exigirse a cada aspirante el respaldo de un centenar de miles de Electores.
Parece ser que Tejera París recomendó una segunda vuelta de esta elección, para cimentar aun más el apoyo al candidato. Es lo más probable que se decida que no hay tiempo para, además, hacer una segunda vuelta. Pero hay un modo de simularla. Consiste en el modelo que los norteamericanos llaman run-off election. (Elección por vaciado; «elección de pérdida». Debemos el dato, desde hace varios meses, al Dr. Ramón Adolfo Illarramendi).
En una elección por vaciado uno puede seleccionar más de un candidato en orden de preferencia. Por ejemplo, si el Sindicato Único de Aspirantes a la Sucesión de Hugo Chávez (SUASHCH) terminara admitiendo diez—o veinte—candidatos en la elección «primaria», los Electores podríamos señalar, digamos, tres nombres en orden de preferencia.
Si el que recibe más votos no obtiene la mayoría absoluta, entonces se va pasando sucesivamente un colador que finalmente determinará el aspirante elegido. Quien queda de último en los votos que postulan como primera opción es eliminado. Pero quienes votaron por él no dejan de estar representados, porque su segunda opción será acumulada a los votos de los candidatos correspondientes.
De nuevo se repite el proceso. Se elimina al último—los eliminados no pueden ya recibir las transferencias—y se adjudican sus segundas opciones. (En algunos casos muy apretados puede llegarse a las terceras opciones antes de arribar a un ganador). Llega un momento en que este proceso produce un ganador con suficiente mayoría. (Es muy fácil programar computadores para que hagan los cálculos con gran rapidez. Bastará iterar un algoritmo, diría un programador).
No es un método perfecto, pero se le señalan dos ventajas. Los candidatos no pueden con facilidad transar apoyos entre sí y reciben menos ventaja de campañas de descrédito de oponentes, puesto que su suerte puede depender del apoyo secundario de quienes opten por sus contendores. Las campañas tenderán a ser más positivas y los aspirantes se respetarán más.
En todo caso convendrá al país una determinación temprana del candidato unitario a Presidente sucesor. Como destaca Tejera París, en los treinta días que a lo sumo (teóricamente) mediarían entre la revocación y la elección sucesoral no es posible dar a conocer los candidatos y sus ideas de gobierno. (Dicho sea de paso, es mucho más sano y democrático remitir el problema de optar por programas a los Electores, en lugar de la determinación cogollista multicupular del «consenso-país» de la Coordinadora Democrática. Es mucho mejor dejar que cada quien presente su imagen de gobierno a los Electores y que éstos incluyan la razón programática en su voto).
Si conviene al país entonces debe convenirle también a la Coordinadora Democrática. Abrir de una vez el proceso es manifestar seguridad de que habrá revocación y habrá elección. Y esto es, indudablemente, una señal de fortaleza.
En cambio, retrasar el momento de esta dilucidación conspira contra la mejor elección, pues sólo tiende a favorecer a los más burocráticos entre los posibles aspirantes: los jefes de partidos o grandes movimientos, entre los que no faltan prominentes actores que son demasiado «cuartorrepublicanos tardíos», que no entusiasmarán al electorado. Eso sí es un riesgo muy grande.
LEA
CS #90 – Operación Cenicienta
Supongamos que por necesidad de nuestras ocupaciones debemos colocar un aviso en la prensa en solicitud de los servicios de un piloto para un Boeing 747 o un Airbus 300. Supongamos que recibimos la entusiasta respuesta de una persona que sostiene que debe ser contratada porque viene de ganar, de modo muy destacado, un crucial juego de fútbol. Es clarísimo que no hay conexión entre una cosa y otra, y que las evidentes cualidades de eficacia deportiva en el sujeto no son las que harían que le confiáramos las vidas de centenares de personas y un equipo aeronáutico costosísimo.
Tampoco la hay entre ser capaz de organizar y ganar el referendo revocatorio presidencial y ser capaz de dirigir ejecutivamente el Estado. Son dos problemas, dos tareas, enteramente distintas, a pesar de lo cual se pretende con frecuencia que están vinculadas.
No tiene nada que ver una cosa con la otra. El jefe de un Estado es el máximo responsable por la identificación y aplicación de soluciones a problemas públicos de ámbito nacional., y los talentos, las técnicas y el liderazgo que son requeridos para desempeñar tal misión no guardan parentesco con los que se muestran útiles a la conducción competente de una campaña electoral. (Salvo en lo que respecta a la capacidad de comunicar).
Claro que en un viejo concepto de lo político como proceso de combate—aun si se está en funciones presidenciales—el adiestramiento en una o varias campañas parecería pertinente. Es decir, si entiendo la función pública como la entiende Chávez—la extrema exacerbación del criterio de la Realpolitik, de la política del poder por encima de cualquier otra cosa—si la entiendo como permanente lucha o combate, entonces puedo proponer que la legitimación del gobernante se estipule en función de los triunfos de un guerrero.
Chávez no inventó, naturalmente, la Realpolitik. El término fue acuñado por la época del gobierno de Bismarck, en la Alemania de fines del siglo XIX, y su más famoso precursor no es otro que Nicolás Maquiavelo. Y no es Chávez el primero que concibe la profesión política como constante liza. Una de las frases de Rafael Caldera más repetidas era aquella en la que decía: «Porque no estoy en las alturas del poder, sino en las arenas de la lucha política». Si se entrevistaba a Carlos Andrés Pérez, a Jaime Lusinchi, a Luis Herrera Campíns, era fácil extraer de ellos la siguiente caracterización de sí mismos: «Lo que soy es un luchador político». Los militantes del Movimiento Electoral del Pueblo ya no quisieron entenderse entre sí como «compañeros», ni siquiera como «camaradas», y preferían saludarse como «combatientes». Más recientemente Henrique Salas Römer nos propuso una imagen gallinácea, al sugerir que él era un «gallo» y lo que había que dilucidar es si había alguien que fuese «más gallo» que él, en obvia alusión a la más conocida de las peleas intravícolas. La política como ejercicio de gallera.
De Chávez no es necesario explicar mucho. Prácticamente no hay discurso en el que escape a la tentación de emplear metáforas castrenses: batallas, guerras, espadas; amenazas con tanques y cañones, fusiles y proyectiles. Como no sabe gobernar, pelea. Los resultados están a la vista. Chávez es, exageradamente, más de lo mismo, en el sentido de ser una desmedida continuación de la escuela de la política de poder. El inmenso favor que Chávez hace a Venezuela es hacerle entender que una agresiva política de poder—pretendidamente la medicina política correcta—es verdaderamente una terapia ineficaz, tanto como someter a un paciente mental a uno o dos electrochoques por semana.
La selección de un próximo presidente, de quien suceda a Chávez en la Presidencia de la República, por tanto, no es lo mismo que convertir en candidato al gerente de la campaña por la revocación. Los criterios para la provisión de un nuevo y suficiente presidente son otros que los aplicables a la escogencia de un jefe de campaña.
Hay quienes procuran que ese proceso de selección sea lo más responsable y racional que sea posible. Para la campaña presidencial de 1993 Don Pablo Moser Guerra proponía enfocar el asunto como si fuésemos los dueños de una compañía que buscara gerente. Visualizaba un aviso de prensa que proclamara: «Se busca candidato para la Presidencia». Y quería que los que pretendieran ejercer la magistratura se sometiesen a un escrutinio con arreglo a un perfil o conjunto de cualidades. (Rafael Poleo recomienda, más bien, escudriñar los defectos de los candidatos).
Más recientemente ha escrito sobre la cuestión Carlos Alberto Montaner, quien parte de un punto de vista algo distinto. En lugar de plantearse el problema como propietario, lo acomete como head hunter, como cazador profesional de talentos. Propuso considerar algo como una veintena, o un poco menos, de parámetros.
Y, por supuesto, la consideración de un gobernante ideal no es preocupación post modernista. No es que fuese inaugurada en el siglo XX. Platón se planteaba con urgencia el problema del gobernante ideal. (El filósofo rey). Y Thomas Carlyle (1795-1881) consideró el héroe como rey en su ensayo Sobre los héroes, la adoración de los héroes y lo heroico en la historia. En una introducción a sus interpretaciones se observa cómo Carlyle creía que «las fuerzas decisivas y constructivas de la historia son sus grandes hombres y héroes. Toda era y toda crisis histórica tiene sus hombres superlativos, los que son capaces de asir el timón y convertir el caos y la destrucción en algo significativo y meritorio. Pero debe dárseles oportunidad, y deben ser reconocidos por lo que son. Donde la duda, la desconfianza y la envidia sofoquen la natural inclinación a reverenciar y obedecer a verdaderos líderes, allí sobrevendrán el estancamiento y la degeneración».
Como puede verse, no es la primera vez que una sociedad se encuentra frente a una elección como la venezolana. Tal vez valga la pena plantearse la cuestión no como la búsqueda del candidato ideal. Bastaría con que identificáramos lo mejor de lo preferible. Con cortes de una navaja de Poleo, puede prescribirse, además de cualidades suficientes, ciertos rasgos que no deberá poseer. Por ejemplo, que si va a ser la cesación de Chávez no puede ser la restauración de lo que permitió su emergencia. Aun cuando Carmona no hubiera sido lo políticamente incompetente y equivocado que demostró ser, la mera noción de sustituir el líder de la «revolución bolivariana» (bolivaroide) por el líder de la central patronal era una equivocación crasa.
Pero lo que sí puede exigirse es un criterio de suficiencia política. Porque es que nuestra presente crisis de salud republicana—el chavoma—está superpuesto a dolencia previa y persistente: la condición de insuficiencia política que lo precedió y que aún sufrimos. El aparato político de un país tiene por función, por única justificación y legitimidad, el alivio de los problemas de carácter público. Si este sistema no los resuelve y, peor, los agrava en más de un caso, estamos ante una insuficiencia política, del mismo modo que hablamos de insuficiencia cardiaca cuando un corazón no trabaja como debe ser.
La Corporación RAND, el mayor think tank del planeta, buscaba la manera de eliminar distorsionantes dinámicas de grupo cuando quería consultar sobre alguna materia a un nutrido panel de expertos. Estaba consciente de que pudiera ocurrir que un experto de voz estentórea, personalidad dominante y físico imponente dominase el discurrir de un grupo sin que necesariamente estuviera más en lo cierto que sus colegas.
Hay factores que determinan las escogencias candidaturales, y la mayoría de las veces enmascaran o impiden la expresión de talentos no convencionales. Stafford Beer decía: «Los hombres aceptables ya no son competentes, y los hombres competentes no son aceptables todavía». La determinación de estas escogencias ha sido inveteradamente prerrogativa cupular, y rara vez las cúpulas consienten en elegir a alguien que no forme parte de ellas. Es a las cúpulas, sobre todo, a las que va dirigida la admonición de Carlyle: «debe dárseles oportunidad». Hay que darle vestido a Cenicienta. LEA
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CS #89A – Campaña crítica
La alocución presidencial por cadena nacional de radio y televisión del 3 de junio de 2004 no fue improvisada. No fue preparada ayer. No estuvo lista hace una semana. Tan estudiadas fueron su trama, su coreografía, su escenografía y utilería, su juego de cámaras; tan inteligente su trabazón y tan eficaces sus metáforas, que puso de manifiesto que hace ya un buen tiempo que Chávez había decidido enfrentar a la oposición en el referendo revocatorio. Esta vez echó mano de todos los símbolos y las asociaciones: Jesús de Nazaret, Bolívar, Sucre, Zamora, Florentino. Y tomó el desafío para pelear y vencer, en un referendo previo al 19 de agosto. El truco de rebasar la fecha y dejar un testaferro por el resto del período no será empleado. Sería fácilmente interpretado como signo de debilidad.
El gran nomenclador de la comarca, el inventor de las etiquetas quinta república, constitución moribunda, constituyente originaria, bicha, millardito, planillas planas y otras más; el titular de las franquicias de Bolívar, Sucre, Zamora, Robinson, Ribas y otras, ya le puso nombre a la contienda: la Batalla de Santa Inés.
Pasó facturas. Presentó al cobro la inclusión del referendo revocatorio en la Constitución, por supuesto. Pero no sólo eso. Por la aceptación de la suficiencia de las firmas y la convocatoria al referendo cobra el acatamiento al árbitro, el respeto al Tribunal Supremo de Justicia, la Asamblea, la Fiscalía, etcétera. «¿Se fijan que no soy ningún tirano? ¿Se fijan que sí hay que confiar en las instituciones?»
Eso sí. Se trajo a la oposición boqueando a los reparos, asediada, atacada. Se le reconoció un poquito por encima de lo estrictamente necesario, para fundamentar una lapidaria afirmación: que la oposición habría, en realidad, demostrado ser una minoría. Que después de largos meses de contar con la inmensa mayoría de los medios a favor del revocatorio, apenas había logrado convocarlo con un millón trescientos mil firmas menos que los votos que le eligieron en 2000.
Esta vez no se trató de un discurso interminable, farragoso, vagabundo. Estuvo perfectamente medido para que culminara a tiempo de liberar los receptores para las telenovelas. La alocución fue preparada hace mucho tiempo. La oposición tendrá que presentar la batalla que Chávez, una vez más, quiso. El meticuloso guión así lo delata.
Entretanto, salpicamos con algo de sal y pimienta. Ataques con tiros a la alcaldía de Peña; amenazas a El Nacional, Primicia, RCTV; vehículos de Coca-Cola y Polar destrozados; Rafael Marín fuertemente lesionado. Todo ante los ojos tolerantes de piquetes de la Guardia Nacional. Es que, claro, el pueblo también se indigna. Es explicable. Dígame con estos difuntos que aparecieron firmando, en un nuevo intento de fraude. Imagínense lo que se le ocurriría indignarse si se pretendiera revocarle fraudulentamente el mandato al Presidente.
¿Qué va a hacer la oposición? El New York Times ha recordado ayer: «Una de las principales encuestadoras del país, Alfredo Keller & Asociados, reportó en abril que Chávez pudiera ganar por poco margen el revocatorio. Con votantes desencantados y una oposición fracturada, la encuestadora dijo que el Sr. Chávez recogería el apoyo de 35% de los votantes registrados, mientras que 31% votaría en su contra y el resto se abstendría».
La oposición tiene que cumplir con dos requisitos: uno del pasado, uno de futuro a corto plazo. Tiene que obtener más de tres millones setecientos cincuenta mil votos que aproximadamente Chávez obtuvo en 2000, pero tiene que obtener, además, mayor votación que los que voten a favor de Chávez. El escenario de Keller sería el siguiente: 34% de abstención, o unos 4 millones de Electores; 31% a favor de revocar el mandato, prácticamente suficiente para superar escasamente la votación de Chávez en 2000; 35% en contra de revocar el mandato, o unos 4 millones doscientos mil Electores. Es decir, que tal vez se alcanzaría la cota mínima pero Chávez sería ratificado, relegitimado, atornillado.
¿Será el general Mendoza quien pueda derrotar al general Hugo Florentino Chávez Zamora? Keller sabía en junio de 1998 que Salas Römer no sería capaz de batir a Chávez. ¿Qué sabrá hoy Keller, a exactamente seis años de ese acierto olfatorio? ¿Tendrá a su disposición Mendoza las huestes disciplinadas en medio de unas elecciones regionales y municipales, coincidentes con la eclosión de las apetencias presidenciales y la práctica imposibilidad de obtener un candidato que no sea producto de arreglos cupulares antes del referendo? ¿Creerá una mayoría determinante que su vida será mejor con Mendoza que con Chávez?
¿Saldrá de los laboratorios estratégicos de la Coordinadora Democrática y sus distintos aliados una estrategia ganadora? Por de pronto tendrá que ser una estrategia que no caiga en la tentación de emplear, una vez más, la terminología de Hugo Chávez. No puede hacer ni siquiera alusión a Santa Inés. No puede dejar enmarcarse, como hasta ahora lo ha hecho, por Hugo Chávez Frías.
En su alocución del 3 de junio Chávez se exhibió, más que nunca antes, como estratega destacadamente talentoso. Pudiera decirse que se graduó de estadista, cuando se dio el lujo de felicitar a la oposición porque al comprometerse con el revocatorio, inventado por él, graciosamente incluido por él en la Constitución, había así derrotado «las bajas pasiones», había derrotado al golpismo.
La mera aceptación del referendo revocatorio es una legitimación democrática para Chávez. Debemos contar conque nos lo repetirá hasta la náusea. Y conque nos exigirá, hacia al árbitro que con tan obvia imparcialidad ha convocado el referendo, el acatamiento a su palabra y a sus máquinas, en las que, como se sabe, el gobierno ha invertido unos cuantos dólares.
Muchos más dólares tendrá Chávez a disposición para la campaña que él quiere entender como una nueva Batalla de Santa Inés—última referencia que hago a la tendenciosa etiqueta—a cuya cabeza se ha colocado pública y abiertamente, con un Consejo Nacional Electoral suyo pero relegitimado, una Asamblea en la que no hay riesgo de perder por revocación un solo diputado oficialista pero sí que la oposición disminuya, y un Tribunal Supremo de Justicia reforzado por tal vez trece nuevos magistrados de la causa.
Quienes estén en capacidad de asignar recursos financieros y comunicacionales a tal enfrentamiento y quieran salir de Chávez, harán bien en exigir, muy pero muy pronto, la presentación de las líneas principales de una estrategia convincentemente viable. O por la Coordinadora, o por quien sea capaz de concebirla. Un componente en esa estrategia será ineludible: la comunicación de una interpretación de la realidad, de la sociedad, del país, de su historia, que sepulte la de Chávez, que en su magistral alocución del 3 de junio expuso de modo tan coherente, tan consistente con toda su trayectoria y su incesante prédica. No será suficiente la mera negación de Chávez. Será preciso superarlo. Operativa y conceptualmente.
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