por Luis Enrique Alcalá | Jul 16, 1998 | Artículos, Política |

La semana pasada mi primera hija se graduó de bachiller. Esa que con apenas un año de edad venía alborotada a los brazos de su padre y tenía hipo cuando reía a carcajadas, lo que era a cada rato. Esa pequeña se me graduó de bachiller.
Ha podido no hacerlo. No porque fuese una mala alumna cuando lo ha sido muy buena, sino porque su colegio fue, como muchos otros lo han sido, objeto de un impacto grave que venía desde adentro, y por eso dolía más. En toda apariencia, alumnos que irían a graduarse participaron en un violento y soez atentado contra las instalaciones del colegio. Arrancaron unos pocos teléfonos públicos, inundaron unos pocos salones, anegaron unos cuantos baños y pintaron unas cuantas superficies con desagradables, injustos y odiosos mensajes. No pudiendo aún de modo legal impedir que estos enfermos sociales se graduaran junto con los compañeros a los que traicionaron, de quienes abusaron, a quienes afectaron profundamente sin el menor remordimiento, el colegio estuvo a punto de suspender la graduación. Es bastante pedir a una institución gravemente irrespetada que confiera a delincuentes en extremo desconsiderados un certificado de educación secundaria. Solamente el valor colegial de negarse a seguirles el juego, de dejarse vencer por el insulto de sociópatas, permitió que mi princesa mayor se graduara, si bien en un acto deliberadamente disminuido en solemnidad para expresar de algún modo el dolor y el rechazo a la humillación.
Así paga la sociedad por la delincuencia. Mi hija bella y noble, a quien no podré brindarle su grado más que con alguna cerveza y este artículo, debió sufrir la pena de graduarse sin el hermoso vestido que se pudo hacer porque un grupo de jóvenes no logró expresar su profunda carencia dentro de cauces sociales y optó por la destrucción y la negación de todo sentido.
¿Qué puede llevar a unos adolescentes mayores a expresarse de modo tan destructivo? ¿A llamar la atención sobre sí de forma tan negativa? ¿Será porque su proceso familiar les ha deformado? ¿No será que se creen invulnerables porque están, así parece, asistidos de la más eficaz defensa legal a través de un libertino amparo constitucional? ¿Porque existe una resolución ministerial que en aras de proteger al débil permite que el bien común, en aberración difícil de entender, sea vulnerado al hacer casi imposible la expulsión escolar por grave que sea el motivo, y que cuando la permite impone a los directores de los planteles la obligación de conseguirle una plaza al expulsado? ¿Porque nuestro Estado ha sido incapaz de reducir a la endemia encapuchada? ¿Porque nuestras reglas y costumbres políticas convierten a quien opina con guerra, con balazos y con muertes, a quien se arroga la potestad de decidir por todos los ciudadanos lo que sólo a ellos corresponde, como deponer un gobierno insano y corrupto, en un candidato favorito a la Presidencia de la República?
Seguramente todo esto influye y bastantes factores y episodios más. Vivimos una época terrible, ciertamente. Es preciso terminarla. No es bueno que el chavismo, que la lógica del terrorista, del encapuchado, del anarquista, llegue a las escuelas. Es momento de actuar.
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El bien común debe ser protegido. El bien común, si no es protegido eficazmente por algún órgano que debiera cuidarlo, tendrá que cuidarse a sí mismo. Es preciso que el sociópata llegue a saber que los demás somos mucho más, muchísimo más poderosos que él, y que ineludiblemente vamos a reaccionar si se abusa de nosotros demasiado.
Y si el Estado se muestra incapaz de proteger y procurar el bien común y hasta sin intención lo disminuye, entonces la institución privada, los ciudadanos, los Electores, la comunidad educativa, deben encontrar los modos de procurarlo y protegerlo.
Por ejemplo, el colegio impedido de impedir que unos delincuentes se gradúen, por decirlo así, civilmente, puede sostener el acto civil primero, como los matrimonios, según lo fuerza la resolución ministerial; pero puede hacer otro acto colegial, no civil, no público sino privado, al que no se invite a los delincuentes y completamente desplegar, allí, la legítima alegría del hito alcanzado al despedirse los mayores del colegio, porque se cumplió una enorme jornada de enseñanza y aprendizaje. El colegio de mi hija, cuya promoción coincide con los setenta y cinco años de su fundación, tiene toda la justificación y todo el derecho para realizar el más solemne y regocijado acto que celebre esta coincidencia, para no permitir que unos pocos inadaptados amarguen la efeméride.
Y la sociedad tiene el derecho a protegerse de un encapuchado que el Estado no acierta a reprimir, y de un golpista que insiste en justificar su abuso político sin que las normas le impidan el acceso al poder. La comunidad educativa tiene el derecho de neutralizar los perversos efectos de una disposición ministerial mal pensada e infelizmente promulgada, así como una mayoría de la comunidad, reconocía en 1776 la Declaración de Derechos de Virginia, debe tener la potestad de corregir y deponer un gobierno injusto y dañino. Así deberemos actuar ante el corrupto, ante el abusador, ante el caribe. Para eso somos más.
Lo que nunca deberá impedir la disposición a prevenir y aún a perdonar. Tanta saña no puede ser causada por causa pequeña. La saña nos produce grande rabia, es cierto. Pero en cierto modo también nos hace sentir lástima. Es lastimoso que haya quienes crean ser admirables porque ejercieron la violencia de modo que los inocentes resultaran dañados. Quién sabe qué agujeros habrá abierto en sus almas lo que tengan por hogar.
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La fea e innoble acción, por lo demás, destapó muchas cosas nobles y hermosas en un colegio de gentes hermosas y nobles. Seguramente la más hermosa y noble de las cosas fue ésta: en la asamblea de la comunidad convocada para conocer y ponderar los hechos, una señora, ante quien me descubro con admiración grande, habló de sus hijos colegiales. Uno que estudia en ese colegio; otro que ya no lo hace porque, lo dijo ella en público con rarísima valentía, no había estado a la altura del colegio. No existe algo más difícil o más valiente que lo que hizo esa señora, dentro de una humanidad que la abrumadora mayoría de las veces consigue los más tercos e insostenibles pretextos para defender sus abusos. Que tan insólito valor, que tan rara nobleza se haya manifestado ese día de asamblea, nos hace sospechar que ese colegio que ha alojado a sus hijos, así como su propia familia, valen la pena, y su existencia compensa y borra la vergüenza del atentado. Esa dama redentora libró por todos ese día.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 11, 1998 | Artículos, Política |

A mediados de 1983, hace ya quince años, se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza.
El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras en cuestión se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir cada vez mejor trabajando cada vez menos. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: ¡Uslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!
No fue poca la sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana.
El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oir el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión tomó un camino diferente.
De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—recordemos que se estaba a mediados de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le sorprendió. En esa conversación nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: “Bueno, sí, pero ¡la que nos tiene verdaderamente alarmados es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!”
Con mucha frecuencia ese autoprejuicio de muchos venezolanos llega a expresarse de modo más activo y más denigrante. Así, se niega que podamos “estar preparados” para vivir en democracia, se le tiene miedo a una Asamblea Constituyente o, más crudamente, se declara: “Venezuela es una caricatura de país”.
Pero no es preciso ser tan atrabiliario como para sentir los embates de la duda respecto de las posibilidades futuras de la nación venezolana. Muchas personas trabajadoras, honestas y patrióticas llegan a sentir el aguijón de la desesperanza y algunos buscan mudarse a otras latitudes para dejar de ver los problemas que aquejan a los venezolanos, para no pensar más en eso, para escapar a las trabas que un sistema anacrónico y disfuncional impone a su actividad empresarial o profesional.
Esa no es una estrategia constructiva. Es una actitud de evasión, de escape, de fuga.
El país está atravesando, en estos mismos momentos, por lo que tal vez llegue a ser la más importante transición en nuestra historia. No hay que perdérsela. Por lo contrario, es la hora de quedarse a producir y contemplar un soberbio espectáculo: el de un país que ha venido asimilando sufrimiento, creciendo en conciencia, aprendiendo serenamente de la adversidad, y que puede convertir ese doloroso proceso en una metamorfosis de creación política.
Las ganas de salir corriendo tal vez sean comprensibles. Más de un venezolano capaz se siente impedido, maniatado. No se pretende negar, entonces, que el país en general—sus obreros, sus científicos, sus empresarios, sus profesionales, sus trabajadores culturales—esté pasando por penurias en grado importante. Lo que se niega es la validez de una estrategia evasiva, cuando lo constructivo, lo audaz, lo inteligente, es encontrar las oportunidades que, como toda crisis, la crisis venezolana está proveyendo.
No es el momento de negarnos. Todo país próspero conoció la penuria primero que nada. Nos toca ahora a nosotros comprobar que no somos menos, no somos raza, ni cultura, ni pueblo inferior. Todo el planeta vive ahora un inmenso ajuste, que naturalmente invalida o hace obsoletos a más de un modo de vida o producción. La inteligencia está en adaptarse a esta grandísima transformación de la humanidad, aprender y hacer cosas nuevas.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 4, 1998 | Artículos, Política |

Cuando Eduardo Fernández, poco después del 4 de febrero de 1992, propuso la conformación de un consejo consultivo que dijera al Presidente Pérez lo que tenía que hacer, un periodista escribió: “En síntesis, el Dr. Fernández propuso que otros propongan”. Esto es, él no tenía que proponer otra cosa que un deseo de que Venezuela llegara a tener una “economía humana”.
Eso que dijo el Dr. Fernández es lo que dicen casi todos. Alfaro Ucero dice que “hay que pensar” sobre alternativas que no sean la renta petrolera y Sáez “puso a la orden sus economistas para aportar ideas”. Salas Römer cree que las huelgas de algunos gremios han sido iniciadas para “rentabilizar” la situación. Chávez propone que se adelanten las elecciones presidenciales, sin que sepamos a ciencia cierta qué haría él si es electo, más allá de poner a pensar unos diputados constituyentes.
Úslar propone, por enésima vez, que quienes piensen conformen “un comando de crisis, de no más de diez ministerios, bien acoplado, formado por gente capaz, que convoque al país a un gran esfuerzo de salvación nacional” y que tiene que “emprender un plan muy sencillo e inmediato” que él llamaría de “salvación nacional”. ¿En qué consiste ese esfuerzo? ¿en qué consiste ese “plan sencillo e inmediato? (Sencillo, inmediato, coherente, armónico, racional, moderno, creíble, etc.Uslar no lo sabe o no lo dice. No lo ha dicho nunca.
Lo que sí hace es oponerse a la celebración de una asamblea constituyente. Dice que “es una de las soluciones mágicas que le presentan al país”, que una constituyente no va a cambiar el país, que es una ilusión, que “eso es lo mismo que hemos tenido pero con otro nombre” y que lo que Venezuela necesita son “programas, planes y concepciones de futuro”. Y en cambio propone que de un “comando de crisis” (otro nombre), va a salir un plan que él llamaría (otro nombre) “de salvación nacional”, mágicamente.
La primera vez que Uslar propuso tan mágico remedio fue en diciembre de 1991, a unos dos meses antes de la intentona de Chávez, y propuso que fuera Carlos Andrés Pérez quien se pusiera al frente de un “comando de crisis”. Fue después de los acontecimientos del 4 de febrero de 1992 que comenzó a pedir la renuncia de la misma persona que, dos meses antes, él quería como jefe del “comando de crisis”.
Tanta insistencia en tan mágica y sencilla solución de un “comando de crisis” da que pensar, porque la expresión “comando” (otro nombre), refiere inmediatamente al ámbito militar y, repito, la primera vez que Uslar recomendó un “comando de crisis”—mágica solución—fue pocos días antes de un golpe de Estado—esa vez fallido.
Hay quienes han dicho que Chávez daría un golpe de Estado preventivo, hacia el mes de octubre—mágica fecha para Úslar—en la convicción de que este “sistema político” nunca le daría el poder y le robarían las elecciones. Ese no puede ser un golpe que Úslar propiciaría. Úslar jamás permitiría que Presentación Campos se convirtiera en el jefe y el señor. Quizás esto justifique un golpe de Estado preventivo para prevenir el golpe de Estado preventivo que se dice sería ejecutado por Chávez.
El sitio en el que los hombres de pensamiento de Venezuela pueden dar su aporte a la solución de la crisis no es el de un nuevo cogollo de diez comandantes de crisis sino, precisamente, esa asamblea constituyente que Uslar aborrece. Allí podría Uslar aportar su sabiduría, como no lo podría hacer, supongo, en un “comando de crisis”. Abiertamente ante el país.
Uno no rechaza, Dr. Úslar, valerse de una herramienta que permite hacer cosas importantes porque no permita hacer otras cosas importantes. No vea Ud. a una constituyente como navaja suiza que es a la vez cuchillo y lupa y sierra y lima y brújula y mondadientes. Pídale a la constituyente únicamente que recomponga este casco poítico e institucional carcomido de tantas formas en tantos flancos.
O si no que Úslar nos diga, de una buena vez, cuál cree debe ser ese “plan de salvación nacional” sencillo e inmediato. Y precisamente porque el problema es morrocotudo es por lo que uno supone que la herramienta que debe emplearse debe ser conmensurable con su magnitud. Usted convendrá, Dr. Úslar, que una mágica constituyente es una herramienta más poderosa que el décuple cogollo de su mágico “comando de crisis”.
Tan solo una de las cosas que hay que hacer, Dr. Úslar, es reunir a la constituyente, pero es una cosa muy importante. Apelar, en medio de una crisis fundamental, nuclear, de composición, de constitución, al Poder Constituyente. Esto es más democrático que convocar a una reducida mesa redonda a diez mágicos barones. Podemos pedirle al Dr. Caldera que convoque de una vez el referéndum que pueda generar una asamblea constituyente.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 27, 1998 | Artículos, Política |

Yo puedo certificar la seriedad personal y profesional de José Antonio Gil, y por tanto las encuestas de Datanálisis me merecen confianza. En encuesta realizada en la tercera semana de mayo, se encontró conque 83% de los encuestados demanda reformas políticas profundas. Una escueta minoría de 16% cree todavía que las cosas pueden mejorar con sólo cambios moderados.
Me cuento dentro del trozo mayor. Creo que no es necesario demostrar que los males de la República de Venezuela son de seria gravedad, de larga data y resistentes a los remedios convencionales. Y mis lectores tal vez recordarán la siguiente expresión del primero de mis artículos en La Verdad: “Entre el sinnúmero de acciones públicas que es preciso acometer en Venezuela, pocas pueden disputar la primacía estratégica que tiene la siguiente tarea: cambiar el sistema operativo del Estado venezolano”.
La pieza más importante de este cambio vendrá a ser una nueva Constitución de la República. Eso es, ni más ni menos, lo que tenemos que hacer. Una remodelación mayor, una reconstitución de la República de Venezuela. Eso creo desde hace ya quince años.
También he expuesto aquí la opinión de los más respetados constitucionalistas venezolanos. Cuando se trata, no ya de una reforma aun extensa de la constitución vigente, sino de una constitución distinta, que no puede ser obtenida por simple modificación de la anterior, es preciso convocar un órgano explícitamente convocado para la tarea constituyente. No puede el Congreso, dentro de la normativa de la propia constitución actual, hacer otra cosa que enmendar o reformar el texto de ésta. Y como creo que el nuevo Estado que debe servir a la nueva República y aportar mejores cosas al mundo, no puede ser obtenido a partir de la más grande de las reformas a la constitución de 1961, estoy firmemente convencido de que una asamblea constituyente es ineludible.
Acá estoy de nuevo acompañando a la mayoría. La misma encuesta de Datanálisis encuentra que una mayoría de 53%, frente a una más nutrida minoría de 41%, cree que la constituyente es más capaz de promover los cambios requeridos que el Congreso de la República. Esto es evidente con un congreso elegido dentro de las previsiones de la muy manoseada legislación electoral venezolana, con un congreso elegido adelantadamente como resultado de una de las más recientes inversiones de los partidos dominantes, con un congreso de políticos que no se han caracterizado, precisamente, por querer cambiar las cosas.
Que todavía haya un 41% de venezolanos que piensen que del Congreso puede venir el cambio profundo se debe a varios factores. Desconocimiento, en primer lugar, puesto que se ignora lo que es una constituyente. Temor, ante la especie de que una constituyente es un caos, según los satanizadores de la idea. (Que se aprovechan del rechazo a Chávez para identificarla totalmente con él). Convencimiento de que una nueva constitución no servirá para mucho.
Una constituyente es tan sólo un órgano que estableceremos para que en plazo perentorio nos presente un proyecto de nueva constitución que de todas formas deberá ser aprobado por nosotros mismos: los Electores. No vamos a renunciar a ninguna de las pocas facultades que la constitución de 1961 reconoce a los Electores, y según ella somos nosotros quienes, más allá de una enmienda menor, debemos aprobar las modificaciones constitucionales. (¿Oyó, Sr. Chávez?) De modo que no tiene por qué ser un factor caótico. Pensar lo contrario es pensar demasiado mal de nosotros mismos. Y negar que la pieza legal fundamental de la República, a la que tienen que estar sometidas todas las demás leyes, puede cambiar mucho las cosas, es demasiado tonto. No es necesario presentar a la constituyente como panacea.
Sin dudarlo apostaría a que un nuevo registro de Datanálisis o de alguna otra encuestadora responsable conseguiría que la mayoría a favor de una asamblea constituyente ha aumentado y que la minoría en su contra ha disminuido.
Y he aquí que quien en apariencia es el campeón más denodado de la elección y celebración de una constituyente, propone ahora que las elecciones presidenciales previstas para diciembre de este año deben ser adelantadas, argumentando que el gobierno actual ha entrado en punto muerto.
Si la hora ha llegado en Venezuela para considerar que lo más importante es lo más urgente, entonces, Sr. Chávez, lo que hay que adelantar es la Constituyente. ¿Qué le parece realizar en noviembre, con ocasión de las anticipadas elecciones regionales, el referéndum que genere su convocatoria? ¿Qué le parece elegir los diputados constituyentes en diciembre, aprovechando la elección presidencial? Los lapsos estipulados en las leyes electorales lo permiten. El Consejo Nacional Electoral debe fijar la fecha del referéndum al mes de recibida la convocatoria, y puede establecerla dos meses después.
Fíjese, se podría celebrar el referéndum en noviembre porque la fijación de la fecha puede darse en septiembre—en los muy primeros días—y esto significa que el Consejo todavía podría recibir en el mes anterior la convocatoria. Eso es en agosto y todavía nos queda el mes de julio, mes patriótico, mes bolivariano.
Ud., Sr. Chávez, prometió tener listas las firmas necesarias para convocar a una asamblea constituyente. (10% de los electores, según la ley). Ud., que según las encuestas disfruta del 35% de la actual intención de voto, ¿cree que podría tener esas firmas después de un mes de esta fecha? Si no puede Sr. Chávez, no se preocupe mucho. Siempre podemos pedirle al presidente Caldera que haga aprobar la convocatoria necesaria en consejo de ministros.
Pero lo que está claro es que Ud. parece comenzar a portarse como aquellos a quienes combate, que adelantaron unas elecciones por lo que creyeron su conveniencia, aunque ahora esté claro que cometieron, incluso según ese criterio, un grave error. Es Ud. quien ahora propone adelantar las elecciones presidenciales cuando cree que las tiene ganadas.
Ud. no va a ganar las elecciones presidenciales, Sr. Chávez, así que ¿por qué no se porta como un hombre serio y consecuente y dice que lo que hay que adelantar es la Constituyente, porque eso es lo más importante?
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 20, 1998 | Artículos, Política |

Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional al tema programático es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los Electores.
La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que “no está preparado para eso”.
En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una “caja de conversión”, cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: “Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debería hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?” Mientras el conductor del programa contrargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: “Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar”.
En mi escueta experiencia las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y cuatro meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.
Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la “Guerra a la Pobreza”, un conjunto de programas en el que el Headstart Program, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales “ghetos” urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente.
Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con “niños desaventajados”—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, “internalizaban el rol”, como dicen los sociólogos, de niños des-aventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.
Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.
Junto con la visión convencional acerca del papel social de los “hombres de pensamiento”, esta desconfianza fundamental del liderazgo común y corriente venezolano respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, conspira contra el mejor tratamiento de nuestros problemas públicos.
Se desconfía de los “hombres de pensamiento” metidos a políticos, pero esta percepción prejuiciada va a cambiar. Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba en su edición del 14 de enero de 1991: “Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares”. Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un “capitalismo intelectual”; que “la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su substancia”; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento.
Este proceso, que ya ha comenzado en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el ámbito de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada.
Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política.
Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como “brujos de la tribu” que como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.
Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.
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