REF #26 – De héroes y de sabios

ref

La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones.

Argenis Martínez

………………………….

A Mauricio Marcelino Báez Cabrera

___________________________________

 

 

Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual, al comienzo del mundo, sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios).

Según el mito, los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

Lo que la leyenda indica es que desde hace mucho tiempo, en un pueblo bastante distante de nuestra heredad, ya se pensaba que había una gente que se ocupaba de las cosas y otra distinta que se entretenía con los significados de las cosas.

No es sólo en Venezuela, pues, que se manifiesta esa bipolaridad entre “hombres de acción” y “hombres de pensamiento”, entre héroes y sabios, entre caciques y brujos. Pero en Venezuela esta tensión se manifiesta con particular crudeza. Porque no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima.

Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión racional de alto nivel, fue invitado por un ministro clave de un gabinete de esta última mitad de siglo venezolana. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro de investigación y desarrollo de políticas—con una cierta propensión al largo plazo, bien dotado de recursos, escudado del poder—; una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, naturalmente sometida al corto plazo, con capacidad de respuesta instantánea; y un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el país”.

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”.

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

 

Necesidad vital

Es un rasgo de modernidad de las más exitosas sociedades del planeta la presencia institucional importante de una reflexión profesional, sistemática, disciplinarmente amplia, sobre la dirección de sus organizaciones. En cada organización de importancia, sea pública o privada, las unidades de inteligencia y estrategia ocupan un espacio considerable y, fuera de ellas, grandes centros de análisis constituyen los think tanks, los “tanques” de pensamiento, que son capaces de inventar políticas, analizarlas, mejorarlas; e inventar también herramientas de análisis, de predicción, de invención y decisión.

Acá en Venezuela, en cambio, ha resultado muy difícil establecer este tipo de centros, y cuando se ha logrado hacerlo su vida ha resultado efímera o se ha distorsionado sus funciones propias para convertirlos en fabricadores de discursos o vitrina de eventos dirigidos a un objetivo de relaciones públicas. Y también ocurre que se le da el nombre de think tanks a organizaciones que realmente no lo son, con lo que se desacredita inmerecidamente a los verdaderos.

El autor de este comentario no conoce todos los institutos de investigación venezolanos en los que se estudie problemas públicos, por supuesto, y cree, además, que algún espacio se ha ido ganando a esta función racionalizadora de la política con la producción del ILDIS (centro socialdemócrata que contribuye a un análisis serio en el seno de los órganos de dirección de Acción Democrática), del IESA (que ahora ofrece una maestría en políticas públicas), del CENDES, (viejo centro de la democracia que ha perdido influencia), de la COPRE (que debiera ser redefinida), del Instituto de Investigaciones Económicas de la UCAB, de Pensamiento y Acción, de CEDICE, de la Fundación Raúl Leoni, por mencionar a institutos domiciliados en la región capital. Y algo se hace, aunque muy poco y más bien marginal, en las escuelas de ciencias políticas.

Sin embargo, ninguno de los institutos nombrados es un verdadero think tank, estando menos lejanos que los otros de la definición de think tank el ILDIS, el CENDES y el Instituto de Investigaciones Económicas. Así, tengo razón para creer que la historia de la que soy testigo directo es un conjunto de casos pertinentes a la tesis acerca de la dificultad de que se dé en Venezuela un think tank público que sea digno del nombre.

Un think tank es un instituto de investigación con un número considerable de al menos, quizá, treinta investigadores que suelen trabajar, en grupos multidisciplinarios y especializados, en la formulación de políticas, en proyectos dirigidos sobre todo a procesos sociales amplios y de largo alcance o carácter estratégico, que examinan sus creaciones y recomendaciones con la mayor rigurosidad científica. Un think tank ha sido establecido porque se cree en la utilidad de un servicio de esa clase (pública o privadamente, pública o secretamente) y por tanto se le dota adecuadamente, hasta generosamente, de recursos (bibliotecas, salones, oficinas, computadoras, correo electrónico y “navegación” en Internet, asistencia en búsqueda y apoyo administrativo). Un think tank, para que sea verdaderamente tal, debe tener garantizada la libertad de pensar y expresar lo que piensa, debe gozar de un derecho equivalente a la libertad de cátedra, de un derecho a la investigación.

Otra cosa distinta son las llamadas unidades de análisis de políticas. Concebidas para proporcionar un análisis y un consejo oportunos, de aplicación las más de las veces táctica para la acción y decisión de un jefe, en principio deben estar sujetas a la confidencialidad y carecen usualmente del sosiego necesario para consideraciones de largo plazo. Lo que generan son documentos en los que recomiendan la adopción de alguna postura, sugieren objetivos para una negociación, informan acerca de un problema o de un interlocutor que será enfrentado próximamente, etcétera. En general, las unidades de análisis de políticas son consideradas más “útiles” que los think tanks.

Si uno observa con un poco de detenimiento a las sociedades dominantes, se dará cuenta de que en ellas abundan organizaciones de los tipos descritos. No debe ser casualidad que prolifere en los Estados Unidos toda clase de institutos de investigación y desarrollo de políticas—la Corporación RAND, la Institución Brookings, el Instituto Hudson, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Catón, la Fundación Heritage, el Instituto de Investigaciones de Stanford, Arthur D. Little, los que recientemente ha establecido Newton Gingrich, y cientos más. Las sociedades avanzadas procuran alcanzar racionalmente un destino favorable.

Y ya no dudan de la enorme utilidad que estos centros de recomendación pueden rendir. Las ganancias que pueden derivarse de un solo estudio pueden justificar por sí solas toda la vida de un instituto. (El caso antonomásico es el del descomunal ahorro que representó para la fuerza aérea norteamericana la invención, en el seno de la Corporación RAND, del método de abastecimiento de combustible a los aviones en vuelo).

Yo creo que hay una razón profunda para esa mayor presencia de los institutos de política en las sociedades dominantes, de un mayor espacio para ellos: en los sistemas biológicos y los sistemas sociales más evolucionados hay una mayor presencia de pensamiento organizado, que en lo social se concentra sobre la búsqueda de soluciones a los problemas públicos.

Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el diseño de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la “autosimilaridad”, en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del “organicismo social”, que propugnaba una identidad anatómica casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.

El cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, regula directamente muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos voluntarios del organismo. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma (muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.

La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable  para la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad. Ninguna sociedad tolera por mucho tiempo los gobiernos dañinos u opresores.

Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite estas órdenes ineludibles. La circunvolución prerrrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con los efectores músculo-esqueléticos. Esa corteza motora, la corteza de las células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la amplia superficie de la corteza cerebral. En el cerebro los caciques son, como debe ser, los menos.

Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.

La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, procesa emociones y es la que verdaderamente elabora el “telos”, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques. Y este otro: mientras más evolucionada es la especie más corteza asociativa posee el cerebro de sus miembros. Parece ser que el pensamiento es una necesidad vital, ya no de le especie homo sapiens, sino en ella, y a través de ella, como vio Pedro Teilhard, de toda la evolución, de toda la vida.

 

Historia prerracional

En cambio, en nuestro aparato político la participación de actores de tipo “asociativo” (de ideas) es muy reducida, a pesar de que cada vez su necesidad sea mayor. Arturo Úslar Pietri y Juan Liscano, en artículos de fines de 1991, referidos a la necesidad, uno, de un nuevo lenguaje político, y el otro, de un “proyecto totalizador”, no escribían pidiendo caciques, ni conciliadores de intereses. Estaban expresando la necesidad de la asociación de ideas políticas, de la invención política.

Por esa misma época el presidente Pérez, no sin razón, se quejaba de las críticas a su “paquete” económico y retaba: “Bueno, si no es éste el paquete que sirve ¿entonces cuál es el paquete que debemos aplicar?” COPEI recogió el reto, anunciando que en breve presentaría un “paquete alternativo”. La presentación anunciada se produjo a mediados de febrero del año siguiente, en 1992, un tanto retrasada por los acontecimientos del día 4. La formulación alternativa, presentada por el entonces Secretario General de ese partido, consistió en propugnar una “economía con rostro humano” y en la proposición de constituir un “consejo consultivo” que debiera proponer soluciones. Como recogió el punto un periodista local, “En síntesis, el Dr. Fernández ha propuesto que otros propongan”.

En el fondo, la proposición del consejo consultivo iba en la dirección correcta. El político convencional se ocupa del exigente proceso de la conciliación de intereses, del delicado asunto piramidal de emitir instrucciones, y no tiene ni el tiempo ni el adiestramiento requerido por una función de corte asociativo. Que el Consejo Consultivo nombrado con alguna resistencia por el presidente Pérez no haya tenido mucho éxito se debe a otros factores. Por un lado, a la enorme presión y al acusado grado de inestabilidad del régimen en esos momentos, cuando la natural reacción del Presidente era la de sostener sus puntos de vista so pena de pérdida de autoridad. Por el otro, al método y al concepto empleados en la operación y la composición del consejo mismo. Se trató de un cuerpo de acción temporal y perentoria que se dedicó a ensamblar una lista inorgánica de medidas puntuales, mediante el expediente de entrevistarse con un número reducido de notables personalidades de la vida nacional. Todavía el presidente Velásquez, que había formado parte del Consejo Consultivo de 1992, creyó que ésa era una fórmula correcta y que debía incluso ampliarla. Así, a las pocas horas de asumir la Presidencia de la República, anunció la formación de «cuatro o cinco» consejos consultivos—nunca fueron creados—e indicó su esperanza de que los futuros miembros de los mismos dedicaran un tiempo importante a su labor, ¡“…al menos unas dos horas semanales!

Entre 1974 y 1975 se intentó establecer, para la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez, una unidad de análisis de políticas, que en la medida de lo posible intentaría reivindicar algo del carácter de un instituto de política pública. La necesidad se había agudizado bruscamente por el atragantamiento de dólares provenientes del primer salto hacia arriba de los precios del petróleo. Ningún candidato presidencial había tenido tiempo de pensar qué haría con tan sorpresivas y numerosas divisas, y el gobierno de Carlos Andrés Pérez no sabía realmente lo que podía hacer con ellas. Una cierta angustia decisional llegó a posarse sobre el gobierno en su más temprana fase.

El intento, en cuyo diseño se llegó a consumir varios meses, no llegó a pasar de la primera etapa. El gatekeeper o padrino del proyecto era un miembro del consejo de ministros celado por sus colegas, y al menos dos de éstos, muy influyentes, torpedearon la idea. (Uno de los antagonistas era el mismo ministro que años más tarde, hacia el término del período, haría su frase sobre la importancia crucial de los abundantes compadres del Presidente de la República). Ante esta oposición el padrino abandonó al ahijado, no poco desmotivado porque quien se pensaba dirigiría la unidad se había mostrado como demasiado independiente y, sobre todo, se había negado a traer unas maletas del ministro desde Londres a Caracas.

Antes había fracasado ya un instituto de política del sector privado, que para 1964 prometía ser le think tank, y que murió de inanición en 1968. El Instituto para el Desarrollo Económico y Social—IDES—había sido fundado por Arístides Calvani y tenido por el “cordiplán” de la libre empresa agrupada en torno a la idea del Dividendo Voluntario para la Comunidad. En diciembre de 1963 la idea del DVC era la de racionalizar la “inversión social” de las empresas privadas venezolanas a través de la concentración de las liberalidades empresariales y la asignación, también concentrada, en los proyectos de mayor impacto o utilidad, los que serían determinados con el empleo de una racionalidad de planificación. En la Asamblea Plenaria del “Primer Seminario Internacional de Ejecutivos” el DVC fue presentado como el ente racionalizador y el IDES como su órgano planificador.

Pero la seguridad económica que el DVC debió proporcionar al IDES, según las expectativas de ambas organizaciones, nunca llegó a materializarse. Al menos dos de los más importantes grupos empresariales del país se negaron a pertenecer a la organización del DVC y los que sí se hicieron miembros continuaron con sus propios programas de donación directa y sólo remitían a aquélla una fracción poco significativa de sus liberalidades para cubrir el gasto de una burocracia mínima. (Si enviaban la mayor parte de su presupuesto de donaciones a la organización central del DVC perdían su efecto de relaciones públicas, lo que venía a ser, en todo caso, la motivación principal para donar).

Así, el IDES, que se había instalado en el mismo piso en el que el DVC tenía sus oficinas, confiado en que éste, o el sector privado en general, le abrumaría con peticiones de trabajos de investigación, pronto debió ir a la calle a procurar donaciones directas de empresas, que le permitieran sufragar los costos fijos derivados del equipo que pudo reunir el primer director del instituto. Tres de los más importantes empresarios del país consideraron, y rechazaron, hacer donaciones significativas al IDES. Uno de ellos argumentó que su mentalidad campestre no le permitía interesarse por tan urbano y sofisticado proyecto. Otro exigía que el IDES fuese contado dentro de la organización de empresas y centros de acción social de su grupo. (Debía aparecer así presentado en un muro de exhibición en el edificio sede de su cuartel general). Otro prometió financiar el presupuesto anual del IDES si éste producía un “estudio” que declarase inconveniente el proyecto de reforma tributaria del gobierno de Raúl Leoni, el que por ese tiempo había sido introducido al Congreso para su discusión. Cuando se le dijo que sólo se podría emprender la investigación del proyecto en cuestión sin ofrecer garantía previa sobre el resultado negativo que se esperaba, la oferta salvadora del empresario de marras se esfumó inmediatamente.

Pero es que tampoco el IDES recibió demandas de sus servicios del sector empresarial de la época. Por aquel entonces las empresas del país no poseían la sofisticación suficiente como para demandar proyectos de investigación de alguna relevancia. En 1968 el IDES dejó de operar.

Años después de este deceso y del fracaso del intento por establecer aquella unidad de análisis de políticas durante el primer gobierno de Pérez, se intentó una vía diferente. De nuevo como una organización del sector privado, la asociación civil sin fines de lucro Heuris fue fundada en 1977. Constituida por muy notables líderes del sector empresarial y unos pocos profesionales de ese mismo ámbito, pretendió seguir el patrón de formación que caracterizó el surgimiento y consolidación de la Corporación RAND. Esta institución—el think tank más importante del planeta—comenzó siendo un grupo de analistas de la compañía de aviación Douglas en su departamento de investigación y desarrollo. (Las siglas RAND vienen siendo la contracción de la expresión inglesa research and development).

Al término de la Segunda Guerra Mundial la fuerza aérea norteamericana continuó solicitando estudios a este grupo, el que aplicaba técnicas de análisis operacional a problemas tácticos y estratégicos de la guerra en el aire. Los competidores de Douglas se quejaron de esta “competencia desleal” y la compañía decidió desprenderse del equipo de investigadores, pues decía estar más interesada en vender aviones que en vender papeles. Nació entonces Project RAND, un contrato entre la fuerza aérea de los Estados Unidos y el grupo de despedidos de Douglas para la realización de varios estudios; que luego fue RAND Corporation que hoy se compone de un millar de doctores investigando, y que hoy dedica todavía un tercio de sus esfuerzos a temas de interés para los aviadores norteamericanos. (La Corporación RAND destina, en verdad, dos tercios de su gasto a temas de carácter militar, pues los requerimientos del Departamento de Defensa generan un tercio adicional de los proyectos de investigación de aquélla, quedando un tercio que constituye el programa civil o Domestic Program).

En Heuris se pensaba que igualmente en Venezuela las fuerzas armadas podrían ser el cliente madre que proveyera la demanda. Dos de sus directores eran militares y su presidente era asesor ad honorem de la Secretaría del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa. Pero domestic problems en el seno de esa secretaría, a cuyo frente se había colocado un general de operaciones que echaba en falta el mando de tropas, hicieron imposible una relación contractual con Heuris, organización que fue puesta en el congelador.

A comienzos de los años ochenta PDVSA estableció su Unidad de Estudios Especiales, a la que erróneamente llamaba su think tank. (Por toda la industria corrieron los zahirientes “tanques de zinc” y “Tin Tán”). Pero su programa de trabajo esperó más de seis meses para su aprobación justo en el año en el que por primera vez tuviera la OPEP  que poner techo a la producción de sus miembros para enfrentar un descenso de precios. La unidad recibió una somera información acerca de la situación. Lo que nunca recibió fue una solicitud para que recomendara alguna política. Un miembro de la unidad era sostenido allí para que hiciera los discursos del presidente de la compañía, mientras el director veía los partidos del mundial de fútbol con la secretaria y los directivos de la industria enviaban a trabajar a la unidad ejecutivos con los que no sabían qué hacer. Un año electoral complicado por el antecedente del Viernes Negro no contribuyó a que adquiriese su propia identidad y la unidad jamás fue lo que se dijo al principio. En un intento por salvar el asunto del think tank se expuso, ante la junta directiva de una empresa subsidiaria de PDVSA, que se le diera entonces ese carácter, como un instituto de la industria con la misma autonomía de INTEVEP y que—de nuevo en imitación de RAND—podía dedicar un tercio de su actividad a problemas de política petrolera, otro tercio a problemas de política energética y un tercio restante a problemas de políticas públicas en general. La proposición no pasó de esa sesión.

 

Los programas de gobierno

Tampoco se toman demasiado en serio los partidos y líderes políticos el tema del programa de gobierno, o lo acometen a través de métodos intuitivos y vistosos, con los que procuran ligarlos a la mezcla de impresiones que su mercadeo de campañas busca inyectar en la psiquis de los Electores. Estos métodos son constitucionalmente ineficaces para generar un esquema estratégico con alguna coherencia, y así refuerzan la tendencia a despreciar esa actividad.

Cuando algún dirigente político más sensato que el promedio ha logrado persuadir a sus copartidarios de que un programa de gobierno es algo de importancia, casi siempre se dispone la realización de un evento—en ocasiones precedido de eventos parciales más pequeños—en el que una pléyade de notables viene a exponer sus ideas programáticas en el área de su especialidad. El modelo prevaleciente se asemeja al de reuniones como las de aquellos  “Encuentros de la Sociedad Civil” organizados por la Universidad Católica Andrés Bello durante los angustiosos días de 1993, cuando campeaban la sensación y la realidad de una muy acusada inestabilidad política, y que culminaron en la publicación de dos tomos a los que ya nadie se refiere; como nadie se refiere al trabajo de la comisión Úslar sobre educación, ni al pacto por la modernización del Estado firmado en la COPRE, ni a las dos más voluminosas partes del proyecto de reforma de la administración pública dirigido por Allan Randolph Brewer Carías desde la antecesora de la COPRE. (Hace poco Carlos Blanco, con vehemente orgullo, declaraba en un programa televisado que cuando él dirigía la comisión se le había hecho caso. La verdad es que cuando sus declaraciones de la época incluyeron ideas de las que no participaba el Presidente de la República—Jaime Lusinchi—fue públicamente silenciado por éste, quien le especificó en regaño del 5 de junio de 1986 que la COPRE era “una comisión asesora y no una comisión promotora”).

La elección de ese método de ensamblaje de partes elaboradas por una decena de cabezas dispares, o la acumulación aluvional de fragmentos menores cuando se involucra a centenares de participantes—así se produjo “Mi compromiso con Venezuela”, programa de gobierno de Luis Herrera Campíns, de nuevo en los consabidos dos tomos—es un error reiterado de la política venezolana, y conduce usualmente a documentos inanes, que se diferencian poco de los de otros partidos, ineficaces en su excesiva vaguedad y abstracción o, paradójicamente, en su excesivo detalle. Nunca se ha producido por este método un plan de gobierno que haya sido ejecutado.

En todo caso, siempre se destina a la elaboración programática una escasa cantidad de recursos. En 1992 un precandidato presidencial de partido consideraba demasiado costoso invertir, en el sostén de una unidad que trabajaría todo un año para elaborar un “programa de Estado”, una cantidad que era la mitad de lo que en ese mismo momento aquél gastaba en publicidad en una sola semana. En esa misma ocasión ofreció un argumento que le parecía definitivo; decía que las elecciones norteamericanas de ese año serían ganadas por William Clinton y éste no tenía un programa, de modo que ¿para qué hacía falta un programa? (Fue posible explicarle que el programa no se proponía para ganar las elecciones, sino para gobernar).

A veces la desconsideración hacia el tema programático se manifiesta de un modo más candoroso. En noviembre de 1974 un miembro del consejo de ministros de Carlos Andrés Pérez—el mismo padrino de la abortada unidad de análisis de políticas para la Presidencia—reunió en su casa a un grupo ante el que planteó que el objeto de la convocatoria era manifestarles que quería optar por la Presidencia de la República en las siguientes elecciones. En la discusión que se sucedió uno de sus invitados le habló así: “Sobre lo que has anunciado, distingo dos problemas diferentes y principales. En cuanto al primero de ellos—cómo llegarías a ser presidente—no tengo interés en estos momentos. En cambio me parece más importante el segundo problema: ¿qué harías tú como presidente? O, dicho de otra forma, ¿por qué los venezolanos votaríamos por ti?” La pausa del interpelado demostró que no esperaba esa pregunta, aunque se recuperó con relativa rapidez y contestó: “Aquel presidente que se rodee de gentes tan brillantes y tan capaces como las que están aquí será un gran presidente”.

Esa anécdota parece ser la versión criolla de la leyenda alemana en la que los héroes se han desentendido de los fines, de los significados políticos, y sólo atienden a la emisión de señales, que pueden ser cabalgatas en Carabobo, patadas de fútbol en atuendo deportivo, moños recogidos o sueltos, asociaciones felinas o bolivarianas, boinas militaroides, eslóganes, jingles, apariciones en estadios o corridas de toros. El problema de los contenidos políticos, de los tratamientos a problemas públicos, de los programas, no es asunto que les desvela. Para eso siempre puede contratarse a alguien que los imagine y los escriba.

Uno de los actuales candidatos presidenciales, por ejemplo, decía a un auditorio de estudiantes universitarios—3 de diciembre de 1997—que el país estaba urgido de un “nuevo modelo político” pero que él ¡no estaba seguro de cuál era! Al comentar tan inocente declaración en un grupo que se reúne frecuentemente para analizar el acontecer político nacional, el líder del mismo opinó que eso no venía siendo problema del candidato. De esta manera daba expresión a una noción bastante común, y que no es exclusiva de nuestra escena política. En su obra “Para entender al neoliberalismo”, William Schneider se refiere al mismo punto del desinterés presidencial norteamericano por lo programático, al decir que un presidente “después de todo, siempre puede contratar a alguien que le solucione los problemas”.

 

De un viejo a un nuevo paradigma

Éste es, pues, el asunto. En el “viejo modelo político” los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No en vano las imágenes con las que los actores políticos convencionales hacen auto-referencia tienden a ser las de “combatiente” o “luchador” político o social, y se refieren a la “arena” y a la “lucha” políticas y a los procesos de “vencer” y “derrotar”.

Y piensan ellos, así como la mayoría de nosotros, que su papel consiste en “mandar”. No en mandar a secas, lo que pudiese ser moderado si se restringiera al mando sobre los órganos ejecutivos del Estado, sino que se entiende como mandando sobre la Nación. El mismo candidato que declaró con la mayor frescura desconocer cuál es el modelo político que necesita Venezuela se refirió, en un conocido programa de televisión, a quienes pretendan “gobernar sobre un país”. Y esta idea de que se gobierna sobre un país es, con seguridad, algo que debe ser cambiado, justamente, en un nuevo modelo político para Venezuela y, si a ver vamos, para cualquier país. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.

Con un concepto de la política como mando es del único modo como puede sostenerse una postulación de Irene Sáez: como la de una persona que no necesita ser particularmente docta o versada sobre los problemas públicos y sus posibles soluciones o los métodos con los que se puede generarlas, con tal de que pueda concitar a su alrededor a un grupo suficiente de personas capaces que son las que trabajan resolviendo los problemas y sobre las que se manda. En abono a esta tesis son citados como ejemplo los casos muy particulares de Juan Vicente Gómez y Eugenio Mendoza Goiticoa, pero el último era un benévolo jefe de empresa, no un hombre de Estado, y el primero mandaba fundado en el miedo que inspiraba, lo que no parece convenir a la imagen de placidez original de la Licenciada Sáez. Pero como de algún modo se presiente que la gente ha comenzado a percatarse de que ya no es posible gobernar de esa manera, entonces se procura ocultar la deficiencia o se admite la necesidad de algo que pueda ser presentado como programa. (El erróneo intento de polarización temprana entre Sáez y Chávez, que terminó de hundir las posibilidades de la primera, tenía al menos la virtud de no requerir de Irene Sáez otra cosa que no fuera la idea de que ella sería la “única” que podía derrotar al militarizado exmilitar).

Todas estas cosas pertenecen a la noción que encontramos en la leyenda alemana, en el rotafolio de la compañía petrolera venezolana, en el ministro que hablaba de compadres, en el que anunciaba sus pretensiones presidenciales sin saber lo que haría como presidente: que los héroes mandan aunque sean unos inconscientes.

Y su corolario fuerte es que los sabios, los brujos, no mandan, no pueden mandar, no se les debe permitir que manden, porque ellos no saben matar dragones ni vencer oponentes en las arenas políticas. Es lo que encontramos en el dictum de Argenis Martínez: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”.

No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante, sea un hombre capaz de acción, capaz de defenderse.

Esto es percibido así no sólo por los políticos que trabajan bajo esas premisas, sino por el común de los mortales. Por eso pueden ser sorprendidos cuando llegan a observar a un “hombre de pensamiento” comportándose como un “hombre de acción”. Un destacado estudiante universitario, que obviamente no tenía problemas con su calificación en los exámenes, fue una vez invitado a una fiesta a la que asistirían varias de sus compañeras de curso. Cuando bailó con no poca habilidad y gusto ante ellas una de éstas exclamó, atónita: “¡Pero si él baila!”

El mismo estudiante, mientras cursaba su tercer año de Medicina, participó en un cursillo de adiestramiento antiguerrillero, pues la incipiente democracia venezolana de 1962 había comenzado a ser amenazada por un movimiento de guerrillas. Todos los pronósticos apuntaban a que fracasaría en el cursillo, pues su participación académica le hacía ser tenido por hombre cerebral que debía, en principio, rechazar el trabajo físico y las situaciones de combate. No sólo estuvo, para sorpresa de sus compañeros, entre los participantes más destacados de la experiencia, sino que, irónicamente, como “enfermero” de su patrulla, tuvo que recibir muchas peticiones de exención de ejercicios de varios de quienes pensaban que él no podría con la actividad, pues se quejaban de algún dolor, alguna torcedura, alguna ampolla. Más tarde dejó la carrera médica por las ciencias sociales y luego, como profesional, tuvo varias oportunidades para ejercer cargos ejecutivos, lo que siempre hizo con brillantez. A pesar de esto nunca ha podido quitarse  una fama de intelectual que le incapacitaría, por ejemplo, para la actividad política. Antes que aceptar que alguien como él puede resultar un buen político, resulta más fácil aceptar que alguien proveniente del mundo del espectáculo lo sea.

Esta percepción va a cambiar, no obstante.

Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba en su edición del 14 de enero de 1991: “Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares”. Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un “capitalismo intelectual”; que “la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su substancia”; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento.

Este proceso, que ya ha comenzado en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el ámbito de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada.

Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política.

Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como “brujos de la tribu” que como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.

Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.

Y luego el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: uno en el que la inteligencia reivindique su espacio y su función y en el que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.

Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus “curvas” han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la “calidad total”. También es el autor de “La circulación de las élites”. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los “leones”, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los “leones” arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los “zorros” al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el “arte de la combinatoria”, a resolver la situación. Según su esquema, los “leones” y los “zorros” se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.

Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de “leones” por “zorros”, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un “retorno de los brujos”, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta.

 

Prejuicios complementarios

Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional al tema programático es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los Electores.

La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos.

O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que “no está preparado para eso”.

En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una “caja de conversión”, cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: “Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debería hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?” Mientras el conductor del programa contraargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: “Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar”.

En mi escueta experiencia las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y tres meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.

Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la “Guerra a la Pobreza”, un conjunto de programas en el que el “Headstart Program”, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales guetos urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el “Headstart Program” había fracasado estrepitosamente.

Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con “niños desaventajados”—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, “internalizaban el rol”, como dicen los sociólogos, de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

Junto con la visión convencional acerca del papel social de los “hombres de pensamiento”, esta desconfianza fundamental del liderazgo común y corriente venezolano respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, conspira contra el mejor tratamiento de nuestros problemas públicos.

 

Solución de compromiso

Mientras no se generalice el cambio de paradigma necesario –y los cambios paradigmáticos son de suyo procesos de distribución general más bien lenta (por más que a nivel individual puedan darse casi instantáneamente)– tal vez sea posible admitir un tratamiento excepcional y transitorio a los más básicos y profundos problemas de la política venezolana, en el que se asegure una participación determinante de los “hombres de pensamiento” del país.

Es preciso admitir que ese cambio es difícil. Porque es que a la disposición habitual de la percepción, que como vimos tiende a negar al intelectual la posibilidad de mando, se une, tal vez, un miedo profundo a tal eventualidad.

En Poor Koko, John Fowles relata la violencia aparentemente gratuita que un intelectual hace brotar de un ladrón más bien inculto, provisto tan sólo de un barniz de catecismo marxista, a quien vence en una discusión. Precisamente porque había sido vencido por las palabras del intelectual, el ladrón reaccionó con violencia especialmente cruel. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual.

Una vez un politólogo que ahora es político me propuso la siguiente cuestión para debatir: ¿cuál es el deporte más violento? Él proponía que era el fútbol el deporte más violento. (Él lo practica). Yo le sugerí considerar al ajedrez.

En el enfrentamiento igualitario de dos inteligencias no caben las excusas. No se puede diluir la responsabilidad entre los varios miembros de un equipo, ni se puede argumentar que  un defensor corpulento, mucho más grande que nosotros, nos ha impedido con tácticas sucias. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual. Y los intelectuales pueden ser particularmente crueles al infligirla.

Así, pues, hay un trasfondo de miedo en el rechazo a la posibilidad de un gobernante intelectual. Ante él se tiene tanta aprensión como ante la mujer que es la vez bella e inteligente en grado sumo. Mientras más brillante sea el intelectual más se le teme.

Esto es hasta cierto punto natural. Puede con facilidad sentirse que una persona así tenderá al totalitarismo, basada en una conciencia egomaníaca que le haga pensarse superior a los demás.

Pero si se es un verdadero intelectual se sabe que la inteligencia no es meritoria si no está al servicio de los demás, si no respeta y cree en la sabiduría superior del pueblo—“lo primero que debieran enseñar (las) escuelas (de política) es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno”—si se cree inmune al error. Por fortuna varios siglos de una ciencia más social y menos exclusiva, menos esotérica, han enseñado a quienes emplean sistemáticamente el pensamiento que las mejores teorías no son eternas.

Y si aún persiste la desconfianza puede adoptarse todavía otra estrategia. Puede acotarse y limitarse temporalmente el ejercicio del poder por el brujo.

Respecto de los problemas del Estado venezolano “…en un lapso relativamente corto es posible modificar su organización, desencadenar su metamorfosis, para arribar, en un Estado diferente, a una disposición en la que los muy considerables talentos evidentes entre los venezolanos, puestos al servicio de la función pública, rindan resultados mucho más importantes y valiosos que los muy escasos que ahora obtenemos, desde que el paradigma político prevaleciente, la manera ordinaria de entender y hacer la política, los supuestos de nuestra política, comenzaran a ser impertinentes”.

Quizás sea una realidad paradójica que los problemas verdaderamente más fundamentales puedan ser resueltos más rápidamente que los problemas cotidianos de menor nivel. La evidente falla sistémica del Estado venezolano es algo que debe ser ciertamente resuelto con prontitud y en relativo corto tiempo. Creo difícil que los “hombres de acción” sean los llamados a acometer una reingeniería radical del Estado venezolano, obviamente aquejado por un catálogo casi completo de los problemas políticos conocidos en el mundo. El momento actual exige el rediseño de nuestro Estado. Exige, por tanto, pensamiento.

Exige una manera diferente de entender la política. Exige, por tanto, un liderazgo ya no solamente programático, sino paradigmático. Y quienes pueden ejercer ese liderazgo no son otros que quienes encarnan el nuevo paradigma, y éstos se hallan entre quienes lo han inventado o ya lo han hecho suyo. Hasta que, reitero, ese nuevo paradigma haya permeado para generalizarse, y pueda confiarse de nuevo el gobierno a un nuevo político convencional

Puede pensarse, por consiguiente, en confiar este momento crucial de la política venezolana a quien ya haya perdido las elecciones porque “está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país”.

Hay quienes estarían dispuestos a asumir la tarea metamórfica y a completarla en lapso de no mucha duración.

Esto es posible en Venezuela. No digo que probable; afirmo tan sólo que es posible. La probabilidad irá en aumento, como ha venido siendo, con el crecimiento del mal. Pues si el próximo gobierno de Venezuela es un nuevo gobierno convencional o si, peor aún, es un gobierno de vindicta seudo-justiciera que se justifica con una interpretación interesada de los próceres del pasado, el problema político nacional se agravará aún más. Entonces llegará un momento en que Tío Tigre deba dejar el mando a Tío Conejo.

Que la mera posibilidad pueda convertirse en realidad efectiva dependerá, a la larga, del ineludible aumento de conciencia de los Electores venezolanos en general. En un cierto punto del futuro forzarán el cambio. Que esto pueda darse en un plazo más corto dependerá de la lucidez de las élites de poder del país: de ésas que asignan oportunidades y recursos, y que podrían, en un salto de conciencia que les justificaría como tales élites, abrir las puertas a la incruenta revolución, a la revolución mental que la magnitud de los problemas exige.

Y una cosa más a favor de los intelectuales en el poder en esta hora nacional: no siendo, precisamente, políticos que se entenderían como combatientes, es menos probable que entiendan su misión como la de ángeles vengadores, por cuanto su compromiso no es de combate entre contrincantes por alcanzar el poder, sino de compromiso con la verdad. Estando, en principio, adiestrados para la lectura serena y desapasionada de las cosas, serían menos propensos a involucrarse en cacerías de brujas, reivindicaciones clasistas y programas de exterminio.

“Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento”.

Son los sabios, son los brujos, quienes podrían ofrecerlo esta vez. LEA

_______________________________________________________________

 

Share This:

Herramienta y producto

La Verdad

Existe hoy en día un marco teórico y analítico—la teoría de la complejidad, el concepto de fractales, la teoría del caos—que permite entender los sistemas políticos desde una nueva perspectiva, así como, por el lado del «análisis de políticas», hay un apreciable arsenal de instrumentos para una producción racional de políticas específicas. Pero también existe el factor favorable de un aumento de la conciencia del electorado. Esto es importante porque forma parte del paradigma político clásico, como basamento de una teoría de la dominación social, la insidiosa noción de que «el pueblo» es incapaz de opciones políticas racionales. Según ese errado punto de vista, el común de los electores haría sus escogencias con base en factores puramente emocionales, egoístas y ligados a necesidades muy básicas. De allí, en gran medida, el desprecio por lo programático como parte de alguna importancia en el proceso político.

Todos los candidatos presidenciales de esta campaña electoral van a emitir sus «programas» hacia la fase final de la misma. Para los partidos tradicionales, para sus candidatos, el asunto del programa ocupa un lugar secundario respecto del problema «práctico» de obtener la candidatura o la magistratura. Por esta razón es tan desproporcionadamente grande la porción de los recursos que se dedica a las actividades típicas del combate electoral: encuestas, movilizaciones, publicidad. En 1992, un importante precandidato, aún reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces se gastaba en menos de una semana de propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de las elecciones presidenciales de ese año, y que allí ganaría un candidato que no había presentado programa (Clinton I). No había considerado que el problema de ganar las elecciones era menos importante que el problema de gobernar.

En gran medida esta actitud se explica por la muy difundida noción de que un «gran diseño» es imposible o inútil, y que los programas vienen a ser más bien la sumatoria de un cúmulo de proposiciones específicas, las que deben ser generadas por especialistas. Obviamente, los candidatos no son especialistas, y por tanto la labor del programa no les correspondería a ellos.

En Venezuela el modelo de la reconciliación, de la negociación, del pacto social o de la concertación, resulta ser todavía el modelo político predominante. En análisis relativamente modernos la recomendación implícita es la de continuar en el empleo de un modo político de concertación, al destacar como el problema más importante de la actual crisis el manejo del conflicto.

Visto de otro modo, se trata aquí de la tensión entre dos conceptos acerca de la política. William Schneider, en “Para entender el neoliberalismo”, describe el punto de este modo: “…la división era entre dos maneras distintas de enfocar la política, y no entre dos diferentes ideologías.”…”La generación del 74 rechazó el concepto de una ideología fija”.

En  The New American Politician el politólogo Burdett Loomis emplea el término empresarial para describir la generación del 74.”…”De una manera general, los nuevos políticos pasaron a ser empresarios de política que vincularon sus carreras a ideas, temas, problemas y soluciones en perspectiva.”  Y Schneider de nuevo dice: “Adoptaron el punto de vista de que las cuestiones políticas son problemas que tienen respuestas precisas, a la inversa de los conflictos de intereses que deben reconciliarse.”

Esto es, se trata de una oposición entre la idea de que la política consiste en obtener el poder para conciliar intereses, y la idea de que ésta consiste en imaginar soluciones a problemas de carácter público para llevarlas a cabo con el poder. Si la cuestión es formulada como oposición excluyente, el problema queda mal planteado y, en la práctica, domina la conciliación de intereses sobre la solución a los problemas.

¿Significa esto que el político tradicional no tiene el menor interés por lo programático? No, eso no es cierto. Lo que ocurre es que los políticos tradicionales piensan como Schneider describe la postura habitual de un presidente de los Estados Unidos: «Después de todo, siempre puede contratar a alguien que le solucione los problemas».  El trabajo típico de un político tradicional es el de someterse a una agenda inmisericorde de reuniones y reuniones de conciliación de intereses. En esa agenda no hay espacio para el diseño de soluciones. Pero ésta es una situación que debe ser vista comprensivamente. Una vez más Schneider, refiriéndose a los demócratas en Estados Unidos: «…los miembros de la generación del 74, han emprendido la tarea de liberar al Partido Demócrata de la tenaza de los intereses especiales. Pero en su búsqueda de una política libre de intereses les ha faltado comprender una verdad básica: que los conflictos de intereses son parte legítima de la vida política».

El mismo autor del presente artículo ha incurrido en el error de despreciar el término de la conciliación de intereses. Ésta es un proceso ineludible, no hay duda; la equivocación reside más bien en haberla hecho predominante. El cambio más importante en el paradigma político, en el discurso político obsoleto, deberá ser el de subordinar la conciliación de intereses a la solución de los problemas, el de adjudicarle su lugar correcto de herramienta, que no de finalidad, de la actividad política.

Pero el hombre no es hombre si no se justifica por finalidades. Por más que sea más barata, por más que no parezca apelar—y eso está por verse—a la emocionalidad o irracionalidad de los Electores, la generación profesional de políticas—cosa de la que en general no son capaces los graduados en ciencias políticas—debe predominar hoy sobre la conciliación. Lo que tenemos hoy es una carga pública que comienza a hacerse insoportable. Lo que tenemos es problemas, y está visto que no en todos los casos la conciliación de intereses resuelve los problemas.

LEA

Share This:

Intervalo solónico

La Verdad

Se dice que fue antes del término del siglo V antes de Cristo que los griegos clásicos elaboraron por primera vez una lista de los Siete Sabios que habían sobresalido en la gesta de la gran Atenas del siglo anterior. Hubo varias versiones de esta selección del “Hall de la Fama” de los griegos: una primera lista fue expandida primero a diez miembros, y luego a diecisiete. En todas las versiones, sin embargo, cuatro nombres permanecían constantes e indiscutidos, y uno de esos nombres era el de Solón de Atenas.

Resulta interesante recordar los hechos principales de la vida de Solón, los que le hicieron merecedor de esa indiscutida posición en todas las escogencias que de los Sabios de la Grecia antigua hicieron sus coterráneos.

Nos dice la Enciclopedia Británica que Solón fue un estadista ateniense que puso fin a los peores males de la pobreza en la región de Ática y dio a sus conciudadanos una constitución equilibrada y un código de leyes humano. Fue asimismo el primer poeta de Atenas, y empleaba el medio de la poesía—a falta de radio o televisión—para “alertar, retar y aconsejar al pueblo y urgirle a la acción”.

“El siglo VI temprano fue un tiempo de tribulaciones para los atenienses… La sociedad estaba dominada por una aristocracia de nacimiento, los eupátridas, que poseían las mejores tierras, monopolizaban el gobierno y estaban divididos entre ellos formando facciones rivales. Los granjeros más pobres fácilmente eran empujados a endeudarse, y cuando no podían pagar eran reducidos a la condición de siervos en sus propias tierras y, en caso extremo, a ser vendidos como esclavos. Las clases medias de intermediarios agrícolas, artesanos y comerciantes se resentían de su exclusión del gobierno. Como lo describía Solón, ningún ateniense podía escapar a estos males sociales, económicos y políticos… El malestar público hubiera muy bien podido culminar en una revolución y en una consiguiente tiranía (dictadura), como había ocurrido en otras ciudades-estado griegas, de no haber sido por Solón, a quien atenienses de todas las clases recurrieron con la esperanza de una solución general satisfactoria de sus problemas. Dado que creía en la moderación y en una sociedad ordenada en la que cada clase tuviera su lugar y su función apropiados, su solución no fue la revolución sino la reforma”.

Solón, que ya había incursionado en la administración pública de su ciudad, pues había ejercido la función de arconte o gobernador anual hacia el año de 594 antes de Cristo, fue investido con plenos poderes de reforma y legislación unos veinte años más tarde. Su primer trabajo consistió en resolver el malestar causado por las deudas. Así, procedió a redimir todas las tierras confiscadas por esa causa y liberó mediante decreto a todos los ciudadanos esclavizados. Igualmente prohibió que todos los futuros préstamos tuvieran como garantía las personas mismas objeto de crédito. Tales medidas produjeron un alivio inmediato.

Lo que sí no hizo Solón fue atender a las extremas reivindicaciones de los pobres, que exigían la redistribución de la propiedad de las tierras. En cambio, Solón se dedicó a estimular la prosperidad general y a proveer empleo a quienes no pudiesen vivir de la agricultura, mediante la promoción de las artes y los oficios. Reguló las exportaciones e impulsó la circulación del dinero (invento de su época), lo que a su vez expandió el comercio de los productos atenienses, hecho bien documentado por los hallazgos arqueológicos de la época.

Por encima de estos logros económicos, Solón produjo además importantes reformas políticas, al sustituir el monopolio de los eupátridas en una nueva constitución y al reformar las estrictas leyes del código de Dracón, que al decir de la Enciclopedia Británica, eran tan severas que se pensaba habían sido escritas no con tinta sino con sangre. Solón revisó todas las leyes draconianas—que permitían la esclavitud con deudas y castigaban con la muerte casi todos los delitos, fuesen éstos menores o mayores—y presentó un código mucho más humano.

En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a la ciudad antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.

En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.

Lo anterior viene a cuento porque puede argumentarse que el Estado venezolano necesita de una intervención de este tipo. Una intervención médica, de corta duración, que sea capaz de cambiar componentes esenciales del Estado y hasta de implantar un concepto de Estado distinto, en esencia, al actual. El problema principal del Estado venezolano ya ha dejado de ser un problema cotidiano de orden y eficiencia, de gerencia—lo que naturalmente también está presente—sino uno más fundamental de constitución. Hasta ahora sólo uno de los candidatos presidenciales en liza propone cambios de cierta profundidad. Él, el Sr. Hugo Chávez Frías, identifica, no sin razón, a los restantes candidatos como expresiones de continuismo. Chávez sería algo, ciertamente, opuesto al continuismo. Lo malo es que el cambio que propone sería, en verdad, un retroceso. Y el cambio que necesitamos no es hacia atrás, sino al futuro.

LEA

Share This:

Enchave

La Verdad

A las razones por las que desde hace tiempo ya creía más que insuficiente, dañina, la prédica y práctica política de Hugo Chávez Frías, se ha añadido ahora la de su falta de apego a la verdad.

Chávez ha dicho reiteradamente, en recientes entrevistas, en reuniones, en declaraciones, que él y sus compañeros habían intentado derrocar al gobierno de Venezuela porque Carlos Andrés Pérez había ordenado al Ejército volver sus fusiles contra el Pueblo en febrero de 1989, contra la explícita condena del Libertador, que había declarado la posibilidad abominable.

Para la época de su prisión en Yare, sin embargo, Hugo Chávez ya había admitido que “su grupo” conspiraba desde hacía siete o nueve años (desde el Bicentenario de la muerte de Bolívar). Por tanto, para el 27 y 28 de febrero de 1989, la intención de tomar el poder por la fuerza ya estaba formada varios años antes. Mal puede presentarse ahora como pretexto para el golpe fallido del 4 de febrero de 1992 algo que no pudo tener nada que ver para la conformación de una logia conspirativa.

Antes había ofrecido ya otras explicaciones. El excomandante Chávez argumentaba a la revista Newsweek a comienzos de 1994 que el artículo 250 de la Constitución Nacional prácticamente le mandaba a rebelarse. Lo que el artículo 250 estipula es que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza o de su derogación por medios distintos a los que ella misma dispone, todo ciudadano, independientemente de la autoridad con la que esté investido, tendrá el deber de procurar su restablecimiento. Pero con todo lo que podíamos criticar a Carlos Andrés Pérez en 1992, y aun cuando estábamos convencidos de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza, ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.

Ni siquiera es un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia: “…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”. La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales nombrados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como salida a la muy desagradable situación.

Es por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes prevén en materia de rebelión. Pero ahora, en virtud de un indulto presidencial lo tenemos en la calle como candidato presidencial en el que se notan con excesiva facilidad los rasgos autoritarios de su personalidad.

Chávez ha ido a buscar, en refuerzo de ese autoritarismo, a nadie menos que Marcos Pérez Jiménez en peregrinación a Madrid, donde el exdictador continúa habitando la imponente mansión que adquirió con el dinero de su corrupción personal. Acto seguramente imprudente y poco rentable desde el punto de vista estrictamente electoral. Ninguno de los candidatos que en el pasado han ido a procurar la bendición del antiguo autócrata han podido triunfar. Pérez Jiménez es, probablemente, uno de los más pavosos símbolos de la política nacional.

Exgolpistas y marxistas de viejo cuño—Núñez Tenorio, Mieres—rodean a Chávez, y sus apoyos principales se encuentran, naturalmente, en su propio movimiento y lo más radical—PPT—de la antigua Causa R. Estos factores, junto con su trayectoria, garantizan que un gobierno presidido por Hugo Chávez sería realmente desastroso para el país. Ni siquiera podría hablarse de un retroceso, porque nunca antes el gobierno ha estado en manos de un radical de extrema izquierda.

Pero también es importante no descuidar el hecho de que su prédica simplista y resentida encuentra sitio de anclaje en el inmenso desapego del Elector venezolano, en su confusión, en el largo sufrimiento social de los venezolanos. Si al caos de Chávez se pretende oponer un «orden» que se muestre como la continuación del statu quo, mucho me temo que ganará el caos. A Hugo Chávez sólo podrá derrotarlo un candidato de quien no pueda decirse que ha participado de la estructura de poder prevaleciente en Venezuela. A quien Chávez y sus seguidores no puedan identificar con la práctica política más reciente, a quien sea verdaderamente un outsider.

Acción Democrática tiene razones muy explicables, desde su perspectiva de organización de poder, para postular un militante suyo como candidato. Pero si este candidato no exhibe audacia, ganas de transformar realmente el Estado, voluntad de respuesta a la demasiado larga lista de problemas, pronto se notará que no penetra en las encuestas y que la ubicación de Chávez continuará ascendiendo. ¿Qué se haría entonces?

La candidatura de Salas Römer se halla muy próxima a su techo. Al desplome de Miss Titanic su figura emergió como quien pudiese detener el ascenso de Chávez. Pero ni siquiera ha logrado el consenso eficaz de quienes pudieran sostenerle naturalmente, y esto es entonces lo que permite imaginar una confrontación final entre el candidato de AD y el excomandante. Pero si el candidato acciondemocratista permite que se le vea como la encarnación destilada de todo lo que los Electores rechazamos, las elecciones presidenciales serán ganadas por quien ha procurado ser el recolector del descontento.

LEA

Share This:

Reto a Chávez

La Verdad

Una vez, en un programa dominical de radio que hacía en 1.090 AM de Caracas entre noviembre de 1993 y noviembre de 1995, invité a debatir sobre política a Hugo Chávez Frías. No he sabido que él se haya enterado de esa invitación. Por mi parte, mi opinión sobre su oferta política no ha mejorado. Es más bien lo contrario.

Lo responsable en política es ver las cosas médicamente. La política no tiene justificación a menos que pueda ofrecer solución a los problemas públicos. El que para el 4 de febrero de 1992 era el Comandante Chávez actuó como cirujano. La imagen del 4 de febrero como acto quirúrgico ha entrado hace tiempo en nuestras cabezas. Pero los militares que participaron en la acción, independientemente de su valentía y de la pasión que los animaba, abusaron del pueblo venezolano. Porque es que ningún cirujano tiene derecho a intervenir sin el consentimiento del paciente, a menos que éste se encuentre inconsciente y, por tanto, privado de su facultad de decidir si se pone en las manos del cuchillero. Y el pueblo venezolano no estaba inconsciente y el Comandante Chávez no nos consultó sobre la operación y nosotros no le autorizamos a que lo hiciera.

Podemos hasta conceder que el diagnóstico estaba correcto. Carlos Andrés Pérez debía separarse del cargo. Yo escribí a fines de 1991, poco antes del golpe, y refiriéndome a la proposición uslariana de que Pérez asumiera la conducción de un programa de emergencia nacional, estas palabras: «Pero el problema fundamental de su récipe consiste en creer que Carlos Andrés Pérez debe dirigir los tratamientos, cuando él es, más propiamente, el propio centro del tumor.»

Y el Comandante Chávez quiso resolver quirúrgicamente la remoción del tumor, sin autorización de nadie e ignorando, a pesar de que había sido dicho bastantes veces, que todavía existían los medios clínicos, los procedimientos médicos para el mismo objetivo. En ese mismo texto en el que reconocí la recomendación del Dr. Uslar de que Pérez nos salvara, recordé: «Propuse el 21 de julio algo más radical que las píldoras del Dr. Uslar. Receté, para la urgencia más inminente de la enfermedad, la renuncia de Carlos Andrés Pérez y que el Congreso elija, según pauta la Constitución, a quien complete su período como Presidente, porque, como Uslar dice, es importante preservar la constitucionalidad.»

En febrero de 1992 yo no estaba defendiendo a Pérez, Sr. Chávez. Un día antes de su infortunada  aventura salía publicado un artículo mío en el diario El Globo. Su título era “Basta”, y era el cuarto o quinto artículo en el que pedía la renuncia de Pérez, siendo el primero de ellos del domingo 21 de julio de 1991. Escribí este artículo, precisamente, como un intento de mostrar una ruta que no fuese inconstitucional ante la disyuntiva de Pérez o golpe. Sentía que su salida podía lograrse con la presión cívica. Por esto sentí, además del azoramiento y la vergüenza venezolana, que su acto del 4 de febrero de 1992 había estropeado la marcha hacia una deposición cívica de Carlos Andrés Pérez. Es decir, y para que esté muy claro Sr. Chávez, yo me sentí personalmente afectado por Ud., y por tanto no puedo ofrecerle mi objetividad.

Lo que puedo entonces ofrecerle es debate, como lo hice antes en aquel programa de radio. Yo sé que no soy, como Ud., un candidato presidencial. Soy solamente alguien que ha dedicado ya bastantes años al tema general de la política y específicamente al caso clínico venezolano. ¿Tendrá Ud. objeción a debatir conmigo? ¿Es que los candidatos presidenciales no pueden debatir sino con otros candidatos? ¿Es que un ciudadano venezolano en posesión de sus derechos políticos no tiene derecho a confrontarle?

Yo le reto a Ud. a un debate público, Sr. Chávez. No tiene que ser algo rimbombante. No tiene por qué ser en televisión.  ¿Qué le parecería escoger un auditorio, digamos, en la parroquia 23 de Enero, donde Ud. tiene la mayor aceptación, y discutir allí, a la vista de los Electores de la parroquia, cosas tales como la idea de una Asamblea Constituyente? ¿Como la manera más adecuada de entender la política, y la forma más responsable de tratar el caso político venezolano?

Ud. es hombre formado en el combate, Sr. Chávez. Ud. aprecia y practica el honor de la virilidad. Ud. sabe lo que es un reto.

Yo supongo que Ud. está muy convencido de sus ideas y apreciaciones de las cosas, de modo que no tiene nada que temer. Yo supongo que encontraré verdad en más de una de sus observaciones. Yo supongo que pasará lo mismo con Ud.

Pero yo creo que Ud. está fundamentalmente equivocado en demasiadas cosas. Quiero la oportunidad de decírselo directamente en presencia de Electores que no me conocen.

Y quiero tener la oportunidad de escuchar su visión constitucional, su visión de un nuevo Estado venezolano, además de su visión constituyente, que ya conocemos. Ud. debe tener alguna idea sobre eso, y si las que tiene son sólo reformas al concepto del Estado de 1961, entonces basta para introducirlas a referéndum el Congreso elegido según el texto constitucional de ese año, el mismo que Ud. ofreció como justificación de su fallido intento de golpe de 1992.

Yo creo que debe haber una constituyente. Lo creo desde hace mucho tiempo. No es mi convicción a este respecto una postura circunstancial. Pero imagino una constituyente seguramente muy distinta a la que Ud. puede haber pensado. Por eso, esencialmente, es por lo que quiero confrontarle.

Porque la recomposición del sistema operativo de un Estado es cosa muy seria, Sr. Chávez, y una constituyente que pretenderá pautar su configuración inicial en el siglo XXI es asunto que debe ser acometido con la mayor responsabilidad. En este mundo de recursos finitos y amplias necesidades no puede exigirse una herramienta si se desconoce a qué obra será aplicada. Si Ud. centra su discurso en la convocatoria de una asamblea constituyente, ¿qué es lo que espera que ella apruebe?

Yo creo que Ud. está en el deber de contestarme estas cosas, Sr. Chávez. Yo creo que sería poco viril y muy irresponsable que Ud. no dijera nada al respecto. Por eso le invito a una confrontación como la que le he propuesto o alguna similar a ella que Ud. desee sugerir.

Ud. debe conceder que ningún daño a la República puede derivarse de algo así.

LEA

Share This: