CS #74 – Súmate y sóbate

Cartas

Es evidente que la actividad ejemplar y eficaz de Súmate es lo que más duele al régimen encabezado por Hugo Chávez Frías. El inestimable servicio cívico de la asociación es lo que ha permitido a la sociedad civil contar con una base sólida y blindada, para usar la manida expresión. De allí los redoblados ataques contra Súmate—provenientes de la Presidencia, la Vicepresidencia, la Fiscalía, el propio Consejo Nacional Electoral, la Asamblea Nacional, etcétera—pues es su trabajo lo que hace cristalizar el ejercicio originario—constituyente—de la democracia venezolana. Es algo que el chavismo se ha mostrado notoriamente incapaz de lograr, aun en momentos de su mayor popularidad.

Súmate se estableció primero como plataforma técnica y operativa para recoger las firmas que solicitaban un referendo consultivo y las que optaban por pretender la iniciativa de una enmienda constitucional de recorte de período. El trabajo estuvo tan bien hecho que no hubo manera de vulnerar el consultivo sobre la base de un cuestionamiento a las firmas, por lo que el Tribunal Supremo de Justicia dejó correr el proceso hasta que faltaran sólo once días para el 2 de febrero de 2003, la fecha prevista para su realización, reventándolo entonces con una decisión de corte administrativo. Al día siguiente (23 de enero de 2003) reportábamos en esta carta la decisión del TSJ: «…el curso del referendo consultivo fue severamente descarrilado por efecto de una decisión de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, que declaró inválida la reincorporación de Leonardo Pizani a la directiva del Consejo Nacional y, como consecuencia, la invalidez de todas las decisiones en las que Pizani participó desde esa reincorporación, incluidas, por supuesto, las relativas a la celebración del referendo consultivo convocado válidamente, por iniciativa popular, el 4 de noviembre de 2002.».

El antichavismo institucionalizado había querido aprovechar una mayoría accidental en su directorio—presidido por Alfredo Avella Guevara, de valiente ejecutoria—para incorporar a Pizani, quien había renunciado a su cargo con dos años de antelación y desde entonces no había cumplido función alguna en el organismo. Por esto comentamos asimismo: «La Sala Electoral—accidental y muy «accidentada» en su composición, luego de una larga cadena de recusaciones e inhibiciones—dictaminó correctamente, por más que esto duela a quienes adversamos el régimen chavista. Así no se hacen las cosas, y para un asunto tan gravemente importante como el referendo consultivo, legítimamente convocado por iniciativa popular, se ha debido ser más serio y cuidadoso. Conformar una mayoría accidental en el CNE como consecuencia de un procedimiento incorrecto, a todas luces tramposo, era en efecto un acto irresponsable que, a la postre, resultó ineficaz».

Así se perdió el primer trabajo de Súmate. No sería el único que se perdería. Un grave desorden estratégico en el seno de la Coordinadora Democrática, a raíz de la mortal decisión del TSJ, la llevó a intentar el «combo» del «firmazo» del 2 de febrero de 2003, como modo de no perder la fecha mágica sobre la que tantas esperanzas habían sido puestas. (De todas maneras, la CD había vulnerado ella misma la potencia del referendo consultivo—el que capitalizaba casi exclusivamente Primero Justicia, y tal vez precisamente por eso—al iniciar un mes antes, junto a Fedecámaras y la Confederación de Trabajadores de Venezuela, el desastroso paro de fines de 2002 y comienzos de 2003).

Ha debido esperarse para fecha posterior y organizar todo con más sosiego y sentido, pero una histeria dirigencial forzó toda una nueva y compleja operación para la misma fecha. A pesar de esto Súmate reasumió el reto de organizar una nueva recolección de firmas, aun cuando sus directivos y ejecutivos estaban conscientes de la debilidad intrínseca al «combo» de ofertas: referendo revocatorio, enmienda de recorte de período, convocatoria a constituyente, documentos de apoyo a los medios y a los trabajadores petroleros, etc. (Unas ocho planillas en total).

Otra vez Súmate hizo el trabajo impecablemente, aunque contara sólo con once días para la preparación de un esfuerzo de magnitud nacional. Tal cosa permitió que el 20 de agosto del año pasado—un día después de cumplida la mitad del período—se solicitara al CNE la convocatoria de un referendo revocatorio del mandato del Presidente. Esta vez el disparo de torpedos le correspondió al nuevo Consejo Nacional Electoral, que optó por obviar, una vez más, las firmas recabadas y mató el asunto sobre la base de una supuesta extemporaneidad de las mismas.

Esta vez, sin embargo, la molestia contra Súmate se hizo más evidente, pues la asociación fue objeto de un destemplado regaño en la altanera y defectuosa dicción de Francisco Carrasquero, quien leyó el 12 de septiembre de 2003: «Que una de las solicitudes presentadas ante éste Órgano lo fue por la Asociación Civil Súmate, en la cual no aparece claro el título representativo e interés electoral con que actúan, porque no siendo una organización política o inscrita para tales fines en este Organismo Electoral, no parece justificado que pueda realizar actos electorales o cumplir fases integrantes de ellos; función que no es propia de las organizaciones componentes de la denominada ‘sociedad civil’, ya que ésta debe ser ejercida por ‘instituciones transparentes en cuanto a sus objetivos y a su permanencia en el tiempo en relación a esos objetivos, impidiéndose tal representación a asociaciones o sociedades civiles que esporádicamente vienen a actuar en la vida con fines precisos, como los electorales, así como a individualidades que se autopostulan’, ya que al así hacerlo denotan carecer de respaldo colectivo, tal como lo ha venido estableciendo la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia en decisión de fecha 30 de junio de 2000, caso Defensoría del Pueblo contra Comisión Legislativa Nacional. Tal conducta no resulta congruente con la función representativa y los actos que en esta materia ha venido cumpliendo una asociación civil, como sin duda es Súmate, y la evidente connotación político electoral que ostenta el hecho de la presentación de solicitudes a los fines de activar un proceso de referendo revocatorio».

Ya antes el gobierno había intentado vulnerar el ejercicio ciudadano mediante infructuosa incursión de la policía del alcalde Rangel Jr., que descarada y abusivamente envió un destacamento armado para allanar los depósitos de la asociación en Boleíta. La ineptitud de Rangel y la oportuna reacción de la sociedad civil impidieron el desaguisado.

Pero a la tercera va la vencida, y Súmate volvió a organizar la recolección de firmas entre el 28 de noviembre y el 1º de diciembre de 2003 para iniciar la convocatoria de un referendo revocatorio presidencial, entonces dentro de las astringentes y absurdas normas aprobadas por el CNE, que además impidió, envidioso y abusivo, la asistencia computarizada que Súmate estuvo en capacidad de ofrecer a los Electores.

Una verdad tenaz es invencible. Súmate le propinó un gancho brutal al hígado del gobierno. Produjo un plan extraordinario, organizó los equipos, instruyó a los Electores, se atuvo a las difíciles reglas, aun a las más arbitrarias, proveyó voluntarios, proveyó consejo, asistencia y transporte, ejerció vigilancia, custodió nuestras firmas, las transcribió, las registró ópticamente, las duplicó, las entregó, al CNE y a los ciudadanos. Todo esto con una serenidad, una discreción, una elegancia que jamás podría soñar siquiera el Vicepresidente, no digamos Chávez y Carrasquero.

Por esto la reacción dolida y airada del gobierno. Súmate y sóbate.

Súmate ha sido nuestro táctico tenaz, inteligente, organizado, eficaz, brillante. Ha servido a estrategas equivocados. De todos modos hubiéramos hecho el revocatorio sin ellos, aunque tal vez no lo hubiéramos hecho sin Súmate.

Súmate es el núcleo vital de la nueva organización política que necesitamos. Ella merece mejores estrategas. Primarias, sí, pero primarias de los Electores, no primarias de coordinadores.

A Súmate hay que defenderla con la vida. Ella ha defendido nuestras firmas con la suya.

LEA

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CS #73 – Un mal payaso

Cartas

A fines de octubre de 1998, posiblemente por primera vez en su historia, el diario El Nacional consideraba materia de primera página la celebración del primer cumpleaños de una niñita. La «noticia de primera página», junto con su correspondiente fotografía, remitía a un despliegue a página completa de su sección de sociales, en la que más fotos cubrían el área de impresión junto con el texto que se estila en estos casos. Sale la niñita fotografiada en brazos de sus «orgullosos padres», salen fotografiados los más notables entre los asistentes al sarao infantil, y no dejan de ser capturadas por el lente las infaltables payasitas. En fin, una fiesta normal para la gente del Club Náutico de Maracaibo o del Country Club de Valencia o de Caracas. Venezuela estaba entonces en la recta final de la campaña electoral que perdió Henrique Salas Römer.

El problema es que el papá de la niñita agasajada, ataviado con lujosa camisa y ocasional sonrisa era nada menos que Hugo Chávez Frías, el candidato presidencial más «popular», y que la fiestecita se había efectuado en la sede del Círculo Militar de Caracas.

Naturalmente, los niñitos de Chávez Frías crecen y cumplen años. Naturalmente la celebración de esas ocasiones es una entrañable costumbre a la que tienen derecho todos los niños y todos los «orgullosos padres». El punto curioso es el estilo «clase alta» de la fiesta aludida y el inusitado despliegue que del acontecimiento hizo El Nacional.

Demasiado rápidamente el patriótico candidato—y no pocos de su séquito—habían admitido ya para ese entonces «la necesidad» de las camionetas «Blazer», los trajes de Clement y las piñatas con payasitas. Según él había declarado hacía unas cuantas semanas, ya se sentía en control del poder, y en consecuencia empezaba a mostrarnos ya cuál sería su estilo de vida en cuanto percibiese el primer sueldo presidencial.

Un agudo analista decía insistentemente que Chávez Frías necesitaba personalmente, en su fuero interno, una reivindicación de clase, un ascenso en la escala social, y que por tanto, más que despachar desde Miraflores lo que verdaderamente ansiaba era residir en La Casona. Parece que tenía razón y que Chávez Frías, a quien algunos adversarios le creían más serio y más consistente con su original prédica proletaria, resultaba no distinguirse de esos nuevos directores de ministerio que salen a celebrar con güisqui su reciente nombramiento.

¿Qué motivo pudo impulsar a El Nacional a publicar con tan gran notoriedad instantáneas del cumpleaños de la pequeña hija de Chávez Frías? No faltará quien diga que ese periódico estaba ya cuadrado con Chávez Frías. Que el insólito despliegue obedece a que ya lo daban como seguro ganador y la hijita de Chávez Frías ha adquirido dimensiones análogas a las de Chelsea Clinton, cuyo ingreso a la universidad o una enfermedad de su perro ameritaban una extensa crónica.

Pero tal vez Chávez Frías cayó así en una trampa. La astuta trampa de un medio que retrataba, inmisericorde y objetivo, el signo más claro de que Chávez Frías, el pretendido líder popular, no era sino más de lo mismo.

No mucho antes de la piñata candidatural algunos pensaban que Chávez Frías no sería Presidente de la República de Venezuela. La base del pronóstico era suponer que su inevitable exposición a los medios terminaría por mostrarle tal como era en realidad: un demagogo contradictorio y mentiroso.

Muy pocos meses antes de la piñata de primera página, Chávez había prometido recoger un millón y medio de firmas para convocar a un referéndum sobre la constituyente, como lo permitía un nuevo título de la legislación electoral. Pero para la época del infantil festejo en el Círculo Militar ya no hablaba de eso. ¿Por qué?

Una primera explicación pudiera ser que su pretendida fuerza no era tal, que simplemente no pudo recoger el millón y medio de firmas que prometió. El fracasado «héroe escondido del Museo Militar» había fracasado de nuevo y no había podido interesar a los Electores en su proyecto de constituyente.

La segunda explicación posible es de peor calaña: que, de nuevo, se sentía ganador y en próxima posesión de la jefatura del Estado, y como la legislación permitía que el Presidente de la República convocara al referéndum, ya él, el protoungido Chávez Frías ¡no necesitaba a los Electores para nada!

Ha debido tratarse de la combinación de ambas razones. Ni el chavismo era una cosa tan organizada ni Chávez Frías creía en los Electores, a quienes jamás consultó o tomó en cuenta para intentar la ruta quirúrgica del 4 de febrero de 1992, cuando el camino médico, democrático, estaba completamente despejado.

Seis años más tarde teníamos a Chávez Frías organizando payasadas, fiesticas con payasitas para que fuesen reseñadas en las páginas sociales de los periódicos capitalinos. Nunca le ha venido mal el disfraz a Chávez Frías. Uno puede imaginarlo perfectamente dando un discurso con el atuendo de Popy.

……..

Claro que en el poder es más peligroso que un payaso, que a fin de cuentas hace su trabajo profesional. Aun el más psicopático entre los histriones no es tan corrosivo y violento que pueda igualar el abuso de un payaso, esta vez en el sentido peyorativo, que está armado y planifica sus batallas.

Así que tenemos que revocarle el mandato. El país no debe darse el lujo de fracasar en el intento, especialmente por hacer caso de la obscena gesticulación de los bufones. Acosta Carles, por ejemplo, arrancando explícitamente su campaña con la presunción de haber vencido al adversario con un regüeldo. No podemos mantener un gobierno tan patológicamente histriónico. ¿Cargaremos con la culpa de no ser capaces de librarnos de él?

«Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho». (John Stuart Mill, Ensayo sobre el gobierno representativo).

LEA

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LEA #73

La palabra escenario se ha generalizado, sobre todo, en el lenguaje político. En el sentido usual se entiende por escenario alguna situación futura; en el sentido técnico un escenario se considera incompleto si no existe especificación de la secuencia de pasos que llevan de la situación actual hasta la futura. Es en este sentido que describimos aquí un escenario, que por supuesto no ignora la existencia de una multiplicidad de otros escenarios factibles.

Tiene que ver con iniciativa de esta publicación en su anterior entrega, cuando decíamos: «Desde que comenzó el actual período constitucional el aparato público venezolano cuenta con la innovación de la figura del Vicepresidente Ejecutivo de la República. Comoquiera que pudiéramos estar ante una inminente elección presidencial, y ésta involucrará con toda seguridad un cambio de Vicepresidente, conviene refrescar cuáles son las atribuciones de este peculiar funcionario… tal vez un desplazamiento de la atención hacia la figura del Vicepresidente contribuya a destrancar el juego por los predios de la oposición institucionalizada en la Coordinadora Democrática. Tanto porque pudiera generarse más consenso sobre el Vicepresidente que sobre el Presidente, como porque, en efecto, las capacidades de un Vicepresidente moderno pudieran compensar un perfil más convencional en el Presidente… El número uno es importante, ciertamente, pero pudiera ser que la clave del momento estuviese en encontrar un acertado número dos».

El escenario parte de lo siguiente: en pocos días más, aun con un retraso que exceda el Día de los Enamorados, el Consejo Nacional Electoral procederá a convocar, con tiempo suficiente para que se escenifique antes del 19 de agosto, un referendo revocatorio del mandato del Presidente de la República.

Por estas fechas habrá culminado para Súmate el compromiso más importante de su exitosa trayectoria cívica, bajando así la presión sobre María Corina Machado y Parisca. Su nombre pudiera entonces asomarse como magnífica opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República. Vistas las atribuciones constitucionales de este cargo, podríamos estar muy tranquilos si en un futuro próximo la Vicepresidencia pasara a manos de la ingeniera Machado, joven, moderna, independiente, seria, eficiente, responsable, tenaz y serena. Cualquier Presidente de la República contaría en ella con una Vicepresidenta de lujo. Tanto es así que su designación en el puesto pudiera ser objeto de acuerdo preelectoral de los que pretendan la Presidencia de la República. He allí un pacto sencillo.

La figura de María Corina Machado refrescaría de inmediato el tráfico político nacional. Una mujer joven, carismática, profesional, que ha dirigido la organización ancla de la sociedad civil con gran tino, eficacia y equilibrio, con imparcialidad que quisiera para sí el CNE, sería una contrafigura ideal a la perniciosa gestión de José Vicente Rangel, y probablemente crearía entusiasmo y un foco positivo hacia el futuro, cosa que nuestros nobles «Ni-ni» esperan con angustia.

Si llegare a ser ineludible que unas elecciones primarias fuesen la instancia que determinaría un candidato unitario a la Presidencia, todavía Súmate podría ser el organizador indicado del evento (preferible a la Coordinadora Democrática) aun cuando la ingeniera Machado ya estuviese en lides vicepresidenciales, pues Súmate ha sido por su buen criterio una organización que no depende para subsistir de su excelente gerencia. Veinte ediciones atrás (Nº 53, 11 de septiembre de 2003) esta carta adelantaba: «…allí está Súmate, lista, técnicamente suficiente, claramente imparcial, para organizar esas primarias. Después del segundo y último firmazo, ésa será la tarea que le tocará realizar. A Súmate, todo nuestro apoyo».

En todo caso, María Corina Machado puede ser un brillante número dos, que daría un benéfico impulso y una oxigenación inestimable a un proyecto político de transición con alto grado de consenso.

La Presidencia es otra cosa. En nuestro criterio, dentro de la lista informal de candidatos que se manejan para la presidencia de transición, Teodoro Petkoff sería probablemente la opción preferible. Con suficiente experiencia política, hoy independiente, con carácter y energía suficientes, Petkoff es un presidente con quien todos podríamos vivir, incluso los chavistas.

Estatura de estadista tiene, ciertamente, y experiencia concreta de gobierno, a la que aportó además de su trayectoria política su formación de economista. No es esta condición algo que pueden exhibir, por mencionar algunos casos, Américo Martín, Alejandro Armas, Cecilia Sosa, Manuel Cova o Alberto Quirós Corradi, aunque este último puede mostrar indudable capacidad ejecutiva.

Pero aquí se trata no sólo de gerenciar, sino de proveer una visión de Estado. Acoplado este capital a los evidentes talentos de la directora de Súmate, Petkoff y Machado pueden convertirse en dupla invencible. Anunciada con anterioridad al revocatorio mismo puede generar entusiasmo suficiente como para compensar la tendencia a la abstención en un importante segmento de Electores.

El CNE pudiera objetar que se hiciese campaña para la Presidencia, pues no hay aún resultado revocatorio y por ende no hay seguridad de elecciones presidenciales posteriores. Pero ¿cómo podría objetar una campaña centrada en la Vicepresidencia Ejecutiva de la República cuando este cargo no está sujeto a elección y por tanto sale de su ámbito?

La secuencia completa del escenario: convocatoria a referendo revocatorio, emergencia de María Corina Machado como candidata de consenso a la Vicepresidencia, campaña de futuro centrada en ella, obtención de un candidato unitario idóneo para la Presidencia (ojalá por primarias, ojalá Petkoff), revocación del mandato presidencial, cierre del período constitucional en magníficas manos. Inshallah. LEA

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CS #72 – Ni lo uno ni lo otro

Cartas

Las últimas décadas del siglo XX, en gran medida por usanza norteamericana, dieron en llamarse post modernismo. No teniendo conciencia clara de lo que eran, tampoco encontraron un nombre propio, un sustantivo que les describiera con propiedad. Por esto lo adjetivo, por esto lo adverbial. Nosotros somos lo que viene después del modernismo, y no tenemos nombre todavía.

Así hubo en Venezuela un lema de campaña que proponía una «democracia nueva», o un «paquete alternativo» que se llamó «una economía con rostro humano». Pretendían llegar a la sustantividad con la adición de adjetivos. Casi pudieran haber dicho, en vez de una nueva democracia, una post democracia, para seguir la antedicha moda intelectual norteamericana.

Así hubo una estrategia de un partido en Venezuela expresada en estos términos: oposición al gobierno de Caldera, deslinde de Acción Democrática, continuar la exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otros partidos. Textual. No hay, en esta estrategia alienada, fuera de sí, una sola referencia a la esencia propia. Todo se entiende en oposiciones o alianzas respecto de terceros.

O no hay ya esencia, entonces, o se carece del modo de nombrarla. Tal vez esto sea síntoma de tiempos nuevos, de cosas demasiado incipientes, de cosas que comenzamos a hacer sin saber cómo se llaman. García Márquez habló de mundos que eran tan recientes que las cosas aún no tenían nombre, y para referirse a ellas había que señalarlas con el dedo.

……………

Laureano Márquez y Elías Santana, por nombrar sólo dos recientes casos, emiten vistosas pero superficiales y fáciles invectivas contra una buena cantidad de ciudadanos, a quienes una igualmente superficial nomenclatura intenta designar con el negativo apelativo de «ni-ni». Lo hacen, además, con autosuficiencia moral. Regañan.

José Antonio Gil, en cambio, anticipa o echa en falta un promedio entre extremos. William Ury viene a hablarnos de un «tercer lado». ¿De quién hablamos? ¿Es que no hay modo de hablar de esa gente de modo sustantivo?

No se trata de un tercer lado. No se trata de definirse diciendo: yo no soy tú pero tampoco tú. No se trata de insinuarse como una cuña entre dos polos para separarlos. Se trata de elevarse a un plano superior en el que sobrevivirán elementos de ambos polos. Pero no es un promedio porque la visión que necesitamos trae nuevos elementos. No es una suma algebraica. No es oposición sino superposición.

Por ejemplo, sí se trata de decir que somos enjambre humano. Que un enjambre humano es un sistema complejo, y que los sistemas complejos, nos enseña la ciencia más revolucionaria y novedosa, presentan tendencia a la autorganización y «propiedades emergentes». Que aunque los componentes de un sistema complejo como el clima o la ecología, como la sociedad o la economía, puedan ser erráticos y hasta irracionales, del conjunto emerge una racionalidad superior. Es esto lo que da la ventaja al mercado, no una supuesta competencia perfecta que nunca ocurre. Es esto lo que da ventaja a la democracia.

O decir, por ejemplo, que esa mismísima ciencia advierte que los sistemas complejos son muy sensitivos a las condiciones iniciales, y que por tal cosa el aleteo de una mariposa en China puede desatar un temporal en California. Por tal cosa la más pequeña acción de cada uno de nosotros determina la forma del futuro, y por esto no puede aceptarse la irresponsabilidad, aun ante la enorme y compleja sociedad en cuya inmensidad pudiéramos desentendernos de todo. Y por esto no puede aceptarse el sacrificio de lo individual. La responsabilidad del más pequeño por el conjunto necesita la libertad para ser ejercida.

O decir también que las sociedades normales, que las sociedades más sanas siempre tendrán una distribución normal de la riqueza, y que siempre tendrán unos pocos muy ricos y unos pocos más pobres, mientras una gran mayoría deberá tener un nivel de vida adecuado, envidiable por la actual mayoría del país y del mundo.

O que sí es posible una Política para la que lo primordial sea la solución de los problemas públicos, y no la mera búsqueda del poder. Que sí es posible una organización política en la que se privilegie la creatividad y la legitimación programática, en lugar del acatamiento a líneas partidistas.

Porque acá nuestros partidos no encuentran cómo responder a lo que el pueblo pide y porque ya éste se da cuenta, como lo certifican las encuestas.

Porque esos partidos insisten en las dicotomías y en una economía romántica.

Porque seguirán impidiendo que el pueblo designe a sus representantes y los impondrán desde un consejo feudal, un directorio, un cogollito.

Porque todavía entienden «la cuestión social» como el regateo del patrono y del obrero cuando nuestro cuerpo social ya ha rebasado esa antigua disposición clasista, como un día la revolución industrial sustrajo el sentido a los viejos estamentos medievales.

Porque todavía quieren pautarle a lo económico algo más que un perímetro y unas direcciones, llegando a prescribirle la estructura, cuando es así que el tejido económico se fabrica bien si se fabrica a sí mismo.

Porque todavía no entienden que el acto político no es una decisión penal de inquisición y no se agota en una lucha contra una «corrupción» que no es otra cosa que expresión de una curva normal y de una indigestión por comilonas sucesivas de moneda extraña.

Porque no se dan cuenta de que el «bien común» o la «justicia social» no pueden ser objetivos, sino criterios para seleccionar de la gama de opciones factibles, de los proyectos con base, aquel proyecto y aquella opción que más justicia realice y mayor bien alcance.

Por todas estas cosas y otras similares, es por lo que es preciso crear una nueva sociedad política en y desde Venezuela.

Una nueva sociedad política, no un partido. No una organización que sólo acierta a definirse si postula, casi en el mismo instante de su nacimiento, un candidato a la Presidencia de la República. Una nueva sociedad, un pacto social. Que sea ella misma el paradigma para la sociedad venezolana. Que para ella sea inconsecuente que alguno de sus miembros sea, por supuesto, mujer o negro o empresario o musulmán o militar, como que tampoco tenga necesidad ninguna de impedir la entrada de los que sean copeyanos, adecos, masistas, emeverristas , primerojusticieros, alianzabravopueblistas o fieles a cualquiera otra de estas subrreligiones, con tal de que entiendan que ninguno de esos puntos de vista fragmentarios tiene la respuesta a los verdaderos problemas de hoy día. Y que por ende les dote de un lenguaje común en el que puedan formular proposiciones que les hagan acordarse, si es que aún no se han percatado de que son sus puntos de partida los que les mantienen enconados.

Una idea, que genere un movimiento que funde una organización que preste un servicio. Una organización que emplee recursos de su presupuesto central para alimentar operaciones políticas. Como campañas pro leyes que se introduzcan por iniciativa popular. O como la elección de miembros a cargos representativos, siempre y cuando cada uno de éstos haya sido capaz de juntar un grupo de electores que lo apoye. Una sociedad que propugne un pacto social cuya encarnación no se limite a ser una comisión tripartita, pues la anatomía de la sociedad es bastante más compleja que cabeza, tronco y extremidades. Que lo extienda más allá de una transferencia de la economía pública a la economía privada, y que lo lleve a la transferencia de lo hipertrofiado del gobierno central al estrato del interés y la gerencia provincial y municipal. Que no restrinja la formulación de un «plan de la Nación» a la recomendación terapéutica y tenga la audacia de emplear concentrada y concienzudamente una fracción de sus recursos en conquistas más audaces. Una sociedad que lleve a todas las aulas la revolución de la informática y que al mismo tiempo establezca una comunicación regular con sus miembros que trascienda la esporádica convocatoria a un «acto de masas». Una sociedad que nunca más se refiera a sus miembros como «masa» Una sociedad que haga uso de la inmediata posibilidad tecnológica para dar paso a la participación de la voz del pueblo, que promueva la encuesta, la consulta, el referéndum.

Una organización que ya no pretenda generar la política pública sin recurrir al análisis científico de las políticas. Que pueda ser selectivamente radical para no matar al paciente de choque cuando intente reformas universales para las que no hay capacidad de gerenciar y también para que no se conforme con una estrategia de paños calientes. Que sea humilde como para entender que es necesaria la experimentación social porque de lo social se sabe menos de lo necesario para estar totalmente seguro de todo. Que no entienda la ocasional incertidumbre política como debilidad y que no crea que la equivocación debe ser ocultada a toda costa. Que piense que si ha podido ver más es porque no tuvo que inventar la rueda de 1958 y que si los líderes de hoy no han podido ofrecer el nuevo modelo, el nuevo paradigma, es porque se encontraron atareados construyendo las posibilidades que tenemos ahora y que hoy son héroes de una profecía ya cumplida.

Estas cosas no pueblan los discursos políticos convencionales, pero forman parte de un enfoque alterno del que se desprenden conclusiones y métodos que eluden el pantano de la política tradicional, que no es otro que el de la crisis general de la política, hasta ahora dominada por el paradigma de la política de poder o Realpolitik, y del que Chávez no es otra cosa que exacerbación, que proceso neoplásico desbocado.

Quienes sientan estas cosas que anteceden como veraces o deseables serían regañados, por humoristas con arrestos de políticos bíblicos, porque las encuestas no serían capaces de entenderlos y los llamarían «ni-ni». Pero los verdaderos «ni-ni» son Chávez y la oposición conspicua, puesto que ni lavan ni prestan la batea. Ni resuelven los problemas ni permiten que otros lo hagan. El gran «ni-ni» de Venezuela se llama Hugo Rafael Chávez Frías.

LEA

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LEA #71

LEA

La angustia se elevó por los cielos en los últimos días en Venezuela. Los acontecimientos del CNE dominaron los corazones y espíritus sensitivos olfatearon la posibilidad de una guerra civil a la vuelta de la esquina, tal era el desasosiego y la claustrofobia social. (Y la prédica de algunos actores que volvieron por sus fueros, exponiendo que sólo quedarían salidas de fuerza).

La sensación, en algunos, fue la que experimentaría un viajero en el interior de una larga caverna, y que mientras transita a gatas por un pasaje particularmente estrecho, tropieza todavía con una piedra que le corta en la pierna. El descontrol se apodera de él y se desespera y entra en una espiral viciosa que le oprime todavía más. La OEA había venido a decir que necesitaba acceso a dos áreas, control de calidad y comité técnico superior, y la decisión sobre su petición estaba aún en suspenso cuando Ezequiel Zamora declaró la emergencia. Había descubierto una mina enterrada en el piso y alertó públicamente del hecho. Esta fue la piedra que produjo la sangre.

Pero la verdad es que la diligente vigilancia y oportuna denuncia de Zamora logró restañar la herida a tiempo, y Francisco Carrasquero debió dar las instrucciones que corrigieran el abuso de un funcionario chavista en el CNE. Se perdió algo de sangre, posiblemente. Unas pocas firmas, tal vez, habrán sido invalidadas, al menos temporalmente, pero esa hemorragia pudo ser controlada. En esta trampa los cazamos.

Claro que en medicina se conoce la condición de «hemorragia por capas», lo que quiere decir que los médicos pueden afirmar que habrá nuevas hemorragias, pero no predecir cuándo y dónde. La vigilancia no puede cesar; menos después de la demostración de puertas cerradas del viernes. El sendero del revocatorio transita sobre terreno minado.

Entretanto, continúa operando el Estado subtotalitario, el que puede decir que no ha cerrado ningún canal de televisión—mientras el 23 de enero el Ministro de Infraestructura encabeza, con pañuelo de «tupamaro» al cuello, sobre poderosa motocicleta, una caravana frente a Globovisión. O continúa la presión de «pitbulls» que no cejan sobre Alfonso Martínez o se autoriza a la Asamblea a aprobar la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia por mayoría simple. Etcétera.

También trajo sosiego la providencial presencia de Carter, sin la menor duda. Chávez tuvo que admitir, en público, la petición de Jaramillo y el ex presidente norteamericano pudo declarar que no veía asomo de fraude por ninguna parte.

Alguien, entonces, está en campaña. (La «Misión Cristo»—pobreza cero en 2021—no es un anuncio de campaña por la alcaldía de Puerto Cumarebo, sino por la jefatura del Estado). La campaña del revocatorio es, en el fondo, una campaña presidencial con un solo candidato, y por esto es preciso encontrar «una contrafigura de Chávez, aunque esa figura no vaya a ser candidato». (Fórmula de Alfredo Keller, junio de 1998).

Demasiada gente determinará su participación en el revocatorio según pueda ser convencida por la hipotética contrafigura. Es la hora de la «Operación Diógenes»: Hay que encontrar, pronto, a esa persona.

LEA

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