por Luis Enrique Alcalá | Ene 29, 2004 | Cartas, Política |

El Tribunal Supremo de Justicia acaba de decidir que la Asamblea Nacional puede, por mayoría simple, no calificada, aprobar una ley orgánica que regirá la actuación de sí mismo. La decisión de su Sala Constitucional, en distribución de votos que tal vez sea premonitoria de divisiones en otros organismos (Consejo Nacional Electoral, por ejemplo, donde también son cinco los votos) fue soportada por tres magistrados y rechazada por otros dos.
La Constitución, curiosamente, estipula una condición para iniciar la discusión de leyes orgánicas que depende de si han sido anticipadas en el texto constitucional. Si se trata de una ley que no ha sido contemplada por la Constitución, entonces se exigirá la votación calificada de dos terceras partes a favor de la Asamblea Nacional. Pero si apareciera en algún artículo de la Constitución una alusión siquiera a una ley orgánica de los gallineros verticales, entonces no se necesitaría sino mayoría simple para admitirla. (Artículo 203: «Todo proyecto de ley orgánica, salvo aquel que la propia Constitución así califica, será previamente admitido por la Asamblea Nacional, por el voto de las dos terceras partes de los y las integrantes presentes antes de iniciarse la discusión del respectivo proyecto de ley»).
¿Cuál de estos dos casos tipifica a la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia? Pues el segundo, lamentablemente. La Constitución hace mención específica de esa ley y por tanto no se requiere de las dos terceras partes de los votos de la Asamblea Nacional para aprobarla. La Constitución hace, por cierto, una única mención de esa ley en el Artículo 262: «El Tribunal Supremo de Justicia funcionará en Sala Plena y en Sala Constitucional, Político Administrativa, Electoral, de Casación Civil, de Casación Penal y de Casación Social, cuyas integraciones y competencias serán determinadas por su ley orgánica».
En este punto, no obstante, parece atisbarse en el lejano horizonte una vía de escape, pues resulta que la condición astringente—la mayoría calificada—también se requerirá de las modificaciones a las leyes orgánicas. Así, el primer aparte in fine del mismo Artículo 203 establece: «Esta votación calificada se aplicará también para la modificación de las leyes orgánicas».
Así opinó, por ejemplo, el Dr. Hermann Petzold-Pernía: «Es decir, que como no se hace distinción entre las leyes orgánicas previstas en la Constitución y aquéllas leyes así denominadas por mandato parlamentario, la admisión y discusión del proyecto de Ley Orgánica del TSJ, que busca precisamente modificar la vigente Ley Orgánica de la Corte Suprema de Justicia, exigiría el voto favorable en la AN «de las dos terceras partes de los y las integrantes presentes». (En el artículo de prensa LAS LEYES ORGÁNICAS SEGÚN LA CONSTITUCIÓN VIGENTE (Y II), en su columna Nº 151 «Desde la Academia», diario La Verdad, Maracaibo).
El quid pareciera estar, entonces, en considerar o no el proyecto de Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia como modificación de la Ley Orgánica de la Corte Suprema de Justicia de 1976. Pero puede sostenerse que éste no es el caso: el nuevo proyecto no está concebido como reforma de la ley vigente. Tanto es así que el proyecto dispone (salvo una excepción en la Disposición Transitoria Tercera) la completa derogación de la LOCSJ.
Esto es, el nuevo proyecto no se concibe como adición, enmienda o mera modificación, sino como una ley enteramente nueva que desplazará, suplantará y abolirá la anterior. Si no fuera así se llamaría Proyecto de Reforma a la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia.
Independientemente de que el proyecto de LOTSJ asuma mucha de la materia y disposiciones de la LOCSJ, guarda con esta última la relación que la Constitución vigente tenía con la de 1961. No se trató en ese caso de una mera reforma, sino de la superposición de un concepto constitucional cualitativamente diferente, razón por la cual requirió el procedimiento constituyente extraordinario, pues el procedimiento ordinario de reforma o enmienda quedaba excedido. En suma, no podría considerarse al proyecto de LOCSJ como modificación, y por tal razón no puede aplicársele la previsión: «Esta votación calificada se aplicará también para la modificación de las leyes orgánicas».
El propio Artículo 262 es la clave para entender esto. Su redacción es en tiempo futuro: «
serán determinadas por su ley orgánica». Por otra parte, estipula una arquitectura de salas que no existen siquiera en la ley de 1976. (Constitucional, Electoral, Casación Social, que son creaciones de la Constitución de 1999).
¿Puede todavía patalearse? Seguramente, pero el pataleo será inútil. Se trata de una falla de origen, ocurrida el 15 de diciembre de 1999. Estábamos entrampados desde esa fecha, no tan cercana. El Tribunal Supremo de Justicia «no tenía más remedio» que interpretar como lo hizo el recurso que le fue interpuesto.
Lo que lleva a formular la siguiente incómoda pregunta: ¿por qué quienes se exhiben como pretendidos líderes de la sociedad civil no anticiparon esta situación que, se sabía desde hace cuatro años y un mes, inexorablemente se presentaría? ¿No leyeron la Constitución o simplemente se habituaron a la política intencionalmente morosa del régimen y dejaron correr el tiempo para que «como viniera viniendo fuéramos viendo»?
El manejo chavista de estas cosas ha sido característicamente moroso. ¿No estuvo en mora la Asamblea Nacional desde enero de 2000 hasta septiembre de 2003 en lo de nombrar un CNE que sustituyera al provisorio de Avella, dejando a éste cocerse en su propia salsa e impidiendo que se diese el referendo consultivo que fue la segunda proposición de Primero Justicia? ¿No está en mora con, precisamente, la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia? ¿No está este mismo tribunal en mora con la renovación de sus autoridades desde diciembre de 2002? ¿No está en mora el gobierno con la creación de una superintendencia de servicios de certificación de firmas electrónicas, que por ley habilitada de febrero de 2001 las reconoce como de plena eficacia probatoria y con las que pudiéramos, en principio, revocar el mandato de Chávez por Internet?
¿Está la única dirigencia formalmente reconocida por la OEA, la Coordinadora Democrática, desbordada por la cantidad de amenazas? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que en 2004 debía haber elecciones regionales y municipales? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que había la posibilidad de un referendo revocatorio, antes de hablar de enmiendas constitucionales de recorte de período, referendos consultivos y nuevas constituyentes? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que de producirse la falta absoluta del presidente antes de cumplirse cuatro años de su actual período habría que celebrar elecciones en un lapso no mayor de un mes? ¿No sabía, desde el 15 de diciembre de 1999, que el Tribunal Supremo de Justicia terminaría diciendo lo que dijo sobre su propia ley orgánica?
¿Es que no puede ya manejar el asunto?
Puede decirse claro, que esos políticos de oficio hicieron lo que pudieron, y que gracias a sus dilatorias escaramuzas parlamentarias el chavismo no tendrá tiempo de cobrar los frutos de la decisión—el nombramiento de nuevos magistrados del TSJ—antes del revocatorio. Al menos eso.
¿Después? Como vaya viniendo vamos viendo. Este punto en particular dependerá, en gran medida, del resultado del revocatorio presidencial y, muy en particular, de los revocatorios parlamentarios, que pudieran modificar la composición de una Asamblea Nacional que, hoy por hoy, está en manos del gobierno y bien pudiera continuar así. Todas las batallas son importantes. Y son muchas.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 9, 2004 | Económica, Estudios, Política |

introducción
La expresión inglesa “has been framed” se aplica a quien siendo inocente es comprometido con evidencias y circunstancias, adulteradas o fabricadas intencionalmente por quienes le “enmarcan”, con peligro cierto de ser privado de su libertad o su vida.
En la psicología de la cognición, en cambio, “frame” (marco) es un conjunto conceptual asociado con alguna idea, con alguna palabra, y que la acompaña en su combinación con otras palabras o ideas.
Por ejemplo, la palabra “alivio” tiene un marco conceptual asociado a ella: con el fin de dar alivio a alguien es preciso que haya una aflicción y una parte afligida y una parte que la alivie, que quite el daño o el dolor. Quien alivia es un héroe. Quien quiere impedirle es un villano, puesto que quiere que la aflicción siga. Toda esa información se conjura con el uso de una sola palabra.
Si ahora se combina con la palabra “fiscal”, para constituir la frase “alivio fiscal”, se dice con ella que el impuesto es una aflicción. Con esa metáfora, quien libere del impuesto es un héroe y quien trate de detenerlo un hombre malo. De modo que si se generaliza el uso de la expresión “alivio fiscal” con eso se generaliza la aceptación del marco conceptual descrito. (Ejemplo del profesor George Lakoff, de la Universidad de California en Berkeley).
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No cabe duda de que una parte significativa del empresariado venezolano “has been framed” en tiempos recientes. Se la ha presentado y enmarcado como insensible, delincuente, amotinada y traidora.
A estas fechas el empresariado nacional ha recuperado parte de su antigua reputación pero, según algunas mediciones, a comienzos del presente período constitucional sólo 37% de los venezolanos opinaba que trabajaba mucho o algo por resolver los problemas del país. (Estudio Perfil 21 Nº 40, Consultores 21, primer trimestre de 1999. El correspondiente al cuarto trimestre de 2003, con data recogida entre el 5 y el 13 de diciembre mide un aumento a 50%, lo que significa que una mitad aún opina que los empresarios trabajan poco o nada “por resolver los problemas del país”).
En gran medida este insatisfactorio estado de la opinión se debe a una deliberada actividad de propaganda contra la libre empresa, que ha tenido importante grado de éxito en “enmarcar” la idea e imagen del empresariado o el empresario de manera negativa. Desde la campaña electoral de 1998 hasta la fecha la propaganda adversa ha sido más intensa y sistemática. No ha existido una defensa adecuada del empresariado ante este proceso. Si bien se han dado instancias aisladas y no sistemáticamente conexas de refutación del marco negativo, no se ha hecho el trabajo definitivo: la construcción y difusión programada de marcos sanos que puedan superponerse (más que oponerse) al marco pernicioso y permitan un nuevo posicionamiento del empresariado en la psiquis nacional.
En lo que sigue se propone un conjunto de marcos para el empresariado venezolano. El posicionamiento del empresariado venezolano en la psiquis nacional se vería grandemente mejorado en la medida en la que tales marcos se difundan y anclen firmemente en ella.
Notas
1. En entrevista registrada en BuzzWatch (Inside the Frame, 15 de enero de 2004) George Lakoff describe: «Desde el primer día de Bush en el poder, el lenguaje proveniente de la Casa Blanca cambió por completo. Los boletines de prensa cambiaron. Una de las nuevas expresiones fue «alivio fiscal». Evoca todas esas cosas: que los impuestos son una aflicción de la que debemos librarnos, que hacer eso es heroico, que quienes tratan de impedir esta cosa heroica son malos. Los boletines de prensa se enviaron a todas las televisoras, a todos los periódicos, y pronto los medios comenzaron a usar la expresión «alivio fiscal». Esto pone allí un cierto marco: un marco conservador, no un marco progresista. Pronto una buena cantidad de gente estaba usando la expresión «alivio fiscal» y antes de darnos cuenta los demócratas comenzaron a usar la expresión «alivio fiscal» y se dieron un tiro en el pie».
2. Para un tratamiento bastante exhaustivo y técnico del tema de los marcos, con especial aplicación a la elección entre opciones con diferentes resultados esperados, y su diferente presentación o “enmarcamiento”, puede verse “Choices, Values and Frames”, editado por Daniel Kahneman y Amos Tversky y publicado por Cambridge University Press en 2000. Los autores se hicieron acreedores al Premio Nobel de Economía por sus trabajos desde la perspectiva de la psicología de la cognición. Tversky murió antes de recibirlo.
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Primer marco: La sabiduría del enjambre
Para la economía clásica la mano misteriosa del mercado estaba basada en la eficiencia del decisor individual. Se lo postulaba como miembro de la especie homo œconomicus, hombre económicamente racional. Los modelos del comportamiento microeconómico postulaban competencia perfecta e información transparente. El mercado era perfecto porque el átomo que lo componía, el decisor individual, era perfecto. La propiedad del conjunto estaba presente en el componente.
En cambio, la más moderna y poderosa corriente del pensamiento científico en general, y del pensamiento social en particular, ha debido admitir esta realidad de los sistemas complejos: que éstos –el clima, la ecología, el sistema nervioso, la corteza terrestre, la sociedad– exhiben en su conjunto “propiedades emergentes” a pesar de que estas mismas propiedades no se hallen en sus componentes individuales. En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida. Como lo ponen técnicamente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en Exploring Complexity (Freeman, 1989): “Lo que es más sorprendente en muchas sociedades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del individuo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la ineficiencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones coherentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia”. Hoy en día no es necesario suponer la racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales.
Es esta característica natural de los sistemas complejos el más poderoso fundamento de la democracia y el mercado. A pesar de la imperfección política de los ciudadanos concretos, la democracia sabe encontrar el bien común mejor que otras formas de gobierno; a pesar de la imperfección económica de los consumidores el mercado es preferible como distribuidor social.
Y esto lo llega a entender el pensamiento de izquierda.
John Haldane, fallecido en 1964, fue un notable científico de Inglaterra, biólogo, genetista, pero también el editor del periódico del Partido Comunista de Inglaterra (The Daily Worker). Esto último no le impidió advertir en un certero trabajo sobre el tamaño adecuado de las cosas, que las estructuras preconizadas por el socialismo no podrían funcionar en países del tamaño de los Estados Unidos o de Rusia: “Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca”. (J.B.S. Haldane, “On Being the Right Size”, en “Gateway to the Great Books”, en edición de la Enciclopedia Británica.)
Somos enjambre humano. De nosotros como mercado, de nosotros como democracia, surge orden, sin necesidad de que una autoridad general nos lo imponga.
Kevin Kelly refiere (en “Out of Control”, Perseus Books, 1994) la experiencia de 5.000 personas en un gran auditorio. A esta cantidad de gente se pidió dividirse en dos mitades y se le advirtió que 2.500 miembros del público manejarían una sola raqueta (digital) de ping pong contra los otros 2.500 asistentes que manejarían entre todos la suya. (A cada asistente se había repartido previamente una cartulina cuadrada, uno de cuyos lados era verde y el otro rojo. Dos cámaras de televisión cubrían ambos lados del salón, dividido por un pasillo central. Cada una registraba las proporciones de verde y rojo en la mitad correspondiente. Verde significaba subir la raqueta, rojo bajarla. Computadores acoplados a las cámaras de televisión agregaban el color y remitían la instrucción promediada a cada raqueta. Los circunstantes podían ver el curso del juego en una gran pantalla al centro del proscenio. Sin el más mínimo ensayo previo, sin que la voz de un capitán gritase verde o rojo, dos millares y medio de cerebros independientes creaban la decisión correcta y enviaban la raqueta a la altura necesaria para encontrar la pelota. Cinco mil personas jugaron así un razonable juego de ping pong, y siguieron haciéndolo a pesar de que se aumentara la velocidad de la pelota.
No contentos con eso emprendieron luego un más difícil ejercicio que se les propuso. Ahora gobernarían un avión electrónicamente simulado para aterrizarlo. El lado derecho de la sala –2.500 personas– gobernaría la altitud del avión; otro tanto, del lado izquierdo, determinaría la dirección. Verde arriba, rojo abajo. Verde estribor, rojo babor. Y cinco mil personas asumían la delicada tarea y en la primera aproximación, sin que ni una voz lo advirtiese, sentían que el avión se estrellaría y de repente el avión ascendía y daba vuelta, abortando el aterrizaje, para intentarlo otra vez hasta lograrlo.
En ese enjambre humano, sin dirección central, las decisiones del conjunto eran correctas.
Eso hace el mercado. La mejor oportunidad que tiene la justicia social es el mercado. En el bazar planetario que ahora se gesta en la globalización, será factible, con el tiempo, normalizar la distribución mundial de la riqueza a través del mercado.
Notas
- La moderna teoría de la complejidad es una gestación intelectual extraordinaria del siglo XX y ciertamente es la nueva base para una mejor comprensión de la realidad, del universo y la sociedad. El trabajo de Prigogine tuvo que ver con la aplicación del segundo principio de la termodinámica a sistemas complejos, incluyendo los organismos vivos. El segundo principio estipula que los sistemas físicos tienden a deslizarse espontánea e inexorablemente hacia un estado de desorden, proceso que se conoce como crecimiento de la entropía. Sin embargo, el principio no logra explicar cómo pudieron haber surgido sistemas complejos a partir de estados menos ordenados y haberse mantenido desafiantes de la tendencia a la entropía. Prigogine postuló que mientras los sistemas recibiesen energía y materia de una fuente externa, los sistemas no lineales (o, como los llamó, las estructuras disipativas) pueden pasar por períodos de inestabilidad y luego se autorganizan, dando paso a sistemas más complejos cuyas características no pueden ser predichas sino como probabilidades estadísticas. El trabajo de Prigogine tuvo gran influencia sobre una amplia variedad de disciplinas, y fue fundamental para las teorías del caos y la complejidad. La libertad es una condición de lo complejo.
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Segundo marco: una abeja hace la diferencia
En 1959 Edward Lorenz, meteorólogo, manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo.
El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.
Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.
Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.
Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales.
La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California.
Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal, así como el conjunto, a pesar de lo discutido en el marco precedente, no puede ser pretexto para dañar a la parte.
De nuevo, la más moderna interpretación científica de la complejidad provee fundamento fuerte a un principio consustancial a la actividad de los empresarios: el respeto por el individuo, por la trascendencia de sus actos libres. En el enjambre de un país, de una economía, no es posible despreciar la acción individual. Una abeja puede hacer la diferencia. Una persona individual es responsable por todo el futuro de la humanidad, y para serlo plenamente necesita la libertad.
Notas
- Una introducción no técnica a la teoría o ciencia del caos puede encontrarse en el libro divulgativo de James Gleick: “Chaos: Making a New Science”. (Viking Penguin, 1987). Plaza & Janés ha publicado versión en castellano.
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Tercer marco: la sociedad normal
Todo estudiante de Medicina, antes de ser expuesto al problema de la enfermedad, invierte dos años de estudios en la comprensión de la estructura y el funcionamiento del cuerpo humano en estado de salud. Antes de enfrentarse a la enfermedad debe saber exactamente en qué consiste un individuo sano.
La acción social responsable debiera adoptar la misma estrategia: antes de inventar y aplicar políticas el decisor público debe tener claro qué es una sociedad normal.
Cualquier sociedad lo suficientemente grande tenderá a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de “las cualidades morales”: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.
En consecuencia, la distribución teóricamente «correcta» de las rentas, de adoptarse un principio meritológico, sería también la expresada por una curva de «distribución normal», dado que en virtud de lo anteriormente anotado sobre la distribución de la heroicidad y en virtud de la distribución observable de las capacidades humanas –inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc.– los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.
Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. Para comenzar, en relación con discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica esa concepción que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una «normalización», en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria, independientemente de si esa igualación fuese planteada hacia «arriba» o hacia «abajo».
No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña, sin embargo. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de justicia social que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado. Pero la tarea es la de obtener la normalización, no la de establecer primitivas políticas a la usanza de Robin Hood.
Otra conclusión, finalmente, que se desprende del concepto de sociedad normal, es que el progreso posible de una sociedad es el progreso que desplaza a la curva normal como conjunto en una dirección positiva, y no el de intentar el igualamiento de la distribución por modificación en la forma de la curva. Si bien es posible que todos progresen, los esfuerzos que lleven una intencionalidad igualitaria están condenados al fracaso por constituir operaciones tan imposibles como las de construir un móvil perpetuo. Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes y, por tanto, en una sociedad económicamente justa, no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres.
La existencia de un número reducido de personas con rentas muy elevadas es una característica constante, por lo demás, de las sociedades humanas, independientemente del régimen político que en ellas impere. El intento igualitarista soviético jamás pudo impedir la existencia de una clase “privilegiada” por otra. En toda sociedad, aun en la más normal y sana, habrá siempre una pequeña proporción de personas que alcanzan los niveles más elevados de renta. Es ley de naturaleza, no preferencia ideológica.
Notas
1. Las sociedades capitalistas más desarrolladas ostentan, precisamente, una distribución social de las rentas que se acerca bastante a la forma de una campana de Gauss. Lo que es característico de una sociedad enferma es una muy pequeña proporción de ricos, una clase media delgada y débil y una desmesurada proporción de pobres.
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Cuarto marco: un tumor reducido
Un mito generalmente difundido en Venezuela interpreta que la sociedad está mal, en gran medida, en razón de desmesurados procesos de corrupción, a consecuencia de los cuales un grupo poco numeroso de gente sin escrúpulos sustrae indebidamente una renta social que, distribuida como debiese, daría por resultado un país feliz.
A mediados de la década de los ochenta el ilustre Dr. Humberto Njaim, a la sazón profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, publicó un miliar estudio sobre el tema de la corrupción en Venezuela. (Costos y Beneficios Políticos de la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público, Revista de la Facultad de Derecho, UCV). Njaim aventuró una gruesa estimación del peculado en Venezuela y concluyó que la dictadura de Pérez Jiménez había sustraído el equivalente de 1% del presupuesto nacional de cada año, mientras que la democracia había alojado un peculado mayor, de 1,5%.
A primera vista las cifras suenan pequeñas, dada nuestra convicción estándar de que Venezuela sería un país particularmente corrupto. Aplicada, sin embargo, la tasa de “corrupción democrática” estimada por Njaim al presupuesto de 2004 (50 billones de bolívares), se estaría hablando de 750.000 millones de bolívares sustraídos por corrupción en el año. (Si es que las tasas actuales no son mayores que el índice Njaim).
Pero visto el asunto desde otro ángulo, habría que decir que la democracia en Venezuela permitió el respeto a 98,5% de los recursos públicos que no fue sustraído, una buena noticia, sin duda. No puede ser, por consiguiente, que nuestros problemas como nación se deban a un tumor –indudablemente pernicioso y execrable– de 1,5% de tamaño. Algo equivocado debe haber en el manejo de una inmensa mayoría de los recursos públicos que no son objeto de corrupción.
En todo caso, llevados al equivalente en divisa norteamericana al precio actual del mercado libre (en el orden de 3.000 bolívares por dólar) los recursos del peculado montan a la cifra de 250 millones de dólares. Esta cantidad no es sino el 2,5% del faltante en los balances de Parmalat.
Y desde el punto de vista del impacto directo sobre la ciudadanía, el cociente que resulta de dividir el monto teórico de la corrupción entre la población venezolana arroja la cantidad de 30 mil bolívares al año. Este es el perjuicio ciudadano individual causable por corrupción en 2004. No es el caso que si se repartiese directamente esa cantidad a cada habitante la pobreza desaparecería del país.
Por tanto es importante conocer las proporciones reales de la corrupción en Venezuela y, sin cejar en el esfuerzo por moderarla, desmitificarla como presunta causa de atraso y subdesarrollo.
De algún modo el electorado está preparado para esta reinterpretación, pues la corrupción ha disminuido sensiblemente como problema percibido por la población. En 1992 era considerado como el segundo problema más importante del país (23% de la opinión pública lo mencionaba tras 25% que señalaba el estado de la economía como problema principal). Hoy en día (diciembre de 2003) su mención se ha reducido a sólo 1%, muy por debajo del desempleo (33%), la situación política (24%), la delincuencia (17%) y la situación económica (16%). (Estudio Perfil 21 Nº 57, Consultores 21).
Notas
1. Para 1992 los principales problemas del país se ordenaban así: mala situación económica 25%, corrupción 23%, delincuencia 11%, desempleo 7%, situación política 5%. Obviamente ha habido desplazamientos muy significativos en la percepción nacional de los problemas más importantes.
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Quinto marco: una sociedad indigestada
Hasta 1973 la economía venezolana creció serena y consistentemente, a ritmo sensato, dentro del marco de la democracia. A comienzos de ésta (1959) el Estado venezolano propició una reforma agraria, pero también una política de industrialización que implicaba un explícito e importante estímulo a la actividad económica privada.
A partir de 1974 el país experimentó un crecimiento desmedido, cuyas consecuencias seguimos sufriendo a la fecha. En ese año se había cuadruplicado, en cuestión de meses, el valor de las exportaciones energéticas venezolanas, a raíz del embargo árabe de fines de 1973.
Es conveniente enfatizar este hecho: el crecimiento de la década 1973-83 no se debió a factores buscados por Venezuela, sino a causas totalmente exógenas determinadas por terceros actores internacionales, entre las que debe anotarse además la profusa y espléndida oferta de financiamiento internacional de la época.
Cualquier economía, por más sana que fuese, enfermaría de importancia si se viera inundada de esa forma por tan desorbitada y repentina fortuna. De hecho, se conoce con el nombre de “enfermedad holandesa” a procesos de este tipo, para designar la dolencia económica en la que el súbito influjo de ingreso petrolero y ayuda internacional puede destruir la economía. (En los años 70 la explotación de petróleo en el Mar del Norte generó una inundación, esta vez de dólares, en Holanda. La divisa holandesa se revalorizó sustancialmente, encareciendo sus exportaciones no petroleras hasta el punto de hacerlas no competitivas. Al mismo tiempo la importación se hizo barata, y los altos salarios del sector petrolero causaron su elevación en otros segmentos de la economía. Estas fuerzas se combinaron para causar estragos en la actividad privada no petrolera).
De modo que sufrimos una enfermedad por factores no endógenos. Sufrimos un atragantamiento e indigestión de divisa extranjera. (En 1963 el Primer Curso de Dirigentes Campesinos del Instituto Venezolano de Acción Comunitaria se celebraba en Caracas, con una duración de un mes. A los pocos días de haberse iniciado la angustia cundía entre los directivos del instituto, pues la gran mayoría de los dirigentes campesinos asistentes habían enfermado de aguda dolencia digestiva. El temor inicial de una intoxicación causada por presuntos alimentos descompuestos dio paso después a la comprensión de la causa real de la epidemia: los asistentes al curso rara vez habían comido tres veces diarias, y la ingesta normal que ofrecía el IVAC representaba un marcado salto en la dieta habitual de los enfermos. Lo que en principio es bueno puede perfectamente hacerse pernicioso en la práctica, en ciertas condiciones).
Y tampoco es que la gestión económica pública de la época no intentó protegerse de la enfermedad. La creación del Fondo de Inversiones de Venezuela pretendió ser el remedio que ahora se prescribe en Irak para precisamente buscar esa protección. (“En Irak sus funcionarios se preocupan porque el influjo de dólares empuje hacia arriba el valor de la moneda local y dispare los salarios hasta el punto de que la manufactura y otras industrias no petroleras languidezcan… Entre los remedios que la administración Bush está considerando para contrarrestar la enfermedad holandesa está la creación de un fondo para estabilizar el ingreso petrolero del gobierno incluso ante fluctuaciones en los precios del crudo…” Michael M. Phillips, U.S. Tries to Gird Iraq for the Perils of Oil-Cash Glut, The Wall Street Journal, 19 de enero de 2004).
Debe apuntarse, por otra parte, que la República de Venezuela trató de emplear el excedente de ingresos en inversión económicamente razonable. En 1975 cualquier economista del planeta hubiera recomendado al gobierno venezolano que hiciera lo que precisamente emprendió: el desarrollo, mediante concentradas e importantes inversiones, de sus “ventajas comparativas”. Si Venezuela se caracterizaba, además de por su elevado ingreso petrolero, por una abundancia de minerales de hierro y aluminio en una región bendita por la presencia de energía hidroeléctrica abundante y relativamente barata, entonces hacia allí debía ir la inversión pública. El Plan IV de SIDOR fue el programa emblemático de esa política.
Pero nadie entreveía entonces que una profunda transformación de la economía mundial estaba en marcha y haría eclosión en el último cuarto del siglo XX. Así, hubo que esperar a 1986 para leer un comentario como el siguiente: “«La Revolución Industrial estuvo en gran medida basada en mejoras radicales en los métodos de modificación de materiales básicos tales como el algodón, la lana, el hierro y más tarde el acero. Desde entonces, continuas mejoras en las técnicas de producción han hecho disponible un creciente número de productos basados en materiales a un número mayor de mercados. De hecho, desde la Revolución Industrial un aumento en el consumo de materiales ha sido un signo de crecimiento económico… En años recientes parece haberse producido un cambio fundamental en este patrón de crecimiento. En Norteamérica, Europa Occidental y Japón la expansión económica continúa, pero la demanda por muchos materiales básicos se ha estabilizado. Pareciera que los países industriales han alcanzado una encrucijada. Ahora están saliendo de la Era de los Materiales, que abarcó los dos siglos siguientes al advenimiento de la Revolución Industrial, y se están adentrando rápidamente en una nueva era en la que el nivel de uso de los materiales ya no constituye un indicador importante de progreso económico. Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad». (Eric D. Larson, Marc H. Ross y Robert H. Williams, Beyond the Age of Materials, Scientific American, junio de 1986).
Sólo entonces advirtieron: “Dado que el procesamiento de los materiales básicos consume mucho más energía por dólar de unidad producida que lo que lo hacen las actividades de fabricación intermedia y final, aún un pequeño cambio en el procesamiento puede tener un profundo efecto en la energía consumida por la industria (que en 1984 representó dos quintas partes de toda la energía consumida en los Estados Unidos). Nuestro análisis sugiere que la producción agregada de materiales en los Estados Unidos permanecerá en términos gruesos constante entre 1984 y el año 2000 (cuando se la mide en términos de kilogramos de producto ponderados por la energía consumida en fabricar cada producto). Ya que esperamos que la industria mejorará su eficiencia en el uso energético a una tasa de entre 1 a 2 por ciento por año durante ese período, el resultado puede muy bien ser una disminución en el consumo industrial de energía, quizás en tanto como 20%…»
Finalmente concluyeron: «Como cualquiera otra profunda transformación histórica, traerá consigo beneficios así como pesados costos para aquellos que han hecho una inversión en la era que termina. Los países industriales están siendo testigos de la emergencia de una sociedad centrada en la información, en la que el crecimiento económico está dominado por productos de alta tecnología que tienen un contenido de materiales relativamente bajo. En esta sociedad los materiales básicos continuarán siendo usados, y a muy altas tasas si se les compara con las tasas de otras sociedades. El hecho económico crítico es que su uso ya no estará creciendo. En los años por venir, el éxito y el fracaso económicos estarán determinados por la capacidad de adaptarse a esta realidad”.
Pero eso no lo sabía nadie en 1974. Aun doce años más tarde los autores del trabajo reseñado formulaban su visión en términos tentativos. (“Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad»).
En suma, fuimos atacados desde 1973 por patología económica de origen extraño y no sabíamos que poner todos los huevos en la cesta de Guayana crearía rigideces de tanta consideración que aún gravitan sobre nosotros. Esta lectura es importante para desmontar la impresión estándar que se tiene de nuestro desempeño económico general en tanto sociedad: que exhibimos una conducta esencialmente censurable. Dentro de una general propensión nacional a la autodenigración, una interpretación incorrecta de la trayectoria económica venezolana contribuye a la entronización de un marco cognitivo asfixiante.
Notas
- En su obra sobre el suicidio en Europa durante el siglo XIX el sociólogo francés Emile Durkheim se refirió a un tipo de suicidio que denominó “anómico”, el que vendría inducido por un súbito desajuste entre las metas y los recursos de una persona. Así, naturalmente, el incendio y pérdida repentinos de una fábrica podían dejar a un empresario en la ruina y motivarlo a quitarse la vida. Pero el acceso fortuito y repentino a una fortuna inesperada –una herencia imprevista, por ejemplo– igualmente producía un desajuste de tal magnitud que podía generar conductas suicidas.
- La anticipación de incluso tendencias sociales gruesas es asunto que no es fácil. Aun un futurólogo reconocido como el papa de la profesión predictiva, Hermann Kahn, estaba aquejado por importantes puntos ciegos. Por ejemplo, en 1967 publicó su libro “The Year 2000”, una importantísima obra de anticipación del futuro. En sus más de cuatrocientas páginas no es posible encontrar una sola mención del problema ecológico creado por las sociedades de alta industrialización, del que se cobraría conciencia pocos años más tarde.
- A mediados de 1983 se celebró en Caracas una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, que consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras en cuestión se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir cada vez mejor trabajando cada vez menos. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: “¡Uslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!” No fue poca la sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana, pocos meses antes. El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión tomó un camino diferente. De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra –recordemos que se estaba a mediados de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia– y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le sorprendió. En esa conversación nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: “Bueno, sí, pero ¡la que nos tiene verdaderamente alarmados es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!”
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Sexto marco: el empresario como “pana”
Se ha querido presentar al empresariado nacional como actor insensible y egoísta, involucrado en una dominación deliberada sobre los habitantes más pobres del país. La verdad es que el empresario venezolano ha sido destacado pionero en materia de responsabilidad y solidaridad social, tanto en términos de recursos aportados como en materia de iniciativas con imaginación y de conceptos avanzados en la materia.
Siempre hubo filantropía de los empresarios en Venezuela, pero es en la década de los años sesenta cuando su presencia se hizo marcadamente mayor y mejor orientada por una moderna filosofía de la responsabilidad social, de elaboración esencialmente autóctona. En 1963 los empresarios venezolanos concibieron y emitieron su “Declaración de Responsabilidad de la Libre Empresa”, que daba piso principista a la organización y el concepto del Dividendo Voluntario para la Comunidad, que cumple 40 años de existencia en 2004. El documento fue conceptualmente tan importante que la explicación venezolana de sus nociones fue requerida en el continente y en Europa, y misiones de empresarios nacionales fueron a distintos países a llevar el evangelio de la responsabilidad social.
La década de oro de la inversión social privada fue, entonces, la que va de 1963 a 1973, justo el año antes de que se inicie la patología económica venezolana antes comentada. Entre esos años floreció una numerosa constelación de organizaciones no gubernamentales dedicadas a la acción solidaria en casi cada parcela de necesidad, y criterios y conceptos desarrollados por ellas y por la actividad fundacional fueron asumidos por el gobierno para sus propios programas. (En materia, por ejemplo, de desarrollo de las comunidades de menores recursos o en la consideración de la enseñanza preescolar como sistema educativo formal).
Por aquella época, debe anotarse, la incipiente democracia venezolana se vio seriamente amenazada por la violenta actividad subversiva de la guerrilla rural y urbana. El empresariado venezolano eludió la tentación de involucrarse, como le fue propuesto, en la promoción de la violencia contraria, y asumió como suya la acción a favor de las comunidades desde la perspectiva de una ciudadanía corporativa que respondía a la realidad social.
Y aunque a comienzos de la democracia el sector público disponía de más recursos que el sector privado, la acción social de éste se hizo sentir con su creatividad innovadora y la magnitud y energía de su dedicación.
Esto cambió de manera muy importante a partir de 1974. Un Estado repentinamente recrecido en recursos, trastocó las proporciones y las prioridades. Así, un Estado súbitamente rico ya no tuvo tanto interés en la cooperación social proveniente de la iniciativa privada, y el deterioro posterior de las condiciones económicas generales dificultó la proyección de la acción social empresarial.
A pesar de esto la solidaridad social del empresario venezolano sigue siendo muy significativa, como lo atestiguan las cifras de su inversión en la comunidad, que han sido recogidas por reciente investigación sistemática. (Tan sólo una entidad bancaria venezolana, por ejemplo, registra 17 millardos de bolívares de aporte en el “balance social” que publica con regularidad).
Pero más allá de las cifras, es la calidad y la eficiencia de la inversión social privada algo digno de destacar. La sola iniciativa de la red de escuelas de Fe y Alegría representa para el Estado venezolano un enorme alivio de la carga social, y a todas luces es de una productividad superior a la del sistema educativo público.
Hoy en día la presencia social del empresario nacional está multiplicada por todas partes, a través de su contribución al sostenimiento de numerosas ONGs o mediante la operación directa de programas propios. Además del Dividendo Voluntario para la Comunidad, Fedecámaras ha establecido una especial Oficina de Responsabilidad Social, y la Cámara de Comercio Venezolano-Americana (Venamcham) administra su vigoroso programa de Alianza Social. Numerosas fundaciones de diversas escalas canalizan fondos de muy importante cuantía para la educación, la ciencia, la cultura, el alivio de la pobreza, la profilaxis contra las drogas, la salud, el deporte.
Pero como decía Juan XXIII, no sólo hay que ser bueno, hay que parecerlo. Es necesario que el empresariado de Venezuela se reposicione a este respecto, a partir de la realidad de su trascendente solidaridad social.
Notas
- La gestación del Dividendo Voluntario para la Comunidad se remonta a la XVIII Asamblea Anual de Fedecámaras, realizada en Mérida en 1962, por los mismos días en que el “Porteñazo” pretendía dar al traste con el sistema democrático. En esa ocasión Eugenio Mendoza Goiticoa presentó el primer esbozo de su idea de un dividendo para la comunidad. (Entre 2,5% y 5% de la ganancia neta de las empresas para fines de liberalidades).
- Eugenio Mendoza fue, sin duda, un actor emblemático y un pionero en materia de acción social en el continente. Sin embargo, la “década de oro” del empresariado nacional en esta materia contó con verdaderos gigantes. Oscar Machado Zuloaga, por ejemplo, fue uno de los empresarios privados más innovadores de la época y un destacado funcionario público de alto nivel, tanto como ministro como en el rol de presidente de una empresa del Estado. Alfredo Anzola Montaubán, desde la Fundación Creole, fue determinante como fundador y animador de numerosas iniciativas sociales de importancia, con un significativo ingrediente intelectual. Iván Lansberg Henríquez presidió la Asociación Venezolana de Ejecutivos y sucedió a Mendoza en la presidencia del Dividendo Voluntario para la Comunidad. Años más tarde Alberto Krygier presidió igualmente la AVE y alcanzaría la presidencia mundial de CIOS. Bastante antes Santos Erminy Arismendi presidía el Consejo Mundial del Club de Leones.
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Séptimo marco: un pueblo que vale la pena
Un pernicioso marco cognitivo que debe desterrarse es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los ciudadanos venezolanos.
Una inconveniente proporción de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un cierto desprecio por el pueblo venezolano. A muchos proyectos verdaderamente audaces y significativos se les opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que “no está preparado para eso”.
En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una “caja de conversión”, cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: “Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debiera hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?” Mientras el conductor del programa contrargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: “Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar”.
La experiencia demuestra que las personas de cualquier condición responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que cierta prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y cuatro meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.
Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la “Guerra a la Pobreza”, un conjunto de programas en el que el “Headstart Program”, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales “ghetos” urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el “Headstart Program” había fracasado estrepitosamente.
Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con “niños desaventajados” –todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children– y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, “internalizaban el rol” de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.
Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano desconfía del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.
Esta desconfianza fundamental en buena parte del liderazgo común y corriente venezolano respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, conspira contra el mejor tratamiento de nuestros problemas públicos.
Es hora de asumir que el pueblo venezolano vale la pena. Es hora de que el pueblo venezolano conozca que su empresariado prefiere entenderlo así.
Conclusión: llenar el marco
Resulta ser de la mayor importancia estratégica para los empresarios venezolanos formular marcos cognitivos que eludan la interesada caricatura negativa que se ha querido endilgarles. No basta negar este marco pernicioso: es preciso tomar la iniciativa y desarrollar y difundir los marcos exactos y justos.
Resulta indicado, por tanto, concebir y diseñar campañas de información a este respecto, puesto que es necesario disipar interpretaciones “oficiales” que falsean la realidad y contraponen el ánimo ciudadano a una de sus más imprescindibles instituciones: la libre empresa. Es necesario reconstruir la interpretación de nuestra realidad como nación, el recuento de nuestra historia reciente, la lectura de nosotros mismos.
No es suficiente, sin embargo, construir los marcos para la nueva interpretación; ni siquiera tener éxito en lograr que prendan eficazmente en la percepción nacional. Los marcos de esta clase existen para ser llenados, y éstos deben ser llenados con acción social.
Es sabido que el sector privado ha sufrido, en los años más recientes, una atrición importante, como consecuencia de un conjunto de inconvenientes políticas públicas. Es sabido que los recursos de solidaridad social disponibles han sufrido igualmente una atrición muy marcada, a consecuencia del deterioro general de la economía nacional y en virtud de mayores y reiteradas exigencias sobre tales recursos. Por otra parte, también es cierto que el deterioro reciente ha afectado a la población de escasos recursos en mayor medida que a la empresa privada, y por esto el empresariado, consciente de su posición como ciudadano sensible a las necesidades del entorno, tendrá que hacer un esfuerzo supremo en la nueva etapa que se avecina.
De estar inmerso en una sociedad normal, el empresario podría bastarse con el estricto cumplimiento de su función económica natural. Habitando, en cambio, en el seno de una sociedad enferma, tiene que hacer un aporte extraordinario.
El primer aporte es de unión. De esto nos hablaba Eugenio Mendoza Goiticoa hace más de cuarenta años cuando concebía la noción de un dividendo para la comunidad, pues el Dividendo Voluntario para la Comunidad es una idea de unión, de acción concertada y concentrada. También pensaba en la unión cuando auspiciaba otro punto de encuentro: la Federación de Instituciones de Protección al Niño (FIPAN). Mendoza creía en la unión: si hubiera vivido en Filadelfia en 1776 hubiera auspiciado la formación de los Estados Unidos; si estuviera vivo hoy nos hablaría de lo mismo, de la unión y la concertación de esfuerzos.
El ideal racionalizador del Dividendo Voluntario para la Comunidad no llegó a plasmarse en plenitud. La concentración de recursos implícita en la iniciativa del DVC cedió el paso a la autonomía filantrópica de cada empresario, y por esto puede haber hoy, como ayer, un buen grado de redundancia e ineficiencia en la inversión social privada considerada en su conjunto.
Pero debe ser posible propiciar la concertación sectorialmente y, antes que en la fuente del financiamiento, en el nivel operativo de las ONGs. Así, debe estimularse la asociación o federación de ONGs de actividad similar, para al menos conseguir la uniformación y el acuerdo metodológico que sea posible en el ataque a los problemas sociales. La idea de FIPAN, así como la de Sinergia, es justamente un modelo apropiado de alianzas estratégicas en esta dirección.
Luego puede pensarse, si no en una racionalización a ultranza y centralizada de la acción social empresarial, sí en un dividendo extraordinario para la comunidad en estos momentos incipientes de un nuevo período de cambio y de defensa de la democracia. Se trata de concebir una Iniciativa Social Empresarial de acción rápida y concentrada, guiada por una sucinta colección de prioridades racionalmente establecida y acumulada a partir de un esfuerzo especial de contribución extraordinaria en vista de la crisis y el sufrimiento social.
Finalmente, sería una mengua que la libre empresa venezolana, en momentos cuando el principal problema social es el acusado grado de desempleo, no fuera capaz de estructurar una iniciativa de aumento del empleo. En tal sentido debe aprovecharse con imaginación la circunstancia de capacidades instaladas ociosas que facilitarán la puesta en práctica de un inmediato programa de nuevos empleos en el sector privado. Cada empresario debe ser invitado a participar en este otro esfuerzo extraordinario.
Una nueva oportunidad se abre ahora para Venezuela. No estará exenta de peligros y complicaciones. Por esto requerirá el concurso de sus mejores talentos, y el capital empresarial venezolano está llamado a participar en la primera línea del esfuerzo.
La noción griega de aristós, los mejores, de la que deriva el término aristocracia (o gobierno de los mejores), no evocaba tanto una condición de privilegio como una de responsabilidad. Quien tiene más debe dar más.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 8, 2004 | Cartas, Política |

Ahora que está claramente sobre el tapete el candente tema de una muy cercana elección presidencial—para determinar el sucesor de Hugo Chávez en caso de una revocación de su mandato—puede resultar interesante fijar los parámetros que pueden regir la emergencia exitosa de un líder no convencional, de un outsider. Como hemos registrado varias veces en esta publicación, un estado de opinión dominante se ha asentado en la mayoría de la población, que definitivamente quiere la salida de Chávez, al tiempo que preferiría en la «presidencia de transición» una persona que no fuese un líder convencional, que no pretendiese reelegirse en 2006 y que viniese determinado desde la propia sociedad civil, no impuesto por un arreglo de cúpulas.
Las figuras más prominentes de la alianza de la Coordinadora Democrática, reunidas en el llamado G5 son casi todas—con la excepción de Ramos Allup—precandidatos para esta presidencia corta que parece inminente. Es decir, Juan Fernández, de la «Gente del Petróleo», Enrique Mendoza, gobernador de Miranda, Julio Borges, cabeza de Primero Justicia, y Henrique Salas Römer, líder de Proyecto Venezuela, son considerados pretendientes a la sucesión de Chávez. (Salas Römer ha hecho claro que Proyecto Venezuela cuenta con otro posible «gallo»: su hijo Henrique Salas Feo, alias «el pollo»).
Apartando estas figuras más bien convencionales, una buena cantidad de nombres circula por los corrillos políticos para la presidencia transicional. Algunos de ellos han manifestado claramente sus ganas. Una lista parcial incluiría los nombres de Manuel Cova, Alejandro Armas, Américo Martín, Ramón Escovar Salom, Enrique Tejera París, Cecilia Sosa, Carlos Delgado Chapellín, Alberto Quirós Corradi, Humberto Calderón Berti, Asdrúbal Aguiar, Teodoro Petkoff, Eduardo Fernández, Marcel Granier, Raúl Salazar y hasta Diego Arria.
Estrictamente hablando, tienen figuración significativa en las encuestas los anteriormente nombrados cuatro del G5 y «el pollo». (En algunas encuestas aparece a veces Antonio Ledezma). Pero ninguno de ellos alcanza cotas convincentes. Los mayores porcentajes no rebasan el 15%.
En estudio de septiembre de 1986 (Sobre la Posibilidad de una Sorpresa Política en Venezuela), cuando podía asimismo observarse un hervor precandidatural, se comentaba sobre la lista de «presidenciables» de la época: «En Road maps to the future, Bohdan Hawrylyshyn dice lo siguiente: ‘En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia…’ Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el catalizador que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos han tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública».
La descripción precedente se aplica hoy exactamente en los mismos términos a la lista de presidenciables más mencionados. Prácticamente todos son personajes conocidos, y en mayor o menor medida han tenido larga exposición pública. Ninguno entre ellos ha convencido al electorado. Ninguno ha sido percibido como la verdadera «contrafigura» de Chávez, para usar la designación empleada por Alfredo Keller. Cobra importancia, por tanto, el tema de la emergencia de un real outsider capaz de la tarea.
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El primer rasgo indispensable en el líder que pueda orientar a su favor la considerable potencialidad de un voto harto de lo tradicional y de su ineficacia (Chávez mismo es más tradicional e ineficaz que cualquiera), es que sea un verdadero outsider. Hay, al menos, dos sentidos en los que este concepto de outsider se aplicaría en este contexto.
Para comenzar, el candidato debe ser un político que pueda ser percibido como estando fuera del establishment de poder venezolano, sea del gobierno o de la oposición. No necesariamente significa esto que el candidato deba estar contra las actuales articulaciones de poder en Venezuela. Simplemente es necesario que no se le perciba como formando parte de la red de compromisos que caracterizan a la configuración actual.
En una reunión del «Grupo Santa Lucía» (una suerte de club de influyentes personajes políticos, empresariales, sindicales y académicos del país) de hace ya dos décadas, Allan Randolph Brewer Carías advirtió a los asistentes: «Estamos hablando del Estado como si se tratara de un caballero que se encuentra en la habitación de al lado, que está a punto de entrar y de ser presentado a nosotros. Pero la verdad es que todos nosotros hemos sido el Estado. De quien estamos hablando es de nosotros».
Lo que Brewer quería decir es que las élites de Venezuela forman parte de un sistema consensual que determina una buena parte de las políticas principales, o al menos el esquema general de la cosa política. En el caso de un líder político tradicional, por ejemplo, sus buenas intenciones hacia, digamos, una mayor democratización, se encuentran impedidas por las trabadas reglas de juego de su partido.
El pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, participante directo de las configuraciones de poder habituales, carece de la libertad necesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad significativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de transacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para acceder a la posición que ocupa y para mantenerla.
Hay un segundo sentido, más específico, en el que el candidato que pueda resultar la sorpresa debe ser un outsider. Debe serlo también en términos de estar afuera o por encima del eje tradicional del «espacio» político. Tal eje viene determinado por un continuum más o menos lineal, que va desde las posiciones de «izquierda» hasta las posiciones de «derecha». Esta es una división tradicional del campo político, pues responde al criterio de que el principal «problema social» (o político), consiste en distribuir la renta social: si se acomete este asunto con preferencia para «los pobres» entonces se es izquierdista; si esto se hace con preferencia por «los ricos», entonces se es derechista.
No es éste el sitio para describir otra noción política más moderna que considera obsoleto el planteamiento anterior, definitorio de «derechas» e «izquierdas». Pero el candidato que pretenda tener éxito deberá ser outsider también en el sentido de no situarse en alguna posición del eje referido, sino en un plano diferente.
La segunda característica importante (a nuestro juicio más importante que la condición de outsider ) que debe ostentar un candidato con posibilidades de «dar la sorpresa», es la posesión de tratamientos suficientes y convincentes para la crisis.
La base de esta condición consiste en poder partir de una concepción de lo político que comprenda importantes y hasta radicales diferencias con las concepciones convencionales. En la raíz de tal concepción está la necesidad de una sustitución de paradigmas políticos, en el sentido que Tomás Kuhn da al término paradigma. Es decir, nos hallamos ante una realidad social y política que ya no puede ser comprendida por los planteamientos y enfoques convencionales, lo que es la causa de fondo de la crisis de gobernabilidad. No es el caso que los políticos tradicionales tengan las recetas adecuadas y por «maldad» se resistan a aplicarlas. El punto es que no las saben.
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