por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2005 | Cartas, Política |

Éste no es el espacio más adecuado para discusiones exclusivamente teóricas en materia política, aunque en más de una ocasión se haga en él formulaciones de ese tenor. A pesar de tal cosa, no fue posible resistir la tentación de comentar una perita en dulce servida por uno de los ideólogos favoritos de la revolución chavista, Heinz Dieterich, tal vez porque el superficial y confundido autor pretende que sus presentaciones—de lo aducido por las escuelas neosocialistas de Bremen y Escocia—facilitarían «la discusión sobre estándares científicos de conocimiento y debate».
La perita en cuestión consiste en el discurso que Dieterich perpetrase en el «XVI Festival Mundial de la Juventud» el pasado 13 de los corrientes, mediante el título «La Revolución Bolivariana y el Socialismo del Siglo XXI» ante la mesa de trabajo del mismo nombre. El pie de su texto escrito certifica que sufrieron sus planteamientos, entre otros, Nicolás Maduro, Presidente de la Asamblea Nacional, Armando Hart, ex Ministro de Cultura y Director del Centro de Estudios José Martí (Cuba), Roberto Sáenz, Secretario de Estado de Miranda y Hugo Chávez Frías, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela.
Lo primero que hizo Dieterich fue diagnosticar que la revolución dirigida por Chávez es un completo desorden ideológico, que la orquesta «bolivariana» pretende tocar una pieza coherente manejando simultáneamente distintas partituras. He aquí la incómoda admisión inaugural de Dieterich: «Se observa en la Revolución Venezolana una especie de indigestión teórica que se debe a la multitud de conceptos y paradigmas (modelos) que la población tuvo que asimilar en apenas seis años, entre ellos: Revolución Bolivariana, antiimperialismo, desarrollo endógeno, escuálidos y Socialismo del Siglo XXI». (Naturalmente, Dieterich pretende vender sus servicios teóricos y docentes. La implicación presumida es que él sí tiene claridad en estas cosas).
Pero hay de entrada otra implicación muy particular de su construcción conceptual primera: que la revolución «bolivariana» no es lo mismo que «socialismo del siglo XXI». De hecho, él mismo se encarga un poco más adelante de aclarar, por ejemplo, que el concepto de «desarrollo endógeno» no es ninguna gran cosa: «Pese a las mistificaciones, el llamado ‘desarrollo endógeno’ del bolivarianismo no es nada nuevo ni representa ningún misterio teórico. Fue inventado por los ingleses hace 200 años y copiado, por su éxito, por los alemanes, japoneses, tigres asiáticos y ahora China».
Dieterich ha venido, entonces, a limpiar telarañas teóricas en el chavismo, a prestar sus claridades a la revolución. Veamos, pues, cómo es de claro el pensamiento del Sr. Dieterich.
Justamente después de su andanada de apertura, intenta calmar la desazón de su denuncia sobre el pasticho mental de los chavistas, aduciendo el atenuante de una intrínseca dificultad de la tarea: «Considerando, que un estudiante tiene casi seis 6 años para aprender un solo paradigma científico (p.e., economía) queda evidente la magnitud de la tarea de aprendizaje». Es decir, según la incompleta enumeración anterior de la «multitud de conceptos y paradigmas» propuesta a la ciudadanía venezolana (seis ideas diferentes), la cosa no estaría clara de un todo hasta que hubiesen transcurrido treinta y seis años. (Esto sin exigir mucho la distinción que existe entre lo que es un paradigma y lo que es una ciencia—la Economía—que el Sr. Dieterich confunde e identifica).
Dieterich advierte que en las actuales circunstancias no hay «condiciones objetivas» para el socialismo del siglo XXI, que él define de este modo: «Es una civilización cualitativamente distinta a la civilización burguesa. ¿Distinta en qué? En su institucionalidad. De ahí, que ser revolucionario significa hoy día luchar por sustituir la institucionalidad del status quo, es decir: 1. la economía de mercado por la economía de valor democráticamente planeada; 2. el Estado clasista por una administración de asuntos públicos al servicio de las mayorías y, 3. la democracia plutocrática por la democracia directa».
El orador no aclaró nunca qué es eso de una «economía de valor democráticamente planeada». Pero como anunciaba que presentaría las formulaciones de las «escuelas» de Bremen y de Escocia, uno puede ir hasta tales teorías para determinar qué es lo que Dieterich quiere decir. Por ejemplo, lo que Pat Devine, en Democracy and Economic Planning propone: «un modelo de planificación democrática basada en la coordinación negociada».
¡Ya está! Ya tenemos la fórmula grandilocuente, el argot que sugiere por su propia opacidad terminológica que debe tratarse de algo científico y profundo. (El único inconveniente, a mi modo de ver, es que la fórmula de la «coordinación negociada» no emplea palabras esdrújulas, como «protagónico» o «endógeno», tan caras al léxico revolucionario). ¿En qué consiste el modelo de la coordinación negociada? Pues que en el seno de cada empresa o unidad productiva las decisiones acerca de cómo «deben usar su capacidad productiva existente serían hechas por representantes de los consumidores/usuarios y los productores, junto con representantes de otros grupos interesados». (Por ejemplo, las empresas compondrían sus «cuerpos de gobierno» no sólo con representantes de los obreros, sino también con representantes de consumidores organizados y las «comunidades locales»).
Lo que sugieren Dieterich, Levine y otros teóricos neosocialistas es que un esquema de ese tipo, subsumido dentro de instancias superiores de «coordinación democráticamente negociada»—como un «cuerpo de coordinación negociada» para cada industria o sector económico (de nuevo con representantes de usuarios y de las comunidades) y una instancia nacional que decidiría en qué se invierte finalmente—puede sustituir con ventaja el mecanismo económico natural del mercado. («Una Comisión Nacional de Planificación sería responsable por toda inversión mayor sobre la base de estas decisiones, determinando así la adjudicación global planificada de recursos disponibles y por tanto la distribución planificada del poder de compra. Las prioridades decididas por la comisión nacional de planificación son también la base para determinar los precios insumo primarios que son empleados por las unidades de producción para establecer sus precios igualados con los costos a largo plazo. Los precios a los que las unidades de producción venden sus bienes también cubrirían un superávit sobre los costos básicos—un retorno sobre el capital empleado—la mayoría del cual retornaría a la comisión de planificación nacional o al gobierno como un impuesto para financiar nuevas inversiones mayores y el gasto social y gubernamental. Algo del superávit sería retenido por el ‘cuerpo de coordinación negociada’ (esto es, el cuerpo que se ocupa de una rama entera o sector de la industria) o la unidad de producción para inversiones menores».)
Ruego al lector excuse tan indigesto trozo como el precedente. Lo que describe no es una sociedad, ni una economía; lo que describe es un aparato, que obviamente requiere partes idénticas que se comporten idénticamente para que tal «racionalidad» económica funcione medianamente. Por ejemplo ¿qué garantiza que el cuerpo de gobierno de una unidad de producción, digamos la número 14.763, trabaje al mismo ritmo que todas las otras que compongan su rama o sector, sea capaz de decidir en el mismo tiempo que las demás qué es lo que hay que producir y a qué precio? ¿Cómo asegura la «comisión nacional de planificación» la uniformidad de inteligencias, temperamentos, experiencias, etcétera, para que cada «cuerpo de coordinación negociada» produzca sus decisiones en fase con el resto? ¿Qué pasa si algún ego local, digamos un chavecito representante de consumidores de Humocaro Alto, se siente tentado a dar un discurso antiimperialista que consuma precioso tiempo de la instancia de coordinación democráticamente negociada? ¿Cómo es que un estira y encoge de un cuerpo de decisión integrado por muy diversos intereses produce decisiones perfectas?
Dieterich y compañía tienen la solución para eso. Dice Dieterich: «Para poder construir una economía socialista tienen que haberse cumplido tres requisitos objetivos: 1. la disponibilidad de una matemática de matrices, por ejemplo, las tablas de input-output de Leontieff; 2. la digitalización completa de la economía y, 3. una avanzada red informática entre las principales entidades económicas». Y luego advierte: «Estas condiciones existen en su conjunto sólo desde hace un lustro, hecho que explica por qué ni la URSS, ni la RDA lograron nunca construir una economía socialista, en el sentido de la economía política. La URSS, por ejemplo, tenía en los años ochenta apenas la capacidad para procesar alrededor de 2.000 productos en valores (time inputs), cuando tenía más de 10 millones. No había condiciones objetivas para una economía socialista. Trágicamente, la humanidad se encontraba todavía en una especie de protosocialismo o socialismo utópico».
Bueno, en realidad las «tablas de insumo/producto» de Wassily Leontief (con una sola «f», Sr. Dieterich) no estuvieron listas hace un lustro, sino mucho antes. Su estudio inicial sobre la estructura de la economía norteamericana data de 1941, y su obra «Economía de Insumo/Producto» es de 1966. (Dicho sea de paso, Leontief pudo abandonar la Unión Soviética en 1925, después de haber sido varias veces prisionero por su oposición al régimen comunista. Se graduó en Berlín en Economía en 1929, precisamente con especialización en análisis de insumo/producto).
Ni hace cinco años, por otra parte, ni hoy en día, se ha alcanzado en ninguna parte «la digitalización completa de la economía». Por lo que respecta a una «avanzada red informática entre las principales entidades económicas», si a lo que se refiere Dieterich es a la presencia de la Internet, esta maravillosa institución supera ya una década de existencia. (Varias décadas, en verdad, si se piensa en la mera tecnología).
Seamos generosos, y olvidemos las inexactitudes en lo que Dieterich afirma para impresionar a incautos como Chávez y Maduro, a pesar de que se venda como aquel que puede organizar la borrachera ideológica chavista que diagnosticó tan certeramente. La médula del planteamiento neosocialista es que la planificación central de la URSS fracasó porque ni siquiera Gorbachov pudo disponer de capacidad computacional suficiente para procesar la enormidad de datos relevantes que produce una economía, así sea una economía chimba como la soviética. Ahora, en cambio, gracias a escuálidos como Steve Jobs y Bill Gates, y a instituciones imperialistas como DARPA (Defense Advanced Research Projects) y CERN (el Consejo Europeo de la Investigación Nuclear), disponemos de Internet y de veloces y poderosos computadores en número suficiente para manejar la enorme variedad de información.
Lo que no dice Dieterich, o porque lo ignora o porque no lo entiende, es que un sistema lo suficientemente complejo, como la economía mundial, o el clima, o la ecología, es altamente sensitivo a una variación minúscula de sus «condiciones iniciales». Esta característica de los sistemas complejos les hace, en verdad, fundamentalmente impredecibles.
Y eso son la naturaleza y la sociedad, la economía y la polis: sistemas complejos. Es su variedad, justamente, la fuente última de su libertad, que ningún arreglo pretencioso de computadores socialistas, ni en el siglo XXI ni en los que le seguirán, será capaz de eliminar.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2005 | Cartas, Política |

En cierta oposición a Hugo Chávez hay una tan larga cadena de equivocaciones que un psicoanalista clásico la interpretaría como la manifestación de un deseo reprimido de castigo, de una búsqueda tanática inconsciente de su propia defunción, pues sus acciones no hacen otra cosa que reavivar su protagonismo y justificar su más agresivo discurso. Es el caso de la ocurrencia más reciente de Pat Robertson, dirigente religioso conservador activamente pro Bush, que ha propuesto que el gobierno norteamericano proceda, sin más, a la económica remoción de Chávez mediante su asesinato.
A pesar de un reciente intento de explicar que no había dicho lo que sí dijo, Robertson añadió una más a su nutrida colección de afirmaciones desquiciadas e irresponsables. (En una lista no exhaustiva recopilada por «Knight Ridder Newspapers», consta que Robertson explicó los ataques del 11 de septiembre como castigo de Dios por haber sido insultado al más alto nivel del gobierno—¿caso Lewinski?—un airado y proactivo Ser Supremo que pudiera enviar huracanes contra Disney World por su permisividad ante el movimiento gay. También opina que el feminismo induce a las mujeres a matar a sus hijos y entregarse a la práctica del lesbianismo, y que los jueces «liberales» de su país son una mayor amenaza que la de unos cuantos terroristas barbudos que se estrellen contra edificios. Antes de la recomendación política de asesinar a Chávez, ya había adelantado que pudiera ser una buena idea dejar caer una bomba nuclear sobre el Departamento de Estado).
El gobierno de los Estados Unidos se distanció rápidamente de Robertson, como era de esperarse, pero todo el asunto no ha servido para otra cosa que para poner a Chávez en las primeras páginas de las agencias de noticias. (Durante todo el día de ayer servicios noticiosos como Google News tuvieron al incidente y sus repercusiones como «noticia de abrir». Desde las épocas del paro y el golpe de abril de 2002 no había logrado Chávez tanto centimetraje internacional).
Uno sabe, por supuesto, que en este país hay más de una cabeza opositora, lamentablemente, que aplaude la fórmula Robertson en secreto, como asimismo cree que las prescripciones belicosas de aquel Informe Waller ampliamente comentado aquí deben ser llevadas a la práctica. Pero ¿entenderán alguna vez los radicales que estupideces como las de Robertson ayudan a Chávez y desayudan a sus héroes, entre los que el más connotado es, sin duda, George W. Bush?
Éste se ha visto forzado a lanzar una ofensiva de opinión a raíz de la impactante protesta de Cindy Sheehan, madre de un soldado norteamericano muerto en Irak. Ahora ofrece como argumento para continuar una guerra que fue predicada sobre una mentira—y que cada vez es más rechazada por los estadounidenses—que la ocupación de Irak debe seguir porque sólo así se valorizaría el sacrificio de vidas norteamericanas en ese país. Si su criterio tuviera alguna lógica y aunque sólo fuese un poco de validez, la Segunda Guerra Mundial debiera estar librándose todavía.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 23, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Fue en el año de 1986, dos años después de haber empleado por primera vez una «metáfora médica» para entender a la actividad política desde un paradigma distinto de la «política de poder» (Realpolitik), cuando me atreví a escribir un trabajo sobre los problemas del país desde aquella perspectiva. De hecho, el trabajo en cuestión fue estructurado en términos de diagnóstico, pronóstico y tratamientos, y hasta le calcé el nombre de Dictamen. (Junio de 1986).
La mayor parte del estudio fue dedicada al nivel «somático» de nuestra problemática, pero un apéndice (El estado de la psiquis venezolana: Síndrome de la sociedad culpable), se refirió a aspectos psicológicos. Es este apéndice el que se reproduce acá en su totalidad, para formar la Ficha Semanal #60 de doctorpolítico.
Cuatro años antes, a fines de 1982, había creído percibir claramente la necesidad de una acción responsable que incidiera terapéuticamente sobre una psiquis nacional acogotada y confusa, a punto de encarrilarse en la campaña electoral de 1983, que a la postre ganaría increíblemente Jaime Lusinchi contra la cimera figura de Rafael Caldera. Mis preferencias se inclinaban por éste. («Intervine en la campaña de Rafael Caldera creyendo que podría ejercer en ella, y en su eventual gobierno posterior, una influencia significativa. Por otro lado, no tenía respeto por la figura de Jaime Lusinchi, el otro contendor a considerar, quien no me impresionaba bien en el conocimiento superficial que de él tenía por ese entonces. Participé en la campaña de Caldera a pesar de sostener la opinión, que expresé ante algunos amigos en una cena en la casa de Francisco Aguerrevere, de que elegir a Caldera representaría a los venezolanos el pago de un costo. Un costo de rigidez e inercia conceptual ante las nuevas situaciones que seguramente se darían». Relatado en Krisis: Memorias prematuras, febrero de 1986). Al término de 1982 asistí a una reunión en casa de Allan Randolph Brewer-Carías: «En esa reunión en casa de Brewer-Carías argumenté que Caldera debía ser un gran explicador de la crisis a los venezolanos, aprovechando su indiscutida condición de influencia y prestigio. Pensaba ya por entonces que una condición esencial a buscar en la política venezolana era la de permitir una suerte de expiación o catarsis de la sensación de culpa nacional. Pensaba también que Caldera podía emprender esa tarea. En el juego del escondite como lo jugábamos de niños, cuando quedaba sólo un jugador por ser descubierto éste podía librar a los demás si llegaba inadvertido a la ‘guarimba’ y gritaba: ‘¡libro por todos!’ Un líder debía venir a librar por todos en ese juego deprimente de la política nacional a las alturas de la campaña de 1983». (Krisis).
Esa exposición llevó a que fuera solicitado para proponer acciones de la campaña de Caldera, y a comienzos de 1983 presenté algunas ideas por escrito: «Mis recomendaciones alcanzaban a vislumbrar varios ‘momentos’ posibles en la campaña de Rafael Caldera. El primero sería el de la ‘asunción de la crisis’. Para esto había elaborado un discurso prototípico cuyo texto anexé. El discurso exigía de Caldera hablar bien del país. Pero no únicamente del país en abstracto o del país en general. Lo ponía, debiendo adoptar una posición superior a la esperada y minúscula competencia, a hablar bien de Acción Democrática, del Movimiento al Socialismo, de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción. Lo ponía a explicar la crisis financiera como un resultado casi natural derivado del atragantamiento y consiguiente indigestión de dólares de la recrecida renta petrolera. Lo ponía a reconciliar al país con su propia imagen, al mostrar cómo era que las economías de los países más prestigiosos (Alemania Federal, los Estados Unidos de Norteamérica), también se hallaban en problemas y, por tanto, cómo no éramos ‘los indios’ los únicos que habían mostrado un desempeño económico defectuoso. Lo ponía a desmontar esas inexactas visiones dicotómicas de los ‘buenos’ y ‘los malos’ y a explicar cómo las cualidades morales también mostrarían al análisis una distribución estadística ‘normal’. Lo ponía, finalmente, a prometer algunas consecuencias prácticas para su propia campaña electoral, en consonancia con la necesidad de contribuir a la austeridad que ya era evidentemente requerida. (Como renunciar al empleo de asesores electorales extranjeros como un medio de ahorrar, aunque fuese ‘poco’, la erogación de divisas). Ése era, claro está, el discurso que yo hubiera pronunciado de haber sido Rafael Caldera, pero fue también el discurso que Caldera no quiso pronunciar».
De modo que siempre he tenido preocupación por el estado de nuestra psiquis social, y por la necesidad de tratarla para atenuar los efectos paralizantes de una culpabilidad compartida que pareciera no tener remedio. Como podrá verse de la lectura de esta ficha, mis recomendaciones de 1986 al respecto no pasaban de ser esquemáticas y no poco primitivas.
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Síndrome de sociedad culpable
En las páginas precedentes nos referimos a procesos de la patología política que se desenvuelven en la arquitectura del soma nacional. No es menos importante alguna consideración, aunque sea somera, del estado de la psiquis venezolana en la actualidad. Esto es así, porque es lo psíquico lo más rápida y fácilmente cambiable. En efecto, las infraestructuras físicas, los procesos educativos, el desarrollo de tecnologías, las estructuras económicas, son todos procesos o componentes que requieren de una larga maduración. En cambio, sobre el estado de ánimo de una nación es posible provocar cambios de incepción más inmediata.
La crisis de confianza no es una que se restrinja a la desconfianza de los actores políticos, de la actividad económica privada o de cualquier otra institución de la vida nacional. La crisis llega a ser tan englobante que llega, en más de un momento, a manifestarse como desconfianza en el país como un todo.
El síndrome subyacente es el síndrome de sociedad culpable.
Esto no es exclusivo de Venezuela. Algunas sociedades contemporáneas, por lo menos algunas pertenecientes a la clase de sociedades democráticas, pueden ser descritas como «sociedades culpables». Sus componentes sociales, clases, profesiones, instituciones y sus líderes, todos ellos han «pecado», algunas veces con la noción de inevitabilidad, cuando quiera que interactúan políticamente. Para decirlo en otras palabras: cada componente social se percibe a sí mismo como «forzado», hasta cierto punto, a comportarse de un modo que no es moralmente placentero sino desagradable y aún traumático. Hay un cierto momento cuando cada quien parece aceptar «las realidades de la vida» de la Realpolitik y comienza a comportarse inmoralmente «por necesidad».
No parece haber un modo de escapar de tal condición. Todo el mundo «sabe» y todo el mundo olvida convenientemente, ya que no parece haber salida, ninguna manera de detener la mala conducta social y política. Pero nadie olvida realmente y todo el mundo se siente culpable.
Quizás el instrumento psicológico más poderoso de las religiones es precisamente el de la liberación de la culpa. La Santa Confesión de la Iglesia Católica Romana es tan sólo una versión de los muchos ritos de expiación que se encuentran en el curso de las edades en la práctica religiosa. Sus efectos principales son el de una instantánea sensación de alivio, usualmente acoplada con un tono emocional optimista, un sentimiento de que el progreso es después de todo posible, de que esta vez las cosas sí van a salir bien. Esa clase de estado emocional es justamente lo opuesto de la conciencia de sociedad culpable descrita antes. Y una cuestión que surge de inmediato es la de si es posible visualizar un mecanismo para el perdón y la expiación sociales que permita una reordenación optimista de los componentes sociales actualmente erosionados en su eficacia por una fatiga general y por difundidas creencias de impotencia sistémica.
Una consecuencia de la sociedad culpable es un modelo de evaluación estándar para el manejo de la interacción social y política. Este modelo incluye la gerencia del conflicto a través del uso de una política del poder puro como la técnica social preferida. En tal situación, la entropía es la gananciosa, y la eficacia la perdedora. La gobernabilidad se debilita, si no es que es definitivamente destruida.
Esta última afirmación puede parecer peregrina a muchas personas. Algunos estarían prestos a argumentar que gobernar una sociedad es precisamente gerenciar el conflicto. A esto respondemos que es posible registrar, o por lo menos concebir, situaciones en la que la eficacia de los actores políticos se detiene justamente en la resolución de los conflictos, incapaces de ir más allá de ese punto hacia logros más positivos de metas societales. De hecho, pudiese ser que mucha de la política de hoy se pareciera al trabajo de Penélope, de nula consecuencia.
La política puede ser, en efecto, congelada en ineficacia a través del estéril proceso de perpetuar el conflicto en el medio de cultivo de una sociedad culpable. Es por esto que una de las tareas principales para una nueva manera de conducir el negocio político es la búsqueda de líderes, partidos o instituciones políticas de una clase diferente, que puedan hacer surgir la expiación o absolución general de una sociedad.
Tal tarea se compone de dos distintas fases o procesos. Una consiste en la «naturalización» de conductas inmorales pasadas. El ser capaz de mostrar o explicar que ciertos tipos de conducta no ética tienen sus propias y muy fuertes cadenas de causalidad, que «no somos tan malos» después de todo, que hicimos esto y aquello por razones relativamente poderosas, evitando al mismo tiempo la versión cínica de este estado mental, es decir, la justificación de absolutamente todo. Esta primera parte de la tarea sería conducente a una reconciliación general. Uno no sólo estaría absuelto sino también consciente de la necesidad del otro de su mala conducta aparente.
La segunda fase es más complicada. Implicaría el problema de convencer a los miembros de una sociedad de un destino constructivo posible para todos, un destino que sería obtenible por métodos que difieren de los procedimientos usuales de la Realpolitik. Esto, a su vez, implica un diseño societal e incluso trascendental que tenga la capacidad de recapturar la fe y la esperanza humanas.
Ambas cosas son logrables con la sociedad venezolana. No hay duda de que estamos, con ella, ante un caso agudo de sociedad culpable. Reiteradamente, la mayoría de los diagnosticadores sociales nos restriega la culpa de nuestra desbocada conducta económica en nuestro pasado inmediato. Esto viene haciéndose desde hace ya varios años de modo sistemático. Las «proposiciones» de solución a los problemas vienen usualmente formuladas en términos de la transferencia de la culpa hacia otros. «Estamos mal porque aquél se portó mal». Todos los días.
Pero esta exageración es, por supuesto, desmedida. No se trata de negar que se ha incurrido en conductas inadecuadas y hasta patológicas. Pero, en primer término, el proceso ha sido en gran medida eso: una patología. Como tal patología, la conducta social inadecuada puede ser juzgada con atenuantes. ¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades? Recordamos la similitud con aquellos campesinos que de repente eran llevados a los cursos de un mes de duración que patrocinaba el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria, y que se enfermaban con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados. Recordamos aquellos suicidios «anómicos» registrados por Émile Durkheim en Europa de fines de siglo, cuando una persona se quitaba la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna.
La dimensión del atragantamiento de divisas provenientes del negocio petrolero ha sido enorme. Bajo otra luz distinta a la que habitualmente se dispone para el análisis de este proceso, bien pudiera resultar que halláramos mérito en nuestra sociedad, pues tal vez nos hubiera ido peor, con una menor capacidad de absorción del impacto.
En términos relativos, además, nuestra conducta se compara con similitud ante la de otros países. El Grupo Roraima, en importante trabajo sobre la inadecuación de ciertos axiomas clásicos de nuestra política económica, no hizo más que constatar la semejanza de comportamientos de Venezuela con los de países que, con arreglo a otros indicadores, son habitualmente considerados como más desarrollados que nosotros. (Reino Unido, por ejemplo). Es conocido el regaño que Helmut Kohl imprimiera a sus compatriotas en el discurso inaugural como Primer Ministro de la República Federal Alemana, hace sólo tres años. La revista TIME exhibió crudamente la conducta económica desarreglada de muy grandes contingentes de norteamericanos en un famoso artículo de 1982. Etcétera.
Esto es importante constatarlo, no para refugiarnos en el consuelo de los tontos, el mal de muchos, sino para salir al paso de muchas implicaciones, explícitas e implícitas, que suelen poblar la constante regañifa que, desde hace años, soporta el pueblo venezolano. Es decir, implicaciones que establecen comparación desfavorable de nuestra inadecuada conducta con la supuestamente regular conducta de países «realmente civilizados.»
Está bien, ya basta. Nos comportamos mal. Dilapidamos. Pero ya basta. No tenemos siquiera ahora la capacidad de dilapidar. Es hora de emprender otra clase de reflexión que no sea la abrumante de la autoflagelación.
Más aún. Ya basta de hacer residir la explicación de estos hechos en una supuesta tara congénita del venezolano, en «huellas perennes», en la inferioridad del español ante el sajón, en la costumbre de la flojera indígena o la tendencia festiva del negro. Es necesario acabar con esa prédica, porque ella realimenta el síndrome de la sociedad culpable, que nos anula.
Pero es que además es posible recapturar la imaginación del venezolano y su perspectiva de un futuro que, más allá de lo confortable, ingrese a lo trascendente y significativo. No es necesario para esto la expiación hitleriana, que tan literal fue con lo de la expiación que encontró su chivo expiatorio en los judíos. No es necesario reavivar el espíritu nacional con un aumento de la agresividad, como parece estar consiguiéndolo Ronald Reagan con el pueblo norteamericano de la era postvietnamita. Un sueño como el de la reunión de los latinos dispersos, en una época privilegiada por las oportunidades, es un sucedáneo suficiente y, para colmo, pacífico, como corresponde a nuestro carácter.
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Ago 18, 2005 | Cartas, Política |

El lunes de esta semana se cumplió un año de la celebración del referendo revocatorio presidencial que, como todos sabemos, dejó ileso en el poder a Hugo Chávez Frías. Después de un año de acusaciones de fraude que habría sido cometido por el Consejo Nacional Electoral, y a pesar de que nadie menos que Alejandro Plaz, el directivo de Súmate, debió admitir recientemente (reseñado en el número 149 de esta publicación) que no se había podido probar que lo hubo, en más de una cabeza opinadora del país está mineralizada la explicación dolosa.
Por ejemplo, para conmemorar la fecha, el periodista Leopoldo Castillo invitó a su programa «Aló ciudadano» a Gustavo Tarre Briceño, muy destacado y capaz dirigente copeyano. Tarre ofreció un solo argumento para probar que se había cometido un fraude monumental hacía justamente un año, el que presentó como definitivo e irrefutable. Que si él hubiera estado en el lugar de Chávez y hubiera verdaderamente ganado el referendo, habría permitido el conteo manual y transparente de todas las boletas de votación, para que no hubiera dudas acerca de su triunfo. Por tanto, como Chávez no lo permitió, hubo fraude.
El argumento en cuestión es verdaderamente flojo. Uno de los errores más generalizados en la consideración de lo político es el de proyectar sobre otros, a veces sobre enormes conjuntos sociales, nuestra propia lectura de las cosas, nuestros deseos, y atribuimos a los demás con frecuencia estados de conciencia que son sólo propios de nosotros. A esto no escapan, a veces, los más sofisticados analistas y las más capaces cancillerías. Un caso clásico es el de Israel poco antes de la guerra del Yom Kippur. Los israelitas fueron tomados completamente por sorpresa, por cuanto pensaban, correctamente, que los árabes perderían en el terreno militar, como en efecto ocurrió. ¿Cuál fue entonces la equivocación? Que como los israelíes jamás habrían ido a una guerra que perderían militarmente creyeron que asimismo razonarían y decidirían sus enemigos y por consiguiente no serían atacados. Y la verdad fue que el mind-set cultural de los árabes permitía ir a una guerra para perderla deliberadamente… para así obtener ventaja en el terreno diplomático, que también fue lo que ocurrió.
No tiene, pues, nada que ver lo que habría hecho Gustavo Tarre en el lugar de Hugo Chávez. Éste deliberadamente calculó, con acierto, que la prédica del fraude equivalía a que la oposición se diera un tiro en el pie, que la desmoralización causada por la hipótesis fraudulenta provocaría un aumento de la propensión a abstenerse, como ocurrió mes y medio después en las elecciones regionales del 31 de octubre, y como acaba de ocurrir en las municipales del 7 de agosto próximo pasado. Por tal razón estaba en su interés que la interpretación fraudulenta del referendo revocatorio cundiera entre las filas de la oposición. Le era funcional que creyéramos que había habido trampa.
El domingo 15 de agosto de 2004 hubo más personas que rechazaron la revocación que las que la exigían. Eso lo saben todos los encuestadores serios del país. Eso lo saben, y lo sabían antes del 15 de agosto, los dirigentes de la Coordinadora Democrática, pues habían recibido justamente las advertencias de esos encuestadores. Este conocimiento les hace terriblemente culpables, porque luego vocearon la tesis del fraude como racionalización salvadora de su incompetencia, y con eso alimentaron la marcada propensión a abstenerse en las elecciones del 31 de octubre, que facilitó las cosas a la casi caída y mesa limpia del gobierno.
Nada de lo que fue argumentado a posteriori por las más calificadas voces de la Coordinadora puede ocultar el hecho de que hasta cuarenta y ocho horas antes del referendo revocatorio la prédica de esa cúpula era la siguiente: ciudadano, vaya usted a votar, porque el fraude es imposible, el proceso está blindado, está garantizado por la observación internacional que nos merece toda confianza, y las discrepancias detectables en el REP no pasan de 1%. (Esto último dicho por Súmate). Todos sabemos cómo fue que después alegaron que lo que era imposible había sucedido, que el asunto no estaba blindado después de todo, que la observación internacional había capitulado y se había vendido, etcétera.
Acá cabe ahora la siguiente importante salvedad. El 15 de agosto hubo más «Noes» que «Síes», pero el acto revocatorio como tal estuvo precedido de abusos y ventajismos gubernamentales de toda clase, de descarado populismo sobornador, de amedrentamiento, de impedimento, factores todos que hicieron ineludible la derrota de una oposición liderada desde una perspectiva estratégica equivocada, inepta. Ese liderazgo, incapaz de resolver los problemas de fondo en la opinión nacional, dilapidó el enorme capital político que hasta fines de 2003 se expresaba en una clara mayoría a favor de la salida del actual presidente, mientras dejaba que el gobierno le impusiera las más desventajosas condiciones. Fue esa dirigencia la que desestimó la potencia de la valiente sentencia de la Sala Electoral Accidental del TSJ sobre las «planillas de caligrafía similar», por aquello de que había que pasar «por una rendija».
Y también cabe anotar lo siguiente: esa dirigencia no podía sorprenderse de esos abusos y de ese ventajismo, pues el carácter del reo siempre fue ampliamente conocido. El líder de la revolución comenzó con su criminal abuso del 4 de febrero de 1992. Jamás ha admitido que su alzamiento tuviera ese carácter. Por lo contrario, lo ha glorificado siempre. A las cuarenta y ocho horas de su toma de posesión en 1999 presidió un desfile celebratorio de su asonada en Los Próceres. El primer decreto (Número 3, del 2 de febrero de 1999) para la convocatoria de un referendo consultivo sobre la elección de una constituyente estuvo redactado en términos absolutamente autocráticos, al punto de que el gobierno se vio obligado a anularlo y producir una segunda versión más atemperada. Chávez ha expuesto sus propósitos y sus peculiares interpretaciones con la mayor claridad y hasta la náusea. Desde siempre.
El liderazgo político que permitió la emergencia y la entronización del chavoma siempre fue practicante de un protocolo de Realpolitik, cultor de la idea de que el oficio de la política es la búsqueda del poder mientras se impide al oponente su consecución. (Letra chiquita: por todos los medios al alcance). Dentro de una cierta urbanidad, dentro de un cierto disimulo y un escrúpulo no totalmente desaparecido, quienes condujeron nuestras instituciones públicas hasta 1998 siempre entendieron de ese modo su profesión. Y entonces Chávez vino para mostrar que no había nadie que, como él, llevaría esa idea de Realpolitik hasta sus últimas consecuencias, y que no respetaría ninguna regla de urbanidad y buenas costumbres que fuesen las acostumbradas y convencionales en la transacción política. Debió estar claro desde hace mucho que Chávez no sería business as usual. Mucho más en el caso de los dirigentes opositores, que aceptaron la ruta del revocatorio propuesta por el mismo gobierno en la fenecida Mesa de Negociación y Acuerdos, a pesar de que el abuso y el ventajismo eran evidentes y de dominio público.
Esta publicación lamenta que una cabeza tan bien puesta como la de Gustavo Tarre Briceño razone como lo hizo el lunes pasado en «Aló ciudadano», y no le augura ningún éxito al anunciado «informe definitivo» de Enrique Mendoza sobre el asunto, con el que asegura que probará lo que Súmate no pudo probar, según admisión de Alejandro Plaz. En el programa mencionado Leopoldo Castillo añadió un argumento a la tesis de Tarre: que las famosas exit polls—»Que no pelan en ninguna parte del mundo»—demostraron que el «Sí» había ganado el referendo revocatorio. Pero todavía Súmate mantiene en su página web aquel reporte de los profesores Hausmann y Rigobón, con el que pretendió probar un fraude que ahora dice que no se ha probado. Y fue el mismo profesor Rigobón quien declarara a El Universal poco después de la presentación de su informe (26 de septiembre de 2004), lo siguiente: «Hay dos piezas de evidencia en lo que nosotros mostramos. Uno depende de los exit polls. Pero estos, como tal, pueden estar muy sesgados. Y eso ocurre en todos los países del mundo. Los exit polls no deberían ser tomados tan en serio como lo hacemos en Venezuela, porque son una porquería en todos los países».
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 18, 2005 | LEA, Política |

La saga galáctica continúa. Hugo Chávez firma acuerdos ventajosos para Uruguay y Argentina y va a Brasil a defender a un asediado presidente Lula, impidiendo de este modo que la procura de acuerdos bilaterales de Estados Unidos contra el gobierno venezolano—luego de que resultara fallido su intento de imponer un órgano de vigilancia sobre Venezuela en la OEA—pueda madurar como estrategia eficaz.
Ahora el asunto se ha trasladado al campo de la lucha antidrogas. El gobierno venezolano (7 de agosto) ha interrumpido los programas de cooperación con la «Drug Enforcement Agency» (DEA) sobre la base de que sus funcionarios estarían violando leyes venezolanas y actuando como espías. Cinco días después de este movimiento, los Estados Unidos suspendieron las visas de media docena de oficiales de la Guardia Nacional, por considerarlos sospechosos de narcotráfico. En retaliación Chávez ordenó la suspensión de la inmunidad diplomática del personal de la DEA en Venezuela.
Estas escaramuzas indican que es harto probable que el gobierno de Bush proceda a «descertificar» próximamente a Venezuela como país que coopera en el control y la lucha con el narcotráfico, tal como los Estados Unidos lo hicieran en su momento con el gobierno de Ernesto Samper en Colombia. Las consecuencias inmediatas de una medida tal serían la suspensión de la ayuda norteamericana a Venezuela—asunto que tiene a Chávez sin cuidado—y una acusación adicional en descrédito del gobierno venezolano.
Si esto corresponde a una nueva estrategia norteamericana para contener a Chávez, el Informe Stratfor—que no es precisamente comunista—estima que esa iniciativa fracasará. Así dice Stratfor el 15 de agosto: «Tratar de manchar al gobierno de Chávez como tolerante del tráfico de drogas, sin embargo, no va a funcionar. En primer lugar, probablemente el gobierno de los EEUU nunca pueda ligar directamente a Chávez o a altos funcionarios chavistas con el narcotráfico. Que algunos funcionarios gubernamentales venezolanos puedan ser corruptos no significa que esa corrupción sea oficialmente sancionada o tolerada por el gobierno de Chávez. También, ya Chávez ha suspendido toda cooperación militar y antidrogas con los Estados Unidos. El gobierno de Chávez no quiere ayuda antidrogas de los Estados Unidos, porque al rechazarla reduce la capacidad de Washington para torcer el brazo de Chávez con amenazas de suspensión de la ayuda. Y el impacto financiero de una descertificación de los EEUU sería limitado, puesto que Chávez tiene cerca de 30 mil millones de dólares de reservas internacionales y el precio promedio del petróleo venezolano excede ahora los 50 dólares por barril. Finalmente, si el gobierno de los EEUU descertifica oficialmente a Venezuela como no cooperador en la guerra contra las drogas, Chávez probablemente se ría de las medidas y haga retaliación tomando como blanco a ciudadanos de los EEUU en Venezuela».
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