FS #59 – Licitación política

Fichero

LEA, por favor

En un trabajo sobre Los rasgos del próximo paradigma político, completado en febrero de 1994, especificaba un camino de legitimación programática de los actores políticos. Tal ruta contrasta con las tres formas de legitimación de la dominación descritas por Max Weber: legitimación tradicional (en virtud de una cadena de transmisión del poder que se prolonga hacia el pasado hasta una fuente original, como en el caso de los papas o los reyes), legitimación carismática (con la que el dominador exhibe características que le permiten entusiasmar o fascinar), legitimación burocrática (en la que se domina con el poder de un aparato).

En una época en la que la informatización crece, y con ella la sofisticación de los ciudadanos, la tendencia que emerge es la de la exigencia por una legitimación programática. Esto es, por la mostración de tratamientos eficaces a los problemas de carácter público. Se trata, repito, de una tendencia. Los estilos clásicos de legitimación no han desaparecido, y siempre tendrán influencia. Nadie puede negar los fuertes rasgos carismáticos de Hugo Chávez, los anclajes tradicionales de Eduardo Fernández en COPEI, o lo que fuera el uso burocrático del poder por parte de Luis Alfaro Ucero.

Pero los ciudadanos aprendemos, y más cuando ya ha sido empleado hasta sus límites, sin eficacia administrativa, un cuarto tipo de legitimación: la que se obtiene por deslegitimación (ataques, descrédito) de los competidores. El actor político convencional, que se entiende a sí mismo como «combatiente» o «luchador» en una «arena política», no se legitima porque sea capaz de mostrar que dispone de soluciones a los problemas, sino porque descubre y censura públicamente algunas conductas de sus contendientes. Así, fija su atención en la negatividad del contrario, y por implicación se muestra como carente de esos defectos.

El incremento de conciencia pública, una mayor educación política del pueblo, irá modificando este primitivismo político, para no dejar otro camino que el de la legitimación programática. (En estos tiempos, sin embargo, de crisis de los paradigmas políticos convencionales—Realpolitik, política de puro poder—también puede ser un camino legitimador de orden paradigmático: ser capaz de mostrar que se posee otro lenguaje, otra gramática política desde la que es posible construir un discurso pertinente y eficaz).

La semana pasada decía el #150 de la Carta Semanal de doctorpolítico lo siguiente: «Ya hay voces que reclaman unas elecciones primarias para identificar un único abanderado anti Chávez. Pero más importante o anterior es una licitación política. Quienes aspiren, como Borges o Petkoff, a suceder a Chávez en 2007, quedan obligados a entrar en una licitación política, en la que postulen con claridad y concreción suficientes qué harían encaramados en la silla de Miraflores». La Ficha Semanal de hoy (#59), reproduce la sección correspondiente a una tal «licitación política» del trabajo Los rasgos del próximo paradigma político.

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Licitación política

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, «participativamente», se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una imagen-objetivo para el país. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.

¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice»—1968—es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

luis enrique ALCALÁ

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CS #150 – De bandas y cajas

Cartas

Es hora de abrir las cajas. Especialmente las cajas negras. Súmate ha dicho que el CNE es una. Pero mientras Súmate no se someta a una auditoría como la que exige sobre el Consejo Nacional Electoral, también será una caja negra. Mientras no explique con lujo de detalles cómo llega a los números que ha ofrecido, estos números habrán sido sacados de una caja negra.

Si esta publicación no explica cómo llega a su análisis aritmético de la abstención, que es el issue central (en términos de opinión y debate) de la elección que acaba de pasar, se comportará también como una caja negra. Emplearemos el «criterio RAND», que considera que el juicio de un panel de expertos sobre un problema del área que conocen, es preferible al juicio de un solo experto. (También sostiene que el juicio de un solo experto es preferible a cualquier modelo matemático). Así, convocaremos a cinco «expertos» para escucharlos y formarnos una idea acerca de la abstención y sus significados.

Estos cinco expertos son el CNE, la organización Ojo Electoral, Acción Democrática, Súmate y Alianza Popular. Probablemente sea un panel sesgado a favor de la oposición, pues no se incluye, por ejemplo, la opinión del MVR. (La matriz de opinión prevaleciente en la oposición sostendría que esta opinión es idéntica a la del CNE). En todo caso, este grupo de expertos representa una dispersión o banda de cuantía de la abstención con una extensión del orden de 18%. (Para ser exactos—usaremos aquí las primeras cifras ofrecidas por cada miembro del panel redondeadas al primer decimal—una banda de 18,3%. En términos gruesos, una diferencia de unos 20 puntos entre la estimación más baja y la más alta).

La más baja, por supuesto, es la del Consejo Nacional Electoral. Jorge Rodríguez situó la abstención en 69, 2%. A continuación viene la estimación de Ojo Electoral, que para cuatro municipios observados—es una organización pobre—encuentra 74,8%. Después está Acción Democrática, que propone 77%. De seguidas Súmate que certifica 78,1%, mientras cierra Alianza Popular con 87,5%. (Álvarez Paz dijo que entre 85% y 90%). Es la distancia Rodríguez-Álvarez la que recorre 18,3 puntos de discrepancia. Éstos marcan los extremos y, por tanto, ellos son los extremistas.

Esta distribución de opiniones del panel produce un promedio de 77,3% de abstención, muy cerca de la estimación de Acción Democrática y de la abstención en 2000, que fue de 76,2%. (Según aceptan tanto el CNE como Súmate). La diferencia entre esta última cifra y el promedio es de sólo 1,1 puntos. ¿Es esto un sonoro triunfo de los que llamaron explícitamente, como Alianza Popular, a la abstención, o de los que la indujeron, como Súmate? La misma Súmate postula un aumento de la abstención de solamente 1,9 puntos. ¿Es una ganancia de dos puntos sobre la cota del año 2000 un desempeño glorioso de quienes recomendaron abstenerse con vehemencia?

Es ilustrativo registrar la dispersión de las diferencias entre las estimaciones y la cifra de la abstención de cinco años atrás. Dos de los miembros del panel—CNE con 7 puntos y Ojo Electoral con 1,4—miden una disminución de la abstención. Los otros tres aducen un crecimiento de la abstención: AD con 0,8 puntos, Súmate con 1,9 y Alianza Popular con 11,3. El promedio de estas diferencias sugiere un aumento de la abstención, como dijimos, de 1,1 puntos.

Supongamos que este número sea representativo de la abstención real, y que en efecto un 1,1% de más electores que en 2000 se abstuvo de votar. ¿Debiera interpretarse que todo ese movimiento responde, como sugiere Súmate y asegura Alianza Popular, a un rechazo del Consejo Nacional Electoral y a una protesta ciudadana?

Abramos nuestra modesta caja negra, que incluye una íngrima experiencia de campo en Caraballeda, donde atendimos la invitación de Roberto Smith Perera a ver penúltimos esfuerzos de campaña de su movimiento «Vargas de Primera», en los que participó a pie en contactos «casa por casa». (La mayoría de los contactos se produjo en la calle. El propio Smith, que no era candidato, recibió un altísimo reconocimiento de los ciudadanos y ciudadanas contactados y una buena mayoría de aceptación—un número muy significativo le dijo «voté por ti» (para gobernador en octubre de 2004)—con mínimo o ausente rechazo. Hasta caravanas de movimientos contendientes le saludaban y aun le expresaban su apoyo. Pudo pararse sin problemas a conversar con una de los dos encargados presentes del MVR en la sede de este partido en la Calle Real de Caraballeda, donde estuvo de acuerdo con ella, quien decía sin miramientos que debía revocarse el mandato del gobernador Antonio Rodríguez, quien fuera precisamente candidato del chavismo).

Pues bien, en una cincuentena o más de conversaciones durante unas tres horas, sólo dos veces emergió la postura de abstencionismo por desconfianza hacia el Consejo Nacional Electoral. Era más marcada una desconfianza general ante los políticos.

Naturalmente, tales peripecias conforman un registro mucho más exiguo que el sondeo muy limitado de Ojo Electoral. No se pretende argumentar que ese hallazgo es representativo de los electores en general.

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Y todas las elaboraciones anteriores son más un divertimento que una reflexión científica, por más pedagógicas o heurísticas (propias de la invención o el descubrimiento) que puedan ser, por más que puedan servir para pensar. Porque hay dos hechos políticos de mucha mayor monta en las elecciones del domingo pasado: que el gobierno volvió a dar una paliza a la oposición, una mayor paliza que en octubre de 2004 (con excepción de los municipios vaticanos de Chacao y Baruta y unos pocos puntos más); que el sistema electoral, cuadernos electrónicos incluidos en virtud de los precedentes de Cojedes y Nueva Esparta, ha sido plenamente instalado, como destaca un apreciadísimo amigo de esta publicación.

Este último hecho es determinante para las venideras elecciones de diciembre, cuando ya no se trata de elegir unos concejales que pudieran afirmar o fastidiar las incumbencias de los alcaldes en ejercicio, sino una Asamblea Nacional que pudiera ser entubada con facilidad hasta para modificaciones constitucionales.

Luego, por supuesto, late en el trasfondo la elección todavía más importante en 2006. En este campo se contaba hasta el domingo con la solitaria postulación de Julio Borges, que no parece haber calado mucho que se diga. El día de las elecciones de concejales y juntas parroquiales fue el escogido por El Nacional para publicar la comentada entrevista a Teodoro Petkoff, en la que el veterano político confía que está considerando emprender, por tercera vez, una campaña por la Presidencia de la República. (Que tendrá que ser, hasta nuevo aviso, la «bolivariana» de Venezuela). Petkoff ha venido haciendo, desde el año pasado, un trabajo de identificación y coordinación en el interior del país, con el criterio de reunir a quienes quedaron de segundos en las elecciones regionales del año pasado, y desde su tribuna periodística una campaña de oposición muy centrada en la ineficacia, la ineptitud y la inconsistencia del gobierno.

La cosa, pues, a pesar de la abstención, se está moviendo. Algunos de los partidos y movimientos participantes hablan de una lección por la unidad, implicada en los resultados electorales del domingo 7 de agosto. Esta unidad, sin embargo, no puede ser la confederación de esas asociaciones, pues difícilmente la coincidencia babélica de quienes no convencieron puede confeccionar un proyecto convincente.

Ya hay voces que reclaman unas elecciones primarias para identificar un único abanderado anti Chávez. Pero más importante o anterior es una licitación política. Quienes aspiren, como Borges o Petkoff, a suceder a Chávez en 2007, quedan obligados a entrar en una licitación política, en la que postulen con claridad y concreción suficientes qué harían encaramados en la silla de Miraflores.

Mientras estas cosas de fondo ocurren, proseguirá un debate menos trascendente por la verdad acerca de la abstención, en términos muy parecidos a los cauces de opinión que determinara el referendo revocatorio del 15 de agosto de 2004.

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FS #58 – El otro Lyndon

Fichero

LEA, por favor

El tema de la capacidad nuclear iraní es uno de los desvelos de la política exterior norteamericana y europea. Por estos días Irán ha rechazado una oferta europea—del llamado grupo EU-3, conformado por el Reino Unido, Francia y Alemania—por la que se ofrecía cooperación a un programa nuclear para el uso civil iraní, a cambio de que el país de los ayatollahs se abstenga de trabajar en programas de enriquecimiento de uranio que pudieran permitir el desarrollo de armas nucleares. Ahora los europeos pueden lavarse las manos y dejar el proscenio a los Estados Unidos, que expresaron apoyo a la propuesta del EU-3 y arrecian su presión sobre Irán.

Es en este contexto que se escribe y difunde por las redes de correo electrónico—bajo la responsabilidad de Carlos Vicente Torrealba—un trabajo que lleva por título: Operación Yellowcake—Uranio para una Invasión. Al suscrito le ha llegado el trabajo, o noticia de él, por tres vías, dos de las cuales vienen de Estados Unidos. Una de estas fuentes comentó: «Ese informe esta circulando por Internet con una velocidad increíble». La otra había exaltado antes las virtudes del «Informe Waller», del Centro para Política de Seguridad, que argumentó a favor de intentar «otras acciones», distintas de las democráticas y diplomáticas, para tratar el problema venezolano desde la óptica de la seguridad de los Estados Unidos.

El trabajo firmado por Torrealba asegura la existencia de un plan de invasión norteamericana a Venezuela, para impedir el envío de uranio venezolano a Irán, y también afirma que ya hay una importante actividad extractiva de ese mineral: «…las zonas con mayor actividad de extracción de uranio son la de Roraima, las cabeceras de los ríos Paragua y Caroní, en el Municipio Sucre, en Ciudad Piar, entre otras».

Esta publicación ha consultado a personas conocedoras de la zona y de su actividad minera, quienes aseguran que no hay tal extracción de uranio y, por supuesto, mucho menos una exportación del mineral.

A pesar de esto afirma Torrealba: «El plan de invasión es una acción militar derivada de una serie de actos hostiles realizados por el gobierno de Chávez a través de la entrega de uranio a Irán, de ahí la necesidad de llevar a cabo, a juicio de estos agentes de la CIA y del Mossad, dicho plan y emprender además unas estrategias y tácticas; una vez agotadas las diferencias por la vía diplomática se continúa con una operación, con agentes internos, de descrédito al presidente Chávez ante la comunidad mundial, tildándolo como un factor de perturbación atómico, para poder dar el paso a la siguiente fase como es la fuerza, ya que Venezuela estaría violando los tratados de proscripción de armas nucleares en América Latina».

Y también incluye Torrealba la siguiente referencia: «La ultraderechista Fundación Schiller convocó a grupos de oposición de Venezuela y a militares del continente para lo que ellos llamaron ‘análisis de coyuntura’, ante el ascenso de los movimientos populares de corte izquierdista y de característica anarquista en el continente. La Fundación Schiller, financiada por Lyndon LaRouche, que desde hace muchos años su tesis es el alineamiento de los ejércitos latinoamericanos al mando único del Comando Sur, propugna la creación de un ejército continental comandado por USsouthcom. Los informes de inteligencia oriental señalan que la fundación de LaRouche coopera financieramente con partidos políticos ligados a la oposición en Venezuela, y es la que ha promovido insistentemente una invasión a nuestro país a través del alquiler de apátridas venezolanos».

Esta evaluación no parece consistente con posturas asumidas por LaRouche, quien se ha opuesto vehementemente a intervenciones de los Estados Unidos en América Latina. La Ficha Semanal #58 de doctorpolítico contiene parte de la introducción escrita por LaRouche para el libro La integración iberoamericana, editado en 1986 por el Instituto Schiller aludido por Torrealba. Este libro, dedicado nada menos que a Juan Domingo Perón y Alan García, presenta el texto de LaRouche en estos términos: «Para alcanzar el éxito en su programa de integración, Iberoamérica debe derrocar los dogmas monetaristas con que el FMI y la banca usurera justifican su saqueo del continente».

LaRouche es un personaje del que lo menos que se puede decir es que es excéntrico. Antaño marxista y trotskista, acusado por algunos de fascista y de métodos de secta manipuladora de conciencias, ha intentado siete veces alcanzar la Presidencia de los Estados Unidos, incluyendo una ocasión desde la cárcel, luego de que fuera apresado por cargos de fraude postal y conspiración. En Venezuela fue representado por mucho tiempo por Alejandro Peña Exclusa. (Hasta 1998. El propio Instituto Schiller da su versión del divorcio: «Como es bien conocido, Peña estuvo asociado con LaRouche hasta la primavera de 1998, cuando rompió con LaRouche como parte de su conversión a una locura religiosa extrema y su asociación abierta con líderes fascistas sinarquistas, incluyendo el asesino franquista español Blas Piñar. Los círculos de Piñar, ha explicado LaRouche, son los principales probables culpables involucrados en los atentados terroristas con bombas a las estaciones ferroviarias de Madrid del 11 de marzo de 2004»).

Como puede verse, no suena como muy confiable el tal LaRouche, a juzgar por el calibre y tremendismo de sus afirmaciones. La lectura de esta ficha, por otra parte, pone de manifiesto que difícilmente LaRouche ande propugnando un esquema militar en América del Sur que sea dirigido por el Comando Sur de los Estados Unidos. Estas cosas ponen en entredicho la credibilidad de lo denunciado por Torrealba, que mucha gente ahora envía por correo electrónico sin pararse a comprobar su veracidad. De hecho, en entrevista reciente (12 de noviembre de 2004), y en pregunta específica sobre el caso Chávez, LaRouche declaró tajantemente: «No creo, por ejemplo, que es asunto de los Estados Unidos meterse a orquestar un cambio de régimen en países por la fuerza militar. Ésa es una política equivocada». En la misma entrevista señaló sobre Fidel Castro: «¿Castro? Castro es, de nuevo… hablé acerca de Chávez. Castro es un tipo con el que debería reunirme y conversar… Si quisiéramos tener un arreglo con Cuba, un arreglo racional, y yo estuviera a cargo de lograrlo, te garantizo, yo podría obtener un arreglo decente… Y no tenemos nada de qué quejarnos al respecto, porque no tenemos una relación constructiva con él».

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El otro Lyndon

Las naciones de América Central y del Sur se forjaron en un molde cultural católico. En el mar de corrupción—nacional e importada—que hay en ésas y otras naciones del mundo, su viabilidad nacional depende de la influencia de la tradición agustina y de las doctrinas especiales de estadismo agustino definidas por el Concilio de Florencia en 1439.

En lo que ese legado agustino atañe a las cuestiones políticas más importantes de estas naciones en la gran crisis actual, la gestión política debe partir del ataque agustino a la práctica de la usura en tanto pecado mortal. El cardenal Joseph Ratzinger subrayó esta cuestión en el discurso que dirigió a un grupo de economistas católicos el 19 de noviembre de 1985, poco antes de iniciarse el Sínodo Extraordinario en Roma. El cardenal Ratzinger atacó por nombre a Adam Smith, Max Weber, el presidente norteamericano Theodore Roosevelt y a los Rockefeller, por tratar de imponer en Iberoamérica el dogma inmoral de Adam Smith, dogma que autoriza tanto la usura como el narcotráfico y que se basa en la afirmación de que a ningún hombre o gobierno se debe responsabilizar de las consecuencias previsiblemente malas de su gestión económica.

Ninguna persona moral puede discrepar de lo planteado por el cardenal Ratzinger en esa ocasión. Pero el cardenal no intentó definir un cuerpo de ciencia económica para sustituir los dogmas monetaristas de Smith, Jeremy Bentham, James Mill, Alfred Marshall y John M. Keynes. No es cosa de censurarle al cardenal Ratzinger el que no sea economista profesional o que haya omitido recomendaciones específicas en la materia. La verdad es que el cardenal obró muy acertadamente al dejarle a los economistas, movidos por el aguijón de la conciencia, la tarea de definir pautas económicas acordes con los principios de la moral, que pudieran reemplazar el dogma perverso del «libre cambio». La tarea nos toca, por tanto, a quienes somos especialistas en este aspecto del arte de gobernar.

La dificultad práctica es que todas las doctrinas económicas que se enseñan y se estudian en las principales universidades de Europa occidental, los Estados Unidos e Iberoamérica son variedades del dogma monetarista, inmoral por definición. No es que no haya existido una ciencia bien elaborada como alternativa al monetarismo. La oposición tradicional al dogma de Adam Smith fue el sistema de economía política adoptado por el gobierno de George Washington, primer presidente de los Estados Unidos, y al cual bautizó «Sistema Americano» el secretario de Hacienda Alexander Hamilton. Ese Sistema Americano antibritánico fue la cuestión política decisiva de la Revolución Americana de 1775-1783, y siguió orientando la política de whigs estadounidenses como Henry Clay, los dos Carey y Abraham Lincoln, amigo de Benito Juárez, en la primera mitad del siglo XIX.

Friedrich List difundió el Sistema Americano en la vida práctica de las naciones europeas, y el mismo sistema fue hegemónico entre los patriotas de México, Argentina y otras repúblicas iberoamericanas en varios momentos del siglo pasado. En realidad, la práctica del peronismo concuerda con los principios del Sistema Americano de Hamilton. El problema ha sido que, desde que el rentismo financiero internacional se apoderó de la moneda, el crédito nacional y la deuda pública de los Estados Unidos a fines de la década de 1870, mediante la traidora Ley de Reanudación del Metálico, se erradicó de las universidades la enseñanza del Sistema Americano, y se excluyó al mismo de la conducción del gobierno estadounidense.

La dificultad es que apenas unos poquísimos economistas profesionales tienen algo de competencia en economía. Lo que llaman «economía» no tiene nada de economía: es pura teoría monetaria rentista financiera; puro monetarismo.

Aunque en algunos de los estados más importantes de Iberoamérica hay sectores de la población que gozan de un nivel de subsistencia material equivalente al europeo o al estadounidense, la mayoría de la población de esas naciones es desesperadamente pobre, y permanece pobre por las prácticas de saqueo de las naciones industrializadas y de las autoridades monetarias supranacionales. Por eso, cualquier gobierno o partido político de Iberoamérica que sea patriota, y no mero cipayo de intereses rentistas financieros, que se consagre al bienestar de la nación y a mejorar la condición de todos sus ciudadanos, no sólo se encuentra en conflicto irreconciliable con los dogmas monetaristas de Adam Smith, sino que descubre que la mayor parte de los economistas profesionales, en el mejor de los casos, son agentes inconscientes de los intereses peculiares de fuerzas rentistas financieras foráneas que saquean a la nación y a la región. Para ser patriota de una república iberoamericana, un economista profesional debe empezar por repudiar la mayor parte de lo que le valió su título universitario.

Ese predicamento de los economistas profesionales ha ocasionado que muchos de ellos caigan en la creencia de que, para ser patriota, hay que ser marxista. Dado que la mayoría no conoce la historia de la economía política, ni conoce el Sistema Americano, con bastante facilidad cae en el engaño de que, o se es apologista de intereses financieros foráneos (monetarista), o se es marxista.

Los patriotas que rechazan tanto al monetarismo como al marxismo han producido medidas excelentes y han hecho propuestas de reforma económica muy competentes; sin embargo, salvo raras excepciones, esos patriotas carecen de un cuerpo coherente de ciencia económica. Dado que no conocen la ciencia económica, las propuestas de esos patriotas toman la forma de un conjunto de reformas fragmentarias para desarrollar toda la economía; carecen de una teoría general efectiva del desarrollo económico. Los enemigos de las repúblicas explotan esa situación atacando por los flancos la política de los patriotas, forzando concesiones, frecuentemente calificadas de compromisos, en terrenos que los patriotas están mal preparados para analizar.

En tanto patriota de los Estados Unidos en la tradición de Franklin, John Quincy Adams y Abraham Lincoln, uno de mis principales propósitos ha sido fundar entre las repúblicas de las Américas una comunidad de principios genuina y equitativa.

Los republicanos de las Américas estamos cortados por la misma tijera. Fundamos nuestras repúblicas según los principios agustinos del arte del buen gobierno que se introdujeron en episodios del Renacimiento Dorado como el Concilio de Florencia de 1439. Aunque representábamos redes republicanas europeas a las que estuvimos estrechamente ligados durante los siglos XVIII y XIX, Europa aún no se desembarazaba de las instituciones de la aristocracia feudal y la nobleza rentista financiera de Venecia. Procuramos fundar una nueva clase de república, basada en la igualdad de las almas individuales bajo la ley natural agustina, en la cual no se permitiera distinción alguna de privilegio, salvo las del mérito moral y el servicio a la humanidad. Esto lo sostuvo el secretario de Estado John Quincy Adams al argumentar por que los Estados Unidos promulgasen de modo unilateral la Doctrina Monroe de 1823. El gobierno de los Estados Unidos, con el apoyo de dos ex presidentes, Jefferson y Madison, rechazó cualquier acuerdo con Inglaterra, porque, como lo subrayó Adams, nosotros y las nuevas repúblicas de la América española no tenemos con Inglaterra —consagrada a los perversos dogmas colonialistas del patrón de Adam Smith, la Compañía de las Indias Orientales británica— ninguna comunidad de principios morales o de derecho.

Desafortunadamente surgió en los Estados Unidos una poderosa facción cuya gran riqueza y poderío se originaron en su asociación con la Compañía de las Indias Orientales británica en el tráfico del opio en China. Esa facción se compone de familias, en particular de Nueva Inglaterra y los alrededores de la ciudad de Nueva York, que fueron tories probritánicos durante y después de la Revolución Americana, y que dominan hoy en Harvard y otras universidades aristocráticas de los Estados Unidos; son la autodenominada clase «patricia» del eastern establishment liberal. Dichas familias «patricias» han sido siempre resueltos adversarios de las repúblicas de la América española en los Estados Unidos. Con la llegada de Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson a la presidencia estadounidense, la política del establishment liberal en contra de Iberoamérica se convirtió en parte integral de la política exterior de los Estados Unidos.

Así como Abraham Lincoln, cuando era representante federal por Illinois, atacó la complicidad del agente de influencia británica James Polk con el duque de Wellington para hundir a México y los Estados Unidos en la guerra, así me opuse yo a que mi gobierno violase su propia ley con el apoyo que dio el gobierno de Reagan a Inglaterra en la guerra de las Malvinas. Aunque alguna vez he ayudado a los británicos, cuando resulta que tienen razón o cuando el entretejimiento de los intereses estadounidenses y británicos lo demanda, el que los Estados Unidos tolerasen las acciones militares británicas contra Argentina iba en contra de los intereses estratégicos más fundamentales a los Estados Unidos, así como de sus compromisos morales. De por sí está mal que los Estados Unidos se hagan cómplices de injusticias en contra de nuestros amigos del hemisferio; pero dejar que potencias extrahemisféricas hagan la guerra en el hemisferio viola tratados solemnes de los Estados Unidos y traiciona sus intereses estratégicos vitales.

La oportunidad que representa Iberoamérica para los Estados Unidos no debe concebirse catalogando a esas naciones, ni por asomo, como colonias o satrapías de los Estados Unidos, que fue como definieron su existencia Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson. Hoy día, Iberoamérica representa unos 400 millones de almas. Dado que la cultura de estas naciones es producto de las más elevadas tradiciones agustinas europeas, la persona educada de cada uno de esos estados tiene una capacidad excepcional para asimilar eficientemente la ciencia y la tecnología más avanzadas. Los Estados Unidos no pueden más que beneficiarse de tener vecinos ricos y poderosos que compartan los mismos principios morales sobre los que se basó la Declaración de Independencia estadounidense. Es del interés vital de los Estados Unidos que todas y cada una de las repúblicas de este hemisferio sean totalmente soberanas, prósperas, política y socialmente seguras, así como estables en el autogobierno de sus asuntos. Con dichos estados, los Estados Unidos deben fundar y mantener una comunidad de principios inquebrantable, una obligación de asistencia mutua mucho más firme y fuerte que cualquier mera alianza militar.

Lyndon LaRouche

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CS #149 – O herramos o erramos

Cartas

Hace ya veinte años que Arturo Úslar Pietri marcara, ante una reunión del Grupo Santa Lucía, una importante diferencia cultural entre anglosajones del norte e hispánicos en América, mediante una observación sociológica muy ilustrativa. Úslar describía primero lo siguiente: los colonos de Norteamérica ocupaban tierras, las cercaban y comenzaban a producir. Luego colonos vecinos podían acordarse, tal vez, para la construcción de un granero común, y así lo erigían. También tendrían hijos, naturalmente, que tendrían necesidad de ser educados, por lo que se planteaban la construcción de una escuela y la contratación entre todos de una maestra. Probablemente las mujeres exigirían un poco de religión, y también en conjunto se agenciarían un predicador, a quien tendrían que proveerle una iglesia, que de inmediato edificaban. Poco a poco, pues algún comerciante general y un enterrador y un tabernero vendrían a instalarse no lejos de tales edificios, llegaban a tener un pueblo. García Márquez habría dicho que su «mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Así, había que nombrar al pueblo que ya existía: el hecho antes que la palabra.

En cambio—cambiaba Úslar de paisaje—venía por el valle de los caracas Diego de Losada a la cabeza de unos cuantos caballeros, más infantes, algún fraile y varios albañiles y otros artesanos, y se apeaba de su corcel, pendón en mano, para declarar solemnemente en medio de un terreno despoblado: «Esto es Santiago de León de Caracas». El verbo antes que la obra.

Destacaba de este modo uno de los más grandes maestros de los venezolanos la tendencia nominalista de nuestra cultura. Pudiera añadirse que es una conducta típica de los revolucionarios. Pocos políticos—hasta ahora Chávez y sus más aduladores acólitos ganan el derby—han superado a la Convención Nacional jacobina de la Francia de 1793, que consideró imprescindible al curso del país sustituir el calendario que usa todo el mundo por uno revolucionario. Los meses ya no se llamaban como los conocemos—enero (por Jano), febrero (por Febo), marzo (por Marte), etc.—sino Pluvioso (de lluvia), Vendimiario (de vendimia), Germinal (de germen o semilla), Termidor (de thermos o calor).

Juan Barreto, por tanto, no hace sino evidenciarse contagiado por el mismo virus nominalista revolucionario con su refundación de Caracas, en medio de los clichés más espantosos. (En su remitido periodístico no podía faltar la más manida frase de Simón Rodríguez: «O inventamos o erramos», sólo que Barreto escribe erróneamente con hache «herramos», lo que debe ser un uso igualmente revolucionario. Siempre he creído que los exégetas de Rodríguez incurren en contradicción flagrante, pues citar al pasado—a Rodríguez mismo—difícilmente puede tenerse por invención).

En esto, sin embargo, Barreto no hace otra cosa que remedar a su jefe, que es el gran nomenclador de la comarca. En medio de la desesperación que le produce la manifiesta ineficacia de su propio gobierno, la espantosa incompetencia de él mismo, Chávez vuelve a usar uno de sus muy poderosos pero escasos talentos y, como Losada, fabrica el nombre «Misión Vuelta al Campo» para un reflujo urbano-rural que no existe sino en su revolucionaria cabeza—después de que la semana pasada inventara la «Misión Negra Hipólita» para los niños callejeros abandonados y pedigüeños, que hace más de seis años prometió borrar de la faz de las ciudades (so pena de renunciar o, solución también nominalista, cambiarse el nombre)—y repite la etiqueta nominal de «socialismo del siglo XXI» para referirse a algo que es igualmente inexistente. (Y saluda la disposición de José Luis Betancourt a discutir el tema, no sin aclarar de inmediato que lo de socialismo va. Esto es, que al Presidente de Fedecámaras le queda la «discusión» acerca del modo y cronograma de su acatamiento al ucase socialista, que el autócrata ha decidido, sin el menor derecho, imponer a los venezolanos).

Tan marcado patrón de comportamiento es reproducido inevitablemente por lo que pudiéramos llamar, en terminología de páginas sociales, las «personalidades del régimen», sobre todo aquellas que parecieran estar buscando algún acomodo burocrático. Por ejemplo, Rigoberto Lanz en artículo publicado por El Nacional bajo el rico título «¿Cuál ciencia?» (Edición del 29 de julio, página A-11).

El artículo tiene por objeto justificar una ciencia revolucionaria, a partir de unas cuantas muy tajantes aseveraciones. Por ejemplo, comienza su ejercicio asentando (en descubrimiento del agua tibia): «…la gente hace lo que hace según el paquete de ideas que tiene en su cabeza». Tal vez Lanz no haya tenido noticia de que eso mismo ha sido pensado por siglos. Sin ir demasiado lejos, John Stuart Mill escribió sucintamente: «Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan». Claro, para la tendencia ideológica que Lanz defiende resulta algo incómodo eso de reconocer la precedencia intelectual de un gran liberal inglés.

Más adelante, prepara el terreno a su principal tesis mediante el correspondiente halago a la ministra Yadira Córdova (y su equipo), y media columna acerca de su propio (y destacado) papel en una reunión internacional organizada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología «para debatir sobre los temas de las políticas públicas en este campo en el contexto de América Latina». (Se vende o posiciona Lanz: «Me tocó en esta reunión internacional hacer una presentación de los principales problemas con los que se topa el pensamiento crítico en Latinoamérica y su incidencia en el terreno de una política de ciencia y tecnología»).

Luego del autobombo dispara: «La cuestión esencial es que la ciencia no es un producto ‘universal’ ni ‘neutro’. La ciencia es un resultado cultural cargado de contenidos (unos y no otros)».

Lo que Lanz quiere explicarnos—»según el paquete de ideas que tiene en su cabeza»—a los comunes mortales, otra vez, no es nada nuevo. Tanto en el nivel conceptual como en el práctico-histórico, lo que Lanz anuncia ahora como gran novedad es asunto conocido: que puede establecerse relación entre la práctica científica y la ideología. Lanz estará pensando, sin duda, en las agendas de investigación prescritas en Occidente por lo que se ha denominado el «complejo industrial-militar». (Dwight Eisenhower). En cambio, quizás olvide la genética socialista de Lisenko en la Rusia stalinista, responsable de mucho fracaso agrícola revolucionario.

Creo poco probable que conozca observaciones como las de Paul Ricoeur en «Ciencia e Ideología»: «… la pretensión simultánea de trazar lo que Lenín llamaba la línea del partido entre esta ciencia y la ciencia burguesa, y concebir de esta manera una ciencia partidista en el sentido pleno de la palabra. Es ahí donde se encuentra el peligro de que la ciencia marxista se transforme en ideología según sus propios criterios. Con respecto a esto, el destino próximo del marxismo verifica los más sombríos temores; así el análisis en clases sociales, para no citar sino un ejemplo, y especialmente la tesis según la cual no hay fundamentalmente sino dos clases, después de haber sido una hipótesis de trabajo inmensamente fecunda, se convierte en un dogma que impide ver con nuevos ojos las estratificaciones sociales nuevas de las sociedades industriales avanzadas o las formaciones de clases, en un sentido nuevo del término, en las sociedades socialistas, para no hablar de los fenómenos nacionalistas que muy difícilmente se prestan a un análisis en términos de clases sociales… Más grave que esta ceguera ante lo real, la oficialización de la doctrina por el partido, provoca otro fenómeno grave de ideologización: del mismo modo que la religión ha sido acusada de justificar el poder de la clase dominante, el marxismo funciona como sistema de justificación con respecto al poder del partido en cuanto vanguardia de la clase obrera y con respecto al poder del grupo dirigente dentro del partido». (También pudiera recomendarse la lectura de Criticism and the Growth of Knowledge, obra editada por Imre Lakatos—seguramente de su gusto—y Alan Musgrave).

Obviamente, en la práctica de la ciencia hay aspectos y componentes «no universales». Como actividad humana, puede encontrarse en ella casi de todo, incluyendo una competencia no pocas veces sucia y desleal por alcanzar los máximos galardones. (Cf. La doble hélice, de James Watson). Pero no sé si el profesor Lanz encuentra poca universalidad en la determinación del genoma del Tripanosoma cruzi (que acaba de ocurrir) y propugna que no debe planearse la política sanitaria nacional con atención a este hecho, porque tal descubrimiento no sería «neutral» y tampoco «universal». Quizás quiera sostener que los teoremas de Gödel son ciencia burguesa, cuartorrepublicana, pues, y la climatología de Lorenz una creación superestructural con ánimo de sojuzgar a los yanomami.

Pero es que Lanz no deja, como digo, de ofrecer dictámenes finales, definitivos. Por caso: «En un país empeñado en generar un cambio esencial de toda su estructura…» ¿Es esa afirmación de Lanz en sí misma científica? ¿De dónde extrapola para aseverar que lo que pretenden Chávez y sus correligionarios es un empeño del país entero? ¿Basta su declaración dogmática y nominalista para que esto sea una verdad de su nueva ciencia?

Tal vez la clave pueda estar en que Rigoberto Lanz haya dado por fin con una técnica de investigación que sustituya con ventaja lo que él denuncia como «un fulano método científico». Lo cierto es, sin embargo, que a diferencia de este método, él no explica las prescripciones lógicas por las que arriba a tan pretenciosas nociones. Si algo precisa, como él dice que necesita la ciencia, una «crítica epistemológica» es justamente su somero modo de discurrir.

Porque entre otras cosas, es ese carácter de acumulación, de heredad que parece molestarle en la poca ciencia que hayamos hecho los venezolanos, lo que permite el growth of knowledge y hace innecesario que algún centro «científico» que Lanz pretenda dirigir tenga que inventar la rueda. Ni en la China milenaria y maoísta dejaron los científicos de calcular parábolas misilísticas según Newton—ya que Isaac habría sido cerebro pequeño-burgués y poco neutro—ni los cardiólogos cubanos andan en la necedad de encontrar una falta de universalidad en la Ley de Starling.

Estaré de acuerdo con una afirmación particular de Lanz: «No es posible construir una sociedad realmente emancipada con un modelo de ciencia que corresponde a la racionalidad de la dominación». Muy bien dicho. Es justamente un proyecto de dominación el chavista; es precisamente una «racionalidad» de la dominación la que caracteriza el injustificable sojuzgamiento fidelista, que tanto es celebrado en estos lares dominados por el régimen al que Lanz se ha adscrito con entusiasmo.

Mientras el profesor Lanz pierde el tiempo en ridiculeces epistemológicas, mientras sigue nadando—con mejor estilo que el presidencial, hay que reconocer—en el mar del nominalismo, las sociedades más avanzadas continuarán invirtiendo en el «fulano» modelo científico que critica pomposamente y continuarán sacándonos ventaja.

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LEA #149

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Dentro de setenta y dos horas apenas elegiremos—los que vayamos a votar—munícipes en todo el territorio nacional. Como sabemos, quienes no irán a votar sostendrán que tampoco los votantes no chavistas elegiremos, puesto que nuestro sufragio será irremisiblemente desconocido fraudulentamente. De lado y lado abundan los argumentos. La organización Queremos Elegir, por ejemplo, ha elaborado una postura que resume los argumentos para ir a votar incluso en condiciones de baja credibilidad del Consejo Nacional Electoral.

Otras voces opositoras, entre las que destacan las de los más importantes directivos de Súmate, continúan su prédica proclive a la abstención, aunque declaren que no la postulan. Dice Alejandro Plaz en entrevista concedida a Pedro Pablo Peñaloza de El Universal: «Nosotros no llamamos a la abstención, cada quien debe actuar según lo dicte su conciencia. El CNE tiene un origen ilegítimo y ahora, con su desempeño, se hace más ilegítimo todavía, porque ha demostrado que no está buscando que los electores sientan que están asistiendo a un proceso electoral confiable, sino que está creando una caja negra en la que nadie puede creer».

Esto último es, naturalmente, verdad. El Presidente del CNE no ha querido tranquilizar a la oposición, con lo que sigue la línea oficialista de desmoralizarla y por ende no actúa con imparcialidad. Esto es, naturalmente, criminal.

Sin embargo, Súmate insiste, entre otras cosas, en que el empleo de cuadernos electrónicos permitirá conocer el voto de cada elector. Una de las «noticias» más difundidas de los últimos días es el dibujo animado de la página web de Súmate sobre la concordancia de horas entre cuaderno electrónico y máquina de votación. Declara Plaz al respecto: «La mayor perversión de esos cuadernos se refiere al secreto del voto, pues hemos demostrado que comparando las secuencias de las máquinas puede determinarse por quién votó cada cual». No se refirió al presunto programa de Microsoft que haría esto imposible, al decir de Jorge Rodríguez. Por su parte, la asociación Queremos Elegir destaca: «Estos cuadernos, que sólo se usarán como prueba piloto en los estados Nueva Esparta y Cojedes, y siempre acompañados de los cuadernos manuales, que permiten las auditorías y cumplen el requisito de ley, siguen siendo un elemento perturbador para muchos electores que desconocen la circunstancia de su uso restringido y sólo como complemento de los tradicionales cuadernos manuales». Explicable efecto sobre una ciudadanía víctima del terrorismo a la medida de la lista de Tascón.

Pero Plaz debió reconocer algo más sustancial todavía, asediado por el periodista. Que no se había probado el fraude en el revocatorio o las elecciones de gobernadores y alcaldes. Que no era posible, más fundamentalmente, probar el fraude. El periodista afirmó: «Aunque tras cada votación se agregan nuevos elementos, puede decirse que los reclamos actuales son similares a los expuestos en 2004; no obstante, en el pasado jamás pudo demostrarse el fraude». Plaz evadió el asunto alejándose de la precisión para situarse en un plano jurídico: «Recuerda que al referendo revocatorio no se le podía aplicar la ley electoral, porque el Tribunal Supremo de Justicia decidió que no era una elección y que no podía regirse por la Ley Orgánica del Sufragio y la Participación Política (Losypp). En esa ocasión, el CNE creó un reglamento nuevo que estipulaba en su artículo 50 que el escrutinio sería manual; sin embargo, metieron las máquinas y violaron su propia norma. Igual pasó en octubre, cuando denunciamos que violentaron más de 15 artículos de la Losypp, y en esta oportunidad ya han infringido más de 20 artículos».

Ante esta evasiva Peñaloza persiguió con reiteración: «Pero nadie ha podido ofrecer elementos de convicción sobre la perpetración de un fraude electoral». Y dijo entonces Plaz: «No se puede demostrar porque, a medida que violas más la ley, vas haciendo la caja más negra. El CNE mantiene una caja negra, que impide el acceso a la información, al centro de votación, a los programas de las máquinas, a los centros computarizados del CNE y de la Universidad Bolivariana, donde revisan las huellas. Mientras más blindada esté la caja negra, más complicado es probar el fraude». Puesto en términos de Lewis Carroll: «But I was thinking of a plan to dye one’s whiskers green, and always use so large a fan that they could not be seen». («Pero pensaba en un plan de teñirme los bigotes de verde, y usar después un abanico tan grande que no pudiera vérselos»).

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