FS #52 – Discurso salvaje (2)

Fichero

LEA, por favor

En el número 46 de la Ficha Semanal de doctorpolítico dábamos cuenta de la profunda, extensa, culta y pertinente perspicacia de José Manuel Briceño Guerrero, tal como se pone de manifiesto en su libro El laberinto de los tres minotauros, del que supimos por el blog de Francisco Toro Ugueto tras advertencia de Juan Bravo Sananes.

En realidad es el libro la conjunción de tres trabajos separados: La identificación americana con la Europa segunda, que expone la superposición del discurso racional occidental a las culturas autóctonas de América; Europa y América en el pensar mantuano, que desarrolla el discurso de dominación de las minorías blancas del continente; Discurso salvaje, una gran paráfrasis del discurso bárbaro y primitivo, en el que Toro creyó encontrar la clave y los códigos fundamentales de la dominación chavista.

El mismo Briceño Guerrero explica esta triple aspectación: «Tres grandes discursos de fondo gobiernan el pensamiento americano. Así lo muestran la historia de las ideas, la observación del devenir político y el examen de la creatividad artística… Por una parte el discurso europeo segundo, importado desde fines del siglo dieciocho, estructurado mediante el uso de la razón segunda y sus resultados en ciencia y técnica… Por otra parte, el discurso cristiano-hispánico o discurso mantuano heredado de la España imperial… En tercer lugar el discurso salvaje, albacea de la herida producida en las culturas precolombinas de América por la derrota a manos de los conquistadores y en las culturas africanas por el pasivo traslado a América en esclavitud…»

La Ficha Semanal #52 contiene íntegros tres concisos capítulos (10, 11 y 12) del último de los discursos, del último trabajo que compone el libro. Recordemos cómo Francisco Toro nos advertía que Briceño Guerrero es en un instante observador y reportero y en otro mimético salvaje que asume el discurso bárbaro en primera persona.

J. M. Briceño Guerrero no tiene nada de silvestre; si acaso, como todos nosotros, en recónditos lugares de su inconsciente. Sus doctorados en Filosofía y Filología son de la Universidad de Viena, la ciudad de Wittgenstein, Mahler y Kokoshka, no de la Gran Sabana o la selva guatemalteca.

La secuencia capitular maravilla y atemoriza primero con un elogio de lo primitivo; luego inserta esa conciencia en el presente y refuta falsos intentos de preservación de lo salvaje. En conjunto nos permite una comprensión vívida de la más original de nuestras raíces.

LEA

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Discurso salvaje (2)

DEFENSA OFENSIVA U OFENSA DEFENSIVA. ELOGIO DE LAS CULTURAS PRIMITIVAS

Las culturas precolombinas de América y las culturas africanas de donde procedían los esclavos negros, las culturas «primitivas»—porque también las hubo «altas», en trance de enajenar al hombre—eran superiores a la cultura occidental.

No buscaban dominar a la naturaleza sino lograr un equilibrio con ella y lo lograron de manera variada según las condiciones ecológicas, de manera creadora según las diferencias de su sensibilidad y los matices de su sentido estético. Aprendieron a vivir con la selva, con la montaña, con el mar, con los llanos de grandes ríos, con el desierto, sin dañarlos y sin perecer. Ni ecocidas ni suicidas. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Sabían vivir en comunidad y compartir. Las relaciones de parentesco y las conductas a que daban lugar estaban claramente establecidas. Los diversos roles en la ejecución del comunitario trabajo eran distribuidos y desempeñados sin sombra de confusión. Con ritos de pasaje garantizaban los umbrales y separaban los niveles. Nunca era una comunidad tan grande como para imposibilitar el conocimiento y reconocimiento mutuo de todos sus miembros. La comunicación integral de persona a persona estaba así asegurada y era practicada como forma normal de comunicación. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Salvo aberración patológica excepcional, tenían su centro de gravedad en sí mismas. Cada comunidad era centro de conocimiento, sentimiento y acción con respecto a la naturaleza, al mundo invisible y a las demás. Cada una era consciente. Cada una era sujeto de su propio devenir vital. No construyeron un nivel superior que conociera, pensara y decidiera por ellas, no hicieron estados, no delegaron su humanidad. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Las comunidades de esas culturas, llamadas primitivas y salvajes, definieron con perfiles inconfundibles al enemigo y al amigo. No reprimieron sus pulsiones de muerte; las canalizaron. Siempre estuvo lejos de ellos—benditos sean para siempre—esa babosa hipocresía del occidental que profesa amor a todos sus semejantes, pero los mata simbólicamente con sueños o realiza enormes guerras de exterminio fratricidas o genocidas. Ellas salían a matar y a morir en armonía con los astros y los cósmicos ritmos de muerte y renacimiento, acompañados por sus animales sagrados y sus dioses, en acuerdo con ellos, sin doblez. Los pasos y resultados del combate estaban codificados porque se trataba de un divino juego análogo al gran juego del Universo y cónsono con él. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Lo psíquico y lo somático son tan interdependientes que constituyen unidad; ellas lo sabían y nunca separaron las enfermedades de las palabras, los pensamientos de los pasos, los afectos de las piedras, las estrellas de los impulsos secretos del corazón. Los éxtasis del tiempo despliegan una sola dimensión original; los ancestros y los herederos están en nosotros ahora; ellos lo sabían y por ende sabían también aceptar la muerte y comunicar con los abuelos, pero no para hipostasiarlos en estatuas reverendas, rendirles pleitesía, entregarles vitalidad, idolatrarlos, sino para recibir su ayuda en situaciones concretas de la vida individual. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

No pretendieron nunca conocer exhaustivamente el universo. Les bastaba relacionarse de quien a quien con los entes vecinos. Dieron nombre a quien necesitaban llamar. No intentaron dar nombre a lo innombrable ni a lo que no valía la pena nombrar. Implícitamente reconocieron la infinitud del otro y de lo otro. Se supieron una escucha y un habla finitos. Vieron que el pensamiento y la palabra no pueden trasgredir sus límites, ni aprehender su origen. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Las culturas precolombinas y africanas de nuestros ancestros habían desarrollado técnicas para inducir al éxtasis colectivo y las habían incorporado en el tejido cíclico de sus festividades anuales. Así, periódicamente, sus miembros se liberaban del peso de la conciencia individual, aliviaban el dolor de la existencia separada, abandonaban pensamiento y lenguaje, se volvían todos y nadie, todo y nada. Entraban como gota en el oleaje de las mareas siderales donde no hay sino un vasto sentimiento oceánico, y retornaban, serenos, al sosiego de los dioses ordinarios, a las actividades cotidianas aceptadas con gozo, al quehacer rutinario circularmente reiterado donde resuena, para los que lo han conocido, como en una caracola, musical y poderoso, el Océano. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Nosotros descendemos de tales ancestros. Tenemos derecho a su herencia. Nuestra constitución mental se presta para recibirla. Eso es lo nuestro, pero Occidente nos separa de nuestro origen, nos desarraiga. Caiga Occidente y se levantarán nuevos de nuevo, los antiguos mitos y ritos, el antiguo bullir, el antiguo esplendor de los días felices. Caiga Occidente y creceremos, lozanos, como la vegetación. Sobre las ruinas.

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SUPERIORIDAD DE OCCIDENTE

Ese elogio a las culturas precolombinas de América y a las culturas africanas de donde provinieron los esclavos negros es extensivo a todas las culturas primitivas no occidentales. Extensivo también—y en plenitud—a las culturas de donde surgió Occidente. Occidente no es un producto extraterrestre importado. Surgió en la tierra, a partir de culturas primeras, gracias al descubrimiento de la razón segunda con sus disciplinas científicas y su tecnología. Occidente merece doble elogio: mereció el primero en las culturas que le dieron origen y merece otro por haber evolucionado a partir de ellas hacia formas superiores de humanidad.

Superiores sin duda. Hablemos claro. El hombre tiene problemas para sobrevivir y los resuelve técnicamente; una tecnología nueva, más eficiente es siempre bienvenida. El que pela cocos con las uñas acepta sin discusión un machete; el que pela coco con machete no opone gran resistencia a una máquina de pelar cocos. El que sufre una infección no rechaza antibióticos. El que grita por el cólico miserere no maldice la apendiceptomía. Nadie cambia un buen automóvil por un burro. El que está acostumbrado a pequeñas ceremonias de magia, cae de rodillas ante una misa cantada. El que busca poner en orden sus pensamientos, ve luz cuando se encuentra con Descartes.

El progreso trae problemas. La adopción de formas nuevas de vida produce desajustes, incongruencias, dificultades de adaptación, errores de cálculo, aceleraciones nocivas, destrucción innecesaria del medio natural, artificialización de las costumbres. El progreso trae problemas. Debió ser horrible el paso de recolector a agricultor, de cazador a criador, de nómada a sedentario. Debe doler el paso de la charlatanería a la disciplina científica Es incómodo viajar en cohetes. El mejoramiento de la alimentación y las condiciones sanitarias disminuye la mortalidad, aumenta la población. La producción continua de nuevos conocimientos hace que los jóvenes no respeten la sabiduría de sus mayores y desprecien la religión. El progreso trae problemas; pero son más los que resuelve que los que trae y los que trae son transitorios, remediables.

Todos los hombres reconocen un nivel superior de progreso al verlo, porque está en relación con sus necesidades y problemas, e intentan alcanzarlo. Los hombres de las culturas aquí tan amorosamente elogiadas cambian sus dioses por machetes y espejos, sus éxtasis por aparatos de radio y televisión, su inmersión en la naturaleza por cocinas de kerosén. Basta un mercader de baratijas industriales, uno sólo, para poner en crisis a esas sociedades sutiles y armoniosas que saben mecerse al ritmo oceánico del universo.

Por otra parte, los hombres de las altas culturas no occidentales, de las grandes culturas milenarias de oriente ¿en qué están actualmente? Sus sociedades se contorsionan, se debaten, se revolucionan ¿para qué? para volverse industriales, para volverse repúblicas, para occidentalizarse.

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NOSTALGIA DE BARBARIE

Lo que pasa es que hay una nostalgia del pasado preoccidental, una nostalgia que se alía con la nostalgia de la infancia y la nostalgia del paraíso perdido, una nostalgia—quiero volver volver volver—que aumenta al aumentar las dificultades del presente y las incertidumbres del porvenir.

Háganse poemas y canciones para dar naves de aire y fuego a la nostalgia; pero ábranse los ojos: la vida y la historia prohíben el retorno, los caminos de regreso han sido cegados para siempre. No podemos reconstruir en América las culturas africanas de donde provenían los esclavos negros. No podemos restaurar en América las culturas precolombinas. Ni siquiera podemos lograr que sobrevivan intactas las culturas indígenas actualmente vivas en América. No podemos ni pudiendo. En el caso de aislar regiones geográficas y reservarlas a los indígenas con tal respeto de sus culturas, crearíamos una situación artificial semejante a la de un invernadero donde estarían a nuestra merced. Sería una ridícula restauración in vitro. Además, supondríamos en ellos una voluntad de aislamiento sacada de cuerpo entero de nuestra imaginación y proyectada sobre su amor a Occidente como un dedo para tapar el sol.

José Manuel Briceño Guerrero

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CS #143 – Nuestramérica

Cartas

Ahora que el presidente Chávez ha ido al sur del continente para abogar por la participación plena de Venezuela en MERCOSUR, resulta oportuno revisar las nociones básicas del tema de la integración de los países de América Latina, actividad con vocación de perpetuidad, luego de más de cuarenta años sin avances suficientemente significativos. En efecto, el proceso ha generado una buena cantidad de burocracias de la integración, pero los países mismos continúan separados. (ALALC, metamorfoseada en ALADI, Pacto Andino transformado en Comunidad Andina de Naciones, Sistema Económico Latinoamericano—SELA—CARICOM, MERCOSUR, y ahora la Comunidad Sudamericana de Naciones).

Al hablar de América Latina, en el fondo, se aludía a una entidad artificialmente conceptuada en oposición a la América Sajona, y se soñaba con la unión de todo lo que estuviese por debajo del Río Grande. Antes se hablaba de Hispanoamérica (de Iberoamérica, si se incluía al Brasil), pero la designación de América Latina es más bien un truco de Napoleón III, que quería que Haití y Martinica francoparlantes quedasen incluidas en el bojote. (Don Pedro Grases aseguraba que el sueño último de Bolívar era el de llevar hasta España las instituciones republicanas, de modo que en su delirante cabeza a la Independencia pudiera sucederle la restitución de la unidad perdida). En todo caso, así como España optó por la unión en Europa (y antes en la OTAN), antes de reunirse con lo que antes fueron sus colonias, así ahora México se ha hecho cada vez más América del Norte, al sumarse al NAFTA junto con los Estados Unidos y Canadá. Por esta razón tiene sentido volver a enfocar el asunto en términos sudamericanos. A fin de cuentas, la tradición geográfica estadounidense (ver Enciclopedia Británica) trata a América del Sur como un continente separado. (Es un asunto optativo y arbitrario, por ejemplo, decir que Asia es un continente separado de Europa. La frontera de los Urales es bastante más ancha que la provista por el delgado Istmo de Panamá).

Se trata de un continente de los más grandes; es el continente con mayor extensión de latitudes; es el productor del 50% del oxígeno planetario; está vertebrado por la más larga cordillera del mundo y es el hogar, en enorme condominio geopolítico y ecológico de 17.658.000 kilómetros cuadrados, de 361 millones de habitantes, que generan un producto continental bruto (por ahora) de 973 mil millones de dólares.

¿Qué sentido tendría integrar tal enormidad? ¿Qué tipo de integración es la que habría que buscar?

La integración del continente sudamericano no debe buscarse por razones románticas o atávicas. Es muy importante, sin duda, que los países del continente compartan una tradición histórica, y que esencialmente (apartando las Guayanas) formen parte de un mismo grupo lingüístico. (El galaico-portugués fue una de las raíces del castellano). Como sabían Edward Sapir y Benjamín Whorf, el mero hecho de hablar un lenguaje impone una metafísica a sus parlantes. Uno no piensa en chino tanto como que «piensa chino». Uno no piensa en español, uno piensa español. Pero la razón para integrarse no es tanto histórica como la de un negocio a futuro. ¿Tiene sentido la integración para los sudamericanos?

Tomemos nuestro caso particular, para plantear el problema de abajo hacia arriba. La población de Venezuela no reviste la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.

Pero el nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.

La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, pues consagró el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Los representantes reunidos en 1776 no perdieron tiempo hablando de programas de desgravamen o de aranceles externos comunes para las trece colonias federadas. Fueron directamente al grano. El artículo cuarto de sus Artículos de Confederación establecía: «The better to secure and perpetuate mutual friendship and intercourse among the people of the different States in this Union, the free inhabitants of each of these States… shall be entitled to all privileges and immunities of free citizens in the several States; and the people of each State shall free ingress and regress to and from any other State, and shall enjoy therein all the privileges of trade and commerce, subject to the same duties, impositions, and restrictions as the inhabitants thereof respectively, provided that such restrictions shall not extend so far as to prevent the removal of property imported into any State, to any other State, of which the owner is an inhabitant; provided also that no imposition, duties or restriction shall be laid by any State, on the property of the United States, or either of them.» Eso era la integración económica de un solo plumazo, y sin duda funcionó.

En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.

Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas, y las provenientes de haberse echado tiros, últimamente, durante seis años seguidos. Nadie podía proponer en la inmediata post guerra, algo que fuese más allá de la Comunidad del Carbón y del Acero.

En agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda hacia 1999.

Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela monetarista de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente. Por ejemplo, la idea de que la devaluación de nuestra moneda conduciría a una vigorosa expansión de nuestras exportaciones no tradicionales. Que los europeos hayan ahora experimentado graves traspiés con el rechazo de la constitución burocráticamente confeccionada en Bruselas se debe a muchos factores, entre otros a su elefantiásica y excesivamente detallada redacción. Jean-Claude Juncker, Primer Ministro de Luxemburgo y Presidente en funciones de la Unión Europea, habló descarnadamente del problema, agravado por la falta de acuerdo en materia presupuestaria: «La gente dirá ahora que Europa no está en crisis, sino en una crisis profunda. Durante este debate presupuestario chocaron dos concepciones de Europa que chocarán siempre. Están aquellos que, sin decirlo, quieren el gran mercado y nada más que el gran mercado, una zona de libre comercio de alto nivel; y están aquellos que quieren una Europa integrada políticamente. Desde hace un largo tiempo he sentido que este debate haría erupción algún día».

Debiéramos aprender de este fracaso los americanos del sur. La integración debe ser, como lo aconsejaba Friedman—no Chávez, ni Fidel Castro—primariamente política y automáticamente inclusiva de la económica, y debe ser de concepción tan simple como la que armaron los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica.

LEA

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FS #51 – La única vía

Fichero

LEA, por favor

Se dice que Jeffrey Sachs está en cola para el Premio Nobel de Economía. En realidad, como él mismo se encarga de publicitar, tiene una amplísima y envidiable experiencia en los problemas y las soluciones del desarrollo económico de los países de economías emergentes. Su más reciente obra, El fin de la pobreza, postula que pudiera eliminarse la pobreza extrema en el mundo para tan pronto como dentro de veinte años. (The End of Poverty, Penguin, marzo de 2005).

En este optimista libro, Sachs dedica todo el capítulo cuarto (Clinical Economics), a la siguiente proposición: «Propongo un nuevo método para la economía del desarrollo, una que llamo economía clínica, para subrayar las similitudes entre la buena economía del desarrollo y la buena medicina clínica». Los lectores de esta publicación (Ficha Semanal #30 de doctorpolítico del 25 de enero de este año) saben que el economista venezolano José Toro Hardy se adelantó a Sachs por una buena docena de años: «En un intento por facilitar la comprensión de la economía, nos ha parecido oportuno sugerir que ésta sea enfocada de la misma forma como se estudia la medicina». (Fundamentos de Teoría Económica, Panapo, mayo de 1993). El suscrito, por su parte, exponía en 1984 la idea de una «política clínica» en el mismo sentido de Toro Hardy y Sachs. (Hoy en día prefiero referirme a esa profesión con el término Medicina Política). Sachs pudiera, en todo caso, refugiarse en el dictum de Jorge Luis Borges: «Uno crea sus propios precursores». (Por ejemplo, el gran patólogo alemán Rudolf Virchow entendía su importante incursión en la política parlamentaria alemana como un acto de carácter médico, dato que debo al Dr. Francisco Kerdel Vegas).

Sachs es muy gráfico al introducir el concepto: «De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar».

Esta Ficha Semanal #51 contiene dos fragmentos del capítulo segundo del libro de Sachs: La diseminación de la prosperidad económica. Agradezco al Dr. Jorge Correa el haber llamado mi atención al enfoque «clínico» de Jeffrey Sachs y su gentileza al prestarme el libro que hizo posible la traducción para la composición de esta ficha.

LEA

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La única vía

¿Qué quiero decir con crecimiento económico «altamente desigual» en las regiones del mundo entre 1820 y 1998? Incluso pequeñas diferencias en las tasas anuales de crecimiento económico, sostenidas por décadas o siglos, conducen al cabo del tiempo a enormes diferencias en los niveles de bienestar económico (medido aquí por el ingreso per cápita promedio en una sociedad). El producto nacional bruto per cápita de los Estados Unidos, por ejemplo, creció a una tasa anual de alrededor de 1,7 por ciento durante el período 1820-1998. Esto condujo a un aumento de veinticinco veces de los estándares de vida, con una elevación del ingreso per cápita de alrededor de $1.200 a alrededor de $30.000 hoy (en dólares de 1990). La clave para la conversión de los Estados Unidos en la mayor y más rica economía del mundo no fue un crecimiento espectacularmente rápido, tal como el reciente logro de China de 8 por ciento de crecimiento anual, sino más bien un crecimiento firme a un más modesto 1,7 por ciento por año. La clave fue la consistencia, el hecho de que los Estados Unidos mantuvieron esa tasa de crecimiento del ingreso por casi dos siglos.

En contraste, las economías de África han crecido a un promedio de 0,7 por ciento por año. Esta diferencia puede no parecer mucha comparada con 1,7 por ciento por año en los Estados Unidos, pero a lo largo de un período de 180 años una pequeña diferencia en crecimiento anual conduce a gigantescas diferencias en niveles de ingreso. Con un crecimiento de 0,7 por ciento por año, el ingreso inicial de África (aproximadamente $400 per cápita) aumentó en poco más de tres veces, hasta aproximadamente $1.300 per cápita para el año 1998, comparado con un aumento de casi veinticinco veces en los Estados Unidos. Hoy en día la brecha de veinte veces en el ingreso entre los Estados Unidos y África, por tanto, resulta de una brecha del triple en 1820, que fue magnificada siete veces por la diferencia en tasas anuales de crecimiento de 1,7 por ciento en los Estados Unidos versus 0,7 por ciento en África.

El acertijo crucial a la comprensión de las vastas desigualdades de hoy, por tanto, es entender por qué diferentes regiones del mundo han crecido a tasas distintas durante el período de crecimiento económico moderno. Cada región comenzó el período en extrema pobreza. Sólo un sexto de la población mundial se estancó en la pobreza extrema, con muy bajas tasas de crecimiento económico durante todo el período. Primero debemos entender por qué las tasas de crecimiento difieren a lo largo de grandes períodos de tiempo de forma que podamos identificar los modos clave para elevar el crecimiento económico en las regiones atrasadas de la actualidad.

Permítanme desechar una idea desde el comienzo. Mucha gente supone que los ricos se han hecho ricos porque los pobres se han hecho pobres. En otras palabras, supone que Europa y los Estados Unidos usaron la fuerza militar y la fortaleza política durante y después de la era del colonialismo para extraer riqueza de las regiones más pobres, y así hacerse ricos. Esta interpretación de los eventos sería plausible si el producto bruto mundial hubiera permanecido aproximadamente constante, con una proporción creciente yendo a las regiones poderosas y una proporción declinante a las regiones más pobres. El factor clave de los tiempos modernos no es la transferencia de ingreso de una región a otra, por fuerza o de otra manera, sino más bien el crecimiento general en el ingreso mundial, pero a tasas diferentes en diferentes regiones.

Esto no quiere decir que los ricos son inocentes del cargo de haber explotado a los pobres. Seguramente lo han hecho, y en consecuencia los países pobres sufren en incontables formas, incluyendo problemas crónicos de inestabilidad política. Sin embargo, la historia verdadera del crecimiento económico moderno ha sido la capacidad de algunas regiones para lograr aumentos sin precedentes de producción total a largo plazo hasta niveles antes no vistos en el mundo, mientras que otras regiones se estancaron, al menos comparativamente. La tecnología ha sido el factor principal tras los crecimientos del ingreso a largo plazo en el mundo rico, no la explotación de los pobres. Ésas son en verdad muy buenas noticias, porque sugieren que todo el mundo, incluso las regiones retrasadas de hoy en día, tiene una esperanza razonable de cosechar los beneficios del avance tecnológico. El desarrollo económico no es un juego suma-cero en el que las ganancias de algunos son reflejadas inevitablemente por las pérdidas de otros. Este juego es uno en el que todo el mundo puede ganar.

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La reconstrucción de un nuevo sistema económico global necesitó mucho trabajo entre el fin de la II Guerra Mundial en 1945 y el fin de la Unión Soviética en 1991. La lucha inmediata era por la reconstrucción física: reparar o reconstruir las carreteras, puentes, plantas de energía y puertos que subyacen a la producción económica nacional y el comercio internacional. Sin embargo, la «plomería» de la economía internacional también requirió reconstrucción, con arreglos monetarios y reglas del comercio internacional que permitiesen el flujo basado en el mercado de bienes y servicios, y las ganancias de productividad que emergerían de una renovada división global del trabajo. Este esfuerzo de reconstrucción tuvo lugar en tres pasos.

Primero, los países ya industrializados para 1945—Europa, los Estados unidos, el Japón—reconstruyeron un nuevo sistema internacional de comercio bajo el liderazgo político de los EEUU. Paso a paso, estos países restablecieron la convertibilidad de monedas (en las que los negocios y los individuos pudieran comprar y vender divisas extranjeras a tasas de mercado) con el objeto de crear un sistema de pagos para el comercio internacional. Las monedas europeas se hicieron de nuevo convertibles en 1958. El yen se hizo de nuevo convertible en 1964. Al mismo tiempo, estos países acordaron reducir las barreras comerciales, incluyendo los altos aranceles y las cuotas que habían puesto en efecto en el caos de la Gran Depresión. Las barreras comerciales bajaron en varias rondas de negociación de comercio internacional conducidas bajo los auspicios del Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT), un conjunto de reglas que constituyó el precursor de la actual Organización Mundial del Comercio. El mundo rico, pronto llamado el primer mundo, tuvo éxito en la reconstrucción de un sistema de comercio basado en el mercado. Con ello vino un estallido de crecimiento económico rápido, una poderosa recuperación económica después de décadas de guerra, bloqueo al comercio e inestabilidad financiera.

La restauración del comercio en el primer mundo, no obstante, no significó la restauración de una economía global. Las divisiones en la economía mundial después de 1945 iban más allá de la no convertibilidad de divisas y las barreras al comercio. Para finales de la II Guerra Mundial el mundo se había dividido rígidamente en términos políticos que reflejaban las rupturas económicas. Estas divisiones durarían décadas y es sólo ahora cuando están siendo sanadas.

El segundo mundo era el mundo socialista, el mundo forjado primeramente por Lenin y Stalin al cabo de la I Guerra Mundial. El segundo mundo permaneció separado del primer mundo hasta la caída del Muro de Berlín en 1989 y el fin de la Unión Soviética en 1991. En su cúspide el segundo mundo incluía alrededor de treinta países (dependiendo de los criterios de inclusión), y alrededor de un tercio de la humanidad. Las características dominantes del segundo mundo eran la propiedad estatal de los medios de producción, la planificación central de la producción, el gobierno de un partido único comunista y la integración económica dentro del mundo socialista (a través de comercio de trueque) combinada con la separación económica del primer mundo.

El tercer mundo incluía el número rápidamente creciente de los países post coloniales. Hoy en día usamos el término tercer mundo simplemente para decir pobres. Al principio el tercer mundo tenía una connotación más vívida como un grupo de países que emergían de la dominación imperial y no querían ser parte ni del primer mundo capitalista ni del segundo mundo socialista. Éstos eran los verdaderos países de tercera vía. Las ideas nucleares del tercer mundo eran: «Nos desarrollaremos por nuestra cuenta. Sostendremos la industria, a veces mediante la propiedad estatal, a veces mediante subsidios y protección a los negocios privados, pero lo haremos sin multinacionales extranjeras. Lo haremos sin comercio internacional abierto. No confiamos en el mundo exterior. Los países del primer mundo no son nuestros héroes: ellos fueron antiguamente nuestras potencias coloniales. No debe confiarse tampoco en los líderes del segundo mundo. No queremos que la Unión Soviética nos trague. Por tanto, no estamos alineados políticamente, y económicamente somos autosuficientes».

Así, al término de la II Guerra Mundial el mundo evolucionaba en tres carriles. El problema fundamental, sin embargo, era que los enfoques del segundo y el tercer mundo no tenían sentido económico, y ambos colapsaron bajo una pila de deuda externa. La planificación central del segundo mundo era una mala idea, como lo era también la autarquía del tercer mundo, en ambos casos por razones que Adam Smith había explicado. Al cerrar sus economías, los países de tanto el segundo como el tercer mundo se cerraron también al proceso económico global y el avance de la tecnología. Crearon industrias locales de alto costo que no podían competir internacionalmente aunque trataran. La naturaleza cerrada de estas sociedades, en la que los negocios domésticos eran protegidos de la competencia, propiciaron un alto grado de corrupción. Los países no alineados del tercer mundo perdieron la oportunidad de participar en el avance tecnológico del primer mundo principalmente porque no confiaban en él. Comprensiblemente se dedicaron a proteger sus duramente ganadas soberanías, aun cuando sus soberanías no estaban realmente en peligro.

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A comienzos de la década de 1990 la abrumadora mayoría de los países del segundo y tercer mundo estaban diciendo: «Necesitamos nuevamente ser parte de la economía global. Queremos nuestra soberanía; queremos nuestra autodeterminación, pero abandonaremos la planificación central leninista-stalinista porque no funciona. Y abandonaremos la idea de una autarquía autoimpuesta, porque el aislamiento económico no tiene más sentido para un país que para un individuo». En esencia, uno de mis papeles desde mediados de la década de 1980 en adelante ha sido el de ayudar a que los países se hagan miembros soberanos de un nuevo sistema internacional. Trato repetidamente con tres grandes preguntas: ¿cuál es el mejor camino de regreso al comercio internacional? ¿Cómo escapar de los frenos de las deudas pesadas y la industria ineficiente? ¿Cómo negociamos nuevas reglas de juego que aseguren que la economía global emergente sirva verdaderamente las necesidades de todos los países del mundo y no sólo las de los más ricos y poderosos?

Jeffrey Sachs

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CS #142 – Seísmo provocado

Cartas

Terremoto al norte de Chile, con intensidad de 7,9 en la escala Richter. Una docena de fallecimientos y dos centenares de heridos. Pocos días después, un terremoto en el mar a la altura del extremo norte de California (7,2) prende las alarmas de tsunami desde este estado hasta la punta norte de la isla de Vancouver. En los últimos días una agitada tierra pareciera tener preferencia por los extremos norteños. ¿Qué puede esperarse en el extremo norte de América del Sur, esto es, en Venezuela?

Más allá de un seísmo geológico, aquí pudiera estar en gestación uno de orden político, razón por la cual tendría que ser lo recomendable consultar al más connotado de nuestros sismólogos políticos: el candidato presidencial del cogollo de Primero Justicia, Julio Borges.

Una «teoría» del «único candidato» (que no «candidato único») que no ha dejado de ser importante para Primero Justicia, sostenía en 2002 que el país estaba como estaba por culpa de «cinco terremotos», que habrían trocado nuestra idílica existencia en desastre. Los tres primeros habrían sido el Viernes Negro (1983), el «caracazo» de 1989 y los alzamientos militares de 1992.

Pero es curioso que Borges considere el cuarto «terremoto» el triunfo de Caldera en 1993, siendo que ahora aquél sustenta el mismo discurso «antipolítico» del segundo, a juzgar por su condenatorio juicio a todo partido que no sea el suyo: «…el sensible sector político también sufrió una hecatombe durante los comicios de diciembre de 1993, cuando uno de los arquitectos del sistema bipartidista, Rafael Caldera, sepultó la llamada guanábana de AD y Copei, al derrotarlos con el respaldo del chiripero». (Entrevista concedida a Johanne Betancourt en Últimas Noticias, el 20 de febrero de 2002. Dicho sea de paso, la reportera certificaba que en ese entonces la postura de Borges quedaba definida así: «…ahora el rol de la oposición, agrupada en la Coordinadora Democrática, es evitar convertirse en un gran partido político, sino en una tribuna donde todos los sectores del país emitan su opinión acerca de la democracia enferma que tenemos». Contrástese esto con su más reciente prescripción, en entrevista concedida a Alonso Moleiro en El Nacional del 29 de mayo: «Los dirigentes de Primero Justicia están convencidos de un detalle: a Chávez hay que construirle un partido opositor con estructura firme y una militancia de tiempo completo. Consideran que mientras la oposición sea ‘movimiento’ y descanse en coordinadoras con voluntariados circunstanciales, el fervor opositor regresará a sus casas luego de cada derrota». Todo un dechado de consistencia).

Por lo que respecta al quinto «terremoto», Borges hace recaer esta identidad en la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999, que permitió el referendo consultivo sobre la deseabilidad de la convocatoria a constituyente. Todavía el 13 de marzo de 2003, en foro realizado en el Colegio San Ignacio («La sociedad civil busca liderazgo»), Borges hablaba del asunto en los siguientes términos: «El quinto atropello ocurre en 1999 cuando la Corte Suprema de Justicia ordena y consagra la destrucción total de las instituciones». En noviembre del año pasado un dirigente vecinal de Primero Justicia copiaba—sin advertir honestamente quién era su autor— el artículo que Borges escribió con la misma tesis y lo enviaba por correo electrónico a sus vecinos. (Entre los que me encuentro). Me pareció oportuno comentarle lo siguiente:

«Se trata de la decisión sobre recurso de interpretación interpuesto ante la Sala Político-Administrativa sobre la posibilidad de consultar a los Electores si era su voluntad la convocatoria a una Asamblea Constituyente. ¿Qué estableció esa decisión? Pues que sí podía preguntarse al soberano si deseaba convocar a una asamblea constituyente, en primer término, y luego, que podía emplearse a este efecto el cauce disponible a partir de la reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política de diciembre de 1997. ¿Qué podía contestar, en respuesta a ese recurso de interpretación del artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, la Corte Suprema de Justicia? ¿Que no podía preguntarse al soberano si deseaba convocar un proceso constituyente? ¿Que no podía preguntarse al accionista de la empresa, al dueño del terreno, si quería escoger un grupo de asesores que le presentase unos estatutos enteramente nuevos, si quería elegir un grupo de arquitectos que le mostrara, no ya un anteproyecto de remodelación de los balcones de su edificio, sino un concepto arquitectónico completamente diferente para un edificio que reemplazase por completo al existente? La Corte contestó, muy acertadamente, que esta consulta sí podía hacerse al poder constituyente originario. Y lo hizo de una vez, al comienzo mismo de la argumentación. La Corte estimó, en perfecta consistencia con la más elemental doctrina de la democracia, que el pueblo, en su carácter de poder constituyente originario, era un poder supraconstitucional, puesto que es la constitución la que emana del pueblo, y no a la inversa. No fue que la Corte instituyese o estableciese esa supraconstitucionalidad. Lo que la Corte hizo fue reconocerle al pueblo ése su carácter originario y supremo. Y es por tal razón que la Corte asentó la doctrina de que, en ese carácter, el Pueblo no está limitado por la Constitución, la que sólo limita al poder constituido, y por ende podía discutirse sobre una constituyente aunque tal figura no estuviese contemplada en la Constitución de 1961… Eso es lo que Borges, y ahora usted con las palabras de éste presentadas como suyas, considera un terremoto. Es decir, usted habría preferido que la Corte hubiera establecido la doctrina contraria: que el pueblo es producto de la Constitución y no a la inversa. Mentes más claras, como la del Sr. Nuncio Apostólico Monseñor Andrés Dupuy, han advertido: ‘…podríamos decir de la Constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así una Constitución está hecha para el pueblo y no el pueblo para una Constitución’.»

¿Qué nos diría ahora Borges acerca de la posibilidad de un sexto terremoto que pudiera estar en ciernes para crear la «Sexta» República?

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En su libro de 1980 (Road Maps to the Future) el economista Bohdan Hawrylyshyn inserta la siguiente observación: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia.»

Pero estamos buscando una analogía geológica, no físico-química. ¿Es posible provocar terremotos, tal como puede detonarse la súbita precipitación de sólidos en una solución saturada? Bueno, al menos un escritor de ficción, Ken Follett, sostiene que tal cosa es posible, y escribe un novelón (El Martillo del Edén ) en el que explica que puede colocarse un equipo neumático suficientemente potente sobre puntos particulares de muy tensas fallas sísmicas y producir vibraciones que desatan la energía acumulada en forma de terremoto. (Una bella agente del FBI, que convenientemente consigue un novio sismólogo que por casualidad es el esposo separado de una de los conspiradores, logra evitar en el último segundo la destrucción de San Francisco).

¿Es esta truculencia trasladable de la geología a la política? No puede caber la menor duda. Hay un punto en el que los conspiradores políticos superan cualquier truculencia literaria. Un terremoto físico pudiera dar al traste con los afanosos trabajos que ahora proceden a reparar el Viaducto #1 de la Autopista Caracas-La Guaira; uno político pudiera provocarse sobre la falla principal de la sociedad venezolana, la que separa la placa chavista de la placa contraria. Sin decirlo en esos términos, el guión de J. Michael Waller—What to do about Venezuela, Center for Security Policy—insinúa: «Con lecciones aprendidas en la guerra de Irak, los EEUU pueden mejorar su estrategia psicológica para acelerar su autodestrucción política». Está hablando del gobierno de Chávez quien, debe apuntarse, se nota últimamente retraído, quejumbroso, propenso al escondite, ocupado en protegerse de un atentado, según explica a cada rato.

Pero ocurre que un analista tan perspicaz como Alberto Garrido escribe ayer en www.analitica.com: «Con las líneas geopolíticas obstaculizadas y la vía institucional (OEA) clausurada, cobran sentido las palabras del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Peter Goss, pronunciadas el 18 de marzo pasado ante el Comité de Servicios Armados del Senado de Estados Unidos. Goss afirmó que el panorama político latinoamericano representa ‘un potencial foco de inestabilidad’ que podía afectar la seguridad nacional de ese país. La tesis de Goss plantea pasar, en algún momento, de la ‘Democracia Preventiva’ de Rice, a la ‘Guerra Preventiva’ de Rumsfeld».

Y es que una falla política todavía más profunda que la que separa las placas chavista y antichavista es la que enfrenta al gobierno de George W. Bush con el de Hugo R. Chávez.

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Localmente se consigue opiniones nacionales que consideran inevitable—incluso deseable—que la energía acumulada en esa falla principal reviente en seísmo del que se espera saldría más afectada, como es natural, la placa teóricamente más débil: la revolución bolivariana. A mediados de marzo, cuando Goss declaraba en el senado norteamericano, un ex oficial venezolano de alta graduación presentaba en Caracas un teorema incompleto pero insinuado. La primera premisa era que ya América del Sur estaría controlada por Chávez y su revolución; la segunda que no debía esperarse nada de la Fuerza Armada venezolana, pues Chávez la tendría totalmente infiltrada, controlada y corrompida o comprada. (Es decir, que no se debe soñar con un golpe de Estado convencional). La conclusión sólo estaba esbozada: «Yo estoy tratando de abrir los ojos de los Departamentos de Estado y de Defensa de los Estados Unidos. Esta misma presentación la he llevado allá». O sea, la solución es la intervención norteamericana. Por esos mismos días algunos articulistas locales parecían preparar el terreno para esa misma siembra y esa misma cosecha.

Claro, las placas políticas venezolanas en contraposición no son totalmente homogéneas ellas mismas. En la placa chavista son claramente distinguibles las fisuras de fallas menores, que separan lo militar de lo no militar, al MVR del PPT, al Ejército de la Guardia Nacional, a las propias comunidades populares de la burocracia revolucionaria.

Y en la placa antichavista también hay fisuras. Tres emergentes de la oposición han definido recientemente el campo anti Chávez. El primero en saltar al ruedo ha sido Oswaldo Álvarez Paz, que lanzó la «Alianza Popular» desde la muy popular y populosa barriada de Campo Alegre, con la firme prédica de que en Venezuela no hay solución electoral. Le siguió a las pocas semanas el lanzamiento de Julio Borges como candidato presidencial, sólo que en su caso predicaba justamente lo opuesto de Álvarez Paz: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». No puede ser más clara la falla divisoria.

Pero la tercera emergente ha sido María Corina Machado, en vistosa y poderosa fumarola retratada en el Salón Oval de la Casa Blanca. ¿De cuál de los dos polos del continuum Álvarez-Borges se encuentra más cerca la ingeniera Machado?

Conceptualmente parece suspenderse entre ambos: «Queremos elecciones, pero limpias». Hay antecedentes, por otra parte, de cooperación entre Primero Justicia y Súmate, como en la época del intento de referendo consultivo abortado en enero de 2003 y el mismo día del revocatorio, cuando aquel partido sumó sus propias encuestas de salida a las que Súmate encargó a Penn, Schoen y Berland. ¿Es esto cercanía suficiente o alianza estratégicamente perdurable?

Lo cierto es que Súmate hala más voluntades que Primero Justicia y más que Alianza «Popular», tal vez más que ambas juntas. (El «VII Monitor Sociopolítico» de Hinterlaces, la encuestadora de Oscar Schemel, registra un punto máximo de los «Ni-Ni» en marzo de este año: 51%, contra 37% de chavistas y 11% de oposición. Ése es el territorio natural de Súmate). Por esa razón su inclinación será determinante en esta acomodación tectónica de la falla de la oposición. ¿Qué recomendaría Súmate si siente que debe certificar, aséptica y clínicamente, que no es posible, después de todos sus esfuerzos, contar con elecciones limpias en Venezuela? ¿No estaría coincidiendo entonces con Alianza «Popular» y alejándose de la postura de Primero Borges?

Durante toda su límpida trayectoria Súmate ha puesto su fe en las avenidas electorales. Ninguna otra organización hizo más que Súmate por los intentos referendarios, por los «firmazos» y los «reafirmazos» que caracterizaron, en paralelo con el paro de 2002 y 2003, la práctica oposicionista nacional con posterioridad al «carmonazo» y hasta el 15 de agosto del año pasado. Sería de esperar, por consiguiente, que ahora son igualmente serias sus acciones en procura de sus «cinco puntos»: registro electoral confiable, auditorías totales, voto secreto, conteo manual y observación calificada. Las organizaciones de la Alianza Cívica contribuyen a esta pelea con su exigencia de renovación (según previsiones constitucionales) del directorio del Consejo Nacional Electoral, todavía precariamente nombrado no por su fuente ordinaria, la Asamblea Nacional, sino por el Tribunal Supremo de Justicia.

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Entretanto, Chávez hace profilaxis antimagnicida. Tal vez calcula que Bush, asediado internamente, comprometido en Irak, preocupado por Corea e Irán, no puede actuar, en lo que resta de su segundo período, según el guión militarista de Goss y Waller y por tanto, si el gobierno republicano ha decidido ya irreversiblemente obliterar su régimen, la vía alterna del atentado es la más probable.

Pero no puede estar seguro. No todas las noticias son malas para Bush. Un nuevo pronóstico sobre el déficit norteamericano (que estuvo en 500 mil millones de dólares) prevé que para diciembre haya descendido a 300 mil millones y en 2006 cierre alrededor de 200. (Por debajo del 3% del PNB que los europeos exigen a los países miembros de su unión. Es decir, manejable). Y algunas evaluaciones comienzan a vislumbrar que el grueso de las tropas norteamericanas pudiera salir de Irak tan pronto como a fin de este mismo año, lo que significa la posibilidad de su mudanza a otro teatro de operaciones. A lo mejor basta que Insulza, que el propio Chávez apoyó contra los deseos de los Estados Unidos, redacte un insulso informe que «legitime», al menos a los ojos de Dick Cheney y Condoleezza Rice, una intervención en Venezuela. Y ahora es el mismo Chávez, ya no los sismólogos californianos y canadienses, quien enciende alarmas de tsunamis revolucionarios en caso de que los Estados Unidos opten por provocar el terremoto con oscilaciones invasoras o magnicidas.

Si las especulaciones precedentes nos suenan paranoides en exceso, podemos aducir la siguiente conexión. El novelón sismotécnico de Ken Follettt, El martillo del Edén (The Hammer of Eden), fue en realidad publicado en castellano bajo el título La boca del dragón. Y Carl Sagan, el fallecido astrofísico norteamericano, fue el autor de un libro divulgativo sobre la evolución del cerebro humano, al que llamó Los dragones del Edén (The Dragons of Eden). Allí dice: «Detectar conspiraciones cuando no hay ninguna es un síntoma de paranoia; detectarlas cuando sí existen es un signo de salud mental. Un conocido mío dice que si uno no es un poco paranoico en los Estados Unidos hoy en día entonces está loco». LEA

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LEA #142

LEA

Hay algunas noticias que parecieran señalizar el alivio de ciertas tensiones. Por ejemplo, debe resultar en un descenso de la tensión en las filas opositoras al gobierno de Chávez, el anuncio del Centro Carter de que no será observador en las venideras elecciones municipales del 7 de agosto. Dada la matriz de opinión sembrada contra Jimmy Carter—que habría legitimado vilmente al gobierno con su dictamen sobre el referendo revocatorio del 15 de agosto—esa declaración debe contentar a muchos. El Centro Carter aclaró que su ausencia se deberá, simplemente, a que no ha sido invitado por el Consejo Nacional Electoral. La postura, sin embargo, debe entenderse formulada estrictamente para las elecciones de agosto, y abierta a la participación del centro en las de la Asamblea Nacional y la de Presidente de la República del próximo año. Después de que la Unión Europea hubiera ofrecido antes una explicación similar, sólo quedan la OEA y la ONU para este cometido. El papel de CAPEL (Centro de Asesoría y Promoción Electoral) es otro distinto al de observador. El CNE certifica ahora que el director de esa organización asesora opina que «la propuesta del CNE de incorporar observación de partidos políticos en el proceso de auditorías del registro electoral (RE) es inédito», y también que «garantizó a los actores políticos que los resultados de la auditoría serán 99% confiables». (La gente de CAPEL se reunió en el CNE con representantes del PCV, Izquierda Democrática, Primero Justicia, Proyecto Venezuela, Polo Democrático, Podemos, MVR, Bandera Roja y MEP. Ausentes notorios: MAS, PPT, AD, COPEI).

También alivia la cosa la retirada de los agresivos manifestantes bolivianos, que cesaron su militante presión contra las instituciones de su país. Un compás de espera abre una no muy ancha ventana para las acomodaciones electorales en Bolivia.

Y ahora Venezuela ha culminado la presentación formal de su solicitud de extradición de Posada Carriles por los Estados Unidos. La atención que Cuba concede al caso fue el pretexto esgrimido por Fidel Castro para no viajar a Katar, donde se escenifica una cumbre del Grupo de los 77 y China. He allí otro punto que de resolverse a favor de Venezuela contribuiría a un alivio de tensiones. Probablemente algún analista del Departamento de Estado haya ya recomendado conceder tácticamente el sacrificio del viejo combatiente anticastrista, con lo que se desinflaría significativamente la bullaranga retórica de Chávez. Pero lo más determinante en el caso es que en los Estados Unidos hay verdadera separación de poderes, y la decisión sobre Posada no es del ejecutivo norteamericano, sino prerrogativa de un tribunal. Si la solicitud está sólidamente argumentada y es tenida por legalmente correcta, no habría nada que Bush pudiera hacer para impedir la extradición. Aquí, paradójicamente, un triunfo del gobierno venezolano sería en sí mismo un mentís a sus denigraciones genéricas contra la potencia norteña.

Al regreso del caso Posada Carriles a primer plano, Venezuela y Cuba denunciaron su presencia en los Estados Unidos, lo que inicialmente fue negado por las autoridades de este país. Se trata de una conducta parecida a aquella ferviente y reiterada negativa del gobierno venezolano respecto de la presencia de Vladimiro Montesinos en nuestro territorio. ¿No se parecen los gobiernos de todo el mundo los unos a los otros?

LEA

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