por Luis Enrique Alcalá | Jun 14, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
André Dupuy, Monseñor, es ahora Nuncio Apostólico ante la Comunidad Europea en Bruselas. Va allá después de un quinquenio de clarísima y valiente enseñanza de la verdad en Venezuela. Hasta hace nada era Nuncio de Su Santidad en nuestro país, y todos sentimos su ausencia.
Si se me permite la irreverencia, de estar en las mulas de Benedicto XVI elevaría inmediatamente a André Dupuy a Príncipe de la Iglesia, tan rica y profunda es su nobleza, tan profunda y rica su sabiduría. Su palabra siempre estuvo con nosotros en los momentos más oportunos, especialmente en aquellos de angustia y dolor, aunque también en numerosas ocasiones de júbilo.
La carrera diplomática de Monseñor Dupuy, siempre al servicio de la Santa Sede, se inició en 1974, justamente en Venezuela, adonde volvió después de veinticinco años de su primera partida. En ese tiempo actuó como Secretario de la Nunciatura, cuando como él mismo recuerda, debió en algún momento actuar como Encargado de Negocios en ocasión de ausencia del Nuncio. Así tuvo el honor de atender en 1975 la visita a Caracas del mítico cardenal Mindszensty, que fuera preso y torturado en su patria húngara por el régimen comunista desde fines de 1948. Monseñor Dupuy recordó este episodio en el Colegio La Salle en La Colina (que en 2005 cumple sesenta años) para hablar del derecho a la libertad religiosa y proponernos: «No tengan miedo al desafío que se les presenta en el momento actual».
El tema del rechazo al miedo y a otras emociones paralizantes del espíritu fue una constante en los discursos de Monseñor Dupuy en Venezuela, típicamente concisos, siempre certeros y profundos. Para esta Ficha Semanal #50 de doctorpolítico se ha escogido uno especialísimo, contenido en el libro Palabras para tiempos difíciles, publicado en Caracas como homenaje de los Obispos de Venezuela al firme e inteligente guía que nos ha dejado por un tiempo. Se trata de sus palabras con ocasión de la trágica muerte de Keyla Guerra, una de las víctimas de la masacre de la plaza Francia en diciembre de 2002. En este aleccionador mensaje Monseñor Dupuy ofreció, no sólo consuelo grandemente necesitado, sino una de sus más atinadas lecciones políticas. La homilía orada con motivo del funeral de Keyla en el Cementerio del Este, lleva por título No existen muertes inútiles.
LEA
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Muertes útiles
Nos hemos reunido, con el corazón lleno de tristeza, pero también con el profundo deseo de que triunfen la verdad y la justicia.
En esta celebración—que es eminentemente de esperanza—quisiera asociarme a todos los aquí presentes para expresar, de una forma muy particular a los familiares de Keyla, nuestros más vivos sentimientos de solidaridad, asegurándoles también que el Santo Padre Juan Pablo II se asocia a nuestro dolor y a nuestra oración.
Quiero aprovechar esta trágica y dolorosa circunstancia para decirles tres cosas:
En primer lugar, recordar a todos que no existen muertes inútiles. La manera en que murieron Keyla, y los demás que perdieron su vida en la plaza Francia de Altamira, es absurda, escandalosa, y nos causa profunda indignación. Pero en la fe, creemos que su muerte es también fecunda, misteriosamente fértil. ¿Cómo y cuándo se manifestará dicha fecundidad? No lo sé, pero Dios sí que lo sabe. Él tiene buena memoria; no nos olvida. No es un Dios vengador. Es un Dios justo y su justicia es mucho más temible que la venganza de los hombres.
En segundo lugar, quisiera decirles que la justicia de Dios es temible, porque a Él nada se le puede esconder. Él lo sabe todo. Él conoce lo más profundo de nuestro corazón. Dios conoce quiénes son los verdaderos responsables de la masacre del viernes pasado. Dios sabe quiénes han causado, directa o indirectamente, esta tragedia. Me atrevo a creer que esas personas están bien conscientes de lo que hacen y que tienen miedo a la justicia divina. No nos pertenece a nosotros hablar de venganza. Eso es inútil. Dejemos que Dios haga justicia.
En fin, pidamos al Señor para que dé a los responsables políticos la sabiduría de comprender el sentido verdadero de los actuales acontecimientos. El pasado miércoles, el Santo Padre nos ha llamado a un diálogo comprometedor y eficaz que beneficie al país. Juan Pablo II ha precisado lo que debe ser un diálogo capaz de alcanzar una justicia auténtica, fundada en la verdad y la solidaridad. Espero que todos hayamos comprendido la llamada del Santo Padre, especialmente cuáles son las exigencias de un verdadero diálogo.
En estos días escuchamos muchas propuestas sobre posibles soluciones, basadas en el marco de la Constitución. Con el mayor respeto, podríamos decir de la Constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así una Constitución está hecha para el pueblo y no el pueblo para una Constitución. En la historia de un país, hay momentos en que corresponde a la responsabilidad de los dirigentes políticos (en particular a aquellos que, por mandato democrático, representan al pueblo), dar prueba de audacia y valentía para que, respondiendo a los desafíos del tiempo presente, no duden en tomar aquellas decisiones que respondan plenamente a la voluntad del pueblo y estén de veras al servicio de toda la comunidad.
Quiera Dios que el sacrificio de la vida de Keyla y de las otras víctimas, sea propiciatorio para el logro de estos objetivos, y que todos podamos vivir—según la palabra del Papa—en paz, justicia y concordia social.
André Dupuy
por Luis Enrique Alcalá | Jun 9, 2005 | Cartas, Política |

El martes 7 de junio pasado, anteayer, se celebró una videoconferencia generada en Lima para discusiones sobre los esquemas de cooperación de la Unión Europea con la Comunidad Andina de Naciones. En esa ciudad participaron por Venezuela el doctor Reinaldo Figueredo y la profesora Evangelina García Prince. En Bogotá, Quito, La Paz y Caracas hubo espacios para que la magia tecnológica enganchara simultáneamente a otros participantes. Aquí, en las inmediaciones de la Plaza Venezuela, dos personas metieron su cuchara en las deliberaciones: Jorge Requena, alto funcionario de la Corporación Andina de Fomento, boliviano, con una profesional e informativa exposición sobre programas de desarrollo social de la CAF, y el suscrito, con un breve comentario. Por eso puedo contarlo.
Después de las exposiciones de miembros del panel en Lima, la dirección de debates anunció un receso de quince minutos, al cabo del cual comenzaría la participación de las restantes capitales. Un estoico Jorge escuchó, menos atónito que quien escribe, cómo la delegación de La Paz—ciudad cuyo nombre ya es una ironía—anunció poco antes de vencerse el plazo del intermedio que «razones de fuerza mayor» le obligaban a abandonar el telecónclave y dejar afónica a Bolivia. Una primera explicación se formó en mi cabeza, mientras con el corazón buscaba empatía con Jorge: la crisis de su país exigiría la presencia de los expertos para atender alguna urgencia. La razón, descubrimos a los pocos minutos, era otra: turbas de manifestantes, a las afueras de las oficinas de la CAF en La Paz, amenazaban la seguridad personal de los delegados. Seguramente con dolor y vergüenza se retiraron apresuradamente del salón, que quedó vacío antes de que las cámaras que captaban la escena dejasen de transmitir. El chantaje de la violencia política ya no sólo podía aislar al país cortando el tránsito terrestre; había logrado aislarlo, al menos en ese punto, interrumpiendo también una transmisión hacia el éter.
La segunda renuncia de Carlos Mesa a la Presidencia de Bolivia ya no funcionó como gambito táctico; esta vez se trataba de una capitulación. Un golpe que más que de Estado era de Pueblo forzaba su dimisión, luego de que sus últimos intentos por gobernar se revelaran como enteramente ineficaces. Hace pocas horas ha aconsejado a los bolivianos no proseguir lo que avizora como camino seguro hacia la guerra civil. No hacía nada que la Organización de Estados Americanos ofreciera su inquietud y su apoyo—que nadie sabe cuál pudiera ser—al atribulado país. Ninguno de los agresivos manifestantes habrá puesto atención a la oferta, mientras se preparaban para asediar a un amenazado parlamento que debe decidir el orden de sucesión. Ya no hay gobierno en Bolivia.
Aparentemente los protestantes bolivianos bajarían su presión si los presidentes de ambas cámaras del Congreso declinan su derecho constitucional a la sucesión—el mismo Mesa les exhortó a esto—y el Presidente de la Corte Suprema, Eduardo Martínez, asume la función ejecutiva y convoca a elecciones en brevísimo plazo. (Hasta Prensa Latina destaca esta posibilidad). Es difícil pensar que las fuerzas radicales se abstendrían de volver a las andadas de resultar electoralmente perdedoras sin que sus pretensiones contra presencias multinacionales y políticas de corte liberal sean satisfechas. (El partido de Evo Morales, hasta ahora, no pasa de veinte por ciento de adhesión del electorado general). Ya han probado la eficacia de la extorsión. Del otro lado, la mayor concentración de riqueza boliviana en Santa Cruz, cuyos líderes han buscado la autonomía si no la secesión (o hasta un Anschluss por Brasil), se erige como la única oposición con peso ante los designios de Morales y de Quispe.
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Poco antes de este estrecho, la Organización de Estados Americanos desechaba el proyecto norteamericano para una vigilancia más estricta de las democracias del continente. La decisión ya no se atenía a desestimar un candidato apoyado por los Estados Unidos para la Secretaría General del organismo, sino que derrotaba, en suelo gobernado por el hermano de George W. Bush, una pretendida política de evidente diseño antichavista.
Este último resultado en el nuevo campeonato de la OEA—por ahora, Latinoamérica 2-Estados Unidos 0—era totalmente previsible, como lo advirtieron innumerables analistas en todo el continente, incluyendo más de uno notable en la prensa norteamericana. ¿Por qué insistió el gobierno de los Estados Unidos en tal terquedad, si los más realistas pronósticos anticipaban que el desenlace no le sería favorable? ¿Habría aconsejado Colin Powell un tratamiento diferente del que Condoleezza Rice pensó que podría imponer? Lo cierto es que ella debió escuchar sin remedio la lección que le impartía el jefe de la mayor de las cancillerías suramericanas, Celso Amorim: «La democracia, Señora Secretaria, no puede ser impuesta». Y ya había destacado Bárbara Tuchman que uno de los rasgos distintivos de la insensatez política es el desprecio por un creciente desafecto de los gobernados.
Ahora veremos si el presidente Bush tiene algún parecido con Jorge III de Inglaterra, cuya testarudez le impelió a tratar la resistencia americana a su yugo apretando cada vez más el cepo a los colonos en América del Norte. El resultado fue nada menos que la creación de los Estados Unidos. Una retaliación previsible, el recorte del desproporcionado financiamiento estadounidense a la OEA—no menos del 70% de los gastos del organismo es cubierto por Estados Unidos—no haría otra cosa que consolidar un bloque latinoamericano abiertamente contrario a la política del Departamento de Estado.
Nada, pues, permite presentar, así lo pretenda Roger Noriega, como un triunfo de los Estados Unidos la tibia declaración final de la reunión de Fort Lauderdale. Ya no el Granma, sino la BBC de Londres presenta el asunto como una clara derrota diplomática para el gobierno republicano. Al que por otra parte se le enreda cada día más la estopa. Esta semana el campo demócrata ha disparado dos misiles contra Bush: el primero lleva el nombre de James Carter, quien admitiendo que comparar a Guantánamo con un gulag, como lo hizo hace días Amnistía Internacional (ya la analogía ha sido retirada), era una exageración, ha recomendado el cierre del campamento de detención que los norteamericanos operan en Cuba; el segundo fue lanzado por la senadora Hillary Clinton, esta vez contra las políticas domésticas de Bush, acusándole de superponer su propia agenda partidaria a las tareas propias de la Casa Blanca. Por lo que respecta a Irak, algún otro presidente norteamericano tendrá que ordenar el retiro de las tropas de ocupación, como antes salieron de Viet Nam con el rabo entre las piernas. No es realista contar con Bush para este acto de realismo.
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Paul Valéry nos advirtió hace un tiempo que «…el futuro no es ya lo que solía ser». En los últimos días Francia y Holanda han negado su aprobación a los diseños constitucionales de la burocracia de Bruselas; ayer protestaban los panameños además de los bolivianos, y activos estadounidenses eran atacados en Buenos Aires mediante terrorismo leve; a mediados de abril China e India declaraban terminados sus diferendos fronterizos, y se aprestaban a incrementar el comercio bilateral en más de 50% en los próximos tres años. Estamos hablando de 2.350 millones de personas, o nada menos que el 36% de la población total del planeta, que a las doce de la noche de ayer se computaba en 6.527.809.298 habitantes. El clima político planetario, como el físico de la tierra (la mujer tan grande como el mundo de Jacquetta Hawkes), ha mutado irreversiblemente. Ya no hay más business as usual.
Mientras el Director de Desarrollo Social de la CAF superaba su boliviana angustia para explicar los programas a su cargo el martes pasado, un grupo de la Dirección de Desarrollo Social de la Alcaldía Metropolitana de Caracas deliberaba. Con la mayor tranquilidad, sin temor a represalias que sabían imposibles, criticaban abiertamente la gestión distrital de Juan Barreto y desconfiaban de la burocracia revolucionaria de la capital. Los verdaderos componentes mayoritarios de las comunidades caraqueñas se saben el poder social y ya se entienden como más poderosos y auténticos que el poder chavista. Chávez no tiene idea de lo que ha desatado. Además de la desatención al malestar de los gobernados, Tuchman detectaba dos rasgos adicionales de la insensatez política (The March of Folly): la primacía del autoengrandecimiento y la ilusión de invulnerabilidad. Chávez, en verdad, pende de un hilo, y de este caos surgirá un orden nuevo, en Venezuela, en América y el mundo.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 7, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En tiempos cuando es de estilo—político que no lo practique es tenido por bobo—el autobombo y la procura del elogio desmedido hasta los límites del culto a la personalidad, sorprende recordar que uno de los más importantes documentos de la historia política de la humanidad, un cierto Discurso de Despedida, fuera publicado el 26 de septiembre de 1796 en el Independent Chronicle de Boston bajo el acápite de Miscelánea. El título mismo del texto a seis columnas era: Declinación del Presidente: al Pueblo de los Estados Unidos. Se trataba nada menos que de la manifestación política testamentaria del «Padre» de los Estados Unidos, de su primer Presidente, de George Washington, de su Farewell Address, a siete días de su primera publicación en Filadelfia.
Washington se hallaba próximo al término de su segundo período presidencial, y en vez de intentar la perpetuación de su poder hasta el 2021, optaba por alejarse de él y dar paso a nuevos gobernantes. Ya había creído poder hacerlo al cabo de su primer lapso constitucional; de hecho, notas que le preparara James Madison al efecto cuatro años antes, fueron desempolvadas para la redacción de éste su discurso del adiós. (Con las notas de Madison a la mano, Washington preparó una nueva versión del discurso, que recibió sugerencias de Alexander Hamilton y también de John Jay. Nunca fue dicho oralmente). Al exponer sus razones para no pretender el tercer período como Presidente que no pocos le exigían, Washington explicó: «Al tiempo que la escogencia y la prudencia me invitan a abandonar la escena política, el patriotismo no me lo prohíbe».
El gran general y patriota declinaba, pues, la oportunidad cierta de perpetuarse, y aprovechó la ocasión para desgranar sus postreros consejos, dirigidos a sus «Amigos y Conciudadanos». (Friends and Fellow-Citizens). La Ficha Semanal #49 de doctorpolítico contiene buena parte de la sección que Washington dedica al tema de la política exterior de la nación naciente. La médula de ella es la insistente advertencia de Washington en contra de tanto una desmedida animosidad hacia otra nación, como de un excesivo apego a algún país extranjero. Parecieran haber sido escritas sus palabras para alertar respecto de la actual política exterior oficial de Venezuela—agresiva contra los Estados Unidos, obsecuente e infatuada con Cuba—pero también respecto de quienes son igualmente extremistas y de signo contrario. Algunos venezolanos en el exterior, por ejemplo, convocaron para el 5 de junio una manifestación en Fort Lauderdale, «de respaldo a la Secretaria de Estado Ms Condoleeza Rice, y de protesta contra las violaciones a la Carta Democrática de América por el gobierno autoritario de Hugo Chávez Frías». Si el gobierno de este ciudadano ha establecido una enfermiza relación con el régimen dictatorial de Fidel Castro, también hay, tristemente, quienes buscan la solución a nuestros problemas mediante pleitesía al lamentable gobierno de George W. Bush y añoranza de su intervención. El Padre de los Norteamericanos desaconsejaría estas actitudes simétricas.
Nadie menos que Simón Bolívar portaba, colgado del cuello, un medallón con la efigie de Washington que los herederos de éste le obsequiaron. Así manifestaba su admiración por el héroe norteño. Del Farewell Address, de esta «mirada del adiós» que no es la policial de Ross MacDonald, dijo Henry Cabot Lodge: «…ningún hombre legó jamás un testamento político más noble». Es ciertamente, un agudo contraste de sentimiento y disposición con las pretensiones de personalidades menores, que se han abandonado a la megalomanía y el incienso de los adulantes.
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La mirada del adiós
Observen buena fe y justicia con todas las naciones; cultiven la paz y la armonía con todas. La religión y la moralidad prescriben esta conducta y ¿pudiera ser que no la ordenase igualmente la buena política? Será digno de una nación libre, ilustrada, que será grande en tiempo no muy distante, ofrecer a la humanidad el ejemplo magnánimo y novísimo de un pueblo guiado siempre por una justicia y una benevolencia exaltadas. ¿Quién puede dudar de que en el curso del tiempo y de las cosas los frutos de un plan así compensen ricamente cualesquiera ventajas temporales que pudieran perderse por una adhesión estable al mismo? ¿Sería posible que la Providencia no hubiera enlazado la felicidad permanente de una nación con su virtud? El experimento, al menos, está recomendado por todo sentimiento que ennoblece a la naturaleza humana. ¿Se hará, ay, imposible por sus vicios?
Para la ejecución de tal plan, nada tan esencial como excluir las antipatías permanentes e inveteradas contra naciones particulares, y adhesiones apasionadas con otras, y cultivar en lugar de eso sentimientos justos y amistosos para con todas. La nación que se entrega al odio o a la predilección habitual de otra es en cierta medida una esclava. Es una esclava de su animosidad o de su afecto, siendo suficiente una u otra cosa para desviarla de su obligación y su interés. La antipatía de una nación hacia otra la dispone con mayor facilidad a ofrecer insulto y agravio, a valerse de ligeras causas de resentimiento, y a ser altanera e intratable cuando sobrevienen motivos accidentales o triviales de disputa. De aquí surgen frecuentes colisiones, confrontaciones tercas, envenenadas y sangrientas. La nación, movida por la mala voluntad y el resentimiento, impulsa a veces al gobierno a la guerra, en contra de los mejores cálculos de la política. El gobierno a veces participa en esta propensión nacional, y adopta a través de la pasión lo que la razón rechazaría; en otras instancias somete la animosidad de la nación a proyectos de hostilidad instigados por el orgullo, la ambición y otros motivos siniestros y perniciosos. A menudo la paz de las naciones, algunas veces quizás la libertad misma, han sido la víctima.
Asimismo, una vinculación apasionada de una nación a otra produce una variedad de males. La simpatía por la nación favorita, que facilita la ilusión de un interés común imaginario donde verdaderamente no existe ningún interés común real, e infundiendo en la una las enemistades de la otra, traiciona a la primera haciéndola participar en las querellas y guerras de la segunda sin motivo ni justificación adecuadas. Esto conduce igualmente a conceder a la nación favorita privilegios que se niega a otras, lo que puede perjudicar doblemente a la nación que hace las concesiones, al desprenderse innecesariamente de lo que debiera haber conservado, y al excitar los celos, la mala voluntad y la disposición a tomar represalias en aquellos a quienes se rehúsa iguales privilegios. Y también ofrece a ciudadanos ambiciosos, corruptos o engañados (que se consagran a la nación favorita), facilidades para que traicionen o sacrifiquen los intereses de su propio país sin ser odiados, a veces incluso con popularidad, revistiendo, con las apariencias de un sentido virtuoso del deber, una elogiable deferencia hacia la opinión pública, o un laudable celo del bien público, las viles o necias exigencias de la ambición, la corrupción o la infatuación.
Como avenidas de la influencia extranjera en formas innumerables, tales adhesiones son particularmente alarmantes para el patriota verdaderamente ilustrado e independiente. ¡Cuántas oportunidades ofrecen para sobornar las facciones domésticas, para practicar las artes de la seducción, para extraviar a la opinión pública, para influir o intimidar a los Consejos Públicos! Una adhesión tal de una nación pequeña o débil, a una grande y poderosa, condena a la primera a ser un satélite de la otra.
Contra las insidiosas estratagemas de la influencia extraña (les conjuro a creerme, conciudadanos) debe estar constantemente alerta el celo de un pueblo libre, puesto que la historia y la experiencia demuestran que la influencia extraña es uno de los enemigos más funestos del gobierno republicano. Pero, para que sea útil, este celo debe ser imparcial, so pena de que se convierta en el instrumento de la influencia misma que ha de evitarse, en vez de una defensa contra ella. La excesiva parcialidad por una nación, así como la excesiva aversión a otra, hacen que aquellos a quienes afectan sólo vean el peligro por un lado, y sirven como velo, y aun de ayuda a las artes e influencias del otro lado. Los verdaderos patriotas, que resisten las intrigas de la nación favorita, se exponen a hacerse sospechosos y odiosos, mientras los instrumentos de ésta, y aquellos que la siguen ciegamente, usurpan el aplauso y la confianza del pueblo cuando abdican sus intereses.
Nuestra gran regla de conducta en lo que atañe a las naciones extranjeras es que, al extender nuestras relaciones comerciales, tengamos con aquellas tan poca conexión política como sea posible. Ya que para estos momentos hemos contraído compromisos, permitamos que se cumplan con perfecta buena fe. Detengámonos aquí.
George Washington
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 2, 2005 | Cartas, Política |

En la liga juvenil de la política venezolana, Julio Borges ha destacado con su destemplado lanzamiento como candidato presidencial. No se explicó qué democrática instancia de Primero Justicia—¿tal vez una elección por la base?—determinó la candidatura. Una asistencia de cuatrocientas personas compuso el escenario de la proclamación en la ciudad de Maracaibo. Borges no dijo nada acerca de su propia idoneidad para el cargo, pero sí que su partido «se cansó de declararle a Marta Colomina por Unión Radio y de hacer política por televisión». (Entrevista a Borges de Alonso Moleiro en El Nacional del domingo 29 de mayo). De resto repitió su justificación generacional. En el escaso mitin marabino sentenció, justo al arranque de su discurso: «Hoy nace una nueva generación política». En la entrevista citada detalló: «Acá lo importante es que una nueva generación de políticos ha entrado a hacer historia. Sólo una nueva generación puede superar la pelea con el pasado y unir a un país dividido en el presente».
Una referencia anticipadora del lanzamiento de Borges se encuentra en el número doble 129-130 de esta carta, del 17 de marzo de este año; es decir, de hace dos meses y medio. Allí escribía: «Varias veces ha hecho esta carta alusiones a líneas sostenidas por Primero Justicia y la llamada Izquierda Democrática de Esculpi. Por lo que respecta al primero se presenta a sus miembros como ‘los únicos’, mientras Julio Borges ‘cede’ funciones partidistas a Liliana Hernández y él prepara su candidatura—ya nos repetirá que él es de la generación a la que toca el turno—mientras la aguerrida ex adeca gerencia ‘la única fuerza política que Chávez teme’.» Es decir, el lanzamiento de Borges no es una sorpresa, por más que Fernando Ochoa Antich quiera presentar el acontecimiento como un «terremoto» inesperado.
La oferta de Borges y Primero Justicia no tiene, para continuar en argot beisbolístico, nada en la bola. Tal cosa se pone de manifiesto de manera transparente en la misma entrevista antes mencionada. Moleiro pregunta: «¿Cómo podemos distinguir la orientación doctrinaria de Primero Justicia?» Y la respuesta de Borges, íntegramente trascrita, es la siguiente: «Chávez está planteando la definición de un proyecto socialista que asoma pero que no termina de describir. Es curioso: él propone que el Congreso Ideológico de su partido será en 2007. Es decir, en lugar de discutir esos temas en el año 2006, o antes, para saber hacia dónde vamos, lo hará después. Ese es un planteamiento político deshonesto. Es una propuesta, de nuevo, hecha para dividir al país: los socialistas y los capitalistas, como si estuviéramos en la Revolución Industrial. Si algo ha evolucionado en el mundo ha sido el cierre entre las contradicciones entre (sic) el socialismo y el capitalismo. Existen terceras vías, con afiliaciones socialdemócratas, como es el caso de Tony Blair, o las de la democracia cristiana. El eje izquierda-derecha está completamente obsoleto».
Tan lamentable declaración, que no contesta en absoluto la pregunta de Moleiro sino que la evade, revela la ausencia de una postura sustantiva de parte de Primero Justicia y de Borges. No puede hablar de la «orientación doctrinaria de Primero Justicia» sino en forma adjetiva: primero, invirtiendo la mayor parte de su respuesta en explicar la «orientación doctrinaria» de Chávez, que no es lo que se le pregunta; segundo, haciendo una débil alusión a «terceras vías», en lo que parece ser la ineludible referencia a Blair y que, dicho sea de paso, ya había sido empleada por el mismo Chávez una vez Presidente Electo para describir su propia postura antes de que se decidiera por el «socialismo del siglo XXI» de Heinz Dieterich. ¿Cómo se entiende lo que es una «tercera» vía sin referencia al eje izquierda-derecha que Borges declara obsoleto? ¿Cómo se puede declarar obsoleto a algo si no se es capaz de ofrecer lo que lo sustituya?
La vaciedad ideológico-doctrinaria de los actores políticos tradicionales—y no por ser de cuño relativamente reciente Primero Justicia escapa a la condición tradicional—es consuetudinaria. Por otra parte, cuando Borges opina que la invitación de Chávez a definir el modelo del «nuevo» socialismo—Chávez también es adjetivador de oficio—es «un planteamiento político deshonesto» porque difiere la consideración del tema, el mismo Borges deja de destacar el hecho de que su propio partido, Primero Justicia, tampoco tiene muy bien definido el asunto, si nos atenemos a las declaraciones de Juan Carlos Caldera, que permiten que El Universal reporte: «Primero Justicia presentará en el tercer trimestre de este año su oferta ideológica y por ahora hay un ‘borrador’ que está siendo distribuido para recoger sugerencias de las bases del partido, informó Juan Carlos Caldera, miembro de la dirección nacional de esta organización. Caldera señaló que la visión de ‘derecha e izquierda es una visión que no le es suficiente a los problemas del país y deja por fuera temas muy importantes’, de modo que será a finales de año cuando en el marco del congreso ‘Centrados en la Gente’ definirán su perfil ideológico». O sea, la extemporánea candidatura de Borges no tiene nada que ver con convicción ideológica alguna, dado que tal cosa no está aún definida. Más precisamente, la postulación de Borges está montada ideológicamente sobre un borrador.
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Entretanto, en territorio de la liga del Caribe, Chávez no alineó con su equipo el sábado 28 de mayo—en la marcha convocada para defender a la «nueva PDVSA»—y concedió forfeit el domingo al cancelar el acostumbrado «Aló Presidente». De esas ausencias se generó una profusa catarata de explicaciones. Hasta bien entrada la tarde del lunes hubo rumores de un supuesto—y deseado por muchos—accidente cerebro-vascular, así como llamadas que aseguraban que la mamá de alguien que trabaja en la Casa Militar sabía que a Chávez le habían dado tres tiros. Otros juraban que estaba en Cuba, como se colegía del hecho de que el Airbus 300 habría aterrizado en Maiquetía luego del fin de semana.
En plan de más sofisticado análisis, algunos lanzaron la hipótesis del descontento presidencial—y su depresión emocional—con la escualidez de la marcha sabatina. (Por cierto, no tan escuálida como la exigua presencia de partidarios del chavismo enfrente de Miraflores el lunes por la mañana, en ridícula exigencia de que les enseñaran que su líder estaba vivito y coleando por cadena nacional de radio y televisión).
Tal vez se atinó más al sugerir que la cancelación del «Aló Presidente» era una forma de atenuar los más recientes ladridos de Chávez a los Estados Unidos, que incluyeron el posible rompimiento de relaciones diplomáticas por causa de Posada Carriles. En verdad, ya un Chávez más sobrio ha debido percatarse de que se le pasó la mano. (Quizás al saber que un pescueceante Bernal intentaba llevar a los marchistas sabatinos en asedio a la embajada norteamericana).
En todo caso, la abundancia de interpretaciones deja en claro una cosa: que la obsesión de muchos venezolanos con la persona de Chávez no sólo se dispara con su presencia, sino también con su ausencia. Es decir, Chávez les hace falta para vivir.
No vale la pena siquiera comentar las poco interesantes razones ofrecidas por el mandatario para su desaparición, y que intentó aprovechar para posicionarse como solícito padre. Sus desvelos paternales no son asunto de incumbencia de la Nación, por más que sea propenso a confundir su pobre biografía con la historia de la República.
Una sola explicación de su ausencia del sábado parecía tener algún sentido político: Chávez no querría dar un cheque en blanco a Rafael Ramírez, luego de haber calibrado que la rampante corrupción y la evidente ineptitud de PDVSA pueden ser el verdadero talón de Aquiles de su gobierno. No todos los fondos faltantes en PDVSA han ido al financiamiento y expansión de su gloriosa revolución. Una buena parte paga Lamborghinis que se estrellan en árboles que bordean carreteras de Florida.
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Pero estos acontecimientos folklóricos han quedado relegados a la categoría de noticias menores ante la noticia política del año: en las Grandes Ligas de la Casa Blanca disfrutaba María Corina Machado de tratamiento de jefe de Estado, al ser recibida en la Oficina Oval para una entrevista de cincuenta minutos con el mismísimo George W. Bush. (Precedente inmediato: Jaime Lusinchi fue recibido en la poderosa oficina por Ronald Reagan, otro presidente republicano, el 4 de diciembre de 1984).
No se trata de un acontecimiento casual. El sitio web de la propia Casa Blanca (http://www.whitehouse.gov) exhibió una foto de la reunión en sitio preferente de apertura de la página, al lado de la reseña de una conferencia de prensa de Bush (que no se refirió a la entrevista) y sobre otras noticias de alguna importancia, incluyendo las relativas a la conmemoración del Memorial Day en Arlington. Una segunda foto del encuentro fue incluida en el sitio, con la siguiente leyenda: «El presidente George W. Bush da la bienvenida a María Corina Machado, la fundadora y directora ejecutiva de Súmate, un grupo independiente de la sociedad civil democrática en Venezuela, a la Oficina Oval el martes 31 de mayo de 2005. Súmate fue establecida en enero de 2002 como una organización no gubernamental para defender los derechos electorales y constitucionales de todos los ciudadanos venezolanos y para vigilar y reportar sobre el desempeño de las instituciones electorales venezolanas».
En nota de prensa emitida por Súmate, María Corina Machado explica: El presidente Bush nos invitó para conversar ya que está muy interesado en conocer la perspectiva de la Sociedad Civil sobre la democracia en la región y en Venezuela, hablamos sobre el importante rol que los ciudadanos estamos ejerciendo en defensa de la democracia». Y más adelante añade: «Nosotros siempre hemos dicho que los problemas de Venezuela debemos resolverlos los venezolanos apegados a lo que establece la Constitución y las leyes del país, pero la comunidad internacional ha establecido un compromiso de apoyo a las democracias del mundo en acuerdos globales y regionales». Por su lado, un vocero anónimo de la Casa Blanca indicó que Bush y Machado discutieron la «actual situación que confrontan las instituciones democráticas venezolanas en riesgo» y también «el importante papel que Súmate está desempeñando en la defensa de los derechos constitucionales de todos los venezolanos, con particular énfasis en el trabajo de Súmate para salvaguardar la integridad y la transparencia del derecho de todos los venezolanos a votar». La ejecutiva de Súmate se apresuró a desmentir que hubiera solicitado ayuda económica de los Estados Unidos o tratado el tema de la destitución de Chávez: «Ello sería algo contra la promoción de la democracia», reportó Associated Press que habría dicho.
La presencia de María Corina Machado en los Estados Unidos obedece a su participación en representación de Súmate ante la sesión de la Organización de Estados Americanos a celebrarse en Fort Lauderdale. Machado hablará ante el organismo el próximo domingo 5 de junio, luego de que una precoz protesta de parte del embajador Valero fuese retirada por razones «de cortesía» con el anfitrión: los Estados Unidos. La reunión con Bush no puede hacer otra cosa que amplificar la importancia del testimonio que Súmate ofrecerá ante la OEA, sin duda centrado sobre la poca confiabilidad del Consejo Nacional Electoral. El mismo presidente Bush hablará en la cumbre de Florida, donde puede darse por sentado que se referirá al tema venezolano y el papel de Súmate y María Corina Machado, mientras reitera su desaprobación de Chávez y sus métodos.
Movidos del terreno de la pelota a las arenas taurinas, puede decirse que Bush ha dado la alternativa a María Corina Machado. Con la entrevista del martes, Machado pasa a ocupar un indiscutido primer lugar en el liderazgo político venezolano, opacando los municipales intentos de Julio Borges, por ejemplo. Aunque se cuida muy bien de mencionar siquiera la idea de una candidatura, es claro que se ha posicionado con más fuerza que nadie con este viaje norteño.
Durante la tortuosa travesía de la oposición venezolana entre 2002 y 2004, la actuación de Súmate y su líder más connotada fue poco menos que impecable. Las declaraciones de Machado siempre fueron claras, pertinentes y aplomadas. Alguna vez se dio el lujo de ofrecer los servicios de Súmate al Comando Maisanta, para ayudarlo en la organización de las elecciones internas del Movimiento Quinta República. Así consolidó una imagen de excelencia profesional, respetuosa del liderazgo de la Coordinadora Democrática, a la que prestó el brazo técnico que esa cúpula opositora requería. En el #74 de esta carta, del 19 de febrero de 2004, se afirmaba: «Súmate es el núcleo vital de la nueva organización política que necesitamos. Ella merece mejores estrategas».
Desde que el 12 de marzo declarase su conversión a un «movimiento ciudadano nacional», Súmate se ha convertido en su propio estratega. Todavía insiste en el débil alegato de los profesores Hausmann y Rigobón acerca de la existencia de un fraude electrónico el pasado 15 de agosto, y en la sospecha basada en las encuestas de salida que Súmate encargara ese día. (El mismo Rigobón declararía después a El Universal que no debía tomarse en serio a las «exit polls» porque en todas partes eran «una porquería»). Pero Súmate ha concentrado ahora su acción de movimiento en la exigencia de «elecciones limpias», con una sólida batería de argumentos. Con este propósito se alineaba el «Informe Waller» (What to do about Venezuela, mayo 2005, analizado en el #137 de esta carta) del Centro para Política de Seguridad, en los siguientes términos: «Para las elecciones de 2006 debe implantarse un nuevo modelo y proceso electoral para desalentar o al menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma hacia una precisa percepción del gobierno venezolano como una dictadura».
Es de esperar que Súmate se mantenga desligada de ese enfoque del Center for Security Policy, que en su sitio web proclama al reseñar el «Informe Waller»: «El informe enfatiza que todavía es posible un cambio de régimen en Venezuela sin el uso de la fuerza, aun cuando la acción militar pudiera necesitarse si el dictador decide hundir la infraestructura económica del país consigo, como trató de hacer Saddam Hussein en Irak».
Si algo bueno ha habido en las recientes declaraciones de Julio Borges es su formulación de la siguiente postura: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». Algo así le sale declarar a María Corina Machado.
En estas cosas es preciso ser claros. Por ejemplo, María Corina Machado nunca ofreció como explicación lo que ahora aduce Oscar Vallés, dirigente de Súmate, al salir al paso de acusaciones gubernamentales sobre una presunta candidatura presidencial de su líder: que «el objetivo fundamental del encuentro entre Bush y Machado era alertar a Estados Unidos sobre la intención del gobierno con la campaña antiestadounidense, que sería desviar la atención de la situación de los derechos humanos en Venezuela, la cual será expuesta en la Asamblea de la Organización de Estados Americanos». Esto reporta ayer El Universal (sitio web) y cita a Vallés diciendo que las posturas antinorteamericanas de nuestro gobierno sitúan a Venezuela «al margen extremo del sistema interamericano de naciones, que constituye un gravísimo antecedente que, sin duda, marcará el futuro de las relaciones hemisféricas de Venezuela y ante las cuales los ciudadanos de este país no podemos quedarnos de brazos cruzados».
Vallés opina también, en evidente alusión a Julio Borges, que un debate prematuro sobre candidaturas presidenciales «desvía la atención sobre las graves amenazas y peligros que hoy conciernen y apuntan a la debilidad de Venezuela y la democracia». Y añade: «el debate es por la lucha por las libertades, por el restablecimiento pleno de las garantías ciudadanas, pensar en candidaturas sí es hacerle el juego al gobierno».
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 2, 2005 | LEA, Política |

De las ausencias del presidente Chávez en el fin de semana—en la marcha del sábado en defensa de PDVSA y en Aló Presidente del domingo—se generó, probablemente para su narcisista diversión, una profusa catarata de explicaciones. Hasta bien entrada la tarde del lunes hubo rumores de un supuesto—y deseado por muchos—accidente cerebro-vascular, así como llamadas que aseguraban que la mamá de alguien que trabaja en la Casa Militar sabía que a Chávez le habían dado tres tiros. Otros juraban que estaba en Cuba, como se colegía del hecho de que el Airbus 300 habría aterrizado en Maiquetía luego del fin de semana.
En plan de más sofisticado análisis, algunos lanzaron la hipótesis del descontento presidencial—y su depresión emocional—con la escualidez de la marcha sabatina. (Por cierto, no tan escuálida como la exigua presencia de partidarios del chavismo enfrente de Miraflores el lunes por la mañana, en ridícula exigencia de que les enseñaran que su líder estaba vivito y coleando por cadena nacional de radio y televisión).
Tal vez se atinó más al sugerir que la cancelación del Aló Presidente era una forma de atenuar los más recientes ladridos de Chávez a los Estados Unidos, que incluyeron el posible rompimiento de relaciones diplomáticas por causa de Posada Carriles. En verdad, ya un Chávez más sobrio ha debido percatarse de que se le pasó la mano. (Quizás al saber que un pescueceante Bernal intentaba llevar a los marchistas sabatinos en asedio a la embajada norteamericana).
En todo caso, la abundancia de interpretaciones deja en claro una cosa: que la obsesión de muchos venezolanos con la persona de Chávez no sólo se dispara con su presencia, sino también con su ausencia. Es decir, Chávez les hace falta para vivir.
No vale la pena siquiera comentar las poco interesantes razones ofrecidas por el mandatario para su desaparición, y que intentó aprovechar para posicionarse como solícito padre. Sus desvelos paternales no son asunto de incumbencia de la Nación, por más que sea propenso a confundir su pobre biografía con la historia de la República.
Una sola explicación de su ausencia del sábado parecía tener algún sentido político. La escuché de una persona que me merece cada vez más respeto como interpretador de lo político: Chávez no quería dar un cheque en blanco a Rafael Ramírez, luego de haber calibrado que la rampante corrupción y la evidente ineptitud de PDVSA pueden ser el verdadero talón de Aquiles de su gobierno. Practicante de la doctrina del preservativo usado—perdonen la grosera expresión presidencial, aun en esta versión eufemística—Chávez habría olido que debe desmarcarse de esa obscena gestión. No todos los fondos faltantes en PDVSA han ido al financiamiento y expansión de su gloriosa revolución. Una buena parte paga Lamborghinis que se estrellan en árboles que bordean carreteras de Florida.
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