por Luis Enrique Alcalá | May 31, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Como anunciara en el #139 de la Carta Semanal de doctorpolítico del jueves pasado, la ficha de esta semana contiene la redacción más reciente de un tratamiento que expliqué allí de la siguiente forma: «Teniendo a la mano el instrumento de abolir, blandido en ultimátum, exigir a Chávez que convocara en Consejo de Ministros un referendo consultivo a celebrar en pocos meses, en el que se definiera si los ciudadanos que querían su continuación en el cargo eran mayoría, bajo el compromiso de renunciar si el resultado le era adverso. Esta proposición contenía una exigencia adicional: en aras de la irreprochabilidad del proceso referendario, Chávez debía configurar una falta temporal en la Presidencia según lo contemplado en el artículo 234 de la Constitución: ‘Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más’.»
Expliqué asimismo que este tratamiento a la crisis nacional, menos astringente que el previamente propuesto de una abolición del gobierno, fue rechazado por un editor, que antes me había solicitado artículo sobre el tema abolicionista, en marzo de 2002, más o menos en los siguientes términos: «Lo que va a ocurrir es que los factores de poder en Venezuela van a deponer a Chávez, y a eso se le dará un maquillaje institucional».
Con posterioridad a este incidente, expuse los rasgos esenciales del tratamiento al entonces Gobernador del Estado Miranda, Enrique Mendoza, quien ya emergía como el factótum principal de la Coordinadora Democrática, a fines de septiembre de 2002. Un precoz interés de su parte pronto degeneró en olvido o desatención.
A comienzos de 2003, ya fracasado el paro emprendido en diciembre del año anterior, hice conocer el asunto del difunto Alejandro Armas y de Manuel Cova, Secretario General de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y miembro, como el primero, de la Mesa de Negociación y Acuerdos. La versión que llegó a manos de Armas y Cova es la publicada en esta ficha. Poco antes había recomendado un «vuelvan caras» a la Gente del Petróleo. Esto es, que se reincorporasen súbitamente a sus funciones en PDVSA. (En el #27 de esta publicación argumenté el punto, pues me parecía que en febrero de 2003, cuando aún no habían sido despedidos, un regreso imprevisto y repentino de los empleados en huelga desarticularía la estrategia del gobierno).
Ninguna de estas iniciativas prosperó.
El diseño del tratamiento tenía la posible virtud de asegurar para la oposición una ruta más suave para el logro de sus objetivos—suponiendo que un referendo consultivo como el descrito, según parecían predecir las encuestas, rindiese un resultado negativo sobre la gestión de Chávez—mientras, al mismo tiempo, permitía salvar la cara al gobierno y evitar su abolición. Es claro que su viabilidad había disminuido con el paro, y que su ventana de oportunidad probablemente hubiera coincidido con el inicio de las sesiones de la Mesa de Negociación y Acuerdos bajo mediación de la OEA. En todo caso, se trata de consideraciones contrafactuales, pues la idea jamás fue discutida en esa instancia. El único sentido de recordar este documento es el de mostrar que la Coordinadora Democrática dejó de considerar esa salida, y se cerró sobre un curso de acción—enmienda para recorte de período, paro general—que a la postre terminó recorriendo el camino señalado por el gobierno (referendo revocatorio) y en desastre.
La redacción del tratamiento en cuestión—Gran Referendo Nacional: Un posible acuerdo político ante el ultimátum de abolición—es cuestionable en varios puntos. Para empezar, contiene una inexactitud. En su cuarto párrafo dice: «… el Sr. Presidente debiera renunciar. Esta última posibilidad introduciría la obligación constitucional de elegir un nuevo presidente dentro de los treinta días de haberse hecho efectiva la renuncia, si es el caso que ésta se produjere antes de cumplirse la mitad del período». La verdad es que tal previsión procedía antes de cumplirse los primeros cuatro años del período. (Artículo 233 de la Constitución).
Luego, es muy discutible el realismo del tratamiento en sí, que supone una factibilidad de suyo dudosa. Pero puede considerarse que la posición opositora no era tan débil antes del paro como después de él, antes del revocatorio como después de él, y que, en cualquier caso, se trataba, con algo de creatividad política, de añadir una carta a la baraja de salidas, en aquellos momentos en impasse en el seno de la Mesa de Negociación y Acuerdos. Hasta entonces nadie se había fijado en la posibilidad constitucional de las faltas temporales del Presidente.
Por último, la memoria me traicionó la semana pasada, al redactar «…exigir a Chávez que convocara en Consejo de Ministros un referendo consultivo…» pues como se verá de la lectura de la ficha, en lugar de tal ruta se proponía que el referendo consultivo fuese convocado por la Asamblea Nacional. De hecho, poco después de los acontecimientos de abril de 2002, hice llegar por correo electrónico la esencia de la proposición a cada uno de los diputados y diputadas. Dos de ellos (de oposición) enviaron contestaciones corteses. Ambos lados habían decidido participar en un juego de suma cero. Ninguno quería perder su protagonismo para dejar la solución en manos del Soberano.
LEA
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Gran Referendo Nacional
Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional.
Lo primero que debiera dilucidar un referéndum así es la conveniencia de la permanencia del Presidente de la República en su cargo. No es éste un asunto que compete sólo a los más conspicuos entre los actores políticos en Venezuela. Es un asunto del Pueblo todo.
Formulada así la pregunta: «¿Considera Ud., Sr. Elector, conveniente para la salud de la Nación que el ciudadano Hugo Chávez Frías continúe en el cargo de Presidente de la República Bolivariana de Venezuela?», el resultado no sería, en ningún caso, legalmente vinculante, aunque sí sería moral y políticamente obligante. Distinto fuere que una mayoría de venezolanos suscribiese un mandato expreso de abolición del gobierno, pues aquí se manifestaría plenamente el carácter supraconstitucional del Pueblo.
Pero aunque no sea vinculante el Sr. Presidente sabrá atenerse a la opinión popular. Si una mayoría contestare negativamente, entonces el Sr. Presidente debiera renunciar. Esta última posibilidad introduciría la obligación constitucional de elegir un nuevo presidente dentro de los treinta días de haberse hecho efectiva la renuncia, si es el caso que ésta se produjere antes de cumplirse la mitad del período.
Para contribuir con la libertad y credibilidad del ejercicio de consulta, el presidente debe separarse temporalmente del cargo, según lo previsto en el Artículo 234 de la Constitución: «Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más».
De este modo el Sr. Presidente se abstendría voluntariamente de presidir la República mientras se dispone lo necesario a la celebración del referéndum, para el que los seis meses posibles según el 234 tendrán que bastar. Si se requiriere nueva elección presidencial un mes después, ya estará adelantado el trabajo correspondiente al registro electoral y buena parte de las coordinaciones necesarias.
El Sr. Presidente debe completar su aporte nombrando, antes de producirse su falta temporal, a un nuevo Vicepresidente Ejecutivo, quien deberá ser persona que pueda ser vista por las partes hoy en conflicto como alguien que pueda ofrecer garantías de comportamiento imparcial.
La celebración de referendos, así como la de elecciones, es un proceso costoso y laborioso, que debiera intentar el logro de una máxima eficiencia. No debiera convocarse a referéndum para obtener la respuesta a una única pregunta. Estando frente al hecho trascendente de la presencia participativa del pueblo, debiera consultársele sobre más de una materia, para así aprovechar mejor el poder de su carácter definitivo e inapelable en la dilucidación de cuestiones que inquietan el alma nacional.
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«Nosotros, los representantes debidamente autorizados por el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela y por la Coordinadora Democrática, conscientes de la importancia de lograr un clima de entendimiento nacional, acordamos el siguiente
PROTOCOLO DE ENTENDIMIENTO
I. CONCESIONES COMUNES
Cláusula Primera: Ambas partes reconocen que el país atraviesa una seria crisis cuya solución debe ser sometida a la decisión del Pueblo de Venezuela y que es necesario iniciar un período de recuperación que consolide la democracia venezolana.
Cláusula Segunda: Ambas partes acuerdan suspender la organización de manifestaciones públicas que no sean las propias a las cuestiones del Gran Referendo Nacional estipulado en la Cláusula Cuarta y excitar a sus respectivos partidarios a respetar tal suspensión mientras se mantenga la validez del presente Protocolo de Entendimiento.
Cláusula Tercera: Ambas partes acuerdan moderar sus manifestaciones de propaganda adversaria en contribución a la creación de un clima de entendimiento nacional.
Cláusula Cuarta: Ambas partes aceptan la celebración de un Gran Referendo Nacional, el que consultará en diversas materias de especial trascendencia nacional y será convocado por la Asamblea Nacional para su celebración el 19 de abril de 2003. A los fines de la determinación de las preguntas del Gran Referendo Nacional, el Gobierno Nacional suministrará tres preguntas para someter a consulta. La Coordinadora Democrática someterá una pregunta sobre si es conveniente la permanencia en el cargo del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela y dos preguntas adicionales.
Cláusula Quinta: Ambas partes acuerdan reconocer y acatar la mediación y veeduría de la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos para la supervisión del cumplimiento del presente Protocolo de Entendimiento en general y, en particular, para la garantía de una limpia consulta popular en el Gran Referendo Nacional.
II. CONCESIONES RECÍPROCAS
Cláusula Sexta: El Ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías, de serle adverso el resultado del Gran Referendo Nacional en cuanto a su permanencia en el cargo de Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, se compromete a renunciar al mismo. La Coordinadora Democrática se compromete a reconocer la legitimidad del Ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela de serle favorable el resultado de la consulta.
Cláusula Séptima: El Presidente de la República Bolivariana de Venezuela se compromete a separarse del cargo por un lapso de noventa días, prorrogable por igual duración, según lo contemplado en el Artículo 234 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y a nombrar antes de la separación a un nuevo Vicepresidente Ejecutivo de la República Bolivariana de Venezuela, de común acuerdo con la Coordinadora Democrática. La Coordinadora Democrática renuncia a promover un referendo revocatorio del mandato del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela o una enmienda constitucional para la reducción de su período.
Cláusula Octava: En negociación separada el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela y la Asociación Civil Gente del Petróleo acordarán lo conducente a la pronta normalización de actividades de la industria petrolera nacional.
Cláusula Novena: En negociación separada el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela y una representación de los altos oficiales militares declarados en desobediencia legítima, acordarán lo conducente a la pronta normalización de la situación profesional de estos oficiales.
El presente Protocolo de Entendimiento tendrá una vigencia de noventa días continuos a partir de la firma del mismo por las partes, prorrogables por un lapso idéntico.
Dado, firmado y sellado en Caracas, a los xx días del mes de febrero de 2003
Por el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela
Por la Coordinadora Democrática
El Secretario General de la Organización de Estados Americanos
por Luis Enrique Alcalá | May 26, 2005 | Cartas, Política |

Casi mes y medio antes de los acontecimientos del 11 de abril de 2002 recibí la llamada de un editor venezolano de periódicos y revistas. La llamada tenía por objeto solicitarme un artículo para una de sus publicaciones, en el que debía exponer una cierta salida a la crisis política del momento. El editor había leído artículo de Marta Colomina del domingo 3 de marzo, en el que se pronunciaba a favor de lo expuesto por mí. De hecho, la llamada y la petición se produjeron en la mañana de ese día.
Colomina me había entrevistado por radio el 26 de marzo de ese año, luego de que supiera de la descripción que hice por primera vez el día anterior en el programa Triángulo de Televén, hoy extinto. Había mostrado cómo la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999, que dio origen al proceso constituyente de ese año, implicaba que una mayoría de los venezolanos podía de pleno derecho y de modo perfectamente constitucional abolir el gobierno que quisiera, aun cuando la figura de abolición no estuviera contemplada en la Constitución que ya nos regía, y cómo podía, desde su carácter de Poder Constituyente Originario, ordenar a la Fuerza Armada que se asegurara del cumplimiento del inapelable decreto de abolición. El artículo solicitado por el editor fue publicado tres o cuatro días después de su llamada. Se llamó «Acta de abolición».
Tres semanas después imaginé un curso menos duro, pero igualmente eficaz. Un método más médico que quirúrgico. Teniendo a la mano el instrumento de abolir, blandido en ultimátum, exigir a Chávez que convocara en Consejo de Ministros un referendo consultivo a celebrar en pocos meses, en el que se definiera si los ciudadanos que querían su continuación en el cargo eran mayoría, bajo el compromiso de renunciar si el resultado le era adverso. Esta proposición contenía una exigencia adicional: en aras de la irreprochabilidad del proceso referendario, Chávez debía configurar una falta temporal en la Presidencia según lo contemplado en el artículo 234 de la Constitución: «Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más».
Al tener la idea a punto llamé al mismo editor y le propuse un segundo artículo sobre este nuevo curso. Rechazó la noción de inmediato con las siguientes palabras: «Lo que va a ocurrir es que los factores de poder en Venezuela van a deponer a Chávez, y a eso se le dará un maquillaje institucional». No había que gastar pólvora en zamuros, ni tampoco se requería la participación popular de la abolición: los «factores de poder» se bastarían solos.
(La próxima Ficha Semanal de doctorpolítico, #48 del martes 31 de mayo, contendrá la redacción del tratamiento desechado).
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Los políticos de todas partes del orbe juegan así. No es que la política surja del derecho. El derecho es convocado en tanto maquillaje necesario para presentar una decisión de Realpolitik como si fuera legal o legítima. Los Estados Unidos, por poner un caso, cuyo Congreso aprobó en diciembre una provisión que permite la suspensión de cierto tipo de ayuda internacional a un país que rehúse conceder la inmunidad a todo ciudadano norteamericano ante la Corte Penal Internacional. Equivale a declarar que el Poder Legislativo de los Estados Unidos sostiene que los ciudadanos de este país deben disfrutar de esa inmunidad, a pesar de que los actos por los que concebiblemente pudieran ser enjuiciados habrían sido predicados por una presunta defensa universal de la libertad, la democracia y los derechos humanos.
¿Qué busca proteger esa inmunidad? ¿En qué impunidad se convierte?
Ayer salió a la luz pública el informe anual (2004) de Amnistía Internacional. El Grand Prix fue ganado ampliamente por los Estados Unidos, en un informe de 3.305 palabras. (Venezuela ni siquiera apareció en el marcador, a pesar de duras haladas de oreja en documento de 683 palabras).
El informe de 308 páginas sobre los Estados Unidos de Amnistía Internacional reserva su mayor condena para lo que ocurre en el centro de detención de la Bahía de Guantánamo, que los Estados Unidos inexplicablemente administran en Cuba. Le impone una etiqueta: «el gulag de nuestro tiempo». (Según expresión de Irene Khan, Secretaria General de Amnistía Internacional). La famosa ONG internacional exige el cierre del campo, al señalar que los Estados Unidos han desatendido su responsabilidad de proteger los derechos humanos y en cambio han creado un nuevo léxico de abusos y torturas. El informe considera que los «…intentos de diluir una prohibición absoluta contra la tortura mediante nuevas políticas y parla cuasi-gerencial, tales como ‘manipulación ambiental, posiciones de estrés y manipulación sensorial’, fue uno de los más dañinos asaltos contra los valores globales» durante 2004.
Con este juicio los Estados Unidos se encuentran destacados entre los peores casos de violación de derechos humanos en el planeta, en la dudosa compañía de Sudán, Zimbabwe, Haití, Congo, China, Nepal y Australia. El reporte de Amnistía Internacional considera que la caída del régimen Talibán de Afganistán, a manos de fuerzas dirigidas por los Estados Unidos ha hecho poco por los derechos de las mujeres. En la región occidental de Herat cientos de mujeres se han pegado fuego para escapar de la violencia doméstica o matrimonios forzados.
¿Qué ocurre entretanto con los ciudadanos norteamericanos? ¿Qué opinan ante un gobierno que, al decir de Amnistía Internacional, «ha sancionado técnicas de interrogación que violaron la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura» y cuyo presidente «ha establecido en un memorándum central de política fechado el 7 de febrero de 2002 que, aunque los valores de los Estados Unidos ‘exigen que tratemos humanamente a los detenidos’, hay algunos ‘que no merecen legalmente ese tratamiento’»?
Bueno, una encuesta de Gallup, USA Today y CNN (data del 20 al 22 de mayo) revela que la gestión del presidente Bush ha continuado descendiendo en su tasa de aprobación. (Cuatro puntos en las últimas dos semanas y media). Además de la desaprobación en materia doméstica (58% contra su manejo de la economía, 59% contra su proposición en el tema de pensiones), 56% rechaza su manejo del problema de Irak y 51% su gestión general de relaciones exteriores.
¿Es sólo en el caso de los derechos humanos violados en Abu Ghraib, Guantánamo y Afganistán que el gobierno de Bush merece reprobación? Considérese un solo indicador en materia de desempeño económico: el gobierno de Bush recibió una ejecución presupuestaria federal con un superávit de 230 mil millones de dólares y logró transformarlo en un déficit de más de 500 mil millones en menos de tres años. En términos absolutos amenaza con duplicar el nivel histórico máximo—el último año de la administración de Bush padre—y en términos de porcentaje del producto interno bruto el récord establecido por Reagan en 1986.
La opinión pública tiende a ser más lenta que los expertos en la formación de sus juicios. La Red de Noticias de Historia de la Universidad George Mason realizó 415 entrevistas a historiadores norteamericanos. Ocho de cada diez historiadores consultados (338) consideran que la actual presidencia de los Estados Unidos es un fracaso en términos generales. Doce por ciento de la muestra estima que se trata de la peor presidencia de la historia estadounidense, no demasiado lejos del 19 por ciento que la considera exitosa.
Cuando los juicios de los entrevistados son más agresivos la hipérbole no puede ser peor: «Aunque anteriores presidentes han metido a los Estados Unidos en guerras desaconsejables, ningún predecesor logró convertir a los Estados Unidos en un agresor no provocado. Ningún predecesor ha logrado tan exhaustivamente confirmar las impresiones de aquellos que ya odiaban a los Estados Unidos. Ningún predecesor convenció tan eficazmente a un rango tan amplio de la opinión mundial de que los Estados Unidos son una amenaza imperialista a la paz mundial. No creo que uno pueda hacer algo peor que eso». O, en referencia directa a George W. Bush: «Él es descaradamente una marioneta de intereses corporativos, que se ocupan sólo de su propia codicia y no tienen sentido de responsabilidad cívica o servicio comunitario. Él miente, constantemente y a menudo, aparentemente sin control, y mintió sobre su invasión de un país soberano, de nuevo por intereses corporativos; mucha gente ha muerto o resultado mutilada, y también sobre esto ha mentido. Él aparenta solemnidad y gesticula de manera vergonzosa, más apropiada a un vendedor de aceite de serpiente, no a un estadista. No piensa, procesa o habla bien, y es emocionalmente inmaduro a causa de, entre otras cosas, su falta de recuperación del abuso de drogas. El término es ‘borracho seco’. Es una abyecta vergüenza en el exterior; el resto del mundo le odia… Él es, por mucho, el más irresponsable, inmoral e inexcusable ocupante de nuestra (antiguamente) más alta magistratura que haya existido». Son condenas durísimas de algunos profesores en los Estados Unidos.
Anteayer reporta Robert McElvaine en la History News Network que incluso hay que tomar con un grano de sal las evaluaciones de los historiadores que hablan de una gestión exitosa de Bush. Uno de los historiadores escribió: «Su presidencia ha sido notablemente exitosa en su prosecución de políticas desastrosas». Otro secundó: «Creo que la administración Bush ha sido muy exitosa en el logro de sus objetivos políticos, lo que la hace un desastre para nosotros». Es exactamente la clase de juicios que los venezolanos podemos hacer de la administración Chávez.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 26, 2005 | LEA, Política |

El primer ministro Jean-Pierre Raffarin dijo: «Hoy perdemos más que un filósofo. Toda la tradición humanista europea está de luto por uno de sus voceros más talentosos». El gobernante francés hablaba de Paul Ricoeur, el gran filósofo, intérprete bíblico, estudioso de la percepción y fenomenólogo, que murió a los 92 años de edad en su casa de Chatenay-Malabry, al oeste de París. Su hijo Marc explicó el viernes pasado cómo tuvo la más suave de las muertes, durante su sueño. Merecía esa muerte, después de tanto tiempo en un campamento de concentración alemán durante la dominación de Hitler, después de tanto mérito como intelectual y campeón de la luz y la bondad.
Habiéndose graduado en la Universidad de Rennes, se convirtió en profesor universitario después de la guerra, y enseñó entre otros lados en la Sorbona y la Universidad de Chicago. También fue activo en el partido socialista de Francia. Escribió una veintena de libros sobre el papel de la ética en la política, la religión, el mal y la culpa, sobre lingüística, sobre Marxismo y Estructuralismo. En noviembre pasado le cupo el honor y el alivio financiero representados por el Premio Kluge—que reconoce logros en campos no cubiertos por el Premio Nóbel—que compartió con el historiador norteamericano Jaroslav Pelikan.
Mientras era prisionero de los nazis Ricoeur y sus compañeros organizaron círculos de lectura y seminarios, los que alcanzaron tal nivel que el gobierno de Petain debió acreditar la escuela de prisioneros como institución que podía conferir diplomas. Una vez libre su país lo premió con la Cruz de Guerra.
Descubridor de la «flecha» de los textos, sostenía que éstos debían ser evaluados no por lo que el escritor quiso significar, sino por lo que significaban ahora. Escribió en 1976 (Teoría de la Interpretación): «¿Qué es lo que en verdad debe entenderse—y en consecuencia apropiarse—de un texto? No la intención del autor, que supuestamente se esconde tras el texto; no la situación histórica común al autor y sus lectores originales; ni siquiera su comprensión de sí mismos como fenómenos culturales e históricos. Lo que debe ser apropiado es el significado del texto mismo, concebido de un modo dinámico como la dirección del pensamiento que el texto abre». Después indicaba que todo texto suministra una flecha que indica hacia delante, y que es tarea del lector seguirla en pos de nuevos significados.
Y nos dejó una advertencia: «Con la idea de la corrupción entramos en el reino del terror». Mientras un régimen es más corrupto se hace más peligroso. Tiene más usufructo que ocultar y proteger. Nos lo dice quien conoció el terror de cerca.
De rigueur l’adieu a Ricoeur. Gracias por sus iluminaciones.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 24, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En octubre de 1996 me cupo el honor de asistir a la XXII Reunión Anual de la asociación INTERCIENCIA, que tuvo lugar en Buenos Aires. Para ese entonces ejercía la Presidencia de la Fundación Venezolana para el Avance de la Ciencia (FUNDAVAC) y presenté dos ponencias a sus deliberaciones. Una de ellas llevó por título La Ciencia en la Formación de las Políticas Públicas.
El padre de INTERCIENCIA fue el excelso investigador venezolano Marcel Roche, quien fue además por muchos años el Editor de la revista de la asociación. Tuve el privilegio de tratarle con afecto y reverencia y con la confianza que su extraordinaria bonhomía me permitió. El Dr. Roche fue, por otra parte, el primer Director del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) y el Presidente Fundador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Si hay alguna persona a la que la moderna ciencia venezolana deba su institucionalidad es al Dr. Roche. Es a su querida memoria que está dedicada esta Ficha Semanal #47 de doctorpolítico.
El Dr. Marcel Roche era en verdad un espíritu renacentista: médico, investigador científico, biógrafo (de Rafael Rangel), administrador y divulgador de ciencia, escritor, músico y hombre ocupado con los más importantes problemas de la humanidad. Estuvo, por ejemplo, entre los fundadores y directores del Movimiento Pugwash (fundado por Albert Einstein), un importante grupo internacional de opinión que combatía el uso militar de la energía atómica. Además, en clara herencia de su padre, el gran urbanizador y caballero Don Luis Roche, se caracterizaba por una impar sencillez y un fino sentido del humor. El gran titán de la ciencia venezolana era la más cálida y la menos pretenciosa de las personas. Era, por último, el mejor y más comprensivo de los amigos. En mayo del año 2003 dejó de estar con nosotros, poco antes de cumplir 83 años de edad.
INTERCIENCIA fue una de sus hijas más queridas, pensada para la integración de la actividad científica en el continente americano. Al asistir a la cita de INTERCIENCIA en Buenos Aires pretendí en mi fuero interno ir en su representación y en su honor, pues la enfermedad que le aquejó durante sus últimos años le impidió su asistencia. La ficha de hoy contiene las tres primeras secciones de La Ciencia en la Formación de las Políticas Públicas, tema en el que el Dr. Roche era, como en cada campo que caminó, una apasionada autoridad.
LEA
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Ciencia y política
Comenzaba apenas la cuarta década del siglo y Londres se encontraba bajo asedio aéreo de la Luftwaffe. La defensa antiaérea de la ciudad dejaba mucho que desear y el proceso de decisiones militares característico de la época no lograba mejorar la situación. Luego de largos meses de ineficacia surgió una proposición poco convencional, la que fue aceptada, por supuesto, porque es característica humana universal acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Alguien propuso entregar el problema a científicos pues, argumentaba, a fin de cuentas son personas adiestradas en una forma sistemática y flemática de pensamiento. Fue así como se constituyó el primer equipo de investigación operacional de la historia. Un químico, un matemático, un filósofo, y otros científicos después, hincaron el diente al descoordinado sistema de defensa aérea londinense. La mayoría de los problemas eran, justamente, problemas de coordinación y control, problemas sistémicos, de relación entre componentes y dinámicas complejas. El equipo tuvo éxito, y a partir de sus resultados Londres sintió una notable mejoría en lo que de todos modos fue una angustia prolongada y terrible.
Allí fue, entonces, donde se probó por primera vez de modo explícito que la acción convergente de varias cabezas educadas en los modos de la ciencia puede no sólo contestar preguntas sino también resolver problemas. No nos referimos, por supuesto, a problemas de tecnología física. A fin de cuentas, siempre la sabiduría, la filosofía natural, encontró tiempo para diseñar espejos incendiarios y proyectiles, construir puentes y acueductos, inventar máquinas y herramientas, descubrir vacunas y remedios. Esta vez se trataba de una tecnología de decisión, de un etéreo proceso de análisis e invención de arreglos y organizaciones.
Más tarde el mundo anglosajón sobre todo, vería el nacimiento y desarrollo de variadas versiones de institutos para el análisis científico de problemas públicos y la invención de soluciones y políticas. Había nacido la institución del think tank, un centro típicamente multidisciplinario para la investigación y el desarrollo de políticas y tratamientos a problemas de carácter público. Notables ejemplos norteamericanos son, por citar algunos nombres, la Corporación RAND, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Hudson y la muy venerable Institución Brookings.
No es en los pueblos sudamericanos demasiado frecuente este modelo de simbiosis de conocimiento y poder, con algunas muy honrosas excepciones como en el caso del Instituto Torcuato Di Tella argentino o el CENDES venezolano, aunque este último instituto se encuentra muy disminuido desde su época de mayor influencia en la década de los años sesenta. Pareciera que nuestro gen cultural del reconocimiento a lo sabio fuese un gen recesivo. No existe en nuestros arquetipos del inconsciente colectivo una pareja equivalente a la de Merlín y Arturo. En nuestras latitudes Arturo pretende indicarle a Merlín qué es lo que éste tiene que hacer, lo que es, obviamente, una inversión del arquetipo inglés de un guerrero que toma su norte de un sabio.
En Venezuela es particularmente escueta la participación de lo científico en la formación de las políticas públicas. Ciertamente, los ingenieros, los médicos, los economistas, funcionan en un nivel técnico, como calculistas o diseñadores físicos, como coordinadores de servicios, como acumuladores y suministradores de estadísticas. No así los investigadores científicos en tanto analistas de decisiones e inventores de políticas. Más cerca de las decisiones políticas están los expertos en mercadeo y propaganda que los sabios de nuestra nación. Seguramente el paso instantáneo más importante que podemos dar en nuestra próxima fase de desarrollo político debe ser la de una mayor participación de los científicos venezolanos en la construcción de las decisiones públicas.
Una metáfora cortical
Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el desarrollo de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la «autosimilaridad», en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del «organicismo social», que propugnaba una identidad casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.
Para comenzar, el cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma. (Muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con la relación de lo político y lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.
La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable a la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.
Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite esas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza de un hemisferio cerebral.
Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.
La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.
La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada policy sciences (ciencias de las políticas, no ciencia política), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. He aquí un campo para un rediseño de la arquitectura del Estado que aloje de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas.
Una solución al aislamiento de lo científico
En aguda descripción, C. P. Snow oponía la ignorancia de lo literario en un científico que asistía a uno de esos cultos saraos neoyorquinos a lo Woody Allen, al supino desconocimiento de lo científico por parte de un artista que igualmente conversaba en esa fiesta. El científico no lograba ubicar un recuerdo para Wallace Stevens o registrar conocimiento acerca del modernismo italiano, tal vez; pero el artista no acertaba a identificar quién era Roger Penrose ni estaba enterado de la función del ARN mensajero, pongamos por caso.
Desde esos compartimientos estancos del interés especializado hasta la más grave inconsciencia social respecto de la importancia estratégica y fundamental de lo científico, se extiende la gama que describe el aislamiento relativo de la ciencia y la tecnología en la mayoría de nuestras sociedades, y que explica mucho de la baja prioridad que se le suele asignar en los presupuestos nacionales. Esto, si bien más grave en latitudes de esta Tierra de Gracia sudamericana, es un fenómeno más bien universal. La ciencia tiende a aislarse y a agravar su aislamiento en la medida de su baja sofisticación para la interacción política. Jeffrey Pfeffer, por ejemplo, ha documentado el punto para los Estados Unidos en «Managing with power» con el caso de la confrontación de investigadores de la biomedicina y los bancos de sangre en torno a la transmisión del virus HIV a través de transfusiones sanguíneas. Miles de muertes norteamericanas por SIDA mediaron entre el primer alerta de los científicos en 1981 y la verdadera extensión del despistaje de HIV en depósitos de sangre hacia 1985. Así, en todas partes se cuecen habas.
Entre las diversas estrategias disponibles para sacar a la ciencia y la tecnología del aislamiento en que se encuentra en la mayoría de nuestros países, probablemente sea la más responsable el incremento de la participación de los científicos y tecnólogos en los procesos de formación de las políticas públicas. Más allá de su contribución especializada en cada área específica, los científicos están en capacidad de emplear su adiestramiento mental en el análisis de los inmensos problemas que aquejan a nuestras sociedades y en la invención de protocolos de solución. Ninguna otra cosa puede convencer más acerca de la gigantesca pero regateada importancia social de la ciencia.
El aporte de la ciencia a la composición de las decisiones públicas se lleva a cabo de forma estándar, como dijimos, en el seno de instituciones especializadas conocidas como think tanks, término para el que todavía carecemos en castellano de una traducción más adecuada que aquella de «pensaduría» del ex sacerdote Iván Ilych. Y a pesar de que destacamos qué buen negocio es una pensaduría, no siempre se dispone de los recursos para establecer un equivalente a la Corporación RAND, que aloja en las afueras de Los Angeles a varios centenares de doctores y de discípulos dedicados al arte de obtener políticas racionales.
Pero he aquí que la novísima presencia de las redes informáticas, de la maravilla civilizatoria de la Internet permite ahora la incepción de verdaderos think tanks virtuales, los que al menos no consumen edificaciones, salones, aulas para la conferencia que ahora puede hacerse electrónicamente distribuida a distancia. En efecto, no se requiere otra cosa que enfocar las capacidades interactivas de la Red para dedicarlas en parte a la opinión científica sobre los problemas sociales y la creación metódica de tratamientos a los mismos. La tecnología de aplicaciones computarizadas está ya allí: la posibilidad de la publicación, la conferencia y el correo electrónicos. Con estos instrumentos un buen webmaster o maestro de red puede conducir una pertinente construcción científica de conjunto orientada a la búsqueda de soluciones a muchos problemas públicos. La instantaneidad y amplitud de la Red y sus redes inaugura la posibilidad de una crucial contribución de la ciencia a la política. Como decía Gastón Berger, debemos procurar la cooperación de aquellos que conocen lo conveniente con aquellos que determinan lo que es posible.
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | May 19, 2005 | Cartas, Política |

Es sin duda un best seller en Venezuela el libro biográfico Hugo Chávez sin uniforme: una historia personal, ejecutado a cuatro manos por la pareja periodística de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Tal condición de libro bien vendido es muy merecida. Bien escrito y documentado, adornado con fotografías muy pertinentes, algunas inéditas, traza la trayectoria del actual Presidente de la República, desde su nacimiento en Sabaneta—cuatro calles, al decir del vecino Efrén Jiménez—hasta la actualidad.
Se trata, pues, de un extenso retrato de Chávez, pintado en casi cuatrocientas páginas, que cuentan la peripecia de una evidente vocación de poder. Es un retrato de vivos colores, echados con maestría narrativa sobre un dibujo preciso y detallado. Los datos son fidedignos, la investigación seria (tuvo acceso, por ejemplo, al diario personal del biografiado), la escritura responsable. Y es de un detalle del cuadro del que esta carta semanal ahora se ocupa: el que muestra desde el comienzo cuál es la relación de Chávez con la verdad.
En el primer capítulo del libro («Llegó la revolución») cuentan Barrera y Marcano: «En 1999, por ejemplo, en una entrevista con Mempo Gardinelli y Carlos Monsiváis, cuando estos imprescindibles escritores latinoamericanos le preguntaron: ‘¿Alguna vez se imaginó que estaría aquí en la presidencia y en el poder?’, Chávez contestó rápidamente: ‘No, jamás. Jamás’. Pero antes han relatado los autores de la biografía que Federico Ruiz, su amigo de adolescencia, recuerda muy bien una conversación con Chávez, en 1982 o 1983, mientras viajaban por carro hacia Barinas desde Maracay: «
él me dijo ‘¿Sabes una cosa? Yo algún día voy a ser presidente de la República’. Y añadió Ruiz: ‘Hugo me lo dijo muy serio».
Más adelante reportan los biógrafos: «Por entonces se plantea otra meta, su gran meta: el poder. A los 21 años, Hugo Chávez ya no se conforma con ser simplemente un militar. Y comienza a coquetear con la idea de un golpe de Estado, según cuenta su paisano Rafael Simón Jiménez. ‘Cada vez que me veía, en cualquier calle de Barinas, se bajaba del carro a saludar: ¿Qué hubo, mi hermano? Yo le preguntaba: ¿y tú como estás? Y me respondía: Contento, pana, porque ya viene el 2000. Y me decía: Antes del 2000, soy general y echo una vaina en este país».
O registran, por ejemplo, que desde sus años de cadete proseguía en un prolongado adiestramiento marxista a manos de José Esteban Ruiz en Barinas, mientras se mostraba absolutamente neutral en política a los ojos de su propia madre, a quien ocultaba sus verdaderas inclinaciones: «A Hugo, asegura su madre Elena, ‘no le gustaba la política’. Ni le gustaba hablar ‘de esas cosas’ con su padre
Lo cierto es que Doña Elena no puede creer que su hijo sí hablara de política con los Ruiz, ni que éstos hayan tenido en él alguna influencia».
O también reseñan: «En el año 2002, el diario español El Mundo denuncia que el Banco Bilbao Vizcaya (BBV) aportó 1.52 millones de dólares para el financiamiento de la campaña electoral de Hugo Chávez
Esta denuncia, además, encuentra un dato que amarra más suspicacias: el 11 de enero de 1999, en su primer viaje a España ya como presidente electo, Chávez se reúne con Emilio Ybarra, presidente del BBV y luego con Emilio Botín y su hija Ana Patricia Botín, del Banco Santander. Al principio, el nuevo gobierno negó todo, pero después ya fue irremediable
Fue entonces el 6 de abril de 2002, cuando el general Müller reconoce las donaciones del BBV
Unos días más tarde, sin embargo, el 25 de abril, Hugo Chávez dice al canal Telecinco de España: ‘no he recibido ni un dólar de esta gente, de este banco
¿cómo se llama?
Bilbao Vizcaya».
………
En 1988 se publicaba un libro del prolífico escritor francés Jean-François Revel: El conocimiento inútil. Es la frase inicial de esa obra la siguiente terrible declaración: «La primera de las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Revel parte de allí para denunciar, precisamente, la gran mentira socialista, y que luego comenta Fernando Díaz Villanueva en «La ocasión perdida»: «Es, como muy acertadamente lo moteja Revel, ‘el arte de pensar socialista’, que no consiente que la realidad le fastidie una buena teoría, una buena soflama. Socialismo es libertad a pesar de que en cualquier régimen socialista que en el mundo ha sido ésta ha sido la primera víctima de los autonombrados representantes del pueblo. Socialismo es igualdad a pesar del conocido abismo que separaba los derechos y el bienestar del pueblo de la burocracia del partido único. Socialismo es democracia a pesar del modo y manera tan curiosa de entender la representación que tienen los regímenes inspirados por Marx. Socialismo es justicia a pesar de las purgas, las persecuciones y las deportaciones masivas de ciudadanos cuyo único pecado fue, y es todavía en algunos países, opinar».
Como revela la biografía de Barrera & Marcano, Hugo Chávez está adiestrado desde muy temprano en estos menesteres de la mentira, y como dice el proverbio africano «Si rehúsas enderezarte cuando eres verde, no te enderezarás cuando estés seco». La vida de Chávez, por propia admisión, por abundante testimonio de allegados, ha estado signada por la duplicidad, por la insinceridad, por la doble vida del conspirador, del agente encubierto, del espía. Se acostumbró a mentir, hasta el punto de que ahora ya ni siquiera revela en su lenguaje gestual, como se traicionaba antes a sí mismo, cuándo está diciendo algo que él sabe que no es cierto. (En el llano se dice «hocear» para referirse a una cierta torsión del hocico de las bestias: es éste el gesto del que ya Chávez, curtido por el ejercicio de lo falaz, ha logrado prescindir, y que antes denunciaba sus más flagrantes mentiras).
La más grande de ellas, por cierto, es su pretendido interés en el pueblo. Hasta que no tuvo por delante el escenario electoral revocatorio, hacia septiembre de 2003, las benditas misiones no existieron. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y casi todo 2003 sin percatarse de que en Venezuela había analfabetas. A comienzos de su campaña de 1998, cuando acertadamente enarboló la bandera constituyente, su movimiento político anunció con amezante solemnidad que forzaría un referéndum sobre la materia por la ruta de la iniciativa popular. Más adelante, cuando ya se sabía virtualmente electo, pues todas las encuestas así lo anticipaban, se dejó de ese asunto. ¿Para qué necesitaba al pueblo cuando como presidente podría convocar en consejo de ministros el referéndum requerido?
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En los terrenos de la pura lógica el argumento ad hominem no tiene validez probatoria. Es decir, no guarda relación con la veracidad de una afirmación el carácter o biografía de quien la pronuncia. En los de la política, en cambio, la personalidad del gobernante cobra especial relevancia. Bárbara Tuchman apuntaba en el epílogo de «La marcha de la insensatez»: «Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en la procura del más sabio gobierno debamos buscar primero la prueba del carácter. Y esta prueba debe ser la de la valentía moral».
Lamentablemente, también existe el peculiar arrojo del mentiroso, de aquél que con desparpajo engaña sin inmutarse en lo más mínimo. Cuando tal impertérrito se limita al intercambio interpersonal hace daño, naturalmente. Cuando el mentiroso consuetudinario es un político, los estragos son mucho peores. Cuando más aún, un gobernante autocrático pretende que todo un pueblo al que domine mienta por miedo y oculte sus verdaderos sentimientos, envenena el alma de la sociedad.
Boris Pasternak, que no pudo recibir el Premio Nóbel de Literatura de 1958 porque el régimen socialista ruso no lo permitió, pinta en su única y gran novela, «Dr. Zhivago», los deletéreos efectos que la mentira forzada tiene en el alma de un pueblo: «Se requiere de la gran mayoría de nosotros que vivamos una vida de constante, sistemática duplicidad. La salud de uno está destinada a afectarse si, día tras día, uno dice lo opuesto de lo que uno siente, si uno se arrastra ante lo que le disgusta y se regocija ante lo que no le trae sino infortunio. Nuestro sistema nervioso no es sólo una ficción, es parte de nuestro cuerpo físico, y nuestra alma existe en el espacio y está dentro de nosotros, como los dientes en nuestra boca. No puede ser violada sempiternamente con impunidad».
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